10. Los días en que no hubo jornal

Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

  La primera gota cayó sobre la manta cuando todos dormían.

  Después cayó otra.

  Y otra más.

  Afuera, la lluvia golpeaba las piedras de Nazaret. Había comenzado poco después del anochecer, primero como una llovizna suave y después como un aguacero persistente.

  David dormía profundamente.

  Había regresado agotado de Séforis y necesitaba recuperar las fuerzas después de varios días de enfermedad. La tos casi había desaparecido, pero todavía se sentía débil.

  Fue su esposa quien despertó primero.

  Sintió algo frío sobre el brazo y, al moverlo, descubrió que la manta estaba húmeda.

  Levantó la cabeza.

  En medio del ruido de la lluvia escuchó un sonido diferente, mucho más cercano.

  Agua cayendo dentro de la habitación.

  Extendió una mano hacia arriba.

  Una gota le golpeó los dedos.

  —David.

  Él no respondió.

  —David, despierta.

  Su marido abrió los ojos con dificultad.

  —¿Qué ocurre?

  —Está entrando agua.

  David se incorporó justo cuando otra gota le cayó sobre el rostro.

  Buscó la lámpara y consiguió encenderla.

  La pequeña llama iluminó la habitación.

  Entonces descubrió el problema.

  Una sección de la cubierta estaba dejando pasar agua, precisamente cerca del lugar donde dormían los niños.

  No era la parte que había reparado días antes.

  Era otra.

  La humedad se extendía por el revestimiento y comenzaba a empapar las esteras.

  David contempló el techo con incredulidad.

  —No puede ser…

  Su esposa levantó una manta.

  Estaba mojada.

  El niño mayor despertó.

  —¿Qué pasa?

  David se agachó junto a él.

  —Tenemos que cambiarnos de lugar.

  La pequeña también abrió los ojos y comenzó a llorar.

  En pocos momentos, la habitación se convirtió en una confusión de mantas, niños adormilados y agua cayendo desde la cubierta.

Una madrugada sobre el suelo mojado

  David tomó a su hija en brazos mientras su esposa recogía las mantas que todavía permanecían secas.

  El niño mayor intentó ayudarla, pero tropezó con una estera.

  —Despacio, hijo —le advirtió su padre.

  La lluvia golpeaba con tanta fuerza que apenas podían escucharse.

  Movieron las esteras hacia una parte de la habitación donde la cubierta todavía resistía. El espacio era reducido y tuvieron que acomodarse muy cerca unos de otros.

  David extendió una estera junto a la pared.

  Su esposa colocó encima las mantas secas.

  La pequeña continuaba llorando.

  Tenía frío y no comprendía por qué la habían despertado.

  David la envolvió cuidadosamente.

  —Aquí estoy, pequeña.

  La niña escondió el rostro contra su pecho.

  El hijo mayor observó las mantas empapadas.

  —¿Se van a secar?

  —Cuando deje de llover.

  —¿Y si no deja?

  David miró hacia la cubierta.

  —Entonces tendremos que esperar.

  Colocó un recipiente debajo de una de las goteras.

  El sonido comenzó inmediatamente.

  Ploc… ploc… ploc.

  David contempló el agua acumulándose en el fondo.

  Había reparado una sección de la cubierta apenas unos días antes, utilizando parte de las monedas que habían conseguido guardar.

  Ahora tendría que comprar más materiales.

  Su esposa acomodó a los niños y apagaron la lámpara.

  Intentaron descansar.

  Pero el suelo estaba frío y las mantas disponibles apenas alcanzaban para cubrirlos.

  David se acostó sobre un costado. La cadera comenzó a dolerle.

  Cambió de posición y sintió una punzada en la espalda.

  La pequeña se movía constantemente y, cada vez que estiraba las piernas, terminaba golpeándolo con los pies.

  Su hijo mayor comenzó a toser.

  Su esposa se incorporó para comprobar cómo estaba.

  Después la niña despertó nuevamente.

  David abrió los ojos.

