En la serie anterior examinamos una pregunta extraordinariamente importante: ¿qué afirmó Jesucristo acerca de sí mismo? Estudiamos sus palabras, la manera en que habló de su relación con el Padre, la autoridad que reclamó y aquellas declaraciones que llevaron a quienes lo escuchaban a comprender que Jesús estaba atribuyéndose una identidad que iba mucho más allá de la de un maestro, profeta o líder religioso.
Pero ahora debemos dar un paso más.
Porque una cosa es afirmar algo acerca de uno mismo, y otra muy diferente es demostrar que esa afirmación es verdadera.
Cualquier persona podría afirmar poseer poderes extraordinarios. Alguien podría incluso decir que viene de Dios o que posee autoridad divina. Las palabras, por sí solas, no serían suficientes para demostrarlo.
Por eso, en esta nueva serie no queremos preguntarnos solamente:
Queremos formular una pregunta todavía más difícil:
¿Pudo demostrarlo?
Y para responderla necesitamos establecer primero un criterio razonable.
Supongamos por un momento que todavía no hemos examinado los milagros de Jesús. Supongamos que simplemente nos hacemos esta pregunta:
Si Dios entrara en nuestro mundo y caminara entre nosotros como hombre, ¿qué esperaríamos encontrar en Él?
¿Qué debería poder hacer?
¿Qué debería conocer?
¿Estaría sometido completamente a las mismas limitaciones que nosotros?
¿O esperaríamos encontrar en Él capacidades que ningún ser humano posee por naturaleza?
Antes de examinar a Jesucristo, establezcamos las reglas.
Cuando hablamos de Dios en el sentido bíblico, no estamos hablando simplemente de un ser extremadamente poderoso.
Un ángel puede ser más poderoso que un hombre y, sin embargo, no es Dios. Un gobernante puede ejercer enorme autoridad y tampoco es Dios. Incluso un ser capaz de realizar algo que nosotros no comprendemos no se convierte automáticamente en Dios.
La Biblia presenta a Dios como el Ser supremo, eterno, creador y sustentador de todo cuanto existe. No recibió la existencia de otro. No pertenece al universo como una criatura más dentro de él. Por el contrario, el universo depende de Él.
La Escritura comienza con una declaración sencilla y monumental:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Génesis 1:1
Antes de la tierra, antes de los océanos, antes del Sol y las estrellas, antes de cualquier ser humano, Dios ya era.
Moisés lo expresó de una manera extraordinaria:
“Antes que naciesen los montes
Y formases la tierra y el mundo,
Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.”
Salmo 90:2
Por tanto, si alguien afirma poseer naturaleza divina, resulta razonable preguntarnos si encontramos en él características correspondientes a Dios.
¿Cuáles serían esas características?
Primero: esperaríamos que Dios fuera eterno.
Nosotros tenemos un comienzo. Nacemos, vivimos durante determinado número de años y morimos. Nuestra existencia está limitada por el tiempo.
Pero Dios no comenzó a existir cuando comenzó el universo.
Él existía antes.
Por eso, si Jesucristo realmente posee naturaleza divina, deberíamos encontrar algo extraordinario en la manera en que habla de su propia existencia. ¿Se consideró simplemente un hombre cuyo comienzo ocurrió en Belén, o afirmó una existencia anterior a su nacimiento humano?
Esa será una de las preguntas que tendremos que investigar.
Segundo: esperaríamos que Dios conociera aquello que nosotros no podemos conocer.
Nuestro conocimiento es limitado.
Podemos observar el rostro de una persona, escuchar sus palabras y estudiar su comportamiento, pero no podemos entrar en su mente y conocer con absoluta certeza lo que está pensando.
Dios, según la Biblia, sí puede hacerlo.
“Pues aún no está la palabra en mi lengua,
Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.”
Salmo 139:4
Si Jesús es quien afirmó ser, entonces sería razonable preguntarnos:
¿Demostró conocer cosas que un hombre ordinario no podía conocer?
¿Conoció pensamientos?
¿Conoció intenciones escondidas?
¿Sabía cosas que nadie le había contado?
Tercero: esperaríamos que Dios conociera el futuro.
Nosotros podemos hacer predicciones. Podemos estudiar tendencias, calcular probabilidades y anticipar razonablemente algunas cosas.
Pero no conocemos verdaderamente el futuro.
La Biblia presenta este conocimiento como una característica extraordinaria de Dios:
“Que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho.”
Isaías 46:10
Entonces tendremos que preguntar:
¿Jesús conoció acontecimientos antes de que sucedieran?
¿Predijo solamente cosas generales, o anunció acontecimientos concretos relacionados con personas, circunstancias e incluso con su propia muerte?
Cuarto: esperaríamos que Dios tuviera poder creador.
Los seres humanos podemos fabricar cosas, pero fabricar y crear no significan exactamente lo mismo.
Podemos tomar madera y construir una mesa. Podemos tomar metales y fabricar una máquina. Podemos combinar sustancias y producir nuevos materiales.
Pero siempre comenzamos con algo que ya existe.
La Biblia atribuye a Dios un poder incomparable:
“Porque él dijo, y fue hecho;
Él mandó, y existió.”
Salmo 33:9
Cuando estudiemos a Jesús tendremos que observar cuidadosamente algunos acontecimientos extraordinarios.
¿Qué ocurrió cuando unos cuantos panes alimentaron a miles de personas?
¿Qué ocurrió cuando el agua se convirtió en vino?
¿Estamos solamente frente a hechos inexplicables, o existen indicios de una autoridad mucho más profunda sobre la materia?
Quinto: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre la naturaleza.
Podemos estudiar la naturaleza.
Podemos pronosticar una tormenta.
Podemos protegernos parcialmente de ella.
Pero no podemos salir en medio de un huracán y decirle al viento:
“Detente”.
No podemos ordenar al océano que permanezca quieto.
Sin embargo, la Biblia presenta a Dios como Señor de la naturaleza:
“Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso,
Que encrespa sus ondas.”
Salmo 107:25
Y después declara:
“Cambia la tempestad en sosiego,
Y se apaciguan sus ondas.”
Salmo 107:29
Esto hace especialmente interesante aquella noche en que Jesús estaba en una barca mientras una violenta tormenta aterrorizaba a sus discípulos.
La pregunta no será solamente qué ocurrió, sino:
¿Quién tiene autoridad para ordenar al viento y al mar que se detengan?
Sexto: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre el mundo físico y la materia.
Vivimos dentro de un universo que funciona de acuerdo con propiedades físicas extraordinariamente constantes.
