Dr. Elio M Rivera

Introducción a la serie — El tekton de Nazaret: Las manos que construían Galilea

  A unos siete kilómetros de Nazaret se levantaba una ciudad muy diferente de aquella pequeña aldea donde Jesús había crecido.

  Su nombre era Séforis.

  Mientras Nazaret conservaba la sencillez de una comunidad rural, Séforis experimentaba una importante transformación. Herodes Antipas había impulsado su reconstrucción y desarrollo, convirtiéndola en uno de los principales centros administrativos de Galilea.

  Allí se necesitaban trabajadores.

  Hombres que supieran levantar muros, trabajar la piedra, preparar vigas, fabricar puertas, construir techos y participar en las numerosas tareas que exigía el crecimiento de una ciudad.

  Y a pocos kilómetros de distancia vivían José y Jesús.

  Ambos estaban vinculados al oficio de tekton, una palabra griega que designaba a un artesano o constructor, frecuentemente relacionado con el trabajo de la madera y otros materiales.

  Ante estas circunstancias surge una pregunta difícil de ignorar:

  ¿Es razonable pensar que José y Jesús permanecieron trabajando exclusivamente en una pequeña aldea cuando, a poca distancia, una ciudad en crecimiento necesitaba precisamente hombres de su oficio?

Seforís, una ciudad en plena construcción y a 6 – 7 kilómetros de Nazaret en los días de Cristo

Una realidad que conocemos muy bien

  Para comprender esta posibilidad no necesitamos comenzar con una teoría complicada. Basta observar cómo funciona el mundo.

  Pensemos, por ejemplo, en Ciudad Acuña, Coahuila, una ciudad fronteriza donde numerosas personas encuentran oportunidades de trabajo.

  Desde comunidades rurales, rancherías y pequeñas poblaciones de los alrededores, hay quienes se desplazan hacia los centros urbanos para conseguir empleo.

  ¿Por qué lo hacen?

  Porque allí se encuentran las fábricas, las construcciones, los comercios y las empresas que necesitan trabajadores.

  No significa que esas personas hayan dejado de pertenecer a sus comunidades de origen. Muchas conservan allí sus hogares y sus familias. Simplemente viajan hacia donde existen oportunidades para ganarse la vida.

  Este fenómeno no es exclusivo de nuestra época.

  Desde hace siglos, las poblaciones pequeñas han mantenido relaciones económicas con las ciudades cercanas. Los trabajadores buscan empleo donde hay actividad, y las ciudades en crecimiento necesitan mano de obra procedente de sus alrededores.

  Nazaret y Séforis estaban separadas por una distancia que podía recorrerse caminando.

  Y durante los años en que Jesús crecía, Séforis ofrecía precisamente el tipo de actividad constructiva en la que podía participar un tekton.

  No tenemos un documento antiguo que registre a José o a Jesús trabajando allí.

  Pero la ausencia de ese documento no elimina la lógica de las circunstancias.

  La proximidad geográfica, la actividad constructiva y el oficio de Jesús forman un conjunto de indicios que merece una investigación seria.

Una ciudad que pudo dejar huellas en sus enseñanzas

  Hay otra circunstancia que hace todavía más interesante esta posibilidad.

  Cuando leemos los Evangelios, descubrimos que Jesús utilizó numerosas ilustraciones tomadas del mundo del trabajo, las construcciones, las relaciones económicas y la vida urbana.

  Habló de hombres que esperaban en una plaza para ser contratados.

  De trabajadores que dependían del salario de una jornada.

  De alguien que deseaba construir una torre y debía calcular primero cuánto le costaría.

  De cimientos capaces de sostener una casa.

  De administradores que manejaban los bienes de sus señores.

  De deudores, acreedores, riquezas y grandes propiedades.

  También habló de los hipócritas, utilizando una palabra griega que originalmente podía designar a los actores, hombres que representaban un personaje delante de los espectadores.

  Séforis llegó a contar con un teatro, aunque su fecha de construcción sigue siendo discutida. Por eso resulta interesante investigar la relación entre aquel ambiente cultural y el lenguaje de Jesús, sin suponer que necesariamente conoció ese edificio.

  Ninguno de estos ejemplos demuestra por sí mismo que Jesús trabajara en Séforis. Muchas de esas realidades también podían encontrarse en otras poblaciones de Galilea.

  Sin embargo, cuando los consideramos junto con su oficio y la cercanía de una ciudad importante, aparece una posibilidad fascinante:

  ¿Pudo Jesús haber conocido personalmente, durante sus años de trabajo, algunas de las situaciones que después utilizó para enseñar a las multitudes?

  Un constructor no necesitaba limitarse a observar las piedras y la madera.

  También podía conocer a los jornaleros, escuchar las conversaciones de los comerciantes, presenciar las diferencias entre ricos y pobres y comprender cómo funcionaban las relaciones entre trabajadores, administradores y autoridades.

  Era un mundo lleno de experiencias humanas.

  Y Jesús vivió verdaderamente como hombre.

Juana: una conexión sorprendente con la casa de Herodes

  Los Evangelios contienen además un detalle que merece nuestra atención.

  Lucas menciona a una mujer llamada Juana, esposa de Chuza, administrador de Herodes Antipas.

  «Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes» (Lucas 8:3, RVR1960).

  Juana pertenecía, por su relación familiar, a un entorno vinculado con la administración del gobernante de Galilea.

  Y, sin embargo, encontramos a esta mujer entre quienes seguían y ayudaban a Jesús.

  ¿Cómo llegó a conocerlo?

  ¿Dónde escuchó sus enseñanzas?

  ¿Qué circunstancias acercaron a una mujer relacionada con la casa de Herodes al Maestro de Nazaret?

  Los Evangelios no responden estas preguntas.

  Tampoco afirman que Jesús conociera a Juana en Séforis.

  Pero su presencia nos recuerda algo importante: el ministerio de Jesús alcanzó incluso a personas relacionadas con los círculos administrativos de Herodes Antipas.

  Esa conexión merece ser examinada cuando estudiamos la relación entre Jesús y el mundo herodiano de Galilea.

El carpintero detrás de las enseñanzas

  Nuestro propósito no es escribir una historia general de Séforis.

  Tampoco queremos convertir cada parábola de Jesús en el recuerdo de un acontecimiento ocurrido necesariamente en aquella ciudad.

  Queremos comprender mejor la vida del carpintero de Nazaret.

  Durante muchos años, antes de que las multitudes escucharan sus enseñanzas, Jesús vivió en una sociedad donde los hombres tenían que trabajar para sostenerse.

  Conoció un oficio.

  Perteneció a una familia.

  Creció en sabiduría.

  Vivió entre personas que enfrentaban necesidades, responsabilidades, dificultades y esperanzas.

  Y cuando comenzó su ministerio público, sus enseñanzas estuvieron llenas de imágenes que aquellas personas podían reconocer.

  Habló de sembradores porque conocían los campos.

  Habló de pastores porque conocían los rebaños.

  Habló de jornaleros porque conocían la necesidad de trabajar.

  Y habló de construcciones porque Él mismo había sido un tekton.

  Aquí encontramos una de las dimensiones más hermosas de su humanidad.

  El Hijo de Dios no vino a observar nuestra existencia desde lejos. Vino a compartirla.

  No se presentó como alguien ajeno al esfuerzo humano.

  Antes de ser reconocido públicamente como Maestro, había vivido como trabajador.

  Y cuando habló a los hombres acerca de la vida, no lo hizo desde una humanidad imaginaria, sino desde una existencia verdaderamente humana.

Lo que investigaremos

  En los próximos diez capítulos recorreremos el mundo de Séforis y examinaremos las razones históricas por las que José y Jesús pudieron haber encontrado trabajo allí.

  Estudiaremos sus construcciones, sus trabajadores, sus plazas, las diferencias sociales, el ambiente político de Herodes y las sorprendentes relaciones que algunos de esos elementos guardan con las enseñanzas de Jesucristo.

  No pretendemos demostrar más de lo que permiten las evidencias.

  Pero tampoco ignoraremos las posibilidades razonables que surgen cuando reunimos la geografía, la historia, la economía y los testimonios de los Evangelios.

  Porque detrás de esta investigación hay una pregunta mucho más importante que saber si Jesús caminó por determinada calle de Séforis.

  ¿Qué significó para el Hijo eterno de Dios aceptar durante tantos años la vida de un trabajador galileo?

  La respuesta nos conduce más allá de las construcciones, los salarios y las herramientas.

  Nos conduce a su corazón.

  Pablo escribió:

  «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Corintios 8:9, RVR1960).

  «Por amor a vosotros».

  Esas palabras explican por qué vale la pena investigar incluso los detalles más sencillos de su existencia.

  Porque antes de que sus manos fueran extendidas sobre una cruz, habían conocido el trabajo de un artesano.

  Y antes de que las multitudes lo llamaran Maestro, los habitantes de Nazaret lo conocían como el carpintero.

  «¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3).

  Ese carpintero es el protagonista de nuestra historia.

  No Herodes.

  No sus palacios.

  No la ciudad de Séforis.

  Jesucristo, el Hijo de Dios, que por amor a nosotros aceptó vivir como uno de nosotros.

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Dr. Elio M Rivera

El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea

  A pocos kilómetros de Nazaret, sobre una elevación que dominaba buena parte de la Baja Galilea, se encontraba una ciudad que habría de desempeñar un papel importante durante los años de la infancia y juventud de Jesús.

  Su nombre era Séforis.

  Los Evangelios nunca la mencionan.

  Sin embargo, durante aquellos años, Séforis estaba experimentando una transformación que difícilmente habría pasado inadvertida para las pequeñas comunidades de sus alrededores.

  Había sido escenario de conflictos políticos y militares. Había sufrido la violencia de Roma. Y ahora un hijo de Herodes el Grande había decidido convertirla en un importante centro de su gobierno.

  Se levantaban defensas. Se reparaban estructuras. La ciudad necesitaba recuperar su actividad.

  Y toda construcción necesitaba trabajadores.

  A unos seis o siete kilómetros de distancia, en Nazaret, vivían José y Jesús.

  Los Evangelios identifican a ambos con el oficio de tekton, el trabajo de un artesano constructor.

  ¿Qué significaba para dos trabajadores vivir tan cerca de una ciudad que estaba siendo reconstruida?

  Para responder, primero necesitamos conocer Séforis.

La ciudad que Flavio Josefo consideró una de las más importantes de Galilea

  Séforis, conocida posteriormente también como Zippori, se levantaba sobre una colina desde la que podían contemplarse los valles y las tierras agrícolas de la región.

  Su posición era una de sus grandes ventajas.

  Desde sus alturas se dominaban caminos, poblaciones y extensiones cultivadas. No era un asentamiento escondido entre montañas, sino un lugar visible y estratégicamente situado.

  La colina principal alcanza aproximadamente doscientos ochenta y nueve metros sobre el nivel del mar.

  Aquella posición proporcionaba ventajas para la vigilancia, la defensa y la comunicación con otras regiones de Galilea.

zeevweiss.huji.ac.il

  El historiador judío Flavio Josefo, que conoció personalmente Galilea durante el siglo primero, dejó referencias especialmente importantes sobre esta ciudad.

  En Antigüedades de los judíos (XVIII, 27), al describir las obras de Herodes Antipas, presenta a Séforis como una ciudad fortificada y un centro principal de Galilea.

  Una expresión asociada con esa descripción ha sido traducida como:

  «El ornamento de toda Galilea».

  No era una expresión insignificante.

  Séforis destacaba por su importancia política, su emplazamiento y el desarrollo que había recibido bajo el gobierno herodiano.

  En La guerra de los judíos (II, 511), Josefo también la presenta como una de las posiciones más fuertes de Galilea.

  Estas descripciones proceden de acontecimientos y circunstancias que abarcan distintas etapas del siglo primero, pero confirman que Séforis llegó a ocupar un lugar destacado en la región.

  Y había una razón histórica para ello.

