Hasta este momento hemos observado principalmente a Lucero.
Hemos visto su rebelión.
Su intento de establecer un gobierno independiente.
Su estrategia para introducir desconfianza.
Hemos contemplado a Adán y Eva escuchando otra voz.
Los hemos visto tomar el fruto.
Hemos hablado de rebelión, independencia, autoridad, pecado y muerte.
Pero ahora quiero cambiar completamente nuestra mirada.
Quiero mirar a Dios.
Porque si nuestro propósito en esta investigación es descubrir cómo es Dios observando lo que hace, entonces quizá estamos llegando a uno de los momentos más importantes de toda la historia.
¿Qué hizo Dios cuando sus hijos lo rechazaron?
¿Qué sintió al contemplar lo que acababa de suceder?
¿No le importó?
¿Se limitó a decir: «Se los advertí»?
¿Los contempló simplemente como un juez que espera el momento de pronunciar sentencia?
¿Pronunció las palabras que siguen lleno de ira?
¿O había también un profundo dolor en el corazón del Padre?
La Biblia no nos dice con qué tono de voz Dios pronunció aquellas palabras.
No dice que lloró.
No describe su rostro.
Por eso no quiero convertir mi interpretación en una afirmación bíblica.
Pero después de estudiar cómo las Escrituras presentan el corazón de Dios frente al pecado, la muerte y el sufrimiento de sus criaturas, personalmente me resulta difícil imaginar aquella escena como la voz fría de un juez indiferente.
Cuando leo aquellas palabras, escucho también el dolor de un Padre.
Porque Dios sabía perfectamente lo que acababa de suceder.
Sus hijos seguían físicamente allí.
Pero algo había muerto.
La advertencia se había cumplido.
Había entrado el pecado.
Había entrado la separación.
Había comenzado la muerte.
La vergüenza había aparecido.
El miedo había aparecido.
Aquellos seres que antes disfrutaban su presencia ahora se escondían cuando escuchaban su voz.
Y entonces Dios pronunció:

«¿Dónde estás tú?» Génesis 3:9, RVR1960
No creo que Dios estuviera solicitando coordenadas.
No había perdido a Adán entre los árboles.
La Escritura presenta a Dios como conocedor del corazón:
«Jehová escudriña los corazones.»
1 Crónicas 28:9, RVR1960
Dios sabía dónde estaba Adán.
La pregunta era mucho más profunda.
«Adán, ¿dónde estás?»
¿Qué sucedió contigo?
¿Dónde está el hombre que caminaba conmigo?
¿Dónde está aquel que escuchaba mi voz sin miedo?
¿Dónde está aquel que podía estar delante de mí sin esconderse?
¿Qué ha hecho la mentira contigo?
¿Qué ha producido la rebelión en ti?
No estoy diciendo que ésas fueran literalmente palabras pronunciadas por Dios.
Estoy intentando contemplar lo que había sucedido en aquella relación.
Porque algo había cambiado radicalmente.

El hijo estaba escondido del Padre.
Dios estaba contemplando la muerte de sus hijos
Dios había advertido:
«El día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
Adán no cayó físicamente muerto en aquel instante.
Pero la muerte había entrado.
La comunión había sido quebrada.
La corrupción había comenzado.
El hombre que había sido creado para vivir terminaría regresando al polvo.
Y algo semejante a una muerte espiritual se hacía inmediatamente visible.
Antes disfrutaban la presencia.
Ahora huían.
Antes escuchaban a Dios sin miedo.
Ahora su voz producía temor.
Antes podían permanecer completamente expuestos.
Ahora se cubrían.
Antes conocían a Dios desde la inocencia.
Ahora comenzaron a percibirlo desde la culpa.
Era como si el pecado hubiera producido una nueva clase de ceguera y sordera.
No porque sus ojos físicos hubieran dejado de funcionar.
No porque sus oídos hubieran dejado de escuchar sonidos.
Sino porque ya no podían percibir a Dios como lo habían percibido antes.
Pablo describiría posteriormente al hombre caído hablando de quienes tienen:
«el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios.»
Efesios 4:18, RVR1960
Y entonces aparece una pregunta que pocas veces hacemos:
¿Qué sintió Dios al contemplarlo?
Sabemos lo que sintió Adán.
«Tuve miedo.»
Pero ¿qué ocurrió en el corazón del Padre?
No podemos atribuirle emociones que el texto de Génesis no describe.
Pero tampoco podemos convertirlo en un ser frío e indiferente al sufrimiento de aquellos que ama.
La Biblia utiliza un lenguaje extraordinariamente fuerte cuando habla de la respuesta de Dios frente a la destrucción producida por el pecado.