  Escuchó la lluvia.

  Todavía faltaban varias horas para el amanecer.

  Y comprendió que aquella noche apenas conseguiría dormir.

La esperanza de que dejara de llover

  Poco antes del amanecer, David despertó después de un breve descanso.

  Algo había cambiado.

  La lluvia ya no golpeaba la cubierta con la misma intensidad.

  Se incorporó cuidadosamente para no despertar a los niños.

  Su esposa estaba despierta.

  —Parece que está terminando —susurró.

  David se acercó a la puerta y la abrió.

  El aire húmedo le golpeó el rostro.

  Las piedras de Nazaret brillaban bajo la escasa claridad de la madrugada. Pequeñas corrientes de agua descendían por las pendientes.

  Había dejado de llover.

  Sin embargo, las nubes continuaban cubriendo el cielo.

  David regresó al interior.

  —Voy a Séforis.

  Su esposa miró las mantas mojadas.

  —Casi no descansaste.

  —Necesitamos recuperar lo que gastamos en la reparación.

  Ella observó la cubierta.

  No hizo falta decir nada más.

  La comida se consumía, el aceite disminuía y ahora tenían otra gotera que reparar.

  David se ajustó las sandalias y recogió sus herramientas.

  Antes de salir, miró una vez más hacia arriba.

  Su propia vivienda parecía haberse convertido en una construcción que nunca terminaba.

El camino después de la tormenta

  David salió de Nazaret mientras comenzaba a amanecer.

  El sendero estaba cubierto de lodo.

  En algunos tramos, las piedras permanecían resbaladizas y pequeñas corrientes de agua cruzaban el camino.

  Avanzó con cuidado.

  El barro se adhería a sus sandalias, obligándolo a detenerse de vez en cuando para desprenderlo.

  El aire era frío.

  La túnica todavía conservaba algo de humedad y el viento le producía escalofríos.

  Pero continuó caminando.

  Deseaba encontrar a Natán dando instrucciones, a Joel preparando materiales y a los demás trabajadores ocupados en sus tareas.

  Incluso la presencia de Malquías, con sus comentarios desagradables, le parecía preferible a regresar sin dinero.

  A mitad del camino levantó la mirada.

  Las nubes parecían más oscuras.

  David aceleró el paso.

  Había recorrido demasiada distancia para regresar sin intentarlo.

La lluvia volvió a comenzar

  Cuando llegó a Séforis, encontró a varios trabajadores reunidos cerca de la construcción.

  Joel estaba allí.

  También Simón.

  Malquías permanecía apartado, observando el cielo.

  David se acercó.

  —Buenos días.

  Joel levantó la cabeza.

  —Eso dependerá de las nubes.

  David sonrió.

  —En Nazaret dejó de llover.

  —Aquí también. Pero mira hacia allá.

  Señaló las colinas.

  Una masa de nubes oscuras avanzaba lentamente.

  Poco después apareció Natán.

  Examinó el terreno y comenzó a dar instrucciones.

  Los hombres prepararon herramientas, retiraron algunas protecciones y revisaron los materiales que habían permanecido cubiertos durante la noche.

  David sintió alivio.

  Por lo menos comenzarían a trabajar.

  Se dirigió hacia una sección donde la madera había sido protegida de la humedad.

  Pero apenas había comenzado a retirar una cubierta cuando sintió una gota sobre la frente.

  Levantó la cabeza.

  La lluvia había regresado.

  En pocos minutos el suelo volvió a cubrirse de agua.

  Los trabajadores se apresuraron a proteger los materiales.

  Natán ordenó asegurar las piezas que podían dañarse y detener el traslado de cargas pesadas.

  El terreno se volvió resbaladizo.

  Una de las estructuras provisionales comenzó a hundirse ligeramente sobre el suelo reblandecido.

  —¡Detengan el trabajo! —gritó Natán.

  Los hombres obedecieron.

  El encargado reunió a los trabajadores.

  —No podemos continuar así. Hay unas pocas tareas bajo cubierta, pero no necesito a todos.

