15. La creación comenzó a gemir

Dr. Elio M. Rivera

  Hasta ahora hemos contemplado lo que el pecado hizo dentro del hombre.

  Pero las consecuencias de la caída no terminaron allí.

  Algo ocurrió también con el mundo que nos rodeaba.

  La tierra cambió.

  La relación con los animales cambió.

  La naturaleza dejó de ser solamente el maravilloso hogar que Dios había preparado para nosotros y comenzó también a convertirse en una fuente de peligro.

  Sequías.

  Tormentas.

  Inundaciones.

  Incendios.

  Terremotos.

  Huracanes.

  Pérdidas de cosechas.

  Escasez.

  Animales que atacan.

  Enfermedades transmitidas por organismos.

  Destrucción de hogares.

  Comunidades enteras devastadas en unas cuantas horas.

  Y nuevamente aparece la pregunta que acompaña toda esta serie:

¿Dios creó originalmente un mundo así?

  Pablo utiliza una expresión extraordinariamente profunda para describir la condición actual de la creación:

«Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora.»

Romanos 8:22, RVR1960

  La creación:

gime.

  No solamente el hombre lleva las cicatrices de El imperio de la muerte.

  La tierra misma las lleva.

Así era al principio: la creación era nuestro hogar

  Regresemos nuevamente al Edén.

  Cuando Dios terminó de crear el mundo declaró:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»

Génesis 1:31, RVR1960

  El mundo original no aparece como enemigo del hombre.

  Aparece como su hogar.

  La tierra producía alimento.

  Los árboles daban fruto.

  Los ríos proporcionaban agua.

  El hombre podía trabajar la tierra.

  Los animales formaban parte de aquella creación extraordinaria.

  Y Dios entregó al ser humano una responsabilidad:

«…señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias…»

Génesis 1:26, RVR1960

  Aquello no era una licencia para destruir.

  Era autoridad delegada para administrar.

  El hombre estaba bajo Dios.

  La creación había sido colocada bajo la administración del hombre.

  Había orden.

  Incluso la relación entre el hombre y los animales era diferente.

  Dios llevó los animales delante de Adán y éste les puso nombre.

«Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo…»

Génesis 2:20, RVR1960

  No encontramos a Adán huyendo aterrorizado de ellos.

  No encontramos animales devorándolo.

  No encontramos al hombre construyendo barreras para protegerse de las criaturas que Dios había hecho.

  La creación y el hombre coexistían dentro del orden establecido por su Creador.

  Y hay un detalle todavía más impresionante.

  En Génesis 1:29-30 Dios describe vegetación como alimento tanto para el hombre como para los animales.

  La escena original está dominada por vida alimentándose de lo que la tierra produce, no por una creación devorándose mutuamente.

  Era un mundo extraordinariamente diferente del nuestro.

Esto fue lo que hicimos: la caída alcanzó también la tierra

  Entonces el hombre pecó.

  Y cuando Dios describió las consecuencias, habló directamente de la tierra:

«…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.»

Génesis 3:17, RVR1960

  Y añadió:

«Espinos y cardos te producirá…»

Génesis 3:18, RVR1960

  Algo había cambiado.

  La tierra que anteriormente cooperaba con el hombre ahora ofrecería resistencia.

  El trabajo produciría sudor.

  La provisión implicaría lucha.

  Aparecieron espinos y cardos.

  La relación entre el hombre y su ambiente había sido herida.

  Más adelante, después del diluvio, encontramos también una declaración impresionante acerca de los animales:

«El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra…»

Génesis 9:2, RVR1960

  Observe esas palabras:

«temor y miedo».

  La relación había cambiado.

  El mundo donde Adán había puesto nombre a los animales ahora era un mundo donde hombre y animal podían temerse mutuamente.

  El pecado del hombre no permaneció encerrado dentro de su corazón.

  Sus consecuencias alcanzaron el mundo que Dios había colocado bajo su administración.

Así vivimos ahora: la naturaleza también puede hacernos daño

  Esta es una de las contradicciones más dolorosas de nuestra existencia.

  Amamos la naturaleza.

  Y al mismo tiempo le tenemos miedo.

  Contemplamos el océano y nos parece hermoso.

  Pero sabemos que puede levantarse con una fuerza extraordinaria.