Cuando la maldad humana se multiplicó antes del diluvio, Génesis dice:
«le dolió en su corazón.»
Génesis 6:6, RVR1960
Cuando Israel se apartó de Él, encontramos estas palabras:
«¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín?… Mi corazón se conmueve dentro de mí.»
Oseas 11:8, RVR1960
Pero existe otra escena que me ayuda todavía más a imaginar —y digo deliberadamente imaginar— lo que pudo significar para Dios contemplar la muerte entrando en sus hijos.
Muchos siglos después, Dios vino a nosotros en Jesucristo.
Y un día Jesús se encontró delante de una tumba.
Dentro estaba Lázaro.
Su amigo.
Llevaba cuatro días muerto.
Jesús sabía perfectamente lo que estaba a punto de hacer.
Sabía que Lázaro volvería a vivir.
Sabía que dentro de unos momentos aquella familia pasaría del llanto a una alegría indescriptible.
Sin embargo, cuando vio llorando a María y a quienes estaban con ella, ocurrió algo extraordinario.
«Jesús lloró.»
Juan 11:35, RVR1960
Siempre me ha impresionado ese momento.
Jesús sabía que la muerte de Lázaro era temporal.
Y aun así lloró.
La muerte no le resultó indiferente.
El dolor humano no le resultó indiferente.
Las lágrimas de quienes amaba no le resultaron indiferentes.
Y Jesús había dicho:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.»
Juan 14:9, RVR1960
Por eso, cuando regreso mentalmente a Edén y veo a Adán y Eva escondidos entre los árboles, inevitablemente pienso en aquella tumba.
No estoy diciendo que la historia de Lázaro sea una profecía acerca de Edén.
No estoy diciendo que cada detalle de Juan 11 represente un elemento de la caída.
La Biblia no dice eso.
Estoy utilizando aquella escena solamente como una ventana hacia el corazón de Dios frente a la muerte.
Y entonces la pregunta me conmueve profundamente:
Si Jesús lloró delante de la tumba de un amigo que llevaba cuatro días muerto, ¿qué significaría para el corazón de Dios contemplar a sus hijos entrando en una muerte que afectaría a la humanidad durante generaciones?
Lázaro llevaba cuatro días en una tumba.
La humanidad permanecería durante siglos bajo la sombra del pecado y de la muerte antes de la llegada de Cristo.
No estoy convirtiendo esos cuatro días en una cronología profética ni estableciendo una equivalencia matemática.
La comparación es solamente una imagen.
Pero qué imagen.
Un hombre muerto dentro de una tumba.
Una humanidad muerta en delitos y pecados.
Pablo utilizaría precisamente ese lenguaje:
«Estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»
Efesios 2:1, RVR1960
Eso era lo que Dios veía comenzar en Edén.
Pero veía todavía más.
Adán y Eva solamente podían contemplar el momento.

Dios podía contemplar la historia.
Veía a Caín levantando su mano contra Abel.
Veía la violencia multiplicándose.
Veía guerras.
Veía esclavitud.
Veía injusticia.
Veía enfermedad.
Veía niños sufriendo.
Veía padres enterrando hijos.
Veía hambre.
Veía traición.
Veía tumbas.
Veía una creación entera que terminaría gimiendo.
Pablo diría:
«Toda la creación gime a una.»
Romanos 8:22, RVR1960
Todo aquello estaba contenido, como una semilla terrible, dentro del camino que acababa de comenzar.
Y Dios lo sabía.
Por eso me resulta imposible imaginarlo diciendo fríamente:
«Se los advertí.»
Había justicia.
Tendría que haber consecuencias.
Pero eso no significa indiferencia.
El Dios que posteriormente lloraría frente a una tumba era el mismo Dios que estaba contemplando la entrada de la muerte en Edén.
Y aquí la historia de Lázaro nos ofrece todavía otra imagen extraordinaria.
Jesús llegó al sepulcro y dijo:
«Quitad la piedra.»
Juan 11:39, RVR1960
Marta respondió desde la realidad humana.
Lázaro llevaba cuatro días muerto.
La descomposición había comenzado.
Humanamente hablando, aquello ya no tenía remedio.
Podríamos expresar su reacción así:
«Señor, ya es demasiado tarde.»
«Esto ya se descompuso.»
Y nuevamente pienso en nosotros.
Mire lo que la humanidad llegó a hacer después de Edén.
Miles de años de pecado.
Violencia.
Guerras.
Crueldad.
Abuso.
Idolatría.
Odio.
Injusticia.
Traición.
Muerte.
