Dr. Elio M Rivera
Textos clave: Romanos 5:12-19; 1 Corintios 15:45-47
«Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante».
1 Corintios 15:45, RVR1960
La historia de la humanidad comenzó con un hombre llamado Adán. Dios lo formó del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y lo colocó en un mundo que todavía no había sido contaminado por el pecado.
Adán recibió vida, libertad, responsabilidades y un mandamiento que debía obedecer. Tenía delante de sí la posibilidad de vivir en comunión con su Creador.
Sin embargo, tomó una decisión que afectaría a toda su descendencia.
Desobedeció.
Y con aquella desobediencia comenzó una tragedia cuyas consecuencias alcanzarían a todas las generaciones humanas.
Muchos siglos después, el apóstol Pablo explicaría que la historia de la humanidad debía comprenderse a partir de dos hombres.
El primero fue Adán.
El segundo, Jesucristo.
No porque Jesucristo fuera simplemente otro hombre que apareció después, sino porque vino a hacer lo que Adán no hizo y a resolver lo que Adán había provocado.

Jesús, el segundo Adán entro en la historia de la humanidad
Dos hombres que representan a la humanidad
Pablo escribió:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron».
Romanos 5:12, RVR1960
Adán no fue solamente el primer ser humano.
También ocupó una posición singular como cabeza de la humanidad.
Su decisión no quedó limitada a su experiencia personal. El pecado introducido por él afectó a toda la familia humana.
A partir de entonces, los hombres nacerían dentro de una humanidad caída, experimentarían las consecuencias del pecado y estarían sujetos a la muerte.
La historia comenzó a repetirse de generación en generación.
Los hijos de Adán tuvieron hijos.
Sus descendientes poblaron la tierra.
Se levantaron ciudades, pueblos y naciones.
Pero había algo que ninguno de ellos podía evitar: todos pertenecían a una humanidad marcada por la caída.
Y todos, a su vez, pecaron.
Sin embargo, Pablo no termina su explicación con Adán.
Introduce a otro representante.
Uno cuya obediencia tendría consecuencias completamente diferentes.
«Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida».
Romanos 5:18, RVR1960
El apóstol establece un contraste.
Adán representa la entrada del pecado y de la condenación.
Jesucristo representa la obediencia, la justicia y la posibilidad de una vida reconciliada con Dios.
En Adán comenzó la tragedia. En Jesucristo comenzó la restauración.
El primer Adán recibió la vida; el postrer Adán vino a darla
En su primera carta a los corintios, Pablo presenta una diferencia extraordinaria:
«Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante».
1 Corintios 15:45, RVR1960
Adán recibió la vida.
No la poseía por sí mismo.
Dependía de Dios para existir.
Su vida comenzó cuando Dios lo creó.
Jesucristo, en cambio, es presentado como «espíritu vivificante».
La expresión señala su capacidad de comunicar vida, especialmente en el contexto de la resurrección que Pablo desarrolla en este capítulo.
Adán pudo transmitir a sus descendientes la vida humana que había recibido, pero no podía librarlos de la muerte que había entrado por su pecado.
Jesucristo vino para conceder algo que Adán no podía proporcionar: vida más allá del dominio definitivo de la muerte.
Por eso Pablo escribió:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados».
1 Corintios 15:22, RVR1960
La comparación no significa que todos los seres humanos sean salvos automáticamente. Pablo está explicando la victoria de Cristo sobre la muerte y, más adelante, identifica a los que son de Cristo como participantes de la resurrección para vida.
La diferencia sigue siendo extraordinaria.
El primer Adán fue receptor de vida. El postrer Adán es dador de vida.
El hombre del polvo y el hombre celestial
Pablo continúa:
«El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo».
1 Corintios 15:47, RVR1960
Esta declaración añade una dimensión que no encontramos en la historia del primer Adán.
Adán tuvo su origen en la tierra.
Dios lo formó del polvo.
Su existencia comenzó como criatura.
Jesucristo, por el contrario, es llamado «el Señor» y descrito como «del cielo».
Pablo no está negando su humanidad. Precisamente lo llama «el segundo hombre».
Está distinguiendo su procedencia de la del primer Adán.
El primer hombre comenzó a existir cuando fue creado.
El segundo hombre es el Señor celestial que asumió nuestra naturaleza humana.
Por eso la Encarnación no fue simplemente el nacimiento de otro descendiente de Adán.
Fue la aparición, dentro de nuestra humanidad, de alguien que podía darle un destino diferente.
El primero había sido creado por Dios. El segundo era Dios hecho hombre.
La obediencia que Adán no ofreció
Una de las diferencias más importantes entre ambos hombres se encuentra en su respuesta a la voluntad divina.
Adán recibió un mandamiento y lo desobedeció.
Jesucristo asumió una naturaleza humana y vivió en perfecta obediencia.
Pablo resume el contraste:
«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos».
Romanos 5:19, RVR1960
Observemos que Pablo no contrapone solamente dos muertes.
