Dr. Elio M Rivera
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.»
Gálatas 4:4-5, RVR1960
Para comprender verdaderamente lo que ocurrió en Belén tuvimos que comenzar mucho antes de Belén.
En La vida eterna de Jesucristo contemplamos al Hijo antes de su nacimiento. Su existencia no comenzó en el vientre de María. Antes de que hubiera un pesebre, antes de que existiera María, antes de Abraham y aun antes de la creación, Él ya era.
Después hicimos una pregunta todavía más inquietante: si Jesucristo existía antes de venir al mundo, ¿sabía lo que encontraría cuando llegara aquí?
En nuestra siguiente serie descubrimos que sí.
Él lo sabía.
Sabía que sería rechazado. Sabía que sería traicionado. Sabía que sería despreciado, golpeado y herido. Sabía que sus manos y sus pies serían traspasados. Sabía que cargaría con el pecado y que finalmente entregaría su vida.
No vino engañado acerca de lo que encontraría en la Tierra.
No descubrió el sufrimiento cuando llegó aquí.
Sabía a qué venía.
Ahora llegamos a una tercera pregunta, quizá todavía más reveladora:
Si existía desde antes y sabía perfectamente lo que le esperaba, ¿qué hizo cuando finalmente llegó el momento?
La respuesta está contenida en unas pocas palabras del apóstol Pablo:
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo».
Vino.
Tal vez esa sola palabra nos permita comenzar a comprender el corazón de esta nueva serie.
Porque ahora ya no contemplaremos solamente quién era Cristo antes de Belén ni lo que sabía antes de venir.
Ahora veremos lo que estuvo dispuesto a hacer sabiendo todo aquello.
Aquel que había conocido la gloria antes que el mundo fuese estaba a punto de entrar en el mundo que había creado. El que había formado el cuerpo humano aceptaría uno. El que sostenía la vida aceptaría desarrollarse dentro del vientre de una mujer. El Todopoderoso conocería la vulnerabilidad de la infancia. El Creador aceptaría ser cargado en brazos, alimentado y protegido por sus propias criaturas.
Y todo esto sabiendo hacia dónde conducía el camino.

Belén no puede separarse del Calvario.
El niño que sería acostado en un pesebre era el mismo que sabía que un día sería colocado sobre una cruz.
Por eso la encarnación comienza a mostrarnos algo extraordinario acerca de Jesucristo:
su amor por nosotros no comenzó cuando murió por nosotros.
Ya estaba manifestándose cuando decidió venir por nosotros.
Pero Cristo tampoco llegó en cualquier momento.
Pablo utiliza una expresión extraordinaria:
«Cuando vino el cumplimiento del tiempo».
Había un momento determinado dentro del propósito de Dios.
Durante siglos, Dios había ido dejando señales dentro de la historia.
Después de la caída habló de la simiente de la mujer que heriría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15). Posteriormente la promesa quedó relacionada con Abraham (Génesis 22:18), con Judá (Génesis 49:10) y con la casa de David (2 Samuel 7:12-16).
Los profetas continuaron añadiendo detalles.
Isaías habló del hijo que habría de venir.
Miqueas señaló una población específica:
Belén.
«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel» (Miqueas 5:2).
Generación tras generación, las promesas permanecieron.
Abraham murió.
David murió.
Los profetas murieron.
Los imperios aparecieron y desaparecieron.
Israel conoció victorias, derrotas, divisiones, cautiverios y dominación extranjera.
Pero la promesa permaneció.
Porque detrás de ella había una voluntad que no había cambiado.
Dios todavía quería rescatar al hombre.
Durante siglos, Dios había trabajado dentro de la historia de Israel.
Había dado la Ley. Había levantado profetas. Había establecido sacrificios. Había introducido conceptos como pecado, culpa, santidad, expiación, pacto, sacerdocio, sacrificio y redención.
Cuando muchos años después Juan el Bautista contemplara a Jesús y declarara:
«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29),
aquellas palabras tendrían detrás siglos de historia.
Israel conocía el cordero pascual.
Conocía el altar.
Conocía los sacrificios.
Conocía el derramamiento de sangre relacionado con la expiación.
Dios había colocado dentro de la historia imágenes que ayudarían posteriormente a comprender lo que Cristo había venido a realizar.
El Hijo no estaba entrando en una historia sin preparación.
La historia había estado esperando su llegada.
También había algo sorprendentemente específico.
El Mesías debía nacer en Belén.
Pero María vivía en Nazaret.
Había una considerable distancia entre ambos lugares y, humanamente hablando, ninguna razón evidente para que aquella joven embarazada tuviera que encontrarse en Belén precisamente cuando llegara el momento del nacimiento.
Entonces aparece en la narración un personaje que probablemente jamás imaginó la trascendencia que tendría una de sus decisiones:
César Augusto.
Lucas escribió:
«Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado» (Lucas 2:1).
El emperador estaba administrando su imperio.
Pero aquella decisión puso a José en movimiento.
«Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David» (Lucas 2:4).
César emitió un decreto.
José tuvo que viajar.
María fue con él.
Y aquella familia terminó exactamente en la población que Miqueas había mencionado siglos antes.
El emperador probablemente pensaba que estaba moviendo habitantes para registrarlos.
Pero la historia estaba avanzando hacia Belén.
Cuando Jesús nació, Roma dominaba gran parte del mundo mediterráneo.
Existían extensas rutas terrestres y marítimas que conectaban numerosas regiones. El griego se había convertido en una lengua ampliamente utilizada para la comunicación en buena parte del Mediterráneo oriental. Roma había establecido estructuras políticas y administrativas que enlazaban territorios muy distantes.
Aquello no significaba que el mundo fuera pacífico en el sentido moderno. Roma podía gobernar con enorme dureza y Judea conocía muy bien el peso de la dominación extranjera.
Sin embargo, aquellas mismas condiciones históricas facilitarían posteriormente el desplazamiento de los primeros mensajeros cristianos.
Décadas después, Pablo y otros seguidores de Jesús recorrerían ciudades y regiones anunciando que el Mesías había venido.
El mensaje saldría de Judea.
Atravesaría Asia Menor.
Llegaría a Grecia.
Alcanzaría Roma.
Y continuaría avanzando.
Cuando Cristo entró en el mundo, el escenario donde posteriormente sería anunciado su nombre ya estaba preparado de una manera extraordinaria.
Pero detrás de profecías, caminos, imperios y acontecimientos había algo mucho más profundo.
Había un Dios acercándose al hombre.
Aquí comenzamos a descubrir lo que realmente existe detrás de la expresión «cumplimiento del tiempo».
Desde Edén, el pecado había producido una separación terrible.
El hombre había huido de Dios.
Había levantado ídolos.
Había derramado sangre.
Había esclavizado a otros seres humanos.
Había construido imperios mediante violencia.
Había convertido el poder, el placer y las riquezas en sustitutos de su Creador.
Generación tras generación había repetido la rebelión iniciada en Edén.
Dios tenía razones para juzgarlo.
Sin embargo, cuando llegó el cumplimiento del tiempo, ocurrió algo extraordinario.
Dios envió a su Hijo.
No para observar nuestra tragedia desde cerca.
No simplemente para caminar entre nosotros.
Pablo explica el propósito:
«Para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos».
Cristo venía a recuperarnos.
Esto cambia completamente la manera de contemplar Belén.
No estamos solamente ante la historia de un nacimiento.
Estamos contemplando al Dios contra quien el hombre se había rebelado tomando la iniciativa para reconciliar al hombre consigo.
El hombre se había alejado.
Dios se acercó.
El hombre se había escondido.
Dios salió a buscarlo.
El hombre no podía recorrer por sí mismo la distancia que el pecado había abierto.
Entonces sucedió algo inimaginable:
Dios recorrió la distancia hacia nosotros.
Aquí las series anteriores encuentran su verdadero punto de unión.
La vida eterna de Jesucristo nos mostró quién era aquel que estaba por venir.
Él lo sabía nos mostró que conocía lo que le esperaba.
Ahora Belén: Cuando Dios vino a nosotros nos mostrará qué hizo sabiendo todo aquello.
No vino porque ignorara nuestra condición.
La conocía.
No vino esperando necesariamente ser recibido con honores.
Sabía del rechazo.
No vino pensando que encontraría una humanidad inocente esperando agradecida su llegada.
Conocía nuestra rebelión.
No vino ignorando el sufrimiento que encontraría al final del camino.
Sabía cuánto costaría.
Y cuando llegó el cumplimiento del tiempo…
vino.
Quizá por eso Belén debe contemplarse de manera diferente.
Cada paso hacia aquella pequeña población era parte de un propósito que había comenzado mucho antes.
Cada profecía cumplida decía que Dios no había olvidado su promesa.
Cada acontecimiento mostraba que el plan continuaba avanzando.
Y detrás de todo estaba el corazón de Cristo.
El eterno estaba dispuesto a entrar en el tiempo.
El Creador estaba dispuesto a entrar en su creación.
El Todopoderoso estaba dispuesto a hacerse vulnerable.
El Hijo estaba dispuesto a hacerse hombre.
Y lo más extraordinario es que sabía lo que los hombres terminarían haciéndole.
Aun así, vino.
Esta es quizá la primera gran revelación acerca del carácter de Jesucristo que encontramos al comenzar esta serie:
su amor no fue una reacción ante nuestra respuesta.
Nos amó sabiendo quiénes éramos.
Sabía lo que encontraría.
Sabía lo que sufriría.
Sabía cuánto costaría redimirnos.
Y cuando finalmente llegó el momento señalado por el Padre, no retrocedió.
Vino a nosotros.
Mientras todo aquello estaba por comenzar, en una pequeña población de Galilea una joven llamada María continuaba viviendo su vida cotidiana, sin imaginar que estaba a punto de recibir una visita que cambiaría para siempre su historia y la historia de la humanidad.
Un día, Dios envió a Gabriel a Nazaret.
El cielo sabía quién estaba por venir.
María todavía no.
El cumplimiento del tiempo había llegado.
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«Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Lucas 1:30-33, RVR1960
El cumplimiento del tiempo había llegado.
Pero antes de que hubiera un embarazo visible, antes de que José supiera lo que estaba sucediendo, antes de que los pastores escucharan cantar a los ángeles y antes de que los magos comenzaran a buscar al Rey de los judíos, ocurrió algo extraordinario en Nazaret.
El cielo presentó a Jesús.
Y lo hizo por medio de Gabriel.
Lucas identifica cuidadosamente al mensajero:
«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret» (Lucas 1:26).
No llegó por iniciativa propia.
Fue enviado por Dios.
Gabriel llevaba un mensaje que había comenzado en el cielo y debía ser entregado a una joven en la Tierra.
Pero cuando observamos cuidadosamente sus palabras descubrimos algo maravilloso.
Gabriel no pregunta quién será aquel niño.
No habla de él con incertidumbre.
No intenta descubrir su identidad.
Gabriel sabe quién está por venir.

Para María todo estaba por comenzar.
Para Gabriel, la identidad de aquel que nacería ya estaba establecida.
Por eso el ángel no llega simplemente diciendo:
«María, tendrás un hijo».
Su anuncio es mucho mayor.
«Este será grande».
«Será llamado Hijo del Altísimo».
«El Señor Dios le dará el trono de David su padre».
«Reinará sobre la casa de Jacob para siempre».
«Su reino no tendrá fin».
Antes de describir lo que Jesús hará, Gabriel comienza revelando quién es.
Esto resulta particularmente hermoso dentro de la historia que estamos siguiendo.
En aquel momento nadie podía verlo.
No había nacido.
No había realizado milagros.
No había pronunciado el Sermón del Monte.
No había calmado una tormenta.
No había resucitado muertos.
No había entrado en Jerusalén.
No había resucitado.
La Tierra todavía no tenía ninguna de esas evidencias delante de sus ojos.
Sin embargo, el cielo ya hablaba de su grandeza.
Su identidad no dependería de que los hombres llegaran algún día a reconocerlo.
Antes de que alguien pudiera aceptarlo o rechazarlo, el mensaje de Dios acerca de Él ya había sido pronunciado.
Las primeras palabras de Gabriel acerca del niño son sorprendentes:
«Este será grande».
María estaba escuchando esto en Nazaret.
No en Roma.
No dentro del palacio de César.
Ni siquiera dentro del templo de Jerusalén.
Nazaret era una población de Galilea sin el prestigio político de Roma ni la importancia religiosa de Jerusalén.
Y allí, lejos de los grandes centros del poder humano, Gabriel estaba anunciando la llegada de alguien verdaderamente grande.
El contraste es extraordinario.
La grandeza estaba llegando sin los símbolos que normalmente acompañan a los grandes hombres.
No había ejército.
No había palacio.
No había ceremonia pública.
No había delegaciones oficiales esperando su llegada.
Había solamente un ángel enviado por Dios y una joven escuchando.
La Tierra todavía no estaba celebrando al Rey que venía.
Pero el cielo ya estaba hablando de Él.
Gabriel continúa:
«Y será llamado Hijo del Altísimo».
María conocía las Escrituras de Israel. Sabía lo que significaba hablar del Altísimo.
Era una designación del Dios supremo.
Gabriel estaba colocando delante de ella una declaración que tendría que haber sido abrumadora.
El hijo que concebiría no sería presentado simplemente como hijo suyo.
Sería llamado Hijo del Altísimo.
María tendría que cargarlo.
Tendría que alimentarlo.
Tendría que protegerlo.
Lo vería dormir.
Escucharía su llanto.
Sentiría sus movimientos dentro de su vientre.
Pero Gabriel acababa de decirle que aquel niño pertenecía a una realidad mucho mayor que su pequeña casa de Nazaret.
Era el Hijo del Altísimo.
Aquí comienza uno de los contrastes que acompañarán toda la encarnación.
Lo extraordinario aparecerá cubierto por lo cotidiano.
El Hijo del Altísimo será visto como un niño.
El Rey será cargado en brazos.
Aquel cuyo reino no tendrá fin necesitará que alguien lo arrope para dormir.
La grandeza celestial estará escondida detrás de la fragilidad humana.
Gabriel añade inmediatamente otra declaración:
«Y el Señor Dios le dará el trono de David su padre».
Con esas palabras, el anuncio entra directamente en la historia de Israel.
Dios había prometido a David que su casa y su reino serían establecidos (2 Samuel 7:12-16). Los profetas habían mantenido viva la esperanza de un gobernante relacionado con aquella línea.
Ahora Gabriel declara que esas antiguas promesas están llegando a su punto de cumplimiento.
El niño de María sería el heredero prometido.
Pero después el ángel dice algo que supera cualquier reinado ordinario:
«Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre».
Los reyes humanos mueren.
David murió.
Salomón murió.
Los reyes que vinieron después murieron.
Sus gobiernos terminaron.
Sus tronos fueron ocupados por otros.
Sus reinos pudieron dividirse, debilitarse o desaparecer.
Pero Gabriel habla de un Rey cuyo gobierno no terminará con su muerte:
«Y su reino no tendrá fin».
María estaba siendo informada de que el hijo que tendría pertenecía a una categoría completamente diferente.
Nacería dentro de la historia, pero su reino trascendería las generaciones de la historia.
Hay algo más detrás de las palabras de Gabriel.
Nos permiten contemplar por un instante la llegada de Jesús desde la perspectiva celestial.
Nosotros normalmente observamos la Navidad desde abajo.
Vemos a María.
Vemos a José.
Vemos el viaje.
Vemos Belén.
Vemos el pesebre.
Pero Lucas nos permite mirar momentáneamente desde arriba.
¿Qué estaba sucediendo en el cielo mientras la Tierra continuaba con su vida cotidiana?
El cielo sabía quién venía.
Gabriel sabía que aquel niño sería grande.
Sabía que sería llamado Hijo del Altísimo.
Sabía que recibiría el trono de David.
Sabía que reinaría.
Sabía que aquel reino jamás terminaría.
