07. Santo en medio de un mundo imperfecto

Dr. Elio M Rivera

Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado

  Terminaba la jornada.

  Los hombres recogían sus herramientas.

  El ruido de los golpes sobre la piedra comenzaba a desaparecer. Los trabajadores se sacudían el polvo de la ropa, buscaban sus pertenencias y se preparaban para regresar a sus hogares.

  Algunos todavía conversaban.

  Otros estaban demasiado cansados para hablar.

  Uno se quejaba del dolor de espalda.

  Otro examinaba una herida pequeña en su mano.

  Y alguno pensaba en el largo camino que todavía debía recorrer.

  Imaginemos por un momento a Jesús al terminar una jornada de trabajo.

  No sabemos si aquella tarde se encontraba en Nazaret o si había acudido a alguna construcción de Séforis.

  Pero sabemos que fue conocido como carpintero.

  Que creció en una familia.

  Y que durante muchos años vivió lejos de las multitudes que posteriormente escucharían sus enseñanzas.

  Si trabajó en Séforis, el camino de regreso a Nazaret lo habría llevado por las colinas de Galilea.

  El aire podía ser frío durante el invierno.

  El calor podía resultar agotador en verano.

  Y después de una jornada de esfuerzo físico, todavía quedaba regresar a casa.

  Aquella vida ordinaria encierra una verdad extraordinaria.

  El hombre que regresaba del trabajo era el Hijo eterno de Dios.

Jesús, el Dios que aceptó nuestra condición humana

  Hay algo que nunca deja de asombrarme cuando contemplo la encarnación.

  Dios no envió a su Hijo a representar superficialmente la vida humana.

  No vino solamente a parecer un hombre.

  Se hizo verdaderamente hombre.

  Tuvo un cuerpo humano.

  Creció desde la infancia hasta la edad adulta.

  Experimentó el hambre.

  La sed.

  El cansancio.

  El dolor.

  Y las necesidades propias de nuestra existencia.

  Cuando era niño, necesitó el cuidado de María y José.

  Tuvo que aprender las habilidades ordinarias de la vida.

  Conoció las responsabilidades familiares.

  Y llegó a ejercer un oficio mediante el cual fue identificado por sus vecinos.

  El apóstol Pablo escribió:

  «Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7, RVR1960).

  Aquellas palabras no significan que Jesús dejara de ser Dios.

  Significan que el Hijo eterno asumió verdaderamente nuestra humanidad.

  No perdió su naturaleza divina.

  Tomó naturaleza humana.

  Y aceptó vivir dentro de las condiciones propias de nuestra existencia.

  El Creador entró en el mundo que había creado.

  No como un visitante que permanecía distante de nuestras circunstancias.

  Sino como uno de nosotros.

Treinta años que no fueron insignificantes

  Los Evangelios dedican relativamente poco espacio a los años transcurridos entre la infancia de Jesús y el comienzo de su ministerio público.

  Conocemos algunos acontecimientos.

  Su presentación en el templo.

  Su crecimiento en Nazaret.

  Su visita a Jerusalén cuando tenía doce años.

  Y el hecho de que fue conocido por su oficio.

  Después, el relato bíblico avanza hasta los acontecimientos que precedieron su ministerio.

  Pero el silencio de los Evangelios no significa que aquellos años carecieran de importancia.

  Jesús vivió cada uno de ellos.

  No dejó de ser el Hijo de Dios mientras crecía.

  No suspendió su obediencia al Padre durante su juventud.

  Y no comenzó a ser santo cuando Juan lo bautizó en el Jordán.

  Aquellos años también pertenecen a la vida del Salvador.

  Fueron años de existencia humana real.

  De responsabilidades ordinarias.

  De convivencia familiar.

  De aprendizaje y trabajo.

  Mientras Roma gobernaba extensos territorios y Herodes Antipas administraba Galilea, Jesús crecía en una pequeña población.

  Los hombres poderosos tomaban decisiones que afectaban a miles de personas.

  Los comerciantes negociaban.

  Los constructores levantaban edificios.

  Y el Hijo de Dios vivía en Nazaret.

