«Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado… E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.»
Lucas 2:1,3, RVR1960
María estaba embarazada.
El niño crecía.
El momento del nacimiento se acercaba.
Y entonces llegó una orden.
No procedía de Nazaret.
No procedía de Jerusalén.
Procedía del poder imperial.
«Se promulgó un edicto de parte de Augusto César…»
El emperador quería realizar un empadronamiento.
Para Roma aquello pertenecía al gobierno de un imperio.
Para José significaba algo mucho más sencillo y mucho más difícil:
tenía que viajar.
Lucas explica:
«Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta» (Lucas 2:4-5).
Es fácil leer esas palabras en unos cuantos segundos.
Recorrerlas fue otra cosa.

Nazaret se encontraba en Galilea.
Belén estaba en Judea, al sur de Jerusalén.
Dependiendo de la ruta seguida, el recorrido terrestre podía rondar aproximadamente ciento treinta a ciento cincuenta kilómetros, posiblemente algo más.
Hoy una distancia semejante puede recorrerse en automóvil en unas horas.
José y María no tenían automóvil.
No había carreteras asfaltadas.
No existían estaciones de servicio.
No había hoteles reservados mediante un teléfono.
No había iluminación nocturna.
No existía asistencia médica a una llamada de distancia.
El viaje se hacía al ritmo de personas y animales.
Y Lucas añade un detalle que transforma completamente nuestra manera de imaginar el recorrido:
María estaba encinta.
Lucas no lo dice.
Tampoco especifica la ruta.
Por eso no podemos proporcionar un itinerario como si lo conociéramos.
Pero un viaje semejante normalmente habría requerido varios días y, dependiendo de la ruta, el ritmo, los descansos y las condiciones de María, podía prolongarse alrededor de una semana o incluso más.
No sabemos tampoco si María viajó sobre un asno.
La imagen se ha vuelto inseparable de nuestros nacimientos navideños, pero Lucas nunca menciona el animal.
Pudo caminar parte del trayecto.
Pudo utilizar algún animal de carga.
Pudieron alternar ambas cosas.
No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es suficiente:
una mujer embarazada tuvo que desplazarse desde Galilea hasta Judea en el mundo del siglo primero.
Y eso no era cómodo.
Cualquier mujer que haya experimentado las últimas etapas de un embarazo comprenderá inmediatamente algo que una representación navideña puede hacernos olvidar.
El cuerpo cambia.
El centro de gravedad cambia.
Caminar puede hacerse más pesado.
La espalda puede doler.
Las piernas pueden cansarse.
Dormir puede ser difícil.
La vejiga recibe presión.
El descanso se interrumpe.
Permanecer durante mucho tiempo en una misma posición puede resultar incómodo.
El cansancio puede aparecer con mayor facilidad.
Y el momento del parto comienza a acercarse.
Ahora coloque a María en un camino antiguo.
Kilómetro después de kilómetro.
Día después de día.
Con polvo.
Piedras.
Desniveles.
Frío o calor según las condiciones.
Necesidad de detenerse.
Necesidad de encontrar agua.
Necesidad de comer.
Necesidad de encontrar un lugar razonablemente seguro para pasar la noche.
No sabemos qué molestias experimentó María personalmente, y no debemos inventarlas.
Pero el embarazo no dejó de ser embarazo porque llevara dentro al Hijo de Dios.
La encarnación no eliminó las limitaciones normales de un cuerpo humano.
También debemos quitar de nuestra imaginación las carreteras modernas.
Viajar en aquella época significaba exponerse a condiciones que hoy podemos evitar fácilmente.
Los caminos podían ser irregulares.
Las distancias entre lugares seguros importaban.
Había que pensar en agua y alimento.
Los cambios del terreno podían hacer el recorrido más lento.
Viajar de noche aumentaba las dificultades.
Y la inseguridad de los caminos era una realidad conocida en el mundo antiguo.
Jesús mismo utilizaría posteriormente una carretera conocida por sus riesgos como escenario de una parábola: el camino de Jerusalén a Jericó, donde un hombre «cayó en manos de ladrones» (Lucas 10:30).
Eso no significa que José y María fueran atacados.
La Biblia no dice que lo fueran.
Significa que viajar en aquel mundo implicaba vulnerabilidades que nosotros hemos reducido considerablemente.
José tenía que llegar a Belén.
Y llevaba consigo a una mujer embarazada.
Hay otra dimensión humana que podemos imaginar prudentemente.
José ya había decidido recibir a María.
Había creído la palabra de Dios.
Sabía que aquel niño no era producto de una traición.
Ahora tenía que cuidar de ella durante el viaje.
Cada jornada requería decisiones.
¿Cuánto avanzar?
¿Cuándo detenerse?
¿Dónde descansar?
¿Cuándo continuar?
No conocemos sus conversaciones.
Pero conocemos el resultado:
José no la dejó atrás.
El hombre que había pensado separarse de ella ahora recorría el camino con ella.
La revelación recibida había cambiado completamente su conducta.
Y dentro de María viajaba el niño a quien José ya sabía que debía llamar:
JESÚS.
Lucas dice expresamente que José fue «para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta».
El texto no explica todos los detalles administrativos que hicieron necesaria o conveniente la presencia de María.
Por eso debemos evitar construir una explicación que Lucas no proporciona.
Lo importante para su relato es el resultado:
María terminó viajando con José hacia Belén.
Y precisamente eso coloca la historia frente a una profecía pronunciada siglos antes.
Mucho antes de que César Augusto emitiera su edicto, Miqueas había escrito:
«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel…» (Miqueas 5:2).
Belén.
No Nazaret.
María vivía en Nazaret.
El embarazo avanzaba en Nazaret.
Humanamente, lo lógico habría sido que el niño naciera allí.
Pero la palabra profética había señalado Belén.
Entonces César tomó una decisión.
Aquí debemos contemplar cuidadosamente la escena.
Augusto no estaba intentando cumplir una profecía hebrea.
No estaba trabajando para María.
No estaba ayudando conscientemente a José.
No estaba preparando el nacimiento del Mesías.
Desde su perspectiva, simplemente estaba gobernando.
Pero sus decisiones terminaron formando parte de una historia mucho mayor que él mismo.
Augusto César se encontraba entre los hombres más poderosos de su tiempo.
Una orden suya podía movilizar poblaciones.
José, en cambio, era un hombre común de Galilea.
María era una joven embarazada.
Desde la perspectiva del poder humano, la comparación era absurda.
César estaba arriba.
José y María estaban abajo.
César ordenaba.
Ellos viajaban.
César podía permanecer en la comodidad del poder.
Ellos tenían que recorrer el camino.
Pero Lucas permite contemplar otra realidad.
El emperador podía emitir el decreto, pero Dios conocía el destino final del camino.
Augusto podía creer que estaba contando habitantes.
Sin saberlo, su decisión contribuiría a que una mujer embarazada llegara a la pequeña población mencionada por un profeta siglos antes.
El hombre más poderoso del imperio no sabía que estaba moviendo una pieza dentro de una historia cuyo verdadero Rey todavía estaba dentro del vientre de su madre.
Aquí encontramos uno de los contrastes más conmovedores de la encarnación.
¿Quién viajaba dentro de María?
Juan ya nos respondió:
«Todas las cosas por él fueron hechas» (Juan 1:3).
El camino pertenecía a su creación.
Las montañas eran suyas.
La tierra era suya.
El cielo sobre ellos era suyo.
El cuerpo de María había sido diseñado por Él.
Augusto respiraba porque Dios le permitía respirar.
Y, sin embargo, el Hijo de Dios no utilizó su identidad para exigir comodidad.
Aceptó ser llevado.
Kilómetro tras kilómetro.
Dentro del cuerpo de una mujer cansable.
Por caminos que podían ser incómodos.
Hacia una población pequeña.
