Dr. Elio M. Rivera

  En el capítulo anterior vimos algo inquietante.

  La maldad no apareció dentro de Lucero porque Dios la hubiera colocado allí.

  Comenzó cuando una criatura creada buena empezó a utilizar de manera equivocada su libertad.

  Primero surgió un pensamiento.

  Después un deseo.

  Después orgullo.

  Después insatisfacción.

  Pero existe un momento en que lo que ocurre dentro del corazón deja de permanecer solamente allí.

  El pensamiento comienza a convertirse en proyecto.

  El deseo busca una manera de realizarse.

  Y el orgullo empieza a preguntarse:

  «¿Por qué debo permanecer bajo la autoridad de otro?»

  Allí comienza la rebelión.

  Isaías utiliza palabras extraordinarias:

  «Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…» (Isaías 14:13, RVR1960).

  Observe cuidadosamente lo que aparece en esa declaración.

  No encontramos simplemente a una criatura diciendo:

  «Quiero ser más importante».

  Encontramos un trono.

  Encontramos gobierno.

  Encontramos autoridad.

  Encontramos una criatura que ya no parece satisfecha con ocupar el lugar que había recibido.

  Quiere establecer otro.

  «Levantaré mi trono».

  Ésa es una frase mucho más seria de lo que puede parecer.

  Porque donde hay un trono, hay gobierno.

  Y donde alguien quiere levantar un trono frente al trono de Dios, ya no estamos hablando solamente de orgullo.

  Estamos hablando de rebelión.

Cuando el orgullo se convirtió en un proyecto de gobierno

  Isaías continúa:

  «…en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:13-14, RVR1960).

  Hay una progresión impresionante.

  Subiré.

  Levantaré mi trono.

  Me sentaré.

  Subiré.

  Seré semejante al Altísimo.

  Cinco declaraciones.

  Cinco expresiones de voluntad.

  Cinco veces aparece, de una manera u otra, el yo.

  Lucero ya no está preguntando:

  «¿Cuál es la voluntad de Dios

  Ahora parece estar diciendo:

  «Ésta es mi voluntad».

  Aquí encontramos el corazón de la rebelión.

  No quería simplemente recibir más responsabilidades bajo Dios.

  Quería una posición independiente de Él.

  No quería gobernar bajo el Rey.

  Quería levantar su propio trono.

  No quería administrar aquello que Dios le había confiado.

  Quería determinar él mismo hasta dónde llegaría su autoridad.

  Ésta es una diferencia enorme.

  Porque Dios no condena el crecimiento.

  No condena desarrollar capacidades.

  No condena recibir autoridad.

  El propio Dios delega autoridad.

  Ya vimos que lo hizo con Adán y Eva.

  El problema comienza cuando una criatura deja de considerar la autoridad como algo recibido y empieza a tratarla como algo que puede apropiarse.

  Esto nos ayuda a comprender mejor la naturaleza del conflicto.

  Con frecuencia pensamos en el pecado solamente como una lista de conductas malas.

  Mentir.

  Robar.

  Matar.

  Engañar.

  Pero debajo de muchas de esas conductas existe una pregunta todavía más profunda:

  ¿Quién tiene derecho a decirme lo que debo hacer?

  Ése es un problema de gobierno.

  Mientras Lucero reconocía a Dios como Creador y Rey, podía utilizar correctamente todo lo que había recibido.

  Pero cuando comenzó a desear su propio trono, apareció una nueva posibilidad:

  un gobierno separado del gobierno de Dios.

  La criatura comenzaba a imaginar un orden en el que ella ya no estuviera sometida al Creador.

  Y eso es mucho más serio que simplemente sentir orgullo.

  El orgullo había producido una filosofía.

  Una manera diferente de entender autoridad.

  Una manera diferente de entender libertad.

  Una manera diferente de entender gobierno.

  Dios decía:

  «Gobierna bajo mi autoridad».

  La rebelión comenzaba a decir:

  «Gobierna sin Él».

  Lucero ya poseía muchísimo.

  Según la interpretación que estamos siguiendo de Ezequiel 28, había recibido sabiduría, hermosura, posición y privilegio.

  Pero llegó un momento en que todo aquello dejó de parecer suficiente.

  ¿Por qué?

  Porque el orgullo tiene una característica peligrosa:

  nunca queda satisfecho.

  Cuando una criatura comienza a medir su valor por la posición que posee, siempre puede existir una posición superior.

  Si tiene autoridad, querrá más.

  Si recibe reconocimiento, buscará más reconocimiento.

  Si ocupa una posición elevada, comenzará a mirar la que se encuentra encima.

  Y en algún momento Lucero levantó los ojos hacia algo que nunca podría pertenecerle legítimamente.

  El trono del Creador.

  No porque Dios hubiera sido injusto con él.

  No porque estuviera abandonado.

  No porque careciera de capacidades.

  Sino porque su deseo había cambiado.

  La pregunta dejó de ser:

  «¿Qué me ha dado Dios?»

  Y pasó a ser:

  «¿Qué tiene Dios que todavía no tengo yo?»

  Entonces aparece la frase quizá más reveladora:

  «Seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:14).

  Pero aquí aparece una ironía extraordinaria.

  Una criatura nunca puede convertirse realmente en el Creador.

  Lucero podía ser poderoso.

  Pero seguía siendo creado.

  Podía poseer conocimiento.

  Pero no era omnisciente.

  Podía ejercer influencia.

  Pero no era omnipotente.

  Podía moverse dentro de la creación.

  Pero no era omnipresente.

  Podía desear un trono.

  Pero no podía convertirse en el origen de la existencia.

  Nunca podría decir:

  «Yo soy el que soy».

  Nunca podría convertirse en Dios.

  Por eso su aspiración contenía desde el principio una imposibilidad.

  Pero el orgullo puede hacer algo sorprendente:

  puede convencer a una criatura de que merece incluso aquello para lo cual nunca fue creada.

  Cuando leemos expresiones como:

  «levantaré mi trono»

  y:

  «seré semejante al Altísimo»,

  es difícil reducir la rebelión a una simple discusión.

  Estamos frente a una pretensión de gobierno.

  En la reconstrucción que seguimos en este libro, Lucero llegó a considerar que podía establecer una alternativa al gobierno de Dios.

  Quería reconocimiento.

  Quería autoridad.

  Quería seguidores.

  Quería su trono.

  Y toda pretensión de establecer un trono alternativo necesariamente representa un desafío al trono existente.

  La rebelión había dejado de ser solamente interior.

  Ahora tenía dirección.

  Tenía objetivo.

  Quería gobernar.

La rebelión necesitaba seguidores

  Pero ningún rebelde construye un reino completamente solo.

  Un trono sin súbditos no constituye un reino.

  Si Lucero deseaba establecer su propio gobierno, necesitaba algo más.

  Seguidores.

  Y aquí la rebelión adquirió una dimensión todavía más peligrosa.

  Según la reconstrucción desarrollada en este libro, Lucero comenzó a influir sobre otros seres espirituales.

  Aquello que primero había cultivado dentro de sí comenzó a comunicarlo.

  Pero pensemos en el problema que enfrentaba.

  ¿Cómo convencer a seres que conocían a Dios para rebelarse contra Él?

  ¿Cómo convencerlos de abandonar un gobierno bueno?

  ¿Cómo conseguir que criaturas que habían recibido de Dios su existencia comenzaran a ver al mismo Dios como alguien contra quien valía la pena rebelarse?

  Había que cambiar su percepción del Rey.

  Y creo que aquí comenzó una de las estrategias que posteriormente encontraremos una y otra vez en la Escritura:

  para separar a una criatura de Dios, primero hay que hacerla desconfiar de Dios.

  Toda rebelión necesita una historia que la justifique.

  Pocas criaturas se considerarían a sí mismas malvadas mientras se rebelan.

  El rebelde necesita justificar su rebelión.

  Tiene que explicarse a sí mismo por qué aquello que está haciendo es razonable.

  Y si quiere conseguir seguidores, debe ofrecerles también una explicación.

  Quizá el gobierno existente es injusto.

  Quizá la autoridad está reteniendo privilegios.

  Quizá alguien merece más.

  Quizá las reglas solamente sirven para mantener a otros sometidos.

  Quizá habría una vida mejor fuera de esa autoridad.

  No sabemos exactamente qué argumentos utilizó Lucero con otros seres espirituales, porque la Escritura no nos proporciona una transcripción de aquellas conversaciones.

  Pero sí sabemos cómo actuará después.

  Y cuando aparece en Génesis 3, la estrategia es reveladora.

  No empieza diciendo:

  «Yo soy malo. Rebélense conmigo».

  Empieza cuestionando a Dios.

  «¿Conque Dios os ha dicho…?» (Génesis 3:1, RVR1960).

  Después contradice su palabra:

  «No moriréis» (Génesis 3:4, RVR1960).

  Y finalmente atribuye a Dios una motivación sospechosa:

  «sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos…» (Génesis 3:5, RVR1960).

  En otras palabras:

  Dios les está ocultando algo.

  Dios no quiere que tengan algo bueno.

  Dios los está limitando.

  Ésta sería una estrategia extraordinariamente efectiva.

  Porque una criatura que confía plenamente en la bondad de Dios tiene pocas razones para rebelarse contra Él.

  Primero debe aparecer la sospecha.

  La batalla, entonces, no era solamente por autoridad.

  También era por la imagen de Dios.

  Si Dios podía ser presentado como egoísta, arbitrario, controlador o injusto, entonces la rebelión podía comenzar a parecer razonable.

  Lucero ya no sería simplemente un rebelde.

  Podría presentarse como alternativa.

  Y Dios ya no sería visto simplemente como Padre y Creador.

  Podría empezar a ser visto como alguien de quien había que liberarse.

  Esto es importantísimo.

  Porque la rebelión contra Dios se vuelve mucho más fácil cuando primero hemos cambiado nuestra opinión acerca de Él.

  Cuando confiamos en alguien, obedecer puede tener sentido incluso si todavía no comprendemos todo.

  Pero cuando sospechamos de sus intenciones, cada límite empieza a parecer opresión.

  Cada mandamiento parece control.

  Cada advertencia parece amenaza.

  Y cada prohibición puede parecer evidencia de que nos están privando de algo.

  La rebelión dejó de ser entonces el problema privado de una sola criatura.

  Otros comenzaron a participar.

  El Nuevo Testamento habla claramente de ángeles que pecaron.

  Pedro escribió:

  «Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron…» (2 Pedro 2:4, RVR1960).

  Judas también habla de:

  «los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada…» (Judas 6, RVR1960).

  Y Apocalipsis presenta posteriormente a Satanás acompañado por sus ángeles:

  «Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás… fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él» (Apocalipsis 12:9, RVR1960).

  Debemos tener cuidado de no utilizar estos textos para fabricar detalles que la Escritura no proporciona.

  Pero sí podemos establecer algo importante:

  la rebelión espiritual no terminó solamente en Satanás.

  Hubo otros seres que participaron en ella.

  El pensamiento de uno se había convertido en una rebelión compartida.

  No conocemos todas las conversaciones.

  Pero el proyecto que Isaías representa mediante las expresiones «levantaré mi trono» y «seré semejante al Altísimo» nos permite comprender la dirección de la rebelión.

  No estaba buscando simplemente libertad para hacer algo diferente.

  Estaba buscando autoridad independiente.

La misma propuesta llegaría hasta el hombre

  Aquí llegamos a una conexión extraordinaria.

  Tenemos que guardar esta frase:

  «seré semejante al Altísimo».

  Porque en Génesis encontraremos otra:

  «seréis como Dios» (Génesis 3:5, RVR1960).

  Observe la semejanza.

  Lucero:

  «Seré semejante al Altísimo».

  La serpiente al hombre:

  «Seréis como Dios».

  Esto me parece fundamental para comprender Génesis 3.

  La serpiente terminaría ofreciendo al hombre algo sorprendentemente parecido al sueño que había alimentado su propia rebelión.

  Independencia.

  Exaltación.

  Autogobierno.

  La posibilidad de determinar por sí mismo.

  Lucero quiso levantar su trono.

  Después intentaría convencer al hombre de que también podía gobernarse sin depender del trono de Dios.

  Y eso era especialmente peligroso porque Adán y Eva ya tenían autoridad.

  Dios les había dicho:

  «señoread».

  No necesitaban rebelarse contra Dios para obtener gobierno.

  Ya lo tenían.

  Pero era autoridad delegada.

  Gobernaban bajo Dios.

