Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 2:51
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.”
Hay frases de la Biblia que parecen pequeñas hasta que uno se detiene dentro de ellas.
Ésta es una.
“…estaba sujeto a ellos.”
Cuatro palabras capaces de resumir años.
Lucas acaba de mostrarnos a Jesús a los doce años en Jerusalén.
María y José lo han buscado angustiados. Después de tres días lo encuentran en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
Quienes lo oyen están maravillados de su inteligencia y de sus respuestas.
Cuando María le habla de la angustia con que lo han buscado, Jesús responde:
“¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”
—Lucas 2:49.
Es un momento extraordinario.
Por primera vez en los Evangelios escuchamos hablar a Jesús.
Y sus palabras revelan que existe en Él una conciencia extraordinaria de su relación con el Padre.
¿Qué esperamos que ocurra después?
Quizá que permanezca en Jerusalén.
Que los maestros continúen escuchándolo.
Que comience a manifestarse.
Que algo grande esté a punto de suceder.
Pero Lucas nos sorprende.
Jesús se levanta.
Deja Jerusalén.
Desciende con María y José.
Regresa a Nazaret.
Y vuelve a ocupar su lugar dentro de la familia.
“…estaba sujeto a ellos.”

Pensemos en el camino de regreso.
Jerusalén va quedando atrás.
También el templo.
También aquellos maestros que se habían maravillado al escucharlo.
Delante está nuevamente Nazaret.
La casa.
La familia.
La vida cotidiana.
Y Jesús regresa.
Saber quién era no produjo en Él desprecio por la autoridad de sus padres.
No utilizó su comprensión para colocarse por encima de ellos.
Lucas no registra:
“Ustedes no comprenden.”
Ni:
“Yo sé más.”
Ni:
“Ya no necesito que me digan qué hacer.”
Regresó.
Y esto resulta especialmente significativo porque Jesús ya no era un niño pequeño que obedecía simplemente porque no tenía capacidad para comprender.
Tenía doce años.
Lucas acaba de mostrarnos precisamente su comprensión.
Y después de mostrarnos cuánto comprendía, nos muestra que obedecía.
Aquí debemos abandonar por un momento las grandes palabras religiosas y entrar nuevamente en una casa.
Porque la obediencia familiar rara vez se siente espectacular.
Se parece más a esto:
Uno está haciendo algo que disfruta…
y lo llaman.
Quiere seguir.
Pero tiene que ir.
Está conversando…
y hay algo que hacer.
Tiene sueño…
pero existe una responsabilidad.
Piensa que una tarea puede esperar…
y su padre considera que debe hacerse ahora.
Cree que ya sabe cómo hacer algo…
y alguien mayor vuelve a explicárselo.
Quiere salir…
y escucha que no.
Quiere quedarse…
y le dicen que es hora de irse.
Quien alguna vez tuvo padres entiende inmediatamente la experiencia.
La autoridad interrumpe nuestra voluntad.
Mientras todos quieren lo mismo, casi no sentimos que existe.
La sentimos cuando aparece un límite.
“Todavía no.”
“Primero termina esto.”
“Regresa.”
“Espera.”
“Hazlo nuevamente.”
“Ven.”
No estamos diciendo que José o María pronunciaran específicamente esas palabras a Jesús.
Los Evangelios no conservaron esas conversaciones.
Pero Lucas sí nos dice cuál era la relación:
Jesús estaba sujeto a ellos.
Eso significa que dentro de aquella casa no era Él quien decidía todo simplemente porque sabía quién era.
Aceptó ocupar el lugar de hijo.
Detengámonos aquí porque resulta difícil dimensionarlo.
José era un hombre común.
Un trabajador.
Un padre de familia.
No era uno de los doctores que habían quedado maravillados en Jerusalén.
No era sacerdote.
No pertenecía a la aristocracia.
No ocupaba un puesto importante en Israel.
Y, sin embargo, al regresar a Nazaret, José continuaba siendo el padre dentro de aquella casa.
Podía asignar responsabilidades.
Podía enseñar un trabajo.
Podía establecer horarios y límites propios de la vida familiar.
Podía corregir la manera de realizar una tarea.
Podía decidir que algo debía hacerse antes que otra cosa.
Imagine solamente el contraste.
En Jerusalén, hombres instruidos escuchaban sorprendidos las respuestas de Jesús.
De regreso en Nazaret, José podía enseñarle cómo realizar correctamente un trabajo.
Y Jesús aceptó ambas situaciones.
Eso nos permite comprender algo hermoso:
la autoridad de José no dependía de saber más que Jesús.
Dependía de la responsabilidad que tenía como padre.
José no necesitaba ser perfecto para ser honrado.
Lucas es muy preciso:
“…estaba sujeto a ellos.”
A ambos.
María seguía siendo su madre.
La misma mujer que lo había llevado en su vientre.
Que lo había alimentado.
Que había huido con Él.
Que había cuidado de Él cuando todavía dependía completamente de otros.
Ahora aquel niño estaba creciendo.
Probablemente ya podía hacer muchas cosas por sí mismo.
Y con cada año que pasa ocurre algo que todos los padres conocen.
El hijo necesita menos ayuda.
Alcanza cosas que antes no alcanzaba.
Puede cargar lo que antes era demasiado pesado.
Comienza a tener opiniones propias.
Toma decisiones pequeñas.
Después mayores.
Y poco a poco aparece esa transición extraña en la que el niño ya no parece niño…
pero todavía está bajo autoridad.
Jesús atravesó ese proceso.
No saltó de Belén directamente a los treinta años.
Creció.
Y mientras crecía, María continuó siendo su madre.
Hay una experiencia particularmente difícil durante el crecimiento.
Descubrir que uno sabe hacer algo…
y aun así tener que obedecer.
Cualquier adolescente puede comprenderlo.
Llega una edad en que comenzamos a pensar:
“Yo puedo.”
“Yo entiendo.”
“Yo sé hacerlo.”
Y muchas veces es verdad.
El problema aparece cuando de ahí pasamos a:
“Entonces nadie tiene derecho a decirme qué hacer.”
Jesús presenta un contraste extraordinario.
Él realmente sabía.
Su comprensión había sorprendido a los maestros del templo.
Sin embargo, conocimiento y obediencia no se convirtieron en enemigos.
Podía comprender más…
y continuar honrando.
Podía crecer…
y continuar sujeto.
Podía saber quién era…
sin utilizar su identidad como privilegio.
También debemos hacer humana la experiencia.
No toda obediencia cuesta lo mismo.
Hay instrucciones que coinciden con lo que ya queríamos hacer.
Hay responsabilidades que disfrutamos.
Hay días en que tenemos energía.
Nos llaman y respondemos inmediatamente.
Nos piden algo y lo hacemos.
No existe lucha.
Pero otros días son diferentes.
Estamos cansados.
Estamos entretenidos.
