Séforis: Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
Introducción — El día que comprendí de otra manera el amor de Dios
Había visitado Israel en varias ocasiones, pero hubo un lugar que despertó en mí una curiosidad especial.
Su nombre era Séforis.
Cuando supe de la existencia de sus ruinas y comencé a leer acerca de aquella antigua ciudad de Galilea, sentí un deseo ardiente de conocerla.
Estaba situada a pocos kilómetros de Nazaret, el lugar donde Jesús había crecido.
Durante los años de su juventud, Séforis había sido un importante centro de actividad política, económica y constructiva bajo el gobierno de Herodes Antipas.
Algunos investigadores habían planteado una posibilidad que me fascinó: que José y Jesús, siendo artesanos, pudieron haber trabajado en aquella ciudad.
La idea me pareció extraordinariamente razonable.
Yo podía relacionarla con la vida que conocía.
En mi propia ciudad he visto cómo los trabajadores recorren diariamente distancias considerables para llegar a sus empleos. Algunos salen antes del amanecer y regresan cuando el día está terminando.
No siempre trabajan cerca de sus hogares.
Van adonde existe una oportunidad de ganarse la vida.
¿Por qué habría sido diferente para los trabajadores de Nazaret?
Si Séforis necesitaba constructores y Nazaret estaba tan cerca, ¿no sería natural que algunos artesanos acudieran allí?
Y entre ellos, ¿pudo haber estado Jesús?

El viento frío de Séforis
Recuerdo muy bien el día que finalmente llegué.
Era invierno.
Habíamos viajado hasta las ruinas de aquella antigua ciudad y, cuando abrí la puerta del automóvil, una ráfaga de viento helado me golpeó directamente el rostro.
Sentí el frío de inmediato.
Y entonces, sin haberlo preparado, un pensamiento atravesó mi corazón:
Él tuvo frío.
Eso fue lo primero que pensé.
No pensé en Herodes.
No pensé en los edificios romanos.
No pensé en los descubrimientos arqueológicos que había ido a conocer.
Pensé en Jesús.
Él también tuvo frío.
Y comencé a llorar.
Durante tantos años había predicado acerca de la encarnación de Jesucristo. Había enseñado que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Conocía las Escrituras.
Pero aquella mañana, frente a las ruinas de Séforis, una verdad que había enseñado durante décadas adquirió para mí una profundidad diferente.
El Hijo de Dios había tenido un cuerpo verdaderamente humano.
Había sentido frío.
Había sentido calor.
Había conocido el cansancio.
Y había vivido en una tierra donde las estaciones, los caminos y las necesidades de la vida no se detenían por nadie.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
Aquel día comprendí aquellas palabras de una manera que nunca he olvidado.
Levanté mis ojos hacia Nazaret
Después miré hacia las elevaciones donde se encuentra Nazaret.
Desde aquella región podía reconocer la cercanía entre la antigua ciudad y el lugar donde Jesús había crecido.
Y comencé a imaginar el camino.
Si Jesús trabajó en Séforis, pudo haber recorrido aproximadamente seis o siete kilómetros para llegar desde Nazaret.
Y después tendría que regresar.
Doce o catorce kilómetros en una jornada.
Se dice fácilmente.
Pero caminar esa distancia no es lo mismo que mencionarla.
Mucho menos después de haber trabajado durante horas.
Nazaret se encuentra en una zona elevada. Los caminos de Galilea tenían pendientes, piedras, polvo y tramos difíciles.
Imaginé a un joven saliendo temprano de su casa.
Quizá todavía estaba oscuro.
Tal vez el aire de invierno le golpeaba el rostro mientras descendía por el camino.
Llevaba sus herramientas o aquello que necesitaba para trabajar.
Al llegar, comenzaba una jornada de esfuerzo físico.
Y cuando terminaba, todavía le esperaba el camino de regreso.
Al día siguiente tendría que levantarse nuevamente.
Y si el trabajo continuaba, volvería a recorrer aquella distancia.
No importaba que hiciera frío.
No importaba que el sol calentara intensamente durante el verano.
Las necesidades de una familia no desaparecían por causa del clima.
Me quedé contemplando aquellas distancias.
¿Cuántas veces pudo haber recorrido Jesús ese camino?
No lo sé.

Jesús regresando a casa, después de un largo día de trabajo
Los Evangelios no nos dicen que trabajara en Séforis.
Pero la posibilidad me conmovió profundamente porque, por primera vez, podía contemplar físicamente lo que habría significado aquel recorrido.
Y todavía no había llegado a lo que más iba a impresionarme.
No era solamente el camino. Era el lugar al que pudo haber llegado
Mientras recorría las ruinas, comencé a pensar en algo que hasta entonces no había considerado con suficiente profundidad.
Séforis no era Nazaret.
Era una ciudad vinculada con el gobierno de Herodes Antipas y con las influencias culturales del mundo grecorromano.
Allí podían encontrarse personas de distintas posiciones económicas, costumbres y formas de pensar.
Funcionarios del gobierno.
Propietarios ricos.
Artesanos.
Trabajadores que dependían de un jornal.
Hombres que buscaban enriquecerse.
Y personas cuyas convicciones religiosas y morales podían ser muy diferentes de las de una familia judía fiel a las Escrituras.
La cultura grecorromana conocía la veneración de múltiples dioses, los cultos relacionados con los gobernantes, los banquetes excesivos, la prostitución y costumbres sexuales que chocaban con la moral de Israel.
No podemos afirmar que todas esas prácticas estuvieran presentes en Séforis durante la juventud de Jesús. Algunas manifestaciones arqueológicas conocidas de la ciudad pertenecen a épocas posteriores.
Pero el contraste entre la fidelidad judía y las influencias del mundo pagano era una realidad de aquella época.
Y entonces surgió en mi mente una pregunta que me estremeció.
Si Jesús trabajó allí, ¿a qué clase de ambiente estuvo expuesto?
¿Escuchó conversaciones vulgares entre trabajadores?
¿Presenció engaños en los negocios?
¿Conoció hombres que se burlaban de las convicciones religiosas de otros?
¿Tuvo que tratar con propietarios injustos?
¿Escuchó hablar de dioses extranjeros y costumbres contrarias a la Ley que había aprendido desde niño?
No podía responder aquellas preguntas.
Pero comprendí que estaba considerando algo mucho mayor que la posibilidad de que Jesús hubiera trabajado en una ciudad.
Estaba pensando en lo que significó para el Hijo de Dios vivir realmente entre los hombres.
Dios Padre entregó a su Hijo
La primera verdad que vino a mi corazón fue una que había conocido desde mi juventud.
Dios Padre nos dio a su Hijo.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3:16, RVR1960).
Durante muchos años había relacionado aquella entrega principalmente con el Calvario.
Y ciertamente la cruz constituye la manifestación suprema de ese amor.
Pero en Séforis comencé a pensar también en los años anteriores.
El Padre no envió a su Hijo directamente desde el cielo hasta la cruz.
Permitió que naciera como un niño.
Que creciera dentro de una familia.
Que aprendiera.
Que trabajara.
Que conociera las necesidades humanas.
Que viviera en un mundo donde existían la injusticia, la codicia, la inmoralidad y la idolatría.
No fue enviado a una humanidad ideal.
Fue enviado a nuestra humanidad.
Al mundo real.
Al mundo donde vivimos nosotros.
Lo que yo no quería para mis hijos
Entonces pensé en mis propios hijos.
Como padre, siempre quise protegerlos.
No quería que conocieran la crueldad de algunas personas.
No quería que fueran engañados.
No quería que sufrieran injusticias.
No quería que las malas compañías los arrastraran hacia conductas que pudieran destruir sus vidas.
Hubiera deseado evitarles las experiencias dolorosas que tantas veces acompañan al crecimiento.
Quería que vivieran rodeados de personas buenas.
Que nadie se aprovechara de ellos.
Que nunca tuvieran que enfrentar ciertas miserias del corazón humano.
Pero mientras contemplaba aquella antigua ciudad, pensé:
Dios Padre permitió que su Hijo entrara en el mismo mundo del que yo quería proteger a los míos.
Un mundo donde había hombres honestos y hombres corruptos.
Donde algunos trabajaban honradamente y otros engañaban.
Donde existían la generosidad y la codicia.
La fidelidad y la infidelidad.
La compasión y la crueldad.
La adoración al Dios verdadero y la idolatría.
El Padre no eliminó todas aquellas realidades del mundo antes de enviar a su Hijo.
Y el Hijo estuvo dispuesto a vivir entre nosotros.
No porque participara de nuestros pecados.
Sino porque había venido a salvar a quienes vivíamos rodeados de ellos.
¿Cómo se puede comprender una clase de amor semejante?
Pudo haber vivido de otra manera
Pensé también en las necesidades económicas.
Dios Padre pudo haber dispuesto que Jesús creciera en una familia de grandes recursos.
Pudo haberle preparado una existencia sin preocupaciones materiales.
Pudo haber hecho que nunca necesitara buscar trabajo.
Pero ésa no fue la vida que conocemos por los Evangelios.
Jesús creció en una familia trabajadora.
Aprendió un oficio.
Y llegó a ser conocido como carpintero.
Si trabajó en Séforis, quizá tuvo que buscar encargos, negociar pagos, cumplir horarios y responder ante personas que lo contrataban.
Tal vez conoció compañeros difíciles.
Tal vez tuvo que soportar decisiones injustas.
Quizá alguna vez regresó sin haber conseguido el trabajo que esperaba.
No podemos presentar esas escenas como acontecimientos de su biografía.
