19. Un mundo para explorar y aprender

Dr. Elio M. Rivera

  Hay otro aspecto de la vida antes de la caída que pocas veces imaginamos.

  Adán y Eva habían recibido un mundo entero por descubrir.

 Mucho que explorar

No nacieron en una sociedad donde alguien ya había escrito los libros, trazado los mapas, clasificado los animales, estudiado las plantas o explicado el funcionamiento de la naturaleza.

  Eran el comienzo.

  Delante de ellos había una creación inmensa llena de cosas que podían observar, estudiar, comprender y utilizar.

  Y Dios les había dado una mente capaz de hacerlo.

  Cuando Dios dijo:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960),

  aquello implicaba mucho más que simplemente tener hijos y ocupar espacio.

  ¿Cómo gobernarían una Tierra que no conocían?

  Tendrían que aprenderla.

  Conocer sus regiones.

  Sus animales.

  Sus plantas.

  Sus aguas.

  Sus recursos.

  Sus ciclos.

  Sus posibilidades.

  La orden de gobernar llevaba implícita una enorme invitación:

descubran el mundo que les he dado.

Dios no les explicó todo

  Esto me parece fascinante.

  Dios podía haber entregado a Adán una lista con el nombre de todos los animales.

  Pero no lo hizo.

  La Escritura dice:

«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).

  Observe la expresión:

«para que viese cómo las había de llamar».

  Dios permitió que Adán observara.

  Pensara.

  Distinguiera.

  Decidiera.

  Y nombrara.

  Después encontramos una frase todavía más sorprendente:

«y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).

  Dios respetó el resultado del trabajo intelectual de Adán.

  Esto nos muestra algo precioso acerca de la relación que Dios quería tener con sus hijos.

  No parece haber querido criaturas a quienes tuviera que explicar cada detalle para que simplemente repitieran lo que Él decía.

  Les dio inteligencia para descubrir por sí mismos aquello que Él había creado.

  Eso convierte el aprendizaje en parte del propósito original.

  Aprender no apareció porque el hombre pecó.

  Investigar no apareció porque algo estaba mal.

  La curiosidad no tenía que ser consecuencia de ignorancia culpable.

  Había muchísimo que aprender simplemente porque Dios había creado muchísimo que descubrir.

El primer gran laboratorio era la creación

  Imagine por un momento la cantidad de conocimiento que estaba esperando a aquellas primeras generaciones.

  Adán podía observar que una semilla colocada en determinadas condiciones producía una planta.

  Podía estudiar qué necesitaba cada especie.

  Podía aprender cuándo sembrar.

  Cómo podar.

  Cómo trasplantar.

  Cómo aprovechar el agua.

  Cómo cuidar los árboles.

  Cómo conservar y desarrollar un jardín.

  Después de todo, Dios le había dado una responsabilidad concreta:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).

  Labrar requiere aprender.

  Guardar requiere conocer aquello que estamos cuidando.

  Administrar requiere comprender.

  Gobernar requiere inteligencia.

  Por tanto, la horticultura, la observación de la naturaleza, el manejo de recursos y muchas otras formas de conocimiento podían desarrollarse naturalmente a partir de las responsabilidades que Dios había entregado.

  Y esto apenas comenzaba.

  Había animales que estudiar.

  Aves que observar.

  Peces que conocer.

  Plantas que investigar.

  Ríos que seguir.

  Territorios que recorrer.

  Minerales que descubrir.

  Génesis incluso llama nuestra atención hacia algunos recursos de la tierra.

  Hablando de la región relacionada con el río Pisón dice:

«éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro; y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también bedelio y ónice» (Génesis 2:11-12, RVR1960).

  ¿Por qué mencionar eso?

  Oro.

  Ónice.

  Materiales que estaban allí esperando ser descubiertos y utilizados.

  Dios había colocado recursos dentro de la creación.

  El hombre tendría que encontrarlos.

  Conocer sus propiedades.

  Y aprender qué podía hacer con ellos.

  La Tierra no era solamente una casa.

  Era también un gigantesco campo de descubrimiento.

Había una Tierra entera por recorrer

  Y no debemos olvidar la expresión:

«llenad la tierra».

  Eso significaba expansión.

  Con el crecimiento de la familia humana llegarían nuevos territorios.

  Nuevos paisajes.

  Nuevos recursos.

  Nuevas cosas por conocer.

  Podemos imaginar generaciones saliendo progresivamente hacia lugares que nunca habían recorrido.

  No como conquistadores destruyendo aquello que encontraban, sino como administradores ampliando el gobierno que Dios había confiado a la humanidad.

  Explorar, entonces, podía formar parte de su misión.

