Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
David despertó con un acceso de tos que le produjo un dolor punzante detrás del pecho.
Se incorporó sobre la estera, intentando no despertar a sus hijos. La garganta le ardía y tenía la boca tan seca que le costaba tragar.
Había pasado otra noche casi sin dormir.
Su hijo mayor, aunque comenzaba a recuperarse, había despertado varias veces. David y su esposa se turnaron para darle agua, acomodarle las mantas y acompañarlo hasta que consiguiera descansar.
Ahora, cuando la primera claridad comenzaba a filtrarse por la entrada, escuchó un sonido que lo preocupó.
Su esposa estaba tosiendo.
David volvió la cabeza.
Ella permanecía sentada sobre su estera, con una mano apoyada contra el pecho. Intentó respirar profundamente, pero otro acceso de tos la obligó a inclinarse.
—¿Desde cuándo estás así?
—Desde anoche —respondió con voz ronca.
David se acercó y le tocó la frente.
Estaba caliente.
—También tienes fiebre.
—Quizá sea solamente cansancio.
—No es solamente cansancio.
Ella apartó la mirada.
Durante varios días había atendido al niño enfermo, preparado los alimentos, cuidado a la pequeña y mantenido la casa mientras David trabajaba en Séforis. Apenas había descansado.
Ahora la enfermedad también la había alcanzado.
David observó a su hijo mayor, que dormía cerca de ellos. Su respiración parecía más tranquila y las mejillas habían perdido aquel enrojecimiento que tanto los había preocupado.
Aquello le produjo alivio.
Pero al mirar a su hija menor, todavía dormida junto a su madre, sintió una nueva inquietud.
Los cuatro compartían el mismo espacio, las mismas mantas y el aire de aquella pequeña vivienda.
Si la enfermedad continuaba extendiéndose, pronto no quedaría nadie sano.
Su esposa intentó levantarse.
—Voy a prepararte el pan.
David la sujetó suavemente del brazo.
—Quédate acostada. Yo lo haré.
—Tú también estás enfermo.
—Entonces tendremos que arreglarnos entre los dos.
Ella intentó sonreír, pero volvió a toser.
David buscó el pan que quedaba y separó una porción para llevar consigo. Dejó el resto cerca de su esposa, junto al recipiente de agua.
No era abundante.
Tendría que alcanzar hasta que regresara.
Su hijo mayor abrió los ojos.
—Padre…
David se acercó.
—¿Cómo te sientes?
—Ya no me duele tanto la cabeza.
Le tocó la frente.
La fiebre había disminuido considerablemente.
—Eso es bueno, hijo.
El pequeño miró hacia su madre.
—¿Ahora ella está enferma?
—Sí. Necesita descansar.
El niño permaneció pensativo.
—¿Puedo cuidarla?
David sintió ternura.
—Puedes alcanzarle agua cuando la necesite y ayudar a cuidar a tu hermana.
—Yo puedo hacerlo.
—Lo sé.
Le acarició el cabello y se levantó.
Cuando recogió sus herramientas, una punzada le atravesó la espalda. Tuvo que permanecer inclinado unos instantes antes de enderezarse.
Su esposa lo observó.
—David, hoy deberías quedarte.
Él miró las provisiones.
Después las monedas que todavía conservaban.
—Si consigo trabajo, podremos comprar lo que necesitamos.
Ella no insistió.
Los dos conocían demasiado bien aquella realidad.
David se ajustó la túnica, tomó su bolsa y salió antes de que amaneciera por completo.
Siete kilómetros con fiebre
El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro cuando comenzó a caminar hacia Séforis.
Normalmente aquel primer tramo le permitía entrar en calor y despertar completamente. Esa mañana, sin embargo, las piernas parecían resistirse a cada movimiento.
La garganta le ardía y la tos regresaba cada vez que respiraba profundamente.
Intentó mantener el paso acostumbrado.
No pudo.
La bolsa de herramientas le pesaba sobre el hombro y las correas de las sandalias rozaban los talones lastimados durante las jornadas anteriores.
Al subir una pendiente, sintió un mareo que lo obligó a detenerse.
Apoyó una mano sobre una roca.
Esperó.
El sendero permanecía desierto.
A lo lejos comenzaban a distinguirse las colinas bajo la claridad del amanecer.
David dejó la bolsa en el suelo y se sentó unos instantes.
Se preguntó si realmente conseguiría trabajar.
El día anterior había cometido un error al preparar una pieza de madera. Natán lo había reprendido delante de sus compañeros y le había advertido que necesitaba hombres capaces de concentrarse.
¿Qué pensaría al verlo llegar nuevamente enfermo?
David contempló sus herramientas.
Eran lo único que podía ofrecer.
Su conocimiento.
Sus manos.
Y las fuerzas que todavía le quedaban.
Recogió la bolsa y continuó.
Mientras caminaba, pensó en la enfermedad de su familia.
En Nazaret había personas con experiencia en el cuidado de los enfermos y en el uso de remedios tradicionales. También existían médicos en distintas poblaciones, pero conseguir su ayuda podía exigir desplazamientos y gastos que una familia humilde difícilmente podía afrontar.
David conocía personas que habían pasado varios días con fiebre y después se recuperaban.
También recordaba a otras que habían empeorado inesperadamente.
Aquella incertidumbre le producía más miedo que su propia enfermedad.
Apretó el paso.
Su hijo estaba mejorando.
Tenía que confiar en que los demás también lo harían.
Las manos que todavía podían trabajar
Natán estaba revisando materiales cuando David llegó a la construcción.
Levantó la cabeza.
—¿Otra vez aquí?
David intentó sonreír.
—Mientras haya trabajo.
El encargado lo observó detenidamente.
—Sigues enfermo.
—Estoy mejor que ayer.
Natán frunció el ceño.
—No parece.
David guardó silencio.
El encargado señaló unas piezas de madera.
—Necesito preparar varias uniones para una estructura. Pero no quiero otro error.
David sintió que el rostro se le calentaba.
La reprimenda del día anterior todavía le producía vergüenza.
—No volverá a ocurrir.
Natán lo miró unos instantes.
—Trabaja despacio. Y comprueba las medidas antes de cortar.
David asintió.
Se dirigió al lugar indicado y examinó las piezas.
No eran simples tablas destinadas a cubrir una superficie. Formarían parte de una estructura provisional que debía soportar el peso de trabajadores y materiales durante la construcción.
Una unión mal preparada podía provocar movimientos peligrosos.
David pasó los dedos por la primera pieza.
Reconoció la dirección de las fibras, comprobó los extremos y buscó las pequeñas irregularidades que podían dificultar el ajuste.
Después tomó su cuerda de medir.
Marcó cuidadosamente.
Volvió a comprobar.
Y comenzó a trabajar.
La herramienta avanzó sobre la madera con un sonido familiar.
Pequeñas virutas cayeron al suelo.
David sintió cierta tranquilidad.
Aquello sí lo conocía.
Había aprendido el oficio durante años, trabajando junto a hombres experimentados, cometiendo errores y descubriendo que una pieza mal preparada podía arruinar muchas horas de esfuerzo.
Sus manos sabían distinguir cuándo debía aplicar fuerza y cuándo convenía detenerse.
Sin embargo, esa mañana tuvo que interrumpirse varias veces para toser y beber agua.
Al terminar la primera unión, la examinó detenidamente.
Comprobó sus medidas.
Después la dejó junto a las demás.
Había quedado bien.
Por primera vez aquella mañana, sintió que recuperaba algo de confianza.
La unión que nadie conseguía ajustar
A media mañana surgió un problema en otra sección de la construcción.
Dos trabajadores intentaban colocar una pieza de madera entre varios apoyos.
No conseguían hacerla encajar.
Uno de ellos golpeó el extremo con fuerza.
La pieza apenas se movió.
—¡Otra vez! —ordenó.
Su compañero lo detuvo.
—¡Vas a romperla!
—Entonces hay que cortar más.
—¡Ya la cortamos!
La discusión atrajo la atención de Natán.
—¿Qué ocurre aquí?
Los hombres comenzaron a explicarse al mismo tiempo.
Natán levantó una mano.
—¡Silencio!
Examinó la pieza.
Después el espacio donde debía colocarse.
Intentó moverla.
Su expresión se endureció.
El capataz esperaba que aquella sección estuviera terminada antes de que avanzara demasiado el día.
Y estaban perdiendo tiempo.
David observaba desde unos pasos de distancia.
Había notado algo extraño en la manera en que sostenían la madera.
Se acercó.
—Natán, ¿puedo verla?
El encargado volvió la cabeza.
—¿Ya terminaste tus piezas?
—Todavía no. Pero creo que sé por qué ésta no entra.
Uno de los trabajadores soltó una risa breve.
—Pues nosotros llevamos un buen rato intentando descubrirlo.
David no respondió.
Natán se apartó.
—Entonces muéstranos.
David se inclinó para examinar la unión.
No tomó inmediatamente una herramienta.
Primero observó las superficies de contacto.
Después pidió que levantaran ligeramente uno de los extremos.
Los hombres obedecieron.
David pasó los dedos por la madera.
Encontró una pequeña irregularidad.
Pero también descubrió algo más importante.
La pieza estaba siendo presentada con una inclinación incorrecta.
Al intentar introducirla por la fuerza, uno de los extremos se trababa antes de llegar a su posición.
—Aquí está el problema —explicó.
Uno de los trabajadores se acercó.
—Entonces hay que quitar más madera.
David negó con la cabeza.
—Muy poca. Si seguimos cortando sin corregir la posición, debilitaremos la unión.
El hombre frunció el ceño.
—¿Y estás seguro?
David lo miró.
—Déjame intentarlo.
Natán intervino.
—Háganlo como dice.
Retiraron la pieza y la colocaron sobre unos apoyos.
David marcó la zona que necesitaba corrección.
Después comenzó a trabajar.
No hizo grandes cortes.
Retiró pequeñas cantidades de madera y comprobó repetidamente la superficie.
Cuando consideró que estaba lista, levantó la cabeza.
—Ahora.
Los hombres volvieron a colocarla.
David les indicó que elevaran ligeramente uno de los extremos.
La pieza comenzó a entrar.
—¡Eso es! —exclamó uno.
—Espera —ordenó David.
Comprobó nuevamente el contacto.
Después hizo una señal.
Los hombres terminaron de acomodarla.
La unión quedó firme.
Natán la examinó cuidadosamente.
Intentó moverla.
Comprobó su estabilidad.
Después miró a David.
—Bien hecho.
David sintió un alivio profundo.
El encargado volvió a observar la pieza.
—Ayer cortaste madera donde no debías. Hoy evitaste que otros hicieran lo mismo.
David sonrió.
—Ayer aprendí a comprobar dos veces.
Natán dejó escapar una risa breve.
—Entonces procura recordar la lección.
Se alejó para continuar supervisando.
Joel se acercó.
—Parece que todavía sabes utilizar las manos.
—Aunque la cabeza no siempre quiera acompañarlas.
El muchacho soltó una carcajada.
Después examinó la unión.
—¿Cómo supiste lo que estaba mal?