  Sin que la mayoría de los habitantes de aquella región comprendiera quién estaba entre ellos.

Una humanidad rodeada de pecado

  Durante esta serie hemos considerado diferentes aspectos del mundo que Jesús pudo haber conocido.

  No para imaginar una vida oculta llena de acontecimientos que las Escrituras no registran.

  Sino para comprender la sociedad en la que ocurrió su encarnación.

  La humanidad de aquel tiempo no era moralmente perfecta.

  Tampoco lo es la nuestra.

  Existían personas honestas y generosas.

  Familias que procuraban vivir con fidelidad.

  Hombres que trabajaban responsablemente.

  Mujeres que sostenían sus hogares con sacrificio.

  Y personas que temían sinceramente a Dios.

  Pero también existían la injusticia, la corrupción, la inmoralidad y la crueldad.

  El mundo en el que Jesús nació conocía las consecuencias del pecado.

  Los ricos podían abusar de los pobres.

  Los poderosos podían despreciar a los humildes.

  Los hombres podían traicionarse unos a otros.

  Y las relaciones humanas podían deteriorarse por la envidia, la codicia y el orgullo.

  En medio de aquella humanidad vivió Jesucristo.

  No porque compartiera su pecado.

  Sino porque había venido a salvar a los pecadores.

  La santidad del Hijo de Dios no requería que el mundo a su alrededor fuera santo.

Tentado, pero sin pecado

  Al estudiar la humanidad de Jesucristo debemos conservar dos verdades que las Escrituras presentan juntas.

  Jesús fue verdaderamente hombre.

  Y Jesús jamás pecó.

  La carta a los Hebreos declara:

  «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).

  Esta declaración es extraordinaria.

  No presenta a un Salvador incapaz de comprender la experiencia humana.

  Habla de alguien que conoció verdaderamente la tentación.

  Los Evangelios registran de manera expresa las tentaciones que enfrentó en el desierto.

  También muestran la oposición, el rechazo y los sufrimientos que experimentó durante su ministerio.

  Sin embargo, Hebreos añade una expresión decisiva:

  «Pero sin pecado».

  Jesús nunca cedió a la maldad.

  Nunca actuó contra la voluntad de su Padre.

  Nunca necesitó arrepentirse de una transgresión.

  No debemos atribuirle pensamientos pecaminosos, deseos corruptos ni experiencias particulares que la Escritura no describe.

  La tentación que enfrentó fue real, pero su santidad permaneció perfecta.

  Por eso puede comprender nuestras debilidades sin haber participado de nuestros pecados.

  Conoció la prueba sin conocer la culpa del pecado propio.

La obediencia que llegó hasta la cruz

  La vida de Jesús no terminó en las calles de Nazaret ni en las construcciones de Galilea.

  Llegó el día en que dejó atrás su vida de trabajo ordinario y comenzó a anunciar el reino de Dios.

  Recorrió aldeas.

  Enseñó en las sinagogas.

  Sanó enfermos.

  Recibió a personas despreciadas.

  Y proclamó el arrepentimiento y la salvación.

  Pero su misión tenía un destino que iba mucho más allá de sus enseñanzas.

  Había venido a entregar su vida.

  Pablo, después de declarar que tomó forma de siervo, escribió:

  «Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).

  La obediencia que caracterizó su infancia y juventud continuó durante su ministerio.

  Y alcanzó su expresión suprema en el Calvario.

  El que había trabajado con sus manos permitió que aquellas manos fueran clavadas en una cruz.

  El que había recorrido los caminos de Galilea fue llevado al lugar de su ejecución.

  El que jamás había cometido pecado murió por los pecadores.

  Aquella muerte no fue el fracaso de su misión.

  Fue el cumplimiento del propósito por el cual había venido.

  El Hijo de Dios no solamente aceptó vivir en nuestro mundo. Aceptó entregar su vida para redimirnos.

Aquel día en Séforis

  Todavía recuerdo aquella visita.

  Era invierno.

  Habíamos llegado a Séforis y, cuando abrí la puerta del automóvil, una ráfaga de viento helado golpeó mi rostro.