Pero pertenecen al mundo que conocían los trabajadores de Galilea.
Y Jesús vivió dentro de ese mundo.
No necesitó fingir una vida humana.
La vivió.

Fue tentado, pero permaneció sin pecado
Aquí debemos recordar una verdad fundamental.
La Escritura declara:
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
Jesús conoció verdaderamente la tentación.
Pero jamás pecó.
No participó de la corrupción moral que existía a su alrededor.
No necesitó practicar el mal para conocer la realidad de un mundo caído.
Permaneció fiel al Padre.
Y esto me hizo pensar en algo extraordinario.
Cuando nosotros somos tentados, podemos rendirnos.
Podemos ceder ante la presión.
Podemos buscar una salida equivocada.
Pero Jesús permaneció obediente.
Su santidad no fue el resultado de vivir completamente apartado de los hombres.
Fue una santidad que permaneció intacta mientras vivía entre ellos.
Y aquella obediencia no comenzó cuando apareció públicamente como Maestro.
Había caracterizado toda su vida.
Aquella visita cambió mi manera de contemplar la encarnación
Cuando llegué a Séforis, quería conocer unas ruinas.
Quería comprender mejor la Galilea del primer siglo.
Deseaba observar la ciudad donde algunos investigadores consideran posible que Jesús hubiera trabajado.
Pero regresé con algo que no había ido buscando.
Una comprensión más profunda del amor de Dios.
El viento frío me había recordado que Jesús tuvo un cuerpo humano.
La distancia hasta Nazaret me había hecho pensar en su cansancio.
Las construcciones me habían recordado su oficio.
Y el ambiente de aquella ciudad me llevó a considerar las pruebas morales que pudo haber enfrentado durante sus años de trabajo.
Comprendí que la encarnación no consistió solamente en nacer en Belén y morir en Jerusalén.
Entre aquellos dos acontecimientos hubo una vida entera.
Una vida vivida en nuestro mundo.
Entre nuestras necesidades.
Entre nuestras debilidades.
Entre las mismas realidades humanas que tantas veces nos preocupan.
Y cuanto más pensaba en ello, más me conmovía la decisión del Padre de entregar a su Hijo y la disposición del Hijo de venir.
«Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7, RVR1960).
No encuentro una manera sencilla de expresar todo lo que sentí aquel día.
Solamente sé que nunca volví a contemplar de la misma manera aquellos años de Jesús en Nazaret.
Las preguntas que investigaremos
Esta tercera serie nace de aquella experiencia.
En la primera parte hemos contemplado el mundo cotidiano de los trabajadores de Galilea.
En la segunda hemos considerado la cercanía de Séforis, sus construcciones y las posibles relaciones entre aquella ciudad y las enseñanzas de Jesús.
Ahora deseo examinar otra dimensión.
Las pruebas morales que Jesús pudo haber encontrado en aquel ambiente.
Investigaremos la idolatría y las influencias religiosas del mundo romano.
Las fiestas y los excesos.
La inmoralidad sexual y las conversaciones entre trabajadores.
Las burlas contra la fe.
Los engaños, las injusticias y la codicia.
El orgullo de los poderosos y el desprecio hacia los humildes.
No atribuiremos a Séforis costumbres que no podamos situar razonablemente en su contexto histórico.
Tampoco inventaremos episodios de la vida de Jesús.
Nuestro propósito será comprender el ambiente en el que pudo desenvolverse y considerar las pruebas que un trabajador fiel a Dios habría enfrentado en aquella sociedad.
Y, sobre todo, contemplar al Hijo de Dios que permaneció santo en medio de un mundo imperfecto.
Porque al final de esta investigación hay una verdad que supera todas nuestras preguntas sobre Séforis.
Jesús no necesitaba haber trabajado en aquella ciudad para que su amor por nosotros fuera extraordinario.
La encarnación misma ya lo era.
Pero aquella visita me ayudó a comprender su profundidad.
Todavía puedo recordar el viento frío golpeando mi rostro.
Todavía puedo recordar mis ojos levantándose hacia Nazaret.
Y todavía puedo recordar las lágrimas que no pude contener cuando pensé:
Él tuvo frío.
Él conoció el cansancio.
Él vivió en nuestro mundo.
Y lo hizo voluntariamente.
Por amor.
Dios Padre entregó a su Hijo a un mundo del que yo hubiera querido proteger a los míos.
Y su Hijo vino.
No se apartó de nuestra condición humana.
La asumió.
Vivió entre nosotros.
Y permaneció sin pecado.
Aquel día fui a conocer Séforis.
Pero regresé comprendiendo un poco más cuánto nos amó Dios.
“Y auqel verbo se hizo carne y habito entre nosotros” Juan 1: 14
Libro recomendado

Dr. Elio M Rivera
Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
Había algo profundamente contradictorio en el mundo donde Jesucristo creció.
Los hombres adoraban dioses que ellos mismos habían fabricado.
Les levantaban templos.
Les ofrecían sacrificios.
Quemaban incienso delante de sus imágenes.
Les atribuían el poder de conceder salud, prosperidad, fertilidad y victoria.
Y mientras todo aquello sucedía, el verdadero Hijo de Dios vivía entre los hombres sin que el mundo reconociera quién era.
En Nazaret, Jesús había crecido escuchando las palabras que constituían el fundamento de la fe de Israel:
«Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Deuteronomio 6:4, RVR1960).
Pero a pocos kilómetros de aquella pequeña aldea se encontraba Séforis, una ciudad que Herodes Antipas estaba desarrollando bajo la autoridad de Roma.
Si Jesús trabajó allí, pudo haber entrado en contacto con personas que conocían y practicaban formas de adoración completamente contrarias a las Escrituras.
No estamos hablando de una diferencia religiosa insignificante.
Para un judío fiel, inclinarse delante de otro dios constituía una de las transgresiones más graves de la Ley.
Y para Jesucristo, cuya obediencia al Padre fue perfecta, la idolatría era absolutamente incompatible con su identidad y su misión.
¿Qué significaba vivir rodeado de un mundo que adoraba a tantos dioses?
Un imperio lleno de divinidades
Roma había extendido su dominio sobre pueblos que poseían tradiciones religiosas muy diferentes.
En lugar de exigir que todos abandonaran sus antiguas divinidades, generalmente permitió que continuaran venerándolas, siempre que aquellas prácticas no amenazaran el orden imperial.
Como resultado, el mundo romano estaba lleno de cultos.
Júpiter era considerado una de las principales divinidades del Estado.
Marte estaba relacionado con la guerra.
Venus era venerada como diosa del amor y la belleza.
Mercurio era asociado con el comercio, los viajeros y las ganancias.
Neptuno era invocado por quienes buscaban protección en el mar.
Diana era relacionada con la caza y otros aspectos de la naturaleza.
A estas divinidades se sumaban los dioses griegos, las deidades locales y numerosos cultos extendidos por las provincias orientales.
En algunos lugares se adoraba a Zeus; en otros, a Apolo, Artemisa, Dioniso o diferentes divinidades regionales.
Cada una poseía sus imágenes, tradiciones, relatos y ceremonias.
Había personas que buscaban el favor de una divinidad para obtener éxito en sus negocios.
Otras acudían a un santuario para pedir sanidad.
Algunas ofrecían sacrificios antes de emprender un viaje.
Los soldados podían invocar a sus dioses antes de una campaña militar.
Y las ciudades organizaban ceremonias públicas en honor de las divinidades que consideraban protectoras.
Para muchos habitantes del imperio, aquellas prácticas no eran extraordinarias.
Eran parte de la vida.
Pero el Dios de Israel había prohibido expresamente que su pueblo participara en ellas.
«No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra» (Éxodo 20:3-4, RVR1960).
El conflicto era absoluto.
Lo que para algunos era una expresión normal de devoción, para un israelita fiel podía constituir un acto de idolatría.
Cuando la idolatría salía a las calles
No debemos imaginar que los dioses paganos permanecían encerrados dentro de sus templos.
La religión podía ocupar los espacios públicos.
En distintas ciudades del imperio, las imágenes de las divinidades aparecían en edificios, monumentos, objetos domésticos y monedas.
Durante determinadas festividades se organizaban procesiones.
Los sacerdotes presidían sacrificios.
El humo de los altares se elevaba mientras los participantes presentaban sus ofrendas.
Podía escucharse música ceremonial.
Los fieles pronunciaban invocaciones y peticiones.
Y ante las imágenes se realizaban actos de veneración.
Pensemos en lo que significaba aquello para un joven que había aprendido desde niño que solamente Jehová debía recibir adoración.
Podía observar cómo los hombres se inclinaban delante de una figura de piedra o metal.
Cómo pedían protección a una imagen.
Cómo atribuían poderes divinos a aquello que un artesano había elaborado con sus propias manos.
El profeta Isaías había denunciado precisamente esa contradicción:
«Parte del leño quema en el fuego; con parte de él come carne, prepara un asado, y se sacia; después se calienta, y dice: ¡Oh! me he calentado, he visto el fuego; y hace del sobrante un dios, un ídolo suyo; se postra delante de él, lo adora, y le ruega diciendo: Líbrame, porque mi dios eres tú» (Isaías 44:16-17, RVR1960).
¡Qué contraste!
El hombre construía una imagen.
Después se arrodillaba delante de ella.
Y finalmente le pedía ayuda.
Ahora pensemos en Jesús.
Él mismo era un artesano.
Conocía la madera, la piedra y los materiales de construcción.
Sabía cuánto esfuerzo humano requería transformar aquellos materiales en objetos útiles.