Sin exigir una carroza real.
Sin abrir sobrenaturalmente una carretera para sí mismo.
Sin ordenar que los ángeles cargaran a María hasta Belén.
Dios podía haber hecho cualquiera de esas cosas.
Pero el relato no dice que lo hiciera.
Permitió que el viaje fuera un viaje humano.
Esta es quizá la parte que más revela su corazón.
Jesús no llegó accidentalmente a una existencia difícil.
La encarnación fue voluntaria.
Y al aceptar nuestra humanidad aceptó también entrar en un mundo donde vivir implica cansancio, distancia, incertidumbre y dependencia.
El Hijo de Dios no escogió nacer aislado de las dificultades humanas.
Desde antes de su nacimiento ya estaba experimentando sus consecuencias.
Su madre tenía que viajar.
José tenía que acompañarla.
El niño sería llevado por caminos polvorientos antes incluso de poder caminar por ellos.
El que podía haber exigido privilegios escogió compartir nuestras limitaciones.
Eso nos dice algo acerca del Dios que vino.
No quiso salvarnos permaneciendo protegido de todo aquello que nosotros experimentamos.
Se acercó.
Entró.
Participó.
Aceptó nuestra fragilidad sin participar de nuestro pecado.
No sabemos qué día del embarazo era.
No sabemos cuándo comenzó a sentir que el nacimiento estaba próximo.
No sabemos si hubo momentos en que tuvo que detenerse.
No sabemos si alguna noche durmió mal.
No sabemos si José alguna vez le preguntó:
«¿Puedes continuar?»
Sería incorrecto escribir esas escenas como historia.
Pero no es incorrecto detenernos ante la realidad física.
María no transportaba un símbolo.
Llevaba un niño verdadero.
Y aquel niño era Jesús.
Cada movimiento de María movía también su cuerpo.
Cada jornada los acercaba a Belén.
Cada kilómetro acercaba la profecía a su cumplimiento.
Quizá nosotros habríamos escrito la historia de otra manera.
Si el Hijo de Dios tenía que nacer en Belén, habríamos hecho que María viviera en Belén desde el principio.
Así evitábamos el viaje.
O habríamos enviado un ángel para transportarlos.
O habríamos hecho aparecer milagrosamente un medio cómodo de transporte.
Pero Dios no escribió la historia de esa manera.
Hubo que recorrer el camino.
Y esto revela algo que aparecerá una y otra vez en la vida de Jesús.
La presencia de Dios no siempre significa ausencia de dificultad.
María estaba exactamente dentro de la voluntad de Dios y aun así tenía que viajar embarazada.
José estaba obedeciendo y aun así tenía que recorrer kilómetros.
El niño era el Hijo de Dios y aun así no fue aislado de las incomodidades de nuestra condición.
Dios no evitó el camino.
Entró en él con nosotros.
Aquí vale la pena detenernos.
El que estaba dentro de María no necesitaba demostrarnos nada.
No nos debía nada.
Nosotros éramos los que nos habíamos alejado.
Nosotros habíamos pecado.
Nosotros necesitábamos ser rescatados.
Y, sin embargo, cuando decidió venir a buscarnos, no escogió la ruta de la comodidad.
Escogió entrar realmente en nuestro mundo.
Antes de nacer conoció la vulnerabilidad de ser transportado dentro del cuerpo de una madre.
Después conocería el exilio.
El trabajo.
El cansancio.
El hambre.
La sed.
La incomprensión.
El rechazo.
El dolor.
Pero ahora todavía no necesitamos adelantarnos.
Por el momento basta mirar el camino hacia Belén.
Una mujer embarazada.
Un hombre que la acompaña.
Un viaje de muchos kilómetros.
Y dentro de ella:
Dios con nosotros.
No contemplándonos desde la distancia.
Viniendo hasta donde estábamos.
Después de varios días de camino, en algún momento tuvo que ocurrir.
Belén apareció.
No sabemos desde qué punto la vieron por primera vez.
No conocemos las palabras que intercambiaron.
Pero habían llegado.
La población que Miqueas había mencionado siglos antes estaba ahora delante de ellos.
César había emitido un decreto.
José había obedecido la disposición.
María había recorrido el camino.
Y la profecía estaba a punto de cumplirse.
Pero llegar a Belén no significó que las dificultades hubieran terminado.
En realidad, faltaba una de las escenas más dolorosas y paradójicas de toda la historia.
El niño que había recorrido aquel camino dentro del vientre de su madre estaba a punto de nacer.
Era el heredero del trono de David.
Era el Hijo del Altísimo.
Era el Salvador.
Había llegado a la ciudad señalada.
Y cuando llegó el momento de recibirlo, Lucas escribió unas palabras que todavía resultan difíciles de leer sin sentir su peso:
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«Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.»
Lucas 2:6-7, RVR1960
Habían llegado a Belén.
Pero llegar a la ciudad señalada por la profecía no significaba encontrar allí una recepción preparada.
Lucas pasa rápidamente de la llegada a una frase sorprendentemente sencilla:
«Estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento».
El momento llegó.
María iba a dar a luz.
Y entonces aparece una de las frases más conocidas de la historia de Navidad:
«No había lugar para ellos».
Lucas no describe una persecución.
No habla de alguien cerrándoles violentamente una puerta.
No menciona a un posadero cruel.
Ni siquiera registra una conversación buscando alojamiento.
Simplemente informa de una realidad:
no había lugar.
Y aquella circunstancia terminó determinando dónde sería colocado Jesús después de nacer.

Aquí debemos separar cuidadosamente el texto bíblico de algunas imágenes que la tradición ha añadido con el paso de los siglos.
La palabra griega utilizada por Lucas es katalyma.
Puede referirse a un lugar de alojamiento o habitación para huéspedes. De hecho, Lucas utiliza posteriormente la misma palabra cuando habla del lugar donde Jesús celebraría la última cena con sus discípulos, traducida allí como «aposento» (Lucas 22:11).
Esto ha llevado a muchos estudiosos a considerar que Lucas 2:7 no necesariamente describe una posada comercial semejante a un hotel, con un posadero rechazando a José y María.
Es posible que se tratara de un espacio para huéspedes dentro de una vivienda que ya se encontraba ocupado.
Las casas sencillas de aquella región podían incluir espacios donde los animales eran resguardados o alimentados, y allí habría pesebres.
No podemos reconstruir con absoluta certeza la arquitectura de aquella casa ni identificar exactamente quiénes estaban presentes.
Pero sí conocemos el detalle que Lucas quiso conservar:
el lugar disponible para colocar al recién nacido fue un pesebre.
La palabra puede resultarnos tan familiar que ha perdido parte de su impacto.
Un pesebre era, sencillamente, un recipiente donde se colocaba alimento para los animales.
No había sido fabricado para recibir a un bebé.
No era una cuna ceremonial.
No pertenecía al mobiliario de una habitación real.
Era un objeto ordinario de la vida rural.
María envolvió al niño en pañales.
Eso era normal.
Después Lucas añade lo inesperado:
«Y lo acostó en un pesebre».
El contraste está allí sin necesidad de adornarlo.
Gabriel había dicho:
«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lucas 1:32).
Trono de David.
Y cuando finalmente nació:
un pesebre.
No porque hubiera dejado de ser Rey.
Sino porque así comenzó su presencia visible entre nosotros.
Los reyes humanos suelen proteger la distancia entre ellos y las personas comunes.
Palacios.
Guardias.
Protocolos.
Salones reservados.
Accesos restringidos.
El nacimiento de Jesús presenta algo completamente diferente.
Un pastor podía acercarse.
Una persona pobre podía comprender aquel ambiente.
No era necesario pertenecer a la nobleza.
No había que atravesar puertas custodiadas por soldados.
No había que presentar credenciales.
El niño estaba en un lugar tan sencillo que los ángeles pudieron utilizar precisamente esa circunstancia como señal:
«Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (Lucas 2:12).
El pesebre que parecía hablar de carencia terminó convirtiéndose en la señal para encontrarlo.
Eso es extraordinario.
Los pastores no recibirían como señal una estrella sobre un palacio.
Recibirían algo mucho más extraño:
busquen al niño que está acostado donde comen los animales.
Aquí aparece otro detalle que merece detenernos.
El pesebre existía antes de que Jesús llegara.
Pero no había sido construido pensando en Él.
Nadie en Belén había dicho meses antes:
«Preparemos un lugar porque viene el Mesías».
No encontramos una delegación esperando a José.
No encontramos autoridades locales organizando su llegada.
No encontramos sacerdotes aguardando el nacimiento.
La ciudad continuaba con sus asuntos.
Y cuando llegó el momento:
se utilizó lo que había disponible.
Esto hace que las palabras de Juan adquieran un peso especial.
Juan contempla el mismo acontecimiento desde una perspectiva diferente:
«En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció» (Juan 1:10).
Observe la paradoja.
El mundo por él fue hecho.
Y ahora:
el mundo no le conoció.
Juan no está describiendo solamente un problema de alojamiento en Belén.
Está presentando algo mucho mayor.
El Creador podía estar presente dentro de su creación y sus criaturas podían continuar con sus actividades sin reconocerlo.
El problema no era simplemente que faltara espacio en una habitación.
Faltaba reconocimiento.
Dios estaba allí y el mundo no sabía quién había llegado.
Entonces Juan profundiza todavía más:
«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:11).
Estas palabras resumen dolorosamente buena parte de la historia que seguirá.
No necesitamos llevarlas inmediatamente hasta la cruz para sentir su peso.
Basta observar lo que comenzará a suceder.
Jesús hablará en las sinagogas de su pueblo.
Caminará por sus aldeas.
Enseñará sus Escrituras.
Sanará a sus enfermos.
Alimentará a sus multitudes.
Entrará en Jerusalén.
Hablará acerca del Padre.
Y una pregunta recorrerá continuamente los Evangelios:
¿Quién es éste?
Algunos creerán.
Otros dudarán.
Otros se opondrán.
El problema iniciado en Belén no será simplemente encontrar espacio físico para Jesús.
Será reconocer quién está delante de ellos.
A veces contamos la historia de Navidad únicamente mediante contrastes materiales:
rico y pobre.
Palacio y pesebre.
Corona y pañales.
Pero Juan nos lleva a un contraste mucho más profundo.
Conocer y no conocer.
Recibir y no recibir.
Ése será uno de los grandes conflictos de la vida de Jesús.
Personas que conocen perfectamente su pueblo pueden no reconocerlo.
Personas que conocen las Escrituras pueden no comprender quién está delante de ellas.
Personas que esperan al Mesías pueden no reconocer la manera en que Dios decidió enviarlo.
Y, paradójicamente, personas que parecían encontrarse muy lejos terminarán acercándose.
Pastores llegarán.
Después vendrán extranjeros desde Oriente.
Simeón lo reconocerá.
Ana hablará de Él.
La historia comenzará a dividirse no entre quienes tienen mucho y quienes tienen poco, sino entre quienes reconocen y quienes no reconocen.
Aquí aparece algo fundamental.
Si termináramos en Juan 1:11, el cuadro sería oscuro:
«Los suyos no le recibieron».
Pero el evangelista continúa inmediatamente:
«Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).
Algunos sí lo recibieron.
Y esto cambia completamente el sentido de la escena.
La historia de Jesús no será solamente la historia del rechazo.
Será también la historia de personas que abrieron los ojos y descubrieron quién estaba delante de ellas.
No todos responderían igual.
Desde este momento comenzaremos a encontrarlos.
Personas completamente diferentes.
Unos pastores.
Un anciano llamado Simeón.
Una mujer llamada Ana.
Después, unos extranjeros que llegarían desde lejos.
Cada uno lo encontraría de manera diferente.
Pero todos tendrían algo en común:
reconocieron en aquel niño algo que muchos otros no podían ver.
Jesús no eligió acercarse solamente a quienes podían ofrecerle algo.
Su primera cama lo colocó, desde el comienzo, dentro del mundo de la gente sencilla.
No había que ascender socialmente para llegar hasta Él.
No había que ser importante.
No había que tener dinero.
No había que pertenecer a una élite religiosa.
Los primeros invitados que Lucas nos mostrará trabajando aquella noche ni siquiera estaban dentro de la ciudad.
Estaban en el campo.
Eran pastores.
Y cuando Dios decidió comunicarles cómo podrían reconocer al Salvador, no les dio una descripción de poder.
Les dio una descripción de humildad:
«Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre».
Como si Dios estuviera diciendo:
No tendrán dificultad para acercarse.
El Salvador no había venido para hacerse inaccesible.
Había venido para poder ser encontrado.
Por eso quizá hemos formulado durante mucho tiempo la pregunta equivocada.
Preguntamos:
¿Por qué nadie le dio un lugar?
Pero Juan nos obliga a formular otra:
¿Qué hacemos cuando Dios está delante de nosotros y no lo reconocemos?
Porque ésa es la tragedia verdadera de Juan 1.
No que faltara una habitación.
Sino que:
«El mundo no le conoció».
El pesebre solamente fue el comienzo visible de un problema mucho más profundo.
Dios podía acercarse extraordinariamente al hombre y el hombre podía continuar viviendo como si Dios no estuviera allí.
Pero aquella noche algo estaba a punto de cambiar.
Hasta ese momento, Belén podía ignorar lo que acababa de suceder.
No por mucho tiempo.
Porque mientras el niño permanecía acostado en el pesebre, lejos de allí, en los campos, el cielo estaba a punto de abrir el anuncio.
Dios mismo señalaría quién era aquel niño.
Y no enviaría primero la noticia a César.
Ni a Herodes.
Ni al Sanedrín.
La enviaría a unos hombres que cuidaban ovejas durante la noche.
Los primeros invitados estaban a punto de recibir la noticia.
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«Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales…»
Lucas 2:6-7, RVR1960
Lucas dedica muy pocas palabras al nacimiento:
«Dio a luz a su hijo primogénito».
No describe cuánto duró el parto.
No dice quién asistió a María.
No menciona complicaciones.
No registra las primeras palabras de José.
No sabemos la hora exacta.
El evangelista simplemente abre una puerta, nos permite contemplar el acontecimiento y continúa.
Pero detrás de aquella frase ocurrió algo extraordinario:
el Hijo de Dios nació.
Y para comprender mejor lo que eso significaba, debemos intentar mirar aquel nacimiento sin colocar alrededor de María los recursos médicos de nuestra época.
Hoy, en gran parte del mundo, el nacimiento ocurre rodeado de recursos que para nosotros parecen normales.
Ultrasonido.
Monitorización fetal.
Laboratorios.
Medicamentos.
Anestesia.
Cesáreas realizadas bajo condiciones controladas.
Transfusiones.
Antibióticos.
Incubadoras.
Unidades de cuidados intensivos neonatales.
Nada de aquello existía en Belén.
No significa que las mujeres dieran a luz necesariamente solas. En el mundo antiguo existían parteras y conocimientos tradicionales relacionados con el embarazo y el parto.
Pero había límites enormes respecto a lo que podía hacerse cuando algo salía mal.
Una hemorragia grave podía convertirse rápidamente en una tragedia.
Un parto obstruido podía poner en peligro a madre e hijo.
Una infección puerperal podía avanzar sin antibióticos.
Complicaciones hipertensivas del embarazo no podían manejarse con los recursos diagnósticos y terapéuticos actuales.
Una dificultad respiratoria grave del recién nacido no encontraba una unidad neonatal esperando.
Dar a luz era cotidiano.
Pero nunca era trivial.

