Dr. Elio M Rivera
Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
No todas las manifestaciones del pecado se encuentran en lugares ocultos.
Algunas aparecen en las conversaciones más ordinarias.
Durante el trabajo.
En los momentos de descanso.
Mientras los hombres comen juntos.
O cuando termina una jornada y comienzan a contar sus experiencias personales.
Una historia de infidelidad.
Una conversación sobre una mujer.
El relato de una aventura extramatrimonial.
Una insinuación vulgar.
O las fantasías que algunos hombres comparten entre risas, sin considerar la dignidad de las personas de quienes hablan.
Quienes hemos convivido durante años con grupos de hombres sabemos que estas conversaciones pueden convertirse en parte de la vida cotidiana.
Recuerdo mis propios años de juventud.
Muchas veces, cuando nos reuníamos entre amigos, nuestras conversaciones terminaban girando alrededor de las mujeres.
Hablábamos de aquellas con quienes deseábamos tener relaciones.
De las experiencias que algunos aseguraban haber tenido.
De nuestras fantasías.
De conquistas verdaderas o imaginarias.
En ocasiones parecía que no existía otro tema.
Al recordar aquellos años y pensar en la vida de Jesús como trabajador, comencé a considerar una realidad que nunca había examinado detenidamente.
El Hijo de Dios vino a vivir en una sociedad donde también existían esas conversaciones, esas costumbres y esas manifestaciones de la inmoralidad humana.

Los hombres del siglo primero
Han transcurrido aproximadamente dos mil años desde que Jesús vivió en Galilea.
Las ciudades han cambiado.
Las herramientas son diferentes.
Las formas de trabajar y comunicarnos se han transformado profundamente.
Pero la naturaleza de los problemas morales que enfrentaba la humanidad sigue siendo reconocible.
Los hombres del siglo primero conocían el adulterio.
La prostitución.
Las relaciones prohibidas.
La infidelidad matrimonial.
Los deseos desordenados.
Y la costumbre de presumir experiencias sexuales delante de otros.
La literatura griega y romana conserva numerosos testimonios de estas realidades.
Las comedias, las sátiras y los poemas de la antigüedad describen aventuras amorosas, infidelidades, encuentros con prostitutas y hombres que se jactaban de sus conquistas.
Algunos relatos eran humorísticos.
Otros constituían críticas a la corrupción moral de la sociedad.
Pero todos demuestran que aquellos asuntos formaban parte de la vida humana.
No debemos suponer que todos los hombres se comportaban de la misma manera.
Sin embargo, tampoco sería correcto imaginar que los trabajadores del mundo antiguo vivían completamente ajenos a esas conversaciones.
La vulgaridad, la infidelidad y la inmoralidad sexual no son problemas exclusivos de nuestra generación.
Las conversaciones en una obra de construcción
Pensemos en una jornada ordinaria de trabajo en Séforis.
Desde temprano, los obreros realizan diferentes tareas.
Unos transportan piedras.
Otros preparan materiales.
Los carpinteros cortan y ajustan piezas de madera.
Los constructores levantan muros y realizan reparaciones.
El trabajo es pesado.
El sol comienza a calentar las superficies de piedra.
Los hombres se detienen ocasionalmente para beber agua, descansar o compartir algún alimento.
Y mientras trabajan, conversan.
Hablan de sus familias.
De sus preocupaciones.
De los acontecimientos ocurridos en la ciudad.
Pero también pueden surgir conversaciones sobre mujeres y relaciones sexuales.
Uno cuenta una aventura.
Otro comenta que conoce a un hombre que mantiene una relación con una mujer casada.
Alguien presume una conquista.
Otro exagera una historia para provocar la risa de sus compañeros.
Y las palabras pueden volverse cada vez más vulgares.
No estamos describiendo un episodio documentado de la vida de Jesús, sino reconstruyendo un ambiente humano posible a partir de costumbres conocidas en la antigüedad.
El trabajo reunía a hombres de diferentes edades, caracteres, convicciones y costumbres.
Nadie podía controlar por completo lo que sus compañeros decidían conversar.
Si Jesús trabajó en Séforis, pudo haber conocido ese ambiente laboral, como tantos otros hombres de su generación.
Lo extraordinario es que las Escrituras nos presentan a Jesucristo como absolutamente santo durante toda su vida.
Las aventuras extramatrimoniales
El adulterio era una realidad conocida en el mundo antiguo.
En la sociedad romana existían normas relacionadas con el matrimonio, la fidelidad y el honor familiar.
Sin embargo, las expectativas morales no siempre se aplicaban de la misma manera a hombres y mujeres.
