La resurrección de Jesucristo no es simplemente uno de los muchos acontecimientos que forman parte de la historia cristiana. Es uno de los fundamentos sobre los cuales descansa toda nuestra fe. Si Jesucristo murió en la cruz y permaneció en la tumba, entonces el cristianismo pierde una parte esencial de su mensaje. Pero si realmente resucitó, entonces todo cambia.
Esta es precisamente la razón por la que vale la pena estudiar cuidadosamente lo que ocurrió después de la crucifixión. La pregunta no es solamente si creemos que Jesús resucitó porque así nos lo enseñaron desde pequeños, porque lo escuchamos en una iglesia o porque aparece escrito en la Biblia. La pregunta que deseo plantear a lo largo de esta serie es mucho más profunda:
¿Existen razones suficientes para creer que Jesucristo realmente se levantó de entre los muertos?
Antes de intentar responderla, debemos comprender por qué este asunto tiene tanta importancia.
El apóstol Pablo fue extraordinariamente claro al hablar de este tema. Él no trató la resurrección como una enseñanza secundaria ni como algo que pudiera aceptarse o rechazarse sin consecuencias. Por el contrario, afirmó que si Cristo no resucitó, nuestra predicación y nuestra fe serían vanas, y todavía permaneceríamos en nuestros pecados.
“Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.”
1 Corintios 15:14
Más adelante vuelve a decir:
“Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.”
1 Corintios 15:17
Estas palabras son impresionantes.
Pablo prácticamente coloca todo el cristianismo sobre un acontecimiento histórico: la resurrección de Jesucristo.
No dijo: “Aunque Cristo no haya resucitado, sus enseñanzas siguen siendo bonitas”. Tampoco dijo que lo importante fuera solamente recordar sus principios morales. Para Pablo, la cuestión era mucho más seria: si Jesucristo no resucitó, entonces algo fundamental del mensaje cristiano se derrumba.
Durante su ministerio, Jesús hizo afirmaciones extraordinarias acerca de sí mismo. Enseñó con una autoridad que sorprendía a quienes lo escuchaban, habló acerca del perdón de los pecados, anunció que entregaría su vida y también declaró que volvería a levantarse.
Cualquier persona puede hacer grandes afirmaciones. Pero la pregunta es si esas afirmaciones pueden ser respaldadas.
La resurrección ocupa un lugar extraordinario precisamente porque constituye la confirmación de que la muerte no pudo retener a Jesucristo.
Sus enemigos podían arrestarlo.
Podían juzgarlo.
Podían azotarlo.
Podían clavarlo en una cruz.
Podían colocar su cuerpo dentro de una tumba.
Podían cerrar aquella tumba con una enorme piedra.
Pero si después de todo aquello Jesucristo volvió a vivir, entonces estamos frente a un acontecimiento completamente diferente de cualquier otro en la historia humana.
Con frecuencia hablamos de la cruz porque allí Jesucristo entregó su vida. Y ciertamente la cruz ocupa un lugar central en el mensaje del Evangelio. Pero la historia cristiana no termina el viernes por la tarde con un cuerpo colocado dentro de un sepulcro.
Si todo hubiera terminado allí, tendríamos la historia de un hombre extraordinario que murió de una manera terrible.
Pero el mensaje de los primeros cristianos era diferente.
Ellos proclamaban que aquel que había sido crucificado estaba vivo.
Por eso la cruz y la resurrección deben entenderse juntas. La cruz nos habla de su muerte; la resurrección nos habla de su victoria sobre la muerte.
Pablo resumió el mensaje que había recibido y transmitido diciendo que Cristo murió, fue sepultado y resucitó al tercer día. Para él, estos acontecimientos formaban parte de una misma realidad.
Existe otro aspecto que debemos considerar.
Después de la crucifixión encontramos a los discípulos llenos de miedo. Algunos habían huido cuando arrestaron a Jesús. Pedro incluso negó conocerlo. Después de su muerte, los discípulos se encontraban reunidos detrás de puertas cerradas por temor.
Algo había sucedido con ellos.
El hombre a quien habían seguido durante años había sido ejecutado públicamente. Sus expectativas parecían haberse derrumbado y el temor había tomado el lugar de la seguridad que alguna vez habían tenido.
Sin embargo, poco tiempo después encontramos a estos mismos hombres proclamando públicamente que Jesucristo había resucitado.
Aquellos que se escondían comenzaron a hablar.
Aquellos que tenían miedo comenzaron a confrontar a las autoridades.
Aquellos que habían huido comenzaron a anunciar precisamente en Jerusalén que el hombre que había sido crucificado estaba vivo.
Entonces surge una pregunta inevitable:
¿Qué ocurrió para producir un cambio tan extraordinario en ellos?
Esta será una de las preguntas que estudiaremos detenidamente a lo largo de esta serie.
Los discípulos no salieron por las calles anunciando simplemente las enseñanzas de un maestro fallecido.
Su mensaje era mucho más poderoso:
Jesucristo había resucitado.
Eso explica por qué la resurrección aparece una y otra vez en la predicación de la Iglesia primitiva.
Ellos no hablaban de Jesús únicamente en pasado. No decían solamente: “Jesús hizo”, “Jesús enseñó” o “Jesús murió”.
Ellos afirmaban:
Jesús vive.
Y esa convicción transformó completamente su manera de vivir.
Todos los seres humanos tarde o temprano tenemos que enfrentarnos con la realidad de la muerte.
Podemos ignorarla durante algún tiempo. Podemos evitar hablar de ella. Podemos distraernos con nuestras actividades cotidianas. Pero tarde o temprano todos tendremos que enfrentarnos con ella.
Y es precisamente aquí donde la resurrección de Jesucristo adquiere una dimensión profundamente personal.
Si Jesucristo resucitó, entonces la muerte no tuvo la última palabra sobre Él.
Y si Cristo venció a la muerte, la esperanza cristiana no está fundamentada solamente en buenos deseos.
Está fundamentada en una persona que murió y, según el testimonio de sus discípulos, volvió a vivir.
Durante muchos años creí en la resurrección de Jesucristo porque era parte de mi fe. Pero cuando comencé a estudiar cuidadosamente los acontecimientos que rodearon su muerte, sepultura y resurrección, algo comenzó a cambiar profundamente dentro de mí.
Jesucristo dejó de ser solamente alguien acerca de quien yo había aprendido.
Comprender la resurrección hizo que muchas cosas que anteriormente eran teoría comenzaran a convertirse en una realidad en mi interior. Nació una mayor seguridad, esperanza y deseo de hablar acerca de Jesús.
Comprender y estudiar la resurrección transformó profundamente mi manera de relacionarme con Él.
Porque existe una enorme diferencia entre pensar solamente que Jesucristo vivió hace dos mil años y comprender que Él está vivo.
A lo largo de esta serie no quiero pedirle al lector que acepte la resurrección simplemente porque yo lo diga.
Quiero que examinemos los acontecimientos.
Debemos preguntarnos:
¿Murió realmente Jesucristo?
¿Quién comprobó su muerte?
¿Dónde fue sepultado?
¿Qué clase de tumba era?
¿Quién vigilaba aquella tumba?
¿Qué significaba el sello colocado sobre ella?
¿Podrían los discípulos haber robado el cuerpo?
¿Por qué apareció vacía la tumba?
¿Quiénes dijeron haber visto a Jesucristo después de su muerte?
¿Y qué ocurrió posteriormente con aquellas personas?
No tenemos que tener miedo de hacer preguntas. Si un acontecimiento es verdadero, debe poder ser examinado.
La resurrección es importante porque todo cambia dependiendo de si ocurrió o no ocurrió.
Si Jesucristo permaneció muerto, estamos hablando solamente de un personaje extraordinario de la antigüedad.
Pero si Jesucristo realmente resucitó, entonces estamos hablando de alguien completamente diferente.
Entonces sus palabras adquieren una importancia extraordinaria.
Sus promesas adquieren una dimensión completamente nueva.
La cruz adquiere un significado todavía más profundo.
Y nuestra propia relación con la muerte cambia para siempre.
Por eso no quiero que esta serie comience diciendo simplemente:
“Cristo resucitó porque la Biblia lo dice.”
Quiero ir más lejos.
Quiero que observemos cuidadosamente los acontecimientos y nos hagamos una pregunta que cada persona tendrá que responder por sí misma:
En los próximos artículos comenzaremos a examinar el caso paso a paso.
1 Corintios 15:1-18.
Juan 20:19-23.
Hechos 2:22-32.
Hechos 4:1-14.
Existe una pregunta que todo cristiano debería atreverse a formular alguna vez:
¿Qué pasaría si Jesucristo nunca hubiera resucitado?
La pregunta puede resultar incómoda. Incluso puede parecernos irreverente. Sin embargo, el apóstol Pablo no tuvo miedo de hacerla. Por el contrario, en el capítulo quince de su primera carta a los Corintios llevó esta posibilidad hasta sus últimas consecuencias.
Pablo no trató la resurrección como un detalle secundario de la fe cristiana. Tampoco la presentó como una doctrina que pudiera eliminarse sin alterar demasiado el resto del mensaje.
Para él, la conclusión era mucho más radical:
Si Cristo no resucitó, el cristianismo pierde su fundamento.
Esto es algo que siempre me ha parecido extraordinario.
Pablo no dijo: “No hagan preguntas”.
Tampoco pidió a los creyentes que cerraran los ojos ante las dificultades.
Al contrario, planteó abiertamente lo que ocurriría si la afirmación central de los apóstoles fuera falsa.
Él escribió:
“Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.”
1 Corintios 15:14
Después agregó:
“Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.”
1 Corintios 15:17
Y todavía añadió otra consecuencia:
“Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron.”
1 Corintios 15:18
Observe la fuerza de estas palabras.
Pablo está diciendo que, si Jesucristo no resucitó, no estamos hablando de un pequeño error doctrinal. Todo el mensaje cristiano queda profundamente afectado.
La primera conclusión de Pablo es impresionante:
“Vana es entonces nuestra predicación.”
¿Por qué?
Porque desde sus primeros días, el mensaje cristiano estuvo construido alrededor de un acontecimiento extraordinario: Jesucristo había muerto y había resucitado.
Los discípulos no recorrieron Jerusalén anunciando únicamente que Jesús había sido un buen maestro.
No salieron diciendo simplemente que había enseñado grandes principios acerca del amor, la misericordia o el perdón.
Tampoco proclamaron solamente que había muerto injustamente.
Su mensaje principal era mucho más fuerte:
El hombre que fue crucificado está vivo.
Si eso fuera falso, entonces una parte esencial de la predicación de Pedro, Juan, Pablo y los demás apóstoles habría estado basada en algo que nunca ocurrió.
El cristianismo habría comenzado proclamando un acontecimiento inexistente.
Pablo continúa:
“Vana es también vuestra fe.”
Esto significa que la fe cristiana no descansa solamente sobre principios filosóficos, emociones religiosas o enseñanzas morales.
Está ligada a algo que supuestamente ocurrió en la historia.
Jesucristo vivió.
Jesucristo fue crucificado.
Jesucristo murió.
Jesucristo fue sepultado.
Y los primeros cristianos proclamaron que Jesucristo resucitó.
Si la última de estas afirmaciones fuera falsa, entonces los creyentes estarían depositando su confianza en alguien que permaneció muerto.
Podríamos admirar sus enseñanzas.
Podríamos estudiar su vida.
Podríamos incluso considerarlo uno de los personajes más extraordinarios que han existido.
Pero sería muy diferente afirmar que Él vive.
Pablo lleva todavía más lejos su argumento.
Él dice que si Cristo no resucitó, entonces los apóstoles serían:
“Falsos testigos de Dios.”
Esta expresión es muy fuerte.
¿Por qué?
Porque ellos no dijeron simplemente:
“Creemos que Jesús quizá resucitó”.
Ellos afirmaron haber sido testigos.
Pedro dijo haberlo visto.
Juan dijo haberlo visto.
Los demás discípulos dijeron haberlo visto.
Pablo afirmó que Jesús también se le apareció a él.
Además, en el mismo capítulo menciona apariciones a numerosos creyentes.
Entonces sólo existen unas pocas posibilidades.
O estaban diciendo la verdad.
O estaban equivocados.
O estaban mintiendo.
Pero no podemos reducir sus declaraciones a una simple metáfora religiosa.
Ellos afirmaban que Jesús había vuelto de la muerte.
Pablo escribe algo todavía más serio:
“Aún estáis en vuestros pecados.”
La cruz y la resurrección están profundamente relacionadas.
La muerte de Cristo tiene un significado central dentro del Evangelio, pero la resurrección representa la victoria que sigue a esa muerte.
Si Jesucristo hubiera quedado definitivamente en la tumba, habría muerto como cualquier otro ser humano.
El mensaje de victoria sobre el pecado y la muerte perdería su fundamento.
La tumba habría tenido la última palabra.
Pero el Evangelio proclama exactamente lo contrario:
La muerte no tuvo la última palabra.
Después Pablo dirige nuestra mirada hacia algo muy personal.
Todos hemos perdido personas que amamos.
La muerte toca inevitablemente a cada familia.
Y una de las grandes esperanzas del cristianismo es que la muerte no representa el final definitivo.
Pero Pablo es completamente coherente con su razonamiento.
Si Cristo no resucitó, entonces tampoco existe fundamento para esperar una resurrección futura.
Por eso declara que quienes murieron creyendo en Cristo habrían perecido.
Aquí comprendemos que la resurrección no es solamente importante para saber qué sucedió con Jesús hace dos mil años.
Tiene consecuencias sobre nuestro propio destino.
Imagine por un momento un cristianismo sin un Cristo resucitado.
Tendríamos el Sermón del Monte.
Tendríamos las parábolas.
Tendríamos enseñanzas extraordinarias acerca del amor y el perdón.
Tendríamos la historia de un hombre que sanó enfermos, confrontó la injusticia y mostró misericordia hacia los necesitados.
Tendríamos también la tragedia de su crucifixión.
Pero la historia terminaría frente a una tumba cerrada.
Y eso cambiaría completamente el mensaje.
El cristianismo dejaría de anunciar:
“Él vive.”
Y solamente podría decir:
“Él vivió.”
La diferencia entre estas dos frases es enorme.
Si Jesús no resucitó, inmediatamente aparece otra pregunta:
¿Por qué los discípulos comenzaron a proclamar que había resucitado?
Recordemos el estado en que se encontraban después de la crucifixión.
Estaban asustados.
Habían huido.
Pedro había negado públicamente conocer a Jesús.
Después de su muerte permanecían escondidos por miedo a las autoridades.
Sin embargo, poco tiempo después estos mismos hombres aparecieron públicamente proclamando que aquel a quien habían visto morir estaba vivo.