  Miramos las nubes esperando lluvia para nuestros campos.

  Pero demasiada lluvia puede inundarlos.

  Necesitamos agua.

  Pero una sequía prolongada puede destruir cosechas, ganado, economías y comunidades.

  Disfrutamos del viento.

  Pero sabemos que puede convertirse en una fuerza destructiva.

  Vivimos sobre la tierra.

  Pero la tierra puede moverse bajo nuestros pies.

  Una familia puede acostarse teniendo casa…

  y después de una catástrofe descubrir que ha perdido prácticamente todo.

  Años de trabajo pueden desaparecer en unas horas.

  Casas.

  Negocios.

  Cosechas.

  Animales.

  Recuerdos.

  Fotografías.

  Comunidades.

  Y algunas veces:

vidas.

  Entonces vienen los refugios.

  Las evacuaciones.

  Las sirenas.

  Las noticias.

  Las llamadas.

  La incertidumbre.

  El miedo.

  Y nuevamente:

El imperio de la muerte produce tormento.

Cuando la creación gime, nosotros también gemimos

  Una catástrofe natural no destruye solamente edificios.

  Puede destruir la sensación de seguridad de una persona.

  Después de haber vivido un terremoto, una tormenta devastadora, una inundación o un incendio, el siguiente ruido puede producir miedo.

  La siguiente tormenta ya no se escucha igual.

  La siguiente temporada de huracanes ya no se contempla igual.

  Una nube puede despertar recuerdos.

  Un olor puede regresar a la mente.

  Una alarma puede hacer que el corazón se acelere.

  Porque la persona ya sabe algo que antes solamente conocía intelectualmente:

mi mundo puede cambiar en unos minutos.

  Y existen sufrimientos todavía más prolongados.

  Una sequía puede durar meses.

  El agricultor mira el cielo esperando lluvia.

  La cosecha comienza a perderse.

  El ganado necesita agua.

  Las reservas disminuyen.

  Las deudas continúan.

  Una familia entera puede depender de algo que el ser humano sencillamente no puede producir por voluntad propia: lluvia.

  Entonces entendemos por qué las alteraciones de la creación tienen un efecto tan profundo sobre nosotros.

  Dependemos de ella.

  Necesitamos agua.

  Necesitamos tierra fértil.

  Necesitamos alimento.

  Necesitamos condiciones donde podamos vivir.

  Cuando la creación gime:

nosotros sentimos su dolor.

¿Por qué Dios permite terremotos, sequías y catástrofes?

  Esta pregunta ha hecho sufrir a innumerables personas.

  Después de una tragedia alguien mira las ruinas y pregunta:

«¿Por qué Dios hizo esto?»

  Pero nuevamente debemos regresar al principio.

  La Biblia no comienza con una creación devastada.

  Comienza con una creación que Dios declaró:

«bueno en gran manera».

  Tampoco termina con un mundo devastado.

  Entre aquel principio y aquel final existe algo:

la caída.

  Pablo explica que:

«…la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad…»

Romanos 8:20, RVR1960

  Y después habla de:

«la esclavitud de corrupción».

Romanos 8:21, RVR1960

  Eso significa que la creación que observamos actualmente no representa plenamente el estado original para el cual fue creada.

  Algo está roto.

  Algo está esperando.

  Algo está gimiendo.

  Por eso cuando contemplamos destrucción en la naturaleza no debemos concluir:

«Así diseñó Dios originalmente su mundo».

  No.

  Al principio no fue así.

También nosotros hemos herido la creación

  Y existe otra responsabilidad que no debemos ignorar.

  No solamente vivimos dentro de una creación afectada por la caída.

  Los seres humanos también hemos contribuido muchas veces a aumentar su sufrimiento.

  Contaminamos.

  Destruimos irresponsablemente.

  Envenenamos agua.

  Abusamos de animales.

  Agotamos recursos.

  Destruimos hábitats sin necesidad.

  Convertimos la autoridad que Dios nos dio para administrar en permiso para explotar.

  Pero Génesis nunca dijo:

«Destruyan la tierra».

  Dijo:

«señoreen».

  La autoridad bíblica implica responsabilidad delante del verdadero Dueño.

  La tierra continúa perteneciendo a Dios:

«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»

Salmo 24:1, RVR1960

  Somos administradores.

