Texto clave
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”
Isaías 53:5, RVR1960
Había llegado el momento de enfrentar la deuda.
Durante siglos, la humanidad había vivido bajo una sentencia que Dios había pronunciado desde el principio:
“…el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
Y posteriormente la Escritura lo expresaría de una manera todavía más directa:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Pero ahora había ocurrido algo que nunca antes había sucedido.
Había aparecido en la historia un Hombre sin pecado.
Uno que no tenía deuda propia.
Uno sobre quien la justicia divina no podía encontrar transgresión alguna.
Uno que no necesitaba morir por sus propios pecados.
Y precisamente por eso podía ocurrir algo extraordinario:
podía ofrecerse por los pecados de otros.
Aquí entramos en uno de los misterios más profundos de la salvación.
No bastaba con que Dios quisiera perdonarnos.
La deuda tenía que ser resuelta.
No bastaba con lamentar lo ocurrido.
El pecado había producido una culpa real.
No bastaba con prometer que jamás volveríamos a hacerlo.
La justicia todavía tenía delante lo que ya habíamos hecho.
Alguien tenía que pagar.

Mucho antes de la Cruz, Dios comenzó a introducir en la historia de Israel un lenguaje que prepararía a la humanidad para comprender lo que ocurriría con Cristo.
Era el lenguaje del sacrificio.
Del altar.
De la sangre.
De la sustitución.
De una vida entregada.
Levítico declara:
“Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas…”
Levítico 17:11, RVR1960
El pecado no era tratado como una trivialidad.
Había un costo.
Había sangre.
Había muerte.
El pecador podía observar algo estremecedor:
otro ser vivo moría en relación con su pecado.
En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote colocaba sus manos sobre la cabeza del macho cabrío y confesaba sobre él las iniquidades del pueblo.
“Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío…”
Levítico 16:21, RVR1960
La imagen era poderosa.
Los pecados pertenecían al pueblo.
Pero simbólicamente eran colocados sobre otro.
El culpable permanecía; otro cargaba.
Dios estaba introduciendo una palabra que después sería indispensable para comprender la Cruz:
sustitución.
Pero aquellos animales nunca fueron la solución definitiva.
Hebreos lo aclara:
“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.”
Hebreos 10:4, RVR1960
Entonces, ¿para qué servían?
Entre otras cosas, señalaban hacia algo mayor.
Preparaban el lenguaje.
Enseñaban que el pecado era serio.
Que la culpa necesitaba expiación.
Que la vida estaba involucrada.
Que el perdón no debía confundirse con indiferencia hacia el pecado.
Y que llegaría el día en que Dios proporcionaría un sacrificio diferente.
Uno suficiente.
Siglos antes de que Jesús naciera en Belén, Isaías describió una escena extraordinaria.
Pero hay algo que debemos observar cuidadosamente al leerla.
Isaías habla de Él.
Y después habla de nosotros.
Una y otra vez.
Él.
Nosotros.
Él.
Nosotros.
Esa diferencia es el corazón de la profecía.
“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…”
Isaías 53:4, RVR1960
Él llevó.
Pero eran:
nuestros.
Después:
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones…”
Isaías 53:5, RVR1960
Las rebeliones eran nuestras.
El herido fue Él.
“…molido por nuestros pecados…”
Los pecados eran nuestros.
El que sufrió fue Él.
Y entonces aparece una de las declaraciones más extraordinarias de toda la profecía:
“…el castigo de nuestra paz fue sobre él…”
Detengámonos allí.
Nuestro castigo.
Sobre Él.
Eso es sustitución.
No significa que Dios decidió que el pecado ya no importaba.
Significa que aquello que la justicia demandaba sería enfrentado por otro.
El culpable tenía una deuda.
El inocente decidió ocupar su lugar.
Y por eso Isaías puede terminar la frase diciendo:
“…y por su llaga fuimos nosotros curados.”
Su sufrimiento.
Nuestra paz.
Su herida.
Nuestra restauración.
La deuda era nuestra.
El pago recaería sobre Él.
Isaías continúa:
“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino…”
Isaías 53:6, RVR1960
Observe que el profeta no permite que nos declaremos víctimas inocentes.
“Todos nosotros nos descarriamos.”
El problema era nuestro.
La rebelión era nuestra.
Cada uno se había apartado.
Pero entonces llega la segunda mitad:
“…mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.”
Quizá pocas frases expliquen mejor lo que estaba a punto de suceder.
“Cargó en él.”
No desapareció el pecado mediante una declaración ficticia.
No dijo que nunca había ocurrido.
Lo colocó sobre el Sustituto.
Isaías todavía va más lejos:
“Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero…”
Isaías 53:7, RVR1960
Aquí aparece nuevamente la imagen del sacrificio.
El cordero.
Siglos después, cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesucristo, utilizó precisamente ese lenguaje:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
Juan 1:29, RVR1960
Todos aquellos altares.
Toda aquella sangre.
Todos aquellos sacrificios.
Todos aquellos corderos.
No eran el final de la historia.
Señalaban hacia Él.
Pero había una diferencia inmensa.
Cristo no era llevado inconscientemente hacia algo que no comprendía.
Jesús había declarado:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
El Sustituto sabía.
El Sustituto quería.
El Sustituto se entregaba voluntariamente.
Y esto hace todavía más impresionante la profecía de Isaías:
“Por cárcel y por juicio fue quitado… porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido.”
Isaías 53:8, RVR1960
Otra vez:
“La rebelión de mi pueblo.”
Pero:
“Él fue herido.”
No estaba pagando una deuda propia.
Estaba entrando voluntariamente en el lugar de otros.
Pedro lo resumiría siglos después:
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960
No podría decirse con mayor claridad:
El justo.
Por:
los injustos.