¡Y vivía en un mundo donde otros hombres podían transformar esos mismos materiales en objetos de adoración!
No sabemos si Jesús presenció una procesión pagana en Séforis. Pero aquella clase de veneración formaba parte del mundo imperial al que pertenecía Galilea.
Y la contradicción resulta impresionante: el Hijo de Dios, que había venido a vivir entre nosotros, pudo haber contemplado a hombres adorando las obras de sus propias manos.
Augusto: cuando un hombre recibía honores divinos
La idolatría del mundo romano no terminaba con sus dioses tradicionales.
También alcanzaba a los gobernantes.
Durante el siglo anterior al nacimiento de Jesús, Roma había experimentado profundas transformaciones políticas.
Julio César fue asesinado en el año 44 antes de Cristo.
Posteriormente, el Senado romano lo reconoció oficialmente como divino.
Su heredero, Octaviano, recibió el título de Augusto y se convirtió en el gobernante más poderoso del imperio.
En las provincias orientales comenzaron a desarrollarse formas de culto dedicadas a Roma y al emperador.
Se levantaron templos.
Se establecieron sacerdocios.
Se celebraron ceremonias.
Y se ofrecieron sacrificios como expresiones de veneración y lealtad.
Augusto todavía gobernaba cuando Jesús nació.
El Evangelio de Lucas lo menciona expresamente:
«Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César» (Lucas 2:1, RVR1960).
Aquel hombre ejercía autoridad sobre extensos territorios.
Sus decisiones podían afectar la vida de millones de personas.
Pero en algunas regiones no solamente se le reconocía como gobernante.
También recibía honores religiosos.
¡Un hombre mortal era objeto de veneración!
Mientras tanto, en una pequeña aldea de Galilea crecía Jesucristo.
Aquel por medio de quien fueron hechas todas las cosas.
Y, sin embargo, para quienes lo conocían en Nazaret, era el hijo de una familia trabajadora.
Los hombres concedían honores divinos al emperador mientras desconocían la verdadera identidad del carpintero de Nazaret.
Herodes y la veneración del emperador
La relación entre el poder romano y la adoración imperial no era desconocida en los territorios gobernados por la familia de Herodes.
Herodes el Grande había sido uno de los principales aliados de Roma en la región.
Para demostrar su lealtad a Augusto, desarrolló proyectos monumentales que también incluían homenajes religiosos.
En Cesarea Marítima construyó un templo dedicado a Roma y Augusto.
En Sebaste también promovió la veneración imperial.
Aquellos edificios expresaban algo más que admiración política.
Representaban la introducción de honores religiosos dedicados al poder romano.
Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, gobernaba Galilea durante los años de Jesús.
Su posición dependía de las relaciones con Roma.
Séforis fue uno de sus principales centros administrativos.
Por sus espacios podían circular funcionarios, representantes de intereses políticos, comerciantes y personas relacionadas con el gobierno.
No tenemos evidencia suficiente para afirmar que en la Séforis de la juventud de Jesús existiera un templo dedicado al emperador.
Pero el culto imperial formaba parte del sistema político más amplio al que aquella ciudad estaba vinculada.
Y sus símbolos, su lenguaje y sus expresiones de lealtad podían llegar a quienes tenían contacto con la administración herodiana.
La autoridad de Roma no solamente se manifestaba mediante soldados y tributos. En muchas regiones también estaba rodeada de veneración religiosa.
¿Pudo Jesús haber recibido una invitación para adorar a otros dioses?
Ésta es una de las preguntas que más me impresionan.
Si Jesús trabajó en Séforis, no habría llegado allí como un personaje reconocido por su identidad divina.
Habría llegado como un artesano.
Un trabajador que buscaba ganarse la vida.
Alguien que debía relacionarse con quienes contrataban sus servicios y con otros hombres que participaban en las obras.
En el mundo antiguo, las prácticas religiosas podían formar parte de reuniones familiares, celebraciones comunitarias y actividades relacionadas con diferentes oficios.
Una invitación a participar en un acto de veneración podía surgir dentro de una relación social ordinaria.
No necesariamente habría comenzado con una amenaza.
Quizá alguien habría dicho:
—Ven con nosotros. Hoy ofreceremos un sacrificio.
Otro podría haberlo invitado a presentar incienso ante una imagen.
Un compañero acostumbrado a los dioses romanos podría haberle sugerido que pidiera protección a alguna divinidad.
Y tal vez alguien habría intentado convencerlo de que aquello no tenía importancia.
Estas escenas son posibilidades históricas, no acontecimientos registrados de la vida de Jesús.
No sabemos si recibió personalmente una invitación semejante.
Pero sí sabemos que el mundo al que vino conocía esas prácticas.
Y que el Hijo de Dios vivió entre hombres cuyas convicciones religiosas no siempre coincidían con las de Israel.
Si alguna vez recibió una invitación a rendir culto a otro dios, su respuesta no pudo haber sido la de un hombre dispuesto a negociar su fidelidad.
Jesús jamás adoró a otro dios.
El verdadero Dios frente a las imágenes
Hay una escena que me resulta especialmente conmovedora imaginar.
Un artesano termina su jornada.
Sus manos están cansadas.
Ha trabajado con materiales que otros hombres utilizan para levantar edificios y fabricar imágenes.
Mientras camina por una ciudad bajo influencia romana, encuentra personas que hablan de sus dioses y confían en ellos.
Algunos creen que esas divinidades gobiernan las estaciones.
Otros les atribuyen las victorias militares.
Otros consideran que pueden conceder riquezas o protección.
Pero aquel trabajador conoce al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.
Y, si ese trabajador es Jesús, estamos contemplando una realidad todavía más extraordinaria.
El Hijo de Dios escucha a los hombres hablar de dioses que no existen como ellos imaginan.
No sabemos qué escenas concretas presenció durante su juventud.
Pero sabemos que el mundo estaba lleno de idolatría.
Y sabemos que Él permaneció fiel.
No necesitó inclinarse ante una imagen para comprender lo que era la idolatría.
No necesitó participar en un sacrificio pagano para conocer las creencias de quienes lo rodeaban.
Y no necesitó aceptar la veneración de un emperador para comprender el poder de Roma.
Vivió dentro de aquel mundo sin participar de su adoración falsa.
«Al Señor tu Dios adorarás»
Cuando Jesús comenzó su ministerio público, enfrentó una tentación que revela con extraordinaria claridad su posición frente a toda adoración indebida.
Satanás le mostró los reinos del mundo y le ofreció su dominio si se postraba delante de él.
La propuesta exigía un acto de adoración.
Jesús respondió:
«Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás» (Mateo 4:10, RVR1960).
No hubo negociación.
No hubo concesión.
No hubo disposición a recibir poder mediante un acto de idolatría.
Jesús rechazó aquella propuesta de manera absoluta.
Y su respuesta nos permite comprender el principio que gobernaba su vida.
La adoración pertenecía exclusivamente a Dios.
No a Júpiter.
No a Zeus.
No a los dioses de las ciudades.
No a Augusto.
No a ningún gobernante humano.
Y mucho menos a Satanás.
Solamente a Dios.
El Hijo de Dios entre los dioses de los hombres
Cuando visité Séforis, pensé en el camino que Jesús pudo haber recorrido desde Nazaret.
Pensé en el frío.
En las distancias.
En las horas de trabajo.
Pero también pensé en el mundo religioso al que pudo haber estado expuesto.
Un mundo donde los hombres levantaban altares a sus divinidades.
Donde los emperadores podían recibir honores sagrados.
Donde se ofrecían sacrificios ante imágenes.
Y donde participar en determinadas ceremonias podía considerarse una expresión normal de pertenencia a la sociedad.
No puedo afirmar que Jesús contemplara un altar pagano específico en Séforis.
Tampoco puedo asegurar que algún compañero lo invitara a ofrecer incienso a una divinidad.
Pero la posibilidad de que encontrara manifestaciones de aquellas creencias en su entorno resulta digna de consideración.
Porque la encarnación no ocurrió en un mundo donde todos adoraban al Dios verdadero.
Ocurrió en un mundo profundamente marcado por la idolatría.
Y allí vivió Jesucristo.
La Escritura declara:
«Fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
Mientras los hombres buscaban dioses a quienes rendir culto, el Hijo de Dios había venido a vivir entre ellos.
Mientras algunos se inclinaban delante de imágenes fabricadas por artesanos, Él trabajaba con sus propias manos.
Mientras los gobernantes recibían honores religiosos, Él permanecía en la humildad de una familia de Nazaret.
Y mientras tantas voces proclamaban la grandeza de sus divinidades, Jesús permanecía fiel al Padre.
¡Qué extraordinaria contradicción!
Los hombres fabricaban dioses para adorarlos, mientras el verdadero Hijo de Dios pudo haber caminado por sus calles sin que reconocieran quién era.
Ésa es una de las realidades más conmovedoras que podemos contemplar al estudiar el mundo donde Jesús creció.
No sabemos si trabajó en Séforis.
Pero sabemos que vino a una tierra gobernada por un imperio lleno de dioses.
Y sabemos que jamás participó de la idolatría.
El mundo adoraba a muchos dioses.
Jesucristo permaneció fiel al único Dios verdadero.
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Dr. Elio M Rovera
Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
Había terminado la jornada.
Los trabajadores recogían sus herramientas, se limpiaban el polvo de las manos y se preparaban para abandonar la obra.
Pero algunos todavía tenían planes.
Aquella noche habría una celebración.
Se hablaba de música, comida, abundante vino y una reunión que posiblemente se prolongaría hasta la madrugada.
Uno de los hombres comentaba quiénes asistirían. Otro recordaba lo sucedido en una fiesta anterior. Algunos reían mientras hacían planes para encontrarse más tarde.
Entonces alguien podía dirigirse al joven carpintero de Nazaret:
—¿Por qué no vienes con nosotros?
No sabemos si Jesús recibió alguna vez una invitación semejante.
Pero aquella situación era perfectamente posible dentro del mundo de los trabajadores del siglo primero.
Las celebraciones, los banquetes y los excesos formaban parte de la sociedad grecorromana.
Y quienes trabajaban en sus ciudades podían conocer aquellas costumbres sin necesidad de participar en ellas.
Jesucristo vino a vivir entre hombres que no siempre sabían detenerse cuando comenzaba la diversión.

Las noches de celebración en el mundo romano
En el mundo grecorromano, los banquetes podían convertirse en acontecimientos sociales importantes.
Los hombres acomodados organizaban reuniones para recibir invitados, fortalecer relaciones, celebrar acontecimientos y demostrar su posición económica.
En algunas casas se preparaban espacios especiales para comer y beber.
Los participantes podían reclinarse alrededor de las mesas mientras los sirvientes distribuían los alimentos.
Después de la comida comenzaba, en determinados ambientes, una reunión dedicada al vino, la conversación y el entretenimiento.
Los griegos la conocían como symposion.
Había música.
Juegos.
Conversaciones prolongadas.
Y ocasiones en que los invitados bebían hasta perder el dominio de sí mismos.
Los escritores antiguos describieron hombres que terminaban sus celebraciones completamente embriagados.
Algunos necesitaban ayuda para regresar a sus hogares.
Otros discutían violentamente.
Había quienes gastaban cantidades importantes de dinero en una sola noche.
Y algunos convertían la embriaguez en motivo de orgullo.
No todas las celebraciones terminaban de esa manera.
Pero los excesos eran suficientemente conocidos como para aparecer repetidamente en la literatura de la época.
El desenfreno no era una conducta desconocida ni excepcional en el mundo antiguo.
Dioniso y las celebraciones del mundo pagano
Entre las divinidades del mundo griego se encontraba Dioniso, relacionado con el vino, la vid y determinadas formas de celebración y exaltación religiosa.
Los romanos lo asociaban con Baco.
Su culto tenía una larga historia y había adoptado diferentes manifestaciones en distintas regiones.
Algunas festividades incluían procesiones, música y danzas.
Ciertas tradiciones estaban relacionadas con estados de entusiasmo intenso y pérdida de las inhibiciones.
La literatura y el arte representaban al dios acompañado de personajes festivos, recipientes de vino y escenas de celebración.
En el mundo romano, el nombre de Baco llegó a relacionarse popularmente con la embriaguez y el desenfreno.
No todas las ceremonias dedicadas a Dioniso eran iguales, ni podemos afirmar que cada festividad terminara en desorden.
Pero su presencia cultural era ampliamente conocida.
Y las noticias sobre aquellas celebraciones podían circular mucho más allá de los lugares donde se realizaban.
Los comerciantes viajaban.
Los funcionarios se trasladaban de una ciudad a otra.
Los trabajadores escuchaban historias de personas procedentes de diferentes regiones.
Así se difundían las costumbres.
No era necesario asistir a una festividad para conocer su existencia.
Séforis y las costumbres de las ciudades
Séforis estaba vinculada con el gobierno de Herodes Antipas y con las actividades económicas de Galilea.
Durante aquellos años se desarrollaron construcciones que pudieron requerir numerosos trabajadores.
Una ciudad de esa importancia ofrecía oportunidades para el contacto entre personas de diferentes ocupaciones y posiciones sociales.
Había propietarios, comerciantes, constructores, carpinteros y personas relacionadas con la administración.
En ese ambiente podían circular noticias acerca de celebraciones, banquetes y costumbres de otras ciudades.
Mucho tiempo después de la vida de Jesús, una residencia de Séforis fue decorada con un mosaico que representa escenas relacionadas con Dioniso.
Aquel hallazgo muestra que esa tradición cultural llegó a tener presencia artística en la ciudad.
Sin embargo, pertenece a una época posterior y no demuestra que durante la juventud de Jesús se celebraran allí bacanales.
Nuestra investigación no necesita afirmar semejante cosa.
Lo importante es que Séforis formaba parte de un mundo donde las fiestas, los banquetes y los excesos eran realidades conocidas.
Y si Jesús acudió allí para trabajar, pudo haber tenido contacto con personas familiarizadas con esas costumbres.
Los preparativos de una gran fiesta
Imaginemos una residencia importante de Séforis.
Su propietario ha decidido organizar una celebración.
Los invitados llegarán al caer la tarde.
Durante el día hay movimiento.
Los sirvientes preparan los espacios.
Se transportan recipientes de vino.
Llegan alimentos.
Se acomodan muebles.
Algunos trabajadores realizan reparaciones antes de que comience la reunión.
Entre ellos podría encontrarse un carpintero contratado para reparar una puerta, colocar una estructura de madera o acondicionar alguna parte de la vivienda.
Mientras trabaja, escucha las conversaciones.
Los preparativos anuncian que aquella noche habrá una gran celebración.
Quizá los sirvientes comentan cuánto vino se ha comprado.
Tal vez alguien recuerda lo ocurrido en una reunión anterior.
Otro espera que los invitados sean generosos.
Y alguno expresa su deseo de participar cuando termine el trabajo.
Un trabajador podía conocer el ambiente de una fiesta mucho antes de que llegaran los invitados.
No tenía que asistir.
No necesitaba permanecer hasta la madrugada.
Bastaba con trabajar en el lugar donde se preparaba.
Si Jesús realizó trabajos en viviendas de personas acomodadas, pudo haber conocido situaciones semejantes.
No sabemos si ocurrió, pero corresponde a las circunstancias que podían presentarse en la vida de un constructor.
«Ven con nosotros»
Ahora pensemos en los propios compañeros de trabajo.
Los hombres han terminado una semana agotadora.
Han recibido su salario.
Algunos desean regresar a casa.
Otros proponen reunirse para beber.
Uno conoce un lugar.
Otro asegura que habrá música.
Un tercero comienza a insistir para que nadie falte.
—Vamos, hemos trabajado toda la semana.
—Mañana descansaremos.
—No seas tan serio.
Las invitaciones podían parecer amistosas.
Pero también podían convertirse en presiones.
Un hombre que prefería retirarse podía encontrar compañeros empeñados en convencerlo.
Algunos quizá interpretaban su negativa como una ofensa.
Otros podían insistir hasta convertir la invitación en una prueba de aceptación dentro del grupo.
Estas escenas son reconstrucciones de situaciones sociales posibles, no recuerdos conservados sobre Jesús.
Pero reflejan una realidad humana que existía entonces y continúa existiendo.
La presión para participar en los excesos de otros no comenzó en nuestra generación.
Si Jesús trabajó entre los obreros de Séforis, pudo haber recibido invitaciones semejantes.
Y si las recibió, tuvo que responder desde las convicciones que gobernaban su vida.
Cuando la diversión se convertía en desorden
Las consecuencias de la embriaguez eran conocidas desde mucho antes del nacimiento de Jesús.
Los hombres podían perder el juicio.
Decir cosas que después lamentaban.
Provocar discusiones.
Insultar a sus compañeros.
Desperdiciar sus recursos.
O terminar incapacitados para cumplir sus responsabilidades al día siguiente.
En el ambiente de los trabajadores, aquello podía tener consecuencias especialmente graves.
Un trabajador de la construcción necesitaba conservar su fuerza y su habilidad.
Debía utilizar herramientas.
Transportar materiales.
Trabajar sobre estructuras.
Y realizar tareas que exigían atención.
Presentarse completamente agotado después de una noche de excesos podía aumentar el riesgo de cometer errores o sufrir accidentes.
Además, muchos trabajadores dependían de ingresos modestos.
Una noche de gastos desmedidos podía consumir recursos necesarios para varios días.
Las consecuencias no siempre terminaban cuando concluía la fiesta.
Podían acompañar al hombre hasta su hogar.
Y alcanzar a su familia.
Durante sus años de juventud, Jesús vivió en una sociedad donde las celebraciones formaban parte de la vida cotidiana.
Conoció la alegría de las reuniones familiares.
Conoció las costumbres de su pueblo.
Y, como habitante de Galilea, vivió en una región relacionada con el mundo más amplio del Mediterráneo.
Los Evangelios muestran posteriormente que asistía a comidas y celebraciones.
Pero también declaran que jamás pecó.
«Sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
Aquella afirmación abarca toda su existencia humana.
También los años anteriores a su ministerio público.
No sabemos cuántas invitaciones recibió durante su juventud.
No conocemos todas las conversaciones que escuchó.
No podemos reconstruir cada ambiente donde trabajó.
Pero sabemos que vivió entre hombres reales, en una sociedad donde existían la embriaguez y los excesos.
Y permaneció sin pecado.
Lo que pudo haber significado para el carpintero de Nazaret
Cuando pienso en Jesús trabajando como carpintero y constructor, me resulta difícil imaginar que el mundo de sus compañeros estuviera completamente separado de aquellas costumbres.
Los hombres hablaban de lo que hacían.
Comentaban las fiestas.
Contaban sus experiencias.
Hacían invitaciones.
Y compartían relatos de acontecimientos ocurridos en otros lugares.
Un trabajador podía enterarse de una celebración sin asistir a ella.
