Antes de continuar reconstruyendo el extraordinario mundo en el que vivieron Adán y Eva, quiero hacer un paréntesis.
Es necesario.
Porque existe una pregunta que ha confundido a generaciones enteras de lectores de Génesis:
Si Adán y Eva fueron los primeros seres humanos, y Caín y Abel aparecen como sus primeros hijos mencionados después de la caída, ¿de dónde salió la esposa de Caín?
Y la pregunta se vuelve todavía más difícil cuando leemos que, después de matar a Abel, Caín dice:
«Y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará» (Génesis 4:14, RVR1960).
¿Quiénes podían encontrarlo?
¿A quién temía?
¿Quiénes habitaban otras regiones?
Y poco después encontramos:

«Salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén. Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc; y edificó una ciudad…» (Génesis 4:16-17, RVR1960).
Una esposa.
Personas capaces de encontrarlo.
Una región habitada.
Y una ciudad.
Pero si solamente existían Adán, Eva y Caín, después de la muerte de Abel, ¿cómo explicamos todo aquello?
Este no es un detalle insignificante.
En mi libro Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes? explico que precisamente esta pregunta ha sido utilizada muchas veces para atacar la credibilidad de Génesis y para debilitar la fe de personas que nunca recibieron una respuesta que les pareciera coherente.
Yo mismo tuve dificultades con el tema.
Y no tengo problema si usted llega a una conclusión diferente de la mía.
Estamos reconstruyendo acontecimientos de los cuales la Biblia nos proporciona información distribuida en diferentes lugares.
Puede estar de acuerdo.
Puede no estarlo.
Cada uno debe estudiar.
Comparar Escritura con Escritura.
Y llegar a una conclusión delante de Dios.
Yo estoy abierto a cualquier otra explicación que sea bíblica, coherente y capaz de responder todas las piezas del relato.
Lo que no considero suficiente es asumir cosas que la Escritura nunca dice y después utilizarlas para explicar otras cosas que tampoco dice.
Así que hagamos nuevamente lo que hemos venido haciendo.
Reunamos las piezas.
Caín no aparece en una Tierra vacía
Después de matar a Abel, Caín recibe la sentencia de Dios y responde:
«Grande es mi castigo para ser soportado. He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará» (Génesis 4:13-14, RVR1960).
Observe sus palabras:
«cualquiera que me hallare».
Caín sabe que existen otras personas.
No parece temer solamente a su padre.
No parece temer solamente a su madre.
Teme encontrarse con otros seres humanos.
Y la respuesta de Dios resulta todavía más interesante:
«Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara» (Génesis 4:15, RVR1960).
Dios no corrige la suposición de Caín.
No le dice:
«No existe nadie más».
Al contrario, coloca una señal precisamente:
«para que no lo matase cualquiera que le hallara».
El propio relato presupone otras personas.
Después Caín parte:
«y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén» (Génesis 4:16, RVR1960).
Y allí aparece su esposa.
El texto no dice que Dios la creó especialmente para él.
No dice que apareció misteriosamente.
No dice que pertenecía a una segunda creación humana.
Simplemente dice:

«Y conoció Caín a su mujer» (Génesis 4:17, RVR1960).
Y después:

«edificó una ciudad».
Todo esto indica que el mundo alrededor de Caín era mucho más poblado de lo que una lectura superficial de los nombres registrados puede hacernos pensar.
Ese es precisamente el problema que desarrollo en mi libro: si solamente existían Adán, Eva, Caín y Abel, la esposa de Caín y las demás personas presentes en la narración se convierten en un misterio innecesario.
Pero si aceptamos lo que hemos venido estudiando, la dificultad comienza a desaparecer.
Dios había dicho mucho antes:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).
Esa orden fue dada antes de la caída.
Adán y Eva eran marido y mujer.
Tenían vida matrimonial.
Habían recibido la orden de multiplicarse.
Y cuando salen del huerto, Adán llama a su esposa:
«Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20, RVR1960).
No dice:
«será madre».
La RVR1960 dice:
«era madre».
En mi libro utilizo precisamente este detalle como parte de la evidencia de que Eva ya tenía descendencia al momento de la salida del Edén.
Entonces la esposa de Caín deja de ser inexplicable.
Formaba parte de la familia humana que ya existía.
No necesitamos inventar otro origen.
Pero aquellos hijos no salieron inocentes del Edén
Aquí necesito detenerme porque esto es fundamental para comprender correctamente mi planteamiento.
No estoy diciendo que Adán y Eva tuvieron hijos dentro del huerto, que esos hijos permanecieron perfectos e inocentes, y que después fueron castigados únicamente porque su padre pecó.
Eso presentaría un problema muy serio con la justicia de Dios.
Y no es lo que estoy proponiendo.
La evidencia bíblica apunta a que la corrupción de la humanidad ya había comenzado antes de que Adán consumara finalmente su desobediencia.
Pablo escribe:
«Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad» (Romanos 1:18, RVR1960).
Y continúa:
«Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó» (Romanos 1:19, RVR1960).
Después dice:
«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo» (Romanos 1:20, RVR1960).
Y entonces aparece una declaración crucial:
«Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido» (Romanos 1:21, RVR1960).
Observe el lenguaje.
«Habiendo conocido a Dios».
Y después:
«no le glorificaron».
Mi libro llama la atención precisamente sobre esto: Pablo se traslada a los comienzos de la humanidad y habla de hombres, en plural, que conocieron a Dios y dejaron de glorificarlo.
Esto encaja extraordinariamente bien con el escenario que hemos venido reconstruyendo.
Una generación podía haber nacido dentro del Edén.
Podía conocer la presencia de Dios.
Podía conocer su gobierno.
Podía haber recibido instrucción directamente de Adán y Eva.
Y aun así podía comenzar a apartarse de Él.
Estar cerca de Dios no elimina el libre albedrío.
Conocer a Dios no obliga a amarlo.
Lucero conoció a Dios.
Adán conoció a Dios.
Y, sin embargo, la rebelión fue posible.