Durante la mayor parte de la historia humana, embarazo y parto estuvieron asociados con riesgos maternos considerablemente mayores que los que conocemos en países con atención obstétrica moderna.
Y para el niño, superar el nacimiento tampoco garantizaba sobrevivir los primeros años.
No poseemos estadísticas completas de Belén en el tiempo de Jesús que nos permitan dar una cifra exacta sin especular. Sin embargo, la demografía de poblaciones antiguas y premodernas muestra consistentemente una mortalidad infantil y de la niñez muy elevada.
Muchos niños morían pequeños.
Infecciones que hoy pueden tratarse podían ser mortales.
Una enfermedad gastrointestinal podía causar deshidratación severa.
Una infección respiratoria podía progresar sin antibióticos, oxígeno o cuidados intensivos.
La nutrición podía convertirse en cuestión de supervivencia.
La infancia antigua estaba mucho más cerca de la muerte de lo que la infancia moderna nos permite imaginar.
Lucas no dice que Jesús sufriera ninguna complicación al nacer.
No debemos añadir una.
Lo significativo es que no escogió una época médicamente privilegiada para entrar en nuestra historia.
Nació dentro del mundo real de aquellos a quienes había venido a buscar.
Desde la perspectiva médica, el nacimiento contiene una transición extraordinaria.
Durante la vida intrauterina, el intercambio gaseoso ocurre a través de la placenta. Los pulmones fetales todavía no realizan la función respiratoria que tendrán después del nacimiento.
Entonces llega el momento de nacer.
El niño sale del ambiente intrauterino.
Los pulmones deben expandirse.
Comienza la respiración pulmonar.
La circulación empieza a reorganizarse para la vida fuera del útero.
En muy poco tiempo, el organismo tiene que realizar una de las transiciones fisiológicas más impresionantes de toda la existencia humana.
Jesús pasó verdaderamente por ella.
El que había diseñado el aparato respiratorio comenzó a respirar con pulmones humanos.
El que había diseñado el corazón poseía ahora un corazón humano trabajando dentro de su pecho.
El que había creado la sangre tenía sangre circulando por sus vasos.
No apareció con forma humana. Nació humano.
Lucas añade entonces un detalle sencillo:
«Lo envolvió en pañales».
No debemos convertir los pañales en señal de miseria. Envolver a un recién nacido era una práctica normal de cuidado.
Precisamente por eso el detalle es tan hermoso.
María hizo con Jesús lo que una madre hacía con su bebé.
Lo tomó.
Lo envolvió.
Lo cuidó.
No hubo una excepción biológica porque aquel niño fuera el Hijo de Dios.
Su cuerpo necesitaba alimento, calor, descanso, higiene y contacto.
La encarnación había llegado hasta allí.
Dios había aceptado ser cuidado por manos humanas.
Quizá pocas imágenes expresen mejor la realidad de la encarnación.
El recién nacido necesitaba alimento.
Eso significa que María no había terminado su participación cuando terminó el parto.
Ahora comenzaba otra etapa.
Tenía que alimentar al niño que había llevado dentro de ella.
Aquel que años después alimentaría multitudes dependió primero del alimento proporcionado por su madre.
Aquel que enseñaría a sus discípulos a pedir al Padre «el pan nuestro de cada día» conoció desde el comienzo la necesidad humana de recibir alimento.
No observó nuestra biología desde afuera.
La hizo suya.
Éste es quizá el punto central del nacimiento.
A lo largo de la historia, algunas personas han encontrado difícil aceptar que Dios pudiera entrar tan profundamente en la materia.
Pero el Nuevo Testamento no presenta a Jesús utilizando un cuerpo como quien utiliza una vestimenta.
Hebreos dice:
«Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).
Carne.
Sangre.
Pulmones.
Corazón.
Sistema nervioso.
Necesidad de alimento.
Necesidad de sueño.
Capacidad de experimentar dolor.
Humanidad verdadera.
El cuerpo de Jesús no era el escenario donde Dios fingía ser hombre.
Era su cuerpo humano.
Y aquí aparece la consecuencia más seria de aquella humanidad.
Un cuerpo verdaderamente humano puede morir.
Esto no significa que Jesús naciera enfermo.
No significa que estuviera a punto de morir durante el parto.
No significa que María temiera perderlo.
Nada de eso aparece en el texto.
Significa simplemente que, al asumir nuestra humanidad, Cristo asumió un cuerpo físicamente capaz de experimentar la muerte.
Hebreos relaciona directamente ambas cosas:
«Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte…» (Hebreos 2:14).
Éste es un aspecto extraordinario de la encarnación.
La muerte no podía ser experimentada por una apariencia.
Se necesitaba verdadera humanidad.
Y eso era precisamente lo que había nacido en Belén.
Después del parto, María tuvo al niño entre sus brazos.
Aquí no necesitamos inventar ninguna conversación.
La realidad es suficientemente poderosa.
Ella tenía que sostenerlo.
Y aquel niño era aquel de quien Juan había escrito:
«Todas las cosas por él fueron hechas» (Juan 1:3).
La criatura sostenía a su Creador.
María podía acercarlo a su pecho.
Podía sentir el peso de su cuerpo.
Podía tocar su piel.
Podía escuchar su respiración.
El Dios invisible se había hecho tangible.
Juan expresaría años después algo relacionado con esta maravilla:
«Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida…» (1 Juan 1:1).
Dios había entrado al alcance de las manos humanas.
Esto abre una dimensión nueva que continuará durante todo el ministerio de Jesús.
Las personas podrían tocarlo.
Una mujer enferma tocaría su manto.
Jesús tocaría al leproso.
Tomaría de la mano a una niña.
Colocaría sus manos sobre enfermos.
Recibiría niños entre sus brazos.
Juan se reclinaría cerca de Él durante la cena.
Tomás sería invitado posteriormente a comprobar las heridas de su cuerpo resucitado.
Todo aquello comenzó aquí.
Con un cuerpo real.
Con piel humana.
Con manos que primero fueron pequeñas antes de tocar a nadie.
El Dios que durante siglos había parecido inaccesible a los hombres había entrado en nuestra historia de una manera extraordinariamente cercana.
Ahora podía ser visto, oído y tocado.
Si alguien hubiera contemplado solamente al recién nacido, no habría encontrado una característica anatómica que revelara su identidad.
No tenía una fisiología celestial visible.
No irradiaba necesariamente una luz que Lucas haya considerado necesario registrar.
No llevaba una señal física diciendo:
«Hijo de Dios».
Era un niño.
Precisamente allí estaba el misterio.
La grandeza estaba escondida dentro de lo ordinario.
La divinidad no había destruido la humanidad.
La humanidad tampoco había cancelado su identidad.
El Hijo de Dios había entrado verdaderamente en nuestra raza.
Había un problema.
Mirando solamente al niño, nadie podía saber quién era.
María lo sabía porque Gabriel se lo había anunciado.
José lo sabía porque había recibido el mensaje del ángel.
Pero fuera de aquel pequeño círculo, ¿quién podría reconocer lo que acababa de ocurrir?
Un recién nacido no podía levantarse y anunciar su identidad.
El pesebre no podía explicarla.
Belén no parecía haberse dado cuenta.
Entonces Dios hizo algo extraordinario.
El Padre interpretó el nacimiento de su Hijo.
Mientras María cuidaba al recién nacido, en los campos cercanos algunos hombres realizaban un trabajo completamente ordinario.
«Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño» (Lucas 2:8).
Ellos no sabían que el niño había nacido.
No conocían el lugar.
No conocían la señal.
Y no sabían que aquella noche estaban a punto de convertirse en los primeros receptores de un anuncio que cambiaría la historia.
Lo que Belén todavía no podía reconocer, el cielo estaba a punto de proclamarlo.
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«Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.»
Juan 1:12, RVR1960
Jesús había nacido.