Una ciudad que ya era importante antes de Herodes Antipas

  Séforis no nació durante la infancia de Jesús.

  Su historia era considerablemente más antigua.

  Durante el período asmoneo ya existía como una población de importancia regional. Posteriormente, cuando Roma reorganizó los territorios judíos, Séforis llegó a convertirse en sede de uno de los consejos administrativos establecidos en la región.

  En el año cincuenta y siete antes de Cristo, Aulo Gabinio, representante del poder romano en Siria, reorganizó la administración de Judea y sus territorios. Séforis figuró entre los centros escogidos para aquella estructura política.

  Esto significa que, varias generaciones antes de Jesús, la ciudad ya había adquirido relevancia administrativa.

  Más adelante, durante las luchas por el control de Judea, Herodes el Grande ocupó Séforis.

  Josefo relata que la ciudad pasó a sus manos durante los enfrentamientos contra las fuerzas vinculadas con Antígono.

  De esta manera, Séforis quedó integrada en el territorio controlado por la dinastía herodiana.

Enciclopedia.com

  Pero los acontecimientos más dramáticos todavía estaban por llegar.

El año en que Séforis sufrió la violencia de Roma

  En el año cuatro antes de Cristo murió Herodes el Grande.

  Su muerte provocó una profunda crisis política.

  En diferentes regiones comenzaron disturbios, rebeliones y movimientos de resistencia contra el poder herodiano y romano.

  Séforis fue uno de los lugares donde estalló la violencia.

  Flavio Josefo menciona a Judas, hijo de Ezequías, quien encabezó un movimiento rebelde y consiguió apoderarse de armas procedentes del arsenal real.

  La respuesta romana fue severa.

  Publio Quintilio Varo, gobernador de Siria, intervino militarmente para sofocar las rebeliones.

  Según el relato de Josefo, Séforis fue incendiada y muchos de sus habitantes fueron vendidos como esclavos.

  Aquello habría significado familias destruidas, hogares abandonados, propiedades perdidas y una población profundamente afectada.

  La arqueología no ha confirmado de manera concluyente una destrucción generalizada de toda la ciudad en ese momento, por lo que debemos distinguir entre el relato de Josefo y las evidencias materiales conservadas.

  Sin embargo, lo que no está en discusión es que Séforis atravesó una crisis importante al morir Herodes el Grande.

  Y fue precisamente después de aquellos acontecimientos cuando apareció el gobernante que transformaría su destino.

Herodes Antipas decide convertirla en su capital

  Después de la muerte de Herodes el Grande, Augusto confirmó una división de sus territorios entre varios de sus hijos.

  Herodes Antipas recibió Galilea y Perea.

  No recibió el título de rey, sino el de tetrarca, aunque los Evangelios también lo llaman rey en determinados contextos.

  Antipas necesitaba un centro desde el cual administrar sus dominios galileos.

  Y escogió Séforis.

  La decisión tenía sentido.

  La ciudad poseía antecedentes administrativos, ocupaba una posición estratégica y se encontraba en una región poblada por numerosas aldeas agrícolas.

  Además, reconstruirla ofrecía al nuevo gobernante una oportunidad para demostrar su autoridad y consolidar su presencia política.

  Séforis se convirtió en uno de los principales proyectos de Herodes Antipas.

  Josefo afirma expresamente que Antipas levantó una muralla alrededor de la ciudad y la convirtió en un centro principal de Galilea (Antigüedades, XVIII, 27).

  Los estudios históricos sitúan este desarrollo en los primeros años de su gobierno, precisamente durante la etapa en que Jesús crecía en Nazaret.

  Y aquí encontramos una coincidencia histórica especialmente importante para nuestra investigación.

  Mientras Jesús vivía sus primeros años en Nazaret, una ciudad cercana estaba recibiendo inversiones, fortificaciones y actividad constructiva.

  Una ciudad que necesitaba edificios también necesitaba hombres capaces de construirlos.

Las murallas y la ciudad que estaba renaciendo

  Una muralla no era una obra sencilla.

  Su construcción requería planificación, materiales, transporte y numerosos trabajadores.

  Había que preparar el terreno, obtener piedras, trasladarlas, colocarlas y asegurar que las estructuras resistieran su propio peso y las exigencias de la defensa.

  Los albañiles necesitaban ayudantes.

  Los constructores necesitaban herramientas.

  Los carpinteros podían intervenir en la preparación de puertas, vigas, andamios, soportes y otros elementos necesarios para las obras.

  Y alrededor de una construcción importante también trabajaban transportistas, vendedores de alimentos y proveedores de materiales.

  No debemos imaginar necesariamente que toda Séforis fue levantada simultáneamente, ni que conocemos el número de obreros empleados por Antipas.

  Pero una cosa resulta evidente: la fortificación y recuperación de una ciudad exigían conocimientos técnicos y trabajo humano.

  El testimonio de Josefo sobre la muralla es particularmente valioso porque no depende de una reconstrucción moderna.

  Es una referencia antigua a una obra realizada por orden del propio gobernante.

  Y esa obra se desarrolló a pocos kilómetros de Nazaret.

¿Cuántas personas vivían en Séforis?

  Esta pregunta resulta importante porque con frecuencia se presenta a Séforis como una metrópoli inmensa.

  No lo era.

  Era una ciudad importante dentro del contexto de Galilea, pero sus dimensiones deben comprenderse en relación con las poblaciones de aquella región.

  Durante años se propusieron estimaciones de entre ocho mil y doce mil habitantes para la ciudad antigua.

  Sin embargo, investigaciones demográficas más recientes han cuestionado esas cifras.

  Nathan Schumer, en un estudio publicado en 2017 en el Journal of Ancient Judaism, calculó que durante el período romano temprano Séforis pudo tener aproximadamente entre dos mil y cuatro mil trescientos habitantes.

  Pero incluso una población de algunos miles de personas podía representar un centro urbano importante frente a las pequeñas aldeas agrícolas de Galilea.

  Y la importancia de una ciudad no dependía exclusivamente del número de sus habitantes.

  Séforis tenía funciones políticas, administrativas y defensivas que la distinguían de las comunidades de sus alrededores.

  Allí podían concentrarse autoridades, funcionarios, comerciantes, artesanos y personas relacionadas con las necesidades del gobierno.

  Para un trabajador de una aldea cercana, aquella concentración de actividad podía representar oportunidades que difícilmente encontraría en su propio pueblo.

Una ciudad hermosa, pero ¿cómo era en tiempos de Jesús?

  Quienes han visitado las ruinas de Séforis conocen algunos de sus elementos más impresionantes.

  Sus calles antiguas, los restos de edificios, el teatro y los extraordinarios mosaicos permiten imaginar una ciudad de notable riqueza cultural.

  Uno de sus hallazgos más famosos es el mosaico conocido popularmente como la Mona Lisa de Galilea, por la delicadeza del rostro femenino representado.

  También se han descubierto residencias decoradas, edificios públicos y una importante red de calles.

  Sin embargo, debemos hacer una distinción fundamental.

  No todo lo que hoy contemplamos en Séforis existía cuando Jesús era joven.

  Algunas de sus construcciones más monumentales y sus mosaicos más célebres pertenecen a los siglos posteriores.

  Las investigaciones arqueológicas dirigidas por Zeev Weiss muestran que la ciudad experimentó una transformación urbana especialmente importante después de la gran rebelión judía contra Roma, ocurrida entre los años sesenta y seis y setenta después de Cristo.

  Durante esa etapa posterior se desarrollaron calles monumentales y edificios que no deben atribuirse automáticamente a los años de Jesús.

  Esto no contradice la descripción de Josefo sobre la importancia de Séforis.

  Significa que debemos distinguir entre la ciudad fortificada y administrativa de Herodes Antipas y la ciudad monumental que se desarrolló posteriormente.

  En tiempos de Jesús, Séforis ya era importante.

  Pero todavía no tenía necesariamente toda la apariencia que alcanzaría en los siglos siguientes.

Una ciudad judía bajo un gobernante aliado de Roma

  Hay otro detalle que debemos comprender.

  Séforis no era simplemente una ciudad romana habitada por extranjeros.

  Una parte importante de su población era judía.

  Las excavaciones han descubierto numerosos baños rituales, conocidos como mikvaot, relacionados con las prácticas de pureza del judaísmo.

  Estos hallazgos ayudan a comprender que la identidad religiosa judía tenía una presencia significativa en la ciudad durante el período romano temprano.

  Por tanto, un trabajador procedente de Nazaret no necesariamente entraba en un mundo completamente extraño a sus costumbres.

  Podía encontrarse con otros judíos, escuchar conversaciones sobre la Ley, conocer comerciantes que guardaban el sábado y relacionarse con familias que compartían muchas de sus tradiciones.

  Al mismo tiempo, Séforis estaba vinculada con el gobierno de un tetrarca que debía su autoridad al emperador romano.

  Era una sociedad donde convivían las tradiciones judías, los intereses políticos de la dinastía herodiana y distintas influencias del mundo grecorromano.

  Y esa combinación resulta especialmente interesante cuando intentamos comprender el ambiente social de Galilea.

Los caminos que comunicaban Séforis con Nazaret

  La distancia entre ambas poblaciones constituye uno de los elementos más importantes de nuestra investigación.

  Nazaret se encontraba aproximadamente a seis o siete kilómetros de Séforis, dependiendo de los puntos de partida y llegada y del camino utilizado.

  No era una distancia insignificante para alguien que debía recorrerla a pie.

  Pero tampoco era una distancia extraordinaria para los habitantes del mundo antiguo.

  Un hombre acostumbrado a caminar podía recorrerla en un tiempo razonable, aunque la pendiente, el terreno, las condiciones meteorológicas y las herramientas que transportara podían hacer más difícil el trayecto.

  Los trabajadores no contaban con automóviles.

  Muchos dependían de sus propias piernas.

  Caminar formaba parte de la vida cotidiana.

  Y cuando las oportunidades laborales se encontraban fuera de la aldea, trasladarse hasta ellas podía ser una necesidad.

  Pensemos en un artesano que vive en una comunidad pequeña.

  En su pueblo puede reparar una puerta, colocar una viga, fabricar un utensilio o participar en la construcción de una vivienda.

  Pero esas oportunidades no necesariamente aparecen todos los días.

  En cambio, una ciudad donde se están realizando obras importantes puede necesitar trabajadores durante períodos prolongados.

  La diferencia entre una aldea y una ciudad en crecimiento podía ser también la diferencia entre encontrar trabajo y regresar a casa sin salario.

Cuando una ciudad necesita trabajadores

  Imaginemos por un momento a un constructor de alguna pequeña población de Galilea.

  Tiene esposa e hijos.

  Necesita comprar alimentos.

  Sus herramientas representan una parte importante de su patrimonio.

  En su aldea no siempre hay trabajo suficiente.

  Pero sabe que en Séforis se están realizando construcciones.

  Allí podrían necesitar a un hombre con sus habilidades.

  ¿Qué haría?

  Probablemente consideraría la posibilidad de buscar trabajo en aquella ciudad.

  No sería una decisión extraordinaria.

  Sería una respuesta comprensible a las necesidades de su familia.

  Esta escena es una reconstrucción de las circunstancias laborales de la época, no el relato de una persona documentada.

  Pero nos ayuda a comprender una realidad económica que sigue existiendo.

  En Ciudad Acuña, por ejemplo, muchas personas conocen el movimiento de trabajadores entre las comunidades pequeñas y los centros donde se concentran las oportunidades de empleo.

  Los habitantes de las rancherías y poblaciones cercanas pueden trasladarse hacia una ciudad donde existen fábricas, comercios y construcciones.

  El trabajo atrae a los trabajadores.

  Y ese principio no nació con la industria moderna.

  Las ciudades antiguas también dependían de las manos de los hombres que vivían dentro y fuera de sus límites.

Mientras Séforis crecía, Jesús crecía en Nazaret

  Aquí llegamos al punto que más nos interesa.