Si la resurrección no ocurrió, tendremos que encontrar alguna explicación para esa transformación.
Y esa explicación deberá ser suficientemente sólida para explicar no solamente su predicación, sino también el riesgo que estuvieron dispuestos a correr por ella.
Hay algo que debemos comprender.
Los primeros cristianos comenzaron a proclamar la resurrección en el mismo ambiente donde Jesús había sido crucificado.
No esperaron cientos de años.
No se fueron a una tierra distante donde nadie conociera los acontecimientos.
Su mensaje comenzó precisamente entre personas que conocían lo sucedido.
Esto convertía la afirmación de la resurrección en algo que podía ser desafiado.
Si el cuerpo de Jesús hubiera permanecido en la tumba, sus enemigos habrían tenido una respuesta extraordinariamente sencilla:
Mostrar el cadáver.
Un cuerpo habría podido destruir de inmediato la proclamación de que Jesús estaba vivo.
Por eso la pregunta acerca de la tumba será tan importante cuando avancemos en esta investigación.
Algunas personas piensan que cuestionar la resurrección debilita la fe.
Yo pienso exactamente lo contrario.
Una fe que teme cualquier pregunta termina siendo frágil.
Pablo mismo se atrevió a colocar la resurrección frente a la pregunta más difícil:
¿Qué pasa si no ocurrió?
Y precisamente porque comprendía las consecuencias, defendió con tanta fuerza que Jesucristo realmente había resucitado.
La lógica es sencilla:
Si Cristo no resucitó, la predicación apostólica sería vana.
Nuestra fe sería vana.
Los apóstoles serían falsos testigos.
Permaneceríamos en nuestros pecados.
Los que murieron esperando en Cristo habrían perecido.
Y la esperanza cristiana frente a la muerte perdería su fundamento.
Pero si Cristo resucitó…
entonces todo cambia.
Llegados a este punto, podemos comprender por qué la resurrección merece una investigación seria.
No estamos estudiando una curiosidad histórica.
Estamos estudiando el acontecimiento sobre el cual los primeros cristianos estuvieron dispuestos a colocar toda su fe.
Por eso no debemos conformarnos con una respuesta superficial.
No basta decir:
“Yo creo porque siempre me lo enseñaron.”
Tampoco basta que otra persona diga:
“Yo no creo porque las resurrecciones son imposibles.”
Ambas posiciones deben enfrentarse con los hechos.
La pregunta correcta es:
A partir de aquí comenzaremos a construir el caso.
Primero tendremos que preguntarnos si los documentos que relatan la resurrección pueden ser tomados seriamente como fuentes para una investigación histórica.
Porque antes de estudiar la tumba, los soldados, la piedra, los testigos o las apariciones, debemos responder una cuestión fundamental:
1 Corintios 15:1-20.
Juan 20:19-29.
Hechos 2:22-36.
Hechos 4:1-14.
Cuando hablamos de la resurrección de Jesucristo, muchas personas piensan inmediatamente que estamos entrando exclusivamente en el terreno de la fe. Para algunos, afirmar que Jesús resucitó pertenece únicamente a la religión y, por lo tanto, consideran que no puede ser investigado de ninguna manera.
Pero debemos hacernos una pregunta muy sencilla:
¿Es correcto pensar así?
La resurrección, ciertamente, contiene un elemento sobrenatural. Pero los acontecimientos que la rodearon ocurrieron, según los Evangelios, en un lugar determinado, en una época determinada, bajo autoridades conocidas y frente a personas concretas.
Jesús no fue crucificado en un lugar imaginario.
No fue sepultado en una ciudad mitológica.
Sus discípulos no pertenecieron a una civilización desconocida.
Los relatos colocan los acontecimientos dentro de la historia humana.
Por eso considero que la resurrección puede, y debe, ser investigada seriamente.
En ocasiones encontramos dos extremos.
Por un lado están quienes dicen:
“Yo creo y no necesito investigar nada.”
Y por el otro están quienes responden:
“Como se trata de un milagro, no vale la pena investigar.”
Ninguna de estas posiciones me parece suficiente.
Si estamos afirmando que algo ocurrió en la historia, tenemos derecho a preguntar qué evidencia existe.
Podemos examinar documentos.
Podemos estudiar lugares.
Podemos analizar personajes.
Podemos observar el contexto político y religioso.
Podemos estudiar las costumbres funerarias.
Podemos preguntarnos quiénes estuvieron presentes.
Podemos comparar distintos testimonios.
Y podemos intentar determinar qué explicación concuerda mejor con la información disponible.
Esto no significa que podamos meter la resurrección dentro de un laboratorio y repetirla. Muchos acontecimientos históricos tampoco pueden repetirse.
No podemos repetir una batalla antigua.
No podemos reproducir el asesinato de un emperador romano.
No podemos regresar al momento exacto en que una ciudad fue destruida.
Sin embargo, los historiadores investigan esos acontecimientos mediante los rastros que dejaron.
Con la resurrección podemos hacer algo parecido.
Una de las primeras fuentes de información que tenemos son los escritos del Nuevo Testamento.
Muchas personas rechazan inmediatamente estos documentos porque forman parte de la Biblia.
Pero si queremos realizar una investigación seria, no podemos descartarlos simplemente por su contenido religioso.
Primero debemos preguntarnos qué clase de documentos son, cuándo fueron escritos, quiénes los escribieron, a quiénes estaban dirigidos y qué clase de información contienen.
En mi libro explico que muchos escritos del Nuevo Testamento fueron dirigidos originalmente a personas o grupos concretos. Lucas y Hechos, por ejemplo, fueron dirigidos a Teófilo; las cartas de Pablo fueron enviadas a comunidades y personas específicas; y otros autores escribieron para conservar y comunicar acontecimientos que formaban parte de la realidad que les había tocado vivir.
Eso significa que, antes de ser reunidos dentro de lo que hoy llamamos Biblia, estos textos fueron documentos que circularon entre personas reales.
Este punto es muy importante.
A veces se comete un error de razonamiento: se piensa que, porque un documento contiene afirmaciones religiosas o sobrenaturales, todo lo demás que relata debe ser rechazado.
Pero eso no sería una forma justa de investigar.
Un documento antiguo debe ser analizado por lo que contiene.
Si describe ciudades, gobernantes, caminos, costumbres, edificios, acontecimientos políticos y lugares geográficos, todas esas afirmaciones pueden compararse con otras fuentes.
El hecho de que, además, contenga afirmaciones acerca de Dios no obliga a aceptar automáticamente esas afirmaciones; pero tampoco justifica desechar todo el documento antes de estudiarlo.
La investigación comienza examinando, no descartando.
Una diferencia importante entre una leyenda puramente mitológica y los relatos de la pasión de Jesucristo es que estos últimos están llenos de referencias geográficas.
Getsemaní.
El pretorio.
Un huerto.
Un sepulcro excavado en la roca.
Todos estos elementos forman parte del escenario que podemos estudiar.
Los Evangelios describen incluso características particulares del sepulcro: estaba ubicado en un huerto cercano al lugar de la crucifixión, era nuevo, había sido excavado en roca y se cerraba con una gran piedra.
Estas descripciones son importantes porque convierten el relato en algo que puede compararse con la geografía, la arqueología y las costumbres funerarias de aquella época.
La historia de la muerte y resurrección de Jesús tampoco ocurre rodeada solamente de personajes anónimos.
Los relatos mencionan gobernantes y autoridades.
Los principales sacerdotes.
Soldados romanos.
José de Arimatea.
Los discípulos.
Las mujeres que acudieron al sepulcro.
Esto es importante porque una investigación histórica siempre intenta identificar a los participantes de un acontecimiento.
¿Quién tomó las decisiones?
¿Quién tenía autoridad?
¿Quién presenció los hechos?
¿Quién tenía interés en que Jesús muriera?
¿Quién tenía interés en impedir que el cuerpo desapareciera?
Estas preguntas son perfectamente legítimas.
Una investigación no solamente pregunta qué ocurrió.
También pregunta por qué ciertas personas actuaron como lo hicieron.
En el caso de Jesucristo, había importantes intereses políticos y religiosos alrededor de su muerte.
En mi libro analizo cómo las autoridades religiosas consideraban a Jesús una amenaza, especialmente porque confrontaba públicamente su conducta y porque su influencia sobre el pueblo podía poner en peligro su poder.
También debemos considerar al poder romano, cuya principal preocupación era conservar el orden político.
Comprender estos intereses nos ayuda a estudiar después una cuestión muy importante:
¿Qué tan interesados estaban los enemigos de Jesús en asegurarse de que realmente estuviera muerto y de que su cuerpo permaneciera dentro de la tumba?
Esa pregunta tendrá enorme importancia más adelante.
Otro elemento histórico que podemos estudiar es el método de ejecución.
Jesucristo fue crucificado.
La crucifixión no es una invención de los Evangelios. Era una forma de ejecución utilizada en el mundo antiguo y adoptada ampliamente por Roma.
Por lo tanto, podemos estudiar cómo se ejecutaba una crucifixión.
Podemos investigar qué ocurría con el cuerpo.
Podemos analizar la flagelación.
Podemos examinar las heridas.
Podemos estudiar de qué manera morían los crucificados.
Todo esto será importante porque antes de hablar de una resurrección debemos establecer algo elemental:
¿Jesucristo realmente estaba muerto cuando lo colocaron en el sepulcro?
En mi libro dedico una parte importante precisamente al estudio de la crucifixión y posteriormente a la comprobación de la muerte de Jesús.
Después encontramos otro elemento físico:
el sepulcro.
Sabemos por los relatos que el cuerpo fue entregado a José de Arimatea y colocado en una tumba.
Podemos estudiar cómo eran las tumbas judías del siglo primero.
Podemos investigar cómo se cerraban.
Podemos estudiar la función de las piedras que cubrían sus entradas.
Podemos observar cómo se preparaban los cuerpos para la sepultura.
Incluso podemos comparar las descripciones del Evangelio con tumbas que todavía existen en Israel.
Eso no demuestra por sí solo una resurrección, pero sí nos permite determinar si el escenario descrito corresponde o no con el mundo histórico del siglo primero.
Los Evangelios también mencionan que se tomaron medidas para impedir que desapareciera el cuerpo.
En mi libro estudio particularmente dos elementos:
la guardia y el sello.
La presencia de soldados alrededor de una tumba y la colocación de un sello oficial son circunstancias que pueden analizarse dentro del contexto de la autoridad romana.
Su importancia es evidente.
Si posteriormente alguien afirma que los discípulos simplemente llegaron, quitaron la piedra y se llevaron el cuerpo, entonces tenemos que preguntarnos:
¿Podían hacerlo?
¿Qué obstáculos existían?
¿Qué riesgo representaba enfrentarse a los guardias?
¿Qué significaba romper un sello imperial?
El relato presenta la guardia y el sello precisamente como medidas destinadas a impedir que alguien pudiera robar el cuerpo.
Después de encontrar la tumba vacía aparecen testimonios de personas que afirmaron haber visto vivo a Jesucristo.
Una investigación histórica debe preguntar:
¿Cuántas personas hicieron esa afirmación?
¿Quiénes eran?
¿Sus testimonios aparecieron inmediatamente o siglos después?
¿Creían desde el principio que Jesús iba a resucitar?
¿Ganaron algo al proclamarlo?
¿Cambió su conducta después de aquello que dijeron haber visto?
Estas preguntas son fundamentales.
Los propios Evangelios muestran que los discípulos no se encontraban esperando alegremente una resurrección. Estaban temerosos y, en algunos casos, incluso fueron lentos para creer el testimonio inicial de las mujeres.
Esto hace todavía más interesante investigar qué produjo posteriormente un cambio tan profundo en ellos.
Una investigación seria no debe examinar solamente la explicación que uno desea que sea verdadera.
También debe estudiar las alternativas.
Quizá Jesús no murió.
Quizá alguien robó el cuerpo.
Quizá los discípulos mintieron.
Quizá se equivocaron de tumba.
Quizá todo fue inventado.
Cada una de estas posibilidades debe ser examinada.
Y después debemos hacernos la pregunta que todo investigador debería formular:
¿Cuál explicación logra reunir de manera más coherente todos los hechos?
No debemos aceptar una explicación simplemente porque nos guste.
Debemos preguntarnos si explica realmente la información disponible.
Imagine que presentamos este caso ante un juez.
No comenzaríamos diciendo:
“Señor juez, tiene que creer porque yo soy cristiano”.
Tampoco bastaría que alguien dijera:
“Señor juez, no puede ser cierto porque yo no creo en milagros”.
Un juez querría saber:
¿Qué documentos tenemos?
¿Dónde ocurrieron los hechos?
¿Quiénes estaban allí?
¿Quién murió?
¿Quién verificó la muerte?
¿Dónde quedó el cuerpo?
¿Quién custodiaba el lugar?
¿Quién encontró la tumba vacía?
¿Qué dijeron los testigos?
¿Existen explicaciones alternativas?
¿Son coherentes?
Ese es precisamente el camino que deseo seguir.
También debemos ser cuidadosos.
La arqueología puede comprobar lugares, épocas, costumbres y objetos.
La historia puede estudiar documentos, personajes y acontecimientos.
La medicina puede ayudarnos a entender una crucifixión.
Pero ninguna excavación arqueológica puede desenterrar “la resurrección” como si fuera una vasija antigua.
La cuestión debe investigarse reuniendo diferentes tipos de evidencia y preguntándonos qué explicación ofrece el mejor sentido del conjunto.
Eso es exactamente lo que hacemos continuamente cuando estudiamos acontecimientos del pasado.
A lo largo de esta serie deseo pedir una sola cosa al lector:
No acepte ni rechace la resurrección antes de examinar los hechos.
Si usted es creyente, no tenga miedo de investigar.
Y si usted no cree, tampoco descarte el caso antes de estudiarlo.
Permitamos que los documentos hablen.
Examinemos el lugar.
Estudiemos la muerte.
Analicemos la tumba.
Observemos a los guardias.
Escuchemos a los testigos.
Consideremos las explicaciones alternativas.
Y después lleguemos a una conclusión.
Ese fue precisamente el propósito que me propuse al estudiar este tema: reunir la información contenida en los Evangelios y analizarla con la razón y la lógica para que el lector pudiera llegar a sus propias conclusiones.
Ya hemos establecido algo importante.
La resurrección contiene una afirmación sobrenatural, pero está rodeada por acontecimientos que se presentan como históricos.
Por eso podemos investigarla.
Ahora debemos acercarnos a nuestra primera gran fuente de información.
Tenemos cuatro relatos que describen la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo.
Y antes de utilizarlos como evidencia debemos preguntarnos:
Lucas 1:1-4.
Mateo 27:57-66.
