Hasta ahora hemos contemplado a Adán y Eva como hijos de Dios, como administradores de su creación, como trabajadores y como seres humanos a quienes Dios entregó una extraordinaria responsabilidad sobre la Tierra.
Pero había otra parte fundamental del proyecto.
Dios no había creado solamente a un hombre y a una mujer.
Había comenzado una familia.
Y aquella familia debía crecer.
La primera declaración de Dios dirigida a ambos después de crearlos resulta extraordinariamente significativa:

«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…» (Génesis 1:28, RVR1960).
Primero:
«los bendijo».
Después:
«Fructificad y multiplicaos».
Y finalmente:
«llenad la tierra».
La familia no aparece como un detalle secundario dentro del proyecto de Dios.
Era uno de los medios mediante los cuales aquel proyecto continuaría.
Adán y Eva eran el principio.
Pero no eran el final.
Vendrían hijos.
Después aquellos hijos crecerían.
Formarían sus propias familias.
Vendrían nuevas generaciones.
Y poco a poco una humanidad completa se extendería sobre la Tierra.
No sabemos cuánto tiempo permanecieron Adán y Eva dentro del huerto, y no necesitamos especular acerca del número de generaciones que alcanzaron a vivir allí.
Lo que sí conocemos es la dirección que Dios había establecido para el futuro:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra».
La familia formaba parte del plan desde el principio.
Adán y Eva: una relación extraordinariamente íntima
Antes de hablar de hijos, tenemos que observar a los padres.
Porque Génesis nos permite contemplar algo acerca de la relación que existía entre ellos.
Cuando Dios llevó a Eva delante de Adán, éste reaccionó diciendo:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada» (Génesis 2:23, RVR1960).
No encontramos indiferencia.
Encontramos reconocimiento.
Adán había observado a los animales.
Había visto macho y hembra.
Había visto criaturas semejantes entre sí.
Pero no había encontrado entre ellas:
«ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).
Ahora la tenía delante.
Alguien como él.
Alguien con quien podía hablar.
Alguien capaz de comprenderlo.
Alguien con quien compartir aquello que Dios había puesto bajo su responsabilidad.
Alguien con quien formar una familia.
Por eso inmediatamente aparece una de las declaraciones más importantes de toda la Biblia acerca del matrimonio:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).
Observe la expresión:
«se unirá».
Y después:
«una sola carne».
Dos personas.
Pero una unión.
Dos inteligencias.
Dos personalidades.
Dos capacidades.
Dos seres humanos completos.
Pero un proyecto compartido.
Adán no había recibido una sirvienta.
Eva tampoco había recibido simplemente alguien que le proporcionara alimento y protección.
Dios había unido a dos personas para compartir la vida.
Y la misión que Dios les entregó confirma que ambos formaban parte de ella:
«Y los bendijo Dios, y les dijo…» (Génesis 1:28, RVR1960).
No dice solamente que bendijo a Adán.
Dice:
«los bendijo».
No habló solamente a Adán.
Dice:
«les dijo».
Ambos estaban dentro del propósito.
Ambos estaban dentro de la bendición.
Ambos participarían en la multiplicación.
Ambos participarían en llenar la Tierra.
Y ambos estaban relacionados con el señorío que Dios había entregado a la humanidad.
El matrimonio original, por tanto, era mucho más que compañía.
Era una sociedad de vida, amor, familia y propósito.
«Estaban ambos desnudos… y no se avergonzaban»
Entonces Génesis añade una frase extraordinaria:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (Génesis 2:25, RVR1960).
Durante mucho tiempo pensé que esta declaración simplemente nos informaba que Adán y Eva no utilizaban ropa.
Ahora creo que nos permite mirar mucho más profundamente dentro de su relación.
Nosotros tenemos dificultades para imaginar aquella escena porque inevitablemente la contemplamos con los ojos del mundo que conocemos.
Pero debemos intentar verla desde el mundo que ellos conocían.
Adán podía mirar a Eva sin morbo.
Eva podía mirar a Adán de la misma manera.
No existía la pornografía que educara sus ojos.
No existían imágenes con las cuales comparar el cuerpo del esposo o de la esposa.
No había experiencias anteriores.
No existía la competencia sexual.
No existía el temor de no ser suficientemente atractivo para el otro.
No había necesidad de esconder imperfecciones.
No existía una cultura que utilizara el cuerpo humano como mercancía.
Adán simplemente contemplaba a la mujer que Dios le había dado.
Y Eva contemplaba al hombre del cual había sido tomada.
Eran esposo y esposa.
Y estaban completamente seguros el uno delante del otro.
Eso me parece extraordinariamente hermoso.
Porque:
«no se avergonzaban»
puede hablarnos de mucho más que cuerpos descubiertos.
Nos presenta una relación donde dos personas podían mostrarse completamente como eran.
Sin máscaras.
Sin pretender.
Sin necesidad de impresionar.
Sin esconderse emocionalmente.
Podían hablar.
Compartir pensamientos.
Compartir experiencias.
Compartir sueños.
Aprender juntos.
Trabajar juntos.
Disfrutar juntos.
Y conocerse profundamente.
Eso es intimidad.
No solamente sexual.
Intimidad de vida.
¿Es posible que la gloria de Dios cubriera su desnudez?
Hay otra posibilidad que personalmente me parece fascinante.
La Biblia no dice directamente que Adán y Eva resplandecieran, pero sí sabemos que vivían extraordinariamente cerca de la presencia de Dios.
Y también sabemos que, en otros momentos de la historia bíblica, la cercanía con la gloria de Dios produjo un resplandor visible e intenso.
Cuando Moisés descendió del monte después de estar con Dios, la Escritura dice:
«Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí […] no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios» (Éxodo 34:29, RVR1960).
Y el resplandor era tan evidente que los demás reaccionaron ante él:
«Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él» (Éxodo 34:30, RVR1960).
La presencia de Dios dejó una manifestación visible sobre Moisés.
Y cuando Jesucristo manifestó su gloria delante de sus discípulos:
«se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz» (Mateo 17:2, RVR1960).
Marcos añade:
«Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos» (Marcos 9:3, RVR1960).
La gloria era intensa.
Visible.
Deslumbrante.
Y esto me lleva a formular una posibilidad que considero completamente razonable dentro de la reconstrucción que estamos haciendo:
¿Pudo la gloria que rodeaba a Adán y Eva producir un resplandor tan intenso que, de alguna manera, cubriera visualmente su desnudez?
Quizá no debemos imaginar simplemente dos cuerpos humanos desnudos como los veríamos hoy.
Quizá estaban envueltos en una manifestación de gloria.
No puedo afirmar exactamente cómo se veía.
Pero sabemos que la gloria de Dios puede ser tan intensa que dificulta incluso mirar directamente aquello sobre lo cual se manifiesta.
Y Adán y Eva vivían muy cerca de esa gloria.
Habían sido creados directamente por Dios.
Habían sido hechos:
«a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
Conocían su voz.
Habitaban dentro del mundo que Él mismo había preparado.
Y todavía no estaban:
«destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23, RVR1960).
Por eso encuentro posible que aquella gloria se manifestara sobre ellos de una manera que nosotros ya no conocemos.
Y si era así, el resplandor mismo podía cubrir o velar visualmente aquello que nosotros llamaríamos desnudez.
Pero incluso si esa manifestación no hubiera funcionado exactamente de esa manera, existe otra explicación suficiente:
sus ojos eran limpios.
No existía morbo.
No existía perversión.
No existía una mirada contaminada.
Así que probablemente ambas realidades podían estar presentes al mismo tiempo:
una humanidad revestida de una gloria que nosotros apenas podemos imaginar,
y unos ojos completamente limpios para contemplarse.
Esto también me lleva a pensar en sus hijos.
Si aquellos niños nacían dentro de la misma condición, bajo la misma bendición, cerca de la misma presencia de Dios y antes de perder aquella gloria, es razonable preguntarnos si ellos también manifestaban algo de esa misma condición gloriosa.
Quizá la primera familia humana era visualmente muy diferente de lo que nuestra imaginación moderna ha representado.
No seres primitivos viviendo desnudos entre los árboles.
Sino una familia humana extraordinaria, saludable, inteligente y posiblemente resplandeciente, viviendo cerca de la gloria de su Padre.

¿Cómo habría sido recibir a los primeros hijos?
Ahora imagine aquella pareja comenzando a cumplir:
«Fructificad y multiplicaos».
Por supuesto, la Biblia no describe un nacimiento dentro del Edén.
Pero como hemos venido desarrollando en los capítulos anteriores, considero que existen razones suficientes para pensar que Adán y Eva pudieron comenzar a tener descendencia allí.
Si fue así, aquellos primeros hijos llegaron a un mundo completamente extraordinario.
Sus padres podían enseñarles quién los había creado.
Podían enseñarles acerca de la Tierra.
Podían enseñarles acerca de los animales.
Podían enseñarles a trabajar.
Podían enseñarles horticultura.
Podían enseñarles a cuidar aquello que Dios había puesto bajo su responsabilidad.
Podían enseñarles acerca del gobierno.
Podían enseñarles lo que Dios esperaba de ellos.
Y podían transmitirles el conocimiento que ellos mismos habían recibido directamente del Creador.
No olvidemos que Dios había preparado una humanidad destinada a:
«llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Aquellos niños no nacían simplemente para existir.
También ellos formarían parte del proyecto.
Tendrían capacidades.
Dones.
Responsabilidades.
Aprenderían.
Crecerían.
Trabajarían.
Y eventualmente podrían formar sus propias familias.
Con el paso del tiempo vendrían hijos.
Después nietos.
Y en el futuro, generaciones enteras.
No estoy diciendo que todas esas generaciones alcanzaran a existir mientras Adán y Eva permanecieron dentro del huerto.
No sabemos cuánto tiempo estuvieron allí.
Lo que estoy diciendo es que ese era el futuro contenido en el mandamiento:
«llenad la tierra».
Dios no estaba pensando solamente en dos personas.
Estaba pensando en una humanidad.
Padres que tenían algo extraordinario que enseñar
Existe otra parte de esta escena que me conmueve.
Adán y Eva tenían muchísimo que transmitir a sus hijos.
Adán podía enseñar aquello que había aprendido trabajando la tierra.
Podía enseñar acerca de los animales que había observado y nombrado.
Podía explicar el funcionamiento del huerto.
Podía enseñar administración.
Podía transmitir el conocimiento necesario para ejercer el señorío que Dios le había encargado.
Eva también tenía capacidades, conocimiento y una responsabilidad extraordinaria dentro de aquella familia.
Y ambos podían enseñar algo todavía más importante:
quién era Dios.
Mucho después, cuando Dios estableció su pacto con Israel, ordenó a los padres:
«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes» (Deuteronomio 6:6-7, RVR1960).
Ese principio me parece hermoso.
Una generación conoce algo de Dios.
Y se lo cuenta a la siguiente.
La siguiente lo aprende.
Lo vive.
Y algún día se lo contará a sus propios hijos.
Así podía extenderse no solamente la población humana.
También el conocimiento de Dios.
El proyecto familiar tenía, por tanto, una dimensión mucho mayor que simplemente reproducirse.
Había que formar seres humanos.
Enseñarles.
Prepararlos.
Ayudarlos a descubrir sus responsabilidades.
Y mostrarles cómo vivir dentro del Reino del Padre.
Una familia creada también para disfrutar
No quiero que imaginemos aquella familia solamente trabajando y recibiendo instrucciones.
Ya hemos visto que Dios creó al hombre con una extraordinaria capacidad para disfrutar.
Y una de las cosas más hermosas que podemos disfrutar son precisamente otras personas.
La Biblia dice:
«He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre» (Salmos 127:3, RVR1960).
Y también:
«Corona de los viejos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres» (Proverbios 17:6, RVR1960).
Aunque estas palabras fueron escritas mucho después, revelan algo acerca de cómo la Biblia contempla la familia.
Como regalo.
Como herencia.
Como motivo de alegría.
Imagine entonces la primera vez que Adán sostuvo a uno de sus hijos.
Hasta ese momento él mismo había sido el comienzo de la humanidad.
Ahora tenía delante una pequeña persona que procedía de él y de Eva.
Otro ser humano.
Alguien que crecería.
Que aprendería a hablar.
Que preguntaría.
Que descubriría.
Que reiría.
Que desarrollaría su propia personalidad.
Y que algún día también podría participar en aquello que Dios había confiado a la familia.
Quizá allí comenzó Adán a comprender todavía mejor lo que significaba que él mismo fuera llamado:
«hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Porque ahora él también conocía lo que significaba mirar a un hijo.
Enseñarle.
Cuidarlo.
Disfrutarlo.
Prepararlo.
Y desear compartir con él aquello que uno posee.
Una familia con un propósito mucho mayor que ella misma
Esta es quizá una de las cosas más importantes que debemos comprender.
La primera familia no había sido creada únicamente para buscar su propia felicidad.
Tenía una misión.
Dios había dicho:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
La familia y el gobierno aparecen juntos.
Eso significa que conforme la familia creciera, también crecería la capacidad humana para administrar la Tierra.
Vendrían nuevos trabajadores.
Nuevos administradores.
Nuevas inteligencias.
Nuevas capacidades.
Personas capaces de explorar.
Construir.
Cultivar.
Organizar.
Crear.
Resolver problemas.
Desarrollar nuevas regiones.
Y ejercer autoridad delegada bajo el gobierno de Dios.
Por eso los hijos no eran simplemente una extensión sentimental de sus padres.
Eran la siguiente generación del proyecto.
Cada nacimiento ampliaba la familia.
Y cada nueva persona podía ampliar también aquello que la humanidad era capaz de hacer sobre la Tierra.
Dios había comenzado con dos.
Pero había diseñado un planeta capaz de sostener a muchísimos.
La orden era:
«llenad la tierra».
Así que desde el principio la familia tenía una dirección.
Crecer.
Expandirse.
Aprender.
Administrar.
Gobernar.
Y transmitir de una generación a otra el conocimiento del Padre.
¿Qué aprendimos de Dios?
Al contemplar a la primera familia comenzamos a descubrir otra faceta del Dios que estamos intentando conocer.
Dios no solamente creó individuos.
Creó relaciones.
Cuando vio al hombre solo dijo:
«No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18, RVR1960).
Y respondió a aquella necesidad creando compañía.
Creó matrimonio.
Creó intimidad.
Creó sexualidad.
Creó la capacidad de tener hijos.
Creó la posibilidad de que una generación transmitiera vida y conocimiento a la siguiente.
Y colocó todo aquello bajo su bendición.
Esto me muestra a un Dios profundamente relacional.
Un Dios al que le agrada compartir.
Un Dios que quiso que sus hijos también tuvieran personas con quienes compartir.
Un Dios que pudo haber creado millones de seres humanos simultáneamente, pero escogió comenzar con un hombre, una mujer y una familia que crecería.
Eso me parece significativo.
La humanidad no comenzó como una multitud de desconocidos.
Comenzó como familia.
Y quizá por eso, miles de años después, el lenguaje con el que Dios continúa describiendo su relación con nosotros sigue siendo familiar.
Pablo dice:
«Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Corintios 6:18, RVR1960).
Padre.
Hijos.
Hijas.
Familia.
Las mismas ideas continúan apareciendo.
Y cuando observo a Adán y Eva juntos, posiblemente revestidos por el resplandor de la gloria de Dios, mirándose con ojos limpios, compartiendo una misión, recibiendo la bendición de Dios y comenzando una familia destinada a llenar la Tierra, empiezo a ver algo más acerca del corazón del Creador.
No quería solamente habitantes para su planeta.
Quería hijos capaces de amar, relacionarse, formar familias, compartir aquello que habían recibido y participar juntos en su Reino.
Y aquella familia apenas estaba comenzando.
Porque todavía tenemos que descubrir cómo pudo desarrollarse su vida cotidiana, qué clase de sociedad comenzaba a formarse y cómo aquella primera humanidad podía extenderse por la extraordinaria Tierra que Dios había puesto bajo su gobierno.
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