David señaló la superficie de contacto.
—Porque estaban intentando obligar a la madera a entrar donde todavía no podía.
—¿Y eso no funciona?
—A veces puedes conseguirlo a golpes. Pero también puedes romper la pieza o dejar una unión débil.
Joel permaneció pensativo.
David añadió:
—Un buen carpintero no solamente sabe golpear. Primero necesita comprender lo que tiene delante.
El muchacho observó la madera.
—Entonces hay que pensar antes de usar las manos.
David sonrió.
—Eso ayuda bastante.
Una semana que parecía interminable
Los días siguientes fueron difíciles.
David consiguió trabajo durante toda aquella semana. Natán continuó asignándole labores relacionadas con la madera, procurando evitar que realizara los esfuerzos más peligrosos mientras se recuperaba.
Pero las jornadas seguían siendo largas.
La tos persistía y el cansancio se acumulaba porque las noches tampoco le permitían descansar.
En casa, su hijo mayor comenzó a mejorar.
Primero desapareció la fiebre.
Después recuperó el apetito.
Y finalmente volvió a interesarse por las pequeñas construcciones de madera que había comenzado días atrás.
Una tarde David lo encontró sentado junto a la pared, intentando sostener dos piezas que continuamente se caían.
—¿Qué construyes?
El niño levantó la cabeza.
—Una casa más grande.
—¿Para quién?
—Para todos nosotros.
David sonrió.
—Entonces necesitarás buenos cimientos.
El pequeño examinó las piezas.
—¿Me ayudas?
David se sentó junto a él y acomodó una de las maderas.
—Mira. Si la base está torcida, todo lo que pongas encima terminará moviéndose.
El niño observó atentamente.
—Como en tu trabajo.
—Exactamente.
Durante unos minutos jugaron juntos.
Fue uno de los pocos momentos tranquilos de aquella semana.
Pero mientras el niño mejoraba, su madre empeoró.
Una noche despertó con escalofríos intensos.
David se levantó para acercarle agua y acomodarle las mantas.
La pequeña también despertó.
Comenzó a llorar porque quería estar con su madre.
David la levantó.
—Ven conmigo. Mamá necesita descansar.
La niña protestó.
Extendió los brazos hacia su madre.
David comenzó a caminar lentamente por la habitación, hablándole en voz baja.
Le contó que, cuando amaneciera, podrían jugar con la pequeña casa de madera que su hermano estaba construyendo.
La niña continuó llorando durante un rato.
Finalmente apoyó la cabeza sobre su hombro.
David sintió que sus brazos comenzaban a resentir el peso.
Pero siguió caminando hasta que consiguió dormirla.
La acostó cuidadosamente.
Después regresó junto a su esposa.
Apenas había logrado recostarse cuando ella volvió a toser.
Así transcurrió buena parte de la noche.
Y antes de que amaneciera, David tuvo que levantarse para salir hacia Séforis.
Dos días después, la pequeña también comenzó a enfermar.
Primero perdió el apetito.
Después apareció la tos.
Y al caer la tarde tenía fiebre.
David la sostuvo sobre sus piernas mientras su esposa intentaba descansar.
La niña tenía las mejillas calientes y los ojos entrecerrados.
Su hermano mayor se acercó.
—¿También está enferma?
David asintió.
El pequeño observó a su hermana durante unos instantes.
Después le tomó una mano.
—Yo ya me estoy curando —le dijo—. Tú también te vas a curar.
David sintió una emoción profunda.
Había pasado el día escuchando órdenes y el ruido de las herramientas.
Ahora estaba sentado en el suelo, con su hija enferma sobre las piernas, mientras su hijo intentaba consolarla.
No sabía cuánto duraría aquella enfermedad.
Pero deseó con todas sus fuerzas que el niño tuviera razón.
Las noches sobre el suelo
Dormir sobre esteras extendidas en el suelo formaba parte de la vida cotidiana de aquella familia.
En condiciones normales, después de una jornada de trabajo, David podía acostarse y recuperar parte de sus fuerzas.
Pero durante aquellos días la enfermedad convirtió las noches en una sucesión de interrupciones.
Cuando la niña despertaba llorando, su madre intentaba incorporarse.
David la detenía.
—Yo voy.
Le acercaba agua a la pequeña, comprobaba si seguía caliente y permanecía junto a ella hasta que volvía a dormirse.
En ocasiones tenía que levantarla y caminar por la habitación.
Otras veces se sentaba contra la pared, sosteniéndola sobre las piernas.
Una noche permaneció así durante largo rato.
Su esposa descansaba cerca.
El hijo mayor dormía profundamente.
La pequeña tenía la cabeza apoyada contra su pecho.
David observó la llama de la lámpara.
El aceite estaba disminuyendo.
No quería consumir más del necesario, pero tampoco deseaba permanecer completamente a oscuras mientras la niña continuaba con fiebre.
Esperó un poco más.
Después apagó la lámpara.
La habitación quedó en silencio.
David escuchó la respiración de su hija.
Le acomodó la manta.
Y permaneció sentado, esperando que llegara el sueño.
Pero no consiguió descansar.
Pensaba en la jornada siguiente.
En las piezas que tendría que preparar.
En el camino hasta Séforis.
Y en el temor de cometer un error por falta de concentración.
Algunas horas después, cuando comenzó a aclararse el cielo, tuvo que levantarse nuevamente.
Cuando la enfermedad costaba dinero
La recuperación de la familia fue lenta.
El hijo mayor mejoró primero. Después su esposa comenzó a recuperar las fuerzas, mientras la pequeña continuó enferma algunos días más.
David también tardó en sentirse bien.
Aunque la fiebre desapareció, la tos persistió y las jornadas de trabajo siguieron resultándole difíciles.
Durante aquellos días comprendió que una enfermedad no necesitaba ser mortal para convertirse en una desgracia económica.
Bastaba con que durara demasiado.
Los enfermos necesitaban alimentos, agua, atención y tiempo.
Su esposa había pedido consejo a una mujer de la aldea que tenía experiencia cuidando enfermos.
La mujer acudió a observar a los niños.
Les recomendó mantenerlos cómodos, ofrecerles agua con frecuencia y vigilar cualquier empeoramiento.
También les habló de algunos preparados tradicionales que las familias utilizaban para aliviar molestias.
David agradeció su ayuda.
Pero sabía que aquellos recursos tenían límites.
Si alguno empeoraba, quizá necesitarían buscar a un médico fuera de Nazaret.
Aquello significaría tiempo.
Y dinero.
Cuando finalmente terminó la semana, David se sentó junto a su esposa para contar las monedas.
Había conseguido trabajar todos los días.
Aquello había evitado que la enfermedad se convirtiera también en una falta inmediata de alimentos.
Pero habían necesitado comprar más provisiones y recurrir a la ayuda de otras personas para algunas tareas.
David extendió una tela.
Colocó las monedas sobre ella.
Las contó cuidadosamente.
Después volvió a contarlas.
Su esposa lo observó.
—¿Cuánto tenemos?
David levantó la mirada.
Por primera vez en varios días sonrió con verdadera satisfacción.
—Podemos guardar una parte.
Ella se acercó.
Ambos contemplaron las monedas.
No era una cantidad importante.
Pero representaba algo que habían deseado durante mucho tiempo.
Una pequeña reserva.
Dinero que no tendrían que gastar inmediatamente en alimento.
Su esposa sonrió.
—Quizá podamos comprar algunas cosas que hacen falta en la casa.
David asintió.
Pensó en reparar ciertos utensilios, conseguir mejores provisiones y reservar unas monedas para los días en que Natán no pudiera contratarlo.
Por primera vez desde que había comenzado aquella difícil semana, permitió que sus pensamientos fueran más allá de la siguiente jornada.
Pero aquella tranquilidad duraría poco.
La necesidad que nadie había previsto
Dos días después, mientras David se preparaba para salir, su esposa le mostró una parte de la vivienda.
—Quiero que veas algo.
Lo condujo hasta una zona donde el revestimiento de la cubierta comenzaba a mostrar deterioro.
Durante las últimas lluvias, la humedad había penetrado ligeramente.
No había sido suficiente para provocar un daño importante.
Pero la situación podía empeorar.
David examinó el lugar.
Después subió cuidadosamente para observar la cubierta desde arriba.
Encontró una sección donde el material de protección se había desgastado.
Necesitaría repararla antes de que llegaran nuevas precipitaciones.
Su esposa lo observó desde abajo.
—¿Es grave?
David permaneció unos instantes examinando la superficie.
—Todavía no. Pero si esperamos demasiado, puede serlo.
Descendió.
Se limpió las manos.
Y comenzó a calcular lo que necesitaría.
Podría conseguir parte de los materiales en la aldea.
Otros tendrían que comprarlos.
Además, tendría que dedicar tiempo a preparar la reparación.
Su esposa comprendió inmediatamente lo que estaba pensando.
—Tendremos que utilizar parte de lo que guardamos.
David asintió.
—Sí.
Miró hacia las esteras donde dormían.
Imaginó una noche de lluvia, con agua penetrando desde la cubierta y mojando las mantas.
Los niños despertando sobre el suelo húmedo.
Su esposa intentando encontrar un lugar seco donde acostarlos.
Después de tantos días de enfermedad, no podía permitirlo.
Tomó las monedas que habían separado.
Retiró una parte.
Las sostuvo durante unos instantes.
Su esposa colocó una mano sobre su brazo.
—Podremos volver a guardar cuando haya más trabajo.
David sonrió débilmente.
Había escuchado aquellas palabras muchas veces.
Pero no había otra solución.
Guardó las monedas restantes.
Recogió sus herramientas.
Y salió hacia Séforis.
El constructor de dos mundos
Aquella jornada David trabajó preparando una estructura de madera para una construcción destinada a personas con recursos muy superiores a los suyos.
Los muros habían sido levantados cuidadosamente.
Las piezas debían encajar con precisión.
Los materiales llegaban en cantidades que él difícilmente podía imaginar utilizando en su propia vivienda.
Había hombres dedicados exclusivamente a transportar piedra.
Otros preparaban madera.
Algunos revisaban medidas.
Y varios supervisaban que el trabajo avanzara conforme a lo previsto.
David observó una de las secciones terminadas.
Pensó en su casa de Nazaret.
En la cubierta deteriorada.
En las monedas que acababa de separar para repararla.
Y en las esteras donde su familia había pasado tantos días enferma.
Aquella diferencia le produjo una sensación extraña.
Pasaba sus jornadas construyendo espacios para personas que podían pagar materiales costosos y contratar a numerosos trabajadores.
Mientras tanto, él debía calcular cuidadosamente cuánto podía gastar para proteger su propia vivienda de la lluvia.
No sintió odio hacia quienes tenían más.
Pero comprendió con claridad la distancia que existía entre sus vidas.
Natán se acercó para revisar su trabajo.
Examinó una unión.
Después otra.
Finalmente asintió.
—Estas piezas están bien preparadas.
David agradeció el comentario.
Continuó trabajando.
Sus manos se movían con seguridad.