Tenemos otro plan.
Pensamos que algo no es urgente.
Queremos terminar primero lo nuestro.
Y precisamente entonces la obediencia adquiere peso.
Porque obedecer no consiste únicamente en realizar una acción.
Muchas veces significa ceder nuestra preferencia.
Dejar algo.
Esperar.
Cambiar el plan.
Aceptar que en ese momento no tendremos la última palabra.
Lucas no nos dice cuáles fueron las situaciones concretas que Jesús vivió durante aquellos años.
No necesitamos inventarlas.
Nos entrega algo mejor:
una descripción de su conducta habitual.
“…estaba sujeto a ellos.”
No una tarde.
No después de una sola conversación.
Era la manera en que vivía dentro de su familia.
Hay otra experiencia que todos conocemos.
Uno hace algo.
Termina.
Mira satisfecho.
Y entonces llega alguien con más experiencia.
Lo observa.
Y dice:
“Hay que hacerlo otra vez.”
Pocas cosas prueban tanto la actitud.
Porque uno ya había terminado en su mente.
Ya estaba pensando en lo siguiente.
Quizá hasta había comenzado a descansar.
Y ahora hay que regresar.
Corregir.
Deshacer una parte.
Volver a empezar.
En un hogar donde los hijos aprendían progresivamente las tareas de los adultos, la corrección era inevitable.
Nadie nace sabiendo utilizar una herramienta.
Nadie realiza perfectamente una responsabilidad la primera vez.
Se aprende intentando.
Equivocándose.
Escuchando.
Corrigiendo.
Repitiendo.
No sabemos qué errores cometió Jesús al aprender habilidades humanas ni debemos inventarlos. La afirmación teológica de su ausencia de pecado tampoco significa que naciera sabiendo cada oficio humano sin aprendizaje; Lucas mismo habla de crecimiento.
Lo importante aquí es algo más sencillo:
aceptó el proceso de crecer.
Y crecer significa también recibir instrucción.
Quizá ésta sea una de las dimensiones menos consideradas de aquellos años.
Jesús sabía a los doce años que existía una relación única con su Padre.
Sin embargo, el ministerio público no comenzó entonces.
Pasaron años.
Eso significa que durante una parte enorme de su vida terrenal Jesús conoció algo que a nosotros nos cuesta muchísimo:
esperar.
Crecer primero.
Vivir en familia.
Cumplir responsabilidades.
Llegar a la madurez.
No convertir la conciencia de un propósito en una excusa para adelantarse a su tiempo.
Nosotros solemos tener prisa cuando creemos que estamos destinados a algo importante.
Queremos comenzar.
Queremos demostrar.
Queremos que otros lo reconozcan.
Jesús regresó a Nazaret.
No necesitó demostrarle a aquella población lo que los maestros de Jerusalén habían visto.
Pero hay que conservar un equilibrio importante.
Jesús estaba sujeto a María y José.
Sin embargo, María y José no ocupaban el lugar del Padre.
Jesús ya lo había expresado:
“…en los negocios de mi Padre me es necesario estar.”
—Lucas 2:49.
Eso coloca cada autoridad en su sitio.
La autoridad familiar era real.
Pero no era divina.
Jesús podía honrar a sus padres terrenales sin confundirlos con su Padre celestial.
No encontramos desprecio hacia la autoridad humana.
Tampoco encontramos que ésta sustituya a Dios.
Hay orden.
Y quizá por eso la escena de Jerusalén es tan poderosa.
Jesús habla de su Padre…
y después regresa con sus padres.
Conoce la autoridad superior sin utilizarla como pretexto para despreciar la autoridad que legítimamente existía dentro de su hogar.
Imagine ahora no una escena.
Imagine años.
Jesús tiene doce.
Después trece.
Catorce.
Quince.
Su cuerpo cambia.
Su voz cambia.
Puede asumir mayores responsabilidades.
Aquello que antes necesitaba que alguien le enseñara comienza a hacerlo con seguridad.
Después quizá es Él quien puede ayudar a alguien menor.
Poco a poco deja de parecer un niño.
Se convierte en joven.
Después en hombre.
Y durante ese crecimiento ocurre algo inevitable en toda familia:
la relación también cambia.
Un hijo pequeño necesita instrucciones constantes.
Un joven necesita otras.
Conforme demuestra responsabilidad, recibe responsabilidades mayores.
La obediencia va dejando de ser simplemente “haz esto” y se convierte también en confianza.
No conocemos los detalles de ese proceso dentro de la familia de Jesús.
Pero conocemos su dirección.
Lucas escribe:
“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”
—Lucas 2:52.
No estaba detenido.
Estaba madurando.
Y aquí hay algo profundamente humano.
Llega un momento en toda familia en que el hijo que necesitaba instrucciones comienza a saber lo que debe hacerse sin que nadie se lo recuerde.
Ve una necesidad.
Y responde.
Sabe que algo está pendiente.
Y lo hace.
Comprende la responsabilidad.
Ya no hace falta perseguirlo.
Eso es madurez.
La autoridad no ha desaparecido.
Ha producido responsabilidad interior.
Quizá ésa sea una de las metas más hermosas de la formación de un hijo.
No conseguir que obedezca solamente cuando el padre está mirando.
Sino formar una persona que haga lo correcto cuando nadie tenga que ordenárselo.
Lucas no nos permite reconstruir cómo ocurrió cada etapa en Jesús.
Pero cuando volvemos a encontrarlo como adulto, encontramos a un hombre capaz de asumir responsabilidades enormes.
Antes de verlo dirigiendo discípulos, Lucas quiso que supiéramos algo mucho más doméstico:
supo ser hijo.
Y entonces llegamos quizá al contraste más profundo.
José era humano.
María era humana.
Ambos podían cansarse.
Ambos tenían limitaciones.
No comprendieron completamente lo ocurrido en Jerusalén. Lucas lo dice expresamente:
“Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.”
—Lucas 2:50.
Eso hace todavía más significativa la frase siguiente.
Ellos no comprendieron completamente.
Y Jesús regresó con ellos.
Ésta es quizá una de las escenas más extraordinarias de humildad en los Evangelios, precisamente porque casi no parece extraordinaria.
El que comprendía regresó con quienes todavía no comprendían.
El Hijo de Dios aceptó la autoridad de padres humanos.
No porque fueran omniscientes.
No porque nunca se equivocaran.
No porque fueran superiores a Él.
Sino porque ése era el lugar que había aceptado ocupar dentro de aquella familia.
Hay una humildad pública.
La gente puede verla.
Puede admirarla.
Puede hablar de ella.
Pero existe otra mucho más difícil.
La humildad de casa.
La que nadie aplaude.
La de aceptar una corrección sin necesidad de demostrar que sabemos más.
La de hacer algo que no escogimos.
La de esperar nuestro turno.
La de respetar un límite.