Aquellos descendientes también podían escoger.
Y según la lectura que estoy proponiendo, escogieron mal.
Pablo continúa describiendo el proceso:
«Profesando ser sabios, se hicieron necios» (Romanos 1:22, RVR1960).
Y posteriormente:
«cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador» (Romanos 1:25, RVR1960).
Aquí debemos entender algo.
Cuando digo que comenzaron a rendir culto a la creación, no estoy diciendo necesariamente que inmediatamente construyeron templos, tallaron ídolos, organizaron sacerdocios y realizaron ceremonias semejantes a las religiones posteriores.
Eso vendría después.
La idolatría empieza mucho antes.
Comienza cuando algo creado ocupa el lugar que solamente le corresponde al Creador.
La criatura empieza a importar más que Dios.
La capacidad que Él nos dio.
La belleza que Él hizo.
El conocimiento que Él permitió.
El placer.
El poder.
La pareja.
La familia.
La creación misma.
Todo eso puede convertirse en un sustituto de Dios.
El problema no era disfrutar la creación.
Dios la había hecho precisamente para ser disfrutada.
El problema era preferir la creación al Creador.
Pablo describe el principio del proceso:
«no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias».
Primero desaparece la gratitud.
Después desaparece la honra.
Después el razonamiento comienza a corromperse.
Después el corazón se oscurece.
Y finalmente el hombre termina sirviendo aquello que Dios le había dado en lugar de servir a Dios.
Por tanto, no estoy imaginando una multitud de hijos inocentes siendo expulsados injustamente junto con Adán.
Estoy viendo una familia cuya rebelión había comenzado.
Adán era la cabeza, pero todos participaron
Entonces llegamos al momento decisivo.
Adán no era simplemente otro miembro de aquella familia.
Era su cabeza.
Había recibido de Dios la primera autoridad.
Había sido creado para gobernar.
De él procedía aquella descendencia.
Y cuando la cabeza finalmente consumó la rebelión, el juicio cayó sobre la estructura completa.
Este principio aparece repetidamente en la Biblia.
La conducta de la cabeza de una casa puede producir consecuencias sobre toda la familia.
En mi libro utilizo ejemplos bíblicos donde Dios hace responsable a la cabeza familiar y el juicio alcanza la casa que está bajo esa autoridad.
Pero eso no significa que Dios estuviera condenando a una familia inocente por culpa de otro.
Eso es precisamente lo que debemos evitar.
La Biblia establece:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23, RVR1960).
En mi libro recalco precisamente el alcance de esa palabra:
«todos».
Desde el primer hombre hasta el último.
Toda la humanidad participó de una manera u otra en la rebelión contra Dios.
Así que cuando Adán peca, no vemos a un solo culpable arrastrando a una familia completamente santa e inocente.
Vemos al representante de una familia que ya estaba alejándose de Dios consumando la rebelión desde la posición de autoridad que había recibido.
Y entonces el juicio se hace efectivo sobre toda aquella estructura.
Pablo lo expresa así:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12, RVR1960).
Observe las dos cosas.
El pecado entra:
«por un hombre».
Pero después:
«todos pecaron».
Ambas realidades aparecen juntas.
Hay una cabeza.
Y hay responsabilidad individual.
Eso protege la justicia de Dios.
Adán tenía una responsabilidad especial.
Pero los demás tampoco eran víctimas morales completamente inocentes.
Participaron de la corrupción.
Y por eso todos necesitarían posteriormente al mismo Redentor.
Los «hijos de Dios» también se corrompieron
Esto nos ayuda a comprender mejor la expresión que estudiamos anteriormente:
«los hijos de Dios».
En la interpretación que venimos desarrollando, eran descendientes relacionados con la humanidad nacida mientras Adán todavía vivía dentro de la condición original de:
«hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Pero el nombre de origen no significaba que permanecieran moralmente perfectos.
Génesis 6 dice:
«viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas» (Génesis 6:2, RVR1960).
No aparecen como una raza santa viviendo separada del pecado.
Ellos también forman parte de la corrupción que terminará caracterizando el mundo anterior al Diluvio.
Eso encaja con Romanos.
Conocieron.
Pero no glorificaron.
Recibieron.
Pero dejaron de agradecer.
Vieron al Creador.
Pero comenzaron a preferir la creación.
Y terminaron participando de la misma condición moral del resto de la humanidad.
Por eso no necesitamos imaginar que Dios expulsó del Edén a una población justa que no había hecho nada.
La rebelión era familiar.
Adán la consumó como cabeza.
Pero no estaba solo moralmente.
Entonces la esposa de Caín comienza a encajar
Ahora regresemos a Caín.
Si Adán y Eva ya habían tenido descendencia dentro del huerto…
si aquella descendencia había crecido…
si la humanidad había comenzado a multiplicarse…
si algunos podían haberse desplazado hacia otras regiones…
y si todos ellos salieron afectados por el juicio porque aquella familia ya participaba del alejamiento de Dios…
entonces el mundo de Caín ya no necesita ser imaginado como un planeta vacío.
Podían existir familias.
Parientes.
Descendientes.
Grupos humanos establecidos en distintos lugares.
Y Caín podía tener una esposa perteneciente a esa misma humanidad.
Por eso podía decir:
«cualquiera que me hallare, me matará».
Había alguien que podía hallarlo.
Por eso Dios le colocó una señal.
Por eso podía trasladarse a Nod.
Por eso tenía esposa.
Y por eso podía:
«edificar una ciudad».
Una comunidad humana ya existía.
Mi libro sostiene precisamente que la esposa de Caín procedía de aquella población humana vinculada con la descendencia que salió del Edén junto con Adán y Eva.
Esto no requiere una segunda humanidad.
No requiere otra creación.
No requiere seres mitad ángeles y mitad hombres.
No requiere inventar personas que aparecieron repentinamente.
Tenemos una familia humana.
Y una familia que había tenido tiempo para multiplicarse.
¿Por qué Génesis no registra a toda esa gente?
Porque ese nunca fue su propósito.