Determinadas conductas masculinas recibían una tolerancia social que no se concedía a las mujeres casadas.
Esta desigualdad favorecía un ambiente donde algunos hombres consideraban aceptables relaciones que habrían condenado severamente en sus esposas.
Durante el gobierno de Augusto se promulgaron leyes destinadas a regular el matrimonio y sancionar determinadas formas de adulterio.
Pero la legislación no consiguió eliminar las infidelidades.
Los escritores romanos continuaron describiendo amantes, relaciones clandestinas y conflictos matrimoniales.
Aquellas historias podían circular entre personas de diferentes posiciones sociales.
Un hombre podía presumir delante de sus compañeros que mantenía una relación fuera del matrimonio.
Otro podía relatar las aventuras de un conocido.
Y alguno podía considerar la infidelidad como una demostración de prestigio masculino.
La gravedad de aquellas conductas no desaparecía porque fueran celebradas entre amigos.
La traición matrimonial seguía produciendo dolor.
Desconfianza.
Conflictos familiares.
Y consecuencias para personas que no habían participado en aquellas decisiones.
La inmoralidad podía presentarse como diversión, aunque sus consecuencias fueran profundamente dolorosas.
La prostitución en el mundo antiguo
La prostitución también formaba parte de la realidad social del imperio romano.
Existían personas que ofrecían servicios sexuales a cambio de dinero.
Algunas actuaban por cuenta propia.
Otras se encontraban sometidas a condiciones de explotación.
La esclavitud agravaba especialmente aquella situación.
Numerosas personas esclavizadas carecían de libertad para rechazar las exigencias sexuales de quienes tenían poder sobre ellas.
En distintas ciudades del imperio existían establecimientos y espacios donde se ejercía la prostitución.
Las leyes, los escritos y los testimonios materiales de la época confirman su presencia en el mundo romano.
No contamos con pruebas que permitan identificar establecimientos de esa naturaleza en la Séforis de la juventud de Jesús.
Pero las prácticas y noticias relacionadas con la prostitución eran conocidas dentro de la sociedad mediterránea.
Los viajeros podían hablar de ellas.
Los comerciantes podían conocerlas.
Los soldados y otros hombres podían relatar experiencias de distintas ciudades.
Y los trabajadores podían escuchar conversaciones sobre esos lugares.
Por tanto, la prostitución no necesitaba estar presente en una calle determinada de Séforis para que sus habitantes conocieran su existencia.
Era una de las realidades dolorosas de la sociedad humana en la que Jesucristo vino a vivir.
Las miradas y los comentarios sobre las mujeres
Hay otra situación que merece nuestra atención.
La manera en que algunos hombres hablan de las mujeres cuando se encuentran entre compañeros.
En ocasiones, una mujer pasa cerca de un grupo de trabajadores.
Uno la observa.
Otro hace un comentario sobre su apariencia.
Alguien expresa sus deseos de manera vulgar.
Y otros se ríen.
Estas conductas pueden resultar humillantes para la mujer, especialmente cuando los comentarios llegan a sus oídos.
La costumbre de convertir a una persona en objeto de deseos y conversaciones irrespetuosas tiene profundas raíces en la historia humana.
Las fuentes antiguas muestran que las miradas lascivas, las insinuaciones y los comentarios sexuales eran comportamientos conocidos.
Por eso, al estudiar el mundo laboral del siglo primero, debemos considerar también esa dimensión de las relaciones humanas.
Y aquí encontramos una de las enseñanzas más profundas de Jesucristo.
Durante su ministerio público declaró:
«Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:27-28, RVR1960).
Jesús llevó la enseñanza moral más allá de los actos visibles.
Se dirigió al corazón.
A las intenciones.
A la mirada deliberadamente alimentada por la codicia.
A aquello que una persona puede ocultar de los demás, pero no de Dios.
Sus palabras revelan la profundidad de la santidad que enseñaba.
Para Jesucristo, la pureza no era solamente una cuestión de conducta exterior. También comprendía las intenciones del corazón.
Las presiones entre compañeros
En diferentes culturas, algunos hombres han relacionado su prestigio personal con las conquistas sexuales.
Presumen sus experiencias.
Exageran sus aventuras.
Inventan historias.
Y en ocasiones consideran extraño a quien no comparte sus costumbres.
En los grupos de trabajadores, estas actitudes pueden ejercer presión sobre quienes desean vivir de manera diferente.
Un hombre fiel a su esposa puede escuchar burlas por su fidelidad.
Otro puede ser criticado porque se niega a participar en determinadas conversaciones.
Y alguien que rechaza una conducta inmoral puede encontrar compañeros que no comprenden su decisión.
Aquellas presiones no requieren grandes acontecimientos.
Pueden aparecer en las conversaciones más sencillas.
Durante el descanso.
Al compartir los alimentos.
O mientras varios hombres caminan juntos al terminar la jornada.
No conocemos las conversaciones particulares que Jesús escuchó durante sus años de trabajo.
Tampoco sabemos si alguien intentó presionarlo en asuntos relacionados con la inmoralidad sexual.
Pero sí sabemos que vivió en una sociedad donde esas conductas existían.
Y que permaneció absolutamente fiel a la voluntad de su Padre.
La santidad de Jesucristo
Al estudiar estas realidades debemos recordar una verdad fundamental.
Jesucristo fue verdaderamente hombre.
Pero jamás cometió pecado.
Su humanidad fue real.
Su obediencia fue perfecta.
Y su santidad no comenzó cuando inició su ministerio público.
La Escritura declara:
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
También afirma:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22, RVR1960).
Estas declaraciones nos permiten comprender algo extraordinario.
Jesús conoció la realidad de la vida humana sin participar de su corrupción.
No necesitó cometer adulterio para conocer el sufrimiento que produce la infidelidad.
No necesitó participar en conversaciones vulgares para conocer la condición moral de los hombres.
Y no necesitó practicar la inmoralidad para enseñar con absoluta autoridad acerca de la pureza.
Su cercanía con la humanidad jamás comprometió su santidad.
Cuando recordé mi propia juventud
Al reflexionar sobre estas cosas, recordé las conversaciones que escuchaba y en las que participé durante mis años de juventud.
Pensé en las historias que contábamos.
En las fantasías que compartíamos.
En la facilidad con que algunos hombres hablábamos de asuntos íntimos sin considerar su gravedad.
Y entonces pensé en Jesús.
Él también atravesó la juventud.
Creció en una familia.
Aprendió un oficio.
Trabajó con sus manos.
Y vivió en una sociedad donde los hombres tenían debilidades, deseos y conductas semejantes a las que conocemos hoy.
Nunca había considerado con tanta atención lo que significaba que el Hijo eterno de Dios hubiera aceptado vivir en medio de aquella humanidad.
No conocemos cada conversación que escuchó.
No sabemos todas las situaciones que encontró.
Pero sabemos que vino a nuestro mundo.
Un mundo donde existían la infidelidad, la prostitución, la vulgaridad y las relaciones humanas corrompidas por el pecado.
Y, sin embargo, permaneció santo.
Cuando comencé a comprender estas cosas, quedé profundamente asombrado. Me costaba creer que Dios Padre hubiera permitido que su amado Hijo viniera a un mundo donde estaría rodeado de tanta inmoralidad y corrupción.
Y, sin embargo, eso fue precisamente lo que sucedió.
El Hijo eterno de Dios no vino a una humanidad ideal.
Vino a la nuestra.
Con nuestras debilidades.
Con nuestras miserias.
Con nuestras contradicciones.
Y con todas las consecuencias que el pecado había producido en las relaciones humanas.
Entonces aquellas palabras del apóstol Juan adquirieron para mí una profundidad que antes no había alcanzado a comprender:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
El Santo que habitó entre nosotros
Si Jesús trabajó en Séforis, pudo haber escuchado conversaciones que revelaban la inmoralidad de algunos hombres.
Pudo haber conocido relatos de infidelidad.
Comentarios vulgares.
Historias relacionadas con la prostitución.
Y conductas que manifestaban el deterioro moral de la sociedad.
No necesitamos atribuirle experiencias particulares que las Escrituras no registran.
La realidad de su encarnación ya es suficientemente extraordinaria.
El Santo Hijo de Dios vino a vivir entre seres humanos pecadores, sin que el pecado encontrara lugar en Él.
La Escritura lo describe de una manera incomparable:
«Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos» (Hebreos 7:26, RVR1960).
¡Qué extraordinaria verdad!
Aquel que era santo desde la eternidad aceptó vivir entre nosotros.
Conoció nuestras circunstancias humanas.
Compartió nuestra realidad cotidiana.
Trabajó con sus manos.
Y permaneció absolutamente puro.
Jesucristo no vino porque nuestro mundo fuera digno de recibirlo.
Vino porque necesitábamos desesperadamente un Salvador.
Y mientras el pecado había corrompido tantos aspectos de nuestra existencia, Él vivió entre nosotros sin cometer jamás una sola transgresión.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros».
Ahora comprendo un poco mejor la profundidad de aquellas palabras.
El Hijo de Dios no contempló nuestra condición humana solamente desde el cielo. Vino a vivir entre nosotros, y permaneció santo, inocente y sin mancha.
“Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)
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