Desde nuestra perspectiva podría parecer que la humanidad comenzó a oler a muerte.
Que estaba demasiado corrompida.
Demasiado lejos.
Demasiado perdida.
Dios podría habernos desechado.
Podría haber dicho:
«Ellos escogieron esto.»
«Ellos me rechazaron.»
«Ellos no me quieren.»
Pero no lo hizo.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…»
Juan 3:16, RVR1960
El Padre contempló una humanidad muerta y no dijo:
«Deséchenla.»
Decidió rescatarla.
Y entonces la imagen de Lázaro se vuelve todavía más hermosa.
Frente a la tumba estaba Jesucristo.
Juan había dicho acerca de Él:
«En el principio era el Verbo.»
Juan 1:1, RVR1960
Y aquel Verbo:
«fue hecho carne.»
Juan 1:14, RVR1960
El Verbo estaba ahora delante de un muerto.
Y dijo:
«¡Lázaro, ven fuera!»
Juan 11:43, RVR1960
El muerto escuchó la voz del Hijo de Dios.
Aquello que no podía producir vida por sí mismo recibió vida.
El que no podía salir salió.
El que no podía liberarse recibió una palabra que lo llamó fuera de la muerte.
Y aunque Juan 11 no sea una alegoría de la caída, resulta difícil no contemplar aquí una hermosa semejanza con lo que Dios haría por nosotros.
La humanidad estaba muerta.
El Padre envió al Verbo.
Cristo vino hasta donde nosotros estábamos.
Y Dios comenzó a llamar a los muertos a la vida.
Jesús dijo:
«Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.»
Juan 5:25, RVR1960
Y la vida que Dios devuelve al hombre está inseparablemente relacionada con la obra del Espíritu.
Pablo habla del Espíritu de aquel que levantó a Jesús de los muertos y dice que:
«vivificará también vuestros cuerpos mortales.»
Romanos 8:11, RVR1960
Por eso podemos contemplar el plan de salvación de una manera extraordinaria:
El Padre ama y envía.
El Hijo, el Verbo, viene.
El Espíritu da vida.
Otra vez: no estoy diciendo que ésos sean los significados simbólicos de cada personaje de Juan 11.
Estoy observando una verdad mucho mayor que el resto del Nuevo Testamento sí enseña claramente.
Dios no abandonó a una humanidad muerta.
Vino a darle vida.
Y todavía hay un detalle de Lázaro que me parece hermoso.
Cuando salió de la tumba, todavía llevaba las vendas.
Jesús dijo:
«Desatadle, y dejadle ir.»
Juan 11:44, RVR1960
Había recibido vida.
Pero todavía llevaba encima señales del lugar de donde acababa de salir.
Cuántas veces ocurre algo semejante con nosotros.
Cristo nos da vida.
Y comienza después una obra de libertad, restauración, renovación y transformación.
Las vendas comienzan a caer.
Las cadenas comienzan a romperse.
La mente comienza a renovarse.
La imagen distorsionada del Padre comienza a ser restaurada.
Porque el propósito de Dios nunca fue enseñarnos a vivir cómodamente dentro de una tumba.
Vino a sacarnos de ella.
Y cuando regreso nuevamente a Edén, las palabras:
«¿Dónde estás tú?»
adquieren para mí una profundidad todavía mayor.
El Padre estaba comenzando a buscar a una humanidad que acababa de entrar en la muerte.
Los buscó, los confrontó, los cubrió y los despidió con una promesa
Pero el amor de Dios no significaba fingir que nada había sucedido.
Dios buscó a Adán.
Después comenzó a hacer preguntas.
«¿Quién te enseñó que estabas desnudo?»
Génesis 3:11, RVR1960
Después preguntó si había comido del árbol.
Dios sabía.
Pero permitió que Adán hablara.
Permitió que la decisión se manifestara.
Y entonces apareció otra consecuencia del pecado.
Adán respondió:
«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol.»
Génesis 3:12, RVR1960
Qué diferente del hombre que anteriormente había exclamado al verla:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.»
Génesis 2:23, RVR1960
Ahora había acusación.
Y escondida dentro de la acusación contra Eva aparecía incluso una insinuación contra Dios:
«La mujer que me diste…»
El regalo comenzaba a utilizarse para acusar al Dador.
Dios preguntó a Eva.
Eva señaló a la serpiente.
La armonía estaba rota.
El hombre contra la mujer.
La mujer señalando a la serpiente.
El hombre insinuando responsabilidad en Dios.
La independencia que había prometido libertad comenzaba produciendo fragmentación.
Entonces Dios pronunció juicio.
No porque hubiera dejado de amar.