No decidimos cuánto pesaremos gravitacionalmente mañana. No podemos modificar a voluntad la densidad del agua para caminar sobre ella. Tampoco podemos convertir agua en otra sustancia simplemente pronunciando una orden.
Nosotros estamos sometidos a las condiciones físicas de nuestro mundo.
Pero si Dios es el Creador de ese mundo, resulta razonable esperar que el Creador no esté limitado frente a su creación de la misma manera que nosotros.
Esto hará que algunos acontecimientos de la vida de Jesús resulten particularmente interesantes.
Transformó agua en vino.
Multiplicó alimentos.
No utilizaremos expresiones sensacionalistas ni afirmaremos más de lo que los textos permiten. Simplemente examinaremos los acontecimientos y preguntaremos:
¿Qué clase de autoridad estamos observando?
Séptimo: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre el cuerpo humano y la enfermedad.
El cuerpo humano posee una complejidad extraordinaria.
Cuando un nervio está destruido, cuando un ojo no puede ver, cuando una persona está paralizada o cuando un tejido se encuentra gravemente enfermo, restaurarlo puede requerir medicamentos, cirugía, rehabilitación y tiempo.
Y aun con toda nuestra medicina, existen daños que no podemos reparar.
Pero ¿qué esperaríamos del Creador del cuerpo humano?
La Biblia declara:
“Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.”
Salmo 139:13
Si Dios diseñó y formó el cuerpo humano, sería razonable pensar que tendría autoridad para restaurarlo.
Por eso examinaremos cuidadosamente algo sorprendente en Jesús: personas ciegas que recuperaron la vista, paralíticos que caminaron, leprosos que fueron limpiados y enfermos que quedaron sanos.
Y en muchos casos, la restauración fue inmediata.
Octavo: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre el mundo espiritual.
La Biblia no presenta solamente una realidad material. También habla de seres espirituales, ángeles y espíritus malignos.
Si Dios es soberano, entonces ninguna criatura espiritual puede encontrarse por encima de su autoridad.
Por eso será particularmente importante observar cómo reaccionaban los demonios frente a Jesucristo.
No solamente lo reconocían.
Le obedecían.
Y eso merece ser investigado.
Noveno: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre el pecado.
Esta característica es especialmente importante porque nos lleva más allá de los milagros físicos.
Los profetas podían anunciar el perdón de Dios, pero Jesús hizo algo que provocó inmediatamente una controversia.
Dijo a un hombre:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Marcos 2:5
Los escribas comprendieron perfectamente la gravedad de aquella declaración y pensaron:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7
Precisamente.
Esa es la pregunta.
Décimo: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre la vida y la muerte.
Aquí llegamos probablemente a la frontera más impresionante de todas.
Podemos combatir una enfermedad.
Podemos prolongar una vida.
Podemos reanimar, en circunstancias determinadas, a una persona cuyo corazón acaba de detenerse.
Pero cuando la muerte se ha establecido definitivamente, el ser humano encuentra una frontera que no puede cruzar.
Sin embargo, la Biblia declara acerca de Dios:
“Jehová mata, y él da vida.”
1 Samuel 2:6
Entonces tendremos que observar a Jesús frente a la muerte.
¿Qué ocurrió con la hija de Jairo?
¿Qué ocurrió con el hijo de la viuda de Naín?
¿Y qué ocurrió cuando Jesús se colocó delante de la tumba de un hombre que llevaba cuatro días muerto y gritó:
“¡Lázaro, ven fuera!”?
Juan 11:43
Pero todavía tendremos que enfrentarnos a una evidencia aún mayor:
¿Qué ocurrió con el propio Jesús después de su muerte?
Esto es precisamente lo que necesitábamos establecer antes de continuar.
No queremos adaptar nuestra definición de Dios a Jesucristo después de conocer los acontecimientos.
Queremos hacer lo contrario.
Primero establecemos aquello que razonablemente esperaríamos de Dios y después examinamos a Jesucristo.
Esperaríamos eternidad.
Esperaríamos conocimiento que trascienda las limitaciones humanas.
Esperaríamos conocimiento del futuro.
Esperaríamos poder creador.
Esperaríamos autoridad sobre la naturaleza.
Esperaríamos autoridad sobre la materia y el mundo físico.
Esperaríamos autoridad sobre el cuerpo humano y la enfermedad.
Esperaríamos autoridad sobre el mundo espiritual.
Esperaríamos autoridad sobre el pecado.
Y esperaríamos, finalmente, autoridad sobre la vida y la muerte.
Ahora podemos abrir los Evangelios y comenzar nuestra investigación.
No preguntaremos solamente qué dijo Jesús.
Preguntaremos qué hizo.
Y acontecimiento tras acontecimiento iremos colocando la evidencia sobre la mesa.
Al terminar esta serie regresaremos exactamente al lugar donde comenzamos y formularemos nuevamente la pregunta:
Si Jesús realmente es Dios, ¿hizo aquello que esperaríamos que Dios pudiera hacer?
Porque si un hombre afirmó una identidad extraordinaria y después manifestó autoridad sobre cosas que ningún ser humano puede controlar —la naturaleza, la materia, la enfermedad, el mundo espiritual, el pecado, la vida y la muerte— entonces sus afirmaciones merecen ser examinadas con toda seriedad.
En el próximo artículo comenzaremos con algo que ninguno de nosotros puede hacer:
conocer aquello que nadie nos ha dicho.
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En el artículo anterior establecimos algunas de las características que razonablemente esperaríamos encontrar en Dios. Una de ellas era particularmente difícil de imitar: el conocimiento del futuro.
Una persona inteligente puede anticipar ciertas consecuencias. Un militar puede calcular cómo terminará una batalla. Un economista puede hacer proyecciones. Un meteorólogo puede pronosticar una tormenta.
Pero todo eso se basa en información disponible, probabilidades y circunstancias conocidas.
Conocer acontecimientos específicos que todavía no han ocurrido es algo completamente diferente.
Y precisamente aquí encontramos una manera extraordinariamente interesante de examinar las afirmaciones de Jesucristo.
Porque si Jesús hubiera sido un farsante que pretendía poseer una identidad divina, habría cometido un enorme riesgo al hablar acerca del futuro. Una afirmación acerca de algo invisible puede ser difícil de comprobar; una profecía acerca de un acontecimiento histórico futuro puede ser contrastada con lo que finalmente ocurrió.
Por eso podemos formular una prueba sencilla:
¿Anunció Jesús acontecimientos futuros suficientemente concretos como para poder comprobarlos?
Y si lo hizo:
¿ocurrieron realmente?
