Dr. Elio M Rivera
Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
El hombre llegó acompañado de dos sirvientes.
Su túnica era de buena calidad. Llevaba un manto cuidadosamente acomodado sobre los hombros y caminaba con la seguridad de alguien acostumbrado a que los demás se apartaran para dejarlo pasar.
Los trabajadores estaban levantando un muro junto a una residencia.
Uno de ellos transportaba una piedra pesada. Otro preparaba mortero. Dos carpinteros ajustaban las piezas de madera destinadas a una entrada.
Cuando el recién llegado se acercó, el encargado interrumpió inmediatamente sus instrucciones.
—Ha llegado el señor.
Algunos hombres dejaron de trabajar.
Otros bajaron la mirada.
El propietario examinó la construcción sin saludar.
Después señaló una sección del muro.
—¿Quién hizo esto?
Un trabajador levantó la mano.
—Yo, señor.
El hombre observó la piedra durante unos instantes.
—¿Eso es lo mejor que sabes hacer?
El obrero intentó explicarle que todavía faltaba terminar aquella sección.
Pero el propietario lo interrumpió.
—No te he pedido explicaciones.
Los demás permanecieron callados.
El hombre continuó su recorrido, dando órdenes y criticando detalles, hasta que finalmente se marchó.
Solamente entonces los trabajadores reanudaron sus conversaciones.
La escena es imaginada, pero representa una realidad reconocible en las sociedades antiguas: el poder podía convertirse en una razón para tratar a los demás como si fueran inferiores.

Séforis, una ciudad de diferencias sociales
Durante el gobierno de Herodes Antipas, Séforis ocupó una posición importante dentro de Galilea.
La ciudad fue reconstruida y desarrollada como centro administrativo, y durante parte de aquel período estuvo vinculada directamente con las actividades del gobierno de Antipas.
En sus calles podían encontrarse personas de diferentes condiciones económicas.
Funcionarios relacionados con la administración.
Comerciantes con recursos.
Propietarios de tierras.
Personas encargadas de supervisar propiedades.
Soldados y servidores de las autoridades.
Y hombres que dependían de su trabajo diario para sostener a sus familias.
No todos vivían de la misma manera.
Algunos disponían de viviendas cómodas, vestidos costosos y personas que realizaban tareas para ellos.
Otros habitaban casas sencillas y tenían que trabajar desde temprano para conseguir lo necesario.
La diferencia no se manifestaba solamente en el dinero.
También aparecía en el trato.
Un hombre influyente podía conseguir una audiencia con una autoridad.
Otro debía esperar.
Uno podía presentarse en una reunión importante y ser recibido con honores.
Otro ni siquiera tenía permitido acercarse.
Y en determinadas circunstancias, la posición social podía influir en la manera en que una persona era escuchada, respetada o ignorada.
El mundo romano estaba profundamente marcado por las jerarquías.
El honor público, la reputación, las relaciones con personas poderosas y el reconocimiento social tenían una importancia considerable.
No bastaba con poseer riquezas. Muchos deseaban que todos supieran que las poseían.
Los hombres que vivían cerca del poder
Herodes Antipas gobernaba Galilea como tetrarca bajo la autoridad de Roma.
Su administración necesitaba funcionarios, colaboradores y personas encargadas de diferentes responsabilidades.
Algunos hombres obtenían influencia por sus cargos.
Otros por sus propiedades.
Y otros por sus relaciones con personas cercanas al gobierno.
En una sociedad semejante, conocer a alguien importante podía abrir puertas.
Un hombre podía mencionar con orgullo que había estado en presencia de un funcionario.
Otro presumía haber recibido una invitación a determinada reunión.
Y alguno utilizaba el nombre de una autoridad para conseguir un trato preferencial.
Imaginemos a un funcionario menor que visita una construcción.
No es el propietario.
Tampoco es quien paga directamente a los trabajadores.
Pero representa a alguien influyente.
Y desea que todos lo recuerden.
Comienza a dar instrucciones que nadie le ha solicitado.
Exige que se le atienda inmediatamente.
Se molesta si un trabajador no reconoce su importancia.
Y procura demostrar delante de los demás que sus palabras tienen autoridad.
Tal vez su poder real sea limitado.
Pero su necesidad de exhibirlo es enorme.
El orgullo no siempre necesita una corona.
A veces le basta un cargo pequeño y unas cuantas personas obligadas a escucharlo.
Cuando un hombre pobre entraba en una residencia rica
Pensemos ahora en un carpintero que recibe el encargo de reparar una puerta dentro de una casa acomodada.
Llega con sus herramientas.
Sus manos muestran las señales del trabajo.
Su ropa es sencilla.
El sirviente que abre la entrada lo observa de arriba abajo.
—Espera aquí.
El carpintero permanece junto a la puerta.
Pasan varios minutos.
Finalmente aparece alguien encargado de la casa.
—¿Qué necesitas?
—Vengo a reparar la puerta.
—No entres por aquí. Utiliza la entrada de servicio.
El trabajador recoge sus herramientas y rodea la vivienda.
Dentro descubre habitaciones espaciosas, muebles cuidadosamente elaborados y objetos que difícilmente podría comprar con el salario de muchas jornadas.
Sin embargo, nadie parece interesado en conocer su nombre.
Solamente quieren que termine su tarea y desaparezca.
No todas las familias acomodadas trataban así a sus trabajadores. Sería injusto afirmarlo.
