Por el Dr. Elio M Rivera

  La resurrección de Jesucristo no es simplemente uno de los muchos acontecimientos que forman parte de la historia cristiana. Es uno de los fundamentos sobre los cuales descansa toda nuestra fe. Si Jesucristo murió en la cruz y permaneció en la tumba, entonces el cristianismo pierde una parte esencial de su mensaje. Pero si realmente resucitó, entonces todo cambia.

  Esta es precisamente la razón por la que vale la pena estudiar cuidadosamente lo que ocurrió después de la crucifixión. La pregunta no es solamente si creemos que Jesús resucitó porque así nos lo enseñaron desde pequeños, porque lo escuchamos en una iglesia o porque aparece escrito en la Biblia. La pregunta que deseo plantear a lo largo de esta serie es mucho más profunda:

¿Existen razones suficientes para creer que Jesucristo realmente se levantó de entre los muertos?

  Antes de intentar responderla, debemos comprender por qué este asunto tiene tanta importancia.

Sin resurrección, el cristianismo pierde su fundamento

  El apóstol Pablo fue extraordinariamente claro al hablar de este tema. Él no trató la resurrección como una enseñanza secundaria ni como algo que pudiera aceptarse o rechazarse sin consecuencias. Por el contrario, afirmó que si Cristo no resucitó, nuestra predicación y nuestra fe serían vanas, y todavía permaneceríamos en nuestros pecados.

“Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.”
1 Corintios 15:14

  Más adelante vuelve a decir:

“Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.”
1 Corintios 15:17

  Estas palabras son impresionantes.

  Pablo prácticamente coloca todo el cristianismo sobre un acontecimiento histórico: la resurrección de Jesucristo.

  No dijo: “Aunque Cristo no haya resucitado, sus enseñanzas siguen siendo bonitas”. Tampoco dijo que lo importante fuera solamente recordar sus principios morales. Para Pablo, la cuestión era mucho más seria: si Jesucristo no resucitó, entonces algo fundamental del mensaje cristiano se derrumba.

La resurrección confirma quién es Jesucristo

  Durante su ministerio, Jesús hizo afirmaciones extraordinarias acerca de sí mismo. Enseñó con una autoridad que sorprendía a quienes lo escuchaban, habló acerca del perdón de los pecados, anunció que entregaría su vida y también declaró que volvería a levantarse.

  Cualquier persona puede hacer grandes afirmaciones. Pero la pregunta es si esas afirmaciones pueden ser respaldadas.

  La resurrección ocupa un lugar extraordinario precisamente porque constituye la confirmación de que la muerte no pudo retener a Jesucristo.

  Sus enemigos podían arrestarlo.

  Podían juzgarlo.

  Podían azotarlo.

  Podían clavarlo en una cruz.

  Podían colocar su cuerpo dentro de una tumba.

  Podían cerrar aquella tumba con una enorme piedra.

  Pero si después de todo aquello Jesucristo volvió a vivir, entonces estamos frente a un acontecimiento completamente diferente de cualquier otro en la historia humana.

La cruz y la resurrección no pueden separarse

  Con frecuencia hablamos de la cruz porque allí Jesucristo entregó su vida. Y ciertamente la cruz ocupa un lugar central en el mensaje del Evangelio. Pero la historia cristiana no termina el viernes por la tarde con un cuerpo colocado dentro de un sepulcro.

  Si todo hubiera terminado allí, tendríamos la historia de un hombre extraordinario que murió de una manera terrible.

  Pero el mensaje de los primeros cristianos era diferente.

  Ellos proclamaban que aquel que había sido crucificado estaba vivo.

  Por eso la cruz y la resurrección deben entenderse juntas. La cruz nos habla de su muerte; la resurrección nos habla de su victoria sobre la muerte.

  Pablo resumió el mensaje que había recibido y transmitido diciendo que Cristo murió, fue sepultado y resucitó al tercer día. Para él, estos acontecimientos formaban parte de una misma realidad.

La resurrección transformó completamente a los discípulos

  Existe otro aspecto que debemos considerar.

  Después de la crucifixión encontramos a los discípulos llenos de miedo. Algunos habían huido cuando arrestaron a Jesús. Pedro incluso negó conocerlo. Después de su muerte, los discípulos se encontraban reunidos detrás de puertas cerradas por temor.

  Algo había sucedido con ellos.

  El hombre a quien habían seguido durante años había sido ejecutado públicamente. Sus expectativas parecían haberse derrumbado y el temor había tomado el lugar de la seguridad que alguna vez habían tenido.

  Sin embargo, poco tiempo después encontramos a estos mismos hombres proclamando públicamente que Jesucristo había resucitado.

  Aquellos que se escondían comenzaron a hablar.

  Aquellos que tenían miedo comenzaron a confrontar a las autoridades.

  Aquellos que habían huido comenzaron a anunciar precisamente en Jerusalén que el hombre que había sido crucificado estaba vivo.

  Entonces surge una pregunta inevitable:

¿Qué ocurrió para producir un cambio tan extraordinario en ellos?

  Esta será una de las preguntas que estudiaremos detenidamente a lo largo de esta serie.

Para los primeros cristianos, Jesús no era solamente alguien que había vivido

  Los discípulos no salieron por las calles anunciando simplemente las enseñanzas de un maestro fallecido.

  Su mensaje era mucho más poderoso:

Jesucristo había resucitado.

  Eso explica por qué la resurrección aparece una y otra vez en la predicación de la Iglesia primitiva.

  Ellos no hablaban de Jesús únicamente en pasado. No decían solamente: “Jesús hizo”, “Jesús enseñó” o “Jesús murió”.

  Ellos afirmaban:

Jesús vive.

  Y esa convicción transformó completamente su manera de vivir.

La resurrección convierte la esperanza cristiana en algo completamente diferente

  Todos los seres humanos tarde o temprano tenemos que enfrentarnos con la realidad de la muerte.

  Podemos ignorarla durante algún tiempo. Podemos evitar hablar de ella. Podemos distraernos con nuestras actividades cotidianas. Pero tarde o temprano todos tendremos que enfrentarnos con ella.

  Y es precisamente aquí donde la resurrección de Jesucristo adquiere una dimensión profundamente personal.

  Si Jesucristo resucitó, entonces la muerte no tuvo la última palabra sobre Él.

  Y si Cristo venció a la muerte, la esperanza cristiana no está fundamentada solamente en buenos deseos.

  Está fundamentada en una persona que murió y, según el testimonio de sus discípulos, volvió a vivir.

Para mí, estudiar la resurrección dejó de ser solamente una cuestión doctrinal

  Durante muchos años creí en la resurrección de Jesucristo porque era parte de mi fe. Pero cuando comencé a estudiar cuidadosamente los acontecimientos que rodearon su muerte, sepultura y resurrección, algo comenzó a cambiar profundamente dentro de mí.

  Jesucristo dejó de ser solamente alguien acerca de quien yo había aprendido.

  Comprender la resurrección hizo que muchas cosas que anteriormente eran teoría comenzaran a convertirse en una realidad en mi interior. Nació una mayor seguridad, esperanza y deseo de hablar acerca de Jesús.

  Comprender y estudiar la resurrección transformó profundamente mi manera de relacionarme con Él.

  Porque existe una enorme diferencia entre pensar solamente que Jesucristo vivió hace dos mil años y comprender que Él está vivo.

Entonces, ¿qué debemos investigar?

  A lo largo de esta serie no quiero pedirle al lector que acepte la resurrección simplemente porque yo lo diga.

  Quiero que examinemos los acontecimientos.

  Debemos preguntarnos:

  ¿Murió realmente Jesucristo?

  ¿Quién comprobó su muerte?

  ¿Dónde fue sepultado?

  ¿Qué clase de tumba era?

  ¿Quién vigilaba aquella tumba?

  ¿Qué significaba el sello colocado sobre ella?

  ¿Podrían los discípulos haber robado el cuerpo?

  ¿Por qué apareció vacía la tumba?

  ¿Quiénes dijeron haber visto a Jesucristo después de su muerte?

  ¿Y qué ocurrió posteriormente con aquellas personas?

  No tenemos que tener miedo de hacer preguntas. Si un acontecimiento es verdadero, debe poder ser examinado.

Una pregunta que merece una respuesta

  La resurrección es importante porque todo cambia dependiendo de si ocurrió o no ocurrió.

  Si Jesucristo permaneció muerto, estamos hablando solamente de un personaje extraordinario de la antigüedad.

  Pero si Jesucristo realmente resucitó, entonces estamos hablando de alguien completamente diferente.

  Entonces sus palabras adquieren una importancia extraordinaria.

  Sus promesas adquieren una dimensión completamente nueva.

  La cruz adquiere un significado todavía más profundo.

  Y nuestra propia relación con la muerte cambia para siempre.

  Por eso no quiero que esta serie comience diciendo simplemente:

“Cristo resucitó porque la Biblia lo dice.”

  Quiero ir más lejos.

  Quiero que observemos cuidadosamente los acontecimientos y nos hagamos una pregunta que cada persona tendrá que responder por sí misma:

¿Qué sucedió realmente aquella mañana en Jerusalén?

  En los próximos artículos comenzaremos a examinar el caso paso a paso.

Referencias bíblicas

1 Corintios 15:1-18.
Juan 20:19-23.
Hechos 2:22-32.
Hechos 4:1-14.

Música recomendada

Explora el museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M Rivera

  Existe una pregunta que todo cristiano debería atreverse a formular alguna vez:

¿Qué pasaría si Jesucristo nunca hubiera resucitado?

  La pregunta puede resultar incómoda. Incluso puede parecernos irreverente. Sin embargo, el apóstol Pablo no tuvo miedo de hacerla. Por el contrario, en el capítulo quince de su primera carta a los Corintios llevó esta posibilidad hasta sus últimas consecuencias.

  Pablo no trató la resurrección como un detalle secundario de la fe cristiana. Tampoco la presentó como una doctrina que pudiera eliminarse sin alterar demasiado el resto del mensaje.

  Para él, la conclusión era mucho más radical:

Si Cristo no resucitó, el cristianismo pierde su fundamento.

Pablo se atrevió a poner la fe a prueba

  Esto es algo que siempre me ha parecido extraordinario.

  Pablo no dijo: “No hagan preguntas”.

  Tampoco pidió a los creyentes que cerraran los ojos ante las dificultades.

  Al contrario, planteó abiertamente lo que ocurriría si la afirmación central de los apóstoles fuera falsa.

  Él escribió:

“Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.”
1 Corintios 15:14

  Después agregó:

“Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.”
1 Corintios 15:17

  Y todavía añadió otra consecuencia:

“Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron.”
1 Corintios 15:18

  Observe la fuerza de estas palabras.

  Pablo está diciendo que, si Jesucristo no resucitó, no estamos hablando de un pequeño error doctrinal. Todo el mensaje cristiano queda profundamente afectado.

Primera consecuencia: la predicación cristiana sería vana

  La primera conclusión de Pablo es impresionante:

“Vana es entonces nuestra predicación.”

  ¿Por qué?

  Porque desde sus primeros días, el mensaje cristiano estuvo construido alrededor de un acontecimiento extraordinario: Jesucristo había muerto y había resucitado.

  Los discípulos no recorrieron Jerusalén anunciando únicamente que Jesús había sido un buen maestro.

  No salieron diciendo simplemente que había enseñado grandes principios acerca del amor, la misericordia o el perdón.

  Tampoco proclamaron solamente que había muerto injustamente.

  Su mensaje principal era mucho más fuerte:

El hombre que fue crucificado está vivo.

  Si eso fuera falso, entonces una parte esencial de la predicación de Pedro, Juan, Pablo y los demás apóstoles habría estado basada en algo que nunca ocurrió.

  El cristianismo habría comenzado proclamando un acontecimiento inexistente.

Segunda consecuencia: nuestra fe sería vana

  Pablo continúa:

“Vana es también vuestra fe.”

  Esto significa que la fe cristiana no descansa solamente sobre principios filosóficos, emociones religiosas o enseñanzas morales.

  Está ligada a algo que supuestamente ocurrió en la historia.

  Jesucristo vivió.

  Jesucristo fue crucificado.

  Jesucristo murió.

  Jesucristo fue sepultado.

  Y los primeros cristianos proclamaron que Jesucristo resucitó.

  Si la última de estas afirmaciones fuera falsa, entonces los creyentes estarían depositando su confianza en alguien que permaneció muerto.

  Podríamos admirar sus enseñanzas.

  Podríamos estudiar su vida.

  Podríamos incluso considerarlo uno de los personajes más extraordinarios que han existido.

  Pero sería muy diferente afirmar que Él vive.

Tercera consecuencia: los apóstoles serían falsos testigos

  Pablo lleva todavía más lejos su argumento.

  Él dice que si Cristo no resucitó, entonces los apóstoles serían:

“Falsos testigos de Dios.”

  Esta expresión es muy fuerte.

  ¿Por qué?

  Porque ellos no dijeron simplemente:

“Creemos que Jesús quizá resucitó”.

  Ellos afirmaron haber sido testigos.

  Pedro dijo haberlo visto.

  Juan dijo haberlo visto.

  Los demás discípulos dijeron haberlo visto.

  Pablo afirmó que Jesús también se le apareció a él.

  Además, en el mismo capítulo menciona apariciones a numerosos creyentes.

  Entonces sólo existen unas pocas posibilidades.

  O estaban diciendo la verdad.

  O estaban equivocados.

  O estaban mintiendo.

  Pero no podemos reducir sus declaraciones a una simple metáfora religiosa.

  Ellos afirmaban que Jesús había vuelto de la muerte.

Cuarta consecuencia: el problema del pecado permanecería sin resolver

  Pablo escribe algo todavía más serio:

“Aún estáis en vuestros pecados.”

  La cruz y la resurrección están profundamente relacionadas.

  La muerte de Cristo tiene un significado central dentro del Evangelio, pero la resurrección representa la victoria que sigue a esa muerte.

  Si Jesucristo hubiera quedado definitivamente en la tumba, habría muerto como cualquier otro ser humano.

  El mensaje de victoria sobre el pecado y la muerte perdería su fundamento.

  La tumba habría tenido la última palabra.

  Pero el Evangelio proclama exactamente lo contrario:

La muerte no tuvo la última palabra.

Quinta consecuencia: los muertos en Cristo habrían perecido

  Después Pablo dirige nuestra mirada hacia algo muy personal.

  Todos hemos perdido personas que amamos.

  La muerte toca inevitablemente a cada familia.

  Y una de las grandes esperanzas del cristianismo es que la muerte no representa el final definitivo.

  Pero Pablo es completamente coherente con su razonamiento.

  Si Cristo no resucitó, entonces tampoco existe fundamento para esperar una resurrección futura.

  Por eso declara que quienes murieron creyendo en Cristo habrían perecido.

  Aquí comprendemos que la resurrección no es solamente importante para saber qué sucedió con Jesús hace dos mil años.

  Tiene consecuencias sobre nuestro propio destino.

Un cristianismo sin resurrección sería algo completamente diferente

  Imagine por un momento un cristianismo sin un Cristo resucitado.

  Tendríamos el Sermón del Monte.

  Tendríamos las parábolas.

  Tendríamos enseñanzas extraordinarias acerca del amor y el perdón.

  Tendríamos la historia de un hombre que sanó enfermos, confrontó la injusticia y mostró misericordia hacia los necesitados.

  Tendríamos también la tragedia de su crucifixión.

  Pero la historia terminaría frente a una tumba cerrada.

  Y eso cambiaría completamente el mensaje.

  El cristianismo dejaría de anunciar:

“Él vive.”

  Y solamente podría decir:

“Él vivió.”

  La diferencia entre estas dos frases es enorme.

Entonces los discípulos tendrían que explicar algo

  Si Jesús no resucitó, inmediatamente aparece otra pregunta:

¿Por qué los discípulos comenzaron a proclamar que había resucitado?

  Recordemos el estado en que se encontraban después de la crucifixión.

  Estaban asustados.

  Habían huido.

  Pedro había negado públicamente conocer a Jesús.

  Después de su muerte permanecían escondidos por miedo a las autoridades.

  Sin embargo, poco tiempo después estos mismos hombres aparecieron públicamente proclamando que aquel a quien habían visto morir estaba vivo.

  Si la resurrección no ocurrió, tendremos que encontrar alguna explicación para esa transformación.

  Y esa explicación deberá ser suficientemente sólida para explicar no solamente su predicación, sino también el riesgo que estuvieron dispuestos a correr por ella.

El cristianismo hizo una afirmación peligrosa

  Hay algo que debemos comprender.

  Los primeros cristianos comenzaron a proclamar la resurrección en el mismo ambiente donde Jesús había sido crucificado.

  No esperaron cientos de años.

  No se fueron a una tierra distante donde nadie conociera los acontecimientos.

  Su mensaje comenzó precisamente entre personas que conocían lo sucedido.

  Esto convertía la afirmación de la resurrección en algo que podía ser desafiado.

  Si el cuerpo de Jesús hubiera permanecido en la tumba, sus enemigos habrían tenido una respuesta extraordinariamente sencilla:

Mostrar el cadáver.

  Un cuerpo habría podido destruir de inmediato la proclamación de que Jesús estaba vivo.

  Por eso la pregunta acerca de la tumba será tan importante cuando avancemos en esta investigación.

No necesitamos tener miedo de esta pregunta

  Algunas personas piensan que cuestionar la resurrección debilita la fe.

  Yo pienso exactamente lo contrario.

  Una fe que teme cualquier pregunta termina siendo frágil.

  Pablo mismo se atrevió a colocar la resurrección frente a la pregunta más difícil:

¿Qué pasa si no ocurrió?

  Y precisamente porque comprendía las consecuencias, defendió con tanta fuerza que Jesucristo realmente había resucitado.

  La lógica es sencilla:

  Si Cristo no resucitó, la predicación apostólica sería vana.

  Nuestra fe sería vana.

  Los apóstoles serían falsos testigos.

  Permaneceríamos en nuestros pecados.

  Los que murieron esperando en Cristo habrían perecido.

  Y la esperanza cristiana frente a la muerte perdería su fundamento.

  Pero si Cristo resucitó…

  entonces todo cambia.

La pregunta ya no puede evitarse

  Llegados a este punto, podemos comprender por qué la resurrección merece una investigación seria.

  No estamos estudiando una curiosidad histórica.

  Estamos estudiando el acontecimiento sobre el cual los primeros cristianos estuvieron dispuestos a colocar toda su fe.

  Por eso no debemos conformarnos con una respuesta superficial.

  No basta decir:

“Yo creo porque siempre me lo enseñaron.”

  Tampoco basta que otra persona diga:

“Yo no creo porque las resurrecciones son imposibles.”

  Ambas posiciones deben enfrentarse con los hechos.

  La pregunta correcta es:

¿Qué evidencia existe para afirmar que Jesucristo realmente resucitó?

  A partir de aquí comenzaremos a construir el caso.

  Primero tendremos que preguntarnos si los documentos que relatan la resurrección pueden ser tomados seriamente como fuentes para una investigación histórica.

  Porque antes de estudiar la tumba, los soldados, la piedra, los testigos o las apariciones, debemos responder una cuestión fundamental:

¿Podemos investigar la resurrección como un acontecimiento real de la historia?

Referencias bíblicas

1 Corintios 15:1-20.
Juan 20:19-29.
Hechos 2:22-36.
Hechos 4:1-14.

Música recomendada

Explora el museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M Rivera

  Cuando hablamos de la resurrección de Jesucristo, muchas personas piensan inmediatamente que estamos entrando exclusivamente en el terreno de la fe. Para algunos, afirmar que Jesús resucitó pertenece únicamente a la religión y, por lo tanto, consideran que no puede ser investigado de ninguna manera.

  Pero debemos hacernos una pregunta muy sencilla:

¿Es correcto pensar así?

  La resurrección, ciertamente, contiene un elemento sobrenatural. Pero los acontecimientos que la rodearon ocurrieron, según los Evangelios, en un lugar determinado, en una época determinada, bajo autoridades conocidas y frente a personas concretas.

  Jesús no fue crucificado en un lugar imaginario.

  No fue sepultado en una ciudad mitológica.

  Sus discípulos no pertenecieron a una civilización desconocida.

  Los relatos colocan los acontecimientos dentro de la historia humana.

  Por eso considero que la resurrección puede, y debe, ser investigada seriamente.

La fe no nos obliga a abandonar la razón

  En ocasiones encontramos dos extremos.

  Por un lado están quienes dicen:

“Yo creo y no necesito investigar nada.”

  Y por el otro están quienes responden:

“Como se trata de un milagro, no vale la pena investigar.”

  Ninguna de estas posiciones me parece suficiente.

  Si estamos afirmando que algo ocurrió en la historia, tenemos derecho a preguntar qué evidencia existe.

  Podemos examinar documentos.

  Podemos estudiar lugares.

  Podemos analizar personajes.

  Podemos observar el contexto político y religioso.

  Podemos estudiar las costumbres funerarias.

  Podemos preguntarnos quiénes estuvieron presentes.

  Podemos comparar distintos testimonios.

  Y podemos intentar determinar qué explicación concuerda mejor con la información disponible.

  Esto no significa que podamos meter la resurrección dentro de un laboratorio y repetirla. Muchos acontecimientos históricos tampoco pueden repetirse.

  No podemos repetir una batalla antigua.

  No podemos reproducir el asesinato de un emperador romano.

  No podemos regresar al momento exacto en que una ciudad fue destruida.

  Sin embargo, los historiadores investigan esos acontecimientos mediante los rastros que dejaron.

  Con la resurrección podemos hacer algo parecido.

Comenzamos con documentos antiguos

  Una de las primeras fuentes de información que tenemos son los escritos del Nuevo Testamento.

  Muchas personas rechazan inmediatamente estos documentos porque forman parte de la Biblia.

  Pero si queremos realizar una investigación seria, no podemos descartarlos simplemente por su contenido religioso.

  Primero debemos preguntarnos qué clase de documentos son, cuándo fueron escritos, quiénes los escribieron, a quiénes estaban dirigidos y qué clase de información contienen.

  En mi libro explico que muchos escritos del Nuevo Testamento fueron dirigidos originalmente a personas o grupos concretos. Lucas y Hechos, por ejemplo, fueron dirigidos a Teófilo; las cartas de Pablo fueron enviadas a comunidades y personas específicas; y otros autores escribieron para conservar y comunicar acontecimientos que formaban parte de la realidad que les había tocado vivir.

  Eso significa que, antes de ser reunidos dentro de lo que hoy llamamos Biblia, estos textos fueron documentos que circularon entre personas reales.

El hecho de que un documento hable de Dios no elimina automáticamente su valor histórico

  Este punto es muy importante.

  A veces se comete un error de razonamiento: se piensa que, porque un documento contiene afirmaciones religiosas o sobrenaturales, todo lo demás que relata debe ser rechazado.

  Pero eso no sería una forma justa de investigar.

  Un documento antiguo debe ser analizado por lo que contiene.

  Si describe ciudades, gobernantes, caminos, costumbres, edificios, acontecimientos políticos y lugares geográficos, todas esas afirmaciones pueden compararse con otras fuentes.

  El hecho de que, además, contenga afirmaciones acerca de Dios no obliga a aceptar automáticamente esas afirmaciones; pero tampoco justifica desechar todo el documento antes de estudiarlo.

  La investigación comienza examinando, no descartando.

Los Evangelios colocan la historia en lugares reales

  Una diferencia importante entre una leyenda puramente mitológica y los relatos de la pasión de Jesucristo es que estos últimos están llenos de referencias geográficas.

  Jerusalén.

  Getsemaní.

  El pretorio.

  El lugar de la Calavera.

  Un huerto.

  Un sepulcro excavado en la roca.

  Todos estos elementos forman parte del escenario que podemos estudiar.

  Los Evangelios describen incluso características particulares del sepulcro: estaba ubicado en un huerto cercano al lugar de la crucifixión, era nuevo, había sido excavado en roca y se cerraba con una gran piedra.

  Estas descripciones son importantes porque convierten el relato en algo que puede compararse con la geografía, la arqueología y las costumbres funerarias de aquella época.

También encontramos personajes históricos

  La historia de la muerte y resurrección de Jesús tampoco ocurre rodeada solamente de personajes anónimos.

  Los relatos mencionan gobernantes y autoridades.

  Poncio Pilato.

  Caifás.

  Los principales sacerdotes.

  Soldados romanos.

  José de Arimatea.

  Los discípulos.

  Las mujeres que acudieron al sepulcro.

  Esto es importante porque una investigación histórica siempre intenta identificar a los participantes de un acontecimiento.

  ¿Quién tomó las decisiones?

  ¿Quién tenía autoridad?

  ¿Quién presenció los hechos?

  ¿Quién tenía interés en que Jesús muriera?

  ¿Quién tenía interés en impedir que el cuerpo desapareciera?

  Estas preguntas son perfectamente legítimas.

Podemos estudiar las motivaciones de los involucrados

  Una investigación no solamente pregunta qué ocurrió.

  También pregunta por qué ciertas personas actuaron como lo hicieron.

  En el caso de Jesucristo, había importantes intereses políticos y religiosos alrededor de su muerte.

  En mi libro analizo cómo las autoridades religiosas consideraban a Jesús una amenaza, especialmente porque confrontaba públicamente su conducta y porque su influencia sobre el pueblo podía poner en peligro su poder.

  También debemos considerar al poder romano, cuya principal preocupación era conservar el orden político.

  Comprender estos intereses nos ayuda a estudiar después una cuestión muy importante:

¿Qué tan interesados estaban los enemigos de Jesús en asegurarse de que realmente estuviera muerto y de que su cuerpo permaneciera dentro de la tumba?

  Esa pregunta tendrá enorme importancia más adelante.

Podemos investigar cómo murió Jesús

  Otro elemento histórico que podemos estudiar es el método de ejecución.

  Jesucristo fue crucificado.

  La crucifixión no es una invención de los Evangelios. Era una forma de ejecución utilizada en el mundo antiguo y adoptada ampliamente por Roma.

  Por lo tanto, podemos estudiar cómo se ejecutaba una crucifixión.

  Podemos investigar qué ocurría con el cuerpo.

  Podemos analizar la flagelación.

  Podemos examinar las heridas.

  Podemos estudiar de qué manera morían los crucificados.

  Todo esto será importante porque antes de hablar de una resurrección debemos establecer algo elemental:

¿Jesucristo realmente estaba muerto cuando lo colocaron en el sepulcro?

  En mi libro dedico una parte importante precisamente al estudio de la crucifixión y posteriormente a la comprobación de la muerte de Jesús.

Podemos investigar la tumba

  Después encontramos otro elemento físico:

el sepulcro.

  Sabemos por los relatos que el cuerpo fue entregado a José de Arimatea y colocado en una tumba.

  Podemos estudiar cómo eran las tumbas judías del siglo primero.

  Podemos investigar cómo se cerraban.

  Podemos estudiar la función de las piedras que cubrían sus entradas.

  Podemos observar cómo se preparaban los cuerpos para la sepultura.

  Incluso podemos comparar las descripciones del Evangelio con tumbas que todavía existen en Israel.

  Eso no demuestra por sí solo una resurrección, pero sí nos permite determinar si el escenario descrito corresponde o no con el mundo histórico del siglo primero.

Podemos investigar la guardia y el sello

  Los Evangelios también mencionan que se tomaron medidas para impedir que desapareciera el cuerpo.

  En mi libro estudio particularmente dos elementos:

la guardia y el sello.

  La presencia de soldados alrededor de una tumba y la colocación de un sello oficial son circunstancias que pueden analizarse dentro del contexto de la autoridad romana.

  Su importancia es evidente.

  Si posteriormente alguien afirma que los discípulos simplemente llegaron, quitaron la piedra y se llevaron el cuerpo, entonces tenemos que preguntarnos:

  ¿Podían hacerlo?

  ¿Qué obstáculos existían?

  ¿Qué riesgo representaba enfrentarse a los guardias?

  ¿Qué significaba romper un sello imperial?

  El relato presenta la guardia y el sello precisamente como medidas destinadas a impedir que alguien pudiera robar el cuerpo.

Podemos investigar a los testigos

  Después de encontrar la tumba vacía aparecen testimonios de personas que afirmaron haber visto vivo a Jesucristo.

  Una investigación histórica debe preguntar:

  ¿Cuántas personas hicieron esa afirmación?

  ¿Quiénes eran?

  ¿Sus testimonios aparecieron inmediatamente o siglos después?

  ¿Creían desde el principio que Jesús iba a resucitar?

  ¿Ganaron algo al proclamarlo?

  ¿Cambió su conducta después de aquello que dijeron haber visto?

  Estas preguntas son fundamentales.

  Los propios Evangelios muestran que los discípulos no se encontraban esperando alegremente una resurrección. Estaban temerosos y, en algunos casos, incluso fueron lentos para creer el testimonio inicial de las mujeres.

  Esto hace todavía más interesante investigar qué produjo posteriormente un cambio tan profundo en ellos.

También podemos estudiar las explicaciones alternativas

  Una investigación seria no debe examinar solamente la explicación que uno desea que sea verdadera.

  También debe estudiar las alternativas.

  Quizá Jesús no murió.

  Quizá alguien robó el cuerpo.

  Quizá los discípulos mintieron.

  Quizá se equivocaron de tumba.

  Quizá todo fue inventado.

  Cada una de estas posibilidades debe ser examinada.

  Y después debemos hacernos la pregunta que todo investigador debería formular:

¿Cuál explicación logra reunir de manera más coherente todos los hechos?

  No debemos aceptar una explicación simplemente porque nos guste.

  Debemos preguntarnos si explica realmente la información disponible.

El método es sencillo: reunir las piezas

  Imagine que presentamos este caso ante un juez.

  No comenzaríamos diciendo:

“Señor juez, tiene que creer porque yo soy cristiano”.

  Tampoco bastaría que alguien dijera:

“Señor juez, no puede ser cierto porque yo no creo en milagros”.

  Un juez querría saber:

  ¿Qué documentos tenemos?

  ¿Dónde ocurrieron los hechos?

  ¿Quiénes estaban allí?

  ¿Quién murió?

  ¿Quién verificó la muerte?

  ¿Dónde quedó el cuerpo?

  ¿Quién custodiaba el lugar?

  ¿Quién encontró la tumba vacía?

  ¿Qué dijeron los testigos?

  ¿Existen explicaciones alternativas?

  ¿Son coherentes?

  Ese es precisamente el camino que deseo seguir.

No estamos intentando demostrar un milagro con una excavación arqueológica

  También debemos ser cuidadosos.

  La arqueología puede comprobar lugares, épocas, costumbres y objetos.

  La historia puede estudiar documentos, personajes y acontecimientos.

  La medicina puede ayudarnos a entender una crucifixión.

  Pero ninguna excavación arqueológica puede desenterrar “la resurrección” como si fuera una vasija antigua.

  La cuestión debe investigarse reuniendo diferentes tipos de evidencia y preguntándonos qué explicación ofrece el mejor sentido del conjunto.

  Eso es exactamente lo que hacemos continuamente cuando estudiamos acontecimientos del pasado.

La pregunta merece una investigación honesta

  A lo largo de esta serie deseo pedir una sola cosa al lector:

No acepte ni rechace la resurrección antes de examinar los hechos.

  Si usted es creyente, no tenga miedo de investigar.

  Y si usted no cree, tampoco descarte el caso antes de estudiarlo.

  Permitamos que los documentos hablen.

  Examinemos el lugar.

  Estudiemos la muerte.

  Analicemos la tumba.

  Observemos a los guardias.

  Escuchemos a los testigos.

  Consideremos las explicaciones alternativas.

  Y después lleguemos a una conclusión.

  Ese fue precisamente el propósito que me propuse al estudiar este tema: reunir la información contenida en los Evangelios y analizarla con la razón y la lógica para que el lector pudiera llegar a sus propias conclusiones.

El siguiente paso

  Ya hemos establecido algo importante.

  La resurrección contiene una afirmación sobrenatural, pero está rodeada por acontecimientos que se presentan como históricos.

  Por eso podemos investigarla.

  Ahora debemos acercarnos a nuestra primera gran fuente de información.

  Tenemos cuatro relatos que describen la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo.

  Y antes de utilizarlos como evidencia debemos preguntarnos:

¿Son los Evangelios documentos que podemos tomar seriamente en una investigación histórica?

Referencias bíblicas

Lucas 1:1-4.
Mateo 27:57-66.
Marcos 15:42-47.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-29.
1 Corintios 15:1-8.

Música recomendada

Explora el museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M Rivera

  Si queremos estudiar seriamente la resurrección de Jesucristo, tarde o temprano tendremos que enfrentarnos con una pregunta fundamental:

¿Qué valor tienen los Evangelios como documentos para una investigación?

  Después de todo, gran parte de la información que poseemos acerca de la vida, muerte, sepultura y resurrección de Jesús se encuentra precisamente en Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

  Algunas personas aceptan estos libros inmediatamente porque forman parte de la Biblia. Otras, por el contrario, los descartan precisamente por la misma razón.

  Pero ninguna de estas actitudes constituye por sí misma una investigación.

  Si realmente queremos examinar los acontecimientos de la resurrección, debemos preguntarnos qué clase de documentos son los Evangelios, qué pretenden relatar y si es razonable utilizarlos como fuentes para estudiar los hechos que describen.

Antes de ser libros de la Biblia, fueron escritos dirigidos a personas reales

  Con frecuencia olvidamos algo muy importante.

  Cuando Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron sus relatos, no estaban sosteniendo en sus manos un ejemplar de lo que hoy conocemos como el Nuevo Testamento.

  Sus escritos fueron producidos dentro de circunstancias históricas concretas y dirigidos a personas o comunidades que vivían en aquel mundo.

  En mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito? señalo que muchos escritos del Nuevo Testamento fueron dirigidos originalmente a personas específicas. Lucas y Hechos, por ejemplo, fueron escritos para Teófilo; las cartas de Pablo fueron enviadas a iglesias y a personas como Timoteo, Tito y Filemón.

  Esto es importante porque nos recuerda que los documentos del Nuevo Testamento surgieron dentro de la historia.

  No aparecieron repentinamente siglos después sin relación con las personas y acontecimientos que describen.

Los Evangelios presentan una historia que puede ser examinada

  Los Evangelios hablan de lugares.

  Hablan de gobernantes.

  Hablan de costumbres.

  Hablan de conflictos políticos y religiosos.

  Hablan de ciudades, caminos, fiestas, templos, tumbas y personajes.

  Eso significa que muchas de sus afirmaciones pueden compararse con otras fuentes históricas, con la geografía y con la arqueología.

  Por ejemplo, cuando describen los acontecimientos relacionados con la sepultura de Jesús, proporcionan detalles concretos: mencionan un huerto, un sepulcro nuevo, una tumba excavada en roca y una gran piedra colocada en su entrada.

  Ese tipo de detalles puede ser investigado.

  Podemos preguntarnos si existían tumbas de esa clase en el siglo primero.

  Podemos estudiar las costumbres funerarias judías.

  Podemos analizar la geografía de Jerusalén.

  Podemos investigar el contexto romano.

  Podemos comparar los relatos entre sí.

Que un documento sea religioso no significa que deje de ser un documento histórico

  Este punto merece especial atención.

  A veces se escucha una afirmación parecida a esta:

“No puede utilizarse la Biblia para estudiar a Jesús porque la Biblia es un libro religioso.”

  Pero esta objeción, por sí sola, no resuelve nada.

  Un documento antiguo no pierde automáticamente todo su valor histórico porque su autor tenga convicciones religiosas.

  Lo correcto es examinarlo.

  ¿Menciona personas que realmente existieron?

  ¿Describe lugares conocidos?

  ¿Sus referencias geográficas corresponden con la región?

  ¿Las costumbres que presenta concuerdan con la época?

  ¿Los acontecimientos que describe encajan dentro del contexto político y social que conocemos?

  Estas son preguntas legítimas para cualquier documento antiguo.

  En mi propio estudio he insistido en que no debemos descalificar automáticamente la Biblia antes de investigarla. Mi propuesta ha sido precisamente analizar sus relatos junto con información histórica, geográfica y arqueológica.

Los autores escribieron acerca de acontecimientos que consideraban reales

  Existe además otro elemento importante.

  Los Evangelios no están escritos como si sus autores estuvieran narrando acontecimientos ocurridos en un mundo fantástico.

  Presentan a Jesucristo dentro de lugares y circunstancias reconocibles.

  Hablan de personas que comieron con Él.

  Personas que caminaron con Él.

  Personas que lo escucharon enseñar.

  Personas que estuvieron presentes durante acontecimientos de su vida.

  Y posteriormente presentan personas que afirmaron haberlo visto después de su muerte.

  Por eso debemos tratar sus afirmaciones con seriedad suficiente como para investigarlas.

  Esto no significa que debamos aceptar automáticamente todo lo que dicen.

  Significa algo mucho más sencillo:

Debemos permitirles presentar su testimonio antes de decidir si lo creemos o no.

Lucas incluso explica su método

  El comienzo del Evangelio de Lucas resulta especialmente interesante.

  Lucas explica que otros ya habían intentado poner en orden los acontecimientos y que él decidió investigar cuidadosamente los hechos para presentar un relato ordenado.

  Escribió:

“Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo.”
Lucas 1:1-3

  Observe las expresiones utilizadas:

“Los que desde el principio lo vieron con sus ojos.”

“Después de haber investigado con diligencia.”

“Escribírtelas por orden.”

  Lucas está presentando su obra como una investigación de acontecimientos que consideraba reales.

  Esto no demuestra automáticamente que cada una de sus conclusiones sea verdadera, pero sí nos proporciona una razón para tomar en serio el documento y examinarlo.

Los Evangelios también pueden compararse entre sí

  Tenemos otra ventaja extraordinaria.

  No contamos solamente con un relato.

  Tenemos cuatro.

  Mateo.

  Marcos.

  Lucas.

  Juan.

  Y esto nos permite comparar la información.

  Podemos observar dónde coinciden.

  Podemos estudiar las diferencias de perspectiva.

  Podemos analizar los detalles que uno incluye y otro omite.

  Podemos intentar reconstruir la secuencia de los acontecimientos.

  Eso es exactamente lo que hacemos cuando tenemos varios testimonios de un mismo acontecimiento.

  En el caso de la resurrección, los Evangelios describen diferentes momentos ocurridos durante aquella madrugada. En mi libro intento ordenar algunos de esos acontecimientos —la llegada de las mujeres, la visita de Pedro y Juan, María Magdalena permaneciendo junto a la tumba y las posteriores apariciones— para comprender cómo pudieron desarrollarse durante aquellas primeras horas.

Las diferencias no significan necesariamente contradicción

  Cuando varias personas observan un acontecimiento, no necesariamente cuentan exactamente los mismos detalles.

  Una persona puede concentrarse en algo que otra apenas menciona.

  Una puede comenzar su relato antes.

  Otra puede interesarse más por un personaje determinado.

  Otra puede resumir acontecimientos que alguien más describe ampliamente.

  Por eso, cuando investigamos los Evangelios, no deberíamos esperar que fueran cuatro copias idénticas.

  Si fueran palabra por palabra iguales, surgiría incluso otra pregunta: ¿copiaron simplemente unos de otros?

  Lo importante es analizar si las diferencias pueden formar parte de perspectivas distintas acerca de los mismos acontecimientos y si el núcleo esencial del relato permanece.

El centro de los cuatro relatos es extraordinariamente claro

  Cuando llegamos a los acontecimientos finales de Jesús encontramos una estructura fundamental:

  Jesús fue arrestado.

  Fue juzgado.

  Fue crucificado.

  Murió.

  Su cuerpo fue colocado en un sepulcro.

  Posteriormente la tumba fue encontrada vacía.

  Y sus seguidores afirmaron que Jesucristo había resucitado y se les había aparecido.

  Precisamente estas afirmaciones son las que debemos investigar.

  No basta con decir:

“Lo dicen los Evangelios, por lo tanto tiene que ser verdad.”

  Pero tampoco es suficiente responder:

“Está en los Evangelios, por lo tanto no puede ser verdad.”

  Ambas respuestas evitan la investigación.

¿Qué motivación tenían los autores para escribir?

  También podemos preguntar qué intentaban lograr aquellos escritores.

  En mi libro planteo que los autores del Nuevo Testamento no escribieron pensando que siglos después sus textos formarían parte del libro más difundido del mundo. Tampoco escribieron esperando convertirse en autores famosos. Sus documentos surgieron dentro de situaciones concretas y buscaban transmitir aquello que consideraban verdadero acerca de Jesús y de los acontecimientos que rodearon su vida.

  Esto no demuestra por sí mismo que nunca pudieran equivocarse.

  Pero vuelve legítima otra pregunta:

¿Qué explicación tenemos para el origen de estos relatos?

  Si afirmamos que los autores inventaron la resurrección, tendremos que explicar por qué lo hicieron.

  Si creemos que fueron engañados, tendremos que explicar quién los engañó y cómo.

  Si pensamos que confundieron los acontecimientos, tendremos que estudiar si esa hipótesis encaja con la información.

  Y si consideramos que estaban diciendo la verdad, también tendremos que examinar las consecuencias de esa posibilidad.

Los Evangelios deben ser interrogados como testigos

  Imagine nuevamente que estamos llevando el caso de la resurrección ante un tribunal.

  Mateo entra a declarar.

  Marcos entra a declarar.

  Lucas entra a declarar.

  Juan entra a declarar.

  ¿Qué haríamos?

  No sería correcto condenarlos antes de escucharlos.

  Pero tampoco deberíamos aceptar automáticamente todo lo que dicen.

  Los interrogaríamos.

  Les preguntaríamos:

  ¿Dónde ocurrió?

  ¿Cuándo ocurrió?

  ¿Quiénes estaban presentes?

  ¿Quién condenó a Jesús?

  ¿Quién lo crucificó?

  ¿Quién comprobó su muerte?

  ¿Quién recibió el cuerpo?

  ¿Dónde fue colocado?

  ¿Quién llegó primero al sepulcro?

  ¿Qué encontraron allí?

  ¿Quién afirmó haber visto a Jesús vivo?

  Después compararíamos las declaraciones.

  Eso es investigar.

Hay una diferencia entre demostrar que los Evangelios son investigables y demostrar la resurrección

  También debemos distinguir dos cosas.

  Hasta este momento no hemos demostrado todavía que Jesús resucitó.

  Lo que estamos estableciendo es algo previo:

Tenemos documentos que contienen afirmaciones históricas y que pueden ser sometidos a investigación.

  Ahora debemos analizar esas afirmaciones una por una.

  Eso nos llevará a estudiar la geografía, la crucifixión, la muerte de Jesús, su sepultura, la guardia, el sello, la tumba vacía y finalmente los testigos.

  Cada pieza deberá colocarse en su sitio.

Para quienes quieran profundizar más

  El tema de la confiabilidad de los Evangelios es demasiado amplio para desarrollarlo completamente dentro de este artículo.

  Aquí solamente estamos estableciendo que Mateo, Marcos, Lucas y Juan pueden ser examinados como documentos relacionados con los acontecimientos que describen.

  Para el lector que quiera profundizar mucho más en este asunto, recomiendo mi libro:

¿Son confiables los Evangelios?

  En esa obra abordo específicamente la pregunta acerca de la confiabilidad de estos documentos y las razones por las cuales considero que merecen ser estudiados seriamente.

  Nuestro propósito en esta serie será más específico: utilizar los Evangelios como parte de la evidencia disponible y someter las afirmaciones acerca de la resurrección a una investigación progresiva.

No descarte a los testigos antes de escucharlos

  Llegamos entonces a una conclusión sencilla.

  Sí, los Evangelios pueden ser investigados.

  Podemos examinar su contenido.

  Podemos comparar sus relatos.

  Podemos estudiar sus lugares.

  Podemos investigar sus personajes.

  Podemos contrastar sus descripciones con la historia, la geografía y la arqueología.

  Y después podemos preguntarnos si las evidencias sostienen aquello que afirman.

  No le estoy pidiendo que acepte todavía la conclusión.

  Le estoy pidiendo algo mucho más elemental:

Escuchemos primero a los testigos.

  Porque si vamos a decidir si Jesucristo realmente resucitó, tenemos que comenzar examinando los documentos que afirman que aquello ocurrió.

  Y una vez aceptado este punto, aparece nuestra siguiente pregunta:

¿Podría la resurrección de Jesucristo soportar un juicio?

Referencias bíblicas

Lucas 1:1-4.
Juan 19:35.
Juan 20:30-31.
Juan 21:24.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:1-8.

Música recomendada

Explora el museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M Rivera

  Imaginemos por un momento una escena extraordinaria.

  Han pasado algunos días desde la crucifixión de Jesucristo. La noticia comienza a extenderse por Jerusalén: la tumba está vacía y sus discípulos aseguran que Jesús ha resucitado.

  Las autoridades rechazan aquella afirmación. Los discípulos insisten en que es verdadera.

  Supongamos entonces que el asunto llega ante un tribunal.

  Un juez ocupa su lugar. Frente a él comparecen los testigos. Se presentan documentos. Se examina la escena de los acontecimientos. Se estudia la muerte de Jesús, su sepultura, la tumba, la piedra, los guardias y las declaraciones de quienes aseguran haberlo visto vivo.

  La pregunta que tendría que resolver aquel tribunal sería extraordinaria:

¿Qué ocurrió realmente con el cuerpo de Jesucristo?

  Este ejercicio resulta especialmente interesante porque nos obliga a dejar por un momento nuestras emociones y comenzar a pensar como investigadores.

  No se trataría simplemente de preguntar quién cree y quién no cree.

  Tendríamos que examinar evidencias.

No comenzamos suponiendo el veredicto

  En un juicio serio no debería comenzarse diciendo: “El acusado es culpable porque yo creo que lo es”.

  Tampoco sería correcto afirmar: “Es inocente porque me resulta imposible imaginar que sea culpable”.

  Primero se presenta el caso.

  Después se examinan las pruebas.

  Se escucha a los testigos.

  Se analizan sus declaraciones.

  Se estudian las posibles contradicciones.

  Se investigan las motivaciones de las personas involucradas.

  Y solamente después se intenta llegar a una conclusión.

  Quiero aplicar un principio semejante al estudio de la resurrección.

  No deseo decirle al lector:

“Tiene que creer porque yo lo digo.”

  Quiero colocar delante de usted las piezas del caso y preguntarnos juntos:

¿Qué explicación corresponde mejor con los acontecimientos que describen nuestras fuentes?

¿Qué tendría que demostrar el caso?

  Antes de hablar de una resurrección tenemos que establecer varios hechos fundamentales.

  Primero tendremos que demostrar que Jesucristo realmente murió.

  Esto es indispensable.

  Si Jesús sobrevivió a la crucifixión, entonces no necesitaríamos hablar de una resurrección. Estaríamos hablando simplemente de una persona que sobrevivió a una ejecución.

  Por eso, en mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito?, dedico una parte importante a estudiar la crucifixión y posteriormente a comprobar la muerte de Jesús. La lógica es sencilla: si no podemos establecer que murió, tampoco podemos comenzar seriamente a hablar de que resucitó.

  Pero demostrar la muerte sería solamente el comienzo.

Primera evidencia: hubo una ejecución pública

  Según los Evangelios, Jesucristo no desapareció misteriosamente para después reaparecer afirmando haber vencido a la muerte.

  Fue ejecutado públicamente.

  La crucifixión romana estaba diseñada para producir una muerte lenta, dolorosa y visible. En mi libro explico que Roma utilizaba esta forma de ejecución precisamente de manera pública, entre otras razones, para servir de advertencia a quienes contemplaban el castigo.

  Esto significa que el primer punto que nuestro tribunal tendría que investigar sería:

¿Murió realmente Jesús en aquella cruz?

  Tendríamos que examinar la flagelación.

  La crucifixión.

  Las heridas.

  La actuación de los soldados.

  La lanza.

  Y la entrega posterior del cuerpo para ser sepultado.

  No podemos saltarnos este paso.

Segunda evidencia: hubo un cuerpo y hubo una tumba

  Después de la crucifixión aparece otro elemento fundamental del caso.

El cuerpo fue sepultado.

  Los relatos identifican incluso a la persona relacionada con aquella sepultura: José de Arimatea.

  También describen determinadas características del lugar.

  Era un sepulcro nuevo.

  Estaba excavado en roca.

  Se encontraba en un huerto.

  Estaba cerca del lugar de la crucifixión.

  Y una gran piedra cerraba su entrada.

  Estas características forman parte del escenario que posteriormente tendremos que investigar.

  Esto es importante porque la afirmación cristiana no dice simplemente:

“Jesús desapareció”.

  Afirma algo mucho más concreto:

Jesús murió, fue sepultado y posteriormente aquella tumba fue encontrada vacía.

Tercera evidencia: existía interés en impedir que el cuerpo desapareciera

  Aquí el caso comienza a ponerse todavía más interesante.

  Los enemigos de Jesús conocían la afirmación de que resucitaría y precisamente por eso, según Mateo, solicitaron medidas para asegurar el sepulcro.

  Se colocó una guardia.

  La tumba fue asegurada.

  Y aparece además el elemento del sello.

  Esto significa que no estamos ante una situación en la cual nadie prestaba atención al cadáver.

  Por el contrario, había personas poderosas interesadas en que el cuerpo permaneciera donde había sido colocado.

  Esta circunstancia tendrá una enorme importancia cuando posteriormente estudiemos la teoría de que los discípulos robaron el cadáver.

Cuarta evidencia: después la tumba apareció abierta

  Entonces ocurre aquello que origina todo el problema.

  La tumba que debía contener el cuerpo de Jesús aparece abierta.

  La piedra ha sido removida.

  Y el cuerpo ya no está allí.

  Mateo describe así aquella mañana:

“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
Mateo 28:6

  En este momento nuestro supuesto tribunal tendría que detenerse.

  Porque independientemente de la explicación que demos posteriormente, aparece una pregunta:

¿Dónde estaba el cuerpo?

  Si Jesús permaneció muerto, alguien tendrá que explicar qué ocurrió con él.

Quinta evidencia: tenemos testigos que afirman haberlo visto vivo

  Una tumba vacía, por sí sola, no demostraría una resurrección.

  Esto es importante reconocerlo.

  Una tumba vacía únicamente demostraría que el cuerpo ya no estaba allí.

  Podría haber otras explicaciones.

  Pero el caso cristiano no termina con la tumba vacía.

  Después aparecen personas que aseguran haber visto a Jesucristo vivo.

  María Magdalena.

  Pedro.

  Los discípulos.

  Tomás.

  Y posteriormente otros seguidores.

  Pablo incluso afirma que Jesús apareció a más de quinientos hermanos a la vez.

  Entonces el tribunal tendría que hacer otra pregunta:

¿Qué hacemos con esos testimonios?

Los testigos tendrían que ser interrogados

  No bastaría con contar cuántos testigos existen.

  Tendríamos que estudiarlos.

  ¿Esperaban realmente que Jesús resucitara?

  ¿Se pusieron de acuerdo para inventar una historia?

  ¿Tenían algo que ganar?

  ¿Podrían haber confundido a otra persona con Jesús?

  ¿Sus afirmaciones aparecieron inmediatamente o muchos siglos después?

  ¿Cambió su comportamiento después de aquello que afirmaban haber visto?

  Estas preguntas son completamente legítimas.

  Y existe un detalle especialmente interesante.

  Los discípulos no aparecen inmediatamente después de la crucifixión como hombres valientes esperando una resurrección.

  Por el contrario, los encontramos atemorizados, escondidos y profundamente afectados por la muerte de su Maestro.

  En mi libro señalo precisamente ese contraste: hombres que huyeron durante la crucifixión aparecen posteriormente dispuestos a proclamar que Jesús estaba vivo.

  Nuestro tribunal tendría que explicar esa transformación.

También tendría que declarar la parte contraria

  Pero un juicio no escucha solamente a una parte.

  También tendríamos que escuchar a los enemigos de Jesús.

  Y aquí encontramos algo extraordinariamente interesante.

  Según Mateo, la explicación que comenzó a circular no fue:

“El cuerpo continúa dentro de la tumba.”

  La explicación fue:

“Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13

  Observe lo que implica esta explicación.

  De alguna manera se está intentando explicar la ausencia del cuerpo.

  Y entonces tendremos que investigar esta teoría.

  ¿Podrían los discípulos haberlo robado?

  ¿Tenían valor para enfrentarse a los guardias?

  ¿Podían mover la piedra?

  ¿Podían romper el sello?

  ¿Dónde habrían escondido el cadáver?

  ¿Y por qué posteriormente arriesgarían sus vidas proclamando algo que ellos mismos sabrían que era falso?

Un abogado tendría una pregunta incómoda para los guardias

  Existe además un problema lógico extraordinario en aquella explicación.

  Los soldados supuestamente debían decir:

“Los discípulos vinieron mientras nosotros dormíamos.”

  Imaginemos que uno de ellos está sentado frente al juez.

  El abogado pregunta:

—¿Quién se llevó el cuerpo?

—Los discípulos.

—¿Los vio usted?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque estaba dormido.

  La siguiente pregunta sería inevitable:

Entonces, ¿cómo sabe que fueron los discípulos?

  Este mismo razonamiento aparece en mi libro: si los guardias estaban dormidos, ¿cómo podían identificar a las personas que supuestamente habían robado el cuerpo?

  En un tribunal, semejante declaración tendría que ser examinada cuidadosamente.

También debemos preguntar quién tenía motivos

  Todo investigador pregunta por el motivo.

  ¿Quién quería que Jesús estuviera muerto?

  Las autoridades religiosas tenían poderosos motivos para acabar con su influencia.

  Roma tenía interés en conservar el orden.

  Por otro lado, después de la crucifixión, los discípulos aparecen aterrorizados.

  Entonces debemos preguntarnos:

¿Quién tenía interés en asegurarse de que el cuerpo permaneciera en la tumba?

  ¿Quién tendría interés en sacarlo?

  ¿Qué ganaría con ello?

  ¿Y qué riesgos tendría que asumir?

  Las motivaciones no demuestran por sí solas un caso, pero forman parte de cualquier investigación seria.

También deberíamos estudiar las explicaciones alternativas

  Un buen tribunal no debería aceptar una conclusión mientras exista otra explicación que encaje mejor con los hechos.

  Por eso debemos permitir que todas las hipótesis comparezcan.

  Tal vez Jesús no murió realmente.

  Tal vez los discípulos robaron el cuerpo.

  Tal vez las mujeres fueron a la tumba equivocada.

  Tal vez alguien más trasladó el cadáver.

  Tal vez los discípulos inventaron las apariciones.

  Cada explicación deberá enfrentarse con las mismas preguntas:

¿Explica la muerte?

¿Explica la tumba vacía?

¿Explica los testimonios posteriores?

¿Explica la transformación de los discípulos?

¿Explica la reacción de los enemigos de Jesús?

  Una explicación que resuelva una pieza pero contradiga las demás no será suficiente.

El caso debe analizarse como un conjunto

  Aquí encontramos un principio fundamental.

  La evidencia de la resurrección no depende de una sola pieza.

  No depende únicamente de la tumba.

  No depende solamente de los discípulos.

  No depende solamente de los soldados.

  No depende únicamente de un documento.

  El caso se construye acumulativamente.

  Tenemos una crucifixión.

  Una muerte.

  Una sepultura.

  Una tumba.

  Una piedra.

  Una guardia.

  Un sello.

  Una tumba posteriormente vacía.

  Testigos que aseguran haber visto a Jesús vivo.

  Discípulos transformados.

  Y adversarios que necesitaban explicar por qué el cuerpo había desaparecido.

  Todas las piezas deben ser estudiadas juntas.

¿Cuál sería el veredicto?

  Todavía no quiero emitirlo.

  Sería demasiado pronto.

  Un juez responsable no dicta sentencia antes de escuchar a todos los testigos.

  Y nosotros apenas estamos comenzando nuestra investigación.

  Pero sí podemos establecer algo importante:

La afirmación de la resurrección contiene elementos que pueden ser examinados como evidencia.

  Podemos estudiar los documentos.

  Podemos estudiar la crucifixión.

  Podemos estudiar la muerte.

  Podemos estudiar la sepultura.

  Podemos estudiar la tumba.

  Podemos analizar las medidas tomadas para protegerla.

  Podemos estudiar las explicaciones sobre la desaparición del cuerpo.

  Y podemos examinar las declaraciones de quienes afirmaron haber visto a Jesucristo vivo.

  Al final tendremos que emitir nuestro propio veredicto.

El juicio apenas comienza

  En el epílogo de mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito? llego precisamente a esta idea: después de examinar los documentos, los lugares, la muerte de Jesús, las motivaciones de las autoridades, la tumba y las diferentes explicaciones, considero que el caso de la resurrección puede ser presentado ante un tribunal para ser juzgado.

  Pero no quiero pedirle al lector que acepte mi veredicto antes de conocer las evidencias.

  Vamos a examinarlas.

  Una por una.

  Como si nosotros mismos estuviéramos sentados en aquel tribunal.

  Y cuando hayamos terminado, cada lector tendrá que responder:

¿Cuál explicación hace mayor justicia a todas las evidencias?

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-66.
Mateo 28:1-15.
Marcos 15:42-47.
Marcos 16:1-14.
Lucas 23:50-56.
Lucas 24:1-43.
Juan 19:31-42.
Juan 20:1-29.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:3-8.

Música recomendada

Explora el museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M Rivera

  Existe una pregunta que durante mucho tiempo estuvo dando vueltas en mi mente:

¿Es posible que nosotros, viviendo casi dos mil años después de Jesucristo, podamos acercarnos a los acontecimientos de su resurrección hasta el punto de sentirnos testigos de lo ocurrido?

  Evidentemente, nosotros no estuvimos aquella mañana en Jerusalén. No caminamos con María Magdalena hacia el sepulcro. No vimos correr a Pedro y Juan. No estuvimos dentro de la tumba. No vimos personalmente a Jesucristo después de su muerte.

  Sin embargo, tampoco estuvimos presentes en la mayoría de los grandes acontecimientos de la historia que aceptamos como reales.

  Entonces surge una pregunta diferente:

¿Podemos reconstruir lo ocurrido utilizando los testimonios, los lugares, las circunstancias y las evidencias que han llegado hasta nosotros?

  Esa pregunta fue precisamente una de las que me impulsaron a estudiar profundamente la resurrección. En mi libro recuerdo haberme preguntado: “¿Podríamos nosotros ser testigos de la resurrección de Cristo, dos mil años después de su muerte?” A partir de esa inquietud comencé a estudiar detalladamente los acontecimientos finales de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

No podemos viajar al pasado, pero podemos investigar el pasado

  Ninguno de nosotros puede regresar físicamente al primer siglo.

  Pero podemos hacer algo extraordinario:

podemos reconstruir los acontecimientos.

  Eso es precisamente lo que hacen los historiadores.

  Cuando investigamos un acontecimiento antiguo, reunimos documentos, testimonios, lugares, objetos, costumbres y circunstancias. Después intentamos colocar cada pieza en su sitio.

  En el caso de la resurrección tenemos una ventaja especial: los relatos no dicen simplemente que “algo sobrenatural ocurrió en algún lugar”.

  Nos proporcionan personajes.

  Nos proporcionan lugares.

  Nos proporcionan acontecimientos.

  Nos describen una muerte.

  Una sepultura.

  Una tumba.

  Una piedra.

  Una guardia.

  Un sepulcro vacío.

  Y personas que posteriormente afirmaron haber visto vivo a quien habían visto morir.

  Podemos seguir esas pistas.

Podemos comenzar el recorrido antes de la tumba

  Para comprender la resurrección correctamente no debemos comenzar el domingo por la mañana.

  Debemos retroceder.

  Tenemos que acompañar, por así decirlo, a Jesucristo durante sus últimas horas.

  Debemos observar su arresto.

  Sus interrogatorios.

  Su condena.

  La flagelación.

  El camino hacia el lugar de la ejecución.

  La crucifixión.

  Su muerte.

  La comprobación de aquella muerte.

  La entrega del cuerpo.

  La sepultura.

  Y solamente entonces podremos llegar al sepulcro aquella mañana.

  Este orden es fundamental porque no podemos hablar seriamente de una resurrección hasta establecer primero que hubo una muerte.

  En mi libro hago precisamente esa observación: si no estamos convencidos de que la crucifixión realmente mató a Jesucristo, difícilmente podremos estar convencidos de que posteriormente resucitó.

Podemos caminar por los lugares donde ocurrieron los acontecimientos

  Existe además algo que siempre me ha impresionado profundamente.

  Jerusalén existe.

  Los lugares donde ocurrieron estos acontecimientos pertenecen a una geografía real.

  Podemos viajar a Israel.

  Podemos caminar por Jerusalén.

  Podemos observar tumbas excavadas en roca.

  Podemos estudiar cómo eran los sepulcros del primer siglo.

  Podemos comprender mucho mejor lo que significaba colocar un cuerpo dentro de una tumba y cerrar su entrada con una piedra.

  Precisamente por eso, en mi libro utilicé fotografías tomadas durante mis propios viajes a Israel. Mi propósito era ayudar al lector a visualizar el escenario de los acontecimientos y comprender que estamos hablando de lugares que pertenecen a una geografía concreta.

  Cuando uno observa personalmente aquellos lugares, muchos detalles que parecían solamente palabras comienzan a adquirir una dimensión completamente diferente.

Podemos acercarnos a la tumba

  Ahora imaginemos que estamos allí.

  Jesús ha muerto.

  José de Arimatea ha solicitado el cuerpo.

  El cadáver ha sido colocado dentro de un sepulcro.

  La entrada ha sido cerrada.

  Los relatos describen una tumba nueva, excavada en roca, ubicada en un huerto y cerrada mediante una gran piedra.

  No necesitamos imaginar una tumba moderna.

  Podemos estudiar cómo eran aquellas tumbas.

  Podemos observar ejemplos arqueológicos.

  Podemos comprender su estructura.

  Podemos preguntarnos cuánto podía pesar una piedra.

  Podemos investigar cómo se cerraba una entrada.

  Poco a poco, el escenario comienza a reconstruirse delante de nosotros.

Podemos observar a quienes querían impedir cualquier engaño

  Después aparece algo fascinante.

  Los enemigos de Jesús estaban preocupados.

  Recordaban que Él había hablado de levantarse después de su muerte.

  Por eso solicitaron que la tumba fuera asegurada.

  Entonces aparecen elementos que posteriormente serán fundamentales para nuestra investigación:

la guardia y el sello.

  La tumba no quedó simplemente abandonada durante el fin de semana.

  Existía interés en impedir que alguien pudiera manipularla.

  Y eso nos permite hacernos preguntas muy concretas.

  ¿Quiénes eran aquellos guardias?

  ¿Qué responsabilidad tenían?

  ¿Qué significaba abandonar su puesto?

  ¿Qué representaba el sello colocado sobre la tumba?

  ¿Podrían unos discípulos aterrorizados simplemente llegar, enfrentarse a ellos, retirar la piedra y llevarse el cadáver?

  Más adelante estudiaremos cada una de estas cuestiones.

Podemos llegar con las mujeres aquella mañana

  Después llega el momento decisivo.

  Ha terminado el día de reposo.

  Comienza el primer día de la semana.

  Un grupo de mujeres se dirige hacia el sepulcro.

  No van esperando encontrar una tumba vacía.

  Van hacia el lugar donde había sido colocado un muerto.

  Marcos registra incluso una preocupación muy humana:

“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3

  Eso nos permite acercarnos extraordinariamente a la escena.

  Podemos imaginar el camino.

  La madrugada.

  La conversación.

  La preocupación por la piedra.

  Y después…

la piedra estaba removida.

  Algo había ocurrido.

Podemos entrar, por así decirlo, con Pedro y Juan

  La noticia llega a los discípulos.

  Pedro y Juan corren hacia el sepulcro.

  Juan llega primero.

  Se inclina.

  Mira hacia dentro.

  Después llega Pedro y entra.

  El Evangelio de Juan presta atención incluso a lo que encontraron dentro: los lienzos y el sudario.

  Son detalles extraordinariamente pequeños para un acontecimiento extraordinariamente grande.

  Y aquí debemos detenernos.

  Todavía no tenemos que gritar:

“¡Resucitó!”

  Primero debemos actuar como investigadores.

  La tumba está vacía.

  Entonces preguntamos:

¿Dónde está el cuerpo?

  Ese será uno de los grandes misterios que tendremos que resolver.

Podemos escuchar a quienes dijeron haberlo visto

  Pero la investigación no termina con una tumba vacía.

  Si solamente tuviéramos una tumba vacía, existirían diferentes explicaciones posibles.

  El cuerpo pudo haber sido trasladado.

  Pudo haber sido robado.

  Podría haber ocurrido alguna otra cosa.

  Pero entonces aparecen los testimonios.

  Personas comienzan a afirmar:

“Lo hemos visto.”

  María Magdalena afirma haberlo visto.

  Los discípulos aseguran haberlo visto.

  Tomás termina afirmando haberlo visto.

  Pablo posteriormente menciona diferentes apariciones, incluyendo una ante más de quinientas personas.

  Ahora el problema se vuelve mucho más interesante.

  Tenemos que explicar dos cosas:

una tumba sin cuerpo y personas afirmando haber visto vivo al hombre que había sido sepultado.

Podemos observar la reacción de los propios discípulos

  Hay algo que considero especialmente importante.

  Los discípulos no aparecen en los relatos como personas que inmediatamente creen cualquier cosa.

  Después de la muerte de Jesús estaban desanimados y atemorizados.

  Cuando comenzaron a llegar las noticias de la resurrección, algunos dudaron.

  Tomás incluso exigió evidencia.

  Esto resulta importante para nuestra investigación porque nos muestra que no estamos simplemente frente a un grupo de personas que deseaban desesperadamente creer cualquier rumor.

  Algo tuvo que ocurrir para transformar su manera de pensar.

Podemos observar el antes y el después

  Quizá una de las evidencias más interesantes no se encuentra solamente dentro de la tumba.

  Se encuentra dentro de los propios discípulos.

  Antes:

  Huyen.

  Se esconden.

  Tienen miedo.

  Pedro niega conocer a Jesús.

  Después:

  Predican públicamente.

  Confrontan a las autoridades.

  Proclaman que Jesús está vivo.

  Están dispuestos a sufrir por ese mensaje.

  Ese contraste fue precisamente una de las cosas que despertó mi curiosidad cuando estudié este tema. En mi libro me pregunté cómo hombres que habían escapado para salvar su vida durante la crucifixión pudieron posteriormente mostrar semejante pasión por anunciar el mensaje de Jesús.

  Algo ocurrió entre esos dos momentos.

  Nuestra tarea será intentar descubrir qué.

Pero existe otra manera de ser testigos

  Hasta aquí hemos hablado de evidencia histórica.

  Pero para el cristiano existe además una dimensión profundamente personal.

  Los primeros discípulos no proclamaban solamente:

“Jesús resucitó.”

  Proclamaban:

“Jesús está vivo.”

  Existe una diferencia enorme.

  Si Jesucristo solamente perteneciera al pasado, podríamos estudiar su historia como estudiamos la vida de cualquier otro personaje.

  Pero si realmente resucitó, entonces el cristianismo afirma que podemos relacionarnos hoy con una persona viva.

  Este punto llegó a ser profundamente importante en mi propia vida. En el libro explico que estudiar y comprender la resurrección hizo que muchas cosas dejaran de ser solamente teoría y se convirtieran en una realidad interior; cambió mi manera de adorar y de relacionarme con Jesucristo.

  Para mí, la investigación histórica terminó convirtiéndose también en una experiencia profundamente personal.

No vimos aquella mañana, pero podemos seguir las evidencias

  Entonces volvamos a nuestra pregunta:

¿Podemos ser testigos de la resurrección dos mil años después?

  No podemos ser testigos oculares en el sentido estricto de la palabra. No estuvimos físicamente allí y sería incorrecto afirmar lo contrario.

  Pero sí podemos acercarnos a los acontecimientos mediante los testimonios que quedaron.

  Podemos caminar por los lugares.

  Podemos estudiar las costumbres.

  Podemos investigar la crucifixión.

  Podemos analizar la muerte.

  Podemos reconstruir la sepultura.

  Podemos acercarnos a la tumba.

  Podemos escuchar a quienes afirmaron haberlo visto.

  Podemos interrogar las explicaciones alternativas.

  Y podemos observar las consecuencias que siguieron a aquellos acontecimientos.

  En ese sentido, podemos acompañar la investigación casi paso a paso.

Quiero invitarlo a realizar ese viaje

  Eso es precisamente lo que haremos a partir de ahora.

  Hasta este momento hemos preparado el caso.

  Hemos preguntado por qué la resurrección es importante.

  Hemos visto qué ocurriría con el cristianismo si Cristo no resucitó.

  Hemos preguntado si la resurrección puede investigarse históricamente.

  Hemos considerado los Evangelios como documentos que pueden ser examinados.

  Y hemos colocado imaginariamente el caso frente a un tribunal.

  Ahora ha llegado el momento de viajar al escenario de los acontecimientos.

  Quiero que recorramos juntos, en la medida que las evidencias nos lo permitan, las últimas horas de Jesucristo.

  Quiero que observemos los lugares.

  Que conozcamos a los personajes.

  Que comprendamos el mundo político y religioso en el que ocurrió todo.

  Que lleguemos finalmente al Gólgota.

  Y después…

  a la tumba.

  No le pediré que crea antes de comenzar el recorrido.

  Le pediré solamente una cosa:

Acompáñeme a examinar las evidencias.

  Y cuando lleguemos al final, podremos hacernos nuevamente la pregunta que dio origen a toda esta investigación:

¿Resucitó realmente Jesucristo?

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-66; 28:1-10.
Marcos 15:42-47; 16:1-8.
Lucas 23:50-56; 24:1-43.
Juan 19:38-42; 20:1-29.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:3-8.

Música recomendada

Explora el museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M Rivera

El escenario donde ocurrió el acontecimiento que cambió la historia

  Para comprender verdaderamente la muerte y la resurrección de Jesucristo, debemos hacer algo antes de acercarnos al Gólgota o entrar en la tumba:

Tenemos que viajar, por un momento, a la Jerusalén del siglo primero.

  Quiero invitarlo a imaginar que caminamos juntos por aquella ciudad.

  No estamos entrando en la Jerusalén moderna que millones de personas visitan actualmente. Debemos intentar mirar más allá de los edificios, carreteras y construcciones que aparecieron posteriormente, y reconstruir mentalmente la ciudad que conocieron Jesús y sus discípulos.

  Aquella Jerusalén era una ciudad extraordinariamente religiosa, pero al mismo tiempo vivía bajo una enorme tensión política.

  Allí estaba el Templo.

  Allí se encontraba el sacerdocio.

  Allí llegaban peregrinos para celebrar las grandes fiestas judías.

  Pero sobre toda aquella vida religiosa se extendía la sombra de un poder extranjero:

Roma.

  Comprender estas dos fuerzas —el poder religioso judío y el poder político romano— será indispensable para entender lo que ocurrió con Jesucristo.

Jerusalén estaba bajo el dominio de Roma

  Cuando Jesucristo vivió, las tierras bíblicas estaban bajo el dominio del Imperio Romano. Roma controlaba extensos territorios y utilizaba su poder militar para mantener sometidos a los pueblos conquistados. En mi libro describo precisamente este ambiente y señalo la importancia que tenían el ejército, los impuestos y castigos brutales como la flagelación y la crucifixión para conservar el control.

  Por lo tanto, cuando Jesús caminaba por Jerusalén, Israel no era políticamente libre.

  Los judíos conservaban su religión, sus Escrituras, sus sacerdotes y muchas de sus costumbres, pero vivían bajo una autoridad superior.

  Roma.

  Y Roma tenía una preocupación fundamental:

mantener el orden.

  Una revuelta podía convertirse en un problema político.

  Una multitud podía convertirse en una rebelión.

  Y una persona que fuera proclamada rey podía convertirse inmediatamente en una amenaza.

Dos mundos convivían en la misma ciudad

  Esto nos ayuda a comprender algo que posteriormente será fundamental durante el juicio de Jesús.

  En Jerusalén convivían, de alguna manera, dos sistemas de autoridad.

  Por una parte estaba la autoridad religiosa judía.

  Por otra, la autoridad política romana.

  Los sacerdotes podían acusar.

  Podían interrogar.

  Podían ejercer una enorme influencia sobre el pueblo.

  Pero Roma poseía el poder político y militar.

  Por eso, cuando finalmente se decide llevar a Jesús a la muerte, encontramos a estos dos mundos interactuando.

  Los líderes religiosos quieren eliminarlo.

  Pero aparece Poncio Pilato.

  Aparecen soldados romanos.

  Aparece una sentencia romana.

  Y finalmente aparece una cruz romana.

  La crucifixión de Jesús no ocurrió en un vacío religioso.

  Ocurrió precisamente en la intersección entre religión, política y poder.

El pueblo judío vivía bajo una profunda frustración

  Intentemos ahora mirar Jerusalén desde los ojos de una persona judía común.

  Era su tierra.

  Allí estaba Jerusalén.

  Allí estaba el Templo.

  Allí estaban las promesas de Dios dadas a Israel.

  Pero una potencia extranjera dominaba la nación.

  En mi libro describo al pueblo judío de aquellos días como un pueblo que se sentía oprimido bajo el dominio romano.

  En ese ambiente, la esperanza mesiánica adquiría una enorme importancia.

  El pueblo esperaba la intervención de Dios.

  Esperaba liberación.

  Esperaba al Mesías.

  Pero muchos imaginaban esa liberación en términos muy diferentes de la misión que Jesús estaba realizando.

  Esperaban poder.

  Esperaban victoria.

  Esperaban liberarse de Roma.

  Y entonces apareció un hombre de Galilea anunciando:

“El reino de Dios se ha acercado.”

Entonces apareció Jesús

  Jesús no llegó a Jerusalén como un comandante militar.

  No llevaba un ejército detrás de Él.

  No estaba organizando soldados para atacar una fortaleza romana.

  Sin embargo, había algo que podía resultar todavía más peligroso para quienes vivían del poder:

la gente lo seguía.

  Multitudes acudían a escucharlo.

  Personas hablaban de sus milagros.

  Los enfermos lo buscaban.

  Sus enseñanzas despertaban admiración.

  Y algunas personas comenzaron a preguntarse si aquel hombre podía ser el Mesías.

  Esto colocaba a Jesús en una posición extraordinariamente delicada.

Jerusalén tenía otro centro de poder: el Templo

  Para comprender la Jerusalén de aquellos días debemos mirar también hacia el Templo.

  El Templo no era simplemente un edificio hermoso.

  Era el centro de una parte fundamental de la vida religiosa judía.

  Sacrificios.

  Oración.

  Celebraciones.

  Peregrinaciones.

  Sacerdotes.

  Todo convergía allí.

  Y alrededor de aquella institución existía una estructura de autoridad religiosa.

  Precisamente aquí comenzaría uno de los grandes conflictos entre Jesús y ciertos líderes religiosos.

  En mi libro hago énfasis en que el liderazgo sacerdotal de aquella época tenía importantes intereses religiosos, económicos y políticos, y que durante el ministerio de Jesús encontramos repetidamente confrontaciones, intentos por desacreditarlo y finalmente planes para eliminarlo.

Jesús entró directamente en aquel mundo

  Ahora podemos comprender mejor por qué algunos acontecimientos de los últimos días de Jesús fueron tan importantes.

  Jesús no permaneció escondido en alguna aldea distante.

  Llegó a Jerusalén.

  Entró en la ciudad.

  Enseñó públicamente.

  Y entró en el propio Templo.

  Allí confrontó prácticas que consideraba contrarias al propósito de Dios.

  El Evangelio registra aquellas palabras extraordinarias:

“Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”
Mateo 21:13

  Imagine el impacto.

  Jesús estaba hablando en el corazón mismo de la vida religiosa de Israel.

  No estaba criticando desde lejos.

  Estaba confrontando públicamente.

Jesús representaba una amenaza para ciertos grupos de poder

  Aquí debemos ser muy cuidadosos.

  No podemos decir que “los judíos” querían matar a Jesús. Jesús era judío. Sus discípulos eran judíos. Sus primeros seguidores eran judíos y las multitudes que lo escuchaban también estaban formadas en gran parte por judíos.

  El conflicto fue específicamente con determinados dirigentes y grupos de autoridad.

  Y eso resulta fundamental para comprender la historia.

  En mi libro lo planteo desde la perspectiva de las luchas de poder: cuando una persona amenaza intereses establecidos, quienes poseen autoridad pueden intentar neutralizarla. Allí sostengo que, en los días de Jesús, tanto determinados intereses políticos como religiosos podían reaccionar severamente ante aquello que amenazara su posición.

  Jesús se había convertido en un problema.

  No porque tuviera un ejército.

  Sino porque tenía influencia.

Y entonces llegó la Pascua

  Ahora añadamos otro elemento al escenario.

  Los acontecimientos finales ocurrieron alrededor de la celebración de la Pascua.

  Esto significaba que Jerusalén se encontraba en un momento de enorme importancia religiosa.

  Personas llegaban para celebrar.

  La ciudad adquiría una actividad extraordinaria.

  El recuerdo de la liberación de Israel estaba presente en la celebración.

  Y todo esto ocurría mientras Israel se encontraba nuevamente bajo el dominio de una potencia extranjera.

  Podemos comprender por qué cualquier agitación popular podía resultar especialmente preocupante para las autoridades.

  Roma quería orden.

  Los dirigentes querían evitar problemas.

  Y Jesús estaba rodeado de multitudes.

Una entrada que debió llamar la atención

  Los Evangelios describen la entrada de Jesús en Jerusalén acompañada por una multitud.

“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
Mateo 21:9

  Para nosotros puede parecer solamente una hermosa escena religiosa.

  Pero dentro de aquel ambiente, algunas de esas expresiones tenían una enorme carga mesiánica.

  Jerusalén estaba bajo Roma.

  El pueblo esperaba al Mesías.

  Y una multitud recibía a Jesús.

  No es difícil comprender por qué las autoridades comenzarían a observarlo cuidadosamente.

Había que encontrar una manera de detenerlo

  Sin embargo, existía un problema.

  Jesús tenía seguidores.

  Arrestarlo abiertamente frente a una multitud podía producir una reacción.

  Los Evangelios reflejan precisamente esa preocupación.

  Por eso aparece una figura que posteriormente será fundamental:

Judas Iscariote.

  Uno de los propios discípulos sabía dónde encontrar a Jesús lejos de las multitudes.

  Y entonces comienza a cerrarse el círculo.

  Una ciudad bajo tensión.

  Autoridades religiosas preocupadas.

  Roma vigilando el orden.

  Un Maestro con enorme influencia popular.

  Un discípulo dispuesto a entregarlo.

  Y una noche en la que todo cambiaría.

El arresto ocurrió lejos de las multitudes

  Jesús fue arrestado durante la noche.

  No en medio de una gran multitud que lo escuchaba enseñar.

  Fue detenido en Getsemaní.

  Este detalle adquiere mucho más significado cuando comprendemos el ambiente.

  Después comenzó una sucesión de acontecimientos extraordinariamente rápida.

  Arresto.

  Interrogatorios.

  Acusaciones.

  Comparecencia ante las autoridades.

  Pilato.

  Flagelación.

  Sentencia.

  Crucifixión.

  Y finalmente muerte.

  Todo conduciría hacia un lugar fuera de la ciudad donde Roma ejecutaba públicamente a los condenados.

¿Por qué Roma terminó crucificando a Jesús?

  Aquí encontramos una pieza fundamental.

  La crucifixión era un castigo romano particularmente asociado con esclavos, rebeldes, enemigos del Estado y otras personas consideradas peligrosas o despreciables. Su carácter público tenía además un propósito intimidatorio.

  Por eso el título colocado sobre la cruz adquiere enorme importancia:

“JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.”
Juan 19:19

  Roma entendía perfectamente el lenguaje de los reyes.

  Un rey significaba autoridad.

  Un rey significaba gobierno.

  Y César no necesitaba otro rey.

  Así, una controversia que tenía profundas raíces religiosas terminó expresándose también en términos políticos.

Ahora podemos comprender mejor el escenario

  Cuando uno lee rápidamente los últimos capítulos de los Evangelios puede parecer que Jesús simplemente fue arrestado y crucificado.

  Pero cuando reconstruimos el ambiente, descubrimos algo mucho más complejo.

  Había una potencia imperial.

  Había un pueblo sometido.

  Había expectativas mesiánicas.

  Había una poderosa estructura religiosa.

  Había intereses políticos.

  Había multitudes.

  Había temor a una alteración del orden.

  Y en medio de todo aquello estaba Jesucristo.

  Por eso escribí en mi estudio que para comprender adecuadamente la resurrección debemos conocer primero “la cultura, el ambiente y los personajes” que rodearon los acontecimientos.

Y esto será importantísimo cuando lleguemos a la tumba

  Quizá alguien se pregunte:

¿Qué tiene que ver todo esto con la resurrección?

  Muchísimo.

  Porque más adelante tendremos que responder una pregunta:

¿Estaban realmente interesados los enemigos de Jesús en asegurarse de que estuviera muerto?

  Después tendremos otra:

¿Estaban interesados en asegurarse de que su cuerpo permaneciera dentro de la tumba?

  Si comprendemos el ambiente político y religioso, comprenderemos por qué estas preguntas son tan importantes.

  En mi libro llego precisamente a esa conclusión: las motivaciones de quienes rodeaban a Jesús son necesarias para comprender por qué querían asegurarse de su muerte y posteriormente impedir que el cuerpo desapareciera de la tumba.

Jerusalén se convierte ahora en nuestro escenario

  A partir de este momento quiero que el lector conserve una imagen en su mente.

  Imagine Jerusalén.

  Observe sus murallas.

  Imagine el Templo dominando una parte del paisaje.

  Piense en las calles llenas de personas durante aquellos días.

  Imagine soldados romanos vigilando una población sometida.

  Imagine sacerdotes entrando y saliendo del recinto sagrado.

  Imagine peregrinos llegando para celebrar la Pascua.

  Y en medio de aquella ciudad…

Jesucristo.

  En pocas horas será arrestado.

  Será juzgado.

  Será entregado a Roma.

  Y una multitud observará cómo sale rumbo al lugar de su ejecución.

  Por eso, antes de estudiar la tumba vacía, debemos seguir el camino que conduce hasta ella.

  Nuestro siguiente destino será uno de los lugares más importantes de toda esta investigación:

El Gólgota: el lugar de la crucifixión

  Allí comenzaremos a preguntarnos dónde murió Jesucristo y qué podemos conocer acerca del escenario físico de su ejecución.

Referencias bíblicas

Mateo 21:1-17.
Mateo 26:1-5, 14-16, 47-57.
Mateo 27:1-2, 11-37.
Marcos 11:1-18.
Marcos 14:1-2, 43-53.
Lucas 19:28-48.
Lucas 22:47-54.
Lucas 23:1-38.
Juan 11:47-53.
Juan 18:1-40.
Juan 19:1-22.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

  Aquí ocurrió la crucifixión de Jesucristo.

  Antes de estudiar la tumba, la piedra, la guardia o los acontecimientos de la mañana de la resurrección, necesitamos detenernos en el lugar donde Jesús murió.

  Porque la resurrección no comienza con una tumba vacía.

  Comienza con un hombre crucificado y muerto.

  El Evangelio de Juan registra:

“Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.”
Juan 19:17-18

  Lucas describe el mismo acontecimiento:

“Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.”
Lucas 23:33

  Así que nuestra primera observación es sencilla pero importante:

Los Evangelios colocan la muerte de Jesucristo en un lugar determinado.

El Gólgota o monte de la calavera en la actualidad

¿Qué significa la palabra Gólgota?

  Los Evangelios utilizan una expresión que significa “lugar de la Calavera”.

  Mateo escribe:

“Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera…”
Mateo 27:33

  Marcos utiliza prácticamente la misma descripción:

“Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera.”
Marcos 15:22

  Por lo tanto, cuando hablamos del Gólgota no estamos utilizando simplemente un nombre religioso que apareció siglos después.

  Los propios relatos de la crucifixión identifican el sitio mediante esa expresión.

  ¿Por qué recibía aquel nombre?

  El texto bíblico no explica la razón.

  Por eso debemos tener cuidado de no presentar como certeza aquello que la Escritura no especifica.

  Sin embargo, para nuestra investigación el dato fundamental permanece:

Jesús fue llevado a un lugar conocido por las personas de aquella época como “el lugar de la Calavera”.

Jesús fue llevado fuera para ser ejecutado

  Juan dice algo que debemos observar cuidadosamente:

“Salió al lugar llamado de la Calavera…”

  Jesús había pasado por interrogatorios, humillaciones y flagelación. Después fue conducido hacia el sitio de la ejecución.

  La crucifixión romana tenía un carácter público.

  En mi libro explico que Roma utilizaba esta forma de muerte para producir una ejecución lenta, atormentadora y visible, y que una de sus funciones era intimidar a quienes contemplaban el castigo.

  Eso nos ayuda a comprender el escenario.

  La muerte de Jesucristo no ocurrió secretamente.

  No sucedió dentro de una habitación cerrada.

  No fue un acontecimiento del que solamente unos cuantos discípulos afirmaron saber algo.

  La crucifixión estaba diseñada precisamente para ser vista.

El Gólgota formaba parte del mensaje de Roma

  Una cruz romana no era solamente un instrumento para matar.

  También era un mensaje.

  El mensaje era sencillo:

Roma tiene el poder.

  Quienes fueran considerados rebeldes, enemigos del Estado o personas peligrosas podían ser exhibidos públicamente y ejecutados.

  En el estudio que hago en mi libro señalo que la crucifixión se aplicaba especialmente a sectores considerados inferiores o peligrosos, y que llegó a utilizarse contra esclavos, rebeldes, piratas y enemigos del Estado.

  Por eso debemos mirar el Gólgota no solamente como un lugar religioso.

  Debemos mirarlo también como un lugar de ejecución del poder imperial romano.

Sobre la cruz había una acusación

  Juan registra otro detalle extraordinariamente importante:

“Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.”
Juan 19:19

  Esto nos ayuda a comprender cómo terminó presentándose políticamente el caso de Jesús.

  El hombre que había predicado acerca del reino de Dios terminó colgado en una cruz bajo una inscripción que lo identificaba como rey.

  Y esto ocurrió dentro del territorio controlado por Roma.

  Así que cuando llegamos al Gólgota encontramos reunidas varias de las fuerzas que estudiamos anteriormente:

  Las autoridades religiosas.

  Pilato.

  Los soldados romanos.

  La acusación.

  La sentencia.

  Y finalmente la ejecución.

Jesús no fue crucificado solo

  Los Evangelios coinciden en otro detalle.

  Había otros condenados junto a Él.

“Y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.”
Juan 19:18

  Esto nos permite visualizar mejor la escena.

  No debemos imaginar solamente una cruz aislada en un paisaje vacío.

  Estamos ante un lugar donde Roma llevaba a cabo ejecuciones.

  Había soldados.

  Había condenados.

  Había espectadores.

  Había familiares y seguidores.

  Había autoridades interesadas en lo que estaba sucediendo.

  Y en medio de todo aquello se encontraba Jesucristo.

Los discípulos conocieron el lugar

  Este punto será importante más adelante.

  La crucifixión no ocurrió en un lugar desconocido para los seguidores de Jesús.

  Personas relacionadas con Él presenciaron los acontecimientos.

  Juan relata la presencia de mujeres cerca de la cruz y se presenta a sí mismo dentro de aquella escena.

  Esto significa que, cuando posteriormente se habló de la muerte y sepultura de Jesús, los primeros seguidores no estaban refiriéndose a un lugar imaginario cuya ubicación nadie conocía.

  Existía un escenario.

  Existían personas que conocían la zona.

  Y posteriormente existiría también un sepulcro asociado con aquellos acontecimientos.

En mi propia investigación, la geografía cobró una importancia especial

  Cuando estudié profundamente los acontecimientos de la resurrección, comprendí que la geografía tenía una importancia que anteriormente no había apreciado completamente.

  La Biblia no solamente dice que Jesús murió.

  Nos proporciona referencias acerca del lugar.

  En mi libro incluí fotografías tomadas durante mis viajes a Tierra Santa precisamente porque quería mostrar al lector que estos acontecimientos están ligados a una geografía real.

  En una de esas fotografías señalo una formación rocosa que recuerda visualmente los rasgos de una calavera y que se encuentra cerca de la llamada Tumba del Huerto. En el libro relaciono esa observación con las palabras de Juan acerca del “lugar llamado de la Calavera”.

  Para mí, estar personalmente en aquella región hizo que la lectura de los Evangelios adquiriera una dimensión completamente diferente.

Pero debemos distinguir entre el hecho bíblico y la identificación exacta del sitio

  Aquí quiero hacer una aclaración importante para nuestra investigación.

  Los Evangelios establecen con claridad que Jesús fue crucificado en un lugar llamado Gólgota o lugar de la Calavera.

  Eso forma parte del relato bíblico.

  Otra cuestión diferente es determinar el punto arqueológico exacto que hoy corresponde a aquel Gólgota.

  Existen lugares propuestos y tradiciones distintas sobre la ubicación precisa.

  En mi libro explico cuál de esos lugares considero que concuerda mejor con las características que observo en el relato bíblico y con mi propia experiencia visitando el sitio. Pero conviene distinguir entre la afirmación bíblica y nuestra identificación moderna del lugar.

  Esa diferencia no debilita la investigación.

  Al contrario, nos obliga a ser precisos.

¿Qué características debemos buscar?

  Si queremos investigar el escenario de la crucifixión, podemos comenzar reuniendo las pistas que proporcionan los propios Evangelios.

  Sabemos que el lugar era conocido como el lugar de la Calavera.

  Sabemos que allí se realizaban crucifixiones.

  Sabemos que Jesús fue conducido hasta ese lugar.

  Sabemos que había tránsito de personas suficiente para que algunos leyeran la inscripción colocada por Pilato.

  Juan dice:

“Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad.”
Juan 19:20

  Esta frase es particularmente importante.

El lugar estaba cerca de la ciudad.

  Ahora tenemos otra pieza geográfica.

Y muy cerca había un huerto

  Después Juan proporciona un dato que será fundamental para nuestro siguiente paso:

“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Juan 19:41

  Observe cuidadosamente la descripción.

  El lugar de la crucifixión estaba cerca de la ciudad.

  Y cerca del lugar de la crucifixión había un huerto.

  Dentro de ese huerto había un sepulcro nuevo.

  Esto conecta directamente el Gólgota con la siguiente escena de nuestra investigación.

  Jesús no fue llevado después de su muerte a una tumba situada a muchos kilómetros.

  Según Juan, la tumba estaba en la misma zona del lugar donde había sido crucificado.

Esta cercanía tiene enorme importancia

  Después de la muerte de Jesús comenzó una carrera contra el tiempo.

  Se aproximaba el día de reposo.

  El cuerpo tenía que ser retirado.

  José de Arimatea consiguió autorización para recibirlo.

  Y existía un sepulcro nuevo cercano.

  Todo comienza a encajar dentro de un escenario geográfico relativamente compacto:

Jerusalén → lugar de la crucifixión → huerto → sepulcro.

  Este será un elemento muy importante cuando posteriormente estudiemos la tumba.

  En mi libro hago énfasis precisamente en la cercanía entre el lugar que identifico con el Gólgota y la Tumba del Huerto, y utilizo mis fotografías para mostrar al lector esa relación geográfica.

Imagine ahora la escena

  Intentemos viajar mentalmente hasta aquel momento.

  Jesús ha salido de Jerusalén.

  Está profundamente debilitado.

  Ha sido flagelado.

  Los soldados lo conducen hacia el lugar de ejecución.

  Simón de Cirene es obligado a ayudar a llevar la cruz.

  Finalmente llegan al lugar conocido como Gólgota.

  Allí lo crucifican.

  A cada lado hay otro condenado.

  Soldados romanos permanecen en el lugar.

  Personas observan.

  Otros pasan por allí.

  Sobre la cruz se encuentra la inscripción preparada por Pilato.

  Y a poca distancia existe un huerto.

  En aquel huerto hay un sepulcro nuevo.

  En pocas horas ese sepulcro adquirirá una importancia extraordinaria.

Primero necesitamos establecer que allí hubo una muerte

  Pero todavía no podemos correr hacia la tumba.

  Tenemos que permanecer un poco más en el Gólgota.

  Porque aquí aparece una de las preguntas fundamentales de toda la serie:

¿Murió realmente Jesucristo?

  Puede parecer una pregunta innecesaria.

  Los Evangelios dicen que murió.

  Los soldados actuaron como si hubiera muerto.

  Su cuerpo fue entregado para ser sepultado.

  Sin embargo, a lo largo de la historia han aparecido explicaciones que intentan negar la resurrección afirmando que quizá Jesús nunca murió realmente.

  Por eso tendremos que estudiar cuidadosamente la crucifixión.

  ¿Qué le había sucedido a su cuerpo?

  ¿Qué clase de heridas produjo la flagelación?

  ¿Qué hacía la crucifixión al organismo?

  ¿Cómo comprobaban los soldados la muerte?

  Todas estas preguntas serán estudiadas más adelante.

Por ahora, conservemos el lugar en nuestra memoria

  No quiero que el Gólgota sea para nosotros solamente una palabra.

  Quiero que lo comprendamos como parte de una geografía.

  Un lugar cercano a Jerusalén.

  Un sitio de ejecución.

  Un lugar conocido por las personas de aquella época.

  Un escenario donde soldados romanos ejecutaron a Jesús junto a otros condenados.

  Y muy cerca…

  un huerto.

  Dentro del huerto…

  un sepulcro.

  Esa proximidad será la clave de nuestro siguiente artículo.

¿Qué clase de tumba describen los Evangelios?

  Porque después de establecer dónde murió Jesús tendremos que seguir el cuerpo desde el Gólgota hasta el lugar donde fue depositado.

Referencias bíblicas

Mateo 27:31-44.
Marcos 15:20-32.
Lucas 23:26-43.
Juan 19:16-22.
Juan 19:38-42.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

  Después de estudiar el Gólgota, debemos avanzar unos cuantos metros en nuestra investigación.

  Jesucristo ha muerto.

  Su cuerpo ha sido bajado de la cruz.

  Ahora tenemos que responder una pregunta fundamental:

¿Dónde fue colocado su cuerpo?

  Esta pregunta es mucho más importante de lo que parece.

  Si estamos investigando la resurrección de Jesucristo como un acontecimiento histórico y geográfico, no basta con afirmar que Jesús murió y después apareció vivo. Tenemos que seguir el cuerpo.

  ¿Quién lo recibió?

  ¿Dónde lo llevó?

  ¿Cómo era el sepulcro?

  ¿Dónde estaba localizado?

  ¿Cómo se cerraba?

  ¿Era suficientemente grande para que ocurrieran dentro de él los acontecimientos que describen los Evangelios?

  Los relatos bíblicos nos proporcionan una descripción sorprendentemente detallada.

La tumba del huerto, el lugar donde creo firmemente que Jesús fue sepultado

La tumba estaba en un huerto

  El Evangelio de Juan proporciona una de las primeras características:

“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Juan 19:41

  Observe detenidamente lo que dice.

  Jesucristo había sido crucificado en un lugar determinado.

  En ese lugar había un huerto.

  Y dentro del huerto había un sepulcro.

  Esto significa que la tumba no se encontraba a kilómetros del sitio de la crucifixión.

  El sepulcro estaba en el mismo lugar o muy cerca del sitio donde Jesucristo había muerto.

  Esta es la primera característica que debemos buscar.

El sepulcro pertenecía a José de Arimatea

  Mateo nos proporciona información adicional:

“Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo. Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.”
Mateo 27:57-60

  Ahora tenemos varias características más.

  El sepulcro pertenecía a José de Arimatea.

  Era nuevo.

  Había sido labrado en la peña.

  Y su entrada se cerraba haciendo rodar una gran piedra.

  Esto ya nos proporciona una descripción mucho más precisa del lugar que debemos buscar.

El sepulcro era nuevo

  Este detalle es importantísimo.

  Juan dice:

“En el cual aún no había sido puesto ninguno.”

  Mateo lo llama:

“Su sepulcro nuevo.”

  Por lo tanto, no estamos buscando una tumba utilizada durante muchas generaciones.

  Estamos buscando un sepulcro que, según el relato bíblico, todavía no había sido ocupado.

  Y este dato será muy importante cuando examinemos la Tumba del Huerto.

La tumba estaba excavada en roca

  Mateo utiliza otra expresión muy específica:

“Que había labrado en la peña.”

  Es decir, no se trataba de una fosa excavada en tierra.

  Era una cavidad trabajada directamente dentro de la roca.

  Esta característica todavía puede observarse en muchas tumbas antiguas de Israel.

  El cuerpo se colocaba dentro de un espacio excavado en la piedra.

  Así que nuestro sepulcro tiene que reunir, por lo menos hasta este momento, las siguientes características:

  Estar en un huerto.

  Estar cerca del lugar de la crucifixión.

  Ser nuevo.

  Estar excavado en roca.

  Y tener una entrada que pudiera cerrarse mediante una gran piedra.

  Estas son precisamente las características que establezco en mi libro a partir de los relatos bíblicos.

Una piedra enorme cerraba la entrada

  Marcos añade otro detalle:

“Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.”
Marcos 16:2-4

  Las mujeres que se dirigían al sepulcro tenían una preocupación.

  No estaban preguntándose dónde se encontraba el cuerpo.

  Sabían dónde había sido sepultado Jesús.

  Su problema era otro:

¿Quién movería la piedra?

  Eso significa que aquella piedra no era pequeña.

  El Evangelio dice expresamente que:

“Era muy grande.”

  Por eso, una tumba que pretendamos comparar con el relato bíblico debería mostrar evidencia de haber tenido un sistema para cerrar su entrada mediante una piedra de gran tamaño.

Dentro de la tumba cabían varias personas

  Existe otra característica que con frecuencia pasamos por alto.

  Marcos dice:

“Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron.”
Marcos 16:5

  Observe nuevamente la escena.

  Las mujeres entraron.

  Dentro encontraron a alguien sentado al lado derecho.

  Por lo tanto, no estamos hablando de una pequeña cavidad en la que solamente cabía un cuerpo.

  Era un espacio suficientemente grande para permitir que varias personas entraran.

  En mi investigación concluí que dentro del sepulcro descrito por los Evangelios debían poder caber por lo menos cinco personas.

Para mirar dentro había que inclinarse

  Juan proporciona todavía otro detalle muy interesante.

  Cuando llegó al sepulcro dice:

“Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.”
Juan 20:5

  Posteriormente se dice de María Magdalena:

“Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro.”
Juan 20:11

  Tanto Juan como María tuvieron que inclinarse para observar dentro.

  Esto nos indica algo acerca de la entrada.

  No era una puerta alta como las que utilizamos actualmente.

  La entrada obligaba a la persona a agacharse o inclinarse para poder mirar hacia el interior.

  Por lo tanto, ésta constituye otra característica física que podemos comparar.

Dentro había un lugar para colocar horizontalmente el cuerpo

  Juan describe posteriormente lo que María observó dentro del sepulcro:

“Y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.”
Juan 20:12

  Esta descripción es sumamente importante.

  Había una cabecera.

  Había un lugar correspondiente a los pies.

  Eso significa que el cuerpo había sido colocado horizontalmente.

  Además, había suficiente espacio para que una figura se sentara en la cabecera y otra a los pies.

  Cuando posteriormente entré personalmente en la Tumba del Huerto pude comprobar que existe espacio suficiente para que ocurra exactamente una escena de este tipo.

La luz debía poder entrar al sepulcro

  Existe otro detalle que adquirió enorme importancia para mí cuando estuve dentro de la tumba.

  Juan llegó muy temprano.

  Se inclinó.

  Miró dentro.

  Y pudo distinguir los lienzos.

  Eso significa que de alguna manera la luz del amanecer podía penetrar en el sepulcro.

  Al estudiar personalmente la Tumba del Huerto observé que posee una abertura cuya ubicación permite que la luz de la mañana penetre hacia el interior.

  Este detalle coincide perfectamente con la posibilidad de que Juan pudiera observar desde la entrada lo que estaba dentro de la tumba.

  En mis propias fotografías también puede observarse cómo la luz del día entra en el sepulcro y permite distinguir claramente el lugar donde habría sido colocado un cuerpo.

Entonces, ¿qué clase de tumba debemos buscar?

  Ahora podemos reunir toda la información.

  Conforme a los Evangelios, el sepulcro donde fue colocado Jesucristo debía tener las siguientes características:

  Debía estar dentro de un huerto.

  El huerto debía encontrarse en el lugar o muy cerca del sitio donde Jesucristo fue crucificado.

  El sepulcro debía ser nuevo.

  Debía estar labrado en roca.

  Su entrada debía cerrarse mediante una gran piedra.

  Debía tener suficiente espacio interior para albergar a varias personas.

  El cuerpo debía colocarse horizontalmente.

  Debía existir espacio en la cabecera y a los pies.

  La entrada debía obligar a una persona a inclinarse para mirar hacia dentro.

  Y la luz del amanecer debía poder penetrar suficientemente para permitir observar el interior.

  Ahora la investigación se vuelve realmente interesante.

¿Existe un sepulcro que reúna estas características?

  Mi respuesta es:

Sí.

La Tumba del Huerto

  En el año 1881, el General Christian Gordon encontró muy cerca del Monte de la Calavera los restos de lo que fue un huerto del siglo primero.

  Como resultado de aquel descubrimiento se realizaron excavaciones en el lugar.

  A una profundidad de aproximadamente uno o dos metros apareció una tumba perteneciente a la época del Imperio Romano.

  La tumba estaba excavada en roca.

  Y frente a ella existía una zanja o canal por donde podía rodar una gran piedra.

  Esto inmediatamente llamó mi atención.

  Porque estas características coinciden con las que acabamos de extraer de los Evangelios.

Las dimensiones del sepulcro

  Según los datos que presento en mi libro, la tumba mide aproximadamente:

4.3 metros de ancho.

2.3 metros de alto.

3 metros de profundidad.

  Cuando uno entra y mira hacia el lado derecho puede observar dos sepulturas.

  Una se encuentra junto a la pared del fondo y otra junto a la pared de enfrente.

  También existe otro espacio hacia el lado izquierdo que aparentemente iba a ser utilizado para construir sepulturas adicionales, pero el trabajo quedó inconcluso.

Una parte de la tumba parece no haber sido terminada

  Este detalle me parece extraordinariamente importante.

  Los Evangelios dicen que era:

“Un sepulcro nuevo.”

  Y cuando observamos la Tumba del Huerto encontramos indicaciones de que algunas partes nunca fueron terminadas.

  En mi investigación menciono precisamente este hecho como una evidencia de que nos encontramos frente a un sepulcro nuevo.

La tumba está vacía

  Cuando normalmente se descubre una sepultura antigua, pueden encontrarse restos correspondientes a las personas que fueron enterradas allí.

  Pero algo particularmente interesante acerca de esta tumba es que no se encontraron restos de corrupción en su interior.

  La tumba estaba vacía.

  Y entonces surge una pregunta que planteo directamente en mi libro:

¿Por qué un sepulcro de este tamaño estaba vacío?

  No considero que esta pregunta deba ignorarse.

Personalmente he estado dentro de ella

  Aquí mi investigación deja de ser solamente algo que leí en un libro.

  Yo he estado personalmente dentro de esa tumba.

  He entrado acompañado por otras personas.

  He observado sus dimensiones.

  He visto las sepulturas.

  He observado la entrada.

  He visto el canal para la piedra.

  He comprobado cómo entra la luz.

  Y sé, porque he estado allí, que el espacio es suficientemente grande para albergar a cinco, seis o incluso siete personas de pie.

  También puedo afirmar que existe espacio suficiente para que una persona estuviera sentada a la cabecera y otra a los pies del lugar donde se habría depositado el cuerpo.

  Esto no lo escribí basándome únicamente en una fotografía.

  He estado dentro de ese sepulcro.

La tumba coincide con la manera en que Juan y María miraron hacia dentro

  En mis fotografías puede observarse también la altura de la entrada.

  Yo mismo realicé la misma acción descrita en el Evangelio: inclinarme para mirar dentro.

  La Biblia dice que Juan hizo exactamente eso.

  Y también lo hizo María Magdalena.

  La configuración física del sepulcro permite que una persona realice precisamente esa acción.

El canal para una piedra enorme todavía puede observarse

  Al pie de la entrada puede distinguirse el canal por donde habría rodado una piedra utilizada para cerrar el sepulcro.

  Por sus dimensiones podemos comprender mejor la preocupación de las mujeres:

“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”

  La piedra debió ser enorme.

  En mis fotografías también puede observarse la forma semicircular sobre la entrada, que ayuda a visualizar el tamaño que una piedra utilizada para cerrar aquel sepulcro debió tener.

¿Realmente existió allí un huerto?

  Ésta es otra pregunta fundamental.

  Juan dice que:

“En el lugar donde había sido crucificado, había un huerto.”

  Entonces, si estamos buscando el sepulcro descrito por Juan, necesitamos encontrar evidencia de un huerto.

  Y la encontramos.

  En el lugar se descubrió una prensa de olivas.

  También existe una enorme cisterna utilizada para almacenar agua.

  ¿Para qué se necesitaba semejante cantidad de agua?

  Para mantener la vegetación del huerto.

  Por eso puedo corroborar que aquel lugar fue utilizado como huerto en la antigüedad.

Y el Gólgota está a escasos metros

  Ahora unamos las piezas.

  Juan dice que el huerto estaba en el lugar donde Jesús había sido crucificado.

  La Tumba del Huerto se encuentra a escasos metros del lugar que identifico con el Monte de la Calavera.

  En mi libro incluyo una fotografía del lugar donde puede distinguirse en la formación rocosa una figura que recuerda los ojos y la nariz de una calavera. Y allí señalo que esa colina se encuentra a escasos metros de la tumba y del huerto.

  Una vez más:

  Gólgota.

  Huerto.

  Tumba excavada en roca.

  Todo aparece dentro del mismo escenario geográfico.

Existen dos lugares propuestos; yo estoy convencido de éste

  Existen dos lugares donde tradicionalmente se ha considerado que pudo ocurrir la muerte y resurrección de Jesucristo.

  Pero quiero decirlo exactamente como lo afirmo en mi libro:

Personalmente creo que fue en la Tumba del Huerto.

  Y lo creo porque la tumba de este lugar encaja perfectamente con el relato bíblico de la resurrección.

  No llegué a esta conclusión intentando agradar a alguien.

  Llegué a ella comparando lo que dice la Biblia con lo que personalmente pude observar en el lugar.

La metodología que utilicé

  Algunos podrían preguntar:

¿Cómo puede llegar a esa conclusión?

  La respuesta está en la metodología.

  Cuando los arqueólogos intentan identificar lugares antiguos, utilizan documentos históricos y después comparan sus descripciones con los descubrimientos geográficos y arqueológicos.

  En mi libro menciono, como comparación, la identificación de la tumba del rey Herodes mediante los escritos de Flavio Josefo.

  Entonces hago una pregunta que considero completamente válida:

¿Por qué podemos tomar los escritos de Flavio Josefo como una fuente histórica para buscar la tumba de Herodes y descartar automáticamente los relatos bíblicos cuando investigamos la tumba de Jesucristo?

  Los autores bíblicos también escribieron acerca de acontecimientos que afirmaban haber ocurrido dentro de su mundo y de su época.

  Por eso utilicé el mismo principio.

  Tomé un documento antiguo:

la Biblia.

  Leí la descripción.

  Fui al lugar.

  Observé la geografía.

  Entré en la tumba.

  Comparé sus características.

  Y comprobé personalmente que el relato coincide con las características de la Tumba del Huerto.

Las piezas encajan

  Volvamos una última vez a las características.

  ¿Había un huerto?

Sí.

  ¿Está cerca del lugar que identificamos como el Monte de la Calavera?

Sí.

  ¿La tumba está excavada en roca?

Sí.

  ¿Presenta características de una tumba nueva o no terminada?

Sí.

  ¿Existe un canal para una gran piedra?

Sí.

  ¿Es suficientemente grande para que varias personas entren?

Sí.

  ¿Puede una persona sentarse a la cabecera y otra a los pies?

Sí.

  ¿Hay que inclinarse para observar desde la entrada?

Sí.

  ¿Puede entrar la luz de la mañana?

Sí.

  ¿Está vacía?

Sí.

  Por eso mi conclusión es firme.

Esta tumba encaja perfectamente con la descripción bíblica del lugar.

  Y como escribí expresamente en mi libro:

Ésta es la razón por la que creo que éste es el sitio donde resucitó el Señor, pues la Biblia no miente.

Si presentáramos el caso ante un juez

  Volvamos nuevamente al tribunal imaginario con el que hemos venido desarrollando esta serie.

  El juez podría preguntarme:

“Dr. Rivera, ¿qué pruebas tiene para afirmar que éste es el lugar?”

  Mi respuesta sería semejante a la que presento en mi libro:

  Tengo los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

  Tengo las características físicas que ellos describieron.

  Tengo un lugar geográfico que coincide con esas características.

  Y tengo fotografías tomadas durante mis propias investigaciones que muestran esa correspondencia.

  No estamos hablando de un lugar inventado.

  Estamos hablando de una tumba real.

  Excavada en roca.

  Dentro de un antiguo huerto.

  Junto al lugar de la crucifixión.

  Con espacio suficiente para los acontecimientos descritos por los Evangelios.

  Con un canal para una enorme piedra.

  Y vacía.

  Ahora que sabemos qué clase de tumba describen los Evangelios, debemos conocer al hombre que permitió que el cuerpo de Jesucristo fuera colocado dentro de ella.

Nuestro siguiente tema: José de Arimatea y el sepulcro nuevo

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-61.
Marcos 15:42-47.
Marcos 16:1-5.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-12.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

José de Arimatea y el sepulcro nuevo

  Después de la muerte de Jesucristo aparece en el relato una persona que será fundamental para comprender todo lo que sucedió después:

José de Arimatea

  Su intervención conecta directamente la crucifixión con la tumba.

  Jesús ya había muerto. Su cuerpo permanecía todavía en la cruz. Se acercaba el día de reposo y había que actuar rápidamente.

  Entonces José tomó una decisión que cambiaría para siempre el escenario de los acontecimientos.

¿Quién era José de Arimatea?

  Los Evangelios nos proporcionan varios datos importantes acerca de él.

  Mateo lo describe como un hombre rico de Arimatea y también como discípulo de Jesús.

  Marcos dice que era miembro noble del concilio y que esperaba el reino de Dios.

  Lucas lo presenta como varón bueno y justo, y afirma que no había consentido en el acuerdo y los hechos de quienes habían condenado a Jesucristo.

  Juan también lo identifica como discípulo de Jesús.

  No estamos, por lo tanto, ante un personaje completamente anónimo.

  Estamos ante un hombre con posición social, recursos y acceso a las autoridades.

José se presentó ante Pilato

  Después de la crucifixión, José hizo algo extraordinariamente importante.

  Fue directamente ante Poncio Pilato y pidió el cuerpo de Jesucristo.

  Marcos registra:

“Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir, la víspera del día de reposo, José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.”
Marcos 15:42-43

  La expresión es importante:

“Entró osadamente a Pilato.”

  En mi libro señalo que José de Arimatea debió ser una persona suficientemente poderosa para poder entrar rápidamente y sin grandes obstrucciones ante el propio gobernador romano para reclamar el cuerpo.

  Esto nos ayuda a comprender que José no fue simplemente alguien que apareció casualmente después de la crucifixión.

  Tenía una posición que le permitió hacer algo que no cualquier persona podía hacer.

Pilato no entregó el cuerpo inmediatamente

  Aquí encontramos otro detalle extraordinariamente importante para la investigación de la resurrección.

  José pidió el cuerpo.

  Pero Pilato se sorprendió al saber que Jesús ya había muerto.

  Entonces hizo llamar al centurión.

  Marcos continúa:

“Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José.”
Marcos 15:44-45

  Observe la secuencia:

  José pidió el cuerpo.

  Pilato quiso asegurarse de que Jesús realmente estuviera muerto.

  Llamó al centurión.

  El centurión confirmó la muerte.

  Y solamente después de recibir esa confirmación, Pilato entregó el cuerpo.

  Esto será muy importante cuando más adelante estudiemos la posibilidad de que Jesucristo simplemente hubiera sobrevivido a la crucifixión.

  En mi libro insisto en que los soldados romanos tenían experiencia en comprobar la muerte de los crucificados y que, en este caso, existían poderosas razones para estar completamente seguros de que Jesús había muerto antes de entregar el cuerpo.

José recibió un cadáver, no un herido

  Este punto debe quedar muy claro.

  José de Arimatea no fue ante Pilato a pedir permiso para rescatar a un hombre gravemente herido.

  Pidió:

el cuerpo de Jesús.

  Pilato tampoco le entregó una persona inconsciente.

  Antes de autorizar la entrega confirmó mediante el centurión que Jesús había muerto.

  Por eso José de Arimatea se convierte también en uno de los testigos fundamentales para establecer la muerte del Señor.

  En mi libro lo incluyo, junto con Nicodemo, entre quienes con sus propias acciones confirmaron que Jesucristo estaba muerto.

Nicodemo también apareció

  José no estuvo solo.

  Juan menciona también a Nicodemo:

“También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.”
Juan 19:39

  Estos dos hombres participaron directamente en el tratamiento del cuerpo de Jesucristo.

  No escucharon simplemente que Jesús había muerto.

  Tuvieron el cuerpo delante de ellos.

  Lo tocaron.

  Lo bajaron.

  Lo envolvieron.

  Lo prepararon para la sepultura.

  Y finalmente lo colocaron dentro del sepulcro.

Sus acciones hablan de la muerte

  En mi libro planteo una pregunta:

¿Por qué digo que José de Arimatea y Nicodemo hablaron directamente de la muerte de Jesús aunque no necesitaran pronunciar la palabra “muerte”?

  Por lo que hicieron.

  Primero reclamaron el cuerpo.

  Después llevaron especias aromáticas.

  Tomaron el cuerpo de Jesucristo.

  Lo envolvieron conforme a la costumbre judía de sepultar.

  Y lo colocaron dentro de una tumba.

  No estaban atendiendo a un herido.

  Estaban preparando un cadáver para la sepultura.

La mirra y los áloes

  Juan dice que Nicodemo llevó aproximadamente cien libras de un compuesto de mirra y áloes.

  José y Nicodemo utilizaron esas especias para preparar el cuerpo conforme a las costumbres funerarias.

  En mi libro calculo aproximadamente cincuenta kilogramos de sustancias aromáticas utilizadas alrededor del cuerpo de Jesucristo.

  Este detalle tiene una importancia enorme.

  Si ellos hubieran pensado que Jesús estaba simplemente desmayado o inconsciente, no habrían actuado de esa manera.

  Lo lógico habría sido llevarlo a un lugar abierto, buscar ayuda, darle agua y tratar de salvarlo.

  Pero hicieron exactamente lo contrario.

  Lo prepararon como se preparaba a un muerto.

El cuerpo fue envuelto

  Juan dice:

“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.”
Juan 19:40

  Tenemos entonces otro paso preciso dentro de la secuencia.

  Crucifixión.

  Muerte.

  Confirmación del centurión.

  Entrega del cuerpo.

  Preparación funeraria.

  Lienzos.

  Especias.

  Sepultura.

  Cada elemento nos conduce hacia la tumba.

José tenía un sepulcro nuevo

  Mateo proporciona ahora uno de los datos más importantes de todo el relato:

“Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña.”
Mateo 27:59-60

  El sepulcro era propiedad de José.

  Era nuevo.

  Había sido labrado en la peña.

  Y, según Juan, se encontraba dentro de un huerto cercano al lugar donde Jesús había sido crucificado.

  Por eso José de Arimatea no solamente proporciona el sepulcro.

  También fija geográficamente el lugar donde fue depositado el cuerpo de Jesús.

Nadie había sido colocado allí

  Lucas y Juan añaden otro detalle extraordinario:

  En aquella tumba todavía no había sido sepultado nadie.

  Esto elimina una posible confusión.

  No estamos hablando de una tumba familiar utilizada repetidamente durante generaciones.

  Era un sepulcro nuevo.

  El cuerpo colocado allí era identificable.

  Y las personas que participaron en la sepultura sabían exactamente dónde lo habían puesto.

Las mujeres siguieron a José

  Este detalle será fundamental posteriormente.

  Las mujeres que habían venido desde Galilea observaron el proceso.

  Lucas dice:

“Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo.”
Lucas 23:55

  Esto significa que las mujeres conocían el lugar.

  No solamente sabían aproximadamente en qué zona estaba.

  Vieron:

el sepulcro y cómo fue puesto su cuerpo.

  Este dato será importantísimo cuando después alguien intente explicar la tumba vacía diciendo que quizá las mujeres fueron al sepulcro equivocado.

  Ellas habían seguido a José.

  Habían visto la tumba.

  Y habían observado cómo el cuerpo fue colocado dentro.

  Mi libro recoge expresamente esta secuencia: las mujeres siguieron a José de Arimatea, observaron el sepulcro donde quedó el cuerpo y posteriormente regresaron para preparar especias y ungüentos.

José hizo rodar una gran piedra

  Después de colocar el cuerpo, Mateo dice:

“Y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.”
Mateo 27:60

  Aquí aparece otro elemento que después tendrá una enorme importancia.

La piedra.

  José mismo cerró la entrada.

  El cuerpo quedó dentro.

  La tumba quedó cerrada.

  Y la piedra era suficientemente grande para que, cuando las mujeres regresaran después del día de reposo, se preguntaran:

“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”

  Así llegamos a una conclusión importante:

  La tumba no quedó abierta.

  El cuerpo no quedó abandonado.

  El lugar fue cerrado.

José conecta el Gólgota con la tumba

  Observe ahora cómo todas las piezas comienzan a unirse.

  Jesús murió en el Gólgota.

  José pidió su cuerpo.

  Pilato confirmó la muerte mediante el centurión.

  José recibió el cuerpo.

  Nicodemo llevó mirra y áloes.

  Ambos prepararon a Jesús para la sepultura.

  Después José llevó el cuerpo a su propio sepulcro nuevo.

  Ese sepulcro estaba dentro de un huerto cercano.

  El cuerpo fue colocado allí.

  Las mujeres observaron el lugar.

  Y finalmente José cerró la tumba mediante una gran piedra.

  Esto es mucho más que una breve escena funeraria.

  Es una cadena de acontecimientos que establece con precisión qué ocurrió con el cuerpo de Jesucristo después de la crucifixión.

El sepulcro nuevo coincide con la tumba que he investigado

  En el artículo anterior vimos que la Tumba del Huerto posee características que coinciden con la descripción bíblica.

  Una de ellas resulta especialmente importante en relación con José de Arimatea:

la tumba parece no haber sido terminada completamente.

  En mi investigación señalo que partes del sepulcro quedaron inconclusas, lo cual considero una indicación de que se trataba precisamente de un sepulcro nuevo.

  Mateo dice:

“Su sepulcro nuevo.”

  Juan dice:

“En el cual aún no había sido puesto ninguno.”

  Y la tumba que he visitado presenta justamente características de una obra que no llegó a ser terminada completamente.

José de Arimatea es una pieza fundamental del caso

  Si lleváramos nuevamente nuestra investigación ante un juez, José de Arimatea sería un personaje de enorme importancia.

  Podríamos preguntarle:

  ¿Pidió usted el cuerpo de Jesús?

  Sí.

  ¿A quién se lo pidió?

  A Poncio Pilato.

  ¿Pilato autorizó la entrega?

  Sí, después de confirmar mediante el centurión que Jesús había muerto.

  ¿Tuvo usted el cuerpo en sus manos?

  Sí.

  ¿Lo preparó para la sepultura?

  Sí, junto con Nicodemo.

  ¿Dónde lo colocó?

  En mi sepulcro nuevo.

  ¿Dónde estaba?

  En un huerto cercano al lugar de la crucifixión.

  ¿La tumba estaba vacía antes de colocar el cuerpo?

  Sí. Nadie había sido puesto allí.

  ¿Cerró usted la entrada?

  Sí.

  ¿Con qué?

  Con una gran piedra.

  Esta es la fuerza del relato.

No estamos buscando un cadáver perdido

  José de Arimatea impide que la historia termine con un cuerpo cuyo destino nadie conoce.

  Sabemos quién lo reclamó.

  Sabemos quién autorizó su entrega.

  Sabemos quién verificó previamente su muerte.

  Sabemos quién lo preparó.

  Sabemos dónde fue colocado.

  Sabemos que las mujeres vieron el lugar.

  Y sabemos que la tumba fue cerrada.

  Por lo tanto, cuando lleguemos al primer día de la semana y encontremos que el cuerpo ya no está allí, la pregunta tendrá todavía más fuerza:

¿Qué ocurrió dentro de aquel sepulcro?

  Pero antes de llegar a esa mañana debemos detenernos en otro elemento geográfico que Juan menciona con claridad.

  El sepulcro de José no estaba aislado.

  Estaba dentro de:

un huerto junto al lugar de la crucifixión.

  Y ese será nuestro siguiente tema.

El huerto junto al lugar de la crucifixión

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-61.
Marcos 15:42-47.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.


5. El huerto junto al lugar de la crucifixión

  Después de seguir a José de Arimatea desde el Gólgota hasta el sepulcro, encontramos un detalle que para mí tiene una enorme importancia:

La tumba estaba dentro de un huerto.

  El Evangelio de Juan lo dice con toda claridad:

“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Juan 19:41

  Esta frase une tres elementos dentro de un mismo escenario:

  El lugar de la crucifixión.

  El huerto.

  Y el sepulcro.

  No son tres lugares separados.

  Forman parte de la misma zona.

El huerto estaba junto al lugar donde Jesús murió

  Juan no dice que después de la crucifixión trasladaron el cuerpo varios kilómetros.

  Dice que en el lugar donde había sido crucificado había un huerto.

  Y dentro de ese huerto había un sepulcro nuevo.

  Esto significa que, para investigar geográficamente el lugar de la resurrección, debemos buscar una combinación muy específica:

  Un lugar que corresponda con el Gólgota.

  Un huerto cercano.

  Y dentro de ese huerto, una tumba excavada en roca.

  Precisamente esa relación geográfica es una de las razones por las que la Tumba del Huerto adquirió tanta importancia en mi investigación. En mi libro afirmo que la tumba encontrada por el General Gordon está a escasos metros del lugar donde fue crucificado Jesucristo.

No estamos hablando solamente de una tumba

  Este punto es importante.

  Si solamente encontráramos una tumba antigua excavada en roca, eso no sería suficiente.

  En Israel existen muchas tumbas antiguas.

  La tumba que buscamos debe encajar con un conjunto de características.

  Debe estar cerca del lugar de la crucifixión.

  Debe estar dentro de un huerto.

  Debe haber sido un sepulcro nuevo.

  Debe haber sido excavado en roca.

  Y debe haber tenido una entrada que pudiera cerrarse con una gran piedra.

  Por eso el huerto no es un detalle decorativo del relato.

  Es una pieza fundamental para identificar el escenario.

¿Existe evidencia de que allí hubo un huerto?

  Mi respuesta es:

Sí.

  En el lugar donde se encuentra la Tumba del Huerto se encontraron elementos que, para mí, confirman que esa zona fue utilizada como huerto en la antigüedad.

  En mi libro menciono específicamente dos:

una prensa de olivas

y

una enorme cisterna para almacenar agua.

  La presencia de estas instalaciones tiene sentido dentro de un lugar destinado al cultivo.

  La cisterna permitía almacenar agua para regar la vegetación del huerto.

La cisterna es una pieza muy importante

  En una región donde el agua debía conservarse cuidadosamente, una cisterna de grandes dimensiones no era un elemento sin propósito.

  Servía para recoger y almacenar agua.

  Y el agua era indispensable para mantener un huerto.

  En mis propias fotografías incluidas en el libro muestro tanto la entrada como el interior de esa cisterna.

  Para mí, no estamos simplemente ante una tumba rodeada actualmente por jardines.

  Estamos ante un lugar que presenta evidencia de haber funcionado como huerto en la antigüedad.

  Esto concuerda directamente con Juan 19:41.

También se encontró una prensa de olivas

  La prensa de olivas constituye otra evidencia importante.

  Una prensa de este tipo tiene sentido en un lugar donde existían olivos y donde se procesaba su fruto.

  Por eso, cuando uno encuentra una tumba excavada en roca dentro de un sitio donde también existen una cisterna importante y una prensa de olivas, la descripción de un antiguo huerto deja de ser una simple posibilidad.

  En mi libro digo expresamente que puedo corroborar que ese lugar fue un huerto en la antigüedad precisamente por estos elementos.

El relato de Juan encaja con el lugar

  Volvamos nuevamente al texto:

“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto…”

  Ahora comparemos.

  Tenemos un lugar que identifico con el Monte de la Calavera.

  A escasos metros encontramos un antiguo huerto.

  Dentro del huerto encontramos una tumba.

  La tumba fue excavada en roca.

  Presenta características de no haber sido terminada.

  Y en su entrada existe un canal para una gran piedra.

  Por eso, para mí, las piezas encajan de una manera extraordinaria.

El huerto explica también por qué la tumba estaba tan cerca

  Después de la muerte de Jesús había poco tiempo.

  Se acercaba el día de reposo.

  José de Arimatea había recibido autorización para llevarse el cuerpo.

  En esas circunstancias, encontrar un sepulcro disponible cerca del lugar de la crucifixión resultaba providencial.

  Juan lo explica así:

“Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.”
Juan 19:42

  Observe nuevamente:

“Porque aquel sepulcro estaba cerca.”

  Esto confirma la relación geográfica entre el Gólgota y el huerto.

  La cercanía no es una idea añadida posteriormente.

  Está dentro del propio relato.

Las mujeres también conocían ese lugar

  Las mujeres que acompañaron a Jesús desde Galilea siguieron a José y observaron dónde fue colocado el cuerpo.

  Por lo tanto, el huerto no era un lugar desconocido para ellas.

  Ellas vieron el sepulcro.

  Sabían dónde estaba.

  Y por eso, cuando regresaron después del día de reposo, sabían exactamente hacia dónde dirigirse.

  Esto será muy importante más adelante cuando examinemos la teoría de que quizá fueron a la tumba equivocada.

  El relato dice que habían visto el lugar.

Un escenario geográfico muy compacto

  Podemos ahora reconstruir la secuencia:

  Jesús murió en el Gólgota.

  A poca distancia había un huerto.

  Dentro del huerto existía un sepulcro nuevo.

  José de Arimatea recibió el cuerpo.

  Lo llevó hacia ese sepulcro.

  Las mujeres observaron el lugar.

  El cuerpo fue colocado dentro.

  Y la entrada fue cerrada con una gran piedra.

  Todo ocurre dentro de un área geográfica relativamente pequeña.

  Esto es precisamente lo que encontré tan impresionante durante mis viajes a Tierra Santa.

Mis fotografías forman parte de esta investigación

  En mi libro no me limité a describir el lugar.

  Incluí fotografías tomadas durante mis propias visitas.

  Una de ellas muestra el lugar que identifico con el Monte de la Calavera.

  Otra muestra la entrada a la Tumba del Huerto.

  Otras muestran el interior del sepulcro.

  También incluí fotografías del canal por donde habría rodado una piedra y de la cisterna utilizada para almacenar el agua del huerto.

  Mi intención fue sencilla:

que el lector pudiera observar con sus propios ojos las características que yo estaba describiendo.

  En el libro afirmo que llevaría esas mismas fotografías ante un juez para que fueran evaluadas.

La Tumba del Huerto no está aislada de la evidencia

  Para mí, una de las fortalezas del lugar es precisamente que no depende de una sola característica.

  No digo que sea el lugar solamente porque hay una tumba.

  Lo digo porque existe una combinación de elementos:

  El Monte de la Calavera está cerca.

  Hubo un huerto.

  Existe evidencia de cultivo.

  Existe una cisterna.

  Existe una prensa de olivas.

  Hay una tumba excavada en roca.

  La tumba presenta características de estar inconclusa.

  Existe un canal para una gran piedra.

  Y el sepulcro está vacío.

  Para mí, este conjunto de datos coincide con el relato bíblico.

El huerto también nos ayuda a visualizar aquella tarde

  Intentemos ahora colocarnos mentalmente en el lugar.

  La crucifixión ha terminado.

  El cuerpo de Jesucristo ha sido bajado de la cruz.

  José de Arimatea y Nicodemo lo reciben.

  No tienen que recorrer una gran distancia.

  Muy cerca se encuentra el huerto.

  Entran.

  Dentro existe un sepulcro nuevo excavado en la roca.

  Preparan el cuerpo.

  Lo envuelven.

  Lo colocan dentro.

  Las mujeres observan.

  Después una gran piedra es rodada frente a la entrada.

  Y todos se retiran.

  Por unas horas, aquel huerto queda en silencio.

Pero el huerto se convertirá en el centro de la historia

  En ese momento nadie podía imaginar todo lo que ocurriría después.

  Aquel huerto, que quizá durante años había sido simplemente un lugar de cultivo y trabajo, se convertiría en el escenario del acontecimiento central de nuestra investigación.

  El primer día de la semana las mujeres regresarían.

  Pero encontrarían algo que no esperaban.

  La piedra estaría removida.

  El sepulcro estaría abierto.

  Y el cuerpo ya no estaría allí.

Mi conclusión permanece firme

  Como escribí en mi libro, después de comparar las características del lugar con el relato bíblico, llegué a una conclusión definida:

La Tumba del Huerto encaja con la descripción de los Evangelios.

  Para mí, la cercanía con el lugar de la crucifixión, la evidencia del antiguo huerto, la cisterna, la prensa de olivas, la tumba excavada en roca y las demás características forman parte de un mismo caso.

  Por eso escribí:

“Esta es la razón por la que creo que este es el sitio donde resucitó el Señor, pues la Biblia no miente.”

  Pero todavía necesitamos examinar con mayor detalle precisamente ese sepulcro.

  Ya sabemos que estaba dentro de un huerto.

  Ahora vamos a entrar en él.

El siguiente tema será: La Tumba del Huerto: ¿coincide con el relato bíblico?

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-61.
Marcos 15:42-47.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

  Después de estudiar el Gólgota, el sepulcro nuevo de José de Arimatea y el huerto junto al lugar de la crucifixión, llegamos ahora a una pregunta decisiva:

¿La Tumba del Huerto coincide realmente con la descripción de los Evangelios?

  Mi respuesta es clara:

Sí.

  Y no llegué a esta conclusión por tradición, emoción o simple preferencia personal. La razón por la que creo que éste es el lugar donde resucitó Jesucristo es porque, al comparar el relato bíblico con las características físicas del sitio, encontré una correspondencia extraordinaria.

  En mi libro lo expreso sin rodeos: personalmente creo que fue en este lugar porque la tumba encaja perfectamente con el relato bíblico de la resurrección.

La tumba del huerto en la actualidad

Primera coincidencia: está cerca del lugar de la crucifixión

  Juan escribió:

“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto…”
Juan 19:41

  Esto significa que el sepulcro tenía que estar muy cerca del lugar donde Jesús murió.

  La Tumba del Huerto se encuentra a escasos metros del lugar que identifico con el Monte de la Calavera.

  En mi libro doy testimonio personal de esa cercanía.

  Así que la primera condición se cumple.

Segunda coincidencia: está dentro de un antiguo huerto

  Juan continúa:

“…y en el huerto un sepulcro nuevo…”

  No basta con encontrar una tumba antigua.

  Tiene que encontrarse dentro de un lugar que haya sido realmente un huerto.

  En este sitio se han encontrado una prensa de olivas y una enorme cisterna utilizada para almacenar agua, elementos que concuerdan con el funcionamiento de un huerto antiguo. En mi libro señalo precisamente estos datos como evidencia de que el lugar fue utilizado de esa manera.

  La segunda condición también se cumple.

Tercera coincidencia: el sepulcro está labrado en la roca

  Mateo escribió:

“Y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña…”
Mateo 27:60

  La Tumba del Huerto no es una fosa cavada en tierra.

  Está excavada directamente en la roca.

  Yo mismo he entrado en ella y he podido observarlo personalmente.

  En las fotografías incluidas en mi libro puede verse con claridad la entrada excavada en la piedra.

Cuarta coincidencia: presenta características de un sepulcro nuevo

  Los Evangelios insisten en este detalle.

  Mateo habla de:

“Su sepulcro nuevo.”

  Juan añade:

“En el cual aún no había sido puesto ninguno.”

  Al examinar la Tumba del Huerto se observa que algunas secciones no fueron terminadas completamente.

  En mi investigación considero precisamente este hecho como indicación de que se trataba de un sepulcro nuevo.

  Esto concuerda con el relato bíblico.

Quinta coincidencia: existe un canal para una gran piedra

  Mateo dice que José:

“Hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro.”

  Marcos afirma que aquella piedra:

“Era muy grande.”

  Frente a la Tumba del Huerto puede observarse un canal o zanja por donde podía rodar una piedra utilizada para cerrar la entrada.

  En mi libro muestro fotografías de ese canal y hago notar que, por sus dimensiones, la piedra debió ser enorme.

  Otra vez, encontramos correspondencia.

Sexta coincidencia: la entrada obliga a inclinarse

  Juan dice que cuando llegó a la tumba:

“Bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí.”
Juan 20:5

  También dice que María Magdalena:

“Se inclinó para mirar dentro del sepulcro.”
Juan 20:11

  La entrada de la Tumba del Huerto obliga precisamente a hacer ese movimiento.

  En mis fotografías reproduzco la acción descrita por Juan y María: inclinarse para mirar al interior.

  La forma física de la entrada coincide con el relato.

Séptima coincidencia: dentro caben varias personas

  Marcos dice que las mujeres:

“Entraron en el sepulcro.”

  Además, vieron dentro a un joven sentado al lado derecho.

  Juan habla de dos ángeles, uno a la cabecera y otro a los pies.

  Por lo tanto, el sepulcro tenía que ser suficientemente grande para permitir que varias personas estuvieran dentro.

  La Tumba del Huerto cumple perfectamente esta condición.

  Según las dimensiones que presento en mi libro, mide aproximadamente 4.3 metros de ancho, 2.3 metros de alto y 3 metros de profundidad.

  Personalmente he estado dentro de ella con varias personas y puedo afirmar que existe espacio suficiente para cinco, seis o incluso siete personas de pie.

Octava coincidencia: el cuerpo podía colocarse horizontalmente

  Juan describe a dos ángeles:

“El uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.”
Juan 20:12

  Eso requiere una disposición horizontal.

  Dentro de la Tumba del Huerto existe una sepultura cuya forma permite precisamente colocar el cuerpo de esa manera.

  En las fotografías de mi libro puede verse que una persona colocada allí habría quedado horizontalmente y que existe espacio tanto en la cabecera como en los pies.

Novena coincidencia: la luz del amanecer puede entrar

  Juan llegó temprano al sepulcro.

  Se inclinó.

  Y pudo ver los lienzos.

  Eso significa que debía entrar suficiente luz para poder distinguir lo que había dentro.

  La Tumba del Huerto posee una abertura por donde la luz de la mañana puede penetrar al interior.

  En mi libro señalo que esa entrada de luz hace posible comprender cómo Juan pudo mirar desde afuera y distinguir lo que había dentro.

  Una vez más, el escenario físico coincide con la narración.

Décima coincidencia: la tumba estaba vacía

  Cuando se realizaron excavaciones en la Tumba del Huerto, no se encontraron restos de corrupción dentro de ella.

  En mi libro destaco este hecho y planteo una pregunta:

¿Por qué un sepulcro de este tamaño estaba vacío?

  La tumba estaba preparada para recibir cuerpos.

  Tenía espacios de sepultura.

  Pero no contenía restos humanos.

  Para mí, este hecho tiene una enorme importancia dentro del conjunto de evidencias.

Undécima coincidencia: sólo una de las sepulturas parece haber sido utilizada

  Dentro del sepulcro existen dos lugares principales de sepultura y espacio para otros que nunca fueron terminados.

  Según lo que observé y describo en mi libro, sólo uno de esos espacios parece haber sido utilizado.

  Esto concuerda con la descripción de un sepulcro nuevo en el que aún no había sido colocado nadie antes de Jesucristo.

Las piezas no están aisladas

  Una sola coincidencia podría ser casual.

  Dos podrían llamar nuestra atención.

  Pero aquí tenemos muchas características reunidas en un solo lugar.

  Está cerca del Gólgota.

  Está dentro de un antiguo huerto.

  Está excavada en roca.

  Presenta características de ser una tumba nueva.

  Tiene un canal para una gran piedra.

  La entrada obliga a inclinarse.

  Dentro caben varias personas.

  Existe espacio para una cabecera y unos pies.

  La luz puede entrar desde el exterior.

  Y la tumba está vacía.

  Por eso no considero que estemos ante una coincidencia superficial.

He estado personalmente en ese lugar

  Quiero insistir en algo.

  No estoy escribiendo acerca de un lugar que solamente conozco mediante fotografías de otras personas.

  He estado allí.

  He caminado por el huerto.

  He observado el Monte de la Calavera.

  He entrado en la tumba.

  He visto su interior.

  He observado el canal para la piedra.

  He comprobado cómo entra la luz.

  He visto la cisterna.

  Y he tomado fotografías de todo ello.

  Por eso mi convicción no es teórica.

  En mi libro incluso digo que llevaría esas fotografías ante un juez para que fueran evaluadas.

La metodología fue sencilla

  Tomé la descripción de un libro antiguo:

la Biblia.

  Después busqué un lugar que coincidiera con esa descripción.

  Fui personalmente al sitio.

  Observé sus características.

  Y comparé una cosa con la otra.

  Eso es precisamente lo que explico en mi libro cuando comparo mi metodología con la utilizada para identificar otros sitios de la antigüedad mediante documentos históricos.

  No veo razón para descartar los Evangelios como fuente histórica simplemente porque forman parte de la Biblia.

Mi conclusión

  Después de estudiar el lugar, entrar en el sepulcro y comparar sus características con los Evangelios, mi conclusión permanece firme:

La Tumba del Huerto coincide perfectamente con el relato bíblico.

  Y por eso escribí:

“Esta es la razón por la que creo que este es el sitio donde resucitó el Señor, pues la Biblia no miente.”

  No estoy diciendo que lo creo porque alguien me pidió que lo creyera.

  Lo creo porque investigué.

  Comparé.

  Estuve allí.

  Y las características coinciden.

  Para mí, aquel sepulcro no es solamente una atracción arqueológica.

  Es el lugar donde creo que fue depositado el cuerpo de Jesucristo.

  Y es el lugar donde, tres días después:

Jesucristo resucitó.

  Ahora que hemos identificado el lugar, en el siguiente tema entraremos todavía más en detalle:

Dentro de una tumba del siglo primero

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-61.
Marcos 15:42-47.
Marcos 16:1-5.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-12.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

  Después de observar el huerto y comparar la Tumba del Huerto con la descripción de los Evangelios, quiero invitar al lector a hacer algo diferente:

Entremos en la tumba.

  Durante mis viajes a Israel tuve la oportunidad de hacerlo personalmente. No tuve que imaginar sus dimensiones a partir de un dibujo ni limitarme a observar fotografías. Estuve dentro de ella acompañado por un pequeño grupo de amigos.

  Y al entrar, varios detalles de los Evangelios adquirieron para mí un significado completamente diferente.

  La tumba mide aproximadamente 4.3 metros de ancho, 2.3 metros de alto y 3 metros de profundidad. Al entrar y mirar hacia el lado derecho pueden observarse dos sepulturas; hacia el lado izquierdo existe otro espacio que aparentemente estaba destinado a nuevas sepulturas, pero nunca fue terminado.

  Ahora quiero que observemos ese interior y comparemos lo que encontramos con lo que narraron los Evangelios.

Las tumbas del siglo primero no eran como nuestros cementerios

  Cuando actualmente pensamos en una tumba, probablemente imaginamos una fosa excavada en tierra, un ataúd y una lápida.

  Pero en Judea existían sepulcros excavados directamente en la roca. Las familias con mayores recursos podían disponer de tumbas más elaboradas, con espacios interiores destinados a recibir cuerpos.

  Esto encaja perfectamente con la descripción de José de Arimatea.

  Mateo dice:

“Y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña.”
Mateo 27:60

  José era un hombre rico.

  Y el sepulcro donde colocó a Jesús había sido excavado en roca.

Para mirar dentro había que inclinarse

  Uno de los detalles que más llaman mi atención aparece en el Evangelio de Juan.

  Cuando Juan llegó corriendo al sepulcro aquella mañana, no entró inmediatamente.

  La Biblia dice:

“Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.”
Juan 20:5

  Después María Magdalena hizo algo semejante:

“Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro.”
Juan 20:11

  ¿Por qué Juan tuvo que inclinarse?

  ¿Por qué María tuvo que hacer lo mismo?

  Porque la entrada era baja.

  Esta característica forma parte de la descripción que presento en mi libro: para entrar o mirar dentro del sepulcro era necesario inclinarse o agacharse.

  Cuando uno está personalmente frente a una tumba de estas características, las palabras de Juan dejan de ser un detalle insignificante.

  Uno puede reproducir físicamente el movimiento descrito en el Evangelio.

Pedro entró en el sepulcro

  Juan permaneció inicialmente afuera.

  Pero Pedro hizo algo diferente.

  Entró.

  El relato dice:

“Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí.”
Juan 20:6

  Esto significa que el sepulcro no podía ser simplemente un pequeño nicho destinado exclusivamente a introducir un cadáver.

  Una persona podía entrar.

  Después entró Juan.

  Las mujeres también habían entrado.

  Y dentro aparecen además los ángeles.

  Por eso las dimensiones interiores son importantes.

Dentro podían estar varias personas

  En mi libro afirmo que la tumba es suficientemente amplia para albergar por lo menos entre cinco y siete personas de pie.

  No estoy calculando esto únicamente sobre un plano.

  Lo sé porque personalmente he estado dentro de ella acompañado por un pequeño grupo.

  Este detalle corresponde con las escenas narradas en los Evangelios.

  Marcos dice:

“Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho…”
Marcos 16:5

  Lucas habla de las mujeres dentro del sepulcro y de dos hombres con vestiduras resplandecientes.

  Juan describe posteriormente a María mirando hacia el interior y observando dos ángeles.

  Todo esto requiere espacio.

¿Cómo estaba dispuesto el interior?

  Cuando uno entra en la Tumba del Huerto y voltea hacia el lado derecho, puede distinguir dos lugares de sepultura.

  Uno está unido a la pared del fondo.

  Otro se encuentra hacia la pared de enfrente.

  En el lado izquierdo existe además un espacio que aparentemente estaba destinado a otras sepulturas, pero éstas nunca fueron terminadas.

  Este último detalle me parece especialmente significativo porque los Evangelios dicen que el sepulcro era nuevo.

  Juan incluso especifica:

“En el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Juan 19:41

  La apariencia inconclusa de parte de la tumba concuerda con esa descripción.

Un cuerpo colocado horizontalmente

  Ahora llegamos a uno de los detalles que considero más extraordinarios.

  Juan describe lo que María vio:

“Y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.”
Juan 20:12

  Observe las palabras:

La cabecera.

Los pies.

  Eso nos permite saber cómo estaba colocado el cuerpo.

  Horizontalmente.

  En mis fotografías puede observarse precisamente que la forma en que debía colocarse un cadáver dentro de este sepulcro era horizontal.

Un ángel en la cabecera y otro a los pies

  Yo mismo quise comprobar algo.

  ¿Existía realmente dentro de aquella tumba espacio suficiente para que ocurriera lo que describe Juan?

  Mi conclusión fue:

Sí.

  Puedo afirmar con certeza que existe espacio suficiente para que una persona estuviera sentada en la cabecera y otra en los pies del lugar donde habría estado el cuerpo de Jesucristo.

  Lo sé porque he estado dentro.

  Ésta es precisamente una de las observaciones personales que dejé registradas en mi libro.

  Una vez más, la arquitectura del sepulcro coincide con la descripción del Evangelio.

Pero aparece otro problema: la oscuridad

  Pensemos ahora como investigadores.

  Juan llegó muy temprano.

  Todavía era la madrugada.

  Se inclinó desde afuera.

  Y dice que vio los lienzos.

  Entonces tenemos que preguntarnos:

¿Cómo pudo ver hacia dentro?

  Una tumba completamente cerrada y oscura habría dificultado observar detalles desde el exterior.

  Pero aquí encontré otra característica extraordinaria.

La tumba tiene una abertura por donde penetra la luz

  El sepulcro posee una ventana o abertura que, debido a su localización, permite que la luz del amanecer penetre y alumbre el interior.

  Esta abertura puede observarse a la derecha de la entrada.

  Este detalle permite comprender perfectamente la escena descrita por Juan.

  Él se inclina.

  Mira dentro.

  Y puede distinguir los lienzos.

  En mis propias fotografías puede observarse cómo la luz del día penetra dentro de la tumba, haciendo posible que alguien situado en el exterior pueda observar lo que ocurre dentro.

Los lienzos permanecían allí

  Ahora imaginemos a Juan frente a la entrada.

  La piedra ya no está cerrando el sepulcro.

  Se inclina.

  La luz comienza a penetrar.

  Y entonces observa algo.

Los lienzos.

  Después Pedro entra y ve todavía más.

  Juan relata:

“Y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.”
Juan 20:6-7

  Más adelante tendremos que estudiar cuidadosamente este detalle porque forma parte de la evidencia encontrada dentro del sepulcro.

  Pero por ahora quiero que nos concentremos en algo más elemental:

el escenario físico permite que la escena descrita por Juan ocurra.

La tumba presenta señales de no haber sido utilizada completamente

  Existe además algo que considero muy interesante.

  Con excepción de una sepultura del lado derecho unida a la pared del fondo, el resto de la tumba parece no haber sido utilizado.

  Algunas partes ni siquiera fueron terminadas.

  Esto vuelve a llevarnos a las palabras del Evangelio:

“Un sepulcro nuevo.”

  No estamos observando una tumba familiar llena de evidencias de generaciones de enterramientos.

  Estamos ante un lugar que presenta características compatibles con un sepulcro nuevo.

Y no se encontraron restos de corrupción

  Éste es otro elemento que destaqué en mi libro.

  Normalmente, cuando se descubre una sepultura, pueden encontrarse restos de las personas enterradas allí.

  Pero en este sepulcro no se encontró ningún resto de corrupción.

La tumba estaba vacía.

  Y por eso hice una pregunta que considero completamente legítima:

¿Por qué un sepulcro de este tamaño estaba vacío?

  No quiero que el lector pase rápidamente sobre esa pregunta.

  Deténgase un momento.

  Tenemos una tumba excavada en roca.

  Tiene varios espacios.

  Parte de ellos nunca fueron terminados.

  Exceptuando uno, el resto parece no haber sido utilizado.

  Y no encontramos dentro restos de corrupción.

Ahora mire alrededor

  Si usted pudiera estar conmigo dentro de la tumba, le pediría que no hiciera nada durante algunos segundos.

  Solamente mire.

  Observe las paredes excavadas en roca.

  Observe el espacio interior.

  Mire hacia el lado derecho.

  Observe dónde pudo colocarse horizontalmente un cuerpo.

  Mire la cabecera.

  Mire los pies.

  Después vuelva la mirada hacia la entrada.

  Observe su altura.

  Imagine a Juan inclinándose.

  Observe cómo penetra la luz.

  Imagine los lienzos allí.

  Ahora vuelva a leer Juan capítulo veinte.

  Para mí, después de haber estado personalmente dentro de aquel lugar, el relato adquiere una fuerza extraordinaria.

Compare usted mismo

  No quiero pedirle al lector que crea solamente porque yo estuve allí.

  Quiero que compare.

  El Evangelio dice que había que inclinarse para mirar.

La entrada coincide.

  El Evangelio dice que varias personas podían entrar.

El espacio interior lo permite.

  Juan habla de una cabecera y unos pies.

La disposición horizontal lo permite.

  Juan pudo observar desde afuera.

La luz penetra al interior.

  Los Evangelios hablan de un sepulcro nuevo.

Parte de la tumba quedó sin terminar y casi todo el espacio parece no haber sido utilizado.

  Los Evangelios dicen que posteriormente el cuerpo ya no estaba allí.

La tumba está vacía.

  Por eso escribí en mi libro:

“Con base a todas estas observaciones, puedo aseverar que las características de la tumba concuerdan con los relatos de los Evangelios.”

Ahora debemos volver a la entrada

  Pero todavía falta una pieza enorme.

  Literalmente enorme.

  Porque aquella entrada no quedó abierta cuando José de Arimatea depositó allí el cuerpo de Jesucristo.

  Mateo dice:

“Y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.”
Mateo 27:60

  Y cuando las mujeres regresaron, una de sus principales preocupaciones era:

“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3

  Al pie de la Tumba del Huerto todavía puede observarse el canal relacionado con una piedra utilizada para cerrar la entrada.

  Así que salgamos nuevamente del sepulcro.

  Miremos hacia el suelo.

  Y examinemos la siguiente pieza de nuestro caso:

La piedra que cerraba el sepulcro

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-60.
Marcos 15:46-47.
Marcos 16:1-5.
Lucas 23:53-55.
Lucas 24:1-12.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-12.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Dr. Elio M Rivera

  Después de entrar en la tumba y observar su interior, debemos volver ahora hacia la entrada.

  Allí encontramos uno de los elementos más importantes de toda la investigación:

La piedra que cerraba el sepulcro.

  Mateo describe el momento en que José de Arimatea terminó de colocar el cuerpo de Jesucristo dentro de la tumba:

“Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.”
Mateo 27:59-60

  La Biblia no dice simplemente que José puso una piedra.

  Dice que era:

“Una gran piedra.”

  Y Marcos, cuando describe la llegada de las mujeres al sepulcro, añade todavía más:

“Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.”
Marcos 16:4

  Por lo tanto, estamos hablando de una piedra de dimensiones considerables.

La piedra no era un detalle sin importancia

  A veces leemos rápidamente los relatos de la resurrección y pasamos por alto este elemento.

  Pero la piedra cumplía una función muy concreta:

cerrar la entrada del sepulcro.

  Una vez colocado el cuerpo dentro, la tumba no quedó abierta.

  José hizo rodar la piedra.

  El acceso quedó bloqueado.

  Y posteriormente, como estudiaremos más adelante, las autoridades tomaron medidas adicionales para asegurar todavía más aquel lugar.

  Por eso, cuando comenzamos a investigar la posibilidad de que alguien hubiera sacado el cuerpo, la piedra se convierte en un obstáculo que tenemos que tomar seriamente.

Las mujeres sabían que no podían moverla fácilmente

  Marcos registra una conversación muy significativa.

  Cuando las mujeres se dirigían hacia el sepulcro, no iban preguntándose dónde estaba la tumba.

  Sabían perfectamente dónde se encontraba.

  Tampoco iban pensando que quizá el cuerpo había desaparecido.

  Su preocupación era otra:

“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3

  ¿Por qué estaban preocupadas?

  Porque sabían que ellas mismas no podían moverla con facilidad.

  Si hubiera sido una pequeña piedra colocada delante de una abertura, la pregunta no tendría sentido.

  Pero el Evangelio insiste en que era muy grande.

  Así que antes incluso de llegar, ellas ya reconocían que necesitaban ayuda.

El canal frente a la Tumba del Huerto

  Una de las cosas que pude observar personalmente al visitar la Tumba del Huerto fue el canal o zanja situado frente a la entrada.

  En mi libro incluyo una fotografía de ese canal y explico que por allí habría rodado la piedra utilizada para cerrar el sepulcro.

  Al verlo personalmente comprendí mucho mejor la magnitud de lo que describen los Evangelios.

  La piedra no simplemente se colocaba como quien apoya una roca delante de una puerta.

  Existía un espacio preparado para que pudiera rodar frente a la entrada.

La piedra debió ser enorme

  En otra de las fotografías de mi libro trato precisamente de demostrar el tamaño que debió tener aquella piedra.

  Sobre la entrada puede observarse una forma semicircular que permite imaginar sus dimensiones.

  Y cuando uno se coloca físicamente frente a ella comprende mucho mejor por qué las mujeres se preguntaban quién podría removerla.

  En mi libro escribí que aquella piedra debió ser enorme.

  No estamos hablando de un objeto que una persona pudiera retirar distraídamente.

  Era un verdadero obstáculo.

¿Para qué se utilizaban piedras de este tipo?

  Las tumbas excavadas en roca podían cerrarse mediante grandes piedras que bloqueaban la entrada.

  Una vez colocada la piedra, el sepulcro quedaba protegido.

  El objetivo era impedir el acceso fácil al interior.

  Esto tiene sentido porque dentro había un cadáver y objetos relacionados con la sepultura.

  En el caso de Jesucristo, aquella piedra terminó adquiriendo una importancia todavía mayor.

  No solamente cerró un sepulcro.

  Separó el cuerpo del exterior.

Una vez cerrada, el cuerpo quedó dentro

  Sigamos nuevamente la secuencia.

  José de Arimatea recibió el cuerpo.

  Nicodemo llevó las especias.

  Prepararon a Jesús para la sepultura.

  Lo envolvieron.

  Lo colocaron dentro del sepulcro.

  Las mujeres observaron dónde fue puesto.

  Y después José hizo rodar la gran piedra.

  En ese momento la situación era clara:

El cuerpo estaba dentro y la entrada estaba cerrada.

  Éste es el punto desde el cual debemos comenzar cualquier explicación posterior.

La teoría del robo tendrá que enfrentarse con esta piedra

  Más adelante estudiaremos una de las explicaciones que se utilizó para negar la resurrección:

que los discípulos robaron el cuerpo.

  Pero antes de aceptar semejante explicación tendremos que preguntar:

  ¿Cómo pudieron llegar hasta la tumba?

  ¿Cómo enfrentaron a los guardias?

  ¿Cómo rompieron el sello?

  ¿Cómo movieron la piedra?

  ¿Cómo sacaron el cuerpo?

  ¿Y cómo hicieron todo aquello sin ser detenidos?

  La piedra es solamente una de las barreras que tendrían que haber superado.

  Pero no era una barrera pequeña.

El tamaño de la piedra también nos ayuda a comprender la mañana de la resurrección

  Cuando las mujeres se acercaban al sepulcro, todavía pensaban que la piedra estaría en su lugar.

  Pero Marcos dice:

“Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.”
Marcos 16:4

  Observe el contraste.

  Antes de llegar preguntaban:

“¿Quién nos removerá la piedra?”

  Al llegar:

la piedra ya estaba removida.

  Algo había ocurrido antes de que ellas llegaran.

La piedra removida no demuestra por sí sola la resurrección

  La piedra removida por sí sola no sería suficiente para demostrar que Jesucristo resucitó.

  Simplemente demostraría que la entrada estaba abierta.

  Pero nuestra investigación no depende de una sola pieza.

  Debemos observar todo el conjunto.

  Una tumba cerrada.

  Una piedra muy grande.

  Posteriormente un sello.

  Una guardia.

  Y finalmente la piedra removida y el cuerpo desaparecido.

  Cada elemento adquiere mayor fuerza cuando se estudia junto con los demás.

¿Podía una persona moverla?

  Las propias mujeres consideraban que necesitaban ayuda.

  Eso ya nos permite saber que no era un trabajo sencillo.

  Una piedra de este tipo, colocada en un canal y utilizada para cerrar completamente la entrada de una tumba, requeriría considerable fuerza para ser desplazada.

  Por eso me parece importante que el lector no imagine una pequeña roca que pudiera retirarse con una mano.

  La descripción bíblica es clara:

Era muy grande.

La fotografía ayuda a comprender el relato

  Ésta es una de las razones por las que considero tan importantes las fotografías que tomé durante mis investigaciones en Israel.

  Leer:

“Una gran piedra”

  es una cosa.

  Pero colocarse frente a la entrada de una tumba excavada en roca, observar el canal y visualizar el tamaño de la piedra que habría cubierto aquella abertura es algo completamente diferente.

  De pronto uno comprende mejor la preocupación de las mujeres.

  La Biblia cobra vida.

  El relato deja de ser una escena abstracta.

  Uno puede visualizarla.

Pero después ocurrió algo todavía más extraordinario

  Mateo describe el momento de la resurrección:

“Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.”
Mateo 28:2

  La piedra que José había hecho rodar para cerrar el sepulcro fue removida.

  El mismo objeto que debía impedir el acceso terminó apartado de la entrada.

  Y las mujeres pudieron mirar hacia dentro.

¿Por qué fue removida la piedra?

  En mi libro planteo una observación que considero importante.

  Para ese momento la piedra no solamente cerraba la tumba.

  Más adelante había sido asegurada con el sello oficial y vigilada por una guardia.

  Por eso, en mi estudio considero que la intervención del ángel tiene especial importancia.

  No fueron los discípulos quienes rompieron el sello y removieron la piedra.

  Mateo dice que fue:

un ángel del Señor.

  Y precisamente por eso la responsabilidad de violar aquello que había sido asegurado por las autoridades no recayó sobre los discípulos.

La piedra no fue removida para que Jesús pudiera salir

  Existe además algo extraordinario que debemos considerar.

  La piedra removida permitió que las personas entraran y observaran.

  El ángel dijo:

“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
Mateo 28:6

  La tumba abierta se convirtió en evidencia.

  Las mujeres pudieron entrar.

  Pedro pudo entrar.

  Juan pudo entrar.

  Podían observar el lugar donde el cuerpo había estado.

  La piedra removida permitió que el sepulcro fuera examinado.

Ahora imagine la escena completa

  Pongámonos frente a la entrada.

  El viernes por la tarde:

  El cuerpo está dentro.

  José hace rodar una enorme piedra.

  La tumba queda cerrada.

  Posteriormente las autoridades toman medidas adicionales.

  Después llega el primer día de la semana.

  Las mujeres vienen preguntándose cómo conseguirán moverla.

  Llegan.

  Y la piedra ya no está frente a la entrada.

  El sepulcro está abierto.

  Entran.

  El cuerpo no está allí.

  Éste es el problema histórico que debemos explicar.

La piedra se convierte en testigo silencioso

  La piedra no habla.

  Pero ocupa un lugar importantísimo dentro de los acontecimientos.

  Nos dice que el sepulcro fue cerrado.

  Nos recuerda que el cuerpo no quedó expuesto.

  Nos muestra que existía una barrera física entre el exterior y el interior.

  Y cuando las mujeres regresaron:

esa barrera había sido removida.

  Por eso no podemos estudiar la teoría del robo del cuerpo sin tomarla en cuenta.

Y todavía falta algo

  Hasta este momento hemos hablado solamente del tamaño y la función de la piedra.

  Pero la entrada de aquella tumba no quedó protegida únicamente mediante una enorme roca.

  Las autoridades tomaron otras medidas.

  El sepulcro fue asegurado.

  La piedra fue sellada.

  Y una guardia fue colocada frente a la tumba.

  Esto hace todavía más difícil explicar cómo pudo desaparecer el cuerpo.

  Pero esa será otra parte de nuestra investigación.

  Por ahora conservemos en nuestra mente la imagen:

  Una tumba excavada en roca.

  El cuerpo de Jesucristo dentro.

  Una enorme piedra cerrando la entrada.

  Y pocas horas después…

la piedra removida y la tumba vacía.

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-66.
Mateo 28:1-6.
Marcos 15:46-47.
Marcos 16:1-5.
Lucas 24:1-3.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-8.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Por El Dr. Elio M Rivera

La investigación médica de la crucifixión

  Llegamos ahora a una de las preguntas más importantes de toda nuestra investigación.

  Hasta este momento hemos estudiado Jerusalén, el Gólgota, el sepulcro de José de Arimatea, el huerto, la tumba y la enorme piedra que cerraba su entrada.

  Pero existe una cuestión que debemos resolver antes de hablar seriamente de una resurrección:

¿Jesucristo realmente murió en la cruz?

  La pregunta puede parecer extraña. Después de todo, los Evangelios afirman que murió, los soldados lo dieron por muerto y posteriormente su cuerpo fue preparado para ser sepultado.

  Sin embargo, existe una teoría utilizada para intentar explicar la resurrección sin aceptar que Jesús verdaderamente volvió de entre los muertos.

  La idea es sencilla:

¿Y si Jesús nunca murió?

  ¿Y si solamente perdió el conocimiento?

  ¿Y si fue bajado de la cruz todavía con vida?

  ¿Y si recuperó la conciencia dentro del sepulcro y posteriormente salió?

  Si esto fuera posible, entonces no estaríamos hablando de una resurrección.

  Estaríamos hablando de una supervivencia.

  Por eso esta pregunta merece ser investigada cuidadosamente.

Antes de estudiar la resurrección debemos demostrar la muerte

  En mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito? planteo este asunto como una condición indispensable para toda la investigación.

  Si no estamos convencidos de que la crucifixión realmente mató a Jesucristo, difícilmente podremos estar convencidos de que posteriormente resucitó.

  La lógica es inevitable:

Para resucitar, primero hay que morir.

  Por eso, durante esta subserie vamos a detenernos en la crucifixión y examinarla paso a paso.

  No solamente desde una perspectiva religiosa.

  También desde una perspectiva médica.

¿Qué era realmente una crucifixión romana?

  Para nosotros, la cruz se ha convertido en un símbolo del cristianismo.

  La encontramos en iglesias.

  La llevamos alrededor del cuello.

  Aparece en pinturas y obras de arte.

  Pero para una persona del siglo primero, una cruz significaba algo completamente diferente.

  Era un instrumento de ejecución.

  Roma no crucificaba a una persona para herirla.

  La crucificaba para matarla.

  En mi libro explico que la crucifixión fue utilizada durante siglos como una forma de ejecución y que los romanos llegaron a perfeccionarla hasta convertirla en una muerte lenta, dolorosa y públicamente humillante.

La crucifixión no comenzaba cuando aparecían los clavos

  Éste es un punto fundamental.

  Cuando pensamos en la muerte de Jesucristo, con frecuencia imaginamos inmediatamente los clavos atravesando sus manos y sus pies.

  Pero el deterioro físico había comenzado antes.

  Jesús había pasado por una noche de enorme tensión.

  Había sido arrestado.

  Había sido trasladado de un lugar a otro.

  Había sido interrogado.

  Había recibido golpes.

  Había sido sometido a humillaciones.

  Y posteriormente fue entregado para ser azotado.

  Por eso, para responder si era posible sobrevivir a esta crucifixión en particular, no podemos estudiar solamente las horas en la cruz.

  Tenemos que estudiar todo lo que ocurrió antes.

La flagelación romana

  Antes de ser crucificado, Jesús fue azotado.

  Juan registra:

“Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó.”
Juan 19:1

  Esta breve frase describe un acontecimiento físicamente brutal.

  La flagelación romana podía producir lesiones severas.

  En mi libro describo el instrumento utilizado como un látigo formado por varias correas de cuero en cuyos extremos podían colocarse objetos capaces de producir heridas profundas. La víctima era golpeada repetidamente sobre la espalda y otras regiones del cuerpo.

  Esto significa que Jesús llegó a la crucifixión después de haber sufrido un castigo corporal considerable.

Ya había perdido sangre antes de llegar a la cruz

  Desde una perspectiva médica, este punto resulta importantísimo.

  Una persona que pierde una cantidad considerable de sangre comienza a sufrir consecuencias fisiológicas.

  El volumen circulante disminuye.

  El corazón intenta compensar aumentando su trabajo.

  La presión arterial puede descender.

  Aparece debilidad.

  La persona puede experimentar sed intensa.

  Si la pérdida continúa, puede desarrollarse un estado de choque.

  Por eso no debemos imaginar a Jesucristo llegando al Gólgota como un hombre físicamente sano al que simplemente colocaron sobre una cruz.

  Llegó después de haber sufrido un proceso traumático considerable.

Jesús no pudo continuar cargando

  Los Evangelios proporcionan un detalle que adquiere especial importancia cuando analizamos su condición física.

  Los soldados obligaron a Simón de Cirene a cargar la cruz.

“Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.”
Lucas 23:26

  ¿Por qué tuvieron que hacerlo?

  El relato nos muestra que, en algún momento del recorrido, otra persona tuvo que hacerse cargo de la carga.

  Esto es perfectamente compatible con un hombre que ya había sufrido un castigo físico extremo.

Después llegaron los clavos

  Finalmente Jesús llegó al Gólgota.

  Allí fue crucificado.

  El cuerpo quedó suspendido.

  Las heridas producidas por la fijación a la cruz añadieron nuevo trauma al que ya había sufrido.

  Pero el problema no eran solamente los clavos.

  La posición misma del cuerpo comenzaba a producir consecuencias.

  Respirar se volvía cada vez más difícil.

  Moverse significaba dolor.

  El agotamiento aumentaba.

  La deshidratación progresaba.

  Y el organismo tenía que intentar mantenerse funcionando en condiciones cada vez más adversas.

La muerte por crucifixión no dependía de un solo mecanismo

  Éste es otro punto importante desde la perspectiva médica.

  No necesitamos imaginar que todas las personas crucificadas morían exactamente por una sola causa.

  En una ejecución de este tipo podían combinarse varios procesos:

  Trauma.

  Hemorragia.

  Choque.

  Deshidratación.

  Agotamiento extremo.

  Dificultad respiratoria.

  Alteraciones cardiovasculares.

  Y finalmente colapso del organismo.

  Por eso estudiar la muerte de Jesús requiere observar el conjunto de lesiones y acontecimientos, no buscar únicamente una herida fatal.

Los romanos sabían lo que estaban haciendo

  Aquí debemos recordar algo fundamental.

  Los hombres encargados de aquella ejecución eran soldados romanos.

  No eran discípulos intentando determinar si su Maestro todavía respiraba.

  No eran familiares emocionalmente afectados.

  Eran los encargados de ejecutar la sentencia.

  Y tenían experiencia con la muerte.

  Esto adquiere una importancia enorme cuando llegamos a las últimas horas de Jesús en la cruz.

Llegó el momento de comprobar si los crucificados habían muerto

  Juan relata que, debido a que se acercaba el día de reposo, se solicitó que los cuerpos no permanecieran en las cruces.

  Entonces los soldados comenzaron a quebrar las piernas de los crucificados.

“Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él.”
Juan 19:32

  Pero cuando llegaron a Jesús ocurrió algo diferente:

“Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.”
Juan 19:33

  Observe cuidadosamente:

“Le vieron ya muerto.”

  Los soldados examinaron a Jesús y determinaron que ya había muerto.

Pero uno de los soldados hizo algo más

  Juan continúa:

“Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.”
Juan 19:34

  Este acontecimiento será tan importante que merece un artículo propio dentro de esta subserie.

  Por ahora quiero destacar algo muy sencillo.

  Después de todo lo que Jesús había sufrido, después de horas de crucifixión y después de que los soldados determinaron que estaba muerto, todavía recibió una herida de lanza en el costado.

  La teoría de que simplemente estaba desmayado tendrá que explicar también esto.

Pilato quiso asegurarse

  Después apareció José de Arimatea.

  Pidió el cuerpo.

  Pero Pilato no simplemente respondió:

“Llévatelo.”

  Marcos registra:

“Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José.”
Marcos 15:44-45

  Esto es extraordinariamente importante.

  Tenemos una segunda comprobación.

  Los soldados habían observado que Jesús estaba muerto.

  Después Pilato preguntó específicamente al centurión.

  Y solamente cuando recibió confirmación permitió que José se llevara el cuerpo.

  En mi libro hago énfasis precisamente en esta cadena de comprobaciones.

José de Arimatea y Nicodemo tuvieron el cuerpo en sus manos

  Después aparecen otros dos testigos importantes.

  José de Arimatea.

  Nicodemo.

  Ellos no observaron a Jesús desde varios metros de distancia.

  Manipularon directamente su cuerpo.

  Lo bajaron.

  Lo prepararon.

  Lo envolvieron con lienzos y especias aromáticas.

  Y lo colocaron dentro del sepulcro.

  En mi libro utilizo precisamente sus acciones como evidencia de la muerte: estaban realizando los preparativos correspondientes a un cadáver, no tratando a una persona herida.

Pensemos ahora en la teoría de la supervivencia

  Supongamos, por un momento, que Jesús no murió.

  Aceptemos la hipótesis para examinarla.

  Entonces tendríamos que creer que sobrevivió:

  A los golpes.

  A la flagelación.

  A la pérdida de sangre.

  Al camino hacia el Gólgota.

  A los clavos.

  A las horas suspendido en la cruz.

  Al agotamiento.

  A la deshidratación.

  A la herida de la lanza.

  Y además tendríamos que creer que los soldados romanos se equivocaron al determinar su muerte.

  Que el centurión también se equivocó.

  Que José de Arimatea no notó que seguía vivo.

  Que Nicodemo tampoco lo notó.

  Y que después fue colocado dentro de una tumba.

  Pero todavía no hemos terminado.

Tendría que sobrevivir también a la sepultura

  Según Juan, José y Nicodemo envolvieron el cuerpo con lienzos y especias aromáticas.

  Después lo colocaron dentro del sepulcro.

  La entrada fue cerrada mediante una enorme piedra.

  Entonces, según la teoría de la supervivencia, Jesús tendría que haber recuperado la conciencia dentro de la tumba.

  Profundamente herido.

  Después de una pérdida importante de sangre.

  Sin atención médica.

  Sin agua.

  Sin alimentos.

  Y después tendría que liberarse de los lienzos.

  Ponerse de pie.

  Llegar hasta la entrada.

  Y enfrentarse con la enorme piedra.

Y todavía faltan los guardias

  Más adelante estudiaremos el sello y la guardia colocados para asegurar la tumba.

  Pero si la teoría sostiene que Jesús salió físicamente del sepulcro después de recuperarse, también tendremos que explicar cómo un hombre que acababa de sufrir semejantes lesiones consiguió superar las medidas colocadas frente a la tumba.

  Cada nueva pieza hace la explicación más difícil.

Y después tendría que convencer a sus discípulos de que había vencido la muerte

  Supongamos incluso que hubiera conseguido salir.

  ¿Qué habrían visto los discípulos?

  Un hombre apenas vivo.

  Gravemente lesionado.

  Necesitado urgentemente de atención.

  Eso no habría producido naturalmente el anuncio:

“¡Ha vencido a la muerte!”

  Habría producido otro:

“¡Está vivo! ¡Ayúdenlo!”

  Sobrevivir a una ejecución no es lo mismo que resucitar gloriosamente de entre los muertos.

La pregunta correcta no es si alguien alguna vez sobrevivió

  Al analizar este tema debemos ser precisos.

  La pregunta principal no es simplemente:

¿Ha sobrevivido alguna persona alguna vez a una crucifixión?

  La pregunta que realmente importa es:

¿Es razonable pensar que Jesucristo sobrevivió a todo lo que los Evangelios dicen que sufrió, fue declarado muerto por quienes lo ejecutaron, recibió una herida de lanza, fue preparado para la sepultura y colocado dentro de una tumba, y después salió por sus propias fuerzas?

  Ésa es la hipótesis que debe enfrentarse con la evidencia.

Mi conclusión

  Después de estudiar el proceso de la crucifixión y las circunstancias específicas de la muerte de Jesucristo, mi conclusión es firme:

Jesucristo murió en la cruz.

  No considero razonable explicar los acontecimientos posteriores diciendo que simplemente perdió el conocimiento y después despertó.

  Existió una ejecución romana.

  Existieron lesiones graves.

  Los soldados determinaron su muerte.

  Un soldado atravesó su costado.

  El centurión confirmó la muerte ante Pilato.

  José de Arimatea recibió el cadáver.

  José y Nicodemo lo prepararon para la sepultura.

  Y finalmente el cuerpo fue colocado dentro de un sepulcro y encerrado detrás de una enorme piedra.

  Antes de preguntarnos cómo salió de la tumba, tenemos que aceptar el punto al que nos conduce esta primera parte de la investigación:

El hombre que entró en aquella tumba estaba muerto.

  Pero hemos mencionado rápidamente un acontecimiento que merece ser estudiado mucho más detenidamente.

  Antes de los clavos.

  Antes de la cruz.

  Antes de la lanza.

  Jesús sufrió un castigo brutal que por sí mismo produjo un enorme deterioro físico.

La flagelación romana.

  Ese será nuestro siguiente tema.

Referencias bíblicas

Mateo 27:26-50.
Marcos 15:15-39, 42-45.
Lucas 23:26-46.
Juan 19:1-3, 16-37.
Juan 19:38-42.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Dr. Elio M Rivera

La investigación médica de la crucifixión

  Para comprender si Jesucristo realmente murió en la cruz, no podemos comenzar nuestro análisis cuando los clavos atravesaron su cuerpo. Su deterioro físico había comenzado mucho antes de llegar al Gólgota.

  Uno de los momentos más brutales fue la flagelación romana.

  El Evangelio de Juan lo describe con una frase muy breve:

“Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó.”
Juan 19:1

  Mateo también registra:

“Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.”
Mateo 27:26

  Para nosotros, la palabra “azotado” puede parecer simplemente un castigo con un látigo. Pero dentro del sistema romano representaba algo mucho más violento.

  En mi libro describo la flagelación como un procedimiento capaz de producir lesiones extremadamente graves incluso antes de comenzar la crucifixión.

Jesús llegó a la cruz después de haber sido flagelado

  Este punto es fundamental para nuestra investigación.

  Jesús no comenzó la crucifixión físicamente intacto.

  Cuando llegó al Gólgota ya había sido golpeado y flagelado.

  Por eso, cuando posteriormente estudiemos la pérdida de sangre, el choque, la deshidratación, el agotamiento y finalmente la muerte, tendremos que recordar que el proceso no comenzó sobre la cruz.

  Comenzó antes.

¿Cómo se realizaba la flagelación?

  En mi libro explico que el condenado era atado a una columna y azotado repetidamente.

  El instrumento utilizado podía consistir en varias tiras de cuero a las que se incorporaban fragmentos capaces de producir heridas mucho más graves que las provocadas por un látigo ordinario.

  Los golpes no solamente producían dolor.

  Las correas y los objetos colocados en ellas golpeaban y desgarraban los tejidos.

  Por eso debemos eliminar de nuestra mente la imagen de unos cuantos latigazos superficiales.

  Estamos hablando de un castigo brutal.

El látigo romano estaba diseñado para producir daño

  Cuando las correas golpeaban el cuerpo, los elementos incorporados al látigo podían penetrar y lesionar los tejidos.

  Con golpes repetidos, las heridas se multiplicaban.

  La piel podía abrirse.

  Los tejidos subyacentes podían lesionarse.

  Y comenzaba la hemorragia.

  Desde una perspectiva médica, este último elemento es especialmente importante.

  Porque el organismo necesita mantener un determinado volumen de sangre circulando para llevar oxígeno a los tejidos y conservar la presión necesaria para sostener la vida.

  Si una persona comienza a perder cantidades importantes de sangre, todo el organismo empieza a sufrir.

La pérdida de sangre comenzó antes del Gólgota

  Este punto será esencial cuando estudiemos posteriormente el choque hipovolémico.

  Jesús todavía no había sido clavado en la cruz y ya estaba perdiendo sangre.

  Cada herida producida durante la flagelación contribuía a esa pérdida.

  Por eso no podemos analizar las horas posteriores como si la crucifixión hubiera comenzado con un hombre completamente sano.

  Cuando Jesús salió hacia el Gólgota, su organismo ya había sido sometido a un trauma severo.

El dolor habría sido extraordinario

  También debemos considerar el efecto acumulativo del dolor.

  Un golpe aislado puede ser intenso.

  Ahora imagine golpes repetidos sobre una región que ya ha sido lesionada.

  Cada nuevo impacto vuelve a golpear tejidos dañados.

  El cuerpo responde al trauma.

  El sistema nervioso se encuentra sometido a una estimulación extrema.

  La frecuencia cardiaca puede aumentar.

  El organismo intenta mantener la circulación.

  Todo esto requiere energía en una persona que todavía tendrá que soportar la crucifixión.

Y después colocaron sobre Jesús un manto

  Mateo describe lo que ocurrió inmediatamente después:

“Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de él a toda la compañía; y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata.”
Mateo 27:27-28

  Imagine ese manto colocado sobre una espalda recién flagelada.

  Los tejidos estaban lesionados.

  Había sangre.

  Había heridas abiertas.

  Y todavía faltaban más agresiones.

La corona de espinas

  Los soldados no se detuvieron con la flagelación.

  Mateo continúa:

“Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!”
Mateo 27:29

  La corona de espinas no fue solamente una burla.

  Fue colocada sobre una región del cuerpo abundantemente irrigada.

  Después los soldados continuaron golpeándolo.

“Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza.”
Mateo 27:30

  Por lo tanto, además de las lesiones producidas por la flagelación, debemos añadir el traumatismo sobre la cabeza.

Después volvieron a quitarle el manto

  Mateo dice:

“Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle.”
Mateo 27:31

  Piense nuevamente en lo que significa esto físicamente.

  Un cuerpo flagelado.

  Heridas.

  Sangre.

  Un manto colocado sobre ellas.

  Después retirado.

  Y finalmente la ropa colocada nuevamente.

  Todo esto ocurrió antes de la crucifixión.

La flagelación ayuda a explicar lo que ocurrió camino al Gólgota

  Después de aquel castigo, Jesús fue llevado hacia el lugar de la crucifixión.

  Pero aparece un detalle muy importante:

“Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.”
Lucas 23:26

  ¿Por qué tuvieron que recurrir a Simón?

  El texto no nos proporciona un diagnóstico médico ni explica expresamente la razón. Pero dentro de la secuencia de acontecimientos acabamos de observar a un hombre sometido a golpes, flagelación, heridas y humillación física, que posteriormente necesitó que otra persona cargara la cruz.

  No debemos separar estos acontecimientos.

La flagelación era solamente la preparación

  Éste quizá sea uno de los aspectos más impresionantes.

  Todo lo que acabamos de describir ocurrió antes de que Jesús fuera crucificado.

  Todavía faltaban los clavos.

  Todavía faltaba la suspensión sobre la cruz.

  Todavía faltaban horas de sufrimiento.

  Todavía faltaban los efectos respiratorios y cardiovasculares.

  Y finalmente todavía faltaba la lanza.

  Por eso, cuando alguien propone que Jesucristo simplemente se desmayó en la cruz y posteriormente despertó dentro de la tumba, debemos comenzar nuestra respuesta mucho antes del sepulcro.

  Tenemos que comenzar aquí.

En la flagelación.

Desde el punto de vista médico, el organismo ya estaba comprometido

  Una persona sometida a semejante trauma tendría que enfrentarse a varios problemas simultáneamente.

  Dolor extremo.

  Lesiones extensas.

  Pérdida de sangre.

  Agotamiento.

  Respuesta fisiológica al trauma.

  Y progresivamente, si la pérdida sanguínea era suficientemente importante, disminución del volumen circulante.

  Esto nos conduce directamente hacia uno de los conceptos médicos más importantes para comprender la condición física de Jesús:

el choque hipovolémico.

  Cuando el organismo pierde suficiente sangre, comienza a luchar desesperadamente para conservar la circulación hacia órganos esenciales.

  El corazón trabaja más rápido.

  La presión puede disminuir.

  Aparece debilidad.

  La persona siente una sed intensa.

  Y, si la pérdida continúa, el organismo puede comenzar a colapsar.

Una frase de Jesús adquiere entonces otro significado

  Horas después, estando ya sobre la cruz, Jesús dijo:

“Tengo sed.”
Juan 19:28

  No debemos convertir una sola frase en un diagnóstico médico. Pero cuando posteriormente estudiemos la pérdida de sangre y la deshidratación sufridas durante todo el proceso, estas palabras adquirirán una importancia especial.

  El hombre que dijo “Tengo sed” había pasado por una flagelación brutal y después por horas de crucifixión.

La pregunta que debemos hacernos

  Volvamos a nuestro tribunal imaginario.

  Supongamos que alguien afirma:

“Jesús no murió. Solamente perdió el conocimiento.”

  Antes de discutir siquiera lo ocurrido dentro del sepulcro, yo preguntaría:

  ¿Ha considerado lo que ocurrió antes de la cruz?

  ¿Ha considerado la flagelación?

  ¿Ha considerado las heridas?

  ¿Ha considerado la pérdida de sangre?

  ¿Ha considerado la corona de espinas?

  ¿Ha considerado los golpes posteriores?

  ¿Ha considerado el agotamiento físico?

  Porque la crucifixión de Jesucristo no puede analizarse comenzando en el momento en que fue colocado sobre la cruz.

  Tenemos que estudiar el proceso completo.

La flagelación fue el comienzo de un deterioro progresivo

  No estoy diciendo que la flagelación, por sí sola, sea la prueba completa de la muerte de Jesucristo.

  Todavía tenemos mucho que investigar.

  Pero sí establece algo fundamental:

Jesús llegó al Gólgota gravemente traumatizado.

  Su cuerpo ya había sufrido lesiones.

  Ya había perdido sangre.

  Ya había soportado un castigo físico brutal.

  Y solamente entonces comenzó la crucifixión.

  Por eso, en nuestra investigación médica debemos seguir ahora una de las consecuencias más importantes de aquellas lesiones.

  La pérdida de sangre puede llevar al organismo a una condición potencialmente mortal.

  Nuestro siguiente tema será:

La pérdida de sangre y el choque hipovolémico

Referencias bíblicas

Mateo 27:26-31.
Marcos 15:15-20.
Lucas 23:26.
Juan 19:1-3.
Juan 19:16-18.
Juan 19:28.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Dr. Elio M Rivera

La investigación médica de la crucifixión

  En el artículo anterior hablamos de la flagelación romana. Ahora necesitamos detenernos y observar con mayor atención el instrumento utilizado para producir aquel castigo.

  Porque cuando los Evangelios dicen simplemente que Pilato mandó azotar a Jesús, esas pocas palabras pueden impedirnos comprender la magnitud de lo que realmente estaba ocurriendo.

  Mateo escribe:

“Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.”
Mateo 27:26

  Juan lo resume todavía más:

“Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó.”
Juan 19:1

  Pero aquel azote romano no debe imaginarse como un látigo ordinario.

  El instrumento que describo en mi libro estaba formado por varias correas de cuero, y en sus extremos podían colocarse objetos duros y cortantes capaces de golpear, penetrar y desgarrar los tejidos.

  Su propósito no era simplemente producir dolor.

Era destruir físicamente el cuerpo del condenado.

No era un látigo común

  Cuando escuchamos la palabra látigo, podríamos imaginar una sola tira larga de cuero golpeando la espalda.

  Pero el instrumento romano podía ser mucho más destructivo.

  En mi libro explico que estaba compuesto por varias correas de cuero que terminaban en elementos capaces de aumentar considerablemente el daño producido por cada golpe.

  Esto hacía que una sola descarga pudiera impactar simultáneamente diferentes puntos del cuerpo.

  Y cuando los golpes se repetían, las lesiones se acumulaban.

Primero golpeaba la piel

  Pensemos médicamente en lo que ocurría.

  Los primeros golpes traumatizaban la superficie del cuerpo.

  Aparecía inflamación.

  Se rompían pequeños vasos sanguíneos.

  Comenzaban las heridas.

  Pero los golpes continuaban.

  Y el siguiente impacto ya no caía necesariamente sobre piel intacta.

  Podía golpear sobre tejido que acababa de ser lesionado.

  Una y otra vez.

  Por eso el daño se hacía progresivamente mayor.

Las correas podían rodear parcialmente el cuerpo

  Al tratarse de correas flexibles, el impacto no tenía que limitarse necesariamente al punto directamente frente al soldado.

  Las tiras podían extenderse alrededor de la superficie corporal y producir lesiones en un área considerable.

  Esto ayuda a comprender por qué una flagelación severa podía producir un traumatismo mucho más extenso de lo que normalmente imaginamos.

  No debemos visualizar solamente unas cuantas líneas rojas sobre la espalda de Jesús.

  Estamos hablando de un cuerpo sometido repetidamente a un instrumento diseñado para castigar brutalmente.

Los elementos duros aumentaban el daño

  Las piezas incorporadas a las correas convertían el golpe en algo mucho más destructivo.

  Al impactar podían producir contusiones y heridas.

  Con los golpes repetidos, las lesiones podían hacerse progresivamente más profundas.

  Y cada nueva lesión significaba también nuevos puntos de sangrado.

  Aquí encontramos la conexión directa entre el flagrum y la condición médica de Jesucristo antes de llegar a la cruz.

Cada golpe contribuía a la pérdida de sangre

  Desde el punto de vista médico, la sangre que se pierde deja de participar en la circulación.

  Y nuestro organismo necesita mantener un volumen sanguíneo suficiente para transportar oxígeno y conservar la función de los órganos.

  Por eso la hemorragia producida por la flagelación no era simplemente una consecuencia visual del castigo.

  Podía comenzar a comprometer progresivamente todo el organismo.

  El corazón tendría que compensar.

  La frecuencia cardiaca aumentaría.

  La circulación periférica comenzaría a modificarse.

  La persona se debilitaría.

  Aumentaría la sed.

  Y si la pérdida de volumen continuaba, aparecería el peligro del choque hipovolémico.

Y todavía no había comenzado la crucifixión

  Éste es quizá el punto que más quiero que el lector comprenda.

  Mientras estamos describiendo todo esto:

Jesús todavía no está clavado en la cruz.

  Todavía no hemos llegado al Gólgota.

  Todavía no hemos estudiado los clavos.

  Todavía no hemos estudiado la posición del cuerpo.

  Todavía no hemos estudiado las dificultades respiratorias.

  Todavía no hemos llegado a la lanza.

  Estamos solamente en la flagelación.

  Por eso es incorrecto analizar la posibilidad de supervivencia de Jesús imaginando a un hombre sano que comenzó a sufrir cuando fue colocado sobre una cruz.

  Su organismo ya había sido severamente castigado.

Después vino la corona de espinas

  El flagrum tampoco fue la última agresión antes de la crucifixión.

  Los soldados continuaron.

  Mateo dice:

“Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas…”
Mateo 27:29

  Después:

“Tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza.”
Mateo 27:30

  Es decir, sobre un hombre que acababa de ser flagelado añadieron nuevas heridas y nuevos traumatismos.

  Todo formaba parte de un deterioro físico progresivo.

Después colocaron ropa sobre las heridas

  Mateo también registra que los soldados colocaron sobre Jesús un manto y posteriormente volvieron a quitárselo.

  Esto significa que el tejido entró en contacto con una superficie corporal recién lesionada.

  Después el manto fue retirado y volvieron a colocarle sus vestidos.

  Y entonces comenzó el camino hacia la crucifixión.

  No había descanso.

  No había tratamiento médico.

  No había reposición de líquidos.

  No había control de la hemorragia.

  El proceso continuaba.

El cuerpo comenzó a mostrar las consecuencias

  Durante el camino hacia el lugar de ejecución aparece Simón de Cirene.

  Lucas dice:

“Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.”
Lucas 23:26

  El Evangelio no nos da un diagnóstico médico explicando por qué ocurrió esto.

  Pero nosotros conocemos la secuencia anterior.

  Arresto.

  Golpes.

  Flagelación.

  Heridas.

  Pérdida de sangre.

  Corona de espinas.

  Nuevos golpes.

  Y después el camino hacia el Gólgota.

  Todo aquello había ocurrido antes de que comenzara propiamente la crucifixión.

¿Podía la flagelación matar?

  Una flagelación suficientemente severa podía producir lesiones extremadamente graves.

  Pero en el caso de Jesucristo no necesitamos afirmar que murió durante la flagelación.

  Los Evangelios dicen que llegó vivo al Gólgota y fue crucificado.

  Lo que necesitamos comprender es otra cosa:

El flagrum preparó un cuerpo ya profundamente traumatizado para la siguiente etapa de la ejecución.

  Jesús no tendría que sobrevivir solamente a los clavos y a las horas sobre la cruz.

  Para sostener la teoría de que nunca murió, tenemos que sumar todo lo que sufrió.

No podemos estudiar las lesiones por separado

  Éste es un principio médico fundamental para comprender el caso.

  No podemos decir:

“¿Puede una persona sobrevivir a una herida producida por un látigo?”

  Después:

“¿Puede sobrevivir a un clavo?”

  Después:

“¿Puede sobrevivir a una herida en el costado?”

  Y tratar cada lesión como si hubiera ocurrido en una persona diferente.

  Todas ocurrieron en el mismo cuerpo.

  El hombre que posteriormente fue clavado en la cruz era el mismo que había sido flagelado.

  El hombre que después sufrió deshidratación ya había perdido sangre.

  El hombre cuyo costado posteriormente fue atravesado por una lanza ya había soportado todo lo anterior.

  La evidencia debe estudiarse acumulativamente.

Imagine nuevamente nuestro tribunal

  Supongamos que estamos presentando el caso ante un juez.

  Alguien propone:

“Jesús solamente se desmayó.”

  Entonces yo colocaría el flagrum sobre la mesa como una de las primeras piezas de evidencia.

  Y preguntaría:

  ¿Ha considerado usted este instrumento?

  ¿Ha considerado las múltiples correas?

  ¿Ha considerado los elementos incorporados a ellas?

  ¿Ha considerado los golpes repetidos?

  ¿Ha considerado las heridas?

  ¿Ha considerado la hemorragia?

  ¿Ha considerado que todo esto ocurrió antes de la crucifixión?

  Porque no podemos evaluar seriamente la teoría de la supervivencia mientras ignoremos aquello que el cuerpo había sufrido antes de llegar al Gólgota.

Quiero que el lector vea el instrumento

  Éste sería uno de los artículos en los que considero especialmente útil utilizar una imagen del flagrum.

  No para convertir el sufrimiento de Jesucristo en un espectáculo.

  Sino porque ver la estructura del instrumento ayuda a comprender lo que una sola palabra del Evangelio significa.

  Cuando Mateo dice:

“Habiendo azotado a Jesús…”

  quiero que el lector comprenda que detrás de esa frase existe una realidad física.

  Correas.

  Impactos.

  Heridas.

  Sangre.

  Dolor.

  Y un organismo comenzando a deteriorarse antes siquiera de llegar a la cruz.

Esto apenas comienza

  El flagrum explica una parte importante de la condición física de Jesucristo.

  Pero ahora debemos preguntarnos:

¿Qué ocurre dentro del organismo cuando comienza a perder cantidades importantes de sangre?

  Aquí nuestra investigación se vuelve todavía más médica.

  Porque la pérdida de sangre afecta la presión arterial, el corazón, los riñones, el cerebro y finalmente la capacidad del organismo para conservar la vida.

  Y existe un nombre para la condición que puede desarrollarse cuando el volumen circulante disminuye peligrosamente:

Choque hipovolémico.

  Ese será nuestro siguiente tema:

La pérdida de sangre y el choque hipovolémico

Referencias bíblicas

Mateo 27:26-31.
Marcos 15:15-20.
Lucas 23:26.
Juan 19:1-3.
Juan 19:16-18.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

El choque hipovolémico

  Antes de llegar al Gólgota, Jesucristo ya había sufrido un castigo físico extraordinariamente severo. Había sido golpeado y flagelado, y aquellas lesiones habían provocado pérdida de sangre.

  Para comprender lo que esto significa desde el punto de vista médico, necesitamos explicar un concepto muy importante:

¿Qué es el choque hipovolémico?

  El choque hipovolémico ocurre cuando una persona pierde una cantidad considerable de sangre o líquidos y, como consecuencia, ya no existe suficiente volumen circulando por el organismo para mantener adecuadamente la presión arterial y llevar oxígeno a los órganos y tejidos.

  Dicho de una manera muy sencilla:

El cuerpo está perdiendo sangre y comienza a quedarse sin el volumen que necesita para continuar funcionando.

¿Qué ocurre cuando perdemos sangre?

  La sangre cumple funciones indispensables para la vida. Entre ellas, transporta el oxígeno desde los pulmones hacia los tejidos.

  Cuando comenzamos a perder sangre, el organismo intenta compensarlo inmediatamente.

  El corazón comienza a latir más rápido para tratar de mantener la circulación.

  Los vasos sanguíneos se contraen.

  El organismo intenta conservar el flujo de sangre hacia los órganos más importantes, especialmente el cerebro y el corazón.

  Pero si la pérdida continúa, llega un momento en que esos mecanismos ya no son suficientes.

  Entonces comienza el choque hipovolémico.

¿Cómo se siente una persona que está entrando en choque?

  A medida que disminuye el volumen de sangre circulante pueden aparecer diferentes manifestaciones.

  La persona puede experimentar:

  Si la pérdida de sangre continúa y no se corrige, los órganos dejan de recibir suficiente oxígeno y el estado puede progresar hasta pérdida del conocimiento, insuficiencia orgánica y finalmente la muerte.

¿Por qué es importante esto en la crucifixión de Jesús?

  Porque Jesús no llegó a la cruz en condiciones físicas normales.

  La flagelación había producido numerosas lesiones y pérdida de sangre.

  No recibió líquidos intravenosos.

  No recibió una transfusión.

  No recibió tratamiento para recuperar el volumen perdido.

  No recibió atención médica para detener las consecuencias del trauma.

  Por el contrario, después de ser flagelado, el castigo continuó.

  Por eso, cuando analizamos médicamente la crucifixión, debemos comprender que el organismo de Jesús ya estaba sometido a un deterioro progresivo antes de que comenzaran las horas sobre la cruz.

“Tengo sed”

  Hay una frase pronunciada por Jesús en la cruz que resulta particularmente interesante cuando estudiamos todo este proceso.

  Juan registra:

“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.”
Juan 19:28

  La sed puede presentarse en una persona que ha perdido una cantidad importante de sangre y líquidos.

  No debemos utilizar solamente estas dos palabras para establecer un diagnóstico médico. Pero dentro del conjunto de acontecimientos —trauma, hemorragia, agotamiento y horas de crucifixión— resultan perfectamente compatibles con una persona que estaba sufriendo una pérdida importante de volumen.

El organismo intenta sobrevivir

  El choque hipovolémico es, en cierto sentido, una lucha desesperada del cuerpo por conservar la vida.

  Cuando disminuye el volumen circulante, el organismo comienza a establecer prioridades.

  Reduce la circulación hacia regiones menos esenciales en ese momento para intentar conservar sangre para el corazón y el cerebro.

  El corazón aumenta su frecuencia.

  La respiración puede acelerarse.

  La persona se debilita progresivamente.

  Pero existe un límite.

  Si la pérdida de sangre continúa, finalmente el organismo ya no puede compensarla.

Esto ocurrió antes de terminar la crucifixión

  Éste es el punto que necesitamos conservar para los siguientes artículos.

  El choque hipovolémico no debe imaginarse como una lesión independiente.

  Forma parte de un proceso.

  Jesús había sufrido traumatismos.

  Había sido flagelado.

  Había perdido sangre.

  Había sido llevado hacia el Gólgota.

  Y posteriormente todavía tendría que soportar la crucifixión.

  Por eso, al preguntarnos si Jesucristo realmente murió, tenemos que estudiar el efecto acumulativo de todo lo que sufrió.

  La pérdida de sangre producida antes y durante la crucifixión colocaba al organismo en una situación cada vez más peligrosa.

¿Qué debemos recordar?

  El choque hipovolémico ocurre cuando la pérdida de sangre o líquidos reduce peligrosamente el volumen circulante.

  El corazón intenta compensarlo.

  La presión arterial puede disminuir.

  Los tejidos comienzan a recibir menos oxígeno.

  Aparecen debilidad y sed intensa.

  Y si el proceso continúa sin tratamiento, puede terminar en colapso circulatorio, falla orgánica y muerte.

  Esto nos permite comprender mucho mejor la condición física en la que se encontraba Jesucristo.

  Antes de estudiar los clavos, la posición sobre la cruz, la dificultad respiratoria y la herida producida por la lanza, debemos recordar algo fundamental:

Jesús llegó al Gólgota con un organismo que ya había sufrido un trauma severo y una importante pérdida de sangre.

Referencias bíblicas

Mateo 27:26-31.
Marcos 15:15-20.
Lucas 23:26.
Juan 19:1-3.
Juan 19:28-30.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

La investigación médica de la crucifixión

  Después de estudiar la flagelación y comprender el choque hipovolémico, llegamos al momento en que Jesucristo fue colocado sobre la cruz.

  Los Evangelios describen este acontecimiento con sorprendente brevedad:

“Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí…”
Lucas 23:33

  Juan dice:

“Y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.”
Juan 19:18

  Solamente unas palabras:

“Le crucificaron.”

  Pero ¿qué significaba físicamente ser clavado en una cruz?

Jesús fue clavado

  Aunque los relatos de la crucifixión no se detienen a describir el procedimiento de introducir cada clavo, después de la resurrección encontramos una declaración que confirma que Jesús había sufrido heridas producidas por ellos.

  Tomás dijo:

“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.”
Juan 20:25

  Observe que habla de:

“La señal de los clavos.”

  Por lo tanto, no estamos suponiendo que Jesucristo fue clavado. El propio relato bíblico conserva evidencia de esas heridas.

Primero había que fijar el cuerpo a la cruz

  La finalidad de los clavos era mantener al condenado sujeto al instrumento de ejecución.

  El cuerpo tenía que permanecer suspendido durante el tiempo necesario para que la crucifixión produjera la muerte.

  Por eso no debemos imaginar pequeños clavos semejantes a los utilizados en carpintería doméstica.

  Tenían que soportar las fuerzas producidas por el peso y los movimientos de una persona suspendida.

  Desde una perspectiva médica, introducir un objeto metálico de semejantes características a través de una extremidad produce inevitablemente un traumatismo considerable.

¿Dónde fueron colocados los clavos?

  Aquí debemos ser cuidadosos.

  La Biblia habla de las heridas en las manos de Jesucristo, pero no proporciona una descripción anatómica milimétrica del punto por donde penetraron los clavos.

  Por eso no quiero afirmar más de lo que el propio relato permite establecer.

  Lo que sí podemos afirmar es que Jesucristo fue clavado a la cruz y que, después de la resurrección, las marcas producidas por aquellos clavos continuaban siendo identificables.

  Jesús mismo dijo a Tomás:

“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”
Juan 20:27

Los clavos producían heridas profundas

  Pensemos ahora desde el punto de vista médico.

  Cuando un clavo penetra una extremidad, tiene que atravesar diferentes estructuras anatómicas.

  Piel.

  Tejido subcutáneo.

  Vasos sanguíneos.

  Y, dependiendo de la trayectoria exacta, puede afectar músculos, tendones, ligamentos, huesos o estructuras nerviosas.

  Por eso no estamos hablando simplemente de un pequeño orificio.

  Estamos hablando de una herida penetrante traumática.

El dolor podía ser extraordinario

  Las manos y las regiones cercanas a las muñecas poseen una importante inervación.

  Una lesión producida por un clavo en esta zona podía generar un dolor extremadamente intenso, especialmente si afectaba estructuras nerviosas.

  Y debemos recordar algo:

  Jesús ya había sido flagelado.

  Ya había perdido sangre.

  Ya estaba debilitado.

  Ahora se añadían nuevas heridas.

  El trauma seguía acumulándose.

Los pies también fueron fijados

  El cuerpo no quedaba suspendido únicamente por los miembros superiores.

  Los pies también eran fijados a la cruz.

  Esto tenía una importancia enorme porque las piernas participarían posteriormente en los movimientos que el condenado necesitaba realizar mientras permanecía suspendido.

  Cada intento por modificar la posición corporal significaba ejercer presión sobre las heridas.

  Por lo tanto, el sufrimiento no terminaba cuando se introducía el clavo.

  Las heridas continuarían soportando fuerzas y movimiento durante toda la crucifixión.

Después levantaban la cruz

  Una cosa es imaginar a una persona acostada mientras es fijada.

  Otra muy diferente es comprender lo que ocurre cuando posteriormente el cuerpo queda suspendido.

  En ese momento cambia completamente la distribución del peso.

  Los puntos de fijación comienzan a soportar las fuerzas generadas por el cuerpo.

  Los brazos quedan extendidos.

  Las piernas permanecen fijadas.

  Y cualquier intento de modificar la posición provoca dolor en las heridas.

  La cruz se convierte entonces en un instrumento en el que el propio peso corporal forma parte del tormento.

Cada movimiento tenía un precio

  Una persona crucificada no permanecía simplemente inmóvil.

  El organismo todavía intentaba sobrevivir.

  El condenado trataría de modificar su posición buscando aliviar determinadas tensiones y facilitar la respiración.

  Pero para hacerlo tendría que utilizar brazos y piernas que estaban precisamente sujetos a la cruz.

  Esto significa que cada movimiento podía aumentar el dolor producido en los puntos de fijación.

  Empujar con los pies implicaba presión sobre las heridas de los pies.

  Modificar la posición de los brazos afectaba las heridas de los miembros superiores.

  Y todo ocurría mientras el cuerpo estaba ya agotado.

Las heridas también añadían pérdida de sangre

  Los clavos producían nuevas lesiones y, con ellas, nuevos puntos de sangrado.

  Esto debe sumarse a la sangre que Jesús ya había perdido durante la flagelación.

  Éste es un principio que debemos conservar durante toda nuestra investigación:

Las lesiones no ocurrieron aisladamente.

  Se acumularon.

  El hombre clavado en la cruz era el mismo hombre que minutos antes había sido flagelado.

  El mismo que había sufrido múltiples heridas.

  El mismo que había comenzado a perder sangre.

  El mismo que había llegado al Gólgota físicamente debilitado.

Las heridas de los clavos permanecieron después de la resurrección

  Existe algo extraordinario en el relato de Juan.

  Cuando Jesucristo apareció vivo a sus discípulos, las heridas podían ser reconocidas.

  Tomás había dicho que necesitaba ver:

“La señal de los clavos.”

  Y cuando Jesús apareció, no negó que esas señales existieran.

  Al contrario, le dijo:

“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos…”

  Las heridas que habían formado parte de su ejecución se convirtieron después en una manera de identificar al mismo Jesús que había sido crucificado.

Los clavos por sí solos no explican la muerte

  También debemos ser precisos médicamente.

  No necesitamos afirmar que Jesús murió simplemente porque unos clavos atravesaron sus extremidades.

  La crucifixión debe analizarse como un proceso completo.

  Flagelación.

  Traumatismo.

  Pérdida de sangre.

  Debilitamiento.

  Clavos.

  Suspensión del cuerpo.

  Dolor.

  Deshidratación.

  Agotamiento.

  Deterioro respiratorio y circulatorio.

  Y finalmente, en el caso de Jesús, una herida de lanza en el costado.

  Cada elemento se suma al anterior.

La cruz estaba diseñada para prolongar el sufrimiento

  Ésta es una de las características más terribles de la crucifixión.

  Los clavos no necesariamente producían una muerte instantánea.

  Precisamente por eso el condenado podía permanecer vivo durante un periodo considerable mientras su organismo se deterioraba progresivamente.

  El objetivo no era una muerte rápida.

  La crucifixión convertía el tiempo mismo en parte del castigo.

Regresemos a nuestra pregunta principal

  Estamos investigando:

¿Jesús realmente murió?

  Por eso cada etapa importa.

  Hasta este momento hemos encontrado a un hombre que había sufrido una flagelación brutal, había perdido sangre y posteriormente fue fijado mediante clavos a una cruz.

  Pero todavía falta comprender qué ocurrió cuando su cuerpo quedó suspendido allí.

  Porque una vez levantada la cruz comenzaron a intervenir otras fuerzas.

  El peso del cuerpo.

  La posición de los brazos.

  El movimiento de las piernas.

  El agotamiento muscular.

  Y, especialmente, la respiración.

  Éste será uno de los aspectos médicos más importantes de toda nuestra investigación.

Nuestro siguiente tema: ¿Qué le ocurría al cuerpo mientras permanecía suspendido en la cruz?

Referencias bíblicas

Lucas 23:33.
Juan 19:16-18.
Juan 20:24-29.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Dr. Elio M Rivera

La investigación médica de la crucifixión

  Después de estudiar la flagelación, la pérdida de sangre, el choque hipovolémico y las heridas producidas por los clavos, llegamos a una pregunta fundamental:

¿Cómo moría realmente una persona crucificada?

  Muchas veces imaginamos que la persona moría inmediatamente al ser clavada en la cruz.

  Pero no era así.

  Como explico en mi libro, el horror de la crucifixión no terminaba cuando la persona era clavada al madero, porque la muerte no llegaba inmediatamente. Existen registros de crucificados que permanecieron horas e incluso días sobre la cruz antes de morir.

  Ésta era precisamente una de las características que hacían de la crucifixión una forma de ejecución tan terrible:

La muerte podía llegar lentamente.

El propio peso del cuerpo se convertía en parte del tormento

  Una vez levantada la cruz, el condenado quedaba suspendido.

  Los brazos permanecían extendidos.

  Los pies estaban fijados.

  Y el peso del propio cuerpo comenzaba a ejercer una enorme tensión.

  A partir de ese momento, el crucificado tenía que luchar constantemente contra su propia posición.

  El sufrimiento ya no provenía solamente de las heridas.

  Ahora todo el cuerpo participaba en el proceso.

Respirar se convertía en una lucha

  La posición del crucificado dificultaba progresivamente la respiración.

  Para respirar mejor, el condenado tenía que intentar modificar la posición de su cuerpo, impulsándose sobre los pies clavados.

  Se levantaba.

  Respiraba.

  Volvía a descender.

  Y repetía el movimiento.

  Una y otra vez.

  Durante horas.

  Cada respiración exigía esfuerzo. Cada movimiento producía nuevo dolor. Y mientras esto sucedía, los músculos se agotaban progresivamente.

Pero impulsarse significaba apoyarse sobre las heridas

  Aquí estaba parte del horror.

  Para conseguir una posición más favorable para respirar, la persona tenía que utilizar precisamente las extremidades que habían sido lesionadas.

  Los pies estaban atravesados.

  Los miembros superiores estaban fijados.

  Por lo tanto, intentar elevar el cuerpo significaba aumentar la presión y el dolor sobre las heridas.

  Pero no hacerlo significaba que respirar se hacía cada vez más difícil.

  El crucificado quedaba atrapado en un ciclo terrible:

Dolor para respirar.

Agotamiento al respirar.

Y nuevamente dolor para volver a respirar.

Los músculos se agotaban

  Ninguna persona puede realizar indefinidamente un esfuerzo físico semejante.

  Con el paso del tiempo aparecía agotamiento muscular.

  Cada movimiento se hacía más difícil.

  La persona estaba debilitada por el dolor, la pérdida de sangre, la falta de líquidos y el propio esfuerzo de mantenerse sobre la cruz.

  Llegaba un momento en que las fuerzas comenzaban a desaparecer.

  Y cuando el crucificado ya no podía sostenerse adecuadamente, el temor de asfixiarse aumentaba. Éste es precisamente uno de los elementos que describo en mi libro al hablar del deterioro final del condenado.

Al mismo tiempo continuaba perdiendo líquidos

  Pero la dificultad respiratoria no era el único problema.

  El crucificado también sufría una pérdida importante de líquidos.

  Había sangre perdida por las heridas.

  Había exposición prolongada.

  Había deshidratación.

  Y no existía una reposición adecuada de líquidos.

  Por eso, en mi libro señalo que los crucificados podían llegar a sufrir una deshidratación grave.

  Esto se añadía a todos los demás problemas.

El choque hipovolémico continuaba avanzando

  Ya explicamos anteriormente qué significa el choque hipovolémico.

  El organismo necesita mantener suficiente volumen de sangre y líquidos circulando para llevar oxígeno a los tejidos.

  Pero el crucificado había sufrido heridas y continuaba perdiendo líquidos.

  El corazón intentaba compensar.

  El cuerpo trataba de conservar la circulación.

  Pero mientras las pérdidas continuaran y no existiera tratamiento, la capacidad de compensación iría disminuyendo.

  Por eso, en mi libro incluyo el choque hipovolémico entre los mecanismos que contribuían a la muerte del crucificado.

También existía un choque traumático

  No debemos olvidar la cantidad de traumatismo que el organismo había sufrido.

  Golpes.

  Flagelación.

  Heridas.

  Clavos.

  Dolor extremo.

  Horas de sufrimiento físico y emocional.

  En mi libro hablo también de choque traumático, precisamente porque no estamos ante una sola lesión aislada, sino ante un organismo sometido a un trauma extraordinariamente severo.

Las heridas permanecían sin tratamiento

  En una crucifixión no había atención médica destinada a salvar al condenado.

  Nadie estaba limpiando las heridas.

  Nadie estaba deteniendo la hemorragia.

  Nadie estaba administrando líquidos.

  Nadie estaba tratando de evitar complicaciones.

  El propósito era exactamente lo contrario:

Que muriera.

  Por eso, si la persona permanecía durante mucho tiempo sobre la cruz, las heridas desatendidas podían también desarrollar graves infecciones.

  En mi libro incluyo la sepsis entre las posibles causas que contribuían a la muerte de quienes sobrevivían suficiente tiempo crucificados.

No todos necesariamente morían exactamente de la misma manera

  Éste es un punto importante.

  La crucifixión no debe entenderse como si existiera una única causa de muerte idéntica en todos los casos.

  Lo que encontramos es un conjunto de mecanismos capaces de llevar finalmente al organismo al colapso.

  En mi libro los resumo principalmente como:

Choque hipovolémico.

Choque traumático.

Deshidratación grave.

Sepsis en los casos prolongados.

  A esto se añadía la creciente dificultad para respirar conforme el crucificado perdía la fuerza necesaria para seguir sosteniendo su cuerpo.

El tiempo era parte de la ejecución

  Esto nos ayuda a comprender algo terrible acerca de la cruz.

  Roma no necesitaba que la persona muriera inmediatamente.

  El condenado podía permanecer allí.

  El tiempo trabajaba contra él.

  Cada hora significaba mayor agotamiento.

  Mayor sed.

  Mayor deshidratación.

  Mayor deterioro circulatorio.

  Mayor sufrimiento.

  Y menos fuerza para continuar sosteniendo el cuerpo.

  Por eso describo en mi libro una muerte lenta acompañada de dolor inimaginable, calor y una sed abrasadora.

¿Por qué quebraban las piernas?

  Ahora podemos comprender mucho mejor un acontecimiento registrado por Juan.

  Los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en las cruces durante el día de reposo.

  Entonces pidieron a Pilato que se quebraran las piernas de los crucificados.

  Juan dice:

“Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él.”
Juan 19:32

  ¿Por qué las piernas?

  Porque las piernas eran fundamentales para que el condenado pudiera seguir impulsándose y sosteniendo su cuerpo.

  Si se eliminaba esa posibilidad, el deterioro final podía acelerarse enormemente.

  Pero cuando los soldados llegaron a Jesús ocurrió algo diferente:

“Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.”
Juan 19:33

  No necesitaban acelerar su muerte.

Jesús ya estaba muerto.

La crucifixión tenía un objetivo: matar

  Éste es uno de los puntos en los que soy especialmente enfático en mi libro.

  La finalidad de la cruz no era desmayar al condenado ni dejarlo gravemente herido.

  Era ejecutarlo.

  Esto es fundamental cuando posteriormente examinemos la teoría de que Jesucristo solamente perdió el conocimiento.

  Esa teoría no tiene que explicar únicamente cómo sobrevivió a unos clavos.

  Tiene que explicar cómo sobrevivió a todo el proceso de ejecución.

En el caso de Jesús, el proceso había comenzado mucho antes

  Además, Jesucristo no llegó a la cruz en condiciones normales.

  Ya había sido golpeado.

  Había sido flagelado.

  Había perdido sangre.

  Estaba debilitado.

  Después fue clavado.

  Su cuerpo quedó suspendido.

  Continuó perdiendo líquidos.

  Aumentó la deshidratación.

  Los músculos fueron agotándose.

  Y llegó el momento en que murió.

  Todo esto debe considerarse acumulativamente.

Por eso la teoría del simple desmayo enfrenta un enorme problema

  Para afirmar que Jesús simplemente se desmayó tendríamos que sostener que, después de todo este proceso, los soldados confundieron una pérdida de conciencia con la muerte.

  Pero los soldados estaban realizando una ejecución.

  Y cuando llegaron a Jesús observaron que ya había muerto.

  Por eso no quebraron sus piernas.

  Todavía faltaba, además, algo extraordinariamente importante:

uno de ellos atravesó su costado con una lanza.

  Ese acontecimiento lo estudiaremos por separado.

Mi conclusión

  En mi libro resumo la muerte de un crucificado como el resultado de un proceso lento y devastador en el que podían intervenir choque hipovolémico, choque traumático, deshidratación, infección en casos prolongados y una creciente dificultad respiratoria mientras desaparecían las fuerzas para sostener el cuerpo.

  La cruz no estaba diseñada para producir un desmayo.

Estaba diseñada para producir la muerte.

  Y eso es precisamente lo que debemos recordar al investigar la resurrección.

  No estamos preguntándonos si Jesucristo pudo recuperarse de una lesión menor.

  Estamos investigando si un hombre sometido a una ejecución romana completa realmente murió.

  Mi conclusión, como la expreso en mi libro, es clara:

El Señor Jesucristo realmente murió en la cruz del Calvario.

  Ahora debemos estudiar una de las últimas acciones realizadas por los soldados para comprobarlo:

¿Por qué quebraban las piernas de los crucificados?

Referencias bíblicas

Mateo 27:26-50.
Marcos 15:15-39.
Lucas 23:26-46.
Juan 19:28-37.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Dr. Elio M Rivera

La investigación médica de la crucifixión

  Esta es una de las objeciones más importantes que debemos analizar si queremos investigar seriamente la resurrección.

  La teoría sería la siguiente:

Jesucristo no murió realmente en la cruz. Solamente perdió el conocimiento. Después fue colocado en la tumba, recuperó la conciencia y salió.

  Si eso hubiera ocurrido, entonces no estaríamos hablando de una resurrección.

  Estaríamos hablando de una supervivencia.

  Por eso esta explicación merece ser examinada con cuidado.

Primero: la crucifixión no tenía como objetivo provocar un desmayo

  Como hemos estudiado en los artículos anteriores, la crucifixión romana era una forma de ejecución.

  Su finalidad era matar.

  Jesús había sido golpeado.

  Había sido flagelado.

  Había perdido sangre.

  Había sufrido las heridas de los clavos.

  Había permanecido suspendido en la cruz.

  Había sufrido deshidratación y un deterioro físico progresivo.

  Por eso, antes siquiera de llegar a la tumba, la teoría del desmayo ya tiene que enfrentarse con todo el proceso de la crucifixión.

  Como explico en mi libro, si alguna teoría afirmara que Jesús simplemente perdió el conocimiento, sobrevivió a la crucifixión o se recuperó posteriormente dentro del sepulcro, entonces la primera cuestión que tendría que resolver sería si realmente podía haber sobrevivido a todo lo que sufrió.

Los soldados romanos dijeron que estaba muerto

  Juan registra:

“Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.”
Juan 19:33

  Esto es fundamental.

  Los soldados llegaron hasta Jesús con el propósito de acelerar la muerte de los crucificados.

  A los otros dos les quebraron las piernas.

  A Jesús no.

  ¿Por qué?

Porque lo vieron ya muerto.

  No estamos hablando de una conclusión tomada por uno de sus discípulos.

  Quienes lo determinaron fueron los mismos hombres responsables de ejecutar la sentencia.

Pero todavía hicieron algo más

  Uno de los soldados tomó una lanza.

  Juan escribe:

“Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.”
Juan 19:34

  En mi libro hago énfasis en que esto fue una acción adicional que no realizaron con los otros dos crucificados. Para mí, los soldados no podían dejar duda alguna acerca de la muerte de Jesucristo y por eso realizaron esta comprobación adicional.

  Por lo tanto, para sostener que Jesús solamente estaba inconsciente habría que afirmar que los soldados romanos confundieron a un hombre desmayado con un cadáver y que, además, aquel hombre sobrevivió a la herida de la lanza.

Juan estaba allí y dio testimonio

  Juan no presenta este acontecimiento como un rumor.

  Escribe:

“Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis.”
Juan 19:35

  En mi libro también examino el detalle de la “sangre y agua” que Juan afirma haber observado después de que el soldado atravesó el costado de Jesús. Allí lo utilizo como parte de mi argumento médico para sostener que la muerte había ocurrido realmente.

  Para nuestra investigación, lo importante aquí es que Juan describe una comprobación física posterior a la crucifixión.

Pilato tampoco aceptó simplemente la noticia

  Después apareció José de Arimatea y pidió el cuerpo.

  Marcos dice:

“Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José.”
Marcos 15:44-45

  Observe la secuencia.

  Pilato no entregó inmediatamente el cuerpo.

  Preguntó al centurión.

  Esperó la confirmación.

  Y solamente después autorizó la entrega.

  Así que la teoría del desmayo tendría que suponer también que el centurión romano se equivocó al certificar la muerte.

Después José de Arimatea tuvo el cuerpo en sus manos

  Aquí aparece otro problema para la teoría.

  José de Arimatea recibió el cuerpo.

  Nicodemo también participó en la preparación.

  Ellos no observaron a Jesús desde lejos.

  Lo tocaron.

  Lo envolvieron.

  Prepararon el cuerpo para la sepultura.

  Y lo colocaron dentro del sepulcro.

  Sus acciones hablan directamente de lo que creían estar manipulando:

un cadáver.

José y Nicodemo no trataron a Jesús como un herido

  En mi libro hago precisamente esta observación.

  José y Nicodemo compraron especias aromáticas, envolvieron el cuerpo con lienzos y realizaron la preparación funeraria conforme a la costumbre judía.

  Yo argumento que jamás habrían realizado todo este procedimiento si hubieran percibido señales de que Jesús seguía vivo.

  Si Jesús hubiera estado inconsciente pero vivo, la reacción lógica habría sido completamente diferente.

  No lo habrían preparado para sepultarlo.

  Habrían intentado auxiliarlo.

  Lo habrían llevado a un lugar donde pudiera respirar.

  Habrían buscado ayuda.

  Pero no hicieron nada de eso.

Las especias también forman parte del problema

  Juan dice que Nicodemo llevó aproximadamente cien libras de mirra y áloes.

  El cuerpo fue envuelto con los lienzos y las especias.

  En mi libro explico que estas sustancias fueron colocadas entre las vendas que envolvían el cuerpo, y hago énfasis particularmente en la mirra.

  Por lo tanto, la teoría del desmayo tendría que aceptar que un hombre gravemente traumatizado permaneció envuelto para la sepultura sin que José ni Nicodemo descubrieran que seguía vivo.

Después fue colocado dentro de una tumba

  Ahora sigamos la teoría hasta sus últimas consecuencias.

  Jesús tendría que haber sobrevivido:

  A la flagelación.

  A la pérdida de sangre.

  A los clavos.

  A la crucifixión.

  A la deshidratación.

  A la herida de lanza.

  Al examen de los soldados.

  A la certificación del centurión.

  A la manipulación de José de Arimatea y Nicodemo.

  A la preparación funeraria.

  Y después habría sido colocado dentro de una tumba excavada en roca.

  Pero todavía falta más.

La tumba fue cerrada

  José:

“Hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro.”

  Así que, según la teoría del desmayo, Jesús tendría que haber recuperado la conciencia dentro del sepulcro.

  Sin atención médica.

  Sin líquidos.

  Sin alimentos.

  Profundamente herido.

  Después tendría que liberarse de los lienzos.

  Ponerse de pie.

  Caminar sobre pies atravesados por clavos.

  Utilizar manos profundamente heridas.

  Y remover desde el interior una enorme piedra.

Y posteriormente tendría que enfrentarse a la guardia

  Más adelante estudiaremos con mucho detalle la guardia romana y el sello colocado sobre la tumba.

  Pero la teoría de la supervivencia también tendrá que explicar ese elemento.

  Un Jesús apenas recuperado de una ejecución romana tendría que abandonar el sepulcro a pesar de las medidas utilizadas para impedir que alguien sacara el cuerpo.

  Cada pieza que añadimos hace que la explicación resulte más difícil.

Y después tendría que presentarse ante sus discípulos

  Supongamos que hubiera conseguido todo lo anterior.

  Entonces aparece otro problema.

  ¿Qué habrían visto sus discípulos?

  Un hombre destrozado.

  Con heridas graves.

  Debilitado.

  Necesitado urgentemente de cuidados.

  Un hombre que apenas había logrado sobrevivir.

  ¿Habría producido aquella imagen la convicción de que Jesús había vencido gloriosamente a la muerte?

  En mi libro afirmo que, si Jesucristo hubiera sobrevivido en el estado físico que habría dejado la crucifixión, no habría podido caminar normalmente, utilizar adecuadamente sus extremidades ni presentarse como una figura de victoria; habría producido horror y lástima.

El desmayo no explica la transformación de los discípulos

  Los discípulos posteriormente comenzaron a proclamar:

“Jesús resucitó.”

  No dijeron:

“Jesús sobrevivió.”

  No dijeron:

“Encontramos a Jesús gravemente herido y lo estamos atendiendo.”

  Su convicción fue completamente diferente.

  Afirmaron haber visto al mismo Jesús que había muerto, ahora vivo.

  Por eso la teoría del desmayo no solamente tiene que explicar la supervivencia física.

  También tiene que explicar por qué quienes lo vieron posteriormente llegaron a la conclusión de que había resucitado.

La teoría requiere una cadena de errores extraordinaria

  Para aceptar que Jesús simplemente se desmayó, tendríamos que aceptar simultáneamente que:

  Los soldados romanos se equivocaron.

  El soldado de la lanza no produjo una lesión mortal.

  El centurión se equivocó al informar a Pilato.

  José de Arimatea no percibió que seguía vivo.

  Nicodemo tampoco.

  La preparación funeraria no terminó de matarlo.

  Jesús recuperó fuerzas sin recibir tratamiento.

  Se liberó de los lienzos.

  Movió la piedra.

  Salió de la tumba.

  Y después logró convencer a sus discípulos de que no era un sobreviviente gravemente herido, sino el vencedor de la muerte.

  No considero que esa explicación haga justicia al conjunto de los acontecimientos.

Mi conclusión

  En esta investigación no basta con encontrar una posibilidad imaginable.

  Necesitamos encontrar una explicación que pueda sostener todas las piezas del caso.

  La teoría del desmayo falla precisamente allí.

  No explica adecuadamente la crucifixión.

  No explica la comprobación de los soldados.

  No explica la lanza.

  No explica la confirmación del centurión.

  No explica la actuación de José y Nicodemo.

  No explica la sepultura.

  No explica la tumba cerrada.

  Y tampoco explica la transformación posterior de los discípulos.

  Por eso mi conclusión permanece firme:

Jesucristo no salió de la cruz desmayado. Jesucristo murió.

  Y esta afirmación nos conduce a la siguiente pregunta.

  Si realmente estaba muerto:

¿Quién comprobó oficialmente su muerte?

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-60.
Marcos 15:42-46.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:31-42.
Juan 20:24-29.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Dr. Elio M Rivera

La comprobación de la muerte de Jesús

  Después de estudiar la flagelación, los clavos, la pérdida de sangre, el choque hipovolémico y la forma en que moría un crucificado, todavía necesitamos responder una pregunta decisiva:

¿Quién comprobó que Jesucristo realmente estaba muerto?

  Esta pregunta es fundamental porque, si alguien pretende afirmar que Jesús solamente se desmayó, entonces tendría que explicar por qué personas pertenecientes a grupos completamente diferentes, con intereses incluso opuestos, llegaron a la misma conclusión: Jesús había muerto.

  En mi libro presento varios grupos de testigos. Algunos amaban a Jesús. Otros querían verlo muerto. Algunos eran autoridades. Otros eran discípulos. Pero todos coincidieron en un mismo hecho.

Los soldados romanos

  El primer grupo que debemos considerar son los soldados encargados de la ejecución.

  Juan registra:

“Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.”
Juan 19:32-33

  Esta frase es extraordinariamente importante:

“Le vieron ya muerto.”

  Los soldados habían ido precisamente a acelerar la muerte de los crucificados.

  A los otros dos les quebraron las piernas.

  Pero cuando llegaron a Jesús determinaron que ya no era necesario hacerlo.

  ¿Por qué?

  Porque Jesús ya estaba muerto.

Ellos conocían la muerte

  No estamos hablando de personas sin experiencia.

  Los soldados romanos estaban acostumbrados a la violencia, las ejecuciones y la muerte.

  Además, ellos eran responsables de llevar la sentencia hasta sus últimas consecuencias.

  En mi libro insisto en que tenían razones poderosas para asegurarse de que Jesucristo realmente hubiera muerto.

  No podían permitirse entregar vivo a un condenado cuya ejecución estaba bajo su responsabilidad.

Todavía realizaron una comprobación adicional

  Y aquí aparece algo que considero extraordinario.

  Aunque determinaron que Jesús ya estaba muerto, uno de los soldados hizo algo adicional:

“Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.”
Juan 19:34

  En mi libro hago énfasis en que esta acción no fue realizada con los otros dos crucificados.

  Ellos recibieron el quebramiento de las piernas.

  Jesús, en cambio, fue atravesado con una lanza.

  Mi conclusión es clara: los soldados no querían dejar ninguna duda acerca de su muerte.

El centurión confirmó oficialmente la muerte

  Después aparece José de Arimatea.

  José fue ante Pilato y pidió el cuerpo de Jesucristo.

  Pero Pilato no simplemente entregó el cadáver.

  Marcos dice:

“Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José.”
Marcos 15:44-45

  Observe la secuencia:

  José pide el cuerpo.

  Pilato duda porque Jesús había muerto relativamente pronto.

  Pilato llama al centurión.

  El centurión confirma que Jesús está muerto.

  Solamente entonces Pilato autoriza la entrega.

  Esto constituye una confirmación oficial por parte de las autoridades romanas.

Pilato también quedó convencido

  Aunque Pilato no examinó personalmente el cuerpo, tomó una decisión oficial basándose en el informe del centurión.

  Y esa decisión fue entregar el cuerpo para la sepultura.

  No habría tenido sentido autorizar la entrega de un condenado todavía vivo como si fuera un cadáver.

  Por eso la cadena de comprobación romana es muy importante:

Soldados → centurión → Pilato.

El apóstol Juan fue testigo

  Después tenemos a una persona perteneciente a un grupo completamente diferente.

  Juan.

  No era soldado.

  No era funcionario romano.

  Era discípulo de Jesús.

  Y afirmó haber presenciado lo ocurrido.

  Después de describir la herida de la lanza, escribió:

“Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis.”
Juan 19:35

  Juan no presenta esta información como algo que escuchó años después.

  La presenta como algo que afirma haber visto.

La sangre y el agua

  En mi libro dedico una atención especial a la expresión de Juan:

“Salió sangre y agua.”

  Desde mi perspectiva como médico, interpreto este dato como una señal física importante relacionada con la muerte de Jesucristo. En el libro explico la separación entre el coágulo y el componente líquido de la sangre y considero este testimonio parte de la evidencia de que la circulación había cesado.

  Para Juan, lo que observó tenía tanta importancia que escribió expresamente que daba testimonio para que otros creyeran.

Los principales sacerdotes también actuaron como hombres convencidos de su muerte

  Ahora llegamos a otro grupo completamente diferente:

los enemigos de Jesús.

  Los principales sacerdotes habían participado activamente en los acontecimientos que condujeron a la crucifixión.

  Y después de la muerte de Jesús hicieron algo muy revelador.

  Pidieron que la tumba fuera asegurada.

  Pidieron un sello.

  Pidieron una guardia.

  ¿Por qué?

  Porque no estaban preocupados por que Jesús despertara.

  Estaban preocupados por que alguien afirmara que había resucitado.

  En mi libro señalo precisamente que su comportamiento demuestra que actuaban como personas convencidas de que Jesús estaba muerto.

José de Arimatea y Nicodemo

  Después aparecen dos testigos extraordinariamente importantes:

José de Arimatea y Nicodemo.

  Ellos no observaron el cuerpo desde una distancia considerable.

  Lo tuvieron en sus manos.

  Lo bajaron de la cruz.

  Lo sostuvieron.

  Lo envolvieron.

  Lo prepararon para la sepultura.

  En mi libro los identifico expresamente como el cuarto grupo de testigos de la muerte de Jesús.

Sus acciones dicen más que muchas palabras

  José y Nicodemo no necesitaban declarar:

“Jesús está muerto.”

  Sus acciones lo demostraban.

  Juan dice:

“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.”
Juan 19:40

  No estaban tratando a un herido.

  No estaban intentando reanimarlo.

  No buscaban detener una hemorragia.

  No intentaban darle agua.

  Estaban realizando preparativos funerarios.

Estuvieron suficientemente cerca para saberlo

  Este detalle hace especialmente fuerte su testimonio.

  José y Nicodemo tuvieron que manipular físicamente el cuerpo.

  Estuvieron suficientemente cerca para percibir cualquier respiración, movimiento o señal de vida.

  En otro estudio mío lo expreso de esta manera: ellos no observaron a Jesús desde lejos; lo tocaron, lo bajaron de la cruz, lo sostuvieron y prepararon personalmente su sepultura.

  Y ninguno actuó como si estuviera atendiendo a una persona viva.

También estaban las mujeres y quienes lo amaban

  A estos testigos se suman personas que amaban profundamente a Jesús.

  Su madre.

  Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea.

  Juan.

  José.

  Nicodemo.

  Algunas de estas personas presenciaron la crucifixión y otras participaron directamente en el tratamiento del cuerpo.

  Lo extraordinario es que quienes deseaban verlo vivo llegaron a la misma conclusión que quienes deseaban verlo muerto.

Pensemos en la fuerza de este conjunto

  Tenemos entonces personas con intereses totalmente diferentes.

  Los soldados tenían la obligación de cumplir la ejecución.

  El centurión tenía responsabilidad militar.

  Pilato tenía responsabilidad política.

  Los principales sacerdotes querían asegurarse de que su enemigo hubiera sido eliminado.

  Juan amaba a Jesús.

  José y Nicodemo eran sus seguidores.

  Las mujeres lo amaban profundamente.

  Y todos reaccionaron sobre la base de una misma realidad:

Jesucristo estaba muerto.

  Como resumo en otro de mis estudios, algunos querían verlo vivo y otros querían verlo muerto; sin embargo, todos coincidieron en ese mismo hecho.

¿Cuántos errores tendríamos que aceptar para sostener la teoría del desmayo?

  Para afirmar que Jesús seguía vivo tendríamos que sostener que:

  Los soldados se equivocaron.

  El centurión se equivocó.

  Pilato recibió información equivocada.

  Juan interpretó mal lo que vio.

  Los sacerdotes actuaron bajo una suposición falsa.

  José de Arimatea no notó señales de vida.

  Nicodemo tampoco.

  Las mujeres tampoco.

  Y todos, desde enemigos hasta amigos, llegaron simultáneamente a una conclusión equivocada.

  No considero razonable esa explicación.

La muerte de Jesús no depende de un solo testigo

  Ésta es una de las fortalezas del caso.

  No tenemos que depender únicamente de Juan.

  Ni solamente de un soldado.

  Ni solamente de José de Arimatea.

  Tenemos varios niveles de comprobación.

  Una comprobación militar.

  Una confirmación oficial romana.

  Un testigo ocular.

  Los enemigos de Jesús.

  Y las personas que posteriormente manipularon y sepultaron su cuerpo.

  Todos convergen.

La conclusión

  Cuando comencé esta parte de la investigación dije que, para creer en una resurrección, primero necesitábamos un muerto.

  Ahora podemos responder:

Sí. Jesucristo realmente murió.

  Los soldados lo comprobaron.

  El centurión lo confirmó.

  Pilato recibió esa confirmación y entregó el cuerpo.

  Juan presenció la escena.

  José de Arimatea y Nicodemo prepararon el cadáver.

  Sus enemigos actuaron como hombres convencidos de que estaba muerto.

  Y sus amigos también.

  Por eso el verdadero problema ya no es:

“¿Estaba vivo cuando lo colocaron en la tumba?”

  La pregunta cambia completamente:

Si estaba muerto, ¿qué ocurrió después con su cuerpo?

  Pero antes de avanzar hacia la tumba, debemos estudiar con mayor detenimiento una de las evidencias físicas más impresionantes de todo el relato:

La lanza del soldado romano

Referencias bíblicas

Mateo 27:50-66.
Marcos 15:37-47.
Lucas 23:46-56.
Juan 19:30-42.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Dr. Elio M Rivera

Una comprobación final de la muerte de Jesucristo

  Después de estudiar la crucifixión y los distintos testigos que comprobaron la muerte de Jesucristo, llegamos a uno de los detalles más impresionantes del relato de Juan:

Un soldado romano atravesó el costado de Jesús con una lanza.

  Juan escribió:

“Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.”
Juan 19:33-34

  Este acontecimiento es especialmente importante porque los soldados ya habían determinado que Jesús estaba muerto.

  Y, sin embargo, uno de ellos hizo algo adicional.

  Tomó una lanza.

  La introdujo en el costado de Jesucristo.

  Y Juan, que afirma haber presenciado la escena, observó salir:

“Sangre y agua.”

Los otros crucificados recibieron un procedimiento diferente

  Recordemos lo que estaba ocurriendo.

  Se acercaba el día de reposo y las autoridades querían retirar los cuerpos de las cruces.

  Por eso se pidió que se quebraran las piernas de los condenados para acelerar su muerte.

  Juan escribió:

“Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él.”
Juan 19:32

  Pero cuando llegaron a Jesucristo:

“Le vieron ya muerto.”

  Por eso no le quebraron las piernas.

  Aquí, sin embargo, aparece algo que destaco especialmente en mi libro:

  Los soldados hicieron con Jesús una acción extra que no realizaron con los otros dos crucificados.

¿Por qué utilizar la lanza si ya estaba muerto?

  Esta es una pregunta importante.

  Si los soldados ya consideraban que Jesús había muerto, ¿por qué uno de ellos atravesó su costado?

  En mi libro expongo mi conclusión con claridad.

  Los soldados se encontraban bajo la presión de las autoridades y no podían permitirse dejar ninguna duda acerca de la muerte de Jesucristo.

  Por eso considero que la lanza funcionó como una comprobación adicional.

  No estamos hablando de un intento por salvarlo.

  No estamos hablando de una prueba para ver si reaccionaba.

  Estamos hablando de la acción de un soldado encargado de una ejecución.

Juan estaba allí

  El detalle adquiere todavía más fuerza porque Juan no lo presenta como un rumor.

  Inmediatamente después de describir la lanza escribe:

“Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis.”
Juan 19:35

  Juan está diciendo:

“Yo lo vi.”

  Vio al soldado.

  Vio la herida.

  Y vio salir sangre y agua.

  Para él, aquel detalle era suficientemente importante como para dejarlo registrado expresamente.

¿Qué significa “sangre y agua”?

  Aquí es donde, como médico, el relato adquiere para mí una importancia especial.

  En mi libro explico que cuando extraemos sangre para realizar estudios de laboratorio y no añadimos anticoagulante, con el tiempo se produce coagulación y puede separarse un componente líquido que conocemos como suero.

  Por eso relaciono la descripción de Juan —“sangre y agua”— con cambios que ocurren en la sangre cuando ha dejado de circular normalmente.

  Mi argumento en el libro es que aquello que Juan observó constituye otra evidencia de que Jesucristo realmente estaba muerto.

Juan probablemente no conocía la explicación médica

  Esto me parece especialmente interesante.

  Juan no era un médico escribiendo un tratado acerca de coagulación sanguínea.

  Simplemente describió lo que vio:

“Salió sangre y agua.”

  En mi libro planteo precisamente que quizá Juan no comprendía todo el significado médico de aquello que estaba observando, pero decidió registrarlo porque había sucedido delante de él.

  Para mí, eso hace que el detalle resulte todavía más interesante.

  No parece estar intentando inventar una explicación médica.

  Está narrando una observación.

Una herida adicional después de la crucifixión

  Ahora pensemos nuevamente en la teoría de que Jesucristo solamente se desmayó.

  Ya tendría que haber sobrevivido:

  A la flagelación.

  A la pérdida de sangre.

  Al choque.

  A los clavos.

  A las horas suspendido en la cruz.

  A la deshidratación.

  Al agotamiento.

  Y después, cuando los soldados ya lo consideran muerto:

A una herida profunda de lanza en el costado.

  La teoría del desmayo se vuelve todavía más difícil de sostener.

El soldado no estaba intentando ayudarlo

  Esto debe quedar muy claro.

  Aquel soldado no era un médico buscando salvar a Jesucristo.

  Era parte de la ejecución.

  Su objetivo no era preservar la vida del condenado.

  Cuando utilizó la lanza, lo hizo sobre un hombre al que los soldados ya consideraban muerto.

  En mi libro interpreto esta acción como la decisión de no dejar ninguna duda.

La lanza se suma a una cadena de comprobaciones

  No debemos estudiar este acontecimiento aisladamente.

  La fuerza del caso aparece cuando juntamos todas las piezas.

  Primero, Jesús sufrió una ejecución romana.

  Después, los soldados observaron que estaba muerto.

  No le quebraron las piernas porque ya no era necesario.

  Uno de ellos atravesó su costado con una lanza.

  Juan presenció lo ocurrido.

  Más tarde, el centurión confirmó la muerte ante Pilato.

  Y solamente después el cuerpo fue entregado a José de Arimatea.

  Por lo tanto, la lanza forma parte de una cadena completa de comprobación.

Si Jesús hubiera estado vivo, todavía faltaría explicar a José y Nicodemo

  Incluso suponiendo que Jesucristo hubiera sobrevivido milagrosamente a la lanza, la teoría tendría todavía otro problema.

  José de Arimatea y Nicodemo recibirían después su cuerpo.

  Lo tocarían.

  Lo bajarían de la cruz.

  Lo prepararían para la sepultura.

  Lo envolverían con lienzos y especias.

  Y lo colocarían dentro de un sepulcro.

  Ninguno actuó como si estuviera atendiendo a un herido. Actuaron como hombres que estaban dando sepultura a una persona muerta.

La profecía también aparece en el relato

  Juan conecta los acontecimientos con las Escrituras:

“Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.”
Juan 19:36-37

  Las piernas de Jesús no fueron quebradas.

  Pero su costado fue traspasado.

  Para Juan, aquello tenía también un significado profético.

La lanza elimina todavía más la posibilidad del simple desmayo

  Volvamos nuevamente al tribunal imaginario.

  Supongamos que alguien declara:

“Creo que Jesús simplemente perdió el conocimiento.”

  Entonces tendríamos que preguntar:

  ¿Sobrevivió a la flagelación?

  ¿Sobrevivió a la crucifixión?

  ¿Sobrevivió al choque y la pérdida de sangre?

  ¿Por qué los soldados lo declararon muerto?

  ¿Por qué el centurión confirmó su muerte?

  ¿Y qué hacemos con la lanza?

  Cada evidencia independiente podría discutirse.

  Pero nuestro caso no depende de una sola evidencia.

  Depende del conjunto.

Para mí, el testimonio de Juan es especialmente poderoso

  Como médico, siempre me ha impresionado que Juan haya incluido precisamente el detalle de la sangre y el agua.

  Él mismo dijo que estaba escribiendo lo que había visto:

“Y el que lo vio da testimonio.”

  En mi libro afirmo que Juan quería dejar testimonio de que la muerte del Señor Jesús fue verdadera y que personalmente había observado cómo el soldado traspasó su costado.

  No estamos frente a una descripción de alguien que supuestamente despertó después de una breve pérdida del conocimiento.

  Estamos ante el relato de una ejecución completada.

La conclusión

  La lanza del soldado romano no fue el acontecimiento que comenzó la muerte de Jesucristo.

  Cuando ocurrió, Juan dice claramente:

Jesús ya estaba muerto.

  Pero la lanza se convirtió en una comprobación adicional.

  Y por eso ocupa un lugar tan importante dentro de nuestra investigación.

  Los soldados lo consideraron muerto.

  El centurión posteriormente lo confirmó.

  Juan vio el costado traspasado.

  Y después José de Arimatea y Nicodemo recibieron y prepararon el cuerpo para la sepultura.

  Para mí, toda esta evidencia conduce a una conclusión:

Jesucristo verdaderamente murió en la cruz.

  Ya no necesitamos preguntarnos si simplemente perdió el conocimiento.

  El siguiente paso es seguir aquel cuerpo después de que fue bajado del madero.

¿Qué ocurrió con el cuerpo que José de Arimatea recibió de Pilato?

Referencias bíblicas

Juan 19:31-37.
Marcos 15:42-45.
Mateo 27:57-60.
Juan 19:38-42.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:

Dr. Elio M Rivera

La última comprobación antes de la sepultura

  Después de estudiar la lanza del soldado romano, llegamos a uno de los momentos más importantes para establecer que Jesucristo realmente estaba muerto.

  El cuerpo fue bajado de la cruz.

  Pero no desapareció.

  No quedó abandonado.

  No fue entregado a personas desconocidas.

  Fue recibido por un hombre concreto:

José de Arimatea.

  Y junto con él aparece también Nicodemo.

  Estos dos hombres tuvieron algo que pocos podían decir:

Tuvieron el cuerpo de Jesucristo en sus propias manos.

José pidió el cuerpo a Pilato

  Los Evangelios dicen que José de Arimatea era un hombre rico, miembro del concilio y discípulo de Jesús.

  Después de la muerte del Señor, fue ante Pilato y pidió su cuerpo.

  Marcos registra:

“José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.”
Marcos 15:43

  En mi libro hago notar que José debió tener una posición suficientemente importante como para poder presentarse rápidamente ante el gobernador y solicitar el cuerpo.

Pilato no entregó un hombre herido

  Este punto es fundamental.

  José no pidió:

“Permítame llevarme a Jesús para atender sus heridas.”

  Pidió:

El cuerpo.

  Y Pilato autorizó su entrega como cuerpo de una persona que había muerto.

  Como ya estudiamos, antes de hacerlo Pilato había recibido la confirmación del centurión.

  Por lo tanto, lo que José recibió de la autoridad romana no fue un prisionero herido.

  Fue el cadáver de Jesucristo.

Ahora José podía comprobarlo personalmente

  Hasta ese momento habíamos tenido varias comprobaciones.

  Los soldados.

  La lanza.

  Juan.

  El centurión.

  Pilato.

  Pero ahora aparece una forma de comprobación completamente distinta.

  José de Arimatea y Nicodemo estarían físicamente junto al cuerpo.

  Tendrían que manipularlo.

  Moverlo.

  Envolverlo.

  Prepararlo.

  Transportarlo.

  Y depositarlo dentro del sepulcro.

  Sería extraordinariamente difícil que un hombre vivo pasara por todo este procedimiento sin que ellos lo percibieran.

Nicodemo llegó con mirra y áloes

  Juan dice:

“También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.”
Juan 19:39

  En mi libro señalo que estamos hablando de aproximadamente cincuenta kilogramos de especias aromáticas utilizadas en la preparación del cuerpo.

  No fueron a curar heridas.

  Fueron a preparar un muerto para la sepultura.

Lo envolvieron en lienzos

  Juan continúa:

“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.”
Juan 19:40

  Observe la expresión:

“Según es costumbre sepultar.”

  Lo que estaban realizando era un procedimiento funerario.

  No médico.

  No estaban intentando reanimarlo.

  No estaban tratando de controlar una hemorragia.

  No estaban buscando agua para que bebiera.

  No estaban abriendo sus vías respiratorias.

  Lo estaban preparando para ser sepultado.

Sus acciones son un testimonio de la muerte

  En mi libro hago precisamente esta pregunta:

¿Por qué digo que José de Arimatea y Nicodemo hablaron directamente de la muerte de Jesús aunque no pronunciaran la palabra “muerte”?

  La respuesta es sencilla:

Por lo que hicieron.

  Reclamaron el cuerpo.

  Consiguieron las especias.

  Lo envolvieron.

  Y lo prepararon para la sepultura.

  Sus acciones son incompatibles con la idea de que pensaran que Jesús seguía vivo.

Si hubiera estado desmayado, habrían actuado de manera completamente diferente

  Este argumento ocupa un lugar importante en mi libro.

  Supongamos que, mientras José o Nicodemo manipulaban el cuerpo, hubieran detectado respiración.

  Un pulso.

  Un movimiento.

  Una reacción.

  Cualquier señal de vida.

  ¿Qué habrían hecho?

  ¿Lo habrían envuelto y colocado dentro de una tumba?

  Por supuesto que no.

  Habrían intentado salvarlo.

  En mi libro lo expreso de manera muy sencilla:

Si Jesús hubiera estado desmayado, lo lógico habría sido llevarlo a un lugar de aire fresco, no encerrarlo dentro de una tumba.

La mirra formaba parte de la preparación

  Entre las sustancias utilizadas se encontraba la mirra.

  En mi libro explico que la mirra se adhería al cuerpo y quedaba integrada con los lienzos utilizados para envolverlo.

  La imagen que debemos tener es la de un cuerpo cuidadosamente preparado para la sepultura.

  No la de una persona inconsciente que simplemente fue colocada sobre una cama.

El cuerpo tuvo que ser manipulado directamente

  Piense en lo que implica preparar un cadáver.

  José y Nicodemo tuvieron que estar muy cerca.

  No podían realizar este trabajo a varios metros de distancia.

  Tuvieron que tocar el cuerpo.

  Mover los brazos.

  Mover las piernas.

  Manipular las heridas.

  Colocar los lienzos.

  Incorporar las especias.

  Y trasladarlo.

  Si hubiera existido respiración, pulso, movimientos involuntarios o cualquier señal de conciencia, ellos habrían tenido una oportunidad extraordinaria para descubrirlo.

Y no estaban buscando que Jesús muriera

  Aquí existe una diferencia fundamental entre José y los soldados.

  Los soldados pertenecían al sistema que ejecutó la sentencia.

  José y Nicodemo eran seguidores de Jesucristo.

  Si alguien hubiera deseado descubrir que todavía estaba vivo, eran ellos.

  Por eso su comportamiento tiene un enorme peso.

  No tenían ningún interés en declarar muerto a un hombre que podía salvarse.

  Sin embargo, actuaron exactamente como hombres convencidos de que tenían delante un cadáver.

José quitó el cuerpo de la cruz

  En mi libro reconstruyo la escena de esta manera: José recibió el cuerpo, lo retiró de la cruz, lo envolvió en una sábana limpia y, junto con Nicodemo, realizó la preparación antes de llevarlo al sepulcro.

  Este momento conecta dos lugares fundamentales de nuestra investigación:

La cruz y la tumba.

  El mismo cuerpo que estuvo colgado en el Gólgota fue el cuerpo que José trasladó hasta el sepulcro.

No existió oportunidad para sustituir el cuerpo

  Esto también merece atención.

  Estamos siguiendo una cadena continua:

  Jesús está en la cruz.

  Los soldados comprueban la muerte.

  José solicita el cuerpo.

  Pilato autoriza su entrega.

  José recibe ese cuerpo.

  Nicodemo participa en su preparación.

  Las mujeres observan.

  Y el cuerpo es llevado a un sepulcro específico.

  No aparece un momento en el relato donde el cuerpo simplemente desaparezca y después aparezca otro.

  La secuencia es continua.

El sepulcro estaba muy cerca

  Juan explica:

“Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.”
Juan 19:41

  Y añade:

“Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.”
Juan 19:42

  No tuvieron que recorrer una enorme distancia.

  El sepulcro estaba cerca del lugar de la crucifixión.

Las mujeres observaron dónde fue colocado

  Lucas registra otro detalle fundamental:

“Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo.”
Lucas 23:55

  Por lo tanto, no solamente José y Nicodemo sabían dónde quedó Jesús.

  Las mujeres también lo vieron.

  Observaron:

el sepulcro

y

cómo fue puesto su cuerpo.

  En mi libro hago énfasis en que después regresaron para preparar más especias y ungüentos.

Después cerraron el sepulcro

  Mateo dice:

“Y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.”
Mateo 27:60

  Ahora la secuencia está completa.

  El hombre había muerto.

  Su muerte había sido comprobada.

  El cuerpo había sido entregado.

  José y Nicodemo lo habían preparado.

  Había sido colocado dentro del sepulcro.

  Y una enorme piedra cerró la entrada.

Si queremos sostener la teoría del desmayo, ahora el problema es todavía mayor

  Supongamos nuevamente que Jesús estuviera vivo.

  Entonces tendríamos que creer que José y Nicodemo no lo descubrieron mientras manipulaban su cuerpo.

  Que sobrevivió a la preparación funeraria.

  Que fue colocado dentro de un sepulcro.

  Que permaneció allí sin atención médica.

  Que recuperó la conciencia.

  Que consiguió liberarse de los lienzos y las especias.

  Y que después pudo escapar de una tumba cerrada mediante una enorme piedra.

  Para mí, cada nueva etapa hace esta explicación menos razonable.

José y Nicodemo son testigos extraordinarios

  Por eso en mi libro los considero un grupo fundamental entre quienes comprobaron la muerte de Jesucristo.

  Los soldados podían verlo desde afuera.

  Juan podía observar la escena.

  Pero José y Nicodemo:

Tuvieron el cuerpo en sus manos.

  Y actuaron como personas que sabían perfectamente lo que estaban haciendo:

sepultar a un muerto.

La conclusión

  ¿Qué clase de cuerpo recibió José de Arimatea de Pilato?

  No el cuerpo de un hombre que necesitaba recuperarse.

  No el cuerpo de alguien que solamente estaba dormido.

  No el cuerpo de un condenado que había sobrevivido secretamente.

  José recibió:

El cuerpo muerto de Jesucristo.

  Y ese cuerpo fue preparado cuidadosamente.

  Fue envuelto.

  Fue llevado a un sepulcro nuevo.

  Fue colocado dentro.

  Las mujeres observaron dónde quedó.

  Y finalmente una gran piedra cerró la entrada.

  Con esto podemos cerrar esta parte de la investigación con una conclusión firme:

El hombre colocado dentro de aquel sepulcro estaba verdaderamente muerto.

  Ahora la investigación cambia completamente.

  Ya no debemos preguntarnos:

“¿Sobrevivió Jesús?”

  La siguiente gran pregunta es:

Si estaba muerto y su cuerpo quedó dentro de una tumba cerrada, ¿cómo terminó vacía?

Referencias bíblicas

Mateo 27:57-61.
Marcos 15:42-47.
Lucas 23:50-56.
Juan 19:38-42.

Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Explore el libro completo aquí.

Escuche música con propósito:

Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo: