03. Las responsabilidades de un hijo judío — Cuando crecer significaba comenzar a responder y hacer

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Lucas 2:52

“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”

Crecer cambia muchas cosas.

Al principio un niño recibe.

Lo alimentan.

Lo visten.

Lo protegen.

Lo acompañan.

Le dicen dónde debe estar.

Pero llega un momento en que algo comienza a cambiar.

Ahora puede traer algo.

Puede llevar algo.

Puede entender una instrucción.

Puede acompañar a un adulto.

Puede aprender una tarea.

Puede cuidar aquello que antes tenían que cuidar por él.

Y poco a poco ocurre una transformación extraordinariamente sencilla:

el niño que dependía de la familia comienza también a convertirse en alguien de quien la familia puede depender.

Eso formaba parte del mundo en el que creció Jesús.

Jesús, obedeciendo una orden de su madre

“Tráeme aquello”

Probablemente una de las primeras formas de responsabilidad en cualquier sociedad ha comenzado con algo muy parecido.

“Ve por esto.”

“Lleva aquello.”

“Dáselo a tu madre.”

“Acompáñame.”

“Quédate aquí.”

“Cuida esto.”

No estamos afirmando que ésas fueran palabras concretas dirigidas a Jesús.

Estamos entrando en la experiencia normal de un niño dentro de una familia del mundo antiguo.

Al principio las tareas son pequeñas.

Tan pequeñas que el adulto podría hacerlas más rápido por sí mismo.

Pero precisamente ahí comienza el aprendizaje.

El niño va.

Busca.

Regresa.

Algunas veces trae lo correcto.

Otras veces entendió mal.

Entonces tiene que volver.

Y descubre una de las pequeñas frustraciones de crecer:

haber hecho el esfuerzo y escuchar que no era eso.

Hay que regresar.

Buscar nuevamente.

Prestar más atención esta vez.

Así se aprende.

No mediante una explicación interminable.

Haciendo.

Un día descubres que ya puedes

Después ocurre algo que casi nadie nota cuando sucede.

Lo que antes era demasiado pesado ya no lo es.

Lo que antes estaba demasiado lejos ahora puede alcanzarse.

El recorrido para el que antes necesitabas compañía comienza a resultar conocido.

La instrucción que antes necesitaba muchas explicaciones ahora se entiende inmediatamente.

El cuerpo ha crecido.

La memoria también.

Y los adultos empiezan a notarlo.

“Ya puede hacerlo.”

Esa frase cambia la vida de un niño.

Porque poder hacer algo casi siempre significa que pronto comenzarán a pedirte que lo hagas.

Ése es uno de los precios de crecer.

Cuando somos pequeños queremos demostrar:

“Yo puedo.”

Hasta que los adultos descubren que es verdad.

Entonces dicen:

“Muy bien. Hazlo.”

Y la capacidad se convierte en responsabilidad.

Las tareas crecían con el muchacho

En una familia del siglo primero difícilmente podía permitirse que un hijo capaz permaneciera durante años como simple espectador de la vida doméstica.

Había demasiado que hacer.

Las necesidades de una casa, un campo, un pequeño taller o cualquier actividad familiar requerían manos.

Los niños aprendían progresivamente observando y participando.

Primero algo sencillo.

Después algo que requería mayor cuidado.

Más tarde una responsabilidad que podía realizarse sin supervisión constante.

El muchacho comenzaba a descubrir que había tareas que ya eran suyas.

Y eso se siente diferente.

Cuando alguien nos ayuda a hacer algo, la responsabilidad todavía pertenece en gran medida al adulto.

Pero llega un momento en que escuchamos:

“Encárgate tú.”

Ahora cambia todo.

Hay que recordarlo.

Hay que hacerlo bien.

Y quizá nadie vuelva a preguntar hasta después.

Han confiado en nosotros.

Ser responsable significa que alguien cuenta contigo

Ésta quizá sea una de las transformaciones más importantes de la juventud.

Responsabilidad no significa simplemente tener más trabajo.

Significa que otra persona organiza parte de su vida suponiendo que nosotros cumpliremos.

Si nos encargaron algo y no lo hacemos, alguien tendrá que hacerlo después.

Si olvidamos traerlo, faltará.

Si dejamos una herramienta donde no corresponde, alguien tendrá que buscarla.

Si no atendemos aquello que nos confiaron, el problema puede aparecer más tarde.

Por eso existe un momento en que el muchacho descubre que sus decisiones ya no terminan en él.

Afectan a otros.

Y ésa es una lección profundamente adulta.

Hay personas contando conmigo.

Pero había días en que no se quería hacer

Crecer no elimina las ganas de hacer otra cosa.

