Hay otro aspecto de la vida antes de la caída que pocas veces imaginamos.
Adán y Eva habían recibido un mundo entero por descubrir.

Mucho que explorar
No nacieron en una sociedad donde alguien ya había escrito los libros, trazado los mapas, clasificado los animales, estudiado las plantas o explicado el funcionamiento de la naturaleza.
Eran el comienzo.
Delante de ellos había una creación inmensa llena de cosas que podían observar, estudiar, comprender y utilizar.
Y Dios les había dado una mente capaz de hacerlo.
Cuando Dios dijo:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960),
aquello implicaba mucho más que simplemente tener hijos y ocupar espacio.
¿Cómo gobernarían una Tierra que no conocían?
Tendrían que aprenderla.
Conocer sus regiones.
Sus animales.
Sus plantas.
Sus aguas.
Sus recursos.
Sus ciclos.
Sus posibilidades.
La orden de gobernar llevaba implícita una enorme invitación:
descubran el mundo que les he dado.

Esto me parece fascinante.
Dios podía haber entregado a Adán una lista con el nombre de todos los animales.
Pero no lo hizo.
La Escritura dice:
«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).
Observe la expresión:
«para que viese cómo las había de llamar».
Dios permitió que Adán observara.
Pensara.
Distinguiera.
Decidiera.
Y nombrara.
Después encontramos una frase todavía más sorprendente:
«y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).
Dios respetó el resultado del trabajo intelectual de Adán.
Esto nos muestra algo precioso acerca de la relación que Dios quería tener con sus hijos.
No parece haber querido criaturas a quienes tuviera que explicar cada detalle para que simplemente repitieran lo que Él decía.
Les dio inteligencia para descubrir por sí mismos aquello que Él había creado.
Eso convierte el aprendizaje en parte del propósito original.
Aprender no apareció porque el hombre pecó.
Investigar no apareció porque algo estaba mal.
La curiosidad no tenía que ser consecuencia de ignorancia culpable.
Había muchísimo que aprender simplemente porque Dios había creado muchísimo que descubrir.
Imagine por un momento la cantidad de conocimiento que estaba esperando a aquellas primeras generaciones.
Adán podía observar que una semilla colocada en determinadas condiciones producía una planta.
Podía estudiar qué necesitaba cada especie.
Podía aprender cuándo sembrar.
Cómo podar.
Cómo trasplantar.
Cómo aprovechar el agua.
Cómo cuidar los árboles.
Cómo conservar y desarrollar un jardín.
Después de todo, Dios le había dado una responsabilidad concreta:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Labrar requiere aprender.
Guardar requiere conocer aquello que estamos cuidando.
Administrar requiere comprender.
Gobernar requiere inteligencia.
Por tanto, la horticultura, la observación de la naturaleza, el manejo de recursos y muchas otras formas de conocimiento podían desarrollarse naturalmente a partir de las responsabilidades que Dios había entregado.
Y esto apenas comenzaba.
Había animales que estudiar.
Aves que observar.
Peces que conocer.
Plantas que investigar.
Ríos que seguir.
Territorios que recorrer.
Minerales que descubrir.
Génesis incluso llama nuestra atención hacia algunos recursos de la tierra.
Hablando de la región relacionada con el río Pisón dice:
«éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro; y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también bedelio y ónice» (Génesis 2:11-12, RVR1960).
¿Por qué mencionar eso?
Oro.
Ónice.
Materiales que estaban allí esperando ser descubiertos y utilizados.
Dios había colocado recursos dentro de la creación.
El hombre tendría que encontrarlos.
Conocer sus propiedades.
Y aprender qué podía hacer con ellos.
La Tierra no era solamente una casa.
Era también un gigantesco campo de descubrimiento.
Y no debemos olvidar la expresión:
«llenad la tierra».
Eso significaba expansión.
Con el crecimiento de la familia humana llegarían nuevos territorios.
Nuevos paisajes.
Nuevos recursos.
Nuevas cosas por conocer.
Podemos imaginar generaciones saliendo progresivamente hacia lugares que nunca habían recorrido.
No como conquistadores destruyendo aquello que encontraban, sino como administradores ampliando el gobierno que Dios había confiado a la humanidad.
Explorar, entonces, podía formar parte de su misión.
Había algo hermoso en aquella combinación:
Dios había hecho un mundo enorme y había creado hijos suficientemente inteligentes para descubrirlo.
Cuanto más aprendieran acerca de la creación, más conocerían también acerca de su Creador.
Mucho después David contemplaría el cielo y escribiría:
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmos 19:1, RVR1960).
La creación podía convertirse en una escuela.
Cada descubrimiento podía conducir a una nueva pregunta.
Cada respuesta podía abrir otra puerta.
Y detrás de todo estaba la mente que lo había diseñado.
Además, Adán no permanecería solo.
Eva estaba con él.
Después vendrían los hijos.
Y con los hijos aparecería algo que nosotros conocemos muy bien:
enseñar lo que hemos aprendido.
Imagine lo que significaría para un niño preguntar:
¿Qué animal es ése?
¿Cómo crece este árbol?
¿De dónde viene aquel río?
¿Para qué sirve esta piedra?
¿Por qué aquella planta necesita más agua?
Y sus padres podrían responder con aquello que habían aprendido.
Después los hijos descubrirían cosas que sus padres todavía no conocían.
Una generación entregaría conocimiento a la siguiente.
Y cada nueva generación podría añadir algo.
Eso significa que el conocimiento humano podía crecer sin necesidad de rebelión contra Dios.
La ciencia no necesitaba nacer como enemiga de la fe.
El estudio de la naturaleza podía comenzar precisamente porque el hombre sabía que la naturaleza tenía un Autor.
Estudiar una obra también era estudiar indirectamente la inteligencia de quien la había realizado.
Y quizá por eso Salomón escribiría siglos después:
«Gloria de Dios es encubrir un asunto; pero honra del rey es escudriñarlo» (Proverbios 25:2, RVR1960).
Hay cosas escondidas.
Y existe dignidad en buscarlas.
En investigar.
En preguntar.
En descubrir.
Dios no tenía que revelar inmediatamente cada secreto de su creación.
Podía permitir a sus hijos el placer de descubrirlos.
A veces las personas imaginan una existencia perfecta como algo monótono.
Si no hay problemas, preguntan, ¿qué vamos a hacer?
Pero quizá esa pregunta revela lo poco que comprendemos la magnitud de la creación.
Adán podía haber vivido muchísimo tiempo y continuar aprendiendo.
Porque conocer perfectamente una creación diseñada por Dios no parece una tarea que pudiera agotarse rápidamente.
Nosotros mismos vivimos apenas unas décadas y no alcanzamos a conocer una fracción diminuta de nuestro planeta.
¿Cuántas cosas podía contener una Tierra que Dios había preparado para ser explorada por generaciones?
¿Cuánto podían aprender?
¿Cuánto podían construir?
¿Cuánto podían desarrollar?
¿Cuánto podían enseñarse unos a otros?
El mandato de llenar y gobernar la Tierra parece abrir delante de ellos un proyecto gigantesco.
No habían sido creados simplemente para sentarse debajo de un árbol y comer fruta eternamente.
Habían sido creados para vivir, aprender, trabajar, descubrir, desarrollar y gobernar con Dios.
Todo esto añade otra pieza a nuestra investigación acerca del carácter de Dios.
El Creador pudo habernos hecho sin curiosidad.
Pudo darnos únicamente el conocimiento indispensable para sobrevivir.
Pudo hacer un mundo sencillo, completamente evidente y sin secretos.
Pero hizo exactamente lo contrario.
Creó una realidad extraordinariamente rica.
Y después nos dio inteligencia.
Imaginación.
Capacidad de observación.
Capacidad de aprender.
Capacidad de enseñar.
Capacidad de crear a partir de aquello que descubrimos.
Tal vez Dios disfruta viendo a sus hijos descubrir lo que Él hizo.
Como un padre que prepara algo maravilloso y contempla la expresión de sus hijos cuando comienzan a encontrar sus secretos.
Adán y Eva tenían delante mucho más que un hermoso lugar donde vivir.
Tenían un mundo para conocer.
Y quizá nunca habrían llegado al momento en que pudieran decir:
«Ya no queda nada por descubrir».
Porque detrás de cada cosa creada estaba la inteligencia de un Dios infinito.
Y cuanto más descubrieran de su obra, más razones tendrían para volver la mirada hacia Él y preguntarle:
«Padre, ¿qué más hiciste?»
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Escuche música con propósito
Hay una pregunta que inevitablemente aparece cuando tratamos de imaginar cómo era el mundo de Adán y Eva:
¿Había dinosaurios en el Edén?
La respuesta, desde la perspectiva de la creación que hemos venido siguiendo, es:
sí.

Si los dinosaurios fueron animales reales —y sus restos demuestran indiscutiblemente que lo fueron— entonces también formaban parte del mundo animal creado por Dios.
Pero inmediatamente aparece otra pregunta.
Si realmente estuvieron allí:
¿por qué la Biblia nunca utiliza la palabra dinosaurio?
La respuesta es mucho más sencilla de lo que pudiera parecer.
Porque cuando la Biblia fue escrita esa palabra todavía no existía.
Durante siglos, las personas encontraron huesos enormes sin saber exactamente a qué clase de animales habían pertenecido.
Pero especialmente durante las primeras décadas del siglo XIX comenzaron a estudiarse científicamente algunos restos extraordinarios encontrados en Inglaterra.
En 1824, el geólogo y clérigo inglés William Buckland publicó la descripción de Megalosaurus.
Poco después, Gideon Mantell describió Iguanodon en 1825 y Hylaeosaurus en 1833.
Algo extraordinario comenzaba a ocurrir.
Del suelo estaban apareciendo los restos de criaturas enormes que ya no existían en el mundo conocido.
Los científicos comenzaron a comprender que aquellos huesos no pertenecían simplemente a elefantes, rinocerontes, cocodrilos o lagartos modernos.
Representaban animales diferentes.
Entonces apareció un nombre.
En 1842, el anatomista británico Richard Owen reunió a Megalosaurus, Iguanodon y Hylaeosaurus dentro de un nuevo grupo y acuñó el término:
Dinosauria.
La palabra procede de términos griegos relacionados con la idea de algo terrible, formidable o temible y lagarto o reptil.
Habían nacido los “dinosaurios” como categoría científica.
No habían aparecido los animales.
Había aparecido el nombre.
Los animales, naturalmente, habían existido muchísimo antes de que alguien inventara una palabra para clasificarlos.
Por eso sería injusto preguntarnos:
¿Por qué Moisés no escribió la palabra dinosaurio?
Por la misma razón por la que no utilizó palabras modernas como:
mamífero,
reptil,
genética,
ecosistema
o:
paleontología.
Esas son categorías y palabras desarrolladas posteriormente.
La Biblia utiliza el lenguaje disponible para describir las criaturas del mundo que presenta.

El termino dinosaurio, un término que empezó a utilizarse recientemente.
Cuando llegamos al relato de la creación encontramos algo interesante.
Génesis no presenta solamente animales pequeños y familiares.
Dice:
«Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género…»
Génesis 1:21, RVR1960
La expresión es extraordinaria:
«los grandes monstruos marinos».
El texto no nos proporciona una lista de especies.
No dice exactamente cuáles eran aquellas criaturas.
Por eso debemos tener cuidado de no afirmar que este versículo está utilizando un antiguo nombre para los dinosaurios.