Mientras los habitantes de Nazaret continuaban con sus actividades, mientras Roma gobernaba sus territorios y mientras Jerusalén seguía con su vida religiosa, algo incomparable estaba comenzando silenciosamente.
El Rey estaba por entrar en el mundo.
Aquí aparece una nueva revelación acerca del corazón de Cristo.
Si Gabriel sabía quién venía, entonces resulta todavía más impresionante observar cómo decidió venir.
El Hijo del Altísimo no exigió que el mundo preparara condiciones correspondientes a su identidad.
El anuncio no fue llevado primero a César.
No se convocó al Sanedrín.
No se reunió a los sacerdotes en el templo.
No se preparó una habitación real en Jerusalén.
Gabriel fue enviado a Nazaret.
Y allí buscó a María.
El Rey cuyo reino no tendría fin comenzó su entrada visible en nuestra historia sin exigir reconocimiento humano.
Esto nos permite conocer algo más de Él.
Cristo no necesitaba los símbolos humanos de grandeza para ser grande.
Podía descender hasta lo pequeño sin dejar de ser quien era.
Podía entrar en el anonimato sin perder su identidad.
Podía aceptar la sencillez sin que disminuyera su gloria.
Podía acercarse a nosotros sin exigir primero que nosotros subiéramos hasta Él.
Y eso nos prepara para comprender muchas cosas que veremos después.
Porque el camino continuará descendiendo.
Nazaret.
El vientre de una mujer.
Belén.
Un lugar humilde para nacer.
Nazaret nuevamente.
La vida sencilla de un carpintero.
Hasta que años después aquel mismo Jesús enseñaría:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29).
La humildad que posteriormente enseñaría ya podía verse en la manera en que decidió entrar en nuestra historia.
En aquella habitación había algo que María todavía no podía dimensionar.
Ella estaba escuchando acerca del futuro.
Gabriel estaba anunciando una identidad.
María veía algo que todavía no había ocurrido.
El cielo sabía quién estaba por entrar en el mundo.
Y dentro de poco comenzaría uno de los contrastes más extraordinarios de toda la historia de Jesucristo:
el cielo conocería su identidad mientras muchos en la Tierra no lo reconocerían.
Gabriel lo llamaría Hijo del Altísimo.
Los pastores escucharían que era Salvador, Cristo el Señor.
Simeón lo reconocería como la salvación preparada por Dios.
Los magos preguntarían por el Rey de los judíos.
Pero otros simplemente verían al hijo de María.
Algunos se maravillarían.
Otros dudarían.
Otros lo rechazarían.
Herodes incluso intentaría matarlo.
La identidad de Jesús nunca dependería de la respuesta humana.
El cielo había hablado primero.
Hay algo profundamente hermoso en el orden de los acontecimientos.
María todavía no conocía el rostro de Jesús.
No sabía cómo serían sus ojos.
Nunca había escuchado su voz.
No había sentido todavía sus pequeñas manos aferrándose a las suyas.
Pero antes de conocer su rostro, Dios quiso que conociera su identidad.
Este será grande.
Hijo del Altísimo.
Heredero del trono de David.
Rey para siempre.
Un reino sin final.
María tendría que recordar aquellas palabras muchas veces.
Cuando sintiera crecer su vientre.
Cuando tuviera que explicar su embarazo.
Cuando emprendiera el camino hacia Belén.
Cuando no encontraran un lugar adecuado para el nacimiento.
Cuando sostuviera a aquel pequeño recién nacido.
Cuando tuviera que huir con Él hacia Egipto.
Las circunstancias podrían parecer incompatibles con el anuncio.
Pero el anuncio permanecería.
Aquel niño vulnerable seguía siendo quien Gabriel había dicho que era.
Y ahora la historia estaba a punto de dar otro paso.
Porque conocer quién era el niño era solamente una parte del anuncio.
María tendría que decidir qué hacer con aquello que acababa de escuchar.
Aceptar aquella misión no significaría únicamente experimentar el milagro de tener un hijo.
Podría significar preguntas.
Sospechas.
Incomprensión.
El riesgo de perder a José.
Y una vida que jamás volvería a ser igual.
Gabriel sabía quién estaba por venir.
Ahora una joven de Nazaret tendría que responder a la pregunta que cambiaría su vida:
¿Estaría dispuesta a participar en la manera en que Dios había decidido traerlo al mundo?
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«Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.»
Lucas 1:38, RVR1960
Gabriel sabía quién estaba por venir.
Había pronunciado palabras enormes acerca de aquel que todavía no podía ser visto: sería grande, sería llamado Hijo del Altísimo, recibiría el trono de David y su reino no tendría fin.
Pero ahora la escena cambia.
El anuncio acerca de Jesús se convierte en algo profundamente personal para María.
Porque una cosa era escuchar quién era aquel que vendría.
Otra muy diferente era descubrir cómo había decidido Dios traerlo al mundo.
Gabriel le dijo:
«Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Lucas 1:31).
La promesa de Dios entraría en la historia dentro de su propio cuerpo.
María no sería simplemente testigo de la encarnación.
Dios estaba pidiendo su participación.
Es fácil contemplar la anunciación sabiendo cómo termina la historia.
Nosotros sabemos que José finalmente creyó.
Sabemos que Jesús nació.
Sabemos que los pastores llegaron.
Sabemos que los magos lo adoraron.
Sabemos que millones de personas, siglos después, conocerían el nombre de María.
Pero María no estaba contemplando los acontecimientos desde nuestro lado de la historia.
Ella estaba viviéndolos por primera vez.
Lucas nos dice que era una virgen «desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David» (Lucas 1:27).
Tenía un compromiso matrimonial.
Había un futuro que probablemente parecía relativamente previsible.
Matrimonio.
Una vida dentro de su comunidad.
Entonces llegó Gabriel.
Y en unos cuantos minutos, todo cambió.
María hizo una pregunta completamente comprensible:
«¿Cómo será esto? pues no conozco varón» (Lucas 1:34).
No parece una pregunta de burla.
Era una pregunta acerca de cómo ocurriría aquello.
Gabriel respondió:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).
Y entonces añadió:
«Por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios».
María estaba recibiendo una explicación que resolvía una pregunta, pero inmediatamente abría muchas otras.
Ella sabría cómo había ocurrido.
Pero ¿cómo explicaría lo ocurrido?
¿Cómo explicaría a José que estaba embarazada?
¿Cómo reaccionaría su familia?
¿Qué pensarían quienes la conocían?
¿Cómo se explica humanamente algo que nunca había sucedido de aquella manera?
María tendría la palabra de Gabriel.
Pero los demás no habían escuchado a Gabriel.

El ángel Gabriel comunicando el mensaje a María
Aquí los relatos de Lucas y Mateo se vuelven especialmente conmovedores cuando se contemplan juntos.
María sabía.
José todavía no.
Mateo nos dice lo que ocurrió cuando el embarazo fue descubierto:
«Antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).
Y la reacción inicial de José demuestra que la situación era realmente difícil.
«José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente» (Mateo 1:19).
Esto nos permite comprender mejor lo que estaba implícito en la respuesta de María a Gabriel.
Cuando dijo sí, todavía no sabía cómo resolvería Dios el problema con José.
No sabía que un ángel se le aparecería posteriormente en sueños.
No sabía que José recibiría una explicación directamente de Dios.
No podía entregarle una carta firmada por Gabriel.
Tendría que confiar.
El desposorio judío del primer siglo era mucho más serio que un noviazgo moderno. Aunque la pareja todavía no hubiera comenzado la convivencia matrimonial, existía ya un compromiso formal cuya ruptura requería divorcio; precisamente por eso Mateo habla de José considerando dejarla.
Un embarazo antes de comenzar la vida matrimonial podía producir sospechas evidentes.
Y aquí debemos tener cuidado de no añadir al texto cosas que la Biblia no dice.
Lucas no nos cuenta que María fuera públicamente humillada por todo Nazaret. Tampoco describe exactamente qué comentarios escuchó o qué personas dudaron de ella.