  Los Evangelios nos dicen que José ejercía un oficio relacionado con la construcción.

  Cuando Jesús comenzó a enseñar en Nazaret, sus habitantes preguntaron:

  «¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mateo 13:55, RVR1960).

  Y Marcos conserva una identificación todavía más directa:

  «¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3, RVR1960).

  Jesús no solamente era conocido como hijo de un artesano.

  Él mismo era identificado por su oficio.

  Eso significa que, antes de su ministerio público, había vivido una etapa de trabajo manual suficientemente conocida por sus vecinos como para que lo llamaran carpintero.

  Y durante aquellos años, Séforis estaba cerca.

  Una ciudad que había sido escogida como centro administrativo.

  Una ciudad que había recibido fortificaciones.

  Una ciudad donde las construcciones requerían trabajadores.

  No tenemos una lista de jornaleros donde aparezcan los nombres de José y Jesús.

  Pero sí tenemos una coincidencia histórica notable: un artesano y su hijo vivían cerca de una ciudad donde se realizaban precisamente las clases de obras para las que un artesano constructor podía ser contratado.

  La posibilidad de que buscaran trabajo allí no surge de una leyenda.

  Surge de considerar conjuntamente la geografía, la economía, el oficio y la historia de Galilea.

Cuando Séforis dejó de ser la capital

  La importancia de Séforis durante el gobierno de Antipas no permaneció inalterada.

  Alrededor de los años diecinueve o veinte después de Cristo, Herodes Antipas fundó Tiberias, junto al mar de Galilea.

  La nueva ciudad, llamada así en honor del emperador Tiberio, se convirtió en el principal centro de su gobierno.

  Séforis perdió entonces su condición de capital, aunque continuó siendo una población importante.

  Este cambio también resulta interesante para nuestra investigación.

  Si José y Jesús buscaron trabajo en Séforis, la etapa de mayor actividad vinculada con su reconstrucción habría coincidido especialmente con los primeros años del gobierno de Antipas.

  Y si posteriormente las oportunidades se desplazaron hacia otras ciudades, los trabajadores de Galilea también habrían tenido que adaptarse a las nuevas circunstancias económicas.

  El trabajo no siempre permanecía en el mismo lugar.

  Las ciudades crecían.

  Los proyectos terminaban.

  Los gobernantes cambiaban sus prioridades.

  Y los trabajadores debían seguir buscando la manera de ganarse la vida.

A las puertas de una ciudad, una pregunta sobre Jesús

  Hemos conocido una ciudad que existía antes del nacimiento de Jesús, que sufrió una crisis después de la muerte de Herodes el Grande y que fue fortalecida por Herodes Antipas.

  Sabemos que ocupaba una posición estratégica.

  Sabemos que llegó a ser un centro importante de Galilea.

  Sabemos que su reconstrucción y sus fortificaciones exigieron trabajo humano.

  Y sabemos que estaba a poca distancia de Nazaret.

  Pero nuestro interés no termina en las murallas de Séforis.

  Porque mientras aquella ciudad se desarrollaba, en una pequeña aldea cercana crecía un niño llamado Jesús.

  Lucas escribió:

  «Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:52, RVR1960).

  Aquel crecimiento ocurrió dentro de una vida humana verdadera.

  Jesús conoció un hogar, una comunidad y un oficio.

  Y cuando contemplamos la actividad constructiva de Séforis, surge inevitablemente la pregunta que nos acompañará en el siguiente capítulo:

  ¿Habrían permanecido José y Jesús trabajando solamente en Nazaret cuando, a unos pocos kilómetros, una ciudad importante necesitaba constructores?

  No necesitamos apresurarnos a responder.

  Primero debemos comprender cómo trabajaban los artesanos de Galilea, dónde encontraban empleo y qué significaba para ellos trasladarse desde sus aldeas hacia una ciudad.

  Porque Séforis es importante para nuestra investigación por una razón que va mucho más allá de su historia política.

  Allí pudo existir una parte del mundo laboral que conoció el carpintero de Nazaret.

  Y es a ese carpintero a quien queremos comprender.

Y el verbo se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1: 14)

Y el verbo se hizo carne y probablemente trabajo en una ciudad gobernada por un hombre impio

Fuentes históricas y arqueológicas consultadas

Enciclopedia Judía

Cambridge Core

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Dr Elio M Rivera

Las manos de su padre — José enseñando a Jesús su oficio

  Los Evangelios no mencionan que Jesús haya visitado Séforis. Sin embargo, existen razones históricas, económicas y sociales para considerar muy posible que conociera aquella ciudad e incluso trabajara allí.

  No se trata de afirmar algo que las Escrituras no dicen, sino de examinar las circunstancias de su vida.

Una oportunidad de trabajo

  José era un tekton, un artesano dedicado a trabajos de construcción. Jesús aprendió aquel oficio y llegó a ser conocido como el carpintero de Nazaret (Marcos 6:3).

  En aquellos años, Herodes Antipas desarrollaba importantes obras en Séforis. Una ciudad en construcción necesitaba albañiles, carpinteros, ayudantes y hombres capaces de trabajar la piedra y la madera.

  Para una familia de artesanos que vivía a pocos kilómetros, buscar empleo allí habría sido una decisión perfectamente natural.

  ¿Por qué limitarse a los pequeños trabajos de Nazaret cuando una ciudad cercana ofrecía mayores oportunidades?

Las enseñanzas de Jesús

  Hay otro detalle interesante.

  Jesús habló de jornaleros que esperaban ser contratados, de hombres que construían torres, de administradores, de ricos y pobres, de deudas y de personas que buscaban aparentar lo que no eran.

  Todas estas situaciones formaban parte de la sociedad galilea, pero también encajaban con el ambiente de una ciudad como Séforis.

  ¿Había observado Jesús algunas de ellas durante sus años como trabajador?

  No podemos asegurarlo.

  Pero resulta razonable investigar si las experiencias de su vida laboral contribuyeron al conocimiento cotidiano que reflejan sus enseñanzas.

