04. Cuando hasta el viento y el mar obedecieron a Jesús

Por el Dr. Elio M Rivera

¿Qué esperaríamos que ocurriera si el Creador estuviera dentro de una barca?

  En los artículos anteriores establecimos una manera sencilla de examinar las afirmaciones de Jesucristo. Si Jesús afirmó poseer una identidad divina, entonces no basta con estudiar solamente lo que dijo. También debemos observar lo que hizo.

  Y una de las características que razonablemente esperaríamos encontrar en Dios sería autoridad sobre la naturaleza.

  Los seres humanos hemos aprendido muchísimo acerca del mundo natural. Podemos estudiar la atmósfera, medir la velocidad del viento, observar las nubes, anticipar tormentas y construir embarcaciones capaces de soportar condiciones extraordinariamente difíciles.

  Pero existe una diferencia enorme entre comprender una tormenta y ordenarle que se detenga.

  Un meteorólogo puede anunciar que viene una tormenta.

  Un marinero experimentado puede intentar atravesarla.

  Un científico puede explicar cómo se formó.

  Pero ninguno puede levantarse frente al viento y decir:

“Calla, enmudece”.

  Y esperar que la naturaleza obedezca.

  Sin embargo, los Evangelios afirman que eso fue precisamente lo que hizo Jesús.

Una noche en el mar de Galilea

  El acontecimiento aparece registrado en Mateo, Marcos y Lucas, lo cual nos permite comparar tres relatos del mismo episodio.

  Marcos proporciona algunos detalles particularmente interesantes.

  Después de un día de enseñanza, Jesús dijo a sus discípulos:

“Pasemos al otro lado.”
Marcos 4:35

  Subieron a la embarcación y comenzaron a cruzar el mar de Galilea.

  Entonces ocurrió algo peligroso:

“Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.”
Marcos 4:37

  No se trataba simplemente de una lluvia incómoda.

  Marcos describe una gran tempestad de viento.

  Las olas golpeaban la embarcación y el agua comenzaba a entrar.

  Lucas confirma la gravedad de la situación:

“Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban.”
Lucas 8:23

  La última palabra es importante:

Peligraban.

  Los discípulos entendieron que podían morir.

El mar de Galilea puede cambiar rápidamente

  La geografía ayuda a comprender la escena.

  El mar de Galilea es realmente un gran lago de agua dulce situado en una depresión, a más de doscientos metros por debajo del nivel del mar. Está rodeado en buena parte por terrenos elevados.

  Las diferencias de temperatura y presión entre las regiones circundantes y la superficie del lago pueden producir vientos fuertes y cambios rápidos en las condiciones del agua.

  Por tanto, una tormenta repentina en el mar de Galilea no constituye un elemento fantástico añadido a la narración.

  Es perfectamente compatible con la geografía del lugar.

  Pero aquella tormenta tenía algo especialmente preocupante.

  Entre los hombres que estaban dentro de la barca había pescadores.

  Pedro, Andrés, Jacobo y Juan conocían aquellas aguas.

  No eran turistas sorprendidos por unas cuantas olas.

  Eran hombres acostumbrados a navegar y pescar en el mar de Galilea.

  Si ellos estaban aterrorizados, debemos tomar seriamente la magnitud del peligro.

Mientras todos luchaban contra la tormenta, Jesús dormía

  Entonces encontramos uno de los contrastes más sorprendentes del relato.

  Mientras la embarcación se llenaba de agua y los discípulos temían por sus vidas:

“Él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal.”
Marcos 4:38

  Jesús dormía.

  Después de un día agotador de actividad y enseñanza, su cuerpo necesitaba descanso.

  Aquí observamos nuevamente algo extraordinario acerca de Jesucristo.

  Los Evangelios no presentan a un personaje que simplemente aparentaba ser humano.

  Jesús experimentaba cansancio.

  Dormía.

  Tenía un verdadero cuerpo humano.

  Pero en unos segundos aquellos hombres iban a presenciar algo que ningún hombre ordinario podía hacer.