  Sentí el frío inmediatamente.

  Entonces apareció en mi mente un pensamiento que me conmovió profundamente:

  «Él tuvo frío».

  No fue una reflexión complicada.

  Fueron solamente tres palabras.

  Pero me hicieron contemplar la humanidad de Jesús de una manera que nunca había experimentado.

  Miré hacia las colinas.

  Pensé en Nazaret.

  En la distancia entre aquellas poblaciones.

  En los caminos que recorrían los trabajadores.

  Y en la posibilidad de que Jesús hubiera caminado por aquella región durante sus años de oficio.

  Imaginé el frío de una mañana de invierno.

  El cansancio después de una jornada.

  El polvo adherido a la ropa.

  Y el regreso a casa cuando comenzaba a oscurecer.

  Entonces lloré.

  No porque hubiera descubierto un acontecimiento desconocido de su vida.

  Sino porque una verdad que conocía desde hacía muchos años adquirió una profundidad diferente.

  Jesucristo había sido verdaderamente hombre.

  No había contemplado nuestra existencia solamente desde el cielo.

  Había venido a vivirla.

  Y todo aquello lo había aceptado voluntariamente.

El amor del Padre y la obediencia del Hijo

  Como padre, siempre he deseado proteger a mis hijos.

  Evitarles sufrimientos.

  Alejarlos de ambientes peligrosos.

  Impedir, hasta donde me fuera posible, que fueran lastimados por la maldad de otras personas.

  Por eso, cuando comencé a reflexionar sobre la vida de Jesús entre los hombres, me resultó profundamente conmovedor considerar lo que significaba que el Padre hubiera enviado a su Hijo a nuestro mundo.

  No lo envió a una humanidad perfecta.

  Lo envió a una humanidad necesitada de redención.

  Un mundo donde existían el dolor, el desprecio, la injusticia y la muerte.

  Y el Hijo vino voluntariamente.

  No fue obligado contra su voluntad.

  No llegó ignorando el sufrimiento que le esperaba.

  Vino en perfecta unidad con el propósito del Padre.

  Jesús mismo declaró:

  «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo» (Juan 10:17-18, RVR1960).

  ¡Qué amor tan extraordinario!

  El Padre envió a su Hijo.

  Y el Hijo aceptó venir.

  Vivió entre nosotros.

  Permaneció santo.

  Y entregó su vida por nuestra salvación.

«Y habitó entre nosotros»

  Cuando el apóstol Juan escribió acerca de la encarnación, utilizó palabras que resumen una de las verdades más profundas de nuestra fe:

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).

  Habitó entre nosotros.

  No solamente durante los días de sus milagros.

  No solamente cuando predicaba ante las multitudes.

  También durante su infancia.

  Durante su juventud.

  Durante aquellos años de trabajo que transcurrieron lejos de la atención pública.

  Habitó entre nosotros cuando era conocido como el hijo de María.

  Cuando sus vecinos lo identificaban como carpintero.

  Cuando las personas que lo rodeaban todavía no comprendían plenamente quién era.

  Y mientras vivía aquella existencia humana, jamás dejó de ser el Hijo eterno de Dios.

  El Verbo se hizo carne sin dejar de ser el Verbo.

  El Santo vivió entre pecadores sin cometer pecado.

  El Señor de la gloria tomó forma de siervo.

  Y aquel que no tenía necesidad de ser redimido vino para redimirnos.

El carpintero era el Salvador

  Al terminar esta serie, regreso con el pensamiento a las colinas de Galilea.

  A Nazaret.

  A los caminos de piedra y tierra.

  A las construcciones que requerían el esfuerzo de tantos trabajadores.

  Y a la posibilidad de que Jesús hubiera conocido de cerca la vida laboral de Séforis.

  Nunca sabremos todos los detalles de aquellos años.

  Los Evangelios no fueron escritos para satisfacer cada una de nuestras curiosidades históricas.

  Pero nos han revelado lo que verdaderamente necesitamos conocer.

  Jesús fue hombre.

  Fue santo.

  Fue obediente.