  Comenzó a seleccionar hombres.

  David esperó.

  Natán llamó a dos trabajadores.

  Después a Joel.

  David permaneció junto a sus herramientas.

  El encargado lo miró.

  —Hoy no, David.

  Aquellas tres palabras le produjeron una decepción profunda.

  Había pasado la noche intentando proteger a su familia del agua. Después había recorrido siete kilómetros por un camino lleno de barro.

  Y ahora tendría que regresar.

  Sin jornal.

  David recogió sus herramientas.

  No discutió.

  Comprendía que el terreno estaba peligroso y que Natán no podía contratar hombres para mantenerlos sin trabajar.

  Pero aquella explicación no cambiaría la situación en su casa.

Catorce kilómetros y ninguna moneda

  El regreso fue miserable.

  La lluvia empapó nuevamente su túnica y el lodo se acumuló alrededor de las sandalias.

  En una pendiente resbaló y tuvo que apoyar una mano sobre una roca para no caer.

  Permaneció unos instantes inmóvil.

  Tenía los dedos cubiertos de barro.

  La bolsa de herramientas le pesaba sobre el hombro.

  Había caminado siete kilómetros hasta Séforis y ahora tendría que recorrer otros siete.

  Catorce kilómetros.

  Y ninguna moneda.

  Cuando finalmente llegó a Nazaret, estaba empapado.

  Su esposa abrió la puerta.

  Lo observó.

  Después miró sus herramientas.

  —¿No hubo trabajo?

  David negó con la cabeza.

  —Comenzó a llover otra vez.

  Ella se hizo a un lado para dejarlo entrar.

  David colocó la bolsa sobre el suelo.

  El agua comenzó a escurrir de su túnica.

  Su hijo mayor apareció.

  —¡Padre! ¡Regresaste!

  David intentó sonreír.

  —Parece que hoy trabajaré aquí.

  El niño miró hacia la cubierta.

  —¿Vas a arreglar la lluvia?

  David soltó una carcajada.

  —Si pudiera arreglar la lluvia, hijo, tendría mucho trabajo.

  Su esposa también sonrió.

  Y por unos instantes la decepción pareció menos pesada.

Los días en que el dinero desaparecía

  La lluvia continuó durante los días siguientes.

  En ocasiones disminuía durante algunas horas, pero regresaba antes de que el terreno consiguiera secarse.

  David intentó conseguir trabajo nuevamente.

  Algunas mañanas llegó hasta Séforis para descubrir que las tareas exteriores seguían suspendidas. En otras ocasiones consiguió trabajar unas pocas horas bajo cubierta, pero no siempre había lugar para él.

  La construcción avanzaba lentamente.

  Y los jornaleros comenzaron a preocuparse.

  David no era el único.

  Rubén, que tenía cinco hijos, continuaba recuperándose de la lesión en la pierna que había sufrido días antes.

  Simón necesitaba sostener a su madre viuda y a sus hermanos menores.

  Efraín ayudaba a sus padres ancianos.

  Todos dependían de las jornadas que consiguieran trabajar.

  En casa, David y su esposa comenzaron a administrar las provisiones con mayor cuidado.

  Una tarde extendieron una tela sobre el suelo y colocaron allí las monedas que quedaban.

  Su esposa separó lo necesario para comprar harina.

  Después calcularon cuánto podían destinar al aceite y a las legumbres.

  David observó el dinero restante.

  No habían comprado nada extraordinario.

  No habían celebrado ningún banquete ni adquirido objetos costosos.

  Simplemente habían continuado viviendo.

  Y vivir consumía dinero.

  Mientras tanto, la cubierta seguía necesitando reparaciones.

  David había conseguido hacer algunos arreglos provisionales cuando la lluvia disminuía, pero necesitaba tiempo seco para completar el trabajo.

  Las mantas húmedas permanecían extendidas donde podían recibir algo de aire.

  El interior de la vivienda olía a tela mojada y tierra húmeda.

  El suelo tardaba en secarse.