Ahora comenzaría a ocurrir algo que había requerido siglos de preparación.
Siguiendo la cronología bíblica tradicional, habían transcurrido aproximadamente cuatro mil años desde Adán.
Cuatro mil años de historia humana.
Generaciones naciendo y muriendo.
Patriarcas.
Naciones.
Reyes.
Guerras.
Promesas.
Altares.
Sacrificios.
Exilios.
Regresos.
Durante siglos Dios había ido colocando dentro de la historia las palabras necesarias para que, cuando finalmente llegara su Hijo, hubiera seres humanos capaces de comprender al menos parcialmente lo que estaban contemplando.
Y finalmente llegó el momento.
El Creador estaba aquí.
Entonces surge una pregunta fascinante:
¿Quiénes consiguieron reconocerlo?

Quizá esperaríamos una recepción multitudinaria.
Después de tantos siglos de preparación, podríamos imaginar Jerusalén movilizada.
Sacerdotes esperando.
Maestros de la Ley examinando las profecías.
Autoridades preguntando dónde podían encontrarlo.
Multitudes viajando hacia Belén.
Pero no ocurrió así.
Cuando observamos los relatos de Mateo y Lucas encontramos inicialmente un grupo sorprendentemente pequeño.
José.
Unos pastores.
Ana.
Y posteriormente unos magos que llegaron desde Oriente.
Eso es extraordinario.
Después de milenios de historia, el reconocimiento inicial del Mesías quedó concentrado en unas cuantas personas.
Pero cuando las observamos cuidadosamente descubrimos que no parecen haber sido escogidas al azar.
Entre ellas encontramos hombres y mujeres.
Jóvenes y ancianos.
Trabajadores sencillos y viajeros capaces de llevar regalos costosos.
Judíos y gentiles.
Personas que estaban muy cerca y personas que tuvieron que recorrer una enorme distancia.
Era un pequeño grupo, pero parecía anticipar la enorme diversidad de personas que un día vendrían a Cristo.
La primera había sido María.
Su caso era único.
Ella tuvo que creer antes de tener evidencia visible.
Cuando Gabriel habló, todavía no había embarazo que pudiera comprobar.
No había niño que pudiera tocar.
No había señal externa.
Solamente había una palabra:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra…» (Lucas 1:35).
Y María respondió:
«He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lucas 1:38).
María recibió a Jesús literalmente dentro de su propia vida.
Su cuerpo.
Sus planes.
Su futuro.
Su matrimonio.
Su reputación.
Todo quedó afectado por aquella respuesta.
Fue la primera en recibirlo sin haber visto todavía su rostro.
Después vino José.
Su proceso fue diferente.
María recibió primero la explicación.
José recibió primero el problema.
Vio un embarazo que no podía explicar.
Después Dios le permitió comprender.
Y cuando comprendió, actuó:
«Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1:24).
José recibió a María.
Y al recibirla, recibió también al niño.
No necesitó comprender todos los acontecimientos futuros.
Le bastó saber que Dios estaba allí.
Y obedeció.
Después aparecen personas completamente diferentes.
«Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño» (Lucas 2:8).
No estaban estudiando profecías aquella noche.
No estaban reunidos en el templo.
No estaban buscando una señal.
Estaban trabajando.
Y Dios fue a buscarlos.
Un ángel apareció y les dijo:
«No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor» (Lucas 2:10-11).
Entonces recibieron una señal extraordinariamente sencilla:
«Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (Lucas 2:12).
Los pastores tenían ahora que decidir qué hacer con aquella información.
Y decidieron ir.
«Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido» (Lucas 2:15).
No dijeron:
«Mañana veremos».
Lucas dice:
«Vinieron, pues, apresuradamente» (Lucas 2:16).
Creyeron lo suficiente como para moverse.
Los pastores encontraron:
«A María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (Lucas 2:16).
No encontraron un palacio.
Pero eso no los confundió.
¿Por qué?
Porque Dios ya les había explicado qué debían buscar.
El pesebre no contradijo el anuncio.
Lo confirmó.
Y entonces ocurrió algo maravilloso.
Los hombres que habían llegado como pastores se marcharon como testigos.
«Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño» (Lucas 2:17).
Los primeros que recibieron públicamente la noticia comenzaron inmediatamente a contarla.
No tenían formación teológica conocida.
No pertenecían a la estructura religiosa.
Simplemente habían escuchado, habían ido, habían visto y ahora hablaban.
El anuncio comenzó a extenderse desde gente común.
Después encontramos una escena completamente diferente.
Ya no estamos en los campos.
Estamos en Jerusalén.
Y aparece un anciano llamado Simeón.
Lucas lo describe como:
«Justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él» (Lucas 2:25).
Simeón sí estaba esperando.
No sabemos cuánto tiempo llevaba haciéndolo.
Pero Dios le había revelado algo extraordinario:
«Que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor» (Lucas 2:26).
Imagine la experiencia.
Años pasando.
El cuerpo envejeciendo.
Generaciones cambiando.
Y una promesa permaneciendo:
Antes de morir lo verás.
Entonces llegó aquel día.
María y José entraron con Jesús.
No había una señal exterior que distinguiera al niño de cualquier otro.
Pero Simeón lo tomó en sus brazos.
Y dijo:
«Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación» (Lucas 2:29-30).
Observe cuidadosamente sus palabras.
No dijo:
«Mis ojos han visto al niño que algún día traerá salvación».
Dijo:
«Han visto mis ojos tu salvación».
La salvación tenía ahora un rostro.
Podía sostenerse entre los brazos.
Y entonces Simeón dijo algo que amplió enormemente el horizonte:
«Luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2:32).
Antes de que llegaran los magos, Simeón ya había pronunciado la palabra:
gentiles.
Aquel niño no había venido solamente para una pequeña región del mundo.
La historia comenzaba a abrirse hacia las naciones.
Y entonces aparece otra persona.
Ana.
Lucas nos proporciona detalles extraordinarios acerca de ella.
Era profetisa.
Era anciana.
Había conocido el matrimonio y también la pérdida.
Había pasado décadas alrededor del templo:
«No se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones» (Lucas 2:37).
Mientras otros esperaban grandes acontecimientos políticos, Ana había pasado buena parte de su vida esperando delante de Dios.
Y aquel día también lo reconoció.
Lucas dice:
«Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén» (Lucas 2:38).
Ana hizo algo parecido a los pastores.
Lo reconoció y comenzó a hablar de Él.
El encuentro produjo testimonio.
Mateo nos conduce después hacia un grupo completamente diferente.
«Vinieron del oriente a Jerusalén unos magos» (Mateo 2:1).
No eran pastores de Belén.
No pertenecían a la familia.
No eran ancianos esperando dentro del templo.
Eran extranjeros.
Habían venido desde lejos.
Y llegaron haciendo una pregunta:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle» (Mateo 2:2).
Aquí la historia adquiere una ironía extraordinaria.
Hombres extranjeros habían recorrido una enorme distancia buscando al Rey que había nacido dentro de Israel.
Mientras muchos que estaban cerca continuaban con su vida, hombres que estaban lejos comenzaron a acercarse.
No sabemos exactamente desde qué región oriental procedían los magos.
Tampoco sabemos cuántos eran.
La tradición suele representar tres porque Mateo menciona tres clases de regalos —oro, incienso y mirra—, pero el Evangelio no dice que fueran tres hombres.
Lo que sí sabemos es que el viaje fue considerable.
Tuvieron que dejar su tierra.
Invertir tiempo.
Transportar provisiones.
Seguir buscando.
Preguntar.
Continuar hasta encontrar al niño.
Su reconocimiento tuvo un costo.
Tuvieron que recorrer distancia para llegar hasta Él.
Y cuando finalmente llegaron:
«Postrándose, lo adoraron» (Mateo 2:11).
