Dr. Elio M Rivera
En cierta ocasión, Jesús contó una parábola que debió despertar recuerdos entre quienes conocían la historia reciente de Judea.
«Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver» (Lucas 19:12, RVR1960).
Lo sorprendente es que aquella situación había ocurrido realmente.
Y el protagonista había sido Arquelao, hijo de Herodes el Grande.
El viaje de Arquelao a Roma
Cuando Herodes el Grande murió, en el año cuatro antes de Cristo, dejó establecido en su testamento que Arquelao heredaría Judea, Samaria e Idumea.
Sin embargo, la voluntad de Herodes no era suficiente.
El emperador Augusto debía confirmar la sucesión.
Arquelao tenía que viajar hasta Roma para conseguir el reconocimiento de su autoridad.
Antes de partir, había reprimido violentamente una protesta en Jerusalén. Flavio Josefo relata que aproximadamente tres mil personas murieron durante aquellos acontecimientos.
La indignación contra Arquelao era enorme.
Cuando llegó a Roma, encontró que su hermano Herodes Antipas también disputaba la herencia paterna.
Pero había otro problema todavía mayor.
Una delegación de cincuenta representantes judíos viajó a Roma para presentar sus acusaciones ante Augusto. A ellos se unieron numerosos judíos residentes en la capital imperial.
No querían que Arquelao gobernara sobre ellos.
Y entonces encontramos una de las semejanzas más extraordinarias con las palabras de Jesús:
«Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros» (Lucas 19:14, RVR1960).
La correspondencia resulta impresionante.
Un hombre que viaja a un país lejano para recibir autoridad.
Una población que lo aborrece.
Una embajada que viaja detrás de él para oponerse a su nombramiento.
Y un emperador que debe decidir quién gobernará.

El emperador romano tomando la decisión y decidiendo respetar el testamento de Herodes
Después de escuchar a los interesados, Augusto resolvió entregar a Arquelao Judea, Samaria e Idumea.
Sin embargo, no le concedió el título de rey.
Lo nombró etnarca, prometiéndole la posibilidad de alcanzar posteriormente la dignidad real si demostraba capacidad para gobernar.
Arquelao regresó a sus territorios con autoridad imperial.
Jesús continuó su relato:
«Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno» (Lucas 19:15, RVR1960).
En la parábola, el noble había entregado dinero a sus siervos antes de partir. Al regresar, les exigió cuentas de su administración.
El relato termina con una orden severa contra sus enemigos:
«Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí» (Lucas 19:27, RVR1960).
Esta última escena pertenece a la narración de Jesús y no debe confundirse con un acontecimiento documentado del regreso de Arquelao.
Pero el conjunto de la historia reproduce circunstancias políticas que los habitantes de Judea conocían.
Una historia que Jesús pudo escuchar desde su juventud
Cuando Jesús relató aquella parábola, los acontecimientos relacionados con Arquelao pertenecían a la memoria de la generación anterior.
Incluso la propia familia de Jesús había sido afectada por su llegada al poder.
Mateo escribió acerca de José:
«Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá» (Mateo 2:22, RVR1960).
José decidió no establecerse en Judea y se dirigió a Galilea.
Por tanto, Arquelao no era un personaje desconocido en la historia familiar de Jesús.
Y había otra circunstancia interesante.
Herodes Antipas, hermano de Arquelao, gobernaba Galilea desde Séforis durante los primeros años de su gobierno.
Aquella ciudad era un centro administrativo donde las noticias sobre la dinastía herodiana y las decisiones de Roma debían tener especial importancia.
Si Jesús visitó o trabajó en Séforis, pudo conocer allí relatos y conversaciones sobre los gobernantes de su tierra.
Aunque también pudo haber escuchado aquella historia en Nazaret, la relación con Séforis resulta interesante por su condición de centro político de Antipas.
La parábola pronunciada cerca de Jericó
Lucas conserva un detalle geográfico que aumenta nuestro interés.
Jesús contó esta parábola cuando se encontraba cerca de Jerusalén, después de su encuentro con Zaqueo en Jericó.
«Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente» (Lucas 19:11, RVR1960).
Jericó estaba profundamente vinculada con la historia de Herodes el Grande, quien había construido allí importantes residencias y había pasado sus últimos días en aquella región.
Fue también escenario de acontecimientos relacionados con la sucesión de sus hijos.
Jesús se encontraba, por tanto, en una región donde la memoria de aquella dinastía tenía profundas raíces.
Y habló de un hombre que debía marcharse para recibir un reino.
Una semejanza difícil de ignorar
Flavio Josefo relata el viaje de Arquelao, las acusaciones presentadas contra él y la decisión de Augusto en Antigüedades de los judíos, libro XVII.
La semejanza con Lucas 19:11–27 ha llamado la atención de numerosos investigadores bíblicos.
No significa que Jesús estuviera narrando literalmente la biografía de Arquelao. Su parábola incluye otros elementos y tiene un propósito propio.
Pero el episodio histórico ofrece un trasfondo particularmente convincente para comprender la elección de aquella escena.
Y nos deja una observación importante para nuestra investigación.
Jesús no solamente utilizaba ejemplos de sembradores, pastores, carpinteros y jornaleros. También podía incorporar a sus enseñanzas acontecimientos políticos que habían marcado la historia de su pueblo.
El carpintero de Nazaret había crecido bajo el gobierno de los hijos de Herodes.
Conocía una tierra sometida a las decisiones de Roma.
Y cuando habló de un noble que viajó para recibir su reino, utilizó una situación extraordinariamente semejante a la que había protagonizado Arquelao.
Una historia que había sucedido en su propio mundo y que sus oyentes podían reconocer.
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Dr. Elio M Rivera
Séforis — El mundo que pudo conocer Jesús
En las enseñanzas de Jesucristo encontramos personajes que parecen pertenecer a dos mundos completamente diferentes.
Por un lado, hombres ricos que poseían tierras, grandes cosechas, almacenes y administradores encargados de sus propiedades.
Por otro, trabajadores, campesinos y deudores que luchaban por cumplir sus obligaciones económicas.
Jesús conocía aquella desigualdad social y utilizó sus circunstancias en varias parábolas.
Lo interesante es que Séforis, como centro administrativo del gobierno de Herodes Antipas, reunía condiciones económicas y sociales semejantes a las que aparecen en esos relatos.
Una ciudad donde se concentraban la riqueza y el poder
Séforis no era solamente un lugar donde vivían artesanos y comerciantes.
Su condición de centro administrativo la relacionaba con funcionarios, recaudadores, propietarios y personas que participaban en la economía del gobierno herodiano.
La riqueza de Galilea procedía principalmente de la agricultura, la ganadería, el comercio y las actividades artesanales.
Los campos producían trigo, cebada, aceitunas, uvas y otros alimentos que abastecían a las poblaciones.
Pero no todos los que trabajaban la tierra eran sus propietarios.
Algunos campesinos cultivaban terrenos ajenos. Otros pagaban rentas o entregaban una parte de sus cosechas. También existían grandes propietarios que administraban sus bienes mediante representantes.
En ese mundo, una buena cosecha podía enriquecer considerablemente a un terrateniente, mientras una mala temporada podía colocar a una familia campesina en dificultades económicas.
La administración de propiedades requería hombres encargados de vigilar los bienes, registrar las obligaciones y organizar los pagos.
Eran los mayordomos o administradores que aparecen repetidamente en las enseñanzas de Jesús.

Jesús pudo haber observado las diferencias de las clases sociales en la ciudad de Seforís
El rico que necesitaba construir graneros más grandes
En Lucas encontramos una parábola particularmente interesante:
«La heredad de un hombre rico había producido mucho» (Lucas 12:16, RVR1960).
El propietario se encontró con una cosecha tan abundante que sus instalaciones resultaban insuficientes.
Entonces decidió:
«Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes» (Lucas 12:18, RVR1960).
La escena combina dos realidades que un artesano de Galilea podía conocer: la riqueza agrícola y la necesidad de construir edificios para almacenarla.
Un granero requería materiales, trabajadores y recursos económicos.
Ampliar las instalaciones de una propiedad importante podía representar un contrato atractivo para los constructores.
En los alrededores de Séforis existían tierras agrícolas productivas que sostenían la economía de la ciudad.
Un tekton que trabajara para propietarios acomodados podía participar en reparaciones, ampliaciones o construcciones relacionadas con aquellas actividades.
No sabemos si Jesús construyó algún granero.
Pero la parábola muestra su familiaridad con una sociedad donde algunos hombres acumulaban cosechas suficientes para levantar instalaciones mayores.
Los administradores de las grandes propiedades
En otra ocasión, Jesús contó la historia de un hombre rico que tenía un administrador.
«Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes» (Lucas 16:1, RVR1960).
El propietario no administraba personalmente todos sus negocios.
Había confiado aquella responsabilidad a otra persona.
El mayordomo debía llevar cuentas, supervisar operaciones y responder por los bienes que se le habían entregado.
Cuando surgieron acusaciones contra él, el dueño exigió una explicación:
«Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo» (Lucas 16:2, RVR1960).
Aquella situación refleja un sistema económico en el que los grandes propietarios dependían de administradores para manejar sus intereses.
En una ciudad vinculada con el gobierno de Herodes, la existencia de funcionarios y administradores no habría resultado extraña.
De hecho, Lucas menciona a Chuza, administrador de Herodes Antipas, esposo de Juana, una de las mujeres que ayudaban a Jesús (Lucas 8:3).
No sabemos si Chuza administraba propiedades, asuntos domésticos o determinadas responsabilidades oficiales del gobernante.
Pero su presencia demuestra que Jesús llegó a relacionarse con personas pertenecientes a aquel ambiente administrativo.
Los hombres que debían aceite y trigo
La parábola del mayordomo contiene otro detalle especialmente revelador.
Antes de perder su puesto, el administrador llamó a los deudores de su señor.
Jesús relató:
«¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta» (Lucas 16:5–6, RVR1960).
Después llamó a otro:
«Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta» (Lucas 16:7, RVR1960).
No estamos ante pequeñas deudas domésticas.
Las cantidades mencionadas representan volúmenes importantes de productos agrícolas.
Aquellas obligaciones podían surgir de operaciones comerciales, arrendamientos u otros acuerdos relacionados con la producción de las propiedades.
El aceite y el trigo eran productos fundamentales en la economía de Galilea.
Podían almacenarse, transportarse, venderse y utilizarse para cumplir obligaciones.
La escena muestra a un administrador que manejaba documentos de deuda y tenía suficiente autoridad para modificar las cantidades registradas.
En una economía donde la producción agrícola sostenía buena parte de la riqueza, las deudas no siempre se expresaban exclusivamente en monedas.
También podían establecerse en productos.
El mundo de los endeudados
Para muchos habitantes de Galilea, las obligaciones económicas podían convertirse en una carga difícil de soportar.
Una cosecha insuficiente, la enfermedad de un trabajador o la pérdida de animales podían reducir considerablemente los recursos de una familia.
Pero las rentas, los impuestos y las deudas podían continuar.
En ocasiones, los campesinos necesitaban recurrir a préstamos para conservar sus actividades o superar una temporada difícil.
El endeudamiento podía conducir a la pérdida de propiedades y aumentar la dependencia respecto de los acreedores.
Este contraste entre riqueza y necesidad aparece también en otra enseñanza de Jesús:
«Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez» (Lucas 16:19, RVR1960).
Frente a su puerta se encontraba Lázaro, un mendigo que deseaba alimentarse de lo que caía de la mesa del rico.
La escena refleja una desigualdad que podía encontrarse en las sociedades urbanas y rurales del mundo antiguo.
Grandes propiedades y hogares acomodados podían existir relativamente cerca de personas que apenas conseguían lo necesario para vivir.
Séforis, con su actividad administrativa y económica, ofrece un contexto apropiado para comprender aquella diferencia social.
¿Pudo Jesús observar estas relaciones en Séforis?
Un trabajador que acudiera a una ciudad como Séforis no encontraría solamente obras de construcción.
También entraría en contacto con propietarios, comerciantes, funcionarios, administradores y otros trabajadores.
Podría conocer las diferencias entre una vivienda acomodada y una casa humilde.
Escucharía conversaciones sobre pagos, cosechas, contratos y obligaciones económicas.
Y comprendería que detrás de las grandes propiedades existía una organización en la que participaban numerosas personas.
Si José y Jesús trabajaron en Séforis, aquel ambiente pudo ofrecerles oportunidades para observar algunas de estas realidades.
No es necesario suponer que cada parábola procede de un episodio ocurrido allí. Las relaciones económicas descritas por Jesús también existían en otras regiones de Galilea.
Pero la concentración de actividades administrativas, agrícolas y comerciales en Séforis hace razonable considerar aquella ciudad como uno de los ambientes donde Jesús pudo conocer de cerca esas diferencias sociales.
Resulta especialmente interesante que sus enseñanzas describieran con tanta naturalidad tanto las preocupaciones de los propietarios como las dificultades de quienes dependían de ellos.
El carpintero de Nazaret habló de grandes cosechas, graneros, mayordomos, documentos de deuda y hombres ricos.
También habló de pobres, jornaleros y personas necesitadas.
Era el mundo económico de Galilea, un mundo donde la riqueza de unos y las necesidades de otros podían encontrarse a poca distancia.
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Dr. Elio M Rivera
Entre las personas que acompañaron a Jesucristo durante su ministerio encontramos a una mujer cuya presencia plantea una pregunta histórica fascinante.
Su nombre era Juana.
No era una mujer desconocida para los círculos del poder. Su esposo ocupaba un puesto importante al servicio de Herodes Antipas, el gobernante de Galilea.
Y, sin embargo, Juana decidió apoyar a Jesús de Nazaret.
Lucas escribió:
«Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes» (Lucas 8:3, RVR1960).

Representación artística de una conversación entre Juana la mujer de Chuza y Jesús en Seforís
¿Cómo llegó una mujer relacionada con la administración de Herodes a convertirse en seguidora de un carpintero de Nazaret?
¿Dónde pudieron conocerse?
Y, sobre todo, ¿podría Séforis tener alguna relación con aquel encuentro?
Chuza, un hombre al servicio de Herodes
Herodes Antipas gobernaba Galilea y Perea como tetrarca, bajo la autoridad del emperador romano.
Su administración necesitaba funcionarios, encargados de propiedades, responsables de suministros y hombres de confianza que atendieran los asuntos del gobernante.
Uno de ellos era Chuza.
Lucas lo identifica con una palabra griega que designaba a un administrador o encargado de los asuntos de otra persona.
No conocemos sus responsabilidades exactas.
Pudo haber administrado propiedades, recursos económicos o determinados asuntos domésticos de Herodes.
Pero su posición lo vinculaba directamente con el entorno del tetrarca.
Y su esposa, Juana, pertenecía a aquel ambiente social.
No sabemos cuánto tiempo vivieron en Galilea ni dónde estaba establecida su residencia.
Sin embargo, durante los primeros años del gobierno de Antipas, Séforis fue uno de sus principales centros administrativos.
Por tanto, es razonable preguntarnos si Chuza pudo haber desempeñado allí alguna parte de sus responsabilidades.
Una mujer que difícilmente habría necesitado visitar Nazaret
Nazaret era una aldea pequeña, sin la importancia política y administrativa de Séforis.
No tenemos motivos para suponer que Juana visitara regularmente aquella población.
Si su familia estaba relacionada con la administración de Herodes, resulta más natural imaginar sus actividades vinculadas con centros donde se concentraban funcionarios, propiedades y negocios del gobierno.
Séforis era uno de esos lugares.
Y se encontraba aproximadamente a seis o siete kilómetros de Nazaret.
Esta cercanía introduce una posibilidad interesante.
¿Y si Jesús conoció a Juana antes de comenzar su ministerio público?
Los Evangelios no indican cuándo se encontraron por primera vez.
Tampoco explican cómo una mujer del entorno de Herodes llegó a conocerlo.
Pero sabemos que Jesús había trabajado como tekton, y que Séforis era una ciudad donde existían oportunidades para los artesanos de la construcción.
Aquellas circunstancias permiten plantear una hipótesis.
¿Pudo Jesús trabajar para la familia de Chuza?
Imaginemos por un momento la actividad cotidiana de Séforis.
Funcionarios que necesitaban mantener sus residencias.
Propietarios que encargaban reparaciones.
Administradores que contrataban trabajadores para construir habitaciones, puertas, techumbres o instalaciones de almacenamiento.
En aquel ambiente, un artesano procedente de Nazaret podía encontrar oportunidades de trabajo.
Si José y Jesús acudían a Séforis, pudieron recibir encargos de personas relacionadas con la administración herodiana.
¿Pudo Chuza haber contratado a Jesús para alguna reparación o construcción?
¿Pudo Juana haber conocido al joven artesano mientras trabajaba en una propiedad familiar?
¿Pudo aquel primer contacto convertirse, años después, en una relación diferente cuando Jesús comenzó a predicar?
Es una hipótesis, no un acontecimiento documentado.
No conocemos ninguna propiedad de Chuza en Séforis, ni existe un registro que relacione a Jesús con trabajos realizados para su familia.
Pero la posibilidad merece considerarse porque reúne circunstancias históricas reales: la cercanía de Nazaret, la actividad de Séforis, el oficio de Jesús y la posición administrativa de Chuza.
Además, ofrece una posible explicación de cómo pudieron entrar en contacto personas pertenecientes a ambientes sociales tan diferentes.
Juana comenzó a seguir a Jesús
Lucas presenta a Juana entre las mujeres que acompañaban a Jesús y a sus discípulos.
El evangelista explica que varias de aquellas mujeres habían sido sanadas de enfermedades y liberadas de espíritus malos.
No especifica qué experiencia personal había tenido Juana.
Pero sí nos dice algo importante: ella participaba en el sostenimiento material del ministerio.
«Y otras muchas que le servían de sus bienes» (Lucas 8:3, RVR1960).
Aquellas mujeres contribuían con sus recursos para atender las necesidades del grupo.
Esto resulta significativo.
Jesús y sus discípulos recorrían ciudades y aldeas. Necesitaban alimentos, alojamiento y otros recursos durante sus viajes.
La ayuda de personas que disponían de medios económicos permitía sostener parte de aquellas actividades.
Juana aparece entre esas colaboradoras.
Su presencia también revela que el mensaje de Jesús había alcanzado a personas vinculadas con círculos sociales acomodados y con la propia administración de Herodes.
Una relación sorprendente con la casa del tetrarca
La conexión adquiere mayor interés cuando recordamos la actitud de Herodes Antipas hacia Jesús.
Lucas relata que el tetrarca escuchó noticias acerca de sus obras y quedó perplejo.
«Y dijo Herodes: A Juan yo le hice decapitar; ¿quién, pues, es éste, de quien oigo tales cosas? Y procuraba verle» (Lucas 9:9, RVR1960).
Herodes había ordenado la muerte de Juan el Bautista.
Ahora escuchaba hablar de otro predicador que atraía multitudes.
Mientras tanto, la esposa de uno de sus administradores se encontraba entre las personas que apoyaban a Jesús.
No sabemos si Chuza compartía la fe de Juana, si conocía personalmente a Jesús o qué pensaba Herodes acerca de aquella relación.
Lucas no proporciona esos detalles.
Pero el contraste histórico es notable.
Dentro del entorno administrativo del gobernante de Galilea existía una familia vinculada directamente con el movimiento de Jesús.
Esto demuestra que las relaciones sociales del ministerio de Jesucristo no estuvieron limitadas a pescadores, campesinos y trabajadores humildes.
Juana permaneció hasta el final
La historia de Juana no termina durante los recorridos de Jesús por Galilea.
Lucas vuelve a mencionarla después de la crucifixión.
Cuando las mujeres acudieron al sepulcro y encontraron que el cuerpo de Jesús no estaba allí, regresaron para comunicar lo sucedido a los apóstoles.
El evangelista escribió:
«Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles» (Lucas 24:10, RVR1960).
Juana había permanecido vinculada a Jesús hasta aquellos acontecimientos decisivos.
La mujer relacionada con la administración de Herodes aparece ahora entre las primeras testigos que anunciaron a los discípulos lo sucedido en el sepulcro.
Su participación no fue una relación pasajera.
Lucas la menciona tanto durante el ministerio de Jesús como después de su muerte.
Una posibilidad que nos lleva nuevamente a Séforis
La historia de Juana nos permite formular una pregunta distinta de las que hemos considerado en los capítulos anteriores.
Hasta ahora hemos examinado si Jesús pudo conocer en Séforis determinadas actividades laborales, construcciones y circunstancias económicas.
Pero también debemos considerar a las personas.
Una ciudad administrativa reunía funcionarios, familias acomodadas, comerciantes, trabajadores y artesanos.
Entre ellos podían establecerse relaciones que continuaran muchos años después.
Si Jesús trabajó en Séforis, es posible que allí conociera a personas que posteriormente volvieron a encontrarse con Él durante su ministerio.
Juana representa una posibilidad especialmente sugestiva.
Su esposo pertenecía al entorno de Herodes Antipas.
Ella llegó a conocer a Jesús, lo siguió y contribuyó con sus bienes.
Y permaneció entre sus seguidores hasta los acontecimientos de Jerusalén.
No podemos demostrar que aquel primer encuentro ocurriera en Séforis ni que Jesús realizara trabajos para su familia.
Pero tampoco debemos pasar por alto la proximidad geográfica y social que hace posible esa reconstrucción.
Quizá, antes de escuchar al Maestro que anunciaba el reino de Dios, Juana había conocido al artesano de Nazaret.
No lo sabemos.
Pero es una posibilidad que nos invita a contemplar los años de trabajo de Jesús desde una perspectiva diferente.
Porque en aquellos años no solamente pudo haber construido edificios.
También pudo haber conocido a personas que, tiempo después, formarían parte de su historia.
Libro recomendado

Dr. Elio M Rivera
A unos seis kilómetros de Nazaret se levantaba una ciudad que estaba experimentando importantes transformaciones.
Se llamaba Séforis.
Mientras Jesús crecía en Nazaret, Herodes Antipas desarrollaba aquella ciudad como uno de los principales centros políticos y administrativos de Galilea.
Allí había construcciones, funcionarios, comerciantes, propietarios y trabajadores que necesitaban ganarse la vida.
Y en Nazaret vivía un joven que había aprendido el oficio de constructor.
¿Es razonable pensar que Jesús nunca visitó aquella ciudad?
Los Evangelios no mencionan ninguna visita suya a Séforis. Tampoco conservamos documentos que lo identifiquen entre sus trabajadores.
Sin embargo, cuando reunimos los datos geográficos, laborales e históricos, encontramos una hipótesis que merece ser examinada.
Una ciudad demasiado cercana para ignorarla
La distancia entre Nazaret y Séforis era relativamente corta.
Un hombre acostumbrado a caminar podía recorrerla aproximadamente en una hora y media, dependiendo del camino y las condiciones del terreno.
No era necesario organizar una expedición ni ausentarse durante varios días.
Un trabajador podía salir de Nazaret por la mañana, cumplir una jornada en Séforis y regresar a su hogar.
