Texto clave
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.”
Gálatas 4:4-5, RVR1960
En el capítulo anterior llegamos a una de las verdades más extraordinarias de toda esta historia.
El hombre tenía una deuda que no podía pagar.
La justicia de Dios no podía simplemente ignorarla.
La paga del pecado era muerte.
El hombre había quedado destituido de la gloria de Dios.
Y entonces Dios hizo algo extraordinario.
No abandonó la justicia, pero tampoco abandonó al culpable.
La solución no surgiría de nosotros.
Vendría de Dios.
Y no sería simplemente una nueva ley.
No sería una filosofía.
No sería una religión.
No sería una lista de buenas obras mediante las cuales pudiéramos pagar poco a poco nuestra deuda.
La solución sería una Persona.
El Hijo de Dios entraría en nuestra historia.

Antes de Belén, Jesucristo ya existía.
Juan comienza su Evangelio declarando:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Y después:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3, RVR1960
El Hijo no comenzó a existir en Belén.
Ya estaba allí antes de nuestra historia.
Había compartido gloria con el Padre.
Jesús mismo habló de:
“…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Juan 17:5, RVR1960
Él no pertenecía al imperio de la muerte que había surgido después de la caída.
No era parte de nuestra rebelión.
No estaba entre los descendientes culpables de Adán que necesitaban ser rescatados.
Él era el Creador.
Pero nosotros estábamos aquí.
Dentro de la historia que comenzó después de Edén.
Fuera del huerto.
Destituidos de la gloria.
Bajo el pecado.
Bajo sentencia.
Sujetos a muerte.
Y entonces sucedió algo extraordinario:
el Hijo decidió entrar en el mundo de los que necesitaban ser rescatados.
Este es uno de los grandes movimientos de la salvación.
El hombre había sido expulsado de Edén.
El hombre no podía abrir nuevamente el camino hacia el árbol de la vida.
No podía escalar hasta el cielo.
No podía regresar por sus propios méritos al Reino del que había quedado destituido.
Entonces Dios hizo lo contrario de lo que nosotros jamás habríamos podido hacer.
Él vino hasta nosotros.
Juan lo describe en una de las frases más extraordinarias de toda la Biblia:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960
“fue hecho carne.”
El Creador entró en la creación.
El Hijo eterno entró en el tiempo.
El que había compartido la gloria del Padre entró en nuestro mundo caído.
El que no debía nada entró en la historia de los deudores.
El que no era esclavo entró en el mundo de los esclavizados.
El que tenía vida entró en el mundo donde reinaba la muerte.
Aquí está la pregunta central de este capítulo.
¿Por qué no resolver todo desde el cielo?
¿Por qué Belén?
¿Por qué nacer de una mujer?
¿Por qué asumir carne y sangre?
¿Por qué entrar verdaderamente en nuestra humanidad?
Hebreos comienza a responder:
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo…”
Hebreos 2:14, RVR1960
Observe:
Nosotros participamos de:
“carne y sangre.”
Entonces:
“Él también participó de lo mismo.”
No vino simplemente a observar nuestra condición.
Entró en ella.
No dejó de ser quien era.
Pero asumió verdaderamente nuestra humanidad.
Y Hebreos explica que esto tenía un propósito relacionado precisamente con el problema que venimos estudiando:
“…para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.”
Hebreos 2:14, RVR1960
Para enfrentar la muerte:
tenía que poder morir.
Y para morir como hombre:
tenía que hacerse hombre.
Pablo añade otro elemento fundamental:
“Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley…”
Gálatas 4:4, RVR1960
¿Por qué?
El siguiente versículo responde:
“Para que redimiese a los que estaban bajo la ley…”
Gálatas 4:5, RVR1960
Esta expresión es extraordinaria para nuestra serie.
“Para que redimiese.”
No vino solamente para enseñarnos.
Aunque enseñó.
No vino solamente para mostrarnos cómo vivir.
Aunque su vida fue perfecta.
No vino solamente para realizar milagros.
Aunque realizó milagros.
No vino solamente para revelar al Padre.
Aunque lo reveló.
Había una misión relacionada directamente con nuestra condición:
redimir.
Nosotros estábamos bajo aquello que no habíamos podido cumplir perfectamente.
Él entró:
“bajo la ley.”
El Hijo entró voluntariamente en el escenario donde había ocurrido nuestro fracaso.
Hebreos vuelve a explicarlo:
“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos…”
Hebreos 2:17, RVR1960
Y después proporciona la razón:
“…para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.”
Hebreos 2:17, RVR1960
Aquí comenzamos a ver la profundidad del plan.