No llegaron simplemente a observar una curiosidad.
Se postraron.
Abrieron sus tesoros.
Y ofrecieron presentes.
Ahora podemos observar nuevamente el grupo.
María: una joven de Galilea.
José: un trabajador.
Pastores: hombres que cuidaban animales durante la noche.
Simeón: un anciano que esperaba.
Ana: una viuda que había pasado décadas sirviendo a Dios.
Los magos: extranjeros llegados desde Oriente.
¿Qué tenían en común?
Muy poco socialmente.
Y quizá ése sea precisamente el punto.
No existía un perfil humano único para acercarse a Jesús.
No había una edad correcta.
No había una profesión correcta.
No había una condición económica única.
No había siquiera una procedencia geográfica única.
Algunos estaban cerca.
Otros muy lejos.
Algunos recibieron un ángel.
Otro recibió una promesa del Espíritu.
Otros observaron una señal que los puso en camino.
Pero todos terminaron delante del mismo niño.
Hay algo profundamente conmovedor al contemplar la escena completa.
Siglos de preparación.
Promesas transmitidas de generación en generación.
Profetas que murieron sin ver su cumplimiento.
Una nación formada.
Las Escrituras preservadas.
Y cuando finalmente llegó el Mesías, no encontramos inmediatamente millones de personas arrodilladas.
Encontramos unos cuantos seres humanos que estuvieron dispuestos a creer lo suficiente como para recibirlo.
Quizá así comienzan muchas de las grandes obras de Dios.
No necesariamente con multitudes.
A veces comienzan con una joven que dice:
«Hágase conmigo».
Con un hombre que decide obedecer.
Con unos pastores que dicen:
«Vamos a Belén».
Con un anciano que continúa esperando.
Con una viuda que continúa orando.
Con unos extranjeros que continúan caminando.
Dios había encontrado corazones capaces de reconocer lo que sus ojos por sí solos nunca habrían podido descubrir.
Todos ellos habían recibido a Jesús de diferentes maneras.
Pero uno de aquellos encuentros merece detenernos mucho más.
Simeón sostuvo al niño entre sus brazos.
Lo bendijo.
Habló de salvación.
Habló de los gentiles.
Pero después miró a María.
Y sus palabras cambiaron.
El anciano que había esperado toda su vida al Mesías pronunció entonces una profecía inquietante:
«He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha» (Lucas 2:34).
El niño sería recibido.
Pero también sería rechazado.
Y Simeón fue todavía más lejos.
Mirando a la madre que sostenía al niño, anunció que el costo de aquella historia llegaría también hasta su propio corazón:
«Y una espada traspasará tu misma alma».
La celebración de su llegada contenía ya una sombra.
No todos lo recibirían.
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«Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.»
Lucas 2:11, RVR1960
Hasta ese momento, casi todo había ocurrido dentro de un círculo reducido.
Gabriel había hablado con María.
Un ángel había hablado con José.
El embarazo había seguido su curso.
El niño había nacido.
Pero ahora ocurre algo diferente.
Dios hace público el significado del nacimiento.
No deja que los seres humanos tengan que descubrir por sí mismos quién es aquel niño.
Antes de que Jesús pueda pronunciar una palabra, realizar un milagro o predicar un sermón, el cielo declara su identidad.
Y lo hace mediante una de las proclamaciones más concentradas de todo el relato:
«Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor».
En una sola frase aparecen su cercanía, su misión, su identidad mesiánica y su señorío.

«Os ha nacido»
El ángel pudo haber dicho simplemente:
«Ha nacido».
Pero dijo:
«Os ha nacido».
Aquellas dos letras cambian la perspectiva del acontecimiento.
El nacimiento no era solamente algo que había sucedido a María.
No era únicamente una noticia acerca de José y su familia.
El niño había nacido para otros.
El cielo presentó inmediatamente su llegada como un regalo que alcanzaba a seres humanos que ni siquiera pertenecían a su familia.
«Os ha nacido».
El Salvador no había venido solamente para compartir nuestra naturaleza.
Había venido para nosotros.
Después aparece una palabra aparentemente pequeña:
«Hoy».
Durante siglos Israel había hablado de lo que Dios haría.
Los profetas habían utilizado el lenguaje del futuro.
Vendría.
Nacería.
Reinaría.
Salvaría.
Pero aquella noche el lenguaje cambió.
«Hoy».
La promesa había entrado en el presente.
Ya no se trataba solamente de esperar.
Algo había sucedido dentro de la historia humana y podía señalarse en el tiempo.
Había un antes.
Y ahora había un después.
El anuncio celestial no hablaba de una idea religiosa ni de una esperanza indefinida.
Decía que en un día determinado, dentro de una ciudad determinada, había nacido una persona determinada.
La esperanza de Israel había adquirido fecha.
El ángel también identifica el lugar.
«En la ciudad de David».
Belén no era un detalle geográfico sin importancia.
El nombre de David conectaba inmediatamente al niño con una historia anterior.
Dios había prometido a David una descendencia y un reino.
Los profetas habían mantenido viva aquella expectativa.
Miqueas había señalado Belén.
Ahora el cielo une las piezas.
No dice solamente:
«Ha nacido un niño en Belén».
Lo sitúa dentro de la historia de las promesas de Dios.
La ciudad de David había recibido al Hijo prometido.
Entonces llega la primera gran declaración acerca de su misión:
«Un Salvador».
No simplemente maestro.
No solamente profeta.
No únicamente ejemplo moral.
Salvador.
La palabra presupone una necesidad.
Solamente necesita salvación quien se encuentra en una condición de la cual no puede salir adecuadamente por sí mismo.
Israel conocía bien ese lenguaje.
A lo largo del Antiguo Testamento Dios había salvado a su pueblo de esclavitud, enemigos, peligros y destrucción.
Pero el niño anunciado aquella noche realizaría una salvación que llegaría hasta el problema más profundo del hombre.
Mateo había registrado la explicación dada a José:
«Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).
Lucas ahora añade la proclamación pública:
ha nacido un Salvador.
El cielo estaba interpretando su misión antes de que los hombres pudieran reducirla a sus propias expectativas.
Pero el ángel continúa.
No solamente Salvador.
«Cristo».
Para nosotros la palabra puede sonar casi como si fuera el apellido de Jesús.
No lo era.
Cristo significa Ungido y corresponde a la idea hebrea de Mesías.
Durante siglos, la unción había tenido enorme importancia en Israel.
Reyes eran ungidos.
Sacerdotes eran ungidos.
En determinados contextos también aparecen personas apartadas por Dios para misiones específicas.
Pero con el paso de la revelación bíblica fue creciendo la expectativa de un Ungido particular: el descendiente prometido, el Rey que Dios levantaría.
Aquella noche el ángel no dijo:
«Tal vez éste sea el Mesías».
No pidió a los pastores que esperaran treinta años para decidir.
El cielo declaró:
«Es Cristo».
La identidad mesiánica de Jesús no comenzó cuando las multitudes empezaron a seguirlo.
No dependió de una elección popular.
No surgió porque sus discípulos decidieran posteriormente engrandecerlo.
Fue anunciada desde su nacimiento.
Y entonces llega quizá la expresión más impresionante de todas:
«Cristo el Señor».
El niño no solamente sería Salvador.
No solamente era el Mesías esperado.
Era Señor.
La palabra griega Kyrios podía utilizarse en distintos sentidos, desde una forma respetuosa de dirigirse a alguien hasta una declaración de autoridad. Pero para lectores familiarizados con las Escrituras griegas de Israel tenía además una resonancia extraordinaria: Kyrios era la palabra utilizada innumerables veces para referirse al Señor Dios.
Por eso Lucas coloca delante del lector una afirmación de enorme peso.
El recién nacido posee una identidad que sobrepasa la de un libertador humano ordinario.
El cielo lo llama:
«Cristo el Señor».