Contrapone dos maneras de responder a Dios.
Desobediencia y obediencia.
Adán colocó su propia voluntad por encima del mandamiento recibido.
Jesucristo cumplió perfectamente la voluntad del Padre.
Su obediencia no consistió únicamente en evitar el pecado.
Fue una vida humana enteramente entregada al cumplimiento del propósito divino, una obediencia que llegó hasta la muerte de cruz.
El primer Adán falló en la prueba de la obediencia.
El postrer Adán permaneció fiel.
Y esa fidelidad forma parte esencial de nuestra redención.
No vino a reparar solamente una decisión
Sería insuficiente decir que Jesucristo vino simplemente a corregir el error cometido por Adán.
Las consecuencias de aquella desobediencia se habían extendido a toda la humanidad.
El pecado no era ya un acontecimiento aislado ocurrido en el Edén.
Había llegado a formar parte de la historia de cada generación.
La violencia, la injusticia, la mentira, la idolatría y la muerte daban testimonio de una humanidad profundamente afectada.
Pero Jesucristo no vino solamente a devolvernos al punto en el que Adán se encontraba antes de pecar.
Su obra abriría el camino hacia algo todavía mayor.
Una humanidad reconciliada con Dios.
Una vida sostenida por su gracia.
Una esperanza que no terminaría en el sepulcro.
Y finalmente, una resurrección gloriosa.
Pablo explica:
«Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial».
1 Corintios 15:49, RVR1960
Los descendientes de Adán participan de su condición terrenal y mortal.
Pero quienes pertenecen a Jesucristo tienen la promesa de participar de la gloria de su resurrección.
Ese es el alcance extraordinario de la obra del postrer Adán.
No solamente vino a resolver nuestro pasado; vino a transformar nuestro futuro.
¿Por qué Pablo lo llama el postrer Adán?
Hay una razón importante por la que Pablo utiliza la expresión «postrer Adán».
No está anunciando una sucesión interminable de representantes que intentarían salvar a la humanidad.
Presenta a Jesucristo como aquel que lleva a su cumplimiento definitivo la obra redentora.
Adán fue el primero.
Cristo es el postrer Adán.
No necesitamos esperar a un tercero que complete lo que Jesucristo comenzó.
Su obediencia fue perfecta.
Su sacrificio fue suficiente.
Su resurrección confirmó su victoria.
Y su obra no necesita ser sustituida por la de otro salvador.
En Jesucristo encontramos la respuesta definitiva al problema que comenzó con el primer hombre.
Dos humanidades, dos destinos
La enseñanza de Pablo nos coloca delante de una realidad profundamente personal.
Todos pertenecemos a la humanidad descendiente de Adán.
Compartimos su condición mortal.
Conocemos el pecado.
Experimentamos las consecuencias de vivir en un mundo caído.
Pero el Evangelio anuncia que, por medio de Jesucristo, es posible pertenecer a una nueva humanidad espiritual, reconciliada con Dios.
Pablo lo expresa de otra manera:
«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas».
2 Corintios 5:17, RVR1960
La expresión «en Cristo» es fundamental.
Así como nuestra relación natural con Adán explica nuestra condición humana caída, nuestra unión con Jesucristo por la fe explica nuestra nueva condición delante de Dios.
No se trata de cambiar de ascendencia biológica.
Se trata de recibir una nueva vida espiritual.
El hombre continúa viviendo en un cuerpo mortal, pero ya no tiene que permanecer bajo la condenación del pecado.
En Cristo recibe perdón, reconciliación y la promesa de la resurrección.
Conclusión: La humanidad tuvo un nuevo comienzo
Cuando Dios creó a Adán, comenzó la historia de la humanidad.
Cuando Adán desobedeció, aquella historia quedó marcada por el pecado y la muerte.
Pero Dios no permitió que la desobediencia del primer hombre tuviera la última palabra.
La respuesta divina no fue crear otro Adán del polvo de la tierra.
Fue que Jesucristo, el Señor celestial, asumiera nuestra humanidad para convertirse en nuestro nuevo representante.
Adán nos muestra lo que ocurrió cuando el hombre desobedeció a Dios.
Jesucristo nos muestra lo que hizo posible la obediencia perfecta de un hombre que también era Dios.
El primero transmitió a su descendencia una condición marcada por la muerte.
El segundo concede vida a quienes le pertenecen.
El primero fue vencido por el pecado.
El segundo venció al pecado y a la muerte.
Y aquí encontramos el verdadero significado de llamar a Jesucristo el postrer Adán.
No vino simplemente a repetir la historia del primer hombre.
Vino a darle a la humanidad, por medio de su obediencia, sacrificio y resurrección, un comienzo que Adán jamás habría podido ofrecerle.
Porque la historia humana no tenía que terminar donde comenzó su tragedia.
En Adán conocimos la caída. En Jesucristo encontramos la redención y la esperanza de la vida eterna.
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