Marcos 15:42-47.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-29.
1 Corintios 15:1-8.
Si queremos estudiar seriamente la resurrección de Jesucristo, tarde o temprano tendremos que enfrentarnos con una pregunta fundamental:
¿Qué valor tienen los Evangelios como documentos para una investigación?
Después de todo, gran parte de la información que poseemos acerca de la vida, muerte, sepultura y resurrección de Jesús se encuentra precisamente en Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Algunas personas aceptan estos libros inmediatamente porque forman parte de la Biblia. Otras, por el contrario, los descartan precisamente por la misma razón.
Pero ninguna de estas actitudes constituye por sí misma una investigación.
Si realmente queremos examinar los acontecimientos de la resurrección, debemos preguntarnos qué clase de documentos son los Evangelios, qué pretenden relatar y si es razonable utilizarlos como fuentes para estudiar los hechos que describen.
Con frecuencia olvidamos algo muy importante.
Cuando Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron sus relatos, no estaban sosteniendo en sus manos un ejemplar de lo que hoy conocemos como el Nuevo Testamento.
Sus escritos fueron producidos dentro de circunstancias históricas concretas y dirigidos a personas o comunidades que vivían en aquel mundo.
En mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito? señalo que muchos escritos del Nuevo Testamento fueron dirigidos originalmente a personas específicas. Lucas y Hechos, por ejemplo, fueron escritos para Teófilo; las cartas de Pablo fueron enviadas a iglesias y a personas como Timoteo, Tito y Filemón.
Esto es importante porque nos recuerda que los documentos del Nuevo Testamento surgieron dentro de la historia.
No aparecieron repentinamente siglos después sin relación con las personas y acontecimientos que describen.
Los Evangelios hablan de lugares.
Hablan de gobernantes.
Hablan de costumbres.
Hablan de conflictos políticos y religiosos.
Hablan de ciudades, caminos, fiestas, templos, tumbas y personajes.
Eso significa que muchas de sus afirmaciones pueden compararse con otras fuentes históricas, con la geografía y con la arqueología.
Por ejemplo, cuando describen los acontecimientos relacionados con la sepultura de Jesús, proporcionan detalles concretos: mencionan un huerto, un sepulcro nuevo, una tumba excavada en roca y una gran piedra colocada en su entrada.
Ese tipo de detalles puede ser investigado.
Podemos preguntarnos si existían tumbas de esa clase en el siglo primero.
Podemos estudiar las costumbres funerarias judías.
Podemos analizar la geografía de Jerusalén.
Podemos investigar el contexto romano.
Podemos comparar los relatos entre sí.
Este punto merece especial atención.
A veces se escucha una afirmación parecida a esta:
“No puede utilizarse la Biblia para estudiar a Jesús porque la Biblia es un libro religioso.”
Pero esta objeción, por sí sola, no resuelve nada.
Un documento antiguo no pierde automáticamente todo su valor histórico porque su autor tenga convicciones religiosas.
Lo correcto es examinarlo.
¿Menciona personas que realmente existieron?
¿Describe lugares conocidos?
¿Sus referencias geográficas corresponden con la región?
¿Las costumbres que presenta concuerdan con la época?
¿Los acontecimientos que describe encajan dentro del contexto político y social que conocemos?
Estas son preguntas legítimas para cualquier documento antiguo.
En mi propio estudio he insistido en que no debemos descalificar automáticamente la Biblia antes de investigarla. Mi propuesta ha sido precisamente analizar sus relatos junto con información histórica, geográfica y arqueológica.
Existe además otro elemento importante.
Los Evangelios no están escritos como si sus autores estuvieran narrando acontecimientos ocurridos en un mundo fantástico.
Presentan a Jesucristo dentro de lugares y circunstancias reconocibles.
Hablan de personas que comieron con Él.
Personas que caminaron con Él.
Personas que lo escucharon enseñar.
Personas que estuvieron presentes durante acontecimientos de su vida.
Y posteriormente presentan personas que afirmaron haberlo visto después de su muerte.
Por eso debemos tratar sus afirmaciones con seriedad suficiente como para investigarlas.
Esto no significa que debamos aceptar automáticamente todo lo que dicen.
Significa algo mucho más sencillo:
Debemos permitirles presentar su testimonio antes de decidir si lo creemos o no.
El comienzo del Evangelio de Lucas resulta especialmente interesante.
Lucas explica que otros ya habían intentado poner en orden los acontecimientos y que él decidió investigar cuidadosamente los hechos para presentar un relato ordenado.
Escribió:
“Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo.”
Lucas 1:1-3
Observe las expresiones utilizadas:
“Los que desde el principio lo vieron con sus ojos.”
“Después de haber investigado con diligencia.”
“Escribírtelas por orden.”
Lucas está presentando su obra como una investigación de acontecimientos que consideraba reales.
Esto no demuestra automáticamente que cada una de sus conclusiones sea verdadera, pero sí nos proporciona una razón para tomar en serio el documento y examinarlo.
Tenemos otra ventaja extraordinaria.
No contamos solamente con un relato.
Tenemos cuatro.
Mateo.
Marcos.
Lucas.
Juan.
Y esto nos permite comparar la información.
Podemos observar dónde coinciden.
Podemos estudiar las diferencias de perspectiva.
Podemos analizar los detalles que uno incluye y otro omite.
Podemos intentar reconstruir la secuencia de los acontecimientos.
Eso es exactamente lo que hacemos cuando tenemos varios testimonios de un mismo acontecimiento.
En el caso de la resurrección, los Evangelios describen diferentes momentos ocurridos durante aquella madrugada. En mi libro intento ordenar algunos de esos acontecimientos —la llegada de las mujeres, la visita de Pedro y Juan, María Magdalena permaneciendo junto a la tumba y las posteriores apariciones— para comprender cómo pudieron desarrollarse durante aquellas primeras horas.
Cuando varias personas observan un acontecimiento, no necesariamente cuentan exactamente los mismos detalles.
Una persona puede concentrarse en algo que otra apenas menciona.
Una puede comenzar su relato antes.
Otra puede interesarse más por un personaje determinado.
Otra puede resumir acontecimientos que alguien más describe ampliamente.
Por eso, cuando investigamos los Evangelios, no deberíamos esperar que fueran cuatro copias idénticas.
Si fueran palabra por palabra iguales, surgiría incluso otra pregunta: ¿copiaron simplemente unos de otros?
Lo importante es analizar si las diferencias pueden formar parte de perspectivas distintas acerca de los mismos acontecimientos y si el núcleo esencial del relato permanece.
Cuando llegamos a los acontecimientos finales de Jesús encontramos una estructura fundamental:
Jesús fue arrestado.
Fue juzgado.
Fue crucificado.
Murió.
Su cuerpo fue colocado en un sepulcro.
Posteriormente la tumba fue encontrada vacía.
Y sus seguidores afirmaron que Jesucristo había resucitado y se les había aparecido.
Precisamente estas afirmaciones son las que debemos investigar.
No basta con decir:
“Lo dicen los Evangelios, por lo tanto tiene que ser verdad.”
Pero tampoco es suficiente responder:
“Está en los Evangelios, por lo tanto no puede ser verdad.”
Ambas respuestas evitan la investigación.
También podemos preguntar qué intentaban lograr aquellos escritores.
En mi libro planteo que los autores del Nuevo Testamento no escribieron pensando que siglos después sus textos formarían parte del libro más difundido del mundo. Tampoco escribieron esperando convertirse en autores famosos. Sus documentos surgieron dentro de situaciones concretas y buscaban transmitir aquello que consideraban verdadero acerca de Jesús y de los acontecimientos que rodearon su vida.
Esto no demuestra por sí mismo que nunca pudieran equivocarse.
Pero vuelve legítima otra pregunta:
¿Qué explicación tenemos para el origen de estos relatos?
Si afirmamos que los autores inventaron la resurrección, tendremos que explicar por qué lo hicieron.
Si creemos que fueron engañados, tendremos que explicar quién los engañó y cómo.
Si pensamos que confundieron los acontecimientos, tendremos que estudiar si esa hipótesis encaja con la información.
Y si consideramos que estaban diciendo la verdad, también tendremos que examinar las consecuencias de esa posibilidad.
Imagine nuevamente que estamos llevando el caso de la resurrección ante un tribunal.
Mateo entra a declarar.
Marcos entra a declarar.
Lucas entra a declarar.
Juan entra a declarar.
¿Qué haríamos?
No sería correcto condenarlos antes de escucharlos.
Pero tampoco deberíamos aceptar automáticamente todo lo que dicen.
Los interrogaríamos.
Les preguntaríamos:
¿Dónde ocurrió?
¿Cuándo ocurrió?
¿Quiénes estaban presentes?
¿Quién condenó a Jesús?
¿Quién lo crucificó?
¿Quién comprobó su muerte?
¿Quién recibió el cuerpo?
¿Dónde fue colocado?
¿Quién llegó primero al sepulcro?
¿Qué encontraron allí?
¿Quién afirmó haber visto a Jesús vivo?
Después compararíamos las declaraciones.
Eso es investigar.
También debemos distinguir dos cosas.
Hasta este momento no hemos demostrado todavía que Jesús resucitó.
Lo que estamos estableciendo es algo previo:
Tenemos documentos que contienen afirmaciones históricas y que pueden ser sometidos a investigación.
Ahora debemos analizar esas afirmaciones una por una.
Eso nos llevará a estudiar la geografía, la crucifixión, la muerte de Jesús, su sepultura, la guardia, el sello, la tumba vacía y finalmente los testigos.
Cada pieza deberá colocarse en su sitio.
El tema de la confiabilidad de los Evangelios es demasiado amplio para desarrollarlo completamente dentro de este artículo.
Aquí solamente estamos estableciendo que Mateo, Marcos, Lucas y Juan pueden ser examinados como documentos relacionados con los acontecimientos que describen.
Para el lector que quiera profundizar mucho más en este asunto, recomiendo mi libro:
En esa obra abordo específicamente la pregunta acerca de la confiabilidad de estos documentos y las razones por las cuales considero que merecen ser estudiados seriamente.
Nuestro propósito en esta serie será más específico: utilizar los Evangelios como parte de la evidencia disponible y someter las afirmaciones acerca de la resurrección a una investigación progresiva.
Llegamos entonces a una conclusión sencilla.
Sí, los Evangelios pueden ser investigados.
Podemos examinar su contenido.
Podemos comparar sus relatos.
Podemos estudiar sus lugares.
Podemos investigar sus personajes.
Podemos contrastar sus descripciones con la historia, la geografía y la arqueología.
Y después podemos preguntarnos si las evidencias sostienen aquello que afirman.
No le estoy pidiendo que acepte todavía la conclusión.
Le estoy pidiendo algo mucho más elemental:
Escuchemos primero a los testigos.
Porque si vamos a decidir si Jesucristo realmente resucitó, tenemos que comenzar examinando los documentos que afirman que aquello ocurrió.
Y una vez aceptado este punto, aparece nuestra siguiente pregunta:
Lucas 1:1-4.
Juan 19:35.
Juan 20:30-31.
Juan 21:24.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:1-8.
Imaginemos por un momento una escena extraordinaria.
Han pasado algunos días desde la crucifixión de Jesucristo. La noticia comienza a extenderse por Jerusalén: la tumba está vacía y sus discípulos aseguran que Jesús ha resucitado.
Las autoridades rechazan aquella afirmación. Los discípulos insisten en que es verdadera.
Supongamos entonces que el asunto llega ante un tribunal.
Un juez ocupa su lugar. Frente a él comparecen los testigos. Se presentan documentos. Se examina la escena de los acontecimientos. Se estudia la muerte de Jesús, su sepultura, la tumba, la piedra, los guardias y las declaraciones de quienes aseguran haberlo visto vivo.
La pregunta que tendría que resolver aquel tribunal sería extraordinaria:
Este ejercicio resulta especialmente interesante porque nos obliga a dejar por un momento nuestras emociones y comenzar a pensar como investigadores.
No se trataría simplemente de preguntar quién cree y quién no cree.
Tendríamos que examinar evidencias.
En un juicio serio no debería comenzarse diciendo: “El acusado es culpable porque yo creo que lo es”.
Tampoco sería correcto afirmar: “Es inocente porque me resulta imposible imaginar que sea culpable”.
Primero se presenta el caso.
Después se examinan las pruebas.
Se escucha a los testigos.
Se analizan sus declaraciones.
Se estudian las posibles contradicciones.
Se investigan las motivaciones de las personas involucradas.
Y solamente después se intenta llegar a una conclusión.
Quiero aplicar un principio semejante al estudio de la resurrección.
No deseo decirle al lector:
“Tiene que creer porque yo lo digo.”
Quiero colocar delante de usted las piezas del caso y preguntarnos juntos:
¿Qué explicación corresponde mejor con los acontecimientos que describen nuestras fuentes?
Antes de hablar de una resurrección tenemos que establecer varios hechos fundamentales.
Primero tendremos que demostrar que Jesucristo realmente murió.
Esto es indispensable.
Si Jesús sobrevivió a la crucifixión, entonces no necesitaríamos hablar de una resurrección. Estaríamos hablando simplemente de una persona que sobrevivió a una ejecución.
Por eso, en mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito?, dedico una parte importante a estudiar la crucifixión y posteriormente a comprobar la muerte de Jesús. La lógica es sencilla: si no podemos establecer que murió, tampoco podemos comenzar seriamente a hablar de que resucitó.
Pero demostrar la muerte sería solamente el comienzo.
Según los Evangelios, Jesucristo no desapareció misteriosamente para después reaparecer afirmando haber vencido a la muerte.
Fue ejecutado públicamente.
La crucifixión romana estaba diseñada para producir una muerte lenta, dolorosa y visible. En mi libro explico que Roma utilizaba esta forma de ejecución precisamente de manera pública, entre otras razones, para servir de advertencia a quienes contemplaban el castigo.
Esto significa que el primer punto que nuestro tribunal tendría que investigar sería:
¿Murió realmente Jesús en aquella cruz?
Tendríamos que examinar la flagelación.
La crucifixión.
Las heridas.
La actuación de los soldados.
La lanza.
Y la entrega posterior del cuerpo para ser sepultado.
No podemos saltarnos este paso.
Después de la crucifixión aparece otro elemento fundamental del caso.
El cuerpo fue sepultado.
Los relatos identifican incluso a la persona relacionada con aquella sepultura: José de Arimatea.
También describen determinadas características del lugar.
Era un sepulcro nuevo.
Estaba excavado en roca.
Se encontraba en un huerto.
Estaba cerca del lugar de la crucifixión.
Y una gran piedra cerraba su entrada.
Estas características forman parte del escenario que posteriormente tendremos que investigar.