Uno puede saber perfectamente cuál es su responsabilidad…

y no querer hacerla.

Está cansado.

Está entretenido.

Sus amigos están haciendo algo más interesante.

Hace calor.

Hace frío.

La tarea es aburrida.

La hizo ayer.

Y antier.

Y probablemente tendrá que hacerla mañana.

Ésa es la parte de la responsabilidad que pocas veces parece heroica.

Hacer algo precisamente cuando dejó de ser emocionante.

El primer día que aprendemos una tarea puede resultar interesante.

Después se convierte en costumbre.

Y finalmente puede llegar el momento en que uno piensa:

“Otra vez.”

Pero sigue siendo nuestra.

Los muchachos del mundo antiguo no vivían esperando sentirse motivados para participar en las necesidades de la familia.

Había cosas que debían hacerse porque formaban parte de la vida.

Con ganas o sin ganas.

Con entusiasmo o sin él.

En un buen día.

Y también en uno malo.

Aprender significaba observar

Gran parte del conocimiento práctico no se obtenía leyendo instrucciones.

Se adquiría mirando.

Observe cómo lo hago.

Ahora inténtalo tú.

No así.

De esta manera.

Otra vez.

Las manos de un adulto podían hacer con facilidad algo que para el muchacho resultaba torpe.

Eso puede ser frustrante.

Uno mira y parece sencillo.

Después intenta hacerlo.

No sale igual.

El material no responde.

La herramienta se mueve de manera diferente.

Las manos todavía no tienen la habilidad.

Entonces el adulto vuelve a mostrarlo.

Y el muchacho vuelve a intentar.

Así se transmitían innumerables conocimientos de una generación a otra.

Los ojos aprendían antes que las manos.

Después las manos necesitaban repetición.

Mucha repetición.

Hasta que un día ocurre algo maravilloso:

ya no hay que pensar en cada movimiento.

La mano sabe.

El cuerpo recuerda.

La habilidad que antes requería toda la concentración comienza a parecer natural.

Equivocarse tenía consecuencias

Pero aprender trabajando significa que los errores no siempre quedan sobre un papel.

Algo puede dañarse.

Una pieza puede desperdiciarse.

Una herramienta puede utilizarse incorrectamente.

Una tarea puede tener que repetirse.

Y cuando los recursos cuestan trabajo, equivocarse pesa.

El muchacho mira lo ocurrido.

Sabe que no quedó bien.

Quizá siente vergüenza.

Tal vez espera una corrección.

Entonces aprende otra parte de la responsabilidad:

hacerse cargo del error.

No esconderlo.

No culpar inmediatamente a otro.

Ver qué puede corregirse.

Volver a hacerlo.

Aprender para la próxima vez.

No sabemos las experiencias específicas de Jesús mientras aprendía las habilidades propias de su ambiente familiar.

Los Evangelios no nos las cuentan.

Por eso no vamos a inventarlas.

Lo que sí sabemos es que Lucas describe un proceso:

“Jesús crecía…”

Crecer significa atravesar etapas.

También había que aprender un oficio

Marcos identifica posteriormente a Jesús como:

“el carpintero”.

—Marcos 6:3.

El término griego tekton puede abarcar un campo más amplio que nuestra palabra moderna “carpintero” y referirse a un trabajador o artesano relacionado con la construcción y materiales como madera y piedra.

Eso nos proporciona una ventana importante.

Jesús llegó a ser conocido en Nazaret por un oficio.

No solamente como:

“el hijo de María”.

También:

“el tekton.”

Eso significa que las personas de su población lo conocían como trabajador.

Y un oficio no aparece de repente en las manos de un hombre adulto.

Se aprende.

Requiere tiempo.

Observación.

Práctica.

Herramientas.

Materiales.

Correcciones.

Repetición.

Años.

No conocemos el momento exacto en que Jesús comenzó ese aprendizaje ni todas las tareas que realizó.

Pero el Evangelio nos permite afirmar algo extraordinariamente concreto:

Jesús conoció el mundo del trabajo desde dentro.

El trabajo también podía convertirse en sustento

Y conforme un hijo crecía, su capacidad laboral podía adquirir una importancia mayor.

Ya no se trataba solamente de ayudar.

Su trabajo podía contribuir al funcionamiento económico de la familia.

Eso cambia nuevamente la manera de mirar una jornada.

Trabajar deja de significar únicamente:

“Estoy aprendiendo.”

Ahora puede significar:

“Esto ayuda a sostener nuestra casa.”

El esfuerzo adquiere rostro.

El alimento cuesta.

La ropa cuesta.

Las herramientas cuestan.