Podía conocer los excesos de sus compañeros sin imitarlos.
Podía recibir una invitación sin aceptarla.
Y podía mantenerse firme aun cuando otros consideraran extraña su conducta.
No afirmamos que Jesús participara en los preparativos de una fiesta determinada en Séforis.
Ni que presenciara una celebración dedicada a Baco.
Ni que un compañero intentara emborracharlo.
Pero aquellas posibilidades nos ayudan a comprender el ambiente moral en el que pudo desenvolverse.
Jesucristo no vino a vivir entre hombres que siempre dominaban sus deseos.
Vino a un mundo donde algunos buscaban en el exceso una forma de diversión.
Donde las celebraciones podían prolongarse hasta perder toda moderación.
Donde el vino podía convertirse en el centro de una noche de desenfreno.
Y donde la presión de los compañeros podía empujar a otros a participar.
Si Jesús encontró aquellas situaciones durante sus años de trabajo, permaneció fiel al Padre.
Porque su santidad no comenzó cuando salió de Nazaret para predicar.
Había caracterizado toda su vida.
En un mundo donde muchos hombres se dejaban dominar por los excesos, el Hijo de Dios permaneció sin pecado.
“Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)
Libro recomendado

Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
No todas las manifestaciones del pecado se encuentran en lugares ocultos.
Algunas aparecen en las conversaciones más ordinarias.
Durante el trabajo.
En los momentos de descanso.
Mientras los hombres comen juntos.
O cuando termina una jornada y comienzan a contar sus experiencias personales.
Una historia de infidelidad.
Una conversación sobre una mujer.
El relato de una aventura extramatrimonial.
Una insinuación vulgar.
O las fantasías que algunos hombres comparten entre risas, sin considerar la dignidad de las personas de quienes hablan.
Quienes hemos convivido durante años con grupos de hombres sabemos que estas conversaciones pueden convertirse en parte de la vida cotidiana.
Recuerdo mis propios años de juventud.
Muchas veces, cuando nos reuníamos entre amigos, nuestras conversaciones terminaban girando alrededor de las mujeres.
Hablábamos de aquellas con quienes deseábamos tener relaciones.
De las experiencias que algunos aseguraban haber tenido.
De nuestras fantasías.
De conquistas verdaderas o imaginarias.
En ocasiones parecía que no existía otro tema.
Al recordar aquellos años y pensar en la vida de Jesús como trabajador, comencé a considerar una realidad que nunca había examinado detenidamente.
El Hijo de Dios vino a vivir en una sociedad donde también existían esas conversaciones, esas costumbres y esas manifestaciones de la inmoralidad humana.

Han transcurrido aproximadamente dos mil años desde que Jesús vivió en Galilea.
Las ciudades han cambiado.
Las herramientas son diferentes.
Las formas de trabajar y comunicarnos se han transformado profundamente.
Pero la naturaleza de los problemas morales que enfrentaba la humanidad sigue siendo reconocible.
Los hombres del siglo primero conocían el adulterio.
La prostitución.
Las relaciones prohibidas.
La infidelidad matrimonial.
Los deseos desordenados.
Y la costumbre de presumir experiencias sexuales delante de otros.
La literatura griega y romana conserva numerosos testimonios de estas realidades.
Las comedias, las sátiras y los poemas de la antigüedad describen aventuras amorosas, infidelidades, encuentros con prostitutas y hombres que se jactaban de sus conquistas.
Algunos relatos eran humorísticos.
Otros constituían críticas a la corrupción moral de la sociedad.
Pero todos demuestran que aquellos asuntos formaban parte de la vida humana.
No debemos suponer que todos los hombres se comportaban de la misma manera.
Sin embargo, tampoco sería correcto imaginar que los trabajadores del mundo antiguo vivían completamente ajenos a esas conversaciones.
La vulgaridad, la infidelidad y la inmoralidad sexual no son problemas exclusivos de nuestra generación.
Pensemos en una jornada ordinaria de trabajo en Séforis.
Desde temprano, los obreros realizan diferentes tareas.
Unos transportan piedras.
Otros preparan materiales.
Los carpinteros cortan y ajustan piezas de madera.
Los constructores levantan muros y realizan reparaciones.
El trabajo es pesado.
El sol comienza a calentar las superficies de piedra.
Los hombres se detienen ocasionalmente para beber agua, descansar o compartir algún alimento.
Y mientras trabajan, conversan.
Hablan de sus familias.
De sus preocupaciones.
De los acontecimientos ocurridos en la ciudad.
Pero también pueden surgir conversaciones sobre mujeres y relaciones sexuales.
Uno cuenta una aventura.
Otro comenta que conoce a un hombre que mantiene una relación con una mujer casada.
Alguien presume una conquista.
Otro exagera una historia para provocar la risa de sus compañeros.
Y las palabras pueden volverse cada vez más vulgares.
No estamos describiendo un episodio documentado de la vida de Jesús, sino reconstruyendo un ambiente humano posible a partir de costumbres conocidas en la antigüedad.
El trabajo reunía a hombres de diferentes edades, caracteres, convicciones y costumbres.
Nadie podía controlar por completo lo que sus compañeros decidían conversar.
Si Jesús trabajó en Séforis, pudo haber conocido ese ambiente laboral, como tantos otros hombres de su generación.
Lo extraordinario es que las Escrituras nos presentan a Jesucristo como absolutamente santo durante toda su vida.
El adulterio era una realidad conocida en el mundo antiguo.
En la sociedad romana existían normas relacionadas con el matrimonio, la fidelidad y el honor familiar.
Sin embargo, las expectativas morales no siempre se aplicaban de la misma manera a hombres y mujeres.
Determinadas conductas masculinas recibían una tolerancia social que no se concedía a las mujeres casadas.
Esta desigualdad favorecía un ambiente donde algunos hombres consideraban aceptables relaciones que habrían condenado severamente en sus esposas.
Durante el gobierno de Augusto se promulgaron leyes destinadas a regular el matrimonio y sancionar determinadas formas de adulterio.
Pero la legislación no consiguió eliminar las infidelidades.
Los escritores romanos continuaron describiendo amantes, relaciones clandestinas y conflictos matrimoniales.
Aquellas historias podían circular entre personas de diferentes posiciones sociales.
Un hombre podía presumir delante de sus compañeros que mantenía una relación fuera del matrimonio.
Otro podía relatar las aventuras de un conocido.
Y alguno podía considerar la infidelidad como una demostración de prestigio masculino.
La gravedad de aquellas conductas no desaparecía porque fueran celebradas entre amigos.
La traición matrimonial seguía produciendo dolor.
Desconfianza.
Conflictos familiares.
Y consecuencias para personas que no habían participado en aquellas decisiones.
La inmoralidad podía presentarse como diversión, aunque sus consecuencias fueran profundamente dolorosas.
La prostitución también formaba parte de la realidad social del imperio romano.
Existían personas que ofrecían servicios sexuales a cambio de dinero.
Algunas actuaban por cuenta propia.
Otras se encontraban sometidas a condiciones de explotación.
La esclavitud agravaba especialmente aquella situación.
Numerosas personas esclavizadas carecían de libertad para rechazar las exigencias sexuales de quienes tenían poder sobre ellas.
En distintas ciudades del imperio existían establecimientos y espacios donde se ejercía la prostitución.
Las leyes, los escritos y los testimonios materiales de la época confirman su presencia en el mundo romano.
No contamos con pruebas que permitan identificar establecimientos de esa naturaleza en la Séforis de la juventud de Jesús.
Pero las prácticas y noticias relacionadas con la prostitución eran conocidas dentro de la sociedad mediterránea.
Los viajeros podían hablar de ellas.
Los comerciantes podían conocerlas.
Los soldados y otros hombres podían relatar experiencias de distintas ciudades.
Y los trabajadores podían escuchar conversaciones sobre esos lugares.
Por tanto, la prostitución no necesitaba estar presente en una calle determinada de Séforis para que sus habitantes conocieran su existencia.
Era una de las realidades dolorosas de la sociedad humana en la que Jesucristo vino a vivir.
Hay otra situación que merece nuestra atención.
La manera en que algunos hombres hablan de las mujeres cuando se encuentran entre compañeros.
En ocasiones, una mujer pasa cerca de un grupo de trabajadores.
Uno la observa.
Otro hace un comentario sobre su apariencia.
Alguien expresa sus deseos de manera vulgar.
Y otros se ríen.
Estas conductas pueden resultar humillantes para la mujer, especialmente cuando los comentarios llegan a sus oídos.
La costumbre de convertir a una persona en objeto de deseos y conversaciones irrespetuosas tiene profundas raíces en la historia humana.
Las fuentes antiguas muestran que las miradas lascivas, las insinuaciones y los comentarios sexuales eran comportamientos conocidos.
Por eso, al estudiar el mundo laboral del siglo primero, debemos considerar también esa dimensión de las relaciones humanas.
Y aquí encontramos una de las enseñanzas más profundas de Jesucristo.
Durante su ministerio público declaró:
«Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:27-28, RVR1960).
Jesús llevó la enseñanza moral más allá de los actos visibles.
Se dirigió al corazón.
A las intenciones.
A la mirada deliberadamente alimentada por la codicia.
A aquello que una persona puede ocultar de los demás, pero no de Dios.
Sus palabras revelan la profundidad de la santidad que enseñaba.
Para Jesucristo, la pureza no era solamente una cuestión de conducta exterior. También comprendía las intenciones del corazón.
En diferentes culturas, algunos hombres han relacionado su prestigio personal con las conquistas sexuales.