Durante los primeros años del siglo primero, Antipas impulsó la reconstrucción y el desarrollo de la ciudad.
Aquellas actividades requerían artesanos capaces de trabajar con piedra, madera y otros materiales.
Y precisamente ése era el oficio de Jesús.
«¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3, RVR1960).
Mateo también identifica a José por su oficio:
«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mateo 13:55, RVR1960).
La palabra griega tekton no se limitaba necesariamente a fabricar muebles. Podía referirse a un artesano dedicado a trabajos de construcción.
Así encontramos tres circunstancias que coinciden:
Una ciudad cercana necesitaba trabajadores.
En Nazaret vivía una familia de artesanos.
Y las obras de Séforis se desarrollaban durante los años en que Jesús crecía y llegaba a la edad adulta.
Ninguna de estas circunstancias demuestra que trabajara allí.
Pero juntas hacen que la posibilidad resulte razonable.

Las huellas del oficio en sus enseñanzas de Jesucristo
Jesús habló de torres, fundamentos, casas y presupuestos de construcción.
«Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?» (Lucas 14:28, RVR1960).
También describió al hombre que preparaba cuidadosamente los cimientos de su casa:
«Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca» (Lucas 6:48, RVR1960).
Son ejemplos que encajan perfectamente con la experiencia de un constructor.
Un artesano sabía que una obra podía fracasar por falta de recursos, que los fundamentos debían ser resistentes y que una construcción inconclusa podía convertirse en motivo de vergüenza para su propietario.
No necesitamos recurrir a Séforis para explicar esos conocimientos. El propio oficio de Jesús es suficiente.
Pero si trabajó en aquella ciudad, habría encontrado oportunidades para observar construcciones de mayor tamaño que las habituales en una pequeña aldea.
Los hombres que esperaban trabajo
En la parábola de los obreros de la viña encontramos otra escena característica de la economía antigua.
Hombres que esperaban en una plaza hasta que alguien los contratara.
Algunos conseguían trabajo temprano.
Otros permanecían allí durante horas.
«Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado» (Mateo 20:7, RVR1960).
La contratación de jornaleros no era exclusiva de Séforis. También ocurría en comunidades agrícolas.
Sin embargo, una ciudad en crecimiento necesitaba trabajadores eventuales para transportar materiales, levantar edificios, realizar reparaciones y atender numerosas actividades.
Si Jesús acudió a Séforis como artesano, pudo conocer aquel ambiente laboral.
Hombres que dependían de encontrar empleo cada mañana.
Patrones que negociaban salarios.
Trabajadores que regresaban a casa con dinero y otros que volvían sin haber conseguido nada.
La parábola refleja un mundo que Jesús pudo conocer desde dentro, como integrante de una familia trabajadora.
Los ricos, los mayordomos y las deudas
Las enseñanzas de Jesús también describen relaciones económicas que iban mucho más allá de la vida de un pequeño taller.
En Lucas encontramos propietarios con grandes cosechas, administradores encargados de negocios y deudores obligados a entregar cantidades importantes de trigo y aceite.
«Había un hombre rico que tenía un mayordomo» (Lucas 16:1, RVR1960).
Séforis, como centro administrativo de Antipas, estaba relacionada con funcionarios, propietarios y actividades comerciales.
Allí podían coincidir personas acomodadas y trabajadores de recursos modestos.
Un artesano contratado para construir o reparar una propiedad podía entrar en contacto con ese mundo sin pertenecer a él.
Y esta posibilidad adquiere mayor interés cuando encontramos en los Evangelios a una mujer vinculada directamente con la administración herodiana.
Juana: una conexión personal con la casa de Herodes
Lucas menciona entre las seguidoras de Jesús a:
«Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes» (Lucas 8:3, RVR1960).
Su esposo era administrador de Herodes Antipas.
Por tanto, Juana pertenecía a una familia relacionada con el entorno del gobernante de Galilea.
¿Cómo conoció a Jesús?
Lucas no lo explica.
Podría haberlo conocido durante su ministerio público, cuando las multitudes acudían a escucharlo.
Pero también podemos considerar otra posibilidad.
Si Chuza tenía responsabilidades o propiedades en Séforis, y Jesús trabajó allí, sus caminos pudieron cruzarse años antes.
Quizá mediante un encargo de construcción o una reparación.
No tenemos pruebas de que sucediera así, ni conocemos una residencia de Chuza en aquella ciudad.
Sin embargo, la relación entre Juana y Jesús es un hecho documentado por Lucas.
Y demuestra que el ministerio de Jesús llegó a personas vinculadas con la administración de Herodes.
Juana aparece nuevamente entre las mujeres que anunciaron a los apóstoles lo ocurrido en el sepulcro (Lucas 24:10).
Aquella relación había llegado mucho más allá de un encuentro ocasional.
El ambiente político de una capital herodiana
Séforis también era un lugar donde las decisiones de Roma y las disputas de la familia de Herodes tenían consecuencias directas.
Cuando Herodes el Grande murió, su hijo Arquelao viajó a Roma para solicitar el reconocimiento de su autoridad.
Una delegación de sus súbditos se presentó ante Augusto para oponerse a su gobierno.
Años después, Jesús contó una parábola que comenzaba así:
«Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver» (Lucas 19:12, RVR1960).
Y añadió:
«Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros» (Lucas 19:14, RVR1960).
La semejanza con la historia de Arquelao es extraordinaria.
Jesús pudo conocer aquellos acontecimientos por los relatos que circulaban entre los habitantes de Galilea.
Su propia familia había tenido razones para temer el gobierno de Arquelao, según Mateo 2:22.
Pero una ciudad administrativa como Séforis también habría sido un lugar natural para escuchar conversaciones sobre la dinastía herodiana.
El teatro y el lenguaje de los hipócritas
Entre los restos arqueológicos más conocidos de Séforis se encuentra su teatro.
Su existencia es indiscutible, aunque los investigadores mantienen diferentes opiniones sobre la fecha de su primera construcción.