Las obligaciones cuestan.

Y detrás de ellas existe trabajo.

Un joven que comienza a contribuir comprende algo que de niño apenas podía percibir:

el dinero que llega a casa representa horas de la vida de alguien.

Tiempo.

Fuerza.

Conocimiento.

Trabajo.

Por eso también se aprende a valorar lo que se tiene.

Crecer significaba recibir confianza

Hay un momento hermoso en la relación entre un padre y un hijo.

Al principio el padre revisa todo.

“¿Lo hiciste?”

“Déjame ver.”

“Ven, te ayudo.”

Pero después de años de aprendizaje puede ocurrir algo diferente.

El padre entrega una responsabilidad…

y se va.

Ya no necesita permanecer mirando.

Confía.

El muchacho sabe hacerlo.

Quizá pocas experiencias producen una satisfacción semejante durante el crecimiento.

Ya confían en mí.

No porque alguien haya pronunciado un discurso.

Simplemente porque dejaron algo en nuestras manos.

Eso significa que nos consideran capaces.

Y también significa que ahora tenemos algo que perder:

esa confianza.

Había responsabilidades hacia los padres

Pero un hijo judío no crecía solamente aprendiendo trabajo.

Crecía dentro de una cultura donde honrar al padre y a la madre era un mandamiento.

“Honra a tu padre y a tu madre…”

—Éxodo 20:12.

Aquello pertenecía al corazón mismo de la identidad de Israel.

Honrar no era solamente sentir cariño.

Tenía expresiones concretas en la vida familiar.

Respeto.

Consideración.

Obediencia durante los años de dependencia.

Y, conforme los padres envejecían, responsabilidad hacia ellos.

La familia no era concebida simplemente como un lugar del que el hijo debía recibir hasta alcanzar independencia.

También implicaba obligaciones entre generaciones.

Los padres habían cuidado al hijo.

Llegaría un tiempo en que los hijos podrían tener que cuidar a sus padres.

La vida familiar daba la vuelta.

El pequeño que necesitó una mano para caminar podía convertirse algún día en el adulto que ofreciera su brazo a un padre envejecido.

También había responsabilidades delante de Dios

Pero crecer como muchacho judío significaba algo más.

No solamente se aprendía a trabajar.

Se aprendía a pertenecer a Israel.

Las palabras de la Torá debían formar parte de la vida.

Deuteronomio decía:

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos…”

—Deuteronomio 6:6-7.

La enseñanza de la fe comenzaba en la familia.

Dios.

Su pacto.

Sus mandamientos.

La historia de Israel.

Las fiestas.

El sábado.

Las oraciones.

Las Escrituras.

Conforme un niño crecía, también aumentaba su capacidad para comprender y participar en la vida religiosa de su pueblo.

No necesitamos trasladar automáticamente al siglo primero todas las ceremonias judías desarrolladas en épocas posteriores.

Basta permanecer dentro de lo que sabemos.

Jesús creció dentro de una familia judía.

Fue llevado a Jerusalén.

Conocía las Escrituras.

Participó de la vida religiosa de Israel.

Y Lucas nos muestra que a los doce años podía dialogar con los maestros del templo de una manera que los sorprendía.

Aquello no apareció de la nada.

Había que aprender a escuchar

Antes de enseñar, un niño escucha.

Escucha a sus padres.

Escucha las Escrituras.

Escucha las conversaciones de los adultos.

Escucha preguntas.

Escucha explicaciones.

Y algunas cosas que al principio no entiende comienzan a adquirir sentido con los años.

Eso ocurre todavía hoy.

Hay palabras que escuchamos de niños y solamente comprendemos cuando crecemos.

Historias que nos parecían simples y después descubrimos que contenían dolor.

Decisiones de nuestros padres que no entendíamos y años más tarde comenzamos a comprender.

Textos que habíamos oído muchas veces y un día parecen diferentes.

Crecer también significa volver a escuchar con una mente nueva.

Lucas dice:

“Y Jesús crecía en sabiduría…”

No describe una vida estática.

Describe desarrollo.

Las fiestas también enseñaban

Después estaban los grandes ritmos religiosos de Israel.

El sábado interrumpía la semana.

Las fiestas interrumpían el año.

Y algunas de ellas implicaban algo extraordinario:

viajar.

Lucas nos dice de José y María:

“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.”

—Lucas 2:41.

Eso significa que para Jesús la fe no era solamente algo escuchado dentro de Nazaret.

También podía ponerse en camino.

Había preparación.

Viaje.

Personas.

Jerusalén.

El templo.

Celebración.

Memoria.

Israel recordando lo que Dios había hecho.