Esto es importante porque la afirmación cristiana no dice simplemente:
“Jesús desapareció”.
Afirma algo mucho más concreto:
Jesús murió, fue sepultado y posteriormente aquella tumba fue encontrada vacía.
Aquí el caso comienza a ponerse todavía más interesante.
Los enemigos de Jesús conocían la afirmación de que resucitaría y precisamente por eso, según Mateo, solicitaron medidas para asegurar el sepulcro.
Se colocó una guardia.
La tumba fue asegurada.
Y aparece además el elemento del sello.
Esto significa que no estamos ante una situación en la cual nadie prestaba atención al cadáver.
Por el contrario, había personas poderosas interesadas en que el cuerpo permaneciera donde había sido colocado.
Esta circunstancia tendrá una enorme importancia cuando posteriormente estudiemos la teoría de que los discípulos robaron el cadáver.
Entonces ocurre aquello que origina todo el problema.
La tumba que debía contener el cuerpo de Jesús aparece abierta.
La piedra ha sido removida.
Y el cuerpo ya no está allí.
Mateo describe así aquella mañana:
“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
Mateo 28:6
En este momento nuestro supuesto tribunal tendría que detenerse.
Porque independientemente de la explicación que demos posteriormente, aparece una pregunta:
Si Jesús permaneció muerto, alguien tendrá que explicar qué ocurrió con él.
Una tumba vacía, por sí sola, no demostraría una resurrección.
Esto es importante reconocerlo.
Una tumba vacía únicamente demostraría que el cuerpo ya no estaba allí.
Podría haber otras explicaciones.
Pero el caso cristiano no termina con la tumba vacía.
Después aparecen personas que aseguran haber visto a Jesucristo vivo.
Los discípulos.
Y posteriormente otros seguidores.
Pablo incluso afirma que Jesús apareció a más de quinientos hermanos a la vez.
Entonces el tribunal tendría que hacer otra pregunta:
¿Qué hacemos con esos testimonios?
No bastaría con contar cuántos testigos existen.
Tendríamos que estudiarlos.
¿Esperaban realmente que Jesús resucitara?
¿Se pusieron de acuerdo para inventar una historia?
¿Tenían algo que ganar?
¿Podrían haber confundido a otra persona con Jesús?
¿Sus afirmaciones aparecieron inmediatamente o muchos siglos después?
¿Cambió su comportamiento después de aquello que afirmaban haber visto?
Estas preguntas son completamente legítimas.
Y existe un detalle especialmente interesante.
Los discípulos no aparecen inmediatamente después de la crucifixión como hombres valientes esperando una resurrección.
Por el contrario, los encontramos atemorizados, escondidos y profundamente afectados por la muerte de su Maestro.
En mi libro señalo precisamente ese contraste: hombres que huyeron durante la crucifixión aparecen posteriormente dispuestos a proclamar que Jesús estaba vivo.
Nuestro tribunal tendría que explicar esa transformación.
Pero un juicio no escucha solamente a una parte.
También tendríamos que escuchar a los enemigos de Jesús.
Y aquí encontramos algo extraordinariamente interesante.
Según Mateo, la explicación que comenzó a circular no fue:
“El cuerpo continúa dentro de la tumba.”
La explicación fue:
“Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
Observe lo que implica esta explicación.
De alguna manera se está intentando explicar la ausencia del cuerpo.
Y entonces tendremos que investigar esta teoría.
¿Podrían los discípulos haberlo robado?
¿Tenían valor para enfrentarse a los guardias?
¿Podían mover la piedra?
¿Podían romper el sello?
¿Dónde habrían escondido el cadáver?
¿Y por qué posteriormente arriesgarían sus vidas proclamando algo que ellos mismos sabrían que era falso?
Existe además un problema lógico extraordinario en aquella explicación.
Los soldados supuestamente debían decir:
“Los discípulos vinieron mientras nosotros dormíamos.”
Imaginemos que uno de ellos está sentado frente al juez.
El abogado pregunta:
—¿Quién se llevó el cuerpo?
—Los discípulos.
—¿Los vio usted?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estaba dormido.
La siguiente pregunta sería inevitable:
Este mismo razonamiento aparece en mi libro: si los guardias estaban dormidos, ¿cómo podían identificar a las personas que supuestamente habían robado el cuerpo?
En un tribunal, semejante declaración tendría que ser examinada cuidadosamente.
Todo investigador pregunta por el motivo.
¿Quién quería que Jesús estuviera muerto?
Las autoridades religiosas tenían poderosos motivos para acabar con su influencia.
Roma tenía interés en conservar el orden.
Por otro lado, después de la crucifixión, los discípulos aparecen aterrorizados.
Entonces debemos preguntarnos:
¿Quién tenía interés en asegurarse de que el cuerpo permaneciera en la tumba?
¿Quién tendría interés en sacarlo?
¿Qué ganaría con ello?
¿Y qué riesgos tendría que asumir?
Las motivaciones no demuestran por sí solas un caso, pero forman parte de cualquier investigación seria.
Un buen tribunal no debería aceptar una conclusión mientras exista otra explicación que encaje mejor con los hechos.
Por eso debemos permitir que todas las hipótesis comparezcan.
Tal vez Jesús no murió realmente.
Tal vez los discípulos robaron el cuerpo.
Tal vez las mujeres fueron a la tumba equivocada.
Tal vez alguien más trasladó el cadáver.
Tal vez los discípulos inventaron las apariciones.
Cada explicación deberá enfrentarse con las mismas preguntas:
¿Explica la muerte?
¿Explica la tumba vacía?
¿Explica los testimonios posteriores?
¿Explica la transformación de los discípulos?
¿Explica la reacción de los enemigos de Jesús?
Una explicación que resuelva una pieza pero contradiga las demás no será suficiente.
Aquí encontramos un principio fundamental.
La evidencia de la resurrección no depende de una sola pieza.
No depende únicamente de la tumba.
No depende solamente de los discípulos.
No depende solamente de los soldados.
No depende únicamente de un documento.
El caso se construye acumulativamente.
Tenemos una crucifixión.
Una muerte.
Una sepultura.
Una tumba.
Una piedra.
Una guardia.
Un sello.
Una tumba posteriormente vacía.
Testigos que aseguran haber visto a Jesús vivo.
Y adversarios que necesitaban explicar por qué el cuerpo había desaparecido.
Todas las piezas deben ser estudiadas juntas.
Todavía no quiero emitirlo.
Sería demasiado pronto.
Un juez responsable no dicta sentencia antes de escuchar a todos los testigos.
Y nosotros apenas estamos comenzando nuestra investigación.
Pero sí podemos establecer algo importante:
La afirmación de la resurrección contiene elementos que pueden ser examinados como evidencia.
Podemos estudiar los documentos.
Podemos estudiar la crucifixión.
Podemos estudiar la muerte.
Podemos estudiar la sepultura.
Podemos estudiar la tumba.
Podemos analizar las medidas tomadas para protegerla.
Podemos estudiar las explicaciones sobre la desaparición del cuerpo.
Y podemos examinar las declaraciones de quienes afirmaron haber visto a Jesucristo vivo.
Al final tendremos que emitir nuestro propio veredicto.
En el epílogo de mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito? llego precisamente a esta idea: después de examinar los documentos, los lugares, la muerte de Jesús, las motivaciones de las autoridades, la tumba y las diferentes explicaciones, considero que el caso de la resurrección puede ser presentado ante un tribunal para ser juzgado.
Pero no quiero pedirle al lector que acepte mi veredicto antes de conocer las evidencias.
Vamos a examinarlas.
Una por una.
Como si nosotros mismos estuviéramos sentados en aquel tribunal.
Y cuando hayamos terminado, cada lector tendrá que responder:
Mateo 27:57-66.
Mateo 28:1-15.
Marcos 15:42-47.
Marcos 16:1-14.
Lucas 23:50-56.
Lucas 24:1-43.
Juan 19:31-42.
Juan 20:1-29.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:3-8.
Existe una pregunta que durante mucho tiempo estuvo dando vueltas en mi mente:
¿Es posible que nosotros, viviendo casi dos mil años después de Jesucristo, podamos acercarnos a los acontecimientos de su resurrección hasta el punto de sentirnos testigos de lo ocurrido?
Evidentemente, nosotros no estuvimos aquella mañana en Jerusalén. No caminamos con María Magdalena hacia el sepulcro. No vimos correr a Pedro y Juan. No estuvimos dentro de la tumba. No vimos personalmente a Jesucristo después de su muerte.
Sin embargo, tampoco estuvimos presentes en la mayoría de los grandes acontecimientos de la historia que aceptamos como reales.
Entonces surge una pregunta diferente:
¿Podemos reconstruir lo ocurrido utilizando los testimonios, los lugares, las circunstancias y las evidencias que han llegado hasta nosotros?
Esa pregunta fue precisamente una de las que me impulsaron a estudiar profundamente la resurrección. En mi libro recuerdo haberme preguntado: “¿Podríamos nosotros ser testigos de la resurrección de Cristo, dos mil años después de su muerte?” A partir de esa inquietud comencé a estudiar detalladamente los acontecimientos finales de la vida, muerte y resurrección de Jesús.
Ninguno de nosotros puede regresar físicamente al primer siglo.
Pero podemos hacer algo extraordinario:
podemos reconstruir los acontecimientos.
Eso es precisamente lo que hacen los historiadores.
Cuando investigamos un acontecimiento antiguo, reunimos documentos, testimonios, lugares, objetos, costumbres y circunstancias. Después intentamos colocar cada pieza en su sitio.
En el caso de la resurrección tenemos una ventaja especial: los relatos no dicen simplemente que “algo sobrenatural ocurrió en algún lugar”.
Nos proporcionan personajes.
Nos proporcionan lugares.
Nos proporcionan acontecimientos.
Nos describen una muerte.
Una sepultura.
Una tumba.
Una piedra.
Una guardia.
Un sepulcro vacío.
Y personas que posteriormente afirmaron haber visto vivo a quien habían visto morir.
Podemos seguir esas pistas.
Para comprender la resurrección correctamente no debemos comenzar el domingo por la mañana.
Debemos retroceder.
Tenemos que acompañar, por así decirlo, a Jesucristo durante sus últimas horas.
Debemos observar su arresto.
Sus interrogatorios.
Su condena.
La flagelación.
El camino hacia el lugar de la ejecución.
La crucifixión.
Su muerte.
La comprobación de aquella muerte.
La entrega del cuerpo.
La sepultura.
Y solamente entonces podremos llegar al sepulcro aquella mañana.
Este orden es fundamental porque no podemos hablar seriamente de una resurrección hasta establecer primero que hubo una muerte.
En mi libro hago precisamente esa observación: si no estamos convencidos de que la crucifixión realmente mató a Jesucristo, difícilmente podremos estar convencidos de que posteriormente resucitó.
Existe además algo que siempre me ha impresionado profundamente.
Jerusalén existe.
Los lugares donde ocurrieron estos acontecimientos pertenecen a una geografía real.
Podemos viajar a Israel.
Podemos caminar por Jerusalén.
Podemos observar tumbas excavadas en roca.
Podemos estudiar cómo eran los sepulcros del primer siglo.
Podemos comprender mucho mejor lo que significaba colocar un cuerpo dentro de una tumba y cerrar su entrada con una piedra.
Precisamente por eso, en mi libro utilicé fotografías tomadas durante mis propios viajes a Israel. Mi propósito era ayudar al lector a visualizar el escenario de los acontecimientos y comprender que estamos hablando de lugares que pertenecen a una geografía concreta.
Cuando uno observa personalmente aquellos lugares, muchos detalles que parecían solamente palabras comienzan a adquirir una dimensión completamente diferente.
Ahora imaginemos que estamos allí.
Jesús ha muerto.
José de Arimatea ha solicitado el cuerpo.
El cadáver ha sido colocado dentro de un sepulcro.
La entrada ha sido cerrada.
Los relatos describen una tumba nueva, excavada en roca, ubicada en un huerto y cerrada mediante una gran piedra.
No necesitamos imaginar una tumba moderna.
Podemos estudiar cómo eran aquellas tumbas.
Podemos observar ejemplos arqueológicos.
Podemos comprender su estructura.
Podemos preguntarnos cuánto podía pesar una piedra.
Podemos investigar cómo se cerraba una entrada.
Poco a poco, el escenario comienza a reconstruirse delante de nosotros.
Después aparece algo fascinante.
Los enemigos de Jesús estaban preocupados.
Recordaban que Él había hablado de levantarse después de su muerte.
Por eso solicitaron que la tumba fuera asegurada.
Entonces aparecen elementos que posteriormente serán fundamentales para nuestra investigación:
la guardia y el sello.
La tumba no quedó simplemente abandonada durante el fin de semana.
Existía interés en impedir que alguien pudiera manipularla.
Y eso nos permite hacernos preguntas muy concretas.
¿Quiénes eran aquellos guardias?
¿Qué responsabilidad tenían?
¿Qué significaba abandonar su puesto?
¿Qué representaba el sello colocado sobre la tumba?
¿Podrían unos discípulos aterrorizados simplemente llegar, enfrentarse a ellos, retirar la piedra y llevarse el cadáver?
Más adelante estudiaremos cada una de estas cuestiones.
Después llega el momento decisivo.
Ha terminado el día de reposo.
Comienza el primer día de la semana.
Un grupo de mujeres se dirige hacia el sepulcro.
No van esperando encontrar una tumba vacía.
Van hacia el lugar donde había sido colocado un muerto.
Marcos registra incluso una preocupación muy humana:
“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3
Eso nos permite acercarnos extraordinariamente a la escena.
Podemos imaginar el camino.
La madrugada.
La conversación.
La preocupación por la piedra.
Y después…
la piedra estaba removida.
Algo había ocurrido.
La noticia llega a los discípulos.
Pedro y Juan corren hacia el sepulcro.
Juan llega primero.
Se inclina.
Mira hacia dentro.
Después llega Pedro y entra.
El Evangelio de Juan presta atención incluso a lo que encontraron dentro: los lienzos y el sudario.
Son detalles extraordinariamente pequeños para un acontecimiento extraordinariamente grande.
Y aquí debemos detenernos.
Todavía no tenemos que gritar:
“¡Resucitó!”
Primero debemos actuar como investigadores.
La tumba está vacía.
Entonces preguntamos:
Ese será uno de los grandes misterios que tendremos que resolver.
Pero la investigación no termina con una tumba vacía.
Si solamente tuviéramos una tumba vacía, existirían diferentes explicaciones posibles.
El cuerpo pudo haber sido trasladado.
Pudo haber sido robado.
Podría haber ocurrido alguna otra cosa.
Pero entonces aparecen los testimonios.
Personas comienzan a afirmar:
“Lo hemos visto.”
María Magdalena afirma haberlo visto.
Los discípulos aseguran haberlo visto.
Tomás termina afirmando haberlo visto.
Pablo posteriormente menciona diferentes apariciones, incluyendo una ante más de quinientas personas.
Ahora el problema se vuelve mucho más interesante.
Tenemos que explicar dos cosas:
una tumba sin cuerpo y personas afirmando haber visto vivo al hombre que había sido sepultado.
Hay algo que considero especialmente importante.
Los discípulos no aparecen en los relatos como personas que inmediatamente creen cualquier cosa.
Después de la muerte de Jesús estaban desanimados y atemorizados.
Cuando comenzaron a llegar las noticias de la resurrección, algunos dudaron.
Tomás incluso exigió evidencia.
Esto resulta importante para nuestra investigación porque nos muestra que no estamos simplemente frente a un grupo de personas que deseaban desesperadamente creer cualquier rumor.
Algo tuvo que ocurrir para transformar su manera de pensar.
Quizá una de las evidencias más interesantes no se encuentra solamente dentro de la tumba.
Se encuentra dentro de los propios discípulos.
Antes:
Huyen.
Se esconden.
Tienen miedo.
Pedro niega conocer a Jesús.
Después:
Predican públicamente.
Confrontan a las autoridades.
Proclaman que Jesús está vivo.
Están dispuestos a sufrir por ese mensaje.
Ese contraste fue precisamente una de las cosas que despertó mi curiosidad cuando estudié este tema. En mi libro me pregunté cómo hombres que habían escapado para salvar su vida durante la crucifixión pudieron posteriormente mostrar semejante pasión por anunciar el mensaje de Jesús.
Algo ocurrió entre esos dos momentos.
Nuestra tarea será intentar descubrir qué.
Hasta aquí hemos hablado de evidencia histórica.
Pero para el cristiano existe además una dimensión profundamente personal.
Los primeros discípulos no proclamaban solamente:
Proclamaban:
“Jesús está vivo.”
Existe una diferencia enorme.
Si Jesucristo solamente perteneciera al pasado, podríamos estudiar su historia como estudiamos la vida de cualquier otro personaje.
Pero si realmente resucitó, entonces el cristianismo afirma que podemos relacionarnos hoy con una persona viva.
Este punto llegó a ser profundamente importante en mi propia vida. En el libro explico que estudiar y comprender la resurrección hizo que muchas cosas dejaran de ser solamente teoría y se convirtieran en una realidad interior; cambió mi manera de adorar y de relacionarme con Jesucristo.
Para mí, la investigación histórica terminó convirtiéndose también en una experiencia profundamente personal.
Entonces volvamos a nuestra pregunta:
No podemos ser testigos oculares en el sentido estricto de la palabra. No estuvimos físicamente allí y sería incorrecto afirmar lo contrario.
Pero sí podemos acercarnos a los acontecimientos mediante los testimonios que quedaron.
Podemos caminar por los lugares.
Podemos estudiar las costumbres.
Podemos investigar la crucifixión.
Podemos analizar la muerte.
Podemos reconstruir la sepultura.
Podemos acercarnos a la tumba.
Podemos escuchar a quienes afirmaron haberlo visto.
Podemos interrogar las explicaciones alternativas.
Y podemos observar las consecuencias que siguieron a aquellos acontecimientos.
En ese sentido, podemos acompañar la investigación casi paso a paso.
Eso es precisamente lo que haremos a partir de ahora.
Hasta este momento hemos preparado el caso.
Hemos preguntado por qué la resurrección es importante.
Hemos visto qué ocurriría con el cristianismo si Cristo no resucitó.
Hemos preguntado si la resurrección puede investigarse históricamente.
Hemos considerado los Evangelios como documentos que pueden ser examinados.
Y hemos colocado imaginariamente el caso frente a un tribunal.
Ahora ha llegado el momento de viajar al escenario de los acontecimientos.
Quiero que recorramos juntos, en la medida que las evidencias nos lo permitan, las últimas horas de Jesucristo.
Quiero que observemos los lugares.
Que conozcamos a los personajes.
Que comprendamos el mundo político y religioso en el que ocurrió todo.
Que lleguemos finalmente al Gólgota.
Y después…
a la tumba.
No le pediré que crea antes de comenzar el recorrido.
Le pediré solamente una cosa:
Y cuando lleguemos al final, podremos hacernos nuevamente la pregunta que dio origen a toda esta investigación:
Mateo 27:57-66; 28:1-10.
Marcos 15:42-47; 16:1-8.
Lucas 23:50-56; 24:1-43.
Juan 19:38-42; 20:1-29.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:3-8.
Para comprender verdaderamente la muerte y la resurrección de Jesucristo, debemos hacer algo antes de acercarnos al Gólgota o entrar en la tumba:
Tenemos que viajar, por un momento, a la Jerusalén del siglo primero.
Quiero invitarlo a imaginar que caminamos juntos por aquella ciudad.
No estamos entrando en la Jerusalén moderna que millones de personas visitan actualmente. Debemos intentar mirar más allá de los edificios, carreteras y construcciones que aparecieron posteriormente, y reconstruir mentalmente la ciudad que conocieron Jesús y sus discípulos.
Aquella Jerusalén era una ciudad extraordinariamente religiosa, pero al mismo tiempo vivía bajo una enorme tensión política.
Allí estaba el Templo.
Allí se encontraba el sacerdocio.
Allí llegaban peregrinos para celebrar las grandes fiestas judías.
Pero sobre toda aquella vida religiosa se extendía la sombra de un poder extranjero:
Roma.
Comprender estas dos fuerzas —el poder religioso judío y el poder político romano— será indispensable para entender lo que ocurrió con Jesucristo.
Cuando Jesucristo vivió, las tierras bíblicas estaban bajo el dominio del Imperio Romano. Roma controlaba extensos territorios y utilizaba su poder militar para mantener sometidos a los pueblos conquistados. En mi libro describo precisamente este ambiente y señalo la importancia que tenían el ejército, los impuestos y castigos brutales como la flagelación y la crucifixión para conservar el control.
Por lo tanto, cuando Jesús caminaba por Jerusalén, Israel no era políticamente libre.
Los judíos conservaban su religión, sus Escrituras, sus sacerdotes y muchas de sus costumbres, pero vivían bajo una autoridad superior.
Roma.
Y Roma tenía una preocupación fundamental:
mantener el orden.
Una revuelta podía convertirse en un problema político.
Una multitud podía convertirse en una rebelión.
Y una persona que fuera proclamada rey podía convertirse inmediatamente en una amenaza.
Esto nos ayuda a comprender algo que posteriormente será fundamental durante el juicio de Jesús.
En Jerusalén convivían, de alguna manera, dos sistemas de autoridad.
Por una parte estaba la autoridad religiosa judía.
Por otra, la autoridad política romana.
Los sacerdotes podían acusar.
Podían interrogar.
Podían ejercer una enorme influencia sobre el pueblo.
Pero Roma poseía el poder político y militar.
Por eso, cuando finalmente se decide llevar a Jesús a la muerte, encontramos a estos dos mundos interactuando.
Los líderes religiosos quieren eliminarlo.
Pero aparece Poncio Pilato.
Aparecen soldados romanos.
Aparece una sentencia romana.
Y finalmente aparece una cruz romana.
La crucifixión de Jesús no ocurrió en un vacío religioso.
Ocurrió precisamente en la intersección entre religión, política y poder.
Intentemos ahora mirar Jerusalén desde los ojos de una persona judía común.
Era su tierra.
Allí estaba Jerusalén.
Allí estaba el Templo.
Allí estaban las promesas de Dios dadas a Israel.
Pero una potencia extranjera dominaba la nación.
En mi libro describo al pueblo judío de aquellos días como un pueblo que se sentía oprimido bajo el dominio romano.
En ese ambiente, la esperanza mesiánica adquiría una enorme importancia.
El pueblo esperaba la intervención de Dios.
Esperaba liberación.
Esperaba al Mesías.
Pero muchos imaginaban esa liberación en términos muy diferentes de la misión que Jesús estaba realizando.
Esperaban poder.
Esperaban victoria.
Esperaban liberarse de Roma.
Y entonces apareció un hombre de Galilea anunciando:
“El reino de Dios se ha acercado.”
Jesús no llegó a Jerusalén como un comandante militar.
No llevaba un ejército detrás de Él.
No estaba organizando soldados para atacar una fortaleza romana.
Sin embargo, había algo que podía resultar todavía más peligroso para quienes vivían del poder:
la gente lo seguía.
Multitudes acudían a escucharlo.
Personas hablaban de sus milagros.
Los enfermos lo buscaban.
Sus enseñanzas despertaban admiración.
Y algunas personas comenzaron a preguntarse si aquel hombre podía ser el Mesías.
Esto colocaba a Jesús en una posición extraordinariamente delicada.
Para comprender la Jerusalén de aquellos días debemos mirar también hacia el Templo.
El Templo no era simplemente un edificio hermoso.
Era el centro de una parte fundamental de la vida religiosa judía.
Sacrificios.
Celebraciones.
Peregrinaciones.
Sacerdotes.
Todo convergía allí.
Y alrededor de aquella institución existía una estructura de autoridad religiosa.
Precisamente aquí comenzaría uno de los grandes conflictos entre Jesús y ciertos líderes religiosos.
En mi libro hago énfasis en que el liderazgo sacerdotal de aquella época tenía importantes intereses religiosos, económicos y políticos, y que durante el ministerio de Jesús encontramos repetidamente confrontaciones, intentos por desacreditarlo y finalmente planes para eliminarlo.
Ahora podemos comprender mejor por qué algunos acontecimientos de los últimos días de Jesús fueron tan importantes.
Jesús no permaneció escondido en alguna aldea distante.
Llegó a Jerusalén.
Entró en la ciudad.
Enseñó públicamente.
Y entró en el propio Templo.
Allí confrontó prácticas que consideraba contrarias al propósito de Dios.
El Evangelio registra aquellas palabras extraordinarias:
“Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”
Mateo 21:13
Imagine el impacto.
Jesús estaba hablando en el corazón mismo de la vida religiosa de Israel.
No estaba criticando desde lejos.
Estaba confrontando públicamente.
Aquí debemos ser muy cuidadosos.
No podemos decir que “los judíos” querían matar a Jesús. Jesús era judío. Sus discípulos eran judíos. Sus primeros seguidores eran judíos y las multitudes que lo escuchaban también estaban formadas en gran parte por judíos.
El conflicto fue específicamente con determinados dirigentes y grupos de autoridad.
Y eso resulta fundamental para comprender la historia.
En mi libro lo planteo desde la perspectiva de las luchas de poder: cuando una persona amenaza intereses establecidos, quienes poseen autoridad pueden intentar neutralizarla. Allí sostengo que, en los días de Jesús, tanto determinados intereses políticos como religiosos podían reaccionar severamente ante aquello que amenazara su posición.
Jesús se había convertido en un problema.
No porque tuviera un ejército.
Sino porque tenía influencia.
Ahora añadamos otro elemento al escenario.
Los acontecimientos finales ocurrieron alrededor de la celebración de la Pascua.
Esto significaba que Jerusalén se encontraba en un momento de enorme importancia religiosa.
Personas llegaban para celebrar.
La ciudad adquiría una actividad extraordinaria.
El recuerdo de la liberación de Israel estaba presente en la celebración.
Y todo esto ocurría mientras Israel se encontraba nuevamente bajo el dominio de una potencia extranjera.
Podemos comprender por qué cualquier agitación popular podía resultar especialmente preocupante para las autoridades.
Roma quería orden.
Los dirigentes querían evitar problemas.
Y Jesús estaba rodeado de multitudes.
Los Evangelios describen la entrada de Jesús en Jerusalén acompañada por una multitud.
“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
Mateo 21:9
Para nosotros puede parecer solamente una hermosa escena religiosa.
Pero dentro de aquel ambiente, algunas de esas expresiones tenían una enorme carga mesiánica.
Jerusalén estaba bajo Roma.
El pueblo esperaba al Mesías.
Y una multitud recibía a Jesús.
No es difícil comprender por qué las autoridades comenzarían a observarlo cuidadosamente.
Sin embargo, existía un problema.
Jesús tenía seguidores.
Arrestarlo abiertamente frente a una multitud podía producir una reacción.
Los Evangelios reflejan precisamente esa preocupación.
Por eso aparece una figura que posteriormente será fundamental:
Uno de los propios discípulos sabía dónde encontrar a Jesús lejos de las multitudes.
Y entonces comienza a cerrarse el círculo.
Una ciudad bajo tensión.
Autoridades religiosas preocupadas.
Roma vigilando el orden.
Un Maestro con enorme influencia popular.
Un discípulo dispuesto a entregarlo.
Y una noche en la que todo cambiaría.
Jesús fue arrestado durante la noche.
No en medio de una gran multitud que lo escuchaba enseñar.
Fue detenido en Getsemaní.
Este detalle adquiere mucho más significado cuando comprendemos el ambiente.
Después comenzó una sucesión de acontecimientos extraordinariamente rápida.
Arresto.
Interrogatorios.
Acusaciones.
Comparecencia ante las autoridades.
Pilato.
Flagelación.
Sentencia.
Crucifixión.
Y finalmente muerte.
Todo conduciría hacia un lugar fuera de la ciudad donde Roma ejecutaba públicamente a los condenados.
Aquí encontramos una pieza fundamental.
La crucifixión era un castigo romano particularmente asociado con esclavos, rebeldes, enemigos del Estado y otras personas consideradas peligrosas o despreciables. Su carácter público tenía además un propósito intimidatorio.
Por eso el título colocado sobre la cruz adquiere enorme importancia:
“JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.”
Juan 19:19
Roma entendía perfectamente el lenguaje de los reyes.
Un rey significaba autoridad.
Un rey significaba gobierno.
Y César no necesitaba otro rey.
Así, una controversia que tenía profundas raíces religiosas terminó expresándose también en términos políticos.
Cuando uno lee rápidamente los últimos capítulos de los Evangelios puede parecer que Jesús simplemente fue arrestado y crucificado.
Pero cuando reconstruimos el ambiente, descubrimos algo mucho más complejo.
Había una potencia imperial.
Había un pueblo sometido.
Había expectativas mesiánicas.
Había una poderosa estructura religiosa.
Había intereses políticos.
Había multitudes.
Había temor a una alteración del orden.
Y en medio de todo aquello estaba Jesucristo.
Por eso escribí en mi estudio que para comprender adecuadamente la resurrección debemos conocer primero “la cultura, el ambiente y los personajes” que rodearon los acontecimientos.
Quizá alguien se pregunte:
¿Qué tiene que ver todo esto con la resurrección?
Muchísimo.