  Desesperados, lo despertaron:

“Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?”
Marcos 4:38

  Mateo conserva la angustia de los discípulos con otras palabras:

“¡Señor, sálvanos, que perecemos!”
Mateo 8:25

  Ellos sabían que estaban en peligro.

  Pero probablemente todavía no comprendían completamente quién estaba dentro de aquella barca.

Jesús no pidió que la tormenta se detuviera

  Aquí llegamos al detalle central del acontecimiento.

  Jesús se levantó.

  Pero observe cuidadosamente lo que no hizo.

  El relato no dice que Jesús levantó las manos al cielo y pidió:

“Padre, por favor, detén esta tormenta.”

  Tampoco describe una ceremonia.

  No encontramos un ritual.

  No encontramos instrumentos.

  No encontramos ningún esfuerzo humano para controlar la naturaleza.

  Marcos dice:

“Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece.”
Marcos 4:39

  Jesús habló directamente al viento y al mar.

  No aparece como alguien intentando convencer a la naturaleza.

  Aparece dando una orden.

“Calla.”

“Enmudece.”

  Y entonces sucedió:

“Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.”
Marcos 4:39

No solamente cesó el viento

  Hay un detalle que fácilmente podemos pasar por alto.

  Marcos no dice solamente que el viento disminuyó.

  Dice que:

“se hizo grande bonanza.”

  Esto resulta especialmente interesante.

  Cuando un viento fuerte deja de soplar sobre una gran superficie de agua, las olas producidas por ese viento no necesariamente desaparecen en el mismo instante. El agua conserva movimiento y necesita tiempo para disipar la energía acumulada.

  Pero el relato presenta una transición extraordinariamente rápida:

gran tempestad → orden de Jesús → grande bonanza.

  El viento cesó.

  Y el mar se calmó.

  Jesús no solamente parecía tener autoridad sobre aquello que producía las olas.

  El resultado completo quedó bajo su autoridad.

¿Quién puede hacer algo semejante?

  La Biblia hebrea contiene numerosos pasajes donde precisamente esta clase de autoridad pertenece a Dios.

  El Salmo 89 declara:

“Tú tienes dominio sobre la braveza del mar;
Cuando se levantan sus ondas, tú las sosiegas.”

Salmo 89:9

  El Salmo 107 describe a hombres atrapados en una tormenta:

“Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso,
Que encrespa sus ondas.”

Salmo 107:25

  Los navegantes temen por sus vidas y claman a Jehová.

  Entonces ocurre esto:

“Cambia la tempestad en sosiego,
Y se apaciguan sus ondas.”

Salmo 107:29

  Observe la semejanza.

  En el Antiguo Testamento, Dios tiene dominio sobre el mar y sosiega sus ondas.

  En los Evangelios, Jesús se encuentra en una embarcación en medio de una tempestad, habla al viento y al mar, y:

“se hizo grande bonanza.”

  Para un lector familiarizado con las Escrituras hebreas, la escena debía resultar profundamente significativa.

Los discípulos hicieron exactamente la pregunta correcta

  Después de calmar la tormenta, Jesús preguntó:

“¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?”
Marcos 4:40

  Pero la reacción de los discípulos es todavía más interesante.

  Uno podría imaginar que después de desaparecer el peligro todos comenzarían a celebrar.

  No ocurrió así.

  Marcos dice:

“Entonces temieron con gran temor.”
Marcos 4:41

  Primero tuvieron miedo de la tormenta.

  Ahora tenían otro tipo de temor.

  Porque acababan de observar algo que no podían explicar.

  Y se preguntaban unos a otros:

“¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”
Marcos 4:41

  Esa pregunta constituye el corazón de todo el acontecimiento.

¿Quién es éste?

  No preguntaron:

¿Cómo hizo esto?

  Preguntaron:

¿Quién es?

  Porque comprendieron que el problema ya no era simplemente meteorológico.

  El problema era la identidad del hombre que estaba dentro de la barca.

Un profeta podía pedir un milagro; Jesús dio una orden

  En las Escrituras encontramos profetas mediante los cuales Dios realizó acontecimientos extraordinarios.

