Dr. Elio M. Rivera

  Hay pocas frases en Génesis tan dolorosas como ésta:

  «Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo
  Génesis 3:10, RVR1960

  Algo extraordinario había sucedido.

  La voz era la misma.

  Dios era el mismo.

  El huerto probablemente seguía siendo, exteriormente, el mismo lugar.

  Pero Adán ya no era el mismo.

  Antes conocía la presencia de Dios.

  Ahora se escondía de ella.

  Antes aquella voz pertenecía a quien le había dado vida.

  Ahora la escuchaba y sentía miedo.

  Antes Dios era su Creador, proveedor, compañero y autoridad amorosa.

  Ahora Adán comenzó a percibirlo como alguien de quien debía protegerse.

  La imagen del Padre había cambiado dentro del corazón del hombre.

  Y quizá ésta fue una de las victorias más profundas de la mentira de Satanás.

  No solamente consiguió que Adán y Eva desobedecieran.

  Consiguió que comenzaran a mirar a Dios de otra manera.

  La serpiente había sembrado sospecha:

  ¿Realmente Dios quiere lo mejor para ustedes?

  ¿No les estará ocultando algo?

  ¿No será ese límite una manera de controlarlos?

  ¿No estarán perdiéndose algo bueno porque obedecen a Dios?

  La mentira había sido sembrada antes de tomar el fruto.

  Pero después del pecado comenzó a producir otro fruto:

  miedo de Dios.

Algo cambió inmediatamente dentro de ellos

  Génesis describe la consecuencia inmediata:

  «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos.»
  Génesis 3:7, RVR1960

  Esto resulta fascinante.

  Ya estaban desnudos antes.

  Génesis lo había dicho claramente:

  «Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
  Génesis 2:25, RVR1960

  La desnudez física no apareció después del pecado.

  Ya existía.

  Lo que apareció fue una nueva manera de percibirse a sí mismos.

  Antes estaban desnudos y no había vergüenza.

  Después estaban desnudos y sintieron la necesidad de cubrirse.

  Esto nos indica que la caída produjo un cambio interior inmediato.

  Vergüenza.

  Autoconciencia.

  Vulnerabilidad.

  Inseguridad.

  Temor.

  La persona que antes podía existir delante de Dios y delante de su cónyuge sin esconder nada ahora sintió la necesidad de cubrirse.

  El pecado comenzó produciendo separación aun antes de que Dios pronunciara una sola palabra de juicio.

  Adán y Eva cosieron hojas de higuera.

  Intentaron resolver ellos mismos aquello que sentían.

  Primero habían querido independencia de Dios.

  Ahora intentaban solucionar las consecuencias de aquella independencia sin acudir a Dios.

  Éste sería uno de los patrones más persistentes de la historia humana.

  Pecamos.

  Nos sentimos avergonzados.

  Nos escondemos.

  Intentamos cubrirnos.

  Intentamos justificarnos.

  Intentamos resolver lejos de Dios aquello que solamente puede ser restaurado acercándonos a Él.

  Pero hay una pregunta interesante:

  ¿Por qué de pronto les impresionó tanto su desnudez?

  La Biblia no explica todos los detalles.

  Algunos han pensado que antes de la caída el hombre pudo haber estado de alguna manera cubierto por la gloria o el resplandor de la presencia de Dios.

  Es una posibilidad interesante, aunque Génesis no lo afirma directamente.

  Existen pasajes en los que la cercanía extraordinaria con la presencia de Dios produce efectos visibles.

  Cuando Moisés descendió después de estar delante de Dios, la piel de su rostro resplandecía.

  Éxodo 34:29.

  En la transfiguración, la apariencia de Jesús cambió y su rostro resplandeció.

  Mateo 17:2.

  Estos textos no demuestran que Adán y Eva poseyeran literalmente un resplandor visible antes del pecado.

  Debemos ser cuidadosos.

  Pero sí nos permiten contemplar una posibilidad:

  ¿Pudo la comunión perfecta con Dios haber producido en ellos alguna manifestación de gloria que desapareció cuando esa comunión se rompió?

  No podemos asegurarlo.

  Pero algo ciertamente desapareció.

  Desapareció la inocencia.

  Desapareció la ausencia de vergüenza.

  Desapareció la seguridad interior.

  Desapareció la libertad de permanecer completamente expuestos sin temor.

  Y apareció algo que nunca había existido en su experiencia:

  la necesidad de esconderse.

  Quizá lo más importante no sea saber si literalmente dejaron de resplandecer.

  Lo indiscutible es que la gloria moral de una relación sin pecado había sido quebrada.

  Ahora se contemplaban a sí mismos desde otro lugar.

  Y pronto comenzarían a contemplar también a Dios desde otro lugar.

La presencia que antes producía seguridad ahora produjo miedo

  Después escucharon la voz de Dios.

  La Escritura dice:

  «Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.» Génesis 3:8, RVR1960

  Esto resulta profundamente triste.

  Los árboles que Dios había creado para su disfrute ahora fueron utilizados para esconderse de Él.

  La creación recibida como regalo se convirtió en escondite frente al Dador.

  Pero observe algo importantísimo.

  Dios no había cambiado.

  El que venía al huerto era el mismo que los había creado.

  El mismo que los había bendecido.

  El mismo que había preparado todo para ellos.

  El mismo que les había dado autoridad.

  El mismo que les había advertido acerca del peligro.

  Sin embargo, cuando Adán escuchó su voz dijo:

  «Tuve miedo.»

  ¿Por qué?

  Porque el pecado no solamente cambió su condición.

  Cambió su percepción de Dios.

  Esto es exactamente lo que la mentira del enemigo buscaba.

  Satanás había comenzado presentando a Dios como alguien restrictivo.

  Como alguien que escondía algo bueno.

  Como alguien cuya palabra no debía creerse completamente.

  Ahora, después del pecado, aquella distorsión se profundizaba.

  El Padre comenzó a parecer amenaza.

  El proveedor comenzó a parecer juez del cual había que huir.

  La presencia que había significado comunión comenzó a significar peligro.

  Y desde entonces una de las grandes tragedias del pecado ha sido precisamente ésta:

  el hombre huye de la única Persona que puede salvarlo.

  Se esconde del Médico porque teme el diagnóstico.

  Se esconde del Padre porque siente vergüenza.

  Se esconde del Libertador porque imagina que solamente viene a condenarlo.

  Eso explica por qué la obra de Satanás no consiste únicamente en inducir al pecado.

  También busca después utilizar el pecado para deformar todavía más nuestra imagen de Dios.

  Primero dice:

  «Dios te está privando de algo.»

  Después de que caemos, dice:

  «Ahora Dios no quiere saber nada de ti.»

  Primero nos invita a alejarnos.

  Después utiliza la distancia para convencernos de que ya no podemos volver.

  Primero cuestiona el amor de Dios.

  Después utiliza nuestra culpa para hacernos temer ese mismo amor.

  Ésta es una estrategia devastadora.

  Porque si consigue que el pecador tenga miedo de acercarse a Dios, lo mantiene lejos precisamente de Aquel que podría restaurarlo.

  Aquí también debemos preguntarnos qué sucedió espiritualmente.

  Antes de la caída existía una comunión con Dios sin pecado interponiéndose.

  Después aparece separación.

  Isaías expresaría siglos después un principio espiritual:

  «Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios.»
  Isaías 59:2, RVR1960

  El pecado afecta la comunión.

  Eso no significa que Dios dejara de estar presente en todo sentido.

  De hecho, Génesis demuestra inmediatamente lo contrario: Dios vino a buscarlos.

  Pero la relación ya no podía experimentarse de la misma manera.

  La presencia de Dios que antes se disfrutaba libremente ahora era encontrada desde una conciencia culpable.

  Respecto al Espíritu Santo debemos ser particularmente cuidadosos.

  La Biblia no relata en Génesis una frase como:

  «Y el Espíritu Santo abandonó a Adán.»

  Por eso no debemos afirmar un mecanismo que el texto no describe.

  Pero sí sabemos que el pecado y la comunión perfecta con Dios son incompatibles.

  Y toda la historia posterior de la redención mostrará que la humanidad necesita reconciliación, regeneración y una nueva obra del Espíritu para recuperar la comunión perdida.

  Pablo hablará posteriormente de hombres:

  «destituidos de la gloria de Dios.»
  Romanos 3:23, RVR1960

  Y Cristo vendrá precisamente para hacer posible una nueva relación con Dios.

  Por eso quizá podamos expresarlo así:

  la caída no significó que Dios dejara de estar presente; significó que el hombre ya no podía relacionarse con su presencia desde la inocencia que había conocido antes.

  Algo se había roto.

  La comunión había sido herida.

  La conciencia había cambiado.

  La imagen de Dios se había deformado.

  Y el hombre comenzó a esconderse.

  Hay todavía otra cuestión.

  ¿Cambió también el ambiente del huerto?

  Génesis no describe un oscurecimiento instantáneo del cielo, un cambio de temperatura o una transformación visible de la vegetación en el momento exacto de comer.

  No debemos inventar detalles.

  Pero el ambiente psicológico y espiritual cambió por completo.

  El mismo jardín ya no se sentía igual.

  Un lugar de comunión ahora contenía escondites.

  Los árboles ya no eran solamente belleza y alimento.

  Ahora servían para ocultarse.

  La voz que antes podía esperarse con alegría ahora provocaba temor.

  La desnudez que antes no producía vergüenza ahora era insoportable.

  El compañero que antes era recibido con gozo pronto sería señalado en una acusación.

  El mundo exterior podía parecer todavía semejante, pero el mundo interior del hombre había colapsado.

  Y después las consecuencias comenzarían a extenderse también hacia la creación.

  La Tierra produciría espinos.

  El trabajo estaría acompañado de dolor.

  El cuerpo experimentaría deterioro.

  La muerte entraría en la experiencia humana.

  Pablo diría finalmente que:

  «toda la creación gime a una.»
  Romanos 8:22, RVR1960

  La rebelión que comenzó como una propuesta de libertad terminaría afectando todo.

  Pero quizá su primera víctima fue la imagen que el hombre tenía de Dios.

  Antes:

  «Dios viene.»

  Eso podía significar comunión.

  Después:

  «Dios viene.»

  Y significó:

  «Escóndete.»

  Eso es lo que hace el pecado.

  No solamente nos separa de Dios.

  Nos hace creer que Dios es alguien de quien debemos separarnos.