El problema era humano.
El pecado había entrado en la historia humana.
Adán había desobedecido como hombre.
La humanidad estaba bajo condenación.
Entonces el Hijo de Dios entró verdaderamente en nuestra humanidad.
No apareció simplemente con apariencia humana.
Nació.
Creció.
Vivió entre nosotros.
Tuvo un cuerpo verdadero.
Carne verdadera.
Sangre verdadera.
Podía sentir hambre.
Podía sentir cansancio.
Y, finalmente, aquel cuerpo podía morir.
Todo esto será estudiado con mucha mayor profundidad en otras series de Cristopedia dedicadas específicamente a la encarnación, Belén y la vida y obra de Jesucristo.
Aquí nos interesa principalmente una verdad:
para resolver nuestro problema, el Hijo entró verdaderamente en nuestra condición humana.
Si simplemente hubiera venido otro pecador, tendríamos otro hombre con su propia deuda.
Un culpable no podía pagar por todos los demás culpables.
Un condenado no podía convertirse en el Salvador de los condenados.
Un esclavo no podía ofrecerse como libertador mientras él mismo necesitara ser liberado.
Por eso Cristo entró en nuestra humanidad, pero existe una diferencia fundamental:
Él no pecó.
Hebreos dice:
“…fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”
Hebreos 4:15, RVR1960
Pedro declara:
“El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.”
1 Pedro 2:22, RVR1960
Y Pablo escribe:
“Al que no conoció pecado…”
2 Corintios 5:21, RVR1960
Esto es fundamental para comprender lo que vendrá después.
Jesús no tenía una deuda personal que pagar.
No estaba bajo condenación por sus propios pecados.
No merecía la sentencia que nosotros merecíamos.
La muerte tenía derecho sobre nosotros por causa del pecado.
Pero Cristo era diferente.
Él era:
“sin pecado.”
Ahora comienza a aparecer un contraste extraordinario.
Adán fue hombre.
Cristo se hizo hombre.
Adán recibió un mandamiento.
Cristo vivió bajo la ley.
Adán fue tentado.
Cristo fue tentado.
Adán desobedeció.
Cristo obedeció.
Por la desobediencia de Adán entró la condenación.
Por la obediencia de Cristo comenzaría a abrirse el camino hacia la justificación.
Pablo coloca deliberadamente a ambos frente a frente:
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”
Romanos 5:19, RVR1960
Esto será tan importante que merece un capítulo propio.
Cristo no apareció accidentalmente dentro de la historia humana.
Entró precisamente en el escenario donde el primer hombre había fracasado.
Tampoco debemos imaginar al Padre enviando a un Hijo que no quería venir.
Jesús sabía que había venido con una misión.
Dijo:
“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.”
Juan 6:38, RVR1960
Y hablando de su vida declaró:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
Había voluntad.
Había propósito.
Había amor.
El Hijo sabía que estaba entrando en un mundo caído.
Sabía que había venido a buscar y salvar.
Jesús lo expresó claramente:
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Lucas 19:10, RVR1960
Lo que se había perdido.
Nosotros.
Esta frase adquiere una belleza especial después de todo lo que hemos estudiado.
La humanidad había salido de Edén.
Había quedado destituida de la gloria de Dios.
Había vivido generación tras generación bajo el reinado de la muerte.
Había una deuda que no podía pagar.
Había una sentencia que no podía quitar.
Había un camino de regreso que no podía abrir.
Entonces el Hijo vino:
“A buscar y a salvar lo que se había perdido.”
No vino simplemente a decirnos desde lejos dónde estaba la casa.
Vino a buscarnos para llevarnos de regreso.
Por eso Jesús posteriormente diría:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6, RVR1960
El hombre necesitaba regresar a Dios.
Y ahora el camino de regreso estaba delante de nosotros en la persona de Jesucristo.
Nuestra deuda era demasiado grande.
Nuestra condición demasiado grave.
Nuestra sentencia demasiado seria.
El precio estaba completamente fuera de nuestro alcance.
Por eso la solución no podía ser simplemente:
otro hombre.
Dios envió:
a su Hijo.
Aquel por quien fueron hechas todas las cosas.
Aquel que existía antes que Abraham.
Aquel que había compartido gloria con el Padre antes que el mundo fuese.
Aquel que no conoció pecado.
Aquel que podía entrar verdaderamente en nuestra humanidad sin compartir nuestra culpabilidad personal.
Aquel cuya vida no estaba manchada por pecado propio.
Él entró en nuestra historia.
Pensemos por un momento en la distancia que recorrió.
No hablamos de kilómetros.