  Y por las noches todos procuraban acomodarse lejos de las zonas donde había entrado agua.

  David sentía que cada día de lluvia aumentaba la distancia entre lo que necesitaban y lo que podían pagar.

Los días que sus hijos recordaban de otra manera

  Sin embargo, aquellos días también tuvieron momentos hermosos.

  Como David no podía trabajar regularmente en Séforis, permaneció más tiempo en casa.

  Su hijo mayor estaba encantado.

  Cada mañana despertaba esperando encontrarlo.

  Y cuando descubría que su padre no había salido, corría hacia él con una nueva idea.

  —¡Hoy podemos construir otra cosa!

  David sonreía.

  —¿Qué quieres construir ahora?

  El niño observaba los pedazos de madera y anunciaba algún proyecto que parecía demasiado grande para los materiales disponibles.

  Una mañana quiso construir una casa con dos puertas.

  Otra, un pequeño lugar para guardar piedras.

  Y en cierta ocasión anunció que construiría una ciudad.

  David levantó las cejas.

  —¿Una ciudad?

  —Sí.

  —¿Tan grande como Séforis?

  El niño lo pensó.

  Después respondió:

  —Más grande.

  David comenzó a reír.

  Su hija se acercó inmediatamente.

  Quería participar.

  El niño mayor protestó porque ella acostumbraba mover las piezas.

  David intervino.

  —Toda ciudad necesita trabajadores.

  La pequeña levantó orgullosamente un pedazo de madera.

  —¡Yo!

  Los tres comenzaron a reír.

  Durante un buen rato jugaron sentados sobre el suelo.

  David les enseñó a colocar las piezas con mayor estabilidad.

  Su hijo hacía preguntas.

  La niña imitaba los movimientos.

  Y su esposa los observaba mientras preparaba lo necesario para la comida.

  En otras ocasiones David reparaba pequeños objetos de la vivienda o preparaba materiales que pudiera utilizar cuando dejara de llover.

  También conversaba más con su esposa.

  Normalmente regresaba tan cansado que apenas tenía fuerzas para escuchar lo ocurrido durante el día.

  Ahora podían hablar mientras los niños jugaban cerca.

  Ella le contaba pequeñas cosas de la aldea.

  Él recordaba historias de la construcción.

  En ocasiones se reían.

  En otras permanecían en silencio, escuchando la lluvia.

  David comenzó a comprender que sus hijos estaban viviendo aquellos días de una manera completamente diferente.

  Para él eran días sin jornal.

  Para ellos eran días con su padre.

  Y esa diferencia le produjo una mezcla de alegría y tristeza.

La conversación junto a las monedas

  Una tarde, cuando los niños estaban ocupados jugando, su esposa extendió nuevamente la tela sobre el suelo.

  Colocó las monedas.

  David se sentó frente a ella.

  Ambos comenzaron a contarlas.

  La cantidad era menor que la última vez.

  Su esposa separó lo necesario para las provisiones inmediatas.

  Después miró lo que quedaba.

  —Si continúa lloviendo, tendremos que comprar menos.

  David asintió.

  Había pensado lo mismo.

  —Tal vez mañana pueda trabajar.

  Ella miró hacia la puerta.

  Afuera continuaba lloviendo.

  —Eso espero.

  David tomó una moneda.

  La sostuvo entre los dedos.

  Pensó en las jornadas de calor.

  En las noches sin dormir por la enfermedad de sus hijos.

  En los días que había trabajado sintiéndose mal.

  En los siete kilómetros de ida y los siete de regreso.

  Y en la satisfacción que había sentido al comenzar a ahorrar.

  Ahora aquellos ahorros desaparecían.

  No por falta de esfuerzo.

  Sino porque el cielo había cerrado la construcción.

  Su esposa observó su expresión.

  —No podemos hacer que deje de llover.

  David sonrió débilmente.

  —Lo sé.

  Ella tomó su mano.

  —Todavía tenemos alimento.

  David miró hacia los niños.

