09. Finalización: Y decidió dejarlo todo

Dr. Elio M Rivera

«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.»
—Filipenses 2:6-7, RVR1960.

Después de contemplar la gloria que Jesucristo tenía antes de Belén, llegamos al punto más importante de toda esta serie.

No basta preguntarnos dónde estaba.

No basta imaginar cómo era aquella realidad.

No basta contemplar su gloria, su autoridad, su comunión con el Padre o la adoración celestial.

Hay una pregunta mucho más profunda:

Si todo aquello era suyo, ¿por qué decidió venir aquí?

Y todavía más:

¿Qué significó para Él hacerlo?

Porque antes de que hubiera una cruz que cargar, clavos que soportar o una tumba en la cual entrar, ya había comenzado a entregar.

Tenía gloria… y vino

Jesús mismo habló de lo que había tenido:

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5.

Había gloria.

Había comunión con el Padre.

Había una existencia anterior al mundo.

Juan lo expresa desde las primeras palabras de su Evangelio:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
—Juan 1:1.

Y unos versículos después ocurre lo inimaginable:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»
—Juan 1:14.

Ése es el gran contraste.

El que estaba con Dios vino a habitar entre los hombres.

Era el Creador… y entró en su creación

Juan declara:

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.»
—Juan 1:3.

Pablo añade:

«Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra… todo fue creado por medio de él y para él.»
—Colosenses 1:16.

Y después dice:

«Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.»
—Colosenses 1:17.

Piense en el contraste.

El Creador entraría en un cuerpo humano.

El que hizo las estrellas contemplaría desde la Tierra el cielo que había creado.

El que hizo los árboles aprendería a trabajar la madera.

El que creó los mares sentiría sed.

El eterno entraría en nuestro tiempo.

No vino a un mundo extraño. Entró en el mundo que Él mismo había creado.

Todo era suyo… y aceptó no vivir como dueño de todo

La Escritura llama al Hijo:

«…heredero de todo…»
—Hebreos 1:2.

Juan, sin embargo, escribe una de las frases más dolorosas del Evangelio:

«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.»
—Juan 1:11.

A lo suyo.

Eso significa que cuando Jesús caminaba por este mundo, caminaba por algo que en último término le pertenecía.

Y, sin embargo, durante su ministerio pudo decir:

«Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.»
—Mateo 8:20.

¡Qué contraste!

El heredero de todo llegó a decir que no tenía dónde recostar su cabeza.

Siendo en forma de Dios… tomó forma de siervo

Quizá ningún pasaje expresa mejor este descenso que Filipenses 2.

«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse…»
—Filipenses 2:6.

Y entonces viene una de las declaraciones centrales de esta serie:

«…sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.»
—Filipenses 2:7.

Esto no significa que Jesucristo dejara de ser Dios.

El propio texto explica el sentido de su humillación: tomó forma de siervo y se hizo semejante a los hombres.

No dejó su divinidad.

Aceptó nuestra humanidad.

Y el descenso continuó:

«…y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo…»
—Filipenses 2:8.

Observe la palabra:

«se humilló».

No fue un accidente.

No fue una derrota.

No fue algo que simplemente le ocurrió.

Él lo aceptó voluntariamente.

El rico se hizo pobre

Pablo lo expresa de otra manera:

«Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.»
—2 Corintios 8:9.

Aquí encontramos nuevamente el contraste:

Era rico.

Se hizo pobre.

¿Y por qué?

La Escritura responde:

«por amor a vosotros».

Ésta es quizá la frase que explica toda la serie.

No dejó aquella gloria porque estuviera cansado de ella.

No vino porque necesitara algo de nosotros.

No abandonó su posición porque hubiera perdido lo que tenía.

Vino por amor.

De ser servido… a servir

Jesucristo explicó personalmente el propósito de su venida:

«Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir…»
—Marcos 10:45.

Pensemos en lo extraordinario de esa declaración.

El Señor vino a servir.

El Creador se acercó a sus criaturas.

El Maestro lavó pies.

Juan relata aquella escena:

«Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos…»
—Juan 13:5.

Después Jesús mismo les recordó quién era:

«Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.»
—Juan 13:13.

«Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies…»
—Juan 13:14.

Ésa es la dimensión de su descenso.

El Señor se arrodilló delante de sus criaturas.

Y todo comenzó antes de la cruz

A veces pensamos que el sacrificio de Jesucristo comenzó en Getsemaní.

O cuando fue arrestado.

O durante el juicio.

O cuando colocaron la cruz sobre sus hombros.

Pero hubo una entrega anterior.

Antes de entregar sus manos a los clavos, había aceptado entrar en nuestra humanidad.

Antes de llevar una corona de espinas, había dejado la manifestación de aquella gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuese.

Antes del Calvario estuvo Belén.

Antes de la cruz estuvo la encarnación.

Y Filipenses nos permite contemplar todo como un mismo descenso:

«…se despojó a sí mismo…»

«…tomando forma de siervo…»

«…hecho semejante a los hombres…»

«…se humilló a sí mismo…»

hasta llegar finalmente a:

«…haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.»
—Filipenses 2:7-8.

Belén y Calvario no son dos historias desconectadas.

Forman parte del mismo camino de amor.

¿Por qué dejó todo aquello?

Después de recorrer imaginariamente la ciudad, los palacios, los jardines y aquella realidad celestial; después de contemplar bíblicamente su gloria, autoridad y comunión con el Padre, podemos cometer un error.

Quedarnos maravillados con lo que dejó y olvidar por qué lo dejó.

Jesús mismo nos dio la respuesta:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…»
—Juan 3:16.

Pablo lo hace todavía más personal:

«…el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.»
—Gálatas 2:20.

Ahí está la respuesta.

Amor.

No podemos saber cómo era cada rincón de aquella realidad eterna.

No podemos dibujar con certeza el palacio, las avenidas, los jardines o la morada celestial. Esas imágenes pertenecen a nuestra contemplación artística.

Pero esto no es imaginación:

Cristo tenía gloria con el Padre antes que el mundo fuese.

Era rico.

Todas las cosas fueron creadas por medio de Él.

Era heredero de todo.

Y voluntariamente tomó forma de siervo.

Eso lo dice la Escritura.

Antes de la cruz, hubo mucho que dejar

Ahora nuestra serie puede terminar donde realmente debía terminar.

No mirando una ciudad.

No mirando un palacio.

No mirando un trono.

Mirándolo a Él.

El que tenía gloria…

vino.

El que era rico…

se hizo pobre.

El que era Señor…

tomó forma de siervo.

El Creador…

entró en su creación.

El eterno…

entró en el tiempo.

Y el que poseía todas las cosas…

vino a buscar al hombre que se había perdido.

Por eso, cuando en la siguiente escena lo contemplemos en Belén, no deberíamos ver solamente a un niño acostado en un pesebre.

Deberíamos recordar de dónde venía.

Porque mucho antes de que los hombres le quitaran sus vestidos en el Calvario, Jesucristo ya había aceptado una renuncia incomparable.

Antes de la cruz, hubo mucho que dejar.

Y decidió dejarlo.

Por amor a nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.