21. La deuda tenía que ser pagada

Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”
Isaías 53:5, RVR1960

  Había llegado el momento de enfrentar la deuda.

  Durante siglos, la humanidad había vivido bajo una sentencia que Dios había pronunciado desde el principio:

“…el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960

  Y posteriormente la Escritura lo expresaría de una manera todavía más directa:

“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960

  Pero ahora había ocurrido algo que nunca antes había sucedido.

  Había aparecido en la historia un Hombre sin pecado.

  Uno que no tenía deuda propia.

  Uno sobre quien la justicia divina no podía encontrar transgresión alguna.

  Uno que no necesitaba morir por sus propios pecados.

  Y precisamente por eso podía ocurrir algo extraordinario:

  podía ofrecerse por los pecados de otros.

  Aquí entramos en uno de los misterios más profundos de la salvación.

  No bastaba con que Dios quisiera perdonarnos.

  La deuda tenía que ser resuelta.

  No bastaba con lamentar lo ocurrido.

  El pecado había producido una culpa real.

  No bastaba con prometer que jamás volveríamos a hacerlo.

  La justicia todavía tenía delante lo que ya habíamos hecho.

  Alguien tenía que pagar.

Dios había enseñado durante siglos que el pecado cuesta vida

  Mucho antes de la Cruz, Dios comenzó a introducir en la historia de Israel un lenguaje que prepararía a la humanidad para comprender lo que ocurriría con Cristo.

  Era el lenguaje del sacrificio.

  Del altar.

  De la sangre.

  De la sustitución.

  De una vida entregada.

  Levítico declara:

“Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas…”
Levítico 17:11, RVR1960

  El pecado no era tratado como una trivialidad.

  Había un costo.

  Había sangre.

  Había muerte.

  El pecador podía observar algo estremecedor:

  otro ser vivo moría en relación con su pecado.

  En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote colocaba sus manos sobre la cabeza del macho cabrío y confesaba sobre él las iniquidades del pueblo.

“Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío…”
Levítico 16:21, RVR1960

  La imagen era poderosa.

  Los pecados pertenecían al pueblo.

  Pero simbólicamente eran colocados sobre otro.

  El culpable permanecía; otro cargaba.

  Dios estaba introduciendo una palabra que después sería indispensable para comprender la Cruz:

  sustitución.

  Pero aquellos animales nunca fueron la solución definitiva.

  Hebreos lo aclara:

“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.”
Hebreos 10:4, RVR1960

  Entonces, ¿para qué servían?

  Entre otras cosas, señalaban hacia algo mayor.

  Preparaban el lenguaje.

  Enseñaban que el pecado era serio.

  Que la culpa necesitaba expiación.

  Que la vida estaba involucrada.

  Que el perdón no debía confundirse con indiferencia hacia el pecado.

  Y que llegaría el día en que Dios proporcionaría un sacrificio diferente.

  Uno suficiente.

Isaías vio al Sustituto

  Siglos antes de que Jesús naciera en Belén, Isaías describió una escena extraordinaria.

  Pero hay algo que debemos observar cuidadosamente al leerla.

  Isaías habla de Él.

  Y después habla de nosotros.

  Una y otra vez.

  Él.

  Nosotros.

  Él.

  Nosotros.

  Esa diferencia es el corazón de la profecía.

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…”
Isaías 53:4, RVR1960

  Él llevó.

  Pero eran:

  nuestros.

  Después:

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones…”
Isaías 53:5, RVR1960

  Las rebeliones eran nuestras.

  El herido fue Él.

“…molido por nuestros pecados…”

  Los pecados eran nuestros.

  El que sufrió fue Él.

  Y entonces aparece una de las declaraciones más extraordinarias de toda la profecía:

“…el castigo de nuestra paz fue sobre él…”

  Detengámonos allí.

  Nuestro castigo.

  Sobre Él.

  Eso es sustitución.

  No significa que Dios decidió que el pecado ya no importaba.

  Significa que aquello que la justicia demandaba sería enfrentado por otro.