Pero podemos afirmar algo mucho más sencillo:
María aceptó una situación que podía ser profundamente difícil de explicar.
Ella conocía la verdad.
Dios conocía la verdad.
Gabriel conocía la verdad.
Pero todavía faltaba que otros la conocieran.
Eso hacía que su respuesta tuviera un costo real.
Esto es quizá uno de los aspectos más hermosos de la anunciación.
Gabriel le explicó a María lo suficiente para que comprendiera lo esencial.
Pero no le mostró toda su vida futura.
No le contó detalladamente cómo reaccionaría José.
No le explicó el viaje que tendría que hacer estando embarazada.
No le habló todavía de la dificultad que encontrarían en Belén.
No le describió la llegada de los pastores.
No le contó acerca de Herodes.
No le explicó que tendría que levantarse algún día y huir con su hijo hacia Egipto.
Tampoco le describió lo que Simeón posteriormente le anunciaría:
«Y una espada traspasará tu misma alma» (Lucas 2:35).
María recibió luz suficiente para dar el siguiente paso.
Pero no recibió un mapa completo del camino.
Y entonces tuvo que decidir.
La respuesta de María es extraordinariamente breve:
«He aquí la sierva del Señor».
No negoció una posición.
No pidió reconocimiento.
No preguntó qué recibiría a cambio.
No exigió saber primero cómo se resolverían todas las dificultades.
Se definió a sí misma mediante una palabra:
sierva.
Y después pronunció la frase que cambiaría su vida:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
María estaba poniendo su cuerpo, su futuro, su compromiso con José y su reputación en manos de Dios.
No porque comprendiera todo lo que sucedería.
Sino porque había decidido confiar en quien se lo estaba pidiendo.
Si nos detenemos solamente en María, podemos perder la conexión con el corazón de esta serie.
Porque en aquella escena encontramos dos disposiciones extraordinarias que se encuentran.
Una joven está dispuesta a recibir al Hijo de Dios.
Y el Hijo de Dios está dispuesto a entrar en la humanidad mediante ella.
María dice:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
Y detrás de todo el acontecimiento está Cristo aceptando algo todavía mayor:
hacerse verdaderamente hombre.
No descendería a la Tierra como un adulto apareciendo repentinamente desde el cielo.
No llegaría rodeado de poder visible.
No evitaría el proceso humano.
Entraría como nosotros entramos.
Sería concebido.
Se desarrollaría en el vientre.
Nacería.
Sería cargado.
Sería alimentado.
Crecería.
El Hijo de Dios estaba aceptando depender, humanamente, del cuerpo y posteriormente de los cuidados de una joven de Nazaret.
Esto añade una nueva dimensión a la humildad de la encarnación.
El Creador aceptó ser cuidado por su criatura.
La anunciación también nos obliga a contemplar la forma en que Dios decidió actuar.
Podía haber hecho aparecer a Cristo públicamente en Jerusalén.
Podía haberlo presentado con una manifestación celestial imposible de ignorar.
Podía haber comenzado delante de sacerdotes, gobernantes y multitudes.
Pero escogió el camino de la encarnación.
Y eso significaba entrar verdaderamente en una familia humana.
Tener una madre.
Ser recibido posteriormente por José.
Tener una genealogía reconocible.
Pertenecer a un pueblo.
Crecer dentro de una casa.
Conocer desde dentro nuestra experiencia humana.
Dios no decidió salvar al hombre manteniéndose distante de la humanidad.
Decidió entrar en ella.
Hasta este momento de nuestra serie hemos contemplado decisiones y anuncios.
Pero ahora algo está a punto de suceder físicamente.
El Hijo eterno está por asumir naturaleza humana.
La distancia entre el cielo y la Tierra comienza a cerrarse de una manera que nadie en Nazaret puede ver.
No hay ruido en las calles.
No hay celebración pública.
Roma no sabe nada.
Jerusalén no sabe nada.
Herodes no sabe nada.
Los sacerdotes no saben nada.
Pero en aquella conversación entre Gabriel y María está comenzando uno de los acontecimientos centrales de la historia bíblica.
Y ocurre después de una respuesta sencilla:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
Gabriel termina su misión.
Lucas dice:
«Y el ángel se fue de su presencia» (Lucas 1:38).
La habitación vuelve a quedar en silencio.
Pero María ya no es la misma joven que era antes de que Gabriel llegara.
Ahora posee un secreto que cambiará su vida.
Y muy pronto ese secreto comenzará a hacerse visible.
Entonces llegará una de las primeras consecuencias de haber aceptado participar en el plan de Dios:
José tendrá que descubrir que María está embarazada.
María sabe lo que Dios ha hecho.
José todavía no.
Y antes de que Jesús nazca, su llegada comenzará a transformar —y poner a prueba— a la familia que habrá de recibirlo.
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«El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.»
Mateo 1:18, RVR1960
Gabriel se había ido.
María había respondido:
«He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lucas 1:38).
Pero había alguien que no había estado presente durante aquella conversación.
José.
Él no había visto a Gabriel.
No había escuchado la explicación del ángel.
No había oído las palabras: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti».
No había escuchado que aquel niño sería llamado Hijo del Altísimo.
José solamente tendría delante de él un hecho imposible de ignorar:
María estaba embarazada.
Y él sabía que aquel hijo no era suyo.

Mateo describe la situación con enorme sobriedad:
«Antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).
Nosotros conocemos la última parte de esa frase.
José inicialmente no.
Nosotros leemos:
«del Espíritu Santo».
José veía:
un embarazo que no podía explicar.
Esa diferencia es fundamental para comprender lo que ocurrió.
Desde la perspectiva de Dios estaba sucediendo uno de los acontecimientos más santos de toda la historia bíblica.
Desde la perspectiva humana, podía parecer exactamente lo contrario.
El Hijo de Dios estaba entrando en el mundo.
Pero su llegada colocaba a María bajo sospecha y a José frente a una decisión dolorosa.
Aquí encontramos una de las primeras paradojas de la encarnación:
algo completamente santo podía ser interpretado como algo vergonzoso.
Mateo nos permite entrar por un momento en el dolor de José:
«José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente» (Mateo 1:19).
Es difícil leer esas palabras sin detenerse a pensar en lo que había detrás de ellas.
José había proyectado una vida con María.
Había un compromiso entre ellos.
Existían planes.
Existía un futuro imaginado.
Y repentinamente apareció una realidad que parecía destruirlo todo.
La Biblia no nos dice exactamente qué pensó José ni reproduce las conversaciones que pudo haber tenido con María. No debemos inventarlas.
Pero su decisión revela que no creía que pudiera continuar con el matrimonio.
Quería dejarla.
Y, sin embargo, Mateo añade algo importante acerca de su carácter:
«No quería infamarla».
José estaba herido por una situación que no comprendía, pero no estaba buscando destruir a María.
Incluso antes de recibir la explicación divina encontramos en él una disposición a actuar con misericordia.
La situación de María era igualmente difícil.
Ella sabía lo que había ocurrido.
Había escuchado a Gabriel.
Sabía lo que Dios había hecho.
Pero conocer la verdad no significaba necesariamente poder demostrarla.
¿Cómo podía explicar una concepción virginal?
¿Cómo podía pedirle a José que creyera algo que no tenía precedente en su experiencia?
Las palabras de Gabriel habían sido suficientes para María.
Pero José necesitaba recibir su propia confirmación.
Y Dios no lo abandonó en su confusión.
Mateo dice:
«Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños» (Mateo 1:20).
Hay algo profundamente humano en esa pequeña expresión:
«pensando él en esto».
José estaba procesando lo sucedido.
Estaba considerando qué hacer.
Había llegado incluso a una decisión.
Entonces Dios intervino.
El ángel le dijo:
«José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer».
José tenía miedo de dar ese paso.
Pero Dios le estaba pidiendo precisamente que lo diera.
Y entonces recibió la explicación que necesitaba:
«Porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es».
Lo que José había interpretado como una razón para separarse de María era, en realidad, una obra de Dios.
Su percepción de toda la situación tuvo que cambiar en un instante.
María no le había sido infiel.