Algunos sitúan sus comienzos durante el gobierno de Antipas; otros consideran que fue construido posteriormente.
Esto importa porque determina si Jesús pudo haberlo conocido.
En sus enseñanzas, Jesús utilizó la palabra griega hypokritēs, relacionada originalmente con el mundo de los actores.
«Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles» (Mateo 6:2, RVR1960).
El vocabulario teatral y la imagen de anunciar públicamente una acción ofrecen una comparación sugestiva con el mundo de los espectáculos.
Si el teatro de Séforis ya funcionaba durante la juventud de Jesús, pudo haber conocido ese ambiente.
Sin embargo, el uso de la palabra hipócrita no demuestra que hubiera asistido a representaciones teatrales, y tampoco podemos identificar con certeza las trompetas de Mateo con los anuncios de un teatro.
Es una conexión interesante, pero menos sólida que la evidencia geográfica y laboral.
¿Qué nos permiten concluir los indicios?
Después de reunir los elementos examinados, podemos distinguir tres niveles de evidencia.
Primero: los hechos históricos.
Jesús creció en Nazaret y ejerció el oficio de tekton. Séforis se encontraba a poca distancia y fue desarrollada por Herodes Antipas durante aquellos años.
Segundo: las posibilidades razonables.
La cercanía de una ciudad en construcción pudo ofrecer oportunidades laborales a José y Jesús. Si trabajaron allí, habrían tenido contacto con artesanos, jornaleros, propietarios y funcionarios.
Tercero: las conexiones que todavía no podemos demostrar.
No sabemos si Jesús construyó edificios en Séforis, si conoció allí a Juana, si presenció alguna representación teatral o si determinadas parábolas nacieron de experiencias concretas en aquella ciudad.
La diferencia es importante.
No necesitamos convertir una hipótesis en certeza para reconocer su valor histórico.
¿Estuvo Jesús en Séforis?
Después de examinar todos estos indicios, considero razonable pensar que Jesús pudo haber visitado Séforis e incluso trabajado allí.
La ciudad estaba demasiado cerca de Nazaret y ofrecía oportunidades laborales demasiado relacionadas con su oficio como para descartar esa posibilidad.
Pero tampoco sería correcto afirmar que necesariamente acudió a ella.
Los Evangelios guardan silencio sobre ese punto.
La arqueología confirma la existencia y el desarrollo de Séforis, pero no ha identificado ninguna obra realizada por Jesús.
Por eso, nuestra conclusión debe ser proporcionada a las evidencias.
La presencia laboral de Jesús en Séforis es una hipótesis históricamente plausible, aunque no demostrada.
Y aun si nunca hubiera trabajado allí, aquella ciudad formaba parte del entorno regional en el que creció.
Su desarrollo económico, su administración y las actividades de sus habitantes ayudan a comprender mejor la Galilea de su juventud.
Durante muchos años hemos contemplado a Jesús caminando por las aldeas, enseñando junto al mar y hablando a las multitudes.
Pero antes de aquellos recorridos hubo una vida de trabajo.
Hubo herramientas, materiales, jornadas agotadoras y responsabilidades familiares.
Y a poca distancia de Nazaret existía una ciudad que necesitaba precisamente hombres dedicados a construir.
Tal vez algunas de las experiencias que posteriormente aparecieron en las enseñanzas de Jesús comenzaron durante aquellos años, cuando todavía era conocido simplemente como el carpintero de Nazaret.
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Dr. Elio M Rivera
El Hijo de Dios que conoció las responsabilidades de los hombres
Durante aproximadamente treinta años, Jesucristo vivió antes de comenzar su ministerio público.
Treinta años.
No pasó aquellos años predicando a las multitudes, recorriendo las ciudades como Maestro ni realizando públicamente los milagros que después lo darían a conocer.
Creció en una familia.
Aprendió un oficio.
Trabajó con sus manos.
Y durante buena parte de su vida fue conocido por sus vecinos simplemente como el carpintero.
«¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3, RVR1960).
¿Por qué?
Si había venido al mundo para salvar a los hombres, ¿por qué dedicar tantos años a trabajar?
¿Por qué no comenzar inmediatamente su ministerio?
¿Por qué someterse a jornadas de esfuerzo físico, responsabilidades familiares y preocupaciones económicas?
La respuesta nos conduce a uno de los aspectos más hermosos de la encarnación.

Jesucristo no vino solamente a visitar el mundo de los hombres. Vino a vivir en él.
Nació en una familia que tenía que trabajar
Jesús no nació en una familia rica.
José era artesano. Su sustento dependía del trabajo que realizaba.
María tenía las responsabilidades propias de una madre en una familia de Galilea.
Había que conseguir alimentos, mantener la vivienda, preparar la ropa y atender las necesidades de la casa.
El pan no aparecía milagrosamente sobre la mesa cada mañana.
Alguien tenía que trabajar para obtenerlo.
Y Jesús creció dentro de aquella realidad.
Conoció desde niño que la vida familiar exigía esfuerzo y colaboración.
Cuando tuvo edad suficiente, aprendió el oficio de José.
No sabemos exactamente cuándo comenzó a trabajar ni qué tareas desempeñó primero.
Pero podemos imaginar el proceso habitual de aprendizaje de un artesano: observar, ayudar, transportar materiales, conocer las herramientas y adquirir gradualmente las habilidades necesarias para realizar trabajos más complejos.
Con el tiempo, Jesús llegó a ser reconocido por su propio oficio.
Marcos no lo llama solamente hijo del carpintero.
Lo llama el carpintero.
Había trabajado lo suficiente para que sus vecinos lo identificaran de esa manera.
No vino a quebrantar las responsabilidades humanas
Jesús no consideró que su condición de Hijo de Dios lo eximiera de las obligaciones ordinarias de la vida.
Lucas escribió acerca de su infancia:
«Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos» (Lucas 2:51, RVR1960).