No necesitamos comenzar con acontecimientos que sucedieron unas horas después de pronunciadas sus palabras. Vamos a mirar más lejos.
Décadas.
Y acontecimientos cuyas consecuencias todavía pueden observarse en la historia.

Pocas profecías de Jesús resultan tan impresionantes como sus declaraciones acerca del futuro de Jerusalén.
Al aproximarse a la ciudad, Lucas describe una escena conmovedora:
“Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella.”
Lucas 19:41
Entonces Jesús pronunció palabras terribles acerca de lo que ocurriría:
“Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti.”
Lucas 19:43-44
Observe los elementos de la predicción.
Jerusalén sería rodeada.
Sería sitiada.
Sus enemigos la estrecharían.
La ciudad sufriría una terrible destrucción.
Y sus habitantes padecerían las consecuencias.
Jesús no estaba describiendo algo que estaba ocurriendo delante de sus ojos.
Estaba hablando del futuro.
Décadas después, Jerusalén experimentaría precisamente una catástrofe de esta naturaleza.
En otra ocasión Jesús fue todavía más explícito:
“Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado.”
Lucas 21:20
Estas palabras resultan extraordinariamente concretas.
No dijo simplemente que Jerusalén tendría problemas.
No dijo solamente que algún día habría una guerra.
Habló de Jerusalén rodeada por ejércitos.
Y aproximadamente cuatro décadas después del ministerio de Jesús comenzó la gran guerra entre Judea y Roma.
En el año 66 d. C. estalló la rebelión judía contra Roma. Finalmente, las fuerzas romanas bajo el mando de Tito llegaron contra Jerusalén.
La ciudad fue rodeada.
El sitio se volvió devastador.
El hambre, la violencia y la muerte se extendieron dentro de Jerusalén.
Finalmente, en el año 70 d. C., la ciudad cayó.
El historiador judío Flavio Josefo, testigo del conflicto y nuestra principal fuente antigua para muchos detalles de aquella guerra, dejó una extensa descripción del sitio y de la destrucción de Jerusalén en su obra La guerra de los judíos.
Aquí tenemos entonces un primer punto que podemos contrastar:
Jesús anunció que Jerusalén sería rodeada por ejércitos.
La historia registra que Jerusalén terminó rodeada y sitiada por el ejército romano.
Pero Jesús hizo una predicción todavía más peligrosa.
Sus discípulos contemplaban el impresionante complejo del Templo de Jerusalén.
Marcos relata:
“Maestro, mira qué piedras, y qué edificios.”
Marcos 13:1
La respuesta de Jesús debió resultar desconcertante:
“¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.”
Marcos 13:2
Mateo conserva una declaración semejante:
“De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.”
Mateo 24:2
Para comprender la magnitud de estas palabras debemos recordar lo que representaba aquel lugar.
El Templo era el centro religioso de la nación judía.
Herodes el Grande había realizado una gigantesca ampliación del complejo. Sus estructuras, patios y enormes piedras producían admiración.
Predecir su destrucción no era una afirmación pequeña.
Y nuevamente llegó el año 70 d. C.
Durante la conquista romana de Jerusalén, el Templo fue destruido.
Josefo describe el incendio del santuario y la devastación que acompañó la caída de la ciudad.
El edificio que parecía representar permanencia desapareció.
Las palabras atribuidas a Jesús habían sido pronunciadas décadas antes.
Jesús también advirtió acerca de la magnitud del desastre:
“Porque habrá entonces gran tribulación.”
Mateo 24:21
Lucas registra:
“Porque estos son días de retribución.”
Lucas 21:22
Y después:
“Porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo.”
Lucas 21:23
Cuando leemos posteriormente la descripción de Josefo acerca del sitio de Jerusalén encontramos una situación espantosa.
El hambre alcanzó niveles extremos.
Las facciones internas luchaban entre sí.
La población quedó atrapada.
Miles murieron durante el conflicto.
La ciudad finalmente fue conquistada y devastada.
Independientemente de las discusiones sobre determinadas cifras transmitidas por las fuentes antiguas, la magnitud de la catástrofe está fuera de discusión.
Jerusalén sufrió uno de los acontecimientos más terribles de su historia.
Hasta este momento podríamos decir:
Muy bien. Jesús anunció acontecimientos que ocurrieron aproximadamente cuarenta años después.
Pero sus palabras fueron todavía más lejos.
Lucas registra:
“Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones.”
Lucas 21:24
Esta declaración amplía considerablemente el horizonte.
Jesús no habló solamente de la destrucción de una ciudad.
Habló también de dispersión.
La guerra del 66-73 d. C. produjo muerte, esclavitud y desplazamiento. Décadas después, tras la revuelta de Bar Kojba de 132-135 d. C., la situación de la población judía en Judea sufrió otro golpe devastador bajo Roma.
A lo largo de los siglos siguientes, las comunidades judías estuvieron presentes en numerosas regiones del mundo mediterráneo, Oriente Medio, Europa y posteriormente muchas otras partes del planeta.
Aquí debemos ser cuidadosos: la diáspora judía ya existía antes de Jesús. No sería históricamente correcto afirmar que comenzó exclusivamente en el año 70.
Lo extraordinario de las palabras de Jesús es otra cosa: anunció que la catástrofe venidera produciría muerte, cautiverio y una dispersión de enorme alcance.
Y entonces encontramos una declaración cuyo horizonte se extiende todavía más:
“Y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.”
Lucas 21:24
Observe nuevamente el lenguaje.
Jerusalén no solamente sufriría una invasión momentánea.
Jesús presenta un período prolongado relacionado con el dominio de pueblos gentiles sobre la ciudad.
Después de la conquista romana, Jerusalén efectivamente pasó durante largos períodos bajo el gobierno de diferentes poderes no judíos.
Bizantinos.
Diversos gobiernos musulmanes.
Cruzados.
Mamelucos.
Otomanos.
Y posteriormente el Mandato Británico.
Aquí entramos en un terreno donde las interpretaciones proféticas cristianas difieren respecto al significado preciso de la expresión “hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”. No necesitamos resolver esa discusión para reconocer el dato histórico fundamental:
Jerusalén permaneció durante siglos bajo sucesivos gobiernos gentiles.
La predicción de Jesús, por tanto, no miraba solamente algunas semanas hacia adelante.
Su horizonte alcanzaba acontecimientos que se desarrollarían durante períodos extraordinariamente largos.
Aquí aparece una reflexión que merece nuestra atención.
Si alguien quiere engañar a otras personas, una de las cosas menos convenientes que puede hacer es proporcionar afirmaciones que el futuro pueda demostrar falsas.