  No propietarios absolutos.

  Por eso parte de nuestra restauración debe incluir aprender nuevamente a relacionarnos correctamente con aquello que Dios creó.

La creación está esperando algo

  Entonces Pablo hace una declaración extraordinaria:

«Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.»

Romanos 8:19, RVR1960

  ¡Qué expresión!

  La creación está:

esperando.

  Pero debemos entender correctamente qué está esperando.

  Pablo continúa:

«porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.»

Romanos 8:21, RVR1960

  La creación y los hijos de Dios comparten una esperanza.

  Restauración.

  Nosotros todavía experimentamos enfermedad, envejecimiento y muerte.

  La creación todavía experimenta corrupción.

  Nosotros gemimos.

  Ella gime.

  Pero ninguno gemirá para siempre.

  Pablo dice que llegará el momento en que los hijos de Dios serán manifestados en gloria…

  y la creación misma participará de aquella libertad.

  Por eso el gemido de Romanos ocho no es el gemido de alguien que está muriendo sin esperanza.

  Pablo lo compara con:

«dolores de parto».

  El parto duele.

  Pero el dolor anuncia que:

algo viene.

Jesucristo mostró cómo luce la autoridad del hombre restaurado

  Y aquí aparece Jesucristo.

  Cuando observamos su vida encontramos algo extraordinario.

  La creación responde a Él.

  El viento sopla violentamente.

  El mar amenaza.

  Los discípulos están aterrorizados.

  Entonces Jesús se levanta:

«…reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.»

Mateo 8:26, RVR1960

  Los discípulos quedaron maravillados:

«¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?»

Mateo 8:27, RVR1960

  Exactamente.

¿Qué hombre es éste?

  Jesús no solamente enseñaba acerca del Reino.

  Lo demostraba.

  Caminó sobre el mar.

  Los peces respondieron a su palabra.

  Una multitud fue alimentada bajo su autoridad.

  El viento y las olas obedecieron.

  Donde los discípulos veían una creación fuera de control y gritaban aterrorizados:

«¡Señor, sálvanos, que perecemos!»

  Jesús mostró que el Rey estaba presente.

  Cristo nos permite contemplar algo de lo que significa que la creación vuelva a encontrarse bajo el gobierno correcto.

Cristo es la esperanza: volver a administrar, no a destruir

  Jesucristo no vino solamente a salvar almas para abandonar después el resto de la creación.

  El plan de Dios es mucho mayor.

  Cristo comenzó restaurando al hombre.

  Y el hombre restaurado debe comenzar también a aprender nuevamente cómo vivir dentro de la creación de su Padre.

  Si somos hijos de Dios, no deberíamos ser quienes más destruyen.

  Deberíamos cuidar.

  Proteger.

  Cultivar.

  Restaurar.

  Administrar responsablemente.

  Tratar correctamente a los animales.

  Utilizar los recursos con sabiduría.

  Aliviar el sufrimiento producido por catástrofes.

  Dar agua al sediento.

  Alimento al hambriento.

  Refugio al desplazado.

  Ayudar a reconstruir lo destruido.

  Y también podemos orar.

  Podemos pedir la intervención de Dios.

  Podemos ejercer nuestra fe sabiendo que Jesucristo continúa siendo Señor sobre toda la creación.

  Pero no debemos confundir aquello que comienza ahora con aquello que solamente será completado cuando Cristo restaure todas las cosas.

  Todavía existen terremotos.

  Todavía existen huracanes.

  Todavía existen sequías.

  Todavía existen animales que sufren.

  Todavía existe muerte.

  Todavía:

«toda la creación gime».

  Pero no gemirá para siempre.

  La Biblia termina llevando nuestra mirada hacia una creación restaurada.

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva…»

Apocalipsis 21:1, RVR1960

  El propósito de Dios no termina con nosotros escapando de un planeta destruido.

  Termina con restauración.

  Aquello que comenzó en Génesis con una creación «bueno en gran manera» terminará con Dios habitando nuevamente con los hombres.

  Y entonces comprenderemos plenamente lo que Pablo estaba anunciando.

  La creación que durante siglos gimió bajo corrupción finalmente será:

«libertada de la esclavitud de corrupción».

  Ya no tendremos que mirar el cielo con miedo.