Pero las diferencias de posición podían expresarse mediante gestos cotidianos de desprecio.
No era necesario golpear a un hombre para humillarlo.
Bastaba con hablarle como si no mereciera respeto.
La pobreza podía convertirse, ante los ojos de los orgullosos, en una razón para negar a otro la dignidad que le correspondía.
El prestigio que debía ser visto
En el mundo grecorromano, el honor ocupaba un lugar importante en la vida pública.
Los hombres de posición buscaban reconocimiento.
Deseaban ser invitados a reuniones importantes.
Ocupar lugares distinguidos.
Recibir saludos respetuosos.
Y ser reconocidos por sus títulos, riquezas o relaciones.
Una comida podía revelar claramente aquellas diferencias.
No todos los invitados recibían el mismo lugar.
Los asientos más distinguidos podían reservarse para personas consideradas importantes.
La cercanía al anfitrión también podía expresar prestigio.
Mientras unos disfrutaban de reconocimiento, otros permanecían en posiciones inferiores.
Esta costumbre ayuda a comprender una escena que Jesús observó durante su ministerio.
Lucas escribió:
«Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa, refirió a los convidados una parábola» (Lucas 14:7, RVR1960).
Jesús había visto a los invitados buscar los lugares de honor.
Entonces les enseñó que no debían apresurarse a ocupar los primeros asientos.
Y concluyó:
«Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido» (Lucas 14:11, RVR1960).
Aquellas palabras confrontaban una costumbre profundamente arraigada.
Muchos hombres deseaban elevarse delante de los demás.
Jesús enseñaba el valor de la humildad.
El desprecio hacia quienes no podían devolver un favor
La riqueza también influía en las relaciones personales.
Un hombre poderoso podía invitar a su mesa a personas capaces de favorecerlo.
Amigos influyentes.
Familiares acomodados.
Vecinos con recursos.
O funcionarios que pudieran ayudarlo en el futuro.
Aquellas invitaciones podían fortalecer alianzas y aumentar el prestigio social.
Pero ¿qué ocurría con quienes no tenían nada que ofrecer a cambio?
Los pobres.
Los enfermos.
Las personas marginadas.
Aquellos que no podían organizar un banquete para corresponder a la invitación.
Jesús abordó precisamente esa realidad.
Después de enseñar acerca de los primeros asientos, se dirigió al hombre que lo había invitado:
«Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos» (Lucas 14:13, RVR1960).
Era una enseñanza extraordinaria.
Jesús estaba cuestionando una manera de relacionarse basada en el beneficio personal.
La generosidad no debía limitarse a quienes podían devolver el favor.
La dignidad de una persona no dependía de su capacidad económica.
Ni de su posición social.
Ni de las ventajas que pudiera ofrecer a un hombre poderoso.
El orgullo también podía existir entre los humildes
Sería un error imaginar que solamente los ricos podían ser orgullosos.
El orgullo también podía aparecer entre quienes tenían pocos recursos.
Un trabajador podía despreciar a otro porque consideraba que su oficio era superior.
Un constructor experimentado podía humillar a un muchacho que apenas comenzaba.
Un hombre podía presumir su fuerza física y burlarse de quienes no podían cargar tanto peso.
Otro podía considerar inferiores a los trabajadores procedentes de una aldea pequeña.
Incluso entre personas que compartían condiciones económicas semejantes podían establecerse jerarquías.
El más fuerte.
El más experimentado.
El que conocía al encargado.
El que tenía mejores herramientas.
El que había conseguido trabajar en una residencia importante.
En ocasiones, un hombre que sufría desprecio de sus superiores terminaba tratando con la misma dureza a quienes estaban por debajo de él.
Así, la humillación podía repetirse de una persona a otra.
El problema no era solamente la riqueza.
Era el corazón humano cuando necesitaba sentirse superior a alguien.
El carpintero al que muchos no reconocieron
Hay algo profundamente conmovedor en la manera en que los habitantes de Nazaret reaccionaron cuando Jesús comenzó a enseñar públicamente.
Lo habían visto crecer.
Conocían a su familia.
Sabían cuál era su oficio.
Y cuando escucharon su sabiduría, algunos preguntaron:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María?» (Marcos 6:3, RVR1960).
Aquella pregunta revela la dificultad que tenían para aceptar la autoridad de alguien a quien conocían como trabajador.
No estaban contemplando a un hombre que hubiera adquirido prestigio mediante una carrera política.
No era un funcionario de Herodes.
No había llegado rodeado de sirvientes.
Tampoco pertenecía a una familia conocida por gobernar Galilea.
Era el carpintero de Nazaret.
Y precisamente eso parecía impedirles reconocer la extraordinaria realidad que tenían delante.
El Hijo eterno de Dios había vivido entre ellos.
Había crecido en su aldea.
Había trabajado con sus manos.
Y ahora les hablaba con una autoridad que no podían explicar.
Su origen humilde no disminuía su gloria. Revelaba hasta dónde había llegado su humillación voluntaria.
El Señor que se hizo siervo
Durante su ministerio, Jesús enseñó a sus discípulos una manera de comprender la grandeza completamente diferente de la que predominaba entre los poderosos.
Cuando surgieron discusiones relacionadas con los primeros lugares y la autoridad, les dijo:
«Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:25-26, RVR1960).
Aquellas palabras contrastaban dos formas de ejercer autoridad.
Una buscaba dominar.