Había aprendido a reconocer la madera, respetar sus fibras y calcular dónde debía retirar material sin debilitar una pieza.
Podía observar una superficie irregular e imaginar cómo transformarla para que cumpliera su función.
Aquella habilidad era el resultado de años de aprendizaje.
Y de incontables jornadas en las que había terminado con las manos doloridas, los hombros agotados y los pies lastimados.
David sintió orgullo de su oficio.
No era un hombre rico.
No poseía grandes propiedades.
Ni podía asegurar que habría trabajo la semana siguiente.
Pero era un tekton.
Un carpintero y constructor que conocía su oficio.
Y aquel conocimiento le permitía alimentar a su familia.
Mientras preparaba otra pieza, pensó en su hijo mayor.
Recordó las pequeñas construcciones de madera que tanto le gustaba hacer.
La curiosidad con que observaba sus herramientas.
Y las preguntas que le hacía cuando trabajaban juntos.
Quizá algún día aprendería aquel oficio.
David deseó que entonces pudiera vivir con menos preocupaciones.
Pero sabía que nadie podía prometer semejante cosa.
El regreso a una casa que volvía a vivir
Cuando David regresó a Nazaret aquella tarde, escuchó risas antes de llegar a la puerta.
Se detuvo.
Reconoció la voz de su hijo mayor.
Después escuchó a la pequeña.
Sintió una alegría inmediata.
Entró.
Los niños estaban sentados sobre el suelo, jugando con los pedazos de madera.
Su esposa se encontraba cerca, preparando parte de la comida.
Todavía parecía cansada.
Pero su rostro había recuperado algo de color.
David dejó las herramientas.
Su hija levantó la cabeza.
—¡Padre!
Se levantó y corrió hacia él.
David se inclinó para recibirla.
La pequeña lo abrazó.
Él la sostuvo cuidadosamente.
Le tocó la frente.
Ya no estaba caliente.
Sintió un alivio tan grande que permaneció abrazándola unos instantes más.
Su hijo mayor se acercó.
—Ya terminamos la casa.
David miró hacia el suelo.
La pequeña construcción de madera se sostenía sobre varias piezas cuidadosamente acomodadas.
No era perfecta.
Algunas uniones estaban torcidas.
Y una parte parecía demasiado alta.
Pero se mantenía en pie.
David se sentó junto a ellos.
La examinó con atención.
—Han trabajado mucho.
El niño sonrió orgulloso.
—Mi hermana ayudó.
David miró a la pequeña.
Ella asintió con entusiasmo.
—Yo puse ésta.
Señaló una pieza que sobresalía ligeramente.
David sonrió.
—Entonces es una construcción de los dos.
Los niños comenzaron a hablar al mismo tiempo.
Le explicaron cómo habían colocado las piezas.
Cuáles se habían caído.
Y cómo habían conseguido sostenerlas.
David los escuchó.
Todavía tenía tos.
La espalda le dolía.
Y sentía el cansancio acumulado de una semana difícil.
Pero aquella tarde no deseaba acostarse inmediatamente.
Quería permanecer sentado junto a ellos.
Escuchar sus voces.
Verlos jugar.
Y disfrutar la tranquilidad de una casa donde la fiebre finalmente comenzaba a desaparecer.
Las manos que sostenían una familia
Después de comer, David salió unos momentos al exterior.
El cielo comenzaba a oscurecer.
Una brisa suave recorría la aldea.
Se sentó junto a la entrada y extendió las manos sobre las rodillas.
Las observó bajo la luz que todavía quedaba.
Tenía pequeñas cicatrices.
La piel estaba endurecida.
Algunas uñas conservaban marcas antiguas de golpes.
Los dedos mostraban las señales de muchos años de trabajo.
David abrió y cerró las manos lentamente.
Habían preparado uniones delicadas en Séforis.
Habían sostenido herramientas bajo el sol.
Habían temblado durante las noches de fiebre.
Y habían acariciado la frente caliente de sus hijos.
Ahora tendrían que reparar la cubierta de su propia casa.
Durante el día construía para otros.
Al regresar, continuaba sosteniendo la vida de su familia.
Desde el interior escuchó la voz de su hijo.
—¡Padre! ¡Ven a ver!
David sonrió.
Se levantó lentamente.
Todavía le dolían las piernas y sentía la espalda resentida por la jornada.
Pero entró.
Sus hijos estaban sanos, su esposa recuperaba las fuerzas y aquella pequeña casa volvía a llenarse de alegría.
Sin embargo, mientras se sentaba junto a ellos, recordó algo que Natán había mencionado antes de terminar el trabajo.
Al día siguiente comenzarían una nueva sección de la construcción.
Sería más exigente.
Y el capataz quería que avanzaran rápidamente.
David miró sus manos.
Habían resistido una semana de enfermedad.
Ahora tendrían que enfrentar una nueva prueba.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
El Verbo se hizo carne y regresó a su casa con los pies y las piernas adoloridos, la espalda fatigada y las manos cansadas después de trabajar.
Libro recomendado

Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
David todavía no había recuperado completamente las fuerzas.
La fiebre había desaparecido y la tos comenzaba a ceder, pero las noches de enfermedad habían dejado su huella. Al despertar, sentía la espalda rígida y los músculos doloridos. Necesitaba unos momentos para incorporarse de la estera y comenzar a moverse con normalidad.
Después venían los siete kilómetros hasta Séforis.
Al llegar a la construcción, buena parte de sus energías ya se había consumido en el camino.
Procuraba disimularlo.
Natán necesitaba hombres capaces de trabajar, no trabajadores a quienes tuviera que conceder descansos especiales. David había conseguido ganarse su confianza y temía perderla.
Aquella mañana salió de Nazaret antes del amanecer. Su esposa y los niños finalmente estaban mejor, aunque todavía necesitaban recuperar lo gastado durante la enfermedad. Además, la cubierta de la vivienda requería reparaciones.
Mientras caminaba, David repasó mentalmente las tareas que esperaba realizar aquel día.
No imaginaba que pronto tendría que enfrentarse a un peligro que ninguna herramienta podía evitar.
La mala intención de otro hombre.
El hombre que disfrutaba los errores ajenos
Cuando David llegó a la construcción, encontró a varios trabajadores reunidos cerca de los materiales.
Joel conversaba con Simón, mientras Efraín examinaba unas piezas de piedra que debían colocarse junto a uno de los muros.
A poca distancia había un hombre de hombros anchos, barba oscura y brazos musculosos.
David lo había visto anteriormente, aunque nunca habían trabajado juntos.
Se llamaba Malquías.
Era un carpintero experimentado. Sabía preparar uniones, trabajar vigas y resolver problemas que exigían precisión. Su habilidad era reconocida entre los trabajadores.
Pero había algo desagradable en su manera de tratar a los demás.
Cuando alguien cometía un error, Malquías no se apresuraba a ayudarlo. Prefería señalarlo delante de otros, especialmente si Natán se encontraba cerca.
Aquella mañana David recibió varias piezas de madera que debía preparar para una estructura provisional.
Comenzó a medir la primera cuando un acceso de tos lo obligó a detenerse.
Malquías levantó la cabeza.
—¿Todavía estás enfermo?
—Estoy mejorando —respondió David.
El hombre observó sus herramientas.
—Eso espero. Aquí necesitamos hombres fuertes.
David continuó trabajando.
Un poco después, cuando intentó levantar una pieza pesada, sintió una punzada en la espalda y tuvo que apoyarla nuevamente.
Malquías sonrió.
—Parece que la madera pesa más para los hombres de Nazaret.
Simón, que trabajaba cerca, intervino.
—Ha estado enfermo.
—Entonces debería quedarse en su casa.
David levantó la mirada.
—Puedo hacer mi trabajo.
—Eso espero —respondió Malquías—. Porque aquí los errores cuestan dinero.
La referencia al error que David había cometido días atrás era evidente.
Sintió que la sangre le subía al rostro, pero se contuvo.
No había caminado siete kilómetros para discutir con aquel hombre.
Tomó nuevamente la herramienta y continuó preparando la madera.
Malquías lo observó unos instantes antes de alejarse.
David comprendió que no sería una jornada agradable.
El rumor
A media mañana comenzó a notar algo extraño.
Dos trabajadores interrumpieron su conversación cuando pasó junto a ellos.
Uno lo miró brevemente y después apartó los ojos.
David continuó caminando, aunque aquella actitud le resultó incómoda.
Poco después, mientras buscaba unas piezas detrás de una pila de materiales, escuchó su nombre.
Reconoció la voz de Malquías.
—No digo que sea un mal hombre. Solamente que últimamente comete demasiados errores.
Otro trabajador respondió:
—Natán parece confiar en él.
—Ése es precisamente el problema.
David se quedó inmóvil.
—Aquí hay hombres que llevan mucho tiempo trabajando —continuó Malquías—. Hombres que conocen el oficio y no desperdician madera porque están demasiado enfermos para concentrarse.
—Pero David corrigió aquella unión que ninguno conseguíamos ajustar.
Malquías soltó una risa despectiva.
—Una unión bien hecha no convierte a nadie en maestro.
David apretó la mandíbula.
Había reconocido sus errores y procurado corregirlos. Pero Malquías estaba utilizando aquellos tropiezos para sembrar dudas sobre su capacidad.
Durante unos instantes pensó en salir de detrás de las maderas y enfrentarlo.
¿Qué derecho tenía aquel hombre a hablar de él de esa manera?
¿Por qué no se lo decía directamente?
Pero recordó a Natán y la facilidad con que una discusión podía convertirse en motivo para perder el trabajo.
Se retiró sin hacer ruido.
Al regresar a sus piezas, descubrió que le costaba concentrarse.
No era solamente lo que Malquías había dicho.
Era la posibilidad de que otros comenzaran a creerlo.
En una construcción donde muchos hombres esperaban ser contratados cada mañana, la reputación podía determinar quién recibiría un jornal y quién tendría que regresar a casa con las manos vacías.
La herramienta desaparecida
Poco antes del mediodía, David necesitó su escuadra.
Era una herramienta sencilla, pero indispensable para comprobar los ángulos de ciertas uniones.
Se inclinó junto a su bolsa.
No estaba.
Apartó las demás herramientas, levantó unas piezas pequeñas de madera y revisó el suelo.
Nada.
Recordaba perfectamente haberla utilizado aquella misma mañana.
Joel se acercó.
—¿Qué buscas?
—Mi escuadra.
—¿Dónde la dejaste?
David señaló el lugar.
—Aquí, junto a las demás herramientas.
Joel comenzó a ayudarlo.
Revisaron debajo de los materiales y alrededor del espacio donde había estado trabajando.
La herramienta no apareció.
David sintió una creciente preocupación.
No podía reemplazarla fácilmente. Había invertido dinero en conseguirla y la había conservado durante años.
Sin ella, preparar ciertas uniones le exigiría mucho más tiempo.
Malquías apareció detrás de ellos.
—¿Qué sucede?
Joel respondió:
—David no encuentra su escuadra.
Malquías levantó las cejas.
—Primero se equivoca con las medidas y ahora pierde las herramientas.
David se enderezó.