  No habrá una naturaleza que de repente destruya nuestro hogar.

  No habrá tierra produciendo dolor.

  No habrá creación devorándose en una interminable lucha por sobrevivir.

  No habrá animales sufriendo bajo el dominio de la muerte.

  No habrá hombre destruyendo aquello que debía administrar.

  Porque el Rey habrá restaurado el orden.

  Y los hijos habrán regresado a casa.

  Entonces la creación dejará de gemir.

  El hombre dejará de gemir.

  Y aquello que durante tanto tiempo estuvo sometido a El imperio de la muerte volverá a encontrarse plenamente bajo el Reino de la vida.

  Porque Jesucristo no vino solamente a rescatar al hombre de las ruinas.

  Vino para comenzar una obra que terminará cuando Dios pueda decir nuevamente acerca de todo lo que contempla:

todo ha sido restaurado.

Cristo es la esperanza: los hijos de Dios podemos manifestar su Reino ahora

  Pero aquí no debemos cometer un error.

  No tenemos que esperar hasta que Jesucristo regrese para comenzar a ver el poder del Reino de Dios manifestándose sobre una creación que gime.

  La restauración completa todavía vendrá.

  Pero el Reino de Dios ya irrumpió en este mundo con Jesucristo.

  Y cuando Jesús caminó sobre la tierra no se limitó a contemplar resignadamente las consecuencias de la caída.

  Cuando encontró enfermedad:

sanó.

  Cuando encontró opresión:

libertó.

  Cuando encontró hambre:

multiplicó el alimento.

  Cuando encontró muerte:

levantó muertos.

  Cuando encontró una tormenta amenazando la vida de sus discípulos:

habló al viento y al mar.

  Marcos registra aquel momento:

«Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.»

Marcos 4:39, RVR1960

  Jesús no solamente sobrevivió a la tormenta.

Ejerció autoridad sobre ella.

  Y los discípulos quedaron maravillados:

«¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?»

Marcos 4:41, RVR1960

  Aquello era una demostración visible del Reino de Dios entrando en territorio afectado por El imperio de la muerte.

Jesús no dijo solamente «mírenme»; dijo «síganme»

  Aquí aparece algo extraordinario.

  Jesús no vino únicamente para mostrarnos cosas que jamás volverían a ocurrir.

  Formó discípulos.

  Les dio autoridad.

  Los envió.

  Y dijo:

«De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará…»

Juan 14:12, RVR1960

  Esta declaración no nos permite reducir el cristianismo a esperar pacientemente llegar al cielo.

  Cristo nos llamó a andar como Él anduvo.

«El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.»

1 Juan 2:6, RVR1960

  Por eso creemos en la intervención sobrenatural de Dios aquí y ahora.

  Podemos orar por enfermos esperando sanidad.

  Podemos enfrentar circunstancias imposibles esperando milagros.

  Podemos pedir lluvia cuando la tierra está seca.

  Podemos clamar para que una sequía termine.

  Podemos orar frente a fenómenos naturales destructivos.

  Podemos hablar en fe y ejercer la autoridad que Cristo delegó, siempre bajo el señorío de Dios.

  No porque nosotros seamos dioses.

  No porque la creación esté sometida a nuestros caprichos.

  Sino porque somos hijos que actuamos bajo la autoridad del Rey.

La Biblia ya nos mostró hombres orando sobre la naturaleza

  Esto tampoco comienza en nuestros días.

  Santiago recuerda el caso de Elías:

«Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.»

Santiago 5:17, RVR1960

  Y después:

«Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.»

Santiago 5:18, RVR1960

  ¡La sequía terminó!

  El cielo volvió a dar lluvia.

  La tierra volvió a producir.

  Santiago no presenta a Elías como una criatura perteneciente a otra especie espiritual.

  Dice:

«era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras».

  Y utiliza precisamente su historia para enseñarnos acerca de la oración eficaz.

  Por eso no tenemos que mirar una sequía y pensar que nuestra única posibilidad es esperar pasivamente.

  Podemos actuar.

  Podemos administrar.

  Podemos ayudar.

  Podemos utilizar todos los recursos disponibles.

  Pero también podemos:

orar.

  Podemos creer.

  Podemos pedir intervención sobrenatural.

  Podemos esperar que Dios haga aquello que nuestras capacidades humanas no pueden hacer.

