En esta serie hemos contemplado a Jesucristo haciendo cosas que se encuentran completamente fuera de las capacidades humanas. El viento y el mar obedecieron su palabra. Caminó sobre las aguas. Transformó agua en vino. Restauró cuerpos gravemente dañados.
Ahora llegamos a uno de los acontecimientos más conocidos de su ministerio.
Precisamente por ser tan conocido, existe el peligro de leerlo rápidamente y perder de vista lo extraordinario de lo que realmente ocurrió.
Un muchacho tenía:
cinco panes y dos peces.
Jesús tomó aquella pequeña cantidad de alimento.

Miles de personas comieron.
Comieron hasta quedar satisfechas.
Y cuando todo terminó:
había más alimento sobrante que el que había al principio.
Esto plantea una pregunta inevitable:
¿De dónde salió toda aquella materia?
La alimentación de los cinco mil posee una característica especial: es uno de los acontecimientos milagrosos del ministerio de Jesús registrado por Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Los cuatro evangelistas consideraron importante conservarlo.
La escena comienza en un lugar apartado.
Mateo dice:
“Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos.”
Mateo 14:14
Pasaron las horas.
Comenzó a hacerse tarde.
Entonces los discípulos propusieron una solución lógica:
“El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer.”
Mateo 14:15
Desde el punto de vista humano, tenían razón.
No estaban en una ciudad.
No había suficiente comida.
Había miles de personas.
Pero Jesús respondió:
“No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer.”
Mateo 14:16
Juan conserva una conversación particularmente interesante.
Jesús preguntó a Felipe:
“¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?”
Juan 6:5
Pero Juan aclara:
“Esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer.”
Juan 6:6
Felipe comenzó a calcular.
Respondió:
“Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco.”
Juan 6:7
El problema era enorme.
Entonces Andrés encontró a un muchacho.
Dijo:
“Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos.”
Juan 6:9
Y luego hizo la pregunta inevitable:
“Mas ¿qué es esto para tantos?”
Exactamente.
Cinco panes.
Dos peces.
Miles de personas.
Humanamente:
no alcanzaba.
Jesús ordenó que la multitud se sentara.
Marcos dice:
“Entonces les mandó que hiciesen recostar a todos por grupos sobre la hierba verde.”
Marcos 6:39
Y añade:
“Y se recostaron por grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta.”
Marcos 6:40
Miles de personas quedaron preparadas para comer.
Pero todavía solamente había:
cinco panes y dos peces.
Mateo relata:
“Y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud.”
Mateo 14:19
Jesús tomó los alimentos.
Bendijo.
Partió.
Y comenzó a entregar.
Los discípulos recibían.
Después repartían.
Y el alimento seguía alcanzando.
Aquí está el punto.
Una simple división nunca aumenta la materia.
Si tenemos cinco panes y comenzamos a repartirlos, las porciones se hacen cada vez más pequeñas.
Cinco panes divididos entre diez personas continúan siendo cinco panes.
Divididos entre cien continúan siendo cinco panes.
Divididos entre cinco mil continúan siendo cinco panes.
Pero aquí ocurrió algo completamente diferente.
El alimento fue distribuido una y otra vez y no se agotó.
Juan dice:
“Asimismo de los peces, cuanto querían.”
Juan 6:11
Mateo añade:
“Y comieron todos, y se saciaron.”
Mateo 14:20
No recibieron una migaja simbólica.
Comieron.
Y quedaron satisfechos.
Mateo además aclara:
“Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.”
Mateo 14:21
Por tanto, la multitud total era todavía mayor.
Cinco panes.
Dos peces.
Miles de personas.
Todos comieron.
Y todos se saciaron.
Pero todavía faltaba algo más.
Jesús ordenó recoger lo que había sobrado:
“Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada.”
Juan 6:12
Y Juan dice:
“Llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido.”
Juan 6:13
Doce cestas.
Al principio había cinco panes.
Miles comieron.
Y al final quedaron doce cestas.
La pregunta vuelve a aparecer:
¿De dónde salió aquello que antes no estaba allí?
La materia no aparece simplemente porque repartamos algo.
Si comenzamos con una cantidad determinada de alimento y miles de personas consumen porciones reales, esa cantidad debería disminuir.
Pero aquí sucede exactamente lo contrario.
La multitud consume.
El alimento continúa.
Todos comen.
Todos quedan satisfechos.
Y todavía sobra.
Por tanto, apareció alimento que anteriormente no estaba disponible en aquella cantidad.
Esto nos conduce directamente a una de las características que desde el comienzo dijimos que esperaríamos encontrar en Dios:
poder creador.
La Biblia declara:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Génesis 1:1
Y el Salmo 33 dice:
“Porque él dijo, y fue hecho;
Él mandó, y existió.”
Salmo 33:9
En Caná vimos a Jesús transformar materia.
Agua se convirtió en vino.
Aquí observamos algo distinto.
Ahora contemplamos multiplicación de materia.
La cantidad inicial no podía alimentar a la multitud.
La cantidad final alimentó a miles y produjo sobrantes.
Juan ya había declarado acerca de Cristo:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3
El mismo Evangelio que declara que todas las cosas fueron hechas por medio de Él nos presenta ahora a Jesús sosteniendo cinco panes.
Para un hombre:
cinco panes son cinco panes.
Pero delante de aquella multitud estaba Aquel por quien fueron hechas todas las cosas.
Aquí aparece una conexión bíblica extraordinaria.
Mucho antes de que Jesús alimentara a aquella multitud, Israel había vivido una escena sorprendentemente semejante.
Israel había salido de Egipto.
Una enorme multitud se encontraba en el desierto.
No había suficiente alimento.
El pueblo tenía hambre.
Y humanamente no había manera de alimentarlo.
Observe la semejanza.
Desierto.
Una gran multitud.
Hambre.
Ausencia de suficiente alimento.
Entonces Dios intervino.
Jehová dijo a Moisés:
“He aquí yo os haré llover pan del cielo.”
Éxodo 16:4
Y después:
“A la mañana os saciaréis de pan; y sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios.”
Éxodo 16:12
A la mañana siguiente apareció el maná.
Moisés explicó:
“Es el pan que Jehová os da para comer.”
Éxodo 16:15
Ahora avancemos hasta los Evangelios.
Otra vez encontramos:
un lugar desierto.
Otra vez:
una gran multitud.
Otra vez:
hambre.
Otra vez:
insuficiencia humana.
Y otra vez:
pan proporcionado sobrenaturalmente.
Pero ahora, en medio de la multitud, está:
Jesucristo.
La semejanza es impresionante.
En el Éxodo: Dios alimenta a Israel en el desierto.
En Galilea: Jesús alimenta a una multitud en un lugar desierto.
En el Éxodo: el pueblo no tenía suficiente alimento.
En Galilea: cinco panes y dos peces eran totalmente insuficientes.
En el Éxodo: Dios proporcionó pan.
En Galilea: Jesús proporcionó pan.
En el Éxodo: el pueblo fue saciado.
En Galilea: “comieron todos, y se saciaron”.
Esta conexión no fue inventada siglos después.
El propio Evangelio de Juan muestra que la multitud la reconoció.
Después de la multiplicación dijeron a Jesús:
“Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer.”
Juan 6:31
Ellos mismos recordaron el Éxodo.
Ellos mismos hablaron del pan en el desierto.
Entonces Jesús respondió:
“De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo.”
Juan 6:32
Y añadió:
“Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.”
Juan 6:33
La multitud respondió:
“Señor, danos siempre este pan.”
Juan 6:34
Entonces Jesús pronunció una de sus declaraciones más profundas:
“Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre.”
Juan 6:35
El milagro, por tanto, no trataba solamente de alimentar cuerpos.
Revelaba algo acerca de quién era Jesús.
Israel conocía al Dios que daba pan en el desierto.
Ahora una nueva multitud se encontraba en un lugar desierto.
Y Jesús la alimentó.
Después no dijo simplemente:
“Yo puedo darles pan.”
Dijo:
“Yo soy el pan de vida.”
Regresemos finalmente a nuestra pregunta fundamental.
¿Qué esperaríamos del Creador?
Esperaríamos autoridad sobre la materia.
Esperaríamos poder para proporcionar aquello que su creación necesita.
Esperaríamos que la escasez humana no estableciera los límites de su capacidad.
Y eso es exactamente lo que encontramos aquí.
Los discípulos podían repartir pan.
Pero no podían producirlo.
Podían contar peces.
Pero no podían multiplicarlos.
Podían calcular cuánto dinero necesitaban.
Pero no podían resolver el problema.
Jesús sí.
Y existe una imagen que resume todo el acontecimiento:
Cinco panes.
Dos peces.
Miles de personas.
Doce cestas sobrantes.
El desierto vuelve a aparecer.
La multitud vuelve a tener hambre.
El pan vuelve a ser provisto sobrenaturalmente.
Pero esta vez, en medio de ellos, está Jesucristo.
En Caná contemplamos su autoridad para transformar la materia.
Aquí contemplamos su autoridad para multiplicarla.
Y detrás de todo escuchamos el eco de una antigua historia:
el Dios de Israel alimentando a su pueblo en el desierto.
Una vez más encontramos en Jesucristo aquello que esperaríamos encontrar en Dios:
poder creador, provisión sobrenatural y autoridad sobre su creación.
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Escucha música con propósito:
Cuando hablamos de los milagros de Jesucristo solemos utilizar una expresión general:
Jesús sanaba enfermos.
Es verdad.
Pero esa frase puede quedarse corta.
Los Evangelios describen personas ciegas que comenzaron a ver, paralíticos que volvieron a caminar y cuerpos gravemente dañados que fueron restaurados. Incluso utilizan vocabulario que puede incluir a personas lisiadas o mutiladas.
Esto merece nuestra atención porque existe una enorme diferencia entre curar una enfermedad y restaurar una parte corporal dañada o perdida.
Podemos administrar un medicamento y eliminar una infección.
Podemos realizar una cirugía y reparar determinados tejidos.
Podemos colocar una prótesis cuando una extremidad ha sido amputada.
Pero si un hombre ha perdido una mano, la medicina no puede ordenarle:
“Vuelve a crecer.”
Si ha perdido parte de una extremidad, no podemos simplemente reconstruirla instantáneamente con una palabra.
Y, sin embargo, algunos de los relatos acerca de Jesús nos introducen precisamente en el terreno de la restauración corporal.
Esto nos lleva nuevamente a nuestra pregunta:
¿Qué esperaríamos del Creador del cuerpo humano?

Jesús restaura la oreja de Malco
Mateo describe una escena extraordinaria:
“Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó.”
Mateo 15:30
Después describe lo que la multitud contempló:
“De manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel.”
Mateo 15:31
Detengámonos aquí.
Mateo distingue diferentes clases de personas.
Ciegos.
Mudos.
Cojos.
Y aquellos que la Reina-Valera 1960 traduce como:
“mancos”.
El término griego relacionado con “mancos” en este pasaje es κυλλός (kyllos).
La palabra puede describir a alguien lisiado, mutilado o privado del uso —e incluso de una parte— de una extremidad.
Por eso no debemos reducir automáticamente la escena a personas que simplemente tenían dolor en una mano.
Entre aquellas multitudes podían encontrarse personas con deformidades graves, extremidades mutiladas o partes corporales ausentes.
Al mismo tiempo, el texto no nos permite afirmar que cada “manco” había perdido completamente una mano ni que cada “cojo” carecía de una pierna. Lo importante es que el lenguaje empleado abarca condiciones mucho más graves que una simple molestia física.
Y Mateo dice que:
“los mancos [eran] sanados.”
La multitud podía observar el resultado.
Por eso:
“se maravillaba”.
Aquí el milagro adquiere otra dimensión.
Si falta tejido corporal, sanar no significa solamente eliminar dolor.
Se necesita materia.
Hueso.
Músculo.
Tendones.
Ligamentos.
Vasos sanguíneos.
Nervios.
Piel.
Cada estructura debe encontrarse en el lugar correcto.
Cada una debe integrarse con aquello que ya existe.
Y todo debe funcionar conjuntamente.
Cuando existe pérdida real de tejido, una restauración instantánea implica algo que se aproxima mucho más a reconstrucción que a una simple curación.
Y aquí comenzamos a ver una conexión extraordinaria con nuestro artículo anterior.
En Caná contemplamos a Jesús manifestando autoridad sobre la materia.
Ahora contemplamos esa autoridad frente a la materia organizada de un cuerpo humano.
Pero existe un episodio donde no tenemos que preguntarnos si había una lesión traumática.
Lo sabemos.
Ocurrió durante el arresto de Jesús.
Juan identifica incluso al hombre:
“Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco.”
Juan 18:10
Aquí no tenemos una enfermedad.
Tenemos una espada.
Tenemos un golpe.
Tenemos una oreja cortada.
Tenemos pérdida traumática de tejido.
Y tenemos incluso el nombre del hombre:
Malco.
Lucas registra lo que sucedió inmediatamente después:
“Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó.”
Lucas 22:51
La sencillez de la descripción resulta impresionante.
“Tocando su oreja, le sanó.”
No hubo cirugía.
No hubo suturas.
No hubo vendajes.
No hubo semanas de cicatrización.
No hubo reconstrucción quirúrgica.
Jesús tocó al hombre.
Y la lesión fue sanada.
Una oreja no es simplemente piel.
Posee cartílago que determina su forma.
Está recubierta de piel.
Contiene tejido conjuntivo.
Posee vasos sanguíneos.
Posee terminaciones nerviosas.
Todo ello forma una estructura tridimensional extraordinariamente particular.
Una espada había cortado aquella región.
Había destrucción de tejidos.
Había vasos seccionados.
Había una herida abierta.
Y Jesús la restauró inmediatamente.
Donde había una lesión producida por una espada:
volvió a haber integridad corporal.
Otro acontecimiento nos permite observar una restauración visible.
Jesús encontró en una sinagoga:
“un hombre que tenía seca una mano.”
Mateo 12:10
Una mano atrofiada durante un período prolongado puede presentar pérdida muscular, deformidad, limitación de movimiento y deterioro funcional.
Jesús no comenzó una terapia.
Simplemente dijo:
“Extiende tu mano.”
Mateo 12:13
Y entonces:
“Él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra.”
Mateo 12:13
Mateo utiliza una comparación extraordinariamente clara:
“sana como la otra.”
Una mano estaba dañada.
La otra estaba sana.
Después de la intervención de Jesús, ambas podían compararse.
La restauración era visible.
Juan nos lleva al estanque de Betesda.
Allí había:
“una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos.”
Juan 5:3
Entre ellos se encontraba:
“un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.”
Juan 5:5
Treinta y ocho años.
Es difícil comprender lo que significa para un cuerpo humano permanecer incapacitado durante tanto tiempo.
Décadas de deterioro.
Décadas sin actividad normal.
Décadas sin caminar normalmente.
Y Jesús sabía perfectamente cuánto tiempo llevaba así:
“Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así…”
Juan 5:6
Una inmovilidad prolongada afecta profundamente al cuerpo.
Los músculos pierden volumen y fuerza.
Los huesos pueden debilitarse.
Las articulaciones pierden movilidad.
El equilibrio se deteriora.
La coordinación necesaria para caminar disminuye.
Después de períodos relativamente breves de inmovilización, muchas personas necesitan rehabilitación.
Este hombre llevaba treinta y ocho años enfermo.
Entonces Jesús le dijo:
“Levántate, toma tu lecho, y anda.”
Juan 5:8
Y ocurrió:
“Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo.”
Juan 5:9
Juan no dice que comenzó a mejorar.
Dice:
“al instante”.
Este detalle es extraordinario.
Para caminar necesitamos mucho más que dos piernas.
Se requiere fuerza muscular.
Huesos capaces de soportar el peso.
Articulaciones funcionales.
Nervios transmitiendo información.
Equilibrio.
Coordinación.
Propiocepción.
Control cerebral de movimientos complejos.
Todo debe funcionar conjuntamente.
Pero Jesús no solamente dijo al hombre que se levantara.
Le ordenó:
“Toma tu lecho.”
Y eso hizo.
El hombre que había estado acostado ahora podía levantarse, caminar y cargar aquello que durante años lo había cargado a él.
Aquí encontramos una característica que se repite una y otra vez.
Nosotros necesitamos tiempo.
Una cirugía necesita tiempo.
La cicatrización necesita tiempo.
La rehabilitación necesita tiempo.
El fortalecimiento muscular necesita tiempo.
Pero cuando Jesús ejercía su autoridad, el tiempo necesario para los procesos naturales dejaba de ser una barrera.
Al hombre de Betesda:
“Levántate.”
Y se levantó.
Al hombre de la mano seca:
“Extiende tu mano.”
Y quedó restaurada.
A Malco:
Lo tocó.
Y lo sanó.
A las multitudes de cojos, mancos y personas con cuerpos gravemente dañados:
“los sanó.”
En el artículo anterior vimos algo extraordinario.
El agua se convirtió en vino.
Materia organizada de una determinada manera apareció donde antes no existía de esa forma.
Ahora estamos frente al cuerpo humano.
Cuando hablamos de restaurar tejido mutilado, entramos nuevamente en el terreno de la materia.
Pero esta vez es muchísimo más compleja.
No basta con producir materia.
Debe ser materia viva.
Debe poseer la estructura correcta.
Debe conectarse con nervios.
Debe recibir sangre.
Debe integrarse con músculos y huesos.
Debe responder al cerebro.
Debe funcionar.
¿Quién podría realizar semejante restauración instantáneamente?
La respuesta nos lleva directamente a la pregunta que guía esta serie:
¿Qué esperaríamos del Creador del cuerpo humano?
David escribió:
“Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.”
Salmo 139:13
Para nosotros, el cuerpo humano es extraordinariamente complejo.
Todavía existen innumerables procesos que continuamos investigando.
Pero el Creador no necesita estudiar el cuerpo.
Él lo diseñó.
Conoce perfectamente cada hueso.
Cada músculo.
Cada vaso.
Cada nervio.
Cada tejido.
Cada célula.
Por eso resulta profundamente significativo que Juan declare acerca de Cristo:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3
Y Pablo escriba:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas.”
Colosenses 1:16
El que creó el cuerpo humano tenía autoridad para restaurarlo.
Coloquemos finalmente las escenas una junto a otra.
Un hombre llevaba treinta y ocho años incapacitado.
Caminó.
Un hombre tenía una mano atrofiada.
Fue restaurada sana como la otra.
Cojos y personas gravemente lisiadas eran llevados ante Jesús.
Andaban.
Mancos y mutilados eran colocados a sus pies.
Eran sanados.
Una espada cortó la oreja de Malco.
Jesús la tocó.
Y lo sanó.
No estamos contemplando solamente el alivio del dolor.
Estamos contemplando la restauración de aquello que estaba físicamente dañado.
El viento obedeció a Jesús.
El mar obedeció a Jesús.
Las aguas sostuvieron sus pasos.
El agua se convirtió en vino.
Y ahora el cuerpo humano responde a su palabra.
Tejidos dañados.
Extremidades atrofiadas.
Personas lisiadas.
Lesiones traumáticas.
Décadas de incapacidad.
Nada de aquello representaba una barrera para Jesucristo.
Y nuevamente encontramos una característica que esperaríamos encontrar en Dios:
poder para restaurar su propia creación.
Pero todavía queda una frontera mucho mayor.
Una cosa es restaurar tejido que todavía tiene vida.
Otra muy diferente es encontrarse frente a un cuerpo en el cual la vida ya se ha extinguido.
Jesucristo también estuvo frente a esa frontera.
Y cuando lleguemos allí veremos que incluso la muerte escuchaba su voz.
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Escucha música con propósito:
A lo largo de esta serie hemos visto a Jesucristo manifestar autoridad sobre la naturaleza, sobre el mundo físico, sobre la materia y sobre el cuerpo humano.
Pero todavía quedaba una frontera mayor.
La muerte.
El ser humano puede combatir enfermedades.
Puede prolongar la vida.
Puede intervenir médicamente en momentos críticos.
Pero cuando la muerte se ha establecido de manera definitiva, nuestra capacidad termina.
No podemos ordenar a un cadáver que vuelva a vivir.
No podemos restaurar por nuestra propia autoridad aquello que ha dejado de funcionar.
Sin embargo, los Evangelios presentan a Jesús frente a la muerte en tres escenas extraordinarias.
Una niña.
Un joven.
Y un hombre que llevaba cuatro días en la tumba.
En los tres casos, la muerte tuvo que ceder ante su palabra.
Jairo era uno de los principales de la sinagoga.
Su hija estaba gravemente enferma.
Desesperado, buscó a Jesús.
Marcos dice:
“Y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.”
Marcos 5:23
Jesús fue con él.
Pero mientras avanzaban llegó la noticia que todo padre teme escuchar:
“Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?”
Marcos 5:35
Humanamente, el caso había terminado.
Ya no había una enferma que sanar.
Había una niña muerta.
Pero Jesús respondió:
“No temas, cree solamente.”
Marcos 5:36
Cuando llegó a la casa encontró llanto, alboroto y personas lamentándose.
Entonces entró donde estaba la niña.
Tomó su mano.
Y dijo:
“Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.”
Marcos 5:41
Marcos añade:
“Y luego la niña se levantó y andaba.”
Marcos 5:42
Observe nuevamente la autoridad.
Jesús no realizó una larga ceremonia.
No pronunció una oración extensa.
No pidió que la muerte cediera.
Le habló a la niña.
“Levántate.”
Y ella se levantó.
La muerte obedeció.
El segundo acontecimiento ocurrió cerca de una ciudad llamada Naín.
Jesús se encontró con un cortejo fúnebre.
Lucas relata:
“He aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda.”
Lucas 7:12
La escena era profundamente dolorosa.
La mujer ya había perdido a su esposo.
Ahora había perdido también a su único hijo.
El joven no estaba enfermo.
No estaba agonizando.
Lo llevaban a enterrar.
Lucas dice que Jesús la vio:
“Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.”
Lucas 7:13
Entonces Jesús se acercó.
Tocó el féretro.
Y pronunció estas palabras:
“Joven, a ti te digo, levántate.”
Lucas 7:14
Y entonces:
“Se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar.”
Lucas 7:15
Lucas no deja lugar a confusión.
Dice:
“el que había muerto.”
Y después:
“comenzó a hablar.”
El hombre que era llevado al sepulcro volvió a la vida.
Jesús no necesitó tocarlo durante horas.
No necesitó aplicar ningún procedimiento.
Pronunció una orden.
Y la muerte retrocedió.
Pero quizá el acontecimiento más impresionante de todos ocurrió en Betania.
Lázaro, hermano de Marta y María, estaba enfermo.
Jesús recibió la noticia.
Pero no llegó inmediatamente.
Cuando finalmente llegó a Betania, Juan dice:
“Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro.”
Juan 11:17
Cuatro días.
Esto es fundamental.
Lázaro no acababa de morir.
No estaba en los primeros minutos después de un colapso.
No existía la posibilidad de confundir aquella escena con una reanimación inmediata.
Llevaba cuatro días sepultado.
Marta lo sabía perfectamente.
Cuando Jesús ordenó quitar la piedra, ella respondió:
“Señor, hiede ya, porque es de cuatro días.”
Juan 11:39
El cuerpo había comenzado a experimentar los procesos naturales posteriores a la muerte.
Humanamente:
todo había terminado.
Antes de llegar a la tumba, Jesús había dicho a Marta algo extraordinario:
“Tu hermano resucitará.”
Juan 11:23
Marta respondió:
“Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.”
Juan 11:24
Entonces Jesús declaró:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Juan 11:25
Observe cuidadosamente lo que Jesús no dijo.
No dijo simplemente:
“Yo conozco acerca de la resurrección.”
No dijo:
“Dios puede resucitar.”
Dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Y poco después iba a respaldar aquellas palabras con una demostración pública.
Jesús llegó al sepulcro.
Mandó quitar la piedra.
Después de orar al Padre, pronunció una orden:
“¡Lázaro, ven fuera!”
Juan 11:43
Juan continúa:
“Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.”
Juan 11:44
Nuevamente observe la expresión:
“el que había muerto salió.”
Jesús habló.
Y el hombre que llevaba cuatro días en la tumba:
salió caminando.
La muerte había retenido a Lázaro.
Hasta que Jesús habló.
Aquí podemos detenernos para comprender la magnitud del acontecimiento.
Un cuerpo muerto no necesita solamente que el corazón vuelva a latir.
Después de cuatro días, múltiples sistemas corporales ya han dejado de funcionar.
El cerebro.
La circulación.
La respiración.
Los tejidos.
Los procesos celulares.
Todo estaba detenido.
Para que Lázaro saliera caminando era necesario que su organismo completo recuperara funcionalidad.
El corazón debía latir.
Los pulmones debían respirar.
El cerebro debía funcionar.
Los nervios debían transmitir señales.
Los músculos debían responder.
La conciencia debía regresar.
La coordinación debía restablecerse.
Y todo ocurrió bajo una sola orden:
“¡Lázaro, ven fuera!”
Coloquemos ahora las tres escenas una junto a la otra.
A la hija de Jairo:
“Niña, a ti te digo, levántate.”
Y se levantó.
Al hijo de la viuda de Naín:
“Joven, a ti te digo, levántate.”
Y comenzó a hablar.
A Lázaro:
“¡Ven fuera!”
Y salió de la tumba.
Tres personas.
Tres circunstancias distintas.
Tres momentos diferentes.
Pero una misma realidad:
la voz de Jesucristo tenía autoridad sobre la muerte.
Desde el Antiguo Testamento encontramos que la autoridad sobre la vida pertenece a Dios.
Ana declaró:
“Jehová mata, y él da vida;
Él hace descender al Seol, y hace subir.”
1 Samuel 2:6
Deuteronomio registra:
“Ved ahora que yo, yo soy,
Y no hay dioses conmigo;
Yo hago morir, y yo hago vivir.”
Deuteronomio 32:39
La vida no está fuera del dominio de Dios.
Y ahora los Evangelios presentan a Jesús frente a personas muertas.
No solamente orando por ellas.
Dándoles órdenes.
Hay algo profundamente impactante en la forma en que Jesús actuó.
Ante la niña:
“Levántate.”
Ante el joven:
“Levántate.”
Ante Lázaro:
“Ven fuera.”
Jesús hablaba a los muertos como si todavía pudieran oírlo.
Y lo extraordinario es que:
lo oían.
Esto recuerda una declaración que el propio Jesús había hecho:
“Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.”
Juan 5:28
Y añadió:
“Y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida.”
Juan 5:29
En Betania, aquella declaración tuvo una demostración impresionante.
Un hombre estaba dentro de un sepulcro.
Jesús habló.
Y el muerto oyó su voz.
Regresemos a la pregunta que inició toda esta serie.
¿Qué esperaríamos de Dios?
Esperaríamos autoridad sobre la naturaleza.
Esperaríamos autoridad sobre la materia.
Esperaríamos autoridad sobre el cuerpo humano.
Y finalmente:
esperaríamos autoridad sobre la vida y la muerte.
Eso es exactamente lo que encontramos en Jesucristo.
La enfermedad no era una frontera para Él.
La incapacidad física no era una frontera.
La mutilación no era una frontera.
Y finalmente:
la muerte tampoco lo fue.
La hija de Jairo volvió a vivir.
El hijo de la viuda volvió a vivir.
Lázaro volvió a vivir.
Pero los tres, con el tiempo, volverían a morir.
Todavía faltaba algo mayor.
Jesús había dicho:
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”
Juan 10:17
Y añadió:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”
Juan 10:18
El hombre que había llamado a otros fuera de la muerte estaba anunciando que Él mismo entraría en ella.
Y que saldría.
Por eso, cuando estudiamos la autoridad de Jesucristo sobre la muerte, Lázaro no es el final.
Es una preparación.
La culminación se encuentra en:
la resurrección del propio Jesucristo.
Ese acontecimiento merece un estudio completo, y ha sido tratado ampliamente en otra serie de Cristopedia.
Pero aquí basta recordar algo.
Jesús no solamente dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Lo demostró frente a una niña.
Frente a un joven.
Frente a una tumba cerrada durante cuatro días.
Y finalmente:
frente a su propia tumba.
El viento le obedeció.
El mar le obedeció.
La materia respondió a su autoridad.
Los cuerpos fueron restaurados.
Y cuando Jesucristo habló frente a la muerte:
hasta la muerte tuvo que obedecer.
Marcos 5:21-43 — Jesús resucita a la hija de Jairo. Le dice: “Talita cumi… Niña, a ti te digo, levántate”, y ella inmediatamente se levanta y camina.
Mateo 9:18-26 — Relato paralelo de la resurrección de la hija de Jairo.
Lucas 8:40-56 — Lucas también registra la resurrección de la niña.
Lucas 7:11-17 — Jesús encuentra el cortejo fúnebre del hijo único de una viuda en Naín. Ordena: “Joven, a ti te digo, levántate”, y “se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar”.
Juan 11:1-44 — Relato completo de la enfermedad, muerte y resurrección de Lázaro. Llevaba cuatro días en el sepulcro cuando Jesús ordenó: “¡Lázaro, ven fuera!”
Juan 11:25-26 — Jesús declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Juan 5:21 — “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.”
Juan 5:28-29 — Jesús anuncia que llegará la hora cuando los que están en los sepulcros “oirán su voz” y saldrán.
Juan 10:17-18 — Jesús afirma tener autoridad para poner su vida y volverla a tomar.
1 Samuel 2:6 — “Jehová mata, y él da vida; él hace descender al Seol, y hace subir.”
Deuteronomio 32:39 — Dios declara: “Yo hago morir, y yo hago vivir.”
Juan 20:1-18 — Relato del sepulcro vacío y las primeras evidencias de la resurrección de Jesucristo.
Libro recomendado

Escucha música con propósito:
A lo largo de esta serie hemos visto a Jesucristo manifestar una autoridad extraordinaria sobre diferentes aspectos de la creación.
El viento y el mar obedecieron su palabra.
Caminó sobre las aguas.
Transformó agua en vino.
Multiplicó panes y peces.
Restauró cuerpos humanos gravemente dañados.
Pero existe otra parte de la creación sobre la que también encontramos manifestaciones sorprendentes de su autoridad:
los animales.
Los Evangelios presentan peces apareciendo exactamente donde Jesús determina, redes llenándose después de noches enteras sin pesca, un pez específico llegando al anzuelo de Pedro llevando una moneda, un pollino nunca montado sirviendo para su entrada en Jerusalén y, al comienzo mismo de su ministerio, una escena extraordinariamente breve que Marcos consideró importante registrar:
Jesús estaba en el desierto con las fieras.
Todo esto nos lleva nuevamente a nuestra pregunta:

¿Qué esperaríamos del Creador frente a los animales que Él mismo creó?
Esperaríamos que los conociera.
Esperaríamos que supiera dónde se encuentran.
Esperaríamos que pudiera dirigirlos.
Esperaríamos que toda criatura permaneciera bajo su autoridad.
Marcos comienza el ministerio de Jesús relatando su permanencia en el desierto.
Dice:
“Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían.”
Marcos 1:13
Es una frase muy breve.
Pero extraordinariamente sugestiva.
Jesús estaba en el desierto.
Durante cuarenta días.
Y Marcos considera importante mencionar que:
“estaba con las fieras.”
La palabra utilizada se refiere a animales salvajes.
No eran animales domésticos.
No era un rebaño acostumbrado a la presencia humana.
Marcos coloca a Jesús en medio de un ambiente silvestre, acompañado por las criaturas del desierto.
Debemos leer cuidadosamente el versículo: Marcos no dice que las fieras “le servían”; quienes le servían eran los ángeles.
Pero sí hace algo extraordinario:
coloca al Hijo de Dios en el desierto, en presencia de los animales salvajes, y no describe conflicto alguno entre ellos.
Jesús:
“estaba con las fieras.”
La escena adquiere una belleza especial cuando recordamos cómo comenzó la historia de la humanidad.
En Génesis, Dios creó los animales y los colocó bajo el dominio del hombre:
“Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias…”
Génesis 1:26
Después de la entrada del pecado, la relación entre el ser humano y la creación quedó profundamente afectada.
El mundo salvaje se convirtió también en un lugar de peligro.
Pero ahora Marcos nos presenta a Jesús en el desierto:
“con las fieras.”
No huyendo de ellas.
No siendo atacado por ellas.
Simplemente:
con ellas.
El Creador estaba caminando en medio de su creación.
Esta autoridad se vuelve todavía más evidente cuando llegamos al mar de Galilea.
Lucas relata que Pedro y sus compañeros habían pasado toda la noche pescando.
Eran pescadores experimentados.
Conocían el lago.
Conocían las redes.
Conocían los horarios.
Pero aquella noche:
no habían pescado absolutamente nada.
Pedro mismo dijo:
“Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado.”
Lucas 5:5
Entonces Jesús ordenó:
“Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.”
Lucas 5:4
Pedro obedeció.
Y sucedió algo extraordinario:
“Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía.”
Lucas 5:6
La cantidad era tan grande que necesitaron ayuda:
“Y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían.”
Lucas 5:7
Detengámonos aquí.
Durante horas los pescadores habían utilizado sus conocimientos.
Nada.
Jesús habló.
Y las redes se llenaron.
No con unos cuantos peces.
Con tantos que:
dos barcas comenzaron a hundirse bajo su peso.
Los peces del lago terminaron exactamente donde Jesús había indicado que lanzaran las redes.
Y esto plantea una pregunta inevitable:
¿Quién puede dirigir criaturas que se encuentran ocultas bajo las aguas de un enorme lago?
Un pescador puede intentar encontrarlas.
Jesús sabía dónde estaban.
Lo ocurrido en Lucas no quedó como un acontecimiento aislado.
Después de la resurrección, Pedro y otros discípulos volvieron a pescar.
Juan dice:
“Aquella noche no pescaron nada.”
Juan 21:3
La escena parece repetirse.
Toda una noche.
Redes.
Pescadores experimentados.
Y:
nada.
Al amanecer Jesús apareció en la playa y les dijo:
“Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis.”
Juan 21:6
Observe la seguridad de sus palabras:
“y hallaréis.”
No dijo:
“Quizá tengan mejor suerte.”
Dijo:
“hallaréis.”
Los discípulos obedecieron.
Y Juan dice:
“Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces.”
Juan 21:6
Cuando finalmente llevaron la red a tierra:
“llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres.”
Juan 21:11
Ciento cincuenta y tres.
Y Juan especifica:
grandes peces.
Toda la noche no habían encontrado ninguno.
Jesús indicó un lugar.
Y allí estaban.
Pero existe otro acontecimiento todavía más preciso.
Cuando surgió la cuestión del impuesto del Templo, Jesús dijo a Pedro:
“Ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.”
Mateo 17:27
Pensemos en todo lo que tenía que coincidir.
Pedro debía ir al mar.
Lanzar un anzuelo.
Un pez debía morderlo.
Pero no cualquier pez.
El primer pez.
Y ese pez debía tener:
una moneda en la boca.
Además, la moneda debía poseer el valor necesario.
¿Quién podía saber qué pez tenía aquella moneda?
¿Quién sabía dónde estaba?
¿Quién podía garantizar que precisamente ese pez sería el primero en llegar al anzuelo?
Jesús.
Para Pedro, debajo de la superficie había un mundo invisible lleno de peces.
Para el Creador:
cada criatura era conocida.
Aquí encontramos una conexión extraordinaria con el Antiguo Testamento.
La Biblia presenta repetidamente a Dios ejerciendo autoridad sobre los animales.
Quizá uno de los ejemplos más claros sea Jonás.
Cuando Jonás fue arrojado al mar:
“Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás.”
Jonás 1:17
Observe cuidadosamente:
“Jehová tenía preparado.”
No apareció simplemente cualquier pez por casualidad.
Dios tenía preparado uno.
El animal estuvo en el lugar preciso.
En el momento preciso.
Para cumplir un propósito preciso.
Pero después ocurre algo todavía más interesante.
Cuando llegó el momento de sacar a Jonás:
“Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra.”
Jonás 2:10
La expresión es extraordinaria:
“mandó Jehová al pez.”
Dios dio una orden.
El pez respondió.
Ahora vayamos a los Evangelios.
Jesús dice a los pescadores dónde arrojar las redes.
Los peces aparecen.
Jesús dice a Pedro que lance un anzuelo.
El pez correcto aparece.
Otra vez encontramos el mismo principio:
la creación animal está bajo autoridad divina.
No solamente ocurrió con criaturas acuáticas.
Cuando Jesús estaba a punto de entrar en Jerusalén, envió a dos discípulos:
“Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos.”
Mateo 21:2
Marcos añade:
“Hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado.”
Marcos 11:2
Este detalle resulta interesante.
Era un animal:
“en el cual ningún hombre ha montado.”
Un animal sin experiencia de ser montado puede resistirse, asustarse o reaccionar de manera impredecible.
Pero aquel pollino llevó a Jesucristo durante su entrada en Jerusalén.
Y con ello se cumplió la antigua profecía:
“He aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.”
Zacarías 9:9
La creación animal participaba incluso en el cumplimiento de la profecía mesiánica.
El Antiguo Testamento declara:
“Porque mía es toda bestia del bosque,
Y los millares de animales en los collados.”
Salmo 50:10
Y continúa:
“Conozco a todas las aves de los montes,
Y todo lo que se mueve en los campos me pertenece.”
Salmo 50:11
Observe esas dos afirmaciones:
“Conozco…”
Y:
“me pertenece.”
Dios conoce a los animales.
Los animales pertenecen a Dios.
El Salmo 104 describe también la dependencia de toda criatura:
“Todos ellos esperan en ti,
Para que les des su comida a su tiempo.”
Salmo 104:27
Y el Salmo 147 dice:
“Él da a la bestia su mantenimiento,
Y a los hijos de los cuervos que claman.”
Salmo 147:9
El Dios de la Biblia no es solamente Creador de los animales.
Es también:
su sustentador y Señor.
Ahora coloquemos todas las escenas una junto a la otra.
En el desierto:
Jesús estaba con las fieras.
En Galilea:
Los pescadores trabajan toda la noche.
Nada.
Jesús habla.
Dos barcas se llenan de peces.
Después de la resurrección:
Otra noche sin pesca.
Jesús dice:
“Echad la red a la derecha.”
Y aparecen:
ciento cincuenta y tres grandes peces.
Pedro necesita una moneda.
Jesús le indica que pesque.
El primer pez lleva exactamente la moneda anunciada.
Jesús necesita entrar en Jerusalén.
Un pollino nunca montado está preparado y lo lleva.
Y siglos antes encontramos:
“Mandó Jehová al pez.”
Y el pez obedeció.
¿Es esto lo que esperaríamos encontrar en el Creador?
Sí.
Génesis declara:
“E hizo Dios animales de la tierra según su género.”
Génesis 1:25
Juan declara acerca de Jesucristo:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3
Y Pablo añade:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles.”
Colosenses 1:16
Los peces fueron creados por Él.
Las aves fueron creadas por Él.
Los animales terrestres fueron creados por Él.
Las criaturas salvajes del desierto fueron creadas por Él.
Por eso hay algo profundamente hermoso en aquella pequeña frase de Marcos:
“Y estaba con las fieras.”
El que había creado a los animales:
estaba entre ellos.
El que conocía a cada criatura:
caminaba en medio de su creación.
Y posteriormente, cuando necesitó peces, allí estuvieron.
Cuando señaló dónde lanzar una red, allí estuvieron.
Cuando indicó qué pez llegaría al anzuelo, aquel pez llegó.
Cuando necesitó un pollino, estuvo preparado.
Porque nuevamente encontramos en Jesucristo aquello que esperaríamos encontrar en Dios:
el Creador ejerciendo autoridad sobre su creación.
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Escucha música con propósito:
A lo largo de esta serie hemos contemplado a Jesucristo ejerciendo autoridad sobre la naturaleza, sobre la materia, sobre los animales, sobre el cuerpo humano y sobre la muerte.
Pero existe otro tipo de poder que también resulta extraordinario:
el poder de transformar una vida.
Porque una cosa es sanar una mano.
Otra es cambiar un corazón.
Una cosa es hacer caminar a un paralítico.
Otra es tomar a un hombre dominado por la codicia, la violencia, el odio, la culpa o una vida desordenada y convertirlo en una persona completamente diferente.
Jesús hizo ambas cosas.
No solamente devolvía salud.

Jesús dando un nuevo comienzo a Mateo
Daba nuevos comienzos.
Y en los Evangelios encontramos transformaciones tan profundas que parecen dividir la vida de las personas en dos partes:
antes de conocer a Jesús
y
después de conocerlo.
Zaqueo era jefe de los publicanos.
Lucas dice:
“Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico.”
Lucas 19:2
Los publicanos eran despreciados por muchos judíos porque recaudaban impuestos para Roma y con frecuencia estaban asociados con abusos y enriquecimiento.
Zaqueo había acumulado riqueza.
Pero cuando Jesús llegó a Jericó, algo ocurrió.
Zaqueo quería verlo.
Era pequeño de estatura, así que subió a un árbol.
Jesús llegó al lugar, levantó los ojos y le dijo:
“Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.”
Lucas 19:5
Aquella visita cambió algo profundamente dentro de él.
Zaqueo se levantó y dijo:
“He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.”
Lucas 19:8
Observe el cambio.
El hombre conocido por acumular ahora quería dar.
El hombre relacionado con la explotación ahora quería restituir.
El dinero que antes parecía gobernar su vida dejó de hacerlo.
Jesús respondió:
“Hoy ha venido la salvación a esta casa.”
Lucas 19:9
Zaqueo no recibió solamente una nueva doctrina.
Recibió:
una nueva vida.
Mateo representa otra transformación extraordinaria.
Jesús lo encontró:
“sentado al banco de los tributos públicos.”
Mateo 9:9
Aquella mesa representaba su profesión.
Su posición.
Su ingreso.
Su antigua vida.
Entonces Jesús pronunció solamente dos palabras:
“Sígueme.”
Mateo 9:9
Y Mateo:
“Se levantó y le siguió.”
Lucas, hablando de Leví, añade:
“Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.”
Lucas 5:28
Qué frase tan extraordinaria:
“dejándolo todo.”
Mateo dejó la mesa.
Dejó la recaudación.
Dejó atrás una identidad que lo había definido.
Y siguió a Jesucristo.
El publicano terminó convertido en discípulo.
Y aquel hombre cuya vida había estado ligada a recaudar impuestos sería posteriormente identificado por la tradición cristiana con el Evangelio que lleva su nombre.
Jesús vio en Mateo algo que otros probablemente no veían.
No solamente vio lo que era.
Vio:
lo que podía llegar a ser.
Aquí encontramos una transformación que suele pasar inadvertida.
Entre los doce discípulos estaba:
“Simón llamado Zelote.”
Lucas 6:15
Y entre ellos también estaba Mateo:
el publicano.
Pensemos en el contraste.
Los zelotes estaban asociados con un profundo rechazo al dominio romano.
Los publicanos, en cambio, trabajaban dentro del sistema tributario relacionado con Roma.
Humanamente, aquellos dos hombres podían representar mundos opuestos.
Uno podía mirar al otro como colaborador.
El otro podía mirar al primero como peligroso enemigo del orden establecido.
Pero Jesús llamó a ambos.
Mateo.
Simón.
Y los convirtió en compañeros.
Los sentó alrededor de la misma mesa.
Los hizo caminar por los mismos caminos.
Escuchar las mismas enseñanzas.
Servir en la misma misión.
Esto también es transformación.
Jesús no solamente cambiaba individuos.
Rompía barreras entre personas que humanamente podían considerarse enemigos.
Pedro constituye otro caso extraordinario.
Era apasionado.
Impulsivo.
A veces hablaba antes de pensar.
Prometió a Jesús:
“Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré.”
Mateo 26:35
Pero pocas horas después lo negó tres veces.
Lucas dice:
“Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.”
Lucas 22:62
Para muchos hombres, aquella caída podría haber significado el final.
Había fallado en el momento más importante.
Pero después de la resurrección, Jesús fue a buscarlo.
Tres veces le preguntó:
“¿Me amas?”
Y después le encomendó nuevamente una misión:
“Apacienta mis ovejas.”
Juan 21:17
Jesús no definió a Pedro por su peor momento.
Lo restauró.
El hombre que había negado conocerlo posteriormente se levantó públicamente en Jerusalén y proclamó:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Hechos 2:32
El Pedro aterrorizado de la noche del arresto se convirtió en un hombre dispuesto a anunciar públicamente a Jesucristo.
Eso es:
una vida transformada.
Lucas menciona a María Magdalena diciendo:
“María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios.”
Lucas 8:2
No sabemos todos los detalles de su condición anterior.
Pero sí sabemos que su vida había estado marcada por una profunda opresión.
Después la encontramos siguiendo a Jesús.
Sirviendo.
Permaneciendo cerca de la cruz.
Acudiendo al sepulcro.
Y siendo una de las primeras personas en anunciar que había visto al Señor resucitado.
Juan relata que Jesús le dijo:
“¡María!”
Juan 20:16
Y posteriormente:
“Ve a mis hermanos, y diles…”
Juan 20:17
La mujer cuya vida había estado bajo opresión terminó convertida en:
testigo de la resurrección.
Aquí está el punto central.
Jesús no se limitaba a decir a las personas:
“Compórtate mejor.”
Su obra iba mucho más profundo.
Transformaba prioridades.
Transformaba lealtades.
Transformaba relaciones.
Transformaba el uso del dinero.
Transformaba la identidad.
Transformaba el propósito de la vida.
El codicioso aprendía a dar.
El publicano abandonaba su mesa.
El zelote podía convivir con quien había trabajado dentro del sistema romano.
El cobarde recuperaba valor.
La persona oprimida encontraba libertad.
El derrotado recibía una nueva oportunidad.
Eso es mucho más que modificación externa.
Es:
renovación interior.
Esta idea también tiene una profunda conexión con el Antiguo Testamento.
Dios había prometido por medio de Ezequiel:
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.”
Ezequiel 36:26
Y añadió:
“Y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.”
Dios no prometía solamente nuevas reglas.
Prometía:
un corazón nuevo.
David había orado:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
Y renueva un espíritu recto dentro de mí.”
Salmo 51:10
Observe el verbo:
“Crea.”
La transformación interior es presentada casi como una nueva obra creadora.
Y eso es exactamente lo que vemos alrededor de Jesús.
Más adelante, el apóstol Pablo expresaría esta realidad con palabras extraordinarias:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
2 Corintios 5:17
La expresión:
“nueva criatura”
también puede entenderse como:
nueva creación.
Y aquí encontramos una conexión hermosa con toda esta serie.
Jesús transformó agua en vino.
Multiplicó materia.
Restauró cuerpos.
Pero también hizo algo todavía más profundo:
transformó personas.
El Creador no solamente podía actuar sobre la materia exterior.
Podía actuar sobre:
el corazón humano.
Quizá esta sea una de las manifestaciones más cercanas de la autoridad de Jesucristo.
No todos necesitamos que una tormenta se detenga.
No todos estaremos frente a una multiplicación de panes.
Pero todos sabemos lo que significa tener partes de nuestra vida que necesitan cambiar.
Errores.
Culpa.
Hábitos.
Decisiones equivocadas.
Relaciones rotas.
Fracaso.
Jesús encontró personas así durante todo su ministerio.
Y no las dejó necesariamente como las encontró.
Zaqueo bajó del árbol siendo un hombre y terminó aquel día convertido en otro.
Mateo se levantó de una mesa de impuestos y comenzó una nueva vida.
Pedro pasó de la vergüenza a la restauración.
María Magdalena pasó de la opresión al discipulado.
Simón el Zelote encontró una familia espiritual junto a hombres que antes podían representar todo lo que rechazaba.
Jesús daba:
nuevos comienzos.
Regresemos a la pregunta que guía esta serie.
¿Qué esperaríamos de Dios?
Esperaríamos poder sobre la naturaleza.
Poder sobre la materia.
Poder sobre el cuerpo.
Poder sobre la muerte.
Pero también esperaríamos algo más:
poder para transformar al ser humano por dentro.
Porque el problema del hombre no está solamente fuera de él.
También está dentro.
Jesús mismo dijo:
“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos…”
Marcos 7:21
Si el problema llega hasta el corazón, entonces necesitamos algo más profundo que una reforma externa.
Necesitamos:
un corazón nuevo.
Y esa era precisamente la promesa de Dios.
Al final, quizá este sea uno de los milagros más hermosos de Jesucristo.
No siempre deja una señal visible en el cielo.
No siempre produce una multitud asombrada.
A veces comienza dentro de una persona.
Un hombre egoísta comienza a dar.
Un hombre endurecido comienza a amar.
Uno derrotado vuelve a levantarse.
Un enemigo se convierte en hermano.
Una persona sin rumbo encuentra propósito.
Jesús no solamente dijo:
“Sígueme.”
También dio a quienes lo siguieron:
una nueva manera de vivir.
El mismo Dios que había prometido:
“Os daré corazón nuevo”
se manifestó en Jesucristo transformando vidas delante de los ojos de todos.
Zaqueo.
Mateo.
Simón.
Pedro.
María Magdalena.
Y muchos más.
Sus historias eran diferentes.
Pero tenían algo en común:
después de encontrarse con Jesucristo, ya no eran los mismos.
Porque el Creador no solamente tiene poder para crear vida.
También tiene poder para:
hacer nueva una vida que ya existe.
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Escucha música con propósito:
A lo largo de esta serie hemos visto a Jesucristo manifestar autoridad sobre la naturaleza, la materia, los animales, el cuerpo humano, el pecado y la muerte.
Pero todavía quedaba una prueba final.
No se trataba ya de resucitar a otra persona.
No se trataba de llamar a Lázaro fuera de una tumba.
Ahora Jesús mismo iba a entrar en la muerte.
Sería arrestado.
Golpeado.
Crucificado.
Declarado muerto.
Colocado dentro de un sepulcro.
La entrada sería cerrada con una piedra.
Y sus enemigos intentarían asegurarse de que todo terminara allí.
Humanamente, parecía el final perfecto.
Pero si Jesucristo era realmente quien había afirmado ser, entonces quedaba una pregunta:
¿Podía la muerte retenerlo?
Porque podemos detener a un hombre.
Podemos arrestarlo.
Podemos encadenarlo.
Podemos encerrarlo.
Incluso podemos matarlo.
Pero si estamos frente a Dios:
¿quién puede detenerlo?
La resurrección no aparece en los Evangelios como una idea inventada después de su muerte.
Jesús la anunció antes.
Mateo registra:
“Y le matarán; mas al tercer día resucitará.”
Mateo 17:23
Marcos dice:
“El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día.”
Marcos 9:31
Y Jesús hizo una afirmación todavía más sorprendente acerca de su propia vida:
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”
Juan 10:17
Después añadió:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”
Juan 10:18
Estas palabras son extraordinarias.
Jesús no habló como una víctima indefensa.
Dijo:
“Yo pongo mi vida.”
Y después:
“Tengo poder para volverla a tomar.”
La cruz no lo tomó por sorpresa.
La muerte no apareció como algo fuera de su conocimiento.
Jesús sabía hacia dónde caminaba.
Jesús fue crucificado.
Los soldados romanos comprobaron que estaba muerto.
Juan relata que:
“Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.”
Juan 19:34
Después José de Arimatea recibió el cuerpo.
Jesús fue colocado en un sepulcro.
Mateo dice:
“Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.”
Mateo 27:59-60
Pero sus enemigos todavía estaban preocupados.
Recordaban que Jesús había hablado de resucitar.
Por eso fueron ante Pilato y dijeron:
“Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré.”
Mateo 27:63
Pidieron que el sepulcro fuera asegurado.
Pilato respondió:
“Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.”
Mateo 27:65
Y Mateo dice:
“Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.”
Mateo 27:66
Piedra.
Sello.
Guardia.
Un cuerpo dentro de la tumba.
Todo parecía controlado.
Pero había un problema que ningún sistema de seguridad humano podía resolver:
el hombre dentro de aquella tumba había dicho que volvería a vivir.
Llegó el primer día de la semana.
Las mujeres fueron al sepulcro.
Y la piedra estaba removida.
Mateo relata:
“Hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.”
Mateo 28:2
Entonces el ángel anunció:
“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.”
Mateo 28:6
Observe esas últimas palabras:
“como dijo.”
Jesús había anunciado lo que sucedería.
Y sucedió.
Pedro predicó posteriormente acerca de Él:
“Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.”
Hechos 2:24
Esa frase resume perfectamente el tema:
“era imposible que fuese retenido por ella.”
La muerte pudo recibirlo.
Pero no pudo conservarlo.
Aquí encontramos una paradoja extraordinaria.
Los hombres colocaron a Jesús dentro de una tumba.
Pero Pedro lo llamaría después:
“el Autor de la vida.”
Hechos 3:15
¿Cómo puede la muerte retener indefinidamente al Autor de la vida?
¿Cómo puede una piedra convertirse en prisión para Aquel por quien fueron hechas todas las cosas?
Juan había dicho:
“Todas las cosas por él fueron hechas.”
Juan 1:3
Y Pablo escribiría:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas.”
Colosenses 1:16
Una piedra podía cerrar una tumba.
Pero esa piedra también formaba parte de la creación.
Los soldados podían custodiar la entrada.
Pero ellos también eran criaturas.
La muerte podía reclamar un cuerpo.
Pero incluso la muerte estaba frente a Aquel que había dicho:
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Juan 11:25
Esta idea posee una profunda conexión con el Antiguo Testamento.
Job declaró acerca de Dios:
“Yo conozco que todo lo puedes,
Y que no hay pensamiento que se esconda de ti.”
Job 42:2
Isaías registra:
“Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá?”
Isaías 14:27
Y Daniel dice:
“Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano.”
Daniel 4:35
Observe la expresión:
“no hay quien detenga su mano.”
Ese es el Dios del Antiguo Testamento.
Nadie puede frustrar finalmente su propósito.
Nadie puede imponerle una prisión definitiva.
Nadie puede decirle:
“Hasta aquí llegaste.”
Ahora mire la tumba de Jesús.
Los hombres intentaron cerrar la historia.
Dios todavía no había terminado.
Aquí está una de las diferencias más impresionantes entre Jesús y cualquier otro hombre de la historia.
Grandes líderes han muerto.
Reyes han muerto.
Profetas han muerto.
Conquistadores han muerto.
Filósofos han muerto.
Todos han terminado finalmente bajo el poder de la muerte.
Jesús también murió.
Pero no permaneció muerto.
Los hombres pudieron llevarlo a la cruz.
Pudieron clavar sus manos.
Pudieron comprobar su muerte.
Pudieron colocar su cuerpo en una tumba.
Pudieron cerrar la entrada.
Pudieron sellarla.
Pudieron colocar una guardia.
Pero no pudieron impedir:
el tercer día.
Porque la resurrección no dependía del permiso de Roma.
No dependía del Sanedrín.
No dependía de los soldados.
No dependía de la piedra.
Jesús había dicho:
“Tengo poder para volverla a tomar.”
En un artículo anterior vimos a Jesús delante de la tumba de Lázaro.
Allí gritó:
“¡Lázaro, ven fuera!”
Juan 11:43
Y Lázaro salió.
Ahora Jesús mismo estaba dentro de una tumba.
Pero existe una diferencia fundamental.
Lázaro necesitó que otro lo llamara.
Jesús había declarado acerca de su propia vida:
“Tengo poder para volverla a tomar.”
Lázaro fue resucitado.
Jesucristo:
resucitó.
Y por eso Apocalipsis presenta a Jesús diciendo:
“Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos.”
Apocalipsis 1:17-18
Y añade:
“Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.”
No solamente escapó de la muerte.
Tiene autoridad sobre ella.
Llegamos nuevamente a nuestra pregunta fundamental.
¿Qué esperaríamos de Dios?
Esperaríamos que ningún poder creado pudiera derrotarlo definitivamente.
Esperaríamos que ningún hombre pudiera frustrar su propósito final.
Esperaríamos que ninguna prisión pudiera contenerlo para siempre.
Y si Dios es la fuente de la vida:
esperaríamos que ni siquiera la muerte tuviera la última palabra sobre Él.
Eso es precisamente lo que encontramos en Jesucristo.
Lo arrestaron.
Pero no lo derrotaron.
Lo crucificaron.
Pero no acabaron con Él.
Lo enterraron.
Pero no pudieron retenerlo.
Sellaron la tumba.
Pero el sello no pudo detenerlo.
Colocaron una guardia.
Pero la guardia no pudo impedirlo.
La muerte misma lo recibió.
Pero Pedro declaró:
“Era imposible que fuese retenido por ella.”
Aquella mañana las mujeres llegaron esperando encontrar un cadáver.
Encontraron una tumba abierta.
Los discípulos que habían huido comenzaron posteriormente a anunciar públicamente:
Jesús vive.
Pedro, que había negado conocerlo, proclamó:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Hechos 2:32
La resurrección se convirtió en el centro de la proclamación cristiana.
Porque si Jesús resucitó, entonces la cruz no fue su derrota.
Fue el camino hacia su victoria.
Y la tumba no fue su destino.
Fue solamente:
un lugar temporal.
Tal vez podamos resumir toda la escena de una manera muy sencilla.
Judas lo entregó.
No pudo detenerlo.
Las autoridades lo arrestaron.
No pudieron detenerlo.
Roma lo crucificó.
No pudo detenerlo.
Una piedra cerró su tumba.
No pudo detenerlo.
Una guardia vigiló el sepulcro.
No pudo detenerlo.
La muerte misma lo recibió.
Tampoco pudo detenerlo.
Porque cuando estamos hablando de Jesucristo no estamos hablando simplemente de un hombre excepcional.
Estamos hablando de Aquel que dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Y después:
lo demostró.
Por eso la pregunta final no es solamente:
¿Quién movió la piedra?
La pregunta mucho más grande es:
¿Quién era Aquel a quien ni siquiera la muerte pudo retener?
La respuesta del Nuevo Testamento es clara.
Jesucristo.
El Autor de la vida.
El Señor sobre la muerte.
El que estuvo muerto:
y vive por los siglos de los siglos.
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Escucha música con propósito:
Llegamos al final de esta serie.
Al comenzar hicimos una pregunta sencilla:
¿Qué esperaríamos encontrar en Dios?
Esperaríamos conocimiento que trascienda las limitaciones humanas.
Esperaríamos conocimiento del futuro.
Esperaríamos autoridad sobre la naturaleza.
Esperaríamos poder sobre la materia.
Esperaríamos autoridad sobre los animales.
Esperaríamos poder para restaurar el cuerpo humano.
Esperaríamos autoridad sobre el pecado.
Y esperaríamos, finalmente, autoridad sobre la vida y la muerte.
Después abrimos los Evangelios.
Y comenzamos a observar a Jesucristo.
Lo vimos hablar del futuro.
Lo vimos ordenar al viento y al mar.
Lo vimos caminar sobre las aguas.
Lo vimos transformar agua en vino.
Lo vimos multiplicar alimentos.
Lo vimos dirigir peces y animales de su creación.
Lo vimos restaurar cuerpos gravemente dañados.
Lo vimos transformar vidas.
Lo vimos llamar a los muertos.
Y los muertos respondieron.
Entonces surge una pregunta inevitable:
¿A quién nos recuerda Jesucristo?
Cuanto más lo observamos, más difícil resulta considerarlo simplemente un maestro religioso.
Porque muchas de las cosas que hace en los Evangelios son precisamente las cosas que el Antiguo Testamento atribuye a:
Dios.
En el Antiguo Testamento encontramos a Dios como Señor de las aguas.
El Salmo declara:
“Tú tienes dominio sobre la braveza del mar;
Cuando se levantan sus ondas, tú las sosiegas.”
Salmo 89:9
Y también:
“Cambia la tempestad en sosiego,
Y se apaciguan sus ondas.”
Salmo 107:29
Después llegamos a los Evangelios.
Una tormenta amenaza una embarcación.
Jesús se levanta.
Habla al viento.
Habla al mar.
Y:
“cesó el viento, y se hizo grande bonanza.”
Marcos 4:39
El Dios del Antiguo Testamento domina el mar.
Jesucristo domina el mar.
Job había dicho acerca de Dios:
“Él solo extendió los cielos,
Y anda sobre las olas del mar.”
Job 9:8
Después los discípulos levantaron los ojos en medio del lago.
Y vieron a Jesús:
“andando sobre el mar.”
Mateo 14:25
La semejanza no es pequeña.
Es profunda.
Israel se encontraba en el desierto.
Había una multitud.
No había alimento suficiente.
Entonces Dios dijo:
“He aquí yo os haré llover pan del cielo.”
Éxodo 16:4
El pueblo comió.
Y fue saciado.
Siglos después aparece otra multitud.
Otra vez en un lugar desierto.
Otra vez sin alimento suficiente.
Cinco panes.
Dos peces.
Y Jesucristo está en medio de ellos.
Jesús toma el pan.
Lo parte.
Lo distribuye.
Miles comen.
Y:
“comieron todos, y se saciaron.”
Mateo 14:20
La propia multitud recordó el maná.
Le dijeron:
“Nuestros padres comieron el maná en el desierto.”
Juan 6:31
Y Jesús respondió:
“Yo soy el pan de vida.”
Juan 6:35
El Dios que alimentó a Israel en el desierto vuelve a aparecer frente a una multitud hambrienta.
Y nuevamente:
hay pan.
El Antiguo Testamento declara:
“Porque mía es toda bestia del bosque.”
Salmo 50:10
Y:
“Conozco a todas las aves de los montes,
Y todo lo que se mueve en los campos me pertenece.”
Salmo 50:11
Jonás registra:
“Jehová tenía preparado un gran pez.”
Jonás 1:17
Y después:
“Mandó Jehová al pez.”
Jonás 2:10
Dios conoce.
Dios dirige.
Dios manda sobre su creación.
Después encontramos a Jesús.
Pescadores trabajan toda la noche.
No encuentran nada.
Jesús les dice dónde lanzar las redes.
Y aparecen tantos peces que las embarcaciones casi se hunden.
Después de la resurrección ocurre nuevamente.
Otra noche sin pesca.
Jesús ordena:
“Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis.”
Juan 21:6
Y allí están.
Ciento cincuenta y tres grandes peces.
Pedro necesita una moneda.
Jesús sabe exactamente qué pez la lleva.
El Creador del Antiguo Testamento gobierna a sus criaturas.
Jesucristo también.
David escribió:
“Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.”
Salmo 139:13
Dios es presentado como el formador del cuerpo humano.
Ahora contemplemos a Jesucristo.
Un hombre lleva treinta y ocho años enfermo.
Jesús dice:
“Levántate, toma tu lecho, y anda.”
Juan 5:8
Y camina.
Un hombre tiene una mano seca.
Jesús dice:
“Extiende tu mano.”
Mateo 12:13
Y queda:
“restaurada sana como la otra.”
Pedro corta con una espada la oreja de Malco.
Jesús toca la herida.
Y:
“le sanó.”
Lucas 22:51
Cojos caminan.
Mancos son restaurados.
Cuerpos deteriorados responden a su palabra.
El Dios que formó el cuerpo humano:
aparece en Jesucristo restaurándolo.
El Antiguo Testamento declara:
“Jehová mata, y él da vida.”
1 Samuel 2:6
Y:
“Yo hago morir, y yo hago vivir.”
Deuteronomio 32:39
Ahora miremos a Jesús.
Frente a la hija de Jairo:
“Niña, a ti te digo, levántate.”
Marcos 5:41
Y se levanta.
Frente al hijo de la viuda de Naín:
“Joven, a ti te digo, levántate.”
Lucas 7:14
Y el muerto comienza a hablar.
Frente a una tumba cerrada durante cuatro días:
“¡Lázaro, ven fuera!”
Juan 11:43
Y:
“el que había muerto salió.”
Juan 11:44
El Antiguo Testamento presenta a Dios como Aquel que da vida.
Jesucristo habla.
Y los muertos viven.
El Salmo dice:
“Bendice, alma mía, a Jehová…
Él es quien perdona todas tus iniquidades.”
Salmo 103:2-3
El profeta Isaías declara:
“Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo.”
Isaías 43:25
Perdonar pecados es una prerrogativa divina.
Por eso, cuando Jesús dijo al paralítico:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Marcos 2:5
los escribas reaccionaron inmediatamente:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7
Ellos entendieron perfectamente lo que estaba implicado.
Y Jesús no retiró sus palabras.
Por el contrario, sanó al paralítico para demostrar:
“que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Marcos 2:10
El Dios que perdona en el Antiguo Testamento:
aparece en Jesucristo ejerciendo esa misma autoridad.
No estamos hablando de una sola coincidencia.
No estamos hablando de un único milagro.
Estamos contemplando un patrón repetido.
En el Antiguo Testamento:
Dios gobierna el mar.
En los Evangelios:
Jesús gobierna el mar.
En el Antiguo Testamento:
Dios camina sobre las aguas.
En los Evangelios:
Jesús camina sobre las aguas.
En el Antiguo Testamento:
Dios alimenta a su pueblo en el desierto.
En los Evangelios:
Jesús alimenta a miles en un lugar desierto.
En el Antiguo Testamento:
Dios gobierna a los animales.
En los Evangelios:
la creación animal responde a Jesús.
En el Antiguo Testamento:
Dios forma el cuerpo humano.
En los Evangelios:
Jesús restaura cuerpos.
En el Antiguo Testamento:
Dios perdona pecados.
En los Evangelios:
En el Antiguo Testamento:
Dios da vida a los muertos.
En los Evangelios:
los muertos escuchan la voz de Jesús y viven.
La pregunta ya no es simplemente:
¿Jesús hizo cosas extraordinarias?
La pregunta es:
¿Por qué Jesús hace precisamente las cosas que las Escrituras atribuyen a Dios?
Aquí debemos recordar la serie anterior.
No solamente estamos observando obras extraordinarias.
Jesús también hizo declaraciones extraordinarias acerca de sí mismo.
Dijo:
“Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Juan 8:58
Dijo:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30
Dijo:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Juan 14:9
Dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Juan 11:25
Dijo:
“Yo soy el pan de vida.”
Juan 6:35
Y afirmó tener autoridad para dar vida:
“Así también el Hijo a los que quiere da vida.”
Juan 5:21
Sus palabras y sus obras apuntan en la misma dirección.
No tenemos a un hombre haciendo milagros mientras insiste en ser solamente un hombre.
Tenemos a alguien que hizo afirmaciones divinas y después manifestó:
autoridad divina.
Aquí aparece quizá la conclusión más hermosa de toda la serie.
Durante siglos, Israel había leído acerca de Jehová.
El Dios creador.
El Dios que dominaba las aguas.
El Dios que alimentaba en el desierto.
El Dios que gobernaba sobre los animales.
El Dios que conocía los corazones.
El Dios que perdonaba pecados.
El Dios que daba vida.
Después llegamos a los Evangelios.
Y encontramos a Jesucristo.
Al principio quizá vemos a un rabino de Galilea.
Pero continuamos leyendo.
Y algo comienza a suceder.
Sus palabras nos recuerdan a alguien.
Sus obras nos recuerdan a alguien.
Su autoridad nos recuerda a alguien.
Cada vez más:
nos recuerda al Dios del Antiguo Testamento.
Hasta que finalmente las piezas comienzan a encajar.
Juan lo había declarado desde el principio:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1
Y después:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”
Juan 1:14
La conclusión de Juan es extraordinaria.
El Dios eterno no dejó de ser Dios.
Entró en nuestra historia.
Ahora podemos regresar a la pregunta inicial.
¿Encontramos en Jesucristo aquello que razonablemente esperaríamos encontrar en Dios?
Después de recorrer los Evangelios, la respuesta resulta difícil de ignorar.
Sí.
Encontramos conocimiento extraordinario.
Encontramos autoridad sobre el futuro.
Encontramos poder sobre la naturaleza.
Encontramos dominio sobre la materia.
Encontramos autoridad sobre la creación animal.
Encontramos poder para restaurar cuerpos.
Encontramos autoridad para perdonar pecados.
Encontramos poder para transformar vidas.
Encontramos autoridad sobre la muerte.
Y cuando comparamos todo esto con el Dios revelado en el Antiguo Testamento, encontramos una continuidad extraordinaria.
No parecen dos personajes completamente diferentes.
Reconocemos la misma autoridad.
El mismo dominio.
El mismo poder.
El mismo carácter creador.
La misma capacidad de dar vida.
Por eso el Nuevo Testamento puede declarar acerca de Jesucristo:
“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.”
Colosenses 2:9
Y Tomás, después de encontrarse con Jesús resucitado, pudo mirarlo y decir:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28
Jesús no lo corrigió.
Al comienzo de esta serie dijimos que una afirmación extraordinaria debía ir acompañada de evidencia extraordinaria.
Jesús afirmó una identidad extraordinaria.
Después:
la naturaleza le obedeció.
la materia respondió a su autoridad.
los animales sirvieron a sus propósitos.
los cuerpos fueron restaurados.
los pecados fueron perdonados.
las vidas fueron transformadas.
y los muertos escucharon su voz.
Cuanto más observamos a Jesucristo:
más vemos al Dios revelado en las antiguas Escrituras.
Y quizá esa sea precisamente la razón por la que Jesús pudo decir a Felipe:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Juan 14:9
Después de todo lo estudiado, la pregunta final ya no es solamente:
¿Qué hizo Jesús?
La pregunta es:
¿Quién tendría que ser para hacer todo aquello?
Los Evangelios responden.
Juan responde.
Pablo responde.
Tomás responde.
Y toda esta serie nos ha llevado hacia la misma conclusión:
Jesucristo no solamente mostró el poder de Dios.
En Jesucristo, Dios mismo se dio a conocer.
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Escucha música con propósito:
Después de recorrer esta serie, hemos contemplado una cantidad extraordinaria de acontecimientos atribuidos a Jesucristo.
Sus discípulos afirmaron haber visto al viento y al mar obedecerle.
Lo vieron caminar sobre las aguas.
Lo vieron transformar agua en vino.
Lo vieron multiplicar unos cuantos panes hasta alimentar a miles.
Vieron redes llenarse de peces después de noches enteras sin pesca.
Vieron cuerpos gravemente dañados ser restaurados.
Vieron al paralítico de treinta y ocho años levantarse y caminar.
Vieron a cojos andar y a mancos ser restaurados.
Vieron a Malco sanar después de que una espada había cortado su oreja.
Vieron vidas completamente transformadas.
Vieron a la hija de Jairo levantarse.
Vieron al hijo de la viuda de Naín regresar a la vida.
Vieron a Lázaro salir de una tumba después de cuatro días.
Y finalmente afirmaron haber visto al propio Jesucristo vivo después de haber sido crucificado.
Por eso, cuando hablamos del testimonio de los discípulos, no estamos hablando solamente de una afirmación aislada:
“Jesús resucitó.”
Estamos hablando de aproximadamente tres años de convivencia con un hombre cuyas palabras y obras, según ellos, fueron completamente extraordinarias.
Comieron con Él.
Caminaron con Él.
Durmieron cerca de Él.
Navegaron con Él.
Escucharon sus enseñanzas.
Observaron sus milagros.
Vieron cómo trataba a las personas.
Y estuvieron presentes en acontecimientos que posteriormente contarían durante el resto de sus vidas.
Por tanto, la pregunta es mucho más amplia:
¿Realmente creían los discípulos que habían presenciado todo aquello que después proclamaron acerca de Jesucristo?
Los primeros cristianos no presentaron su mensaje simplemente como una filosofía.
Los apóstoles insistieron repetidamente en que hablaban de acontecimientos que ellos mismos habían experimentado.
Pedro y Juan dijeron ante las autoridades:
“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20
Juan expresó la misma idea al comenzar su primera carta:
“Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos…”
1 Juan 1:1
Y después:
“Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos.”
1 Juan 1:3
Observe la insistencia:
oído.
visto.
contemplado.
tocado.
No estaban diciendo:
“Nos contaron una antigua historia.”
Decían:
“Estuvimos allí.”
Esto comprende mucho más que la resurrección.
Juan había estado con Jesús durante su ministerio.
Pedro había estado dentro de la barca.
Habían participado en la distribución de los panes.
Habían visto multitudes acudir a Jesús.
Habían escuchado sus declaraciones.
Habían contemplado milagros una y otra vez.
Y después se convirtieron en los hombres que transmitieron aquellas historias.
Aquí aparece un elemento histórico profundamente importante.
Aquellos hombres comenzaron a proclamar a Jesucristo públicamente.
No muchos siglos después.
No en otro continente donde nadie pudiera conocer los acontecimientos.
Lo hicieron dentro del mismo mundo donde Jesús había vivido.
Y muy pronto comenzaron los problemas.
Pedro y Juan fueron arrestados.
Las autoridades les ordenaron:
“Que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.”
Hechos 4:18
Podían detenerse.
Podían regresar a sus antiguos oficios.
Pedro podía volver definitivamente a la pesca.
Mateo podía intentar reconstruir otra vida.
Los demás podían guardar silencio.
Pero respondieron:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Después las amenazas se convirtieron en golpes.
Hechos dice:
“Y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús.”
Hechos 5:40
¿Y qué hicieron?
“No cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”
Hechos 5:42
Los amenazaron.
Continuaron.
Los encarcelaron.
Continuaron.
Los golpearon.
Continuaron.
Y posteriormente algunos comenzaron a morir.
Esto es fundamental.
Una persona puede sufrir y morir por algo falso creyendo sinceramente que es verdadero.
La historia está llena de personas que dieron la vida por creencias equivocadas.
Pero los primeros discípulos estaban en una posición distinta.
Ellos afirmaban ser los testigos originales.
Pedro sabía si realmente había estado en aquella barca.
Juan sabía si había visto a Lázaro salir de la tumba.
Los discípulos sabían si realmente habían recogido doce cestas después de alimentar a miles con cinco panes.
Sabían si habían convivido con Jesús.
Sabían lo que habían escuchado de su boca.
Y sabían si las cosas que posteriormente proclamaban habían ocurrido delante de ellos.
Si todo hubiera sido una fabricación deliberada, ellos mismos habrían conocido el engaño.
Sin embargo, cuando comenzaron a sufrir por su testimonio:
no lo negaron.
Hechos registra directamente la muerte de uno de los miembros del círculo más cercano de Jesús:
“Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan.”
Hechos 12:2
Jacobo había acompañado a Jesús.
Había formado parte, junto con Pedro y Juan, del grupo más cercano.
Y murió dentro del contexto de la persecución de la iglesia.
Pedro fue arrestado varias veces y una antigua tradición cristiana, ya conocida a finales del primer siglo, relaciona posteriormente su muerte con la persecución en Roma.
Pablo también sufrió repetidamente.
Él mismo escribió:
“En cárceles más; en azotes sin número; en peligros de muerte muchas veces.”
2 Corintios 11:23
Y continuó enumerando golpes, apedreamiento, peligros y persecuciones.
Estas personas no obtuvieron una vida confortable al proclamar a Cristo.
Su testimonio tuvo un costo.
Aquí encontramos una pieza particularmente interesante.
No todos los autores del Nuevo Testamento pertenecieron al grupo original de los Doce.
Lucas constituye un caso distinto.
Él no comienza su Evangelio diciendo:
“Yo estuve allí desde el primer día.”
Hace algo que resulta extraordinariamente interesante para una investigación histórica.
Dice que investigó.
Al comenzar su Evangelio escribió:
“Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra…”
Lucas 1:1-2
Observe lo que Lucas reconoce.
Ya existían relatos.
Existían personas que:
“desde el principio lo vieron con sus ojos.”
Y entonces añade:
“Me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden…”
Lucas 1:3
La expresión es extraordinaria:
“investigado con diligencia.”
Lucas no presenta su obra como una historia que escuchó una vez y decidió repetir.
Nos dice que examinó cuidadosamente los acontecimientos.
Lucas escribió en una época en la que muchos de quienes habían conocido a Jesús todavía pertenecían a la generación viva de aquellos acontecimientos.
Esto resulta fundamental.
No estaba investigando un personaje que había vivido quinientos años antes.
Estaba investigando acontecimientos recientes para su propio mundo.
Los apóstoles existían.
Otros discípulos existían.
Mujeres que habían acompañado a Jesús existían.
Comunidades enteras conocían las historias desde sus primeros años.
Había personas:
localizables.
Personas que podían ser entrevistadas.
Personas que podían decir:
“Sí, yo estuve allí.”
O:
“Eso no ocurrió así.”
Lucas tuvo acceso a esa generación.
Por eso su introducción posee tanta importancia.
Él afirma haber acudido precisamente a:
“los que desde el principio lo vieron con sus ojos.”
Cuando abrimos el Evangelio de Lucas vemos qué clase de acontecimientos decidió registrar después de su investigación.
Registró las enseñanzas de Jesús.
Registró sus sanidades.
Registró la pesca milagrosa.
Registró la tempestad calmada.
Registró expulsiones de demonios.
Registró la resurrección del hijo de la viuda de Naín.
Registró la hija de Jairo.
Registró la transformación de Zaqueo.
Registró la curación de Malco durante el arresto de Jesús.
Registró la crucifixión.
Y registró la resurrección.
Por tanto, Lucas no investigó solamente una afirmación final.
Investigó:
la vida y el ministerio de Jesucristo.
Y después de investigar, no escribió un libro desenmascarando una colección de exageraciones.
Escribió uno de los testimonios más completos que poseemos acerca de Jesús.
Lucas presenta a Jesucristo con una autoridad extraordinaria.
En su Evangelio, Jesús es llamado:
“Señor”.
Los ángeles anuncian acerca de su nacimiento:
“Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.”
Lucas 2:11
Lucas registra cómo la gente se pregunta:
“¿Quién es éste, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?”
Lucas 8:25
Lo presenta perdonando pecados.
Dominando el mundo espiritual.
Sanando cuerpos.
Levantando muertos.
Conociendo lo que sucedería.
Y finalmente venciendo la muerte.
Lucas comenzó investigando.
Y el resultado de su investigación fue un Evangelio que presenta a Jesucristo como:
Señor, Salvador y Mesías.
Existe otro detalle interesante.
Cuando Pablo presentó su defensa delante del rey Agripa, habló de la muerte y resurrección de Jesús y dijo:
“Pues el rey sabe estas cosas, delante de quien también hablo con toda confianza. Porque no pienso que ignora nada de esto; pues no se ha hecho esto en algún rincón.”
Hechos 26:26
Qué expresión tan significativa:
“No se ha hecho esto en algún rincón.”
El cristianismo primitivo no presentaba sus afirmaciones como acontecimientos secretos conocidos únicamente por un pequeño grupo aislado.
Jesús había enseñado públicamente.
Había recorrido pueblos y ciudades.
Multitudes lo habían visto.
Sus enfrentamientos con las autoridades habían sido públicos.
Su crucifixión había sido pública.
Y sus seguidores proclamaban su mensaje públicamente.
Al hablar de las apariciones del Cristo resucitado, Pablo hizo algo particularmente audaz.
Escribió que Jesús:
“Apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún.”
1 Corintios 15:6
Observe la última expresión:
“muchos viven aún.”
¿Por qué mencionar eso?
Porque todavía había personas que podían ser consultadas.
Pablo estaba escribiendo dentro de una generación en la que muchos testigos seguían vivos.
La afirmación quedaba expuesta al examen de sus contemporáneos.
No necesitamos afirmar más de lo que la evidencia permite.
No conocemos con la misma certeza histórica cómo murió cada uno de los Doce.
Algunas tradiciones son tempranas.
Otras son posteriores.
Pero eso no cambia el punto principal.
Sabemos que el movimiento cristiano enfrentó persecución muy temprano.
Sabemos por Hechos que los apóstoles fueron arrestados, amenazados y golpeados.
Sabemos que Jacobo fue ejecutado.
Tenemos testimonios antiguos acerca del sufrimiento y muerte de Pedro y Pablo.
Y sabemos que, pese a todo aquello:
el testimonio no cambió.
No apareció Pedro diciendo:
“Lo inventamos.”
No apareció Juan diciendo:
“Los milagros nunca ocurrieron.”
No apareció un movimiento apostólico arrepentido confesando que había fabricado la historia.
Continuaron diciendo:
“Lo hemos visto y oído.”
Vale la pena recordar qué obtuvieron.
No fundaron un reino político.
No ocuparon palacios.
No recibieron puestos dentro del Imperio.
No se hicieron ricos gracias a una estructura de poder.
Mateo dejó su fuente de ingresos.
Pedro abandonó repetidamente sus redes.
Pablo perdió la posición que tenía como perseguidor celoso del movimiento.
Y a cambio encontraron:
oposición,
golpes,
cárceles,
persecución,
y para algunos:
la muerte.
No demuestra automáticamente que cada afirmación sea verdadera.
Pero sí demuestra algo muy importante:
no se comportaron como hombres que sabían que estaban sosteniendo una farsa.
Aquí podemos distinguir dos grupos extraordinariamente importantes.
Primero: los testigos presenciales.
Pedro.
Juan.
Jacobo.
Los demás discípulos.
Personas que afirmaron haber estado allí.
Segundo: el investigador.
Lucas.
Un hombre que no se conformó simplemente con recibir una historia.
Buscó los testimonios.
Investigó:
“con diligencia todas las cosas desde su origen.”
Y llegó a la misma historia fundamental.
Jesús no era simplemente un rabino.
Era el Cristo.
El Señor.
El Salvador.
Pensemos en todo lo que hemos estudiado.
La tormenta calmada.
Jesús caminando sobre las aguas.
El agua convertida en vino.
Los panes multiplicados.
Los peces respondiendo.
Los cuerpos restaurados.
Las vidas transformadas.
Los muertos levantados.
Sus palabras acerca de sí mismo.
Sus profecías.
Su muerte.
Su resurrección.
No fueron historias atribuidas a Jesús por primera vez muchos siglos después.
Fueron proclamadas dentro de la generación de quienes decían haberlo conocido.
Los testigos aceptaron sufrir antes que negar aquello que afirmaban haber visto.
Y Lucas, en lugar de aceptar todo ciegamente, investigó a quienes:
“desde el principio lo vieron con sus ojos.”
Después escribió.
Cada lector deberá responder por sí mismo.
Pero existe una explicación que se vuelve cada vez más difícil de sostener:
que todo fue simplemente inventado por hombres que sabían que era mentira.
Sus vidas no parecen las vidas de hombres intentando proteger un fraude.
Parecen las vidas de personas profundamente convencidas de haber presenciado algo extraordinario.
Y Lucas añade otra capa.
Él no había estado en todas aquellas escenas.
Por eso investigó.
Buscó a quienes sí estuvieron.
Comparó.
Ordenó.
Escribió.
Y terminó presentándonos al mismo Jesucristo que encontramos en los demás Evangelios:
el Señor que tiene autoridad sobre la naturaleza, el cuerpo, los demonios, la vida y la muerte.
Eso no obliga a nadie a creer.
Pero sí nos invita a tomar muy en serio el testimonio.
Porque cuanto más examinamos a los hombres que contaron aquellas historias, más difícil resulta pensar que simplemente estaban jugando con una mentira.
Ellos dijeron:
“Lo vimos.”
Lucas dijo:
“Lo investigué.”
Y ambos caminos terminaron apuntando hacia la misma persona:
Jesucristo.
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