06. El orgullo de los poderosos y el desprecio hacia los humildes

Dr. Elio M Rivera

Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado

  El hombre llegó acompañado de dos sirvientes.

  Su túnica era de buena calidad. Llevaba un manto cuidadosamente acomodado sobre los hombros y caminaba con la seguridad de alguien acostumbrado a que los demás se apartaran para dejarlo pasar.

  Los trabajadores estaban levantando un muro junto a una residencia.

  Uno de ellos transportaba una piedra pesada. Otro preparaba mortero. Dos carpinteros ajustaban las piezas de madera destinadas a una entrada.

  Cuando el recién llegado se acercó, el encargado interrumpió inmediatamente sus instrucciones.

  —Ha llegado el señor.

  Algunos hombres dejaron de trabajar.

  Otros bajaron la mirada.

  El propietario examinó la construcción sin saludar.

  Después señaló una sección del muro.

  —¿Quién hizo esto?

  Un trabajador levantó la mano.

  —Yo, señor.

  El hombre observó la piedra durante unos instantes.

  —¿Eso es lo mejor que sabes hacer?

  El obrero intentó explicarle que todavía faltaba terminar aquella sección.

  Pero el propietario lo interrumpió.

  —No te he pedido explicaciones.

  Los demás permanecieron callados.

  El hombre continuó su recorrido, dando órdenes y criticando detalles, hasta que finalmente se marchó.

  Solamente entonces los trabajadores reanudaron sus conversaciones.

  La escena es imaginada, pero representa una realidad reconocible en las sociedades antiguas: el poder podía convertirse en una razón para tratar a los demás como si fueran inferiores.

Séforis, una ciudad de diferencias sociales

  Durante el gobierno de Herodes Antipas, Séforis ocupó una posición importante dentro de Galilea.

  La ciudad fue reconstruida y desarrollada como centro administrativo, y durante parte de aquel período estuvo vinculada directamente con las actividades del gobierno de Antipas.

  En sus calles podían encontrarse personas de diferentes condiciones económicas.

  Funcionarios relacionados con la administración.

  Comerciantes con recursos.

  Propietarios de tierras.

  Personas encargadas de supervisar propiedades.

  Soldados y servidores de las autoridades.

  Y hombres que dependían de su trabajo diario para sostener a sus familias.

  No todos vivían de la misma manera.

  Algunos disponían de viviendas cómodas, vestidos costosos y personas que realizaban tareas para ellos.

  Otros habitaban casas sencillas y tenían que trabajar desde temprano para conseguir lo necesario.

  La diferencia no se manifestaba solamente en el dinero.

  También aparecía en el trato.

  Un hombre influyente podía conseguir una audiencia con una autoridad.

  Otro debía esperar.

  Uno podía presentarse en una reunión importante y ser recibido con honores.

  Otro ni siquiera tenía permitido acercarse.

  Y en determinadas circunstancias, la posición social podía influir en la manera en que una persona era escuchada, respetada o ignorada.

  El mundo romano estaba profundamente marcado por las jerarquías.

  El honor público, la reputación, las relaciones con personas poderosas y el reconocimiento social tenían una importancia considerable.

  No bastaba con poseer riquezas. Muchos deseaban que todos supieran que las poseían.

Los hombres que vivían cerca del poder

  Herodes Antipas gobernaba Galilea como tetrarca bajo la autoridad de Roma.

  Su administración necesitaba funcionarios, colaboradores y personas encargadas de diferentes responsabilidades.

  Algunos hombres obtenían influencia por sus cargos.

  Otros por sus propiedades.

  Y otros por sus relaciones con personas cercanas al gobierno.

  En una sociedad semejante, conocer a alguien importante podía abrir puertas.

  Un hombre podía mencionar con orgullo que había estado en presencia de un funcionario.

  Otro presumía haber recibido una invitación a determinada reunión.

  Y alguno utilizaba el nombre de una autoridad para conseguir un trato preferencial.

  Imaginemos a un funcionario menor que visita una construcción.

  No es el propietario.

  Tampoco es quien paga directamente a los trabajadores.

  Pero representa a alguien influyente.

  Y desea que todos lo recuerden.

  Comienza a dar instrucciones que nadie le ha solicitado.

  Exige que se le atienda inmediatamente.

  Se molesta si un trabajador no reconoce su importancia.

  Y procura demostrar delante de los demás que sus palabras tienen autoridad.

  Tal vez su poder real sea limitado.

  Pero su necesidad de exhibirlo es enorme.

  El orgullo no siempre necesita una corona.

  A veces le basta un cargo pequeño y unas cuantas personas obligadas a escucharlo.

Cuando un hombre pobre entraba en una residencia rica

  Pensemos ahora en un carpintero que recibe el encargo de reparar una puerta dentro de una casa acomodada.

  Llega con sus herramientas.

  Sus manos muestran las señales del trabajo.

  Su ropa es sencilla.

  El sirviente que abre la entrada lo observa de arriba abajo.

  —Espera aquí.

  El carpintero permanece junto a la puerta.

