11. Jesús sabía que sería llevado como cordero al matadero

Dr. Elio M. Rivera

  Tal vez hemos escuchado tantas veces la expresión «Cristo sufrió por nosotros» que corremos el peligro de pronunciarla sin detenernos a pensar qué significó realmente aquel sufrimiento para su cuerpo.

  Isaías no describió algo ligero.

  Utilizó palabras terribles:

«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados» (Isaías 53:5).

  Y después añadió:

«Como cordero fue llevado al matadero» (Isaías 53:7).

  Cristo sabía, antes de venir, que su misión no terminaría simplemente con algunos golpes.

Sabía que su cuerpo sería llevado hasta un grado extremo de sufrimiento.

«Molido»

  La palabra merece que nos detengamos.

  Isaías había anunciado también:

«Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres» (Isaías 52:14).

  El hombre que finalmente llegaría al Calvario no tendría el aspecto con el que había comenzado aquella noche.

  Los golpes producirían dolor e inflamación.

  El traumatismo repetido produciría edema y deformación de los tejidos.

  La flagelación romana produciría lesiones extensas y pérdida de sangre.

  La corona de espinas añadiría múltiples heridas dolorosas en una región extraordinariamente sensible.

  Después vendría la crucifixión.

  No era una piel intacta.

  No era un rostro sereno sin señales del trauma.

  No era simplemente cansancio.

Su cuerpo había sido brutalmente traumatizado.

Jesus sabia que seria sacrificado como el cordero de Dios que quita el pecad del mundo y como quiera vino

Pensemos como médicos por un momento

  El dolor no ocurre solamente donde vemos una herida.

  Cada traumatismo activa terminaciones nerviosas y desencadena respuestas inflamatorias.

  El tejido lesionado comienza a inflamarse.

  Aumenta la sensibilidad.

  Movimientos que normalmente serían tolerables pueden convertirse en intensamente dolorosos.

  Ahora imagine que sobre ese cuerpo previamente golpeado y flagelado comienza una crucifixión.

  Las heridas continúan doliendo.

  La pérdida de sangre favorece debilidad, sed, taquicardia y deterioro circulatorio.

  La deshidratación agrava el sufrimiento.

  Cada movimiento necesario para intentar acomodar el cuerpo puede desencadenar nuevamente dolor.

  Y todo esto ocurre simultáneamente.

  Por eso «molido» no debería pasar delante de nuestros ojos como una palabra religiosa más.

Sus manos y sus brazos

  El Salmo 22 había anunciado:

«Horadaron mis manos y mis pies» (Salmo 22:16).

  La fijación de los miembros superiores durante una crucifixión podía producir un dolor intensísimo. Dependiendo del lugar exacto atravesado y de las estructuras afectadas, podían irritarse o lesionarse nervios importantes del miembro superior.

  Entre ellos se encuentra el nervio mediano.

  Una lesión o irritación nerviosa severa puede producir un dolor de características neuropáticas: quemante, eléctrico, penetrante, capaz de irradiarse por la extremidad.

  No podemos afirmar qué nervio específico fue lesionado en Jesús porque los Evangelios no proporcionan ese detalle anatómico.

  Pero médicamente podemos comprender que atravesar y mantener bajo tensión aquellas estructuras podía producir un sufrimiento nervioso extraordinario.

  Además, la posición prolongada de los brazos, la tracción y la carga corporal podían someter hombros, músculos, ligamentos y articulaciones a una tensión extrema.

  Algunos han propuesto luxaciones o subluxaciones durante la crucifixión. No podemos demostrar que ocurrieran en Jesús, pero sí podemos afirmar que aquella posición sometía todo el complejo de hombros y brazos a un enorme estrés mecánico.

Y después estaba su cabeza

  La corona de espinas tampoco debe reducirse a un elemento simbólico de las pinturas.

  Fue colocada sobre una región abundantemente inervada y vascularizada.

  El cuero cabelludo y la frente reciben sensibilidad principalmente a través de ramas nerviosas, varias relacionadas con el sistema trigeminal.

  La penetración repetida de espinas podía producir múltiples focos de dolor, inflamación y sangrado.

  Imagine tener una sola espina clavada profundamente.

  Nuestro impulso inmediato sería retirarla.

  Ahora imagine múltiples puntos dolorosos alrededor de la cabeza, mientras además recibe golpes y no puede simplemente detener el proceso.

Eso también estaba incluido en el precio.

Estaba perdiendo sangre

  La sangre perdida durante todo este proceso tampoco era un detalle menor.

  La flagelación podía producir una pérdida sanguínea importante. Sumada al trauma, el agotamiento y la falta de líquidos, podía contribuir al desarrollo de hipovolemia.

  El corazón intenta compensar aumentando su frecuencia.

  Aparece debilidad.

  La sed se intensifica.

  La capacidad de mantenerse en pie disminuye.

  El organismo comienza a luchar por conservar la circulación hacia los órganos esenciales.

  Por eso cuando pensamos en Cristo avanzando hacia el Calvario no debemos imaginar simplemente a un hombre con algunas heridas superficiales.

  Estamos contemplando a un hombre sometido a traumatismo acumulativo, pérdida de sangre, inflamación, agotamiento y dolor extremo.

«Fue desfigurado… su parecer»

  Ahora podemos comprender un poco mejor la fuerza de Isaías 52:14.

  La inflamación facial, los traumatismos, las heridas, la sangre y el agotamiento podían modificar profundamente su apariencia.

  Isaías había anunciado siglos antes que quienes lo contemplaran quedarían asombrados por su aspecto.

  Aquel rostro había sido golpeado.

  Aquella cabeza había recibido la corona.

  Aquel cuerpo había recibido el flagelo.

  Aquellas manos y aquellos pies serían traspasados.

  Por eso cuando Isaías dice:

«molido por nuestros pecados»

  no estamos delante de una expresión pequeña.

  Estamos delante de un cuerpo consumido por un proceso de sufrimiento físico extremo.

Y Él sabía que ese cuerpo sería el suyo

  Aquí está lo que hace que este artículo pertenezca a nuestra serie.

  Isaías escribió todo esto siglos antes de Belén.

  Cristo sabía que tomaría un cuerpo humano.

  Sabía que ese cuerpo sentiría dolor.

  Sabía que tendría un sistema nervioso capaz de transmitirlo.

  Sabía que tendría piel que podría ser herida.

  Sabía que tendría vasos sanguíneos de los cuales podría perder sangre.

  Sabía que tendría músculos que podrían agotarse.

  Sabía que tendría articulaciones sometidas a tensión.

  Sabía que sentiría sed.

  Sabía que experimentaría la realidad física del sufrimiento humano.

  Y sabía hacia dónde sería llevado aquel cuerpo:

«Como cordero… al matadero».

Ahora imaginemos la decisión

  Suponga que antes de entrar a una habitación le muestran exactamente lo que ocurrirá dentro.

  Le explican el dolor.

  Le muestran los instrumentos.

  Le advierten sobre la pérdida de sangre.

  Le explican que su cuerpo quedará profundamente traumatizado.

  Y finalmente le dicen:

«Puede marcharse ahora mismo. Pero si entra, otra persona podrá vivir».

  La puerta permanece abierta.

  Usted todavía puede alejarse.

  Entonces mira a la persona que necesita ser rescatada.

  Y entra.

  Eso nos permite acercarnos un poco más al corazón de Cristo.

  Él no llegó al Calvario para descubrir cuánto dolería.

Sabía que sería herido.

Sabía que sería molido.

Sabía que su apariencia quedaría desfigurada por el sufrimiento.

Sabía que sería llevado como cordero al matadero.

  Y sabía algo que hace todavía más difícil comprender su decisión:

el que necesitaba ser rescatado no era Él.

Éramos nosotros.

  Por eso Isaías no termina simplemente diciendo que fue herido.

  Nos dice por quién:

«Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados».

  Antes de Belén conocía el precio.

  Antes de tener un cuerpo humano sabía lo que los hombres harían con ese cuerpo.

  Antes de sentir el primer dolor sabía hasta dónde llegaría.

Y aun así decidió tomar ese cuerpo.

Y aun así vino.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.