Imagine que una persona afirma:
“Dentro de algunas décadas esta ciudad será rodeada por ejércitos y destruida.”
La ciudad permanece intacta.
La predicción fracasa.
Tenemos un problema.
Ahora imagine que añade:
“Este extraordinario Templo será destruido.”
El Templo permanece.
Otro problema.
Después anuncia cautiverio, sufrimiento y un prolongado período relacionado con el dominio extranjero sobre Jerusalén.
Si nada de aquello ocurre, las palabras quedan expuestas.
Por eso las profecías proporcionan un criterio que podemos investigar históricamente.
Una predicción suficientemente concreta deja una huella que puede contrastarse con los acontecimientos posteriores.
En la serie anterior estudiamos lo que Jesús afirmó acerca de su identidad.
Ahora estamos haciendo algo diferente.
Estamos preguntando:
¿Encontramos en Él características que esperaríamos encontrar en Dios?
Una de ellas era el conocimiento del futuro.
Y Jesús hizo algo extraordinariamente arriesgado.
Habló acerca del destino de Jerusalén.
Anunció que sería rodeada por ejércitos.
Anunció una terrible destrucción.
Anunció la caída del Templo.
Habló de muerte y cautiverio.
Y habló de un período prolongado relacionado con el dominio gentil sobre Jerusalén.
Después vino la historia.
Roma sitió Jerusalén.
Jerusalén cayó.
El Templo fue destruido.
Hubo muerte, esclavitud y desplazamiento.
Y durante muchos siglos Jerusalén permaneció bajo diferentes poderes gentiles.
Esto no obliga automáticamente a una persona a aceptar que Jesús es Dios.
Pero sí nos obliga a formular una pregunta difícil:
¿Cómo sabía Jesús lo que iba a ocurrir?
Y nuestra investigación apenas comienza porque Jesús pronuncio aproximadamente 90 profecías, pero por motivo de espacio no las estudiaremos aquí
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A lo largo de esta serie estamos examinando las obras de Jesucristo a partir de una pregunta fundamental: si Jesús es Dios, ¿encontramos en Él aquello que esperaríamos encontrar en Dios?
En el artículo anterior contemplamos una extraordinaria manifestación de su autoridad sobre la naturaleza. Una tormenta amenazaba la embarcación de los discípulos. Jesús se levantó, habló directamente al viento y al mar, y ambos obedecieron.
Ahora encontramos algo diferente.
Esta vez Jesús no ordenó al agua que se calmara.
Caminó sobre ella.
Los seres humanos vivimos sometidos a determinadas condiciones físicas. Podemos estudiarlas, comprenderlas y aprovecharlas, pero no podemos simplemente decidir que dejarán de afectarnos.
Un hombre puede nadar.
Puede flotar.
Puede navegar.
Puede construir una embarcación capaz de sostenerlo sobre el agua.
Pero no puede colocar sus pies sobre la superficie de un lago y comenzar a caminar.
Jesús sí lo hizo.

El acontecimiento ocurrió después de la alimentación de los cinco mil.
Jesús hizo que sus discípulos entraran en una barca y comenzaran a cruzar el mar mientras Él despedía a la multitud.
Después:
“Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte.”
Mateo 14:23
Mientras Jesús permanecía en tierra, los discípulos avanzaban por el mar.
Las condiciones comenzaron a complicarse.
“Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario.”
Mateo 14:24
Marcos añade:
“Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento les era contrario…”
Marcos 6:48
Juan proporciona otro detalle:
“Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios…”
Juan 6:19
Los discípulos se encontraban lejos de la orilla.
Era de noche.
El viento era contrario.
Las olas golpeaban la embarcación.
Los hombres estaban fatigados de remar.
Y entonces apareció Jesús.
Mateo lo expresa con extraordinaria sencillez:
“Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.”
Mateo 14:25
La cuarta vigilia correspondía aproximadamente al período entre las tres y las seis de la madrugada.
En medio de la oscuridad, los discípulos vieron una figura acercándose.
No venía nadando.
No utilizaba una embarcación.
Jesús venía caminando sobre el agua.
Marcos confirma:
“Vino a ellos andando sobre el mar.”
Marcos 6:48
Y Juan declara:
“Vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca.”
Juan 6:19
Tres Evangelios conservan esta extraordinaria escena.
Jesucristo caminó sobre las aguas del mar de Galilea.
Para comprender la magnitud del acontecimiento debemos recordar algo muy sencillo.
El agua no puede sostener el peso concentrado de un hombre que intenta caminar normalmente sobre su superficie.
Nuestro cuerpo puede flotar bajo determinadas circunstancias debido a la fuerza de flotación, pero flotar y caminar sobre el agua son fenómenos completamente diferentes.
Al caminar, el peso corporal se concentra alternativamente sobre los pies. La superficie del agua no proporciona el soporte necesario para mantener a un hombre de pie.
Por eso, cuando cualquiera de nosotros intenta colocar un pie sobre el agua:
el pie se hunde.
La tensión superficial puede sostener pequeños insectos debido a su diminuto peso y a la forma en que este se distribuye.
Pero no puede sostener a un hombre caminando.
Lo ocurrido aquella madrugada, por tanto, estaba completamente fuera de las capacidades físicas ordinarias del cuerpo humano.
Y precisamente allí se encuentra la importancia del acontecimiento.
Cuando hablamos de las leyes de la naturaleza debemos comprender qué representan.
Describen la manera regular en que funciona el universo creado.
Nosotros vivimos dentro de ese universo y estamos sometidos a sus condiciones.
No podemos decidir dejar de experimentar gravedad.
No podemos decidir que el agua sostenga nuestro peso.
No podemos modificar por nuestra propia voluntad las propiedades de la materia.
Pero Dios no es una criatura atrapada dentro de aquello que creó.
Él es el Creador.
La Biblia declara:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Génesis 1:1
Y también:
“Porque él dijo, y fue hecho;
Él mandó, y existió.”
Salmo 33:9
Si Dios estableció las propiedades mediante las cuales funciona nuestro mundo, entonces posee autoridad sobre ellas.
Jesús no estaba descubriendo una manera extraordinaria de utilizar las propiedades del agua.
Estaba manifestando autoridad sobre el mundo físico.
Cuando los discípulos vieron a Jesús, su reacción fue inmediata:
“Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.”
Mateo 14:26
Aquellos hombres conocían el agua.
Varios eran pescadores.
Habían pasado incontables horas navegando sobre el mar de Galilea.
Sabían perfectamente lo que podía y no podía hacer un hombre sobre aquellas aguas.
Por eso se aterrorizaron.
No necesitaban conocer fórmulas de física.
La experiencia de toda una vida les decía que un hombre no camina sobre el agua.
Pero delante de ellos estaba Jesús.
Caminando.
Jesús inmediatamente habló:
“¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!”
Mateo 14:27
Aquella voz transformó la escena.
No era un fantasma.
Era Jesús.
El mismo hombre que había sanado enfermos.
El mismo que había multiplicado los alimentos.
El mismo que había mostrado autoridad sobre la naturaleza.
Ahora estaba caminando hacia ellos sobre las aguas.
Pero todavía faltaba algo extraordinario.
Pedro respondió:
“Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.”
Mateo 14:28
La respuesta de Jesús fue solamente:
“Ven.”
Mateo 14:29
Entonces ocurrió algo extraordinario:
“Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.”
Mateo 14:29
Ahora tenemos una demostración todavía más profunda de la autoridad de Cristo.
Jesús no solamente podía caminar sobre las aguas.
Su autoridad permitió que otro hombre hiciera lo mismo.
Pedro no poseía aquella capacidad.
No era una habilidad natural.
No había aprendido una técnica.
Todo comenzó con una palabra de Jesús:
“Ven.”
Y Pedro descendió de la barca.
Colocó sus pies sobre aquello que normalmente no podía sostenerlo.
Y caminó.
Entonces Pedro miró el viento.
Tuvo miedo.
“Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!”
Mateo 14:30
Aquí el relato muestra perfectamente la diferencia entre la condición humana ordinaria y la autoridad de Jesucristo.
Pedro comenzó a hundirse.
Eso era lo natural.
Eso era lo que normalmente debía suceder.
Entonces gritó:
“¡Señor, sálvame!”
Y:
“Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él.”
Mateo 14:31
En medio del mar, Jesús tomó a Pedro y lo sostuvo.
La escena entera gira alrededor de una realidad:
Jesucristo tenía autoridad donde el hombre solamente tenía limitaciones.
Aquí encontramos una conexión extraordinaria con el Antiguo Testamento.
Siglos antes, Job había descrito la grandeza de Dios diciendo:
“Él solo extendió los cielos,
Y anda sobre las olas del mar.”
Job 9:8
No habla de un marinero.
No habla de un profeta.
Habla de Dios.
“Anda sobre las olas del mar.”
El Salmo 77 declara igualmente:
“En el mar fue tu camino,
Y tus sendas en las muchas aguas;
Y tus pisadas no fueron conocidas.”
Salmo 77:19
Y el profeta Isaías presenta a Jehová como:
“El que abre camino en el mar, y senda en las aguas impetuosas.”
Isaías 43:16
Ahora regresemos al mar de Galilea.
Es de madrugada.
Los discípulos están dentro de una embarcación.
Levantan los ojos.
Y ven a Jesús haciendo aquello que las Escrituras utilizaban para describir la soberanía de Dios:
caminando sobre las aguas.
Aquí encontramos el verdadero propósito de este artículo.
No estamos simplemente recopilando historias sorprendentes acerca de Jesucristo.
Estamos preguntando qué revelan sus obras acerca de su identidad.
Cuando Jesús caminó sobre el agua mostró que las limitaciones físicas que gobiernan nuestra experiencia humana no limitaban su autoridad.
Pero el acontecimiento fue todavía más allá.
Por una palabra suya, Pedro también caminó.
Jesús no solamente manifestó autoridad sobre el mundo físico en su propio cuerpo.
Extendió esa autoridad sobre otro hombre.
Y cuando Pedro perdió el valor y comenzó a hundirse, nuevamente dependió de Jesús.
“¡Señor, sálvame!”
Y Jesús lo salvó.
Después de que Jesús y Pedro entraron en la embarcación:
“Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.”
Mateo 14:32
Entonces sucedió algo profundamente significativo:
“Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
Mateo 14:33
Los hombres que estuvieron allí comprendieron que acababan de contemplar algo mucho mayor que una hazaña impresionante.
Le adoraron.
Y declararon:
“Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
Esta reacción adquiere todavía mayor significado cuando recordamos que eran judíos formados dentro de una fe profundamente monoteísta.
No estaban acostumbrados a adorar hombres.
Pero después de contemplar a Jesús caminando sobre las aguas, su respuesta fue postrarse delante de Él.
Regresemos a la pregunta que comenzó nuestra serie.
¿Qué esperaríamos de Dios?
Esperaríamos que el Creador tuviera autoridad sobre su creación.
Esperaríamos que las propiedades del mundo material no representaran para Él una barrera imposible.
Esperaríamos que aquello que limita al hombre no limitara al Creador de todas las cosas.
Y eso es precisamente lo que encontramos aquella madrugada en el mar de Galilea.
Un hombre no podía hacerlo.
Pedro, abandonado a sus propias limitaciones, comenzó a hundirse.
Pero Jesús caminó sobre las aguas.
Y por su palabra:
Pedro también caminó.
La pregunta, por tanto, ya no es simplemente:
¿Cómo pudo un hombre caminar sobre el agua?
La verdadera pregunta es mucho más profunda:
¿Quién era realmente aquel hombre?
Job había dicho acerca de Dios:
“Él solo… anda sobre las olas del mar.”
Y siglos después, en la oscuridad de una madrugada en Galilea, unos pescadores levantaron los ojos y contemplaron a Jesucristo.
Venía hacia ellos.
Caminando sobre el mar.
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En los artículos anteriores establecimos una manera sencilla de examinar las afirmaciones de Jesucristo. Si Jesús afirmó poseer una identidad divina, entonces no basta con estudiar solamente lo que dijo. También debemos observar lo que hizo.
Y una de las características que razonablemente esperaríamos encontrar en Dios sería autoridad sobre la naturaleza.
Los seres humanos hemos aprendido muchísimo acerca del mundo natural. Podemos estudiar la atmósfera, medir la velocidad del viento, observar las nubes, anticipar tormentas y construir embarcaciones capaces de soportar condiciones extraordinariamente difíciles.
Pero existe una diferencia enorme entre comprender una tormenta y ordenarle que se detenga.
Un meteorólogo puede anunciar que viene una tormenta.
Un marinero experimentado puede intentar atravesarla.
Un científico puede explicar cómo se formó.
Pero ninguno puede levantarse frente al viento y decir:
“Calla, enmudece”.
Y esperar que la naturaleza obedezca.
Sin embargo, los Evangelios afirman que eso fue precisamente lo que hizo Jesús.
El acontecimiento aparece registrado en Mateo, Marcos y Lucas, lo cual nos permite comparar tres relatos del mismo episodio.
Marcos proporciona algunos detalles particularmente interesantes.