  Y aquí la mentira de la serpiente alcanzó una profundidad terrible.

  Había logrado que los hijos tuvieran miedo del Padre.

  Pero entonces sucedió algo que nos permitirá descubrir quién era Dios realmente.

  Adán se escondió.

  Eva se escondió.

  El hombre tuvo miedo.

  La relación había sido quebrada.

  Y Dios pudo haber dicho:

  «Ustedes escogieron marcharse. Quédense escondidos.»

  Pero no lo hizo.

  En medio del huerto se escuchó una pregunta:

  «¿Dónde estás tú?»
  Génesis 3:9, RVR1960

  El hombre estaba huyendo de Dios.

  Dios estaba buscando al hombre.

  El hombre pensaba que debía esconderse del Padre.

  El Padre salió a buscar al hijo que se escondía.

  Y ahí comenzamos a descubrir que quizá la imagen de Dios que Satanás había conseguido introducir en el corazón humano no tenía nada que ver con quien Dios realmente era.

  El enemigo había dicho, en esencia:

  «Dios no quiere tu bien.»

  Pero Dios salió a buscar.

  El pecado decía:

  «Escóndete.»

  Dios decía:

  «¿Dónde estás?»

  La vergüenza decía:

  «Cúbrete.»

  Dios comenzaría un plan para restaurar.

  El miedo decía:

  «Huye del Padre.»

  Y el Padre comenzaría a caminar hacia sus hijos.

  La primera gran distorsión acerca de Dios había comenzado.

  Pero también estaba comenzando algo más.

  Dios iba a revelar, mediante sus propias acciones, cómo era Él realmente.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Aprendemos que Dios no cambia cuando nosotros cambiamos nuestra percepción de Él.

  Adán tuvo miedo.

  Pero Dios seguía siendo el mismo Dios que lo había creado y bendecido.

  «Porque yo Jehová no cambio.»
  Malaquías 3:6, RVR1960

  Nuestros sentimientos pueden cambiar.

  Nuestra conciencia puede acusarnos.

  Nuestra percepción puede deformarse.

  Pero el carácter de Dios no cambia con nuestras emociones.

  Aprendemos que Dios busca al que se esconde.

  La primera reacción humana después del pecado fue huir.

  La primera acción divina que Génesis destaca fue buscar.

  «¿Dónde estás tú?»
  Génesis 3:9, RVR1960

  Mucho tiempo después Jesús expresaría el mismo corazón:

  «El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
  Lucas 19:10, RVR1960

  Aprendemos que Dios no es el monstruo que nuestra culpa puede hacernos imaginar.

  La Escritura lo describe como:

  «Misericordioso y clemente… grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  Esto no significa que ignore el pecado.

  Lo confrontará.

  Habrá consecuencias.

  Habrá justicia.

  Pero justicia no significa ausencia de amor.

  Aprendemos que el pecado separa, pero Dios busca reconciliar.

  La humanidad comenzó a alejarse.

  El plan de Dios comenzaría a traerla nuevamente hacia Él.

  Pablo diría:

  «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo.»
  2 Corintios 5:19, RVR1960

  La separación no tendría la última palabra.

  Y el contraste se vuelve impresionante:

  El pecado produjo vergüenza. Dios comenzó a buscar.

  La mentira produjo miedo. Dios habló.

  El hombre se escondió. Dios se acercó.

  El hombre intentó cubrirse. Dios comenzaría a preparar redención.

  La imagen del Padre se deformó. Dios iniciaría una historia completa para revelarnos nuevamente cómo es Él.

  Y siglos después llegaría Jesucristo.

  El Hijo diría:

  «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.»
  Juan 14:9, RVR1960

  Eso significa que una de las grandes obras de Cristo sería también corregir la imagen que el pecado y la mentira habían producido acerca de Dios.

  El hombre había comenzado escondiéndose del Padre.

  Jesucristo terminaría mostrando a un Padre que corre hacia el hijo perdido.

  Un Padre que busca.

  Un Padre que perdona.

  Un Padre que restaura.

  Un Padre que entrega al Hijo para rescatar a quienes habían huido.

  Por eso aquella frase de Adán:

  «Tuve miedo»

  marca mucho más que el nacimiento de una emoción.

  Marca el comienzo de una imagen distorsionada de Dios que acompañaría a la humanidad durante generaciones.

  Y desde ese momento, una parte esencial de la historia de la redención consistiría en que Dios mismo demostraría, una y otra vez:

  «Yo no soy como la serpiente les hizo creer.»

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Dr. Elio M. Rivera

  Hasta este momento hemos observado principalmente a Lucero.

  Hemos visto su rebelión.

  Su intento de establecer un gobierno independiente.

  Su estrategia para introducir desconfianza.

  Hemos contemplado a Adán y Eva escuchando otra voz.

  Los hemos visto tomar el fruto.

  Hemos hablado de rebelión, independencia, autoridad, pecado y muerte.

  Pero ahora quiero cambiar completamente nuestra mirada.

  Quiero mirar a Dios.

  Porque si nuestro propósito en esta investigación es descubrir cómo es Dios observando lo que hace, entonces quizá estamos llegando a uno de los momentos más importantes de toda la historia.

  ¿Qué hizo Dios cuando sus hijos lo rechazaron?

  ¿Qué sintió al contemplar lo que acababa de suceder?

  ¿No le importó?

  ¿Se limitó a decir: «Se los advertí»?

  ¿Los contempló simplemente como un juez que espera el momento de pronunciar sentencia?

  ¿Pronunció las palabras que siguen lleno de ira?

  ¿O había también un profundo dolor en el corazón del Padre?

  La Biblia no nos dice con qué tono de voz Dios pronunció aquellas palabras.

  No dice que lloró.

  No describe su rostro.

  Por eso no quiero convertir mi interpretación en una afirmación bíblica.

  Pero después de estudiar cómo las Escrituras presentan el corazón de Dios frente al pecado, la muerte y el sufrimiento de sus criaturas, personalmente me resulta difícil imaginar aquella escena como la voz fría de un juez indiferente.

  Cuando leo aquellas palabras, escucho también el dolor de un Padre.

  Porque Dios sabía perfectamente lo que acababa de suceder.

  Sus hijos seguían físicamente allí.

  Pero algo había muerto.

  La advertencia se había cumplido.

  Había entrado el pecado.

  Había entrado la separación.

  Había comenzado la muerte.

  La vergüenza había aparecido.

  El miedo había aparecido.

  Aquellos seres que antes disfrutaban su presencia ahora se escondían cuando escuchaban su voz.

  Y entonces Dios pronunció:

  «¿Dónde estás túGénesis 3:9, RVR1960

  No creo que Dios estuviera solicitando coordenadas.

  No había perdido a Adán entre los árboles.

  La Escritura presenta a Dios como conocedor del corazón:

  «Jehová escudriña los corazones.»
  1 Crónicas 28:9, RVR1960

  Dios sabía dónde estaba Adán.

  La pregunta era mucho más profunda.

  «Adán, ¿dónde estás?»

  ¿Qué sucedió contigo?

  ¿Dónde está el hombre que caminaba conmigo?

  ¿Dónde está aquel que escuchaba mi voz sin miedo?

  ¿Dónde está aquel que podía estar delante de mí sin esconderse?

  ¿Qué ha hecho la mentira contigo?

  ¿Qué ha producido la rebelión en ti?

  No estoy diciendo que ésas fueran literalmente palabras pronunciadas por Dios.

  Estoy intentando contemplar lo que había sucedido en aquella relación.

  Porque algo había cambiado radicalmente.

  El hijo estaba escondido del Padre.

Dios estaba contemplando la muerte de sus hijos

  Dios había advertido:

  «El día que de él comieres, ciertamente morirás
  Génesis 2:17, RVR1960

  Adán no cayó físicamente muerto en aquel instante.

  Pero la muerte había entrado.

  La comunión había sido quebrada.

  La corrupción había comenzado.

  El hombre que había sido creado para vivir terminaría regresando al polvo.

  Y algo semejante a una muerte espiritual se hacía inmediatamente visible.

  Antes disfrutaban la presencia.

  Ahora huían.

  Antes escuchaban a Dios sin miedo.

  Ahora su voz producía temor.

  Antes podían permanecer completamente expuestos.

  Ahora se cubrían.

  Antes conocían a Dios desde la inocencia.

  Ahora comenzaron a percibirlo desde la culpa.

  Era como si el pecado hubiera producido una nueva clase de ceguera y sordera.

  No porque sus ojos físicos hubieran dejado de funcionar.

  No porque sus oídos hubieran dejado de escuchar sonidos.

  Sino porque ya no podían percibir a Dios como lo habían percibido antes.

  Pablo describiría posteriormente al hombre caído hablando de quienes tienen:

  «el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios.»
  Efesios 4:18, RVR1960

  Y entonces aparece una pregunta que pocas veces hacemos:

  ¿Qué sintió Dios al contemplarlo?

  Sabemos lo que sintió Adán.

  «Tuve miedo.»

  Pero ¿qué ocurrió en el corazón del Padre?

  No podemos atribuirle emociones que el texto de Génesis no describe.

  Pero tampoco podemos convertirlo en un ser frío e indiferente al sufrimiento de aquellos que ama.

  La Biblia utiliza un lenguaje extraordinariamente fuerte cuando habla de la respuesta de Dios frente a la destrucción producida por el pecado.

  Cuando la maldad humana se multiplicó antes del diluvio, Génesis dice:

  «le dolió en su corazón.»
  Génesis 6:6, RVR1960

  Cuando Israel se apartó de Él, encontramos estas palabras:

  «¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín?… Mi corazón se conmueve dentro de mí.»
  Oseas 11:8, RVR1960

  Pero existe otra escena que me ayuda todavía más a imaginar —y digo deliberadamente imaginar— lo que pudo significar para Dios contemplar la muerte entrando en sus hijos.

  Muchos siglos después, Dios vino a nosotros en Jesucristo.

  Y un día Jesús se encontró delante de una tumba.

  Dentro estaba Lázaro.

  Su amigo.

  Llevaba cuatro días muerto.

  Jesús sabía perfectamente lo que estaba a punto de hacer.

  Sabía que Lázaro volvería a vivir.

  Sabía que dentro de unos momentos aquella familia pasaría del llanto a una alegría indescriptible.