Aquel que había venido del Padre vivió bajo la autoridad de José y María.
No rechazó la disciplina familiar.
No exigió privilegios especiales.
No utilizó su identidad divina como excusa para apartarse de las responsabilidades humanas.
Más adelante declararía:
«No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir» (Mateo 5:17, RVR1960).
Aunque estas palabras se refieren directamente a la Ley y los Profetas, expresan algo fundamental acerca de su misión.
Jesús no vino a vivir al margen de la voluntad de Dios.
Vino a cumplirla.
Y dentro de la vida humana, el trabajo ocupaba un lugar establecido desde el principio.
Antes de la entrada del pecado en el mundo, Dios había colocado al hombre en el huerto para que lo labrara y lo guardase (Génesis 2:15).
El trabajo no comenzó como un castigo.
Lo que el pecado introdujo fue el sufrimiento, la fatiga y las dificultades que acompañarían al esfuerzo humano.
Jesús entró en un mundo donde trabajar era necesario para vivir.
Y trabajó.
Porque en su casa había necesidades
A veces imaginamos la casa de Nazaret como si hubiera estado protegida de las preocupaciones económicas que afectaban a las demás familias.
Pero los Evangelios no presentan una familia que viviera rodeada de abundancia.
José y María ofrecieron en el templo el sacrificio de aves permitido por la Ley para quienes no podían presentar un cordero (Lucas 2:24; Levítico 12:8).
Aquello sugiere que, al menos en ese momento, sus recursos eran modestos.
Con los años, la familia creció.
Los Evangelios mencionan hermanos y hermanas de Jesús.
Había más personas que alimentar, vestir y cuidar.
No sabemos cuándo murió José. Su ausencia durante el ministerio público de Jesús ha llevado a muchos a considerar que pudo haber fallecido antes.
Si así ocurrió, Jesús, como hijo mayor, pudo haber asumido mayores responsabilidades económicas dentro de la familia.
Pero aun sin conocer aquella circunstancia, sabemos que pertenecía a un hogar donde el sustento estaba relacionado con un oficio.
Jesús no trabajaba para representar teatralmente la pobreza. Trabajaba porque aquella era la vida real de su familia.
Si había que reparar algo, alguien debía hacerlo.
Si faltaban alimentos, había que conseguir recursos.
Si surgía una necesidad inesperada, la familia debía enfrentarla.
Y el Hijo de Dios participó en aquella vida cotidiana.
Porque todavía no había llegado su hora
Jesús no comenzó su ministerio público durante la adolescencia.
Lucas señala:
«Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años» (Lucas 3:23, RVR1960).
Durante los años anteriores, su misión pública todavía no había comenzado.
Pero eso no significaba que su vida estuviera detenida.
No había llegado el momento de recorrer Galilea predicando el reino de Dios.
Mientras tanto, había una familia, un hogar y un oficio.
Jesús no pasó aquellos años esperando sin hacer nada.
Vivió las responsabilidades correspondientes a aquella etapa de su vida.
El trabajo no fue una distracción que retrasó su misión.
Fue parte de la vida humana que había venido a asumir.
Cuando llegó el momento señalado, dejó atrás su vida ordinaria y comenzó su ministerio público.
Pero antes había conocido durante años lo que significaba levantarse para trabajar.
Porque conoció el cansancio antes de llamar a los cansados
Hay algo profundamente conmovedor en pensar que Jesús conoció el agotamiento físico mucho antes de recorrer los caminos de Galilea como Maestro.
Un constructor tenía que caminar hasta el lugar de trabajo, cargar materiales, permanecer de pie durante horas y utilizar constantemente sus manos y su fuerza.
En verano, el calor podía hacer más agotadora la jornada.
En invierno, el frío y la humedad dificultaban las tareas.
Había días de trabajo intenso y otros en los que quizá no surgían suficientes encargos.
No conocemos las jornadas concretas de Jesús, pero sí las condiciones generales de los trabajadores de su época.
Y sabemos que Él tuvo un oficio manual.
Años después, el Evangelio de Juan nos presenta una escena reveladora:
«Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo» (Juan 4:6, RVR1960).
Jesús se cansaba.
Su cuerpo experimentaba las limitaciones propias de nuestra humanidad.
Necesitaba descansar.
Necesitaba alimentarse.
Conocía el esfuerzo.
Por eso, cuando dijo:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28, RVR1960),
no estaba hablando como alguien completamente ajeno al cansancio humano.
El descanso que ofrecía era mucho más profundo que la recuperación física, pero quien pronunciaba aquellas palabras había experimentado personalmente la fatiga.
Porque iba a llamar a hombres que también tenían obligaciones
Pensemos en los hombres que Jesús llamó para seguirlo.
Pedro y Andrés eran pescadores.
Jacobo y Juan trabajaban con su padre.
Mateo tenía una ocupación relacionada con la recaudación de impuestos.
Eran hombres con responsabilidades.
Tenían familias, compromisos y necesidades económicas.
Cuando Jesús los llamó, no estaba invitando a personas que carecían de ocupaciones.
Les estaba pidiendo que respondieran a un llamamiento extraordinario, aun cuando aquello implicara cambios profundos en sus vidas.
Pero Jesús conocía el mundo que ellos dejaban atrás.
Sabía lo que significaba trabajar para conseguir el sustento.
Sabía que un hombre podía llegar agotado al final del día.
Sabía que las necesidades familiares no desaparecían simplemente porque alguien amara a Dios.
Y esto tiene una aplicación que alcanza hasta nuestros días.
Muchos creyentes desean servir a Dios, anunciar el Evangelio y ayudar a otros.
Pero también tienen que trabajar.
Deben pagar sus obligaciones.
Tienen hijos que alimentar.
Llegan cansados a casa.
En ocasiones sienten que las exigencias de la vida les dejan pocas fuerzas para cumplir su llamamiento cristiano.
Jesús nunca fue ajeno a esa realidad.