El niño no era resultado de una traición.
Dios estaba haciendo algo que José jamás habría podido deducir por sí mismo.
Estas palabras merecen atención.
Dios no solamente le explicó a José lo sucedido.
Le pidió una decisión.
«No temas recibir a María tu mujer».
Recibirla significaba mucho más que creer intelectualmente la explicación.
José tendría que actuar conforme a ella.
Tendría que continuar con María.
Tendría que aceptar al niño.
Tendría que entrar en una historia que él no había planeado.
Y posiblemente tendría que vivir con preguntas que no podría responder satisfactoriamente a todo el mundo.
Nosotros sabemos quién era aquel niño.
Gabriel lo sabía.
María lo sabía.
Ahora José también lo sabía.
Pero Nazaret no había recibido una aparición angelical colectiva.
Los demás solamente podrían observar las circunstancias externas.
Esto permite comprender el verdadero costo de la obediencia de José.
Creerle a Dios en privado tendría consecuencias en su vida pública.
El desposorio judío era un compromiso formal. Mateo incluso llama a José «su marido» antes de que hubieran comenzado plenamente su vida matrimonial.
Un embarazo aparecido durante ese período podía generar sospechas evidentes.
La Escritura no nos dice exactamente qué comentarios recibió María ni hasta qué punto la comunidad conoció las circunstancias. No necesitamos inventar una persecución social que el texto no describe.
La situación por sí sola era suficientemente delicada.
María podía ser juzgada por algo que no había hecho.
José podía ser juzgado por recibirla.
Y el niño crecería dentro de aquella familia.
Antes de que Jesús pronunciara una sola palabra, su presencia ya estaba alterando la vida de quienes habían decidido recibirlo.
En Lucas encontramos el consentimiento de María expresado con palabras:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
Mateo nos muestra la respuesta de José de otra manera.
No registra un discurso.
Registra una acción:
«Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1:24).
José dijo sí obedeciendo.
No pidió otra señal.
No exigió una explicación pública que protegiera su reputación.
No esperó hasta que todos comprendieran.
Se levantó y recibió a María.
Y al recibir a María, recibió también al niño que ella llevaba dentro.
Ese acto cambiaría el resto de su vida.
Aquí aparece una nueva dimensión de la encarnación.
Dios no solamente decidió que su Hijo tuviera un cuerpo humano.
Decidió que entrara en una familia humana.
Jesús tendría una madre que lo llevaría en su vientre.
Y tendría a José, quien asumiría públicamente la responsabilidad de recibirlo, protegerlo y criarlo dentro de su hogar.
El Hijo de Dios aceptó entrar en esa estructura de dependencia.
El que posteriormente sería reconocido como Maestro sería primero enseñado dentro de una casa.
El que alimentaría multitudes tendría primero que ser alimentado.
El que protegería a sus discípulos tendría primero que ser protegido.
El que un día cargaría con otros aceptó primero ser cargado por otros.
Esto nos muestra hasta dónde llegó la encarnación.
Cristo no quiso observar nuestra experiencia humana desde afuera.
Entró en ella.
Hay además algo conmovedor detrás de esta historia.
Jesús todavía no había nacido y ya su llegada estaba rodeada de incomprensión.
No porque hubiera hecho algo malo.
No porque María hubiera hecho algo malo.
Sino porque aquello que Dios estaba haciendo era tan extraordinario que podía ser malinterpretado.
Este patrón aparecerá nuevamente durante su vida.
Haría el bien y sería acusado.
Sanaría y algunos cuestionarían sus acciones.
Expulsaría demonios y algunos atribuirían su poder a una fuente maligna.
Diría la verdad y sería llamado blasfemo.
Finalmente sería condenado siendo inocente.
Todavía faltaban décadas para todo aquello.
Pero desde antes de su nacimiento aparece una realidad que lo acompañará:
la verdad acerca de Jesús no siempre coincidirá con lo que los hombres piensen acerca de Él.
María había dicho:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
José:
«Hizo como el ángel del Señor le había mandado».
Dos respuestas diferentes.
La misma disposición.
Obedecer.
Dios estaba formando alrededor de Jesús una familia cuyo comienzo no estaría basado en comodidad, prestigio o facilidad.
Comenzaría con fe.
María tendría que confiar en Dios cuando no podía explicar completamente su situación a los demás.
José tendría que confiar en Dios cuando lo que veía parecía contradecir lo que ahora se le pedía creer.
Y juntos tendrían que recibir al niño.
No sabían todavía acerca del viaje que les esperaba.
No sabían que tendrían dificultades al llegar a Belén.
No sabían que hombres extranjeros aparecerían algún día buscando al niño.
No sabían que Herodes intentaría matarlo.
No sabían que tendrían que huir a Egipto.
Dios no les mostró todo aquello antes de pedirles obediencia.
Les mostró el siguiente paso.
Y ambos lo dieron.
Así comenzó la familia terrenal en la que crecería Jesucristo.
No comenzó rodeada de aplausos.
Comenzó con una joven que tuvo que confiar en Dios.
Con un hombre que tuvo que creer algo humanamente extraordinario.
Con preguntas que ellos no habían buscado.
Con planes personales que tuvieron que cambiar.
Y con un niño cuya sola presencia ya estaba transformando sus vidas antes de nacer.
Esto revela también algo acerca del corazón de Cristo.
No escogió entrar en nuestra humanidad desde una posición protegida de sus dificultades.
Aceptó nacer dentro de una familia que tendría que enfrentar incertidumbre, incomprensión, desplazamiento y posteriormente persecución.
No pidió una familia poderosa que pudiera abrirle las puertas de los palacios.
No pidió una posición social que lo protegiera.
Entró en un hogar sostenido, desde el principio, por la confianza en Dios y la obediencia.
Pero todavía quedaba una pregunta extraordinaria.
José sabía ahora de dónde procedía aquel embarazo.
Gabriel había dicho a María quién sería aquel niño.
Sin embargo, todavía debemos detenernos ante el misterio central de lo que estaba ocurriendo dentro de ella.
¿Qué significaban realmente aquellas palabras?
«Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es».
Porque no estamos solamente ante la historia de una familia extraordinaria.
Estamos llegando al corazón mismo de la encarnación:
¿quién era aquel que se estaba formando en el vientre de María?
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«Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios.»
Juan 8:41, RVR1960
Jesús todavía no había nacido y ya existía alrededor de su concepción una realidad difícil de explicar.
María sabía lo que había ocurrido.
Gabriel lo sabía.
Dios lo sabía.
Pero José, cuando descubrió el embarazo, inicialmente no pudo comprenderlo.
Mateo nos dice que quiso dejar a María secretamente. Solamente después de que un ángel del Señor se le apareció en sueños comprendió la verdad:
«Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).
José recibió la explicación.
Pero Nazaret no recibió aquella aparición.
Los habitantes de la población no habían escuchado a Gabriel. No habían oído las palabras pronunciadas a María. No habían estado dentro del sueño de José.
Ellos solamente podían contemplar las circunstancias externas.
Una joven desposada había quedado embarazada.
Y muchos años después encontramos una frase dirigida a Jesús que obliga, por lo menos, a hacernos una pregunta incómoda.
¿Pudo Jesús haber crecido bajo la sospecha de ser un hijo ilegítimo?

¿Fue Jesús un niño marcado?
La expresión aparece durante una de las confrontaciones más intensas entre Jesús y algunos de sus adversarios.
La discusión registrada en Juan 8 gira repetidamente alrededor de una cuestión:
¿Quién es vuestro padre?
Ellos apelaban a Abraham:
«Nuestro padre es Abraham» (Juan 8:39).
Jesús respondió que, si realmente fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham.
Entonces declaró:
«Vosotros hacéis las obras de vuestro padre» (Juan 8:41).
Y ellos contestaron:
«Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios».
La expresión resulta difícil de pasar por alto.
¿Por qué introducir precisamente la fornicación?
¿Por qué responder:
«Nosotros no somos nacidos…»?