La de cumplir una responsabilidad aunque nadie vaya a felicitarnos.
La de vivir con personas imperfectas sin exigirles perfección para tratarlas con respeto.
Esa humildad ocurre lejos de las multitudes.
Y durante años, la vida de Jesús ocurrió precisamente allí.
En Nazaret.
Sin audiencia.
Sin discípulos tomando notas.
Sin multitudes observándolo.
Solamente una familia viviendo junta.
Muchos años después, Jesús diría a otros:
“Sígueme.”
Y hombres dejarían cosas para caminar detrás de Él.
Hablaría con autoridad.
Enseñaría con autoridad.
Daría instrucciones a sus discípulos.
Pero antes de verlo ejerciendo autoridad pública, Lucas nos permite contemplarlo bajo autoridad familiar.
Eso nos muestra algo acerca de su corazón.
Jesús no consideró la obediencia una condición indigna de su grandeza.
No necesitó estar siempre arriba.
No necesitó tener siempre la última palabra.
No necesitó demostrar constantemente quién era.
A los doce años sabía que debía estar en los asuntos de su Padre.
Y, sin embargo, descendió de Jerusalén.
Volvió a Nazaret.
Entró otra vez en aquella casa.
Continuó creciendo.
Pasaron los años.
Y Lucas dejó para nosotros una pequeña frase que quizá diga mucho más de lo que parece:
“…estaba sujeto a ellos.”
No sabemos cuántas instrucciones recibió.
No sabemos cuántas veces tuvo que esperar.
No sabemos cuántas responsabilidades familiares cumplió.
No sabemos las conversaciones.
Y no vamos a inventarlas.
Pero sabemos suficiente.
El Hijo que un día tendría toda autoridad…
primero aceptó vivir bajo autoridad.
El que sería llamado Maestro…
aceptó ser enseñado dentro de una familia.
El que llamaría a otros a obedecer…
conoció la obediencia desde dentro.
Y quizá allí, en una casa de Nazaret donde nadie estaba mirando, vemos una de las expresiones más hermosas de su carácter:
Jesús sabía quién era.
Y no necesitaba demostrarlo para obedecer.
El que tenía toda autoridad aceptó vivir bajo autoridad.
El que sabía quién era aceptó que María lo llamara y que José pudiera decirle que había algo que hacer.
El que un día diría “Sígueme” aceptó primero seguir.
El Maestro aceptó ser enseñado.
El Rey aceptó ocupar el lugar de hijo.
Y cuando una instrucción interrumpía lo que estaba haciendo, cuando tenía que esperar, cuando debía dejar su propia preferencia o aceptar un límite, no utilizó su identidad para colocarse por encima de sus padres.
Durante años, en una casa donde nadie aplaudía su obediencia, el Hijo de Dios estuvo sujeto a ellos.
Y el Verbo se hizo carne y aceptó que María y José le dijeran qué hacer, cuándo esperar y cuándo obedecer.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Texto clave: Marcos 6:3
“¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?”
Jesús no creció solo.
Marcos nos permite mirar por un instante dentro de su familia y menciona cuatro hermanos por nombre:
Jacobo, José, Judas y Simón.
Después añade algo más:
“…¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?”
Hermanas.
En plural.
No sabemos cuántas.
Pero el dato es suficiente para cambiar por completo la imagen de aquella casa.
Porque una cosa es imaginar a Jesús con María y José.
Y otra muy diferente es colocar alrededor de ellos a una familia que, con el paso de los años, fue llenándose de hijos.
Más personas.
Más voces.
Más necesidades.
Más ropa.
Más comida.
Más trabajo.
Más personalidades compartiendo el mismo espacio.
Quien haya crecido dentro de una familia numerosa no necesita demasiadas explicaciones.
Sabe perfectamente lo que ocurre cuando son muchos.
Uno aprende muy pronto que el mundo no gira alrededor de uno.

Jesús compartiendo su vida con sus hermanos
Imagine el momento de comer.
Hay alimento.
Pero también hay muchas personas.
Y cuando son muchos, uno desarrolla una habilidad casi automática:
mirar cuánto hay.
Uno observa la comida.
Después mira a los demás.
Calcula.
No necesariamente porque exista hambre.
Simplemente porque aquello tiene que alcanzar.
Alguien toma una porción.
Después otro.
Después otro.
Y uno aprende que no puede servirse como si estuviera solo.
Quizá todavía tiene hambre.
Pero hay más personas alrededor.
Los pequeños también tienen que comer.
Los adultos también.
Eso enseña algo que difícilmente aprende quien nunca tiene que compartir:
la existencia de los demás pone límites a nuestros deseos.
Y no solamente ocurría con la comida.
Ocurría con casi todo.
La ropa.
El espacio.
Los objetos.
La atención.
El tiempo de los padres.
Los recursos de la familia.
Cuando son muchos, no siempre se puede comprar algo simplemente porque uno lo necesita o lo desea.
A veces hay otra necesidad más urgente.
Una prenda todavía sirve.
Un objeto puede repararse.
Algo puede pasar de un hermano a otro.
Y aparece una frase que millones de niños han escuchado:
“Todavía sirve.”
Para nosotros, recibir ropa nueva puede parecer algo normal.
En una familia modesta del mundo antiguo, una prenda representaba mucho trabajo y tenía que aprovecharse.
Eso significa que probablemente una prenda que todavía estuviera en buenas condiciones podía continuar utilizándose.
Quizá había pertenecido antes a otro miembro de la familia.
No necesitamos afirmar qué prendas concretas utilizaron los hermanos de Jesús.
Pero sí podemos comprender la experiencia.
El hermano mayor crece.
La ropa deja de quedarle.
Todavía está buena.
Entonces alguien menor puede utilizarla.
Y el pequeño recibe algo que para él es nuevo…
aunque no sea nuevo.
Quien creció así conoce perfectamente la sensación.
A veces uno estaba contento.
Otras veces no tanto.
Porque quizá la prenda que heredamos no era la que habríamos escogido.
Tal vez tenía una reparación visible.
Quizá ya conocíamos perfectamente quién la había usado antes.
Pero todavía servía.
Y cuando los recursos tienen límites, “todavía sirve” es una razón suficiente.
Jesús creció dentro de una familia donde las cosas tenían valor porque obtenerlas costaba trabajo.
Después estaba la atención.
Éste quizá sea uno de los aprendizajes más difíciles para un niño.
Mamá está ocupada.
Pero uno necesita algo.
Entonces llama.
Y escucha:
“Espera.”
Un hermano está hablando con papá.
Hay que esperar.
El pequeño necesita ayuda.
Hay que esperar.
Alguien está siendo atendido.
Hay que esperar.
Uno quiere contar algo importantísimo que acaba de ocurrir.
Para el niño es urgentísimo.
Pero para los adultos quizá no.
Hay que esperar.