  Y vino a salvarnos.

  No necesito saber cuántas puertas construyó.

  Cuántos muros levantó.

  Ni cuántos kilómetros caminó para llegar a una obra.

  Me basta comprender que aquel que poseía toda la gloria del cielo aceptó una existencia humilde entre nosotros.

  Y que su vida entera, desde Belén hasta el Calvario, fue una expresión perfecta de obediencia al Padre.

  Todavía puedo recordar el viento frío de aquella mañana en Séforis.

  Y aquellas tres palabras que llegaron a mi corazón:

  «Él tuvo frío».

  Ahora, al concluir estas reflexiones, comprendo que detrás de aquella experiencia había una verdad mucho mayor.

  Aquel que sintió el frío de nuestro mundo había venido a salvarlo.

  Y aquel que trabajó entre los hombres era el mismo que un día extendería sus brazos sobre la cruz.

  Santo en medio de un mundo imperfecto.

  Verdaderamente hombre. Verdaderamente Dios.

  Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Una invitación a conocer la vida de los constructores de Galilea

  Al terminar esta serie, comprendí que todavía quedaba mucho por contar acerca del mundo de los trabajadores en los tiempos de Jesús.

  ¿Cómo era realmente una jornada de trabajo? ¿Qué dificultades enfrentaban los carpinteros y constructores? ¿Cómo conseguían sus encargos? ¿Qué sucedía cuando enfermaban, cuando faltaba el trabajo o cuando tenían que sostener a sus familias con salarios insuficientes?

  Quería explorar esas realidades con mayor profundidad. Sin embargo, había algo que me preocupaba profundamente: no deseaba atribuirle a Jesucristo conversaciones, experiencias o acontecimientos que las Sagradas Escrituras no registran.

  Por esa razón decidí escribir una nueva serie en forma de novela histórica, titulada:

  «El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea».

  Para desarrollarla creé un personaje ficticio llamado David, un carpintero y constructor de Nazaret que vive en los tiempos de Jesús.

  A través de su historia podremos acompañarlo desde las primeras horas de la mañana, caminar con él hacia las construcciones de Séforis, conocer a sus compañeros, entrar en su hogar y descubrir las alegrías, preocupaciones, enfermedades, conflictos e injusticias que podían formar parte de la vida de un trabajador galileo.

  David tendrá una familia, amigos, dificultades económicas y experiencias que nos permitirán comprender mejor aquella época.

  Su historia será ficticia, pero estará ambientada en las condiciones históricas y sociales que conocemos de la Galilea del siglo primero.

  Y mientras seguimos la vida de David, estableceremos un paralelismo con el mundo cotidiano en el que también vivió Jesucristo.

  No pretendo afirmar que Jesús experimentó todo lo que vivirá nuestro personaje. Tampoco pondré en labios del Señor palabras que los Evangelios no registran ni inventaré acontecimientos de su vida.

  Mi propósito es diferente: utilizar la vida imaginaria de un trabajador para ayudarnos a comprender el mundo real en el que el Hijo de Dios aceptó hacerse hombre.

  Quiero que el lector pueda sentir el frío de una mañana galilea, el cansancio después de cargar piedras, la preocupación de un padre que necesita llevar alimento a su hogar y la incertidumbre de quien no sabe si tendrá trabajo al día siguiente.

  Y que, al conocer aquellas circunstancias, recuerde que Jesucristo también creció en Nazaret, fue conocido como carpintero y compartió verdaderamente nuestra condición humana, aunque jamás cometió pecado.

  Por eso, los invito a acompañarme en esta nueva serie:

  «El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea».

  Conoceremos la historia de David, un hombre imaginario que nos ayudará a recorrer el mundo de los constructores del siglo primero.

  Pero detrás de cada jornada, de cada camino y de cada dificultad, habrá una verdad que deseo que permanezca en nuestro corazón:

  Mientras David es un personaje nacido de nuestra imaginación, Jesús de Nazaret fue real. Vivió entre nosotros, trabajó con sus manos y es el Hijo eterno de Dios que vino para salvarnos.

“Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.