Existe una interpretación que entiende estas palabras dentro del lenguaje de los profetas del Antiguo Testamento, donde la infidelidad de Israel hacia Dios podía describirse mediante imágenes de adulterio y prostitución. Bajo esa lectura, sus adversarios estarían afirmando su fidelidad religiosa y diciendo que tenían un solo Padre: Dios.
Esa interpretación existe y debemos reconocerla.
Pero existe otra posibilidad que, dentro de una confrontación tan hostil, merece ser tomada seriamente:
que aquellas palabras fueran un ataque contra el nacimiento de Jesús.
No estamos leyendo una conversación tranquila entre personas que intentaban comprenderse.
El enfrentamiento aumenta progresivamente.
Jesús cuestiona la filiación espiritual de sus adversarios.
Ellos responden defendiendo su origen.
Y pocos versículos después llegan directamente al insulto:
«¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?» (Juan 8:48).
No estaban tratando de proteger la dignidad de Jesús.
Estaban intentando desacreditarlo.
Por eso, si la expresión «nosotros no somos nacidos de fornicación» contiene una insinuación personal, sería particularmente cruel.
En lenguaje sencillo, el golpe sería aproximadamente:
«Nosotros sí sabemos de dónde venimos. ¿Y tú?»
Y entonces aparece inevitablemente otra pregunta.
Si existía semejante acusación acerca de Jesús, ¿de dónde pudo haber surgido?
No podemos reconstruir una cadena de rumores que los Evangelios no registran.
No sabemos quién habló primero.
No sabemos qué conversaciones ocurrieron.
No sabemos exactamente cuánto conocían los vecinos acerca de las circunstancias del embarazo de María.
Pero sí conocemos algunos hechos.
María quedó embarazada durante el período de desposorio.
José sabía inicialmente que el hijo no era suyo.
La situación fue suficientemente seria para que considerara romper la relación.
Y después José recibió a María y Jesús creció dentro de aquella familia.
Años más tarde encontramos otra expresión interesante precisamente cuando Jesús regresa a su propia tierra.
Los habitantes de Nazaret preguntan:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón?» (Marcos 6:3).
«Hijo de María».
La expresión ha llamado la atención de intérpretes porque un hombre podía normalmente ser identificado mediante su padre.
Por sí sola, la frase no demuestra que estuvieran llamando ilegítimo a Jesús. Sería demasiado afirmar eso solamente a partir de Marcos 6:3.
Pero cuando la colocamos junto a las circunstancias extraordinarias de su concepción y posteriormente escuchamos en Juan:
«Nosotros no somos nacidos de fornicación»,
la posibilidad merece ser considerada.
Nazaret conocía a María.
Conocía a José.
Conocía a Jesús.
Conocía a sus hermanos y hermanas.
Habían visto crecer a aquella familia.
Y las comunidades pequeñas tienen memoria.
Un acontecimiento extraordinario ocurrido dentro de una familia puede convertirse durante años en tema de conversación.
Por eso es razonable preguntarnos si la historia del embarazo de María permaneció de alguna manera alrededor de Jesús mientras crecía.
Aquí encontramos el problema humano.
La explicación verdadera era extraordinaria:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).
María podía decir la verdad.
Pero decir la verdad no obligaba a los demás a creerla.
Pensemos en José.
Él conocía a María.
Estaba comprometido con ella.
Y aun así necesitó que Dios interviniera para comprender lo ocurrido.
¿Qué podía esperarse entonces de personas que solamente observaban desde afuera?
Ellos no habían visto al ángel.
No habían recibido revelación alguna.
No habían escuchado al cielo declarar:
«El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios».
Podían llegar a una conclusión mucho más sencilla.
Y completamente equivocada.
Si aquella sospecha realmente existió —y aquí debemos mantener la distinción entre posibilidad histórica y afirmación explícita de la Escritura— entonces Jesús habría conocido desde muy temprano una experiencia profundamente dolorosa:
ser juzgado por algo que no había hecho.
Hay heridas que no provienen de nuestros actos.
Provienen de las historias que otros cuentan acerca de nosotros.
Una persona puede cargar durante años con una etiqueta colocada por otros.
Puede ser identificada por las circunstancias de su familia.
Puede escuchar insinuaciones acerca de sus padres.
Puede crecer sintiendo que debe explicar algo que nunca provocó.
Para muchos seres humanos, ese tipo de señalamiento deja marcas profundas.
Si Jesús vivió bajo aquella sospecha, entonces la encarnación lo llevó también hasta ese territorio del sufrimiento humano.
El Hijo de Dios habría conocido lo que significa que otros intenten convertir su origen en motivo de vergüenza.
Aquí aparece uno de los contrastes más extraordinarios de toda esta historia.
Gabriel había dicho:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).
Observe las dos descripciones.
Los hombres podían insinuar:
«fornicación».
El cielo había declarado:
«Santo».
Los hombres podían cuestionar quién era su padre.
Gabriel había anunciado:
«Hijo de Dios».
Los hombres podían interpretar aquel embarazo desde las apariencias.
Dios conocía lo que realmente había sucedido.
Lo que podía convertirse en motivo de vergüenza ante los hombres era precisamente una obra extraordinaria de Dios.
Aquí la historia se vuelve todavía más profunda.
La concepción virginal no es un detalle pintoresco añadido a la historia de Navidad.
Está íntimamente relacionada con la identidad del que estaba entrando en el mundo.
Jesús debía ser verdaderamente hombre.
No podía aparentar humanidad.
No podía simplemente adoptar una forma externa parecida a nosotros.
Tenía que entrar realmente en nuestra raza.
Tenía que poseer carne y sangre.
Tenía que poder experimentar hambre.
Cansancio.
Tentación.
Sufrimiento.
Y finalmente:
muerte.
Hebreos lo expresa de una manera extraordinaria:
«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).
Y posteriormente añade:
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos» (Hebreos 2:17).
Para redimir al hombre, Cristo tenía que hacerse hombre.
Pablo desarrolla esta verdad utilizando a Adán y a Cristo.
«Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos» (1 Corintios 15:21).
Y después:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22).
Finalmente llama a Jesús:
«El postrer Adán» (1 Corintios 15:45).
El primer Adán había introducido pecado y muerte dentro de la experiencia humana.
Cristo entraría en esa misma humanidad para convertirse en cabeza de una nueva humanidad redimida.
La justicia divina no sería satisfecha mediante la muerte de un ángel.
Cristo vino como hombre.
El pecado había entrado en el mundo por un hombre.
Y ahora un hombre tendría que enfrentar las consecuencias del pecado.
Pero aquí aparecía un problema enorme.
No podía ser simplemente cualquier hombre.
Todos los demás pertenecemos a una humanidad caída.
Pablo escribió:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).
Un pecador culpable delante de Dios necesita redención.
No puede convertirse en el sacrificio perfecto que elimine la culpa de otros.
El Redentor tenía que pertenecer verdaderamente a nuestra humanidad y, al mismo tiempo, ser santo.
Y exactamente eso es lo que encontramos en la anunciación.
María aporta verdadera humanidad.
Pero la concepción no ocurre mediante un padre humano.
Gabriel declara:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti».
Y el resultado es:
«El Santo Ser que nacerá».
La Escritura no explica la transmisión del pecado mediante un mecanismo genético ni afirma que la naturaleza pecaminosa viaje exclusivamente a través del padre. No necesitamos construir una biología que la Biblia no revela.
Lo que sí revela es extraordinariamente claro:
Jesús nació verdaderamente humano y nació santo.
Jesús compartiría nuestra humanidad.
Pero no nuestra culpa.
Sería tentado.
Pero no pecaría.
Hebreos dice:
«Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).
Pedro escribió:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22).
Pablo declaró:
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Corintios 5:21).
Y así encontramos las dos condiciones que necesitábamos en nuestro Redentor.
Tenía que ser hombre para representarnos.
Tenía que ser sin pecado para poder redimirnos.
Verdadero hombre.
Verdaderamente santo.
Uno de nosotros.
Pero sin nuestra culpa.