Sus relaciones con el mundo de Herodes

  Lucas menciona a Juana, esposa de Chuza, administrador de Herodes Antipas, entre las mujeres que ayudaban a Jesús con sus bienes (Lucas 8:3).

  Su presencia demuestra que el ministerio de Jesús llegó hasta personas vinculadas con la administración herodiana.

  No sabemos cómo conoció Juana a Jesús ni si aquella relación tuvo alguna conexión con Séforis. Sin embargo, constituye otro motivo para investigar los contactos entre Jesús y aquel ambiente político y social.

Una posibilidad que merece investigarse

  Tenemos, por tanto, tres líneas de investigación: las oportunidades de trabajo, las enseñanzas de Jesús y sus relaciones con personas vinculadas al gobierno de Herodes.

  Ninguna demuestra por sí sola que Jesús trabajara en Séforis.

  Pero, consideradas en conjunto, hacen que esa posibilidad merezca nuestra atención.

  En los próximos capítulos examinaremos cada una por separado, buscando distinguir los hechos históricos de las interpretaciones razonables.

  Porque nuestro verdadero interés no es demostrar que Jesús estuvo en determinada ciudad.

  Es comprender mejor el mundo que conoció aquel que, siendo el Hijo de Dios, aceptó vivir entre nosotros como un trabajador.

Fortalecer la cautela históricaAñadir una transición más dramática

Y el verbo se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1: 14)

Y el verbo se hizo carne y busco oportunidades de trabajo para ayudar al sustento de su casa.

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De. Elio M Rivera

  A pocos kilómetros de Nazaret, Séforis contaba con un elemento extraordinario para una ciudad de Galilea: un teatro de tradición grecorromana.

  Sus gradas, levantadas sobre la pendiente de una colina, permitían reunir a numerosos espectadores frente al escenario.

  Era un mundo muy diferente del ambiente rural de Nazaret.

  En los espectáculos de la antigüedad, los heraldos anunciaban acontecimientos y personajes ante el público. Las trompetas también se utilizaban en determinadas ceremonias para atraer la atención de las multitudes.

  El sonido de una trompeta podía interrumpir las conversaciones.

  Las miradas se dirigían hacia el lugar del anuncio.

  El heraldo proclamaba lo que estaba por suceder.

  Y los espectadores aguardaban la aparición de quienes ocuparían el centro de la representación.

  En aquel mundo, llamar la atención del público era parte del espectáculo.

El teatro y las palabras de Jesús

  Cuando Jesús comenzó a enseñar, utilizó una expresión sorprendente:

  «Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres» (Mateo 6:2, RVR1960).

  La imagen recuerda el ambiente de los anuncios públicos.

  Una trompeta.

  Un anuncio.

  Una multitud que vuelve la mirada.

  Y alguien que desea convertirse en el centro de atención.

  Hay otro detalle interesante: la palabra griega hypokritēs, traducida como hipócrita, también designaba a los actores que interpretaban personajes.

  Jesús reunió así dos imágenes que podían resultar familiares en el mundo grecorromano: el anuncio que atraía las miradas y el actor que representaba un papel delante de los espectadores.

  Más adelante, en el mismo discurso, volvió a utilizar aquella palabra:

  «Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres» (Mateo 6:5, RVR1960).

  La escena podía recordar a un actor que escogía cuidadosamente el lugar donde todos pudieran verlo.

  Las calles concurridas ofrecían espectadores.

  Las plazas reunían personas.

  Y las apariciones públicas permitían obtener reconocimiento.

¿Había observado Jesús aquel ambiente en Séforis?

  Séforis era la ciudad cercana a Nazaret donde hoy encontramos los restos de un teatro grecorromano. No conocemos otro teatro comparable en las inmediaciones de Nazaret durante aquel período.

  Si Jesús acudió a Séforis durante sus años como tekton, pudo entrar en contacto con un ambiente urbano donde los anuncios públicos, los heraldos y las representaciones teatrales formaban parte de la cultura conocida.

  Es posible que escuchara expresiones relacionadas con los actores, que conociera las costumbres de los espectáculos o que observara cómo se atraía la atención de una multitud.

  No tenemos constancia de que presenciara una función teatral, y tampoco podemos identificar la trompeta de Mateo 6:2 con una ceremonia específica de aquel teatro.

  Pero la semejanza de las imágenes merece nuestra atención.

  Un heraldo anunciaba públicamente la aparición de alguien. Un actor representaba un personaje. Y Jesús habló de hombres que convertían sus actos religiosos en una representación destinada a conseguir espectadores.

  La relación resulta especialmente sugerente cuando recordamos que aquel lenguaje procedía de un hombre que había crecido y trabajado a pocos kilómetros de Séforis.

  Quizá el ambiente de aquella ciudad formó parte de las experiencias que hicieron tan expresivas sus comparaciones.

  No podemos demostrarlo.

  Pero el teatro de Séforis nos permite contemplar un escenario histórico concreto en el que aquellas imágenes cobraban vida.

Y el verbo se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1: 14)

Y el verbo se hizo carne y uso cosas que aprendio en un mundo impio para ilustrar sus enseñanzas.

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Dr. Elio M Rivera

Séforis — El mundo que pudo conocer Jesús

  Hay una parábola de Jesucristo que parece transportarnos directamente al mercado laboral de una ciudad antigua.

  No comienza con una ceremonia religiosa ni con una discusión entre maestros de la Ley.

  Comienza con hombres que necesitan trabajar.

  «Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña» (Mateo 20:1, RVR1960).

  Jesús describió una costumbre conocida en el mundo antiguo: hombres que se reunían en lugares públicos esperando que alguien los contratara por una jornada.

  No todos tenían un empleo permanente.

  Algunos dependían de encontrar trabajo cada mañana.

  Y cuando nadie los contrataba, podían regresar a sus hogares sin haber ganado nada.

Una plaza donde se buscaba trabajo

  En una ciudad como Séforis, donde se desarrollaban construcciones y actividades comerciales, era necesario conseguir trabajadores para distintas tareas.

  Un propietario podía necesitar hombres para transportar materiales.

  Un constructor podía buscar ayudantes para levantar muros.