La otra, servir.
Una necesitaba demostrar superioridad.
La otra reconocía las necesidades de los demás.
Jesús no estaba enseñando que toda autoridad fuera ilegítima.
Estaba confrontando la arrogancia de quienes utilizaban su posición para engrandecerse.
Y su propia vida ofrecía el ejemplo supremo.
El apóstol Pablo escribió:
«Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7, RVR1960).
Aquel que poseía una gloria incomparable aceptó la condición humana.
No vino exigiendo que los hombres reconocieran inmediatamente su majestad.
Nació en circunstancias humildes.
Creció en Nazaret.
Y fue conocido por su trabajo.
Más adelante, durante la última cena, lavó los pies de sus discípulos.
El Maestro realizó una tarea propia del servicio más humilde.
Y después les dijo:
«Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13:15, RVR1960).
Los hombres buscaban lugares elevados.
Jesús se inclinó para servir.
Lo que me impresiona al contemplar aquellos años
He conocido personas que cambian completamente su manera de comportarse cuando adquieren dinero o autoridad.
Antes saludaban con sencillez.
Después comienzan a esperar que los demás se acerquen primero.
Antes escuchaban.
Después interrumpen.
Antes trataban a todos de la misma manera.
Después parecen medir el valor de cada persona según su posición económica.
También he conocido hombres poderosos que conservan una humildad admirable.
Personas capaces de tratar con el mismo respeto a un funcionario importante y a quien limpia el lugar donde trabajan.
La diferencia no está solamente en la cantidad de dinero que poseen.
Está en la manera en que consideran a los demás.
Cuando pienso en Séforis, imagino el contraste entre las residencias de los hombres acomodados y las viviendas sencillas de los trabajadores.
Entre quienes daban órdenes y quienes cargaban las piedras.
Entre quienes buscaban reconocimiento y quienes regresaban cansados a sus hogares.
Y entonces recuerdo que Jesucristo eligió vivir entre estos últimos.
No sabemos si trabajó personalmente en las residencias de los funcionarios de Herodes Antipas.
Pero sabemos que fue conocido como carpintero.
Y que durante años vivió sin el reconocimiento público que acompañaría posteriormente a su ministerio.
Eso me conmueve.
Porque aquel que merecía toda honra aceptó una existencia que muchos hombres orgullosos habrían considerado demasiado humilde.
La verdadera grandeza
Los funcionarios podían presumir sus cargos.
Los propietarios podían exhibir sus riquezas.
Los hombres influyentes podían exigir reconocimiento.
Y quienes ocupaban lugares distinguidos podían mirar con desprecio a los trabajadores sencillos.
Pero ninguno de aquellos privilegios determinaba el verdadero valor de una persona.
Jesús enseñó que la grandeza delante de Dios no consistía en dominar a los demás.
Consistía en servir.
Y no se limitó a pronunciar esas palabras.
Las vivió.
«Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28, RVR1960).
Al contemplar al carpintero de Nazaret, encuentro una de las expresiones más extraordinarias de la humildad divina.
El Señor de la gloria aceptó trabajar con sus manos.
El Creador de todas las cosas vivió entre hombres que apenas podían comprender quién era.
Y aquel ante quien toda rodilla se doblará no consideró indigno ocupar un lugar humilde entre nosotros.
Mientras los hombres de Séforis podían esforzarse por alcanzar posiciones cada vez más elevadas, el Hijo eterno de Dios había descendido voluntariamente hasta nuestra condición humana.
No vino a demostrar su grandeza humillando a los pequeños. Vino a revelar su grandeza sirviéndolos.
Conecta más directamente a Jesús con SéforisReduce las escenas imaginadas repetitivas
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Dr. Elio M Rivera
Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
Terminaba la jornada.
Los hombres recogían sus herramientas.
El ruido de los golpes sobre la piedra comenzaba a desaparecer. Los trabajadores se sacudían el polvo de la ropa, buscaban sus pertenencias y se preparaban para regresar a sus hogares.
Algunos todavía conversaban.
Otros estaban demasiado cansados para hablar.
Uno se quejaba del dolor de espalda.
Otro examinaba una herida pequeña en su mano.
Y alguno pensaba en el largo camino que todavía debía recorrer.
Imaginemos por un momento a Jesús al terminar una jornada de trabajo.
No sabemos si aquella tarde se encontraba en Nazaret o si había acudido a alguna construcción de Séforis.
Pero sabemos que fue conocido como carpintero.
Que creció en una familia.
Y que durante muchos años vivió lejos de las multitudes que posteriormente escucharían sus enseñanzas.
Si trabajó en Séforis, el camino de regreso a Nazaret lo habría llevado por las colinas de Galilea.
El aire podía ser frío durante el invierno.
El calor podía resultar agotador en verano.
Y después de una jornada de esfuerzo físico, todavía quedaba regresar a casa.
Aquella vida ordinaria encierra una verdad extraordinaria.
El hombre que regresaba del trabajo era el Hijo eterno de Dios.

Jesús, el Dios que aceptó nuestra condición humana
Hay algo que nunca deja de asombrarme cuando contemplo la encarnación.
Dios no envió a su Hijo a representar superficialmente la vida humana.
No vino solamente a parecer un hombre.
Se hizo verdaderamente hombre.
Tuvo un cuerpo humano.
Creció desde la infancia hasta la edad adulta.
Experimentó el hambre.
La sed.
El cansancio.
El dolor.
Y las necesidades propias de nuestra existencia.
Cuando era niño, necesitó el cuidado de María y José.
Tuvo que aprender las habilidades ordinarias de la vida.
Conoció las responsabilidades familiares.
Y llegó a ejercer un oficio mediante el cual fue identificado por sus vecinos.
El apóstol Pablo escribió:
«Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7, RVR1960).
Aquellas palabras no significan que Jesús dejara de ser Dios.
Significan que el Hijo eterno asumió verdaderamente nuestra humanidad.
No perdió su naturaleza divina.
Tomó naturaleza humana.
Y aceptó vivir dentro de las condiciones propias de nuestra existencia.
El Creador entró en el mundo que había creado.
No como un visitante que permanecía distante de nuestras circunstancias.
Sino como uno de nosotros.
Treinta años que no fueron insignificantes
Los Evangelios dedican relativamente poco espacio a los años transcurridos entre la infancia de Jesús y el comienzo de su ministerio público.
Conocemos algunos acontecimientos.
Su presentación en el templo.
Su crecimiento en Nazaret.
Su visita a Jerusalén cuando tenía doce años.
Y el hecho de que fue conocido por su oficio.
Después, el relato bíblico avanza hasta los acontecimientos que precedieron su ministerio.
Pero el silencio de los Evangelios no significa que aquellos años carecieran de importancia.
Jesús vivió cada uno de ellos.
No dejó de ser el Hijo de Dios mientras crecía.
No suspendió su obediencia al Padre durante su juventud.
Y no comenzó a ser santo cuando Juan lo bautizó en el Jordán.
Aquellos años también pertenecen a la vida del Salvador.
Fueron años de existencia humana real.
De responsabilidades ordinarias.
De convivencia familiar.
De aprendizaje y trabajo.
Mientras Roma gobernaba extensos territorios y Herodes Antipas administraba Galilea, Jesús crecía en una pequeña población.
Los hombres poderosos tomaban decisiones que afectaban a miles de personas.
Los comerciantes negociaban.
Los constructores levantaban edificios.
Y el Hijo de Dios vivía en Nazaret.
Sin que la mayoría de los habitantes de aquella región comprendiera quién estaba entre ellos.
Una humanidad rodeada de pecado
Durante esta serie hemos considerado diferentes aspectos del mundo que Jesús pudo haber conocido.
No para imaginar una vida oculta llena de acontecimientos que las Escrituras no registran.
Sino para comprender la sociedad en la que ocurrió su encarnación.
La humanidad de aquel tiempo no era moralmente perfecta.
Tampoco lo es la nuestra.
Existían personas honestas y generosas.
Familias que procuraban vivir con fidelidad.
Hombres que trabajaban responsablemente.
Mujeres que sostenían sus hogares con sacrificio.
Y personas que temían sinceramente a Dios.
Pero también existían la injusticia, la corrupción, la inmoralidad y la crueldad.
El mundo en el que Jesús nació conocía las consecuencias del pecado.
Los ricos podían abusar de los pobres.
Los poderosos podían despreciar a los humildes.
Los hombres podían traicionarse unos a otros.
Y las relaciones humanas podían deteriorarse por la envidia, la codicia y el orgullo.
En medio de aquella humanidad vivió Jesucristo.
No porque compartiera su pecado.
Sino porque había venido a salvar a los pecadores.
La santidad del Hijo de Dios no requería que el mundo a su alrededor fuera santo.
Tentado, pero sin pecado
Al estudiar la humanidad de Jesucristo debemos conservar dos verdades que las Escrituras presentan juntas.
Jesús fue verdaderamente hombre.
Y Jesús jamás pecó.
La carta a los Hebreos declara:
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
Esta declaración es extraordinaria.
No presenta a un Salvador incapaz de comprender la experiencia humana.
Habla de alguien que conoció verdaderamente la tentación.
Los Evangelios registran de manera expresa las tentaciones que enfrentó en el desierto.
También muestran la oposición, el rechazo y los sufrimientos que experimentó durante su ministerio.
Sin embargo, Hebreos añade una expresión decisiva:
«Pero sin pecado».
Jesús nunca cedió a la maldad.
Nunca actuó contra la voluntad de su Padre.
Nunca necesitó arrepentirse de una transgresión.
No debemos atribuirle pensamientos pecaminosos, deseos corruptos ni experiencias particulares que la Escritura no describe.
La tentación que enfrentó fue real, pero su santidad permaneció perfecta.
Por eso puede comprender nuestras debilidades sin haber participado de nuestros pecados.
Conoció la prueba sin conocer la culpa del pecado propio.
La obediencia que llegó hasta la cruz
La vida de Jesús no terminó en las calles de Nazaret ni en las construcciones de Galilea.
Llegó el día en que dejó atrás su vida de trabajo ordinario y comenzó a anunciar el reino de Dios.
Recorrió aldeas.
Enseñó en las sinagogas.
Sanó enfermos.
Recibió a personas despreciadas.
Y proclamó el arrepentimiento y la salvación.
Pero su misión tenía un destino que iba mucho más allá de sus enseñanzas.
Había venido a entregar su vida.
Pablo, después de declarar que tomó forma de siervo, escribió:
«Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).
La obediencia que caracterizó su infancia y juventud continuó durante su ministerio.
Y alcanzó su expresión suprema en el Calvario.
El que había trabajado con sus manos permitió que aquellas manos fueran clavadas en una cruz.