Si Juan 8:41 contiene realmente una acusación contra su nacimiento, entonces aquellos hombres estaban atacando precisamente una de las verdades relacionadas con aquello que hacía posible su propia salvación.
Ellos podían decir:
«Nosotros no somos nacidos de fornicación».
Mientras delante de ellos estaba el hombre acerca de quien el cielo había dicho:
«El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios».
Intentaban desacreditar su concepción.
Pero aquella concepción estaba relacionada con la manera extraordinaria en que Dios había introducido al Redentor en nuestra humanidad.
Intentaban avergonzarlo por su origen.
Pero precisamente aquel origen revelaba que el Salvador había venido de Dios.
Atacaban aquello que no comprendían.
Y estaban intentando herir al único que podía redimirlos.
Lo más hermoso es observar la respuesta de Jesús.
No encontramos un intento desesperado por demostrar su legitimidad humana.
No comienza a contar la historia de Gabriel.
No utiliza a María para defenderse.
No llama a José como testigo.
Jesús sabía perfectamente quién era.
Y unos versículos después declara:
«Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido» (Juan 8:42).
Ellos podían cuestionar de dónde había venido.
Jesús sabía exactamente de dónde había venido.
«Yo de Dios he salido».
Su identidad no dependía de la reputación que una población pudiera haber construido.
No dependía de los rumores.
No dependía de las acusaciones.
No dependía de la interpretación que otros hicieran de las circunstancias de su nacimiento.
Antes de que alguien pudiera insultarlo, el cielo había hablado acerca de Él.
Hijo de Dios.
Santo.
Aquí encontramos otra dimensión del corazón de Cristo.
Jesús no solamente entró en un mundo donde el cuerpo podía sufrir.
Entró en un mundo donde las palabras podían herir.
Conoció el desprecio.
Conoció acusaciones falsas.
Fue llamado samaritano.
Fue acusado de tener demonio.
Fue considerado blasfemo.
Sus enemigos interpretaron sus acciones de la peor manera posible.
Finalmente sería tratado como criminal siendo inocente.
Isaías había anunciado:
«Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isaías 53:3).
El Hijo de Dios no vino protegido de nuestra crueldad.
Entró directamente en ella.
Y si la expresión de Juan conserva una acusación que venía desde las circunstancias de su nacimiento, entonces el desprecio no comenzó al final de su ministerio.
Pudo haberlo acompañado durante mucho más tiempo.
Esto resulta especialmente importante para comprender a Cristo.
Una reputación semejante puede marcar profundamente la vida de una persona.
Hay personas que pasan años intentando demostrar que no son aquello que otros dijeron acerca de ellas.
Jesús no construyó su identidad alrededor de las acusaciones de los hombres.
Sabía quién era.
Sabía quién era su Padre.
Sabía de dónde había venido.
Sabía para qué había venido.
Las voces humanas podían ser crueles.
Pero ninguna podía modificar la verdad.
Si lo llamaban ilegítimo, seguía siendo Hijo del Altísimo.
Si cuestionaban su origen, seguía siendo el Santo Ser anunciado por Gabriel.
Si insinuaban fornicación, la realidad continuaba siendo:
«Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es».
Y aquí volvemos al corazón de nuestra serie.
En La vida eterna de Jesucristo contemplamos quién era antes de venir.
En Él lo sabía descubrimos que conocía de antemano el mundo al que entraría y lo que los hombres terminarían haciéndole.
Ahora estamos comenzando a observar lo que significó realmente venir.
No solamente dejó la gloria para asumir un cuerpo.
Entró en una familia que podía ser cuestionada.
Aceptó circunstancias que podían ser malinterpretadas.
Entró en una pequeña comunidad donde las historias podían permanecer durante años.
Y posiblemente cargó con una acusación relacionada con su nacimiento que décadas después todavía podía ser utilizada contra Él.
Pero detrás de aquello que los hombres podían convertir en insulto se encontraba una de las verdades más extraordinarias de nuestra redención.
El Hijo de Dios se había hecho verdaderamente hombre.
Uno de nosotros, para poder representarnos.
Santo, para poder ofrecerse por nosotros.
Capaz de morir como hombre.
Sin pecado, para poder ocupar el lugar del pecador.
El hombre podía mirar aquella concepción y encontrar motivo para despreciarlo.
Dios miraba a aquel que se estaba formando en el vientre de María y declaraba:
Santo.
Quizá pocas cosas muestran con tanta claridad la tragedia de nuestra condición.
El hombre podía convertir en motivo de vergüenza precisamente aquello que Dios estaba utilizando para traerle salvación.
Y aun sabiendo que podía ser incomprendido, señalado, despreciado y finalmente rechazado, Cristo aceptó entrar así en nuestra historia.
Porque no había venido a proteger su reputación.
Había venido a salvarnos.
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Dr. Elio M Rivera
«Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.»
Lucas 1:38, RVR1960
Hay frases de la Biblia que conocemos tan bien que podemos dejar de sentir el peso que tuvieron cuando fueron pronunciadas por primera vez.
Una de ellas es:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
La leemos sabiendo cómo terminó la historia.
Sabemos que José recibió a María.
Sabemos que Dios le habló en sueños.
Sabemos que el matrimonio continuó.
Sabemos que Jesús nació.
Sabemos que María sobrevivió a aquellos acontecimientos y que décadas después continuaba junto a su Hijo.
María no sabía nada de eso cuando respondió a Gabriel.
Cuando aquella joven dijo «hágase conmigo», no estaba leyendo la historia desde el final.
Estaba parada al principio.
Y delante de ella había muchas cosas que todavía no podía ver.

Mateo utiliza una expresión que merece nuestra atención:
«Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).
«Se halló que había concebido».
El embarazo no permanecería invisible.
Durante algún tiempo solamente María conocería lo que estaba ocurriendo dentro de su cuerpo.
Pero llegaría el momento en que aquello se haría evidente.
Su vientre crecería.
Su cuerpo cambiaría.
Y aparecería una pregunta inevitable:
¿Cómo había quedado embarazada una joven desposada antes de comenzar su vida matrimonial con José?
María conocía la respuesta.
Había escuchado a Gabriel:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).
Pero conocer la verdad y poder demostrarla eran dos cosas completamente diferentes.
No podía mostrar a Gabriel.
No podía presentar testigos de aquella conversación.
No podía colocar delante de los demás una explicación humana para demostrar una concepción sobrenatural.
Solamente podía decir lo que había sucedido.
Y esperar que le creyeran.
Para comprender el peso de la decisión de María necesitamos entrar, aunque sea por un momento, en el mundo en el que vivía.
María estaba desposada con José.
Aquello no era exactamente equivalente al noviazgo moderno.
El compromiso matrimonial judío poseía una seriedad jurídica mucho mayor. Por eso Mateo, aun antes de que comenzaran plenamente su vida matrimonial, puede referirse a José como «su marido» y hablar de la posibilidad de que él la dejara.
La Ley de Moisés trataba con enorme severidad la infidelidad sexual durante ese período.
Deuteronomio 22:23-24 contempla el caso de una joven virgen desposada que tuviera voluntariamente relaciones sexuales con otro hombre y establece para aquella transgresión la pena de muerte.
No debemos ir más allá de lo que dicen los Evangelios.
Mateo nunca afirma que María fuera llevada ante los ancianos.
Nunca dice que se organizara un juicio contra ella.
Nunca dice que una multitud recogiera piedras para matarla.
Y las condiciones políticas y judiciales de Judea bajo dominio romano hacían la aplicación de las penas capitales más compleja que una simple lectura de la legislación mosaica.
Pero nada de esto elimina una realidad fundamental:
María pertenecía a una sociedad en la que el adulterio durante el desposorio era considerado una transgresión gravísima.
Por eso su embarazo no representaba solamente el riesgo de algunos comentarios desagradables.
Podía afectar su matrimonio.
Su reputación.
Su lugar dentro de la comunidad.
Su futuro.
Y, dependiendo de cómo se desarrollaran los acontecimientos, podía colocarla frente a consecuencias que ella no podía prever.
Aquí encontramos algo extraordinario.
Cuando María respondió a Gabriel:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra»,
Dios todavía no había hablado con José.