  Un agricultor podía contratar jornaleros para trabajar sus campos.

  Los trabajadores eventuales dependían de que alguien necesitara sus servicios.

  Podemos imaginar a varios hombres reunidos desde temprano en un lugar concurrido, atentos a la llegada de posibles empleadores.

  Algunos llevaban herramientas.

  Otros solamente podían ofrecer la fuerza de sus brazos.

  Todos esperaban escuchar que alguien necesitaba trabajadores.

  Esta reconstrucción no procede de un registro específico de contrataciones en Séforis, sino de las prácticas laborales que conocemos por las fuentes antiguas, incluida la propia parábola de Jesús.

«¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?»

  Jesús continuó su relato:

  «Y saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados» (Mateo 20:3, RVR1960).

  El propietario volvió a buscar trabajadores a diferentes horas.

  Algunos fueron contratados temprano.

  Otros tuvieron que esperar.

  Finalmente, casi al terminar la jornada, encontró a hombres que todavía permanecían allí.

  «Les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado» (Mateo 20:6–7, RVR1960).

  La respuesta es extraordinariamente reveladora.

  «Porque nadie nos ha contratado».

  No estaban necesariamente allí porque rechazaran el trabajo.

  Estaban esperando una oportunidad que no había llegado.

  Para un jornalero, aquella situación podía significar un día sin ingresos.

  Y detrás de cada trabajador podía existir una familia que necesitaba alimentos.

  Jesús describió con notable naturalidad una realidad económica que afectaba a los hombres más vulnerables de aquella sociedad.

¿Dónde pudo conocer Jesús aquellas escenas?

  Nazaret era una pequeña aldea, rodeada de tierras agrícolas y comunidades rurales.

  Séforis, en cambio, era un centro urbano cercano, con actividad administrativa, comercial y constructiva.

  Aunque existían otras poblaciones en Galilea, Séforis era el centro urbano importante más próximo a Nazaret durante los años de formación de Jesús.

  Si José y Jesús buscaron trabajo fuera de su aldea, aquella ciudad habría sido una opción natural.

  Y si acudían allí como artesanos, pudieron conocer de cerca las circunstancias de otros trabajadores.

  Hombres que conseguían empleo.

  Hombres que esperaban durante horas.

  Hombres que dependían de un patrón.

  Hombres que regresaban a casa después de una jornada agotadora.

  No sería necesario imaginar a Jesús como propietario de una viña para comprender su conocimiento de estas situaciones.

  Bastaría considerar su propia experiencia dentro del mundo del trabajo.

  ¿Pudo haber observado en Séforis a hombres esperando ser contratados, semejantes a los que posteriormente describió en su parábola?

  Es una posibilidad especialmente interesante.

El salario de una jornada

  Jesús añadió otro detalle:

  «Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña» (Mateo 20:2, RVR1960).

  El denario era una moneda romana que podía utilizarse como referencia para el salario diario de un trabajador.

  El relato también muestra que los acuerdos laborales podían establecerse por jornada.

  El propietario contrataba.

  El trabajador aceptaba.

  Y al finalizar el día esperaba recibir su pago.

  La parábola continúa con una escena relacionada con la entrega de los salarios:

  «Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros» (Mateo 20:8, RVR1960).

  Jesús estaba utilizando elementos reconocibles de la vida laboral: contratación, jornadas, salarios, administradores y trabajadores.

  Aunque la parábola tiene un propósito espiritual, el escenario humano que presenta es concreto.

  Y resulta especialmente significativo que Jesús conociera personalmente un oficio manual.

Una ciudad que hace pensar en el carpintero de Nazaret

  No podemos afirmar que la parábola de los obreros de la viña nació de una escena observada por Jesús en Séforis.

  La contratación de jornaleros también era habitual en ambientes agrícolas, y la parábola describe precisamente el trabajo en una viña.

  Sin embargo, la cercanía de Séforis introduce una posibilidad que merece considerarse.

  Jesús vivía cerca de una ciudad donde se necesitaban trabajadores.

  Conocía un oficio.

  Y posteriormente utilizó ejemplos que reflejaban las preocupaciones de quienes dependían de conseguir empleo.

  La parábola no demuestra que Jesús trabajara en Séforis, pero encaja de manera natural con el mundo laboral que pudo haber conocido allí.

  Cuando imaginamos a los jornaleros esperando en una plaza, no estamos contemplando solamente una ilustración religiosa.

  Estamos acercándonos a la vida de los trabajadores de Galilea.

  Y entre aquellos trabajadores hubo uno que, años después, sería conocido por las multitudes como Maestro.

  Jesús de Nazaret, el carpintero que conoció el trabajo humano y utilizó sus realidades cotidianas para enseñar acerca del reino de Dios.

Y el verbo se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1: 14)

Y el verbo se hizo carne y también tuvo que esperar para que alguien lo contratara.

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Dr. Elio M Rivera

  Hay algo extraordinario en las enseñanzas de Jesucristo que muchas veces pasa inadvertido.

  Cuando habló de construcciones, no lo hizo solamente mencionando edificios. Habló de calcular presupuestos, colocar fundamentos, terminar las obras y evitar que una construcción se viniera abajo.

  Eran asuntos que conocían bien los hombres dedicados a construir.

  Y Jesús había sido uno de ellos.

  «¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3, RVR1960).

  La palabra griega tekton identificaba a un artesano que trabajaba con materiales como la madera y que podía participar en distintas actividades constructivas.

  Por eso resulta interesante examinar algunas de sus enseñanzas a la luz de su oficio y de la cercanía de Séforis, una ciudad que había experimentado importantes obras durante el gobierno de Herodes Antipas.

«¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre…?»

  En cierta ocasión, Jesús utilizó un ejemplo que cualquier constructor podía comprender:

  «Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?» (Lucas 14:28, RVR1960).

  La pregunta revela un conocimiento práctico de la construcción.

  Antes de comenzar una obra había que determinar sus dimensiones, calcular los materiales necesarios y considerar cuánto costaría terminarla.