El que había recorrido los caminos de Galilea fue llevado al lugar de su ejecución.
El que jamás había cometido pecado murió por los pecadores.
Aquella muerte no fue el fracaso de su misión.
Fue el cumplimiento del propósito por el cual había venido.
El Hijo de Dios no solamente aceptó vivir en nuestro mundo. Aceptó entregar su vida para redimirnos.
Aquel día en Séforis
Todavía recuerdo aquella visita.
Era invierno.
Habíamos llegado a Séforis y, cuando abrí la puerta del automóvil, una ráfaga de viento helado golpeó mi rostro.
Sentí el frío inmediatamente.
Entonces apareció en mi mente un pensamiento que me conmovió profundamente:
«Él tuvo frío».
No fue una reflexión complicada.
Fueron solamente tres palabras.
Pero me hicieron contemplar la humanidad de Jesús de una manera que nunca había experimentado.
Miré hacia las colinas.
Pensé en Nazaret.
En la distancia entre aquellas poblaciones.
En los caminos que recorrían los trabajadores.
Y en la posibilidad de que Jesús hubiera caminado por aquella región durante sus años de oficio.
Imaginé el frío de una mañana de invierno.
El cansancio después de una jornada.
El polvo adherido a la ropa.
Y el regreso a casa cuando comenzaba a oscurecer.
Entonces lloré.
No porque hubiera descubierto un acontecimiento desconocido de su vida.
Sino porque una verdad que conocía desde hacía muchos años adquirió una profundidad diferente.
Jesucristo había sido verdaderamente hombre.
No había contemplado nuestra existencia solamente desde el cielo.
Había venido a vivirla.
Y todo aquello lo había aceptado voluntariamente.
El amor del Padre y la obediencia del Hijo
Como padre, siempre he deseado proteger a mis hijos.
Evitarles sufrimientos.
Alejarlos de ambientes peligrosos.
Impedir, hasta donde me fuera posible, que fueran lastimados por la maldad de otras personas.
Por eso, cuando comencé a reflexionar sobre la vida de Jesús entre los hombres, me resultó profundamente conmovedor considerar lo que significaba que el Padre hubiera enviado a su Hijo a nuestro mundo.
No lo envió a una humanidad perfecta.
Lo envió a una humanidad necesitada de redención.
Un mundo donde existían el dolor, el desprecio, la injusticia y la muerte.
Y el Hijo vino voluntariamente.
No fue obligado contra su voluntad.
No llegó ignorando el sufrimiento que le esperaba.
Vino en perfecta unidad con el propósito del Padre.
Jesús mismo declaró:
«Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo» (Juan 10:17-18, RVR1960).
¡Qué amor tan extraordinario!
Y el Hijo aceptó venir.
Vivió entre nosotros.
Permaneció santo.
Y entregó su vida por nuestra salvación.
Cuando el apóstol Juan escribió acerca de la encarnación, utilizó palabras que resumen una de las verdades más profundas de nuestra fe:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
Habitó entre nosotros.
No solamente durante los días de sus milagros.
No solamente cuando predicaba ante las multitudes.
También durante su infancia.
Durante su juventud.
Durante aquellos años de trabajo que transcurrieron lejos de la atención pública.
Habitó entre nosotros cuando era conocido como el hijo de María.
Cuando sus vecinos lo identificaban como carpintero.
Cuando las personas que lo rodeaban todavía no comprendían plenamente quién era.
Y mientras vivía aquella existencia humana, jamás dejó de ser el Hijo eterno de Dios.
El Verbo se hizo carne sin dejar de ser el Verbo.
El Santo vivió entre pecadores sin cometer pecado.
El Señor de la gloria tomó forma de siervo.
Y aquel que no tenía necesidad de ser redimido vino para redimirnos.
El carpintero era el Salvador
Al terminar esta serie, regreso con el pensamiento a las colinas de Galilea.
A Nazaret.
A los caminos de piedra y tierra.
A las construcciones que requerían el esfuerzo de tantos trabajadores.
Y a la posibilidad de que Jesús hubiera conocido de cerca la vida laboral de Séforis.
Nunca sabremos todos los detalles de aquellos años.
Los Evangelios no fueron escritos para satisfacer cada una de nuestras curiosidades históricas.
Pero nos han revelado lo que verdaderamente necesitamos conocer.
Jesús fue hombre.
Fue santo.
Fue obediente.
Y vino a salvarnos.
No necesito saber cuántas puertas construyó.
Cuántos muros levantó.
Ni cuántos kilómetros caminó para llegar a una obra.
Me basta comprender que aquel que poseía toda la gloria del cielo aceptó una existencia humilde entre nosotros.
Y que su vida entera, desde Belén hasta el Calvario, fue una expresión perfecta de obediencia al Padre.
Todavía puedo recordar el viento frío de aquella mañana en Séforis.
Y aquellas tres palabras que llegaron a mi corazón:
«Él tuvo frío».
Ahora, al concluir estas reflexiones, comprendo que detrás de aquella experiencia había una verdad mucho mayor.
Aquel que sintió el frío de nuestro mundo había venido a salvarlo.
Y aquel que trabajó entre los hombres era el mismo que un día extendería sus brazos sobre la cruz.
Santo en medio de un mundo imperfecto.
Verdaderamente hombre. Verdaderamente Dios.
Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Una invitación a conocer la vida de los constructores de Galilea
Al terminar esta serie, comprendí que todavía quedaba mucho por contar acerca del mundo de los trabajadores en los tiempos de Jesús.
¿Cómo era realmente una jornada de trabajo? ¿Qué dificultades enfrentaban los carpinteros y constructores? ¿Cómo conseguían sus encargos? ¿Qué sucedía cuando enfermaban, cuando faltaba el trabajo o cuando tenían que sostener a sus familias con salarios insuficientes?
Quería explorar esas realidades con mayor profundidad. Sin embargo, había algo que me preocupaba profundamente: no deseaba atribuirle a Jesucristo conversaciones, experiencias o acontecimientos que las Sagradas Escrituras no registran.
Por esa razón decidí escribir una nueva serie en forma de novela histórica, titulada:
«El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea».
Para desarrollarla creé un personaje ficticio llamado David, un carpintero y constructor de Nazaret que vive en los tiempos de Jesús.
A través de su historia podremos acompañarlo desde las primeras horas de la mañana, caminar con él hacia las construcciones de Séforis, conocer a sus compañeros, entrar en su hogar y descubrir las alegrías, preocupaciones, enfermedades, conflictos e injusticias que podían formar parte de la vida de un trabajador galileo.
David tendrá una familia, amigos, dificultades económicas y experiencias que nos permitirán comprender mejor aquella época.
Su historia será ficticia, pero estará ambientada en las condiciones históricas y sociales que conocemos de la Galilea del siglo primero.
Y mientras seguimos la vida de David, estableceremos un paralelismo con el mundo cotidiano en el que también vivió Jesucristo.
No pretendo afirmar que Jesús experimentó todo lo que vivirá nuestro personaje. Tampoco pondré en labios del Señor palabras que los Evangelios no registran ni inventaré acontecimientos de su vida.
Mi propósito es diferente: utilizar la vida imaginaria de un trabajador para ayudarnos a comprender el mundo real en el que el Hijo de Dios aceptó hacerse hombre.
Quiero que el lector pueda sentir el frío de una mañana galilea, el cansancio después de cargar piedras, la preocupación de un padre que necesita llevar alimento a su hogar y la incertidumbre de quien no sabe si tendrá trabajo al día siguiente.
Y que, al conocer aquellas circunstancias, recuerde que Jesucristo también creció en Nazaret, fue conocido como carpintero y compartió verdaderamente nuestra condición humana, aunque jamás cometió pecado.
Por eso, los invito a acompañarme en esta nueva serie:
«El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea».
Conoceremos la historia de David, un hombre imaginario que nos ayudará a recorrer el mundo de los constructores del siglo primero.
Pero detrás de cada jornada, de cada camino y de cada dificultad, habrá una verdad que deseo que permanezca en nuestro corazón:
Mientras David es un personaje nacido de nuestra imaginación, Jesús de Nazaret fue real. Vivió entre nosotros, trabajó con sus manos y es el Hijo eterno de Dios que vino para salvarnos.
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Dr. Elio M Rivera
La extraordinaria preparación de los maestros de Israel en tiempos de Jesucristo
Introducción. El precio de aprender antes de enseñar
¿Cuántos años necesitaba un hombre para convertirse en maestro de las Escrituras en tiempos de Jesucristo? ¿Diez, quince, veinte años?
La respuesta nos conduce a uno de los aspectos más interesantes de la educación judía del siglo primero.
En Israel existían maestros reconocidos, discípulos, escribas, fariseos y doctores de la Ley. Había tradiciones y estructuras organizadas para transmitir el conocimiento religioso, formar estudiantes y preparar a quienes deseaban profundizar en la interpretación de las Escrituras.
La propia Biblia confirma su existencia.
Sin embargo, no conocemos completamente cómo funcionaban aquellos sistemas, cuánto tiempo requería cada etapa ni cuáles eran los procedimientos para reconocer formalmente a un maestro.
Una cosa era conocer las enseñanzas fundamentales de la Ley y otra muy distinta poseer la preparación necesaria para interpretarlas, discutirlas y enseñarlas públicamente.
Un maestro debía comprender las Escrituras, responder preguntas difíciles y orientar a quienes acudían a él. Sus enseñanzas podían influir profundamente en la vida de familias y comunidades enteras.
Aquella preparación exigía conocimiento, disciplina y perseverancia.
Comprender este proceso nos permitirá apreciar mejor la extraordinaria formación humana de Jesucristo y considerar cuánto pudo representar para él crecer en sabiduría mientras trabajaba y cumplía las responsabilidades de su vida familiar.
1. La educación judía comenzaba en el hogar
La formación religiosa de los niños judíos comenzaba dentro de la familia.
Los padres tenían la responsabilidad de transmitir las enseñanzas de Dios a sus hijos.
Deuteronomio 6:6-7 declara:
«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes». (RVR1960).
El aprendizaje no estaba limitado a un lugar de enseñanza. Los niños escuchaban las Escrituras en sus hogares, durante las celebraciones religiosas y en las reuniones de la comunidad.
La repetición y la memoria desempeñaban un papel fundamental.
Pero no todos tenían las mismas oportunidades.
Los hijos de familias acomodadas podían disponer de mayores recursos para estudiar. Los hijos de agricultores, artesanos y trabajadores debían atender también las necesidades familiares.
Aprender era importante, pero la vida exigía trabajar.