—No la perdí. Estaba aquí.
—Entonces debería seguir aquí.
—Eso es lo que estoy tratando de averiguar.
Malquías sonrió.
—Quizá deberías cuidar mejor tus cosas.
Joel intervino.
—Si no vas a ayudar, déjanos buscar.
El hombre lo miró con desagrado.
—Solamente digo lo evidente.
Se alejó.
David siguió sus movimientos con la mirada.
Había algo demasiado oportuno en aquellas burlas.
Pero no podía acusarlo.
No había visto a nadie tocar la escuadra.
Y una acusación sin pruebas podía perjudicarlo más que la desaparición de la herramienta.
Una humillación delante de todos
Natán llegó poco después para revisar las piezas que David debía terminar.
Encontró el trabajo detenido.
—¿Qué ocurre?
David explicó lo sucedido.
El encargado examinó el lugar.
—¿Estás seguro de haberla dejado aquí?
—La utilicé esta mañana. Después la coloqué junto a mi bolsa.
Malquías, que había regresado, intervino antes de que Natán respondiera.
—Yo lo vi dejar las herramientas sin recoger cuando fue por agua.
David volvió la cabeza.
—Las dejé juntas. No estaban abandonadas.
—Quizá alguien pensó que no tenían dueño —añadió Malquías.
Natán miró a ambos.
—No tenemos tiempo para estas discusiones.
Después se dirigió a David.
—Necesito que termines esas piezas.
—Sin la escuadra tendré que comprobar los ángulos de otra manera.
Malquías soltó una risa.
—Un buen constructor debería saber hacerlo.
David estuvo a punto de responder.
Natán golpeó con la palma de la mano una de las maderas.
—¡Basta!
Los hombres guardaron silencio.
—Malquías, vuelve a tu trabajo. David, utiliza otro método y termina lo que puedas. Después veremos lo de la herramienta.
Malquías se retiró con una expresión de satisfacción apenas disimulada.
David permaneció junto a sus materiales.
Le habían quitado una herramienta valiosa y, delante de los demás, había quedado como un hombre descuidado.
Ahora tendría que trabajar más lentamente.
Y si no terminaba a tiempo, Malquías tendría otro motivo para desacreditarlo.
David respiró profundamente.
Tomó una cuerda y comenzó a preparar una comprobación alternativa.
No permitiría que aquella dificultad arruinara todo su trabajo.
Lo que Simón había visto
Durante el descanso, los trabajadores buscaron sombra junto a uno de los muros.
David sacó su pan y se sentó cerca de Joel.
Apenas había comenzado a comer cuando Simón se acercó.
El muchacho parecía inquieto.
Se sentó junto a ellos y miró hacia el lugar donde descansaba Malquías.
—Tengo que decirte algo —murmuró.
David levantó la cabeza.
—¿Qué sucede?
—Esta mañana, cuando fuiste por agua, vi a Malquías acercarse a tus herramientas.
David dejó de masticar.
—¿Lo viste tomar mi escuadra?
Simón negó con la cabeza.
—No pude ver bien sus manos. Había otros hombres pasando, pero se inclinó junto a tu bolsa.
Joel frunció el ceño.
—¿Por qué no dijiste nada?
—Pensé que buscaba alguna herramienta que necesitaba. No imaginé que después desaparecería algo.
David miró hacia Malquías.
El hombre conversaba tranquilamente con otros trabajadores.
—¿Estás seguro de que era él?
—Completamente.
—¿Y nadie más se acercó?
—No lo sé. Tuve que continuar con mi trabajo.
David permaneció pensativo.
Aquello aumentaba sus sospechas, pero todavía no demostraba nada.
Simón bajó la voz.
—No quiero que te hagan perder el trabajo.
David lo miró con gratitud.
Recordó las veces que había compartido su pan con aquel muchacho, que trabajaba para sostener a su madre viuda y a sus hermanos menores.
Ahora Simón estaba arriesgándose a enemistarse con otro trabajador para advertirle.
—Gracias por decírmelo.
Joel observó a Malquías.
—Será mejor que tengas cuidado.
David asintió.
Pero mientras terminaba de comer, comenzó a preguntarse si la desaparición de la escuadra sería el último problema de aquella jornada.
Una trampa entre las maderas
Después del descanso, Natán ordenó preparar varias piezas destinadas a una estructura provisional que utilizarían los trabajadores.
David debía revisar las uniones antes de que fueran colocadas.
La seguridad dependía de que cada superficie apoyara correctamente y pudiera soportar las cargas previstas.
La ausencia de su escuadra lo obligaba a trabajar con mayor lentitud.
Malquías estaba cerca.
En cierto momento se acercó y señaló una de las piezas.
—Ésa ya está lista.
David levantó la cabeza.
—Todavía necesito comprobarla.
—Ya la revisaron.
—¿Quién?
Malquías señaló vagamente hacia los demás trabajadores.
—Uno de los hombres.
David dejó la herramienta que sostenía.
—¿Cuál de ellos?
—No recuerdo.
Aquella respuesta le produjo desconfianza.
Tomó la pieza y examinó sus extremos.
Al principio no encontró nada extraño.
Pero cuando comprobó una de las superficies de apoyo, descubrió una diferencia que no recordaba haber dejado.
La madera había sido rebajada más de lo necesario.
Era una modificación pequeña.
Sin embargo, al colocar la pieza en su posición, una parte de la unión quedaría sin el apoyo adecuado.
David pasó los dedos por la superficie.
Encontró marcas recientes de herramienta.
Levantó la mirada.
—¿Quién trabajó esta pieza?
Malquías se encogió de hombros.
—No lo sé.
—Acabas de decir que alguien la había revisado.
—Eso escuché.
David sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Había dejado aquella pieza antes del descanso.
Y estaba seguro de que no tenía ese corte.
La sostuvo frente a Malquías.
—¿Ves lo que le hicieron?
El hombre apenas la miró.
—Parece un corte mal hecho.
—No estaba así.
Malquías sonrió.
—Entonces tendrás que explicárselo a Natán.
David comprendió que no podía continuar discutiendo.
Si alguien colocaba aquella pieza sin corregirla, podía poner en peligro a los trabajadores.
Llamó al encargado.
Natán llegó con expresión impaciente.
—¿Ahora qué sucede?
David le mostró la superficie.
El encargado la examinó.
Después pidió que acercaran la pieza a su posición prevista.
Al comprobar cómo apoyaba, su expresión cambió.
—¿Quién preparó esto?
David respondió:
—Yo estaba trabajando en ella. Pero cuando regresé del descanso encontré este corte.
Malquías intervino inmediatamente.
—Quizá la cortó mal y ahora quiere culpar a otro.
David volvió hacia él.
—No he acusado a nadie.
—Pero dices que alguien la modificó.
—Porque así fue como la encontré.
Natán levantó la voz.
—¡Silencio los dos!
Examinó nuevamente la unión.
Después miró a David.
—¿Estás seguro de que no hiciste este corte?
David sostuvo su mirada.
—Completamente.
Natán permaneció callado unos instantes.
Finalmente ordenó retirar la pieza.
—No se colocará hasta que determine si puede aprovecharse de otra manera.
Después se dirigió a todos.
—Y escúchenme bien: nadie modificará una pieza que otro hombre esté preparando sin informar al encargado.
Malquías apartó la mirada.
David sintió alivio por haber descubierto el problema a tiempo.
Pero también comprendió algo inquietante.
Si aquella madera hubiera sido colocada y después hubiera fallado, todos habrían pensado que él era responsable.
Y alguien podría haber resultado gravemente herido.
El precio de un accidente
Poco después, varios trabajadores comenzaron a trasladar materiales hacia otra sección de la construcción.
Uno de ellos llevaba una pieza pesada con ayuda de un compañero.
Al llegar a un espacio estrecho, intentaron acomodarla sobre unos apoyos.
Uno de los soportes no estaba bien colocado.
Cuando la madera recibió el peso, se movió inesperadamente.
—¡Cuidado!
El extremo de la pieza descendió con violencia.
Uno de los hombres consiguió apartarse, pero perdió el equilibrio y cayó de rodillas.
La madera golpeó contra una piedra con un ruido seco.
Varios trabajadores corrieron hacia él.
Natán ordenó detener el movimiento de materiales.
David se acercó.
El hombre estaba pálido.
Tenía una raspadura en la pierna y respiraba agitadamente, pero podía moverla.
Había escapado por poco.
Natán examinó los apoyos.
—¿Quién colocó esto?
Nadie respondió.
El encargado levantó la voz.
—¡Les he dicho que comprueben dónde descansan las piezas antes de soltar una carga!
Los trabajadores guardaron silencio.
David observó al hombre que todavía permanecía sentado sobre el suelo.
Recordó el día en que Joel había estado a punto de sufrir una lesión grave por el desplazamiento de una piedra.
Aquella vez habían conseguido evitarlo.
Pero no siempre sería así.
Una mano aplastada podía dejar a un carpintero sin oficio.
Una pierna fracturada podía impedir que un jornalero caminara hasta la construcción.
Y una lesión en la espalda podía privar a una familia de su único ingreso.
David miró hacia las estructuras de madera.
Pensó en la pieza alterada que había descubierto poco antes.
No sabía si ambos acontecimientos tenían alguna relación.
Pero comprendió que una rivalidad capaz de llegar hasta las herramientas y los materiales podía terminar en una tragedia.
La escuadra apareció
Cerca del final de la jornada, Efraín encontró la herramienta desaparecida.
Estaba detrás de unas piezas de madera, lejos del lugar donde David había trabajado aquella mañana.
El anciano la recogió y la examinó.
Después llamó a David.
—Ven a ver esto.
David se acercó.
Reconoció inmediatamente su escuadra.
Tenía una pequeña marca que él mismo había hecho tiempo atrás.
—Es mía.
La tomó entre las manos.
Sintió alivio al recuperarla.
—¿Dónde estaba?
Efraín señaló el espacio entre las maderas.
David observó el lugar.
No había ninguna razón para que la herramienta hubiera terminado allí.
Joel y Simón se acercaron.
—Alguien la escondió —dijo Joel.
Efraín levantó la mano.
—Eso parece. Pero no sabemos quién.
El anciano observó a David con seriedad.
—Escúchame. No acuses a nadie sin pruebas. Pero tampoco vuelvas a dejar tus herramientas donde otro pueda tomarlas fácilmente.
David asintió.
—Tienes razón.
Efraín le devolvió la escuadra.
—En este oficio necesitas confiar en los hombres que trabajan contigo. Pero también necesitas aprender a distinguir a quién puedes darle la espalda.
David guardó cuidadosamente la herramienta en el fondo de su bolsa.
Miró hacia donde trabajaba Malquías.
El hombre estaba ocupado preparando unas piezas y no parecía prestarles atención.
David deseó poder preguntarle directamente qué había hecho.
Pero sabía que todavía no tenía pruebas suficientes.
Y no estaba dispuesto a convertirse en el hombre que acusaba sin saber.
La conversación con Natán
Antes de marcharse, David se acercó al encargado.
Natán estaba revisando el trabajo terminado durante la jornada.