Y nuevamente aparece el propósito que ha recorrido nuestra serie:
“Para llevarnos a Dios.”
Habíamos quedado lejos.
El Sustituto venía a abrir el camino de regreso.
Esta es quizá la manera más sencilla de comprenderlo.
Imagine una deuda que usted jamás podría pagar.
No tiene los recursos.
No puede declararla inexistente.
No puede obligar al acreedor a olvidarla.
Pero entonces aparece alguien que no debe nada.
Mira la deuda.
Mira al deudor.
Y voluntariamente decide asumir el costo.
La deuda no se volvió imaginaria.
Fue asumida por otro.
Algo infinitamente mayor estaba ocurriendo con Cristo.
Pedro escribe:
“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero…”
1 Pedro 2:24, RVR1960
Observe nuevamente el lenguaje:
“Nuestros pecados.”
Pero:
“Él mismo” los llevó.
Pablo lo expresa de otra manera:
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”
2 Corintios 5:21, RVR1960
El que:
“no conoció pecado”
entró voluntariamente en el lugar de quienes sí lo conocíamos.
La salvación comenzaba a mostrar su costo.
Por eso la sangre ocupa un lugar tan importante en el lenguaje de la redención.
No se trata de una fascinación con la sangre.
La sangre representa vida entregada.
Ya lo había declarado Levítico:
“Porque la vida de la carne en la sangre está…”
Levítico 17:11, RVR1960
Y Hebreos declara:
“…y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.”
Hebreos 9:22, RVR1960
La sentencia era muerte.
Por eso el precio no podía reducirse simplemente a palabras.
No bastaba una disculpa.
No bastaba una promesa.
No bastaba una ceremonia.
Había una vida que tenía que ser entregada.
Y ahora existía una vida que podía ser ofrecida sin estar pagando por pecados propios.
La vida del Hombre sin pecado.
Después de describir al Siervo herido, molido y llevando los pecados de otros, Isaías declara:
“Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado…”
Isaías 53:10, RVR1960
“Su vida.”
“En expiación.”
La expiación significa que el problema del pecado está siendo tratado delante de Dios.
La culpa no se está escondiendo.
La justicia no está siendo burlada.
El expediente no está desapareciendo misteriosamente.
Se está pagando un precio.
Y observe qué está siendo ofrecido:
“Su vida.”
Eso era precisamente lo que la sentencia demandaba.
La paga del pecado era muerte.
Y el Siervo colocaría:
“su vida en expiación por el pecado.”
Ahora comenzamos a comprender por qué Jesucristo tuvo que hacerse hombre.
Tenía que tener una vida humana que pudiera ser entregada.
Tenía que poder morir realmente.
Pero tenía que ser inocente para no estar muriendo por su propia culpa.
Tenía que ser el justo muriendo por los injustos.
Isaías todavía no ha terminado.
“Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos.”
Isaías 53:11, RVR1960
Aquí aparecen juntas dos palabras que parecían imposibles de reconciliar:
Justo.
Y:
justificará.
Él es:
“mi siervo justo.”
¿Y qué hará?
“Justificará… a muchos.”
¿Cómo?
Isaías inmediatamente añade:
“Y llevará las iniquidades de ellos.”
Ahí está la respuesta.
El culpable puede comenzar a mirar hacia la justificación porque el Justo está cargando aquello que pertenecía al culpable.
Y el capítulo termina insistiendo una última vez:
“…habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.”
Isaías 53:12, RVR1960
Isaías no quiere que perdamos el punto.
Una y otra vez:
Él llevó.
Él cargó.
Él fue herido.
Él puso su vida.
Pero:
eran nuestras rebeliones.
Nuestros pecados.
Nuestro castigo.
Nuestras iniquidades.
Eso es sustitución.
Eso es sacrificio.
Eso es expiación.
Hasta este momento hemos hablado de una deuda.
De una sentencia.
De un Sustituto.
De un sacrificio.
De sangre.
De una vida entregada.
Pero todo esto tendría que ocurrir en un lugar real y en un momento real de la historia.
La justicia divina no sería satisfecha mediante una idea.
El precio sería pagado en la historia.
Y aquí la profecía de Isaías comienza a adquirir un rostro.
El Siervo tiene nombre:
Jesucristo.
El Cordero tiene nombre:
Jesucristo.
El Justo que moriría por los injustos tiene nombre:
Jesucristo.
Y el lugar donde el Sustituto cargaría con nuestra deuda también tiene nombre:
la Cruz.
Ahora sí estamos preparados para acercarnos a ella.
No solamente como el instrumento romano donde murió Jesús.
No solamente como uno de los acontecimientos más dolorosos de su vida.
Sino como el lugar donde ocurrió algo que afectaría nuestra eternidad:
el lugar donde la justicia y el amor de Dios se encontraron sin que ninguno de los dos dejara de ser lo que era.
La justicia no dijo:
“El pecado no importa.”
El amor no dijo:
“Que el culpable se pierda.”
En la Cruz, Dios mostraría hasta dónde llegaba la gravedad del pecado…
y al mismo tiempo:
hasta dónde estaba dispuesto a llegar su amor para salvar al pecador.
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“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”
Isaías 53:5, RVR1960
Finalmente hemos llegado a la Cruz.
Todo lo que hemos estudiado en esta serie nos conducía inevitablemente hasta este lugar.
Había una ley quebrantada.
Había culpabilidad.
Había una deuda.
Había una sentencia.
La paga del pecado era muerte.
La justicia divina no podía simplemente ignorar lo ocurrido, porque hacerlo habría significado dejar de ser justicia.
Pero al mismo tiempo, Dios amaba profundamente al hombre que se había rebelado contra Él.
Parecía existir un problema imposible de resolver:
¿Cómo podía Dios satisfacer completamente su justicia y al mismo tiempo salvar al culpable?