Y esperar cuando se tienen siete años puede sentirse como una eternidad.
Uno vuelve a preguntar.
“¿Ya?”
Todavía no.
Se va.
Regresa.
“¿Ahora?”
Quien creció con muchos hermanos probablemente recuerda algo parecido.
No porque sus padres no lo amaran.
Precisamente porque tenían que amar y atender a varios al mismo tiempo.
El amor podía ser abundante.
El tiempo no.
Y los hijos tenían que aprender esa diferencia.
Y entonces llegamos a una de las experiencias universales de tener hermanos.
“No es justo.”
El otro recibió primero.
El otro recibió más.
A él lo dejaron.
A mí no.
Yo estaba aquí primero.
Él lo tomó.
Yo no fui.
Él empezó.
¿Por qué yo?
Los padres conocen esas frases.
Los hermanos también.
No necesitamos imaginar discusiones concretas dentro de la familia de Jesús.
Los Evangelios no las cuentan.
Pero sus hermanos y hermanas eran personas reales.
No personajes colocados inmóviles alrededor del Hijo de Dios.
Eran niños que crecieron.
Tenían personalidades.
Necesidades.
Deseos.
Limitaciones.
Podían equivocarse.
Podían ser impacientes.
Podían tomar algo que otro estaba utilizando.
Podían hacer ruido cuando alguien quería tranquilidad.
Podían necesitar corrección.
Y podían sentir que una decisión de sus padres no había sido justa.
Porque hay algo que todo hijo termina descubriendo:
los padres no lo ven todo.
Quien creció con hermanos probablemente sonrió al leerlo.
Porque existe una injusticia pequeña, doméstica y antiquísima.
Algo aparece roto.
Mamá o papá llegan.
Preguntan:
“¿Quién hizo esto?”
Silencio.
Nadie sabe.
Nadie vio.
Nadie fue.
Y algunas veces la persona que termina recibiendo la corrección realmente no fue quien comenzó el problema.
Los padres humanos toman decisiones con la información que tienen.
José no era omnisciente.
María tampoco.
Podían no haber visto lo ocurrido.
Podían escuchar versiones diferentes.
Podían equivocarse al interpretar una situación.
No necesitamos afirmar que una escena determinada ocurrió con Jesús.
Pero sí hay algo profundamente conmovedor en comprender la clase de familia que aceptó habitar:
el único perfecto vivió entre personas imperfectas.
No personas malas.
Personas humanas.
Y la convivencia con seres humanos inevitablemente significa encontrarse alguna vez con decisiones que no nos favorecen.
Ahora agreguemos algo que ya conocemos de las viviendas de aquella época.
El espacio era limitado.
Pero no volvamos a describir la casa.
Pensemos solamente en lo que eso significaba cuando dentro vivían muchas personas.
Era difícil desaparecer.
Hoy alguien puede molestarse y encerrarse en su habitación.
Cerrar la puerta.
Ponerse audífonos.
Pedir que nadie entre.
En una vivienda familiar pequeña, eso podía ser mucho más difícil.
Uno podía querer estar solo…
y alguien estaba allí.
Cambiar de lugar…
y encontrar a otro.
Querer descansar…
y escuchar voces.
Intentar concentrarse…
y un niño comenzar a jugar.
Si alguien estaba molesto, probablemente los demás lo notaban.
Si alguien lloraba, podían escucharlo.
Si dos hermanos habían discutido, no podían pasar tres días evitándose cómodamente.
Seguirían encontrándose.
En la comida.
En las tareas.
Al entrar.
Al salir.
Al acostarse.
La cercanía obligaba a resolver muchas cosas simplemente porque mañana todos seguirían allí.
Hay otra realidad familiar que resulta casi divertida con los años.
Los extraños conocen nuestra versión pública.
Los hermanos no.
Ellos saben qué nos molesta.
Saben qué nos hace reír.
Conocen nuestros hábitos.
Saben qué objeto cuidamos.
Saben dónde acostumbramos sentarnos.
Conocen aquello que hemos repetido cien veces que no hagan.
Y precisamente por conocerlo…
algunas veces lo hacen.
Eso forma parte de la intimidad familiar.
Las personas que más amamos pueden ser también quienes más fácilmente consiguen irritarnos.
Porque están suficientemente cerca para conocer nuestros botones.
Y no podemos simplemente marcharnos de la familia cada vez que alguien los oprime.
Hay que aprender algo mucho más difícil:
convivir.
Ceder algunas veces.
Hablar otras.
Perdonar.
Dejar pasar.
Poner límites.
Volver a sentarse juntos.
Eso no ocurre en un día.
Se aprende durante años.
Y aquí la historia adquiere otra dimensión.
Jesús era el primogénito de María.
Quien haya sido el mayor dentro de una familia numerosa sabe que ese título no siempre viene acompañado de privilegios.
Muchas veces viene acompañado de una frase:
“Tú eres el mayor.”
El pequeño todavía no puede.
Tú sí.
El pequeño no entiende.
Tú debes entender.
El pequeño necesita ayuda.
Tú puedes ayudar.
El pequeño está cansado.
Tú puedes aguantar un poco más.
No sabemos qué responsabilidades concretas recibió Jesús respecto de sus hermanos y hermanas.
No debemos inventarlas.
Pero en una familia numerosa del mundo antiguo, los hijos mayores participaban progresivamente de las responsabilidades familiares.
Conforme un niño crecía, dejaba de ser solamente alguien a quien cuidaban.
Comenzaba también a ser útil para otros.
Podía llevar algo.
Traer algo.
Acompañar.
Vigilar.
Ayudar en una tarea.
Entender una instrucción más compleja.
Esperar más que un niño pequeño.
Y allí aparece una de las primeras lecciones del hermano mayor:
ser capaz de hacer más significa que también pueden pedirte más.
Ésta también es una experiencia conocida.
El pequeño hace algo.
El mayor responde.
Llegan los padres justo en ese momento.
¿A quién ven?
Al mayor.
Y aparece otra vez aquella frase:
“Pero tú eres el grande.”
Desde la perspectiva del mayor puede sentirse profundamente injusto.
“¡Pero él empezó!”
Quizá tenga razón.
Sin embargo, conforme crecemos aparece una expectativa nueva.
Ya no basta decir:
“Él lo hizo primero.”
Se espera que el mayor tenga mayor dominio.
Mayor comprensión.
Mayor responsabilidad.
No afirmamos que una escena específica como ésta ocurriera con Jesús.
Lo importante es comprender el mundo familiar en el que creció.
Ser primogénito significaba ocupar una posición particular dentro de una casa que continuaba llenándose de hermanos menores.
Y mientras ellos crecían, Jesús también.
También había momentos en que la atención de la familia inevitablemente tenía que concentrarse en una persona.
Un hermano podía lastimarse.
Otro podía tener fiebre.
Un pequeño podía necesitar cuidados especiales durante algunos días.