Levantó la cabeza.
—¿Qué necesitas?
—Encontramos mi escuadra.
—Bien.
—Estaba escondida detrás de unas maderas, lejos de donde trabajo.
Natán dejó lo que estaba haciendo.
David continuó:
—También encontré una pieza modificada durante el descanso. No sé quién lo hizo, pero me preocupa que alguien termine lastimado.
El encargado lo observó.
—¿Estás acusando a alguien?
David respiró profundamente.
—No tengo pruebas para acusar a nadie.
Natán permaneció callado.
—Pero necesito trabajar —añadió David—. Y no puedo hacerlo si mis herramientas desaparecen o si alguien modifica las piezas que estoy preparando.
El encargado cruzó los brazos.
Durante unos instantes pareció considerar sus palabras.
Finalmente habló.
—He trabajado con muchos hombres, David. Algunos saben colaborar. Otros creen que para conservar su lugar necesitan perjudicar al compañero.
David guardó silencio.
—He visto discusiones por herramientas, peleas por jornales y hombres que culpan a otros cuando algo sale mal.
Natán señaló hacia la construcción.
—Pero hay algo que no voy a permitir: que alguien ponga en peligro a los trabajadores.
—Eso es lo que me preocupa.
El encargado asintió.
—Cuida tus herramientas. Revisa cada pieza antes de entregarla. Y si descubres algo concreto, ven directamente a decírmelo.
David agradeció aquellas palabras.
No había conseguido resolver el problema.
Pero Natán había comprendido la gravedad de lo ocurrido.
Cuando se retiró, el encargado permaneció observando la construcción.
Su expresión era seria.
El camino con Joel
David salió de Séforis cuando el sol comenzaba a descender.
Joel caminó junto a él durante un tramo.
Ambos llevaban sus herramientas.
Durante varios minutos permanecieron en silencio.
Finalmente el muchacho habló.
—Malquías no te dejará tranquilo fácilmente.
David lo miró.
—¿Por qué estás tan seguro?
Joel se encogió de hombros.
—Porque Natán ha comenzado a confiar en ti.
—Yo no he intentado quitarle el trabajo a nadie.
—Eso no importa.
David frunció el ceño.
Joel continuó:
—Hay hombres que no soportan que otro sea reconocido por hacer bien su trabajo.
—Todos necesitamos el jornal.
—Precisamente. Algunos creen que si otro hombre consigue trabajo, ellos terminarán perdiéndolo.
David miró hacia las colinas.
Había conocido rivalidades antes, pero nunca había imaginado que alguien pudiera intentar desacreditarlo alterando sus materiales.
—No quiero problemas —dijo.
Joel asintió.
—Entonces no los busques. Pero tampoco permitas que te hagan culpable de lo que no has hecho.
Caminaron un poco más.
Cuando llegaron al lugar donde sus caminos se separaban, Joel levantó una mano.
—Nos vemos mañana.
David respondió al saludo.
Después continuó solo hacia Nazaret.
La casa donde nadie competía por su lugar
Cuando David llegó a casa, sus hijos estaban jugando sobre el suelo.
Su esposa preparaba la comida.
La pequeña corrió hacia él.
David dejó las herramientas y la levantó en brazos.
Su hijo mayor se acercó con una pequeña construcción de madera.
—Padre, mira lo que hice.
David se sentó sobre una estera.
Examinó la pieza.
—Está mejor que la anterior.
El niño sonrió orgulloso.
—Porque hice lo que me enseñaste.
David sintió una satisfacción que contrastaba profundamente con lo ocurrido durante la jornada.
Había pasado el día rodeado de sospechas.
Ahora estaba junto a un niño que confiaba en él y que deseaba aprender de sus manos.
Su esposa se acercó.
—¿Cómo estuvo el día?
David pensó en responder que había sido normal.
Pero decidió contarle lo sucedido.
—Difícil.
Ella se sentó cerca.
—¿Qué pasó?
David le habló de Malquías, de los comentarios que había escuchado, de la escuadra desaparecida y de la pieza de madera que alguien había modificado.
Su esposa lo escuchó sin interrumpirlo.
Cuando terminó, permaneció pensativa.
—¿Crees que quiere quitarte el trabajo?
David bajó la mirada.
—No lo sé. Pero parece decidido a conseguir que Natán deje de confiar en mí.
Ella observó las herramientas.
Después tomó una de sus manos.
La piel estaba áspera y los dedos tenían pequeñas heridas.
—Entonces tendrás que ser más cuidadoso.
David asintió.
Su esposa apretó suavemente su mano.
—Estas manos han trabajado demasiado para que otro hombre destruya tu reputación con mentiras.
David la miró.
—Haré todo lo posible por impedirlo.
Ella se acercó un poco más.
—Pero prométeme algo.
—¿Qué cosa?
—Que no permitirás que te provoque hasta hacer algo de lo que después puedas arrepentirte.
David permaneció callado.
Había sentido deseos de enfrentarse a Malquías en varias ocasiones.
Y sabía que, si aquello continuaba, podría llegar un momento en que le resultara difícil contenerse.
Finalmente respondió:
—Te lo prometo.
La noche de las preguntas
Más tarde, cuando los niños se acostaron, David permaneció despierto.
Su esposa dormía cerca.
La pequeña tenía una mano extendida sobre la manta de su madre.
El hijo mayor descansaba profundamente.
David observó la bolsa de herramientas junto a la entrada.
La escuadra había regresado a su lugar.
Pero la tranquilidad no.
Hasta entonces había pensado que los mayores peligros de su oficio estaban en las cargas pesadas, las herramientas afiladas, las caídas y los accidentes.
Ahora comprendía que un hombre también podía perder su sustento por una mentira.
Si Natán dejaba de confiar en él, quizá no volvería a contratarlo.
Y si una pieza alterada provocaba un accidente, las consecuencias podían ser mucho peores que perder un jornal.
David se acomodó sobre la estera.
Recordó la sonrisa de Malquías cuando Natán lo había reprendido.
Aquella expresión le había revelado algo que todavía le costaba aceptar.
No todos los hombres que trabajaban juntos eran amigos.
Y algunos podían ser más peligrosos que las piedras que levantaban.
Al día siguiente tendría que regresar a Séforis.
Malquías probablemente estaría allí.
Y David todavía no sabía hasta dónde estaría dispuesto a llegar para verlo perder su trabajo.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
Y aquel Verbo fue hecho carne, y también tuvo queTrabajar entre hombres de carne y hueso, en un mundo donde existían la envidia, las rivalidades, las mentiras y las injusticias. La encarnación no lo colocó al margen de aquella realidad humana.
Continuara en el capitulo 10
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Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
La primera gota cayó sobre la manta cuando todos dormían.
Después cayó otra.
Y otra más.
Afuera, la lluvia golpeaba las piedras de Nazaret. Había comenzado poco después del anochecer, primero como una llovizna suave y después como un aguacero persistente.
David dormía profundamente.
Había regresado agotado de Séforis y necesitaba recuperar las fuerzas después de varios días de enfermedad. La tos casi había desaparecido, pero todavía se sentía débil.
Fue su esposa quien despertó primero.
Sintió algo frío sobre el brazo y, al moverlo, descubrió que la manta estaba húmeda.
Levantó la cabeza.
En medio del ruido de la lluvia escuchó un sonido diferente, mucho más cercano.
Agua cayendo dentro de la habitación.
Extendió una mano hacia arriba.
Una gota le golpeó los dedos.
—David.
Él no respondió.
—David, despierta.
Su marido abrió los ojos con dificultad.
—¿Qué ocurre?
—Está entrando agua.
David se incorporó justo cuando otra gota le cayó sobre el rostro.
Buscó la lámpara y consiguió encenderla.
La pequeña llama iluminó la habitación.
Entonces descubrió el problema.
Una sección de la cubierta estaba dejando pasar agua, precisamente cerca del lugar donde dormían los niños.
No era la parte que había reparado días antes.
Era otra.
La humedad se extendía por el revestimiento y comenzaba a empapar las esteras.
David contempló el techo con incredulidad.
—No puede ser…
Su esposa levantó una manta.
Estaba mojada.
El niño mayor despertó.
—¿Qué pasa?
David se agachó junto a él.
—Tenemos que cambiarnos de lugar.
La pequeña también abrió los ojos y comenzó a llorar.
En pocos momentos, la habitación se convirtió en una confusión de mantas, niños adormilados y agua cayendo desde la cubierta.
Una madrugada sobre el suelo mojado
David tomó a su hija en brazos mientras su esposa recogía las mantas que todavía permanecían secas.
El niño mayor intentó ayudarla, pero tropezó con una estera.
—Despacio, hijo —le advirtió su padre.
La lluvia golpeaba con tanta fuerza que apenas podían escucharse.
Movieron las esteras hacia una parte de la habitación donde la cubierta todavía resistía. El espacio era reducido y tuvieron que acomodarse muy cerca unos de otros.
David extendió una estera junto a la pared.
Su esposa colocó encima las mantas secas.
La pequeña continuaba llorando.
Tenía frío y no comprendía por qué la habían despertado.
David la envolvió cuidadosamente.
—Aquí estoy, pequeña.
La niña escondió el rostro contra su pecho.
El hijo mayor observó las mantas empapadas.
—¿Se van a secar?
—Cuando deje de llover.
—¿Y si no deja?
David miró hacia la cubierta.
—Entonces tendremos que esperar.
Colocó un recipiente debajo de una de las goteras.
El sonido comenzó inmediatamente.
Ploc… ploc… ploc.
David contempló el agua acumulándose en el fondo.
Había reparado una sección de la cubierta apenas unos días antes, utilizando parte de las monedas que habían conseguido guardar.
Ahora tendría que comprar más materiales.
Su esposa acomodó a los niños y apagaron la lámpara.
Intentaron descansar.
Pero el suelo estaba frío y las mantas disponibles apenas alcanzaban para cubrirlos.
David se acostó sobre un costado. La cadera comenzó a dolerle.
Cambió de posición y sintió una punzada en la espalda.
La pequeña se movía constantemente y, cada vez que estiraba las piernas, terminaba golpeándolo con los pies.
Su hijo mayor comenzó a toser.
Su esposa se incorporó para comprobar cómo estaba.
Después la niña despertó nuevamente.
David abrió los ojos.
Escuchó la lluvia.
Todavía faltaban varias horas para el amanecer.
Y comprendió que aquella noche apenas conseguiría dormir.
La esperanza de que dejara de llover
Poco antes del amanecer, David despertó después de un breve descanso.
Algo había cambiado.
La lluvia ya no golpeaba la cubierta con la misma intensidad.
Se incorporó cuidadosamente para no despertar a los niños.
Su esposa estaba despierta.
—Parece que está terminando —susurró.
David se acercó a la puerta y la abrió.
El aire húmedo le golpeó el rostro.
Las piedras de Nazaret brillaban bajo la escasa claridad de la madrugada. Pequeñas corrientes de agua descendían por las pendientes.
Había dejado de llover.
Sin embargo, las nubes continuaban cubriendo el cielo.