  Dios era Rey.

  Ellos eran administradores.

  El modelo era extraordinariamente sencillo.

  Cuando apareciera una situación que no comprendieran, podían acudir al Rey.

  Podían escuchar a su Padre.

  Podían recibir dirección.

  Y después podían regresar para ejercer sobre la Tierra la autoridad que Dios les había confiado.

  Dios daba dirección y el hombre ejecutaba esa voluntad dentro de la esfera de responsabilidad que había recibido.

  Pero ahora aparecería una propuesta radicalmente diferente:

  «seréis como Dios».

  Dentro del planteamiento que estamos desarrollando, eso tocaba directamente el modelo de gobierno.

  ¿Por qué consultar?

  ¿Por qué depender?

  ¿Por qué recibir de Dios la definición de lo bueno y lo malo?

  ¿Por qué no determinarlo ustedes mismos?

  Esto transforma completamente la tentación.

  No era solamente una invitación a comer.

  Era una invitación a cambiar de gobierno.

  Y aquí encontramos otra pieza fundamental.

  Dios no había entregado el gobierno de la Tierra a Lucero.

  Lo había entregado al hombre.

  Por eso, si Lucero quería extender su rebelión al mundo humano, necesitaba llegar hasta aquellos que tenían autoridad sobre ese mundo.

  Necesitaba al hombre.

  Necesitaba su cooperación.

  Necesitaba que Adán y Eva utilizaran su voluntad y la autoridad que Dios les había concedido para ponerse de acuerdo con la propuesta del rebelde.

  Esto ayuda a comprender por qué la tentación ocurre mediante conversación.

  La serpiente pregunta.

  Argumenta.

  Contradice.

  Promete.

  Pero no obliga físicamente.

  Necesita una decisión.

  Necesita que el hombre diga sí.

  La rebelión de Lucero podía llegar hasta la puerta del mundo humano.

  Pero para penetrar en el gobierno que Dios había delegado al hombre necesitaba la participación humana.

  Ahora podemos observar el crescendo completo.

  Primero:

  un pensamiento.

  Después:

  orgullo.

  Después:

  insatisfacción.

  Después:

  deseo de exaltación.

  Después:

  «levantaré mi trono».

  Después:

  un proyecto de gobierno.

  Después:

  otros seres involucrados.

  Y finalmente:

  la intención de extender esa rebelión hasta la Tierra.

  Por eso la historia de Lucero es tan importante para comprender la historia de Adán.

  La rebelión espiritual y la tentación humana quedarían conectadas por una misma idea:

  la criatura intentando vivir y gobernar independientemente del Creador.

  Lucero dijo:

  «seré semejante al Altísimo».

  Después la serpiente diría al hombre:

  «seréis como Dios».

  No parece una coincidencia menor.

  El rebelde estaba ofreciendo a otros aquello mismo que había deseado para sí.

  Y esto también nos permite comprender más profundamente la naturaleza del pecado.

  El pecado no es solamente hacer algo que Dios prohibió.

  En su raíz puede existir algo mucho más profundo:

  la criatura intentando convertirse en la autoridad final sobre su propia existencia.

  Dios dice:

  «Yo soy la fuente».

  La rebelión responde:

  «Yo puedo vivir independientemente de ti».

  Dios dice:

  «Yo determino el bien».

  La rebelión responde:

  «Yo lo determinaré».

  Dios dice:

  «Gobierna bajo mi autoridad».

  La rebelión responde:

  «Levantaré mi propio trono».

  Por eso el orgullo, el egoísmo y la rebelión se encuentran tan profundamente relacionados.

  El orgullo exalta al yo.

  El egoísmo coloca los deseos propios en el centro.

  Y la rebelión rechaza la autoridad que limita esos deseos.

  Al final los tres terminan diciendo algo semejante:

  «Yo quiero decidir».

  Pero existe algo que nunca debemos perder de vista.

  La rebelión de Lucero nunca convirtió a Dios en menos Rey.

  Lucero podía querer el trono.

  Podía decir:

  «Subiré».

  Podía intentar conseguir seguidores.

  Podía rebelarse.

  Pero ninguna de esas cosas disminuía la autoridad real de Dios.

  Un rebelde puede desconocer la autoridad de un rey.

  Eso no significa que automáticamente se convierta en rey.

  Lucero continuaba siendo criatura.

  Incluso para rebelarse necesitaba utilizar capacidades que había recibido del mismo Dios contra quien se estaba levantando.

  Ésa es una de las grandes paradojas del pecado:

  la criatura utiliza los regalos del Creador para intentar vivir como si no necesitara al Creador.

  Y ahora queda una pregunta inevitable.

  Dios sabía lo que estaba ocurriendo.

  Vio el pensamiento.

  Vio crecer el orgullo.

  Vio aparecer la rebelión.

  Vio a otros seres involucrarse.

  Y sabía hacia dónde podía dirigirse todo aquello.

  Entonces:

  ¿por qué lo permitió?

  ¿Por qué Dios permitió que Lucero pudiera rebelarse?

  ¿Por qué no eliminó inmediatamente toda posibilidad de oposición?

  ¿Por qué permitir una libertad capaz de producir semejante desastre?

  Y si Dios sabía que aquella rebelión terminaría acercándose al mundo de Adán y Eva…

  ¿por qué no la detuvo antes?

  Ésa será nuestra siguiente pregunta.

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  La rebelión de Lucero nos muestra mucho acerca del orgullo, la independencia y el pecado. Pero en esta investigación queremos mirar también en la dirección contraria.

  ¿Qué podemos aprender acerca de Dios al observar lo que ocurrió?

  Aprendo que Dios es el Creador y que toda autoridad finalmente procede de Él.

  Lucero podía poseer sabiduría, hermosura, capacidades y autoridad, pero todo lo que tenía lo había recibido. Dios, en cambio, no recibió la existencia de nadie. Él es la fuente.

  «Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas.»
  Romanos 11:36, RVR1960

  Aprendo que Dios es Rey.

  Lucero podía decir: «levantaré mi trono», pero desear el trono de Dios nunca lo convirtió en Dios. La rebelión de una criatura no disminuye la autoridad del Creador.

  «Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos.»
  Salmos 103:19, RVR1960

  Aprendo que Dios comparte autoridad sin dejar de ser soberano.

  Esto es extraordinario. Dios posee toda autoridad y, sin embargo, delega responsabilidades. Lo hizo con el ser humano desde el principio. No creó a Adán y Eva simplemente para existir; les permitió gobernar sobre aquello que había puesto en sus manos.

  «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…»
  Génesis 1:28, RVR1960

  Aprendo que Dios no es egoísta.

  La serpiente intentaría presentar a Dios como alguien que retiene cosas buenas, pero la historia de la creación muestra exactamente lo contrario: la vida, las capacidades, la Tierra y todo lo que poseían sus criaturas procedía originalmente de Él.

  «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces.»
  Santiago 1:17, RVR1960

  Aprendo que Dios es generoso.

  Lucero deseó apropiarse de aquello que no le correspondía. Dios, en cambio, continuamente da. Ésta es una diferencia profunda entre el corazón del rebelde y el corazón de Dios.

  «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?»
  Romanos 8:32, RVR1960

  Aprendo que los límites de Dios no significan que quiera privarnos de algo bueno.

  Ésta sería precisamente una de las mentiras de la serpiente: hacer que una criatura interprete un límite como evidencia de que Dios le está escondiendo algo bueno.

  Pero la Escritura presenta una imagen diferente.

  «No quitará el bien a los que andan en integridad.»
  Salmos 84:11, RVR1960

  Aprendo que Dios quiere dirigirnos porque conoce el camino mejor que nosotros.

  La rebelión dice: «Yo decidiré por mí mismo». Dios nos invita a confiar en Él, no porque quiera impedirnos pensar, sino porque ve aquello que nosotros no podemos ver y conoce adónde conduce cada camino.

  «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.»
  Proverbios 3:5-6, RVR1960

  Aprendo que Dios es bueno.

  La rebelión solamente podía parecer atractiva si primero conseguía sembrar dudas acerca de la bondad de Dios. Por eso ésta se convirtió en una de las grandes preguntas del conflicto.

  ¿Es realmente bueno el Rey?

  La Escritura responde:

  «Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él.»
  Salmos 34:8, RVR1960

  Aprendo que Dios es verdadero.

  La serpiente tendría que contradecir la palabra de Dios para extender la rebelión: «No moriréis». Desde entonces, una de las grandes diferencias entre ambos gobiernos sería la diferencia entre verdad y mentira.

  Jesús dijo acerca del Padre:

  «Tu palabra es verdad.»
  Juan 17:17, RVR1960

  Aprendo que Dios quiere que confiemos en Él.

  La rebelión comenzó intentando romper precisamente esa confianza. Porque cuando dejamos de confiar en el carácter de Dios, sus mandamientos pueden comenzar a parecernos cargas y sus advertencias pueden parecernos amenazas.

  Pero Dios nos llama a una relación diferente:

  «Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará.»
  Salmos 37:5, RVR1960

  Y aprendo que Dios continúa siendo Dios aunque una criatura decida rechazarlo.

  Ésta quizá sea una de las verdades más impresionantes de este capítulo.

  Lucero podía rebelarse.

  Podía buscar seguidores.

  Podía querer levantar otro trono.

  Podía decir: «seré semejante al Altísimo».

  Pero nada de eso podía cambiar quién era Dios.

  «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.»
  Salmos 90:2, RVR1960

  Así que cuando observamos la rebelión de Lucero encontramos dos maneras completamente diferentes de entender el gobierno.

  Lucero quiso apropiarse de autoridad.

  Dios delega autoridad.

  Lucero quiso exaltarse a sí mismo.

  Dios da y comparte.

  Lucero comenzó a sembrar desconfianza.

  Dios invita a confiar.

  La rebelión ofreció independencia del Creador.

  Dios ofrece dirección y relación con Él.

  La serpiente presentaría a Dios como alguien que retiene lo bueno.

  La Escritura lo presenta como la fuente de toda buena dádiva.

  Lucero quiso levantar su propio trono.

  Dios ya era Rey y nunca dejó de serlo.

  Y entonces comenzamos a comprender algo fundamental.

  La gran pregunta de esta historia no es solamente:

  «¿Qué hizo Lucero?»

  También es:

  «¿Qué clase de Dios era aquel contra quien Lucero decidió rebelarse?»

  Y hasta este punto de nuestra investigación, las acciones de Dios comienzan a darnos una respuesta.

  Es Creador.

  Es Rey.

  Es generoso.

  Es bueno.

  Es verdadero.

  Da autoridad.

  Da dirección.

  Da buenas cosas.

  Y aun cuando una criatura utiliza los mismos dones que recibió de Él para rebelarse contra su gobierno, Dios continúa siendo Dios.

  La rebelión puede cuestionar su carácter.

  Puede distorsionar su imagen.

  Puede prometer que existe una vida mejor lejos de Él.

  Pero todavía queda por ver cuál de los dos gobiernos decía la verdad.

  Y precisamente eso es lo que la historia comenzaría a demostrar.

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Dr. Elio M. Rivera

  Antes de continuar hacia uno de los acontecimientos más trágicos de la historia humana —la caída de Adán y Eva— necesitamos detenernos.

  Porque cuando la serpiente aparece en Génesis 3, algo ya había sucedido.

  El mal ya estaba presente.

  La rebelión ya había comenzado.

  Existía una criatura que conocía a Dios y, sin embargo, se había levantado contra Él.

  La serpiente no comenzó su rebelión cuando habló con Eva.

  Llegó al huerto con una rebelión que ya existía dentro de ella.

  Génesis no se detiene para relatarnos toda aquella historia.

  Para reconstruir algunas de sus piezas tenemos que buscar en otros lugares de la Escritura.

  Y dos profetas nos permiten asomarnos de una manera extraordinaria a esa realidad:

Ezequiel e Isaías.

  Pero antes de entrar en sus palabras necesitamos comprender algo acerca de la manera en que funciona algunas veces la revelación profética.

El profeta podía contemplar dos realidades

  Cuando leemos a los profetas encontramos ocasiones en las que la revelación comienza dentro de una realidad perfectamente reconocible.

  Un rey.

  Una ciudad.

  Una nación.

  Un ejército.

  Un acontecimiento histórico.

  El profeta está contemplando algo que pertenece al mundo visible.

  Pero mientras la revelación continúa, de pronto el lenguaje parece atravesar aquella realidad.

  Dios descorre el velo.