Antes de llamar a otros a seguirlo, Él mismo había vivido muchos años sujeto a las responsabilidades de una familia trabajadora.
No trabajó para convertirse en mártir
Conviene aclarar algo importante.
Jesús no necesitaba inventarse sufrimientos para demostrar su amor.
No buscaba trabajos agotadores con el propósito de castigarse.
No convirtió la pobreza en un espectáculo.
Trabajó porque era un hombre verdadero que vivía en una familia verdadera.
Y esa familia tenía necesidades.
El esfuerzo, el cansancio y las dificultades eran parte de la vida ordinaria.
Su obediencia al Padre no consistía en buscar sufrimientos innecesarios, sino en cumplir fielmente la voluntad divina en cada etapa de su existencia.
Durante sus años en Nazaret, eso incluyó vivir como hijo, hermano y trabajador.
Su sacrificio redentor tendría lugar en la cruz.
Pero su amor por nosotros también se manifestó en la humildad de asumir nuestra condición humana.
Pablo escribió:
«Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).
Aquella obediencia no comenzó en el Calvario.
Había caracterizado toda su vida.
Porque el trabajo también forma parte de la obediencia a Dios
Años después, el apóstol Pablo enseñaría a los creyentes:
«Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10, RVR1960).
Pablo se refería a quienes se negaban voluntariamente a trabajar, no a quienes estaban enfermos, desempleados o imposibilitados para hacerlo.
Es interesante que el propio apóstol trabajara con sus manos mientras anunciaba el Evangelio.
No consideraba que el servicio a Dios y el trabajo fueran actividades incompatibles.
Jesús había vivido esa realidad antes que él.
Durante muchos años no desempeñó públicamente el ministerio que después lo llevaría por Galilea y Judea.
Sin embargo, su vida no carecía de propósito.
El trabajo honrado, el cuidado de la familia y el cumplimiento de las responsabilidades cotidianas también pertenecían a una vida de obediencia.
No todos los días de una vida consagrada a Dios tienen que transcurrir delante de una multitud.
Algunos transcurren dentro de una casa.
Otros, en un taller.
Otros, realizando labores que nadie recordará.
Y ninguno de ellos carece de valor por esa razón.
Para ser semejante a nosotros
La carta a los Hebreos contiene una declaración que ilumina estos años de la vida de Jesús:
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere» (Hebreos 2:17, RVR1960).
Jesús no asumió solamente la apariencia exterior de un hombre.
Vivió una auténtica existencia humana, sin pecado.
Conoció el crecimiento, el aprendizaje, las relaciones familiares, las obligaciones y las limitaciones físicas.
Hebreos añade:
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
Esto no significa que Jesús necesitara experimentar personalmente cada circunstancia imaginable para comprendernos.
Significa que su humanidad fue verdadera y que conoce nuestras debilidades.
Cuando un padre de familia termina agotado su jornada, Jesucristo comprende el cansancio.
Cuando una madre trabaja durante horas para atender las necesidades de su hogar, Él conoce el valor de ese esfuerzo.
Cuando un hombre tiene que cumplir sus responsabilidades antes de disponer de tiempo para otras actividades, Jesús comprende las exigencias de la vida humana.
Y cuando un creyente desea servir a Dios, pero siente el peso de sus obligaciones, puede acercarse a un Salvador que no vivió apartado de nuestra condición.
Los años que no fueron perdidos
Tal vez uno de nuestros errores ha sido pensar que la vida verdaderamente importante de Jesús comenzó cuando salió de Nazaret para predicar.
Como si los años anteriores solamente hubieran sido una larga espera.
Pero aquellos años también pertenecían a la encarnación.
El niño que nació en Belén creció.
El muchacho que regresó con sus padres a Nazaret aprendió a vivir bajo su autoridad.
El joven adquirió un oficio.
Y el hombre trabajó hasta que llegó el momento de comenzar su ministerio.
No sabemos cuántas casas ayudó a construir.
No conocemos los nombres de sus compañeros de trabajo.
No sabemos si caminó hasta Séforis para participar en sus construcciones.
Tampoco conocemos cuántas veces regresó a su hogar con el cuerpo agotado después de una jornada.
Pero sabemos que fue carpintero.
Y eso es suficiente para reconocer que el Hijo de Dios dedicó una parte considerable de su vida terrenal al trabajo ordinario.
No fue tiempo perdido.
No fue una interrupción de su misión.
Fue parte de la vida que había decidido compartir con nosotros.
El carpintero que después cargó una cruz
Durante años, las manos de Jesús trabajaron con los materiales que utilizaban los artesanos de Galilea.
Fueron manos acostumbradas al esfuerzo.
Manos que aprendieron un oficio.
Manos que participaron en las responsabilidades de un hogar.
Cuando llegó su hora, aquellas mismas manos serían clavadas en una cruz.
Pero antes del Calvario hubo Nazaret.
Antes de las multitudes hubo jornadas de trabajo.
Antes de enviar a sus discípulos a anunciar el Evangelio, Él mismo había conocido la vida de los hombres a quienes llamaría.
Y antes de entregar su vida por nosotros, había vivido entre nosotros.
No trabajó para demostrar que era un mártir.
Trabajó porque se hizo verdaderamente hombre.
Porque había una familia que necesitaba sustento.
Porque todavía no había llegado la hora de su manifestación pública.
Porque la obediencia a Dios también se vive en las responsabilidades ordinarias.
Y porque quiso compartir nuestra condición humana, con sus trabajos, sus obligaciones y su cansancio.
Durante aproximadamente treinta años, el mundo no escuchó sus grandes sermones.
No vio todavía sus extraordinarios milagros.
Pero en una pequeña aldea de Galilea, el Hijo eterno de Dios estaba viviendo una auténtica vida humana.
Y cuando finalmente nos llamó a seguirlo, no nos habló desde una existencia ajena a la nuestra.
Nos habló como Aquel que había vivido entre nosotros.
Como Aquel que también había trabajado.
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