La respuesta fue:
la Cruz.
Dios no dejó de ser justo para poder amarnos.
Nos amó sin abandonar su justicia.
No canceló arbitrariamente la sentencia.
No llamó bueno a lo malo.
No fingió que la deuda nunca había existido.
No disminuyó la gravedad del pecado para hacer más fácil nuestra salvación.
Proporcionó un Sustituto capaz de pagar completamente aquello que nosotros debíamos.
Y ese Sustituto fue Jesucristo.
Aquí surge una pregunta que pocas veces nos detenemos a considerar.
Jesucristo tenía que morir porque:
“La paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Pero ¿por qué morir crucificado?
¿Por qué no una muerte rápida?
¿Por qué no una muerte tranquila?
¿Por qué no entregar simplemente su vida de una manera menos dolorosa?
¿Por qué una Cruz?
¿Por qué flagelación?
¿Por qué golpes?
¿Por qué heridas?
¿Por qué sangre?
¿Por qué una corona de espinas?
¿Por qué clavos atravesando su cuerpo?
¿Por qué sed?
¿Por qué humillación?
¿Por qué rechazo?
¿Por qué una muerte lenta, pública y despiadada?
Porque la justicia demanda un pago equivalente a la deuda.
La ley de Dios había establecido este principio:
“Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.”
Éxodo 21:23-25, RVR1960
Observe el principio:
Vida por vida.
Ojo por ojo.
Diente por diente.
Herida por herida.
Golpe por golpe.
La justicia demanda correspondencia.
Un pago inferior a la deuda no satisface la deuda.
Y el pecado de la humanidad no había producido algo pequeño.
El pecado había sido despiadado.
Había traído muerte.
Había producido sufrimiento.
Había provocado lágrimas.
Había destruido familias.
Había producido guerras.
Había generado violencia.
Había traído opresión.
Había producido enfermedad y dolor en la experiencia humana.
Había llenado la tierra de tumbas.
Había dejado madres llorando a sus hijos.
Había dejado hijos sin padres.
Había convertido hermanos en enemigos.
Había producido hambre, injusticia, abuso, explotación, odio y crueldad.
Había separado al hombre de su Creador.
Había introducido en nuestra historia aquello que Dios había advertido desde Edén:
la muerte.
El pecado había destruido mucho.
La justicia divina demandaba un pago equivalente.
Y la Cruz fue ese pago.
Dios pudo haber determinado que Jesucristo muriera de una manera menos cruenta.
Pero no fue así.
El pago que contemplamos en el Calvario fue terrible porque terrible era la deuda que estaba siendo satisfecha.
Isaías lo había anunciado siglos antes:
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…”
Isaías 53:5, RVR1960
No solamente moriría.
Sería:
herido.
Sería:
molido.
Y entonces Isaías explica por qué:
“…el castigo de nuestra paz fue sobre él…”
Ahí está el corazón de la Cruz.
Nuestro castigo.
Sobre Él.
La justicia demandaba un pago.
Cristo lo recibió.
La Cruz fue una muerte verdaderamente despiadada.
No desarrollaremos todavía todos sus detalles, porque más adelante dedicaremos una sección completa a estudiar los sufrimientos de Jesucristo antes y durante su crucifixión.
Pero necesitamos comprender lo suficiente para dimensionar lo que estaba ocurriendo.
Jesús fue azotado.
“Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.”
Mateo 27:26, RVR1960
Fue golpeado.
“Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza.”
Mateo 27:30, RVR1960
Fue coronado de espinas.
“Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas…”
Mateo 27:29, RVR1960
Fue desnudado y expuesto a la humillación pública.
Fue llevado fuera de la ciudad.
Sus manos y sus pies fueron horadados.
Siglos antes el salmista había escrito:
“Horadaron mis manos y mis pies.”
Salmo 22:16, RVR1960
Tuvo sed.
“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.”
Juan 19:28, RVR1960
Su ropa fue repartida delante de Él.
“Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.”
Salmo 22:18, RVR1960
Fue burlado mientras moría.
Y finalmente:
entregó su vida.
No fue una muerte fácil.
No fue una muerte limpia.
No fue una muerte privada.
No fue una muerte rápida.
Fue la Cruz.
Y aunque más adelante estudiaremos con mucho mayor detalle lo que físicamente significaba morir crucificado, aquí necesitamos contemplar su significado dentro de la justicia divina:
el pago tenía que ser suficiente para la deuda que estaba siendo pagada.
Hay algo profundamente estremecedor en esto.
Durante generaciones, el pecado había hecho sufrir a otros.
Ahora el Salvador estaba sufriendo para rescatar a los pecadores.
El pecado había derramado sangre.
Ahora:
“…la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.”
1 Juan 1:7, RVR1960
El pecado había producido heridas.
Ahora Isaías decía:
“…por su llaga fuimos nosotros curados.”
Isaías 53:5, RVR1960
El pecado había producido muerte.
Ahora Cristo:
“…murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras.”
1 Corintios 15:3, RVR1960
El pecado había traído maldición.
Ahora Cristo:
“…nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición…”
Gálatas 3:13, RVR1960
El pecado había separado al hombre de Dios.
Ahora:
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960
Observe cómo todo converge en la Cruz.
Sangre por una humanidad manchada.
Heridas por una humanidad herida.
Sufrimiento por una humanidad que había producido sufrimiento.
Muerte por una humanidad condenada a muerte.
Maldición por quienes estaban bajo maldición.
Y todo ello sobre un Hombre que personalmente no debía nada.
El pago fue equivalente.
Y precisamente por ser equivalente:
fue suficiente.
Ahora podemos comprender por qué la Cruz es el corazón de toda esta serie.
Durante muchos capítulos hemos hablado de justicia.