Tres títulos.
Una sola persona.
Salvador. Cristo. Señor.
Esto establece un patrón que continuará durante los Evangelios.
Jesús no será presentado únicamente mediante sus propias afirmaciones.
Habrá testimonios externos acerca de su identidad.
Aquí hablan los ángeles.
Más adelante, en su bautismo, se escuchará la voz del Padre:
«Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Lucas 3:22).
En la transfiguración volverá a escucharse una voz desde la nube:
«Este es mi Hijo amado; a él oíd» (Lucas 9:35).
Existe una continuidad.
Nacimiento. Bautismo. Transfiguración.
En momentos decisivos de la vida de Jesús, su identidad no queda solamente en manos de la opinión humana.
Dios da testimonio de su Hijo.
Hasta entonces había hablado un ángel.
Pero Lucas describe un cambio repentino:
«Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios…» (Lucas 2:13).
No sabemos cuántos eran.
Lucas solamente dice:
«Una multitud».
La expresión huestes celestiales posee además un matiz poderoso.
No describe simplemente un coro en el sentido moderno.
Habla de las huestes del cielo, una expresión relacionada con el ejército celestial.
Resulta llamativo.
El Mesías acaba de nacer.
Y el ejército celestial aparece.
Pero no viene a conquistar Belén.
No desenvaina armas.
No derriba gobiernos.
Alaba.
El cielo posee poder.
Pero el anuncio de aquella noche no comienza con destrucción.
Comienza con buenas noticias.
La primera dirección de la alabanza es vertical:
«¡Gloria a Dios en las alturas!» (Lucas 2:14).
El nacimiento del Mesías revela algo acerca de Dios.
La salvación humana y la gloria divina no aparecen como intereses opuestos.
Dios es glorificado precisamente mientras actúa en favor del hombre.
El cielo contempla lo sucedido y responde:
Gloria a Dios.
Lo ocurrido en Belén no habla solamente acerca del valor del ser humano.
Habla acerca del carácter de Dios.
Acerca de su fidelidad.
De su misericordia.
De su disposición para cumplir lo prometido.
Después la proclamación cambia de dirección.
De las alturas:
a la tierra.
«Y en la tierra paz…»
No significaba que las guerras terminarían aquella noche.
Roma continuaría gobernando.
Herodes continuaría en el poder.
La violencia humana no desaparecería inmediatamente.
De hecho, muy pronto la propia familia de Jesús tendría que huir.
Por tanto, la paz anunciada no puede reducirse a la ausencia instantánea de conflictos políticos.
La llegada de Cristo inauguraba la obra mediante la cual Dios ofrecería reconciliación.
Pablo expresaría posteriormente esa realidad diciendo:
«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1).
La paz comenzaría donde se había producido la ruptura más profunda:
entre Dios y el hombre.
Existe finalmente un contraste que Lucas no necesita explicar.
Mientras César Augusto gobernaba el imperio, el anuncio celestial no ocurrió sobre su palacio.
Mientras Herodes llevaba el título de rey, los ángeles no aparecieron en su corte.
Mientras Jerusalén poseía el templo y sus estructuras religiosas, aquella multitud celestial apareció sobre campos donde unos hombres cuidaban ovejas.
Esto no significa que Dios despreciara ciudades, gobernantes o sacerdotes.
Significa que su anuncio no dependió de ellos.
El acontecimiento más grande podía comenzar lejos de los centros humanos de poder.
La noticia que un día atravesaría naciones fue confiada inicialmente a hombres que estaban trabajando de noche.
Jesús todavía no podía explicar quién era.
No podía ponerse de pie delante de Israel.
No podía abrir las Escrituras.
No podía realizar señales.
Pero no era necesario esperar.
El cielo habló por Él.
Dijo que era Salvador.
Dijo que era Cristo.
Dijo que era Señor.
Anunció gloria en las alturas.
Anunció paz en la tierra.
Y convirtió a unos pastores en testigos de aquella proclamación.
Durante siglos los profetas habían anunciado que alguien vendría.
Aquella noche el lenguaje del cielo cambió:
ya vino.
Pero muy pronto otro hombre, esta vez no desde los campos sino dentro de Israel, tomaría al niño en sus brazos y pronunciaría palabras mucho menos festivas.
Simeón había esperado al Mesías.
Ahora que finalmente lo tenía delante, anunciaría una verdad inquietante:
aquel niño dividiría las respuestas de los hombres.
Unos se levantarían.
Otros caerían.
Y Él sería «señal que será contradicha».
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«He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha… y una espada traspasará tu misma alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.»
Lucas 2:34-35, RVR1960
Los ángeles habían hablado de gozo.
Simeón hablaría ahora de contradicción.
No porque estuviera corrigiendo el anuncio celestial.
Sino porque estaba revelando la otra parte de la historia.
El Salvador había llegado.
Pero no todos querrían ser salvados de aquello de lo cual Él había venido a salvarlos.
El Mesías había llegado.
Pero no todos aceptarían al Mesías que Dios había enviado.
La paz había sido anunciada.
Pero la presencia de Jesús sacaría a la luz una guerra mucho más profunda que estaba escondida dentro del corazón humano.
Y todo esto fue dicho cuando Jesús todavía era un niño en brazos de sus padres.

Simeón profetiza sobre Jesús
Lucas presenta a Simeón de una manera muy particular.
Era:
«Justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él» (Lucas 2:25).
Además:
«Le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor» (Lucas 2:26).
Y aquel día:
«Movido por el Espíritu, vino al templo» (Lucas 2:27).
Lucas insiste tres veces en la participación del Espíritu Santo.
Por eso las palabras que Simeón pronunciaría no deben leerse simplemente como la preocupación de un anciano acerca del futuro.
Dios estaba permitiendo que aquella familia conociera algo de lo que vendría.
Primero Simeón tomó al niño y habló de salvación.
Después se dirigió a María.
Y el tono cambió.
Simeón comenzó diciendo:
«He aquí, éste está puesto…»
Jesús tendría un efecto inevitable sobre quienes se encontraran con Él.
No pasaría por Israel sin provocar una respuesta.
No sería simplemente admirado como un maestro interesante.
Su presencia obligaría a los hombres a definirse.
Por eso Simeón continúa:
«Para caída y para levantamiento de muchos en Israel».
La misma persona produciría respuestas completamente diferentes.
Algunos encontrarían en Él salvación.
Otros tropezarían con Él.
No porque Jesús cambiara según la persona que tuviera delante.
La diferencia estaría en la respuesta del corazón.
Simeón explica finalmente uno de los propósitos de aquella contradicción:
«Para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones».
Aquí encontramos una dimensión nueva de la misión de Cristo.
Jesús no solamente vendría a hablarle al hombre.
También revelaría al hombre.
Delante de Él comenzarían a aparecer cosas que podían permanecer escondidas delante de otros.
Orgullo.
Fe.
Hipocresía.
Humildad.
Envidia.
Amor por la verdad.
Deseo de conservar el poder.
Hambre de Dios.
La presencia de Jesús funcionaría como una luz.
Y la luz no crea lo que encuentra.
Lo hace visible.
Años después, Jesús explicaría algo semejante:
«Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz…» (Juan 3:19).
El problema no sería que Cristo hubiera venido a provocar arbitrariamente el mal de los hombres.
Su presencia permitiría verlo.
Entonces aparece la expresión que proyecta una sombra sobre toda la historia:
«Señal que será contradicha».
Contradecir significa oponerse, hablar en contra, resistir.
Y eso fue exactamente lo que comenzó a suceder durante el ministerio de Jesús.
Cuando sanaba, algunos preguntaban con qué autoridad lo hacía.
Cuando perdonaba pecados, algunos consideraban blasfemia sus palabras.
Cuando recibía pecadores, lo criticaban por las personas con quienes comía.