Más adelante entraremos en esos viajes porque merecen su propio capítulo.

Pero aquí basta comprender lo que significaban para un muchacho:

la fe tenía calendario.

Tenía lugares.

Tenía prácticas.

Tenía memoria.

Y él estaba creciendo dentro de todo aquello.

Poco a poco dejaba de ser el niño

Los años continúan.

La ropa comienza a quedarle pequeña.

El cuerpo se alarga.

Las manos se fortalecen.

Las tareas cambian.

Las conversaciones de los adultos empiezan a incluirlo de otra manera.

Ya no lo mandan solamente a traer algo.

Ahora pueden pedirle que se encargue.

Ya no observa únicamente.

Participa.

Ya no consume solamente recursos familiares.

Puede contribuir.

Ya no entiende solamente instrucciones sencillas.

Puede asumir responsabilidades más complejas.

Y un día ocurre algo que ninguna familia puede fechar exactamente.

El niño sigue viviendo en la misma casa.

Sigue siendo hijo.

Pero cuando los demás lo miran…

ya comienzan a ver un hombre.

Nazaret lo vio crecer

Ésta es una parte fascinante de la historia.

Los habitantes de Nazaret no conocieron a Jesús por primera vez cuando comenzó su ministerio.

Lo habían visto crecer.

Algunos quizá recordaban al niño.

Después al muchacho.

Después al joven.

Finalmente al trabajador.

Por eso, cuando años más tarde lo escucharon enseñar, reaccionaron con asombro:

“¿No es éste el carpintero…?”

—Marcos 6:3.

La frase contiene familiaridad.

Lo conocemos.

Sabemos de dónde viene.

Sabemos quién es su familia.

Sabemos cuál es su oficio.

Para ellos Jesús no había aparecido repentinamente.

Había crecido delante de sus ojos.

No fueron años vacíos

Y quizá aquí podemos comprender mejor por qué llamar a este período simplemente “los años del silencio” resulta insuficiente.

Los Evangelios guardan silencio sobre muchísimos detalles.

Pero la vida no estaba en silencio.

Un muchacho estaba creciendo.

Su cuerpo cambiaba.

Sus responsabilidades aumentaban.

Aprendía.

Participaba.

Trabajaba.

Vivía dentro de una familia.

Pertenecía a una comunidad.

Formaba parte de Israel.

Y cada año podía hacer cosas que el año anterior todavía no podía hacer.

Eso es crecer.

No ocurre de golpe.

Ocurre casi sin que nadie lo note.

Hasta que un día miramos al niño…

y ya no está.

Hay un joven en su lugar.

“Jesús crecía”

Quizá por eso Lucas escogió una palabra tan sencilla:

“Jesús crecía…”

No necesitaba contarnos cada día.

Esa palabra contiene miles de ellos.

Días en que aprender resultaba interesante.

Días en que la responsabilidad pesaba.

Días buenos.

Días cansados.

Tareas nuevas.

Tareas repetidas.

Cosas que había que hacer aunque no hubiera ganas.

Responsabilidades que primero parecían difíciles y después se hicieron normales.

Y progresivamente ocurrió algo que sucede en toda familia:

el que antes necesitaba ser sostenido comenzó también a sostener.

No necesitamos inventar qué hizo Jesús cada mañana para comprender la grandeza de aquello.

Basta aceptar lo que significa verdaderamente la encarnación.

El Verbo no apareció en Nazaret como un adulto terminado.

Creció.

Aceptó el proceso.

Aceptó las etapas.

Aceptó aprender dentro del mundo humano.

Aceptó que la capacidad trajera responsabilidad.

Y antes de que multitudes dependieran de Él…

vivió durante años en ese pequeño mundo donde comienza toda responsabilidad humana:

una familia que poco a poco descubre que ya puede contar contigo.

Y el Verbo se hizo carne

El Hijo de Dios pudo haber venido al mundo rodeado de silencio y atención exclusiva.

Pero escogió una casa llena.

El que es Señor de todo aceptó compartir.

Compartir el alimento.

El espacio.

La atención de sus padres.

Las cosas de la casa.

Y la vida.

Tuvo que esperar.

Tuvo que ceder.

Tuvo que convivir con personalidades diferentes.

Fue hermano mayor de niños que todavía estaban creciendo y aprendiendo.

Y durante años vivió entre hermanos y hermanas que lo conocían profundamente como miembro de su familia, aunque todavía no comprendieran completamente quién era.

El Hijo de Dios no solamente aceptó nuestra carne.

Aceptó nuestra cercanía.

Y el Verbo se hizo carne y compartió una casa, una mesa, un espacio y la vida con sus hermanos y hermanas.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.