El sueño registrado por Mateo vendría después.
Nosotros sabemos que Dios intervendrá.
María todavía no.
Gabriel no le dijo:
«José comprenderá inmediatamente».
No le prometió:
«Nadie hablará mal de ti».
No le aseguró:
«Tu reputación permanecerá intacta».
No le explicó:
«Cuando José descubra el embarazo, enviaré un ángel para contarle lo sucedido».
María recibió una promesa acerca del niño.
Pero no recibió una explicación detallada acerca de cómo Dios resolvería todas las consecuencias que aquella concepción podía producir en su propia vida.
Y aun así respondió:
«Hágase conmigo».
Lo que María podía temer realmente sucedió.
José descubrió el embarazo.
Y no entendió.
Mateo dice:
«José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente» (Mateo 1:19).
Estas palabras nos permiten comprender retrospectivamente el tamaño de la decisión de María.
La situación fue tan seria que José decidió dejarla.
Él no había recibido todavía la explicación celestial.
Desde su perspectiva, algo había sucedido que hacía imposible continuar como si nada hubiera ocurrido.
Y aquí aparece una palabra particularmente importante:
«No quería infamarla».
¿Infamarla por qué?
Porque hacer pública la situación podía exponerla.
La palabra misma nos permite contemplar el peligro social que existía alrededor de María.
José decidió manejar aquello discretamente porque no quería convertirla en objeto de exposición pública.
Incluso antes de conocer la verdad, hubo misericordia en su reacción.
Pero para María debió existir un período en el cual ella sabía que obedecer a Dios podía significar perder al hombre con quien esperaba formar su hogar.
Volvamos entonces a Nazaret.
Volvamos al momento en que Gabriel todavía está delante de ella.
María acaba de escuchar:
«Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo» (Lucas 1:31).
Ella pregunta:
«¿Cómo será esto? pues no conozco varón» (Lucas 1:34).
Gabriel le explica que será obra de Dios.
Y entonces María responde.
Ahora podemos escuchar sus palabras de otra manera.
«Hágase conmigo».
Mi cuerpo queda en las manos de Dios.
Mi futuro queda en las manos de Dios.
Mi compromiso con José queda en las manos de Dios.
Mi reputación queda en las manos de Dios.
Las explicaciones que tendré que dar quedan en las manos de Dios.
Las consecuencias que todavía no puedo ver quedan en las manos de Dios.
«He aquí la sierva del Señor».
María no estaba diciendo que comprendía todo.
Estaba diciendo que confiaba en Dios aun sin comprender todo.
Esto distingue la fe de María de una obediencia condicionada.
Es relativamente sencillo obedecer cuando conocemos de antemano el resultado.
Cuando sabemos que nadie nos rechazará.
Cuando sabemos que nuestra seguridad está garantizada.
Cuando conocemos cada paso del camino.
María no recibió ese privilegio.
Dios no le mostró toda la historia antes de pedirle una respuesta.
Ella no sabía todavía que terminaría viajando embarazada hacia Belén.
No sabía dónde nacería exactamente el niño.
No sabía que unos pastores aparecerían contando que habían visto ángeles.
No sabía que Simeón tomaría al niño en sus brazos y después le anunciaría que una espada atravesaría su propia alma.
No sabía que Herodes buscaría al niño para matarlo.
No sabía que tendría que levantarse y abandonar su tierra rumbo a Egipto.
No sabía cuándo podría regresar.
Y ni siquiera sabía todavía cómo reaccionaría José.
Dios no le entregó el mapa.
Le dio una palabra.
Y María confió en quien había pronunciado aquella palabra.
Hay algo todavía más profundo.
Dios podía haber realizado todo de una manera que evitara cualquier posibilidad de sospecha.
Podía haber hablado primero con José.
Podía haber proporcionado testigos.
Podía haber anunciado públicamente lo ocurrido.
Podía haber rodeado el acontecimiento de señales imposibles de negar.
Pero no lo hizo así.
La encarnación comenzó silenciosamente.
Gabriel.
María.
Una promesa.
Una concepción sobrenatural.
Y después una joven que tendría que vivir con las consecuencias visibles de algo invisible que Dios había hecho dentro de ella.
Dios finalmente intervino para hablar con José.
Pero no evitó que existiera primero un período de incertidumbre y dolor.
Eso también forma parte de la historia.
La obediencia de María no la introdujo inmediatamente en una vida más sencilla.
La introdujo en una historia mucho más grande que ella.
Y esa historia tendría un precio.
Aquí encontramos una verdad conmovedora.
María comenzó a pagar un precio por recibir a Jesús antes incluso de poder sostenerlo entre sus brazos.
Todavía no había escuchado su llanto.
No había visto su rostro.
No había sentido sus manos.
Pero su presencia ya estaba cambiando su vida.
Recibir al Hijo significaba permitir que Dios alterara los planes que ella había imaginado.
Significaba aceptar preguntas que quizá no podría contestar de una manera que todos creyeran.
Significaba confiar en que Dios cuidaría de consecuencias que ella todavía no podía controlar.
Y, sin embargo, no encontramos a María intentando negociar las condiciones.
Encontramos:
«He aquí la sierva del Señor».
Y aquí aparece algo hermoso acerca del Padre.
Mientras María enfrentaba una situación que no podía resolver por sí misma, Dios ya sabía lo que haría con José.
María no podía entrar en los pensamientos de aquel hombre.
No podía producir un sueño.
No podía enviar un ángel.
No podía obligarlo a creer.
Pero Dios podía.
Cuando José estaba pensando dejarla, Dios intervino:
«José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).
María había colocado su futuro en las manos de Dios.
Y Dios comenzó a actuar en un lugar al que ella no podía llegar:
el corazón y la conciencia de José.
Ella no podía defenderse completamente.
Dios habló por ella.
Ella no podía convencer a José del milagro.
Dios se lo reveló.
Ella no podía garantizar que José permaneciera a su lado.
Dios le dijo:
«No temas recibir a María».
Esto no significa que Dios eliminara todas las dificultades que vendrían después.
No lo hizo.
Pero significa que María no estaba sola dentro de las consecuencias de su obediencia.
Primero María:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
Después José:
«Hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1:24).
María obedeció sin saber todavía qué haría José.
José obedeció después de recibir de Dios la explicación que necesitaba.
Y así, alrededor del niño que todavía estaba en el vientre, comenzaron a encontrarse dos personas que habían decidido creerle a Dios aunque hacerlo alterara profundamente sus vidas.
Ese sería el hogar humano en el que entraría Jesucristo.
No un hogar construido alrededor de comodidad.
Un hogar construido alrededor de obediencia.
Ahora podemos volver por última vez a las palabras de aquella joven.
«He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra».
Ya no parecen una frase sencilla.
María no sabía cuánto costaría aquel sí.
No sabía qué perdería.
No sabía qué conservaría.
No sabía quién la comprendería.
No sabía quién podría señalarla.
No sabía todavía que José decidiría inicialmente dejarla.
Mucho menos sabía todo lo que ocurriría después.
Pero sabía algo.
Dios había hablado.
Y para María eso fue suficiente para colocar su vida en sus manos.
La encarnación comenzó, por tanto, rodeada de entrega.
El Hijo estuvo dispuesto a venir.
Y María estuvo dispuesta a recibirlo.
No porque conociera anticipadamente el precio completo.
Sino porque confiaba en Aquel que la había llamado.
Y mientras su cuerpo comenzaba silenciosamente a albergar al Hijo de Dios, María entraba también en una historia de la que ya no tendría control absoluto.
Su reputación podía ser cuestionada.
Su matrimonio podía desaparecer.
Su futuro podía cambiar.
Y la Ley de su pueblo mostraba cuán grave podía considerarse una aparente infidelidad durante el desposorio.
Pero ella había respondido:
«Hágase conmigo».
Tal vez esa sea una de las dimensiones más profundas de su respuesta.
María no dijo sí porque Dios le hubiera prometido que obedecer no dolería.
Dijo sí antes de saber cuánto podría costarle.
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