  Pasan varios minutos.

  Finalmente aparece alguien encargado de la casa.

  —¿Qué necesitas?

  —Vengo a reparar la puerta.

  —No entres por aquí. Utiliza la entrada de servicio.

  El trabajador recoge sus herramientas y rodea la vivienda.

  Dentro descubre habitaciones espaciosas, muebles cuidadosamente elaborados y objetos que difícilmente podría comprar con el salario de muchas jornadas.

  Sin embargo, nadie parece interesado en conocer su nombre.

  Solamente quieren que termine su tarea y desaparezca.

  No todas las familias acomodadas trataban así a sus trabajadores. Sería injusto afirmarlo.

  Pero las diferencias de posición podían expresarse mediante gestos cotidianos de desprecio.

  No era necesario golpear a un hombre para humillarlo.

  Bastaba con hablarle como si no mereciera respeto.

  La pobreza podía convertirse, ante los ojos de los orgullosos, en una razón para negar a otro la dignidad que le correspondía.

El prestigio que debía ser visto

  En el mundo grecorromano, el honor ocupaba un lugar importante en la vida pública.

  Los hombres de posición buscaban reconocimiento.

  Deseaban ser invitados a reuniones importantes.

  Ocupar lugares distinguidos.

  Recibir saludos respetuosos.

  Y ser reconocidos por sus títulos, riquezas o relaciones.

  Una comida podía revelar claramente aquellas diferencias.

  No todos los invitados recibían el mismo lugar.

  Los asientos más distinguidos podían reservarse para personas consideradas importantes.

  La cercanía al anfitrión también podía expresar prestigio.

  Mientras unos disfrutaban de reconocimiento, otros permanecían en posiciones inferiores.

  Esta costumbre ayuda a comprender una escena que Jesús observó durante su ministerio.

  Lucas escribió:

  «Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa, refirió a los convidados una parábola» (Lucas 14:7, RVR1960).

  Jesús había visto a los invitados buscar los lugares de honor.

  Entonces les enseñó que no debían apresurarse a ocupar los primeros asientos.

  Y concluyó:

  «Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido» (Lucas 14:11, RVR1960).

  Aquellas palabras confrontaban una costumbre profundamente arraigada.

  Muchos hombres deseaban elevarse delante de los demás.

  Jesús enseñaba el valor de la humildad.

El desprecio hacia quienes no podían devolver un favor

  La riqueza también influía en las relaciones personales.

  Un hombre poderoso podía invitar a su mesa a personas capaces de favorecerlo.

  Amigos influyentes.

  Familiares acomodados.

  Vecinos con recursos.

  O funcionarios que pudieran ayudarlo en el futuro.

  Aquellas invitaciones podían fortalecer alianzas y aumentar el prestigio social.

  Pero ¿qué ocurría con quienes no tenían nada que ofrecer a cambio?

  Los pobres.

  Los enfermos.

  Las personas marginadas.

  Aquellos que no podían organizar un banquete para corresponder a la invitación.

  Jesús abordó precisamente esa realidad.

  Después de enseñar acerca de los primeros asientos, se dirigió al hombre que lo había invitado:

  «Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos» (Lucas 14:13, RVR1960).

  Era una enseñanza extraordinaria.

  Jesús estaba cuestionando una manera de relacionarse basada en el beneficio personal.

  La generosidad no debía limitarse a quienes podían devolver el favor.

  La dignidad de una persona no dependía de su capacidad económica.

  Ni de su posición social.

  Ni de las ventajas que pudiera ofrecer a un hombre poderoso.

El orgullo también podía existir entre los humildes

  Sería un error imaginar que solamente los ricos podían ser orgullosos.

  El orgullo también podía aparecer entre quienes tenían pocos recursos.

  Un trabajador podía despreciar a otro porque consideraba que su oficio era superior.

  Un constructor experimentado podía humillar a un muchacho que apenas comenzaba.

  Un hombre podía presumir su fuerza física y burlarse de quienes no podían cargar tanto peso.

  Otro podía considerar inferiores a los trabajadores procedentes de una aldea pequeña.

  Incluso entre personas que compartían condiciones económicas semejantes podían establecerse jerarquías.

  El más fuerte.

  El más experimentado.

  El que conocía al encargado.

  El que tenía mejores herramientas.

  El que había conseguido trabajar en una residencia importante.

  En ocasiones, un hombre que sufría desprecio de sus superiores terminaba tratando con la misma dureza a quienes estaban por debajo de él.

  Así, la humillación podía repetirse de una persona a otra.

  El problema no era solamente la riqueza.

  Era el corazón humano cuando necesitaba sentirse superior a alguien.

El carpintero al que muchos no reconocieron

  Hay algo profundamente conmovedor en la manera en que los habitantes de Nazaret reaccionaron cuando Jesús comenzó a enseñar públicamente.

  Lo habían visto crecer.

  Conocían a su familia.

  Sabían cuál era su oficio.

  Y cuando escucharon su sabiduría, algunos preguntaron:

  «¿No es éste el carpintero, hijo de María?» (Marcos 6:3, RVR1960).

  Aquella pregunta revela la dificultad que tenían para aceptar la autoridad de alguien a quien conocían como trabajador.

  No estaban contemplando a un hombre que hubiera adquirido prestigio mediante una carrera política.

  No era un funcionario de Herodes.

  No había llegado rodeado de sirvientes.

  Tampoco pertenecía a una familia conocida por gobernar Galilea.

  Era el carpintero de Nazaret.

  Y precisamente eso parecía impedirles reconocer la extraordinaria realidad que tenían delante.

  El Hijo eterno de Dios había vivido entre ellos.

  Había crecido en su aldea.

  Había trabajado con sus manos.

  Y ahora les hablaba con una autoridad que no podían explicar.

  Su origen humilde no disminuía su gloria. Revelaba hasta dónde había llegado su humillación voluntaria.

El Señor que se hizo siervo

  Durante su ministerio, Jesús enseñó a sus discípulos una manera de comprender la grandeza completamente diferente de la que predominaba entre los poderosos.

  Cuando surgieron discusiones relacionadas con los primeros lugares y la autoridad, les dijo:

  «Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:25-26, RVR1960).

  Aquellas palabras contrastaban dos formas de ejercer autoridad.

  Una buscaba dominar.

  La otra, servir.

  Una necesitaba demostrar superioridad.

  La otra reconocía las necesidades de los demás.

  Jesús no estaba enseñando que toda autoridad fuera ilegítima.

  Estaba confrontando la arrogancia de quienes utilizaban su posición para engrandecerse.

  Y su propia vida ofrecía el ejemplo supremo.

  El apóstol Pablo escribió:

  «Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7, RVR1960).

  Aquel que poseía una gloria incomparable aceptó la condición humana.

  No vino exigiendo que los hombres reconocieran inmediatamente su majestad.

  Nació en circunstancias humildes.

  Creció en Nazaret.

  Y fue conocido por su trabajo.

  Más adelante, durante la última cena, lavó los pies de sus discípulos.

  El Maestro realizó una tarea propia del servicio más humilde.

  Y después les dijo:

  «Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13:15, RVR1960).

  Los hombres buscaban lugares elevados.

  Jesús se inclinó para servir.

Lo que me impresiona al contemplar aquellos años

  He conocido personas que cambian completamente su manera de comportarse cuando adquieren dinero o autoridad.

  Antes saludaban con sencillez.

  Después comienzan a esperar que los demás se acerquen primero.

  Antes escuchaban.

  Después interrumpen.

  Antes trataban a todos de la misma manera.

  Después parecen medir el valor de cada persona según su posición económica.

  También he conocido hombres poderosos que conservan una humildad admirable.

  Personas capaces de tratar con el mismo respeto a un funcionario importante y a quien limpia el lugar donde trabajan.

  La diferencia no está solamente en la cantidad de dinero que poseen.

  Está en la manera en que consideran a los demás.

  Cuando pienso en Séforis, imagino el contraste entre las residencias de los hombres acomodados y las viviendas sencillas de los trabajadores.

  Entre quienes daban órdenes y quienes cargaban las piedras.

  Entre quienes buscaban reconocimiento y quienes regresaban cansados a sus hogares.

  Y entonces recuerdo que Jesucristo eligió vivir entre estos últimos.

  No sabemos si trabajó personalmente en las residencias de los funcionarios de Herodes Antipas.

  Pero sabemos que fue conocido como carpintero.

  Y que durante años vivió sin el reconocimiento público que acompañaría posteriormente a su ministerio.

  Eso me conmueve.

  Porque aquel que merecía toda honra aceptó una existencia que muchos hombres orgullosos habrían considerado demasiado humilde.

La verdadera grandeza

  Los funcionarios podían presumir sus cargos.

  Los propietarios podían exhibir sus riquezas.

  Los hombres influyentes podían exigir reconocimiento.

  Y quienes ocupaban lugares distinguidos podían mirar con desprecio a los trabajadores sencillos.

  Pero ninguno de aquellos privilegios determinaba el verdadero valor de una persona.

  Jesús enseñó que la grandeza delante de Dios no consistía en dominar a los demás.

  Consistía en servir.

  Y no se limitó a pronunciar esas palabras.

  Las vivió.

  «Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28, RVR1960).

  Al contemplar al carpintero de Nazaret, encuentro una de las expresiones más extraordinarias de la humildad divina.

  El Señor de la gloria aceptó trabajar con sus manos.

  El Creador de todas las cosas vivió entre hombres que apenas podían comprender quién era.

  Y aquel ante quien toda rodilla se doblará no consideró indigno ocupar un lugar humilde entre nosotros.

  Mientras los hombres de Séforis podían esforzarse por alcanzar posiciones cada vez más elevadas, el Hijo eterno de Dios había descendido voluntariamente hasta nuestra condición humana.

  No vino a demostrar su grandeza humillando a los pequeños. Vino a revelar su grandeza sirviéndolos.

Conecta más directamente a Jesús con SéforisReduce las escenas imaginadas repetitivas

“Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.