Después de un día de enseñanza, Jesús dijo a sus discípulos:
“Pasemos al otro lado.”
Marcos 4:35
Subieron a la embarcación y comenzaron a cruzar el mar de Galilea.
Entonces ocurrió algo peligroso:
“Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.”
Marcos 4:37
No se trataba simplemente de una lluvia incómoda.
Marcos describe una gran tempestad de viento.
Las olas golpeaban la embarcación y el agua comenzaba a entrar.
Lucas confirma la gravedad de la situación:

“Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban.”
Lucas 8:23
La última palabra es importante:
Peligraban.
Los discípulos entendieron que podían morir.
La geografía ayuda a comprender la escena.
El mar de Galilea es realmente un gran lago de agua dulce situado en una depresión, a más de doscientos metros por debajo del nivel del mar. Está rodeado en buena parte por terrenos elevados.
Las diferencias de temperatura y presión entre las regiones circundantes y la superficie del lago pueden producir vientos fuertes y cambios rápidos en las condiciones del agua.
Por tanto, una tormenta repentina en el mar de Galilea no constituye un elemento fantástico añadido a la narración.
Es perfectamente compatible con la geografía del lugar.
Pero aquella tormenta tenía algo especialmente preocupante.
Entre los hombres que estaban dentro de la barca había pescadores.
Pedro, Andrés, Jacobo y Juan conocían aquellas aguas.
No eran turistas sorprendidos por unas cuantas olas.
Eran hombres acostumbrados a navegar y pescar en el mar de Galilea.
Si ellos estaban aterrorizados, debemos tomar seriamente la magnitud del peligro.
Entonces encontramos uno de los contrastes más sorprendentes del relato.
Mientras la embarcación se llenaba de agua y los discípulos temían por sus vidas:
“Él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal.”
Marcos 4:38
Jesús dormía.
Después de un día agotador de actividad y enseñanza, su cuerpo necesitaba descanso.
Aquí observamos nuevamente algo extraordinario acerca de Jesucristo.
Los Evangelios no presentan a un personaje que simplemente aparentaba ser humano.
Jesús experimentaba cansancio.
Dormía.
Tenía un verdadero cuerpo humano.
Pero en unos segundos aquellos hombres iban a presenciar algo que ningún hombre ordinario podía hacer.
Desesperados, lo despertaron:
“Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?”
Marcos 4:38
Mateo conserva la angustia de los discípulos con otras palabras:
“¡Señor, sálvanos, que perecemos!”
Mateo 8:25
Ellos sabían que estaban en peligro.
Pero probablemente todavía no comprendían completamente quién estaba dentro de aquella barca.
Aquí llegamos al detalle central del acontecimiento.
Jesús se levantó.
Pero observe cuidadosamente lo que no hizo.
El relato no dice que Jesús levantó las manos al cielo y pidió:
“Padre, por favor, detén esta tormenta.”
Tampoco describe una ceremonia.
No encontramos un ritual.
No encontramos instrumentos.
No encontramos ningún esfuerzo humano para controlar la naturaleza.
Marcos dice:
“Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece.”
Marcos 4:39
Jesús habló directamente al viento y al mar.
No aparece como alguien intentando convencer a la naturaleza.
Aparece dando una orden.
“Calla.”
“Enmudece.”
Y entonces sucedió:
“Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.”
Marcos 4:39
Hay un detalle que fácilmente podemos pasar por alto.
Marcos no dice solamente que el viento disminuyó.
Dice que:
“se hizo grande bonanza.”
Esto resulta especialmente interesante.
Cuando un viento fuerte deja de soplar sobre una gran superficie de agua, las olas producidas por ese viento no necesariamente desaparecen en el mismo instante. El agua conserva movimiento y necesita tiempo para disipar la energía acumulada.
Pero el relato presenta una transición extraordinariamente rápida:
gran tempestad → orden de Jesús → grande bonanza.
El viento cesó.
Y el mar se calmó.
Jesús no solamente parecía tener autoridad sobre aquello que producía las olas.
El resultado completo quedó bajo su autoridad.
La Biblia hebrea contiene numerosos pasajes donde precisamente esta clase de autoridad pertenece a Dios.
El Salmo 89 declara:
“Tú tienes dominio sobre la braveza del mar;
Cuando se levantan sus ondas, tú las sosiegas.”
Salmo 89:9
El Salmo 107 describe a hombres atrapados en una tormenta:
“Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso,
Que encrespa sus ondas.”
Salmo 107:25
Los navegantes temen por sus vidas y claman a Jehová.
Entonces ocurre esto:
“Cambia la tempestad en sosiego,
Y se apaciguan sus ondas.”
Salmo 107:29
Observe la semejanza.
En el Antiguo Testamento, Dios tiene dominio sobre el mar y sosiega sus ondas.
En los Evangelios, Jesús se encuentra en una embarcación en medio de una tempestad, habla al viento y al mar, y:
“se hizo grande bonanza.”
Para un lector familiarizado con las Escrituras hebreas, la escena debía resultar profundamente significativa.
Después de calmar la tormenta, Jesús preguntó:
“¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?”
Marcos 4:40
Pero la reacción de los discípulos es todavía más interesante.
Uno podría imaginar que después de desaparecer el peligro todos comenzarían a celebrar.
No ocurrió así.
Marcos dice:
“Entonces temieron con gran temor.”
Marcos 4:41
Primero tuvieron miedo de la tormenta.
Ahora tenían otro tipo de temor.
Porque acababan de observar algo que no podían explicar.
Y se preguntaban unos a otros:
“¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”
Marcos 4:41
Esa pregunta constituye el corazón de todo el acontecimiento.
¿Quién es éste?
No preguntaron:
¿Cómo hizo esto?
Preguntaron:
¿Quién es?
Porque comprendieron que el problema ya no era simplemente meteorológico.
El problema era la identidad del hombre que estaba dentro de la barca.
En las Escrituras encontramos profetas mediante los cuales Dios realizó acontecimientos extraordinarios.
Moisés extendió su mano sobre el mar Rojo, pero el texto deja claro quién realizó el milagro:
“E hizo Jehová que el mar se retirase.”
Éxodo 14:21
Elías también oró a Dios antes de que descendiera fuego del cielo.
Los profetas dependían del poder de Dios.
Pero la escena del mar de Galilea tiene una característica notable.
Jesús simplemente se levantó y dio una orden.
“Calla.”
“Enmudece.”
Y la naturaleza obedeció.
Esto no significa que debamos construir toda la doctrina de la divinidad de Cristo a partir de un solo milagro. Esa no es la intención de esta serie.