  El culpable tenía una deuda.

  El inocente decidió ocupar su lugar.

  Y por eso Isaías puede terminar la frase diciendo:

“…y por su llaga fuimos nosotros curados.”

  Su sufrimiento.

  Nuestra paz.

  Su herida.

  Nuestra restauración.

  La deuda era nuestra.

  El pago recaería sobre Él.

  Isaías continúa:

“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino…”
Isaías 53:6, RVR1960

  Observe que el profeta no permite que nos declaremos víctimas inocentes.

  “Todos nosotros nos descarriamos.”

  El problema era nuestro.

  La rebelión era nuestra.

  Cada uno se había apartado.

  Pero entonces llega la segunda mitad:

“…mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.”

  Quizá pocas frases expliquen mejor lo que estaba a punto de suceder.

  “Cargó en él.”

  No desapareció el pecado mediante una declaración ficticia.

  No dijo que nunca había ocurrido.

  Lo colocó sobre el Sustituto.

El inocente ocupando el lugar del culpable

  Isaías todavía va más lejos:

“Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero…”
Isaías 53:7, RVR1960

  Aquí aparece nuevamente la imagen del sacrificio.

  El cordero.

  Siglos después, cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesucristo, utilizó precisamente ese lenguaje:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
Juan 1:29, RVR1960

  Todos aquellos altares.

  Toda aquella sangre.

  Todos aquellos sacrificios.

  Todos aquellos corderos.

  No eran el final de la historia.

  Señalaban hacia Él.

  Pero había una diferencia inmensa.

  Cristo no era llevado inconscientemente hacia algo que no comprendía.

  Jesús había declarado:

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960

  El Sustituto sabía.

  El Sustituto quería.

  El Sustituto se entregaba voluntariamente.

  Y esto hace todavía más impresionante la profecía de Isaías:

“Por cárcel y por juicio fue quitado… porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido.”
Isaías 53:8, RVR1960

  Otra vez:

  “La rebelión de mi pueblo.”

  Pero:

  “Él fue herido.”

  No estaba pagando una deuda propia.

  Estaba entrando voluntariamente en el lugar de otros.

  Pedro lo resumiría siglos después:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960

  No podría decirse con mayor claridad:

  El justo.

  Por:

  los injustos.

  Y nuevamente aparece el propósito que ha recorrido nuestra serie:

  “Para llevarnos a Dios.”

  Habíamos quedado lejos.

  El Sustituto venía a abrir el camino de regreso.

La deuda no desapareció: cambió de hombros

  Esta es quizá la manera más sencilla de comprenderlo.

  Imagine una deuda que usted jamás podría pagar.

  No tiene los recursos.

  No puede declararla inexistente.

  No puede obligar al acreedor a olvidarla.

  Pero entonces aparece alguien que no debe nada.

  Mira la deuda.

  Mira al deudor.

  Y voluntariamente decide asumir el costo.

  La deuda no se volvió imaginaria.

  Fue asumida por otro.

  Algo infinitamente mayor estaba ocurriendo con Cristo.

  Pedro escribe:

“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero…”
1 Pedro 2:24, RVR1960

  Observe nuevamente el lenguaje:

  “Nuestros pecados.”

  Pero:

  “Él mismo” los llevó.

  Pablo lo expresa de otra manera:

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”
2 Corintios 5:21, RVR1960

  El que:

  “no conoció pecado”

  entró voluntariamente en el lugar de quienes sí lo conocíamos.

  La salvación comenzaba a mostrar su costo.

La sangre significaba que una vida había sido entregada

  Por eso la sangre ocupa un lugar tan importante en el lenguaje de la redención.

  No se trata de una fascinación con la sangre.

  La sangre representa vida entregada.

  Ya lo había declarado Levítico:

“Porque la vida de la carne en la sangre está…”
Levítico 17:11, RVR1960

  Y Hebreos declara:

“…y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.”
Hebreos 9:22, RVR1960

  La sentencia era muerte.