  Sin embargo, cuando vio llorando a María y a quienes estaban con ella, ocurrió algo extraordinario.

  «Jesús lloró.»
  Juan 11:35, RVR1960

  Siempre me ha impresionado ese momento.

  Jesús sabía que la muerte de Lázaro era temporal.

  Y aun así lloró.

  La muerte no le resultó indiferente.

  El dolor humano no le resultó indiferente.

  Las lágrimas de quienes amaba no le resultaron indiferentes.

  Y Jesús había dicho:

  «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.»
  Juan 14:9, RVR1960

  Por eso, cuando regreso mentalmente a Edén y veo a Adán y Eva escondidos entre los árboles, inevitablemente pienso en aquella tumba.

  No estoy diciendo que la historia de Lázaro sea una profecía acerca de Edén.

  No estoy diciendo que cada detalle de Juan 11 represente un elemento de la caída.

  La Biblia no dice eso.

  Estoy utilizando aquella escena solamente como una ventana hacia el corazón de Dios frente a la muerte.

  Y entonces la pregunta me conmueve profundamente:

  Si Jesús lloró delante de la tumba de un amigo que llevaba cuatro días muerto, ¿qué significaría para el corazón de Dios contemplar a sus hijos entrando en una muerte que afectaría a la humanidad durante generaciones?

  Lázaro llevaba cuatro días en una tumba.

  La humanidad permanecería durante siglos bajo la sombra del pecado y de la muerte antes de la llegada de Cristo.

  No estoy convirtiendo esos cuatro días en una cronología profética ni estableciendo una equivalencia matemática.

  La comparación es solamente una imagen.

  Pero qué imagen.

  Un hombre muerto dentro de una tumba.

  Una humanidad muerta en delitos y pecados.

  Pablo utilizaría precisamente ese lenguaje:

  «Estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»
  Efesios 2:1, RVR1960

  Eso era lo que Dios veía comenzar en Edén.

  Pero veía todavía más.

  Adán y Eva solamente podían contemplar el momento.

  Dios podía contemplar la historia.

  Veía a Caín levantando su mano contra Abel.

  Veía la violencia multiplicándose.

  Veía guerras.

  Veía esclavitud.

  Veía injusticia.

  Veía enfermedad.

  Veía niños sufriendo.

  Veía padres enterrando hijos.

  Veía hambre.

  Veía traición.

  Veía tumbas.

  Veía una creación entera que terminaría gimiendo.

  Pablo diría:

  «Toda la creación gime a una.»
  Romanos 8:22, RVR1960

  Todo aquello estaba contenido, como una semilla terrible, dentro del camino que acababa de comenzar.

  Y Dios lo sabía.

  Por eso me resulta imposible imaginarlo diciendo fríamente:

  «Se los advertí.»

  Había justicia.

  Tendría que haber consecuencias.

  Pero eso no significa indiferencia.

  El Dios que posteriormente lloraría frente a una tumba era el mismo Dios que estaba contemplando la entrada de la muerte en Edén.

  Y aquí la historia de Lázaro nos ofrece todavía otra imagen extraordinaria.

  Jesús llegó al sepulcro y dijo:

  «Quitad la piedra.»
  Juan 11:39, RVR1960

  Marta respondió desde la realidad humana.

  Lázaro llevaba cuatro días muerto.

  La descomposición había comenzado.

  Humanamente hablando, aquello ya no tenía remedio.

  Podríamos expresar su reacción así:

  «Señor, ya es demasiado tarde.»

  «Esto ya se descompuso.»

  Y nuevamente pienso en nosotros.

  Mire lo que la humanidad llegó a hacer después de Edén.

  Miles de años de pecado.

  Violencia.

  Guerras.

  Crueldad.

  Abuso.

  Idolatría.

  Odio.

  Injusticia.

  Traición.

  Muerte.

  Desde nuestra perspectiva podría parecer que la humanidad comenzó a oler a muerte.

  Que estaba demasiado corrompida.

  Demasiado lejos.

  Demasiado perdida.

  Dios podría habernos desechado.

  Podría haber dicho:

  «Ellos escogieron esto.»

  «Ellos me rechazaron.»

  «Ellos no me quieren.»

  Pero no lo hizo.

  «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…»
  Juan 3:16, RVR1960

  El Padre contempló una humanidad muerta y no dijo:

  «Deséchenla.»

  Decidió rescatarla.

  Y entonces la imagen de Lázaro se vuelve todavía más hermosa.

  Frente a la tumba estaba Jesucristo.

  Juan había dicho acerca de Él:

  «En el principio era el Verbo.»
  Juan 1:1, RVR1960

  Y aquel Verbo:

  «fue hecho carne.»
  Juan 1:14, RVR1960

  El Verbo estaba ahora delante de un muerto.

  Y dijo:

  «¡Lázaro, ven fuera!»
  Juan 11:43, RVR1960

  El muerto escuchó la voz del Hijo de Dios.

  Aquello que no podía producir vida por sí mismo recibió vida.

  El que no podía salir salió.

  El que no podía liberarse recibió una palabra que lo llamó fuera de la muerte.

  Y aunque Juan 11 no sea una alegoría de la caída, resulta difícil no contemplar aquí una hermosa semejanza con lo que Dios haría por nosotros.

  La humanidad estaba muerta.

  El Padre envió al Verbo.

  El Verbo se hizo carne.

  Cristo vino hasta donde nosotros estábamos.

  Y Dios comenzó a llamar a los muertos a la vida.

  Jesús dijo:

  «Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.»
  Juan 5:25, RVR1960

  Y la vida que Dios devuelve al hombre está inseparablemente relacionada con la obra del Espíritu.

  Pablo habla del Espíritu de aquel que levantó a Jesús de los muertos y dice que:

  «vivificará también vuestros cuerpos mortales.»
  Romanos 8:11, RVR1960

  Por eso podemos contemplar el plan de salvación de una manera extraordinaria:

  El Padre ama y envía.

  El Hijo, el Verbo, viene.

  El Espíritu da vida.

  Otra vez: no estoy diciendo que ésos sean los significados simbólicos de cada personaje de Juan 11.

  Estoy observando una verdad mucho mayor que el resto del Nuevo Testamento sí enseña claramente.

  Dios no abandonó a una humanidad muerta.

  Vino a darle vida.

  Y todavía hay un detalle de Lázaro que me parece hermoso.

  Cuando salió de la tumba, todavía llevaba las vendas.

  Jesús dijo:

  «Desatadle, y dejadle ir.»
  Juan 11:44, RVR1960

  Había recibido vida.

  Pero todavía llevaba encima señales del lugar de donde acababa de salir.

  Cuántas veces ocurre algo semejante con nosotros.

  Cristo nos da vida.

  Y comienza después una obra de libertad, restauración, renovación y transformación.

  Las vendas comienzan a caer.

  Las cadenas comienzan a romperse.

  La mente comienza a renovarse.

  La imagen distorsionada del Padre comienza a ser restaurada.

  Porque el propósito de Dios nunca fue enseñarnos a vivir cómodamente dentro de una tumba.

  Vino a sacarnos de ella.

  Y cuando regreso nuevamente a Edén, las palabras:

  «¿Dónde estás tú?»

  adquieren para mí una profundidad todavía mayor.

  El Padre estaba comenzando a buscar a una humanidad que acababa de entrar en la muerte.

Los buscó, los confrontó, los cubrió y los despidió con una promesa

  Pero el amor de Dios no significaba fingir que nada había sucedido.

  Dios buscó a Adán.

  Después comenzó a hacer preguntas.

  «¿Quién te enseñó que estabas desnudo?»
  Génesis 3:11, RVR1960

  Después preguntó si había comido del árbol.

  Dios sabía.

  Pero permitió que Adán hablara.

  Permitió que la decisión se manifestara.

  Y entonces apareció otra consecuencia del pecado.

  Adán respondió:

  «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol.»
  Génesis 3:12, RVR1960

  Qué diferente del hombre que anteriormente había exclamado al verla:

  «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne
  Génesis 2:23, RVR1960

  Ahora había acusación.

  Y escondida dentro de la acusación contra Eva aparecía incluso una insinuación contra Dios:

  «La mujer que me diste…»

  El regalo comenzaba a utilizarse para acusar al Dador.

  Dios preguntó a Eva.

  Eva señaló a la serpiente.

  La armonía estaba rota.

  El hombre contra la mujer.

  La mujer señalando a la serpiente.

  El hombre insinuando responsabilidad en Dios.

  La independencia que había prometido libertad comenzaba produciendo fragmentación.

  Entonces Dios pronunció juicio.

  No porque hubiera dejado de amar.

  Sino porque:

  «Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  El pecado no podía convertirse en algo bueno simplemente porque Dios amara al pecador.

  La rebelión tendría consecuencias.

  Pero en medio del juicio sucedió algo extraordinario.

  Dios habló a la serpiente y anunció:

  «Esta te herirá en la cabeza.»
  Génesis 3:15, RVR1960

  Detengámonos.

  Los seres humanos acababan de rebelarse.

  La muerte acababa de entrar.

  El enemigo parecía haber ganado.

  Y Dios ya estaba hablando de cómo sería derrotado.

  El hombre había rechazado a Dios.

  Dios ya estaba anunciando rescate.

  La serpiente había herido.

  Dios ya estaba anunciando que su cabeza sería herida.

  Aquí comienza discretamente el camino hacia la cruz.

  Todavía no vemos Belén.

  Todavía no vemos Nazaret.

  Todavía no escuchamos el nombre de Jesús.

  Todavía no vemos los clavos.

  Pero la dirección ya está marcada.

  Vendría alguien.

  Un descendiente de la mujer.

  La serpiente lo heriría.

  Pero Él vencería.

  Y después ocurrió algo todavía más tierno.

  Adán y Eva habían fabricado sus propias coberturas.

  Pero Génesis dice:

  «Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.»
  Génesis 3:21, RVR1960

  Muchos cristianos han visto aquí una anticipación del sacrificio, porque obtener pieles implicaría la muerte de un animal, aunque Génesis no describe explícitamente cómo ocurrió.

  Pero existe algo que el texto sí afirma:

  Dios los vistió.

  Ellos intentaron cubrir su vergüenza.

  Dios les proporcionó cobertura.

  Incluso mientras enfrentaban las consecuencias de haberlo rechazado, Él seguía cuidándolos.

  Esto dice muchísimo acerca del Padre.

  El Juez seguía siendo el Dios que los amaba.

  La justicia no había eliminado la misericordia.

  Los pecadores tendrían que abandonar Edén.

  Pero no saldrían desnudos.

  Dios mismo los vistió antes de que se marcharan.

  Intento imaginar aquella despedida con muchísimo cuidado, porque la Biblia no nos describe sus rostros ni nos dice si lloraron.

  Pero piense en lo que significaba.

  Adán sabía ahora que moriría.

  Eva sabía que algo terrible había cambiado.

  El huerto que había sido su hogar quedaría detrás.

  El árbol de la vida quedaría fuera de su alcance.

  La comunión que habían conocido ya no sería experimentada de la misma manera.

  El mundo delante de ellos sería distinto.

  Y Dios sabía muchísimo más que ellos.

  Sabía lo que significaría la muerte.

  Sabía lo que la humanidad haría.

  Sabía cuántas lágrimas serían derramadas.

  Sabía cuántas tumbas aparecerían.

  Pero también sabía algo que ellos todavía no podían comprender.

  Él mismo vendría por ellos.

  Por eso la salida del huerto no debe imaginarse simplemente como un Dios furioso gritando:

  «¡Fuera!»

  Había también misericordia en cerrar el acceso al árbol de la vida.

  Dios no permitiría que el hombre tomara de él y viviera perpetuamente en aquella condición caída.

  Génesis 3:22–24.

  Los querubines fueron colocados.

  El camino se cerró.

  Edén quedó detrás.

  Pero observe cómo salieron.

  Salieron bajo consecuencias, pero salieron vestidos.

  Salieron del huerto, pero salieron con una promesa.

  Perdieron acceso al árbol de la vida, pero escucharon que la serpiente sería vencida.

  Habían escogido muerte, pero Dios ya estaba hablando de victoria.

  Y aquí vuelvo una última vez a Lázaro.

  Frente a aquella tumba, siglos después, Jesús demostraría físicamente algo que Dios había comenzado a anunciar espiritualmente desde Edén:

  la muerte no tendría la última palabra.

  Jesús llamó:

  «¡Lázaro, ven fuera!»

  Y algún día la humanidad escucharía algo todavía mayor.

  Jesús dijo:

  «Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.»
  Juan 5:28, RVR1960

  Eso significa que la tragedia que comenzó en Edén tiene fecha de vencimiento.

  La muerte entró.

  Pero no permanecerá para siempre.

  Los hijos murieron.

  Pero el Padre decidió rescatarlos.

  El hombre perdió el acceso al árbol de la vida.

  Pero cuando llegamos al final de la Biblia, ¿qué encontramos?

  Otra vez:

  «el árbol de la vida.»
  Apocalipsis 22:2, RVR1960

  La Biblia comienza con un árbol perdido.

  Y termina con un árbol restaurado.

  Entre ambos se encuentra toda la historia de la redención.

  Y en el centro de esa historia:

  una cruz.

  Adán salió de un huerto después de decir no a Dios.

  Cristo estaría siglos después en otro huerto diciendo:

  «No se haga mi voluntad, sino la tuya.»
  Lucas 22:42, RVR1960

  El primer hombre escogió independencia.

  El segundo Adán escogería obediencia.

  El primer hombre se escondió entre los árboles.

  Cristo avanzaría voluntariamente hacia un madero.

  El primer hombre intentó cubrir su propia vergüenza.

  Cristo cargaría con nuestra vergüenza.

  Adán introdujo muerte.

  Cristo traería vida.

  El camino hacia la cruz comenzó a dibujarse cuando todavía podían verse las puertas cerradas de Edén.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Aprendemos que nuestro dolor le importa a Dios.

  La Escritura no presenta a un Creador indiferente ante la destrucción de sus criaturas.

  Dice que frente a la maldad humana:

  «le dolió en su corazón.»
  Génesis 6:6, RVR1960

  Y cuando Jesucristo estuvo delante de una tumba:

  «Jesús lloró.»
  Juan 11:35, RVR1960

  No podemos probar que Dios llorara en Edén.

  Pero sí podemos afirmar que la muerte y el sufrimiento de aquellos que ama no le son indiferentes.

  Aprendemos que Dios busca al que lo rechaza.

  Adán se escondió.

  Dios preguntó:

  «¿Dónde estás tú?»
  Génesis 3:9, RVR1960

  Y siglos después Jesús explicaría su misión:

  «El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
  Lucas 19:10, RVR1960

  Aprendemos que Dios no desecha fácilmente aquello que ama.

  La humanidad llegaría a estar profundamente corrompida por el pecado.

  Pero Dios no dijo:

  «Ya no la quiero.»

  La Escritura dice:

  «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito.»
  Juan 3:16, RVR1960

  Aprendemos que Dios es justo sin dejar de ser misericordioso.

  Hubo juicio.

  Hubo consecuencias.

  Pero también hubo búsqueda.

  Cobertura.

  Promesa.

  Y finalmente redención.

  «Misericordioso y clemente… grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  Aprendemos que Dios no solamente encuentra muertos: puede devolverles la vida.

  Lázaro no podía salir por sí mismo.

  Cristo lo llamó.

  Y espiritualmente Pablo dice de nosotros:

  «Estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»
  Efesios 2:1, RVR1960

  Pero Dios nos dio vida.

  El Evangelio no consiste solamente en mejorar personas.

  Consiste en dar vida a quienes estaban muertos.

  Aprendemos que Dios restaura aquello que el enemigo destruye.

  La serpiente introdujo mentira.

  Dios enviaría la Verdad.

  El pecado produjo esclavitud.

  Dios enviaría al Libertador.

  La rebelión produjo muerte.

  Dios enviaría al Autor de la vida.

  El hombre se escondió del Padre.

  El Padre enviaría al Hijo para mostrarnos nuevamente cómo es Él.

  Y el contraste final resulta extraordinario:

  Los hijos huyeron. El Padre los buscó.

  Los hijos se escondieron. El Padre los llamó.

  Los hijos se cubrieron. Dios los vistió.

  Los hijos escogieron muerte. Dios comenzó a preparar vida.

  La serpiente hirió. Dios prometió que sería vencida.

  El hombre quedó muerto en pecado. Dios envió al Verbo.

  La humanidad parecía demasiado corrompida para recuperarse. Dios no la desechó.

  Edén se cerró. Dios comenzó el camino para abrir nuevamente el acceso al árbol de la vida.

  Y entonces aquellas palabras:

  «¿Dónde estás tú?»

  dejan de parecer solamente una pregunta pronunciada entre los árboles.

  Se convierten, para mí, en el comienzo de una búsqueda que atravesaría toda la historia.

  Una búsqueda que pasaría por patriarcas.

  Por promesas.

  Por profetas.

  Por Israel.

  Por Belén.

  Por Galilea.

  Por una tumba donde Jesús lloró.

  Por Getsemaní.

  Por el Calvario.

  Y finalmente por una tumba que quedaría vacía.

  Porque el Padre no contempló a una humanidad muerta y dijo:

  «Ya no la quiero.»

  Dijo, mediante todo el plan de redención:

  «Voy por ella.»

  Y quizá ésa sea una de las revelaciones más profundas del corazón de Dios después de la caída:

  sus hijos lo rechazaron, pero Él no dejó de amarlos.

  Sus hijos murieron, pero Él decidió devolverles la vida.

  Sus hijos se escondieron, pero Él comenzó a buscarlos.

  Y un día, el Dios que había preguntado en Edén:

  «¿Dónde estás tú?»

  vino personalmente hasta donde nosotros estábamos.

  El Verbo se hizo carne.

  

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Dr. Elio M Rivera

  Llegamos ahora a una de las preguntas más importantes de toda esta historia.

  Si Dios amaba tanto a Adán y Eva

  Si eran sus hijos…

  Si acabamos de contemplar a un Padre que salió a buscarlos cuando se escondieron…

  ¿Por qué no decir simplemente:

  «Los perdono. No pasa nada. Comencemos otra vez»?

  ¿Por qué expulsarlos del huerto?

  ¿Por qué permitir que las consecuencias continuaran?

  ¿Por qué tenía que haber juicio?

  Y, sobre todo, ¿por qué siglos después Jesucristo tendría que venir al mundo y morir en una cruz?

  Aquí comienza a aparecer una respuesta que será fundamental para comprender todo el Evangelio.

  Porque Dios no solamente es amor.

  Dios también es justo.

  La Escritura declara:

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  Y Abraham expresó un principio extraordinario:

  «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?»
  Génesis 18:25, RVR1960

  El problema de Edén no podía resolverse simplemente fingiendo que nada había sucedido.

  Porque sí había sucedido algo.

  Había ocurrido una rebelión.

  Había sido quebrantada una palabra.

  Había sido rechazada la autoridad de Dios.

  Había sido utilizada contra Dios la libertad que Él había concedido.

  Y aquella decisión comenzaría a producir víctimas.

  Muerte.

  Dolor.

  Injusticia.

  Violencia.

  Sufrimiento.

  Ignorar aquello no habría sido misericordia.

  Habría sido injusticia.

El pecado había creado un verdadero problema con la justicia

  Una de las cosas que desarrollo con mayor amplitud en Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes? es que el Reino de Dios no funciona de manera arbitraria.

  Dios no gobierna según el capricho del momento.

  La Escritura presenta su trono relacionado con justicia.

  «Cetro de justicia es el cetro de tu reino.»
  Salmos 45:6, RVR1960

  Ésta es una idea extraordinaria.

  El poder de Dios no está separado de su justicia.

  Dios no dice:

  «Como yo soy Dios, puedo hacer cualquier cosa aunque sea injusta.»

  Precisamente porque es Dios, siempre actúa en perfecta concordancia con su propio carácter.

  Su justicia no puede ser comprada.

  No puede ser corrompida.

  No puede ser manipulada.

  No cambia porque el acusado sea alguien que Él ama.

  En mi libro utilizo la expresión «Departamento de Justicia del Cielo» como una manera de ayudarnos a visualizar esta realidad.

  No estoy afirmando que exista literalmente una oficina celestial organizada exactamente como un ministerio de justicia humano.

  Es una ilustración.

  Pero la realidad bíblica detrás de la imagen sí existe.

  Hay Juez.

  Hay ley.

  Hay responsabilidad.

  Hay juicio.

  Hay sentencia.