David regresó al interior.
—Voy a Séforis.
Su esposa miró las mantas mojadas.
—Casi no descansaste.
—Necesitamos recuperar lo que gastamos en la reparación.
Ella observó la cubierta.
No hizo falta decir nada más.
La comida se consumía, el aceite disminuía y ahora tenían otra gotera que reparar.
David se ajustó las sandalias y recogió sus herramientas.
Antes de salir, miró una vez más hacia arriba.
Su propia vivienda parecía haberse convertido en una construcción que nunca terminaba.
El camino después de la tormenta
David salió de Nazaret mientras comenzaba a amanecer.
El sendero estaba cubierto de lodo.
En algunos tramos, las piedras permanecían resbaladizas y pequeñas corrientes de agua cruzaban el camino.
Avanzó con cuidado.
El barro se adhería a sus sandalias, obligándolo a detenerse de vez en cuando para desprenderlo.
El aire era frío.
La túnica todavía conservaba algo de humedad y el viento le producía escalofríos.
Pero continuó caminando.
Deseaba encontrar a Natán dando instrucciones, a Joel preparando materiales y a los demás trabajadores ocupados en sus tareas.
Incluso la presencia de Malquías, con sus comentarios desagradables, le parecía preferible a regresar sin dinero.
A mitad del camino levantó la mirada.
Las nubes parecían más oscuras.
David aceleró el paso.
Había recorrido demasiada distancia para regresar sin intentarlo.
La lluvia volvió a comenzar
Cuando llegó a Séforis, encontró a varios trabajadores reunidos cerca de la construcción.
Joel estaba allí.
También Simón.
Malquías permanecía apartado, observando el cielo.
David se acercó.
—Buenos días.
Joel levantó la cabeza.
—Eso dependerá de las nubes.
David sonrió.
—En Nazaret dejó de llover.
—Aquí también. Pero mira hacia allá.
Señaló las colinas.
Una masa de nubes oscuras avanzaba lentamente.
Poco después apareció Natán.
Examinó el terreno y comenzó a dar instrucciones.
Los hombres prepararon herramientas, retiraron algunas protecciones y revisaron los materiales que habían permanecido cubiertos durante la noche.
David sintió alivio.
Por lo menos comenzarían a trabajar.
Se dirigió hacia una sección donde la madera había sido protegida de la humedad.
Pero apenas había comenzado a retirar una cubierta cuando sintió una gota sobre la frente.
Levantó la cabeza.
La lluvia había regresado.
En pocos minutos el suelo volvió a cubrirse de agua.
Los trabajadores se apresuraron a proteger los materiales.
Natán ordenó asegurar las piezas que podían dañarse y detener el traslado de cargas pesadas.
El terreno se volvió resbaladizo.
Una de las estructuras provisionales comenzó a hundirse ligeramente sobre el suelo reblandecido.
—¡Detengan el trabajo! —gritó Natán.
Los hombres obedecieron.
El encargado reunió a los trabajadores.
—No podemos continuar así. Hay unas pocas tareas bajo cubierta, pero no necesito a todos.
Comenzó a seleccionar hombres.
David esperó.
Natán llamó a dos trabajadores.
Después a Joel.
David permaneció junto a sus herramientas.
El encargado lo miró.
—Hoy no, David.
Aquellas tres palabras le produjeron una decepción profunda.
Había pasado la noche intentando proteger a su familia del agua. Después había recorrido siete kilómetros por un camino lleno de barro.
Y ahora tendría que regresar.
Sin jornal.
David recogió sus herramientas.
No discutió.
Comprendía que el terreno estaba peligroso y que Natán no podía contratar hombres para mantenerlos sin trabajar.
Pero aquella explicación no cambiaría la situación en su casa.
Catorce kilómetros y ninguna moneda
El regreso fue miserable.
La lluvia empapó nuevamente su túnica y el lodo se acumuló alrededor de las sandalias.
En una pendiente resbaló y tuvo que apoyar una mano sobre una roca para no caer.
Permaneció unos instantes inmóvil.
Tenía los dedos cubiertos de barro.
La bolsa de herramientas le pesaba sobre el hombro.
Había caminado siete kilómetros hasta Séforis y ahora tendría que recorrer otros siete.
Catorce kilómetros.
Y ninguna moneda.
Cuando finalmente llegó a Nazaret, estaba empapado.
Su esposa abrió la puerta.
Lo observó.
Después miró sus herramientas.
—¿No hubo trabajo?
David negó con la cabeza.
—Comenzó a llover otra vez.
Ella se hizo a un lado para dejarlo entrar.
David colocó la bolsa sobre el suelo.
El agua comenzó a escurrir de su túnica.
Su hijo mayor apareció.
—¡Padre! ¡Regresaste!
David intentó sonreír.
—Parece que hoy trabajaré aquí.
El niño miró hacia la cubierta.
—¿Vas a arreglar la lluvia?
David soltó una carcajada.
—Si pudiera arreglar la lluvia, hijo, tendría mucho trabajo.
Su esposa también sonrió.
Y por unos instantes la decepción pareció menos pesada.
Los días en que el dinero desaparecía
La lluvia continuó durante los días siguientes.
En ocasiones disminuía durante algunas horas, pero regresaba antes de que el terreno consiguiera secarse.
David intentó conseguir trabajo nuevamente.
Algunas mañanas llegó hasta Séforis para descubrir que las tareas exteriores seguían suspendidas. En otras ocasiones consiguió trabajar unas pocas horas bajo cubierta, pero no siempre había lugar para él.
La construcción avanzaba lentamente.
Y los jornaleros comenzaron a preocuparse.
David no era el único.
Rubén, que tenía cinco hijos, continuaba recuperándose de la lesión en la pierna que había sufrido días antes.
Simón necesitaba sostener a su madre viuda y a sus hermanos menores.
Efraín ayudaba a sus padres ancianos.
Todos dependían de las jornadas que consiguieran trabajar.
En casa, David y su esposa comenzaron a administrar las provisiones con mayor cuidado.
Una tarde extendieron una tela sobre el suelo y colocaron allí las monedas que quedaban.
Su esposa separó lo necesario para comprar harina.
Después calcularon cuánto podían destinar al aceite y a las legumbres.
David observó el dinero restante.
No habían comprado nada extraordinario.
No habían celebrado ningún banquete ni adquirido objetos costosos.
Simplemente habían continuado viviendo.
Y vivir consumía dinero.
Mientras tanto, la cubierta seguía necesitando reparaciones.
David había conseguido hacer algunos arreglos provisionales cuando la lluvia disminuía, pero necesitaba tiempo seco para completar el trabajo.
Las mantas húmedas permanecían extendidas donde podían recibir algo de aire.
El interior de la vivienda olía a tela mojada y tierra húmeda.
El suelo tardaba en secarse.
Y por las noches todos procuraban acomodarse lejos de las zonas donde había entrado agua.
David sentía que cada día de lluvia aumentaba la distancia entre lo que necesitaban y lo que podían pagar.
Los días que sus hijos recordaban de otra manera
Sin embargo, aquellos días también tuvieron momentos hermosos.
Como David no podía trabajar regularmente en Séforis, permaneció más tiempo en casa.
Su hijo mayor estaba encantado.
Cada mañana despertaba esperando encontrarlo.
Y cuando descubría que su padre no había salido, corría hacia él con una nueva idea.
—¡Hoy podemos construir otra cosa!
David sonreía.
—¿Qué quieres construir ahora?
El niño observaba los pedazos de madera y anunciaba algún proyecto que parecía demasiado grande para los materiales disponibles.
Una mañana quiso construir una casa con dos puertas.
Otra, un pequeño lugar para guardar piedras.
Y en cierta ocasión anunció que construiría una ciudad.
David levantó las cejas.
—¿Una ciudad?
—Sí.
—¿Tan grande como Séforis?
El niño lo pensó.
Después respondió:
—Más grande.
David comenzó a reír.
Su hija se acercó inmediatamente.
Quería participar.
El niño mayor protestó porque ella acostumbraba mover las piezas.
David intervino.
—Toda ciudad necesita trabajadores.
La pequeña levantó orgullosamente un pedazo de madera.
—¡Yo!
Los tres comenzaron a reír.
Durante un buen rato jugaron sentados sobre el suelo.
David les enseñó a colocar las piezas con mayor estabilidad.
Su hijo hacía preguntas.
La niña imitaba los movimientos.
Y su esposa los observaba mientras preparaba lo necesario para la comida.
En otras ocasiones David reparaba pequeños objetos de la vivienda o preparaba materiales que pudiera utilizar cuando dejara de llover.
También conversaba más con su esposa.
Normalmente regresaba tan cansado que apenas tenía fuerzas para escuchar lo ocurrido durante el día.
Ahora podían hablar mientras los niños jugaban cerca.
Ella le contaba pequeñas cosas de la aldea.
Él recordaba historias de la construcción.
En ocasiones se reían.
En otras permanecían en silencio, escuchando la lluvia.
David comenzó a comprender que sus hijos estaban viviendo aquellos días de una manera completamente diferente.
Para él eran días sin jornal.
Para ellos eran días con su padre.
Y esa diferencia le produjo una mezcla de alegría y tristeza.
La conversación junto a las monedas
Una tarde, cuando los niños estaban ocupados jugando, su esposa extendió nuevamente la tela sobre el suelo.
Colocó las monedas.
David se sentó frente a ella.
Ambos comenzaron a contarlas.
La cantidad era menor que la última vez.
Su esposa separó lo necesario para las provisiones inmediatas.
Después miró lo que quedaba.
—Si continúa lloviendo, tendremos que comprar menos.
David asintió.
Había pensado lo mismo.
—Tal vez mañana pueda trabajar.
Ella miró hacia la puerta.
Afuera continuaba lloviendo.
—Eso espero.
David tomó una moneda.
La sostuvo entre los dedos.
Pensó en las jornadas de calor.
En las noches sin dormir por la enfermedad de sus hijos.
En los días que había trabajado sintiéndose mal.
En los siete kilómetros de ida y los siete de regreso.
Y en la satisfacción que había sentido al comenzar a ahorrar.
Ahora aquellos ahorros desaparecían.
No por falta de esfuerzo.
Sino porque el cielo había cerrado la construcción.
Su esposa observó su expresión.
—No podemos hacer que deje de llover.
David sonrió débilmente.
—Lo sé.
Ella tomó su mano.
—Todavía tenemos alimento.
David miró hacia los niños.
Su hijo mayor estaba intentando colocar una pieza sobre otra.
La pequeña observaba atentamente.
—Y estamos juntos —añadió ella.
David apretó suavemente su mano.
Era verdad.
Pero también sabía que, si la lluvia continuaba demasiado tiempo, estar juntos no llenaría los recipientes de alimento.
Aquella era la preocupación que intentaba no mostrar delante de sus hijos.
Cuando finalmente apareció el sol
La lluvia terminó durante la noche.
David despertó y permaneció inmóvil, escuchando.
No había gotas golpeando la cubierta.
Tampoco escuchaba agua cayendo dentro de la habitación.
Se incorporó lentamente.
