Dr. Elio M Rivera
Textos clave: Lucas 2:1-20; Juan 1:1-3, 14
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad».
Juan 1:14, RVR1960
Había llegado el momento.
Las palabras pronunciadas por los profetas durante siglos estaban a punto de encontrar su cumplimiento en una noche que cambiaría para siempre la historia de la humanidad.
Isaías había anunciado que una virgen concebiría.
Miqueas había señalado una pequeña población llamada Belén.
Gabriel había visitado a María y le había anunciado que concebiría un hijo cuyo nombre sería Jesús.
José también había recibido la explicación divina acerca del embarazo de su esposa.
Todo estaba preparado.
Pero nadie en Belén parecía saberlo.
Las familias continuaban con sus ocupaciones. Los viajeros buscaban dónde hospedarse. Los animales necesitaban alimento y descanso. Los habitantes de aquella pequeña población seguían viviendo sus vidas.
Y mientras el mundo continuaba su marcha, el acontecimiento más extraordinario de la historia estaba a punto de suceder.
La noche en que nació Jesús
José y María habían llegado a Belén por causa del empadronamiento ordenado por Augusto César.
El viaje los había llevado desde Galilea hasta Judea.
María estaba embarazada.
Y mientras se encontraban allí, llegó el momento del nacimiento.

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad». Juan 1: 14
Lucas describe lo sucedido con una sencillez que resulta casi desconcertante:
«Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón».
Lucas 2:6-7, RVR1960
Eso fue todo.
El evangelista no describe un palacio.
No menciona médicos ni asistentes.
No habla de una celebración organizada para recibir al niño.
Solamente presenta a una madre que acaba de dar a luz, unos pañales y un pesebre.
Podemos imaginar el esfuerzo del parto, el agotamiento de María y la preocupación de José. Eran experiencias profundamente humanas, aunque Lucas no nos proporciona los detalles de aquellas horas.
Lo que sí nos dice es que el niño nació.
María lo envolvió cuidadosamente en pañales.
Y lo acostó en un pesebre.
Aquel pequeño cuerpo necesitaba abrigo.
Sus manos eran las de un recién nacido.
Sus ojos comenzaban a conocer el mundo que lo rodeaba.
Su madre debía sostenerlo, alimentarlo y protegerlo.
Y aquel niño era Jesucristo.
El que había sido anunciado por los profetas.
El que Gabriel había llamado Hijo del Altísimo.
El que recibiría el trono de David.
El que salvaría a su pueblo de sus pecados.
Había nacido.
Y estaba acostado en un lugar destinado a contener alimento para los animales.
Mientras tanto, en los campos de Belén
A cierta distancia de donde había nacido Jesús, algunos pastores permanecían en el campo cuidando sus rebaños durante la noche.
Lucas nos permite contemplar otra escena:
«Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño».
Lucas 2:8, RVR1960
Para aquellos hombres era una noche de trabajo.
Debían permanecer atentos a sus ovejas.
Conocían los sonidos del campo, la oscuridad y las responsabilidades de su oficio.
No tenían motivos para pensar que aquella noche sería diferente.
Pero de pronto sucedió algo que ninguno de ellos habría podido anticipar.
«Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor».
Lucas 2:9, RVR1960
La oscuridad fue interrumpida por un resplandor extraordinario.
Un ángel estaba delante de ellos.
Y la gloria del Señor los rodeó.
Los pastores tuvieron miedo.
No estaban contemplando un fenómeno cotidiano.
Se encontraban frente a una manifestación celestial.
Pero el ángel no había venido para anunciarles una desgracia.
Había venido para comunicarles una noticia que debía producir una alegría inmensa.
¡Os ha nacido hoy un Salvador!
Entonces el ángel habló:
«Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor».
Lucas 2:10-11, RVR1960
¡Un Salvador!
No dijo simplemente que había nacido un niño.
No anunció el nacimiento de otro futuro gobernante de Israel.
No presentó al recién nacido como un maestro que algún día ofrecería enseñanzas extraordinarias.
Lo llamó Salvador.
Y añadió dos títulos que revelaban su identidad:
CRISTO el Señor.
Aquel niño era el Mesías prometido.
El Señor anunciado.
El Salvador que la humanidad necesitaba.
Pero entonces el ángel añadió algo sorprendente.
Les dijo cómo podrían reconocerlo.
«Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre».
Lucas 2:12, RVR1960
¡Qué señal tan inesperada!
El Salvador había nacido.
El Cristo había llegado.
El Señor estaba en Belén.
¿Y cómo podrían encontrarlo?
No debían buscar una corona.
No debían buscar soldados custodiando una entrada.
No debían buscar un trono.
Debían buscar a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
La señal celestial señalaba hacia la más sencilla de las escenas humanas.
Cuando el cielo comenzó a alabar a Dios
Pero el anuncio todavía no había terminado.
Lucas continúa:
«Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!».
Lucas 2:13-14, RVR1960
Repentinamente.
Hasta ese momento, un solo ángel había hablado con los pastores.
Ahora apareció una multitud de las huestes celestiales.
No sabemos cuántos eran.
Lucas no proporciona una cifra.
Solamente nos dice que era una multitud.
Y todos alababan a Dios.
¡Gloria a Dios en las alturas!
La noticia era tan extraordinaria que el anuncio de un solo mensajero fue acompañado por la alabanza de las huestes celestiales.
No estaban celebrando el nacimiento de un rey cualquiera.
Estaban glorificando a Dios por lo que había ocurrido aquella noche.
La promesa de salvación había llegado a un momento decisivo.
El Cristo había nacido.
Y la paz anunciada no era simplemente la ausencia de conflictos entre las naciones.