  Moisés extendió su mano sobre el mar Rojo, pero el texto deja claro quién realizó el milagro:

“E hizo Jehová que el mar se retirase.”
Éxodo 14:21

  Elías también oró a Dios antes de que descendiera fuego del cielo.

  Los profetas dependían del poder de Dios.

  Pero la escena del mar de Galilea tiene una característica notable.

  Jesús simplemente se levantó y dio una orden.

  “Calla.”

  “Enmudece.”

  Y la naturaleza obedeció.

  Esto no significa que debamos construir toda la doctrina de la divinidad de Cristo a partir de un solo milagro. Esa no es la intención de esta serie.

  Estamos acumulando evidencia.

  Una pieza.

  Después otra.

  Y después otra.

 “¿Quién es éste?”

  El episodio de calmar la tormenta no aparece como una historia aislada dentro de los Evangelios.

  Forma parte de un conjunto mucho mayor de acontecimientos en los que Jesús manifiesta autoridad sobre la enfermedad, la materia, el mundo espiritual, el cuerpo humano y finalmente la muerte.

¿Qué esperaríamos de Dios?

  Regresemos a nuestra pregunta inicial.

  Si Dios es realmente el Creador de la naturaleza, ¿esperaríamos que estuviera indefenso frente a ella?

  ¿Esperaríamos que el viento estuviera fuera de su autoridad?

  ¿Esperaríamos que las olas fueran más poderosas que Él?

  La Biblia responde:

“Tú tienes dominio sobre la braveza del mar.”
Salmo 89:9

  Y ahora encontramos a Jesús frente a un mar embravecido.

  No construyó una barrera.

  No huyó de la tormenta.

  No esperó simplemente a que terminara.

  Le habló.

  Y el viento y el mar obedecieron.

La pregunta continúa abierta

  En esta serie estamos investigando si las obras de Jesús corresponden con las afirmaciones extraordinarias que hizo acerca de sí mismo.

  Ya establecimos el criterio:

Si Jesús realmente es Dios, deberíamos encontrar en Él una autoridad que trascienda las capacidades humanas.

  Ahora tenemos otra pieza de evidencia.

  Según tres Evangelios, Jesús estuvo frente a una fuerza natural completamente fuera del control humano y la naturaleza respondió a su palabra.

  Por eso quizá la mejor conclusión de este artículo no sea nuestra.

  Es la de aquellos hombres que estaban dentro de la barca.

  Ellos conocían el mar.

  Ellos experimentaron la tormenta.

  Ellos sintieron el agua entrando en la embarcación.

  Ellos escucharon las palabras de Jesús.

  Y ellos contemplaron la calma que siguió.

  Su pregunta atravesó los siglos y llega hasta nosotros:

“¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”

  Esa es precisamente la pregunta que esta serie intenta responder.

Referencias bíblicas

  • Mateo 8:23-27 — Relato de Jesús calmando la tempestad. Los discípulos preguntan: “¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?”
  • Marcos 4:35-41 — Relato detallado de la tempestad. Jesús ordena al mar: “Calla, enmudece”, el viento cesa y se produce una gran bonanza.
  • Lucas 8:22-25 — Lucas señala que la embarcación se anegaba y los discípulos estaban en peligro. Jesús reprende al viento y a las olas, y sobreviene la calma.
  • Éxodo 14:21 — Dios divide el mar durante el éxodo de Israel: “E hizo Jehová que el mar se retirase”.
  • Salmo 65:7 — “El que sosiega el estruendo de los mares, el estruendo de sus ondas.”
  • Salmo 89:9 — “Tú tienes dominio sobre la braveza del mar; cuando se levantan sus ondas, tú las sosiegas.”
  • Salmo 107:23-30 — Describe a navegantes atrapados en una tempestad que claman a Jehová: “Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas.”
  • Jonás 1:4-16 — Una tempestad en el mar muestra nuevamente, dentro del Antiguo Testamento, que el viento y el mar se encuentran bajo la soberanía de Dios.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.