Por eso, alcanzar una formación religiosa avanzada podía representar un esfuerzo considerable.
2. Las etapas de la formación religiosa
Una antigua tradición judía, conservada en Pirkei Avot 5:21, presenta diferentes edades relacionadas con el aprendizaje.
A los cinco años se recomendaba comenzar el estudio de las Escrituras; a los diez, avanzar en las tradiciones legales; a los trece, asumir mayores responsabilidades religiosas; y a los quince, profundizar en la discusión e interpretación.
Este testimonio resulta interesante porque refleja una concepción progresiva de la educación.
Sin embargo, debemos considerar que fue conservado en literatura rabínica posterior al tiempo de Jesucristo.
Por tanto, no podemos afirmar que todos los niños judíos del siglo primero siguieran exactamente aquellas edades.
Lo que sí sabemos es que existían maestros, discípulos y tradiciones de enseñanza organizadas.
Los Evangelios mencionan a los discípulos de los fariseos (Lucas 5:33), mientras que Pablo declaró haber sido instruido por Gamaliel, un reconocido doctor de la Ley (Hechos 22:3).
Estas referencias confirman que la formación religiosa podía desarrollarse bajo la dirección de maestros experimentados.
No conocemos todos los detalles de aquellos sistemas educativos, pero su existencia está documentada.
Referencia histórica: Mishná, Pirkei Avot 5:21.
3. La Torá, los Profetas y los demás escritos sagrados
La preparación de un futuro maestro comenzaba con el conocimiento de la Torá, formada por los cinco libros de Moisés.
Pero también debía familiarizarse con los Profetas, los Salmos y los demás escritos sagrados de Israel.
Esto representaba una tarea extraordinaria.
No bastaba con conocer las historias de Abraham, Moisés o David. Era necesario comprender los mandamientos, las profecías, las enseñanzas morales y las relaciones entre diferentes pasajes.
Además, el estudiante debía aprender a interpretar cuestiones difíciles.
¿Qué significaba exactamente un mandamiento?
¿Cómo debía aplicarse en situaciones particulares?
¿Qué ocurría cuando dos maestros sostenían interpretaciones diferentes?
Responder estas preguntas exigía conocimiento, reflexión y experiencia.
La preparación de un maestro no consistía solamente en memorizar las Escrituras, sino en desarrollar la capacidad de comprenderlas y enseñarlas correctamente.
4. Memorizar, interpretar y discutir las Escrituras
En tiempos de Jesús, los rollos de las Escrituras eran copiados manualmente y no todas las familias podían disponer de ellos.
Por eso, la memoria desempeñaba una función importantísima.
Los estudiantes escuchaban, repetían y recordaban enseñanzas que posteriormente podían utilizar en conversaciones y discusiones religiosas.
Sin embargo, memorizar no era suficiente.
También necesitaban comprender.
Los maestros discutían interpretaciones relacionadas con el sábado, el matrimonio, la pureza religiosa, los mandamientos y numerosas situaciones de la vida cotidiana.
Los Evangelios muestran que existían diferencias entre las interpretaciones de los distintos grupos religiosos.
Por eso, un maestro bien preparado necesitaba conocer los argumentos, examinar las Escrituras y responder mediante razonamientos sólidos.
La formación intelectual requería mucho más que buena memoria: exigía aprender a pensar, interpretar y enseñar.
5. Los maestros y sus discípulos en Jerusalén y Galilea
La enseñanza religiosa organizada no estaba limitada a Jerusalén.
Galilea también contaba con sinagogas, escribas, fariseos y personas instruidas en las Escrituras.
Marcos 2:6 menciona escribas presentes en Capernaúm.
Lucas 5:17 describe a fariseos y doctores de la Ley procedentes de distintas poblaciones de Galilea, Judea y Jerusalén.
Estos testimonios demuestran que en Galilea existían personas con preparación religiosa avanzada.
La relación entre maestros y discípulos constituía una parte importante de la transmisión del conocimiento.
Un estudiante podía aprender escuchando, preguntando, observando y participando en discusiones.
El apóstol Pablo proporciona un ejemplo especialmente significativo cuando declara:
«…instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres…» (Hechos 22:3, RVR1960).
Pablo identificó expresamente al maestro bajo cuya dirección había recibido instrucción.
Esto confirma que existían relaciones reconocidas de formación religiosa.
Por tanto, es históricamente razonable considerar que Jesús pudo encontrar oportunidades de aprendizaje religioso avanzado en Galilea, aunque los Evangelios no identifican a sus posibles maestros humanos ni describen su formación específica.
Esta distinción resulta fundamental: conocer la existencia de maestros preparados no significa que podamos reconstruir con certeza el recorrido educativo personal de Jesucristo.
6. Los rabinos del siglo primero y los de épocas posteriores
La palabra rabí se utilizaba como una expresión de respeto hacia alguien reconocido como maestro.
Juan 1:38 explica:
«Rabí (que traducido es, Maestro)». (RVR1960).
Sin embargo, debemos distinguir entre los maestros del tiempo de Jesús y las instituciones rabínicas que se desarrollaron posteriormente.
Después de la destrucción del Templo de Jerusalén, en el año 70 d. C., el movimiento rabínico experimentó importantes transformaciones.
Con el paso de los siglos se desarrollaron nuevas formas de organización, transmisión de enseñanzas y reconocimiento de autoridades.
Esto no significa que anteriormente no existieran sistemas de formación.
