04. Las burlas contra la fe y la presión para participar

Dr. Elio M Rivera

Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado

  Hay una experiencia que muchos creyentes conocemos.

  Estar rodeados de personas que no comparten nuestra fe.

  Escuchar una conversación que comienza tranquilamente y termina convirtiéndose en una burla contra nuestras convicciones.

  Sentir las miradas de los demás cuando decidimos no participar en algo que consideramos incorrecto.

  Y descubrir que, en ocasiones, resulta más difícil soportar la risa de los compañeros que enfrentar una discusión abierta.

  Al pensar en Jesús trabajando como carpintero y constructor, he comenzado a considerar esta dimensión de su vida.

  ¿Qué significaba ser un hombre completamente fiel a Dios dentro de una sociedad donde no todos compartían las mismas convicciones?

Hombres diferentes en una misma construcción

  Séforis era una ciudad importante de Galilea durante el gobierno de Herodes Antipas.

  Su desarrollo requería mano de obra.

  Había que levantar muros, preparar vigas, colocar puertas, transportar piedras y reparar edificios.

  Aquellas obras reunían a hombres de diferentes edades y procedencias.

  Algunos habían crecido en familias profundamente religiosas.

  Otros podían mostrar poco interés por las prácticas de sus padres.

  Unos observaban cuidadosamente las tradiciones judías.

  Otros mantenían costumbres distintas.

  Y todos necesitaban trabajar.

  Imaginemos una cuadrilla ocupada en la construcción de una vivienda.

  Uno de los hombres ha llegado desde una población cercana.

  Otro conoce bien las calles de Séforis.

  Un tercero lleva muchos años trabajando para el mismo patrón.

  Durante la mañana apenas tienen tiempo para conversar.

  El encargado exige que terminen una sección del muro antes de que el sol alcance su punto más alto.

  Pero al llegar el descanso, los hombres se sientan a la sombra.

  Comparten pan.

  Beben agua.

  Hablan de sus familias y de los acontecimientos recientes.

  Entonces surge una diferencia religiosa.

  Uno menciona una costumbre que considera indispensable.

  Otro pregunta por qué debe observarla.

  El primero intenta explicarse.

  Pero un tercero interviene:

  —Siempre encuentras una razón religiosa para todo.

  Algunos sonríen.

  Otro añade:

  —Déjalo. Nunca conseguirás que cambie de opinión.

  La conversación puede terminar allí.

  O convertirse en una discusión que continúe durante el resto de la jornada.

  La escena es imaginada, pero el ambiente que representa resulta verosímil.

  En una construcción no solamente se encontraban herramientas y materiales. También se encontraban distintas maneras de entender la vida.

Cuando las bromas dejan de ser inocentes

  Quienes hemos trabajado con grupos de hombres sabemos que las bromas forman parte de la convivencia.

  Algunas producen alegría y fortalecen las amistades.

  Otras buscan incomodar.

  Un trabajador puede convertirse en objeto de comentarios por su procedencia, su manera de hablar o sus costumbres.

  Y cuando los compañeros descubren que determinado asunto le resulta especialmente importante, algunos pueden utilizarlo para provocarlo.

  Pensemos en un hombre que procura observar cuidadosamente sus convicciones religiosas.

  Sus compañeros lo conocen desde hace tiempo.

  Saben que existen actividades en las que no desea participar.

  Al principio respetan sus decisiones.

  Pero un día alguien decide ponerlo a prueba.

  —Hoy vas a hacer una excepción.

  El hombre responde que no.

  —Nadie se va a enterar.

  Vuelve a negarse.

  Entonces comienzan las bromas.

  —¿También tienes que pedir permiso para eso?

  Los demás ríen.

  Lo difícil no es solamente responder.

  Es saber que mañana tendrá que regresar al mismo lugar, trabajar junto a los mismos hombres y posiblemente escuchar nuevos comentarios.

  Hay presiones que no necesitan amenazas para resultar dolorosas.

La tentación de agradar a los demás

  La necesidad de pertenecer a un grupo puede influir profundamente en nuestras decisiones.

  Un trabajador desea ser aceptado.

  Quiere que sus compañeros confíen en él.

  Que lo incluyan en sus conversaciones.

  Que lo consideren uno de ellos.

  Y cuando descubre que sus convicciones provocan rechazo, puede comenzar a preguntarse si vale la pena sostenerlas.

  A veces la presión no llega mediante una orden.

  Llega con una invitación.

  Con la insistencia de un amigo.

  Con la promesa de que nadie conocerá lo sucedido.

  O con el temor de quedar excluido.

  En el mundo antiguo, las relaciones personales tenían especial importancia para los trabajadores.

  Un hombre podía conseguir una oportunidad laboral gracias a alguien que lo conocía.

  También podía depender de la colaboración de sus compañeros para completar una tarea.

  Por eso, un conflicto dentro de la cuadrilla no siempre terminaba cuando concluía la jornada.

  Podía afectar la convivencia y las oportunidades de trabajo.

  Mantener una convicción podía tener un costo social.

Jesús, el carpintero de Nazaret

  Los Evangelios nos permiten conocer algunos aspectos de los años anteriores al ministerio público de Jesús.

  Sabemos que creció en Nazaret.

  Que estuvo sujeto a José y María.

  Y que fue conocido por su oficio.

  Cuando enseñó en la sinagoga de su pueblo, algunos preguntaron:

  «¿No es éste el carpintero, hijo de María?» (Marcos 6:3, RVR1960).

  Aquellos hombres lo habían conocido durante años.

  No lo recordaban solamente como un niño que había crecido entre ellos.

  Lo identificaban por el trabajo que realizaba.