Presumen sus experiencias.
Exageran sus aventuras.
Inventan historias.
Y en ocasiones consideran extraño a quien no comparte sus costumbres.
En los grupos de trabajadores, estas actitudes pueden ejercer presión sobre quienes desean vivir de manera diferente.
Un hombre fiel a su esposa puede escuchar burlas por su fidelidad.
Otro puede ser criticado porque se niega a participar en determinadas conversaciones.
Y alguien que rechaza una conducta inmoral puede encontrar compañeros que no comprenden su decisión.
Aquellas presiones no requieren grandes acontecimientos.
Pueden aparecer en las conversaciones más sencillas.
Durante el descanso.
Al compartir los alimentos.
O mientras varios hombres caminan juntos al terminar la jornada.
No conocemos las conversaciones particulares que Jesús escuchó durante sus años de trabajo.
Tampoco sabemos si alguien intentó presionarlo en asuntos relacionados con la inmoralidad sexual.
Pero sí sabemos que vivió en una sociedad donde esas conductas existían.
Y que permaneció absolutamente fiel a la voluntad de su Padre.
Al estudiar estas realidades debemos recordar una verdad fundamental.
Jesucristo fue verdaderamente hombre.
Pero jamás cometió pecado.
Su humanidad fue real.
Su obediencia fue perfecta.
Y su santidad no comenzó cuando inició su ministerio público.
La Escritura declara:
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
También afirma:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22, RVR1960).
Estas declaraciones nos permiten comprender algo extraordinario.
Jesús conoció la realidad de la vida humana sin participar de su corrupción.
No necesitó cometer adulterio para conocer el sufrimiento que produce la infidelidad.
No necesitó participar en conversaciones vulgares para conocer la condición moral de los hombres.
Y no necesitó practicar la inmoralidad para enseñar con absoluta autoridad acerca de la pureza.
Su cercanía con la humanidad jamás comprometió su santidad.
Al reflexionar sobre estas cosas, recordé las conversaciones que escuchaba y en las que participé durante mis años de juventud.
Pensé en las historias que contábamos.
En las fantasías que compartíamos.
En la facilidad con que algunos hombres hablábamos de asuntos íntimos sin considerar su gravedad.
Y entonces pensé en Jesús.
Él también atravesó la juventud.
Creció en una familia.
Aprendió un oficio.
Trabajó con sus manos.
Y vivió en una sociedad donde los hombres tenían debilidades, deseos y conductas semejantes a las que conocemos hoy.
Nunca había considerado con tanta atención lo que significaba que el Hijo eterno de Dios hubiera aceptado vivir en medio de aquella humanidad.
No conocemos cada conversación que escuchó.
No sabemos todas las situaciones que encontró.
Pero sabemos que vino a nuestro mundo.
Un mundo donde existían la infidelidad, la prostitución, la vulgaridad y las relaciones humanas corrompidas por el pecado.
Y, sin embargo, permaneció santo.
Cuando comencé a comprender estas cosas, quedé profundamente asombrado. Me costaba creer que Dios Padre hubiera permitido que su amado Hijo viniera a un mundo donde estaría rodeado de tanta inmoralidad y corrupción.
Y, sin embargo, eso fue precisamente lo que sucedió.
El Hijo eterno de Dios no vino a una humanidad ideal.
Vino a la nuestra.
Con nuestras debilidades.
Con nuestras miserias.
Con nuestras contradicciones.
Y con todas las consecuencias que el pecado había producido en las relaciones humanas.
Entonces aquellas palabras del apóstol Juan adquirieron para mí una profundidad que antes no había alcanzado a comprender:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
Si Jesús trabajó en Séforis, pudo haber escuchado conversaciones que revelaban la inmoralidad de algunos hombres.
Pudo haber conocido relatos de infidelidad.
Comentarios vulgares.
Historias relacionadas con la prostitución.
Y conductas que manifestaban el deterioro moral de la sociedad.
No necesitamos atribuirle experiencias particulares que las Escrituras no registran.
La realidad de su encarnación ya es suficientemente extraordinaria.
El Santo Hijo de Dios vino a vivir entre seres humanos pecadores, sin que el pecado encontrara lugar en Él.
La Escritura lo describe de una manera incomparable:
«Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos» (Hebreos 7:26, RVR1960).
¡Qué extraordinaria verdad!
Aquel que era santo desde la eternidad aceptó vivir entre nosotros.
Conoció nuestras circunstancias humanas.
Compartió nuestra realidad cotidiana.
Trabajó con sus manos.
Y permaneció absolutamente puro.
Jesucristo no vino porque nuestro mundo fuera digno de recibirlo.
Vino porque necesitábamos desesperadamente un Salvador.
Y mientras el pecado había corrompido tantos aspectos de nuestra existencia, Él vivió entre nosotros sin cometer jamás una sola transgresión.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros».
Ahora comprendo un poco mejor la profundidad de aquellas palabras.
El Hijo de Dios no contempló nuestra condición humana solamente desde el cielo. Vino a vivir entre nosotros, y permaneció santo, inocente y sin mancha.
“Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)
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Dr. Elio M Rivera
Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
Hay una experiencia que muchos creyentes conocemos.
Estar rodeados de personas que no comparten nuestra fe.
Escuchar una conversación que comienza tranquilamente y termina convirtiéndose en una burla contra nuestras convicciones.
Sentir las miradas de los demás cuando decidimos no participar en algo que consideramos incorrecto.
Y descubrir que, en ocasiones, resulta más difícil soportar la risa de los compañeros que enfrentar una discusión abierta.
Al pensar en Jesús trabajando como carpintero y constructor, he comenzado a considerar esta dimensión de su vida.
¿Qué significaba ser un hombre completamente fiel a Dios dentro de una sociedad donde no todos compartían las mismas convicciones?
Hombres diferentes en una misma construcción
Séforis era una ciudad importante de Galilea durante el gobierno de Herodes Antipas.
Su desarrollo requería mano de obra.
Había que levantar muros, preparar vigas, colocar puertas, transportar piedras y reparar edificios.
Aquellas obras reunían a hombres de diferentes edades y procedencias.
Algunos habían crecido en familias profundamente religiosas.
Otros podían mostrar poco interés por las prácticas de sus padres.
Unos observaban cuidadosamente las tradiciones judías.
Otros mantenían costumbres distintas.
Y todos necesitaban trabajar.
Imaginemos una cuadrilla ocupada en la construcción de una vivienda.
Uno de los hombres ha llegado desde una población cercana.
Otro conoce bien las calles de Séforis.
Un tercero lleva muchos años trabajando para el mismo patrón.
Durante la mañana apenas tienen tiempo para conversar.
El encargado exige que terminen una sección del muro antes de que el sol alcance su punto más alto.
Pero al llegar el descanso, los hombres se sientan a la sombra.
Comparten pan.
Beben agua.
Hablan de sus familias y de los acontecimientos recientes.
Entonces surge una diferencia religiosa.
Uno menciona una costumbre que considera indispensable.
Otro pregunta por qué debe observarla.
El primero intenta explicarse.
Pero un tercero interviene:
—Siempre encuentras una razón religiosa para todo.
Algunos sonríen.
Otro añade:
—Déjalo. Nunca conseguirás que cambie de opinión.
La conversación puede terminar allí.
O convertirse en una discusión que continúe durante el resto de la jornada.
La escena es imaginada, pero el ambiente que representa resulta verosímil.

En una construcción no solamente se encontraban herramientas y materiales. También se encontraban distintas maneras de entender la vida.
Cuando las bromas dejan de ser inocentes
Quienes hemos trabajado con grupos de hombres sabemos que las bromas forman parte de la convivencia.
Algunas producen alegría y fortalecen las amistades.
Otras buscan incomodar.
Un trabajador puede convertirse en objeto de comentarios por su procedencia, su manera de hablar o sus costumbres.
Y cuando los compañeros descubren que determinado asunto le resulta especialmente importante, algunos pueden utilizarlo para provocarlo.
Pensemos en un hombre que procura observar cuidadosamente sus convicciones religiosas.
Sus compañeros lo conocen desde hace tiempo.
Saben que existen actividades en las que no desea participar.
Al principio respetan sus decisiones.
Pero un día alguien decide ponerlo a prueba.
—Hoy vas a hacer una excepción.
El hombre responde que no.
—Nadie se va a enterar.
Vuelve a negarse.
Entonces comienzan las bromas.
—¿También tienes que pedir permiso para eso?
Los demás ríen.
Lo difícil no es solamente responder.
Es saber que mañana tendrá que regresar al mismo lugar, trabajar junto a los mismos hombres y posiblemente escuchar nuevos comentarios.
Hay presiones que no necesitan amenazas para resultar dolorosas.
La tentación de agradar a los demás
La necesidad de pertenecer a un grupo puede influir profundamente en nuestras decisiones.
Un trabajador desea ser aceptado.
Quiere que sus compañeros confíen en él.
Que lo incluyan en sus conversaciones.
Que lo consideren uno de ellos.
Y cuando descubre que sus convicciones provocan rechazo, puede comenzar a preguntarse si vale la pena sostenerlas.
A veces la presión no llega mediante una orden.
Llega con una invitación.
Con la insistencia de un amigo.
Con la promesa de que nadie conocerá lo sucedido.
O con el temor de quedar excluido.
En el mundo antiguo, las relaciones personales tenían especial importancia para los trabajadores.
Un hombre podía conseguir una oportunidad laboral gracias a alguien que lo conocía.
También podía depender de la colaboración de sus compañeros para completar una tarea.
