10. Mariamne — Amar y destruir

Dr, Elio M Rivera

 Hasta ahora, el miedo de Herodes había destruido a personas que podían parecerle políticamente peligrosas.

 Aristóbulo III era joven, popular y asmoneo.

 Hircano II representaba una antigua dinastía.

 Pero ahora la historia entra en un lugar mucho más íntimo.

 La siguiente persona sería su propia esposa.

 Su nombre era Mariamne.

 Y aquí encontramos una de las contradicciones más oscuras de Herodes:

 amó profundamente a una mujer que finalmente mandó ejecutar.

Mariamne, una princesa asmonea

 Mariamne pertenecía a la familia que Herodes nunca podía dejar de mirar con una mezcla de admiración, conveniencia y temor.

 Era asmonea.

 Su madre, Alejandra, era hija de Hircano II. Su padre, Alejandro, era hijo de Aristóbulo II.

 Mariamne reunía así en su persona las principales ramas de la antigua casa real.

 Cuando Herodes se comprometió con ella, la unión tenía una evidente importancia política.

 Casarse con una princesa asmonea vinculaba al nuevo rey con la dinastía que había gobernado Judea antes que él.

 Pero la relación no permaneció simplemente en el terreno político.

 Según Josefo, Herodes desarrolló hacia Mariamne una pasión extraordinariamente intensa.

 La deseaba.

 La admiraba.

 Estaba profundamente apegado a ella.

 Y precisamente allí comenzó el problema.

 Porque amar intensamente no significa necesariamente amar correctamente.

La mujer que no olvidaba

 Mariamne tenía razones profundas para mirar a Herodes con resentimiento.

 Su hermano Aristóbulo III había muerto en circunstancias que Josefo atribuye a una orden de Herodes.

 Después murió su abuelo Hircano II.

 Mariamne conocía perfectamente quién era su esposo.

 Vivía en su palacio.

 Compartía su mesa.

 Había tenido hijos con él.

 Pero detrás de la corona estaba el hombre al que ella asociaba con la destrucción de miembros de su propia familia.

 Josefo presenta a Mariamne como una mujer orgullosa de su linaje y poco dispuesta a ocultar completamente su desprecio.

 Aquello debió producir una relación extraordinariamente difícil.

 Herodes la amaba apasionadamente.

 Mariamne podía recordarle precisamente aquello que él más temía:

 que ella pertenecía por nacimiento a una casa real que él solamente había alcanzado mediante la política y las armas.

Una orden terrible

 Entonces ocurrió algo que revela hasta dónde había llegado la manera de amar de Herodes.

 En cierto momento tuvo que viajar para encontrarse con Marco Antonio.

 No sabía con certeza qué ocurriría.

 Podía regresar.

 O podía morir.

 Antes de marcharse dejó a Mariamne bajo custodia y, según Josefo, dio una orden secreta:

 si él moría, Mariamne también debía morir.

 Detengámonos ahí.

 Herodes decía amar a aquella mujer.

 Pero no podía soportar la idea de un mundo en el que ella continuara viviendo sin él.

 No era:

 Si yo muero, protégela.

 Era:

 Si yo muero, que ella tampoco viva.

 Aquí la diferencia entre amor y posesión comienza a hacerse aterradoramente clara.

 El verdadero amor desea el bien de la persona amada, incluso cuando ese bien ya no puede beneficiarnos.

 La posesión dice:

 «Si no puede ser mía, no quiero que sea de nadie.»

Mariamne descubrió la orden

 El hombre encargado de vigilarla era Josefo, esposo de Salomé, hermana de Herodes.

 Según el relato de Josefo, Mariamne terminó enterándose de la orden que Herodes había dejado.

 Cuando Herodes regresó vivo, volvió con enorme afecto hacia ella.

 Le aseguró cuánto la amaba.

 Entonces Mariamne le reveló que conocía su secreto.

 Sabía que había ordenado matarla si él no regresaba.

 Herodes reaccionó inmediatamente.

 Pero no reaccionó principalmente ante la monstruosidad de su propia orden.