  Jesús había vivido la existencia ordinaria de un hombre de Galilea.

  Y si alguna vez acudió a Séforis para trabajar, habría entrado en contacto con el ambiente humano de sus construcciones.

  No conocemos las conversaciones que sostuvo ni las dificultades particulares que encontró.

  Pero los Evangelios nos muestran posteriormente cómo respondía cuando otros cuestionaban sus convicciones.

  No abandonaba la verdad para conseguir aprobación.

  Tampoco necesitaba responder a cada provocación con enojo.

  Durante su ministerio enfrentó preguntas malintencionadas, acusaciones injustas y oposición abierta.

  En ocasiones respondió con firmeza.

  En otras guardó silencio.

  Su conducta no estaba determinada por el deseo de agradar a quienes lo rodeaban.

Una obediencia que no comenzó a los treinta años

  Existe un peligro al estudiar la vida de Jesús.

  Pensar que su obediencia al Padre comenzó cuando salió de Nazaret para predicar.

  Como si sus primeros treinta años hubieran sido solamente una preparación sin importancia.

  Pero la Escritura presenta una realidad diferente.

  Cuando tenía doce años, Jesús declaró a María y José:

  «¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Lucas 2:49, RVR1960).

  Aquellas palabras revelan la conciencia singular que tenía de su relación con el Padre.

  Después regresó a Nazaret.

  Creció.

  Aprendió y ejerció un oficio.

  Vivió bajo las responsabilidades ordinarias de la vida humana.

  Y cuando llegó el momento de comenzar su ministerio público, no apareció un hombre que apenas entonces hubiera decidido obedecer a Dios.

  Era el mismo Hijo que había vivido en perfecta fidelidad durante todos aquellos años.

  La carta a los Hebreos declara:

  «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).

  Su humanidad fue verdadera.

  Las pruebas que enfrentó fueron reales.

  Y su obediencia fue perfecta.

La presión que nadie ve

  Cuando pensamos en las tentaciones de Jesús, generalmente recordamos el desierto.

  Las propuestas del diablo.

  Las respuestas tomadas de las Escrituras.

  Y su victoria sobre aquellas pruebas.

  Pero también debemos recordar que su vida humana se extendió mucho más allá de esos acontecimientos.

  Hubo años de trabajo.

  Jornadas largas.

  Responsabilidades familiares.

  Relaciones con vecinos.

  Y convivencia con personas de diferentes caracteres.

  En la vida cotidiana, muchas decisiones morales ocurren sin espectadores.

  Un hombre decide si participa en una conversación ofensiva.

  Si acepta una propuesta contraria a sus principios.

  Si modifica sus convicciones para evitar críticas.

  O si permanece firme aunque otros no comprendan su decisión.

  Estas situaciones ayudan a comprender el mundo humano en el que Jesús vivió, aunque no podamos atribuirle ninguna escena particular.

  Y nos recuerdan que la santidad no se manifiesta solamente en los grandes acontecimientos.

  También se expresa en la conducta diaria.

Cuando comprendí lo que significaba vivir entre nosotros

  He conocido hombres que comenzaron a apartarse de sus convicciones porque no querían ser diferentes.

  Al principio solamente reían con los demás.

  Después comenzaron a participar en aquello que antes rechazaban.

  Y con el tiempo terminaron adoptando costumbres que jamás habían considerado aceptables.

  También he conocido personas que permanecieron firmes.

  No siempre fue fácil para ellas.

  En ocasiones tuvieron que soportar comentarios desagradables.

  Perdieron amistades.

  O fueron consideradas extrañas por quienes las rodeaban.

  Al recordar esas experiencias, pienso en la extraordinaria realidad de la encarnación.

  El Hijo de Dios no vino a una sociedad donde todos lo respetarían.

  No nació en un mundo donde la obediencia a Dios fuera universalmente admirada.

  Vino a una humanidad dividida por creencias, intereses y convicciones.

  Creció entre personas reales.

  Trabajó.

  Conoció las responsabilidades de la vida cotidiana.

  Y más adelante enfrentó públicamente el rechazo de muchos de aquellos a quienes había venido a salvar.

  Cuando sus propios vecinos escucharon sus enseñanzas, algunos reaccionaron con incredulidad.

  Marcos escribió:

  «Y se escandalizaban de él» (Marcos 6:3, RVR1960).

  Aquellos hombres conocían al carpintero.

  Pero no reconocieron quién estaba delante de ellos.

Fiel al Padre

  No sabemos si algún compañero de construcción se burló de Jesús.

  No sabemos si alguien intentó convencerlo de abandonar una práctica religiosa.

  Y no conocemos las discusiones que pudieron surgir durante sus años de oficio.

  Lo que sí conocemos es el testimonio de las Escrituras acerca de su vida.

  Jesucristo jamás pecó.

  Y cuando llegó el momento de enfrentar la oposición abierta, permaneció firme.

  Su obediencia no dependía del reconocimiento de sus vecinos.

  Ni de la aprobación de las autoridades religiosas.

  Ni del entusiasmo de las multitudes.

  Vivió para hacer la voluntad de su Padre.

  Por eso, al contemplar sus años como carpintero, encuentro una razón más para admirar la profundidad de su encarnación.

  No solamente vino a enseñarnos cómo vivir.

  Primero vivió entre nosotros.

  En el mundo cotidiano de los hombres.

  Y cuando finalmente escuchamos sus palabras, descubrimos que procedían de alguien cuya vida entera había sido una expresión perfecta de obediencia.

  La presión humana puede cambiar las decisiones de muchos hombres. Pero jamás apartó a Jesucristo de la voluntad de su Padre.

 “Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.