Porque más adelante tendremos que responder una pregunta:
¿Estaban realmente interesados los enemigos de Jesús en asegurarse de que estuviera muerto?
Después tendremos otra:
¿Estaban interesados en asegurarse de que su cuerpo permaneciera dentro de la tumba?
Si comprendemos el ambiente político y religioso, comprenderemos por qué estas preguntas son tan importantes.
En mi libro llego precisamente a esa conclusión: las motivaciones de quienes rodeaban a Jesús son necesarias para comprender por qué querían asegurarse de su muerte y posteriormente impedir que el cuerpo desapareciera de la tumba.
A partir de este momento quiero que el lector conserve una imagen en su mente.
Imagine Jerusalén.
Observe sus murallas.
Imagine el Templo dominando una parte del paisaje.
Piense en las calles llenas de personas durante aquellos días.
Imagine soldados romanos vigilando una población sometida.
Imagine sacerdotes entrando y saliendo del recinto sagrado.
Imagine peregrinos llegando para celebrar la Pascua.
Y en medio de aquella ciudad…
Jesucristo.
En pocas horas será arrestado.
Será juzgado.
Será entregado a Roma.
Y una multitud observará cómo sale rumbo al lugar de su ejecución.
Por eso, antes de estudiar la tumba vacía, debemos seguir el camino que conduce hasta ella.
Nuestro siguiente destino será uno de los lugares más importantes de toda esta investigación:
Allí comenzaremos a preguntarnos dónde murió Jesucristo y qué podemos conocer acerca del escenario físico de su ejecución.
Mateo 21:1-17.
Mateo 26:1-5, 14-16, 47-57.
Mateo 27:1-2, 11-37.
Marcos 11:1-18.
Marcos 14:1-2, 43-53.
Lucas 19:28-48.
Lucas 22:47-54.
Lucas 23:1-38.
Juan 11:47-53.
Juan 18:1-40.
Juan 19:1-22.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

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Aquí ocurrió la crucifixión de Jesucristo.
Antes de estudiar la tumba, la piedra, la guardia o los acontecimientos de la mañana de la resurrección, necesitamos detenernos en el lugar donde Jesús murió.
Porque la resurrección no comienza con una tumba vacía.
Comienza con un hombre crucificado y muerto.
El Evangelio de Juan registra:
“Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.”
Juan 19:17-18
Lucas describe el mismo acontecimiento:
“Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.”
Lucas 23:33
Así que nuestra primera observación es sencilla pero importante:
Los Evangelios colocan la muerte de Jesucristo en un lugar determinado.

El Gólgota o monte de la calavera en la actualidad
Los Evangelios utilizan una expresión que significa “lugar de la Calavera”.
Mateo escribe:
“Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera…”
Mateo 27:33
Marcos utiliza prácticamente la misma descripción:
“Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera.”
Marcos 15:22
Por lo tanto, cuando hablamos del Gólgota no estamos utilizando simplemente un nombre religioso que apareció siglos después.
Los propios relatos de la crucifixión identifican el sitio mediante esa expresión.
¿Por qué recibía aquel nombre?
El texto bíblico no explica la razón.
Por eso debemos tener cuidado de no presentar como certeza aquello que la Escritura no especifica.
Sin embargo, para nuestra investigación el dato fundamental permanece:
Jesús fue llevado a un lugar conocido por las personas de aquella época como “el lugar de la Calavera”.
Juan dice algo que debemos observar cuidadosamente:
“Salió al lugar llamado de la Calavera…”
Jesús había pasado por interrogatorios, humillaciones y flagelación. Después fue conducido hacia el sitio de la ejecución.
La crucifixión romana tenía un carácter público.
En mi libro explico que Roma utilizaba esta forma de muerte para producir una ejecución lenta, atormentadora y visible, y que una de sus funciones era intimidar a quienes contemplaban el castigo.
Eso nos ayuda a comprender el escenario.
La muerte de Jesucristo no ocurrió secretamente.
No sucedió dentro de una habitación cerrada.
No fue un acontecimiento del que solamente unos cuantos discípulos afirmaron saber algo.
La crucifixión estaba diseñada precisamente para ser vista.
Una cruz romana no era solamente un instrumento para matar.
También era un mensaje.
El mensaje era sencillo:
Roma tiene el poder.
Quienes fueran considerados rebeldes, enemigos del Estado o personas peligrosas podían ser exhibidos públicamente y ejecutados.
En el estudio que hago en mi libro señalo que la crucifixión se aplicaba especialmente a sectores considerados inferiores o peligrosos, y que llegó a utilizarse contra esclavos, rebeldes, piratas y enemigos del Estado.
Por eso debemos mirar el Gólgota no solamente como un lugar religioso.
Debemos mirarlo también como un lugar de ejecución del poder imperial romano.
Juan registra otro detalle extraordinariamente importante:
“Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.”
Juan 19:19
Esto nos ayuda a comprender cómo terminó presentándose políticamente el caso de Jesús.
El hombre que había predicado acerca del reino de Dios terminó colgado en una cruz bajo una inscripción que lo identificaba como rey.
Y esto ocurrió dentro del territorio controlado por Roma.
Así que cuando llegamos al Gólgota encontramos reunidas varias de las fuerzas que estudiamos anteriormente:
Las autoridades religiosas.
Pilato.
Los soldados romanos.
La acusación.
La sentencia.
Y finalmente la ejecución.
Los Evangelios coinciden en otro detalle.
Había otros condenados junto a Él.
“Y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.”
Juan 19:18
Esto nos permite visualizar mejor la escena.
No debemos imaginar solamente una cruz aislada en un paisaje vacío.
Estamos ante un lugar donde Roma llevaba a cabo ejecuciones.
Había soldados.
Había condenados.
Había espectadores.
Había familiares y seguidores.
Había autoridades interesadas en lo que estaba sucediendo.
Y en medio de todo aquello se encontraba Jesucristo.
Este punto será importante más adelante.
La crucifixión no ocurrió en un lugar desconocido para los seguidores de Jesús.
Personas relacionadas con Él presenciaron los acontecimientos.
Juan relata la presencia de mujeres cerca de la cruz y se presenta a sí mismo dentro de aquella escena.
Esto significa que, cuando posteriormente se habló de la muerte y sepultura de Jesús, los primeros seguidores no estaban refiriéndose a un lugar imaginario cuya ubicación nadie conocía.
Existía un escenario.
Existían personas que conocían la zona.
Y posteriormente existiría también un sepulcro asociado con aquellos acontecimientos.
Cuando estudié profundamente los acontecimientos de la resurrección, comprendí que la geografía tenía una importancia que anteriormente no había apreciado completamente.
La Biblia no solamente dice que Jesús murió.
Nos proporciona referencias acerca del lugar.
En mi libro incluí fotografías tomadas durante mis viajes a Tierra Santa precisamente porque quería mostrar al lector que estos acontecimientos están ligados a una geografía real.
En una de esas fotografías señalo una formación rocosa que recuerda visualmente los rasgos de una calavera y que se encuentra cerca de la llamada Tumba del Huerto. En el libro relaciono esa observación con las palabras de Juan acerca del “lugar llamado de la Calavera”.
Para mí, estar personalmente en aquella región hizo que la lectura de los Evangelios adquiriera una dimensión completamente diferente.
Aquí quiero hacer una aclaración importante para nuestra investigación.
Los Evangelios establecen con claridad que Jesús fue crucificado en un lugar llamado Gólgota o lugar de la Calavera.
Eso forma parte del relato bíblico.
Otra cuestión diferente es determinar el punto arqueológico exacto que hoy corresponde a aquel Gólgota.
Existen lugares propuestos y tradiciones distintas sobre la ubicación precisa.
En mi libro explico cuál de esos lugares considero que concuerda mejor con las características que observo en el relato bíblico y con mi propia experiencia visitando el sitio. Pero conviene distinguir entre la afirmación bíblica y nuestra identificación moderna del lugar.
Esa diferencia no debilita la investigación.
Al contrario, nos obliga a ser precisos.
Si queremos investigar el escenario de la crucifixión, podemos comenzar reuniendo las pistas que proporcionan los propios Evangelios.
Sabemos que el lugar era conocido como el lugar de la Calavera.
Sabemos que allí se realizaban crucifixiones.
Sabemos que Jesús fue conducido hasta ese lugar.
Sabemos que había tránsito de personas suficiente para que algunos leyeran la inscripción colocada por Pilato.
Juan dice:
“Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad.”
Juan 19:20
Esta frase es particularmente importante.
El lugar estaba cerca de la ciudad.
Ahora tenemos otra pieza geográfica.
Después Juan proporciona un dato que será fundamental para nuestro siguiente paso:
“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Juan 19:41
Observe cuidadosamente la descripción.
El lugar de la crucifixión estaba cerca de la ciudad.
Y cerca del lugar de la crucifixión había un huerto.
Dentro de ese huerto había un sepulcro nuevo.
Esto conecta directamente el Gólgota con la siguiente escena de nuestra investigación.
Jesús no fue llevado después de su muerte a una tumba situada a muchos kilómetros.
Según Juan, la tumba estaba en la misma zona del lugar donde había sido crucificado.
Después de la muerte de Jesús comenzó una carrera contra el tiempo.
Se aproximaba el día de reposo.
El cuerpo tenía que ser retirado.
José de Arimatea consiguió autorización para recibirlo.
Y existía un sepulcro nuevo cercano.
Todo comienza a encajar dentro de un escenario geográfico relativamente compacto:
Jerusalén → lugar de la crucifixión → huerto → sepulcro.
Este será un elemento muy importante cuando posteriormente estudiemos la tumba.
En mi libro hago énfasis precisamente en la cercanía entre el lugar que identifico con el Gólgota y la Tumba del Huerto, y utilizo mis fotografías para mostrar al lector esa relación geográfica.
Intentemos viajar mentalmente hasta aquel momento.
Jesús ha salido de Jerusalén.
Está profundamente debilitado.
Ha sido flagelado.
Los soldados lo conducen hacia el lugar de ejecución.
Simón de Cirene es obligado a ayudar a llevar la cruz.
Finalmente llegan al lugar conocido como Gólgota.
Allí lo crucifican.
A cada lado hay otro condenado.
Soldados romanos permanecen en el lugar.
Personas observan.
Otros pasan por allí.
Sobre la cruz se encuentra la inscripción preparada por Pilato.
Y a poca distancia existe un huerto.
En aquel huerto hay un sepulcro nuevo.
En pocas horas ese sepulcro adquirirá una importancia extraordinaria.
Pero todavía no podemos correr hacia la tumba.
Tenemos que permanecer un poco más en el Gólgota.
Porque aquí aparece una de las preguntas fundamentales de toda la serie:
Puede parecer una pregunta innecesaria.
Los Evangelios dicen que murió.
Los soldados actuaron como si hubiera muerto.
Su cuerpo fue entregado para ser sepultado.
Sin embargo, a lo largo de la historia han aparecido explicaciones que intentan negar la resurrección afirmando que quizá Jesús nunca murió realmente.
Por eso tendremos que estudiar cuidadosamente la crucifixión.
¿Qué le había sucedido a su cuerpo?
¿Qué clase de heridas produjo la flagelación?
¿Qué hacía la crucifixión al organismo?
¿Cómo comprobaban los soldados la muerte?
Todas estas preguntas serán estudiadas más adelante.
No quiero que el Gólgota sea para nosotros solamente una palabra.
Quiero que lo comprendamos como parte de una geografía.
Un lugar cercano a Jerusalén.
Un sitio de ejecución.
Un lugar conocido por las personas de aquella época.
Un escenario donde soldados romanos ejecutaron a Jesús junto a otros condenados.
Y muy cerca…
un huerto.
Dentro del huerto…
un sepulcro.
Esa proximidad será la clave de nuestro siguiente artículo.
Porque después de establecer dónde murió Jesús tendremos que seguir el cuerpo desde el Gólgota hasta el lugar donde fue depositado.
Mateo 27:31-44.
Marcos 15:20-32.
Lucas 23:26-43.
Juan 19:16-22.
Juan 19:38-42.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

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Después de estudiar el Gólgota, debemos avanzar unos cuantos metros en nuestra investigación.
Jesucristo ha muerto.
Su cuerpo ha sido bajado de la cruz.
Ahora tenemos que responder una pregunta fundamental:
Esta pregunta es mucho más importante de lo que parece.
Si estamos investigando la resurrección de Jesucristo como un acontecimiento histórico y geográfico, no basta con afirmar que Jesús murió y después apareció vivo. Tenemos que seguir el cuerpo.
¿Quién lo recibió?
¿Dónde lo llevó?
¿Cómo era el sepulcro?
¿Dónde estaba localizado?
¿Cómo se cerraba?
¿Era suficientemente grande para que ocurrieran dentro de él los acontecimientos que describen los Evangelios?
Los relatos bíblicos nos proporcionan una descripción sorprendentemente detallada.

La tumba del huerto, el lugar donde creo firmemente que Jesús fue sepultado
El Evangelio de Juan proporciona una de las primeras características:
“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Juan 19:41
Observe detenidamente lo que dice.
Jesucristo había sido crucificado en un lugar determinado.
En ese lugar había un huerto.
Y dentro del huerto había un sepulcro.
Esto significa que la tumba no se encontraba a kilómetros del sitio de la crucifixión.
El sepulcro estaba en el mismo lugar o muy cerca del sitio donde Jesucristo había muerto.
Esta es la primera característica que debemos buscar.
Mateo nos proporciona información adicional:
“Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo. Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.”
Mateo 27:57-60
Ahora tenemos varias características más.
El sepulcro pertenecía a José de Arimatea.
Era nuevo.
Había sido labrado en la peña.
Y su entrada se cerraba haciendo rodar una gran piedra.
Esto ya nos proporciona una descripción mucho más precisa del lugar que debemos buscar.
Este detalle es importantísimo.
Juan dice:
“En el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Mateo lo llama:
“Su sepulcro nuevo.”
Por lo tanto, no estamos buscando una tumba utilizada durante muchas generaciones.
Estamos buscando un sepulcro que, según el relato bíblico, todavía no había sido ocupado.
Y este dato será muy importante cuando examinemos la Tumba del Huerto.
Mateo utiliza otra expresión muy específica:
“Que había labrado en la peña.”
Es decir, no se trataba de una fosa excavada en tierra.
Era una cavidad trabajada directamente dentro de la roca.
Esta característica todavía puede observarse en muchas tumbas antiguas de Israel.
El cuerpo se colocaba dentro de un espacio excavado en la piedra.
Así que nuestro sepulcro tiene que reunir, por lo menos hasta este momento, las siguientes características:
Estar en un huerto.
Estar cerca del lugar de la crucifixión.
Ser nuevo.
Estar excavado en roca.