Cuando hacía bien en sábado, discutían con Él.
Cuando hablaba acerca de su Padre, sus afirmaciones provocaban oposición.
Cuando realizaba señales extraordinarias, ni siquiera entonces todos respondían creyendo.
Esto resulta profundamente revelador.
El problema humano no podía resolverse simplemente mostrando más evidencia.
Algunas personas vieron.
Y creyeron.
Otras vieron acontecimientos semejantes.
Y se endurecieron.
Simeón lo había anunciado desde el principio:
sería contradicho.
Aquí comenzamos a contemplar algo acerca del corazón de Dios.
Nada de aquello tomó al Padre por sorpresa.
Antes de que Jesús comenzara su ministerio público, Dios ya estaba anunciando que encontraría oposición.
El Padre sabía qué clase de mundo estaba recibiendo a su Hijo.
Sabía que la verdad sería resistida.
Sabía que la bondad sería cuestionada.
Sabía que el amor podría ser respondido con odio.
Sabía que el Enviado sería contradicho.
Y aun así lo envió.
Eso cambia nuestra manera de contemplar el amor de Dios.
No amó porque esperaba que todos responderíamos bien.
No entregó a su Hijo porque la humanidad hubiera demostrado ser digna de recibirlo.
Su amor conocía de antemano la respuesta humana y no dependió de ella.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» (Juan 3:16).
El Padre conocía el costo cuando dio.
Simeón hablaba acerca de un niño que todavía no podía responder verbalmente a aquella profecía.
Pero los Evangelios mostrarían después que Jesús comprendía perfectamente hacia dónde avanzaba su misión.
Llegaría un momento en que diría a sus discípulos:
«Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas…» (Lucas 9:22).
Observe la palabra:
«Desechado».
La profecía de Simeón no quedaría suspendida sobre una infancia incierta.
Jesús caminaría conscientemente hacia un ministerio en el cual sabía que encontraría rechazo.
Y no cambiaría su mensaje para evitarlo.
No dejaría de decir la verdad para conservar popularidad.
No dejaría de acercarse a los pecadores porque aquello dañara su reputación.
No utilizaría su poder para obligar a quienes no quisieran recibirlo.
Podía ser contradicho sin convertirse en un hombre dominado por la amargura.
Aquí comenzamos a descubrir el corazón de Cristo.
¿Qué hace una persona cuando es constantemente cuestionada?
¿Qué ocurre cuando sus palabras son tergiversadas?
¿Qué ocurre cuando el bien que hace es interpretado como mal?
La reacción humana puede ser defenderse destruyendo al adversario.
Jesús poseía poder para hacerlo.
Pero no vino para aplastar a todos los que lo contradijeran.
Cuando una aldea samaritana no quiso recibirlo y Jacobo y Juan preguntaron si debían mandar fuego del cielo, Jesús los reprendió (Lucas 9:51-55).
Cuando sus enemigos llegaron finalmente para arrestarlo, uno de sus discípulos utilizó una espada.
Jesús ordenó detener la violencia.
Y Lucas registra algo todavía más impresionante:
sanó la oreja del hombre que había venido con quienes lo arrestaban (Lucas 22:50-51).
Ése era el corazón que Simeón todavía no podía mostrar completamente.
La señal sería contradicha.
Pero el Contradicho seguiría amando.
También hay algo extraordinario en la libertad que Dios permitió alrededor de Jesús.
Podía haber hecho imposible rechazarlo.
Podía haber rodeado cada aparición de Cristo con una manifestación irresistible de gloria.
Podía haber silenciado inmediatamente a cada opositor.
No lo hizo.
Jesús habló.
Mostró.
Invitó.
Advirtió.
Llamó al arrepentimiento.
Pero permitió que los seres humanos respondieran.
Algunos dejaron sus redes y lo siguieron.
Otros se alejaron.
Algunos cayeron a sus pies.
Otros tomaron piedras.
El amor de Dios se ofrecía sin convertirse en coerción.
Y eso significaba aceptar la posibilidad real del rechazo.
Hasta aquí la profecía hablaba acerca del niño y de Israel.
Pero entonces Simeón hizo algo profundamente personal.
Se dirigió a María:
«Y una espada traspasará tu misma alma».
No explicó cuándo.
No explicó cómo.
No describió cada acontecimiento futuro.
Solamente utilizó una imagen terrible:
una espada.
María había dicho meses antes:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
Ahora comenzaba a descubrir que aquel «hágase» llegaría a lugares que todavía no conocía.
Ser madre del Mesías no significaría solamente escuchar las palabras maravillosas pronunciadas sobre su Hijo.
También significaría verlo contradicho.
Verlo incomprendido.
Ver cómo aumentaba la oposición.
Y finalmente estar presente cuando el rechazo alcanzara su expresión más dolorosa.
Juan registra una escena que convierte las palabras de Simeón en algo estremecedor:
«Estaban junto a la cruz de Jesús su madre…» (Juan 19:25).
Simeón había hablado de una espada.
Décadas después, María estaba allí.
No podemos describir todo lo que pasó por su mente.
El Evangelio no lo hace.
Pero sí podemos observar la distancia recorrida.
La mujer que había sostenido al niño escuchando profecías en el templo terminaría viendo al hombre rechazado fuera de Jerusalén.
El hijo que había llevado dentro de su cuerpo estaba ahora delante de ella sufriendo.
La misión del Hijo también atravesaría el corazón de la madre.
Aquí debemos hablar con cuidado.
La Escritura no presenta al Padre como un espectador frío del sufrimiento de su Hijo.
Jesús era:
«Mi Hijo amado» (Lucas 3:22).
Y, sin embargo, Romanos declara:
«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros…» (Romanos 8:32).
No escatimó a su propio Hijo.
El costo de la redención no revela solamente cuánto estuvo dispuesto a soportar Cristo.
También revela cuánto estuvo dispuesto a dar el Padre.
No debemos imaginar al Padre amando al mundo mientras permanecía emocionalmente indiferente hacia el Hijo.
El que fue entregado era precisamente el Hijo amado.
Por eso la entrega tiene peso.
Dios no dio algo que carecía de valor para Él.
Dio a su Hijo.
Simeón nos obliga entonces a mirar el nacimiento desde otra perspectiva.
La llegada de Jesús no fue una aventura cuyo desenlace Dios desconocía.
El rechazo estaba contemplado.
La contradicción estaba anunciada.
El dolor de María estaba anticipado.
El Padre sabía.
El Hijo sabría.
Y ninguno abandonaría el propósito.
Aquí aparece una clase de amor muy diferente del sentimiento pasajero.
Es amor que conoce el precio y decide amar de todos modos.
Cristo no amaría solamente a quienes lo comprendieran.
Amaría rodeado de contradicción.
No haría el bien únicamente cuando fuera agradecido.
Seguiría haciéndolo cuando fuera acusado.
No trataría con misericordia solamente a quienes estuvieran de su lado.
Llegaría a orar por quienes lo crucificaban:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
La contradicción revelaría los corazones de los hombres.
Pero también terminaría revelando el corazón de Cristo.
Hasta este momento, la historia había preguntado:
¿Quién es este niño?
Simeón introduce otra pregunta:
¿Qué harán los hombres cuando descubran quién es?
Ésa será una de las grandes preguntas de los Evangelios.
Porque la llegada de Jesús no dejaría al corazón humano escondido para siempre.
Ante Él, unos creerían.
Otros se opondrían.
Unos lo amarían.
Otros intentarían destruirlo.
Y muy pronto aparecería el primer hombre dispuesto a hacerlo.
Mientras Simeón anunciaba que Jesús sería «señal que será contradicha», lejos de aquella escena un rey ocupaba el trono.
Y cuando aquel rey escuchara que había nacido otro:
no iría a adorarlo.
Intentaría encontrarlo.
Pero con un propósito completamente diferente.
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