La Biblia no está escribiendo un registro civil de cada ser humano.
Génesis selecciona personas que son importantes para la historia que quiere contar.
Esto se hace evidente cuando dice de Adán:
«Y fueron los días de Adán después que engendró a Set, ochocientos años, y engendró hijos e hijas» (Génesis 5:4, RVR1960).
¿Quiénes eran?
No sabemos.
¿Cuántos?
No sabemos.
¿Cómo se llamaban las hijas?
No sabemos.
¿Con quién se casaron todos?
Tampoco.
Eso no significa que no existieran.
Significa que sus nombres no eran necesarios para la línea narrativa que la Escritura estaba siguiendo.
Después de la caída aparece una nueva prioridad.
Dios promete:
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza…» (Génesis 3:15, RVR1960).
Desde entonces surge una pregunta que recorrerá toda la Biblia:
¿de qué línea vendrá el Redentor?
Y allí comienzan a adquirir importancia las genealogías.
Set.
Enós.
Noé.
Sem.
Isaac.
Judá.
David.
Hasta llegar a Jesucristo.
Mi libro conecta expresamente el registro de las genealogías con la promesa de un Mesías que vendría por una línea determinada.
Por eso la Biblia no necesita contarnos la historia completa de cada familia que existió.
Está siguiendo una pista.
La pista del Redentor.
Una sola humanidad, un solo problema y un solo Redentor
Esto también es importante para mantener coherente toda la historia bíblica.
No había una humanidad pura procedente del huerto y otra humanidad pecadora fuera de él.
No.
Había una sola familia humana.
Toda ella procedía de Adán.
Toda ella terminó participando del pecado.
Y toda ella quedó necesitada de redención.
Pablo dice:
«Por cuanto todos pecaron…»
Y después:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22, RVR1960).
Ese paralelismo es extraordinario.
Adán representa a la humanidad caída.
Cristo aparece como:
«el postrer Adán» (1 Corintios 15:45, RVR1960).
No necesitamos otro redentor para los descendientes del huerto.
No necesitamos uno para los hijos de los hombres y otro para los hijos de Dios.
Todos eran humanos.
Todos pecaron.
Todos quedaron bajo muerte.
Y todos necesitarían al mismo Cristo.
Eso, para mí, hace que la historia sea mucho más coherente.
Entonces, ¿de dónde salió la esposa de Caín?
Mi respuesta continúa siendo sencilla:
de la familia humana que ya se había multiplicado.
Muy probablemente pertenecía a aquella descendencia de Adán y Eva que ya existía antes de que Génesis comenzara a seguir específicamente la historia de Caín y Abel.
No tenemos su nombre.
No tenemos el nombre de sus padres.
No tenemos su genealogía.
Pero tampoco necesitamos tenerla para reconocer que el propio texto presupone más personas.
Caín las teme.
Dios reconoce el peligro.
Caín tiene esposa.
Habita otra región.
Y edifica una ciudad.
Para mí, esta explicación conecta esas piezas sin violentar el resto de las Escrituras.
¿Existe otra explicación?
Estoy dispuesto a escucharla.
Pero debe ser bíblica.
Debe explicar todas las piezas.
Debe respetar:
«Fructificad y multiplicaos».
Debe explicar:
«era madre de todos los vivientes».
Debe explicar:
«cualquiera que me hallare».
Debe explicar a la esposa.
Debe explicar la ciudad.
Debe explicar a los «hijos de Dios».
Debe mantener una sola humanidad descendiente de Adán.
Debe respetar:
«todos pecaron».
Y debe conservar la estructura de la redención en la que un solo Cristo viene a rescatar a la raza humana.
Si aparece una explicación mejor que cumpla con todo eso, no tengo ningún problema en examinarla.
La verdad no necesita que le tengamos miedo a las preguntas.
¿Qué aprendimos de Dios?
Este paréntesis nos deja también una enseñanza muy importante acerca de Dios.
Dios no juzgó arbitrariamente a seres humanos inocentes simplemente porque su padre tomó una mala decisión.
La corrupción ya estaba penetrando a la familia.
Habían conocido a Dios.
Habían recibido muchísimo.
Pero comenzaron a dejar de glorificarlo.
Dejaron de agradecer.
Comenzaron a preferir la creación sobre el Creador.
Y finalmente la cabeza de la familia consumó aquella rebelión.
Entonces llegó el juicio.
Esto me muestra nuevamente a un Dios justo.
Un Dios que da conocimiento antes de exigir responsabilidad.
Un Dios que advierte.
Un Dios que permite decidir.
Y un Dios que no llama inocente al culpable ni culpable al inocente.
Pero también veo otra cosa.
A pesar de que:
«todos pecaron»,
Dios no abandonó a la familia.
Desde el mismo momento de la caída comenzó a hablar de:
«la simiente»
que un día aplastaría la cabeza de la serpiente.
La humanidad podía alejarse.
Podía multiplicarse.
Podía dispersarse.
Podía construir ciudades.
Podía rendir su corazón a la creación.
Pero Dios ya estaba preparando la redención.
Por eso las genealogías continuaron.
Porque una línea tenía que llegar hasta Cristo.
Y por eso, cuando finalmente apareció el Redentor, no vino solamente por Adán.
No vino solamente por Caín.
No vino solamente por los llamados «hijos de los hombres».
Vino por una humanidad completa que desde sus primeros días había tomado una decisión terrible:
conoció a Dios, pero comenzó a apartarse de Él.
Ahora sí podemos cerrar este paréntesis.
Tenemos una explicación para la población que rodeaba a Caín.
Tenemos una explicación para su esposa.
Tenemos una explicación para el temor que sentía.
Y, sobre todo, podemos continuar nuestra historia sin imaginar que una multitud de inocentes fue expulsada injustamente del Edén.
Todos habían recibido luz.
Todos podían escoger.
Y, como terminaría diciendo Pablo:
«todos pecaron».
Ahora regresemos al huerto.
Porque todavía tenemos mucho que descubrir acerca del mundo extraordinario que aquella primera familia conoció antes de que su rebelión terminara destruyéndolo todo.
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Escuche música con propósito
Hasta ahora hemos contemplado a Adán y Eva como hijos de Dios, como administradores de su creación, como trabajadores y como seres humanos a quienes Dios entregó una extraordinaria responsabilidad sobre la Tierra.
Pero había otra parte fundamental del proyecto.
Dios no había creado solamente a un hombre y a una mujer.
Había comenzado una familia.
Y aquella familia debía crecer.
La primera declaración de Dios dirigida a ambos después de crearlos resulta extraordinariamente significativa:

«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…» (Génesis 1:28, RVR1960).
Primero:
«los bendijo».
Después:
«Fructificad y multiplicaos».
Y finalmente:
«llenad la tierra».
La familia no aparece como un detalle secundario dentro del proyecto de Dios.
Era uno de los medios mediante los cuales aquel proyecto continuaría.
Adán y Eva eran el principio.
Pero no eran el final.
Vendrían hijos.
Después aquellos hijos crecerían.
Formarían sus propias familias.
Vendrían nuevas generaciones.
Y poco a poco una humanidad completa se extendería sobre la Tierra.
No sabemos cuánto tiempo permanecieron Adán y Eva dentro del huerto, y no necesitamos especular acerca del número de generaciones que alcanzaron a vivir allí.
Lo que sí conocemos es la dirección que Dios había establecido para el futuro:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra».
La familia formaba parte del plan desde el principio.
Adán y Eva: una relación extraordinariamente íntima
Antes de hablar de hijos, tenemos que observar a los padres.
Porque Génesis nos permite contemplar algo acerca de la relación que existía entre ellos.
Cuando Dios llevó a Eva delante de Adán, éste reaccionó diciendo:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada» (Génesis 2:23, RVR1960).
No encontramos indiferencia.
Encontramos reconocimiento.
Adán había observado a los animales.
Había visto macho y hembra.
Había visto criaturas semejantes entre sí.
Pero no había encontrado entre ellas:
«ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).
Ahora la tenía delante.
Alguien como él.
Alguien con quien podía hablar.
Alguien capaz de comprenderlo.
Alguien con quien compartir aquello que Dios había puesto bajo su responsabilidad.
Alguien con quien formar una familia.
Por eso inmediatamente aparece una de las declaraciones más importantes de toda la Biblia acerca del matrimonio:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).
Observe la expresión:
«se unirá».
Y después:
«una sola carne».
Dos personas.
Pero una unión.
Dos inteligencias.
Dos personalidades.
Dos capacidades.
Dos seres humanos completos.
Pero un proyecto compartido.
Adán no había recibido una sirvienta.
Eva tampoco había recibido simplemente alguien que le proporcionara alimento y protección.
Dios había unido a dos personas para compartir la vida.
Y la misión que Dios les entregó confirma que ambos formaban parte de ella:
«Y los bendijo Dios, y les dijo…» (Génesis 1:28, RVR1960).
No dice solamente que bendijo a Adán.
Dice:
«los bendijo».
No habló solamente a Adán.
Dice:
«les dijo».
Ambos estaban dentro del propósito.
Ambos estaban dentro de la bendición.
Ambos participarían en la multiplicación.
Ambos participarían en llenar la Tierra.
Y ambos estaban relacionados con el señorío que Dios había entregado a la humanidad.
El matrimonio original, por tanto, era mucho más que compañía.
Era una sociedad de vida, amor, familia y propósito.
«Estaban ambos desnudos… y no se avergonzaban»
Entonces Génesis añade una frase extraordinaria:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (Génesis 2:25, RVR1960).
Durante mucho tiempo pensé que esta declaración simplemente nos informaba que Adán y Eva no utilizaban ropa.
Ahora creo que nos permite mirar mucho más profundamente dentro de su relación.
Nosotros tenemos dificultades para imaginar aquella escena porque inevitablemente la contemplamos con los ojos del mundo que conocemos.
Pero debemos intentar verla desde el mundo que ellos conocían.
Adán podía mirar a Eva sin morbo.
Eva podía mirar a Adán de la misma manera.
No existía la pornografía que educara sus ojos.
No existían imágenes con las cuales comparar el cuerpo del esposo o de la esposa.
No había experiencias anteriores.
No existía la competencia sexual.
No existía el temor de no ser suficientemente atractivo para el otro.
No había necesidad de esconder imperfecciones.
No existía una cultura que utilizara el cuerpo humano como mercancía.
Adán simplemente contemplaba a la mujer que Dios le había dado.
Y Eva contemplaba al hombre del cual había sido tomada.
Eran esposo y esposa.
Y estaban completamente seguros el uno delante del otro.
Eso me parece extraordinariamente hermoso.
Porque:
«no se avergonzaban»
puede hablarnos de mucho más que cuerpos descubiertos.
Nos presenta una relación donde dos personas podían mostrarse completamente como eran.
Sin máscaras.
Sin pretender.
Sin necesidad de impresionar.
Sin esconderse emocionalmente.
Podían hablar.
Compartir pensamientos.
Compartir experiencias.
Compartir sueños.
Aprender juntos.
Trabajar juntos.
Disfrutar juntos.
Y conocerse profundamente.
Eso es intimidad.
No solamente sexual.
Intimidad de vida.
¿Es posible que la gloria de Dios cubriera su desnudez?
Hay otra posibilidad que personalmente me parece fascinante.
La Biblia no dice directamente que Adán y Eva resplandecieran, pero sí sabemos que vivían extraordinariamente cerca de la presencia de Dios.
Y también sabemos que, en otros momentos de la historia bíblica, la cercanía con la gloria de Dios produjo un resplandor visible e intenso.
Cuando Moisés descendió del monte después de estar con Dios, la Escritura dice:
«Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí […] no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios» (Éxodo 34:29, RVR1960).
Y el resplandor era tan evidente que los demás reaccionaron ante él:
«Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él» (Éxodo 34:30, RVR1960).
La presencia de Dios dejó una manifestación visible sobre Moisés.
Y cuando Jesucristo manifestó su gloria delante de sus discípulos:
«se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz» (Mateo 17:2, RVR1960).
Marcos añade:
«Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos» (Marcos 9:3, RVR1960).
La gloria era intensa.
Visible.
Deslumbrante.
Y esto me lleva a formular una posibilidad que considero completamente razonable dentro de la reconstrucción que estamos haciendo:
¿Pudo la gloria que rodeaba a Adán y Eva producir un resplandor tan intenso que, de alguna manera, cubriera visualmente su desnudez?
Quizá no debemos imaginar simplemente dos cuerpos humanos desnudos como los veríamos hoy.
Quizá estaban envueltos en una manifestación de gloria.
No puedo afirmar exactamente cómo se veía.
Pero sabemos que la gloria de Dios puede ser tan intensa que dificulta incluso mirar directamente aquello sobre lo cual se manifiesta.
Y Adán y Eva vivían muy cerca de esa gloria.
Habían sido creados directamente por Dios.
Habían sido hechos:
«a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
Conocían su voz.
Habitaban dentro del mundo que Él mismo había preparado.
Y todavía no estaban:
«destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23, RVR1960).
Por eso encuentro posible que aquella gloria se manifestara sobre ellos de una manera que nosotros ya no conocemos.
Y si era así, el resplandor mismo podía cubrir o velar visualmente aquello que nosotros llamaríamos desnudez.
Pero incluso si esa manifestación no hubiera funcionado exactamente de esa manera, existe otra explicación suficiente:
sus ojos eran limpios.
No existía morbo.
No existía perversión.
No existía una mirada contaminada.
Así que probablemente ambas realidades podían estar presentes al mismo tiempo:
una humanidad revestida de una gloria que nosotros apenas podemos imaginar,
y unos ojos completamente limpios para contemplarse.
Esto también me lleva a pensar en sus hijos.
Si aquellos niños nacían dentro de la misma condición, bajo la misma bendición, cerca de la misma presencia de Dios y antes de perder aquella gloria, es razonable preguntarnos si ellos también manifestaban algo de esa misma condición gloriosa.
Quizá la primera familia humana era visualmente muy diferente de lo que nuestra imaginación moderna ha representado.
No seres primitivos viviendo desnudos entre los árboles.
Sino una familia humana extraordinaria, saludable, inteligente y posiblemente resplandeciente, viviendo cerca de la gloria de su Padre.

¿Cómo habría sido recibir a los primeros hijos?
Ahora imagine aquella pareja comenzando a cumplir:
«Fructificad y multiplicaos».
Por supuesto, la Biblia no describe un nacimiento dentro del Edén.
Pero como hemos venido desarrollando en los capítulos anteriores, considero que existen razones suficientes para pensar que Adán y Eva pudieron comenzar a tener descendencia allí.
Si fue así, aquellos primeros hijos llegaron a un mundo completamente extraordinario.
Sus padres podían enseñarles quién los había creado.
Podían enseñarles acerca de la Tierra.
Podían enseñarles acerca de los animales.
Podían enseñarles a trabajar.
Podían enseñarles horticultura.
Podían enseñarles a cuidar aquello que Dios había puesto bajo su responsabilidad.
Podían enseñarles acerca del gobierno.
Podían enseñarles lo que Dios esperaba de ellos.
Y podían transmitirles el conocimiento que ellos mismos habían recibido directamente del Creador.
No olvidemos que Dios había preparado una humanidad destinada a:
«llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Aquellos niños no nacían simplemente para existir.
También ellos formarían parte del proyecto.
Tendrían capacidades.
Dones.
Responsabilidades.
Aprenderían.
Crecerían.
Trabajarían.
Y eventualmente podrían formar sus propias familias.
Con el paso del tiempo vendrían hijos.
Después nietos.
Y en el futuro, generaciones enteras.
No estoy diciendo que todas esas generaciones alcanzaran a existir mientras Adán y Eva permanecieron dentro del huerto.
No sabemos cuánto tiempo estuvieron allí.
Lo que estoy diciendo es que ese era el futuro contenido en el mandamiento:
«llenad la tierra».
Dios no estaba pensando solamente en dos personas.
Estaba pensando en una humanidad.
Padres que tenían algo extraordinario que enseñar
Existe otra parte de esta escena que me conmueve.
Adán y Eva tenían muchísimo que transmitir a sus hijos.
Adán podía enseñar aquello que había aprendido trabajando la tierra.
Podía enseñar acerca de los animales que había observado y nombrado.
Podía explicar el funcionamiento del huerto.
Podía enseñar administración.
Podía transmitir el conocimiento necesario para ejercer el señorío que Dios le había encargado.
Eva también tenía capacidades, conocimiento y una responsabilidad extraordinaria dentro de aquella familia.
Y ambos podían enseñar algo todavía más importante:
quién era Dios.
Mucho después, cuando Dios estableció su pacto con Israel, ordenó a los padres:
«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes» (Deuteronomio 6:6-7, RVR1960).
Ese principio me parece hermoso.
Una generación conoce algo de Dios.
Y se lo cuenta a la siguiente.
La siguiente lo aprende.
Lo vive.
Y algún día se lo contará a sus propios hijos.
Así podía extenderse no solamente la población humana.
También el conocimiento de Dios.
El proyecto familiar tenía, por tanto, una dimensión mucho mayor que simplemente reproducirse.
Había que formar seres humanos.
Enseñarles.
Prepararlos.
Ayudarlos a descubrir sus responsabilidades.
Y mostrarles cómo vivir dentro del Reino del Padre.
Una familia creada también para disfrutar
No quiero que imaginemos aquella familia solamente trabajando y recibiendo instrucciones.
Ya hemos visto que Dios creó al hombre con una extraordinaria capacidad para disfrutar.
Y una de las cosas más hermosas que podemos disfrutar son precisamente otras personas.
La Biblia dice:
«He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre» (Salmos 127:3, RVR1960).
Y también:
«Corona de los viejos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres» (Proverbios 17:6, RVR1960).
Aunque estas palabras fueron escritas mucho después, revelan algo acerca de cómo la Biblia contempla la familia.
Como regalo.
Como herencia.
Como motivo de alegría.
Imagine entonces la primera vez que Adán sostuvo a uno de sus hijos.
Hasta ese momento él mismo había sido el comienzo de la humanidad.
Ahora tenía delante una pequeña persona que procedía de él y de Eva.
Otro ser humano.
Alguien que crecería.
Que aprendería a hablar.
Que preguntaría.
Que descubriría.
Que reiría.
Que desarrollaría su propia personalidad.
Y que algún día también podría participar en aquello que Dios había confiado a la familia.
Quizá allí comenzó Adán a comprender todavía mejor lo que significaba que él mismo fuera llamado:
«hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Porque ahora él también conocía lo que significaba mirar a un hijo.
Enseñarle.
Cuidarlo.
Disfrutarlo.
Prepararlo.
Y desear compartir con él aquello que uno posee.
Una familia con un propósito mucho mayor que ella misma
Esta es quizá una de las cosas más importantes que debemos comprender.
La primera familia no había sido creada únicamente para buscar su propia felicidad.
Tenía una misión.
Dios había dicho:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
La familia y el gobierno aparecen juntos.
Eso significa que conforme la familia creciera, también crecería la capacidad humana para administrar la Tierra.
Vendrían nuevos trabajadores.
Nuevos administradores.
Nuevas inteligencias.
Nuevas capacidades.
Personas capaces de explorar.
Construir.
Cultivar.
Organizar.
Crear.
Resolver problemas.
Desarrollar nuevas regiones.
Y ejercer autoridad delegada bajo el gobierno de Dios.
Por eso los hijos no eran simplemente una extensión sentimental de sus padres.
Eran la siguiente generación del proyecto.
Cada nacimiento ampliaba la familia.
Y cada nueva persona podía ampliar también aquello que la humanidad era capaz de hacer sobre la Tierra.
Dios había comenzado con dos.
Pero había diseñado un planeta capaz de sostener a muchísimos.
La orden era:
«llenad la tierra».
Así que desde el principio la familia tenía una dirección.
Crecer.
Expandirse.
Aprender.
Administrar.
Gobernar.
Y transmitir de una generación a otra el conocimiento del Padre.
¿Qué aprendimos de Dios?
Al contemplar a la primera familia comenzamos a descubrir otra faceta del Dios que estamos intentando conocer.
Dios no solamente creó individuos.
Creó relaciones.
Cuando vio al hombre solo dijo:
«No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18, RVR1960).
Y respondió a aquella necesidad creando compañía.
Creó matrimonio.
Creó intimidad.
Creó sexualidad.
Creó la capacidad de tener hijos.
Creó la posibilidad de que una generación transmitiera vida y conocimiento a la siguiente.
Y colocó todo aquello bajo su bendición.
Esto me muestra a un Dios profundamente relacional.
Un Dios al que le agrada compartir.
Un Dios que quiso que sus hijos también tuvieran personas con quienes compartir.
Un Dios que pudo haber creado millones de seres humanos simultáneamente, pero escogió comenzar con un hombre, una mujer y una familia que crecería.
Eso me parece significativo.
La humanidad no comenzó como una multitud de desconocidos.
Comenzó como familia.
Y quizá por eso, miles de años después, el lenguaje con el que Dios continúa describiendo su relación con nosotros sigue siendo familiar.
Pablo dice:
«Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Corintios 6:18, RVR1960).
Padre.
Hijos.
Hijas.
Familia.
Las mismas ideas continúan apareciendo.
Y cuando observo a Adán y Eva juntos, posiblemente revestidos por el resplandor de la gloria de Dios, mirándose con ojos limpios, compartiendo una misión, recibiendo la bendición de Dios y comenzando una familia destinada a llenar la Tierra, empiezo a ver algo más acerca del corazón del Creador.
No quería solamente habitantes para su planeta.
Quería hijos capaces de amar, relacionarse, formar familias, compartir aquello que habían recibido y participar juntos en su Reino.
Y aquella familia apenas estaba comenzando.
Porque todavía tenemos que descubrir cómo pudo desarrollarse su vida cotidiana, qué clase de sociedad comenzaba a formarse y cómo aquella primera humanidad podía extenderse por la extraordinaria Tierra que Dios había puesto bajo su gobierno.
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Escuche música con propósito
Cuando durante años imaginé a Adán y Eva en el huerto del Edén, casi siempre los imaginaba solos.
Adán.
Eva.
Los animales.
Los árboles.
Y de vez en cuando Dios apareciendo para darles alguna instrucción.
Pero esa imagen comenzó a resultarme demasiado pequeña cuando empecé a estudiar el resto de las Escrituras.
El Edén no era un lugar de aislamiento.
No era una selva silenciosa donde dos seres humanos pasaban los días trabajando solos.
Como desarrollo en mi libro, aquel lugar parece haber estado lleno de trabajo, aprendizaje, familia, convivencia y actividad social, y allí Adán y Eva convivieron con Dios y, al menos, con algunos seres espirituales.
Y esto resulta perfectamente coherente con algo que Dios mismo había declarado:
«No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18, RVR1960).
Dios creó al hombre como un ser social.
Pero quizá lo hizo así porque Él mismo es relacional.
Antes de que existiera Adán ya existía comunión.
Padre.
Hijo.
Seres celestiales.
Reino.
Gobierno.
Celebración.
Y cuando el hombre fue creado a imagen de Dios, no debería sorprendernos descubrir en él esa misma necesidad de hablar, compartir, reunirse, comer juntos, cantar, celebrar y disfrutar la compañía de otros.

Para reconstruir la vida social del Edén primero necesitamos corregir una idea acerca de Dios.
Durante años, muchas representaciones religiosas me hicieron imaginarlo como un Ser permanentemente serio.
Solemne.
Distante.
Difícil de complacer.
Casi incapaz de reír, disfrutar o celebrar.
Pero ése no es el retrato completo que encuentro en la Biblia.
Sofonías presenta una escena extraordinaria:
«Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos» (Sofonías 3:17, RVR1960).
Observe las palabras.
«Se gozará».
«Con alegría».
«Se regocijará».
«Con cánticos».
Dios canta.
Y canta sobre sus hijos.
La Biblia no presenta a un Padre avergonzado de expresar alegría.
El salmista escribe:
«Subió Dios con júbilo, Jehová con sonido de trompeta» (Salmos 47:5, RVR1960).
Hay júbilo.
Hay sonido.
Hay celebración.
Mi libro parte precisamente de esta característica para reconstruir la vida social del Edén: un Dios que se regocija, celebra y disfruta la comunión difícilmente habría creado a sus hijos para después mantenerlos en una existencia socialmente estéril.
Y cuando Jesucristo nos permite mirar cómo es el Reino de su Padre, una y otra vez utiliza imágenes de celebración.
Dice:
«El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo» (Mateo 22:2, RVR1960).
Y en la misma parábola el rey dice:
«He aquí, he preparado mi comida […] todo está dispuesto; venid a las bodas» (Mateo 22:4, RVR1960).
Apocalipsis termina mostrándonos otra enorme celebración:
«Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria […] Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero» (Apocalipsis 19:7, 9, RVR1960).
Fiesta.
Comida.
Invitados.
Alegría.
Canto.
Comunión.
Todo eso existe dentro del Reino de Dios.
Por eso no me resulta coherente imaginar que, al crear a Adán y Eva como sus hijos, Dios hubiera eliminado precisamente esa parte de su propia naturaleza.
Más bien creo que debemos imaginar un Edén lleno de convivencia.
Dios trabajando con ellos.
Conversando con ellos.
Enseñándoles.
Comiendo juntos.
Caminando.
Disfrutando lo que habían hecho.
Quizá cantando.
¿Qué cantarían?
No lo sabemos.
Pero sí sabemos que Dios canta.
Y si Adán y Eva fueron creados con capacidad musical, con voz, ritmo, emociones y oído, ¿por qué imaginar que nunca cantaron con su Padre?
¿De dónde procedería nuestra capacidad de disfrutar la música?
Job, cuando habla de la creación, incluso describe:
«cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios» (Job 38:7, RVR1960).
Desde los comienzos de la creación encontramos regocijo.
La creación de Dios no parece haber comenzado en silencio.
Comenzó rodeada de alegría.
Por eso puedo imaginar a aquella primera familia cantando.
No porque Génesis nos proporcione la letra de una canción, sino porque el Dios que los hizo era un Dios capaz de:
«regocijarse […] con cánticos».
Y quizá también cenaban juntos.
El acto de comer ocupa un lugar sorprendentemente social en toda la Biblia.
Dios construyó nuestra alimentación de una manera que facilita la convivencia.
No absorbemos simplemente nutrientes.
Nos sentamos.
Compartimos.
Conversamos.
Disfrutamos sabores.
Y Jesucristo, cuando estuvo en la Tierra, hizo esto constantemente.
Comió con sus discípulos.
Comió con amigos.
Aceptó invitaciones.
Preparó alimento.
Después de resucitar incluso encontramos:
«Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado» (Juan 21:13, RVR1960).
Ese Cristo es:
«el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8, RVR1960).
Por eso, cuando intento imaginar la convivencia del Edén, no veo únicamente lecciones formales.
Veo una familia.
Conversaciones.
Comidas.
Preguntas.
Risas.
Cantos.
Paseos.
Trabajo compartido.
Momentos de descanso.
Quizá contemplando juntos aquello que Dios había creado.
Después de todo, Génesis dice:

«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día» (Génesis 3:8, RVR1960).
La escena presupone familiaridad.
Ellos conocían esa voz.
Dios estaba allí.
En mi libro describo precisamente esta comunión como conversar y pasar tiempo con Dios; no como una relación distante, sino como compartir la vida con Él.
Y aquí me hago una pregunta muy personal.
Si Dios era su Padre…
si tenía una casa…
si tenía un Reino…
si existía una ciudad cuyo:
«arquitecto y constructor es Dios» (Hebreos 11:10, RVR1960),
¿realmente nunca habría llevado a sus hijos a conocerla?
A mí me cuesta imaginarlo.
Jesucristo habla expresamente de:
«la casa de mi Padre»
y dice:
«En la casa de mi Padre muchas moradas hay» (Juan 14:2, RVR1960).
Pablo posteriormente fue llevado:
«hasta el tercer cielo»
y dice que fue:
«arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar» (2 Corintios 12:2, 4, RVR1960).
Si Dios permitió que Pablo contemplara semejantes cosas…
¿por qué sería extraño pensar que Adán y Eva, sus primeros hijos humanos, pudieran conocer la casa de su Padre?
No tengo un versículo que diga:
«Y aquel día Adán visitó el palacio de Dios».
Pero tampoco encuentro lógica en imaginar a un Padre creando cosas indescriptiblemente hermosas, viviendo cerca de sus hijos y nunca enseñándoselas.
En mi libro planteo exactamente esta posibilidad: que Adán y Eva pudieron conocer los palacios y la ciudad de Dios y contemplar realidades que Pablo, siglos después, apenas pudo describir.
Piense en lo que hacemos nosotros.
Cuando un padre encuentra un lugar extraordinario, muchas veces una de sus primeras ideas es:
«Quiero traer aquí a mis hijos».
Cuando vemos un paisaje hermoso:
«Quiero que lo vean».
Cuando conocemos algo maravilloso:
«Quiero enseñárselo».
¿De dónde viene esa necesidad de compartir?
Quizá de Aquel a cuya imagen fuimos creados.
Por eso puedo imaginar viajes.
Días dedicados a conocer regiones de la Tierra.
Ríos.
Animales diferentes.
Paisajes que Dios mismo había diseñado.
Dios diciéndoles, por decirlo de alguna manera:
«Quiero enseñarles algo».
Y sus hijos descubriendo otra parte de la obra de su Padre.
En mi libro incluso planteo esas preguntas: si contemplaron atardeceres juntos, si viajaron, si disfrutaron momentos de convivencia y si exploraron la creación acompañados por Dios.
No me parece una imagen infantil de Dios.
Me parece profundamente paternal.
Pero la vida social del Edén no parece haber estado limitada a Dios, Adán, Eva y sus hijos.
La Biblia nos permite ver que existía una enorme realidad espiritual alrededor de ellos.
Ángeles.
Querubines.
Serafines.
Seres relacionados con el gobierno celestial.
Job ya nos mostró a seres celestiales celebrando la creación.
Isaías vio:
«serafines»
alrededor del trono de Dios (Isaías 6:2).
Apocalipsis describe una realidad celestial llena de criaturas, ancianos, ángeles y adoradores alrededor del trono.
Y si, como hemos venido desarrollando, Edén estaba extraordinariamente cerca de aquella realidad, resulta difícil pensar que Adán y Eva jamás hubieran tenido contacto con ninguno de esos seres.
De hecho, Ezequiel proporciona una pista mucho más directa.
Dice:

«En Edén, en el huerto de Dios estuviste» (Ezequiel 28:13, RVR1960).
Y después identifica al personaje:
«Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios» (Ezequiel 28:14, RVR1960).
Eso significa que dentro del escenario de Edén encontramos, como mínimo:
seres humanos,
Dios,
y un querubín.
En mi libro utilizo precisamente este pasaje para argumentar que Adán y Eva conocieron seres espirituales y que el huerto no era un lugar de aislamiento, sino de actividad social y espiritual.
Esto es importante.
Porque algunas veces cuando llegamos posteriormente a la serpiente, imaginamos que Eva se encontró repentinamente con una realidad espiritual completamente desconocida.
Pero quizá eso tampoco corresponde con el mundo en que vivía.
Adán y Eva habían sido creados dentro de un Reino donde la realidad espiritual formaba parte de su existencia.
Dios estaba allí.
La ciudad y el gobierno de Dios estaban cerca.
Existían seres celestiales.
Existían querubines.
Y ellos probablemente estaban familiarizados con aquella realidad.
No desarrollaré todavía quiénes eran todos esos seres ni qué ocurrió posteriormente con algunos de ellos.
Eso tendrá su momento.
Por ahora quiero dejar establecida una sola idea:
Adán y Eva no vivían solos en el universo.
Su círculo de relaciones era probablemente mucho más amplio de lo que normalmente imaginamos.
Conocían a su Padre.
Conocían al Hijo.
Vivían dentro de la realidad del Espíritu de Dios.
Conocían a su propia familia.
Y tenían contacto con una creación espiritual que nosotros actualmente no vemos de manera ordinaria.
Eso convierte el Edén en algo completamente diferente de aquella selva solitaria que alguna vez imaginé.
Era un Reino vivo.
Había trabajo.
Familia.
Aprendizaje.
Gobierno.
Música.
Conversación.
Comidas.
Reuniones.
Celebración.
Y seres humanos conviviendo con su Creador.
Este capítulo quizá sea uno de los que más cambia la imagen que tenemos de Dios.
Porque estamos descubriendo que el Padre que creó a Adán y Eva no era un Ser frío que permanecía sentado en un trono esperando que sus hijos cometieran un error.
Era un Padre que quería compartir la vida con ellos.
La Biblia nos muestra a un Dios que canta.
«Se regocijará sobre ti con cánticos».
Un Dios que celebra.
Un Dios que organiza banquetes.
Un Dios que invita.
Un Dios que disfruta la comunión.
Un Dios que plantó un jardín y después puso allí a sus hijos.
Un Dios que podía caminar con ellos entre los árboles que Él mismo había plantado.
Un Dios que podía enseñarles mientras trabajaban.
Un Dios capaz de sentarse, por decirlo de una manera humana, y disfrutar con ellos aquello que había creado.
Eso me hace imaginar conversaciones extraordinarias.
Adán preguntando acerca de algún animal.
Dios explicando cómo lo había diseñado.
Eva preguntando acerca de una flor.
El Creador explicando por qué tenía aquel aroma.
Los hijos preguntando acerca de las estrellas.
Y el mismo Ser que las había colocado allí contestándoles.
¿Qué cantarían juntos?
No lo sé.
¿De qué hablarían durante una comida?
No lo sé.
¿Hasta dónde viajaron?
No lo sé.
¿Exactamente qué lugares de la casa del Padre conocieron?
Tampoco lo sé.
Pero conozco suficientemente el retrato bíblico de Dios para no imaginarlo creando todas aquellas maravillas y después manteniendo a sus hijos alejados de ellas.
Un Padre comparte.
Y todo lo que hemos venido descubriendo acerca de Dios apunta precisamente en esa dirección.
Comparte vida.
Comparte conocimiento.
Comparte trabajo.
Comparte autoridad.
Comparte belleza.
Comparte alegría.
Comparte su Reino.
Y comparte su propia presencia.
Quizá por eso uno de los deseos más profundos que Jesucristo expresaría siglos después fue:
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24, RVR1960).
«Conmigo».
Esa palabra continúa apareciendo.
Y quizá nos ayude a comprender lo que hacía verdaderamente extraordinaria la vida social del Edén.
No eran solamente las fiestas.
No eran solamente las comidas.
No eran solamente los viajes.
No eran los cantos.
No eran siquiera los seres celestiales que pudieran haber conocido.
El verdadero privilegio era mucho más sencillo:
podían hacer todas esas cosas con su Padre.
Y antes de continuar con nuestra historia, debemos guardar otra pieza.
Entre los seres que podían moverse dentro de aquella realidad había, según Ezequiel, por lo menos un:
«querubín grande, protector»
que había estado:
«en Edén, en el huerto de Dios».
No hablaremos todavía de lo que ocurrió con él.
Pero tendremos que recordarlo.
Porque más adelante, cuando un personaje aparezca en el jardín hablando con Eva, quizá descubramos que aquella conversación tenía una historia mucho más larga detrás de ella.
Libro recomendado

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