Estamos acumulando evidencia.
Una pieza.
Después otra.
Y después otra.
“¿Quién es éste?”
El episodio de calmar la tormenta no aparece como una historia aislada dentro de los Evangelios.
Forma parte de un conjunto mucho mayor de acontecimientos en los que Jesús manifiesta autoridad sobre la enfermedad, la materia, el mundo espiritual, el cuerpo humano y finalmente la muerte.
Regresemos a nuestra pregunta inicial.
Si Dios es realmente el Creador de la naturaleza, ¿esperaríamos que estuviera indefenso frente a ella?
¿Esperaríamos que el viento estuviera fuera de su autoridad?
¿Esperaríamos que las olas fueran más poderosas que Él?
La Biblia responde:
“Tú tienes dominio sobre la braveza del mar.”
Salmo 89:9
Y ahora encontramos a Jesús frente a un mar embravecido.
No construyó una barrera.
No huyó de la tormenta.
No esperó simplemente a que terminara.
Le habló.
Y el viento y el mar obedecieron.
En esta serie estamos investigando si las obras de Jesús corresponden con las afirmaciones extraordinarias que hizo acerca de sí mismo.
Ya establecimos el criterio:
Si Jesús realmente es Dios, deberíamos encontrar en Él una autoridad que trascienda las capacidades humanas.
Ahora tenemos otra pieza de evidencia.
Según tres Evangelios, Jesús estuvo frente a una fuerza natural completamente fuera del control humano y la naturaleza respondió a su palabra.
Por eso quizá la mejor conclusión de este artículo no sea nuestra.
Es la de aquellos hombres que estaban dentro de la barca.
Ellos conocían el mar.
Ellos experimentaron la tormenta.
Ellos sintieron el agua entrando en la embarcación.
Ellos escucharon las palabras de Jesús.
Y ellos contemplaron la calma que siguió.
Su pregunta atravesó los siglos y llega hasta nosotros:
“¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”
Esa es precisamente la pregunta que esta serie intenta responder.
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A lo largo de esta serie estamos examinando diferentes manifestaciones de la autoridad de Jesucristo. Ya vimos que habló acerca de acontecimientos futuros, que el viento y el mar obedecieron su palabra y que caminó sobre las aguas del mar de Galilea.
Ahora llegamos a un acontecimiento diferente y, desde el punto de vista de la materia, extraordinariamente interesante.
Jesús no calmó una tormenta.
No caminó sobre el agua.
Esta vez hizo algo completamente distinto:
transformó el agua en vino.
Estamos tan familiarizados con la historia de las bodas de Caná que podemos perder de vista la magnitud de lo ocurrido.
El agua posee determinadas características.
El vino posee otras.
No tienen la misma composición.
No tienen el mismo sabor.
No tienen el mismo aroma.
No contienen las mismas sustancias.
Para obtener vino normalmente necesitamos uvas y una serie de procesos físicos, químicos y biológicos que requieren tiempo.
Pero en Caná no hubo viñedo.
No hubo cosecha.
No hubo uvas exprimidas.
No hubo fermentación esperando su proceso natural.
Había agua.
Y después:
había vino.
Juan sitúa el acontecimiento en Caná de Galilea.
“Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús.”
Juan 2:1
Jesús y sus discípulos también fueron invitados.
Entonces surgió un problema:
“Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.”
Juan 2:3
Para nosotros podría parecer simplemente un inconveniente.
Pero dentro de aquella cultura, una boda constituía una celebración social de enorme importancia que podía prolongarse durante varios días. La hospitalidad de la familia era parte fundamental de la celebración.
Quedarse sin vino frente a los invitados representaba una situación profundamente vergonzosa para los anfitriones.
María informó a Jesús.
Después dijo a quienes servían:
“Haced todo lo que os dijere.”
Juan 2:5
Aquellas palabras prepararon el escenario para el primer milagro que Juan identifica como una señal realizada por Jesucristo.
Juan proporciona un detalle que resulta muy importante:
“Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros.”
Juan 2:6
Jesús ordenó:
“Llenad estas tinajas de agua.”
Juan 2:7
Y Juan añade:
“Y las llenaron hasta arriba.”
Este pequeño detalle tiene enorme importancia.
Las tinajas no quedaron medio llenas.
No había espacio considerable para añadir otra sustancia.
Las llenaron hasta arriba.
Lo que entró en ellas fue agua.
Los sirvientes lo sabían porque ellos mismos las habían llenado.
Entonces Jesús dijo:
“Sacad ahora, y llevadlo al maestresala.”
Juan 2:8
Y lo hicieron.
Cuando el encargado del banquete recibió lo que habían sacado de las tinajas ocurrió algo extraordinario.
Juan dice:
“Cuando el maestresala probó el agua hecha vino…”
Juan 2:9
Observe cuidadosamente las palabras:
“el agua hecha vino.”
No dice que el agua parecía vino.
No dice que adquirió simplemente el color del vino.
No dice que alguien añadió saborizante.
Juan afirma directamente que:
el agua se había convertido en vino.
Y existe un detalle todavía más importante.
El producto fue probado.
Esto significa que el milagro no consistió solamente en una modificación visual.
El maestresala lo llevó a su boca.
Percibió su sabor.
Evaluó su calidad.
Y llegó a una conclusión.
El encargado del banquete llamó al esposo y le dijo:
“Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora.”
Juan 2:10
Esto hace todavía más extraordinario el acontecimiento.
Jesús no produjo simplemente una sustancia que pudiera confundirse vagamente con vino.
El resultado fue suficientemente auténtico como para que una persona familiarizada con la bebida pudiera probarlo y evaluar su calidad.
Y su conclusión fue que era bueno.
Muy bueno.
El agua había adquirido las propiedades necesarias para ser reconocida como vino.
Aquí podemos observar el acontecimiento desde una perspectiva particularmente interesante.
El agua es una sustancia relativamente sencilla, formada fundamentalmente por moléculas de H₂O.
El vino es enormemente más complejo.
Además de agua, contiene numerosas sustancias procedentes de las uvas y de los procesos que intervienen en su elaboración: azúcares residuales, ácidos orgánicos, compuestos aromáticos, pigmentos, minerales y muchas otras moléculas que contribuyen a su sabor, aroma y características.
Por tanto, convertir agua en vino no significa simplemente cambiar su color.
Significa producir materia organizada de una composición diferente.
Allí donde antes no estaban presentes los componentes característicos del vino, ahora tenían que estar presentes.
Donde había agua, ahora había una bebida que podía ser servida, probada y reconocida como vino.