Por eso, un conflicto dentro de la cuadrilla no siempre terminaba cuando concluía la jornada.
Podía afectar la convivencia y las oportunidades de trabajo.
Mantener una convicción podía tener un costo social.
Jesús, el carpintero de Nazaret
Los Evangelios nos permiten conocer algunos aspectos de los años anteriores al ministerio público de Jesús.
Sabemos que creció en Nazaret.
Que estuvo sujeto a José y María.
Y que fue conocido por su oficio.
Cuando enseñó en la sinagoga de su pueblo, algunos preguntaron:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María?» (Marcos 6:3, RVR1960).
Aquellos hombres lo habían conocido durante años.
No lo recordaban solamente como un niño que había crecido entre ellos.
Lo identificaban por el trabajo que realizaba.
Jesús había vivido la existencia ordinaria de un hombre de Galilea.
Y si alguna vez acudió a Séforis para trabajar, habría entrado en contacto con el ambiente humano de sus construcciones.
No conocemos las conversaciones que sostuvo ni las dificultades particulares que encontró.
Pero los Evangelios nos muestran posteriormente cómo respondía cuando otros cuestionaban sus convicciones.
No abandonaba la verdad para conseguir aprobación.
Tampoco necesitaba responder a cada provocación con enojo.
Durante su ministerio enfrentó preguntas malintencionadas, acusaciones injustas y oposición abierta.
En ocasiones respondió con firmeza.
En otras guardó silencio.
Su conducta no estaba determinada por el deseo de agradar a quienes lo rodeaban.
Una obediencia que no comenzó a los treinta años
Existe un peligro al estudiar la vida de Jesús.
Pensar que su obediencia al Padre comenzó cuando salió de Nazaret para predicar.
Como si sus primeros treinta años hubieran sido solamente una preparación sin importancia.
Pero la Escritura presenta una realidad diferente.
Cuando tenía doce años, Jesús declaró a María y José:
«¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Lucas 2:49, RVR1960).
Aquellas palabras revelan la conciencia singular que tenía de su relación con el Padre.
Después regresó a Nazaret.
Creció.
Aprendió y ejerció un oficio.
Vivió bajo las responsabilidades ordinarias de la vida humana.
Y cuando llegó el momento de comenzar su ministerio público, no apareció un hombre que apenas entonces hubiera decidido obedecer a Dios.
Era el mismo Hijo que había vivido en perfecta fidelidad durante todos aquellos años.
La carta a los Hebreos declara:
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
Su humanidad fue verdadera.
Las pruebas que enfrentó fueron reales.
Y su obediencia fue perfecta.
La presión que nadie ve
Cuando pensamos en las tentaciones de Jesús, generalmente recordamos el desierto.
Las propuestas del diablo.
Las respuestas tomadas de las Escrituras.
Y su victoria sobre aquellas pruebas.
Pero también debemos recordar que su vida humana se extendió mucho más allá de esos acontecimientos.
Hubo años de trabajo.
Jornadas largas.
Responsabilidades familiares.
Relaciones con vecinos.
Y convivencia con personas de diferentes caracteres.
En la vida cotidiana, muchas decisiones morales ocurren sin espectadores.
Un hombre decide si participa en una conversación ofensiva.
Si acepta una propuesta contraria a sus principios.
Si modifica sus convicciones para evitar críticas.
O si permanece firme aunque otros no comprendan su decisión.
Estas situaciones ayudan a comprender el mundo humano en el que Jesús vivió, aunque no podamos atribuirle ninguna escena particular.
Y nos recuerdan que la santidad no se manifiesta solamente en los grandes acontecimientos.
También se expresa en la conducta diaria.
Cuando comprendí lo que significaba vivir entre nosotros
He conocido hombres que comenzaron a apartarse de sus convicciones porque no querían ser diferentes.
Al principio solamente reían con los demás.
Después comenzaron a participar en aquello que antes rechazaban.
Y con el tiempo terminaron adoptando costumbres que jamás habían considerado aceptables.
También he conocido personas que permanecieron firmes.
No siempre fue fácil para ellas.
En ocasiones tuvieron que soportar comentarios desagradables.
Perdieron amistades.
O fueron consideradas extrañas por quienes las rodeaban.
Al recordar esas experiencias, pienso en la extraordinaria realidad de la encarnación.
El Hijo de Dios no vino a una sociedad donde todos lo respetarían.
No nació en un mundo donde la obediencia a Dios fuera universalmente admirada.
Vino a una humanidad dividida por creencias, intereses y convicciones.
Creció entre personas reales.
Trabajó.
Conoció las responsabilidades de la vida cotidiana.
Y más adelante enfrentó públicamente el rechazo de muchos de aquellos a quienes había venido a salvar.
Cuando sus propios vecinos escucharon sus enseñanzas, algunos reaccionaron con incredulidad.
Marcos escribió:
«Y se escandalizaban de él» (Marcos 6:3, RVR1960).
Aquellos hombres conocían al carpintero.
Pero no reconocieron quién estaba delante de ellos.
Fiel al Padre
No sabemos si algún compañero de construcción se burló de Jesús.
No sabemos si alguien intentó convencerlo de abandonar una práctica religiosa.
Y no conocemos las discusiones que pudieron surgir durante sus años de oficio.
Lo que sí conocemos es el testimonio de las Escrituras acerca de su vida.
Jesucristo jamás pecó.
Y cuando llegó el momento de enfrentar la oposición abierta, permaneció firme.
Su obediencia no dependía del reconocimiento de sus vecinos.
Ni de la aprobación de las autoridades religiosas.
Ni del entusiasmo de las multitudes.
Vivió para hacer la voluntad de su Padre.
Por eso, al contemplar sus años como carpintero, encuentro una razón más para admirar la profundidad de su encarnación.
No solamente vino a enseñarnos cómo vivir.
Primero vivió entre nosotros.
En el mundo cotidiano de los hombres.
Y cuando finalmente escuchamos sus palabras, descubrimos que procedían de alguien cuya vida entera había sido una expresión perfecta de obediencia.
La presión humana puede cambiar las decisiones de muchos hombres. Pero jamás apartó a Jesucristo de la voluntad de su Padre.
“Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)
Libro recomendado

Dr. Elio M Rivera
Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
—No voy a pagarte lo que acordamos.
El carpintero miró al propietario sin comprender.
Había trabajado durante varios días.
La puerta estaba terminada, las bisagras colocadas y la madera ajustada cuidadosamente al marco.
El dueño había revisado el trabajo mientras se realizaba.
No había presentado ninguna queja.
Pero ahora, cuando había llegado el momento de pagar, parecía encontrar defectos en todas partes.
—La madera no es tan buena como esperaba.
El trabajador intentó explicarle que había utilizado el material solicitado.
—Además, tardaste demasiado.
—Trabajé los días que habíamos convenido.
El propietario hizo un gesto de impaciencia.
—Te daré la mitad. Si no te parece, puedes marcharte.
El hombre contempló la puerta que había construido.
Sabía cuánto esfuerzo le había costado.
También sabía que necesitaba aquel dinero.
La escena es una reconstrucción de una situación laboral posible en la antigüedad.
Pero la injusticia que representa es tan antigua como el trabajo mismo.
Hay personas que consideran que el esfuerzo ajeno vale menos cuando llega el momento de pagarlo.

El mundo de los trabajadores en Séforis
Durante el gobierno de Herodes Antipas, Séforis experimentó una importante etapa de construcción y desarrollo.
Se necesitaban hombres capaces de levantar muros, trabajar la piedra, preparar estructuras de madera, fabricar puertas y realizar reparaciones.
Algunos eran contratados por jornadas.
Otros podían recibir encargos determinados.
También existían supervisores responsables de organizar las cuadrillas y vigilar el avance de las obras.
En ese ambiente, el trabajo dependía tanto de la habilidad como de las relaciones entre las personas.
Un constructor podía ser excelente en su oficio y, sin embargo, encontrar grandes dificultades para recibir lo que le correspondía.
No bastaba con saber trabajar.
También había que tratar con propietarios exigentes, encargados difíciles y compañeros de diferentes caracteres.
Para un hombre que necesitaba sostener a su familia, cada acuerdo económico tenía consecuencias importantes.
El cliente que siempre quería algo más
Imaginemos que un propietario encarga la construcción de una pequeña habitación.
El constructor calcula los materiales.
Explica cuánto tiempo necesitará.
Y acuerda un precio.
Comienza el trabajo.
Pero a los pocos días aparece el dueño.
—Quiero que levantes un poco más este muro.
El constructor acepta realizar la modificación y le explica que necesitará materiales adicionales.
—No puede costar tanto —responde el propietario.
Al día siguiente solicita otra cosa.
Después pide que se modifique la entrada.
Más tarde exige que se agregue una estructura de madera.
Y cuando el trabajador presenta la cuenta, el hombre se indigna.
—¡Eso no fue lo que acordamos!
El problema no consiste en que un cliente solicite cambios.
Consiste en exigirlos y después negarse a reconocer su costo.
Un propietario con suficientes recursos podía permitirse prolongar una discusión.
El trabajador, en cambio, necesitaba cobrar para continuar viviendo.
Aquella desigualdad podía convertirse en una poderosa herramienta de presión.
El cliente tenía una propiedad que deseaba mejorar. El obrero tenía una familia que necesitaba alimentar.
El salario que nunca llegaba
La retención injusta del salario era un problema tan grave que la Ley de Moisés lo condenaba expresamente.
«No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana» (Levítico 19:13, RVR1960).