  La Escritura incluso habla del:

  «tribunal de Cristo.»
  2 Corintios 5:10, RVR1960

  Y afirma:

  «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.»
  Hebreos 9:27, RVR1960

  Por eso lo sucedido en Edén no podía desaparecer simplemente porque Dios amara a Adán.

  El amor de Dios no cancela la justicia de Dios.

  Y la justicia de Dios tampoco cancela su amor.

  Aquí precisamente comenzará a aparecer la cruz.

  Adán había quebrantado algo real.

  Juan define el pecado como:

  «infracción de la ley.»
  1 Juan 3:4, RVR1960

  Y la sentencia relacionada con el pecado aparece repetidamente en la Escritura:

  «La paga del pecado es muerte.»
  Romanos 6:23, RVR1960

  Dios ya lo había advertido desde Edén.

  El pecado no era un juego.

  La separación de la fuente de la vida produciría muerte.

  Y el hombre quedó bajo esa sentencia.

  En el libro utilizo también la figura de un acta levantada contra el hombre.

  Pablo habla de:

  «el acta de los decretos que había contra nosotros.»
  Colosenses 2:14, RVR1960

  Debemos ser cuidadosos.

  La Biblia no dice que después de comer del fruto Adán compareció literalmente ante un escritorio celestial y un secretario redactó un documento.

  Eso sería añadir detalles que no conocemos.

  Pero la imagen jurídica resulta útil porque comunica una verdad bíblica:

  había una causa contra nosotros.

  Había culpabilidad.

  Había una sentencia.

  Y el hombre no podía simplemente declarar inocente a sí mismo.

  Pablo dice que:

  «todos pecaron.»
  Romanos 3:23, RVR1960

  El problema se volvió todavía más grave porque el pecado de Adán no quedó aislado.

  La humanidad entera quedó dentro de un mundo caído.

  Pablo lo explica diciendo:

  «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.»
  Romanos 5:12, RVR1960

  De manera que lo ocurrido en Edén había abierto un problema que ningún ser humano caído podía resolver por sí mismo.

  El culpable no podía simplemente presentarse delante del Juez y decir:

  «Olvide lo que hice.»

  La justicia no funciona así.

  Imagine a un juez humano delante de un asesino culpable.

  La evidencia es clara.

  La víctima existe.

  El crimen ocurrió.

  Y el juez dice:

  «Soy una persona muy amorosa, así que fingiremos que nunca pasó.»

  ¿Diríamos que ese juez es misericordioso?

  No.

  Diríamos que es injusto.

  Porque la verdadera justicia también toma en cuenta a las víctimas.

  Si Dios simplemente ignorara la rebelión, estaría declarando que la maldad no importa.

  Que la muerte no importa.

  Que las lágrimas futuras no importan.

  Que las víctimas no importan.

  Pero a Dios sí le importan.

  Por eso el pecado tenía que ser enfrentado.

Aquí comienza a entenderse por qué tenía que existir una cruz

  En la ley de Moisés encontramos un principio de proporcionalidad en la justicia:

  «vida por vida, ojo por ojo, diente por diente.»
  Éxodo 21:23–24, RVR1960

  No debemos convertir esta expresión en una fórmula mecánica para explicar cada detalle de la expiación.

  Su principio fundamental era que la justicia debía corresponder verdaderamente al daño producido.

  No se podía tratar un crimen enorme como si fuera insignificante.

  Y aquí el problema del hombre era terrible.

  Habíamos pecado.

  La sentencia era muerte.

  Pero un pecador no podía convertirse en el salvador de los demás pecadores.

  Todos estábamos dentro del mismo problema.

  Ningún descendiente caído de Adán podía decir:

  «Yo pagaré por todos.»

  Porque también necesitaba ser rescatado.

  El sacrificio que resolviera definitivamente el problema tendría que venir de alguien que no estuviera bajo la misma culpabilidad.

  Tenía que ser sin pecado.

  Pedro dice acerca de Cristo:

  «El cual no hizo pecado.»
  1 Pedro 2:22, RVR1960

  Hebreos lo presenta:

  «sin pecado.»
  Hebreos 4:15, RVR1960

  Y aquí comienza a responderse una de las preguntas más grandes de todo este libro:

  ¿Por qué Dios tuvo que dejar el cielo, hacerse hombre y terminar muriendo en una cruz?

  Porque el problema no podía solucionarse simplemente con una declaración sentimental:

  «No importa.»

  Sí importaba.

  Había justicia que satisfacer.

  Había pecado que juzgar.

  Había una sentencia.

  Y había una humanidad incapaz de salir de aquel problema por sus propios medios.

  Entonces ocurrió algo extraordinario.

  Dios decidió entrar Él mismo en nuestra historia.

  El Verbo se hizo carne.

  Juan 1:14.

  El Hijo tomó verdadera naturaleza humana.

  Hebreos dice:

  «Participó de lo mismo.»
  Hebreos 2:14, RVR1960

  Tenía que venir como Hombre porque el problema había entrado al mundo a través del hombre.

  Pablo establece el paralelo:

  Por un hombre vino desobediencia.

  Por otro Hombre vendría obediencia.

  Por Adán vino muerte.

  Por Cristo vendría vida.

  Romanos 5:18–19.

  Pero Cristo haría algo que ninguno de nosotros podía hacer.

  Viviría sin pecado.

  No estaría bajo condenación por pecados propios.

  Y entonces podría entregarse por nosotros.

  La Escritura declara:

  «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado.»
  2 Corintios 5:21, RVR1960

  Y Pedro dice:

  «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.»
  1 Pedro 2:24, RVR1960

  Aquí comienza a aparecer el verdadero significado de la cruz.

  La cruz no fue solamente la muerte trágica de un buen hombre.

  No fue solamente un ejemplo de amor.

  No fue solamente un asesinato cometido por Roma.

  Fue el lugar donde el problema del pecado y la justicia se encontraron con el amor de Dios.

  Lo que nosotros no podíamos resolver, Dios decidió resolverlo.

  No ignorando la justicia.

  Satisfaciéndola.

  No diciendo que el pecado no tenía importancia.

  Mostrando cuánto costaba.

  No destruyendo simplemente al culpable.

  Proveyendo un Sustituto.

  Pablo lo resume de una manera extraordinaria:

  «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»
  Romanos 5:8, RVR1960

  Aquí tenemos que detenernos.

  Porque esto cambia completamente la imagen de Dios.

  Podríamos imaginar al Padre como un juez cruel exigiendo que alguien sufra.

  Pero el Evangelio nos presenta algo mucho más profundo.

  Dios mismo asumió el costo de aquello que su propia justicia demandaba.

  No estaba exigiendo a otro algo que Él mismo no estuviera dispuesto a enfrentar.

  En Cristo, Dios vino hasta nosotros.

  Se hizo hombre.

  Vivió sin pecado.

  Y finalmente recibió sobre sí aquello de lo que venía a rescatarnos.

  Por eso la cruz será terrible.

  Habrá rechazo.

  Vergüenza.

  Dolor.

  Sangre.

  Muerte.

  Porque el pecado era terrible.

  Pero detrás de aquella cruz no encontraremos un Dios que dejó de amar.

  Encontraremos exactamente lo contrario.

  Encontraremos a un Dios cuya justicia era demasiado perfecta para ignorar el pecado y cuyo amor era demasiado grande para abandonar al pecador.

  Ese era el dilema.

  La justicia decía:

  «El pecado tiene que ser juzgado.»

  El amor decía:

  «Quiero salvarlos.»

  Y en la cruz ambas cosas se encontrarían.

  Por eso Pablo puede decir que Dios es:

  «el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.»
  Romanos 3:26, RVR1960

  Ésta es la maravilla.

  Dios no dejó de ser justo para salvarnos.

  Nos salvó sin dejar de ser justo.

  Y aquí, todavía a las puertas de Edén, comenzamos a entender por qué la historia tendría que conducir inevitablemente hacia el Calvario.

  El hombre había recibido sentencia.

  No podía pagar.

  No podía rescatarse.

  No podía producir por sí mismo un hombre sin pecado.

  Así que Dios mismo vendría.

  Vendría como Hombre.

  Viviría la vida que nosotros no vivimos.

  Permanecería obediente donde Adán desobedeció.

  Y finalmente recibiría sobre sí las consecuencias del pecado para abrir nuevamente el camino hacia la vida.

  Ahora comienza a responderse la pregunta:

  ¿Por qué Dios tuvo que dejar el cielo y morir en una cruz?

  Porque nuestro problema no era pequeño.

  Era moral.

  Era espiritual.

  Era mortal.

  Y, en el lenguaje que hemos venido utilizando, era también un problema con la Justicia Divina.

  La cruz será la respuesta de Dios.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Aprendemos que Dios es perfectamente justo.

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  No cambia las reglas para favorecer a unos y perjudicar a otros.

  Aprendemos que su gobierno está fundamentado en justicia.

  «Cetro de justicia es el cetro de tu reino.»
  Salmos 45:6, RVR1960

  Su autoridad no se basa solamente en poder, sino en rectitud.

  Aprendemos que Dios toma en serio el mal porque toma en serio a sus víctimas.

  Un Dios que ignorara para siempre la injusticia no sería bueno.

  «Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  Aprendemos que Dios no desea la muerte del pecador.

  Aunque la justicia pronuncia sentencia, el corazón de Dios busca rescatar.

  «¿Quiero yo la muerte del impío?… ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?»
  Ezequiel 18:23, RVR1960

  Aprendemos que el amor de Dios no consiste en ignorar nuestros pecados, sino en hacer algo para rescatarnos de ellos.

  «Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»
  Romanos 5:8, RVR1960

  Y finalmente aprendemos algo que será cada vez más importante a medida que avancemos:

  Dios estuvo dispuesto a someterse a las exigencias de su propia justicia para salvar a quienes habían quebrantado su ley.

  El hombre pecó.

  Dios no fingió que no había sucedido.

  El hombre recibió sentencia.

  Dios no lo abandonó.

  La justicia tenía que cumplirse.

  Dios comenzó a preparar la cruz.

  El culpable no podía pagar.

  Vendría uno sin pecado.

  El hombre no podía rescatarse.

  Dios mismo se haría Hombre.

  Y es aquí donde po18. ¿Por qué Dios no podía simplemente ignorar lo sucedido?

  Llegamos ahora a una de las preguntas más importantes de toda esta historia.