Su esposa abrió los ojos.
—¿Qué ocurre?
David sonrió.
—No está lloviendo.
Ella escuchó.
Después sonrió también.
David salió.
El aire estaba fresco.
Las piedras todavía conservaban humedad.
Pero entre las nubes comenzaban a aparecer pequeñas zonas despejadas.
Sintió una esperanza que no había experimentado durante varios días.
Regresó al interior.
Recogió sus herramientas.
Su esposa preparó el pan.
Antes de salir, David observó a sus hijos dormidos.
Durante aquellos días había pasado muchas horas con ellos.
Había escuchado sus preguntas.
Había jugado.
Había reído.
Y había disfrutado momentos que normalmente se perdían mientras trabajaba lejos de casa.
Ahora tenía que regresar a Séforis.
Porque las monedas estaban disminuyendo.
Y la cubierta todavía necesitaba atención.
David salió.
El camino estaba húmedo, pero el cielo parecía mejorar.
Caminó con rapidez.
Cuando llegó a la construcción encontró movimiento.
Los hombres retiraban las protecciones de algunos materiales.
Otros revisaban las zonas donde el terreno había quedado blando.
Natán estaba dando instrucciones.
David se acercó.
—¿Hay trabajo?
El encargado levantó la cabeza.
—Sí.
David sintió un alivio inmediato.
Natán señaló hacia los materiales.
—Tenemos mucho que recuperar.
David asintió.
Se acercó a sus compañeros.
Joel lo recibió con una sonrisa.
—Pensé que tendríamos que construir una barca para llegar aquí.
David soltó una carcajada.
—Yo estaba pensando en construir una dentro de mi casa.
Joel lo miró sorprendido.
David le contó brevemente lo ocurrido con el techo.
El hombre negó con la cabeza.
—La lluvia te quitó el trabajo y además te dejó otro en casa.
David sonrió.
—Y ése nadie me lo va a pagar.
Ambos comenzaron a reír.
Después tomaron sus herramientas.
La construcción volvía a llenarse de golpes, voces y movimiento.
David observó sus manos.
Estaban listas para trabajar.
Pero sabía que los próximos días serían exigentes.
Había trabajo atrasado.
Los encargados querrían recuperar el tiempo perdido.
Y los hombres necesitarían aprovechar cada jornada.
David comenzó a preparar la primera pieza.
Mientras trabajaba, recordó la noche en que había despertado con agua cayendo sobre las mantas.
Recordó a sus hijos buscando un lugar seco sobre el suelo.
A su esposa recogiendo la ropa mojada.
Y las monedas desapareciendo lentamente sobre aquella pequeña tela.
La lluvia había entrado por el techo de su casa.
Pero también había abierto un agujero en los pocos ahorros de su familia.
David ajustó la madera.
Comprobó la medida.
Y continuó trabajando.
El sol había regresado.
Pero nadie podía asegurarle cuánto tiempo permanecería allí.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14)
Y el verbo se hizo carne y conoció la vida de los trabajadores de Galilea, con sus jornadas exigentes y sus incertidumbres.
Continuará en el capítulo 11
Libro recomendado

Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea
El sol había regresado a Séforis.
Después de varios días de lluvia, la construcción volvía a llenarse de hombres, herramientas y órdenes. Los encargados deseaban recuperar el tiempo perdido, y los trabajadores necesitaban los jornales que no habían podido ganar.
Natán había advertido que aquella semana sería especialmente exigente.
Había que revisar los apoyos que se habían asentado sobre el terreno húmedo, retirar los materiales dañados y terminar varias estructuras que permanecían incompletas.
David agradecía tener trabajo nuevamente.
Las provisiones de su casa habían disminuido y la cubierta todavía necesitaba una reparación definitiva. Cada moneda que pudiera llevar a Nazaret sería importante.
Aquella mañana comenzó preparando unas vigas junto a Joel y Simón.
El trabajo avanzaba con normalidad hasta que escucharon una carcajada al otro lado de los materiales.
—¡Les aseguro que no quería dejarme salir!
La voz pertenecía a Malquías.
Estaba sentado sobre una piedra, rodeado de varios trabajadores. Movía las manos mientras relataba algo que parecía divertir enormemente a sus compañeros.
—¿Y qué hiciste? —preguntó uno.
—Le dije que tenía que regresar antes de que amaneciera.
—¿Y te creyó?
—¡Claro que no! Pero tampoco quería que me fuera.
Los hombres comenzaron a reír.
David continuó trabajando.
No tenía interés en aquella conversación.
Sin embargo, pronto descubriría que Malquías no estaba dispuesto a dejarlo al margen.
Las aventuras de Malquías
Durante el descanso de media mañana, varios trabajadores se reunieron bajo la sombra de un muro.
David sacó su pan y se sentó cerca de Simón.
Malquías continuaba relatando sus aventuras.
—Mi esposa cree que cuando termino de trabajar regreso directamente a casa.
Uno de los hombres soltó una carcajada.
—¿Y no sospecha nada?
—¿Sospechar? —respondió Malquías—. Mientras lleve dinero y no llegue demasiado tarde, no hace preguntas.
—Algún día te descubrirá —advirtió otro.
Malquías sonrió.
—Entonces tendré que inventar una buena explicación.
Las risas aumentaron.
Un trabajador llamado Azarías intervino.
—Yo conozco a una mujer que vive cerca del mercado. Si le llevas un pequeño regalo, te recibe con mucho gusto.
—¡Escuchen al hombre! —exclamó Malquías—. Parece que tenemos un experto entre nosotros.
Azarías levantó las manos, fingiendo modestia.
—Solamente digo que hay maneras agradables de terminar una jornada.
Otro hombre añadió:
—Después de cargar piedras todo el día, uno merece divertirse.
David terminó de masticar y guardó el resto de su pan.
No quería participar.
Pero Malquías lo había observado.
—¿Y tú, David?
Él levantó la cabeza.
—¿Yo qué?
—¿Nunca has tenido una aventura?
David negó.
—Estoy casado.
Malquías abrió los brazos.
—¡Todos lo sabemos! ¡Yo también!
Varios hombres comenzaron a reír.
—Eso no responde mi pregunta —insistió.
David lo miró tranquilamente.
—No engaño a mi esposa.
Malquías soltó una carcajada.
—¡Escuchen eso! Tenemos entre nosotros a un hombre perfecto.
—No he dicho que sea perfecto.
—Entonces, ¿qué sucede? ¿Tu esposa no te deja salir?
David guardó silencio un instante.
—Mi esposa confía en mí. No quiero traicionar esa confianza.
La expresión de Malquías cambió.
Durante un momento pareció no encontrar una respuesta.
Después sonrió con desprecio.
—Hablas como un anciano.
David se levantó.
—Tal vez. Pero puedo mirar a mi esposa a los ojos cuando regreso a casa.
Algunos dejaron de reír.
Malquías lo observó mientras se alejaba.
Y no le gustó lo que acababa de escuchar.
Una invitación difícil de rechazar
Al mediodía, cuando los trabajadores se detuvieron para comer, Azarías se acercó a David.
Era un hombre robusto, de rostro curtido y voz fuerte. Había trabajado en distintas construcciones y conocía lugares donde los jornaleros podían reunirse después de recibir su paga.
—Esta tarde vamos a celebrar que finalmente regresó el trabajo.
David levantó la mirada.
—¿Celebrar?
—Con vino, comida y buena compañía. Conozco un lugar cerca del mercado.
—Gracias, pero regresaré a Nazaret.
Azarías sonrió.
—No tienes que regresar inmediatamente. Tu esposa puede esperar un poco.
—Mis hijos también me esperan.
—¡Precisamente por eso necesitas descansar de ellos de vez en cuando!
David no respondió.
Azarías se sentó a su lado.
—Escucha, hombre. Trabajamos desde que amanece hasta que oscurece. Nos lastimamos las manos, cargamos piedras y soportamos las órdenes de Natán. ¿Y para qué? ¿Para regresar directamente a nuestras casas?
—Para alimentar a nuestras familias, entre otras cosas.
—Eso ya lo hacemos. Pero también tenemos derecho a disfrutar.
David asintió.
—No estoy en contra de descansar ni de pasar un buen momento.
Azarías pareció animarse.
—Entonces ven con nosotros.
—No quiero gastar mi jornal en vino.
El hombre lo miró con incredulidad.
—¿Ni siquiera una parte?
David recordó las monedas que su esposa había contado durante los días de lluvia.
La harina que necesitaban.
El aceite.
La cubierta deteriorada.
—Ahora mismo necesitamos ese dinero en casa.
Azarías hizo un gesto de impaciencia.
—Siempre habrá algo que comprar. Si esperas a que no tengas preocupaciones, nunca disfrutarás de nada.
David sonrió ligeramente.
—Entonces tendré que encontrar otras maneras de disfrutar.
Azarías se levantó.
—No sabes lo que te pierdes.
Cuando se alejó, Simón se acercó.
Había escuchado parte de la conversación.
—A mí también me invitaron.
—¿Y qué respondiste?
—Que mi madre necesita lo que gane hoy.
David asintió.
Simón miró hacia los hombres reunidos.
—Se burlaron de mí.
—¿Por qué?
—Dijeron que vivo como un viejo y que mi madre nunca me dejará casarme.
David lo observó.
—Estás cuidando a tu familia. No hay vergüenza en eso.
Simón bajó la mirada.
—A veces parece que sí la hay.
El hombre que se burlaba de Dios
Por la tarde, mientras varios trabajadores acomodaban materiales, Malquías volvió a acercarse.
Esta vez no estaba solo.
Azarías y otros dos hombres lo acompañaban.
—David —llamó—. Nos dicen que no quieres venir porque eres un hombre muy religioso.
David dejó la herramienta sobre la madera.
—Tengo mis convicciones.
Malquías sonrió.
—¿Y qué dice tu Dios? ¿Que no puedes beber vino?
—No he dicho eso.
—Entonces, ¿por qué no vienes?
—Porque no quiero emborracharme ni gastar lo que necesita mi familia.
Azarías soltó una risa.
—Una copa no convierte a nadie en borracho.
—Es verdad —respondió David—. Pero ustedes no me están invitando solamente a beber una copa.
Uno de los hombres miró hacia Malquías.
Había comprendido la respuesta.
Malquías se cruzó de brazos.
—También dicen que nunca has estado con otra mujer.
David sostuvo su mirada.
—Estoy casado.
—Otra vez con eso.
—Porque sigue siendo mi respuesta.
Malquías se acercó un paso.
—¿Y quién te vigila cuando estás lejos de Nazaret? ¿Tu esposa? ¿O tu Dios?
David permaneció callado unos instantes.
—No necesito que mi esposa me vigile para respetarla.
Azarías dejó escapar una exclamación burlona.
—¡Escuchen al maestro!
Malquías señaló hacia el cielo.
—Entonces seguramente tu Dios está pendiente de cada cosa que haces.
—Creo que Dios conoce nuestras obras.
—¿También cuando nadie nos ve?
—También.
Malquías comenzó a reír.
—¡Pobre hombre! ¡Ni siquiera puede divertirse sin pensar que alguien lo está observando!