Hemos visto que Dios ama la justicia.
Que la justicia sostiene su Reino.
Que una justicia que no responde adecuadamente al mal deja de ser justicia.
Hemos visto nuestra culpabilidad.
Nuestra sentencia.
Nuestra incapacidad para pagar.
Y ahora, finalmente, vemos la respuesta de Dios.
La Cruz.
Allí Dios no disminuyó la deuda.
Proporcionó el pago.
No disminuyó la justicia.
Proporcionó al Sustituto.
No dejó de amar al culpable.
Entregó a su Hijo para salvarlo.
Pablo explica que Dios hizo esto:
“…para manifestar su justicia…”
Romanos 3:25, RVR1960
Y después añade:
“…a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR1960
Estas palabras son extraordinarias.
El justo.
Y:
el que justifica.
Dios no tuvo que dejar de ser el primero para convertirse en el segundo.
La Cruz hizo posible ambas cosas.
La justicia podía contemplar el pecado y decir:
“La deuda tiene que ser pagada.”
Y el amor podía mirar al pecador y decir:
“Yo proporcionaré el precio.”
La justicia decía:
“La paga del pecado es muerte.”
El amor respondió:
“Mi Hijo entregará su vida.”
La justicia demandaba un pago equivalente.
El amor proporcionó un sacrificio suficiente.
La justicia no fue anulada por el amor.
Fue satisfecha por el amor.
Por eso la Cruz demuestra simultáneamente dos cosas.
Primero:
qué terrible es el pecado.
Si queremos comprender la gravedad del pecado, no necesitamos mirar solamente las guerras, los cementerios, las lágrimas, las enfermedades, la violencia y toda la destrucción que ha producido en la experiencia humana.
Podemos mirar:
la Cruz.
Ese fue el precio.
Pero la Cruz también demuestra otra cosa:
cuánto nos ama Dios.
Porque el mismo Dios cuya justicia demandaba el pago fue quien proporcionó al Sustituto.
Pablo escribe:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8, RVR1960
¿Cómo mostró Dios su amor?
No solamente diciéndonos que nos amaba.
Pagando el precio de nuestra reconciliación.
Juan lo expresó de esta manera:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”
Juan 3:16, RVR1960
Y Pablo:
“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros…”
Romanos 8:32, RVR1960
Dios no escatimó.
Entregó.
Y Cristo tampoco fue llevado contra su voluntad.
Jesús había declarado:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
El Padre estuvo dispuesto a dar.
El Hijo estuvo dispuesto a entregarse.
Y el culpable recibió una oportunidad de regresar a casa.
La Cruz también convirtió a Cristo en maldición por nosotros.
Existe otra razón por la que la forma de su muerte tiene un significado extraordinario.
La ley había declarado:
“…porque maldito por Dios es el colgado.”
Deuteronomio 21:23, RVR1960
Y Pablo mira directamente hacia Jesucristo colgado del madero y escribe:
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).”
Gálatas 3:13, RVR1960
La Cruz no fue solamente un método romano de ejecución.
Dentro del plan redentor tenía un significado mucho más profundo.
El que nunca había pecado estaba allí:
por nosotros.
El que no merecía condenación:
por nosotros.
El que no estaba bajo maldición por pecado propio:
hecho por nosotros maldición.
El inocente ocupando el lugar del culpable.
El Justo por los injustos.
El Cordero cargando los pecados de otros.
El segundo Adán pagando aquello que los hijos del primero jamás habrían podido pagar.
Y el sacrificio tenía que alcanzar para todos.
No olvidemos la magnitud de la deuda.
Juan había presentado a Jesús diciendo:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
Juan 1:29, RVR1960
Isaías había escrito:
“…Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.”
Isaías 53:6, RVR1960
No era el pecado de una sola persona.
No era una sola transgresión.
No era una sola generación.
El sacrificio debía ser suficiente.
Por eso no podía tratarse simplemente de otro hombre pecador muriendo.
El valor del sacrificio estaba relacionado con la identidad de Aquel que se ofrecía.
Pedro lo llama:
“…la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.”
1 Pedro 1:19, RVR1960
Preciosa.
No cualquier sangre.
No cualquier vida.
No cualquier hombre.
Era el Hijo de Dios hecho hombre.
El Hombre sin pecado.
El Cordero sin mancha.
Por eso su sacrificio no necesitaba repetirse.
“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.”
Hebreos 10:12, RVR1960
“Una vez para siempre.”
“Un solo sacrificio.”
¿Por qué?
Porque era suficiente.
La deuda era enorme.
Pero el pago fue equivalente y suficiente.
No faltaba otro sacrificio.
No faltaba otra víctima.
No faltaba otro Calvario.
No quedaba una parte que nosotros tuviéramos que pagar mediante sufrimientos, obras o méritos personales.
Cristo había proporcionado el pago.
Después de todo aquello llegó finalmente el momento.
El cuerpo de Jesús había sido herido.
Su sangre había sido derramada.
El Cordero había sido sacrificado.
El Justo había ocupado el lugar de los injustos.
La vida había sido entregada.
El precio había sido pagado.
Juan nos lleva hasta los últimos momentos:
“Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es.”
Juan 19:30, RVR1960
Consumado es.
No:
“Casi está pagado.”
No:
“Una parte quedó cubierta.”
No:
“Ahora ustedes tendrán que completar lo que falta.”
Consumado es.
El pecado había sido despiadado.
La Cruz también lo fue.
La deuda había sido inmensa.
El sacrificio fue suficiente.
La justicia demandaba un pago equivalente.
Cristo lo pagó.
Y el amor de Dios había hecho algo que parecía imposible:
salvar al culpable sin convertir al Juez en injusto.
En la Cruz, la justicia no perdió.
El amor tampoco perdió.