No hablamos de viajar de una nación a otra.
Hablamos de aquel que compartía gloria con el Padre y que entró en nuestra condición humana.
Pablo lo describe así:
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Filipenses 2:6-7, RVR1960
El Rey tomó forma de siervo.
El Creador entró en su creación.
El Hijo eterno nació de mujer.
El que poseía gloria entró en el mundo de los destituidos.
El que tenía vida entró en el imperio de la muerte.
¿Para qué?
Para rescatarnos.
Esto debe quedar muy claro.
Jesús no vino a entregar una fórmula mediante la cual nosotros pudiéramos pagar nuestra deuda.
No vino a decir:
“Esfuércense un poco más.”
“Compensen sus pecados.”
“Acumulen suficientes buenas obras.”
“Vuélvanse dignos y después hablaremos.”
No.
El mensaje cristiano es muchísimo más extraordinario.
Vino porque nosotros no podíamos resolver nuestro problema.
El enfermo necesitaba médico.
El perdido necesitaba ser encontrado.
El esclavo necesitaba libertador.
El condenado necesitaba salvación.
El deudor necesitaba redención.
Y el muerto necesitaba vida.
Jesús dijo:
“…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”
Juan 10:10, RVR1960
No debemos apresurarnos.
La Cruz se acerca.
Pero antes necesitamos comprender quién es el que caminará hacia ella.
No será simplemente otro descendiente culpable de Adán.
No será un hombre intentando pagar su propia deuda.
No será una víctima accidental atrapada por las circunstancias políticas de su tiempo.
Será el Hijo de Dios hecho hombre.
Sin pecado.
Obediente.
Voluntario.
Enviado por el Padre.
Entrando en nuestra historia con una misión de redención.
Los detalles de su encarnación, su nacimiento, su vida y su ministerio merecen estudios completos, y los desarrollamos más ampliamente en otras series de Cristopedia sobre la vida y la obra de Jesucristo.
En esta serie necesitamos conservar nuestra mirada sobre una pregunta específica:
¿Cómo resolvió Jesucristo nuestro problema delante de la justicia divina?
Ahora las piezas comienzan a colocarse en su lugar.
Por un hombre había entrado el pecado.
Ahora había llegado otro Hombre.
Por la desobediencia de uno vino condenación.
Ahora había llegado Uno que obedecería.
El primero había quedado bajo sentencia.
El segundo no tenía pecado propio que pagar.
El primero estuvo relacionado con la entrada de la muerte.
El segundo podía decir:
“Yo soy la resurrección y la vida…”
Juan 11:25, RVR1960
El primero dejó a sus descendientes fuera de Edén.
El segundo venía a abrir el camino de regreso al Padre.
El primero había desobedecido.
El segundo obedecería hasta las últimas consecuencias.
Pablo nos proporciona el nombre teológico de este extraordinario contraste:
“…Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.”
1 Corintios 15:45, RVR1960
Ahí está nuestro siguiente paso.
Para comprender por qué Jesucristo podía comenzar a resolver aquello que Adán había destruido, necesitamos colocar frente a frente a estos dos hombres:
El primer Adán y el postrer Adán. Donde uno cayó, el Otro venció
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito
Texto clave
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”
Romanos 5:19, RVR1960
¿Por qué Jesucristo tuvo que hacerse hombre?
Esta pregunta adquiere ahora una importancia extraordinaria.
Habíamos pecado.
Había una sentencia.
La justicia divina demandaba una respuesta.
La paga del pecado era muerte.
Pero la deuda pertenecía a la humanidad.
Fue un hombre quien desobedeció.
Fue la raza humana la que cayó.
Fue sobre el hombre que recayó la sentencia.
Por eso la respuesta de Dios no consistió simplemente en enviar un ángel.
Tenía que aparecer un verdadero representante de la raza humana.
Pero existía un problema.
Todos los hombres estaban bajo pecado.
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Necesitábamos un hombre.
Pero no podía ser simplemente cualquier hombre.
Necesitábamos un hombre sin pecado.
Y entonces el Hijo de Dios hizo algo extraordinario:
se hizo uno de nosotros.

Pablo construye en Romanos 5 uno de los contrastes más extraordinarios de toda la Biblia.
Coloca frente a frente a dos hombres:
Adán.
Y:
Jesucristo.
El primero aparece en el comienzo de nuestra tragedia.
El segundo aparece en el comienzo de nuestra restauración.
Pablo escribe:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…”
Romanos 5:12, RVR1960
Observe cuidadosamente:
“Por un hombre.”
Adán no fue simplemente un individuo aislado tomando una mala decisión privada.