Desde nuestra perspectiva moderna, esto hace que el milagro resulte todavía más impresionante.
Pensemos por un momento en todo lo que normalmente tendría que ocurrir para producir vino.
Primero necesitamos una vid.
La vid necesita crecer.
Necesita desarrollar hojas.
Necesita recibir agua y nutrientes del suelo.
Necesita luz.
Tiene que producir uvas.
Las uvas deben madurar.
Después deben ser cosechadas.
Su jugo debe ser extraído.
Y posteriormente intervienen procesos de fermentación y elaboración hasta obtener vino.
Todo esto requiere materia.
Energía.
Procesos biológicos.
Reacciones químicas.
Y tiempo.
En Caná, Jesús omitió toda esa cadena visible de procesos.
No necesitó una viña.
No necesitó esperar una cosecha.
No necesitó uvas.
No necesitó una prensa.
No necesitó esperar la fermentación.
El proceso que normalmente requiere numerosos pasos quedó sustituido por la autoridad de Jesucristo.
Juan menciona seis tinajas.
Cada una podía contener dos o tres medidas.
Las estimaciones exactas varían debido a las antiguas unidades utilizadas, pero estamos hablando de una cantidad considerable de líquido, probablemente del orden de cientos de litros en total.
No fue simplemente un vaso.
No fue una pequeña muestra.
Seis grandes recipientes habían sido llenados hasta arriba.
El volumen del milagro hace todavía más impresionante la transformación.
Una enorme cantidad de agua fue convertida en vino.
Aquí llegamos al punto central de nuestro estudio.
¿De dónde procedieron los componentes que ahora formaban el vino?
Antes había agua.
Después había vino.
No hubo uvas introducidas en las tinajas.
No hubo ingredientes añadidos por los sirvientes.
No hubo un proceso natural visible mediante el cual aquellos componentes aparecieran.
Jesús manifestó autoridad sobre la materia misma.
Aquello que no estaba presente en la composición inicial apareció en el producto final.
Esta observación nos acerca inevitablemente a una característica que en el primer artículo dijimos que esperaríamos encontrar en Dios:
poder creador.
La primera frase de la Biblia declara:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Génesis 1:1
El Salmo 33 describe el poder creador de Dios de una manera extraordinaria:
“Porque él dijo, y fue hecho;
Él mandó, y existió.”
Salmo 33:9
La materia no representa una dificultad para Dios.
Él es su Creador.
Y cuando llegamos al Nuevo Testamento encontramos una declaración sorprendente acerca de Jesucristo:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3
Esto aparece precisamente en el mismo Evangelio que poco después nos llevará a Caná.
Juan comienza presentando al Verbo como participante en la creación.
Después nos muestra al Verbo hecho carne.
Y entonces, en el capítulo dos, nos presenta a Jesús transformando la materia.
Hay algo hermoso en este acontecimiento.
Para nosotros, la química del vino es compleja.
Tenemos que estudiar sus moléculas.
Analizar sus componentes.
Comprender sus reacciones.
Pero para el Creador no existe misterio alguno en la estructura de la materia.
Cada átomo.
Cada molécula.
Cada enlace.
Cada propiedad.
Todo existe dentro de un universo cuya existencia depende finalmente de Dios.
La carta a los Colosenses declara acerca de Cristo:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra.”
Colosenses 1:16
Y después añade:
“Y todas las cosas en él subsisten.”
Colosenses 1:17
El milagro de Caná adquiere entonces una profundidad extraordinaria.
El que creó la materia manifestó autoridad sobre ella.
Otro detalle resulta sorprendente.
El relato no dice que Jesús introdujera sus manos en las tinajas.
No mezcló ingredientes.
No realizó movimientos especiales.
No pronunció una fórmula.
Los sirvientes llenaron las tinajas.
Jesús simplemente ordenó:
“Sacad ahora, y llevadlo al maestresala.”
Eso fue todo.
Cuando llegó al encargado:
era vino.
La sencillez con la que Jesús realiza el milagro constituye parte de su grandeza.
No vemos esfuerzo.
Vemos autoridad.
El maestresala no sabía de dónde había salido aquel vino.
Pero había personas que sí lo sabían.
Juan añade:
“Aunque no sabía él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua.”
Juan 2:9
Los sirvientes eran testigos privilegiados.
Ellos habían llevado el agua.
Ellos habían llenado las tinajas.
Ellos sabían que habían colocado agua dentro de aquellos recipientes.
Después sacaron el contenido.
Y ahora era vino.
No necesitaban que alguien les explicara lo ocurrido.
Lo habían visto desde el principio.
El Evangelio termina el episodio con una declaración fundamental:
“Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.”
Juan 2:11
Juan utiliza una palabra profundamente significativa:
señal.
Una señal apunta hacia algo.
El propósito del acontecimiento no era simplemente solucionar el problema de una boda.
Aquella transformación revelaba algo acerca de quién era Jesús.
Juan lo dice directamente:
“manifestó su gloria.”
Los discípulos no contemplaron simplemente vino extraordinario.
Contemplaron una manifestación de la gloria de Cristo.
Regresemos nuevamente a nuestra pregunta.
Si Dios creó la materia, ¿esperaríamos que tuviera autoridad sobre ella?
Sí.
Si creó los elementos y las propiedades mediante las cuales interactúan, ¿esperaríamos que pudiera transformarlos?
Sí.
Si es el Creador de las uvas, de sus moléculas, de sus azúcares, de sus ácidos y de todos los procesos mediante los cuales se produce naturalmente el vino, ¿sería extraño que pudiera producir directamente aquello que normalmente requiere esos procesos?
No.
Eso es precisamente lo que esperaríamos del Creador.
Y eso es lo que Jesús hizo en Caná.
Detengámonos finalmente frente a aquellas seis tinajas.
Los sirvientes las llenaron hasta arriba.
Sabían lo que habían colocado dentro:
agua.
Después Jesús intervino.
Sacaron nuevamente el contenido.
El maestresala lo probó.
Reconoció inmediatamente lo que tenía delante.
Vino.
Y no cualquier vino.
Buen vino.
Algo había sucedido con la materia contenida en aquellas tinajas.
Su composición había cambiado.
Aquello que no estaba allí ahora estaba presente.
Y Juan nos dice por qué aquel acontecimiento era importante:
“manifestó su gloria.”
En el artículo anterior vimos a Jesucristo caminando sobre el agua.
Ahora lo hemos visto hacer algo todavía diferente:
transformarla.
Y nuevamente encontramos aquello que hemos estado buscando desde el comienzo de esta serie:
una autoridad que pertenece al Creador sobre su propia creación.
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