María podía estar agotada.
José podía atravesar alguna dificultad que afectara el funcionamiento de la casa.
Y cuando alguien necesita más, los demás reciben menos.
Menos tiempo.
Menos atención.
Quizá más responsabilidades.
Eso puede ser difícil para un niño.
Pero también enseña una de las lecciones más importantes de una familia:
hoy no soy yo quien más necesita.
Hay otro.
Y ahora le toca a él.
Una familia numerosa enseña que la atención no siempre se distribuye de manera idéntica.
Algunas veces quien está más vulnerable necesita más.
Y los demás tienen que hacer espacio.
Hasta aquí podríamos dar la impresión de que una familia numerosa es solamente ruido, escasez y discusiones.
No.
Quien creció entre muchos conoce también la otra cara.
Siempre había alguien.
Alguien con quien hablar.
Alguien con quien jugar.
Alguien a quien molestar.
Alguien que podía defendernos.
Alguien que sabía exactamente por qué nos estábamos riendo sin necesidad de explicarlo.
Una familia desarrolla su propio lenguaje.
Una palabra puede hacer reír a todos porque recuerda algo ocurrido años atrás.
Un extraño no entiende.
La familia sí.
Hay historias que se cuentan tantas veces que todos saben cómo terminan…
pero vuelven a escucharlas.
“¿Te acuerdas cuando…?”
Y antes de terminar la frase, alguien ya está riéndose.
Eso también es crecer juntos.
En una familia con varios hijos existe además una cadena invisible de aprendizaje.
Los pequeños observan.
Miran cómo hace algo el hermano mayor.
Después intentan hacerlo.
Quieren caminar con los grandes.
Sentarse con ellos.
Participar en sus conversaciones aunque no entiendan todo.
Un hermano mayor puede descubrir de pronto que alguien pequeño lo está imitando.
Su manera de hacer algo.
Una expresión.
Una costumbre.
Y quizá eso resulta divertido al principio.
Hasta que uno comprende que el pequeño está mirando de verdad.
Jesús creció no solamente siendo hijo.
También siendo hermano mayor.
Otra vez, no sabemos las conversaciones concretas.
Pero sí sabemos que había ojos más pequeños creciendo dentro de la misma familia.
Hay peleas entre hermanos que parecen enormes…
hasta que alguien de afuera se mete con uno de ellos.
Entonces ocurre algo curioso.
El que hace diez minutos estaba discutiendo con su hermano puede convertirse ahora en quien lo defiende.
Porque una cosa es que yo me moleste con él.
Y otra que alguien de afuera venga contra él.
Eso es pertenencia.
Podemos discutir.
Podemos cansarnos unos de otros.
Podemos desear estar solos.
Pero seguimos siendo familia.
Cuando uno sufre, los demás lo sienten.
Cuando alguien tarda demasiado en regresar, se nota.
Cuando uno falta a la comida, su lugar se siente.
Cuando vuelve después de haber estado fuera, algo cambia dentro de la casa.
Ya estamos todos.
En una familia numerosa no siempre ganamos.
Y eso puede ser una extraordinaria escuela para el carácter.
No siempre somos primeros.
No siempre escogemos.
No siempre recibimos la porción que queríamos.
No siempre se hace lo que propusimos.
No siempre nos creen.
No siempre nos toca el objeto mejor.
No siempre recibimos atención cuando la pedimos.
Y descubrimos algo que quizá un niño no puede expresar todavía con palabras:
puedo no obtener lo que quiero y seguir estando bien.
Eso es enorme.
Porque poco a poco uno aprende a soportar frustración.
A esperar.
A compartir.
A reconocer que los demás también existen.
A alegrarse cuando algo bueno le ocurre a otro.
Y algunas veces…
a no alegrarse al principio, pero aprender a hacerlo.
No todas las jornadas familiares son iguales.
Hay días en que todo parece fluir.
Los niños están de buen humor.
El trabajo avanza.
La comida alcanza.
Alguien cuenta algo gracioso.
Se escucha risa.
La casa está llena, pero esa plenitud se siente agradable.
Y existen otros días.
Alguien amaneció irritado.
Otro está preocupado.
Un pequeño necesita más atención.
Algo se rompió.
Falta dinero para algo.
Dos hermanos están disgustados.
Uno hace ruido.
Otro quiere silencio.
María tiene muchas cosas que atender.
José llega con alguna preocupación.
Y la misma casa que ayer parecía llena de vida hoy puede sentirse demasiado pequeña.
Eso también es familia.
Las personas que amamos no siempre llegan a nosotros en su mejor día.
Y nosotros tampoco llegamos siempre en el nuestro.
Por eso convivir durante años significa conocer muchas versiones de la misma persona.
Alegre.
Cansada.
Impaciente.
Generosa.
Preocupada.
Divertida.
Callada.
Y seguir perteneciendo unos a otros.
Aquí aparece algo extraordinario.
Cuando Jesús comenzó su ministerio, para muchas personas era alguien nuevo.
Para sus hermanos, no.
Ellos lo habían conocido durante años.
Habían compartido casa con Él.
Habían comido con Él.
Habían crecido cerca de Él.
Y, sin embargo, Juan registra algo sorprendente:
“Porque ni aun sus hermanos creían en él.”
—Juan 7:5.
La cercanía no siempre produce comprensión.
A veces ocurre exactamente lo contrario.
Quienes nos conocieron desde pequeños pueden tener más dificultad para aceptar aquello en lo que nos hemos convertido.
Para ellos seguimos siendo:
“Mi hermano.”
“El que creció conmigo.”
“El que estaba en casa.”
Quizá por eso resulta tan humano que sus propios hermanos no comprendieran inmediatamente quién era.
Habían estado demasiado cerca de su vida cotidiana.
Y Jesús conoció también esa experiencia:
ser conocido y no ser completamente comprendido.
Esto puede tocar especialmente a muchos lectores.
Hay quienes hacen mucho por su familia…
y la familia apenas lo percibe.
Ayudan.
Ceden.
Resuelven.
Se quedan cuando otros salen.
Dan algo que querían conservar.
Se levantan porque alguien los necesita.
Y nadie dice:
“Gracias por todo lo que haces.”
Porque cuando alguien sirve constantemente, existe el peligro de que los demás comiencen a considerarlo normal.
Lo extraordinario se vuelve cotidiano.
Y lo cotidiano deja de notarse.
No sabemos cuántas veces Jesús ayudó a sus hermanos ni de qué manera.
No inventaremos esas escenas.
Pero conocemos algo de su carácter y conocemos el ambiente familiar en que vivió.
Durante años estuvo entre personas que todavía no comprendían plenamente quién estaba a su lado.
Y no necesitó que lo comprendieran para permanecer entre ellas.
No en un milagro.
No frente a una multitud.
No pronunciando un sermón.
Sino dentro de una casa llena de personas.
