
La Biblia habla de «la ciudad del gran Rey» (Salmo 48:2), pero no conocemos todos los detalles de aquella realidad celestial. Esta imagen es solamente una representación imaginaria. Por más hermosa que podamos crearla, seguramente queda muy por debajo de la gloria y belleza de la realidad que Jesucristo conocía antes de venir a nuestro mundo.
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