Significa que no debemos atribuir automáticamente a los maestros del siglo primero todas las características de las academias y ordenaciones rabínicas posteriores.
En tiempos de Jesucristo ya existían maestros reconocidos y discípulos que recibían instrucción, aunque desconocemos muchos detalles de sus programas y procedimientos.
Referencia histórica: Encyclopaedia Judaica, «Rabbi, Rabbinate».
7. ¿Cuántos años podía durar la preparación?
Flavio Josefo, historiador judío nacido aproximadamente en el año 37 d. C., dejó un testimonio especialmente interesante.
En su autobiografía relata que, alrededor de los catorce años, ya destacaba por su conocimiento de la Ley.
A los dieciséis comenzó a investigar las principales corrientes religiosas judías.
Posteriormente pasó aproximadamente tres años junto a un maestro llamado Bano, antes de decidir seguir la orientación de los fariseos alrededor de los diecinueve años.
Su experiencia demuestra que la formación religiosa avanzada podía extenderse desde la infancia hasta la juventud.
Sin embargo, Josefo pertenecía a una familia sacerdotal que disponía de oportunidades educativas importantes.
No podemos considerar su experiencia como un programa obligatorio para todos los estudiantes.
Entonces, ¿cuántos años se necesitaban?
Es razonable pensar que algunos hombres dedicaran diez, quince o más años a su preparación, contando desde sus primeros aprendizajes hasta alcanzar conocimientos avanzados.
Pero no conocemos una duración universal.
Algunos podían alcanzar reconocimiento relativamente jóvenes; otros continuaban profundizando sus conocimientos durante décadas.
Lo que podemos afirmar es que convertirse en un maestro respetado requería una preparación considerable, aunque desconocemos la duración exacta de los distintos procesos formativos del siglo primero.
Referencia histórica: Flavio Josefo, Vida, secciones 8-12.
8. La extraordinaria preparación humana de Jesucristo
Llegamos ahora al propósito central de nuestra investigación.
Jesús creció en Nazaret, dentro de una familia judía numerosa.
Los Evangelios también lo identifican como teckton, término griego relacionado con los oficios de construcción y artesanía.
Por tanto, su vida humana estuvo vinculada al trabajo y a las responsabilidades familiares.
Pero también conocemos algo extraordinario.
Cuando tenía doce años, sus padres lo encontraron en el Templo de Jerusalén.
Lucas 2:46 declara:
«…sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles». (RVR1960).
El versículo siguiente añade:
«Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas». (Lucas 2:47, RVR1960).
Jesús ya manifestaba una comprensión extraordinaria de las cuestiones religiosas.
Sin embargo, el relato no explica cómo había adquirido sus conocimientos ni identifica a sus maestros humanos.
Posteriormente, Lucas escribió:
«Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres». (Lucas 2:52, RVR1960).
Esta declaración resulta fundamental.
El Hijo de Dios aceptó experimentar un verdadero crecimiento humano, incluyendo el desarrollo de su sabiduría.
No podemos afirmar cuántas horas estudiaba, qué métodos utilizaba o cuánto tiempo dedicaba diariamente a las Escrituras.
Pero sabemos que creció dentro de una sociedad donde existían maestros preparados, tradiciones educativas y oportunidades de formación religiosa.
También sabemos que trabajó y vivió entre las responsabilidades de una familia.
Cuando comenzó su ministerio público, aproximadamente a los treinta años (Lucas 3:23), manifestó un conocimiento extraordinario de las Escrituras.
Sus enseñanzas asombraron a las multitudes y desafiaron a los maestros religiosos de su tiempo.
La profundidad de aquellas enseñanzas nos invita a contemplar con mayor atención los años de crecimiento humano que las precedieron.
Conclusión. El extraordinario valor de los años de Nazaret
En tiempos de Jesucristo existían sistemas y tradiciones organizadas de enseñanza religiosa, tanto en Jerusalén como en Galilea.
Había maestros reconocidos, discípulos, escribas y doctores de la Ley.
La preparación podía comenzar durante la infancia y prolongarse muchos años.
El estudiante necesitaba conocer las Escrituras, memorizar sus enseñanzas, comprender sus interpretaciones y desarrollar la capacidad de transmitirlas correctamente.
Para quienes debían trabajar y atender las responsabilidades familiares, alcanzar una formación avanzada podía representar un sacrificio considerable.
Jesucristo vivió dentro de aquel mundo.
No conocemos todos los detalles de su preparación humana, pero los Evangelios afirman que creció en sabiduría y muestran la extraordinaria profundidad de sus enseñanzas posteriores.
Y aquí encontramos una verdad que merece nuestra atención.
Jesucristo no vino solamente a morir por nuestros pecados. También vino a enseñarnos, a revelarnos al Padre y a mostrarnos el camino de la verdad.
Su ministerio de enseñanza formó parte fundamental de su misión.
Y antes de comenzar aquel ministerio, el Hijo de Dios había aceptado vivir una auténtica existencia humana.
Fue niño.
Creció.
Aprendió.
Obedeció a sus padres.
Trabajó.
Y vivió durante años entre las responsabilidades ordinarias de su pueblo.
Su sacrificio no comenzó en el Calvario. Su humillación voluntaria ya se manifestaba en la encarnación y en la vida humana que aceptó vivir.
El Maestro que enseñaría a las multitudes también aceptó recorrer el camino del crecimiento humano.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Disfruta un reel con propósito