Los demás se unieron a las burlas.
David sintió que el rostro se le calentaba.
No por vergüenza de su fe.
Sino por la intención de humillarlo delante de todos.
—Malquías —respondió—, no te he pedido que vivas como yo. Tampoco necesito que estés de acuerdo conmigo.
—Entonces no nos juzgues.
David lo miró sorprendido.
—No he ido a buscarte para hablar de tus aventuras. Tú viniste a preguntarme por mi vida.
Aquellas palabras provocaron algunas sonrisas entre los trabajadores.
Malquías endureció el rostro.
—Ten cuidado de no creerte mejor que nosotros.
David recogió su herramienta.
—No soy mejor que nadie. Pero tampoco voy a hacer algo que considero incorrecto solamente para que ustedes se rían conmigo.
La conversación terminó cuando Natán ordenó continuar trabajando.
Malquías se alejó.
Pero antes de hacerlo murmuró:
—Ya veremos cuánto dura tanta rectitud.
La prueba de la paciencia
David intentó concentrarse en su trabajo.
Tenía que preparar varias piezas antes de que terminara la jornada.
Sin embargo, las palabras de Malquías continuaban molestándolo.
No era la primera vez que aquel hombre intentaba provocarlo.
Días antes habían desaparecido herramientas y alguien había modificado una pieza de madera que estaba bajo su responsabilidad.
Ahora utilizaba su fe para convertirlo en objeto de burla.
David sentía deseos de responder con dureza.
Conocía palabras capaces de avergonzar a Malquías delante de los demás.
Podía mencionar sus mentiras, su infidelidad y la manera en que se aprovechaba de otros trabajadores.
Pero sabía que una discusión podía terminar en una pelea.
Y no estaba dispuesto a perder su trabajo por satisfacer su enojo.
Joel se acercó mientras preparaba una unión.
—¿Estás bien?
David asintió.
—Solamente estoy cansado de sus comentarios.
Joel miró hacia Malquías.
—Le molesta que no hagas lo que él quiere.
—No comprendo por qué.
Joel permaneció pensativo.
—Tal vez porque cuando alguien se niega a participar, los demás comienzan a preguntarse si lo que hacen está bien.
David lo observó.
No esperaba aquella reflexión del muchacho.
—Puede ser.
Joel sonrió.
—Mi padre decía que algunos hombres se sienten ofendidos cuando otro consigue vivir sin las cosas que ellos consideran indispensables.
David volvió a su trabajo.
Aquella conversación le ayudó a comprender que no necesitaba responder a cada provocación.
Pero la jornada todavía guardaba una sorpresa.
El jornal sobre la mesa
Al terminar el día, los trabajadores comenzaron a recoger sus herramientas.
Natán revisó las tareas realizadas y entregó los pagos correspondientes.
David recibió sus monedas.
Las guardó cuidadosamente.
Habían pasado demasiados días sin trabajo para desperdiciar aquel jornal.
Cerca de la salida, Malquías y Azarías esperaban a varios compañeros.
—¡David! —gritó Azarías—. Todavía estás a tiempo.
David se acercó lo suficiente para responder.
—Gracias. Tengo que regresar.
Malquías levantó una pequeña bolsa de monedas.
—¡Mira! Hoy hay dinero para todos. Una parte será para nuestras esposas y otra para nosotros.
—Que disfruten la tarde —respondió David.
Malquías soltó una carcajada.
—¿Ni siquiera quieres conocer a las mujeres que estarán allí?
David negó.
—No.
—¿Tienes miedo?
David lo miró.
—Sí.
Aquella respuesta sorprendió a los hombres.
Malquías sonrió con satisfacción.
—¡Por fin lo reconoce!
David continuó:
—Tengo miedo de convertirme en un hombre que lastime a su esposa y después tenga que mentirle para ocultarlo.
Las risas desaparecieron por un momento.
Azarías bajó la mirada.
Malquías apretó la mandíbula.
—Hablas demasiado.
David ajustó la bolsa de herramientas sobre su hombro.
—Solamente respondí tu pregunta.
Se despidió y comenzó el camino hacia Nazaret.
No sabía qué harían aquellos hombres durante la noche.
Pero había decidido lo que él haría con su jornal.
La esposa que esperaba
Cuando David llegó a casa, su esposa estaba preparando la comida.
Los niños jugaban cerca de la entrada.
Su hija corrió hacia él y se abrazó a sus piernas.
David dejó las herramientas y la levantó.
Su hijo mayor se acercó inmediatamente.
—¿Trabajaste todo el día?
—Todo el día.
—¿Y mañana también?
David sonrió.
—Eso espero.
Su esposa observó su expresión.
—¿Ocurrió algo?
David dejó a la pequeña sobre el suelo.
Después sacó las monedas y las colocó junto a ella.
—Algunos compañeros me invitaron a salir después del trabajo.
—¿A dónde?
—A beber vino y buscar mujeres.
Su esposa levantó la mirada.
David le contó las conversaciones y las burlas que había soportado.
Ella escuchó en silencio.
Cuando terminó, permaneció pensativa.
—¿Te molestaron mucho?
—Más de lo que esperaba.
—¿Por qué?
David se sentó.
—Porque no se conformaban con que yo dijera que no. Querían que me sintiera avergonzado de respetarte.
Su esposa observó las monedas.
Después lo miró.
—¿Y qué les dijiste?
David sonrió ligeramente.
—Que no necesito que me vigiles para serte fiel.
Ella bajó la mirada.
Durante unos instantes no respondió.
Después tomó su mano.
—Gracias.
David la observó.
—No tienes que agradecerme que cumpla mi palabra.
—Lo sé —respondió ella—. Pero me alegra saber que puedo confiar en ti incluso cuando estás lejos.
David apretó suavemente sus dedos.
Había pasado la jornada rodeado de hombres que consideraban la fidelidad una debilidad.
Ahora estaba sentado frente a la mujer que había compartido con él la pobreza, la enfermedad, las noches sin dormir y las preocupaciones por sus hijos.
No necesitaba buscar aventuras para encontrar algo valioso.
Lo tenía delante.
El hombre que escuchó en silencio
Al día siguiente, mientras David preparaba unas piezas, Azarías se acercó.
Esta vez estaba solo.
—Quiero preguntarte algo.
David levantó la cabeza.
—Dime.
Azarías miró alrededor para asegurarse de que Malquías no estuviera cerca.
—Ayer dijiste que tenías miedo de lastimar a tu esposa.
—Sí.
El hombre permaneció callado.
Después habló con una seriedad que David no le había conocido.
—Mi esposa descubrió hace tiempo que estuve con otra mujer.
David dejó la herramienta.
Azarías continuó:
—Todavía vivimos juntos. Pero ya no confía en mí.
Miró sus manos.
—Cuando salgo de casa, me pregunta adónde voy. Cuando regreso tarde, cree que estoy mintiendo. Y aunque le diga la verdad, piensa que intento engañarla.
David lo escuchó.
—¿Has intentado recuperar su confianza?
Azarías soltó una risa amarga.
—No sé cómo.
David permaneció pensativo.
—Quizá puedas comenzar dejando de hacer aquello que la lastimó.
Azarías bajó la mirada.
—No es tan sencillo.
—No he dicho que lo sea.
Durante unos instantes solamente se escuchó el ruido de las herramientas.
Después Azarías levantó la cabeza.
—Ayer pensé que eras un hombre orgulloso.
David lo observó.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que quizá tienes algo que yo perdí.
David no respondió.
Azarías se alejó lentamente.
Y aquella conversación dejó en David una impresión mucho más profunda que todas las burlas del día anterior.
Porque detrás de las carcajadas de algunos hombres también podían esconderse hogares heridos, esposas desconfiadas y familias que sufrían en silencio.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
Y aquel Verbo fue hecho carne y creció y trabajó en una sociedad donde existían la inmoralidad sexual, la embriaguez, las burlas y las presiones de unos hombres sobre otros.
Continuará en el capitulo 12
Libro recomendado

Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea
Durante estos capítulos hemos acompañado a David, un trabajador de Nazaret que cada mañana recorría los caminos de Galilea buscando el sustento de su familia.
Lo vimos soportar el calor, el frío, las enfermedades, el agotamiento y los días en que no hubo jornal. Conocimos sus preocupaciones económicas, las dificultades de su hogar y los peligros de la construcción. También presenciamos las rivalidades, las mentiras, las burlas y las tentaciones que podían surgir entre los propios trabajadores.
David es un personaje ficticio. Sin embargo, el mundo en el que lo hemos colocado fue real.
Y en ese mundo vivió Jesucristo.
Cuando Jesús regresó a Nazaret, sus vecinos hicieron una pregunta extraordinaria:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3, RVR1960).
No preguntaron si era un rey, un sacerdote o un gobernante.
Lo conocían por su oficio.
Jesús era un tekton, un artesano y constructor que trabajaba con sus manos.
Aquello significa que el Hijo eterno de Dios no solamente observó desde el cielo las dificultades de los trabajadores. Se hizo uno de ellos.
Conoció el peso de los materiales, la resistencia de la madera, el polvo de los caminos y el agotamiento de una jornada físicamente exigente. Sus manos trabajaron y su cuerpo experimentó las consecuencias del esfuerzo.
También vivió en una sociedad donde existían la pobreza, la injusticia, la envidia, la inmoralidad y las tensiones entre los hombres.
No conocemos las conversaciones particulares que sostuvo con otros trabajadores ni los acontecimientos de cada una de sus jornadas. Los Evangelios no nos proporcionan esos detalles.
Pero sí sabemos que fue verdaderamente hombre, que trabajó como carpintero y que vivió sin pecado.
«Sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).
Esta serie no pretende reconstruir acontecimientos desconocidos de la vida de Jesús ni presentar a David como una persona que realmente existió.
Es un intento de acercarnos, mediante una narración históricamente contextualizada, a la humanidad de Jesucristo.
Porque resulta fácil afirmar que Dios se hizo hombre sin detenernos a considerar lo que aquello significó.
El que había creado los cielos aceptó vivir bajo sus propios cielos. El que sostiene todas las cosas aceptó experimentar el hambre, la sed, el cansancio y las limitaciones de un cuerpo humano.
No vino a representar el papel de un hombre. Vino a ser verdaderamente hombre.
Y lo hizo voluntariamente.
El apóstol Pablo escribió:
«Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7).
Durante años, antes de comenzar su ministerio público, Jesús vivió en Nazaret. No fueron años vacíos ni carentes de significado. Fueron parte de su verdadera vida humana.
Trabajó, creció y habitó entre personas comunes.
Y todo ello formaba parte de su disposición a entrar en nuestra condición por amor.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
El Verbo eterno aceptó tener manos fatigadas, piernas adoloridas y un cuerpo que necesitaba descansar después del trabajo. Conoció desde dentro la vida humana que había venido a redimir.
Antes de que sus manos fueran clavadas en la cruz, habían conocido durante años el trabajo de un carpintero. Y todo lo aceptó por amor a nosotros.
Fin de la serie.
Libro recomendado