Era la proclamación del favor divino relacionado con la llegada del Salvador.
Mientras los hombres dormían en Belén, una multitud celestial alababa a Dios en los campos cercanos.
Y en algún lugar de aquella población, un niño permanecía acostado en un pesebre.
Los pastores corrieron a buscarlo
Después de aquella manifestación, los ángeles se fueron al cielo.
Los pastores quedaron nuevamente en el campo.
Pero ya no podían continuar como si nada hubiera sucedido.
«Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado».
Lucas 2:15, RVR1960
No necesitaban discutir durante horas qué debían hacer.
Querían comprobar lo que acababan de escuchar.
El Señor les había dado una noticia.
Y ellos querían ver al niño.
Lucas dice:
«Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre».
Lucas 2:16, RVR1960
Apresuradamente.
Podemos imaginarlos avanzando por las calles de Belén, buscando el lugar indicado por la señal.
Hasta que finalmente lo encontraron.
Allí estaban María y José.
Y allí estaba el niño.
Exactamente como el ángel les había anunciado.
Envuelto en pañales.
Acostado en un pesebre.
Los pastores habían contemplado la gloria del Señor.
Habían escuchado el anuncio de un ángel.
Habían presenciado la alabanza de una multitud celestial.
Y ahora estaban delante de un recién nacido.
¡Qué contraste tan extraordinario!
La gloria celestial había acompañado el anuncio.
Pero la señal que confirmaba su cumplimiento era la presencia de un niño acostado humildemente.
María guardaba todas estas cosas
Los pastores comenzaron a contar lo que habían escuchado acerca del niño.
Quienes recibieron su testimonio se maravillaron.
Pero Lucas dirige nuestra atención hacia María:
«Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».
Lucas 2:19, RVR1960
María había escuchado a Gabriel.
Había vivido el embarazo.
Había dado a luz.
Y ahora escuchaba a unos pastores hablar de ángeles, de gloria celestial y de un Salvador que había nacido.
Cuántas cosas tendría que meditar.
El ángel le había dicho que su hijo sería llamado Hijo del Altísimo.
Le había anunciado que recibiría el trono de David.
Le había declarado que su reino no tendría fin.
Y ahora otros hombres llegaban afirmando que un ángel les había anunciado el nacimiento de Cristo el Señor.
María guardaba aquellas cosas en su corazón.
El Evangelio no nos dice que comprendiera inmediatamente todas sus implicaciones.
Nos dice que las meditaba.
Y mientras ella reflexionaba sobre aquellas noticias extraordinarias, su hijo seguía siendo un recién nacido que dependía de sus cuidados.
Y finalmente, el Verbo fue hecho carne
Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto.
La manifestación celestial había terminado.
Las voces de los ángeles ya no se escuchaban en los campos.
Belén continuaba siendo una pequeña población de Judea.
Augusto César seguía gobernando el Imperio romano.
Herodes todavía ocupaba su trono.
Los poderosos continuaban ejerciendo su autoridad.
Y la mayoría de los habitantes del mundo ignoraba lo que acababa de suceder.
Pero en aquel lugar humilde había ocurrido algo que ningún emperador podía producir, que ningún ejército podía conquistar y que ninguna riqueza podía comprar.
Jesucristo había nacido.
Aquel niño tenía una madre humana.
Había recibido un cuerpo humano.
Podía sentir el frío de la noche.
Necesitaba alimento.
Necesitaba descanso.
Necesitaba los brazos de María.
Y, sin embargo, su identidad no podía explicarse solamente por las circunstancias de su nacimiento.
Muchos años después, Juan escribiría unas palabras que revelarían la grandeza de lo ocurrido aquella noche:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».
Juan 1:1, RVR1960
Y después añadiría:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…».
Juan 1:14, RVR1960
Regresemos por un instante a Belén.
Imaginemos que la noche ha avanzado.
Los pastores ya se han marchado.
José permanece cerca de María.
El cansancio del viaje y del nacimiento comienza a dar paso al descanso.
María contempla al niño.
Quizá acomoda cuidadosamente los pañales que lo envuelven.
Tal vez se inclina para comprobar que está cómodo.
No sabemos cuáles fueron sus movimientos ni sus palabras. Pero podemos contemplar, con reverencia, la escena que Lucas sí nos ha dejado.
Un niño acostado en un pesebre.
Nada en su apariencia exterior permitía medir la grandeza de su identidad.
No llevaba una corona.
No sostenía un cetro.
No estaba rodeado de los símbolos del poder humano.
Era pequeño.
Era vulnerable.
Era verdaderamente humano.
Y mientras descansaba, el mundo seguía sin comprender la magnitud de aquella noche.
El niño que dormía había sido anunciado desde los días antiguos.
Su nacimiento había sido señalado por los profetas.
Los ángeles habían proclamado su llegada.
Los pastores habían acudido a contemplarlo.
Y ahora, después de todo aquello, Jesús dormía en el pesebre.
Podemos imaginar su respiración tranquila.
Sus pequeñas manos descansando junto a su cuerpo.
Su rostro iluminado tenuemente por la luz de una lámpara.
María cerca de Él.
José velando por su familia.
Y afuera, la noche de Belén.
El mundo no se había detenido.
Pero la historia de la humanidad ya no sería la misma.
Porque aquel niño no era solamente el hijo de María.
Era el Salvador.
Era Cristo el Señor.
Era Emanuel.
Era el Hijo de Dios.
Era el Verbo que era Dios.
Y aquella noche, mientras Jesús dormía en un humilde pesebre, se había cumplido uno de los acontecimientos más extraordinarios de toda la eternidad:
Finalmente, el Verbo se hizo carne.
Dios se hizo hombre.
Y vino a habitar entre nosotros.
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