Era cabeza de una humanidad que vendría detrás de él.
Su desobediencia tuvo consecuencias para su descendencia.
Pero ahora Dios introduciría en la historia a otro Hombre.
Y Pablo construye deliberadamente el contraste.
Un hombre frente a otro Hombre.
Adán frente a Cristo.
Aquí comenzamos a comprender por qué la encarnación era tan importante.
La justicia no estaba buscando simplemente a alguien poderoso.
Si solamente se necesitara poder, un ángel sería más poderoso que nosotros.
Pero un ángel no pertenece a la raza humana.
Un ángel no es hijo de Adán.
Un ángel no podía presentarse como el nuevo representante de la humanidad.
Hebreos hace una afirmación extraordinaria acerca de Cristo:
“Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham.”
Hebreos 2:16, RVR1960
Y continúa:
“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos…”
Hebreos 2:17, RVR1960
Observe la expresión:
“Debía ser.”
Tenía que entrar verdaderamente en nuestra humanidad.
Tenía que ser uno de nosotros.
Tenía que poder representarnos.
La humanidad había contraído la deuda.
Un verdadero hombre debía entrar en nuestra historia para enfrentar aquello que la justicia demandaba de la humanidad.
Un ángel podía servir a Dios.
Podía llevar mensajes.
Podía ejecutar determinadas órdenes divinas.
Podía ministrar a los hombres.
Pero el problema que se estaba resolviendo no era el pecado de los ángeles.
Era el problema de Adán y su descendencia.
Hebreos dice:
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo…”
Hebreos 2:14, RVR1960
No dice que se hizo ángel.
Dice que participó de:
“carne y sangre.”
Y Hebreos vuelve a afirmarlo:
“Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando.”
Hebreos 2:5, RVR1960
La historia que comenzó con un hombre necesitaba encontrar su respuesta en otro Hombre.
Aquí debemos ser muy cuidadosos.
Decir que tenía que ser hombre no significa que Jesucristo dejara de ser Dios.
Juan declara:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Y después:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960
Ese es el extraordinario misterio.
El Hijo eterno no dejó de ser quien era.
Se hizo verdaderamente hombre.
El que era Dios entró en nuestra humanidad.
Por eso no diríamos que nuestra salvación necesitaba a alguien que “no fuera Dios”.
Diríamos algo mucho más preciso:
el Hijo de Dios tenía que hacerse hombre porque venía a representar a los hombres.
La deuda pertenecía a nuestra raza.
La sentencia había caído sobre nuestra raza.
Y el Salvador entró en nuestra raza para ocupar nuestro lugar.
Aquí aparece la segunda gran necesidad.
No bastaba encontrar a un hombre.
Tenía que ser:
un hombre sin pecado.
¿Por qué?
Porque si Cristo hubiera tenido pecado propio, habría tenido su propia deuda.
Si hubiera sido culpable, habría estado bajo su propia condenación.
Si la muerte que recibía era el pago de sus propios pecados, ¿cómo podría ofrecerse por los nuestros?
Necesitábamos a alguien que no estuviera muriendo por su propia culpa.
Y la Escritura insiste repetidamente en esta característica de Jesucristo.
“…pero sin pecado.”
Hebreos 4:15, RVR1960
Pedro declara:
“El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.”
1 Pedro 2:22, RVR1960
Pablo dice:
“Al que no conoció pecado…”
2 Corintios 5:21, RVR1960
Y Juan:
“…y no hay pecado en él.”
1 Juan 3:5, RVR1960
No encontramos simplemente a un hombre mejor que los demás.
Encontramos:
al Hombre sin pecado.
Ahora el contraste se vuelve impresionante.
Adán fue colocado en un huerto.
Tenía abundancia.
Tenía alimento.
Tenía comunión.
Y tenía un mandamiento.
Desobedeció.
Cristo también entró en la historia humana y enfrentó la tentación.
Pero las condiciones fueron muy diferentes.
Jesús estuvo cuarenta días en el desierto.
“Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.”
Mateo 4:2, RVR1960
Entonces apareció el tentador.
Adán escuchó la palabra de la serpiente y desobedeció la palabra de Dios.
Jesús escuchó al tentador y respondió una y otra vez:
“Escrito está.”
Donde el primer hombre colocó la palabra del enemigo sobre la palabra de Dios…
Cristo permaneció bajo la Palabra de Dios.
Uno desobedeció.
El Otro obedeció.
Existe incluso un contraste en la dirección de sus decisiones.
Adán extendió la mano para tomar aquello que Dios había prohibido.
Cristo vino dispuesto a entregar incluso aquello que legítimamente poseía.