  Por eso el precio no podía reducirse simplemente a palabras.

  No bastaba una disculpa.

  No bastaba una promesa.

  No bastaba una ceremonia.

  Había una vida que tenía que ser entregada.

  Y ahora existía una vida que podía ser ofrecida sin estar pagando por pecados propios.

  La vida del Hombre sin pecado.

Isaías utiliza una palabra extraordinaria: expiación

  Después de describir al Siervo herido, molido y llevando los pecados de otros, Isaías declara:

“Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado…”
Isaías 53:10, RVR1960

  “Su vida.”

  “En expiación.”

  La expiación significa que el problema del pecado está siendo tratado delante de Dios.

  La culpa no se está escondiendo.

  La justicia no está siendo burlada.

  El expediente no está desapareciendo misteriosamente.

  Se está pagando un precio.

  Y observe qué está siendo ofrecido:

  “Su vida.”

  Eso era precisamente lo que la sentencia demandaba.

  La paga del pecado era muerte.

  Y el Siervo colocaría:

  “su vida en expiación por el pecado.”

  Ahora comenzamos a comprender por qué Jesucristo tuvo que hacerse hombre.

  Tenía que tener una vida humana que pudiera ser entregada.

  Tenía que poder morir realmente.

  Pero tenía que ser inocente para no estar muriendo por su propia culpa.

  Tenía que ser el justo muriendo por los injustos.

“Llevará las iniquidades de ellos”

  Isaías todavía no ha terminado.

“Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos.”
Isaías 53:11, RVR1960

  Aquí aparecen juntas dos palabras que parecían imposibles de reconciliar:

  Justo.

  Y:

  justificará.

  Él es:

  “mi siervo justo.”

  ¿Y qué hará?

  “Justificará… a muchos.”

  ¿Cómo?

  Isaías inmediatamente añade:

  “Y llevará las iniquidades de ellos.”

  Ahí está la respuesta.

  El culpable puede comenzar a mirar hacia la justificación porque el Justo está cargando aquello que pertenecía al culpable.

  Y el capítulo termina insistiendo una última vez:

“…habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.”
Isaías 53:12, RVR1960

  Isaías no quiere que perdamos el punto.

  Una y otra vez:

  Él llevó.

  Él cargó.

  Él fue herido.

  Él puso su vida.

  Pero:

  eran nuestras rebeliones.

  Nuestros pecados.

  Nuestro castigo.

  Nuestras iniquidades.

  Eso es sustitución.

  Eso es sacrificio.

  Eso es expiación.

Ahora podemos acercarnos a la Cruz

  Hasta este momento hemos hablado de una deuda.

  De una sentencia.

  De un Sustituto.

  De un sacrificio.

  De sangre.

  De una vida entregada.

  Pero todo esto tendría que ocurrir en un lugar real y en un momento real de la historia.

  La justicia divina no sería satisfecha mediante una idea.

  El precio sería pagado en la historia.

  Y aquí la profecía de Isaías comienza a adquirir un rostro.

  El Siervo tiene nombre:

  Jesucristo.

  El Cordero tiene nombre:

  Jesucristo.

  El Justo que moriría por los injustos tiene nombre:

  Jesucristo.

  Y el lugar donde el Sustituto cargaría con nuestra deuda también tiene nombre:

  la Cruz.

  Ahora sí estamos preparados para acercarnos a ella.

  No solamente como el instrumento romano donde murió Jesús.

  No solamente como uno de los acontecimientos más dolorosos de su vida.

  Sino como el lugar donde ocurrió algo que afectaría nuestra eternidad:

  el lugar donde la justicia y el amor de Dios se encontraron sin que ninguno de los dos dejara de ser lo que era.

  La justicia no dijo:

  “El pecado no importa.”

  El amor no dijo:

  “Que el culpable se pierda.”

  En la Cruz, Dios mostraría hasta dónde llegaba la gravedad del pecado…

  y al mismo tiempo:

  hasta dónde estaba dispuesto a llegar su amor para salvar al pecador.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.