 Su mente fue hacia otra dirección.

 ¿Cómo se había enterado?

 Si Josefo le había revelado una orden tan secreta, Herodes comenzó a sospechar que entre ambos podía existir una relación indebida.

 No tenía pruebas suficientes para semejante conclusión.

 Pero la sospecha ya había aprendido a gobernar su mente.

 Josefo fue ejecutado.

 Mariamne permaneció viva.

 Por el momento.

Y Herodes volvió a hacerlo

 Pasaron los años.

 La política romana volvió a cambiar.

 Marco Antonio fue derrotado por Octaviano.

 Herodes había sido aliado de Antonio y necesitaba presentarse ante el vencedor para asegurar su futuro.

 Otra vez tenía que marcharse sin saber si regresaría.

 Y otra vez Mariamne quedó bajo vigilancia.

 Esta vez Herodes confió su custodia a Soemo.

 Y, según Josefo, volvió a dejar prácticamente la misma orden:

 si él moría, Mariamne debía morir.

 Herodes podía cambiar de custodio.

 Podían cambiar los gobernantes de Roma.

 Podían cambiar las circunstancias.

 Pero algo dentro de él seguía igual.

 No podía imaginar perder el control sobre aquella mujer.

Otra vez ella se enteró

 Soemo terminó revelando a Mariamne la orden.

 Cuando Herodes regresó después de haber conseguido el favor de Octaviano, esperaba recuperar también la normalidad en su casa.

 Pero Mariamne conocía ahora, por segunda vez, lo que su esposo había dispuesto para ella.

 ¿Cómo podía recibir con tranquilidad las expresiones de amor de un hombre que había ordenado su muerte en caso de no regresar?

 La relación se deterioró profundamente.

 Herodes continuaba sintiendo una enorme atracción por ella.

 Pero Mariamne mostraba cada vez más rechazo.

 Entonces comenzaron las acusaciones.

Salomé

 En el palacio existían además fuertes conflictos familiares.

 Salomé, hermana de Herodes, mantenía una relación profundamente hostil con Mariamne.

 Josefo describe acusaciones, intrigas y enfrentamientos entre ambas.

 Finalmente apareció una acusación especialmente grave.

 Mariamne fue acusada de haber preparado algo destinado a Herodes que podía interpretarse como un intento de envenenamiento.

 Las sospechas se extendieron también hacia Soemo.

 Para Herodes, el hecho de que Soemo hubiera revelado nuevamente sus órdenes secretas confirmó sus temores.

 Soemo fue ejecutado.

 Y Mariamne fue llevada a juicio.

El juicio de la mujer que amaba

 Mariamne fue acusada.

 Los hombres del rey la juzgaron.

 Y fue condenada a muerte.

 Herodes todavía vacilaba.

 Josefo relata que inicialmente consideró mantenerla encerrada en alguna fortaleza en lugar de ejecutarla.

 Eso es importante.

 Todavía había algo dentro de él que no quería perderla.

 Pero Salomé y otros argumentaron que mantenerla viva podía provocar problemas.

 Finalmente Herodes cedió.

 La sentencia debía cumplirse.

 Mariamne caminó hacia la muerte.

La dignidad de Mariamne

 Josefo describe su comportamiento final de manera impresionante.

 Mariamne no se derrumbó públicamente.

 No imploró desesperadamente por su vida.

 Mantuvo una extraordinaria dignidad hasta el final.

 Incluso cuando su propia madre, Alejandra, temiendo por su seguridad, comenzó públicamente a reprocharle su conducta, Mariamne comprendió lo que estaba haciendo.

 Pero permaneció serena.

 Y entonces fue ejecutada.

 Herodes había conseguido lo que tantas veces había temido perder:

 el control absoluto sobre Mariamne.

 Pero para conseguirlo tuvo que destruirla.

Entonces descubrió lo que había hecho

 Aquí la historia se vuelve todavía más trágica.

 La muerte de Mariamne no produjo paz en Herodes.

 Produjo algo parecido al derrumbe.