Pablo escribe:
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Filipenses 2:6-7, RVR1960
Y después:
“Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente…”
Filipenses 2:8, RVR1960
Aquí está nuevamente la palabra central:
“Obediente.”
El problema comenzó con:
desobediencia.
La solución avanzaría mediante:
obediencia.
Romanos 5 coloca ambos caminos frente a nosotros.
ADÁN:
Desobediencia.
Transgresión.
Pecado.
Condenación.
Muerte.
CRISTO:
Obediencia.
Justicia.
Gracia.
Justificación.
Vida.
Pablo escribe:
“Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte…”
Romanos 5:17, RVR1960
Y después presenta el otro lado:
“…mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo…”
Romanos 5:17, RVR1960
Observe el contraste:
reinó la muerte
frente a:
reinarán en vida.
El segundo Adán entró precisamente donde el primero había dejado a la humanidad.
Pablo continúa:
“Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres…”
Romanos 5:18, RVR1960
Esa es la historia que hemos venido siguiendo.
Condenación.
Pero el versículo no termina allí:
“…de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.”
Romanos 5:18, RVR1960
Ahora aparecen frente a frente:
Condenación.
Y:
Justificación.
Uno llevó a la humanidad hacia una sentencia.
El Otro vino para abrir el camino hacia una declaración de justicia.
Uno nos dejó una deuda.
El Otro venía a pagar.
Uno estuvo relacionado con la entrada de la muerte.
El Otro traería:
“justificación de vida.”
Entonces Pablo llega al corazón del contraste:
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores…”
Romanos 5:19, RVR1960
Eso fue Adán.
Pero continúa:
“…así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”
Romanos 5:19, RVR1960
Eso es Cristo.
Todo comienza a conectarse.
La respuesta a la desobediencia de Adán sería la obediencia de Cristo.
La respuesta a la condenación sería la justificación.
La respuesta al reinado de la muerte sería la vida.
La respuesta al primer Adán sería:
Pablo utiliza precisamente esa expresión:
“Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.”
1 Corintios 15:45, RVR1960
No es una comparación que nosotros estamos inventando.
La propia Escritura coloca a Cristo en contraste con Adán.
Después Pablo declara:
“El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo.”
1 Corintios 15:47, RVR1960
Primer hombre.
Segundo hombre.
Dos cabezas.
Dos historias.
Dos obediencias completamente diferentes.
Dos resultados completamente diferentes.
Ahora llegamos a una parte fundamental.
¿Por qué morimos?
La Escritura ya respondió:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Nosotros somos pecadores.
La muerte aparece como consecuencia del pecado.
Pero ¿qué ocurriría cuando la muerte recibiera a un Hombre que no había cometido pecado?
Cristo podía verdaderamente morir porque se había hecho verdaderamente hombre.
Pero no había pecado en Él que justificara que la muerte lo retuviera permanentemente bajo su poder.
Pedro declaró en Pentecostés:
“Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.”
Hechos 2:24, RVR1960
Qué declaración tan extraordinaria:
“Era imposible que fuese retenido por ella.”
La muerte había reinado sobre generaciones.
Había recibido a reyes.
Profetas.
Ricos.
Pobres.
Fuertes.
Débiles.
Todos habían descendido.
Y ninguno había logrado destruir por sí mismo su dominio.
Pero ahora entraría en la muerte alguien completamente diferente.
El Hombre sin pecado.
Aquí comenzamos a acercarnos al corazón de la Cruz.
Nosotros merecíamos morir.
Él no.
Nosotros teníamos una deuda.
Él no.
Nosotros éramos culpables.
Él era inocente.
Nosotros estábamos bajo condenación.
Él no tenía pecado propio que lo condenara.
Precisamente por eso podía ocurrir algo extraordinario:
el inocente podía recibir voluntariamente aquello que correspondía a los culpables.
Pedro lo expresa así:
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960
Observe cada palabra:
“El justo.”
Por:
“los injustos.”
¿Para qué?
“Para llevarnos a Dios.”
Ahí está nuevamente el regreso.
Habíamos quedado lejos.
Habíamos sido destituidos.
Habíamos perdido el acceso.
Y Cristo vino:
“para llevarnos a Dios.”
Esto es extraordinariamente importante.
Jesús no fingió morir.
Murió realmente.
Su humanidad era verdadera.
Su muerte fue verdadera.
Pero Él mismo había declarado:
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”
Juan 10:17, RVR1960
Y añadió:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”
Juan 10:18, RVR1960
Entraría voluntariamente en el dominio que había aterrorizado a los hijos de Adán.
Pero no permanecería allí.
