24. El acta fue clavada en la Cruz

Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”
Colosenses 2:14, RVR1960

  Hace varios capítulos dejamos un documento abierto.

  Lo presentamos cuando todavía estábamos tratando de comprender la gravedad de nuestra situación delante de la justicia divina.

  Era un documento terrible.

  No porque estuviera lleno de acusaciones falsas.

  Sino precisamente porque decía la verdad.

  Estaba contra nosotros.

  Allí estaba nuestra deuda.

  Nuestra desobediencia.

  Nuestra rebelión.

  Nuestra culpabilidad.

  No podíamos destruirlo.

  No podíamos modificarlo.

  No podíamos regresar al pasado y borrar lo que habíamos hecho.

  No podíamos presentarnos delante del Juez y decir:

  “Eso nunca ocurrió.”

  El acta permanecía abierta.

  Y nosotros éramos los acusados.

  Pero dejamos aquel documento pendiente porque todavía no conocíamos toda la historia.

  Ahora hemos llegado a la Cruz.

  El Sustituto apareció.

  El Hijo de Dios se hizo hombre.

  El segundo Adán obedeció donde el primero había desobedecido.

  El Cordero fue ofrecido.

  El Justo murió por los injustos.

  El pago fue suficiente.

  Y Cristo declaró:

  “Consumado es.”

  Ahora podemos regresar finalmente a aquel documento.

  ¿Qué ocurrió con el acta que estaba contra nosotros?

  Pablo responde:

“…quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”

El documento decía la verdad

  Antes de contemplar lo que Dios hizo con el acta, debemos recordar algo fundamental:

  Dios no necesitó falsificar el expediente para salvarnos.

  No cambió nuestra historia.

  No eliminó evidencias para hacernos parecer inocentes.

  No llamó obediencia a nuestra desobediencia.

  No declaró que nuestros pecados nunca habían ocurrido.

  Eso habría contradicho precisamente la justicia que hemos estudiado durante toda esta serie.

  El acta estaba:

“…contra nosotros…”

  Y Pablo todavía añade:

“…que nos era contraria…”

  El problema no estaba en el documento.

  El problema estaba en nosotros.

  Éramos culpables.

  El acta simplemente testificaba contra nosotros.

  Por eso la solución de Dios es tan extraordinaria.

  No cambió la verdad del expediente.

  Cambió la situación del deudor mediante la Cruz.

  La deuda fue enfrentada.

  El pago fue realizado.

  Y entonces Dios pudo hacer con aquel documento algo que nosotros jamás habríamos podido hacer.

Lo anuló.

  Pablo comienza diciendo:

“Anulando el acta…”

  Esta palabra es preciosa para alguien que sabe que existe algo en su contra.

  Anulada.

  No significa que los pecados que estaban allí nunca hubieran ocurrido.

  Significa que aquello que nos era contrario fue privado de su fuerza contra nosotros mediante la obra de Cristo.

  El pecado había ocurrido.

  La deuda había sido real.

  Pero ahora también era real:

  el pago.

  Imagine a un hombre frente a una deuda que jamás podría pagar.

  Durante años el documento conserva toda su fuerza.

  Cada cifra permanece allí.

  Cada obligación continúa pendiente.

  El deudor puede llorar.

  Puede arrepentirse de haber contraído la deuda.

  Puede desear no haberlo hecho.

  Pero mientras la deuda permanezca sin resolver, el documento continúa diciendo:

  “Debe.”

  Entonces aparece alguien con los recursos suficientes.

  Paga completamente aquello que el deudor jamás habría podido pagar.

  Ahora el documento ya no puede continuar reclamando la misma deuda como pendiente.

  No porque fuera falso.

  Sino porque fue satisfecho aquello que reclamaba.

  Eso hace todavía más hermosa la imagen de Colosenses.

  Dios no salvó al deudor destruyendo la justicia.

  Salvó al deudor satisfaciendo la deuda.

Dios la quitó de en medio

  Pero Pablo no termina diciendo que el acta fue anulada.

  Añade:

“…quitándola de en medio…”

  La expresión crea una imagen extraordinaria.

  Había algo entre nosotros y Dios.

  Algo que nos era contrario.

  Algo que testificaba nuestra culpabilidad.

  Algo que nosotros no podíamos retirar.

  Y Dios:

  lo quitó de en medio.

  Esto nos lleva nuevamente al gran problema que comenzó en Edén.

  Después del pecado, Adán se escondió.

“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios…”
Génesis 3:8, RVR1960

  Después vino la expulsión.

“Echó, pues, fuera al hombre…”
Génesis 3:24, RVR1960

  El pecado había colocado una terrible separación en nuestra historia.

  Isaías lo expresaría posteriormente:

“Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.”
Isaías 59:2, RVR1960

  Había algo:

  “entre vosotros y vuestro Dios.”

  Pero ahora Pablo dice:

  “Quitándola de en medio.”

  Lo que nosotros no podíamos quitar:

  Dios lo quitó.

  Lo que nos acusaba:

  Dios lo anuló.

  Lo que permanecía entre nosotros y Él:

  Dios lo retiró.

  ¿Y cómo lo hizo?

  Aquí llega la parte más impresionante:

  “Clavándola en la cruz.”

El acta terminó en la misma Cruz

  Imagine por un momento la escena.

  Sobre aquella Cruz estaba Jesucristo.

  Sus manos habían sido clavadas.

  Sus pies habían sido clavados.

  Pero Pablo nos invita a mirar más allá de lo que los ojos humanos podían observar aquel día.

  En un sentido espiritual y jurídico, también había algo nuestro clavado allí.

  El acta.

  Nuestra deuda.