Sino porque:
«Jehová es justo, y ama la justicia.»
Salmos 11:7, RVR1960
El pecado no podía convertirse en algo bueno simplemente porque Dios amara al pecador.
La rebelión tendría consecuencias.
Pero en medio del juicio sucedió algo extraordinario.
Dios habló a la serpiente y anunció:
«Esta te herirá en la cabeza.»
Génesis 3:15, RVR1960
Detengámonos.
Los seres humanos acababan de rebelarse.
La muerte acababa de entrar.
El enemigo parecía haber ganado.
Y Dios ya estaba hablando de cómo sería derrotado.
El hombre había rechazado a Dios.
Dios ya estaba anunciando rescate.
La serpiente había herido.
Dios ya estaba anunciando que su cabeza sería herida.
Aquí comienza discretamente el camino hacia la cruz.
Todavía no vemos Belén.
Todavía no vemos Nazaret.
Todavía no escuchamos el nombre de Jesús.
Todavía no vemos los clavos.
Pero la dirección ya está marcada.
Vendría alguien.
Un descendiente de la mujer.
La serpiente lo heriría.
Pero Él vencería.
Y después ocurrió algo todavía más tierno.
Adán y Eva habían fabricado sus propias coberturas.
Pero Génesis dice:
«Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.»
Génesis 3:21, RVR1960
Muchos cristianos han visto aquí una anticipación del sacrificio, porque obtener pieles implicaría la muerte de un animal, aunque Génesis no describe explícitamente cómo ocurrió.
Pero existe algo que el texto sí afirma:
Dios los vistió.
Ellos intentaron cubrir su vergüenza.
Dios les proporcionó cobertura.
Incluso mientras enfrentaban las consecuencias de haberlo rechazado, Él seguía cuidándolos.
Esto dice muchísimo acerca del Padre.
El Juez seguía siendo el Dios que los amaba.
La justicia no había eliminado la misericordia.
Los pecadores tendrían que abandonar Edén.
Pero no saldrían desnudos.
Dios mismo los vistió antes de que se marcharan.
Intento imaginar aquella despedida con muchísimo cuidado, porque la Biblia no nos describe sus rostros ni nos dice si lloraron.
Pero piense en lo que significaba.
Adán sabía ahora que moriría.
Eva sabía que algo terrible había cambiado.
El huerto que había sido su hogar quedaría detrás.
El árbol de la vida quedaría fuera de su alcance.
La comunión que habían conocido ya no sería experimentada de la misma manera.
El mundo delante de ellos sería distinto.
Y Dios sabía muchísimo más que ellos.
Sabía lo que significaría la muerte.
Sabía lo que la humanidad haría.
Sabía cuántas lágrimas serían derramadas.
Sabía cuántas tumbas aparecerían.
Pero también sabía algo que ellos todavía no podían comprender.
Él mismo vendría por ellos.
Por eso la salida del huerto no debe imaginarse simplemente como un Dios furioso gritando:
«¡Fuera!»
Había también misericordia en cerrar el acceso al árbol de la vida.
Dios no permitiría que el hombre tomara de él y viviera perpetuamente en aquella condición caída.
Génesis 3:22–24.
Los querubines fueron colocados.
El camino se cerró.
Edén quedó detrás.
Pero observe cómo salieron.
Salieron bajo consecuencias, pero salieron vestidos.
Salieron del huerto, pero salieron con una promesa.
Perdieron acceso al árbol de la vida, pero escucharon que la serpiente sería vencida.
Habían escogido muerte, pero Dios ya estaba hablando de victoria.
Y aquí vuelvo una última vez a Lázaro.
Frente a aquella tumba, siglos después, Jesús demostraría físicamente algo que Dios había comenzado a anunciar espiritualmente desde Edén:
la muerte no tendría la última palabra.
Jesús llamó:
«¡Lázaro, ven fuera!»
Y algún día la humanidad escucharía algo todavía mayor.
Jesús dijo:
«Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.»
Juan 5:28, RVR1960
Eso significa que la tragedia que comenzó en Edén tiene fecha de vencimiento.
La muerte entró.
Pero no permanecerá para siempre.
Los hijos murieron.
Pero el Padre decidió rescatarlos.
El hombre perdió el acceso al árbol de la vida.
Pero cuando llegamos al final de la Biblia, ¿qué encontramos?
Otra vez:
«el árbol de la vida.»
Apocalipsis 22:2, RVR1960
La Biblia comienza con un árbol perdido.
Y termina con un árbol restaurado.
Entre ambos se encuentra toda la historia de la redención.
Y en el centro de esa historia:
una cruz.