 Josefo describe que después de ejecutarla, la pasión que Herodes sentía por ella pareció aumentar todavía más.

 La llamaba.

 La buscaba.

 Ordenaba a sus sirvientes que la llamaran como si todavía estuviera viva.

 Organizó entretenimientos y banquetes intentando distraerse.

 No funcionó.

 Se retiró a lugares apartados.

 Su condición física también se deterioró gravemente durante aquel período.

 El hombre que había ordenado la muerte de Mariamne ahora parecía incapaz de aceptar que Mariamne estuviera muerta.

 Hay algo profundamente triste en esa escena.

 Herodes consiguió impedir que Mariamne pudiera vivir sin él.

 Y entonces descubrió que él tenía que vivir sin Mariamne.

¿Era realmente amor?

 Aquí debemos hacer una distinción importante.

 Josefo no nos deja duda de que Herodes experimentaba sentimientos intensísimos hacia su esposa.

 Pero la intensidad de un sentimiento no determina su calidad.

 Podemos sentir profundamente y amar pobremente.

 Podemos necesitar a alguien sin saber amarlo.

 Podemos desear su presencia y al mismo tiempo querer controlar su libertad.

 Podemos llamar amor a aquello que en realidad está mezclado con miedo, posesión, celos e inseguridad.

 Herodes quería a Mariamne cerca.

 Pero también quería controlarla.

 Quería su amor.

 Pero quería decidir incluso qué ocurriría con ella después de su propia muerte.

 Quería poseerla de tal manera que terminó destruyendo aquello que no quería perder.

 Eso no es lo que hace el verdadero amor.

El amor que posee y el amor que entrega

 La Escritura describe el amor de una manera completamente diferente:

«El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia… no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor.» — 1 Corintios 13:4–5.

 Herodes decía, en efecto:

 «Te amo tanto que no puedo permitir que existas fuera de mi control.»

 El amor de Dios dice algo completamente diferente.

 Dios ama sin convertirnos en objetos.

 Ama sin necesitar destruir nuestra voluntad.

 Ama buscando nuestro bien.

 Ama dando.

 Por eso una de las declaraciones más conocidas de toda la Escritura comienza precisamente así:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» — Juan 3:16.

 El amor de Herodes quería poseer.

 El amor de Dios sabe dar.

 Herodes amaba preguntando:

 «¿Cómo puedo asegurarme de que nunca te perderé?»

 El amor verdadero pregunta:

 «¿Qué puedo hacer para buscar tu bien?»

El hombre que destruyó aquello que más quería conservar

 Aristóbulo nos mostró los celos.

 Hircano nos mostró la sospecha.

 Mariamne nos muestra algo todavía más íntimo:

 la posesión disfrazada de amor.

 Herodes podía conquistar ciudades.

 Podía controlar ejércitos.

 Podía ordenar ejecuciones.

 Podía construir fortalezas.

 Pero no podía obligar a una persona a amarlo.

 Y cuando intentó convertir el amor en control, terminó consiguiendo exactamente aquello que más temía:

 perderla.

 Quizá pocas escenas expliquen mejor la diferencia entre posesión y amor.

 La posesión aprieta la mano hasta destruir aquello que sostiene.

 El verdadero amor abre la mano y busca el bien de la persona amada.

Referencias bíblicas

1 Corintios 13:4–7; Juan 3:16–17; 1 Juan 4:7–10, 18–19; Efesios 5:25.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Fuente principal para la relación entre Herodes y Mariamne, las órdenes dejadas respecto a su muerte durante las ausencias de Herodes, las sospechas contra Josefo y Soemo, los conflictos con Salomé, el juicio y la ejecución de Mariamne.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Josefo describe también la extraordinaria reacción emocional de Herodes después de la muerte de Mariamne, su persistente deseo por ella y el profundo deterioro que siguió a su ejecución.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Conserva una narración paralela, más resumida, de Mariamne, los conflictos internos de la familia real y su muerte por orden de Herodes.

Libro recomendado

Música recomendada

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.