  Aquello que estaba contra nosotros.

  “Clavándola en la cruz.”

  Qué imagen.

  El documento que debía conducirnos a condenación terminó relacionado con la Cruz del Sustituto.

  El lugar donde murió Cristo se convirtió en el lugar donde nuestra deuda fue enfrentada.

  Pablo escribe en otro lugar:

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”
2 Corintios 5:21, RVR1960

  Él no conoció pecado.

  Nosotros sí.

  Él no tenía deuda propia.

  Nosotros sí.

  Él no tenía un acta personal de pecado que pagar.

  Nosotros sí.

  Y precisamente porque no tenía deuda propia podía cargar con la nuestra.

  Pedro declara:

“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero…”
1 Pedro 2:24, RVR1960

  Observe nuevamente:

  “Nuestros pecados.”

  Pero:

  “Él mismo” los llevó.

  Aquello que pertenecía a nosotros terminó sobre Él.

  Y aquello que estaba contra nosotros:

  terminó clavado en su Cruz.

El acusador perdió su argumento

  Pero Colosenses todavía no ha terminado.

  El siguiente versículo dice:

“Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”
Colosenses 2:15, RVR1960

  Esto añade otra dimensión extraordinaria.

  La Cruz que parecía una derrota se convirtió en un lugar de triunfo.

  Cristo no solamente resolvió nuestra deuda.

  También triunfó sobre poderes que mantenían al hombre bajo esclavitud.

  Apocalipsis llama a Satanás:

“…el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.”
Apocalipsis 12:10, RVR1960

  Un acusador necesita algo con qué acusar.

  Y nosotros le habíamos proporcionado demasiado.

  Nuestros pecados eran reales.

  Nuestras transgresiones eran reales.

  Nuestra culpabilidad era real.

  Pero ¿qué ocurre cuando aquello que estaba contra el acusado ha sido satisfecho mediante el sacrificio de Cristo?

  La acusación pierde su fundamento condenatorio contra aquel que está en Cristo.

  Por eso Pablo puede preguntar:

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.”
Romanos 8:33, RVR1960

  Y después:

“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó…”
Romanos 8:34, RVR1960

  Observe la respuesta de Pablo ante la acusación:

  Cristo murió.

  El acusador puede recordar nuestro pasado.

  Puede señalar nuestras caídas.

  Puede mencionar nuestras transgresiones.

  Pero hay algo que no puede deshacer:

  la Cruz.

  No puede volver a colocar como deuda pendiente aquello que Cristo satisfizo.

  No puede arrancar de la Cruz el acta que Dios quitó de en medio.

  No puede declarar insuficiente aquello que Dios aceptó como suficiente.

  La respuesta del creyente no es:

  “Nunca fui culpable.”

  La respuesta es mucho más poderosa:

  “Cristo pagó.”

Regresemos al documento que dejamos abierto

  Ahora sí podemos regresar a aquel capítulo donde presentamos por primera vez el acta.

  Entonces contemplábamos nuestra situación desde el lado del acusado.

  El documento estaba abierto.

  La evidencia estaba allí.

  La deuda era nuestra.

  No teníamos con qué pagar.

  Y no podíamos destruir el expediente.

  Pero todavía no habíamos llegado a la Cruz.

  Ahora estamos mirando el mismo documento:

  desde el otro lado del Calvario.

  Antes decía:

  contra nosotros.

  Ahora Pablo dice:

  anulada.

  Antes era:

  contraria.

  Ahora:

  quitada de en medio.

  Antes estaba delante del deudor.

  Ahora:

  clavada en la Cruz.

  Antes parecía anunciar nuestra condenación.

  Ahora la Cruz anuncia que el Sustituto pagó aquello que nosotros no podíamos pagar.

  El documento es el mismo.

  Lo que cambió fue que la deuda fue satisfecha.

  Y aquí encontramos una de las imágenes más hermosas de toda esta serie.

  El hombre no consiguió robar su expediente del tribunal celestial.

  No sobornó al Juez.

  No convenció a Dios de bajar sus estándares.

  No escondió las pruebas.

  No logró demostrar que era inocente.

  El culpable fue salvado porque Otro pagó su deuda.

  Eso es gracia.

  Pero es una gracia que no destruye la justicia.

  La satisface.

  Por eso Colosenses 2 no comienza hablando del hombre resolviendo su problema.

  Comienza hablando de Dios actuando:

“Y a vosotros, estando muertos en pecados… os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados…”
Colosenses 2:13, RVR1960

  ¿Quién dio vida?

  Dios.

  ¿Quién perdonó?

  Dios.

  ¿Quién anuló el acta?

  Dios.

  ¿Quién la quitó de en medio?

  Dios.

  ¿Dónde la clavó?

  En la Cruz.

  La salvación no es la historia del deudor encontrando finalmente la manera de pagar.

  Es la historia de Dios proporcionando el pago que el deudor jamás habría podido proporcionar.

  Y ahora, por primera vez desde que comenzamos esta serie, podemos imaginar al hombre delante del Juez sin aquel documento pendiente entre ambos.

  El acta ha sido quitada de en medio.

  Pero todavía falta algo bellísimo.

  Porque resolver una deuda no significa automáticamente restaurar una relación.

  Un expediente puede cerrarse…

  y dos personas todavía permanecer distantes.

  Dios quería hacer mucho más que cancelar nuestra deuda.

  Quería reconciliarnos consigo mismo.

  No solamente quería sacar al culpable del tribunal.

  Quería llevarlo de regreso a casa.

  Y ese será nuestro siguiente paso:

  La reconciliación — El Juez abrió la puerta de su casa.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.