  Si Dios amaba tanto a Adán y Eva…

  Si eran sus hijos…

  Si acabamos de contemplar a un Padre que salió a buscarlos cuando se escondieron…

  ¿Por qué no decir simplemente:

  «Los perdono. No pasa nada. Comencemos otra vez»?

  ¿Por qué expulsarlos del huerto?

  ¿Por qué permitir que las consecuencias continuaran?

  ¿Por qué tenía que haber juicio?

  Y, sobre todo, ¿por qué siglos después Jesucristo tendría que venir al mundo y morir en una cruz?

  Aquí comienza a aparecer una respuesta que será fundamental para comprender todo el Evangelio.

  Porque Dios no solamente es amor.

  Dios también es justo.

  La Escritura declara:

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  Y Abraham expresó un principio extraordinario:

  «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?»
  Génesis 18:25, RVR1960

  El problema de Edén no podía resolverse simplemente fingiendo que nada había sucedido.

  Porque sí había sucedido algo.

  Había ocurrido una rebelión.

  Había sido quebrantada una palabra.

  Había sido rechazada la autoridad de Dios.

  Había sido utilizada contra Dios la libertad que Él había concedido.

  Y aquella decisión comenzaría a producir víctimas.

  Muerte.

  Dolor.

  Injusticia.

  Violencia.

  Sufrimiento.

  Ignorar aquello no habría sido misericordia.

  Habría sido injusticia.

El pecado había creado un verdadero problema con la justicia

  Una de las cosas que desarrollo con mayor amplitud en Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes? es que el Reino de Dios no funciona de manera arbitraria.

  Dios no gobierna según el capricho del momento.

  La Escritura presenta su trono relacionado con justicia.

  «Cetro de justicia es el cetro de tu reino.»
  Salmos 45:6, RVR1960

  Ésta es una idea extraordinaria.

  El poder de Dios no está separado de su justicia.

  Dios no dice:

  «Como yo soy Dios, puedo hacer cualquier cosa aunque sea injusta.»

  Precisamente porque es Dios, siempre actúa en perfecta concordancia con su propio carácter.

  Su justicia no puede ser comprada.

  No puede ser corrompida.

  No puede ser manipulada.

  No cambia porque el acusado sea alguien que Él ama.

  En mi libro utilizo la expresión «Departamento de Justicia del Cielo» como una manera de ayudarnos a visualizar esta realidad.

  No estoy afirmando que exista literalmente una oficina celestial organizada exactamente como un ministerio de justicia humano.

  Es una ilustración.

  Pero la realidad bíblica detrás de la imagen sí existe.

  Hay Juez.

  Hay ley.

  Hay responsabilidad.

  Hay juicio.

  Hay sentencia.

  La Escritura incluso habla del:

  «tribunal de Cristo.»
  2 Corintios 5:10, RVR1960

  Y afirma:

  «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.»
  Hebreos 9:27, RVR1960

  Por eso lo sucedido en Edén no podía desaparecer simplemente porque Dios amara a Adán.

  El amor de Dios no cancela la justicia de Dios.

  Y la justicia de Dios tampoco cancela su amor.

  Aquí precisamente comenzará a aparecer la cruz.

  Adán había quebrantado algo real.

  Juan define el pecado como:

  «infracción de la ley.»
  1 Juan 3:4, RVR1960

  Y la sentencia relacionada con el pecado aparece repetidamente en la Escritura:

  «La paga del pecado es muerte.»
  Romanos 6:23, RVR1960

  Dios ya lo había advertido desde Edén.

  El pecado no era un juego.

  La separación de la fuente de la vida produciría muerte.

  Y el hombre quedó bajo esa sentencia.

  En el libro utilizo también la figura de un acta levantada contra el hombre.

  Pablo habla de:

  «el acta de los decretos que había contra nosotros.»
  Colosenses 2:14, RVR1960

  Debemos ser cuidadosos.

  La Biblia no dice que después de comer del fruto Adán compareció literalmente ante un escritorio celestial y un secretario redactó un documento.

  Eso sería añadir detalles que no conocemos.

  Pero la imagen jurídica resulta útil porque comunica una verdad bíblica:

  había una causa contra nosotros.

  Había culpabilidad.

  Había una sentencia.

  Y el hombre no podía simplemente declarar inocente a sí mismo.

  Pablo dice que:

  «todos pecaron.»
  Romanos 3:23, RVR1960

  El problema se volvió todavía más grave porque el pecado de Adán no quedó aislado.

  La humanidad entera quedó dentro de un mundo caído.

  Pablo lo explica diciendo:

  «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.»
  Romanos 5:12, RVR1960

  De manera que lo ocurrido en Edén había abierto un problema que ningún ser humano caído podía resolver por sí mismo.

  El culpable no podía simplemente presentarse delante del Juez y decir:

  «Olvide lo que hice.»

  La justicia no funciona así.

  Imagine a un juez humano delante de un asesino culpable.

  La evidencia es clara.

  La víctima existe.

  El crimen ocurrió.

  Y el juez dice:

  «Soy una persona muy amorosa, así que fingiremos que nunca pasó.»

  ¿Diríamos que ese juez es misericordioso?

  No.

  Diríamos que es injusto.

  Porque la verdadera justicia también toma en cuenta a las víctimas.

  Si Dios simplemente ignorara la rebelión, estaría declarando que la maldad no importa.

  Que la muerte no importa.

  Que las lágrimas futuras no importan.

  Que las víctimas no importan.

  Pero a Dios sí le importan.

  Por eso el pecado tenía que ser enfrentado.

Aquí comienza a entenderse por qué tenía que existir una cruz

  En la ley de Moisés encontramos un principio de proporcionalidad en la justicia:

  «vida por vida, ojo por ojo, diente por diente.»
  Éxodo 21:23–24, RVR1960

  No debemos convertir esta expresión en una fórmula mecánica para explicar cada detalle de la expiación.

  Su principio fundamental era que la justicia debía corresponder verdaderamente al daño producido.

  No se podía tratar un crimen enorme como si fuera insignificante.

  Y aquí el problema del hombre era terrible.

  Habíamos pecado.

  La sentencia era muerte.

  Pero un pecador no podía convertirse en el salvador de los demás pecadores.

  Todos estábamos dentro del mismo problema.

  Ningún descendiente caído de Adán podía decir:

  «Yo pagaré por todos.»

  Porque también necesitaba ser rescatado.

  El sacrificio que resolviera definitivamente el problema tendría que venir de alguien que no estuviera bajo la misma culpabilidad.

  Tenía que ser sin pecado.

  Pedro dice acerca de Cristo:

  «El cual no hizo pecado.»
  1 Pedro 2:22, RVR1960

  Hebreos lo presenta:

  «sin pecado.»
  Hebreos 4:15, RVR1960

  Y aquí comienza a responderse una de las preguntas más grandes de todo este libro:

  ¿Por qué Dios tuvo que dejar el cielo, hacerse hombre y terminar muriendo en una cruz?

  Porque el problema no podía solucionarse simplemente con una declaración sentimental:

  «No importa.»

  Sí importaba.

  Había justicia que satisfacer.

  Había pecado que juzgar.

  Había una sentencia.

  Y había una humanidad incapaz de salir de aquel problema por sus propios medios.

  Entonces ocurrió algo extraordinario.

  Dios decidió entrar Él mismo en nuestra historia.

  El Verbo se hizo carne.

  Juan 1:14.

  El Hijo tomó verdadera naturaleza humana.

  Hebreos dice:

  «Participó de lo mismo.»
  Hebreos 2:14, RVR1960

  Tenía que venir como Hombre porque el problema había entrado al mundo a través del hombre.

  Pablo establece el paralelo:

  Por un hombre vino desobediencia.

  Por otro Hombre vendría obediencia.

  Por Adán vino muerte.

  Por Cristo vendría vida.

  Romanos 5:18–19.

  Pero Cristo haría algo que ninguno de nosotros podía hacer.

  Viviría sin pecado.

  No estaría bajo condenación por pecados propios.

  Y entonces podría entregarse por nosotros.

  La Escritura declara:

  «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado.»
  2 Corintios 5:21, RVR1960

  Y Pedro dice:

  «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.»
  1 Pedro 2:24, RVR1960

  Aquí comienza a aparecer el verdadero significado de la cruz.

  La cruz no fue solamente la muerte trágica de un buen hombre.

  No fue solamente un ejemplo de amor.

  No fue solamente un asesinato cometido por Roma.

  Fue el lugar donde el problema del pecado y la justicia se encontraron con el amor de Dios.

  Lo que nosotros no podíamos resolver, Dios decidió resolverlo.

  No ignorando la justicia.

  Satisfaciéndola.

  No diciendo que el pecado no tenía importancia.

  Mostrando cuánto costaba.

  No destruyendo simplemente al culpable.

  Proveyendo un Sustituto.

  Pablo lo resume de una manera extraordinaria:

  «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»
  Romanos 5:8, RVR1960

  Aquí tenemos que detenernos.

  Porque esto cambia completamente la imagen de Dios.

  Podríamos imaginar al Padre como un juez cruel exigiendo que alguien sufra.

  Pero el Evangelio nos presenta algo mucho más profundo.

  Dios mismo asumió el costo de aquello que su propia justicia demandaba.

  No estaba exigiendo a otro algo que Él mismo no estuviera dispuesto a enfrentar.

  En Cristo, Dios vino hasta nosotros.

  Se hizo hombre.

  Vivió sin pecado.

  Y finalmente recibió sobre sí aquello de lo que venía a rescatarnos.

  Por eso la cruz será terrible.

  Habrá rechazo.

  Vergüenza.

  Dolor.

  Sangre.

  Muerte.

  Porque el pecado era terrible.

  Pero detrás de aquella cruz no encontraremos un Dios que dejó de amar.

  Encontraremos exactamente lo contrario.

  Encontraremos a un Dios cuya justicia era demasiado perfecta para ignorar el pecado y cuyo amor era demasiado grande para abandonar al pecador.

  Ese era el dilema.

  La justicia decía:

  «El pecado tiene que ser juzgado.»

  El amor decía:

  «Quiero salvarlos.»

  Y en la cruz ambas cosas se encontrarían.

  Por eso Pablo puede decir que Dios es:

  «el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.»
  Romanos 3:26, RVR1960

  Ésta es la maravilla.

  Dios no dejó de ser justo para salvarnos.

  Nos salvó sin dejar de ser justo.