  Su hijo mayor estaba intentando colocar una pieza sobre otra.

  La pequeña observaba atentamente.

  —Y estamos juntos —añadió ella.

  David apretó suavemente su mano.

  Era verdad.

  Pero también sabía que, si la lluvia continuaba demasiado tiempo, estar juntos no llenaría los recipientes de alimento.

  Aquella era la preocupación que intentaba no mostrar delante de sus hijos.

Cuando finalmente apareció el sol

  La lluvia terminó durante la noche.

  David despertó y permaneció inmóvil, escuchando.

  No había gotas golpeando la cubierta.

  Tampoco escuchaba agua cayendo dentro de la habitación.

  Se incorporó lentamente.

  Su esposa abrió los ojos.

  —¿Qué ocurre?

  David sonrió.

  —No está lloviendo.

  Ella escuchó.

  Después sonrió también.

  David salió.

  El aire estaba fresco.

  Las piedras todavía conservaban humedad.

  Pero entre las nubes comenzaban a aparecer pequeñas zonas despejadas.

  Sintió una esperanza que no había experimentado durante varios días.

  Regresó al interior.

  Recogió sus herramientas.

  Su esposa preparó el pan.

  Antes de salir, David observó a sus hijos dormidos.

  Durante aquellos días había pasado muchas horas con ellos.

  Había escuchado sus preguntas.

  Había jugado.

  Había reído.

  Y había disfrutado momentos que normalmente se perdían mientras trabajaba lejos de casa.

  Ahora tenía que regresar a Séforis.

  Porque las monedas estaban disminuyendo.

  Y la cubierta todavía necesitaba atención.

  David salió.

  El camino estaba húmedo, pero el cielo parecía mejorar.

  Caminó con rapidez.

  Cuando llegó a la construcción encontró movimiento.

  Los hombres retiraban las protecciones de algunos materiales.

  Otros revisaban las zonas donde el terreno había quedado blando.

  Natán estaba dando instrucciones.

  David se acercó.

  —¿Hay trabajo?

  El encargado levantó la cabeza.

  —Sí.

  David sintió un alivio inmediato.

  Natán señaló hacia los materiales.

  —Tenemos mucho que recuperar.

  David asintió.

  Se acercó a sus compañeros.

  Joel lo recibió con una sonrisa.

  —Pensé que tendríamos que construir una barca para llegar aquí.

  David soltó una carcajada.

  —Yo estaba pensando en construir una dentro de mi casa.

  Joel lo miró sorprendido.

  David le contó brevemente lo ocurrido con el techo.

  El hombre negó con la cabeza.

  —La lluvia te quitó el trabajo y además te dejó otro en casa.

  David sonrió.

  —Y ése nadie me lo va a pagar.

  Ambos comenzaron a reír.

  Después tomaron sus herramientas.

  La construcción volvía a llenarse de golpes, voces y movimiento.

  David observó sus manos.

  Estaban listas para trabajar.

  Pero sabía que los próximos días serían exigentes.

  Había trabajo atrasado.

  Los encargados querrían recuperar el tiempo perdido.

  Y los hombres necesitarían aprovechar cada jornada.

  David comenzó a preparar la primera pieza.

  Mientras trabajaba, recordó la noche en que había despertado con agua cayendo sobre las mantas.

  Recordó a sus hijos buscando un lugar seco sobre el suelo.

  A su esposa recogiendo la ropa mojada.

  Y las monedas desapareciendo lentamente sobre aquella pequeña tela.

  La lluvia había entrado por el techo de su casa.

  Pero también había abierto un agujero en los pocos ahorros de su familia.

  David ajustó la madera.

  Comprobó la medida.

  Y continuó trabajando.

  El sol había regresado.

  Pero nadie podía asegurarle cuánto tiempo permanecería allí.

Y el Verbo fue hecho carne

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14)

  Y el verbo se hizo carne y conoció la vida de los trabajadores de Galilea, con sus jornadas exigentes y sus incertidumbres.

Continuará en el capítulo 11

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.