Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti.”
Salmo 5:4, RVR1960

  Hasta este momento hemos contemplado la justicia principalmente desde nuestra perspectiva. Hemos hablado de víctimas, culpables, tribunales, responsabilidad, juicio e impunidad.

  Pero ahora necesitamos hacer algo diferente.

  Necesitamos intentar contemplar la maldad desde la perspectiva de Dios.

  Porque existe una enorme diferencia entre preguntarnos qué pensamos nosotros acerca del pecado y preguntarnos qué piensa Dios acerca de él.

  Los seres humanos podemos acostumbrarnos a casi cualquier cosa.

  Una conducta que en determinada generación produce vergüenza puede llegar a considerarse normal algunas décadas después. Las sociedades cambian sus valores, modifican sus leyes y transforman sus conceptos acerca de lo bueno y lo malo.

  Pero Dios no determina la justicia mediante encuestas de opinión.

  La maldad no se convierte en bondad porque suficientes personas decidan aprobarla.

  Isaías pronunció una advertencia muy seria:

“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”
Isaías 5:20, RVR1960

  Este versículo establece un principio fundamental para nuestra serie:

  El ser humano puede cambiar el nombre de las cosas, pero cambiarles el nombre no cambia su naturaleza delante de Dios.

Dios no se complace en la maldad

  El salmista hizo una declaración sencilla pero extraordinariamente importante:

“Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad.”
Salmo 5:4, RVR1960

  Dios no disfruta contemplando la destrucción producida por el pecado.

  No se deleita en la violencia.

  No disfruta la mentira.

  No contempla con indiferencia la opresión.

  No celebra cuando el fuerte destruye al débil.

  No llama justicia a la injusticia.

  Su oposición al mal no procede de un temperamento inestable ni de un enojo caprichoso.

  Procede de su santidad.

  La Biblia describe a Dios diciendo:

“Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”
Isaías 6:3, RVR1960

  La santidad significa, entre otras cosas, que Dios es absolutamente diferente de la corrupción moral que caracteriza al pecado. No existe maldad en Él.

“Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.”
1 Juan 1:5, RVR1960

  Por eso Dios no necesita decidir arbitrariamente cada mañana qué cosas considerará malas.

  Su evaluación moral procede de quién es Él.

Dios aborrece la mentira.

  La mentira puede parecernos pequeña cuando la comparamos con otros pecados.

  Podemos llamarla exageración, conveniencia, estrategia o incluso “mentira piadosa”.

  Pero la Escritura dice:

“Los labios mentirosos son abominación a Jehová; pero los que hacen verdad son su contentamiento.”
Proverbios 12:22, RVR1960

  ¿Por qué toma Dios tan seriamente la mentira?

  Porque la mentira destruye confianza, manipula la realidad, puede condenar al inocente, destruir reputaciones, romper matrimonios, dividir familias y permitir que una injusticia permanezca escondida.

  Por eso Dios ama la verdad.

Dios aborrece la violencia.

  El salmista escribió:

“Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece.”
Salmo 11:5, RVR1960

  Observe que el texto no habla solamente de cometer violencia.

  Habla de amar la violencia.

  Dios conoce aquello que existe en el corazón humano.

  La violencia convierte a otra persona en objeto de nuestra ira, ambición o deseo de dominio. Y cuando una persona utiliza su fuerza para destruir a otra, Dios no permanece moralmente indiferente.

Dios toma seriamente la sangre inocente.

  Proverbios presenta una lista especialmente reveladora:

“Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.”
Proverbios 6:16-19, RVR1960

  Esta lista nos permite observar aquello que Dios ve detrás de muchas tragedias humanas.

  Orgullo.

  Mentira.

  Violencia.

  Planes deliberados para hacer daño.

  Falsedad.

  División.

  No estamos contemplando simplemente reglas religiosas.

  Estamos contemplando conductas que destruyen personas, relaciones, familias y comunidades.

Dios aborrece la injusticia económica.

  La Biblia incluso lleva la justicia hasta lugares que algunas personas considerarían demasiado cotidianos.

“Peso falso es abominación a Jehová; mas la pesa cabal le agrada.”
Proverbios 11:1, RVR1960

  En los mercados antiguos, alterar las pesas permitía cobrar a una persona por una cantidad de producto que realmente no estaba recibiendo.

  Era fraude.

  Quizá parecía pequeño.

  Pero Dios lo veía.

  Esto nos enseña algo importante: para Dios la justicia no pertenece solamente a grandes tribunales o acontecimientos históricos.

  También entra en el mercado.

  En los negocios.

  En los contratos.

  En las deudas.

  En los salarios.

  En aquello que prometemos.

  En la manera en que tratamos económicamente a los demás.

Dios ve la opresión.

  El profeta Zacarías declaró:

“No oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano.”
Zacarías 7:10, RVR1960

  Observe nuevamente quiénes aparecen.

  La viuda.

  El huérfano.

  El extranjero.

  El pobre.

  Personas que en diferentes momentos de la historia podían encontrarse en posiciones particularmente vulnerables.

  Dios no solamente observa lo que ocurre entre personas igualmente poderosas.

  También observa qué hace el fuerte cuando tiene delante a alguien que no puede defenderse fácilmente.

  Por eso el profeta Isaías escribió:

“Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.”
Isaías 1:17, RVR1960

  La justicia bíblica no consiste solamente en evitar hacer el mal.

  También puede implicar defender a quien está siendo agraviado.

Dios ve cosas que nosotros hemos aprendido a ignorar

  Aquí encontramos una de las diferencias más profundas entre nuestra percepción y la de Dios.

  Nosotros podemos acostumbrarnos al pecado.

  Podemos verlo tantas veces que deja de impresionarnos.

  Podemos escuchar tantas mentiras que terminamos aceptándolas como parte normal de la vida.

  Podemos vivir rodeados de corrupción hasta considerarla inevitable.

  Podemos observar injusticias durante tanto tiempo que finalmente dejamos de reaccionar.

  Pero nuestra capacidad para acostumbrarnos a algo no modifica el carácter de Dios.

  Malaquías declara:

“Porque yo Jehová no cambio.”
Malaquías 3:6, RVR1960

  Las generaciones cambian.

  Las culturas cambian.

  Las leyes humanas cambian.

  Las opiniones cambian.

  Dios permanece siendo Dios.

Dios también mira el corazón.

  Existe además una dimensión de la maldad que ningún código penal humano podría controlar completamente.

  Jesús enseñó:

“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.”
Marcos 7:21-22, RVR1960

  Esta enseñanza lleva el problema mucho más profundamente.

  Nosotros normalmente vemos el fruto cuando ya apareció.

  Dios también ve la raíz.

  Antes del homicidio puede existir odio.

  Antes del fraude puede existir avaricia.

  Antes de la traición puede existir engaño.

  Antes de muchas injusticias puede existir orgullo, egoísmo o deseo de poder.

  Por eso la solución de Dios para la maldad humana tendrá que ser mucho más profunda que simplemente imponer reglas externas.

  El problema también se encuentra en el corazón.

Dios no solamente señala el mal: llama al hombre a abandonarlo

  Hasta aquí alguien podría imaginar que estamos construyendo la imagen de un Dios que observa continuamente al ser humano buscando razones para castigarlo.

  Pero eso tampoco representaría correctamente el mensaje bíblico.

  El mismo Dios que denuncia la maldad llama al hombre a abandonarla.

  Isaías escribió:

“Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien.”
Isaías 1:16-17, RVR1960

  Observe los verbos:

  Dejad.

  Aprended.

  Dios no está diciendo que el mal sea irrelevante.

  Está llamando al ser humano a cambiar.

  Ezequiel expresa todavía más claramente el corazón de esta invitación:

“Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.”
Ezequiel 18:31-32, RVR1960

  Esto nos permite entender mejor cómo mira Dios la maldad.

  Dios rechaza el pecado, pero llama al pecador.

  Dios denuncia la injusticia, pero ofrece arrepentimiento.

  Dios no llama bueno a lo malo, pero tampoco se complace en la destrucción de quien lo practica.

  Dice:

  “Convertíos.”

  Y después:

  “Viviréis.”

  Esa diferencia será fundamental para comprender todo lo que sigue.

  Porque llegará un momento en que tendremos que preguntarnos qué ocurre cuando el ser humano insiste en hacer aquello que Dios llama malo y rechaza repetidamente la oportunidad de arrepentirse.

