Por: Dr. Elio M Rivera
Cuando muchas personas imaginan a alguien con autoridad, normalmente piensan en dureza, distancia o imposición. El poder humano suele intimidar. Los líderes poderosos generalmente buscan ser temidos. Pero una de las cosas más sorprendentes acerca de Jesucristo es que Su autoridad era inmensa… y aun así estaba acompañada de una ternura profundamente conmovedora.
Los Evangelios muestran que Jesús tenía autoridad sobre enfermedades, demonios, tormentas y hasta sobre la muerte misma. Las multitudes quedaban asombradas porque hablaba “como quien tiene autoridad” (Mateo 7:29). Incluso los espíritus inmundos le obedecían. El mar se calmaba cuando Él hablaba. Los enfermos eran restaurados. Y, sin embargo, el mismo hombre que reprendía vientos también tomaba niños en Sus brazos.
Eso es parte de lo que hace tan única Su personalidad. En Él convivían una autoridad sobrenatural y una ternura igualmente sobrenatural. No era un líder frío, inaccesible o distante. Había algo en Su presencia que hacía que personas heridas quisieran acercarse a Él.
Uno de los momentos más hermosos aparece cuando algunas personas trajeron niños a Jesús para que los tocara. Los discípulos pensaron que aquello era una molestia y comenzaron a impedirles el paso. Pero la reacción de Jesús fue completamente diferente. La Escritura dice: “Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía” (Marcos 10:16).
Ese detalle es profundamente revelador.
El hombre que confrontaba líderes religiosos corruptos, expulsaba demonios y hablaba con autoridad celestial… también tenía la sensibilidad para detenerse y abrazar niños. Eso revela que Su grandeza no eliminó Su ternura.
También vemos esa sensibilidad cuando se encontró con personas quebrantadas emocionalmente. Cuando murió Lázaro, Jesús vio llorar a María y a quienes la acompañaban. Entonces ocurrió algo que sigue impactando hasta hoy por su sencillez y profundidad: “Jesús lloró” (Juan 11:35).
Esa es una de las frases más cortas de la Biblia, pero quizá una de las más profundas. Jesús sabía que resucitaría a Lázaro minutos después. Sabía que la muerte no tendría la última palabra. Y aun así lloró con ellos.
Eso muestra que Su corazón no era indiferente al dolor humano. Su autoridad no lo volvió insensible. Él no observaba el sufrimiento desde lejos como alguien incapaz de sentir. Se involucraba emocionalmente con las personas.
Los Evangelios también muestran repetidamente que Jesús se movía por compasión. Mateo escribió: “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36). No veía simplemente masas humanas. Veía personas cansadas, heridas, confundidas y necesitadas de dirección.
Eso quizá explica por qué tantas personas rotas se acercaban a Él sin miedo. Los enfermos querían tocarlo. Los rechazados buscaban escucharlo. Los niños se sentían cómodos cerca de Él. Había algo en Su carácter que hacía sentir a las personas vistas, valoradas y amadas.
Y, sin embargo, Su ternura nunca significó debilidad. Jesús también podía entrar al templo y confrontar la corrupción religiosa. Podía reprender la hipocresía con una firmeza impresionante. Podía hablar acerca de la verdad sin suavizarla para agradar a las multitudes.
Eso es precisamente lo que hace tan extraordinario Su carácter. Normalmente los seres humanos perdemos el equilibrio: o somos duros sin ternura, o suaves sin firmeza. Pero en Jesucristo ambas cosas convivían perfectamente. Su ternura no disminuía Su autoridad, y Su autoridad no destruía Su compasión.
En una ocasión dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Es difícil imaginar a un líder orgulloso pronunciando palabras así. Jesús no proyectaba la imagen de alguien que disfrutaba aplastar personas. Más bien parecía alguien dispuesto a cargar el dolor de otros.
Isaías había profetizado siglos antes algo profundamente hermoso acerca de Él: “La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará” (Isaías 42:3). Esa imagen describe a alguien que no destruye al débil ni termina de apagar al que apenas conserva fuerzas. Describe a alguien que trata con cuidado aquello que está herido.
Tal vez una de las cosas más impactantes acerca de Jesucristo es que nunca necesitó escoger entre autoridad y ternura. En Él ambas convivían de manera perfecta. Tenía poder para calmar tormentas, pero también sensibilidad para secar lágrimas. Tenía autoridad para confrontar el pecado, pero también brazos abiertos para recibir al quebrantado.
Y quizá eso deja una pregunta difícil de ignorar: ¿qué clase de persona posee una autoridad tan grande sin perder la ternura? Porque normalmente el poder endurece a las personas. Pero en Jesús, mientras más autoridad mostraba, más se revelaba también la profundidad de Su corazón.
