13. ¿Por qué no puedo dejar de hacer lo que no quiero hacer?

Dr. Elio M. Rivera

  En el capítulo anterior hablamos de cómo el placer puede convertirse en refugio.

  El hombre siente dolor, vacío, ansiedad o soledad y descubre determinadas experiencias que durante unos momentos le producen alivio.

  Entonces regresa a ellas.

  Una vez.

  Otra vez.

  Y otra vez.

  Hasta que un día puede descubrir algo aterrador:

ya no estoy haciendo solamente lo que quiero hacer.

Estoy haciendo algo que ya no quiero hacer… y no puedo dejar de hacerlo.

  Sé que me está destruyendo.

  Sé que está dañando mi matrimonio.

  Sé que está afectando mi cuerpo.

  Sé que está lastimando a mis hijos.

  Sé que está consumiendo mi dinero.

  Sé que después voy a sentir culpa.

  Sé que mañana voy a arrepentirme.

  Incluso he dicho:

«Esta es la última vez».

  Pero regreso.

  ¿Por qué?

  ¿Por qué una persona inteligente puede conocer perfectamente las consecuencias de una conducta y continuar practicándola?

  ¿Por qué podemos odiar algo que hacemos…

  y aun así seguir haciéndolo?

  La Biblia ofrece una explicación mucho más profunda que simplemente falta de educación, disciplina o fuerza de voluntad.

  Habla de una realidad que entró en operación dentro del hombre caído:

«la ley del pecado».

  Y Pablo describió su tormento con palabras que millones de seres humanos podrían pronunciar:

«Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.»

Romanos 7:19, RVR1960

  Eso es esclavitud.

Así era al principio: el pecado no gobernaba al hombre

  Regresemos nuevamente al Edén.

  Adán fue creado con libertad.

  Dios le dio un mandamiento, pero no creó dentro de él una naturaleza esclavizada al pecado.

  Podía obedecer.

  Podía vivir en comunión con Dios.

  Podía permanecer dentro del orden para el cual había sido creado.

  Pero también tenía verdadera capacidad de elección.

  Por eso Dios pudo decirle:

«…del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás…»

Génesis 2:17, RVR1960

  El mandamiento tenía sentido porque existía responsabilidad.

  Pero el hombre decidió desobedecer.

  Y aquella decisión produjo consecuencias muchísimo mayores de las que probablemente podía imaginar.

  Pablo lo explica:

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»

Romanos 5:12, RVR1960

  El hombre abrió una puerta.

  Pero detrás de aquella puerta no venía solamente un acto de pecado.

  Venía un poder que terminaría esclavizando a sus descendientes.

Esto fue lo que hicimos: activamos la ley del pecado y de la muerte

  Pablo utiliza una expresión extraordinariamente fuerte:

«la ley del pecado y de la muerte».

Romanos 8:2, RVR1960

  El pecado dejó de aparecer solamente como una acción aislada.

  Comenzó a operar como un poder dentro del hombre caído.

  Pablo habla de:

«el pecado que mora en mí».

Romanos 7:17, RVR1960

  Y después declara:

«…veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.»

Romanos 7:23, RVR1960

  Observe las palabras:

«me lleva cautivo».

  Ya no estamos hablando solamente de una mala decisión.

  Estamos hablando de esclavitud.

  Jesús mismo había dicho:

«…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.»

Juan 8:34, RVR1960

  El hombre quiso utilizar su libertad para separarse de Dios…

  y terminó perdiendo su libertad frente al pecado.

  Qué tragedia.

Utilizó su libertad para entrar en una esclavitud.

Así vivimos ahora: «No quiero hacerlo… pero lo hago»

  Aquí encontramos uno de los tormentos más profundos de El imperio de la muerte.

  El hombre puede convertirse en prisionero de patrones que él mismo detesta.

  Una persona dice:

«No volveré a beber».

  Y vuelve.

«No volveré a mirar eso».

  Y vuelve.

«No volveré a explotar de ira».

  Y vuelve.

«No volveré a mentir».

  Y vuelve.

«No volveré a esa relación».

  Y vuelve.

«No volveré a apostar».

  Y vuelve.

«Mañana cambio».

  Y mañana puede convertirse en otra repetición de ayer.

  Después viene la culpa.

  La vergüenza.

  El desprecio hacia uno mismo.

  Las promesas.

  El esfuerzo.

  La recaída.

  Y nuevamente la culpa.

  Pablo conoció ese conflicto y escribió:

«Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.»

Romanos 7:15, RVR1960

  ¡Qué descripción!

«Lo que aborrezco, eso hago».

  El problema ya no consiste en desconocer qué está mal.

  Lo sabe.

  No consiste en desconocer las consecuencias.

  Las está sufriendo.

  El tormento consiste precisamente en saberlo…

  querer cambiar…

  y descubrir que el conocimiento por sí solo no rompe las cadenas.

La religión tampoco puede romper por sí misma esa esclavitud

  Aquí Romanos siete resulta todavía más impresionante.

  Pablo conocía la ley.

  Había sido profundamente religioso.

  Conocía mandamientos.

  Conocía normas.

  Conocía disciplina.

  Conocía esfuerzos humanos.

  Y precisamente allí descubrió algo:

saber lo que debo hacer no significa tener poder para hacerlo.

  Una persona puede practicar una religión.

  Puede hacer promesas.

  Puede realizar obras.

  Puede imponerse sacrificios.

  Puede hacer pagos religiosos.

  Puede repetir:

«Ahora sí voy a cambiar».

  Puede sentir remordimiento.

  Puede incluso llorar.

  Y aun así descubrir que vuelve al mismo patrón.

  Porque una cadena espiritual no desaparece simplemente porque conozcamos las reglas.

  La ley puede señalar lo que está mal.

  Puede mostrarme mi condición.

  Pero Pablo descubrió que necesitaba algo más que instrucciones.

  Necesitaba liberación.

El tormento de querer ser libre y no poder liberarse

  Imagine el sufrimiento interior.

  Sé que estoy destruyendo algo que amo.

  Quiero detenerme.

  Prometo detenerme.

  Me esfuerzo.

  Fracaso.

  Me avergüenzo.

  Vuelvo a prometer.

  Vuelvo a fracasar.

  Entonces puedo comenzar a preguntarme:

¿Qué está mal conmigo?

  Y Pablo llega precisamente a ese punto.

  Después de describir toda aquella lucha, exclama:

«¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»

Romanos 7:24, RVR1960

  Observe que ya no pregunta:

¿Qué regla necesito?

  No pregunta:

¿Qué otra promesa debo hacer?

  Ni siquiera pregunta:

¿Qué debo saber?

  Pregunta:

«¿QUIÉN me librará?»

  Porque finalmente comprendió que su problema necesitaba algo más profundo que esfuerzo.

  Necesitaba un Libertador.

No fue Dios quien nos creó esclavos

  Esto tampoco era el Edén.

  Dios no creó al hombre diciendo:

«Te haré esclavo de aquello que te destruye».

  Lo creó libre.

  Le habló.

  Le advirtió.

  Le mostró el límite.

  Le dijo cuál sería la consecuencia:

«ciertamente morirás».

  Fue el hombre quien decidió atravesar aquella frontera.

  No podemos rechazar al Dios de la vida, entrar voluntariamente en el territorio del pecado y después culpar a Dios porque descubrimos que el pecado esclaviza.

  La Escritura lo había advertido.

  El pecado promete libertad.

  Pero termina colocando cadenas.

  Promete placer.

  Y puede terminar produciendo tormento.

  Promete independencia.

  Y termina creando dependencia.

  El hombre quiso decirle a Dios:

«No quiero que tú gobiernes sobre mí».

  Y terminó descubriendo algo mucho peor:

el pecado comenzó a gobernarlo.

Cristo es la esperanza: existe una ley más poderosa

  Pero Romanos siete no termina con:

«¡Miserable de mí!»

  Inmediatamente aparece la respuesta:

«Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.»

Romanos 7:25, RVR1960

  Y cuando llegamos al capítulo siguiente encontramos una declaración extraordinaria:

«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»

Romanos 8:2, RVR1960

  Ahí está la esperanza.

  Existe:

la ley del pecado y de la muerte.

  Pero existe también:

«la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús».

  Pablo no encontró simplemente una nueva religión.

  Encontró libertad en Jesucristo.

  Jesús había dicho:

«Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.»

Juan 8:36, RVR1960

  Ese es precisamente el tema que tendremos que profundizar más adelante.

  Porque todavía estamos recorriendo El imperio de la muerte.

  Todavía necesitamos contemplar lo que ocurrió cuando el hombre se separó de Dios.

  Pero ya podemos ver una luz en la distancia.

  El hombre quedó esclavizado.

  Dios no lo abandonó.

  El pecado puso cadenas.

  Cristo vino a romperlas.

  La ley del pecado conduce hacia la muerte.

  Cristo trae el Espíritu de vida.

  Y quizá alguien que lea estas palabras se reconozca exactamente en Romanos siete:

«No hago el bien que quiero».

  Ha prometido.

  Ha intentado.

  Ha llorado.

  Ha vuelto a caer.

  Y está cansado de luchar consigo mismo.

  Entonces la pregunta de Pablo también puede convertirse en su pregunta:

«¿Quién me librará?»

  Y la respuesta continúa siendo la misma:

Jesucristo.

  Porque el hombre utilizó su libertad para entrar en El imperio de la muerte.

  Pero Jesucristo vino hasta nosotros para hacer algo que nosotros solos no podíamos hacer:

sacarnos de allí.

Libro recomendado

Música recomomendada

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.