  Y detrás de lo que los ojos humanos podían contemplar aparece una realidad espiritual.

  Después la profecía puede regresar nuevamente al personaje histórico.

  La realidad terrenal no desaparece.

  Pero durante algunos momentos el profeta parece contemplar lo que existe detrás de ella.

  Daniel nos proporciona un ejemplo extraordinario de que ambas realidades pueden existir simultáneamente.

  Daniel estaba orando en la Tierra.

  Eso era lo visible.

  Pero mientras Daniel oraba, estaba ocurriendo algo que él no podía ver.

  Un mensajero celestial había encontrado oposición.

  Existía un personaje llamado «el príncipe del reino de Persia».

  Miguel tuvo que intervenir.

  Y después se anuncia la llegada de «el príncipe de Grecia».

«Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme…»

Daniel 10:13, RVR1960

  Y poco después el mensajero dice:

«Ahora tengo que volver para pelear contra el príncipe de Persia; y al terminar con él, el príncipe de Grecia vendrá.»

Daniel 10:20, RVR1960

  Daniel podía ver Persia.

  Podía ver reyes.

  Podía ver ejércitos.

  Podía ver imperios.

  Pero no podía ver con sus ojos naturales todo lo que estaba ocurriendo en la dimensión espiritual.

  Dios tuvo que revelárselo.

  Esto nos ayuda a comprender lo que parece suceder también en Ezequiel e Isaías.

Ezequiel comienza mirando a un gobernante humano

  Ezequiel 28 comienza dentro de una realidad histórica.

  Existe una ciudad llamada Tiro.

  Existe un gobernante.

  Existe riqueza.

  Existe comercio.

  Existe poder.

  Y existe orgullo.

  Dios habla directamente al príncipe de Tiro:

«Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste: Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado en medio de los mares (siendo tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios

Ezequiel 28:2, RVR1960

  Aquí no existe ninguna dificultad para reconocer al personaje.

  Es un hombre.

  Dios mismo se lo dice:

«siendo tú hombre y no Dios».

  El problema de aquel gobernante era su orgullo.

  Había alcanzado poder.

  Había acumulado riquezas.

  Había desarrollado una opinión extraordinariamente elevada acerca de sí mismo.

  Hasta el punto de decir:

«Yo soy un dios».

  Pero entonces ocurre algo fascinante.

De pronto parece abrirse el velo

  Unos versículos después Dios ordena a Ezequiel:

«Hijo de hombre, levanta endechas sobre el rey de Tiro…»

Ezequiel 28:12, RVR1960

  Todavía estamos escuchando acerca del rey de Tiro.

  Pero inmediatamente la descripción comienza a cambiar.

«Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura.»

Ezequiel 28:12, RVR1960

  Y después aparece una declaración extraordinaria:

«En Edén, en el huerto de Dios estuviste…»

Ezequiel 28:13, RVR1960

  Detengámonos allí.

Edén.

  Precisamente el lugar que estamos estudiando.

  El huerto de Dios.

  Pero la revelación todavía continúa.

«Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas.»

Ezequiel 28:14, RVR1960

  Ahora encontramos expresiones extraordinarias:

querubín.

Santo monte de Dios.

Piedras de fuego.

Edén.

Huerto de Dios.

  La descripción parece habernos llevado más allá del gobernante humano que Ezequiel estaba contemplando inicialmente.

  Es como si durante unos momentos Dios hubiera descorrido el velo y nos permitiera contemplar la realidad espiritual detrás del orgullo que estaba siendo juzgado.

  Y allí aparece una criatura extraordinaria.

No fue creado malvado

  Lo siguiente que Dios dice resulta fundamental para comprender el origen de la rebelión:

«Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad.»

Ezequiel 28:15, RVR1960

  Observe cuidadosamente las palabras.

«Fuiste creado».

  Estamos delante de una criatura.

  No de otro dios.

  No de un ser eterno independiente de Dios.

  Había tenido un comienzo.

  Dios era su Creador.

  Pero hay algo todavía más importante.

  Dios dice:

«Perfecto eras».

  La maldad no aparece como algo con lo que Dios hubiera creado originalmente a aquella criatura.

  Existió un tiempo en que:

«Perfecto eras en todos tus caminos».

  Pero después ocurrió algo.

«Hasta que se halló en ti maldad».

  Aquí comenzamos a acercarnos al origen de la rebelión.

El problema comenzó dentro de él

  Ezequiel nos proporciona otra pieza.

«Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor…»

Ezequiel 28:17, RVR1960

  Esto es extraordinario.

  Su hermosura había sido un regalo.

  Su sabiduría había sido un regalo.

  Su esplendor había sido un regalo.

  Su posición había sido un regalo.

  Su existencia misma había sido un regalo.

  Pero en algún momento comenzó a mirar aquello que había recibido de una manera diferente.

  La belleza produjo orgullo.

  El esplendor produjo exaltación propia.

  La sabiduría terminó corrompiéndose.

  La criatura comenzó a contemplarse a sí misma.

  Y aquello que había recibido del Creador comenzó a convertirse en motivo para elevarse contra el Creador.

  Pero todavía nos falta escuchar algo.

  Ezequiel nos muestra qué ocurrió con su corazón.

  Isaías parece permitirnos escuchar lo que aquel corazón comenzó a decir.

Isaías comienza mirando a Babilonia

  Algo semejante ocurre en Isaías 14.

  Nuevamente comenzamos dentro de la historia humana.

  Existe Babilonia.

  Existe un imperio.

  Existe un gobernante.

  Y Dios anuncia su caída.

  La identidad del personaje histórico aparece claramente:

«Pronunciarás este proverbio contra el rey de Babilonia…»

Isaías 14:4, RVR1960

  Estamos mirando inicialmente a un rey humano.

  Un hombre poderoso.

  Un gobernante orgulloso.

  Pero conforme continúa la profecía, nuevamente parece ocurrir algo extraordinario.

  El lenguaje comienza a elevarnos por encima del escenario político de Babilonia.

  Y de pronto encontramos estas palabras:

«¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones.»

Isaías 14:12, RVR1960

  La escena parece haber cambiado.

  Ahora estamos mirando hacia arriba.

«Caíste del cielo».

  Y entonces la revelación penetra todavía más profundamente.

  Porque ya no solamente describe lo que ocurrió.

  Nos permite escuchar lo que aquella criatura decía dentro de su corazón.

«Subiré»

«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.»

Isaías 14:13-14, RVR1960

  Aquí parece encontrarse el corazón de la rebelión.

  Observe las expresiones.

«Subiré al cielo».

«Levantaré mi trono».

«Me sentaré».

«Subiré».

«Seré semejante al Altísimo».

  La voluntad de la criatura se había levantado contra la voluntad del Creador.

  Ya no era simplemente:

Dios me creó.

  Ahora era:

yo subiré.

  Ya no era:

Dios me dio una posición.

  Ahora era:

yo levantaré mi trono.

  Ya no era:

Dios es el Altísimo.

  Ahora era:

«seré semejante al Altísimo».

  Aquello había dejado de ser solamente orgullo.

  Se había convertido en rebelión.

Quería un trono

  Existe una palabra particularmente reveladora en la declaración:

«trono».

  No estaba aspirando simplemente a ser más hermoso.

  No estaba buscando únicamente más reconocimiento.

  Quería autoridad.

  Quería gobierno.

  Quería exaltación.

  Quería establecer algo propio frente al gobierno de Dios.

  Había recibido una posición extraordinaria dentro de la creación.

  Pero ya no le parecía suficiente.

  Quería elevar:

«mi trono».

  Y finalmente encontramos la expresión que lleva la rebelión hasta su punto máximo:

«seré semejante al Altísimo».

  La criatura quiso ocupar una posición que solamente corresponde al Creador.

Ezequiel e Isaías nos muestran dos partes de la misma tragedia

  Ahora podemos colocar ambos pasajes uno al lado del otro.

  Ezequiel dice:

«Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura…»

Ezequiel 28:17, RVR1960

  Isaías dice:

«Subiré al cielo…»

Isaías 14:13, RVR1960

  Ezequiel muestra el orgullo interior.

  Isaías muestra la ambición que produjo aquel orgullo.

  Ezequiel muestra una criatura:

creada,

hermosa,

sabia,

privilegiada.

  Isaías nos permite escuchar esa criatura diciendo:

subiré,

levantaré,

me sentaré,

seré.

  Podemos observar una secuencia terrible:

belleza → orgullo.

esplendor → exaltación propia.

sabiduría → corrupción.

privilegio → ambición.

ambición → rebelión.

  La criatura comenzó deseando exaltarse.

  Y terminó queriendo ser:

«semejante al Altísimo».

Pero Dios nunca perdió su trono

  Aquí debemos comprender algo fundamental.

  La rebelión pudo ser extraordinaria.

  Pudo involucrar seres celestiales.

  Pudo producir un conflicto que alcanzaría posteriormente a la humanidad.

  Pero nunca significó que Dios hubiera dejado de ser soberano.

  Isaías responde a todos aquellos:

«Subiré».

«Levantaré».

«Me sentaré».

«Seré».

  Con una sentencia impresionante:

«Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo.»

Isaías 14:15, RVR1960

  Él dijo:

«Subiré».

  Pero Dios declaró:

descenderás.

  Quiso levantar su trono.

  Pero nunca dejó de ser criatura.

  Quiso ser semejante al Altísimo.

  Pero solamente existe:

un Altísimo.

La rebelión no permaneció solamente en una criatura

  Sin embargo, cuando avanzamos hacia otros textos bíblicos descubrimos algo todavía más grave.

  El rebelde no aparece solo.

  Apocalipsis describe una escena extraordinaria:

«Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles Apocalipsis 12:7, RVR1960

  Observe cuidadosamente.

  Existen dos grupos.

«Miguel y sus ángeles».

  Y:

«el dragón y sus ángeles».

  Algo había sucedido entre los seres celestiales.

  La rebelión de una criatura había alcanzado a otros.

  El Nuevo Testamento también habla de ángeles que abandonaron la posición que les correspondía:

«Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día.»

Judas 6, RVR1960

  Existió, entonces, una rebelión dentro del mundo espiritual.

  Y en Apocalipsis esa rebelión aparece convertida en conflicto.

  Un lado está encabezado por:

Miguel.

  El otro por:

el dragón.

¿Quién es el dragón?

  Juan no nos deja adivinar su identidad.

«Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás…»

Apocalipsis 12:9, RVR1960

  Observe los nombres.

El gran dragón.

La serpiente antigua.

El diablo.

Satanás.

  Pero para nuestra investigación existe una expresión particularmente importante:

«la serpiente antigua».

  Porque nosotros ya conocemos una serpiente.

  La encontraremos en Génesis 3.

  Dentro del huerto.

  Hablando con Eva.

  Apocalipsis nos ayuda a mirar hacia atrás y reconocer que detrás de aquella escena aparentemente sencilla existía un conflicto muchísimo mayor.

  Cuando la serpiente aparece delante de Eva, no estamos contemplando el nacimiento de la rebelión.

  Estamos contemplando el momento en que una rebelión que ya existía alcanza a la humanidad.

La misma ambición aparece en el Edén

  Y aquí encontramos una conexión que me parece extraordinaria.

  Observe lo que Isaías atribuye al corazón del rebelde:

«…seré semejante al Altísimo.»

Isaías 14:14, RVR1960

  Ahora escuche lo que la serpiente dirá a Eva:

«…seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal

Génesis 3:5, RVR1960

  La semejanza es impresionante.

  Primero:

«seré semejante al Altísimo».

  Después:

«seréis como Dios».

  El rebelde parece ofrecer a los hijos de Dios la misma aspiración que había contaminado su propio corazón.

  Él había querido elevarse.

  Ahora invita al hombre a desconfiar de Dios y buscar algo fuera de los límites establecidos por su Padre.

  Él había cuestionado el lugar que Dios le había dado.

  Ahora intentaría conseguir que Adán y Eva hicieran lo mismo.

Ahora comprendemos mejor quién entró en el huerto

  Esto cambia completamente nuestra manera de contemplar Génesis 3.

  Durante todos los capítulos anteriores hemos estudiado lo que Adán y Eva habían recibido.

  Vida.

  Belleza.

  Alimento.

  Un mundo extraordinario.

  Trabajo.

  Inteligencia.

  Autoridad.

  Matrimonio.

  Familia.

  Comunión con Dios.

  Un Padre.

  Un futuro.

  Y mientras ellos disfrutaban de todo aquello, existía otra historia.