Jesús pudo haber venido al mundo como hijo único.
Pudo haber vivido apartado.
Pudo haber tenido espacio.
Silencio.
Atención exclusiva.
Pero la historia que recibimos es diferente.
Tuvo hermanos.
Tuvo hermanas.
Compartió la vida.
Y compartir la vida significa mucho más que compartir una casa.
Significa que nuestros deseos tienen que convivir con los deseos de otros.
Nuestro cansancio con el cansancio de otros.
Nuestros planes con las necesidades de otros.
Nuestro espacio con sus cuerpos.
Nuestro tiempo con sus urgencias.
Nuestra personalidad con personalidades que no escogimos.
Eso es familia.
Quien esperó turno.
Quien escuchó:
“No alcanza.”
Quien recibió algo que antes había pertenecido a su hermano.
Quien tuvo que compartir aunque no quería.
Quien quiso estar solo y no encontró dónde.
Quien estaba dormido y otro hizo ruido.
Quien alguna vez dijo:
“¡Yo no fui!”
Quien sintió que a otro lo trataban mejor.
Quien tuvo que ceder porque era el mayor.
Quien cuidó al pequeño.
Quien discutió con un hermano y unas horas después estaba sentado junto a él comiendo.
Quien se rió hasta que le dolió el estómago por algo que solamente sus hermanos podían entender.
Quien alguna vez quiso alejarse de todos…
y después los extrañó.
Quien vio a sus padres esforzarse para que hubiera suficiente.
Quien entendió, muchos años después, cosas que cuando era niño le parecieron injustas.
Ése conoce algo del mundo familiar de Nazaret.
Cuando Juan escribió:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
quizá ahora podemos escuchar una dimensión más de aquellas palabras.
Habitar entre nosotros no significó solamente ocupar un cuerpo humano.
Significó vivir suficientemente cerca de seres humanos para tener que compartir la vida con ellos.
Jesús conoció una casa llena.
Conoció hermanos y hermanas.
Conoció lo que significa que otra persona también necesite algo.
Que otro tenga hambre.
Que otro quiera hablar.
Que otro necesite atención.
Que otro ocupe espacio.
Que otro tenga una personalidad diferente.
Y nunca encontramos que utilizara su identidad para reclamar una excepción.
No pidió una vida separada de las molestias de la convivencia.
Permaneció dentro de ella.
Años.
Mientras sus hermanos crecían.
Mientras Él crecía.
Mientras aquella familia atravesaba sus días buenos y sus días difíciles.
Quizá ésa sea una de las formas más profundas en que podemos entender la encarnación.
El Hijo de Dios no solamente aceptó nuestra carne.
Aceptó nuestra cercanía.
Aceptó vivir rodeado de personas reales.
Y allí, entre hermanos y hermanas que todavía no comprendían completamente quién estaba creciendo junto a ellos, Jesús vivió una parte enorme de su existencia terrenal.
No como visitante.
No como huésped.
Como miembro de la familia.
Texto clave: Lucas 2:52
“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”
Crecer cambia muchas cosas.
Al principio un niño recibe.
Lo alimentan.
Lo visten.
Lo protegen.
Lo acompañan.
Le dicen dónde debe estar.
Pero llega un momento en que algo comienza a cambiar.
Ahora puede traer algo.
Puede llevar algo.
Puede entender una instrucción.
Puede acompañar a un adulto.
Puede aprender una tarea.
Puede cuidar aquello que antes tenían que cuidar por él.
Y poco a poco ocurre una transformación extraordinariamente sencilla:
el niño que dependía de la familia comienza también a convertirse en alguien de quien la familia puede depender.
Eso formaba parte del mundo en el que creció Jesús.

“Tráeme aquello”
Probablemente una de las primeras formas de responsabilidad en cualquier sociedad ha comenzado con algo muy parecido.
“Ve por esto.”
“Lleva aquello.”
“Dáselo a tu madre.”
“Acompáñame.”
“Quédate aquí.”
“Cuida esto.”
No estamos afirmando que ésas fueran palabras concretas dirigidas a Jesús.
Estamos entrando en la experiencia normal de un niño dentro de una familia del mundo antiguo.
Al principio las tareas son pequeñas.
Tan pequeñas que el adulto podría hacerlas más rápido por sí mismo.
Pero precisamente ahí comienza el aprendizaje.
El niño va.
Busca.
Regresa.
Algunas veces trae lo correcto.
Otras veces entendió mal.
Entonces tiene que volver.
Y descubre una de las pequeñas frustraciones de crecer:
haber hecho el esfuerzo y escuchar que no era eso.
Hay que regresar.
Buscar nuevamente.
Prestar más atención esta vez.
Así se aprende.
No mediante una explicación interminable.
Haciendo.
Después ocurre algo que casi nadie nota cuando sucede.
Lo que antes era demasiado pesado ya no lo es.
Lo que antes estaba demasiado lejos ahora puede alcanzarse.
El recorrido para el que antes necesitabas compañía comienza a resultar conocido.
La instrucción que antes necesitaba muchas explicaciones ahora se entiende inmediatamente.
El cuerpo ha crecido.
La memoria también.
Y los adultos empiezan a notarlo.
“Ya puede hacerlo.”
Esa frase cambia la vida de un niño.
Porque poder hacer algo casi siempre significa que pronto comenzarán a pedirte que lo hagas.
Ése es uno de los precios de crecer.
Cuando somos pequeños queremos demostrar:
“Yo puedo.”
Hasta que los adultos descubren que es verdad.
Entonces dicen:
“Muy bien. Hazlo.”
Y la capacidad se convierte en responsabilidad.
En una familia del siglo primero difícilmente podía permitirse que un hijo capaz permaneciera durante años como simple espectador de la vida doméstica.
Había demasiado que hacer.
Las necesidades de una casa, un campo, un pequeño taller o cualquier actividad familiar requerían manos.
Los niños aprendían progresivamente observando y participando.
Primero algo sencillo.
Después algo que requería mayor cuidado.
Más tarde una responsabilidad que podía realizarse sin supervisión constante.
El muchacho comenzaba a descubrir que había tareas que ya eran suyas.
Y eso se siente diferente.
Cuando alguien nos ayuda a hacer algo, la responsabilidad todavía pertenece en gran medida al adulto.
Pero llega un momento en que escuchamos:
“Encárgate tú.”
Ahora cambia todo.
Hay que recordarlo.
Hay que hacerlo bien.
Y quizá nadie vuelva a preguntar hasta después.
Han confiado en nosotros.
Ésta quizá sea una de las transformaciones más importantes de la juventud.
Responsabilidad no significa simplemente tener más trabajo.
Significa que otra persona organiza parte de su vida suponiendo que nosotros cumpliremos.
Si nos encargaron algo y no lo hacemos, alguien tendrá que hacerlo después.
Si olvidamos traerlo, faltará.