Y tener una entrada que pudiera cerrarse mediante una gran piedra.
Estas son precisamente las características que establezco en mi libro a partir de los relatos bíblicos.
Marcos añade otro detalle:
“Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.”
Marcos 16:2-4
Las mujeres que se dirigían al sepulcro tenían una preocupación.
No estaban preguntándose dónde se encontraba el cuerpo.
Sabían dónde había sido sepultado Jesús.
Su problema era otro:
Eso significa que aquella piedra no era pequeña.
El Evangelio dice expresamente que:
“Era muy grande.”
Por eso, una tumba que pretendamos comparar con el relato bíblico debería mostrar evidencia de haber tenido un sistema para cerrar su entrada mediante una piedra de gran tamaño.
Existe otra característica que con frecuencia pasamos por alto.
Marcos dice:
“Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron.”
Marcos 16:5
Observe nuevamente la escena.
Las mujeres entraron.
Dentro encontraron a alguien sentado al lado derecho.
Por lo tanto, no estamos hablando de una pequeña cavidad en la que solamente cabía un cuerpo.
Era un espacio suficientemente grande para permitir que varias personas entraran.
En mi investigación concluí que dentro del sepulcro descrito por los Evangelios debían poder caber por lo menos cinco personas.
Juan proporciona todavía otro detalle muy interesante.
Cuando llegó al sepulcro dice:
“Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.”
Juan 20:5
Posteriormente se dice de María Magdalena:
“Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro.”
Juan 20:11
Tanto Juan como María tuvieron que inclinarse para observar dentro.
Esto nos indica algo acerca de la entrada.
No era una puerta alta como las que utilizamos actualmente.
La entrada obligaba a la persona a agacharse o inclinarse para poder mirar hacia el interior.
Por lo tanto, ésta constituye otra característica física que podemos comparar.
Juan describe posteriormente lo que María observó dentro del sepulcro:
“Y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.”
Juan 20:12
Esta descripción es sumamente importante.
Había una cabecera.
Había un lugar correspondiente a los pies.
Eso significa que el cuerpo había sido colocado horizontalmente.
Además, había suficiente espacio para que una figura se sentara en la cabecera y otra a los pies.
Cuando posteriormente entré personalmente en la Tumba del Huerto pude comprobar que existe espacio suficiente para que ocurra exactamente una escena de este tipo.
Existe otro detalle que adquirió enorme importancia para mí cuando estuve dentro de la tumba.
Juan llegó muy temprano.
Se inclinó.
Miró dentro.
Y pudo distinguir los lienzos.
Eso significa que de alguna manera la luz del amanecer podía penetrar en el sepulcro.
Al estudiar personalmente la Tumba del Huerto observé que posee una abertura cuya ubicación permite que la luz de la mañana penetre hacia el interior.
Este detalle coincide perfectamente con la posibilidad de que Juan pudiera observar desde la entrada lo que estaba dentro de la tumba.
En mis propias fotografías también puede observarse cómo la luz del día entra en el sepulcro y permite distinguir claramente el lugar donde habría sido colocado un cuerpo.
Ahora podemos reunir toda la información.
Conforme a los Evangelios, el sepulcro donde fue colocado Jesucristo debía tener las siguientes características:
Debía estar dentro de un huerto.
El huerto debía encontrarse en el lugar o muy cerca del sitio donde Jesucristo fue crucificado.
El sepulcro debía ser nuevo.
Debía estar labrado en roca.
Su entrada debía cerrarse mediante una gran piedra.
Debía tener suficiente espacio interior para albergar a varias personas.
El cuerpo debía colocarse horizontalmente.
Debía existir espacio en la cabecera y a los pies.
La entrada debía obligar a una persona a inclinarse para mirar hacia dentro.
Y la luz del amanecer debía poder penetrar suficientemente para permitir observar el interior.
Ahora la investigación se vuelve realmente interesante.
Mi respuesta es:
En el año 1881, el General Christian Gordon encontró muy cerca del Monte de la Calavera los restos de lo que fue un huerto del siglo primero.
Como resultado de aquel descubrimiento se realizaron excavaciones en el lugar.
A una profundidad de aproximadamente uno o dos metros apareció una tumba perteneciente a la época del Imperio Romano.
La tumba estaba excavada en roca.
Y frente a ella existía una zanja o canal por donde podía rodar una gran piedra.
Esto inmediatamente llamó mi atención.
Porque estas características coinciden con las que acabamos de extraer de los Evangelios.
Según los datos que presento en mi libro, la tumba mide aproximadamente:
4.3 metros de ancho.
2.3 metros de alto.
3 metros de profundidad.
Cuando uno entra y mira hacia el lado derecho puede observar dos sepulturas.
Una se encuentra junto a la pared del fondo y otra junto a la pared de enfrente.
También existe otro espacio hacia el lado izquierdo que aparentemente iba a ser utilizado para construir sepulturas adicionales, pero el trabajo quedó inconcluso.
Este detalle me parece extraordinariamente importante.
Los Evangelios dicen que era:
“Un sepulcro nuevo.”
Y cuando observamos la Tumba del Huerto encontramos indicaciones de que algunas partes nunca fueron terminadas.
En mi investigación menciono precisamente este hecho como una evidencia de que nos encontramos frente a un sepulcro nuevo.
Cuando normalmente se descubre una sepultura antigua, pueden encontrarse restos correspondientes a las personas que fueron enterradas allí.
Pero algo particularmente interesante acerca de esta tumba es que no se encontraron restos de corrupción en su interior.
La tumba estaba vacía.
Y entonces surge una pregunta que planteo directamente en mi libro:
No considero que esta pregunta deba ignorarse.
Aquí mi investigación deja de ser solamente algo que leí en un libro.
Yo he estado personalmente dentro de esa tumba.
He entrado acompañado por otras personas.
He observado sus dimensiones.
He visto las sepulturas.
He observado la entrada.
He visto el canal para la piedra.
He comprobado cómo entra la luz.
Y sé, porque he estado allí, que el espacio es suficientemente grande para albergar a cinco, seis o incluso siete personas de pie.
También puedo afirmar que existe espacio suficiente para que una persona estuviera sentada a la cabecera y otra a los pies del lugar donde se habría depositado el cuerpo.
Esto no lo escribí basándome únicamente en una fotografía.
He estado dentro de ese sepulcro.
En mis fotografías puede observarse también la altura de la entrada.
Yo mismo realicé la misma acción descrita en el Evangelio: inclinarme para mirar dentro.
La Biblia dice que Juan hizo exactamente eso.
Y también lo hizo María Magdalena.
La configuración física del sepulcro permite que una persona realice precisamente esa acción.
Al pie de la entrada puede distinguirse el canal por donde habría rodado una piedra utilizada para cerrar el sepulcro.
Por sus dimensiones podemos comprender mejor la preocupación de las mujeres:
“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
La piedra debió ser enorme.
En mis fotografías también puede observarse la forma semicircular sobre la entrada, que ayuda a visualizar el tamaño que una piedra utilizada para cerrar aquel sepulcro debió tener.
Ésta es otra pregunta fundamental.
Juan dice que:
“En el lugar donde había sido crucificado, había un huerto.”
Entonces, si estamos buscando el sepulcro descrito por Juan, necesitamos encontrar evidencia de un huerto.
Y la encontramos.
En el lugar se descubrió una prensa de olivas.
También existe una enorme cisterna utilizada para almacenar agua.
¿Para qué se necesitaba semejante cantidad de agua?
Para mantener la vegetación del huerto.
Por eso puedo corroborar que aquel lugar fue utilizado como huerto en la antigüedad.
Ahora unamos las piezas.
Juan dice que el huerto estaba en el lugar donde Jesús había sido crucificado.
La Tumba del Huerto se encuentra a escasos metros del lugar que identifico con el Monte de la Calavera.
En mi libro incluyo una fotografía del lugar donde puede distinguirse en la formación rocosa una figura que recuerda los ojos y la nariz de una calavera. Y allí señalo que esa colina se encuentra a escasos metros de la tumba y del huerto.
Una vez más:
Gólgota.
Huerto.
Tumba excavada en roca.
Todo aparece dentro del mismo escenario geográfico.
Existen dos lugares donde tradicionalmente se ha considerado que pudo ocurrir la muerte y resurrección de Jesucristo.
Pero quiero decirlo exactamente como lo afirmo en mi libro:
Y lo creo porque la tumba de este lugar encaja perfectamente con el relato bíblico de la resurrección.
No llegué a esta conclusión intentando agradar a alguien.
Llegué a ella comparando lo que dice la Biblia con lo que personalmente pude observar en el lugar.
Algunos podrían preguntar:
¿Cómo puede llegar a esa conclusión?
La respuesta está en la metodología.
Cuando los arqueólogos intentan identificar lugares antiguos, utilizan documentos históricos y después comparan sus descripciones con los descubrimientos geográficos y arqueológicos.
En mi libro menciono, como comparación, la identificación de la tumba del rey Herodes mediante los escritos de Flavio Josefo.
Entonces hago una pregunta que considero completamente válida:
¿Por qué podemos tomar los escritos de Flavio Josefo como una fuente histórica para buscar la tumba de Herodes y descartar automáticamente los relatos bíblicos cuando investigamos la tumba de Jesucristo?
Los autores bíblicos también escribieron acerca de acontecimientos que afirmaban haber ocurrido dentro de su mundo y de su época.
Por eso utilicé el mismo principio.
Tomé un documento antiguo:
la Biblia.
Leí la descripción.
Fui al lugar.
Observé la geografía.
Entré en la tumba.
Comparé sus características.
Y comprobé personalmente que el relato coincide con las características de la Tumba del Huerto.
Volvamos una última vez a las características.
¿Había un huerto?
Sí.
¿Está cerca del lugar que identificamos como el Monte de la Calavera?
Sí.
¿La tumba está excavada en roca?
Sí.
¿Presenta características de una tumba nueva o no terminada?
Sí.
¿Existe un canal para una gran piedra?
Sí.
¿Es suficientemente grande para que varias personas entren?
Sí.
¿Puede una persona sentarse a la cabecera y otra a los pies?
Sí.
¿Hay que inclinarse para observar desde la entrada?
Sí.
¿Puede entrar la luz de la mañana?
Sí.
¿Está vacía?
Sí.
Por eso mi conclusión es firme.
Y como escribí expresamente en mi libro:
Volvamos nuevamente al tribunal imaginario con el que hemos venido desarrollando esta serie.
El juez podría preguntarme:
“Dr. Rivera, ¿qué pruebas tiene para afirmar que éste es el lugar?”
Mi respuesta sería semejante a la que presento en mi libro:
Tengo los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Tengo las características físicas que ellos describieron.
Tengo un lugar geográfico que coincide con esas características.
Y tengo fotografías tomadas durante mis propias investigaciones que muestran esa correspondencia.
No estamos hablando de un lugar inventado.
Estamos hablando de una tumba real.
Excavada en roca.
Dentro de un antiguo huerto.
Junto al lugar de la crucifixión.
Con espacio suficiente para los acontecimientos descritos por los Evangelios.
Con un canal para una enorme piedra.
Y vacía.
Ahora que sabemos qué clase de tumba describen los Evangelios, debemos conocer al hombre que permitió que el cuerpo de Jesucristo fuera colocado dentro de ella.
Mateo 27:57-61.
Marcos 15:42-47.
Marcos 16:1-5.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-12.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

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Después de la muerte de Jesucristo aparece en el relato una persona que será fundamental para comprender todo lo que sucedió después:
Su intervención conecta directamente la crucifixión con la tumba.
Jesús ya había muerto. Su cuerpo permanecía todavía en la cruz. Se acercaba el día de reposo y había que actuar rápidamente.
Entonces José tomó una decisión que cambiaría para siempre el escenario de los acontecimientos.
Los Evangelios nos proporcionan varios datos importantes acerca de él.
Mateo lo describe como un hombre rico de Arimatea y también como discípulo de Jesús.
Marcos dice que era miembro noble del concilio y que esperaba el reino de Dios.
Lucas lo presenta como varón bueno y justo, y afirma que no había consentido en el acuerdo y los hechos de quienes habían condenado a Jesucristo.
Juan también lo identifica como discípulo de Jesús.
No estamos, por lo tanto, ante un personaje completamente anónimo.
Estamos ante un hombre con posición social, recursos y acceso a las autoridades.
Después de la crucifixión, José hizo algo extraordinariamente importante.
Fue directamente ante Poncio Pilato y pidió el cuerpo de Jesucristo.
Marcos registra:
“Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir, la víspera del día de reposo, José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.”
Marcos 15:42-43
La expresión es importante:
“Entró osadamente a Pilato.”
En mi libro señalo que José de Arimatea debió ser una persona suficientemente poderosa para poder entrar rápidamente y sin grandes obstrucciones ante el propio gobernador romano para reclamar el cuerpo.
Esto nos ayuda a comprender que José no fue simplemente alguien que apareció casualmente después de la crucifixión.
Tenía una posición que le permitió hacer algo que no cualquier persona podía hacer.
Aquí encontramos otro detalle extraordinariamente importante para la investigación de la resurrección.
José pidió el cuerpo.
Pero Pilato se sorprendió al saber que Jesús ya había muerto.
Entonces hizo llamar al centurión.
Marcos continúa:
“Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José.”
Marcos 15:44-45
Observe la secuencia:
José pidió el cuerpo.
Pilato quiso asegurarse de que Jesús realmente estuviera muerto.
Llamó al centurión.
El centurión confirmó la muerte.
Y solamente después de recibir esa confirmación, Pilato entregó el cuerpo.
Esto será muy importante cuando más adelante estudiemos la posibilidad de que Jesucristo simplemente hubiera sobrevivido a la crucifixión.
En mi libro insisto en que los soldados romanos tenían experiencia en comprobar la muerte de los crucificados y que, en este caso, existían poderosas razones para estar completamente seguros de que Jesús había muerto antes de entregar el cuerpo.
Este punto debe quedar muy claro.
José de Arimatea no fue ante Pilato a pedir permiso para rescatar a un hombre gravemente herido.
Pidió:
Pilato tampoco le entregó una persona inconsciente.
Antes de autorizar la entrega confirmó mediante el centurión que Jesús había muerto.
Por eso José de Arimatea se convierte también en uno de los testigos fundamentales para establecer la muerte del Señor.
En mi libro lo incluyo, junto con Nicodemo, entre quienes con sus propias acciones confirmaron que Jesucristo estaba muerto.
José no estuvo solo.
Juan menciona también a Nicodemo:
“También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.”
Juan 19:39
Estos dos hombres participaron directamente en el tratamiento del cuerpo de Jesucristo.
No escucharon simplemente que Jesús había muerto.
Tuvieron el cuerpo delante de ellos.
Lo tocaron.