  Y aquí, todavía a las puertas de Edén, comenzamos a entender por qué la historia tendría que conducir inevitablemente hacia el Calvario.

  El hombre había recibido sentencia.

  No podía pagar.

  No podía rescatarse.

  No podía producir por sí mismo un hombre sin pecado.

  Así que Dios mismo vendría.

  Vendría como Hombre.

  Viviría la vida que nosotros no vivimos.

  Permanecería obediente donde Adán desobedeció.

  Y finalmente recibiría sobre sí las consecuencias del pecado para abrir nuevamente el camino hacia la vida.

  Ahora comienza a responderse la pregunta:

  ¿Por qué Dios tuvo que dejar el cielo y morir en una cruz?

  Porque nuestro problema no era pequeño.

  Era moral.

  Era espiritual.

  Era mortal.

  Y, en el lenguaje que hemos venido utilizando, era también un problema con la Justicia Divina.

  La cruz será la respuesta de Dios.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Aprendemos que Dios es perfectamente justo.

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  No cambia las reglas para favorecer a unos y perjudicar a otros.

  Aprendemos que su gobierno está fundamentado en justicia.

  «Cetro de justicia es el cetro de tu reino.»
  Salmos 45:6, RVR1960

  Su autoridad no se basa solamente en poder, sino en rectitud.

  Aprendemos que Dios toma en serio el mal porque toma en serio a sus víctimas.

  Un Dios que ignorara para siempre la injusticia no sería bueno.

  «Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  Aprendemos que Dios no desea la muerte del pecador.

  Aunque la justicia pronuncia sentencia, el corazón de Dios busca rescatar.

  «¿Quiero yo la muerte del impío?… ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?»
  Ezequiel 18:23, RVR1960

  Aprendemos que el amor de Dios no consiste en ignorar nuestros pecados, sino en hacer algo para rescatarnos de ellos.

  «Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»
  Romanos 5:8, RVR1960

  Y finalmente aprendemos algo que será cada vez más importante a medida que avancemos:

  Dios estuvo dispuesto a someterse a las exigencias de su propia justicia para salvar a quienes habían quebrantado su ley.

  El hombre pecó.

  Dios no fingió que no había sucedido.

  El hombre recibió sentencia.

  Dios no lo abandonó.

  La justicia tenía que cumplirse.

  Dios comenzó a preparar la cruz.

  El culpable no podía pagar.

  Vendría uno sin pecado.

  El hombre no podía rescatarse.

  Dios mismo se haría Hombre.

  Y es aquí donde por primera vez comenzamos a comprender la magnitud de la pregunta que estará detrás de todo el Evangelio:

  ¿Qué clase de Dios es éste, que en lugar de corromper su justicia para salvar a sus hijos, estuvo dispuesto a cargar Él mismo con el costo de rescatarlos?

  La respuesta comenzará en Edén.

  Pero solamente podremos verla completamente cuando lleguemos a la cruz. Por primera vez comenzamos a comprender la magnitud de la pregunta que estará detrás de todo el Evangelio:

  ¿Qué clase de Dios es éste, que en lugar de corromper su justicia para salvar a sus hijos, estuvo dispuesto a cargar Él mismo con el costo de rescatarlos?

  La respuesta comenzará en Edén.

  Pero solamente podremos verla completamente cuando lleguemos a la cruz.

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Dr. Elio M Rivera

  Después de la caída comenzó algo que Adán y Eva probablemente no alcanzaban todavía a comprender en toda su magnitud.

  Comenzó el mundo como nosotros lo conocemos hoy.

  Un mundo donde se muere.

  Un mundo donde enfermamos.

  Un mundo donde existe miedo.

  Un mundo donde el trabajo puede producir agotamiento, frustración y dolor.

  Un mundo donde un hermano puede levantar su mano contra otro hermano.

  Un mundo donde las familias se rompen.

  Un mundo donde existen guerras.

  Un mundo donde los hombres explotan, engañan, roban, lastiman y matan a otros hombres.

  Un mundo profundamente diferente del que encontramos en los primeros capítulos de Génesis.

  Y esto debe quedar perfectamente establecido:

  éste no era el plan original de Dios.

  Cuando Dios terminó su creación, la Escritura dice:

  «Era bueno en gran manera
  Génesis 1:31, RVR1960

  No encontramos todavía cementerios.

  No encontramos asesinatos.

  No encontramos ejércitos.

  No encontramos explotación.

  No encontramos niños abandonados.

  No encontramos odio entre hermanos.

  No encontramos al hombre huyendo de Dios.

  Todo eso aparece después.

  Por eso es un error mirar el mundo quebrantado que conocemos actualmente y decir:

  «Así lo hizo Dios.»

  No.

  La Biblia presenta otra historia.

  Dios creó.

  El hombre se rebeló.

  El pecado entró.

  Y con el pecado:

  entró la muerte.

  Pablo lo expresó claramente:

  «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.»
Romanos 5:12, RVR1960

  A partir de ese momento comenzó lo que podríamos llamar el imperio de la muerte.

El mundo comenzó a quebrarse

  La primera consecuencia visible ya la hemos observado.

  Adán sintió miedo.

  Se escondió.

  La relación con Dios quedó herida.

  Después comenzó a romperse también la relación entre las personas.

  Adán culpó a Eva.

  Eva señaló a la serpiente.

  La armonía comenzó a desaparecer.

  Y poco tiempo después encontramos una de las escenas más terribles de Génesis.

  Caín mata a Abel.

  Génesis 4:8.

  Observe la velocidad con la que progresa la tragedia.

  En Génesis 2 encontramos a un hombre y una mujer viviendo sin vergüenza.

  En Génesis 3 aparece miedo.

  En Génesis 4 aparece asesinato.

  El pecado no se quedó junto al árbol.

  Comenzó a extenderse.

  La rebelión contra Dios pronto se convirtió en violencia contra el prójimo.

  Y eso es importantísimo para comprender el mundo actual.

  Mucho del dolor que experimenta la humanidad no lo produce Dios.

  Lo producimos nosotros.

  Un hombre asesina a otro.

  Otro roba.

  Otro viola.

  Otro engaña.

  Otro abandona a sus hijos.

  Otro inicia una guerra.

  Otro explota al débil.

  Otro abusa de su autoridad.

  Y después muchas veces levantamos nuestros ojos al cielo y preguntamos:

  «Dios, ¿por qué hiciste esto?»

  Cuando en innumerables ocasiones la pregunta debería ser:

  «Hombre, ¿qué has hecho?»

  Dios mismo preguntó a Caín:

  «¿Qué has hecho?»
  Génesis 4:10, RVR1960

  Esto cambia enormemente nuestra manera de contemplar la tragedia humana.

  Dios no empuñó el arma de Caín.

  Caín la levantó contra su hermano.

  Dios incluso le había advertido antes:

  «El pecado está a la puerta… mas tú debes enseñorearte de él.»
  Génesis 4:7, RVR1960

  Caín tuvo una elección.

  Y escogió mal.

  Desde entonces la humanidad ha repetido esa historia millones de veces.

  Por eso debemos tener cuidado de no atribuir a Dios toda la maldad que los seres humanos producimos con nuestras propias decisiones.

  Santiago dice:

  «Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.»
  Santiago 1:13, RVR1960

  Y Juan declara:

  «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
  1 Juan 1:5, RVR1960

  El hombre es responsable de sus decisiones.

  La guerra no deja de ser guerra porque el agresor diga que Dios la permitió.

  El abuso no deja de ser abuso.

  El asesinato no deja de ser asesinato.

  La mentira no deja de ser mentira.

  El pecado tiene autor humano cuando el hombre decide practicarlo.

  No debemos descargar sobre Dios la responsabilidad moral de lo que nosotros elegimos hacer.

  Pero la caída produjo todavía algo más.

  No solamente se corrompieron las relaciones humanas.

  La creación misma quedó afectada.

  Dios dijo a Adán que la tierra produciría espinos y cardos.

  Génesis 3:17–18.

  El trabajo que antes era parte de una vocación hermosa ahora estaría acompañado de cansancio, sudor y dificultad.

  «Con el sudor de tu rostro comerás el pan.»
  Génesis 3:19, RVR1960

  El problema no fue que el trabajo apareciera después del pecado.

  Adán ya trabajaba antes.

  Génesis 2:15.

  Lo que cambió fue la manera en que ese trabajo sería experimentado.

  Ahora habría resistencia.

  Frustración.

  Dolor.

  Agotamiento.

  Y finalmente:

  «Polvo eres, y al polvo volverás.»
  Génesis 3:19, RVR1960

  La muerte comenzó a gobernar la experiencia humana.

  Pablo llegaría a describirla como un poder que reinó sobre la humanidad.

  «Reinó la muerte.»
  Romanos 5:14, RVR1960

  Qué expresión tan terrible.

  La muerte comenzó a reinar.

  Y todo ser humano que ha vivido después de Adán ha sentido de alguna manera ese gobierno.

  Nacemos.

  Crecemos.

  Envejecemos.

  Perdemos personas.

  Nuestro cuerpo se deteriora.

  Y finalmente morimos.

  Éste no era el propósito original.

  La muerte es un intruso.

  La Biblia incluso la llama:

  «el postrer enemigo.»
  1 Corintios 15:26, RVR1960

  Si la muerte fuera simplemente una parte hermosa del plan original de Dios, sería extraño que la Escritura la llamara enemigo.

  No.

  La muerte pertenece al mundo que fue quebrantado por el pecado.

  Y Pablo amplía todavía más la imagen:

  «Toda la creación gime a una.»
  Romanos 8:22, RVR1960

  La creación gime.

  Nosotros gemimos.

  Algo no está funcionando como originalmente debía funcionar.

  Y eso explica por qué miramos nuestro mundo y sentimos que algo está mal.

  Porque algo realmente está mal.

  No estamos contemplando intacto el mundo que Dios declaró «bueno en gran manera».

  Estamos contemplando un mundo herido por la rebelión, el pecado y la muerte.

Nosotros también hemos contribuido a destruirlo

  Sería demasiado fácil culpar solamente a Adán.

  Adán abrió una puerta terrible.

  Pero nosotros hemos seguido caminando por el mismo camino.

  Pablo dice:

  «Todos pecaron.»
  Romanos 3:23, RVR1960

  Nosotros también mentimos.

  Nosotros también herimos.

  Nosotros también actuamos con egoísmo.