La justicia fue satisfecha y el amor abrió el camino de regreso a casa.
Pero ahora debemos detenernos en aquellas últimas palabras de Jesucristo.
Porque quizá las hemos escuchado tantas veces que hemos dejado de percibir su enorme significado:
“Consumado es.”
¿Qué había sido consumado?
¿Qué significaban esas palabras para nuestra deuda?
¿Qué ocurrió con el acta que estaba contra nosotros?
¿Qué quedó pendiente después de que Cristo entregó su vida?
La respuesta es extraordinaria.
La deuda había sido pagada.
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“Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.”
Juan 19:30, RVR1960
Hubo un momento en la historia en que Jesucristo pronunció una palabra que cambió para siempre la situación del hombre delante de la justicia divina.
Estaba en la Cruz.
Su vida estaba llegando al final.
Había cumplido aquello para lo cual había venido.
Y entonces dijo:
“Consumado es.”
No fue el grito de un hombre derrotado.
No fue simplemente una manera de decir:
“Mi vida terminó.”
Había algo mucho mayor detrás de aquellas palabras.
Jesucristo estaba declarando que aquello que había venido a realizar había llegado a su cumplimiento.
La obra había sido completada.
El sacrificio había sido ofrecido.
La vida había sido entregada.
El precio requerido había sido satisfecho.
La deuda había sido pagada.

Juan escribió su Evangelio en griego.
La expresión traducida en nuestra Biblia como:
“Consumado es”
corresponde a una sola palabra griega:
τετέλεσται — tetélestai.
Proviene del verbo teleō, relacionado con llevar algo a su término, completarlo, cumplirlo o acabarlo.
En otras palabras:
lo que debía hacerse, ha sido hecho.
Lo que debía cumplirse, ha sido cumplido.
Lo que debía llegar a su término, ha llegado a su término.
Esto es importante porque alrededor de tetélestai se han repetido algunas explicaciones populares que van más allá de lo que necesitamos afirmar.
A veces se dice que tetélestai era exclusivamente una expresión comercial que significaba literalmente:
“Pagado en su totalidad.”
No necesitamos sostener nuestra doctrina sobre esa afirmación.
El significado fundamental de la palabra es suficientemente poderoso:
“Ha sido completado.”
“Ha sido cumplido.”
“Ha llegado a su consumación.”
Y es el propio contexto bíblico el que nos permite comprender que dentro de esa obra consumada estaba también la solución de nuestra deuda.
Porque Juan 19:30 no está solo.
Colosenses nos permite mirar lo que ocurrió con aquello que estaba contra nosotros.
Pablo escribe:
“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”
Colosenses 2:14, RVR1960
Detengámonos en esa imagen.
Había algo:
“contra nosotros.”
Y Pablo todavía añade:
“que nos era contraria.”
La imagen encaja perfectamente con todo lo que hemos venido estudiando.
No éramos simplemente personas necesitadas de ánimo.
Éramos culpables.
Habíamos quebrantado la ley de Dios.
Existía una deuda moral real delante de la justicia divina.
Había algo que testificaba:
contra nosotros.
No podíamos borrar aquello por nuestra cuenta.
No podíamos regresar al pasado.
No podíamos deshacer nuestros pecados.
No podíamos presentarnos delante de Dios y afirmar que nunca habían ocurrido.
El acta estaba allí.
Y estaba contra nosotros.
Pero entonces ocurrió la Cruz.
Y Pablo utiliza tres expresiones extraordinarias:
“Anulando…”
“Quitándola de en medio…”
“Clavándola en la cruz.”
Aquello que estaba contra nosotros fue enfrentado en la Cruz.
No fue escondido.
No fue ignorado.
No fue declarado irrelevante.
Fue resuelto.
La justicia recibió el pago.
Y el documento que estaba contra el deudor perdió aquello que podía reclamar contra quien está en Cristo.
Por eso las palabras:
“Consumado es”
adquieren una profundidad extraordinaria.
La deuda no fue simplemente olvidada.
Esta diferencia es fundamental para comprender el Evangelio.
Supongamos que una persona debe una cantidad enorme de dinero.
El acreedor puede hacer dos cosas muy diferentes.
Puede fingir que la deuda nunca existió.
O puede recibir el pago completo y entonces declarar:
“La deuda ha quedado satisfecha.”
En ambos casos el deudor podría dejar de deber.
Pero jurídicamente no ocurrió lo mismo.
En la Cruz, Dios no fingió que el pecado nunca había existido.
Hubo un pago.
Eso es precisamente lo que hemos venido siguiendo durante esta serie.
La paga del pecado era muerte.
El Sustituto tomó nuestro lugar.
El Justo murió por los injustos.
La vida fue entregada.
El sacrificio fue suficiente.
Y ahora Cristo podía decir:
“Consumado es.”
La justicia no quedó esperando otro pago.
No quedó un saldo pendiente que el pecador tuviera que completar para ayudar a Cristo.
Hebreos declara:
“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”
Hebreos 10:14, RVR1960
Una sola ofrenda.
Y poco antes había dicho:
“…somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.”
Hebreos 10:10, RVR1960
“Una vez para siempre.”
Eso significa que el sacrificio no quedó incompleto.
No era necesario repetirlo.
No necesitaba añadirse otro sacrificio.
No necesitaba otro Calvario.
Cristo había hecho lo necesario.
Hebreos utiliza otra imagen extraordinariamente hermosa.
Dice:
“Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados.”
Hebreos 10:11, RVR1960
Observe:
día tras día.
El sacerdote permanecía trabajando.
Sacrificio tras sacrificio.
Ofrenda tras ofrenda.
Porque ninguno de aquellos sacrificios podía solucionar definitivamente el problema.
Pero el siguiente versículo cambia completamente la escena:
“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.”