  Una torre exigía piedra, trabajadores, transporte de materiales y una estructura suficientemente resistente para sostener su altura.

  El propietario podía tener grandes planes, pero sus deseos no bastaban para levantar el edificio.

  Necesitaba recursos.

  Y necesitaba calcularlos antes de comenzar.

  Jesús continuó:

  «No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar» (Lucas 14:29–30, RVR1960).

  La escena es notablemente concreta.

  Un terreno.

  Los cimientos de una construcción.

  Una obra abandonada.

  Y los vecinos que pasan frente a ella y se burlan de su propietario.

  En una sociedad donde las construcciones requerían importantes inversiones de tiempo y dinero, una obra inconclusa podía convertirse en un recordatorio visible de una mala decisión.

Las construcciones de Séforis

  Séforis ofrece un contexto histórico interesante para estas palabras.

  Herodes Antipas había impulsado obras de reconstrucción y fortificación en aquella ciudad.

  La construcción de edificios públicos, viviendas y estructuras defensivas exigía planificación y coordinación entre distintos trabajadores.

  Había que preparar terrenos, obtener materiales, contratar artesanos y organizar las diferentes etapas de las obras.

  Un proyecto podía detenerse si faltaban recursos, si cambiaban las decisiones del propietario o si surgían dificultades imprevistas.

  Para los trabajadores, aquellas circunstancias eran parte de la realidad del oficio.

  No sabemos si Jesús observó alguna construcción abandonada en Séforis.

  Pero si trabajó allí, habría estado en un ambiente donde el costo de edificar y la necesidad de terminar una obra eran preocupaciones habituales.

  La parábola de la torre tiene una naturalidad especial cuando recordamos que quien la pronunció había sido conocido como constructor.

«Cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca»

  En otra ocasión, Jesús comparó a dos hombres que construyeron sus casas.

  Lucas conserva un detalle particularmente interesante:

  «Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca» (Lucas 6:48, RVR1960).

  Observemos la descripción.

  El hombre no comenzó colocando piedras sobre la superficie.

  Primero excavó.

  Profundizó hasta encontrar una base firme.

  Y solamente entonces colocó los fundamentos.

  En las regiones montañosas de Galilea, donde abundaban los terrenos pedregosos y los afloramientos de roca caliza, los constructores podían aprovechar la roca natural como base resistente.

  Pero no todos los terrenos ofrecían las mismas condiciones.

  Una superficie aparentemente firme podía ocultar materiales sueltos o depósitos de tierra incapaces de resistir adecuadamente una corriente de agua.

  Por eso preparar los fundamentos era una de las tareas más importantes.

  El trabajo realizado debajo de la construcción podía determinar si el edificio permanecería en pie.

Dos casas frente a la tormenta

  Mateo presenta aquella enseñanza con otra descripción:

  «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca» (Mateo 7:24–25, RVR1960).

  Después describió la segunda construcción:

  «Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina» (Mateo 7:26–27, RVR1960).

  Ambos hombres habían construido.

  Ambos tenían una casa.

  Y ambas construcciones enfrentaron condiciones adversas.

  La diferencia estaba en sus fundamentos.

  Los trabajadores de Galilea conocían los peligros de las lluvias intensas y de las corrientes repentinas que podían formarse en cauces normalmente secos.

  Una casa mal cimentada podía sufrir daños graves cuando el agua arrastraba la tierra que sostenía sus muros.

  No era necesario que el edificio estuviera construido junto a un gran río.

  Bastaba con que una corriente fuerte alcanzara un terreno vulnerable.

  Jesús describió un problema que pertenecía al mundo real de la construcción.

¿De dónde procedía aquel conocimiento?

  La respuesta más inmediata se encuentra en los propios Evangelios.

  Jesús había trabajado como tekton.

  No necesitamos atribuirle una formación especial en arquitectura ni imaginar que dirigió grandes proyectos.

  Su oficio proporciona una explicación suficiente de su familiaridad con materiales, estructuras y problemas constructivos.

  Pero Séforis introduce una pregunta adicional.

  ¿Pudo aquel carpintero de Nazaret haber participado en algunas de las obras de la ciudad cercana?

  ¿Pudo observar cómo se preparaban los fundamentos, cómo se calculaban los materiales y cómo se organizaba el trabajo de distintos artesanos?

  ¿Pudo conocer construcciones que permanecieron inconclusas?

  No conservamos registros que permitan responder afirmativamente a esas preguntas.

  Sin embargo, las circunstancias hacen razonable considerarlas.

  Séforis ofrecía un entorno donde las actividades constructivas tenían una importancia especial.

  Y Jesús pertenecía precisamente al mundo de los hombres que trabajaban en ellas.

Las manos que construían y la voz que enseñaba

  Hay un detalle que merece permanecer en nuestra memoria.

  Cuando Jesús habló de una torre que debía terminarse, sus oyentes escucharon una enseñanza acerca del costo de seguirlo.

  Cuando habló de una casa fundada sobre la roca, escucharon una enseñanza acerca de obedecer sus palabras.

  Pero detrás de aquellas ilustraciones estaba también la experiencia humana de un hombre que había ejercido un oficio.

  Antes de hablar a las multitudes, Jesús había vivido entre trabajadores.

  Antes de enseñar acerca de los fundamentos, había sido conocido como artesano.

  Y antes de describir los gastos de una construcción, había pertenecido a una familia cuyo sustento estaba relacionado con el trabajo manual.

  ¿Cuánto de aquella experiencia procedía de Nazaret y cuánto pudo haber conocido en Séforis?

  No lo sabemos.

  Pero la cercanía de aquella ciudad y la actividad constructiva desarrollada durante su juventud permiten considerar que su mundo laboral pudo extenderse más allá de los límites de su aldea.

  Y cuando leemos sus enseñanzas sobre torres, cimientos y edificios, encontramos algo que no debemos pasar por alto:

  El Maestro que enseñaba acerca de la construcción de una vida firme había conocido personalmente el oficio de construir.

Y el verbo se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1: 14)

Y el verbo se hizo carne y aprendio y ejercio el oficio de la construcción.

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