La muerte recibiría al Hombre inocente.
Pero no podría convertirlo en culpable.
El sepulcro recibiría su cuerpo.
Pero no podría retenerlo para siempre.
Por eso Pedro pudo decir:
“Era imposible que fuese retenido por ella.”
Ahora podemos contemplarlos nuevamente.
Adán recibió vida y desobedeció.
Cristo estuvo dispuesto a entregar su vida obedeciendo.
Adán estuvo en un huerto y cayó.
Cristo entró en nuestra historia y permaneció fiel.
Adán escuchó al tentador y cedió.
Cristo fue tentado y venció.
Adán tomó aquello que Dios había prohibido.
Cristo entregó voluntariamente aquello que nadie podía quitarle.
Adán introdujo una historia marcada por muerte.
Cristo vino trayendo vida.
Adán dejó a sus descendientes lejos de Edén.
Cristo vino:
“…para llevarnos a Dios.”
1 Pedro 3:18, RVR1960
Donde uno cayó:
el Otro venció.
La vida perfecta de Cristo era indispensable.
Su humanidad era indispensable.
Su inocencia era indispensable.
Su obediencia era indispensable.
Pero nuestra deuda todavía estaba delante de la justicia.
La sentencia continuaba diciendo:
“La paga del pecado es muerte.”
Cristo había demostrado ser el Hombre que Adán no fue.
Había obedecido.
No tenía pecado.
No tenía deuda propia.
Precisamente por eso estaba en condiciones de hacer aquello que ningún otro hombre podía hacer.
Podía ocupar voluntariamente el lugar de quienes sí tenían una deuda.
Podía presentarse como el justo por los injustos.
Podía recibir una muerte que personalmente no merecía.
Y podía entrar en la muerte sin quedar finalmente bajo su dominio.
Todavía no contemplaremos aquí todos los detalles de la Cruz.
Eso viene enseguida.
Y muchos de los aspectos relacionados con la encarnación, la humanidad de Cristo, su vida perfecta y su misión redentora los estudiamos con mucha mayor amplitud en nuestras otras series de Cristopedia dedicadas a la vida y la obra de Jesucristo.
Aquí necesitamos conservar una sola imagen delante de nosotros:
La humanidad tenía una deuda.
La justicia demandaba su pago.
Ningún descendiente culpable de Adán podía pagarla por los demás.
Entonces el Hijo de Dios se hizo hombre.
Vivió sin pecado.
Venció donde Adán había caído.
Y ahora el segundo Adán comenzaba a caminar hacia el lugar donde la deuda sería finalmente enfrentada.
La Cruz.
Porque la justicia había establecido una sentencia que no podía simplemente desaparecer:
“La paga del pecado es muerte.”
Y si nosotros no podíamos pagarla sin perdernos para siempre…
el Hombre inocente había venido dispuesto a ocupar nuestro lugar.
Texto clave
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”
Isaías 53:5, RVR1960
Había llegado el momento de enfrentar la deuda.
Durante siglos, la humanidad había vivido bajo una sentencia que Dios había pronunciado desde el principio:
“…el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
Y posteriormente la Escritura lo expresaría de una manera todavía más directa:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Pero ahora había ocurrido algo que nunca antes había sucedido.
Había aparecido en la historia un Hombre sin pecado.
Uno que no tenía deuda propia.
Uno sobre quien la justicia divina no podía encontrar transgresión alguna.
Uno que no necesitaba morir por sus propios pecados.
Y precisamente por eso podía ocurrir algo extraordinario:
podía ofrecerse por los pecados de otros.
Aquí entramos en uno de los misterios más profundos de la salvación.
No bastaba con que Dios quisiera perdonarnos.
La deuda tenía que ser resuelta.
No bastaba con lamentar lo ocurrido.
El pecado había producido una culpa real.
No bastaba con prometer que jamás volveríamos a hacerlo.
La justicia todavía tenía delante lo que ya habíamos hecho.
Alguien tenía que pagar.
Mucho antes de la Cruz, Dios comenzó a introducir en la historia de Israel un lenguaje que prepararía a la humanidad para comprender lo que ocurriría con Cristo.
Era el lenguaje del sacrificio.
Del altar.
De la sangre.
De la sustitución.
De una vida entregada.
Levítico declara:
“Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas…”
Levítico 17:11, RVR1960
El pecado no era tratado como una trivialidad.
Había un costo.
Había sangre.
Había muerte.
El pecador podía observar algo estremecedor:
otro ser vivo moría en relación con su pecado.
En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote colocaba sus manos sobre la cabeza del macho cabrío y confesaba sobre él las iniquidades del pueblo.
“Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío…”
Levítico 16:21, RVR1960
La imagen era poderosa.
Los pecados pertenecían al pueblo.
Pero simbólicamente eran colocados sobre otro.
El culpable permanecía; otro cargaba.
Dios estaba introduciendo una palabra que después sería indispensable para comprender la Cruz:
sustitución.
Pero aquellos animales nunca fueron la solución definitiva.
Hebreos lo aclara:
“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.”
Hebreos 10:4, RVR1960
Entonces, ¿para qué servían?
Entre otras cosas, señalaban hacia algo mayor.
Preparaban el lenguaje.
Enseñaban que el pecado era serio.
Que la culpa necesitaba expiación.
Que la vida estaba involucrada.
Que el perdón no debía confundirse con indiferencia hacia el pecado.
Y que llegaría el día en que Dios proporcionaría un sacrificio diferente.
Uno suficiente.
Siglos antes de que Jesús naciera en Belén, Isaías describió una escena extraordinaria.
Pero hay algo que debemos observar cuidadosamente al leerla.
Isaías habla de Él.
Y después habla de nosotros.
Una y otra vez.
Él.
Nosotros.
Él.
Nosotros.
Esa diferencia es el corazón de la profecía.
“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…”
Isaías 53:4, RVR1960
Él llevó.
Pero eran:
nuestros.
Después:
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones…”
Isaías 53:5, RVR1960
Las rebeliones eran nuestras.
El herido fue Él.
“…molido por nuestros pecados…”
Los pecados eran nuestros.
El que sufrió fue Él.
Y entonces aparece una de las declaraciones más extraordinarias de toda la profecía:
“…el castigo de nuestra paz fue sobre él…”
Detengámonos allí.
Nuestro castigo.
Sobre Él.
Eso es sustitución.
No significa que Dios decidió que el pecado ya no importaba.
Significa que aquello que la justicia demandaba sería enfrentado por otro.
El culpable tenía una deuda.
El inocente decidió ocupar su lugar.
Y por eso Isaías puede terminar la frase diciendo:
“…y por su llaga fuimos nosotros curados.”
Su sufrimiento.
Nuestra paz.
Su herida.
Nuestra restauración.
La deuda era nuestra.
El pago recaería sobre Él.
Isaías continúa:
“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino…”
Isaías 53:6, RVR1960
Observe que el profeta no permite que nos declaremos víctimas inocentes.
“Todos nosotros nos descarriamos.”
El problema era nuestro.
La rebelión era nuestra.
Cada uno se había apartado.
Pero entonces llega la segunda mitad:
“…mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.”
Quizá pocas frases expliquen mejor lo que estaba a punto de suceder.
“Cargó en él.”
No desapareció el pecado mediante una declaración ficticia.
No dijo que nunca había ocurrido.
Lo colocó sobre el Sustituto.
Isaías todavía va más lejos:
“Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero…”
Isaías 53:7, RVR1960
Aquí aparece nuevamente la imagen del sacrificio.
El cordero.
Siglos después, cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesucristo, utilizó precisamente ese lenguaje:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
Juan 1:29, RVR1960
Todos aquellos altares.
Toda aquella sangre.
Todos aquellos sacrificios.
Todos aquellos corderos.
No eran el final de la historia.
Señalaban hacia Él.
Pero había una diferencia inmensa.
Cristo no era llevado inconscientemente hacia algo que no comprendía.
Jesús había declarado:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
El Sustituto sabía.
El Sustituto quería.
El Sustituto se entregaba voluntariamente.
Y esto hace todavía más impresionante la profecía de Isaías:
“Por cárcel y por juicio fue quitado… porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido.”
Isaías 53:8, RVR1960
Otra vez:
“La rebelión de mi pueblo.”
Pero:
“Él fue herido.”
No estaba pagando una deuda propia.
Estaba entrando voluntariamente en el lugar de otros.
Pedro lo resumiría siglos después:
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960
No podría decirse con mayor claridad:
El justo.
Por:
los injustos.
Y nuevamente aparece el propósito que ha recorrido nuestra serie:
“Para llevarnos a Dios.”
Habíamos quedado lejos.
El Sustituto venía a abrir el camino de regreso.
Esta es quizá la manera más sencilla de comprenderlo.
Imagine una deuda que usted jamás podría pagar.
No tiene los recursos.
No puede declararla inexistente.
No puede obligar al acreedor a olvidarla.
Pero entonces aparece alguien que no debe nada.
Mira la deuda.
Mira al deudor.
Y voluntariamente decide asumir el costo.