Hebreos 10:12, RVR1960
El contraste es extraordinario.
Los sacerdotes:
“día tras día.”
Cristo:
“una vez para siempre.”
Ellos:
muchos sacrificios.
Cristo:
“un solo sacrificio.”
Ellos permanecían ministrando.
Cristo:
“se ha sentado.”
¿Por qué?
Porque la obra sacrificial que vino a realizar había sido completada.
No había que regresar mañana con otro sacrificio.
No había que repetir la Cruz el próximo año.
No había que añadir otro Cordero.
El Cordero de Dios había sido suficiente.
Ahora entendemos mejor aquella palabra:
Tetélestai.
Consumado es.
La obra estaba terminada.
El sacrificio de Cristo no fue un abono.
Esta verdad tiene enormes implicaciones.
Cristo no pagó una parte para que nosotros pagáramos el resto.
La Cruz no fue un anticipo.
No fue el primer pago de una deuda que posteriormente tendríamos que completar mediante buenas obras, sufrimiento, religión o méritos personales.
Si nosotros tuviéramos que completar el pago, entonces:
no estaría consumado.
Si faltara otro sacrificio:
no estaría consumado.
Si la justicia todavía estuviera esperando que nosotros pagáramos el saldo restante:
no estaría consumado.
Pero Jesús dijo:
“Consumado es.”
Pablo escribe:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Romanos 5:1, RVR1960
Observe el resultado:
“Paz para con Dios.”
Precisamente aquello que Isaías había anunciado:
“…el castigo de nuestra paz fue sobre él…”
Isaías 53:5, RVR1960
Él recibió el castigo.
Nosotros recibimos la paz.
Él pagó.
El deudor puede ser reconciliado.
Regresemos ahora a Colosenses.
“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”
Colosenses 2:14, RVR1960
Qué imagen tan poderosa.
Imagine por un momento aquella acta.
Nuestros pecados.
Nuestras rebeliones.
Nuestras desobediencias.
Aquello que hicimos sabiendo que estaba mal.
Aquello que debimos hacer y no hicimos.
Aquello que nadie más conoció.
Aquello que quizá nosotros mismos quisiéramos olvidar.
Todo aquello que podía levantarse como testimonio contra nosotros delante de la justicia divina.
Y Pablo dice:
“Clavándola en la cruz.”
En aquella Cruz no solamente estaba siendo clavado el cuerpo de Jesucristo.
En el lenguaje espiritual de Colosenses, aquello que estaba contra nosotros estaba siendo quitado de en medio mediante la Cruz.
El Sustituto había tomado nuestro lugar.
El pago estaba siendo realizado.
La deuda estaba siendo satisfecha.
Y cuando todo estuvo cumplido:
“Consumado es.”
Entonces inclinó la cabeza.
Y entregó el espíritu.
No murió dejando la obra inconclusa.
Murió después de haberla consumado.
Juan coloca las palabras en ese orden:
“Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.”
Juan 19:30, RVR1960
Primero:
Consumado es.
Después:
entregó el espíritu.
El Cordero había terminado aquello para lo cual había venido.
Ahora hagamos la pregunta desde la perspectiva del deudor.
Si Cristo realmente pagó nuestra deuda…
si el sacrificio fue suficiente…
si fue ofrecido una vez para siempre…
si el acta fue anulada…
si aquello que estaba contra nosotros fue quitado de en medio…
si Cristo dijo:
“Consumado es”
entonces:
¿cuánto queda por pagar?
No una parte.
No un porcentaje.
No un saldo.
Nada.
No porque nuestra deuda fuera pequeña.
Era enorme.
No porque nuestros pecados no fueran graves.
Lo eran.
No porque Dios hubiera disminuido las exigencias de su justicia.
No lo hizo.
No queda nada porque Cristo proporcionó un pago suficiente.
Esta diferencia es fundamental.
El pecador no queda libre porque la justicia haya rebajado la deuda.
Queda libre porque:
otro la pagó.
Pablo pregunta:
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.”
Romanos 8:33, RVR1960
Y continúa:
“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó…”
Romanos 8:34, RVR1960
La respuesta a la acusación está relacionada con lo que Cristo hizo.
Cristo murió.
Y, como veremos, la historia no terminó en la tumba.
Aquí debemos hacer una distinción importante.
Cuando Jesús dijo:
“Consumado es”
no quiso decir que ya no quedara absolutamente ningún acontecimiento dentro del plan de Dios.
Todavía vendría la sepultura.
Todavía vendría la resurrección.
Todavía vendría la ascensión.
Todavía vendría su exaltación a la diestra del Padre.
Todavía esperamos su regreso.
Por eso tetélestai no significa:
“Ya no queda absolutamente nada más que Dios vaya a hacer.”
Significa que la obra que Cristo estaba llevando a su culminación en aquel momento había sido cumplida.
El sacrificio había sido ofrecido.
El precio había sido pagado.
Su obediencia había llegado hasta la muerte.
La obra de la Cruz estaba consumada.
Y tres días después ocurriría algo que demostraría que la muerte no había podido conservar al Hombre inocente bajo su dominio.
La resurrección.
La Cruz declararía:
el precio fue pagado.
La tumba vacía proclamaría:
la muerte no pudo retenerlo.
Regresemos por última vez a aquella imagen.
El hombre estaba delante de Dios.
Había un acta contra él.
Había una deuda.
Había una sentencia.
Había una separación.
Pero Cristo entró en nuestra historia.
Tomó nuestro lugar.
Ofreció su vida.
Pagó el precio.
Y Pablo dice:
“…quitándola de en medio…”
Colosenses 2:14, RVR1960
Eso significa que algo que se interponía:
fue quitado.
Ahora comenzamos a comprender la magnitud de la reconciliación.
La Cruz no solamente resolvió una deuda.
