Por: Dr. Elio M Rivera
Una de las cosas más impresionantes acerca de Jesucristo es que Su compasión nunca fue indiferencia moral. Él se acercaba a personas rotas, heridas, culpables y rechazadas, pero nunca les hizo creer que el pecado no importaba. Su amor no era una excusa para dejar a las personas destruyéndose; era una puerta abierta para restaurarlas.
Esto es muy importante, porque muchas veces los seres humanos caemos en dos extremos. Algunos condenan sin misericordia, como si la persona no pudiera ser restaurada. Otros confunden el amor con permitirlo todo, como si corregir fuera falta de compasión. Pero Jesús no caminó en ninguno de esos extremos. Él fue perfectamente santo y perfectamente misericordioso al mismo tiempo.
Uno de los ejemplos más claros aparece en la historia de la mujer sorprendida en adulterio. Los escribas y fariseos la llevaron delante de Jesús, no porque amaran la justicia, sino porque querían usarla como trampa. La Escritura dice: “Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?” (Juan 8:5). Aquella mujer estaba expuesta, avergonzada y rodeada por personas listas para condenarla.
Jesús no negó la gravedad del pecado, pero tampoco permitió que la multitud la destruyera con hipocresía. Entonces dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Uno por uno comenzaron a retirarse, hasta que la mujer quedó sola delante de Él. Y Jesús le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:10-11).
Esa frase revela el equilibrio perfecto del corazón de Cristo. “Ni yo te condeno” muestra Su misericordia. “Vete, y no peques más” muestra Su santidad. Jesús no la aplastó con culpa, pero tampoco le dijo que continuara igual. La levantó para que pudiera salir de aquello que la estaba destruyendo.
También vemos esta verdad cuando Jesús sanó al paralítico en el estanque de Betesda. Después de sanarlo, lo encontró en el templo y le dijo: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Juan 5:14). Jesús no solo se interesaba en el cuerpo de las personas; también se interesaba en su alma. No quería únicamente aliviar su dolor temporal, sino rescatarlos de aquello que podía destruirlos más profundamente.
Esto muestra que la compasión de Jesús era mucho más profunda que una emoción momentánea. Él no veía el pecado como un simple error sin importancia. Sabía que el pecado esclaviza, hiere, confunde y separa al ser humano de Dios. Por eso podía recibir al pecador con ternura, pero al mismo tiempo llamarlo a una vida diferente.
Los Evangelios también muestran que Jesús comía con publicanos y pecadores, algo que escandalizaba a los religiosos de Su tiempo. Mateo relata: “Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos” (Mateo 9:10). Al ver esto, los fariseos preguntaron: “¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?” (Mateo 9:11).
La respuesta de Jesús fue profundamente reveladora: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:12-13). Jesús no se acercaba a los pecadores para celebrar su pecado, sino para llamarlos al arrepentimiento. Su mesa era un lugar de misericordia, pero también de transformación.
Eso es lo que hace tan especial a Jesucristo. Él podía mirar a una persona quebrada sin despreciarla, pero también sin mentirle. Podía amar al culpable sin justificar la culpa. Podía acercarse al perdido sin aprobar la perdición. Su compasión no disminuía la verdad, y Su verdad no destruía la compasión.
La Biblia dice que Jesús estaba “lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). No lleno de gracia sin verdad, ni lleno de verdad sin gracia. En Él ambas cosas caminaban juntas. La gracia abrazaba al pecador; la verdad lo llamaba a salir de su pecado. La gracia lo levantaba; la verdad le mostraba el camino. La gracia le decía que todavía había esperanza; la verdad le decía que no podía seguir viviendo igual.
Tal vez por eso Su carácter sigue siendo tan difícil de imitar. Nosotros solemos inclinarnos hacia un lado u otro. A veces somos duros sin misericordia, o permisivos sin santidad. Pero Jesús mostró un amor completamente distinto: un amor que recibe, perdona, restaura y al mismo tiempo transforma.
Por eso, cuando miramos a Cristo, no vemos a alguien que toleraba el pecado por compasión. Vemos a alguien que amaba demasiado a las personas como para dejarlas atrapadas en aquello que las destruía. Su misericordia no era permiso para permanecer igual; era una invitación a volver a vivir.
Y quizá esa es una de las preguntas más profundas que debemos hacernos: ¿qué clase de amor es este, que no condena al pecador quebrantado, pero tampoco lo abandona en su pecado? Porque ese equilibrio no parece simplemente humano. Ese equilibrio revela el corazón santo, compasivo y restaurador de Jesucristo.