  Pero antes necesitamos resolver una pregunta que ha inquietado a generaciones enteras:

  Si Dios realmente ve toda esta maldad y no está de acuerdo con ella…

  ¿por qué algunas veces parece guardar silencio?

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Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?”
Habacuc 1:2, RVR1960

  Existe una pregunta que probablemente ha acompañado a la humanidad durante miles de años.

  Si Dios existe…

  Si Dios es bueno…

  Si Dios es justo…

  Si Dios ve la maldad…

  ¿por qué algunas veces parece no hacer nada?

  ¿Por qué permite que una persona injusta continúe haciendo daño?

  ¿Por qué algunos mentirosos prosperan?

  ¿Por qué existen personas corruptas que llegan al final de sus vidas aparentemente sin pagar por lo que hicieron?

  ¿Por qué Dios no interviene inmediatamente?

  Estas preguntas no nacieron en nuestra generación.

  También las hicieron hombres que aparecen en la Biblia.

  Habacuc contempló violencia, injusticia y destrucción a su alrededor y llegó delante de Dios con una pregunta extraordinariamente humana:

“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan.”
Habacuc 1:2-3, RVR1960

  Habacuc estaba observando algo que parecía contradictorio.

  Sabía que Dios era justo.

  Pero veía injusticia.

  Sabía que Dios tenía poder.

  Pero veía violencia.

  Sabía que Dios podía intervenir.

  Pero aparentemente Dios guardaba silencio.

  Y preguntó:

  “¿Hasta cuándo?”

Cuando el silencio de Dios parece incomprensible

  Habacuc no fue el único.

  Jeremías preguntó:

“Justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti. ¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?”
Jeremías 12:1, RVR1960

  Observe algo muy interesante.

  Jeremías comienza diciendo:

  “Justo eres tú, oh Jehová.”

  Él no había dejado de creer en la justicia de Dios.

  Su problema era que no entendía lo que estaba viendo.

  Y esa puede ser también nuestra experiencia.

  Podemos creer que Dios es justo y, sin embargo, no comprender por qué permite determinada situación.

  Pero existe una diferencia enorme entre que Dios no esté actuando de la manera que nosotros esperamos y que Dios no esté viendo lo que sucede.

“Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos.”
Proverbios 15:3, RVR1960

  Dios ve.

  Dios conoce.

  Y su silencio temporal no significa aprobación.

“Estas cosas hiciste, y yo he callado; pensabas que de cierto sería yo como tú; pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos.”
Salmo 50:21, RVR1960

  El hombre puede interpretar el silencio de Dios equivocadamente.

  Puede pensar que si no hubo una consecuencia inmediata, entonces Dios no está preocupado por aquello que hizo.

  Pero la Escritura dice:

“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.”
Eclesiastés 8:11, RVR1960

  Que la sentencia no haya llegado todavía no significa que la conducta haya sido aprobada.

Pero ¿realmente queremos que Dios detenga inmediatamente toda la maldad?

  Ahora necesitamos hacernos una pregunta mucho más incómoda.

  Con frecuencia miramos las noticias, observamos las guerras, la corrupción, los asesinatos, la explotación y las injusticias y preguntamos:

  “¿Por qué Dios no detiene toda esta maldad?”

  Pero pensemos cuidadosamente en lo que estamos pidiendo.

  ¿Qué sucedería si Dios decidiera detener toda la maldad hoy?

  No solamente los asesinatos.

  No solamente las guerras.

  No solamente la corrupción de los gobernantes.

  No solamente la explotación de los pobres.

  Toda la maldad.

  Entonces Dios tendría que aplicar inmediatamente su perfecta justicia sobre cada ser humano culpable.

  Y allí aparece nuestro problema.

  Porque la Biblia no dice:

  “Algunos hombres terriblemente malos pecaron”.

  Dice:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960

  Todos.

  El opresor.

  La víctima.

  El gobernante.

  El ciudadano.

  El rico.

  El pobre.

  El religioso.

  El que señala el pecado de los demás.

  Y también nosotros.

  Quizá nuestros pecados no aparecen en los periódicos.

  Quizá nunca hemos asesinado a nadie.

  Quizá nunca hemos gobernado una nación injustamente.

  Quizá nunca hemos robado millones.

  Pero eso no significa que seamos inocentes delante de Dios.

  Pablo escribió:

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno.”
Romanos 3:10, RVR1960

  Esto cambia radicalmente la pregunta.

  Ya no podemos señalar hacia afuera y decir:

  “Dios, detén a todos los malos.”

  Tenemos que preguntarnos:

  “¿Y qué pasaría conmigo si Dios aplicara hoy, sin demora, toda su justicia?”

Hay pecados que hemos aprendido a considerar pequeños.

  Nos escandaliza el asesino, pero podemos guardar odio durante años.

  Nos escandaliza el ladrón, pero podemos ser egoístas con aquello que Dios puso en nuestras manos.

  Nos indigna el gobernante orgulloso, mientras nosotros mismos podemos vivir buscando reconocimiento, defendiendo nuestro ego y negándonos a reconocer nuestros errores.

  Condenamos al mentiroso, pero quizá nosotros exageramos, escondemos información, manipulamos una historia o decimos solamente aquella parte de la verdad que nos beneficia.

  Criticamos a quienes explotan a otros, mientras podemos vivir bajo una filosofía silenciosa que dice:

  “Mientras yo esté bien, no me importa lo que les suceda a los demás.”

  Eso también revela algo acerca del corazón.

  La Escritura dice:

“Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.”
Santiago 4:17, RVR1960

  Esto significa que nuestra culpabilidad no consiste solamente en las cosas malas que hicimos.

  También existen ocasiones en que sabíamos hacer el bien y decidimos no hacerlo.

También pecamos por egoísmo.

  Pablo describe una actitud completamente contraria al corazón egoísta:

“No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.”
Filipenses 2:4, RVR1960

  ¿Cuántas veces hemos hecho exactamente lo contrario?

  Primero yo.

  Mi comodidad.

  Mi dinero.

  Mi tiempo.

  Mis necesidades.

  Mis planes.

  Y mientras nosotros estemos bien, el sufrimiento de los demás puede parecernos lejano.

  Quizá nunca oprimimos una nación.

  Pero eso no significa que el egoísmo no exista dentro de nosotros.

También pecamos de orgullo.

  El orgullo no necesita un palacio ni un ejército.

  Puede vivir perfectamente dentro de una persona común.

  Puede aparecer cuando creemos que siempre tenemos la razón.

  Cuando no sabemos pedir perdón.

  Cuando despreciamos a otra persona.

  Cuando creemos que somos moralmente superiores.

  Cuando observamos el pecado ajeno y pensamos:

  “Yo jamás sería capaz de hacer algo semejante.”

  La Escritura advierte:

“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.”
Proverbios 16:18, RVR1960

  Quizá deberíamos tener cuidado antes de mirar desde lejos a los grandes opresores de la historia y convencernos de que nosotros somos completamente diferentes.

  No sabemos qué haríamos si tuviéramos su poder.

  No sabemos qué revelaría nuestro corazón si nadie pudiera contradecirnos.

  No sabemos cómo actuaríamos si tuviéramos dinero ilimitado, autoridad absoluta y personas obligadas a obedecernos.

  Jesús enseñó que el problema de la maldad no comienza solamente en los gobiernos o en los sistemas.

  También comienza dentro del ser humano:

“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.”
Marcos 7:21-22, RVR1960

  El problema está mucho más cerca de nosotros de lo que quisiéramos admitir.

Y existen pecados de omisión que pueden tener consecuencias enormes.

  Pensemos, por ejemplo, en nuestros hijos.

  Dios ordenó a Israel:

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.”
Deuteronomio 6:6-7, RVR1960

  ¿Qué sucede cuando una generación recibe la Palabra de Dios y decide no enseñarla a la siguiente?

  Quizá alimentamos a nuestros hijos.

  Los vestimos.

  Les damos educación.

  Nos preocupamos por su futuro profesional.

  Les dejamos bienes.

  Pero podemos descuidar algo que, desde la perspectiva bíblica, tiene valor eterno:

  enseñarles a conocer a Dios y su Palabra.

  El libro de Jueces registra una consecuencia estremecedora:

“Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel.”
Jueces 2:10, RVR1960

  Una generación puede recibir una herencia espiritual y fracasar en transmitirla.

  Y eso también debe hacernos examinarnos delante de Dios.

Entonces debemos tener mucho cuidado cuando pedimos juicio inmediato.

  Cuando decimos:

  “Dios debería acabar ahora mismo con toda la maldad.”