Quitó aquello que impedía nuestra reconciliación con Dios.
Por eso Pablo puede escribir:
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…”
Romanos 5:10, RVR1960
La historia comenzó con un hombre alejándose de Dios.
Escondiéndose entre los árboles.
Expulsado del huerto.
Separado del árbol de la vida.
Destituido de la gloria.
Con una sentencia sobre él.
Y ahora, miles de años después, otro Hombre colgaba de un madero.
El primer hombre había dejado una deuda.
El segundo Adán había venido a pagarla.
Y antes de entregar el espíritu pronunció las palabras que todo deudor desearía escuchar:
“Consumado es.”
La obra había sido completada.
El sacrificio había sido ofrecido.
El precio había sido satisfecho.
El acta que estaba contra nosotros había sido clavada en la Cruz.
La deuda quedó pagada.
Pero entonces ocurrió algo extraordinario.
Aquel que había pagado con su vida…
volvió a vivir.
Y su resurrección abriría un capítulo completamente nuevo en la historia de la justicia divina.
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Texto clave
“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”
Colosenses 2:14, RVR1960
Hace varios capítulos dejamos un documento abierto.
Lo presentamos cuando todavía estábamos tratando de comprender la gravedad de nuestra situación delante de la justicia divina.
Era un documento terrible.
No porque estuviera lleno de acusaciones falsas.
Sino precisamente porque decía la verdad.
Estaba contra nosotros.
Allí estaba nuestra deuda.
Nuestra desobediencia.
Nuestra rebelión.
Nuestra culpabilidad.
No podíamos destruirlo.
No podíamos modificarlo.
No podíamos regresar al pasado y borrar lo que habíamos hecho.
No podíamos presentarnos delante del Juez y decir:
“Eso nunca ocurrió.”
El acta permanecía abierta.
Y nosotros éramos los acusados.
Pero dejamos aquel documento pendiente porque todavía no conocíamos toda la historia.
Ahora hemos llegado a la Cruz.
El Sustituto apareció.
El Hijo de Dios se hizo hombre.
El segundo Adán obedeció donde el primero había desobedecido.
El Cordero fue ofrecido.
El Justo murió por los injustos.
El pago fue suficiente.
Y Cristo declaró:
“Consumado es.”
Ahora podemos regresar finalmente a aquel documento.
¿Qué ocurrió con el acta que estaba contra nosotros?
Pablo responde:
“…quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”

Antes de contemplar lo que Dios hizo con el acta, debemos recordar algo fundamental:
Dios no necesitó falsificar el expediente para salvarnos.
No cambió nuestra historia.
No eliminó evidencias para hacernos parecer inocentes.
No llamó obediencia a nuestra desobediencia.
No declaró que nuestros pecados nunca habían ocurrido.
Eso habría contradicho precisamente la justicia que hemos estudiado durante toda esta serie.
El acta estaba:
“…contra nosotros…”
Y Pablo todavía añade:
“…que nos era contraria…”
El problema no estaba en el documento.
El problema estaba en nosotros.
Éramos culpables.
El acta simplemente testificaba contra nosotros.
Por eso la solución de Dios es tan extraordinaria.
No cambió la verdad del expediente.
Cambió la situación del deudor mediante la Cruz.
La deuda fue enfrentada.
El pago fue realizado.
Y entonces Dios pudo hacer con aquel documento algo que nosotros jamás habríamos podido hacer.
Lo anuló.
Pablo comienza diciendo:
“Anulando el acta…”
Esta palabra es preciosa para alguien que sabe que existe algo en su contra.
Anulada.
No significa que los pecados que estaban allí nunca hubieran ocurrido.
Significa que aquello que nos era contrario fue privado de su fuerza contra nosotros mediante la obra de Cristo.
El pecado había ocurrido.
La deuda había sido real.
Pero ahora también era real:
el pago.
Imagine a un hombre frente a una deuda que jamás podría pagar.
Durante años el documento conserva toda su fuerza.
Cada cifra permanece allí.
Cada obligación continúa pendiente.
El deudor puede llorar.
Puede arrepentirse de haber contraído la deuda.
Puede desear no haberlo hecho.
Pero mientras la deuda permanezca sin resolver, el documento continúa diciendo:
“Debe.”
Entonces aparece alguien con los recursos suficientes.
Paga completamente aquello que el deudor jamás habría podido pagar.
Ahora el documento ya no puede continuar reclamando la misma deuda como pendiente.
No porque fuera falso.
Sino porque fue satisfecho aquello que reclamaba.
Eso hace todavía más hermosa la imagen de Colosenses.
Dios no salvó al deudor destruyendo la justicia.
Salvó al deudor satisfaciendo la deuda.
Pero Pablo no termina diciendo que el acta fue anulada.
Añade:
“…quitándola de en medio…”
La expresión crea una imagen extraordinaria.
Había algo entre nosotros y Dios.
Algo que nos era contrario.
Algo que testificaba nuestra culpabilidad.
Algo que nosotros no podíamos retirar.
Y Dios:
lo quitó de en medio.
Esto nos lleva nuevamente al gran problema que comenzó en Edén.
Después del pecado, Adán se escondió.
“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios…”
Génesis 3:8, RVR1960
Después vino la expulsión.
“Echó, pues, fuera al hombre…”
Génesis 3:24, RVR1960
El pecado había colocado una terrible separación en nuestra historia.
Isaías lo expresaría posteriormente:
“Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.”
Isaías 59:2, RVR1960
Había algo:
“entre vosotros y vuestro Dios.”
Pero ahora Pablo dice:
“Quitándola de en medio.”
Lo que nosotros no podíamos quitar:
Dios lo quitó.
Lo que nos acusaba:
Dios lo anuló.
Lo que permanecía entre nosotros y Él:
Dios lo retiró.