Si dejamos una herramienta donde no corresponde, alguien tendrá que buscarla.
Si no atendemos aquello que nos confiaron, el problema puede aparecer más tarde.
Por eso existe un momento en que el muchacho descubre que sus decisiones ya no terminan en él.
Afectan a otros.
Y ésa es una lección profundamente adulta.
Hay personas contando conmigo.
Crecer no elimina las ganas de hacer otra cosa.
Uno puede saber perfectamente cuál es su responsabilidad…
y no querer hacerla.
Está cansado.
Está entretenido.
Sus amigos están haciendo algo más interesante.
Hace calor.
Hace frío.
La tarea es aburrida.
La hizo ayer.
Y antier.
Y probablemente tendrá que hacerla mañana.
Ésa es la parte de la responsabilidad que pocas veces parece heroica.
Hacer algo precisamente cuando dejó de ser emocionante.
El primer día que aprendemos una tarea puede resultar interesante.
Después se convierte en costumbre.
Y finalmente puede llegar el momento en que uno piensa:
“Otra vez.”
Pero sigue siendo nuestra.
Los muchachos del mundo antiguo no vivían esperando sentirse motivados para participar en las necesidades de la familia.
Había cosas que debían hacerse porque formaban parte de la vida.
Con ganas o sin ganas.
Con entusiasmo o sin él.
En un buen día.
Y también en uno malo.
Gran parte del conocimiento práctico no se obtenía leyendo instrucciones.
Se adquiría mirando.
Observe cómo lo hago.
Ahora inténtalo tú.
No así.
De esta manera.
Otra vez.
Las manos de un adulto podían hacer con facilidad algo que para el muchacho resultaba torpe.
Eso puede ser frustrante.
Uno mira y parece sencillo.
Después intenta hacerlo.
No sale igual.
El material no responde.
La herramienta se mueve de manera diferente.
Las manos todavía no tienen la habilidad.
Entonces el adulto vuelve a mostrarlo.
Y el muchacho vuelve a intentar.
Así se transmitían innumerables conocimientos de una generación a otra.
Los ojos aprendían antes que las manos.
Después las manos necesitaban repetición.
Mucha repetición.
Hasta que un día ocurre algo maravilloso:
ya no hay que pensar en cada movimiento.
La mano sabe.
El cuerpo recuerda.
La habilidad que antes requería toda la concentración comienza a parecer natural.
Pero aprender trabajando significa que los errores no siempre quedan sobre un papel.
Algo puede dañarse.
Una pieza puede desperdiciarse.
Una herramienta puede utilizarse incorrectamente.
Una tarea puede tener que repetirse.
Y cuando los recursos cuestan trabajo, equivocarse pesa.
El muchacho mira lo ocurrido.
Sabe que no quedó bien.
Quizá siente vergüenza.
Tal vez espera una corrección.
Entonces aprende otra parte de la responsabilidad:
hacerse cargo del error.
No esconderlo.
No culpar inmediatamente a otro.
Ver qué puede corregirse.
Volver a hacerlo.
Aprender para la próxima vez.
No sabemos las experiencias específicas de Jesús mientras aprendía las habilidades propias de su ambiente familiar.
Los Evangelios no nos las cuentan.
Por eso no vamos a inventarlas.
Lo que sí sabemos es que Lucas describe un proceso:
“Jesús crecía…”
Crecer significa atravesar etapas.
Marcos identifica posteriormente a Jesús como:
“el carpintero”.
—Marcos 6:3.
El término griego tekton puede abarcar un campo más amplio que nuestra palabra moderna “carpintero” y referirse a un trabajador o artesano relacionado con la construcción y materiales como madera y piedra.
Eso nos proporciona una ventana importante.
Jesús llegó a ser conocido en Nazaret por un oficio.
No solamente como:
“el hijo de María”.
También:
“el tekton.”
Eso significa que las personas de su población lo conocían como trabajador.
Y un oficio no aparece de repente en las manos de un hombre adulto.
Se aprende.
Requiere tiempo.
Observación.
Práctica.
Herramientas.
Materiales.
Correcciones.
Repetición.
Años.
No conocemos el momento exacto en que Jesús comenzó ese aprendizaje ni todas las tareas que realizó.
Pero el Evangelio nos permite afirmar algo extraordinariamente concreto:
Jesús conoció el mundo del trabajo desde dentro.
Y conforme un hijo crecía, su capacidad laboral podía adquirir una importancia mayor.
Ya no se trataba solamente de ayudar.
Su trabajo podía contribuir al funcionamiento económico de la familia.
Eso cambia nuevamente la manera de mirar una jornada.
Trabajar deja de significar únicamente:
“Estoy aprendiendo.”
Ahora puede significar:
“Esto ayuda a sostener nuestra casa.”
El esfuerzo adquiere rostro.
El alimento cuesta.
La ropa cuesta.
Las herramientas cuestan.
Las obligaciones cuestan.
Y detrás de ellas existe trabajo.
Un joven que comienza a contribuir comprende algo que de niño apenas podía percibir:
el dinero que llega a casa representa horas de la vida de alguien.
Tiempo.
Fuerza.
Conocimiento.
Trabajo.
Por eso también se aprende a valorar lo que se tiene.
Hay un momento hermoso en la relación entre un padre y un hijo.
Al principio el padre revisa todo.
“¿Lo hiciste?”
“Déjame ver.”
“Ven, te ayudo.”
Pero después de años de aprendizaje puede ocurrir algo diferente.
El padre entrega una responsabilidad…
y se va.
Ya no necesita permanecer mirando.
Confía.
El muchacho sabe hacerlo.
Quizá pocas experiencias producen una satisfacción semejante durante el crecimiento.
Ya confían en mí.
No porque alguien haya pronunciado un discurso.
Simplemente porque dejaron algo en nuestras manos.
Eso significa que nos consideran capaces.
Y también significa que ahora tenemos algo que perder:
esa confianza.
Pero un hijo judío no crecía solamente aprendiendo trabajo.
Crecía dentro de una cultura donde honrar al padre y a la madre era un mandamiento.
“Honra a tu padre y a tu madre…”
—Éxodo 20:12.
Aquello pertenecía al corazón mismo de la identidad de Israel.
Honrar no era solamente sentir cariño.
Tenía expresiones concretas en la vida familiar.
Respeto.
Consideración.
Obediencia durante los años de dependencia.
Y, conforme los padres envejecían, responsabilidad hacia ellos.
La familia no era concebida simplemente como un lugar del que el hijo debía recibir hasta alcanzar independencia.
También implicaba obligaciones entre generaciones.
Los padres habían cuidado al hijo.
Llegaría un tiempo en que los hijos podrían tener que cuidar a sus padres.
La vida familiar daba la vuelta.
El pequeño que necesitó una mano para caminar podía convertirse algún día en el adulto que ofreciera su brazo a un padre envejecido.
Pero crecer como muchacho judío significaba algo más.
No solamente se aprendía a trabajar.
Se aprendía a pertenecer a Israel.
Las palabras de la Torá debían formar parte de la vida.
Deuteronomio decía:
“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos…”
—Deuteronomio 6:6-7.
La enseñanza de la fe comenzaba en la familia.
Dios.
Su pacto.
Sus mandamientos.
La historia de Israel.
Las fiestas.
El sábado.
Las oraciones.
Las Escrituras.
Conforme un niño crecía, también aumentaba su capacidad para comprender y participar en la vida religiosa de su pueblo.
No necesitamos trasladar automáticamente al siglo primero todas las ceremonias judías desarrolladas en épocas posteriores.
Basta permanecer dentro de lo que sabemos.
Jesús creció dentro de una familia judía.
Fue llevado a Jerusalén.
Conocía las Escrituras.
Participó de la vida religiosa de Israel.
Y Lucas nos muestra que a los doce años podía dialogar con los maestros del templo de una manera que los sorprendía.
Aquello no apareció de la nada.
Antes de enseñar, un niño escucha.
Escucha a sus padres.
Escucha las Escrituras.
Escucha las conversaciones de los adultos.
Escucha preguntas.
Escucha explicaciones.
Y algunas cosas que al principio no entiende comienzan a adquirir sentido con los años.
Eso ocurre todavía hoy.
Hay palabras que escuchamos de niños y solamente comprendemos cuando crecemos.
Historias que nos parecían simples y después descubrimos que contenían dolor.
Decisiones de nuestros padres que no entendíamos y años más tarde comenzamos a comprender.
Textos que habíamos oído muchas veces y un día parecen diferentes.
Crecer también significa volver a escuchar con una mente nueva.
Lucas dice:
“Y Jesús crecía en sabiduría…”
No describe una vida estática.
Describe desarrollo.
Después estaban los grandes ritmos religiosos de Israel.
El sábado interrumpía la semana.
Las fiestas interrumpían el año.
Y algunas de ellas implicaban algo extraordinario:
viajar.
Lucas nos dice de José y María:
“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.”
—Lucas 2:41.
Eso significa que para Jesús la fe no era solamente algo escuchado dentro de Nazaret.
También podía ponerse en camino.
Había preparación.
Viaje.
Personas.
Jerusalén.
El templo.
Celebración.
Memoria.
Israel recordando lo que Dios había hecho.
Más adelante entraremos en esos viajes porque merecen su propio capítulo.
Pero aquí basta comprender lo que significaban para un muchacho:
la fe tenía calendario.
Tenía lugares.
Tenía prácticas.
Tenía memoria.
Y él estaba creciendo dentro de todo aquello.
Los años continúan.
La ropa comienza a quedarle pequeña.
El cuerpo se alarga.
Las manos se fortalecen.
Las tareas cambian.
Las conversaciones de los adultos empiezan a incluirlo de otra manera.
Ya no lo mandan solamente a traer algo.
Ahora pueden pedirle que se encargue.
Ya no observa únicamente.
Participa.
Ya no consume solamente recursos familiares.
Puede contribuir.
Ya no entiende solamente instrucciones sencillas.
Puede asumir responsabilidades más complejas.
Y un día ocurre algo que ninguna familia puede fechar exactamente.
El niño sigue viviendo en la misma casa.
Sigue siendo hijo.
Pero cuando los demás lo miran…
ya comienzan a ver un hombre.
Ésta es una parte fascinante de la historia.
Los habitantes de Nazaret no conocieron a Jesús por primera vez cuando comenzó su ministerio.
Lo habían visto crecer.
Algunos quizá recordaban al niño.
Después al muchacho.
Después al joven.
Finalmente al trabajador.
Por eso, cuando años más tarde lo escucharon enseñar, reaccionaron con asombro:
—Marcos 6:3.
La frase contiene familiaridad.
Lo conocemos.
Sabemos de dónde viene.
Sabemos quién es su familia.
Sabemos cuál es su oficio.
Para ellos Jesús no había aparecido repentinamente.
Había crecido delante de sus ojos.
Y quizá aquí podemos comprender mejor por qué llamar a este período simplemente “los años del silencio” resulta insuficiente.
Los Evangelios guardan silencio sobre muchísimos detalles.
Pero la vida no estaba en silencio.
Un muchacho estaba creciendo.
Su cuerpo cambiaba.
Sus responsabilidades aumentaban.
Aprendía.
Participaba.
Trabajaba.
Vivía dentro de una familia.
Pertenecía a una comunidad.
Formaba parte de Israel.
Y cada año podía hacer cosas que el año anterior todavía no podía hacer.
Eso es crecer.
No ocurre de golpe.
Ocurre casi sin que nadie lo note.
Hasta que un día miramos al niño…
y ya no está.
Hay un joven en su lugar.
Quizá por eso Lucas escogió una palabra tan sencilla:
“Jesús crecía…”
No necesitaba contarnos cada día.
Esa palabra contiene miles de ellos.
Días en que aprender resultaba interesante.
Días en que la responsabilidad pesaba.
Días buenos.
Días cansados.
Tareas nuevas.
Tareas repetidas.
Cosas que había que hacer aunque no hubiera ganas.
Responsabilidades que primero parecían difíciles y después se hicieron normales.
Y progresivamente ocurrió algo que sucede en toda familia:
el que antes necesitaba ser sostenido comenzó también a sostener.
No necesitamos inventar qué hizo Jesús cada mañana para comprender la grandeza de aquello.
Basta aceptar lo que significa verdaderamente la encarnación.
El Verbo no apareció en Nazaret como un adulto terminado.
Creció.
Aceptó el proceso.
Aceptó las etapas.
Aceptó aprender dentro del mundo humano.
Aceptó que la capacidad trajera responsabilidad.
Y antes de que multitudes dependieran de Él…
vivió durante años en ese pequeño mundo donde comienza toda responsabilidad humana:
una familia que poco a poco descubre que ya puede contar contigo.
El Hijo de Dios pudo haber venido al mundo rodeado de silencio y atención exclusiva.
Pero escogió una casa llena.
El que es Señor de todo aceptó compartir.
Compartir el alimento.
El espacio.
La atención de sus padres.
Las cosas de la casa.
Y la vida.
Tuvo que esperar.
Tuvo que ceder.
Tuvo que convivir con personalidades diferentes.
Fue hermano mayor de niños que todavía estaban creciendo y aprendiendo.
Y durante años vivió entre hermanos y hermanas que lo conocían profundamente como miembro de su familia, aunque todavía no comprendieran completamente quién era.
El Hijo de Dios no solamente aceptó nuestra carne.
Aceptó nuestra cercanía.
Y el Verbo se hizo carne y compartió una casa, una mesa, un espacio y la vida con sus hermanos y hermanas.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.