  Una criatura extraordinariamente privilegiada había contemplado lo que Dios le había dado y había decidido:

no es suficiente.

  Quería más.

  Quería subir.

  Quería levantar su propio trono.

  Quería ocupar una posición que no le correspondía.

  Y finalmente su rebelión alcanzaría el mundo de los hijos de Dios.

  Cuando aparezca delante de Eva no llegará como un investigador neutral preguntando acerca de un árbol.

  Llegará con una intención.

  Llegará cuestionando la palabra de Dios.

  Llegará cuestionando el carácter de Dios.

  Llegará insinuando que Dios está reteniendo algo bueno.

  Y llegará ofreciendo precisamente aquello que había estado en el corazón de su propia rebelión:

«seréis como Dios».

Pero todavía falta una parte de la historia

  Antes de entrar completamente en Génesis 3 necesitamos regresar una vez más al cielo.

  Porque Apocalipsis nos ha mostrado algo que todavía no hemos estudiado.

«Después hubo una gran batalla en el cielo…»

Apocalipsis 12:7, RVR1960

  Una batalla.

  Miguel.

  Ángeles.

  El dragón.

  Sus ángeles.

  Una expulsión.

  Y una realidad espiritual que parece desarrollarse detrás de acontecimientos que, desde nuestra perspectiva humana, pueden abarcar enormes períodos de historia.

  Daniel ya nos permitió contemplar algo semejante.

  Mientras un hombre oraba en la Tierra, seres espirituales estaban involucrados en un conflicto relacionado con Persia.

  Y mientras Persia todavía dominaba, ya se hablaba de:

Grecia.

  La realidad visible y la realidad espiritual estaban desarrollándose simultáneamente.

  Por eso la siguiente pregunta resulta inevitable:

¿Qué ocurrió realmente en aquella guerra celestial?

  ¿Quién era Miguel?

  ¿Quiénes eran los ángeles que permanecieron con Dios?

  ¿Quiénes eran los ángeles del dragón?

  ¿Qué significa que Satanás fuera arrojado?

  ¿Y cómo llegó aquel conflicto hasta el mundo de Adán y Eva?

  Eso es lo que investigaremos a continuación.

¿Qué aprendimos?

  Antes de la caída del hombre ya había ocurrido una rebelión.

  Ezequiel nos permite contemplar una criatura extraordinariamente privilegiada cuya belleza y esplendor terminaron relacionados con el orgullo.

  Isaías nos permite escuchar la ambición:

«Subiré».

«Levantaré mi trono».

«Me sentaré».

«Seré semejante al Altísimo».

  Y Apocalipsis nos muestra que el rebelde no estaba solo.

  Había:

«el dragón y sus ángeles».

  Finalmente Juan nos proporciona la conexión que necesitábamos:

el dragón era «la serpiente antigua».

  La serpiente que encontraremos en el Edén no aparece, entonces, sin historia.

  Detrás de ella existe orgullo.

  Ambición.

  Rebelión.

  Conflicto.

  Y oposición al gobierno de Dios.

  Hasta ahora hemos estado contemplando el mundo extraordinario que Dios había preparado para sus hijos.

  Ahora hemos descubierto que, fuera de aquella hermosa relación, existía alguien que había decidido rebelarse contra su Creador.

  Y pronto intentaría conseguir algo terrible:

que los hijos hicieran lo mismo que él había hecho.

  Pero antes de escuchar las palabras de la serpiente, todavía necesitamos contemplar una última escena:

la guerra en el cielo.

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  La rebelión de Lucifer no permaneció solamente dentro de su propio corazón.

  En algún momento, otros seres celestiales terminaron siguiéndolo.

  Apocalipsis habla claramente de:

«el dragón y sus ángeles».

  Eso significa que lo que comenzó dentro de una criatura terminó convirtiéndose en una rebelión compartida por otros.

  Pero surge una pregunta inevitable:

¿Cómo ocurrió?

  ¿Cómo logró Lucifer que otros ángeles abandonaran su posición y participaran de su rebelión?

  La Biblia no nos proporciona una conversación completa entre Lucifer y aquellos seres celestiales.

  No conocemos las palabras exactas.

  No sabemos cuánto tiempo duró el proceso.

  Pero Ezequiel utiliza una expresión extraordinariamente interesante.

«A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector

Ezequiel 28:16, RVR1960

«La multitud de tus contrataciones»

  La palabra utilizada por la RVR1960 es:

«contrataciones».

  Dentro del contexto histórico de Tiro, la expresión encaja perfectamente.

  Tiro era una ciudad comercial.

  Existían intercambios.

  Negocios.

  Mercancías.

  Tratos.

  Relaciones comerciales.

  Pero recordemos que en esta sección de Ezequiel la descripción parece ir mucho más allá del gobernante humano.

  El mismo pasaje habla de:

«Edén, en el huerto de Dios».

  Habla de:

«querubín grande, protector».

  Habla de:

«el santo monte de Dios».

  Y habla de:

«las piedras de fuego».

  Por eso, cuando contemplamos el significado espiritual del pasaje, resulta razonable preguntarnos si esas «contrataciones» también pueden estar señalando la manera en que la corrupción de Lucifer comenzó a extenderse.

Una rebelión que dejó de ser privada

  Isaías nos había mostrado que la rebelión comenzó dentro del corazón.

«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…»

Isaías 14:13, RVR1960

  En un principio encontramos:

un corazón enaltecido.

  Una voluntad rebelde.

  Una criatura deseando elevar su propio trono.

  Pero cuando llegamos a Apocalipsis, la situación ya ha cambiado.

«Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles.» Apocalipsis 12:7, RVR1960

  Ahora ya no encontramos solamente al dragón.

  Encontramos:

«el dragón y sus ángeles».

  La rebelión se había extendido.

  Otros seres celestiales habían terminado identificándose con él.

Algo tuvo que ocurrir entre Lucifer y aquellos ángeles

  La Escritura no nos permite escuchar aquellas conversaciones.

  Por eso debemos ser cuidadosos.

  No podemos afirmar que conocemos los términos exactos de los acuerdos.

  Pero sí podemos reconocer algo lógico:

  Si otros ángeles terminaron siguiéndolo, de alguna manera tuvieron que ser persuadidos, influenciados o atraídos hacia aquella rebelión.

  La idea que estaba dentro de Lucifer tuvo que salir de él.

  Tuvo que comunicarse.

  Tuvo que extenderse.

  Podemos imaginar negociaciones.

  Promesas.

  Propuestas.

  Alianzas.

  Compromisos.

  Pero debemos distinguir entre lo que la Biblia declara y lo que estamos reconstruyendo.

  La Biblia declara que existieron:

«el dragón y sus ángeles».

  Y Ezequiel habla de:

«la multitud de tus contrataciones».

  Eso nos permite considerar seriamente que Lucifer no solamente se rebeló personalmente, sino que desarrolló relaciones mediante las cuales su rebelión alcanzó a otros seres celestiales.

¿Contrataciones, comercio o tráfico?

  La expresión es particularmente interesante porque no transmite simplemente la idea de pensamientos.

  Habla de actividad.

  De movimiento.

  De relaciones.

  En el contexto de Tiro se refiere naturalmente al comercio.

  Pero dentro de la dimensión espiritual que estamos contemplando, podría describir figurativamente una actividad intensa de intercambio e influencia.

  No necesariamente dinero.

  No mercancías materiales.

  Sino ideas.

  Promesas.

  Posiciones.

  Lealtades.

  Acuerdos.

  La rebelión necesitaba seguidores.

  Y para obtener seguidores, Lucifer tuvo que presentar algo que otros estuvieran dispuestos a aceptar.

¿Qué podía ofrecer?

  Aquí entramos necesariamente en el terreno de la reconstrucción.

  La Biblia no dice:

«Lucifer prometió esto a los ángeles».

  Por eso no debemos convertir nuestras deducciones en Escritura.

  Pero sabemos qué deseaba Lucifer.

«…levantaré mi trono…»

Isaías 14:13, RVR1960

  Su aspiración incluía gobierno.

  Autoridad.

  Posición.

  Un trono.

  Por eso resulta razonable pensar que una rebelión de esa naturaleza tendría que presentar a sus seguidores una alternativa al orden establecido por Dios.

  No sabemos cómo fue presentada.

  No sabemos qué ofreció.

  Pero sabemos que algunos aceptaron seguirlo.

Lucero convence a la ta tercera parte de los ángeles para rebelarse

  Apocalipsis presenta otra imagen extraordinaria:

«Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra…»

Apocalipsis 12:4, RVR1960

  Muchos intérpretes han comprendido esta imagen como una referencia a los ángeles que siguieron al dragón.

  El mismo capítulo posteriormente habla expresamente de:

«el dragón y sus ángeles».

  Si ambas expresiones están relacionadas, entonces la rebelión de Lucifer logró alcanzar a una tercera parte de los seres representados por esas estrellas.

  Eso convertiría aquellas «contrataciones» en algo extraordinariamente serio.

  No estaríamos contemplando una conversación aislada.

  Estaríamos contemplando un movimiento de rebelión dentro del mundo celestial.

«Arrastraba»

  Hay además una palabra muy significativa en Apocalipsis:

«arrastraba».

  La imagen transmite influencia.

  Una fuerza que lleva consigo a otros.

  Lucifer no cayó solo.

  Su rebelión tuvo seguidores.

  Otros seres terminaron vinculados a su causa.

  Eso concuerda con la escena posterior:

«…y luchaban el dragón y sus ángeles.»

Apocalipsis 12:7, RVR1960

  Ahora existe un grupo organizado alrededor del dragón.

  Ya no estamos frente a un simple pensamiento rebelde.

  Estamos frente a una facción celestial.

Pero la mayoría permaneció fiel

  Si entendemos la tercera parte de las estrellas como los ángeles que siguieron a Lucifer, entonces aparece también una realidad importante.

  Dos terceras partes no lo siguieron.

  La mayoría permaneció del lado de Dios.

  Eso también nos ayuda a comprender la expresión:

«Miguel y sus ángeles».

  Había seres celestiales que permanecieron fieles al orden de Dios.

  Mientras otros se unieron al dragón.

  La rebelión produjo entonces una separación.

  Dos lealtades.

  Dos grupos.

  Dos posiciones frente al gobierno de Dios.

La multitud de tus contrataciones

  Volvamos ahora a la frase de Ezequiel.

«A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste…»

Ezequiel 28:16, RVR1960

  La expresión «multitud» indica abundancia.

  No algo pequeño.

  No algo ocasional.

  Había una intensa actividad relacionada con aquellas «contrataciones».

  En Tiro, comercio.

  En la realidad espiritual que el pasaje parece revelar, podemos contemplar la posibilidad de una actividad mediante la cual la rebelión fue propagándose.

  Lucifer no solamente tuvo un pensamiento rebelde.

  Lo desarrolló.

  Lo extendió.

  Y finalmente otros terminaron formando parte de su rebelión.

El resultado

  Ezequiel termina mostrando que Dios no permitió que aquella situación permaneciera para siempre.

«…por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector.»

Ezequiel 28:16, RVR1960

  Observe el contraste.

  Antes había sido colocado allí por Dios.

  Ahora Dios declara:

«yo te eché».

  Antes era:

«querubín grande, protector».

  Ahora es expulsado.

  La posición que había recibido como regalo terminó perdiéndose a causa de la rebelión.

¿Qué aprendimos?

  Ezequiel utiliza una expresión misteriosa:

«la multitud de tus contrataciones».

  Dentro del escenario histórico se relaciona con el comercio de Tiro.

  Pero dentro de la realidad espiritual que el mismo pasaje parece revelar, puede proporcionarnos una pista acerca de cómo la corrupción de Lucifer dejó de ser solamente personal y comenzó a alcanzar a otros.

  Isaías nos muestra una rebelión dentro de su corazón.

  Ezequiel habla de una multitud de contrataciones.

  Apocalipsis nos muestra el resultado:

«el dragón y sus ángeles».

  Y posiblemente:

«la tercera parte de las estrellas del cielo».

  No conocemos todas las conversaciones.

  No sabemos cuáles fueron los acuerdos.

  No sabemos qué promesas se hicieron.

  Pero el resultado es evidente:

Lucifer no se rebeló solo.

  Otros seres celestiales terminaron siguiéndolo.

  La rebelión había dejado de ser el pensamiento secreto de una criatura.

  Se había convertido en un movimiento celestial.

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  La rebelión había comenzado.

  Lucifer había permitido que el orgullo se levantara dentro de su corazón.

  Había deseado elevar su propio trono.

  Había querido ser semejante al Altísimo.

  Y, como vimos anteriormente, aquella rebelión no permaneció solamente dentro de él.

  Otros seres celestiales terminaron siguiéndolo.

  Apocalipsis los llama:

«el dragón y sus ángeles».

  Llegó entonces un momento en que aquella rebelión produjo una confrontación abierta.

«Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles.»

Apocalipsis 12:7, RVR1960

  La rebelión había dejado de ser solamente una ambición interior.

  Ahora existían dos grupos.

Miguel y sus ángeles.

  Y:

el dragón y sus ángeles.

  Una guerra había comenzado en el cielo.

¿Quién era Miguel?

  Miguel aparece varias veces en la Escritura relacionado con conflictos espirituales.

  Daniel lo llama:

«Miguel, uno de los principales príncipes».

Daniel 10:13, RVR1960

  Y más adelante:

«Miguel vuestro príncipe».

Daniel 10:21, RVR1960

  Judas también lo identifica claramente como arcángel:

«Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo…»

Judas 9, RVR1960

  Miguel aparece, por tanto, como un poderoso príncipe celestial asociado directamente con la defensa del orden establecido por Dios.

  Cuando la rebelión alcanza el punto de confrontación, Miguel está al frente de los ángeles que permanecieron fieles.

El dragón también tenía ángeles

  La otra parte del versículo resulta igualmente impresionante:

«…y luchaban el dragón y sus ángeles.»

Apocalipsis 12:7, RVR1960

  Aquí vemos el resultado de aquella rebelión que se había extendido.

  Lucifer ya no estaba solo.

  Había seres celestiales que habían aceptado su causa.

  Apocalipsis había presentado anteriormente una imagen que muchos han relacionado con ellos:

«Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo…»

Apocalipsis 12:4, RVR1960

  Si esas estrellas representan a los ángeles que siguieron al dragón, entonces estamos delante de una rebelión de enormes proporciones.

  Pero también significa que la mayoría de los seres celestiales permaneció fiel a Dios.

La batalla

  La Biblia no describe cómo fue aquella batalla.

  No nos habla de armas.

  No nos explica cómo combaten seres espirituales.

  No sabemos cuánto duró desde la perspectiva celestial.

  Solamente sabemos que fue real y que existió una confrontación entre ambos grupos.

  Y sabemos algo todavía más importante:

el resultado nunca estuvo en duda.

«Pero no prevalecieron…»

Apocalipsis 12:8, RVR1960

  El dragón había conseguido seguidores.

  Había levantado una rebelión.

  Había desafiado el orden de Dios.

  Pero:

«no prevalecieron».

  La rebelión podía ser grande.

  Pero Dios seguía siendo Dios.

  El trono nunca dejó de pertenecerle.

«Ni se halló ya lugar para ellos»

  Apocalipsis continúa:

«Pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo.»

Apocalipsis 12:8, RVR1960

  La derrota tuvo consecuencias.

  El rebelde había querido elevar su posición.

  Pero terminó perdiéndola.

  Había querido subir.

  Terminó siendo arrojado.

  Ezequiel utiliza precisamente ese lenguaje:

«…yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector

Ezequiel 28:16, RVR1960

  Y también:

«…yo te arrojé por tierra…»

Ezequiel 28:17, RVR1960

  La criatura que había sido colocada en una posición extraordinaria por Dios terminó expulsada como consecuencia de su rebelión.

El dragón es identificado

  Entonces Juan nos dice quién era aquel dragón:

«Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás…»

Apocalipsis 12:9, RVR1960

  Aquí aparece una expresión decisiva:

«la serpiente antigua».

  Porque inmediatamente nuestra mirada puede dirigirse hacia Génesis.

  Hacia el huerto.

  Hacia Adán.

  Hacia Eva.

  Apocalipsis identifica al gran adversario con la serpiente antigua.

  Eso significa que el ser que perdió aquella batalla celestial es el mismo adversario que encontramos entrando en la historia del hombre.

¿Ocurrió todo dentro de un mismo período?

  La Biblia no nos proporciona fechas.

  No nos dice cuánto tiempo pasó entre la rebelión y la guerra.

  Tampoco nos dice cuánto tiempo transcurrió entre la expulsión del rebelde y su aparición en el Edén.

  Por eso no podemos establecer un número de días, meses o años.

  Pero resulta perfectamente posible contemplar estos acontecimientos como parte de un mismo período inicial de rebelión.

  Lucifer se enaltece.

  Extiende su rebelión.

  Otros ángeles lo siguen.

  Se produce una guerra celestial.

  Miguel y sus ángeles prevalecen.

  El rebelde es arrojado.

  Y entonces el conflicto se traslada hacia la nueva creación que Dios había establecido sobre la Tierra.

  Hacia sus hijos.

  Hacia Adán y Eva.

La guerra celestial llega hasta el Edén

  Esto resulta especialmente importante para comprender lo que está a punto de suceder.

  Cuando Génesis 3 comienza, la serpiente no aparece como una criatura espiritualmente neutral.

  Detrás de ella existe ya una historia.

  Hubo orgullo.

  Hubo ambición.

  Hubo rebelión.

  Hubo seguidores.

  Hubo una guerra.

  Hubo una derrota.

  Y hubo una expulsión.

  Ahora el mismo adversario aparece cerca de los hijos que Dios había colocado sobre la Tierra.

  El conflicto había comenzado en el cielo.

  Pero estaba a punto de alcanzar:

el huerto de Edén.

La historia puede haber ocurrido mucho más rápido de lo que imaginamos

  Aquí existe algo que no debemos perder de vista.

  Nosotros tendemos a separar todos estos acontecimientos porque los encontramos distribuidos en distintos libros de la Biblia.

  Ezequiel.

  Isaías.

  Apocalipsis.

  Génesis.

  Pero que la información haya sido revelada en libros diferentes no significa que los acontecimientos mismos hayan estado separados por largos períodos.

  Podrían corresponder a una misma gran crisis celestial desarrollada en un período relativamente concentrado.

  Primero la rebelión.

  Después la extensión de aquella rebelión.

  Después la guerra.

  Después la derrota.

  Y después:

la serpiente en el huerto.

  Nada en Génesis exige que hayan transcurrido siglos entre estos acontecimientos.

  La Escritura simplemente no nos proporciona el intervalo.

Y ahora aparece la serpiente

  Después de todo aquello, Génesis abre el siguiente capítulo con una frase sorprendentemente sencilla:

«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho…»

Génesis 3:1, RVR1960

  Pero nosotros ya sabemos que detrás de esa escena existe mucho más.

  El lector que solamente observa Génesis contempla una serpiente hablando con Eva.

  Pero cuando reunimos el resto de las Escrituras, podemos contemplar una historia mucho mayor.

  El adversario que se había levantado contra Dios ahora se acercaba:

a los hijos de Dios.

  Había fracasado en su intento de elevarse en el cielo.

  Y ahora el conflicto llegaba al escenario terrestre.

  No estaba entrando simplemente en un jardín.

  Estaba entrando en el lugar donde Dios había establecido a Adán y Eva.

  Y entonces comenzaría otra clase de batalla.

  No una guerra entre ejércitos celestiales.

  Una guerra de:

palabras,

confianza,

obediencia

  y:

lealtad.

  Pero esa historia comienza en el siguiente capítulo.

¿Qué aprendimos?

  La rebelión de Lucifer no permaneció en su corazón.

  Otros seres celestiales terminaron siguiéndolo.

  Aquella rebelión produjo una guerra.

«Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón…»

Apocalipsis 12:7, RVR1960

  El resultado fue claro:

«Pero no prevalecieron…»

Apocalipsis 12:8, RVR1960

  Y el rebelde fue expulsado:

«Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás…»

Apocalipsis 12:9, RVR1960

  Ezequiel había dicho:

«…yo te eché del monte de Dios…»

Ezequiel 28:16, RVR1960

  La criatura que había querido subir terminó siendo arrojada.

  Y aunque la Biblia no nos dice exactamente cuánto tiempo transcurrió entre estos acontecimientos, es posible contemplarlos como parte de una misma etapa inicial de rebelión.

Orgullo.

Rebelión.

Contrataciones.

Ángeles que lo siguieron.

Guerra en el cielo.

Derrota.

Expulsión.

  Y entonces:

Edén.

  El siguiente escenario del conflicto ya no estaría en el cielo.

  Estaría delante de un árbol.

  Y frente a la serpiente estarían:

Adán y Eva.

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  Ésta puede ser una de las preguntas más importantes de toda esta sección.

  Si Dios sabía lo que estaba ocurriendo dentro de Lucero…

  si vio crecer su orgullo…

  si conocía sus pensamientos…

  si sabía que estaba intentando influir sobre otros…

  y si tenía poder suficiente para detenerlo…

  ¿por qué no lo hizo inmediatamente?

  ¿Por qué no destruyó al rebelde en el mismo momento en que decidió levantarse contra Él?

  A primera vista, hacerlo parecería lo más sencillo.

  Dios es todopoderoso.

  Lucero era una criatura.

  La diferencia de poder era absoluta.

  Dios podía haber terminado aquella rebelión en un instante.

  Pero imaginemos por un momento lo que habría ocurrido.

  Lucero comienza a expresar sus inconformidades.

  Habla.

  Cuestiona.

  Tal vez algunos comienzan a escucharlo.

  Y de repente, sin juicio visible, sin tiempo para que los demás comprendieran adónde conducían aquellas ideas, sale fuego en medio de Lucero y lo consume delante de toda la creación.

  Silencio.

  Nadie vuelve a cuestionar nada.

  Nadie vuelve a hablar.

  Nadie vuelve a expresar una duda.

  Pero tendríamos que preguntarnos:

  ¿por qué guardarían silencio?

  ¿Porque habían comprendido que Dios era bueno?

  ¿O porque tenían miedo de ser los siguientes?

  Ésa es una diferencia enorme.

  Podemos imaginar las preguntas que podrían haber surgido:

  «¿Qué hizo Lucero para merecer eso?»

  «¿Será verdad lo que estaba diciendo?»

  «¿Por qué Dios no permitió que se explicara?»

  «¿Qué ocurrirá conmigo si algún día pienso algo que a Dios no le agrada?»

  «¿Quién será el siguiente?»

  Y quizá la pregunta más peligrosa de todas:

  «¿Habrá tenido Lucero razón acerca de Dios?»

  La rebelión habría terminado físicamente.

  Pero la duda podría haber permanecido.

  Tal vez para siempre.

Dios no quería obediencia producida por terror

  Esto nos lleva nuevamente al tema de la libertad.

  Si Dios hubiera creado seres capaces de escoger, pero destruyera inmediatamente a cualquiera en el primer instante en que utilizara mal esa libertad, tendríamos que preguntarnos qué clase de libertad sería ésa.

  Técnicamente podrían escoger.

  Pero sabrían que una decisión equivocada significaría destrucción instantánea.

  ¿Eso produciría amor?

  ¿Produciría confianza?

  ¿Produciría verdadera lealtad?

  O produciría miedo.

  Una criatura podría obedecer exteriormente y, sin embargo, vivir aterrorizada interiormente.

  Podría decir:

  «Sí, Dios».

  Pero pensar:

  «No tengo otra opción».

  Eso no es el tipo de relación que hemos venido descubriendo en Dios.

  Dios no quería una creación llena de criaturas que temblaran cada vez que Él apareciera.

  Quería hijos.

  Quería seres capaces de conocerlo.

  Capaces de confiar en Él.

  Capaces de observar su carácter.

  Capaces de escogerlo.

  Y para que esa elección fuera auténtica, la alternativa también tenía que poder mostrarse.

  Lucero había levantado una acusación, aunque no conozcamos cada palabra exacta que utilizó.

  En esencia, su rebelión estaba diciendo:

  «Existe una manera mejor de gobernar que la de Dios».

  «No necesitamos permanecer bajo su autoridad».

  «Podemos decidir por nosotros mismos».

  «Podemos establecer otro gobierno».

  Si Dios hubiera destruido al rebelde antes de que esas ideas mostraran sus consecuencias, alguien podría haber pensado:

  «Quizá Dios lo destruyó porque tenía razón».

  Y eso habría sido terrible.

  No porque Dios necesitara demostrar algo para saber quién era.

  Dios conoce perfectamente su propio carácter.

  Pero sus criaturas libres necesitaban comprenderlo.

  Necesitaban ver.

  Necesitaban comparar.

  Necesitaban llegar a una conclusión que no estuviera basada solamente en el poder de Dios, sino también en la evidencia de su bondad.

  Aquí encontramos una diferencia importantísima:

  Dios podía obligar a sus criaturas a someterse a su poder.

  Pero no podía producir por la fuerza una confianza auténtica sin destruir precisamente aquello que deseaba recibir: una respuesta libre.

  El amor obligado deja de ser amor.

  La confianza impuesta deja de ser confianza.

  Y la obediencia producida exclusivamente por terror no demuestra que la criatura haya reconocido la bondad del Rey.

  Solamente demuestra que teme su poder.

A veces necesitamos ver las consecuencias para conocer la verdad

  Hay algo acerca de la libertad humana que todos conocemos por experiencia.

  En ocasiones alguien puede advertirnos.

  Puede explicarnos.

  Puede aconsejarnos.

  Puede mostrarnos las consecuencias de una decisión.

  Y aun así no entendemos plenamente hasta que vivimos sus resultados.

  Un padre puede decir a su hijo:

  «No tomes ese camino».

  El hijo puede pensar que el padre simplemente quiere controlarlo.

  Pero después toma el camino.

  Sufre.

  Pierde.

  Descubre.

  Y años después quizá diga:

  «Ahora entiendo por qué mi padre me lo dijo».

  No porque el padre deseara que sufriera.

  Sino porque hubo cosas que el hijo decidió aprender por experiencia.

  Creo que algo semejante ayuda a comprender por qué Dios permitió temporalmente que la rebelión mostrara sus frutos.

  Lucero estaba haciendo una propuesta.

  La propuesta tenía que ser examinada.

  ¿Qué produce una existencia separada del gobierno de Dios?

  ¿Qué produce el orgullo?

  ¿Qué produce el egoísmo?

  ¿Qué produce la independencia de Dios?

  ¿Qué produce un reino construido alrededor del yo?

  Si Dios simplemente hubiera dicho:

  «Eso es malo»,

  y después hubiera destruido inmediatamente a quien lo propuso, siempre podría permanecer la sospecha:

  «Eso dice Dios porque quiere conservar su poder».

  Pero existe otra posibilidad.

  Permitir que el principio sea visto.

  Permitir que produzca fruto.

  Permitir que las criaturas observen sus consecuencias.

  Y entonces permitirles decidir:

  ¿qué gobierno produce vida?

  ¿y cuál produce destrucción?

  Eso no significa que Dios aprobara lo que Lucero hacía.

  Ésta es una distinción fundamental.

  Permitir temporalmente algo no significa producirlo.

  Permitir temporalmente algo no significa aprobarlo.

  Permitir que una decisión tenga consecuencias no significa desear esas consecuencias.

  Dios podía odiar la rebelión y, sin embargo, permitir durante un tiempo que se manifestara lo que aquella rebelión realmente era.

  Precisamente para que la verdad quedara expuesta.

  Y aquí debo hablar de algo muy personal.

  Cuando observo mi propia vida, existe una diferencia enorme entre conocer intelectualmente que Dios es bueno y haber llegado a esa conclusión después de haber experimentado las consecuencias de decisiones tomadas lejos de Él.

  Hubo momentos de mi vida en los que, de una manera u otra, estuve del lado equivocado.

  Tomé decisiones.

  Viví consecuencias.

  Descubrí lo que puede producir una vida alejada de la voluntad de Dios.

  Y también he visto lo que Dios ha hecho conmigo.

  He visto su misericordia.

  Su paciencia.

  Su restauración.

  Su cuidado.

  Y después de comparar ambos caminos, puedo decir con una convicción que no es solamente teórica:

  Dios es bueno.

  Quiero estar de su lado.

  No quiero el gobierno del enemigo.

  No quiero aquello que su rebelión produce.

  Pero parte de esa convicción nació precisamente porque pude ver la diferencia.

  Pude experimentar consecuencias.

  Pude comparar.

  Pude escoger.

  Y hay decisiones que solamente adquieren verdadero peso cuando sabemos qué estamos escogiendo.

  Tal vez por eso la historia humana se ha convertido, entre muchas otras cosas, en una demostración gigantesca de dos maneras de vivir.

  El gobierno de Dios.

  Y la independencia de Dios.

  La humanidad ha probado prácticamente todas las formas imaginables de gobernarse.

  Imperios.

  Reyes.

  Dictaduras.

  Democracias.

  Revoluciones.

  Ideologías.

  Religiones.

  Sistemas económicos.

  Filosofías.

  Y a través de toda esa historia seguimos viendo la misma realidad:

  cuando el corazón humano se separa de Dios, incluso sus mejores sistemas terminan contaminados por egoísmo, corrupción, violencia, abuso y muerte.

  La criatura puede cambiar las estructuras.

  Pero el problema continúa dentro del corazón.

  No porque todo lo que haga el hombre sea malo.

  La imagen de Dios no desapareció completamente.

  Seguimos siendo capaces de amar.

  Crear.

  Servir.

  Proteger.

  Sacrificarnos por otros.

  Pero también vemos continuamente qué ocurre cuando el yo se convierte en autoridad final.

  Y la historia se convierte en evidencia.

  No solamente de que el pecado hace daño.

  Sino de que separarse de Dios nunca produjo el paraíso prometido por la rebelión.

Dios permitió tiempo porque estaba defendiendo algo más grande que su autoridad

  Aquí encontramos algo que me parece extraordinario.

  Dios no necesitaba defender su trono.

  Nadie podía realmente quitárselo.

  Lucero podía decir:

  «levantaré mi trono».

  Pero no podía dejar de ser criatura.

  La autoridad de Dios nunca estuvo realmente en peligro.

  Lo que sí estaba en peligro era la confianza de sus criaturas.

  Eso era mucho más delicado.

  Un rebelde podía ser destruido en un segundo.

  Pero una duda sembrada dentro de millones de criaturas libres podía permanecer muchísimo tiempo.

  Y el miedo podía conseguir obediencia exterior, pero nunca resolvería aquella duda.

  Por eso creo que Dios hizo algo mucho más difícil que destruir al rebelde.

  Permitió que la verdad se demostrara.

  Permitió que la rebelión desarrollara sus consecuencias.

  Permitió que cada criatura pudiera mirar.

  Pensar.

  Comparar.

  Y escoger.

  Esto puede tomar tiempo.

  A veces mucho tiempo.

  Porque las grandes preguntas acerca del carácter no siempre se responden en un instante.

  Una acusación puede hacerse en segundos.

  Demostrar completamente que es falsa puede tomar años.

  Incluso generaciones.

  Y quizá una historia entera.

  Pero al final la diferencia se vuelve imposible de ignorar.

  Jesús describió al enemigo con palabras muy fuertes:

  «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10, RVR1960).

  Dos obras.

  Dos caminos.

  Dos resultados.

  Uno roba.

  Mata.

  Destruye.

  El otro da vida.

  Y creo que millones de seres humanos podrían dar testimonio de haber descubierto esa diferencia personalmente.

  No solamente porque alguien se las explicó.

  Sino porque la vivieron.

  Por eso creo que si Dios hubiera destruido inmediatamente a Lucero, podía haber terminado la rebelión exterior, pero no necesariamente habría respondido las preguntas que la rebelión había introducido.

  Peor todavía:

  su destrucción inmediata podría haber sido utilizada como aparente evidencia de que Lucero tenía razón.

  «Miren lo que sucede con quien cuestiona a Dios».

  La creación podría haber continuado obedeciendo.

  Pero quizá con una pregunta enterrada profundamente:

  «¿Será Dios realmente bueno?»

  Y Dios no quería gobernar eternamente sobre una familia aterrorizada.

  Quería una creación que lo conociera.

  Que supiera quién era.

  Que pudiera mirar toda la evidencia y decir libremente:

  «Tú eres digno».

  Eso es precisamente lo que encontramos al final de la Escritura.

  No una creación diciendo:

  «Obedecemos porque tenemos miedo».

  Sino criaturas reconociendo voluntariamente el carácter y la justicia de Dios.

  Apocalipsis declara:

  «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos» (Apocalipsis 15:3, RVR1960).

  Observe las palabras:

  «justos».

  «verdaderos».

  La historia ha permitido que el carácter de ambos gobiernos quede expuesto.

  Y eso también ayuda a responder una pregunta dolorosa:

  ¿Por qué continúa existiendo el mal?

  No porque Dios lo ame.

  No porque sea indiferente.

  No porque no tenga poder para terminarlo.

  Sino porque la historia todavía está cumpliendo un propósito.

  Todavía existen personas tomando decisiones.

  Todavía hay personas cambiando de lado.

  Todavía hay seres humanos que estuvieron lejos de Dios y están descubriendo quién es Él.

  Yo soy uno de ellos.

  Y esto cambia profundamente mi manera de mirar la paciencia de Dios.

  Si Dios hubiera terminado toda rebelión en el momento mismo en que apareció, nadie tendría oportunidad de arrepentirse después de rebelarse.

  Pensemos en nosotros mismos.

  ¿Cuántas veces hemos hecho algo contrario a Dios?

  ¿Cuántas veces hemos pecado?

  ¿Cuántas veces hemos actuado egoístamente?

  ¿Cuántas veces hemos rechazado su voluntad?

  ¿Qué habría ocurrido si Dios hubiera establecido como principio:

  «Toda criatura que utilice mal su libertad será destruida inmediatamente»?

  ¿Cuántos de nosotros estaríamos aquí?

  La paciencia de Dios con la rebelión no demuestra indiferencia.

  En muchísimos casos demuestra misericordia.

  Pedro escribió:

  «El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9, RVR1960).

  Dios no está esperando porque no sepa qué hacer.

  Está dando oportunidad.

  Oportunidad para ver.

  Oportunidad para comprender.

  Oportunidad para arrepentirse.

  Oportunidad para escoger.

  Esta vida tiene, entre muchas otras cosas, precisamente esa dimensión.

  Estamos escogiendo.

  Cada uno tendrá que decidir en quién confía.

  Qué gobierno considera bueno.

  Qué voz seguirá.

  Qué clase de reino desea.

  La rebelión de Lucero colocó delante de la creación una alternativa.

  La historia está mostrando sus resultados.

  Y Dios no necesita obligarnos a decir que Él tiene razón.

  Puede permitir que observemos.

  Que comparemos.

  Que vivamos.

  Y que finalmente decidamos.

  Yo he visto suficiente.

  He visto lo que puede hacer el enemigo.

  Y he visto lo que Dios puede hacer con una vida que vuelve a sus manos.

  Por eso mi decisión es cada vez más sencilla:

  quiero estar del lado de Dios.

  No porque tema que me destruya si no lo hago.

  Sino porque después de todo lo que he vivido y observado estoy convencido de que Él es bueno.

  Ésa es una diferencia enorme.

  Y quizá allí encontramos parte de la respuesta a nuestra pregunta.

  ¿Por qué Dios no destruyó inmediatamente a Lucero?

  Porque Dios no estaba intentando producir obediencia mediante terror.

  Estaba permitiendo que la creación pudiera conocer la verdad.

  Que pudiera descubrir adónde conduce la rebelión.

  Que pudiera conocer por experiencia y por evidencia la diferencia entre ambos gobiernos.

  Y que finalmente pudiera escoger libremente.

  Eso no convierte a Dios en autor de la rebelión.

  No convierte a Dios en autor del sufrimiento producido por ella.

  Y tampoco significa que Él permitirá que continúe eternamente.

  La Biblia presenta un momento en que el mal finalmente termina.

  La rebelión tiene fecha de vencimiento.

  El juicio llegará.

  Satanás no gobernará para siempre.

  El sufrimiento no permanecerá para siempre.

  La muerte no permanecerá para siempre.

  Apocalipsis termina presentando precisamente esa realidad.

  «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…» (Apocalipsis 21:4, RVR1960).

  Y Dios declara:

  «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21:5, RVR1960).

  Por tanto, Dios permitió temporalmente la rebelión.

  Pero nunca la aprobó.

  Permitió que mostrara sus consecuencias.

  Pero no permitirá que tenga la última palabra.

  Permitió que criaturas libres escogieran.

  Pero también estableció un día en que aquello que el pecado produjo desaparecerá definitivamente.

  Y quizá entonces toda la creación podrá mirar hacia atrás sin dudas.

  Sin sospechas.

  Sin temor.

  Habiendo visto el resultado completo de ambos caminos.

  Y podrá saber, no porque Dios destruyó inmediatamente a quien lo cuestionó, sino porque toda la historia habrá demostrado la verdad:

  Dios era bueno desde el principio.

  Su gobierno era bueno.

  Sus límites eran buenos.

  Sus advertencias eran buenas.

  Y la criatura nunca encontró una vida mejor separándose de Él.

  Pero todavía nos falta comprender algo.

  La rebelión no permaneció solamente en el mundo espiritual.

  Llegó hasta la Tierra.

  Y cuando llegó, encontró a un hombre y una mujer que también poseían libertad.

  Por eso la siguiente pregunta será inevitable:

  ¿cómo llegó aquella rebelión hasta el mundo de Adán y Eva?

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  Después de preguntarnos por qué Dios no destruyó inmediatamente a Lucero, descubrimos que la respuesta comienza a mostrarnos algo mucho más importante que la historia de una rebelión: nos permite conocer el carácter de Dios.

  Aprendo que Dios no desea gobernarnos por medio del terror.

  Dios posee poder absoluto, pero no quiere una familia que permanezca a su lado solamente porque tiene miedo de ser destruida. Quiere criaturas que puedan conocerlo, confiar en Él y escogerlo libremente.

  «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!»
  Romanos 8:15, RVR1960

  Aprendo que Dios respeta profundamente la libertad que concedió a sus criaturas.

  La posibilidad de escoger implica también la posibilidad de escoger equivocadamente. Dios advierte, enseña y muestra el camino, pero quiere una respuesta verdadera del corazón.

  «A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida.»
  Deuteronomio 30:19, RVR1960

  Aprendo que Dios no necesita obligarnos a reconocer que Él es bueno.

  Puede permitir que observemos los resultados. Podemos comparar lo que produce la rebelión con lo que produce su gobierno y llegar libremente a nuestra propia conclusión.

  «Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él.»
  Salmos 34:8, RVR1960

  Aprendo que Dios es paciente.

  Su paciencia no significa debilidad ni indiferencia frente al mal. Dios da tiempo porque todavía existen personas que pueden arrepentirse, cambiar de dirección y regresar a Él.

  «El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento
  2 Pedro 3:9, RVR1960

  Aprendo que Dios es misericordioso.

  Si Dios destruyera inmediatamente a toda persona en el momento en que utiliza mal su libertad, ninguno de nosotros tendría muchas oportunidades. Su paciencia nos ha permitido arrepentirnos, aprender, regresar y comenzar nuevamente.

  «Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  Aprendo que Dios es verdadero y que no teme que examinemos los resultados de su gobierno.

  La rebelión prometió una existencia mejor separada de Dios. La historia está mostrando sus frutos. Al final, la creación podrá comparar ambos caminos y reconocer libremente quién decía la verdad.

  «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos.»
  Apocalipsis 15:3, RVR1960

  Aprendo que Dios es justo.

  Que Dios permita temporalmente la existencia del mal no significa que lo apruebe. La paciencia tiene un límite y la Biblia enseña que llegará el momento del juicio.

  «Porque Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  Aprendo que Dios distingue entre permitir temporalmente el mal y aprobarlo.

  La rebelión nunca cambió el carácter de Dios. Él continúa amando la justicia y aborreciendo la maldad.

  «Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti.»
  Salmos 5:4, RVR1960

  Aprendo que Dios quiere salvar antes que destruir.

  Jesucristo mostró de manera extraordinaria esta característica del Padre. Dios no contempla a una humanidad rebelde preguntándose solamente cómo castigarla; también busca cómo rescatar a todo aquel que quiera regresar.

  «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.»
  Juan 3:17, RVR1960

  Aprendo que Dios es amor.

  Finalmente, detrás de su paciencia, su misericordia, su llamado al arrepentimiento y su deseo de salvar encontramos algo fundamental acerca de su naturaleza.

  «Dios es amor.»
  1 Juan 4:8, RVR1960

  Y aprendo que Dios no permitirá que el mal tenga la última palabra.

  Su paciencia no será eterna porque el sufrimiento tampoco será eterno. Llegará el momento en que la rebelión terminará, la justicia será establecida y aquello que el pecado produjo desaparecerá.

  «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor
  Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Y entonces Dios declara:

  «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.»
  Apocalipsis 21:5, RVR1960

  Así que cuando observo la manera en que Dios enfrentó la rebelión, comienzo a conocerlo.

  Pudo gobernar mediante el terror, pero escogió permitir una respuesta libre.

  Pudo destruir inmediatamente, pero mostró paciencia.

  Pudo abandonar al rebelde, pero continúa llamando al arrepentimiento a los seres humanos.

  Permitió temporalmente el mal, pero jamás lo llamó bueno.

  Dio tiempo, pero también prometió justicia.

  Permitió que la historia mostrara los resultados de ambos gobiernos, pero prometió que el sufrimiento no será eterno.

  Y al final de la historia, Dios no necesitará obligar a la creación a declarar que Él es bueno.

  Sus criaturas habrán visto.

  Habrán comparado.

  Habrán conocido las consecuencias de la rebelión y también las acciones de Dios.

  Y podrán reconocer libremente:

  «Justos y verdaderos son tus caminos».

  Eso es precisamente lo que estamos buscando en esta investigación.

  No solamente preguntarnos qué dice Dios acerca de sí mismo, sino observar cómo actúa cuando su carácter es puesto a prueba.

  Y lo que comenzamos a descubrir es extraordinario:

  Dios es poderoso, pero no tiránico.

  Es paciente, pero no indiferente.

  Es misericordioso, pero también justo.

  Respeta nuestra libertad, pero no abandona su creación.

  Permite temporalmente la rebelión, pero no permitirá que tenga la última palabra.

  Y sobre todo, sus acciones continúan llevándonos una y otra vez hacia la misma conclusión:

  Dios es bueno.

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Dr. Elio M. Rivera

  Mientras meditaba en todo esto, hubo una pregunta que comenzó a inquietarme profundamente.

  Podía comenzar a comprender por qué Dios había permitido que la rebelión mostrara sus consecuencias.

  Podía comprender que destruir inmediatamente a Lucero no habría resuelto necesariamente las dudas sembradas acerca del carácter de Dios.

  Podía comprender que Dios estaba dando a sus criaturas libertad real, oportunidad para observar, comparar y escoger.

  Pero entonces apareció una pregunta mucho más personal:

  ¿y qué pasa con mi dolor?

  ¿Qué ocurre con el sufrimiento que yo no escogí?

  ¿Qué sucede con las heridas que comenzaron cuando todavía era un niño y ni siquiera comprendía lo que estaba ocurriendo?

  Porque una de las cosas más terribles del pecado es precisamente ésta:

  casi nunca hiere solamente a quien lo comete.

  El pecado arrastra.

  Alcanza hijos.

  Alcanza esposas.

  Alcanza esposos.

  Alcanza familias.

  Alcanza personas que no participaron en la decisión original.

  Un hombre puede tomar una decisión pecaminosa y sus hijos vivir durante años las consecuencias.

  Una persona puede actuar violentamente y alguien inocente puede llevar una herida durante décadas.

  Una generación puede sembrar algo que otra generación tendrá que enfrentar.

  Esto hace que el problema del mal sea todavía más doloroso.

  Porque existen personas que podrían decir con absoluta razón:

  «Yo no provoqué esto».

  «Yo no lo escogí».

  «Yo solamente lo recibí».

  Y durante mucho tiempo ésa fue también una de mis preguntas.

  ¿Qué hace Dios con ese dolor?

  ¿Qué hace con los años?

  ¿Qué hace con las lágrimas?

  ¿Qué hace con aquello que el pecado de otros depositó dentro de nosotros?

  ¿Simplemente nos pide que lo olvidemos?

  ¿Nos dice que no fue importante?

  ¿Nos pide que finjamos que nunca ocurrió?

  No.

  La Biblia muestra algo muchísimo más hermoso.

 Dios redime el dolor que la maldad puede provocar

  No solamente perdona pecados.

  Redime historias.

  Redime años.

  Redime heridas.

  Redime lágrimas.

  Y puede tomar aquello que nunca debió habernos sucedido y hacer que, sin convertirlo en algo bueno, termine produciendo algo que el mal jamás quiso producir.

  Isaías escribió:

  «A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado…» (Isaías 61:3, RVR1960).

  Observe las palabras.

  Ceniza.

  Luto.

  Angustia.

  Dios no niega que existieron.

  No dice:

  «Nunca hubo cenizas».

  No dice:

  «Nunca lloraste».

  No dice:

  «Eso que viviste no fue importante».

  Hace algo distinto.

  Toma aquello y dice:

  «Voy a hacer algo nuevo con ello».

  Gloria en lugar de ceniza.

  Óleo de gozo en lugar de luto.

  Manto de alegría en lugar del espíritu angustiado.

  Eso es redención.

Dios no siempre elimina la historia; transforma lo que la historia hizo en nosotros

  Hay cosas que nunca olvidaremos.

  Yo puedo recordar acontecimientos de mi vida.

  Puedo recordar situaciones.

  Puedo recordar personas.

  Puedo recordar lo que sentí.

  Pero he descubierto algo extraordinario:

  recordar no significa necesariamente seguir sangrando.

  Hay recuerdos que permanecen, pero ya no gobiernan.

  Existen cosas que alguna vez me hicieron llorar y que hoy puedo contar sin volver a destruirme por dentro.

  No porque hayan dejado de haber sucedido.

  Sucedieron.

  No porque hayan estado bien.

  No estuvieron bien.

  Sino porque Dios puede sanar de tal manera que el recuerdo permanece, pero el dolor pierde su autoridad.

  Y esto comenzó a responder mi pregunta.

  ¿Qué ocurrió con todo aquel dolor?

  Dios no lo desperdició.

  Comenzó a redimirlo.

  Aquello que pudo haberme destruido comenzó a producir compasión.

  Aquello que pudo haberme encerrado en mí mismo comenzó a permitirme entender el dolor de otros.

  Aquello que alguna vez fue solamente una herida puede convertirse, en las manos de Dios, en un lugar desde donde alguien puede decir a otra persona:

  «Te entiendo».

  «Yo también lloré».

  «Yo también tuve preguntas».

  «Yo también pensé que nunca saldría de allí».

  «Pero Dios me encontró».

  Y entonces el dolor comienza a convertirse en ministerio.

  No porque el dolor fuera bueno.

  Sino porque Dios es bueno incluso frente a aquello que fue malo.

  Ésa es una diferencia que considero indispensable.

  No necesitamos llamar bueno al pecado para reconocer que Dios puede vencer sus consecuencias.

  No necesitamos decir que Dios produjo la tragedia para reconocer que puede entrar en ella.

  No necesitamos creer que Dios deseó nuestra herida para descubrir que puede sanarla.

  Dios puede tomar algo que el enemigo quiso utilizar para destruir una vida y convertirlo en una razón para que esa misma vida ayude a muchas otras.

  Eso es redención.

  David expresó algo semejante:

  «Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría» (Salmos 30:11, RVR1960).

  No dice que nunca hubo lamento.

  Lo hubo.

  Pero algo cambió.

  El lamento no tuvo la última palabra.

  Dios lo convirtió en danza.

  Y esa imagen me parece preciosa.

  El mismo ser humano que un día lloró puede volver a reír.

  La misma persona que estuvo destruida puede levantarse.

  La misma historia que parecía terminar en cenizas puede producir una vida nueva.

  No volvemos necesariamente a ser quienes éramos antes.

  A veces sucede algo más profundo.

  Renacemos de las cenizas siendo personas diferentes.

  Más sensibles.

  Más misericordiosas.

  Más conscientes de nuestra necesidad de Dios.

  Más capaces de acompañar a otros.

  Más convencidas de que la oscuridad no tuvo la última palabra.

  Y un día comprendí algo acerca de mi propia historia.

  Yo no necesitaba que Dios borrara mi pasado.

  Necesitaba que lo redimiera.

  Y eso es exactamente lo que comenzó a hacer.

  Hoy puedo recordar muchas cosas que ocurrieron.

  Pero ya no tienen el mismo poder sobre mí.

  Ya no me duelen de la misma manera.

  Algunas de aquellas heridas se convirtieron en lugares desde donde puedo hablar.

  En razones para servir.

  En herramientas para comprender.

  En testimonios de que Dios puede entrar donde hubo oscuridad y producir algo diferente.

  Y cuando pienso en la eternidad, esa esperanza se hace todavía mayor.

  Porque llegará un momento en que no solamente mi corazón estará restaurado.

  Todo estará restaurado.

  Apocalipsis dice:

  «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…» (Apocalipsis 21:4, RVR1960).

  Observe la promesa.

  No solamente aprenderemos a vivir mejor con el dolor.

  Llegará un momento en que el dolor mismo dejará de existir.

  La historia del pecado tendrá un final.

  Y entonces habrá eternidad.

  Vida.

  Presencia de Dios.

  Justicia.

  Restauración.

  Gozo.

  Y creo que cuando mire mi historia desde allí, desde un Reino completamente restaurado, muchas de las cosas que hoy todavía no alcanzo a comprender se verán de manera distinta.

  No agradeceré el pecado.

  No agradeceré la maldad.

  No llamaré buena a la injusticia.

  Pero sí podré agradecer eternamente a Dios por lo que hizo conmigo a pesar de ella.

  Podré mirar hacia atrás y decir:

  «Eso quiso destruirme, pero Dios me redimió».

  «Eso produjo lágrimas, pero Dios las secó».

  «Eso dejó cenizas, pero Dios hizo surgir algo de ellas».

  «Eso intentó apartarme de Dios y terminó haciendo que conociera su misericordia».

  Ése será el triunfo de la redención.

Entonces, ¿por qué Dios todavía no termina con toda la maldad?

  Aquí este tema se conecta directamente con lo que hemos venido estudiando.

  Alguien puede decir:

  «Si Dios puede terminar el mal, ¿por qué no lo hace hoy mismo?»

  Y debemos responder con cuidado.

  No porque Dios prefiera el dolor.

  No porque disfrute ver sufrir a las personas.

  No porque la injusticia le resulte aceptable.

  La Escritura muestra exactamente lo contrario.

  Dios juzgará el mal.

  La injusticia no quedará impune para siempre.

  El enemigo no conservará eternamente aquello que ha destruido.

  Pero el juicio final también significa que llegará el fin de la oportunidad de arrepentirse.

  Y por eso Pedro escribió:

  «El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9, RVR1960).

  Aquí encontramos algo extraordinario acerca del corazón de Dios.

  Mientras nosotros preguntamos:

  «¿Por qué no acabas ya con todo esto?»

  Dios también está viendo a personas que todavía pueden ser rescatadas.

  Personas que hoy están lejos de Él.

  Personas que quizá hoy incluso se oponen a Él.

  Personas que mañana podrían arrepentirse.

  Personas que podrían convertirse en hijos.

  En testigos.

  En mensajeros de su misericordia.

  Pablo fue perseguidor.

  Después se convirtió en apóstol.

  Pedro negó a Jesús.

  Después se levantó como testigo.

  La mujer samaritana llegó al pozo con una historia quebrada y regresó a su pueblo hablando de Cristo.

  El endemoniado gadareno terminó contando a otros las grandes cosas que Jesús había hecho con él.

  Una y otra vez aparece el mismo patrón.

  Dios toma personas quebradas.

  Las encuentra.

  Las restaura.

  Y después ellas dicen:

  «Yo conocí quién es Él».

  Éstos son testigos.

  No robots.

  No criaturas obligadas a decir que Dios es bueno.

  No personas amenazadas para que repitan una declaración.

  Son hombres y mujeres que lo experimentaron.

  Y eso me parece extraordinariamente importante.

  La Biblia está llena de personas que atravesaron dolor, fracaso, pérdida, pecado, persecución, enfermedad, abandono o miedo.

  Y cuando conocieron a Dios comenzaron a escribir cosas como:

  «Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia» (Salmos 103:8, RVR1960).

  ¿Quién escribió eso?

  No alguien que nunca sufrió.

  David conoció miedo.

  Traición.

  Pérdida.

  Persecución.

  Pecado.

  Consecuencias.

  Y aun así llegó a esta conclusión.

  Jeremías vivió en medio de la destrucción de su nación y escribió:

  «Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lamentaciones 3:22-23, RVR1960).

  Observe dónde está escribiendo eso.

  En Lamentaciones.

  No en una fiesta.

  No en una época donde todo estaba funcionando perfectamente.

  En medio del dolor.

  Y precisamente allí declaró:

  «Grande es tu fidelidad».

  Eso es un testigo.

  Alguien que vio suficiente de Dios para llegar libremente a una conclusión acerca de su carácter.

  Y eso es también lo que Dios continúa levantando en nuestra generación.

  Testigos.

  Personas que puedan decir:

  «Estuve perdido y me encontró».

  «Estuve destruido y me levantó».

  «Viví lejos de Él y descubrí que su camino era mejor».

  «Llevé heridas que no provoqué y Él me enseñó que aun eso podía ser redimido».

  No somos personas obligadas a decir:

  «Dios es bueno».

  Somos personas que, después de verlo actuar en nuestras vidas, hemos llegado a creerlo.

  Y eso conecta nuevamente con la gran controversia que comenzó con Lucero.

  Lucero puso en duda el gobierno de Dios.

  La historia está produciendo testigos.

  Hombres y mujeres que han probado la independencia.

  Que han visto el pecado.

  Que han sufrido sus consecuencias.

  Que también han experimentado misericordia.

  Y que finalmente levantan la voz y dicen:

  «Dios es bueno».

  No porque nunca hayan sufrido.

  Sino porque conocieron a Dios en medio del sufrimiento.

  No porque todo lo que ocurrió haya sido bueno.

  Sino porque encontraron a un Dios capaz de producir redención en medio de aquello que no lo fue.

  Esto no hace pequeño el dolor de las víctimas.

  Al contrario.

  Le concede tanta importancia que Dios promete justicia.

  Promete restauración.

  Promete resurrección.

  Promete un Reino en el que aquello que nos hirió ya no podrá volver a tocarnos.

  Mientras tanto, hace algo sorprendente.

  Redime.

  Toma cenizas.

  Y produce belleza.

  Toma luto.

  Y derrama óleo de gozo.

  Toma lamento.

  Y lo transforma en danza.

  Toma a una persona quebrada.

  La restaura.

  Y después la convierte en testigo para otra persona que todavía está llorando.

  Creo que ésta es una de las razones por las que Dios todavía tiene testigos sobre la Tierra.

  El juicio vendrá.

  La justicia vendrá.

  El mal terminará.

  Pero mientras ese día llega, Dios continúa invitando.

  Continúa salvando.

  Continúa restaurando.

  Continúa levantando hombres y mujeres que puedan decir a otros:

  «Yo estuve allí. Conozco el dolor. Pero también conocí a Dios. Y Él fue bueno conmigo».

  Ése es un testimonio que ningún argumento puede fabricar.

  Nace de una vida.

  Nace de una historia.

  Nace de haber escogido.

  Y quizá al final de todo comprenderemos algo maravilloso.

  Lucero quiso demostrar que había una manera mejor de vivir lejos de Dios.

  La historia habrá demostrado lo contrario.

  El pecado habrá mostrado todo lo que puede destruir.

  Y Dios habrá mostrado todo lo que puede redimir.

  Entonces la creación podrá contemplar ambos resultados.

  La obra del rebelde.

  Y la obra del Redentor.

  Y la diferencia será imposible de negar.

  Uno vino para hurtar, matar y destruir.

  El otro vino para dar vida.

  Y cuando finalmente estemos en el Reino restaurado de Dios, cuando no haya muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, nuestras historias no serán monumentos al poder del pecado.

  Serán monumentos a algo infinitamente mayor:

  el poder de Dios para redimir.

  Yo recordaré que hubo dolor.

  Pero el dolor ya no me poseerá.

  Recordaré que hubo cenizas.

  Pero estaré viviendo en aquello que Dios hizo surgir de ellas.

  Y quizá entonces podré mirar toda mi historia, desde la eternidad, y decir con una comprensión que hoy todavía no poseo completamente:

  «Gracias, Padre. El pecado quiso destruirme, pero tú no permitiste que tuviera la última palabra».

  Y ésa será finalmente la respuesta.

  Dios no dejó de ser bueno porque permitió temporalmente que existiera una rebelión.

  Su bondad se está revelando también en lo que hace con aquello que la rebelión destruye.

  Dios juzgará el mal.

  Dios hará justicia.

  Dios salvará a todo aquel que quiera venir a Él.

  Y mientras llega el día en que haga nuevas todas las cosas, continuará haciendo algo que el enemigo jamás puede impedir cuando una persona pone su vida en sus manos:

  convertir cenizas en belleza, lamento en danza y dolor redimido en testimonio de su bondad.

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  Después de observar lo que Dios hace frente al dolor que el pecado ha producido, podemos aprender mucho acerca de quién es Él.

  Aprendo que Dios es Redentor.

  No siempre evita que experimentemos las consecuencias de vivir en un mundo afectado por el pecado, pero puede tomar aquello que quiso destruirnos y comenzar a restaurarlo. Puede sanar una herida hasta que el recuerdo permanezca, pero el dolor ya no gobierne nuestra vida.

  «Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.»
  Salmos 147:3, RVR1960

  Aprendo que Dios puede transformar lo que el pecado produjo.

  Dios no necesita llamar bueno a nuestro sufrimiento para hacer algo bueno con él. Puede tomar cenizas y producir belleza; tomar el luto y derramar óleo de gozo; tomar una historia quebrada y convertirla en testimonio.

  «A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado.»
  Isaías 61:3, RVR1960

  Aprendo que Dios puede devolvernos el gozo.

  El dolor puede ser real y profundo, pero no necesariamente tiene que acompañarnos para siempre. Dios puede sanar de tal manera que aquello que un día solamente producía lágrimas deje de gobernarnos.

  «Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.»
  Salmos 30:11, RVR1960

  Aprendo que Dios es misericordioso.

  Cuando encuentra seres humanos quebrantados, no solamente ve sus errores. Ve personas que todavía pueden ser perdonadas, restauradas y transformadas.

  «Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  Aprendo que Dios es paciente.

  Una de las razones por las que todavía no ha llegado el juicio final es que todavía existen personas que pueden arrepentirse. Su paciencia no significa indiferencia frente al mal; significa que todavía está dando oportunidad para la salvación.

  «El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento
  2 Pedro 3:9, RVR1960

  Aprendo que Dios puede hacer que incluso aquello que fue malo termine produciendo algo bueno.

  Esto no significa que todas las cosas que nos suceden sean buenas. Significa que el mal no tiene poder suficiente para impedir que Dios trabaje en la vida de quien pone su confianza en Él.

  «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.»
  Romanos 8:28, RVR1960

  Aprendo que Dios no abandona al que sufre.

  En medio de nuestra aflicción podemos descubrir al Dios que se acerca, consuela y después puede utilizar incluso nuestra experiencia para ayudarnos a consolar a otros.

  «El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación.»
  2 Corintios 1:4, RVR1960

  Aprendo que Dios es justo.

  Su paciencia no significa que el mal quedará sin respuesta. Llegará el momento en que cada injusticia será puesta delante de Él y juzgada justamente.

  «Porque Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  Aprendo que Dios es Salvador.

  Mientras esperamos ese día, Dios continúa buscando personas. Todavía llama al perdido. Todavía perdona. Todavía restaura. Todavía transforma enemigos en hijos y pecadores en testigos de su misericordia.

  «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
  Lucas 19:10, RVR1960

  Y finalmente aprendo que Dios es Restaurador.

  El propósito final de Dios no es enseñarnos simplemente a soportar eternamente un mundo quebrantado. Llegará el día en que terminará aquello que el pecado produjo.

  «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.»
  Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Y entonces declara:

  «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.»
  Apocalipsis 21:5, RVR1960

  Así que cuando observo lo que Dios hace frente a aquello que el pecado destruyó, comienzo a conocerlo.

  El pecado hiere; Dios sana.

  El pecado produce cenizas; Dios puede hacer surgir belleza.

  El pecado produce lamento; Dios puede devolvernos la danza.

  El pecado separa; Dios busca al perdido.

  El pecado produce injusticia; Dios promete justicia.

  El pecado produjo muerte; Dios promete resurrección y vida eterna.

  Y quizá ésta sea la enseñanza más hermosa de todas:

  el pecado puede explicar muchas de las heridas de nuestra historia, pero no tiene derecho a escribir su final.

  Si ponemos nuestra vida en las manos de Dios, el Redentor todavía puede escribir los últimos capítulos.

  Y cuando finalmente contemplemos nuestra historia desde una creación completamente restaurada, podremos mirar lo que el pecado intentó hacer y después mirar lo que Dios hizo con nosotros.

  Entonces tendremos todavía más razones para decir:

  Dios es bueno.

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