La deuda no se volvió imaginaria.
Fue asumida por otro.
Algo infinitamente mayor estaba ocurriendo con Cristo.
Pedro escribe:
“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero…”
1 Pedro 2:24, RVR1960
Observe nuevamente el lenguaje:
“Nuestros pecados.”
Pero:
“Él mismo” los llevó.
Pablo lo expresa de otra manera:
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”
2 Corintios 5:21, RVR1960
El que:
“no conoció pecado”
entró voluntariamente en el lugar de quienes sí lo conocíamos.
La salvación comenzaba a mostrar su costo.
Por eso la sangre ocupa un lugar tan importante en el lenguaje de la redención.
No se trata de una fascinación con la sangre.
La sangre representa vida entregada.
Ya lo había declarado Levítico:
“Porque la vida de la carne en la sangre está…”
Levítico 17:11, RVR1960
Y Hebreos declara:
“…y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.”
Hebreos 9:22, RVR1960
La sentencia era muerte.
Por eso el precio no podía reducirse simplemente a palabras.
No bastaba una disculpa.
No bastaba una promesa.
No bastaba una ceremonia.
Había una vida que tenía que ser entregada.
Y ahora existía una vida que podía ser ofrecida sin estar pagando por pecados propios.
La vida del Hombre sin pecado.
Después de describir al Siervo herido, molido y llevando los pecados de otros, Isaías declara:
“Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado…”
Isaías 53:10, RVR1960
“Su vida.”
“En expiación.”
La expiación significa que el problema del pecado está siendo tratado delante de Dios.
La culpa no se está escondiendo.
La justicia no está siendo burlada.
El expediente no está desapareciendo misteriosamente.
Se está pagando un precio.
Y observe qué está siendo ofrecido:
“Su vida.”
Eso era precisamente lo que la sentencia demandaba.
La paga del pecado era muerte.
Y el Siervo colocaría:
“su vida en expiación por el pecado.”
Ahora comenzamos a comprender por qué Jesucristo tuvo que hacerse hombre.
Tenía que tener una vida humana que pudiera ser entregada.
Tenía que poder morir realmente.
Pero tenía que ser inocente para no estar muriendo por su propia culpa.
Tenía que ser el justo muriendo por los injustos.
Isaías todavía no ha terminado.
“Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos.”
Isaías 53:11, RVR1960
Aquí aparecen juntas dos palabras que parecían imposibles de reconciliar:
Justo.
Y:
justificará.
Él es:
“mi siervo justo.”
¿Y qué hará?
“Justificará… a muchos.”
¿Cómo?
Isaías inmediatamente añade:
“Y llevará las iniquidades de ellos.”
Ahí está la respuesta.
El culpable puede comenzar a mirar hacia la justificación porque el Justo está cargando aquello que pertenecía al culpable.
Y el capítulo termina insistiendo una última vez:
“…habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.”
Isaías 53:12, RVR1960
Isaías no quiere que perdamos el punto.
Una y otra vez:
Él llevó.
Él cargó.
Él fue herido.
Él puso su vida.
Pero:
eran nuestras rebeliones.
Nuestros pecados.
Nuestro castigo.
Nuestras iniquidades.
Eso es sustitución.
Eso es sacrificio.
Eso es expiación.
Hasta este momento hemos hablado de una deuda.
De una sentencia.
De un Sustituto.
De un sacrificio.
De sangre.
De una vida entregada.
Pero todo esto tendría que ocurrir en un lugar real y en un momento real de la historia.
La justicia divina no sería satisfecha mediante una idea.
El precio sería pagado en la historia.
Y aquí la profecía de Isaías comienza a adquirir un rostro.
El Siervo tiene nombre:
Jesucristo.
El Cordero tiene nombre:
Jesucristo.
El Justo que moriría por los injustos tiene nombre:
Jesucristo.
Y el lugar donde el Sustituto cargaría con nuestra deuda también tiene nombre:
la Cruz.
Ahora sí estamos preparados para acercarnos a ella.
No solamente como el instrumento romano donde murió Jesús.
No solamente como uno de los acontecimientos más dolorosos de su vida.
Sino como el lugar donde ocurrió algo que afectaría nuestra eternidad:
el lugar donde la justicia y el amor de Dios se encontraron sin que ninguno de los dos dejara de ser lo que era.
La justicia no dijo:
“El pecado no importa.”
El amor no dijo:
“Que el culpable se pierda.”
En la Cruz, Dios mostraría hasta dónde llegaba la gravedad del pecado…
y al mismo tiempo:
hasta dónde estaba dispuesto a llegar su amor para salvar al pecador.
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