El mandato tenía una razón profundamente humana.
Muchos jornaleros dependían de lo que ganaban cada día.
Si el patrón retenía el pago, no solamente incumplía un acuerdo.
Podía dejar a una familia sin alimentos.
Pensemos en un hombre que ha trabajado desde el amanecer.
Al caer la tarde se presenta ante el encargado.
Espera recibir su jornal.
Pero escucha una respuesta inesperada:
—Hoy no puedo pagarte. Regresa mañana.
El trabajador insiste.
Tiene que comprar comida antes de volver a casa.
El encargado se molesta.
—Ya te dije que mañana.
El hombre se retira.
Camina hacia su hogar pensando en lo que dirá cuando llegue.
Al día siguiente vuelve a presentarse.
Recibe otra promesa.
Y después otra.
Mientras el encargado encuentra excusas, los hijos del trabajador siguen teniendo hambre.
Por eso Deuteronomio ordenaba:
«En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida» (Deuteronomio 24:15, RVR1960).
La Escritura no trataba aquella conducta como una simple diferencia comercial.
La consideraba una injusticia contra alguien vulnerable.
El encargado que se aprovechaba de los obreros
En una construcción grande, el propietario no necesariamente supervisaba personalmente cada tarea.
Podía confiar esa responsabilidad a un encargado.
Un hombre así tenía autoridad para distribuir el trabajo, vigilar los materiales y evaluar el desempeño de los obreros.
Cuando actuaba con justicia, su presencia facilitaba la obra.
Pero si era deshonesto, podía hacer muy difícil la vida de quienes dependían de él.
Imaginemos a un supervisor que favorece a sus amigos.
A ellos les asigna los trabajos menos pesados.
A los demás les exige cargar materiales durante horas.
Si uno de sus favoritos comete un error, lo disculpa.
Si otro trabajador se equivoca, lo humilla delante de todos.
Cuando falta una herramienta, acusa al hombre que menos simpatía le inspira.
Y si alguien protesta, amenaza con despedirlo.
—Hay muchos esperando tu lugar.
El obrero guarda silencio.
No porque el encargado tenga razón.
Sino porque necesita conservar su empleo.
La autoridad, que debería servir para organizar el trabajo, se ha convertido en un instrumento de intimidación.
Y los hombres comienzan a trabajar con temor de cometer cualquier equivocación.
La envidia entre compañeros
No todas las dificultades procedían de los propietarios.
Los propios trabajadores podían convertirse en rivales.
Un carpintero tenía buena reputación.
Sus puertas cerraban correctamente.
Sus estructuras eran firmes.
Los clientes comenzaban a recomendarlo.
Pero otro hombre observaba su éxito con resentimiento.
En lugar de mejorar su propio trabajo, decidió perjudicarlo.
Cuando alguien preguntaba por aquel carpintero, respondía:
—Yo no confiaría en él.
—¿Por qué?
—He escuchado que utiliza madera de mala calidad.
La acusación era falsa.
Pero el rumor comenzaba a circular.
En una sociedad donde la reputación podía determinar quién recibía el siguiente encargo, semejantes palabras podían causar un daño considerable.
También podían producirse robos de herramientas, ocultamiento de materiales o intentos de atribuir a otro los errores de una obra.
No afirmamos que estas escenas ocurrieran en una cuadrilla donde trabajó Jesús.
Son ejemplos de conflictos laborales posibles, construidos a partir de comportamientos humanos conocidos.
Y muestran algo importante: la codicia no siempre consiste en querer más dinero. A veces consiste en desear que otro tenga menos.
El engaño que quedaba escondido en la construcción
Había otra tentación.
Cobrar por un trabajo bien hecho y realizarlo de manera descuidada.
Una piedra mal asentada podía quedar oculta detrás de otras.
Una pieza de madera defectuosa podía instalarse donde el propietario no la examinara.
Un trabajador podía reducir la cantidad de material necesario para quedarse con una parte del dinero.
Al principio, la construcción parecía estar bien.
El cliente pagaba.
El constructor se marchaba.
Pero con el paso del tiempo aparecían las consecuencias.
Una puerta comenzaba a deformarse.
Una estructura perdía firmeza.
O una reparación tenía que realizarse nuevamente.
El engaño había producido una ganancia inmediata, pero había dejado un problema para otra persona.
Resulta interesante recordar que Jesús utilizó posteriormente el lenguaje de la construcción para enseñar acerca de la obediencia.
En Mateo 7:24-27 habló de un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca y de otro que construyó sobre la arena.
Cuando llegaron las lluvias, las inundaciones y los vientos, quedó demostrada la diferencia entre ambos fundamentos.
La enseñanza era espiritual.
Pero las imágenes pertenecían al mundo concreto de los edificios, los cimientos y las consecuencias de construir mal.
Jesús hablaba de una realidad que conocían quienes trabajaban con piedra y madera.
El dinero en las enseñanzas de Jesús
Durante su ministerio, Jesús habló frecuentemente de las riquezas.
No solamente de quienes poseían grandes fortunas.
También de las deudas, los administradores, los salarios y la fidelidad en el manejo de los bienes.
En una ocasión declaró:
«Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24, RVR1960).
Estas palabras señalan un peligro que puede manifestarse en cualquier nivel económico.
Un hombre rico puede aprovecharse de sus trabajadores.
Pero un trabajador también puede engañar a sus clientes.
Un encargado puede retener dinero ajeno.
Y un compañero puede perjudicar a otro para conseguir un contrato.
La codicia no pertenece exclusivamente a una clase social.
Aparece cuando el deseo de obtener una ganancia se vuelve más importante que la justicia.
Jesús también enseñó:
«El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto» (Lucas 16:10, RVR1960).
Una cuenta honesta.
Un salario entregado a tiempo.
Un trabajo realizado correctamente.
Una promesa cumplida.
Esas decisiones pueden parecer pequeñas.
Pero revelan el carácter de una persona.
Los hombres que esperaban ser contratados
Una de las parábolas de Jesús comienza con una escena que los trabajadores de Galilea podían comprender inmediatamente.
Un propietario sale temprano para contratar obreros para su viña.
Más tarde vuelve a salir y encuentra a otros hombres que todavía esperan trabajo.
Les pregunta por qué permanecen desocupados.
Ellos responden:
«Porque nadie nos ha contratado» (Mateo 20:7, RVR1960).
Detrás de aquellas palabras existe una realidad económica.
Los hombres necesitaban trabajar.
Habían salido de sus hogares esperando conseguir una oportunidad.
Pero las horas transcurrían y nadie los contrataba.
Cada momento que pasaba reducía sus posibilidades de llevar dinero a casa.
La parábola enseña acerca del reino de los cielos y de la generosidad del propietario.
Sin embargo, utiliza un escenario familiar para quienes dependían de un jornal.
Jesús sabía hablar del trabajo con una sencillez extraordinaria.
Sus oyentes podían imaginar inmediatamente a aquellos hombres esperando en la plaza.
El carpintero que conoció la vida de los trabajadores
Cuando recuerdo que Jesús fue conocido como carpintero, sus enseñanzas sobre el dinero adquieren para mí una profundidad especial.
Pienso en las jornadas que debió dedicar a su oficio.
En las herramientas que utilizaba.
En los materiales que debía preparar.
En el esfuerzo necesario para terminar correctamente un encargo.
Y en las relaciones humanas que acompañaban cualquier trabajo.
Si acudió a Séforis, pudo haber encontrado propietarios justos y agradecidos.
También pudo haber conocido clientes exigentes, encargados difíciles y compañeros interesados únicamente en su propio beneficio.
No sabemos qué disputas económicas, si alguna, enfrentó personalmente.
Pero el mundo laboral de su época conocía esos problemas.
Y Jesús vivió verdaderamente dentro de aquella sociedad.
No apareció ante las multitudes sin haber conocido primero las responsabilidades de la vida ordinaria.
Durante años fue reconocido por un oficio.
El Hijo de Dios aceptó ganarse el sustento mediante el trabajo de sus manos.
La honestidad que ninguna riqueza podía comprar
He conocido clientes que reciben un trabajo y después buscan cualquier excusa para no pagarlo.
Personas que cambian las condiciones cuando la obra ya está avanzada.
Que exigen más de lo contratado.
Y que consideran que el tiempo de los demás no merece respeto.
También he visto trabajadores que prometen algo que saben que no van a cumplir.
Que cobran por materiales que nunca utilizaron.
O que abandonan una obra después de recibir dinero.
Cuando pienso en esas experiencias y recuerdo los años de Jesús como carpintero, comprendo mejor la importancia de sus enseñanzas sobre la fidelidad.
En un mundo donde algunos hombres estaban dispuestos a engañar por unas cuantas monedas, Él vivió en perfecta obediencia al Padre.
No necesitó enriquecerse a costa de otros.
No necesitó aprovecharse de la debilidad ajena.
Ni convertir el dinero en el propósito de su existencia.
Su vida entera estuvo gobernada por una fidelidad absoluta.
Y eso hace todavía más extraordinaria la realidad de su encarnación.
Aquel que poseía todas las riquezas del cielo aceptó vivir como un trabajador entre los hombres.
Conoció el esfuerzo de las manos.
La responsabilidad de cumplir una tarea.
Y el mundo donde tantas personas luchaban diariamente por conseguir su sustento.
El dinero podía determinar quién contrataba y quién necesitaba trabajar. Pero jamás determinó la fidelidad del Hijo de Dios.
Reduce aún más las escenas repetidasSepara con más claridad hechos y reconstrucción
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