No necesariamente.
De hecho, habla específicamente de grandes criaturas relacionadas con las aguas.
Pero demuestra algo importante:
la Biblia no tiene ningún problema con la existencia de criaturas enormes dentro de la creación original.
Y cuando llegamos al sexto día encontramos el resto del mundo animal:
«Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.»
Génesis 1:24, RVR1960
Aquí tampoco aparece una lista zoológica completa.
Aparecen grandes categorías.
Y dentro de esas categorías se encuentran los animales terrestres creados por Dios.
Si un Triceratops caminó sobre la Tierra, pertenecía a aquella creación.
Si un Stegosaurus existió, Dios lo creó.
Si enormes saurópodos caminaron sobre la tierra, también pertenecían al mundo animal que Dios había hecho.
El hecho de que nosotros posteriormente los agrupáramos bajo la palabra dinosaurios no cambia su origen.
Esto produce una consecuencia fascinante.
Dios dijo al hombre:
«…señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.»
Génesis 1:26, RVR1960
Y posteriormente encontramos a Adán observando y nombrando animales.
Génesis dice:
«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar…»
Génesis 2:19, RVR1960
Esto significa que Adán estaba familiarizándose con el mundo animal que Dios había creado.
No sabemos cuántas especies vio personalmente durante aquel episodio.
Tampoco podemos afirmar que cada dinosaurio existente entró delante de él en una especie de desfile.
El texto no lo dice.
Pero dentro del modelo de creación descrito por Génesis existe una conclusión natural:
Adán y los grandes animales terrestres pertenecieron al mismo mundo creado.
Eso cambia radicalmente la imagen que muchas veces tenemos del Edén.
Quizá hemos hecho el paisaje demasiado pequeño.
Pensamos en Adán.
Eva.
Algunos venados.
Conejos.
Aves.
Un río.
Árboles frutales.
Pero el mundo animal descrito en Génesis era muchísimo más amplio.
Había criaturas pequeñas.
Criaturas voladoras.
Criaturas acuáticas.
Bestias terrestres.
Y enormes criaturas.
Ésta es probablemente la siguiente pregunta.
¿Cómo podían Adán y Eva vivir en un mundo donde existían animales gigantescos?
Aquí debemos recordar cómo describe Génesis aquel mundo.
Antes de la caída, Dios observó su creación y declaró:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Además, encontramos un detalle extraordinario acerca de la alimentación:
«Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer.»
Génesis 1:30, RVR1960
Dentro de una lectura creacionista del texto, esto presenta un mundo original profundamente diferente del que conocemos después.
No debemos imaginar automáticamente el comportamiento de todos aquellos animales a partir de lo que observamos hoy en un mundo marcado por muerte, competencia, enfermedad y violencia.
El Génesis comienza con otra realidad.
Una creación que Dios llamó:
«bueno en gran manera».
Por eso un animal gigantesco no tenía necesariamente que representar una amenaza para el hombre.
Grande no significa malo.
Poderoso no significa violento.
Impresionante no significa peligroso.
Un elefante puede pesar varias toneladas y alimentarse de vegetación.
Una ballena azul puede superar en tamaño a cualquier animal terrestre actual y no anda persiguiendo seres humanos para devorarlos.
El tamaño por sí solo no determina el comportamiento.
Quizá el problema es que cuando pensamos en dinosaurios inmediatamente recordamos películas.
Dientes.
Persecuciones.
Rugidos.
Pero Hollywood no estuvo en el Edén.
Génesis sí nos dice cómo Dios evaluó originalmente su creación:
«bueno en gran manera».

Y aquí la Biblia nos reserva algo todavía más interesante.
Mucho después de Génesis, en el libro de Job, Dios habla acerca de una criatura enorme.
La llama:
Behemot.
Y dice:
«He aquí ahora behemot, al cual yo hice contigo; hierba come como buey.»
Job 40:15, RVR1960
Observe primero algo extraordinario.
Dios dice:
«al cual yo hice contigo».
El hombre y aquella criatura pertenecían a la creación de Dios.
Después comienza la descripción:
«He aquí ahora que su fuerza está en sus lomos, y su vigor en los músculos de su vientre.»
Job 40:16, RVR1960
Pero después aparece uno de los detalles más llamativos:
«Su cola mueve como un cedro…»
Job 40:17, RVR1960
Un cedro no evoca precisamente algo pequeño.
Continúa:
«Sus huesos son fuertes como bronce, y sus miembros como barras de hierro.»
Job 40:18, RVR1960
Estamos contemplando una criatura:
enorme,
poderosa,
herbívora,
con una cola impresionante,
huesos extraordinariamente fuertes,
y una constitución formidable.
Job continúa diciendo que los montes producían hierba para ella y describe a esta criatura moviéndose cerca de ríos y vegetación.
¿Qué animal era?
Se han propuesto diferentes identificaciones.
Algunos han sugerido el hipopótamo.
Otros el elefante.
Y dentro del pensamiento creacionista algunos han observado que determinados aspectos de la descripción recuerdan mucho más a un enorme animal semejante a los grandes dinosaurios herbívoros.
No podemos tomar el texto y escribir encima de la palabra Behemot:
«dinosaurio saurópodo»
como si Job nos hubiera proporcionado una clasificación paleontológica.
Eso sería ir más allá de lo escrito.
Pero tampoco debemos ignorar lo sorprendente de la descripción.
La Biblia presenta una criatura terrestre gigantesca que come vegetación, posee una fuerza extraordinaria y cuya cola es comparada con un cedro.
Eso merece nuestra atención.
Pero Dios no termina allí.
Después habla de otra criatura.
Leviatán.
El capítulo 41 de Job contiene una de las descripciones animales más impresionantes de toda la Biblia.
Dios pregunta:
«¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua?»
Job 41:1, RVR1960
La criatura es presentada como formidable.
Difícil de capturar.
Terrible de enfrentar.
Protegida por una extraordinaria estructura corporal.
El texto describe sus fuertes escamas:
«La gloria de su vestido son escudos fuertes, cerrados entre sí estrechamente.»
Job 41:15, RVR1960
Y continúa con imágenes todavía más sorprendentes.
Job habla de resplandores, humo y fuego relacionados con su boca y nariz.
¿Cómo debemos entender todos esos detalles?
Nuevamente debemos ser prudentes.
Existen diferentes interpretaciones de Leviatán.
Algunos entienden que se trata de una criatura conocida descrita mediante lenguaje poético intensificado.
Otros creen que la descripción preserva el recuerdo de una criatura hoy extinta.
Y otros reconocen además elementos simbólicos en el uso bíblico posterior de Leviatán.
No necesitamos resolver aquí cada detalle para reconocer algo evidente:
la Biblia describe criaturas cuya apariencia y poder debieron resultar extraordinarios para el ser humano.
Leviatán aparece también en otros lugares de la Escritura.
El Salmo 104, mientras celebra la creación de Dios, habla del mar:
«Allí está el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.»
Salmo 104:25, RVR1960
Y después añade:
«Allí andan las naves; allí este leviatán que hiciste para que jugase en él.»
Salmo 104:26, RVR1960
Me encanta esa imagen.
El hombre observa una criatura impresionante.
Pero Dios contempla una criatura que Él hizo.
Una criatura moviéndose dentro del enorme escenario de su creación.
El Salmo no la presenta como rival de Dios.
Dice sencillamente:
«que hiciste».
Eso coloca incluso a las criaturas más extraordinarias en su lugar correcto.
Son grandes.
Pero son criaturas.
Dios es el Creador.
Siglos después de que Job hablara de Behemot y Leviatán, los seres humanos comenzaron a excavar sistemáticamente la tierra.
Y comenzaron a aparecer huesos.
Enormes.
Vértebras gigantescas.
Dientes.
Mandíbulas.
Fémures.
Costillas.
Cráneos.
Huellas fosilizadas.
Esqueletos que revelaban criaturas que ningún zoológico moderno poseía.
Finalmente comprendimos algo:
nuestro mundo había contenido una diversidad de animales mucho mayor de la que actualmente contemplamos.
Y entonces les pusimos nombres.
Megalosaurus.
Iguanodon.
Triceratops.
Stegosaurus.
Tyrannosaurus.
Brachiosaurus.
Y miles de formas fósiles comenzaron a estudiarse y clasificarse.
Desde la perspectiva científica convencional, estos restos son interpretados dentro de una cronología de millones de años y de una historia evolutiva de la vida.
Ésa no es la perspectiva que estamos siguiendo en esta obra.
Aquí estamos observando la evidencia desde una cosmovisión creacionista y preguntándonos:
¿cómo encajan estas criaturas dentro del relato bíblico de la creación?
Y la existencia misma de dinosaurios no representa ningún problema para Génesis.
Al contrario.
Génesis ya presenta un mundo rebosante de vida.
Un mundo con animales terrestres.
Animales acuáticos.
Animales voladores.
Criaturas pequeñas.
Criaturas grandes.
Y criaturas que el texto mismo llama:
«grandes monstruos marinos».
Entonces surge otra pregunta inevitable:
Si los dinosaurios formaban parte de la creación:
¿qué ocurrió con ellos?
Ésa es una pregunta diferente y merece su propio estudio.
La Tierra que contemplamos actualmente no conserva todas las especies que alguna vez vivieron en ella.
La extinción es una realidad.
Muchas criaturas desaparecieron.
Desde una perspectiva bíblica, además, entre el mundo original y nuestro mundo actual ocurrieron acontecimientos enormes.
La caída.
La entrada de la muerte.
La transformación de las relaciones dentro de la creación.
Y posteriormente:
el diluvio.
Por eso no debemos tomar automáticamente las condiciones actuales y proyectarlas hacia atrás sobre el mundo de Génesis 1 y 2.
Algo cambió.
Y mucho.
Después de todo esto, quisiera regresar al huerto.
Porque quizá necesitamos ampliar nuestra imaginación.
Cuando pensamos en el Edén solemos imaginar un hermoso jardín.
Y está bien.
Pero aquel jardín formaba parte de una Tierra llena de criaturas extraordinarias.
Quizá había animales que hoy reconoceríamos inmediatamente.
Otros nos resultarían completamente desconocidos.
Algunos pequeños.
Otros enormes.
Algunos delicados.
Otros capaces de hacernos sentir diminutos con sólo contemplarlos.
Y entre ellos se encontraban criaturas que muchos siglos después nosotros clasificaríamos bajo un nombre que Adán jamás necesitó conocer:
dinosaurios.
Adán no necesitaba llamarlos así.
Richard Owen todavía no había nacido para inventar la palabra.
Pero Dios conocía perfectamente cada criatura.
Había diseñado su cuerpo.
Su tamaño.
Su fuerza.
Su alimentación.
Su capacidad de reproducirse.
Su lugar dentro de la creación.
Y cuando terminó de contemplar aquel mundo extraordinario —un mundo mucho más diverso y sorprendente del que nosotros conocemos actualmente— la evaluación del Creador quedó registrada:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Los dinosaurios no necesitan estar fuera de aquella declaración.
También podían formar parte de ella.
Y quizá, cuando imaginemos nuevamente a Adán caminando por aquella creación extraordinaria, deberíamos recordar que el Edén pudo haber sido mucho más impresionante de lo que nuestras ilustraciones infantiles nos hicieron pensar.
Porque el Dios que creó al pequeño colibrí también pudo crear al gigantesco saurópodo.