Lo bajaron.
Lo envolvieron.
Lo prepararon para la sepultura.
Y finalmente lo colocaron dentro del sepulcro.
En mi libro planteo una pregunta:
¿Por qué digo que José de Arimatea y Nicodemo hablaron directamente de la muerte de Jesús aunque no necesitaran pronunciar la palabra “muerte”?
Por lo que hicieron.
Primero reclamaron el cuerpo.
Después llevaron especias aromáticas.
Tomaron el cuerpo de Jesucristo.
Lo envolvieron conforme a la costumbre judía de sepultar.
Y lo colocaron dentro de una tumba.
No estaban atendiendo a un herido.
Estaban preparando un cadáver para la sepultura.
Juan dice que Nicodemo llevó aproximadamente cien libras de un compuesto de mirra y áloes.
José y Nicodemo utilizaron esas especias para preparar el cuerpo conforme a las costumbres funerarias.
En mi libro calculo aproximadamente cincuenta kilogramos de sustancias aromáticas utilizadas alrededor del cuerpo de Jesucristo.
Este detalle tiene una importancia enorme.
Si ellos hubieran pensado que Jesús estaba simplemente desmayado o inconsciente, no habrían actuado de esa manera.
Lo lógico habría sido llevarlo a un lugar abierto, buscar ayuda, darle agua y tratar de salvarlo.
Pero hicieron exactamente lo contrario.
Lo prepararon como se preparaba a un muerto.
Juan dice:
“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.”
Juan 19:40
Tenemos entonces otro paso preciso dentro de la secuencia.
Crucifixión.
Muerte.
Confirmación del centurión.
Entrega del cuerpo.
Preparación funeraria.
Lienzos.
Especias.
Sepultura.
Cada elemento nos conduce hacia la tumba.
Mateo proporciona ahora uno de los datos más importantes de todo el relato:
“Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña.”
Mateo 27:59-60
El sepulcro era propiedad de José.
Era nuevo.
Había sido labrado en la peña.
Y, según Juan, se encontraba dentro de un huerto cercano al lugar donde Jesús había sido crucificado.
Por eso José de Arimatea no solamente proporciona el sepulcro.
También fija geográficamente el lugar donde fue depositado el cuerpo de Jesús.
Lucas y Juan añaden otro detalle extraordinario:
En aquella tumba todavía no había sido sepultado nadie.
Esto elimina una posible confusión.
No estamos hablando de una tumba familiar utilizada repetidamente durante generaciones.
Era un sepulcro nuevo.
El cuerpo colocado allí era identificable.
Y las personas que participaron en la sepultura sabían exactamente dónde lo habían puesto.
Este detalle será fundamental posteriormente.
Las mujeres que habían venido desde Galilea observaron el proceso.
Lucas dice:
“Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo.”
Lucas 23:55
Esto significa que las mujeres conocían el lugar.
No solamente sabían aproximadamente en qué zona estaba.
Vieron:
el sepulcro y cómo fue puesto su cuerpo.
Este dato será importantísimo cuando después alguien intente explicar la tumba vacía diciendo que quizá las mujeres fueron al sepulcro equivocado.
Ellas habían seguido a José.
Habían visto la tumba.
Y habían observado cómo el cuerpo fue colocado dentro.
Mi libro recoge expresamente esta secuencia: las mujeres siguieron a José de Arimatea, observaron el sepulcro donde quedó el cuerpo y posteriormente regresaron para preparar especias y ungüentos.
Después de colocar el cuerpo, Mateo dice:
“Y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.”
Mateo 27:60
Aquí aparece otro elemento que después tendrá una enorme importancia.
José mismo cerró la entrada.
El cuerpo quedó dentro.
La tumba quedó cerrada.
Y la piedra era suficientemente grande para que, cuando las mujeres regresaran después del día de reposo, se preguntaran:
“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Así llegamos a una conclusión importante:
La tumba no quedó abierta.
El cuerpo no quedó abandonado.
El lugar fue cerrado.
Observe ahora cómo todas las piezas comienzan a unirse.
Jesús murió en el Gólgota.
José pidió su cuerpo.
Pilato confirmó la muerte mediante el centurión.
José recibió el cuerpo.
Nicodemo llevó mirra y áloes.
Ambos prepararon a Jesús para la sepultura.
Después José llevó el cuerpo a su propio sepulcro nuevo.
Ese sepulcro estaba dentro de un huerto cercano.
El cuerpo fue colocado allí.
Las mujeres observaron el lugar.
Y finalmente José cerró la tumba mediante una gran piedra.
Esto es mucho más que una breve escena funeraria.
Es una cadena de acontecimientos que establece con precisión qué ocurrió con el cuerpo de Jesucristo después de la crucifixión.
En el artículo anterior vimos que la Tumba del Huerto posee características que coinciden con la descripción bíblica.
Una de ellas resulta especialmente importante en relación con José de Arimatea:
En mi investigación señalo que partes del sepulcro quedaron inconclusas, lo cual considero una indicación de que se trataba precisamente de un sepulcro nuevo.
Mateo dice:
“Su sepulcro nuevo.”
Juan dice:
“En el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Y la tumba que he visitado presenta justamente características de una obra que no llegó a ser terminada completamente.
Si lleváramos nuevamente nuestra investigación ante un juez, José de Arimatea sería un personaje de enorme importancia.
Podríamos preguntarle:
¿Pidió usted el cuerpo de Jesús?
Sí.
¿A quién se lo pidió?
A Poncio Pilato.
¿Pilato autorizó la entrega?
Sí, después de confirmar mediante el centurión que Jesús había muerto.
¿Tuvo usted el cuerpo en sus manos?
Sí.
¿Lo preparó para la sepultura?
Sí, junto con Nicodemo.
¿Dónde lo colocó?
En mi sepulcro nuevo.
¿Dónde estaba?
En un huerto cercano al lugar de la crucifixión.
¿La tumba estaba vacía antes de colocar el cuerpo?
Sí. Nadie había sido puesto allí.
¿Cerró usted la entrada?
Sí.
¿Con qué?
Con una gran piedra.
Esta es la fuerza del relato.
José de Arimatea impide que la historia termine con un cuerpo cuyo destino nadie conoce.
Sabemos quién lo reclamó.
Sabemos quién autorizó su entrega.
Sabemos quién verificó previamente su muerte.
Sabemos quién lo preparó.
Sabemos dónde fue colocado.
Sabemos que las mujeres vieron el lugar.
Y sabemos que la tumba fue cerrada.
Por lo tanto, cuando lleguemos al primer día de la semana y encontremos que el cuerpo ya no está allí, la pregunta tendrá todavía más fuerza:
Pero antes de llegar a esa mañana debemos detenernos en otro elemento geográfico que Juan menciona con claridad.
El sepulcro de José no estaba aislado.
Estaba dentro de:
Y ese será nuestro siguiente tema.
Mateo 27:57-61.
Marcos 15:42-47.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.
Después de seguir a José de Arimatea desde el Gólgota hasta el sepulcro, encontramos un detalle que para mí tiene una enorme importancia:
El Evangelio de Juan lo dice con toda claridad:
“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Juan 19:41
Esta frase une tres elementos dentro de un mismo escenario:
El lugar de la crucifixión.
El huerto.
Y el sepulcro.
No son tres lugares separados.
Forman parte de la misma zona.
Juan no dice que después de la crucifixión trasladaron el cuerpo varios kilómetros.
Dice que en el lugar donde había sido crucificado había un huerto.
Y dentro de ese huerto había un sepulcro nuevo.
Esto significa que, para investigar geográficamente el lugar de la resurrección, debemos buscar una combinación muy específica:
Un lugar que corresponda con el Gólgota.
Un huerto cercano.
Y dentro de ese huerto, una tumba excavada en roca.
Precisamente esa relación geográfica es una de las razones por las que la Tumba del Huerto adquirió tanta importancia en mi investigación. En mi libro afirmo que la tumba encontrada por el General Gordon está a escasos metros del lugar donde fue crucificado Jesucristo.
Este punto es importante.
Si solamente encontráramos una tumba antigua excavada en roca, eso no sería suficiente.
En Israel existen muchas tumbas antiguas.
La tumba que buscamos debe encajar con un conjunto de características.
Debe estar cerca del lugar de la crucifixión.
Debe estar dentro de un huerto.
Debe haber sido un sepulcro nuevo.
Debe haber sido excavado en roca.
Y debe haber tenido una entrada que pudiera cerrarse con una gran piedra.
Por eso el huerto no es un detalle decorativo del relato.
Es una pieza fundamental para identificar el escenario.
Mi respuesta es:
En el lugar donde se encuentra la Tumba del Huerto se encontraron elementos que, para mí, confirman que esa zona fue utilizada como huerto en la antigüedad.
En mi libro menciono específicamente dos:
una prensa de olivas
y
una enorme cisterna para almacenar agua.
La presencia de estas instalaciones tiene sentido dentro de un lugar destinado al cultivo.
La cisterna permitía almacenar agua para regar la vegetación del huerto.
En una región donde el agua debía conservarse cuidadosamente, una cisterna de grandes dimensiones no era un elemento sin propósito.
Servía para recoger y almacenar agua.
Y el agua era indispensable para mantener un huerto.
En mis propias fotografías incluidas en el libro muestro tanto la entrada como el interior de esa cisterna.
Para mí, no estamos simplemente ante una tumba rodeada actualmente por jardines.
Estamos ante un lugar que presenta evidencia de haber funcionado como huerto en la antigüedad.
Esto concuerda directamente con Juan 19:41.
La prensa de olivas constituye otra evidencia importante.
Una prensa de este tipo tiene sentido en un lugar donde existían olivos y donde se procesaba su fruto.
Por eso, cuando uno encuentra una tumba excavada en roca dentro de un sitio donde también existen una cisterna importante y una prensa de olivas, la descripción de un antiguo huerto deja de ser una simple posibilidad.
En mi libro digo expresamente que puedo corroborar que ese lugar fue un huerto en la antigüedad precisamente por estos elementos.
Volvamos nuevamente al texto:
“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto…”
Ahora comparemos.
Tenemos un lugar que identifico con el Monte de la Calavera.
A escasos metros encontramos un antiguo huerto.
Dentro del huerto encontramos una tumba.
La tumba fue excavada en roca.
Presenta características de no haber sido terminada.
Y en su entrada existe un canal para una gran piedra.
Por eso, para mí, las piezas encajan de una manera extraordinaria.
Después de la muerte de Jesús había poco tiempo.
Se acercaba el día de reposo.
José de Arimatea había recibido autorización para llevarse el cuerpo.
En esas circunstancias, encontrar un sepulcro disponible cerca del lugar de la crucifixión resultaba providencial.
Juan lo explica así:
“Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.”
Juan 19:42
Observe nuevamente:
Esto confirma la relación geográfica entre el Gólgota y el huerto.
La cercanía no es una idea añadida posteriormente.
Está dentro del propio relato.
Las mujeres que acompañaron a Jesús desde Galilea siguieron a José y observaron dónde fue colocado el cuerpo.
Por lo tanto, el huerto no era un lugar desconocido para ellas.
Ellas vieron el sepulcro.
Sabían dónde estaba.
Y por eso, cuando regresaron después del día de reposo, sabían exactamente hacia dónde dirigirse.
Esto será muy importante más adelante cuando examinemos la teoría de que quizá fueron a la tumba equivocada.
El relato dice que habían visto el lugar.
Podemos ahora reconstruir la secuencia:
Jesús murió en el Gólgota.
A poca distancia había un huerto.
Dentro del huerto existía un sepulcro nuevo.
José de Arimatea recibió el cuerpo.
Lo llevó hacia ese sepulcro.
Las mujeres observaron el lugar.
El cuerpo fue colocado dentro.
Y la entrada fue cerrada con una gran piedra.
Todo ocurre dentro de un área geográfica relativamente pequeña.
Esto es precisamente lo que encontré tan impresionante durante mis viajes a Tierra Santa.
En mi libro no me limité a describir el lugar.
Incluí fotografías tomadas durante mis propias visitas.
Una de ellas muestra el lugar que identifico con el Monte de la Calavera.
Otra muestra la entrada a la Tumba del Huerto.
Otras muestran el interior del sepulcro.
También incluí fotografías del canal por donde habría rodado una piedra y de la cisterna utilizada para almacenar el agua del huerto.
Mi intención fue sencilla:
que el lector pudiera observar con sus propios ojos las características que yo estaba describiendo.
En el libro afirmo que llevaría esas mismas fotografías ante un juez para que fueran evaluadas.
Para mí, una de las fortalezas del lugar es precisamente que no depende de una sola característica.
No digo que sea el lugar solamente porque hay una tumba.
Lo digo porque existe una combinación de elementos:
El Monte de la Calavera está cerca.
Hubo un huerto.
Existe evidencia de cultivo.
Existe una cisterna.
Existe una prensa de olivas.
Hay una tumba excavada en roca.
La tumba presenta características de estar inconclusa.
Existe un canal para una gran piedra.
Y el sepulcro está vacío.
Para mí, este conjunto de datos coincide con el relato bíblico.
Intentemos ahora colocarnos mentalmente en el lugar.
La crucifixión ha terminado.
El cuerpo de Jesucristo ha sido bajado de la cruz.
José de Arimatea y Nicodemo lo reciben.
No tienen que recorrer una gran distancia.
Muy cerca se encuentra el huerto.
Entran.
Dentro existe un sepulcro nuevo excavado en la roca.
Preparan el cuerpo.
Lo envuelven.
Lo colocan dentro.
Las mujeres observan.
Después una gran piedra es rodada frente a la entrada.
Y todos se retiran.
Por unas horas, aquel huerto queda en silencio.
En ese momento nadie podía imaginar todo lo que ocurriría después.
Aquel huerto, que quizá durante años había sido simplemente un lugar de cultivo y trabajo, se convertiría en el escenario del acontecimiento central de nuestra investigación.
El primer día de la semana las mujeres regresarían.
Pero encontrarían algo que no esperaban.
La piedra estaría removida.
El sepulcro estaría abierto.
Y el cuerpo ya no estaría allí.
Como escribí en mi libro, después de comparar las características del lugar con el relato bíblico, llegué a una conclusión definida:
La Tumba del Huerto encaja con la descripción de los Evangelios.
Para mí, la cercanía con el lugar de la crucifixión, la evidencia del antiguo huerto, la cisterna, la prensa de olivas, la tumba excavada en roca y las demás características forman parte de un mismo caso.
Por eso escribí:
Pero todavía necesitamos examinar con mayor detalle precisamente ese sepulcro.
Ya sabemos que estaba dentro de un huerto.
Ahora vamos a entrar en él.
Mateo 27:57-61.
Marcos 15:42-47.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

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