Adán salió de un huerto después de decir no a Dios.
Cristo estaría siglos después en otro huerto diciendo:
«No se haga mi voluntad, sino la tuya.»
Lucas 22:42, RVR1960
El primer hombre escogió independencia.
El segundo Adán escogería obediencia.
El primer hombre se escondió entre los árboles.
Cristo avanzaría voluntariamente hacia un madero.
El primer hombre intentó cubrir su propia vergüenza.
Cristo cargaría con nuestra vergüenza.
Adán introdujo muerte.
Cristo traería vida.
El camino hacia la cruz comenzó a dibujarse cuando todavía podían verse las puertas cerradas de Edén.
¿Qué aprendemos de Dios aquí?
Aprendemos que nuestro dolor le importa a Dios.
La Escritura no presenta a un Creador indiferente ante la destrucción de sus criaturas.
Dice que frente a la maldad humana:
«le dolió en su corazón.»
Génesis 6:6, RVR1960
Y cuando Jesucristo estuvo delante de una tumba:
«Jesús lloró.»
Juan 11:35, RVR1960
No podemos probar que Dios llorara en Edén.
Pero sí podemos afirmar que la muerte y el sufrimiento de aquellos que ama no le son indiferentes.
Aprendemos que Dios busca al que lo rechaza.
Adán se escondió.
Dios preguntó:
«¿Dónde estás tú?»
Génesis 3:9, RVR1960
Y siglos después Jesús explicaría su misión:
«El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Lucas 19:10, RVR1960
Aprendemos que Dios no desecha fácilmente aquello que ama.
La humanidad llegaría a estar profundamente corrompida por el pecado.
Pero Dios no dijo:
«Ya no la quiero.»
La Escritura dice:
«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito.»
Juan 3:16, RVR1960
Aprendemos que Dios es justo sin dejar de ser misericordioso.
Hubo juicio.
Hubo consecuencias.
Pero también hubo búsqueda.
Cobertura.
Promesa.
Y finalmente redención.
«Misericordioso y clemente… grande en misericordia.»
Salmos 103:8, RVR1960
Aprendemos que Dios no solamente encuentra muertos: puede devolverles la vida.
Lázaro no podía salir por sí mismo.
Cristo lo llamó.
Y espiritualmente Pablo dice de nosotros:
«Estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»
Efesios 2:1, RVR1960
Pero Dios nos dio vida.
El Evangelio no consiste solamente en mejorar personas.
Consiste en dar vida a quienes estaban muertos.
Aprendemos que Dios restaura aquello que el enemigo destruye.
La serpiente introdujo mentira.
Dios enviaría la Verdad.
El pecado produjo esclavitud.
Dios enviaría al Libertador.
La rebelión produjo muerte.
Dios enviaría al Autor de la vida.
El hombre se escondió del Padre.
El Padre enviaría al Hijo para mostrarnos nuevamente cómo es Él.
Y el contraste final resulta extraordinario:
Los hijos huyeron. El Padre los buscó.
Los hijos se escondieron. El Padre los llamó.
Los hijos se cubrieron. Dios los vistió.
Los hijos escogieron muerte. Dios comenzó a preparar vida.
La serpiente hirió. Dios prometió que sería vencida.
El hombre quedó muerto en pecado. Dios envió al Verbo.
La humanidad parecía demasiado corrompida para recuperarse. Dios no la desechó.
Edén se cerró. Dios comenzó el camino para abrir nuevamente el acceso al árbol de la vida.
Y entonces aquellas palabras:
«¿Dónde estás tú?»
dejan de parecer solamente una pregunta pronunciada entre los árboles.
Se convierten, para mí, en el comienzo de una búsqueda que atravesaría toda la historia.
Una búsqueda que pasaría por patriarcas.
Por promesas.
Por profetas.
Por Israel.
Por Belén.
Por Galilea.
Por una tumba donde Jesús lloró.
Por Getsemaní.
Por el Calvario.
Y finalmente por una tumba que quedaría vacía.
Porque el Padre no contempló a una humanidad muerta y dijo:
«Ya no la quiero.»
Dijo, mediante todo el plan de redención:
«Voy por ella.»
Y quizá ésa sea una de las revelaciones más profundas del corazón de Dios después de la caída:
sus hijos lo rechazaron, pero Él no dejó de amarlos.
Sus hijos murieron, pero Él decidió devolverles la vida.
Sus hijos se escondieron, pero Él comenzó a buscarlos.
Y un día, el Dios que había preguntado en Edén:
«¿Dónde estás tú?»
vino personalmente hasta donde nosotros estábamos.
El Verbo se hizo carne.
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