  Quizá no hemos considerado completamente lo que eso significaría.

  Porque si Dios terminara hoy con el tiempo de paciencia y comenzara inmediatamente el juicio definitivo, también terminaría el tiempo de oportunidad para arrepentirse y recibir salvación.

  Pedro explica por qué Dios todavía espera:

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”
2 Pedro 3:9, RVR1960

  Ahora la espera comienza a verse diferente.

  Nosotros preguntábamos:

  “¿Por qué Dios no los juzga?”

  Y quizá deberíamos añadir:

  “Gracias, Dios, porque todavía estás dando tiempo.”

  Porque ese tiempo no solamente lo necesitan ellos.

  También lo necesitamos nosotros.

El tiempo de gracia es también nuestra oportunidad

  Esto nos impide convertir esta serie en un estudio sobre “la maldad de los demás”.

  No estamos sentados en las bancas del tribunal observando cómo Dios juzga a los malos.

  Nosotros también necesitamos misericordia.

  Juan escribió:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.”
1 Juan 1:8, RVR1960

  Y añadió:

“Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.”
1 Juan 1:10, RVR1960

  Por eso nadie debería terminar este artículo sintiéndose moralmente superior.

  La pregunta no es solamente:

  “¿Por qué Dios permite que aquella persona mala continúe viviendo?”

  También podríamos preguntarnos:

  “¿Por qué Dios me ha dado a mí otro día?”

  Otro día para corregir.

  Otro día para pedir perdón.

  Otro día para perdonar.

  Otro día para abandonar aquello que sabemos que está mal.

  Otro día para enseñar a nuestros hijos.

  Otro día para dejar el egoísmo.

  Otro día para humillarnos.

  Otro día para reconciliarnos.

  Otro día para arrepentirnos.

  Otro día para acercarnos a Dios.

  Pablo escribió:

“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960

  Entonces quizá el aparente silencio de Dios no sea una señal de debilidad.

  Quizá sea una manifestación extraordinaria de paciencia.

  Dios ve la maldad.

  Dios no está de acuerdo con ella.

  Dios ha establecido un día de juicio.

  Pero todavía llama.

  Todavía perdona.

  Todavía transforma.

  Todavía salva.

  Todavía hay tiempo.

  Y ahora podemos comprender por qué debemos tener muchísimo cuidado antes de interpretar la paciencia de Dios como aprobación.

  Porque cada día de paciencia no significa que Dios cambió su definición del pecado.

  Significa que, por ahora, la puerta del arrepentimiento continúa abierta.

  Y eso nos lleva directamente al siguiente tema:

  La paciencia de Dios no significa aprobación.

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Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960

  Existe algo peligroso que puede ocurrir cuando una persona hace lo malo y aparentemente no sucede nada.

  Peca.

  Espera.

  No ocurre nada.

  Vuelve a hacerlo.

  Y tampoco sucede nada.

  Después de algún tiempo puede comenzar a pensar:

  “Quizá no es tan malo.”

  Más adelante:

  “Probablemente a Dios no le importa.”

  Y finalmente puede llegar a una conclusión todavía más peligrosa:

  “Si Dios realmente estuviera en desacuerdo conmigo, ya habría hecho algo.”

  Pero esa conclusión contiene un error enorme.

  La ausencia de un juicio inmediato no significa la aprobación de Dios.

  Dios puede estar siendo paciente con una persona sin estar de acuerdo absolutamente con nada de lo que está haciendo.

  Y confundir paciencia con aprobación puede llevar al ser humano a endurecerse precisamente durante el tiempo que Dios le está concediendo para arrepentirse.

El peligro de interpretar mal la paciencia de Dios

  La Biblia describe exactamente este problema:

“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.”
Eclesiastés 8:11, RVR1960

  Observe cuidadosamente lo que sucede.

  El problema comienza con una sentencia que no se ejecuta inmediatamente.

  Después ocurre algo dentro del corazón.

  En lugar de pensar:

  “Dios está siendo misericordioso conmigo; necesito cambiar.”

  El hombre puede pensar:

  “No pasó nada; puedo continuar.”

  Entonces la paciencia que debía conducirlo al arrepentimiento termina siendo utilizada como una oportunidad para pecar nuevamente.

  Y aquí aparece una de las grandes tragedias del corazón humano:

  podemos utilizar la misericordia de Dios como argumento para continuar haciendo aquello de lo cual su misericordia precisamente nos está dando tiempo para arrepentirnos.

El silencio de Dios puede ser malinterpretado.

  El Salmo 50 contiene una declaración impresionante:

“Estas cosas hiciste, y yo he callado; pensabas que de cierto sería yo como tú; pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos.”
Salmo 50:21, RVR1960

  Observe la secuencia.

  El hombre actuó.

  Dios calló.

  Y el hombre sacó una conclusión:

  “Pensabas que de cierto sería yo como tú.”

  El silencio fue interpretado como acuerdo.

  Pero Dios nunca había cambiado.

  Lo que Él llamaba malo continuaba siendo malo.

  Lo que había condenado continuaba siendo pecado.

  El hombre confundió el silencio de Dios con un cambio en el carácter de Dios.

  Y ese error continúa ocurriendo.

  Que Dios no haya intervenido todavía no significa que cambió de opinión.

  Que una persona haya prosperado mientras hacía algo malo no significa que Dios bendijo su conducta.

  Que alguien haya vivido durante años practicando determinado pecado sin experimentar una consecuencia visible no significa que Dios lo aprobó.

  La paciencia de Dios no redefine el pecado.

No debemos utilizar nuestros resultados como medida de aprobación divina.

  Este punto es especialmente importante.

  Podemos caer en el error de pensar que si algo “nos está funcionando”, entonces Dios debe estar de acuerdo.

  Pero una persona puede enriquecerse mediante prácticas injustas.

  Puede conseguir poder utilizando engaño.

  Puede mantener durante años una mentira sin ser descubierta.

  Puede actuar egoístamente y todavía disfrutar de comodidad.

  Puede abandonar responsabilidades y aparentemente continuar viviendo tranquilamente.

  El resultado inmediato de una conducta no determina su condición moral delante de Dios.

  El salmista Asaf tuvo que aprender precisamente esto cuando observó la prosperidad de los impíos:

“Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos.”
Salmo 73:3, RVR1960

  Parecía que les iba bien.

  Pero posteriormente comprendió:

“Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos.”
Salmo 73:17, RVR1960

  Una fotografía tomada a la mitad de una historia no nos permite conocer su final.

  Por eso no debemos interpretar la prosperidad temporal como evidencia automática de aprobación divina.

El pecado puede endurecer el corazón

  Existe además otra razón por la cual es peligroso continuar pecando durante el tiempo de paciencia.

  El pecado repetido puede producir endurecimiento.

  La Biblia advierte:

“Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.”
Hebreos 3:13, RVR1960

  Observe la expresión:

  “El engaño del pecado.”

  El pecado engaña.

  Una conducta que inicialmente producía remordimiento puede comenzar a parecernos normal.

  La primera mentira puede incomodarnos.

  Después resulta más fácil.

  La primera injusticia puede quitarnos el sueño.

  Después aprendemos a justificarla.

  La primera vez que nuestra conciencia nos acusa podemos sentir una lucha profunda.

  Pero si repetidamente ignoramos esa voz, podemos acostumbrarnos.

  No necesariamente porque aquello dejó de estar mal.

  Sino porque nosotros dejamos de sentirlo de la misma manera.

  Y eso es muy diferente.

Podemos aprender a justificar aquello que antes reconocíamos como pecado.

  El corazón humano tiene una extraordinaria capacidad para fabricar explicaciones.

  “Todos lo hacen.”

  “Yo no soy tan malo.”

  “Dios conoce mi corazón.”

  “Mis circunstancias son diferentes.”

  “No estoy perjudicando a nadie.”

  “Hay personas mucho peores que yo.”

  “Algún día voy a cambiar.”

  Pero ninguna de esas frases modifica la verdad.

  Proverbios advierte:

“Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones.”
Proverbios 21:2, RVR1960

  Podemos convencernos a nosotros mismos.

  Podemos convencer a otros.

  Incluso podemos construir argumentos religiosos para defender nuestra conducta.

  Pero Dios conoce el corazón.

Compararnos con personas peores tampoco nos hace inocentes.

  Este es otro mecanismo peligroso.

  El mentiroso puede compararse con el ladrón.

  El ladrón con el violento.

  El violento con el asesino.

  Y el asesino con alguien que considera todavía peor.

  Siempre podemos encontrar una persona cuya conducta nos permita sentirnos moralmente superiores.

  Pero la justicia de Dios no funciona comparándonos con el peor ser humano que podamos encontrar.

  Pablo escribió:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960

  El problema no es determinar si pecamos menos que otra persona.

  El problema es reconocer nuestra propia condición delante de Dios.

  Jesús contó la historia de un fariseo que oraba comparándose con otros:

“Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.”
Lucas 18:11, RVR1960

  Su mirada estaba puesta en los pecados de los demás.

  Y mientras los señalaba, no podía contemplar correctamente su propio corazón.

  El publicano, en cambio, decía:

“Dios, sé propicio a mí, pecador.”
Lucas 18:13, RVR1960

  Uno presentó los pecados ajenos.

  El otro reconoció el suyo.

  Y Jesús declaró que fue este último quien descendió justificado.

  Esto debe acompañarnos durante toda esta serie.

  La justicia divina no nos fue revelada para que encontremos personas a quienes condenar, sino también para que comprendamos nuestra propia necesidad de misericordia.

La paciencia de Dios tiene un propósito

  Ahora podemos regresar al texto con el que comenzamos:

“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960

  Observe hacia dónde pretende conducirnos la paciencia de Dios:

  Al arrepentimiento.

  No a la indiferencia.

  No a la comodidad.

  No a la justificación del pecado.

  No a pensar que tenemos permiso para continuar.

  Al arrepentimiento.

  Eso significa que cada día adicional de paciencia divina tiene propósito.

  Dios nos está dando tiempo para mirar nuestra vida.

  Reconocer.

  Confesar.

  Abandonar.

  Restituir cuando corresponda.

  Reconciliarnos.

  Cambiar de dirección.

  Regresar.

  Isaías expresa hermosamente esta invitación:

“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”
Isaías 55:7, RVR1960

  Observe nuevamente que Dios no dice:

  “Continúa en tu camino porque yo soy misericordioso.”

  Dice:

  “Deje el impío su camino.”

  Y después promete:

  “Tendrá de él misericordia.”

  La misericordia no es una invitación para permanecer lejos de Dios.

  Es una invitación para regresar.

Dios puede advertir muchas veces antes de juzgar.

  Esta característica aparece repetidamente en la historia bíblica.

  Dios envió profetas.

  Dio advertencias.

  Llamó al arrepentimiento.

  Esperó.

  Volvió a llamar.

  Jeremías registra estas palabras:

“Y envió Jehová a vosotros todos sus siervos los profetas, desde temprano y enviándolos; mas no oísteis, ni inclinasteis vuestro oído para escuchar.”
Jeremías 25:4, RVR1960

  Esto nos permite ver el juicio desde otra perspectiva.

  Antes de muchos juicios bíblicos hubo advertencias.

  Antes de la consecuencia hubo llamados.

  Antes de la sentencia hubo oportunidades para cambiar.

  Por eso cuando finalmente llega el juicio, no necesariamente estamos viendo a un Dios que perdió repentinamente la paciencia por un pequeño error.

  En muchos relatos bíblicos estamos viendo el final de un largo proceso de rebelión, advertencia, paciencia y rechazo.

Pero la paciencia no será eterna

  Aquí debemos decir algo con claridad.

  La paciencia de Dios es grande.

  Pero la Biblia no enseña que el período de oportunidad continuará indefinidamente.

  Pablo, inmediatamente después de hablar de la benignidad y paciencia de Dios, advierte:

“Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios.”
Romanos 2:5, RVR1960

  Observe nuevamente el problema:

  “Corazón no arrepentido.”

  Dios estaba concediendo paciencia.

  Pero el hombre estaba utilizando ese tiempo para endurecerse.

  La misma oportunidad que podía conducirlo a la vida estaba siendo desperdiciada.

  Por eso existe una palabra bíblica tremendamente importante:

  Hoy.

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.”
Hebreos 3:15, RVR1960

  No dice:

  “Algún día.”

  Dice:

  “Hoy.”

  Porque ninguno de nosotros debe convertir la paciencia de Dios en una promesa de que siempre tendremos otra oportunidad.

  No sabemos cuánto tiempo tendremos.

  No sabemos cuándo terminará nuestra vida.

  No sabemos cuándo llegará el momento en que tendremos que rendir cuentas.

  Por eso la respuesta correcta a la paciencia divina no es posponer.

  Es arrepentirse.

No pregunte solamente cuánto permitirá Dios

  Quizá una de las preguntas equivocadas que podemos hacer es:

  “¿Hasta dónde puedo llegar sin que Dios me castigue?”

  Esa pregunta ya revela un problema en nuestro corazón.

  La pregunta correcta sería:

  “Si esto desagrada a Dios, ¿por qué quiero continuar haciéndolo?”

  El propósito de conocer la justicia divina no es descubrir cuánto pecado podemos practicar antes de recibir una consecuencia.

  Es aprender a amar aquello que Dios ama y apartarnos de aquello que destruye nuestra relación con Él y con los demás.

  David oraba:

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.”
Salmo 139:23-24, RVR1960

  Quizá esta sea una oración apropiada para terminar este artículo.

  No:

  “Señor, muéstrame todo lo malo que hacen los demás.”

  Sino:

  “Examíname.”

  “Conoce mi corazón.”

  “Ve si hay en mí camino de perversidad.”

  Porque la paciencia de Dios no significa que Él apruebe todo lo que encuentra dentro de nosotros.

  Significa que todavía nos está concediendo tiempo para permitirle transformarlo.

  Y esto nos conduce hacia una verdad todavía más profunda.

  Si Dios está dando tiempo para arrepentirse, necesitamos comprender qué es realmente el arrepentimiento y por qué el juicio de Dios muchas veces viene precedido por un llamado a regresar.

  Porque cuando Dios advierte antes de juzgar, la advertencia misma puede ser una expresión de su misericordia.

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Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.”
Salmo 103:8, RVR1960

  Cuando estudiamos la justicia divina podemos cometer un error.

  Podemos concentrarnos tanto en el momento del juicio que olvidemos observar todo lo que Dios hizo antes de llegar hasta allí.

  La Biblia ciertamente presenta a Dios como Juez.

  Pero también lo presenta haciendo algo extraordinario antes del juicio:

  advirtiendo.

  esperando.

  llamando.

  perdonando.

  dando oportunidades para regresar.

  Por eso, cuando encontramos un juicio de Dios en las Escrituras, muchas veces estamos contemplando solamente el último capítulo de una historia mucho más larga.

  Antes hubo paciencia.

  Antes hubo advertencias.

  Antes hubo oportunidades.

  Antes estuvo la misericordia de Dios llamando a la puerta.

¿Qué es la misericordia?

  Para comprender esto necesitamos detenernos en una palabra extraordinariamente importante:

  Misericordia.

  La misericordia aparece cuando existe una necesidad real de compasión.

  El inocente no necesita ser perdonado de una culpa que nunca cometió.

  Es el culpable quien necesita misericordia.

  Y esto hace que la misericordia de Dios sea todavía más impresionante.

  Dios no está mostrando misericordia porque haya descubierto que en realidad nunca hicimos nada malo.

  Él conoce perfectamente nuestra condición.

  Conoce nuestros pecados.

  Conoce nuestras intenciones.

  Conoce aquello que otros nunca descubrieron.

  Y aun así la Escritura declara:

“Mas tú, Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad.”
Salmo 86:15, RVR1960

  La misericordia de Dios no nace de ignorar nuestra culpabilidad.

  Nace de su compasión hacia nosotros a pesar de conocerla.

Dios no tiene prisa por destruir.

  Hay una expresión que aparece repetidamente en las Escrituras:

  “Lento para la ira.”

  Cuando Dios reveló su carácter a Moisés declaró:

“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad.”
Éxodo 34:6, RVR1960

  El salmista repite:

“Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia.”
Salmo 145:8, RVR1960

  Esto nos muestra algo hermoso acerca de Dios.

  Su poder para juzgar es inmediato.

  Pero Él es lento para la ira.

  No porque sea incapaz de hacer justicia.

  Sino porque su carácter también está lleno de misericordia.

  Dios puede detener una vida en un instante.

  Y, sin embargo, permite otro amanecer.

  Otro día.

  Otra oportunidad.

  Otro llamado.

  Otro momento para reconocer lo que estamos haciendo y regresar.

  Muchas veces pensamos en la misericordia solamente como aquello que ocurre cuando pedimos perdón.

  Pero quizá deberíamos comenzar a verla antes.

  El hecho mismo de que todavía tengamos oportunidad de arrepentirnos ya es misericordia.

Dios advierte antes de juzgar

  Este patrón aparece una y otra vez en las Escrituras.

  Antes del diluvio estuvo Noé.

  Pedro dice que:

“…la paciencia de Dios esperaba en los días de Noé, mientras se preparaba el arca…”
1 Pedro 3:20, RVR1960

  Antes del juicio sobre Nínive apareció Jonás caminando por sus calles y anunciando lo que venía.

  Pero cuando la ciudad reaccionó, ocurrió algo extraordinario:

“Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo.”
Jonás 3:10, RVR1960

  Esto nos permite hacer una pregunta:

  Si Dios solamente hubiera querido destruir Nínive, ¿para qué enviar a Jonás?

  Podía haber juzgado sin anunciarlo.

  Pero hubo advertencia.

  Hubo tiempo.

  Hubo oportunidad.

  Y cuando hubo arrepentimiento, hubo misericordia.

  La advertencia misma era evidencia de que la puerta todavía estaba abierta.

Antes de muchos juicios hubo voces llamando al pueblo.

  Dios envió profetas repetidamente.

  Jeremías escribió:

“Y envió Jehová a vosotros todos sus siervos los profetas, desde temprano y enviándolos; mas no oísteis, ni inclinasteis vuestro oído para escuchar.”
Jeremías 25:4, RVR1960

  ¿Por qué insistir?

  ¿Por qué volver a enviar mensajeros?

  ¿Por qué advertir una y otra vez?

  Porque todavía existía oportunidad de responder.

  La paciencia de Dios no debe interpretarse como debilidad.

  Puede ser la misericordia diciendo:

  “Todavía puedes regresar.”

Dios no disfruta con la muerte del pecador

  Existe un pasaje que revela de manera extraordinaria esta dimensión del corazón de Dios:

“Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?”
Ezequiel 33:11, RVR1960

  Observe las palabras.

  Dios no dice que el camino del impío sea aceptable.

  Lo llama:

  “Mal camino.”

  La justicia continúa intacta.

  Pero escuche ahora el llamado:

  “Volveos, volveos.”

  No una vez.

  Dos veces.

  Y después aparece una pregunta casi dolorosa:

  “¿Por qué moriréis?”

  Aquí no encontramos a un Dios buscando una oportunidad para destruir.

  Encontramos a Dios llamando al culpable para que abandone el camino que lo está llevando hacia el juicio.

  Eso es misericordia.

Dios puede perdonar mucho más de lo que imaginamos

  Quizá algunas personas puedan pensar:

  “Pero usted no sabe lo que yo hice.”

  Es cierto.

  Pero Dios sí.

  Y la Biblia contiene historias sorprendentes precisamente para mostrarnos hasta dónde puede alcanzar su misericordia cuando existe verdadero arrepentimiento.

  Manasés es uno de los ejemplos más impresionantes.

  La Escritura dice que practicó idolatría, derramó mucha sangre inocente y condujo a Judá hacia una enorme maldad.

“Fuera de esto, derramó Manasés mucha sangre inocente en gran manera, hasta llenar a Jerusalén de extremo a extremo.”
2 Reyes 21:16, RVR1960

  Difícilmente podríamos presentar a Manasés como un hombre que simplemente cometió pequeños errores.

  Sin embargo, posteriormente, en medio de su aflicción:

“Oró a él, y fue atendido; pues Dios oyó su oración, y lo restauró a Jerusalén, a su reino. Entonces reconoció Manasés que Jehová era Dios.”
2 Crónicas 33:13, RVR1960

  Esto es sorprendente.

  No porque sus acciones anteriores dejaran de ser horrendas.

  Sino porque nos muestra que la misericordia de Dios puede alcanzar incluso a personas cuya historia parecería humanamente imperdonable.

  Dios no llamó bueno a lo que Manasés hizo.

  Pero tampoco cerró la puerta cuando Manasés se humilló.

Pensemos también en David.

  David pecó gravemente.

  Pero cuando fue confrontado por Natán no respondió justificándose.

  Dijo:

“Pequé contra Jehová.”
2 Samuel 12:13, RVR1960

  Y Natán respondió:

“También Jehová ha remitido tu pecado.”
2 Samuel 12:13, RVR1960

  Hubo consecuencias dolorosas.

  Pero también hubo perdón.

  La misericordia no convirtió su pecado en algo bueno.

  Lo que hizo continuó siendo pecado.

  Pero su pecado tampoco significó que el camino de regreso a Dios hubiera desaparecido.

La misericordia busca al culpable antes de que sea demasiado tarde

  Esto nos ayuda a comprender mejor una de las declaraciones más conocidas de Jesús.

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Lucas 19:10, RVR1960

  Observe el verbo:

  “Buscar.”

  No solamente recibir al que casualmente encuentre el camino.

  Buscar.

  La historia de la salvación comienza a mostrarnos a un Dios que toma la iniciativa.

  El hombre se alejó.

  Pero Dios llamó.

  El hombre pecó.

  Pero Dios ofreció arrepentimiento.

  El hombre se escondió.

  Pero Dios salió a buscarlo.

  Incluso en Edén encontramos aquella pregunta extraordinaria:

“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9, RVR1960

  Dios sabía dónde estaba Adán.

  La pregunta no provenía de ignorancia.

  El hombre que había pecado estaba escondido, y Dios fue quien inició el encuentro.

  Desde las primeras páginas de la Biblia comenzamos a encontrar este patrón.

  El Dios justo también es el Dios que llama.

La misericordia de Dios no debe llevarnos a abusar de ella

  Aquí necesitamos tener cuidado.

  Cuando descubrimos cuán grande es la misericordia de Dios podríamos cometer exactamente el error contrario.

  Podríamos pensar:

  “Entonces puedo continuar pecando y después simplemente pedir perdón.”

  Pablo enfrentó directamente ese razonamiento:

“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera.”
Romanos 6:1-2, RVR1960

  La misericordia no es una licencia para pecar.

  Es una oportunidad para dejar de hacerlo.

  El arrepentimiento verdadero no consiste simplemente en lamentar las consecuencias.

  Implica reconocer nuestra condición y volvernos hacia Dios.

  Por eso Isaías escribió:

“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”
Isaías 55:7, RVR1960

  Qué expresión tan hermosa:

  “Amplio en perdonar.”

  Dios no perdona con mezquindad.

  No recibe al arrepentido recordándole continuamente que preferiría destruirlo.

  La Escritura dice que es amplio en perdonar.

Hay una misericordia que nos rodea todos los días

  Quizá hemos limitado demasiado nuestra idea de la misericordia.

  Misericordia no es solamente el momento en que una persona se arrodilla y pide perdón.

  También puede contemplarse en todas las oportunidades que hicieron posible llegar hasta ese momento.

  Fue misericordia que alguien nos hablara.

  Fue misericordia recibir una advertencia.

  Fue misericordia que nuestra conciencia todavía pudiera incomodarnos.

  Fue misericordia tener otro día.

  Fue misericordia escuchar nuevamente la Palabra de Dios.

  Fue misericordia que la consecuencia definitiva no llegara inmediatamente.

  Fue misericordia que la puerta continuara abierta.

  Jeremías escribió:

“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana.”
Lamentaciones 3:22-23, RVR1960

  Nuevas cada mañana.

  Quizá cada amanecer debería recordarnos que todavía estamos viviendo dentro de una oportunidad que no debemos despreciar.

Pero aquí aparece el problema más grande

  Hasta aquí todo parece extraordinario.

  Dios es misericordioso.

  Dios espera.

  Dios llama.

  Dios perdona.

  Dios quiere que el pecador regrese.

  Pero nuestra serie trata acerca de la justicia celestial.

  Y tarde o temprano tendremos que enfrentar una pregunta mucho más difícil:

  ¿Cómo puede un Dios perfectamente justo perdonar al culpable?

  Si realmente hubo pecado…

  Si realmente existía culpa…

  Si realmente la justicia había sido quebrantada…

  Si Dios no puede simplemente llamar inocente al culpable…

  Entonces, ¿cómo puede decir:

  “Te perdono”?

  ¿Desapareció la deuda?

  ¿Dejó de importar la justicia?

  ¿Dios simplemente decidió mirar hacia otro lado?

  La respuesta es no.

  Y aquí comenzamos a acercarnos lentamente al corazón de toda esta serie.

  Porque la misericordia de Dios no destruiría su justicia.

  Dios encontraría la manera de extender misericordia al culpable sin dejar de ser perfectamente justo.

  Y para comprender cómo fue posible, tendremos que llegar finalmente a Jesucristo y a la Cruz.

  Pero antes todavía necesitamos comprender qué ocurre cuando el hombre rechaza repetidamente esa misericordia.

  Porque aunque Dios es lento para la ira y grande en misericordia, la Biblia también enseña que la paciencia no significa que el juicio haya desaparecido.

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Texto clave

“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.”
Isaías 55:6, RVR1960

  Hay una palabra en este versículo que fácilmente puede pasar inadvertida:

  “Mientras.”

  Buscad a Jehová mientras puede ser hallado.

  Llamadle en tanto que está cercano.

  Estas expresiones introducen una verdad solemne que necesitamos comprender al estudiar la justicia celestial:

  La oportunidad que Dios ofrece al ser humano no es presentada en la Biblia como algo que continuará indefinidamente.

  Hay tiempo para arrepentirse.

  Hay tiempo para regresar.

  Hay tiempo para recibir misericordia.

  Pero también llegará el momento en que el tiempo habrá terminado.

  Y entonces ya no estaremos hablando principalmente de paciencia.

  Estaremos hablando de justicia.

Hay puertas que un día se cierran

  Jesucristo utilizó una imagen extraordinariamente seria en la parábola de las diez vírgenes.

  Cinco estaban preparadas.

  Cinco no lo estaban.

  Finalmente llegó el esposo:

“Y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.”
Mateo 25:10, RVR1960

  Cuatro palabras deberían hacernos pensar:

  “Se cerró la puerta.”

  Hubo un momento en que estaba abierta.

  Después hubo un momento en que dejó de estarlo.

  Las otras vírgenes llegaron posteriormente diciendo:

“¡Señor, señor, ábrenos!”
Mateo 25:11, RVR1960

  Pero llegaron tarde.

  Jesús estaba enseñando algo mucho más profundo que una historia acerca de una boda.

  Estaba advirtiendo que no debemos vivir como si siempre fuéramos a tener otra oportunidad.

  Hay decisiones que tienen que tomarse mientras la puerta continúa abierta.

El diluvio contiene una imagen semejante.

  Noé entró en el arca.

  Su familia entró.

  Los animales entraron.

  Y entonces encontramos una pequeña frase:

“…y Jehová le cerró la puerta.”
Génesis 7:16, RVR1960

  Durante la construcción del arca hubo tiempo.

  Pero llegó un momento en que la etapa de espera terminó.

  La puerta se cerró.

  Y comenzó el juicio.

  Esta imagen resulta especialmente importante para nuestra serie.

  La misericordia de Dios es inmensa.

  Pero no debemos confundir inmensidad con inexistencia de límites.

Existe un “demasiado tarde” La paciencia de Dios tiene un limite

  Esta es una realidad que nuestra generación quizá no desea escuchar.

  Nos gusta pensar que siempre habrá mañana.

  Siempre podremos cambiar después.

  Siempre podremos arreglar nuestra relación con Dios más adelante.

  Siempre habrá otra oportunidad.

  Pero la Biblia nunca nos autoriza a vivir con esa seguridad.

  Por el contrario, dice:

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.”
Hebreos 3:15, RVR1960

  La palabra bíblica es:

  Hoy.

  No mañana.

  No cuando envejezcamos.

  No cuando terminemos nuestros planes.

  No cuando dejemos de disfrutar aquello que sabemos que está mal.

  Hoy.

  Porque nadie tiene garantizado el mañana.

  Santiago escribió:

“Cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.”
Santiago 4:14, RVR1960

  Nuestra vida tiene un límite.

  Y eso significa que también nuestra oportunidad personal de responder a Dios tiene un límite.

La muerte cambia completamente nuestra situación.

  Mientras vivimos podemos escuchar.

  Podemos reconsiderar.

  Podemos arrepentirnos.

  Podemos creer.

  Podemos regresar.

  Pero la Escritura establece:

“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.”
Hebreos 9:27, RVR1960

  Observe el orden:

  Vida.

  Muerte.

  Juicio.

  La Biblia no dice que después de la muerte comenzará otra etapa indefinida de oportunidades para reconsiderar nuestra relación con Dios.

  Dice:

  “Después de esto el juicio.”

  Esto convierte nuestra vida presente en algo extraordinariamente importante.

  Estamos viviendo ahora el tiempo en el cual nuestras decisiones respecto a Dios tienen consecuencias eternas.

Habrá un momento en que ya no estaremos esperando el juicio

  Hasta ahora hemos hablado muchas veces acerca de un juicio futuro.

  Pero llegará un momento en que dejará de ser futuro.

  Jesús declaró:

“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria.”
Mateo 25:31, RVR1960

  Y continúa:

“Y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros.”
Mateo 25:32, RVR1960

  Observe el cambio.

  Ya no estamos hablando de advertencias.

  Ya no estamos hablando de posibilidades.

  Estamos hablando del Rey sentado para juzgar.

  La historia habrá llegado a otro momento.

  Aquello que durante siglos fue anunciado finalmente estará sucediendo.

Llegará el día de rendir cuentas

  Apocalipsis presenta una de las escenas más solemnes de toda la Escritura:

“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos.”
Apocalipsis 20:11, RVR1960

  Después continúa:

“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos.”
Apocalipsis 20:12, RVR1960

  Observe una expresión:

  “Grandes y pequeños.”

  En aquel momento las distinciones que tanto importan en nuestro mundo habrán perdido su poder.

  Grandes.

  Pequeños.

  Conocidos.

  Desconocidos.

  Poderosos.

  Personas que nadie conoció.

  Todos delante de Dios.

  Y entonces el texto declara:

“…y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.”
Apocalipsis 20:12, RVR1960

  Aquí ya no encontramos a personas discutiendo si algún día existirá justicia.

  La justicia ha llegado.

En aquel día ya no habrá impunidad

  Esto responde finalmente a una de las preguntas con las que comenzamos esta serie.

  ¿Por qué existen personas que hacen cosas terribles y aparentemente nunca pagan por ellas?

  Porque todavía no hemos llegado al final de la historia.

  Una persona puede escapar de un tribunal humano.

  Puede esconder evidencias.

  Puede comprar testigos.

  Puede morir sin ser descubierta.

  Puede conseguir que generaciones enteras nunca conozcan lo que hizo.

  Pero nadie puede escapar del juicio de Dios.

  Jesús declaró:

“Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse.”
Mateo 10:26, RVR1960

  La justicia humana puede fracasar.

  La justicia celestial finalmente no lo hará.

  Por eso la aparente impunidad presente nunca debe confundirse con impunidad eterna.

Tampoco podremos defendernos señalando a otros

  Cuando llegue ese momento, una de nuestras estrategias humanas dejará de funcionar completamente.

  Compararnos.

  “Yo no fui tan malo como él.”

  “Yo nunca hice lo que ella hizo.”

  “Había personas mucho peores que yo.”

  Pero Pablo escribió:

“De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.”
Romanos 14:12, RVR1960

  De sí.

  No daremos cuenta de la vida del vecino.

  Ni de los pecados de la persona que más despreciamos.

  Ni de los grandes criminales de la historia.

  Daremos cuenta de nosotros.

  Por eso esta serie nunca debe convertirse en una oportunidad para señalar a otras personas.

  Mientras hablamos del juicio divino debemos conservar delante de nosotros una verdad:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960

  El juicio no es solamente un problema para “las personas malas”.

  Es un problema para una humanidad culpable.

La misericordia que hoy ofrecemos como esperanza un día habrá sido rechazada

  Esta quizá sea una de las partes más dolorosas del juicio.

  No será simplemente que Dios nunca ofreció una salida.

  Será que muchos rechazaron repetidamente aquello que se les ofrecía.

  Jesús expresó este dolor sobre Jerusalén:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!”
Mateo 23:37, RVR1960

  Observe el contraste:

  “Quise.”

  “No quisiste.”

  Aquí encontramos misericordia ofrecida y misericordia rechazada.

  Dios llama.

  Pero el ser humano puede negarse.

  Dios extiende su mano.

  Pero el hombre puede continuar alejándose.

  Dios ofrece perdón.

  Pero no obliga a nadie a arrepentirse.

  Y llegará un momento en que aquello que fue ofrecido durante el tiempo de oportunidad ya no podrá seguir siendo despreciado indefinidamente.

Por eso el juicio futuro hace preciosa la misericordia presente

  Quizá después de estudiar todo esto podamos comprender de manera diferente la misericordia que Dios ofrece hoy.

  La misericordia es preciosa precisamente porque no debemos presumir que siempre tendremos oportunidad de recibirla.

  Cada llamado importa.

  Cada advertencia importa.

  Cada oportunidad importa.

  Cada día importa.

  Pablo escribió:

“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.”
2 Corintios 6:2, RVR1960

  Ahora.

  Existe un tiempo para recibir salvación.

  Existe un tiempo para arrepentirse.

  Existe un tiempo para regresar.

  Pero llegará también el tiempo de comparecer delante de Dios.

  Y cuando ese día llegue, la pregunta ya no será cuánto tiempo más esperará Dios.

  El tiempo de espera habrá terminado.

  Entonces la justicia que durante tanto tiempo pareció tardar será aplicada.

  La maldad no continuará eternamente.

  La mentira no continuará eternamente.

  La violencia no continuará eternamente.

  La opresión no continuará eternamente.

  El pecado no continuará eternamente.

  Dios pondrá un punto final.

  Y quizá ahora comenzamos a comprender algo que al principio de esta serie no resultaba tan evidente.

  Nosotros queríamos que Dios terminara con la maldad.

  Queríamos justicia.

  Queríamos que el culpable respondiera.

  Pero cuanto más nos acercamos al tribunal celestial, más incómoda se vuelve una realidad:

  nosotros también somos culpables.

  Entonces la gran pregunta deja de ser:

  “¿Cuándo juzgará Dios a los malos?”

  Y se convierte en:

  “¿Qué sucederá conmigo cuando Dios juzgue con perfecta justicia?”

  Ahora sí estamos preparados para entrar en uno de los temas más importantes de toda esta serie:

  Queremos justicia… hasta que nosotros somos los acusados.

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Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.”
Romanos 2:1, RVR1960

  Hay algo profundamente contradictorio en el corazón humano.

  Nos gusta la justicia cuando nosotros somos las víctimas.

  Cuando alguien nos roba, queremos justicia.

  Cuando alguien nos engaña, queremos justicia.

  Cuando alguien difama nuestro nombre, queremos justicia.

  Cuando alguien lastima a nuestros hijos, queremos justicia.

  Cuando contemplamos corrupción, explotación, violencia y abuso de poder, levantamos nuestra voz y preguntamos:

  “¿Por qué nadie hace nada?”

  “¿Dónde está la justicia?”

  Y tenemos razón al reconocer que el mal no debería quedar impune.

  Pero existe otra pregunta mucho más incómoda:

  ¿Qué ocurre cuando la justicia deja de examinar lo que otros nos hicieron y comienza a examinar lo que nosotros hemos hecho?

  Entonces nuestra actitud puede cambiar.

  Queremos justicia para quien nos lastimó.

  Pero queremos comprensión para nosotros.

  Queremos que los demás respondan por sus decisiones.

  Pero cuando se trata de nuestras decisiones, inmediatamente recordamos nuestras circunstancias, nuestras debilidades, nuestras heridas y todas las razones que podrían explicar nuestro comportamiento.

  Para el pecado ajeno pedimos justicia.

  Para el nuestro pedimos misericordia.

  Y allí comenzamos a descubrir uno de los grandes problemas de nuestra relación con la justicia divina.

Queremos justicia hasta que nosotros somos los que seran juzgados

Es fácil reconocer al opresor cuando gobierna una nación

  Imaginemos a un hombre que llega al poder.

  Al principio promete servir.

  Pero poco a poco comienza a utilizar su autoridad para beneficiarse.

  Silencia a quienes lo contradicen.

  Humilla a sus subordinados.

  Se rodea de personas que solamente le dicen lo que quiere escuchar.

  Utiliza recursos que pertenecen a otros para satisfacer sus propios deseos.

  Favorece a sus amigos.

  Castiga a sus enemigos.

  Miente para conservar su posición.

  Y mientras su poder aumenta, también aumenta su capacidad para hacer daño.

  Finalmente oprime a miles o incluso a millones de personas.

  Cuando contemplamos algo semejante, resulta relativamente fácil identificar el problema.

  Decimos:

  “Ese hombre abusó de su poder.”

  “Debe responder por lo que hizo.”

  “Tiene que haber justicia.”

  Pero ahora reduzcamos el tamaño del reino.

  Quitémosle el palacio.

  Quitémosle el ejército.

  Quitémosle los millones de personas bajo su autoridad.

  Y coloquemos a un hombre dentro de su casa.

  Allí también puede existir poder.

  Puede utilizar su posición para intimidar a su esposa.

  Puede humillar a sus hijos.

  Puede exigir respeto mientras él no respeta a nadie.

  Puede controlar mediante el miedo.

  Puede utilizar el dinero para dominar.

  Puede hacer que toda la familia camine con temor para evitar provocarlo.

  Quizá nunca gobernó una nación.

  Pero debemos hacernos una pregunta:

  ¿Puede existir dentro de aquel pequeño reino el mismo deseo de controlar que condenamos cuando lo contemplamos en una escala mucho mayor?

  La cantidad de personas afectadas es diferente.

  La magnitud de las consecuencias puede ser muy diferente.

  Y no debemos equiparar moral o legalmente conductas de gravedad distinta.

  Pero el ejemplo nos obliga a mirar hacia dentro:

  ¿Qué hacemos nosotros con el poder que tenemos?

Quizá nuestro reino sea solamente una oficina.

  Una persona puede indignarse contra los grandes explotadores de la historia y, al mismo tiempo, tratar injustamente a sus trabajadores.

  Puede retrasarles aquello que justamente les corresponde.

  Puede humillarlos porque sabe que necesitan el empleo.

  Puede exigirles lo que él mismo nunca estaría dispuesto a soportar.

  Puede aprovecharse de que tienen menos poder para defenderse.

  La Biblia dice:

“No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades.”
Deuteronomio 24:14, RVR1960

  Santiago incluso denuncia la retención injusta del salario:

“He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos.”
Santiago 5:4, RVR1960

  Quizá aquella persona nunca aparecerá en un libro de historia como opresor.

  Pero Dios también observa cómo tratamos a las personas sobre las cuales tenemos alguna ventaja.

Quizá nuestro reino sea un negocio.

  Podemos indignarnos contra la corrupción de millones mientras engañamos por cantidades mucho menores.

  Podemos condenar al funcionario que roba del presupuesto público mientras nosotros alteramos una cuenta, escondemos información, cobramos algo injustamente o intentamos obtener una ventaja mediante engaño.

  La cantidad puede ser incomparablemente menor.

  Pero entonces surge una pregunta incómoda:

  Si somos infieles con poco, ¿qué nos hace estar tan seguros de que seríamos fieles con mucho?

  Jesús dijo:

“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.”
Lucas 16:10, RVR1960

  Esta declaración debe hacernos pensar.

  Quizá nunca tuvimos acceso a millones.

  Quizá nunca tuvimos autoridad sobre miles.

  Quizá nunca tuvimos el poder necesario para cometer las injusticias que condenamos en otros.

  Pero eso no demuestra automáticamente que nuestro corazón sea mejor.

  Quizá simplemente nunca tuvimos la misma oportunidad.

¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos poder absoluto?

  Esta pregunta es incómoda, pero necesaria.

  Es fácil imaginar que nosotros jamás haríamos aquello que hicieron los grandes opresores.

  Pero nunca hemos vivido su situación.

  Nunca hemos tenido poder absoluto.

  Nunca hemos tenido personas obligadas a obedecernos.

  Nunca hemos tenido riquezas prácticamente ilimitadas.

  Nunca hemos vivido rodeados de personas incapaces de contradecirnos.

  Por eso deberíamos ser cuidadosos antes de declarar:

  “Yo jamás sería capaz.”

  Jeremías escribió:

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”
Jeremías 17:9, RVR1960

  Y el versículo siguiente añade:

“Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.”
Jeremías 17:10, RVR1960

  Nosotros conocemos nuestro corazón solamente de manera parcial.

  Dios lo conoce completamente.

  Él sabe quiénes somos cuando nadie nos observa.

  Sabe qué hacemos cuando podemos salirnos con la nuestra.

  Sabe cómo tratamos a quien no puede ofrecernos nada.

  Sabe cómo reaccionamos cuando alguien contradice nuestra voluntad.

  Sabe qué hacemos con las pequeñas parcelas de autoridad que ya tenemos.

  Y quizá esas pequeñas cosas revelan más acerca de nosotros de lo que imaginamos.

El poder no es solamente político.

  Tiene poder el padre sobre un niño pequeño.

  Tiene poder el patrón sobre el trabajador que necesita desesperadamente su salario.

  Tiene poder el maestro sobre el alumno.

  Tiene poder quien administra dinero que pertenece a otros.

  Tiene poder quien conoce un secreto que puede destruir una reputación.

  Tiene poder quien posee información que otra persona necesita.

  Tiene poder quien sabe que alguien depende emocional o económicamente de él.

  Tiene poder quien puede ayudar y decide no hacerlo simplemente porque no obtiene ningún beneficio.

  Por eso el problema de la opresión no pertenece exclusivamente a reyes, gobernantes o dictadores.

  La pregunta puede llegar hasta nuestra propia puerta:

  ¿Cómo trato a las personas cuando tengo poder sobre ellas?

Somos extraordinariamente buenos para explicar nuestro propio pecado

  Cuando alguien más pierde el control, decimos:

  “Es una persona violenta.”

  Cuando nosotros perdemos el control:

  “Me provocaron.”

  Cuando otro miente:

  “Es un mentiroso.”

  Cuando nosotros mentimos:

  “No tenía alternativa.”

  Cuando alguien es egoísta:

  “Solamente piensa en sí mismo.”

  Cuando nosotros somos egoístas:

  “También tengo que pensar en mis necesidades.”

  Cuando alguien nos ofende:

  “Debe pedir perdón.”

  Cuando nosotros ofendemos:

  “Debería entender lo que yo estaba pasando.”

  Es sorprendente la facilidad con la que podemos convertirnos en fiscales de los demás y abogados defensores de nosotros mismos.

  Pero Dios no juzga de esa manera.

  Pablo escribió:

“Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad.”
Romanos 2:2, RVR1960

  Según verdad.

  No según la versión que contamos para quedar bien.

  No según nuestra reputación.

  No según la comparación que hacemos con alguien peor.

  Según verdad.

Jesús llevó la justicia hasta lugares donde nosotros no queríamos llevarla

  Podríamos sentirnos bastante cómodos si la justicia divina solamente examinara asesinatos, robos y grandes crímenes.

  Pero Jesús llevó la mirada mucho más profundamente.

  Dijo:

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio.”
Mateo 5:21-22, RVR1960

  Jesús no estaba diciendo que el enojo y el homicidio produzcan necesariamente el mismo daño ni que deban recibir idéntica respuesta en un tribunal humano.

  Estaba penetrando hasta el corazón del hombre.

  Nosotros podemos decir:

  “Nunca he asesinado.”

  Y Jesús pregunta por nuestro enojo.

  Podemos decir:

  “Nunca cometí aquel gran crimen.”

  Y Dios examina nuestro corazón.

  Podemos presentar nuestra impecable reputación pública.

  Y Dios conoce lo que nadie más conoce.

  Entonces nuestra seguridad comienza a desaparecer.

El problema no son solamente las cosas que hicimos

  Jesús llevó nuestra responsabilidad todavía más lejos.

  En la descripción del juicio de Mateo 25 aparecen personas sorprendidas porque dejaron de hacer algo:

“Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.”
Mateo 25:42-43, RVR1960

  Observe el problema.

  No se les acusa allí de haber robado el alimento.

  Se habla de aquello que no hicieron.

  Esto introduce otra dimensión de nuestra culpabilidad.

  No solamente debemos preguntarnos:

  “¿Qué mal hice?”

  También:

  “¿Qué bien pude hacer y decidí no hacer?”

  Santiago lo expresa directamente:

“Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.”
Santiago 4:17, RVR1960

  ¿Cuántas oportunidades para amar dejamos pasar?

  ¿Cuántas veces pudimos ayudar y no quisimos?

  ¿Cuántas veces escogimos nuestra comodidad frente a la necesidad de otra persona?

  ¿Cuántas veces sabíamos que debíamos pedir perdón y nuestro orgullo no nos permitió hacerlo?

  ¿Cuántas veces pudimos defender a alguien y preferimos guardar silencio?

  ¿Cuántas veces tuvimos tiempo para nuestros propios intereses, pero no para Dios?

  ¿Cuántas veces tuvimos la oportunidad de enseñar a nuestros hijos la Palabra de Dios y simplemente dejamos pasar los años?

  De pronto, el tribunal comienza a sentirse mucho más cerca.

La justicia que pedíamos para otros también nos alcanza

  Aquí ocurre el gran cambio de perspectiva de nuestra serie.

  Al principio contemplábamos víctimas y victimarios.

  Queríamos que Dios hiciera justicia.

  Preguntábamos por qué permitía tanta maldad.

  Nos alegraba descubrir que algún día ninguna injusticia quedaría definitivamente olvidada.

  Pero entonces la luz de la justicia comenzó a acercarse.

  Primero iluminó a los grandes criminales.

  Después a los opresores.

  Después al hombre que abusa del pequeño poder que posee.

  Después al egoísta.

  Después al orgulloso.

  Después al mentiroso.

  Después nuestros pensamientos.

  Después nuestras palabras.

  Después nuestras omisiones.

  Hasta que finalmente esa luz llegó a nosotros.

  Y descubrimos que también estábamos dentro del tribunal.

  Pablo resume nuestra condición:

“¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.”
Romanos 3:9, RVR1960

  Y pocos versículos después:

“No hay justo, ni aun uno.”
Romanos 3:10, RVR1960

  Ya no podemos señalar cómodamente hacia afuera.

  Nosotros también necesitamos responder delante de Dios.

Cuando somos los acusados comenzamos a comprender la misericordia

  Mientras creemos que la justicia solamente es para los demás, la misericordia puede parecernos demasiado indulgente.

  Pero cuando descubrimos nuestra propia culpabilidad, comenzamos a verla de otra manera.

  El fariseo de la parábola de Jesús podía señalar:

“Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres…”
Lucas 18:11, RVR1960

  El publicano ni siquiera quería levantar los ojos al cielo.

  Solamente decía:

“Dios, sé propicio a mí, pecador.”
Lucas 18:13, RVR1960

  ¿Qué cambió?

  Uno estaba contemplando los pecados de otros.

  El otro estaba contemplando el suyo.

  Y cuando una persona finalmente comprende su propia condición, deja de acercarse al tribunal de Dios exigiendo solamente:

  “¡Justicia!”

  Ahora aparece otra palabra:

  “Misericordia.”

  Porque si Dios aplicara justicia perfecta y nosotros tuviéramos que presentarnos únicamente con nuestra propia justicia, ¿quién podría permanecer?

  El salmista hizo precisamente esa pregunta:

“JAH, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?”
Salmo 130:3, RVR1960

  La respuesta resulta incómodamente evidente.

  Por eso el versículo siguiente se vuelve precioso:

“Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.”
Salmo 130:4, RVR1960

Ahora tenemos un problema mucho más grande

  Hemos llegado a un punto decisivo.

  Dios es perfectamente justo.

  La maldad no puede quedar eternamente impune.

  Habrá juicio.

  Y nosotros hemos descubierto que también somos culpables.

  Entonces ya no estamos estudiando un problema filosófico.

  Estamos estudiando nuestro problema.

  Queríamos un Juez perfectamente justo.

  Lo tenemos.

  Queríamos que conociera toda la verdad.

  La conoce.

  Queríamos que ninguna maldad pudiera esconderse de Él.

  Ninguna puede.

  Queríamos que nadie pudiera comprarlo, engañarlo o escapar de su tribunal.

  Nadie puede.

  Todo parecía maravilloso…

  hasta que descubrimos que nosotros también teníamos que comparecer delante de Él.

  Ahora necesitamos algo que quizá al principio de la serie no comprendíamos.

  Necesitamos justicia para el mal que se cometió.

  Pero también necesitamos misericordia para nosotros.

  Y aparentemente tenemos un problema imposible:

  ¿Cómo puede un Dios perfectamente justo perdonar a personas verdaderamente culpables sin convertir su tribunal en un lugar de impunidad?

  ¿Cómo puede absolver al culpable y continuar siendo justo?

  ¿Cómo puede mantenerse la justicia y, al mismo tiempo, salvarse al pecador?

  Aquí comenzamos a acercarnos al corazón del Evangelio.

  Porque la respuesta de Dios no consistió en fingir que nuestra deuda nunca existió.

  La respuesta finalmente nos llevará hasta la Cruz.

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