La creación espera la manifestación de los hijos

  Entonces las palabras de Pablo adquieren una fuerza extraordinaria:

«Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.»

Romanos 8:19, RVR1960

  Su cumplimiento pleno pertenece a la gloriosa restauración que todavía esperamos.

  Pero nosotros ya somos hijos de Dios.

  Y mientras esperamos aquella manifestación completa, podemos comenzar a manifestar aquí el carácter, la compasión, la autoridad y el poder de nuestro Padre.

  No fuimos llamados simplemente a contemplar El imperio de la muerte.

  Fuimos enviados dentro de él.

  Jesús dijo:

«Como me envió el Padre, así también yo os envío.»

Juan 20:21, RVR1960

  Eso cambia nuestra posición.

  No somos solamente víctimas esperando rescate.

  Somos representantes de Jesucristo dentro de un mundo herido.

  Donde existe enfermedad:

oramos por sanidad.

  Donde existe opresión:

proclamamos libertad.

  Donde existe hambre:

alimentamos y creemos en la provisión de Dios.

  Donde existe sequía:

podemos pedir lluvia.

  Donde existe una amenaza de la naturaleza:

podemos clamar, hablar en fe y esperar la intervención de Dios.

  Donde nuestras capacidades terminan:

la capacidad de Dios no termina.

Podemos andar como Cristo anduvo

  Ese es el Evangelio que Jesucristo mostró.

  No solamente una promesa de que algún día todo estará bien.

  Es la llegada del Reino de Dios aquí y ahora, anticipando la restauración completa que un día veremos.

  Jesús caminó dentro del mismo mundo caído.

  Había tormentas.

  Había enfermedad.

  Había hambre.

  Había demonios.

  Había muerte.

  Pero cuando el Reino de la vida encontraba las obras de El imperio de la muerte, algo comenzaba a cambiar.

  Los enfermos podían sanar.

  Los atormentados podían ser libres.

  Los hambrientos podían comer.

  La tormenta podía callar.

  Los muertos podían levantarse.

  Y después Jesús dijo a sus discípulos:

«Como me envió el Padre, así también yo os envío.»

  No estamos diciendo que nosotros poseamos poder independiente de Dios.

  Todo procede de Él.

  Toda autoridad pertenece a Cristo.

  Todo milagro glorifica a Dios.

  Pero tampoco debemos convertir nuestra dependencia de Dios en pasividad.

  Podemos creer.

  Podemos orar.

  Podemos hablar en fe.

  Podemos obedecer.

  Podemos imponer manos sobre enfermos.

  Podemos esperar milagros.

  Podemos pedirle a Dios que intervenga sobre aquello que humanamente parece imposible.

  Y podemos hacerlo porque Jesucristo vive.

  La creación todavía gime.

  Pero los hijos de Dios ya estamos aquí.

  Y cada vez que un enfermo sana, cada vez que Dios provee sobrenaturalmente, cada vez que una oración cambia una circunstancia imposible, cada vez que la vida vence aquello que parecía destinado a muerte, estamos contemplando un pequeño anticipo de algo mucho mayor:

El imperio de la muerte no gobernará para siempre.

  Un día la restauración será completa.

  Pero hasta que llegue ese día, no estamos condenados simplemente a cruzarnos de brazos esperando.

  Jesucristo nos dejó su nombre.

  Nos dio autoridad.

  Nos dio el Espíritu Santo.

  Nos enseñó a orar.

  Nos enseñó a creer.

  Nos mostró cómo caminar.

  Y después nos envió.

  Por eso, cuando encontremos una parte de la creación gimiendo, nuestra primera reacción no tiene que ser únicamente:

«Algún día Cristo arreglará esto».

  También podemos preguntar:

«Padre, ¿qué quieres hacer aquí y ahora a través de tus hijos?»

  Y entonces:

  oramos.

  Creemos.

  Actuamos.

  Servimos.

  Ejercemos la autoridad recibida bajo el señorío de Jesucristo.

  Y esperamos ver la intervención sobrenatural de Dios.

  Porque no fuimos llamados solamente a esperar que algún día el mundo conozca cómo luce el Reino de Dios.

Fuimos llamados a mostrárselo.

  Aquí.

  Ahora.

  Andando como Cristo anduvo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.