¿Y cómo lo hizo?
Aquí llega la parte más impresionante:
“Clavándola en la cruz.”
Imagine por un momento la escena.
Sobre aquella Cruz estaba Jesucristo.
Sus manos habían sido clavadas.
Sus pies habían sido clavados.
Pero Pablo nos invita a mirar más allá de lo que los ojos humanos podían observar aquel día.
En un sentido espiritual y jurídico, también había algo nuestro clavado allí.
El acta.
Nuestra deuda.
Aquello que estaba contra nosotros.
“Clavándola en la cruz.”
Qué imagen.
El documento que debía conducirnos a condenación terminó relacionado con la Cruz del Sustituto.
El lugar donde murió Cristo se convirtió en el lugar donde nuestra deuda fue enfrentada.
Pablo escribe en otro lugar:
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”
2 Corintios 5:21, RVR1960
Él no conoció pecado.
Nosotros sí.
Él no tenía deuda propia.
Nosotros sí.
Él no tenía un acta personal de pecado que pagar.
Nosotros sí.
Y precisamente porque no tenía deuda propia podía cargar con la nuestra.
Pedro declara:
“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero…”
1 Pedro 2:24, RVR1960
Observe nuevamente:
“Nuestros pecados.”
Pero:
“Él mismo” los llevó.
Aquello que pertenecía a nosotros terminó sobre Él.
Y aquello que estaba contra nosotros:
terminó clavado en su Cruz.
Pero Colosenses todavía no ha terminado.
El siguiente versículo dice:
“Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”
Colosenses 2:15, RVR1960
Esto añade otra dimensión extraordinaria.
La Cruz que parecía una derrota se convirtió en un lugar de triunfo.
Cristo no solamente resolvió nuestra deuda.
También triunfó sobre poderes que mantenían al hombre bajo esclavitud.
Apocalipsis llama a Satanás:
“…el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.”
Apocalipsis 12:10, RVR1960
Un acusador necesita algo con qué acusar.
Y nosotros le habíamos proporcionado demasiado.
Nuestros pecados eran reales.
Nuestras transgresiones eran reales.
Nuestra culpabilidad era real.
Pero ¿qué ocurre cuando aquello que estaba contra el acusado ha sido satisfecho mediante el sacrificio de Cristo?
La acusación pierde su fundamento condenatorio contra aquel que está en Cristo.
Por eso Pablo puede preguntar:
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.”
Romanos 8:33, RVR1960
Y después:
“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó…”
Romanos 8:34, RVR1960
Observe la respuesta de Pablo ante la acusación:
Cristo murió.
El acusador puede recordar nuestro pasado.
Puede señalar nuestras caídas.
Puede mencionar nuestras transgresiones.
Pero hay algo que no puede deshacer:
la Cruz.
No puede volver a colocar como deuda pendiente aquello que Cristo satisfizo.
No puede arrancar de la Cruz el acta que Dios quitó de en medio.
No puede declarar insuficiente aquello que Dios aceptó como suficiente.
La respuesta del creyente no es:
“Nunca fui culpable.”
La respuesta es mucho más poderosa:
“Cristo pagó.”
Ahora sí podemos regresar a aquel capítulo donde presentamos por primera vez el acta.
Entonces contemplábamos nuestra situación desde el lado del acusado.
El documento estaba abierto.
La evidencia estaba allí.
La deuda era nuestra.
No teníamos con qué pagar.
Y no podíamos destruir el expediente.
Pero todavía no habíamos llegado a la Cruz.
Ahora estamos mirando el mismo documento:
desde el otro lado del Calvario.
Antes decía:
contra nosotros.
Ahora Pablo dice:
anulada.
Antes era:
contraria.
Ahora:
quitada de en medio.
Antes estaba delante del deudor.
Ahora:
clavada en la Cruz.
Antes parecía anunciar nuestra condenación.
Ahora la Cruz anuncia que el Sustituto pagó aquello que nosotros no podíamos pagar.
El documento es el mismo.
Lo que cambió fue que la deuda fue satisfecha.
Y aquí encontramos una de las imágenes más hermosas de toda esta serie.
El hombre no consiguió robar su expediente del tribunal celestial.
No sobornó al Juez.
No convenció a Dios de bajar sus estándares.
No escondió las pruebas.
No logró demostrar que era inocente.
El culpable fue salvado porque Otro pagó su deuda.
Eso es gracia.
Pero es una gracia que no destruye la justicia.
La satisface.
Por eso Colosenses 2 no comienza hablando del hombre resolviendo su problema.
Comienza hablando de Dios actuando:
“Y a vosotros, estando muertos en pecados… os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados…”
Colosenses 2:13, RVR1960
¿Quién dio vida?
Dios.
¿Quién perdonó?
Dios.
¿Quién anuló el acta?
Dios.
¿Quién la quitó de en medio?
Dios.
¿Dónde la clavó?
En la Cruz.
La salvación no es la historia del deudor encontrando finalmente la manera de pagar.
Es la historia de Dios proporcionando el pago que el deudor jamás habría podido proporcionar.
Y ahora, por primera vez desde que comenzamos esta serie, podemos imaginar al hombre delante del Juez sin aquel documento pendiente entre ambos.
El acta ha sido quitada de en medio.
Pero todavía falta algo bellísimo.
Porque resolver una deuda no significa automáticamente restaurar una relación.
Un expediente puede cerrarse…
y dos personas todavía permanecer distantes.
Dios quería hacer mucho más que cancelar nuestra deuda.
Quería reconciliarnos consigo mismo.
No solamente quería sacar al culpable del tribunal.
Quería llevarlo de regreso a casa.
Y ese será nuestro siguiente paso:
La reconciliación — El Juez abrió la puerta de su casa.
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito