Por el Dr. Elio M Rivera
No solamente sanaba enfermedades: restauraba cuerpos
Cuando hablamos de los milagros de Jesucristo solemos utilizar una expresión general:
Jesús sanaba enfermos.
Es verdad.
Pero esa frase puede quedarse corta.
Los Evangelios describen personas ciegas que comenzaron a ver, paralíticos que volvieron a caminar y cuerpos gravemente dañados que fueron restaurados. Incluso utilizan vocabulario que puede incluir a personas lisiadas o mutiladas.
Esto merece nuestra atención porque existe una enorme diferencia entre curar una enfermedad y restaurar una parte corporal dañada o perdida.
Podemos administrar un medicamento y eliminar una infección.
Podemos realizar una cirugía y reparar determinados tejidos.
Podemos colocar una prótesis cuando una extremidad ha sido amputada.
Pero si un hombre ha perdido una mano, la medicina no puede ordenarle:
“Vuelve a crecer.”
Si ha perdido parte de una extremidad, no podemos simplemente reconstruirla instantáneamente con una palabra.
Y, sin embargo, algunos de los relatos acerca de Jesús nos introducen precisamente en el terreno de la restauración corporal.
Esto nos lleva nuevamente a nuestra pregunta:
¿Qué esperaríamos del Creador del cuerpo humano?

Jesús restaura la oreja de Malco
Los cojos y los mancos fueron llevados ante Jesús
Mateo describe una escena extraordinaria:
“Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó.”
Mateo 15:30
Después describe lo que la multitud contempló:
“De manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel.”
Mateo 15:31
Detengámonos aquí.
Mateo distingue diferentes clases de personas.
Ciegos.
Mudos.
Cojos.
Y aquellos que la Reina-Valera 1960 traduce como:
“mancos”.
La palabra utilizada por Mateo es particularmente interesante
El término griego relacionado con “mancos” en este pasaje es κυλλός (kyllos).
La palabra puede describir a alguien lisiado, mutilado o privado del uso —e incluso de una parte— de una extremidad.
Por eso no debemos reducir automáticamente la escena a personas que simplemente tenían dolor en una mano.
Entre aquellas multitudes podían encontrarse personas con deformidades graves, extremidades mutiladas o partes corporales ausentes.
Al mismo tiempo, el texto no nos permite afirmar que cada “manco” había perdido completamente una mano ni que cada “cojo” carecía de una pierna. Lo importante es que el lenguaje empleado abarca condiciones mucho más graves que una simple molestia física.
Y Mateo dice que:
“los mancos [eran] sanados.”
La multitud podía observar el resultado.
Por eso:
“se maravillaba”.
¿Qué significa restaurar un miembro mutilado?
Aquí el milagro adquiere otra dimensión.
Si falta tejido corporal, sanar no significa solamente eliminar dolor.
Se necesita materia.
Hueso.
Músculo.
Tendones.
Ligamentos.
Vasos sanguíneos.
Nervios.
Piel.
Cada estructura debe encontrarse en el lugar correcto.
Cada una debe integrarse con aquello que ya existe.
Y todo debe funcionar conjuntamente.
Cuando existe pérdida real de tejido, una restauración instantánea implica algo que se aproxima mucho más a reconstrucción que a una simple curación.
Y aquí comenzamos a ver una conexión extraordinaria con nuestro artículo anterior.
En Caná contemplamos a Jesús manifestando autoridad sobre la materia.
Ahora contemplamos esa autoridad frente a la materia organizada de un cuerpo humano.
Malco: una parte del cuerpo cortada por una espada
Pero existe un episodio donde no tenemos que preguntarnos si había una lesión traumática.
Lo sabemos.
Ocurrió durante el arresto de Jesús.
Juan identifica incluso al hombre:
“Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco.”
Juan 18:10
Aquí no tenemos una enfermedad.
Tenemos una espada.
Tenemos un golpe.
Tenemos una oreja cortada.
Tenemos pérdida traumática de tejido.
Y tenemos incluso el nombre del hombre:
Malco.
Jesús tocó la herida y la restauró
Lucas registra lo que sucedió inmediatamente después:
“Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó.”
Lucas 22:51
La sencillez de la descripción resulta impresionante.
“Tocando su oreja, le sanó.”
No hubo cirugía.
No hubo suturas.
No hubo vendajes.
No hubo semanas de cicatrización.
No hubo reconstrucción quirúrgica.
Jesús tocó al hombre.
Y la lesión fue sanada.
Pensemos anatómicamente en lo ocurrido con Malco
Una oreja no es simplemente piel.
Posee cartílago que determina su forma.
Está recubierta de piel.
Contiene tejido conjuntivo.
Posee vasos sanguíneos.
Posee terminaciones nerviosas.
Todo ello forma una estructura tridimensional extraordinariamente particular.
Una espada había cortado aquella región.
Había destrucción de tejidos.
Había vasos seccionados.
Había una herida abierta.
Y Jesús la restauró inmediatamente.
Donde había una lesión producida por una espada:
volvió a haber integridad corporal.
El hombre de la mano seca
Otro acontecimiento nos permite observar una restauración visible.
Jesús encontró en una sinagoga:
“un hombre que tenía seca una mano.”
Mateo 12:10
Una mano atrofiada durante un período prolongado puede presentar pérdida muscular, deformidad, limitación de movimiento y deterioro funcional.
Jesús no comenzó una terapia.
Simplemente dijo:
“Extiende tu mano.”
Mateo 12:13
Y entonces:
“Él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra.”
Mateo 12:13
Mateo utiliza una comparación extraordinariamente clara:
“sana como la otra.”
Una mano estaba dañada.
La otra estaba sana.
Después de la intervención de Jesús, ambas podían compararse.
La restauración era visible.
Y después encontramos al hombre de treinta y ocho años
Juan nos lleva al estanque de Betesda.
Allí había:
“una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos.”
Juan 5:3
Entre ellos se encontraba:
“un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.”
Juan 5:5
Treinta y ocho años.
Es difícil comprender lo que significa para un cuerpo humano permanecer incapacitado durante tanto tiempo.
Décadas de deterioro.
Décadas sin actividad normal.
Décadas sin caminar normalmente.
Y Jesús sabía perfectamente cuánto tiempo llevaba así:
“Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así…”
Juan 5:6
Treinta y ocho años no desaparecen mediante rehabilitación instantánea
Una inmovilidad prolongada afecta profundamente al cuerpo.
Los músculos pierden volumen y fuerza.
Los huesos pueden debilitarse.
Las articulaciones pierden movilidad.
El equilibrio se deteriora.
La coordinación necesaria para caminar disminuye.
Después de períodos relativamente breves de inmovilización, muchas personas necesitan rehabilitación.
Este hombre llevaba treinta y ocho años enfermo.
Entonces Jesús le dijo:
“Levántate, toma tu lecho, y anda.”
Juan 5:8
Y ocurrió:
“Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo.”
Juan 5:9
Juan no dice que comenzó a mejorar.
Dice:
“al instante”.
No solamente se puso de pie: caminó cargando su lecho
Este detalle es extraordinario.
Para caminar necesitamos mucho más que dos piernas.
Se requiere fuerza muscular.
Huesos capaces de soportar el peso.
Articulaciones funcionales.
Nervios transmitiendo información.
Equilibrio.
Coordinación.
Propiocepción.
Control cerebral de movimientos complejos.
Todo debe funcionar conjuntamente.
Pero Jesús no solamente dijo al hombre que se levantara.
Le ordenó:
“Toma tu lecho.”
Y eso hizo.
El hombre que había estado acostado ahora podía levantarse, caminar y cargar aquello que durante años lo había cargado a él.
Jesús no necesitaba tiempo para reparar
Aquí encontramos una característica que se repite una y otra vez.
Nosotros necesitamos tiempo.
Una cirugía necesita tiempo.
La cicatrización necesita tiempo.
La rehabilitación necesita tiempo.
El fortalecimiento muscular necesita tiempo.
Pero cuando Jesús ejercía su autoridad, el tiempo necesario para los procesos naturales dejaba de ser una barrera.
Al hombre de Betesda:
“Levántate.”
Y se levantó.
Al hombre de la mano seca:
“Extiende tu mano.”
Y quedó restaurada.
A Malco:
Lo tocó.
Y lo sanó.
A las multitudes de cojos, mancos y personas con cuerpos gravemente dañados:
“los sanó.”
Aquí aparece nuevamente el poder creador
En el artículo anterior vimos algo extraordinario.
El agua se convirtió en vino.
Materia organizada de una determinada manera apareció donde antes no existía de esa forma.
Ahora estamos frente al cuerpo humano.
Cuando hablamos de restaurar tejido mutilado, entramos nuevamente en el terreno de la materia.
Pero esta vez es muchísimo más compleja.
No basta con producir materia.
Debe ser materia viva.
Debe poseer la estructura correcta.
Debe conectarse con nervios.
Debe recibir sangre.
Debe integrarse con músculos y huesos.
Debe responder al cerebro.
Debe funcionar.
¿Quién podría realizar semejante restauración instantáneamente?
La respuesta nos lleva directamente a la pregunta que guía esta serie:
¿Qué esperaríamos del Creador del cuerpo humano?
“Tú formaste mis entrañas”
David escribió:
“Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.”
Salmo 139:13
Para nosotros, el cuerpo humano es extraordinariamente complejo.
Todavía existen innumerables procesos que continuamos investigando.
Pero el Creador no necesita estudiar el cuerpo.
Él lo diseñó.
Conoce perfectamente cada hueso.
Cada músculo.
Cada vaso.
Cada nervio.
Cada tejido.
Cada célula.
Por eso resulta profundamente significativo que Juan declare acerca de Cristo:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3
Y Pablo escriba:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas.”
Colosenses 1:16
El que creó el cuerpo humano tenía autoridad para restaurarlo.
Del daño a la integridad
Coloquemos finalmente las escenas una junto a otra.
Un hombre llevaba treinta y ocho años incapacitado.
Caminó.
Un hombre tenía una mano atrofiada.
Fue restaurada sana como la otra.
Cojos y personas gravemente lisiadas eran llevados ante Jesús.
Andaban.
Mancos y mutilados eran colocados a sus pies.
Eran sanados.
Una espada cortó la oreja de Malco.
Jesús la tocó.
Y lo sanó.
No estamos contemplando solamente el alivio del dolor.
Estamos contemplando la restauración de aquello que estaba físicamente dañado.
¿Qué clase de autoridad estamos contemplando?
El viento obedeció a Jesús.
El mar obedeció a Jesús.
Las aguas sostuvieron sus pasos.
El agua se convirtió en vino.
Y ahora el cuerpo humano responde a su palabra.
Tejidos dañados.
Extremidades atrofiadas.
Personas lisiadas.
Lesiones traumáticas.
Décadas de incapacidad.
Nada de aquello representaba una barrera para Jesucristo.
Y nuevamente encontramos una característica que esperaríamos encontrar en Dios:
poder para restaurar su propia creación.
Pero todavía queda una frontera mucho mayor.
Una cosa es restaurar tejido que todavía tiene vida.
Otra muy diferente es encontrarse frente a un cuerpo en el cual la vida ya se ha extinguido.
Jesucristo también estuvo frente a esa frontera.
Y cuando lleguemos allí veremos que incluso la muerte escuchaba su voz.
Referencias bíblicas
- Mateo 15:29-31 — Las multitudes llevan ante Jesús “cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos”. Mateo afirma que Jesús “los sanó” y que la multitud contempló “a los mancos sanados, a los cojos andar”.
- Mateo 12:9-13 — Jesús restaura la mano seca de un hombre: “Extiende tu mano”. Mateo declara que “le fue restaurada sana como la otra”.
- Marcos 3:1-5 — Relato paralelo de la restauración del hombre que tenía la mano seca.
- Lucas 6:6-10 — Lucas también registra la restauración de la mano del hombre.
- Juan 5:1-9 — Jesús encuentra en Betesda a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Le dice: “Levántate, toma tu lecho, y anda”, y “al instante” el hombre es sanado y camina.
- Juan 18:10-11 — Pedro hiere con una espada a Malco, siervo del sumo sacerdote, y le corta la oreja derecha.
- Lucas 22:50-51 — Durante el arresto de Jesús, la oreja del siervo del sumo sacerdote es herida. Jesús interviene: “Y tocando su oreja, le sanó.”
- Salmo 139:13-16 — “Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre.”
- Juan 1:1-3, 14 — El Verbo por quien “todas las cosas” fueron hechas se hizo carne y habitó entre nosotros.
- Colosenses 1:16-17 — Acerca de Cristo: “En él fueron creadas todas las cosas” y “todas las cosas en él subsisten”.
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