El Dios que diseñó una mariposa pudo diseñar una criatura de muchas toneladas.
Y ambas, cada una a su manera, podían declarar exactamente lo mismo:
la extraordinaria imaginación, poder y grandeza de su Creador.
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Antes de entrar en el relato de la tentación existe una pregunta que considero indispensable:
¿Qué sabían Adán y Eva acerca de Dios antes de escuchar a la serpiente?
Porque la conversación de Génesis 3 no ocurrió entre una mujer que apenas conocía a Dios y una serpiente que vino a informarle cómo era Él.
Eva ya tenía una historia con Dios.
Adán también.
Lo habían conocido por experiencia.
Habían visto lo que hacía.
Habían escuchado su voz.
Habían recibido sus instrucciones.
Habían vivido rodeados de aquello que Él había preparado.
Y, sobre todo, habían experimentado personalmente cómo los había tratado.
Esto es crucial para comprender lo que sucederá después.
Comencemos reuniendo las piezas que ya hemos estudiado.
Adán abrió los ojos y encontró vida.
No tuvo que ganársela.
Dios se la dio.
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7, RVR1960).
Su primera experiencia de Dios fue recibir.
Recibió existencia.
Recibió vida.
Después encontró un mundo preparado.
Dios había hecho provisión antes de que Adán pudiera pedir absolutamente nada.
Había alimento.
Agua.
Vegetación.
Animales.
Recursos.
Belleza.
Trabajo.
Propósito.
Y un lugar preparado especialmente para él.
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Adán no tuvo que convencer a Dios de que fuera generoso.
La generosidad estaba allí antes que él.
Cuando abrió los ojos, el regalo ya estaba preparado.
Y no se trataba simplemente de sobrevivir.
Génesis dice:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Dios había pensado en lo bueno.
Pero también en lo hermoso.
Había preparado alimento y había creado al hombre con la capacidad de disfrutarlo.
Por tanto, cuando posteriormente la serpiente comience a presentar a Dios como alguien que priva, Eva tendrá que decidir qué creer:
lo que alguien está diciendo acerca de Dios,
o lo que ella misma ha experimentado de Él.
Adán y Eva tampoco habían conocido a un Dios que conservara todo para sí mismo.
Dios les entregó una parte extraordinaria de su creación.
Les dio responsabilidad.
Les dio autoridad.
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…» (Génesis 1:28, RVR1960).
Piense en lo que eso significa.
Dios era el propietario de todo.
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Salmos 24:1, RVR1960).
Sin embargo, decidió compartir gobierno con sus hijos.
No necesitaba hacerlo.
Podía haber creado seres humanos simplemente para contemplar su creación.
Pero les entregó responsabilidades reales dentro de ella.
Les permitió trabajar.
Administrar.
Aprender.
Crear.
Desarrollar.
Gobernar.
Adán había visto personalmente esa confianza cuando Dios llevó los animales delante de él:
«Y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).
Dios permitía que su hijo participara.
No hacía todo por él.
Le daba espacio para pensar.
Decidir.
Aprender.
Ejercer la inteligencia que había recibido.
Dios no estaba formando esclavos.
Estaba preparando hijos capaces de gobernar responsablemente.
Existe otro detalle que considero precioso.
Adán no tuvo que acercarse a Dios para reclamar:
«Estoy solo».
Dios lo vio antes.
«Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).
Eso le había enseñado algo acerca de su Padre.
Dios observaba.
Dios conocía sus necesidades.
Dios se preocupaba por ellas.
Y Dios actuaba.
Después apareció Eva.
Cuando Adán la vio exclamó:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Génesis 2:23, RVR1960).
El Dios que posteriormente sería acusado indirectamente de estar reteniendo algo bueno había sido precisamente Aquel que había visto lo que le faltaba al hombre y se lo había proporcionado.
Eso no es un detalle menor.
Es evidencia acerca de su carácter.
Adán sabía que Dios daba.
Sabía que Dios compartía.
Sabía que Dios observaba sus necesidades.
Sabía que Dios podía darle algo bueno incluso antes de que él se lo pidiera.
Hay algo más.
Las primeras palabras de Dios hacia aquella pareja no comenzaron con una maldición.
Comenzaron con una bendición.
«Y los bendijo Dios» (Génesis 1:28, RVR1960).
Eso fue lo que conocieron.
Bendición.
Después vino:
«Fructificad y multiplicaos».
Expansión.
Propósito.
Dios no apareció en sus vidas como alguien intentando impedirles desarrollarse.
Fue Él quien les dijo que crecieran.
Que se multiplicaran.
Que llenaran la Tierra.
Que gobernaran.
El Dios que conocerían antes de la tentación era un Dios que deseaba su crecimiento.
Pero dentro de toda aquella abundancia existía una prohibición.
«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).
Aquí tenemos que observar las proporciones.
Antes de:
«no comerás»
aparece:
«de todo árbol del huerto podrás comer».
Muchos árboles permitidos.
Un límite.
Y además Dios explicó que aquella decisión tenía consecuencias:
«porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17, RVR1960).
No les escondió el peligro.
Les habló.
Les advirtió.
Y después respetó su capacidad de escoger.
Esto también les había enseñado algo acerca de Dios.
Su Padre establecía límites.
Pero los límites no podían interpretarse aisladamente de todo lo que ya sabían acerca de Él.
Si alguien que toda la vida me ha hecho bien me advierte que algo puede destruirme, tengo por lo menos una razón para pensar:
quizá me lo está diciendo porque me ama.
Ése era precisamente el contexto que existía antes de Génesis 3.
Pero quizá lo más importante no era todo lo que Dios les había dado.
Era Dios mismo.
Habían escuchado su voz.
Conocían su presencia.
Habían recibido enseñanza directamente de Él.
Habían aprendido a trabajar dentro del mundo que Él había preparado.
Y Génesis posteriormente utiliza una expresión extraordinariamente cotidiana:
«Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día» (Génesis 3:8, RVR1960).
Ellos reconocieron su presencia.
Reconocieron su voz.
No preguntaron:
«¿Quién viene?»
Sabían quién era.
Como hemos venido desarrollando, el Edén no era solamente un lugar donde Dios había dejado a dos seres humanos.
Era un lugar de relación.
Ellos conocían al Padre.
Habían convivido con Él.
Habían aprendido de Él.
Habían visto su generosidad expresada a su alrededor.
Por eso, cuando llegue la tentación, no estaremos presenciando simplemente una discusión acerca de una fruta.
Estaremos presenciando algo muchísimo más profundo:
un ataque contra lo que Adán y Eva sabían acerca del carácter de Dios.
Y aquí comenzamos a prepararnos para comprender lo que sucederá después.
La serpiente no llegará a un terreno vacío.
Tendrá que competir contra la experiencia que Adán y Eva ya tenían de Dios.
Si quiere convencerlos de que Dios les está quitando algo bueno, tendrá que hacerles olvidar todo lo que les había dado.
Si quiere presentar a Dios como egoísta, tendrá que hacerles olvidar su generosidad.
Si quiere hacerles creer que Dios no desea que alcancen su verdadero potencial, tendrá que hacerles olvidar que fue Dios quien les entregó autoridad sobre la Tierra.
Si quiere hacerles pensar que Dios está ocultándoles algo por motivos egoístas, tendrá que hacerles desconfiar del mismo Ser que había atendido sus necesidades desde que existían.
Y si quiere convencerlos de que el límite era malo, tendrá que conseguir que miren un solo árbol y dejen de mirar todo lo demás.
Ésa será una de las estrategias más extraordinarias de la tentación.
Concentrar la atención en:
lo que no tienes
hasta conseguir que olvides:
todo lo que Dios te ha dado.
Pero todavía no lleguemos allí.
Por ahora solamente establezcamos el escenario.
Antes de escuchar una sola acusación de la serpiente, Adán y Eva ya habían tenido suficiente oportunidad para observar cómo era Dios.
Lo habían conocido como Dador de vida.
Como Proveedor.
Como Padre.
Como Maestro.
Como Creador.
Como alguien que compartía.
Como alguien que bendecía.
Como alguien que confiaba responsabilidades.
Como alguien que veía necesidades antes de que fueran expresadas.
Como alguien que daba libertad.
Y también como alguien que establecía límites y advertía de las consecuencias.
No conocían a Dios por rumores.
Lo conocían por experiencia.
Esto hace que la siguiente parte de nuestra historia sea mucho más profunda.
Porque la serpiente no tendrá que convencerlos simplemente de comer algo.
Tendrá que conseguir algo mucho más difícil:
hacer que unos hijos que habían experimentado la bondad de su Padre comenzaran a sospechar de Él.
Y quizá allí encontremos la verdadera esencia de la tentación que estaba a punto de entrar en el Edén.
Hasta ahora hemos estudiado el mundo que Dios preparó, la autoridad que entregó, la libertad que concedió, la vida que proyectó y la relación que estableció con sus hijos.
Pero antes de juzgar lo que sucedió junto al árbol, todavía falta conocer a otro personaje.
Porque la rebelión contra Dios no comenzó con Adán y Eva.
Y ahí entramos a Lucero y la rebelión anterior a Génesis 3.
Me gusta mucho más este orden porque la pregunta final ya no será solamente “¿por qué pecaron?”, sino una mucho más incómoda: después de todo lo que habían conocido, recibido y vivido, ¿por qué decidieron creerle a la serpiente?
Libro recomendado

Escuche música con propósito
Hasta este momento hemos contemplado un mundo extraordinariamente diferente al nuestro.
Un mundo en el que el hombre no comenzó huyendo de Dios, sino viviendo cerca de Él.
Adán abrió los ojos a la existencia y encontró vida.
Encontró un hogar.
Encontró alimento.
Encontró propósito.
Encontró trabajo.
Encontró una creación extraordinaria que descubrir.
Y, sobre todas las cosas, encontró a Dios.
Después apareció Eva.
Dios los bendijo.
Les entregó autoridad.
Les dijo que fructificaran, se multiplicaran, llenaran la Tierra y la gobernaran.
No fueron creados como esclavos destinados simplemente a obedecer órdenes. Fueron creados a imagen y semejanza de Dios y recibieron una responsabilidad extraordinaria dentro de la creación.
Todo lo que hemos estudiado hasta ahora parece apuntar en la misma dirección.
Dios quería al hombre.
Dios disfrutaba al hombre.
Dios había preparado algo extraordinario para sus hijos.
Y cuando terminó su obra, la Escritura resume el escenario con unas palabras difíciles de mejorar:
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
Entonces resulta inevitable hacer una pregunta.
Una pregunta que probablemente todo ser humano se ha hecho alguna vez, aunque la haya expresado de diferentes maneras:
Si todo era tan bueno…
¿Qué sucedió?
¿Cómo pasamos de Génesis 1 y 2 al mundo que conocemos?
¿De dónde aparecieron el miedo, la violencia, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, el odio, la injusticia y todas las demás cosas que diariamente destruyen la vida humana?
¿Fue Dios quien diseñó este mundo así?
¿Formaban parte todas estas cosas de su proyecto original?
¿O sucedió algo que alteró profundamente aquello que Él había establecido?
Para responder estas preguntas tendremos que entrar en una de las partes más difíciles, pero también más importantes, de nuestra investigación acerca de Dios.
Porque a partir de este momento ya no estudiaremos solamente lo que Dios creó.
Estudiaremos lo que hicieron algunas de sus criaturas con aquello que Dios les había dado.
Una pregunta que durante años me molestó
Debo reconocer algo.
Durante mucho tiempo, la historia de Adán y Eva me produjo más preguntas que respuestas.
La imagen que yo tenía era aproximadamente ésta:
Creó a Eva.
Los colocó en el huerto.
Puso allí un árbol que no podían tocar.
Apareció una serpiente extraordinariamente astuta.
Los engañó.
Ellos comieron.
Y Dios los expulsó.
Todo parecía haber sucedido casi inmediatamente.
Y si ésa hubiera sido toda la historia, confieso que habría sido difícil no hacer algunas preguntas incómodas.
¿Por qué puso Dios aquel árbol allí?
¿Por qué permitió que Satanás se acercara a ellos?
¿Por qué no lo detuvo?
¿Por qué permitió que dos seres inocentes fueran confrontados por una criatura que aparentemente sabía mucho más que ellos?
¿Tuvieron realmente una oportunidad de resistir?
¿Sabían lo que estaban haciendo?
¿Y por qué las consecuencias fueron tan enormes?
Durante años, una comprensión incompleta de esta historia contribuyó a formar en mí una imagen equivocada de Dios.
Parecía que Dios había preparado el escenario, permitido la tentación y después castigado al hombre cuando las cosas salieron mal.
Pero mientras más estudié los primeros capítulos de Génesis y el resto de la Escritura, más difícil me resultó sostener aquella imagen.
Porque el Adán que encontramos en Génesis no parece un niño indefenso.
Es un hombre capaz de aprender, trabajar, administrar, comunicarse, clasificar animales, recibir instrucciones y gobernar.
Y el huerto tampoco parece una especie de sala de espera donde Adán y Eva permanecieron unas horas antes de que apareciera la serpiente.
Era un lugar de vida.
De trabajo.
De aprendizaje.
De relación.
De gobierno.
Y, sobre todo, de convivencia con Dios.
Mi problema comenzó a cambiar.
Tal vez la pregunta no era:
“¿Por qué Dios hizo esto con Adán y Eva?”
Tal vez primero necesitaba averiguar:
“¿Qué sucedió realmente?”

Antes de la caída del hombre ocurrió otra rebelión
Aquí aparece una pieza indispensable de la historia.
Cuando abrimos Génesis 3, encontramos algo que no estaba presente en Génesis 1.
Una serpiente.
Pero detrás de aquella serpiente existe una historia mucho mayor.
La Biblia posteriormente identifica al gran adversario como “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás” (Apocalipsis 12:9).
Esto significa que antes de preguntarnos por qué Adán cayó tendremos que hacer otra pregunta:
¿De dónde salió Satanás?
Porque Dios no creó un Satanás.
Dios no creó un diablo.
Dios no produjo deliberadamente un ser maligno para introducirlo después en el huerto y destruir a sus hijos.
De acuerdo con la reconstrucción que desarrollo en este libro a partir de pasajes como Ezequiel 28 e Isaías 14, aquel ser había tenido un origen completamente diferente.
Ezequiel utiliza una expresión extraordinaria:
“Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Ezequiel 28:15).
Observe cuidadosamente las palabras.
Fue creado.
Fue creado perfecto.
Pero después se halló maldad en él.
Algo sucedió entre esas dos realidades.
Y precisamente eso tendremos que investigar.
¿Cómo puede una criatura creada buena comenzar a desear algo malo?
¿Cómo aparece orgullo donde antes no existía?
¿Cómo puede alguien que conoce la gloria de Dios comenzar a desear su posición?
¿Cómo se transforma un ser privilegiado en un rebelde?
Y quizá la pregunta todavía más difícil:
Si Dios sabía lo que estaba ocurriendo, ¿por qué no lo detuvo inmediatamente?
Todas estas preguntas importan porque la historia de la caída del hombre no comienza realmente cuando Eva extiende su mano hacia un fruto.
Para entonces ya existía una rebelión.
Ya existía un rebelde.
Ya existía una criatura que había decidido que no quería permanecer bajo el gobierno de Dios.
Y, según la línea de interpretación que desarrollo en este libro, aquel conflicto terminaría llegando hasta los seres humanos a quienes Dios había entregado autoridad sobre la Tierra.

Dos rebeliones que terminarían encontrándose
Aquí aparece algo que considero fascinante.
Comparemos dos declaraciones.
Isaías describe la aspiración del rebelde con estas palabras:
“Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…” (Isaías 14:13).
Y cuando llegamos a Génesis, la serpiente ofrece al hombre:
“Seréis como Dios” (Génesis 3:5).
Levantaré mi trono.
Seréis como Dios.
No son frases idénticas, pero la semejanza conceptual resulta impresionante.
En ambos escenarios encontramos una criatura que deja de aceptar el lugar que Dios le ha dado y comienza a desear autonomía, exaltación y una posición que no le corresponde.
Eso cambia completamente nuestra manera de observar el fruto.
Porque si únicamente miramos el acto exterior, toda la historia puede parecernos absurda.
¿Tanto sufrimiento por comer una fruta?
¿Muerte?
¿Separación?
¿Pérdida del Edén?
¿Todo por un bocado?
Pero quizá el fruto no era el verdadero centro de la historia.
Quizá era simplemente la manifestación visible de una decisión mucho más profunda.
¿Quién tendría derecho a gobernar?
¿Quién determinaría lo bueno y lo malo?
¿Continuaría el hombre viviendo bajo el gobierno de su Creador?
¿O intentaría establecer su propia manera de vivir?
En mi libro he resumido la estructura de esta rebelión humana alrededor de tres actitudes profundamente relacionadas:
Rebelión.
Orgullo.
Egoísmo.
La rebelión dice:
“No quiero que gobiernes sobre mí”.
El orgullo dice:
“Yo puedo ocupar una posición que no me corresponde”.
Y el egoísmo dice:
“Lo que yo deseo es más importante que aquello que tú has establecido”.
Visto desde esta perspectiva, Génesis 3 deja de ser simplemente la historia de dos personas que comieron algo prohibido.
Es la historia de una rebelión.
Pero todavía falta una pregunta extraordinaria
Hasta aquí podríamos concentrarnos completamente en Lucero, Adán y Eva.
Pero éste no es solamente un libro acerca de ellos.
Estamos tratando de descubrir cómo es Dios.
Y por eso, mientras avancemos por esta historia, quiero que mantengamos nuestros ojos puestos también en Él.
¿Qué hizo Dios mientras Lucero comenzaba a rebelarse?
¿Por qué no destruyó inmediatamente a una criatura que se levantaba contra Él?
¿Por qué permitió que existiera una posibilidad real de desobediencia?
¿Por qué colocó el árbol en el huerto?
¿Por qué permitió que Adán pudiera decirle que no?
¿Por qué no impidió físicamente que tomara el fruto?
Y después de que el hombre lo rechazó…
¿Qué hizo Dios?
Creo que las respuestas nos revelarán algo extraordinario acerca de su carácter.
Porque una cosa es amar a alguien que siempre hace lo que queremos.
Otra muy diferente es darle libertad suficiente para rechazarnos.
Y todavía existe algo más difícil:
¿Qué hacemos cuando alguien a quien amamos utiliza precisamente la libertad que le concedimos para volverse contra nosotros?
Eso es lo que estamos a punto de observar.
Génesis 3 no solamente nos mostrará cómo reaccionó el hombre frente a Dios.
Nos mostrará cómo reaccionó Dios frente al hombre que acababa de rechazarlo.
Y esa diferencia será fundamental.
La historia no terminará junto al árbol
Lo que ocurrió en el Edén produjo consecuencias que alcanzaron a toda la humanidad.
El miedo apareció.
La vergüenza apareció.
La relación entre el hombre y Dios cambió.
La creación quedó afectada.
La muerte entró en la experiencia humana.
El mundo que encontramos después de Génesis 3 ya no es el mismo mundo que encontramos al comienzo de Génesis.
Pero existe algo que me parece todavía más extraordinario.
Dios no desapareció.
Cuando Adán se escondió, Dios salió a buscarlo.
“¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9).
Y cuando las consecuencias de la rebelión apenas comenzaban a manifestarse, apareció también una promesa.
La serpiente no tendría la última palabra.
Vendría alguien.
La descendencia de la mujer.
Y finalmente la cabeza de la serpiente sería herida.
Así que esta sección tendrá momentos oscuros.
Hablaremos de orgullo.
De rebelión.
De engaño.
De desobediencia.
De juicio.
De muerte.
Pero no perderemos de vista la pregunta que dio origen a toda esta parte de nuestro estudio:
¿Cómo es Dios?
Porque quizá una de las maneras más profundas de conocer el corazón de alguien no sea observar solamente cómo se comporta cuando todo marcha bien.
Es observar lo que hace cuando es traicionado.
Y eso es precisamente lo que estamos a punto de descubrir.
Si todo era tan bueno…
¿Qué sucedió?
Para encontrar la respuesta tendremos que regresar a un momento anterior al fruto, anterior a la serpiente y anterior a la caída del hombre.
Tendremos que conocer primero la historia de una criatura extraordinaria.
Un ser creado bueno.
Un ser rodeado de gloria.
Un ser que conocía a Dios.
Y que, a pesar de todo lo que había recibido, comenzó a mirar el trono de su Creador y a desearlo para sí.
Su nombre era Lucero.
Comenzamos este capítulo contemplando un mundo bueno.
Vida.
Propósito.
Trabajo.
Relación.
Autoridad.
Una creación que Dios mismo contempló y llamó «buena en gran manera».
Después apareció una pregunta inevitable:
Si todo era tan bueno, ¿de dónde apareció todo lo que hoy nos hace sufrir?
Todavía tendremos que recorrer mucha historia antes de responder completamente esa pregunta. Pero incluso ahora podemos comenzar a descubrir algunas cosas acerca de Dios.
Aprendo que Dios es bueno.
Éste es nuestro punto de partida. La historia bíblica no comienza con enfermedad, miedo, violencia, vergüenza y muerte. Comienza con un Dios creando y contemplando aquello que había hecho.
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Aprendo que Dios es el Dador de la vida.
Adán abrió los ojos y encontró una existencia que no había producido por sí mismo. La vida fue un regalo.
«Porque contigo está el manantial de la vida.»
Salmos 36:9, RVR1960
Aprendo que Dios prepara antes de pedir.
Antes de que Adán recibiera responsabilidades, Dios había preparado un mundo para él.
Había alimento.
Había un hogar.
Había capacidades.
Había propósito.
Había una creación sobre la cual trabajar.
El hombre comenzó recibiendo.
«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.»
Génesis 2:15, RVR1960
Aprendo que Dios bendice.
Una de las primeras acciones de Dios hacia el hombre no fue maldecirlo, amenazarlo ni castigarlo.
Fue bendecirlo.
«Y los bendijo Dios.»
Génesis 1:28, RVR1960
Eso resulta importante cuando intentamos descubrir cómo es Dios.
Aprendo que Dios confía responsabilidades a sus criaturas.
Dios pudo haber realizado absolutamente todo sin participación humana. Sin embargo, entregó al hombre una responsabilidad real dentro de la creación.
«Llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…»
Génesis 1:28, RVR1960
El Dios que posee toda autoridad decidió compartir responsabilidades con criaturas hechas a su imagen.
Aprendo que Dios desea relación con nosotros.
El hombre no fue creado solamente para trabajar.
No fue creado solamente para gobernar.
No fue creado solamente para reproducirse.
Fue creado para conocer a Dios.
Jesús describiría siglos después el corazón de esa relación:
«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero.»
Juan 17:3, RVR1960
Aprendo que Dios no creó al hombre para vivir dominado por el miedo.
El miedo aparece después de la rebelión.
Cuando Adán finalmente dice:
«Tuve miedo»
Génesis 3:10, RVR1960
algo ha cambiado profundamente.
La Escritura nos muestra que el corazón de Dios hacia sus hijos no es producir una relación basada en terror:
«No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor.»
Romanos 8:15, RVR1960
Aprendo que Dios permitió al hombre una respuesta verdadera.
Adán podía obedecer.
Pero también podía desobedecer.
Podía confiar.
Pero también podía desconfiar.
Podía permanecer bajo el gobierno de Dios.
Pero también podía intentar separarse de él.
Dios no creó una máquina.
Creó una persona capaz de responder.
Por eso encontramos repetidamente en la Escritura esta invitación:
«Escoge, pues, la vida.»
Deuteronomio 30:19, RVR1960
Aprendo que Dios no debe ser confundido con aquello que sus criaturas hicieron con sus regalos.
Ésta será una distinción fundamental durante todo lo que sigue.
Dios puede dar inteligencia y una criatura puede utilizarla para engañar.
Dios puede dar autoridad y una criatura puede utilizarla para dominar.
Dios puede dar voluntad y una criatura puede utilizarla para rebelarse.
Dios puede dar libertad y una criatura puede utilizarla para alejarse de Él.
Pero la utilización incorrecta del regalo no transforma al Dador en autor del mal.
«Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
1 Juan 1:5, RVR1960
Aprendo que Dios busca al ser humano aun después de que éste lo rechaza.
Y aquí llegamos quizá a una de las revelaciones más hermosas de este capítulo.
Adán pecó.
Adán tuvo miedo.
Adán se escondió.
Pero entonces escuchamos la voz de Dios:
«¿Dónde estás tú?»
Génesis 3:9, RVR1960
El hombre se escondió.
Dios salió a buscarlo.
Siglos después Jesús mostraría que aquel impulso continuaba revelando el corazón de Dios:
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Lucas 19:10, RVR1960
Aprendo que Dios no abandona inmediatamente a quienes le han fallado.
El pecado produjo consecuencias reales. Pero la respuesta de Dios no fue simplemente desaparecer y dejar al hombre abandonado a su decisión.
La Escritura describe repetidamente a Dios de esta manera:
«Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.»
Salmos 103:8, RVR1960
Y aprendo que Dios no permitirá que el mal tenga la última palabra.
Apenas había comenzado la tragedia cuando apareció también una promesa.
La serpiente había entrado en la historia.
Pero la serpiente no ganaría la historia.
Dios anunció que llegaría el día en que sería derrotada.
«Ésta te herirá en la cabeza.»
Génesis 3:15, RVR1960
Así que incluso antes de estudiar detalladamente cómo comenzó la rebelión, ya podemos observar un contraste extraordinario.
Dios creó algo bueno.
Sus criaturas utilizaron su libertad para rebelarse.
El pecado produjo miedo.
Dios buscó al que se escondía.
La rebelión produjo separación.
Dios comenzó una obra de reconciliación.
El enemigo introdujo una mentira acerca de Dios.
Dios continuaría revelando quién era realmente.
El pecado abrió la puerta a la muerte.
Dios comenzó a anunciar vida y victoria.
Y esto cambia la pregunta.
Ya no queremos saber solamente:
¿De dónde apareció el mal?
Ahora queremos observar también:
¿Qué hizo Dios cuando apareció el mal?
Porque quizá allí descubriremos mucho más acerca de Él.
No solamente observando a Dios cuando todo estaba «bueno en gran manera».
Sino observándolo cuando sus criaturas utilizaron contra Él la libertad que habían recibido de sus propias manos.
Cuando lo rechazaron.
Cuando desconfiaron.
Cuando se escondieron.
Y cuando el mundo que había creado comenzó a quebrantarse.
¿Qué hizo Dios?
Buscó.
Habló.
Confrontó.
Prometió.
Y comenzó a preparar el camino para rescatar.
Por eso, aun antes de entrar de lleno en la historia de Lucero, comenzamos a descubrir algo que tendremos que observar durante toda esta sección:
El mal nos mostrará lo que una criatura puede hacer cuando se aparta de Dios.
Pero la respuesta de Dios al mal nos mostrará quién es Dios.
Y quizá sea precisamente cuando contemplemos lo que hace después de ser rechazado cuando lleguemos a conocer más profundamente su corazón.
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Escuche música con propósito
Cuando pensamos en Satanás, generalmente pensamos inmediatamente en el mal.
Pensamos en el tentador.
En el adversario.
En la serpiente de Génesis.
En aquel a quien Jesús llamó «padre de mentira».
Y debido a que estamos acostumbrados a encontrarlo de esa manera en la Biblia, podemos cometer un error importante: imaginar que siempre fue así.
Pero entonces surge una pregunta que para muchas personas resulta profundamente inquietante:
Si Dios creó todas las cosas, ¿significa eso que Dios también creó al diablo?
Y si Dios creó al diablo siendo malo, ¿no convertiría eso a Dios, de alguna manera, en el responsable del origen del mal?
La pregunta es legítima.
Y no debemos tener miedo de hacerla.
Porque si queremos conocer verdaderamente cómo es Dios, no podemos evitar las preguntas difíciles.
Tenemos que enfrentarlas.
Y ésta es una de ellas.
¿Creó Dios un ser maligno?
La respuesta que encuentro en la Escritura es no.
Dios creó una criatura.
La criatura se convirtió en rebelde.
Dios creó un ser con capacidades extraordinarias.
Ese ser utilizó esas capacidades contra su Creador.
Dios no creó al diablo como diablo.
Creó a un ser que posteriormente se corrompió.
Antes de continuar, necesitamos hacer una aclaración
Existen dos pasajes que históricamente han sido utilizados por muchos cristianos para intentar reconstruir lo que ocurrió con Satanás antes de aparecer como adversario de Dios: Ezequiel 28 e Isaías 14.
Debemos utilizarlos cuidadosamente.
Ezequiel 28 habla directamente acerca del rey de Tiro, e Isaías 14 contiene una profecía contra el rey de Babilonia.
Eso está en el texto y no debemos ignorarlo.
Sin embargo, muchos intérpretes cristianos han considerado que determinadas expresiones utilizadas en estos pasajes parecen ir más allá de la descripción ordinaria de aquellos gobernantes y pueden estar mostrando, detrás de ellos, el patrón y la realidad de una rebelión espiritual mucho mayor.
Ésa es la línea interpretativa que seguiremos aquí.
No presentaré como una declaración explícita de Génesis aquello que Génesis no dice. Pero sí reuniremos las piezas que la Escritura proporciona para intentar comprender cómo un ser creado bueno terminó convirtiéndose en el adversario que posteriormente encontramos enfrentándose a Dios y tentando al hombre.
Dios no creó un diablo
Ezequiel contiene una declaración extraordinaria:
«Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» (Ezequiel 28:15).
Detengámonos allí.
Desde el día que fuiste creado.
Eso significa que estamos hablando de una criatura.
No de otro dios.
No de un ser eterno rivalizando con Dios desde siempre.
No de una segunda fuerza eterna del universo.
Fue creado.
Esto es fundamental porque algunas personas imaginan el bien y el mal como si fueran dos poderes eternos luchando entre sí.
Dios de un lado.
Satanás del otro.
Como si fueran dos fuerzas semejantes.
No es la imagen bíblica.
Satanás no es el equivalente maligno de Dios.
No es omnipotente.
No es omnisciente.
No es omnipresente.
No es eterno en el mismo sentido que Dios.
Es una criatura.
Y entre el Creador y una criatura existe una diferencia infinita.
Pero el texto dice algo todavía más importante:
«Perfecto eras en todos tus caminos».
Si aplicamos este pasaje a la realidad espiritual que estamos estudiando, entonces encontramos una afirmación decisiva:
La maldad no formaba parte de su diseño original.
No salió defectuoso de las manos de Dios.
No fue creado odiando.
No fue creado mintiendo.
No fue creado rebelándose.
No fue creado deseando destruir.
Hubo un tiempo en que aquello que posteriormente conoceríamos como Satanás todavía no era Satanás.
Y esto responde una de las acusaciones más serias que pueden hacerse contra Dios.
Dios no fabricó un monstruo para después soltarlo sobre la humanidad.
La criatura que posteriormente se convirtió en enemiga de Dios tuvo un origen diferente.
¿Quién era antes de su rebelión?
Ezequiel continúa utilizando un lenguaje impresionante:
«Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura» (Ezequiel 28:12).
Sabiduría.
Herm osura.
Excelencia.
No estamos contemplando a una criatura insignificante.
El texto continúa:
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura…» (Ezequiel 28:13).
Y posteriormente:
«Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas» (Ezequiel 28:14).
Si, como sostiene la interpretación que estamos siguiendo, estas palabras permiten mirar detrás del rey de Tiro hacia la realidad espiritual de Satanás, entonces el cuadro resulta extraordinario.
No comenzó lejos de Dios.
Comenzó cerca.
No comenzó en oscuridad.
Conoció gloria.
No comenzó sin conocimiento.
Era «lleno de sabiduría».
No comenzó marginado.
Ocupó una posición privilegiada.
No comenzó excluido de la presencia divina.
El lenguaje lo coloca en el «santo monte de Dios».
Esto cambia mucho nuestra comprensión de la historia.
Porque significa que su rebelión no puede explicarse diciendo:
«Tal vez nunca conoció algo mejor».
Lo conoció.
Tampoco podemos decir:
«Quizá se rebeló porque Dios nunca le dio nada».
El pasaje describe exactamente lo contrario.
Había recibido muchísimo.
¿Por qué llamarlo Lucero?
Aquí necesitamos ser cuidadosos también.
Isaías 14:12 dice en la Reina-Valera 1960:
«¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!»
La palabra que nuestra traducción vierte como «Lucero» forma parte de una expresión poética relacionada con el astro brillante de la mañana.
Con el paso de los siglos, «Lucifer» llegó a utilizarse en la tradición cristiana como nombre para Satanás antes de su caída.
Por eso en este libro utilizaré en ocasiones «Lucero» para referirme al ser que, según esta interpretación, todavía no se había convertido en el adversario que posteriormente conocemos como Satanás.
Pero debemos entender la diferencia.
«Satanás» describe al adversario.
«Diablo» se relaciona con el acusador o calumniador.
Estamos hablando de aquello en lo que terminó convirtiéndose.
Nuestro interés ahora es comprender quién era antes.
¿Entonces qué salió mal?
Aquí llegamos al verdadero misterio.
Si había sido creado bueno…
Si poseía sabiduría…
Si poseía hermosura…
Si conocía la presencia de Dios…
Si había recibido una posición extraordinaria…
Entonces:
¿Por qué rebelarse?
Ezequiel nos proporciona una pista:
«Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor» (Ezequiel 28:17).
Observe algo extraordinario.
Su hermosura no era mala.
Su sabiduría no era mala.
Su posición no era mala.
Su esplendor no era malo.
Todo aquello podía ser recibido con gratitud.
El problema comenzó cuando una criatura empezó a mirar los dones que había recibido y dejó de mirar al Dador.
Lo recibido comenzó a convertirse en motivo de exaltación personal.
Y esto nos enseña algo acerca de la naturaleza del orgullo.
El orgullo no siempre comienza diciendo:
«Soy malo».
Muchas veces comienza diciendo:
«Mira lo que soy».
«Mira lo que tengo».
«Mira lo que puedo hacer».
Y lentamente desaparece una pregunta fundamental:
«¿De quién recibí todo esto?»
La belleza dejó de conducirlo hacia la gratitud.
Comenzó a conducirlo hacia sí mismo.
La sabiduría dejó de ser administrada bajo Dios.
Comenzó a corromperse.
La posición dejó de ser considerada un privilegio.
Comenzó a parecer insuficiente.
Y cuando aquello que Dios le había dado dejó de ser suficiente, comenzó a desear aquello que Dios no le había dado.
El problema no era tener mucho; era querer el lugar de Dios
Isaías describe el proceso mediante una serie impresionante de declaraciones:
«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…» (Isaías 14:13).
Y continúa:

«…sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:14).
Observe la repetición.
Subiré.
Levantaré.
Me sentaré.
Subiré.
Seré.
El centro ha cambiado.
Ya no es Dios.
Ahora es el yo.
Y aquí encontramos algo que posteriormente será fundamental para comprender Génesis 3.
La rebelión contra Dios no comienza necesariamente levantando un ejército.
Puede comenzar mucho antes.
Comienza cuando una criatura decide que ya no quiere recibir su lugar de Dios.
Quiere determinarlo ella misma.
Lucero tenía una posición.
Quería otra.
Tenía gloria.
Quería más.
Tenía autoridad.
Quería el trono.
Era criatura.
Quería ocupar el lugar del Creador.
¿Por qué Dios le dio tanta capacidad si podía utilizarla mal?
Ésta es otra pregunta que alguien podría hacerse.
Si Dios sabía que aquella criatura tenía capacidad para rebelarse, ¿por qué darle inteligencia, voluntad, autoridad y libertad?
Pero pensemos en la alternativa.
¿Qué tendría que haber hecho Dios para garantizar que ninguna criatura pudiera rebelarse jamás?
Crear seres sin posibilidad de elección.
Seres incapaces de decir no.
Seres programados para responder siempre exactamente como su Creador determinara.
Podrían ejecutar órdenes.
Pero ¿podrían amar?
Podrían obedecer mecánicamente.
Pero ¿podrían escoger la obediencia?
Ésta es una cuestión que volveremos a encontrar cuando lleguemos a Adán y Eva.
Dios hizo algo extraordinario.
Creó seres capaces de responderle.
Y esa capacidad incluía necesariamente una posibilidad peligrosa:
también podían rechazarlo.
La existencia de esa posibilidad no significa que Dios quisiera la rebelión.
Significa que la relación no estaba basada en coerción.
El regalo se convirtió en instrumento de rebelión
Aquí encontramos una de las partes más dolorosas de esta historia.
Lucero no tuvo que conseguir de otra fuente las herramientas para rebelarse.
Utilizó contra Dios aquello mismo que había recibido de Dios.
Su inteligencia.
Su capacidad de pensar.
Su voluntad.
Su influencia.
Su posición.
Su belleza.
Sus capacidades.
Aquello que había sido dado para un propósito bueno terminó siendo utilizado contra quien se lo había dado.
Y si lo pensamos detenidamente, éste continúa siendo uno de los grandes dramas de la libertad.
Dios nos da capacidad para hablar y podemos utilizarla para bendecir o destruir.
Nos da inteligencia y podemos utilizarla para servir o manipular.
Nos da autoridad y podemos utilizarla para proteger o dominar.
Nos da recursos y podemos utilizarlos para ayudar o explotar.
Nos da voluntad y podemos utilizarla para acercarnos a Él o para alejarnos.
El problema no está necesariamente en el regalo.
Está en lo que una voluntad libre decide hacer con él.
Dios no creó aquello en lo que Lucero terminó convirtiéndose
Esta distinción es fundamental para todo lo que estudiaremos después.
Podríamos expresarlo de una manera sencilla:
Dios creó la criatura.
No creó su rebelión.
Dios le dio inteligencia.
No le ordenó corromperla.
Dios le dio hermosura.
No le ordenó enorgullecerse de ella.
Dios le dio posición.
No le ordenó codiciar el trono.
Dios le dio voluntad.
No le ordenó utilizarla contra Él.
Y precisamente por eso Ezequiel puede describir dos momentos:
«Perfecto eras…»
y después:
«…hasta que se halló en ti maldad».
Entre esas dos frases se encuentra una decisión.
Y probablemente muchas decisiones.
Porque las grandes rebeliones rara vez comienzan siendo grandes.
Primero aparece un pensamiento.
Después se tolera.
Luego se alimenta.
Después comienza a modificar la manera en que interpretamos aquello que nos rodea.
Y finalmente lo que comenzó dentro termina manifestándose fuera.
En el caso de Lucero, el orgullo terminaría convirtiéndose en rebelión.
Y la rebelión ya no permanecería solamente dentro de él.
Intentaría extenderla.
Esto responde una pregunta, pero abre otra todavía más difícil
Ahora podemos responder al menos parcialmente la pregunta con la que comenzamos.
¿Creó Dios al diablo?
No en el sentido de crear deliberadamente un ser maligno.
Según la interpretación bíblica que estamos siguiendo, Dios creó un ser bueno, extraordinariamente dotado y verdaderamente libre.
Ese ser se corrompió.
Pero inmediatamente aparece una pregunta todavía más difícil.
Dios sabía lo que estaba sucediendo.
Dios conocía los pensamientos que comenzaban a crecer en aquella criatura.
Dios tenía poder suficiente para detenerlo.
Podía haberlo eliminado en el primer instante de rebelión.
Podía haber impedido que hablara con otros.
Podía haber terminado con todo antes de que aquella rebelión alcanzara dimensiones mayores.
Y, sin embargo, la historia continuó.
¿Por qué?
¿Por qué un Dios todopoderoso permitiría que una criatura utilizara contra Él la libertad que Él mismo le había concedido?
¿Por qué no terminó con Lucero antes de que pudiera convertirse en Satanás?
Y si sabía que aquella rebelión terminaría alcanzando a sus hijos en la Tierra…
¿Por qué no la detuvo?
Ésa ya no es solamente una pregunta acerca de Satanás.
Es una pregunta acerca de Dios.
Y será la pregunta que tendremos que responder a continuación.
Al comenzar este capítulo hicimos una pregunta difícil:
Si Dios creó todas las cosas, ¿creó también al diablo?
Después de examinar la historia, comenzamos a encontrar una respuesta. Pero, sobre todo, comenzamos a descubrir algo acerca del carácter de Dios.
Aprendo que Dios es bueno.
Dios no creó deliberadamente un ser maligno. Según la interpretación bíblica que hemos seguido, Lucero salió de sus manos como una criatura buena y posteriormente se corrompió.
Esto concuerda con la descripción de la creación de Dios:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960

Aprendo que Dios no es el autor del mal.
La rebelión apareció en la criatura, no en el Creador. Dios no necesitó colocar maldad dentro de Lucero para que Lucero pudiera rebelarse.
La Escritura declara acerca de Dios:
«Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
1 Juan 1:5, RVR1960
Aprendo que Dios es generoso.
Lucero no comenzó desprovisto de dones. Había recibido sabiduría, hermosura, posición y capacidades extraordinarias. Antes de preguntarnos qué le faltaba, debemos recordar cuánto había recibido.
La Biblia dice:
«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto.»
Santiago 1:17, RVR1960
Aprendo que Dios es el Dador.
Lucero podía contemplar su belleza, inteligencia y posición hasta olvidar una verdad fundamental: ninguna de esas cosas se había originado en él.
Todo había sido recibido.
Pablo hace una pregunta que resume perfectamente este principio:
«¿Qué tienes que no hayas recibido?»
1 Corintios 4:7, RVR1960
Aprendo que Dios no teme dar capacidades extraordinarias a sus criaturas.
Dios pudo haber creado seres sin inteligencia suficiente para cuestionar, sin voluntad suficiente para decidir y sin libertad suficiente para rechazarlo.
Pero no lo hizo.
Dios da dones y espera que sean administrados para el bien.
«Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.»
1 Pedro 4:10, RVR1960
Aprendo que Dios desea una relación verdadera, no una obediencia mecánica.
Ésta es quizá una de las revelaciones más profundas de este capítulo.
Dios quiso criaturas capaces de responderle.
Capaces de confiar.
Capaces de obedecer.
Capaces de amar.
Jesús expresó el corazón de esa relación:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.»
Mateo 22:37, RVR1960
Aprendo que Dios concede una libertad real.
La libertad de Lucero era tan verdadera que pudo utilizarla incluso contra Aquel que se la había concedido.
Dios presenta repetidamente en la Escritura decisiones reales delante de sus criaturas:
«Escogeos hoy a quién sirváis.»
Josué 24:15, RVR1960
Aprendo que Dios no produce la rebelión simplemente porque permita una elección.
Dar libertad no significa producir cada decisión que alguien toma con ella.
La Escritura coloca la responsabilidad moral de la tentación y del pecado en la criatura, no en Dios:
«Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.»
Santiago 1:13, RVR1960
Aprendo que Dios es digno de gratitud.
La tragedia de Lucero comenzó cuando dejó de mirar al Dador y comenzó a contemplar los dones como si fueran razón para exaltarse a sí mismo.
La respuesta correcta a lo recibido de Dios no es orgullo, sino gratitud.
«Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.»
1 Tesalonicenses 5:18, RVR1960
Aprendo que Dios sigue siendo Dios aunque una criatura rechace su autoridad.
Lucero podía mirar su propia gloria.
Podía exaltarse.
Podía desear más.
Podía incluso querer el lugar de Dios.
Pero jamás podía dejar de ser criatura.
Dios, en cambio, no recibió su existencia de nadie.
«Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.»
Salmos 90:2, RVR1960
Y entonces podemos mirar nuevamente toda la historia y hacer una distinción que será fundamental para todo lo que sigue.
Dios creó a Lucero.
Lucero produjo su rebelión.
Dios le dio inteligencia.
Lucero decidió cómo utilizarla.
Dios le dio hermosura.
Lucero permitió que se convirtiera en motivo de orgullo.
Dios le dio posición.
Lucero comenzó a desear el trono.
Dios le dio libertad.
Lucero decidió utilizarla contra su Creador.
Esto nos permite responder la pregunta con la que comenzamos:
Dios no creó al diablo como diablo.
Creó una criatura buena.
La criatura se corrompió.
Y esa diferencia nos revela algo extraordinariamente importante acerca de Dios:
Dios da vida, pero no produce la rebelión.
Dios da inteligencia, pero no produce el orgullo.
Dios da capacidades, pero no produce su corrupción.
Dios da libertad, pero no obliga a utilizarla contra Él.
Dios da cosas buenas porque Él es bueno.
Y quizá lo más sorprendente sea esto:
Dios concedió a sus criaturas una libertad suficientemente real para que pudieran incluso rechazarlo, porque no buscaba simplemente seres que ejecutaran órdenes.
Quería seres capaces de amarlo.
Eso no explica todavía por qué permitió que la rebelión avanzara tanto.
Pero sí comienza a mostrarnos qué clase de Dios estaba siendo acusado por el rebelde.
Un Dios bueno.
Un Dios generoso.
Un Dios que da.
Un Dios que permite una respuesta verdadera.
Y un Dios que no puede ser acusado justamente de haber creado la maldad que una criatura libre decidió producir.
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Tal vez ésta sea una de las preguntas más difíciles de toda esta historia.
Si Dios es bueno…
si todo lo que Él creó originalmente era bueno…
y si Lucero fue creado perfecto…
¿cómo apareció entonces la maldad?
Ezequiel contiene una declaración extraordinaria:
«Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» (Ezequiel 28:15, RVR1960).
El versículo coloca frente a nosotros dos realidades.
Primero:
«Perfecto eras».

Después:
«se halló en ti maldad».
Entre ambas expresiones tuvo que suceder algo.
Y precisamente allí encontramos una de las claves para comprender no solamente la rebelión de Lucero, sino también el origen mismo del pecado.
Dios no necesitó crear la maldad para que una criatura libre pudiera producirla.
Le bastó crear una voluntad verdaderamente capaz de escoger.
Porque la libertad que permite escoger el bien también hace posible rechazarlo.
Y ése es el riesgo extraordinario que acompaña a una voluntad real.
La perfección no significa incapacidad para escoger
Algunas personas podrían pensar:
«Si Lucero era perfecto, entonces debería haber sido incapaz de pecar».
Pero ésa no es necesariamente la conclusión.
Ser perfecto en su creación no significa ser Dios.
Lucero seguía siendo una criatura.
Poseía inteligencia.
Poseía voluntad.
Poseía capacidad para pensar.
Poseía capacidad para valorar.
Poseía capacidad para desear.
Y, por lo tanto, poseía también capacidad para decidir qué haría con aquello que Dios había puesto en sus manos.
Si hubiera sido creado absolutamente incapaz de hacer otra cosa que obedecer, entonces su obediencia no habría sido realmente una elección.
Sería simplemente funcionamiento.
Como una máquina.
Como un mecanismo programado para producir siempre la misma respuesta.
Pero Dios no creó solamente mecanismos.
Creó personas capaces de responder a Él.
Y una respuesta verdaderamente libre incluye necesariamente la posibilidad de otra respuesta.
Un sí solamente tiene verdadero significado cuando existe también la posibilidad de decir no.
Entonces, ¿Dios creó la posibilidad del mal?
Aquí necesitamos hacer una distinción importante.
Dios creó criaturas capaces de escoger.
Pero eso no significa que Dios haya creado su rebelión.
Pensemos en algo sencillo.
Dios puede darme una voz.
Esa voz puede utilizarse para consolar.
Para enseñar.
Para cantar.
Para orar.
Para bendecir.
Pero también puedo utilizarla para mentir.
¿Significa eso que Dios creó mi mentira?
No.
Creó mi capacidad para hablar.
Yo decido qué hago con ella.
Dios puede darme inteligencia.
Puedo utilizarla para sanar, construir, descubrir, ayudar y servir.
O puedo utilizarla para manipular, destruir y engañar.
La inteligencia no es mala.
La utilización que hago de ella puede serlo.
Dios puede dar autoridad.
Esa autoridad puede utilizarse para proteger.
O puede convertirse en instrumento de abuso.
El problema no está necesariamente en aquello que Dios entrega.
Puede aparecer en aquello que una criatura decide hacer con lo recibido.
Eso parece ser precisamente lo que ocurrió con Lucero.
La maldad comenzó dentro
Ezequiel dice:

«Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor» (Ezequiel 28:17, RVR1960).
Observe dónde comienza el proceso:
«tu corazón».
Antes de existir una rebelión visible hubo un proceso interior.
Antes de una acción hubo pensamientos.
Antes de un levantamiento hubo deseos.
Antes de una rebelión exterior hubo una rebelión interior.
Lucero comenzó a contemplarse a sí mismo.
Su hermosura.
Su posición.
Su inteligencia.
Su esplendor.
Todo aquello había sido recibido de Dios.
Pero algo cambió.
Lo que antes podía producir gratitud comenzó a producir admiración propia.
La criatura comenzó a mirarse y a exaltarse.
Y aquí encontramos una de las primeras semillas del pecado:
el yo desplazando a Dios del centro.
Mientras una criatura reconoce:
«Todo lo que soy lo recibí»,
puede permanecer agradecida.
Pero cuando comienza a pensar:
«Merezco más»,
algo empieza a cambiar.
Del pensamiento al deseo
El pecado rara vez aparece completamente desarrollado.
Muchas veces comienza como una idea.
Una comparación.
Un pensamiento permitido.
Una pregunta alimentada.
Un deseo que no se corrige.
Lucero pudo contemplar lo que Dios tenía.
Su autoridad.
Su reconocimiento.
Su trono.
Su gobierno.
Y en lugar de encontrar satisfacción en aquello que había recibido, comenzó a desear aquello que no le pertenecía.
Isaías describe esa progresión con palabras impresionantes:
«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…» (Isaías 14:13, RVR1960).
Y después:
«…sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:14, RVR1960).
Observe nuevamente dónde comenzó:
«decías en tu corazón».
Todavía estamos dentro.
Todavía no vemos un ejército.
Todavía no vemos una confrontación abierta.
Primero encontramos un pensamiento.
Pero ese pensamiento fue aceptado.
Después alimentado.
Y finalmente convertido en propósito.
Subiré.
Levantaré.
Me sentaré.
Seré.
El yo fue creciendo.
Y cuanto más crecía el yo, menos lugar quedaba para reconocer la autoridad de Dios.
El problema no fue desear crecer
Aquí necesitamos hacer otra distinción.
Desear crecer no es malo.
Aprender no es malo.
Desarrollar capacidades no es malo.
Querer hacer mejor aquello que Dios nos ha encargado no es malo.
Dios mismo creó seres capaces de crecer, aprender y desarrollar aquello que habían recibido.
El problema aparece cuando crecimiento se convierte en exaltación.
Cuando desarrollo se convierte en competencia con Dios.
Cuando responsabilidad se convierte en deseo de independencia.
Cuando una criatura deja de preguntarse:
«¿Qué quiere Dios que haga?»
y comienza a preguntarse:
«¿Cómo puedo ocupar una posición que Dios no me dio?»
Lucero no estaba buscando simplemente desarrollar sus dones.
Comenzó a desear el lugar del Dador.
La comparación produjo insatisfacción
Una criatura puede poseer muchísimo y todavía sentirse pobre si comienza a compararse con alguien que tiene más.
Lucero tenía belleza.
Sabiduría.
Posición.
Privilegios.
Acceso.
Pero aparentemente dejó de mirar lo que había recibido y comenzó a mirar aquello que no tenía.
Y éste sigue siendo uno de los caminos más peligrosos hacia la insatisfacción.
Mientras veo lo recibido, puedo agradecer.
Cuando solamente veo lo que otro posee, puedo comenzar a sentir que me falta algo.
Después aparece una pregunta:
«¿Por qué él sí y yo no?»
Luego:
«Yo también lo merezco».
Y finalmente:
«Debería ser mío».
La gratitud puede convertirse en comparación.
La comparación en insatisfacción.
La insatisfacción en deseo.
El deseo en codicia.
La codicia en rebelión.
No ocurrió porque Dios hubiera creado algo malo dentro de Lucero.
Ocurrió porque una criatura libre comenzó a utilizar de manera equivocada su capacidad de pensar y desear.
La sabiduría también puede corromperse
Ezequiel utiliza una expresión que me parece especialmente reveladora:
«corrompiste tu sabiduría».
No dice que Dios se la corrompió.
Dice:
«corrompiste».
Había sabiduría.
Pero fue torcida.
Utilizada de manera diferente a su propósito original.
Esto significa que incluso algo bueno puede ser utilizado para una finalidad equivocada.
La inteligencia puede comenzar a justificar aquello que el corazón ya decidió querer.
Y eso resulta profundamente humano también.
Muchas veces no utilizamos la razón para descubrir qué es verdad.
La utilizamos para encontrar razones que justifiquen lo que ya deseamos.
Primero queremos algo.
Después buscamos argumentos.
Primero decidimos hacia dónde queremos ir.
Después construimos una explicación que haga parecer razonable el camino.
Lucero poseía una gran capacidad.
Pero cuando el orgullo entró en su corazón, aquella capacidad ya no quedó orientada únicamente hacia el servicio.
Podía utilizarse para construir una visión alternativa.
Para justificar su deseo.
Para persuadirse a sí mismo.
Y posteriormente para persuadir a otros.
El orgullo produjo una nueva manera de interpretar la realidad
Éste es un punto fundamental.
Cuando cambia el corazón, también puede cambiar la forma en que interpretamos las cosas.
Lo que antes parecía un privilegio ahora puede parecer insuficiente.
Lo que antes parecía generosidad puede comenzar a verse como limitación.
Lo que antes se reconocía como autoridad legítima puede comenzar a sentirse como opresión.
Y lo que antes se reconocía como obediencia puede comenzar a llamarse esclavitud.
No porque Dios haya cambiado.
Sino porque cambió la criatura que lo estaba mirando.
Eso será exactamente lo que posteriormente Satanás intentará producir en Eva.
Dios había llenado el huerto de árboles.
Había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).
Pero la serpiente conseguirá que Eva concentre su atención en uno.
Lo abundante desaparecerá de la conversación.
La restricción ocupará el centro.
El mismo mecanismo aparece nuevamente:
dejar de contemplar todo lo recibido y comenzar a obsesionarse con aquello que no nos fue dado.
Primero ocurrió en el rebelde.
Después intentaría reproducirlo en el hombre.
Del orgullo a la rebelión
El orgullo no podía permanecer eternamente como pensamiento privado.
Si Lucero realmente pensaba que merecía más autoridad…
si pensaba que podía ocupar una posición superior…
si deseaba levantar su propio trono…
entonces tarde o temprano tendría que confrontar la autoridad existente.
Aquí el orgullo se convierte en rebelión.
Rebelarse significa levantarse contra una autoridad establecida.
Y en este caso la autoridad no había sido establecida arbitrariamente.
Dios era el Creador.
Toda capacidad que Lucero poseía provenía precisamente de aquel contra quien comenzaba a levantarse.
Eso hace su rebelión especialmente paradójica.
Utilizó inteligencia recibida de Dios para cuestionar a Dios.
Utilizó voluntad recibida de Dios para rechazar a Dios.
Utilizó capacidades recibidas de Dios para levantar un proyecto contra Dios.
Utilizó libertad concedida por Dios para intentar separarse de Dios.
El regalo se volvió contra el Dador.
La rebelión no se quedó solamente en él
Y aquí el problema comenzó a crecer.
Una cosa es que una criatura piense equivocadamente.
Otra es que intente llevar a otros a pensar de la misma manera.
Según la reconstrucción que seguimos en este libro, Lucero comenzó a influir sobre otros seres espirituales.
La rebelión necesitaba una narrativa.
Necesitaba presentar a Dios de una manera que justificara la oposición.
Porque resulta difícil convencer a alguien de rebelarse contra un gobernante perfectamente bueno mientras continúe creyendo que ese gobernante es bueno.
Por eso toda rebelión necesita, tarde o temprano, desacreditar a la autoridad contra la cual se levanta.
Si Lucero quería seguidores, tenía que modificar la manera en que otros percibían a Dios.
Ésta será una idea importantísima cuando lleguemos a Génesis 3.
Satanás no comienza diciendo a Eva:
«Dios es bueno, Dios te ama, todo lo que te ha dado es maravilloso; ahora rebelate contra Él».
Eso difícilmente funcionaría.
Tiene que introducir sospecha.
Tiene que sembrar duda.
Tiene que sugerir que Dios está reteniendo algo bueno.
Tiene que hacer que la criatura piense que quizá el Padre no es tan bueno como parecía.
La rebelión necesita primero una mentira acerca del Rey.
Pero ¿por qué Dios permitió que ese pensamiento existiera?
Aquí aparece otra pregunta difícil.
Si Dios conocía el corazón de Lucero…
¿por qué no eliminó aquel pensamiento en cuanto apareció?
Porque hacer eso habría significado intervenir directamente dentro de la voluntad de una criatura cada vez que pensara algo contrario a Él.
Dios podía impedir físicamente cualquier rebelión.
Pero entonces ya no tendríamos criaturas verdaderamente libres.
Tendríamos criaturas cuya voluntad sería corregida desde afuera cada vez que intentara dirigirse hacia una opción equivocada.
Dios quiso seres capaces de amar.
Capaces de confiar.
Capaces de obedecer.
Pero para que esas respuestas fueran reales, tenían que proceder de una voluntad real.
Por eso la libertad no significa solamente poder escoger aquello que Dios desea.
Significa también poder escoger aquello que Dios no desea.
Eso no convierte a Dios en autor de la mala elección.
Convierte a la criatura en responsable de ella.
La posibilidad de rebelión es diferente al deseo de rebelión
Ésta es quizá una de las distinciones más importantes del capítulo.
Dios creó la posibilidad de elegir.
Lucero produjo la elección rebelde.
No es lo mismo.
Un padre puede entregar a un hijo adulto las llaves de un automóvil.
Al hacerlo le está dando una capacidad real.
El hijo puede conducir correctamente.
También puede conducir irresponsablemente.
Pero si decide hacerlo mal, no podemos decir que el padre creó la irresponsabilidad simplemente porque le entregó las llaves.
La capacidad era un regalo.
La decisión pertenece a quien la utiliza.
En el universo moral ocurre algo semejante, aunque en una dimensión muchísimo mayor.
Dios dio existencia.
Inteligencia.
Voluntad.
Capacidad.
Libertad.
Lucero decidió qué hacer con ellas.
¿Entonces dónde nació el mal?
No necesitamos imaginar una sustancia llamada «maldad» que Dios tuvo que crear en algún lugar del universo.
La maldad puede entenderse como la desviación de una voluntad creada respecto del bien establecido por Dios.
Aparece cuando una criatura dice:
«No quiero tu voluntad».
«Quiero la mía».
Cuando dice:
«No aceptaré el lugar que me diste».
«Quiero escoger mi propio lugar».
Cuando deja de recibir al Creador como la referencia del bien y comienza a colocarse a sí misma como referencia.
Eso es precisamente lo que comenzamos a observar en Lucero.
Primero el pensamiento.
Después el orgullo.
Después la insatisfacción.
Después el deseo.
Después la exaltación propia.
Después la rebelión.
Y finalmente la búsqueda de seguidores.
El mal no apareció porque Dios hubiera creado un ser malo.
Apareció cuando un ser bueno utilizó su libertad para apartarse del propósito para el cual había sido creado.
Esto también responde algo acerca de Dios
Estamos estudiando a Lucero.
Pero recuerde que nuestra investigación sigue teniendo una pregunta mayor:
Y esta historia comienza a mostrarnos algo.
Dios concedió una libertad tan real que una criatura pudo utilizarla incluso contra Él.
Eso resulta sorprendente.
Dios podía haber creado un universo donde nadie tuviera posibilidad de cuestionarlo.
Donde nadie pudiera rechazarlo.
Donde toda criatura ejecutara automáticamente su voluntad.
Habría orden.
Pero sería un orden programado.
Dios escogió algo diferente.
Relación.
Y la relación verdadera tiene un riesgo.
El amado puede rechazar el amor.
El hijo puede alejarse del padre.
La criatura puede rebelarse contra su Creador.
Eso no significa que el Creador produjo la rebelión.
Significa que tomó seriamente la libertad que había entregado.
Y esto nos prepara para comprender a Adán y Eva
Muy pronto veremos el mismo principio aparecer en la Tierra.
Adán y Eva habían sido creados buenos.
Habían sido bendecidos.
Habían recibido autoridad.
Habían recibido propósito.
Habían conocido a Dios.
Y también poseían voluntad.
La serpiente no podía fabricar mecánicamente una rebelión dentro de ellos.
Tenía que convencerlos.
Tenía que conseguir que pensaran.
Que dudaran.
Que desearan.
Y finalmente:
que escogieran.
Por eso la historia de Lucero es tan importante antes de llegar a Génesis 3.
Nos muestra que el pecado no requiere que Dios cree maldad dentro de alguien.
Requiere una criatura libre que deje de confiar en el lugar que Dios le dio y comience a querer ocupar otro.
Lucero miró aquello que tenía.
Después miró aquello que no tenía.
Y llegó un momento en que lo recibido dejó de ser suficiente.
Quiso más.
Después quiso aquello que pertenecía a Dios.
Y finalmente decidió levantarse contra Él.
La maldad había aparecido.
No porque Dios la hubiera creado.
Sino porque una criatura verdaderamente libre había utilizado su libertad para rechazar al Creador que se la había dado.
Pero todavía queda una pregunta inquietante.
Cuando ese pensamiento comenzó a transformarse en rebelión…
cuando Lucero empezó a influir sobre otros…
cuando aquello dejó de ser solamente un problema interior y comenzó a amenazar el orden establecido por Dios…
¿por qué Dios permitió que la rebelión avanzara?
¿Por qué no la detuvo antes de que alcanzara a otros?
¿Por qué no destruyó inmediatamente a Lucero?
Y si sabía que aquella rebelión terminaría llegando hasta el mundo de Adán y Eva…
¿por qué permitió que continuara?
Ésa será nuestra siguiente pregunta.
La pregunta de este capítulo era difícil: ¿cómo pudo aparecer maldad en un ser creado perfecto?
Pero al buscar la respuesta no solamente aprendemos algo acerca de Lucero y del origen del pecado. También comenzamos a descubrir algo profundamente importante acerca de Dios.
Aprendo que Dios es bueno y que lo que salió originalmente de sus manos era bueno.
La maldad no apareció porque Dios hubiera creado a Lucero malo. La Escritura presenta a la creación original como obra de un Dios bueno.
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Aprendo que Dios no es el autor de la maldad.
Dios dio inteligencia, voluntad, capacidades y libertad. Lucero decidió cómo utilizar esos dones. La posibilidad de utilizar mal un regalo no convierte al Dador en autor de aquello que la criatura decidió hacer.
«Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
1 Juan 1:5, RVR1960
Aprendo que Dios es el Dador de lo bueno.
La belleza, sabiduría y capacidades de Lucero no surgieron de él mismo. Habían sido recibidas. Esto nos recuerda que los dones buenos tienen su origen en Dios.
«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces.»
Santiago 1:17, RVR1960
Aprendo que Dios nos concede una libertad verdadera.
Dios no creó simplemente mecanismos programados para responder siempre de la misma manera. Creó seres capaces de escoger. La Escritura presenta continuamente a Dios colocando delante de sus criaturas decisiones reales.
«Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida.»
Deuteronomio 30:19, RVR1960
Aprendo que Dios quiere una respuesta que proceda del corazón.
Dios no busca solamente movimientos exteriores. Le importa lo que sucede dentro de nosotros: nuestros deseos, motivaciones y decisiones.
«Porque Jehová no mira lo que mira el hombre… Jehová mira el corazón.»
1 Samuel 16:7, RVR1960
Aprendo que Dios quiere que lo amemos libremente.
El amor ocupa el centro de la relación que Dios desea con sus criaturas. No solamente obediencia externa, sino amor hacia Él.
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.»
Mateo 22:37, RVR1960
Aprendo que Dios no nos obliga a permanecer con Él.
Una de las cosas más sorprendentes de esta historia es que Lucero pudo decirle que no a Dios. Dios tenía poder para impedir físicamente cualquier rebelión, pero la libertad que había concedido era suficientemente real para poder ser utilizada incluso contra Él.
Josué presentó esa misma realidad al pueblo:
«Escogeos hoy a quién sirváis.»
Josué 24:15, RVR1960
Aprendo que Dios nos da capacidades para utilizarlas para el bien.
La inteligencia, la autoridad, la creatividad y nuestros demás dones pueden utilizarse para servir o pueden torcerse para propósitos diferentes. El propósito de Dios es que aquello que recibimos sea utilizado para hacer el bien.
«Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.»
1 Pedro 4:10, RVR1960
Aprendo que Dios quiere producir gratitud, no orgullo.
Lucero comenzó a contemplar lo que poseía hasta olvidar de dónde procedía. La Escritura nos recuerda que reconocer al Dador protege nuestro corazón de pensar que somos la fuente de nuestros propios dones.
«¿Qué tienes que no hayas recibido?»
1 Corintios 4:7, RVR1960
Aprendo que Dios no cambia cuando cambia nuestra percepción de Él.
Lucero podía comenzar a interpretar de otra manera el gobierno de Dios. Más adelante la serpiente intentaría hacer lo mismo con Eva. Pero que una criatura cambie su opinión acerca de Dios no cambia el carácter de Dios.
«Porque yo Jehová no cambio.»
Malaquías 3:6, RVR1960
Y aprendo que Dios es digno de confianza.
Éste quizá sea uno de los puntos más importantes.
La rebelión comienza a crecer cuando la criatura deja de confiar en Dios y comienza a pensar que existe algo mejor fuera de su voluntad.
Pero la Escritura nos invita precisamente a hacer lo contrario:
«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.»
Proverbios 3:5, RVR1960
Entonces, cuando observamos todo lo ocurrido, podemos distinguir claramente entre lo que Dios dio y lo que la criatura hizo con lo recibido.
Dios dio vida.
Dios dio inteligencia.
Dios dio belleza.
Dios dio capacidades.
Dios dio voluntad.
Dios dio libertad.
La criatura decidió qué hacer con ellas.
Y ésta es una distinción fundamental.
Dios creó la capacidad de escoger; no creó la elección rebelde.
Dios dio inteligencia; no produjo la corrupción de esa inteligencia.
Dios dio autoridad; no produjo el deseo de apropiarse de su trono.
Dios dio libertad; no produjo la rebelión.
Y quizá aquí descubrimos algo especialmente hermoso acerca de Él:
Dios quiso seres capaces de amarlo, no máquinas incapaces de rechazarlo.
Quiso relación.
Quiso confianza.
Quiso amor.
Quiso una respuesta que pudiera nacer verdaderamente del corazón.
Y para que un sí pudiera ser verdadero, permitió que también existiera la posibilidad de decir no.
Lucero utilizó esa libertad para apartarse.
Pero su decisión no convirtió a Dios en autor de la maldad.
Al contrario, cuando comenzamos a separar cuidadosamente los dones del Dador de las decisiones de la criatura, el carácter de Dios comienza a verse con mayor claridad:
Dios es bueno.
Dios da cosas buenas.
Dios concede libertad.
Dios desea amor verdadero.
Dios mira el corazón.
Y Dios continúa siendo bueno incluso cuando una criatura utiliza mal aquello bueno que recibió de sus manos.
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