  Nosotros también hemos producido injusticias.

  Nosotros también podemos hacer sufrir a otros.

  Cada generación recibe un mundo quebrantado y, en muchas ocasiones, lo quebranta todavía más.

  Construimos armas más destructivas.

  Desarrollamos sistemas de explotación más sofisticados.

  Contaminamos.

  Destruimos.

  Acumulamos mientras otros carecen de lo indispensable.

  Traicionamos.

  Abandonamos.

  Usamos nuestra inteligencia para hacer el bien, pero también para perfeccionar la manera de hacer el mal.

  Y después preguntamos:

  «¿Dónde está Dios?»

  Es una pregunta legítima.

  Pero también necesitamos escuchar otra:

  «¿Dónde está el hombre?»

  ¿Qué hicimos con la autoridad que recibimos?

  ¿Qué hicimos con nuestro prójimo?

  ¿Qué hicimos con la Tierra?

  ¿Qué hicimos con nuestra libertad?

  No estoy diciendo que cada enfermedad, terremoto, accidente o tragedia sea producida directamente por una decisión individual de la persona que sufre.

  Sería cruel y bíblicamente incorrecto afirmar algo así.

  Jesús mismo rechazó la idea de que toda tragedia pueda explicarse diciendo que las víctimas eran peores pecadores que los demás.

  Lucas 13:1–5.

  Vivimos dentro de un orden completo afectado por la caída.

  Hay sufrimiento producido directamente por decisiones humanas.

  Hay sufrimiento relacionado con nuestra fragilidad corporal.

  Hay una creación que gime.

  Y existen circunstancias cuya causa inmediata quizá nunca comprendamos.

  Pero lo que no debemos hacer es mirar todo esto y concluir:

  «Así diseñó Dios la vida.»

  No.

  Ésta es precisamente una de las grandes verdades de Génesis:

  Dios no creó un mundo de tumbas.

  Nosotros abrimos la puerta a la muerte.

  Dios no creó al hombre para odiar.

  Nosotros aprendimos a odiarnos.

  Dios no creó familias para destruirse.

  Nosotros aprendimos a herirnos.

  Dios no creó al hombre para esclavizar a otro hombre.

  Nosotros inventamos la esclavitud.

  Dios no creó la mentira.

  Nosotros decidimos practicarla.

  Y ahora vivimos dentro de los resultados acumulados de miles de años de rebelión humana.

  Por eso este mundo no debe ser utilizado como la fotografía definitiva del carácter de Dios.

  Si queremos saber cómo era su diseño original, debemos mirar Génesis 1 y 2.

  Y si queremos saber hacia dónde quiere llevar finalmente la creación, debemos mirar Apocalipsis 21 y 22.

  Allí encontramos algo muy diferente.

  «Ya no habrá muerte.»
  Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Eso significa que la muerte no pertenece al destino final que Dios está preparando.

  El mundo actual es temporal.

  El imperio de la muerte tiene fecha de vencimiento.

  Pero entonces surge una pregunta que ya hemos tratado ampliamente en otro capítulo:

  Si Dios aborrece todo esto, ¿por qué no lo detiene ahora mismo?

  La respuesta completa merece su propio estudio y ya la hemos desarrollado.

  Pero aquí quiero recordar brevemente algo.

  Dios está dando tiempo.

  No porque apruebe el mal.

  No porque no le importe.

  No porque sea indiferente a las víctimas.

  Sino porque todavía hay seres humanos que pueden arrepentirse.

  Pedro explica:

  «El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca.»
  2 Pedro 3:9, RVR1960

  Cada día adicional de historia significa también un día adicional en el que alguien puede volver a Dios.

  Alguien puede arrepentirse.

  Alguien puede ser reconciliado.

  Alguien puede recibir vida.

  Pero paciencia no significa impunidad.

  Eso también debe quedar perfectamente claro.

  Dios es amor.

  Pero también es Juez.

  Dios es misericordioso.

  Pero también es justo.

  Dios da tiempo para arrepentimiento.

  Pero no ha declarado bueno aquello que es malo.

  El Salmo dice:

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  Y también declara que Dios ama la justicia.

  Salmos 11:7.

  La Biblia no presenta a Dios sonriendo ante la maldad.

  La aborrece.

  La confronta.

  La juzga.

  Y un día terminará definitivamente con ella.

  Por eso su paciencia actual nunca debe confundirse con aprobación.

  El hecho de que un asesino no caiga muerto inmediatamente después de cometer su crimen no significa que Dios aprobó el asesinato.

  El hecho de que una persona injusta prospere durante un tiempo no significa que la injusticia no será juzgada.

  El hecho de que una generación practique maldad sin recibir inmediatamente toda la consecuencia no significa que el Juez haya desaparecido.

  Pablo advierte que existe un día de:

  «ira y de la revelación del justo juicio de Dios
  Romanos 2:5, RVR1960

  Eso puede resultar incómodo.

  Pero también es una buena noticia para las víctimas.

  El mal no quedará sin respuesta para siempre.

  El abusador no tendrá la última palabra.

  El asesino no tendrá la última palabra.

  La injusticia no tendrá la última palabra.

  La muerte no tendrá la última palabra.

  Dios tendrá la última palabra.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Aprendemos que Dios no fue el autor del mundo quebrantado que conocemos actualmente.

  Su creación original fue:

  «buena en gran manera.»
  Génesis 1:31, RVR1960

  Aprendemos que Dios toma en serio nuestras decisiones.

  La libertad humana es real.

  Y nuestras acciones pueden producir consecuencias terribles.

  «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.»
  Gálatas 6:7, RVR1960

  Aprendemos que Dios no es el autor del mal.

  «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
  1 Juan 1:5, RVR1960

  Aprendemos que gran parte del sufrimiento humano es producido por seres humanos haciendo sufrir a otros seres humanos.

  Por eso Dios preguntó a Caín:

  «¿Qué has hecho?»
  Génesis 4:10, RVR1960

  La responsabilidad moral no desaparece simplemente porque Dios exista.

  Aprendemos que Dios es paciente.

  No termina inmediatamente con la historia porque todavía está dando oportunidad al arrepentimiento.

  «Es paciente… no queriendo que ninguno perezca.»
  2 Pedro 3:9, RVR1960

  Aprendemos que su paciencia no significa que tolere eternamente la maldad.

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  Aprendemos que Dios ama, pero también juzga.

  Su misericordia no convierte el mal en bien.

  Su amor no lo obliga a llamar inocente al culpable.

  Y su justicia significa que las víctimas no serán olvidadas.

  Finalmente, aprendemos que Dios no abandonará para siempre a la creación dentro de este estado.

  Pablo dice que la creación gime.

  Pero Apocalipsis muestra el final:

  «Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto.»
  Apocalipsis 21:4, RVR1960

  El imperio de la muerte comenzó en Edén.

  Pero no terminará gobernando para siempre.

  El pecado entró.

  Pero será juzgado.

  La humanidad corrompió.

  Dios restaurará.

  El hombre produjo incontables lágrimas.

  Dios promete enjugarlas.

  La muerte comenzó a reinar.

  Cristo vino para destronarla.

  Y aquí nuevamente comenzamos a comprender por qué Jesucristo tendría que entrar en nuestra historia.

  Porque Dios no vino a rescatar al hombre del mundo que Él había diseñado.

  Vino a rescatarlo del mundo que el pecado había producido.

  No vino a destruir una creación perfecta.

  Vino a recuperar una creación quebrantada.

  No vino porque Él hubiera creado la tragedia.

  Vino porque nosotros quedamos atrapados dentro de ella.

  Y el Evangelio comienza a adquirir una dimensión mucho mayor:

  el mismo Dios cuya creación habíamos corrompido decidió venir a rescatarnos de aquello que nosotros mismos habíamos ayudado a destruir.

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  Al llegar al final de esta serie comenzamos a comprender la magnitud de lo sucedido en Edén.

  El hombre se rebeló.

  La muerte entró.

  La creación fue afectada.

  La relación con Dios quedó quebrada.

  Y la humanidad terminó bajo una sentencia que no podía resolver por sí misma.

  Pero Dios no nos abandonó.

  Cuando pensamos en el precio que Dios pagó para rescatarnos, casi inmediatamente pensamos en la cruz.

  Y con razón.

  La cruz es el centro de nuestra redención.

  Sin embargo, muchos cristianos hemos llegado a pensar que la cruz fue el único sacrificio que Dios hizo para recuperarnos.

  Y creo que estamos muy equivocados.

  El sacrificio comenzó mucho antes del Calvario.

  Para rescatarnos, Dios tendría que acercarse a una humanidad que lo había rechazado.

  Tendría que soportar durante generaciones nuestra rebelión.

  Tendría que buscar al hombre una y otra vez.

  Tendría que hablarle por medio de profetas que muchas veces serían rechazados.

  Tendría que entrar personalmente en nuestra historia.

  El Verbo tendría que hacerse carne.

  El Creador entraría en su creación.

  El Rey nacería como un niño.

  Conocería cansancio, hambre, rechazo, dolor y lágrimas.

  Sería despreciado por aquellos a quienes había venido a salvar.

  Y finalmente:

  moriría en una cruz.

  Pablo lo expresó diciendo que Cristo:

  «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo.»
  Filipenses 2:7, RVR1960

  La cruz, entonces, no aparece aislada.

  Es la culminación de un camino de amor y sacrificio.

  Y eso es precisamente lo que estudiaremos en las siguientes subseries.

  Nos detendremos en cada uno de esos sacrificios.

  Intentaremos comprender qué significó para Dios acercarse nuevamente al hombre, entrar en nuestro mundo, hacerse uno de nosotros y finalmente entregar su vida.

  Porque si realmente queremos descubrir cómo es Dios, no basta con observar cuánto perdió el hombre en Edén.

  Tenemos que observar también hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Dios para recuperarlo.

  Con esto terminamos esta serie.

  Comenzamos contemplando una creación «buena en gran manera».

  Después vimos aparecer la rebelión.

  La mentira.

  La caída.

  El miedo.

  La muerte.

  El juicio.

  Pero la historia no terminó allí.

  Cuando el hombre se alejó de Dios, Dios comenzó el camino para acercarse nuevamente al hombre.

  Y ahora comienza una nueva pregunta:

  ¿Cuánto estuvo dispuesto a sacrificar Dios para recuperar a sus hijos?

  Eso es lo que estudiaremos a continuación.

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