  Había algo hermoso en aquella combinación:

Dios había hecho un mundo enorme y había creado hijos suficientemente inteligentes para descubrirlo.

  Cuanto más aprendieran acerca de la creación, más conocerían también acerca de su Creador.

  Mucho después David contemplaría el cielo y escribiría:

«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmos 19:1, RVR1960).

  La creación podía convertirse en una escuela.

  Cada descubrimiento podía conducir a una nueva pregunta.

  Cada respuesta podía abrir otra puerta.

  Y detrás de todo estaba la mente que lo había diseñado.

Aprender también podía ser una actividad familiar

  Además, Adán no permanecería solo.

  Eva estaba con él.

  Después vendrían los hijos.

  Y con los hijos aparecería algo que nosotros conocemos muy bien:

enseñar lo que hemos aprendido.

  Imagine lo que significaría para un niño preguntar:

  ¿Qué animal es ése?

  ¿Cómo crece este árbol?

  ¿De dónde viene aquel río?

  ¿Para qué sirve esta piedra?

  ¿Por qué aquella planta necesita más agua?

  Y sus padres podrían responder con aquello que habían aprendido.

  Después los hijos descubrirían cosas que sus padres todavía no conocían.

  Una generación entregaría conocimiento a la siguiente.

  Y cada nueva generación podría añadir algo.

  Eso significa que el conocimiento humano podía crecer sin necesidad de rebelión contra Dios.

  La ciencia no necesitaba nacer como enemiga de la fe.

  El estudio de la naturaleza podía comenzar precisamente porque el hombre sabía que la naturaleza tenía un Autor.

  Estudiar una obra también era estudiar indirectamente la inteligencia de quien la había realizado.

  Y quizá por eso Salomón escribiría siglos después:

«Gloria de Dios es encubrir un asunto; pero honra del rey es escudriñarlo» (Proverbios 25:2, RVR1960).

  Hay cosas escondidas.

  Y existe dignidad en buscarlas.

  En investigar.

  En preguntar.

  En descubrir.

  Dios no tenía que revelar inmediatamente cada secreto de su creación.

  Podía permitir a sus hijos el placer de descubrirlos.

Una eternidad no tendría por qué ser aburrida

  A veces las personas imaginan una existencia perfecta como algo monótono.

  Si no hay problemas, preguntan, ¿qué vamos a hacer?

  Pero quizá esa pregunta revela lo poco que comprendemos la magnitud de la creación.

  Adán podía haber vivido muchísimo tiempo y continuar aprendiendo.

  Porque conocer perfectamente una creación diseñada por Dios no parece una tarea que pudiera agotarse rápidamente.

  Nosotros mismos vivimos apenas unas décadas y no alcanzamos a conocer una fracción diminuta de nuestro planeta.

  ¿Cuántas cosas podía contener una Tierra que Dios había preparado para ser explorada por generaciones?

  ¿Cuánto podían aprender?

  ¿Cuánto podían construir?

  ¿Cuánto podían desarrollar?

  ¿Cuánto podían enseñarse unos a otros?

  El mandato de llenar y gobernar la Tierra parece abrir delante de ellos un proyecto gigantesco.

  No habían sido creados simplemente para sentarse debajo de un árbol y comer fruta eternamente.

  Habían sido creados para vivir, aprender, trabajar, descubrir, desarrollar y gobernar con Dios.

¿Qué aprendemos de Dios?

  Todo esto añade otra pieza a nuestra investigación acerca del carácter de Dios.

  El Creador pudo habernos hecho sin curiosidad.

  Pudo darnos únicamente el conocimiento indispensable para sobrevivir.

  Pudo hacer un mundo sencillo, completamente evidente y sin secretos.

  Pero hizo exactamente lo contrario.

  Creó una realidad extraordinariamente rica.

  Y después nos dio inteligencia.

  Memoria.

  Imaginación.

  Capacidad de observación.

  Capacidad de aprender.

  Capacidad de enseñar.

  Capacidad de crear a partir de aquello que descubrimos.

  Tal vez Dios disfruta viendo a sus hijos descubrir lo que Él hizo.

  Como un padre que prepara algo maravilloso y contempla la expresión de sus hijos cuando comienzan a encontrar sus secretos.

  Adán y Eva tenían delante mucho más que un hermoso lugar donde vivir.

  Tenían un mundo para conocer.

  Y quizá nunca habrían llegado al momento en que pudieran decir:

«Ya no queda nada por descubrir».

  Porque detrás de cada cosa creada estaba la inteligencia de un Dios infinito.

  Y cuanto más descubrieran de su obra, más razones tendrían para volver la mirada hacia Él y preguntarle:

«Padre, ¿qué más hiciste?»

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.