Por el Dr. Elio M Rivera
El escenario donde ocurrió el acontecimiento que cambió la historia
Para comprender verdaderamente la muerte y la resurrección de Jesucristo, debemos hacer algo antes de acercarnos al Gólgota o entrar en la tumba:
Tenemos que viajar, por un momento, a la Jerusalén del siglo primero.
Quiero invitarlo a imaginar que caminamos juntos por aquella ciudad.
No estamos entrando en la Jerusalén moderna que millones de personas visitan actualmente. Debemos intentar mirar más allá de los edificios, carreteras y construcciones que aparecieron posteriormente, y reconstruir mentalmente la ciudad que conocieron Jesús y sus discípulos.
Aquella Jerusalén era una ciudad extraordinariamente religiosa, pero al mismo tiempo vivía bajo una enorme tensión política.
Allí estaba el Templo.
Allí se encontraba el sacerdocio.
Allí llegaban peregrinos para celebrar las grandes fiestas judías.
Pero sobre toda aquella vida religiosa se extendía la sombra de un poder extranjero:
Roma.
Comprender estas dos fuerzas —el poder religioso judío y el poder político romano— será indispensable para entender lo que ocurrió con Jesucristo.
Jerusalén estaba bajo el dominio de Roma
Cuando Jesucristo vivió, las tierras bíblicas estaban bajo el dominio del Imperio Romano. Roma controlaba extensos territorios y utilizaba su poder militar para mantener sometidos a los pueblos conquistados. En mi libro describo precisamente este ambiente y señalo la importancia que tenían el ejército, los impuestos y castigos brutales como la flagelación y la crucifixión para conservar el control.
Por lo tanto, cuando Jesús caminaba por Jerusalén, Israel no era políticamente libre.
Los judíos conservaban su religión, sus Escrituras, sus sacerdotes y muchas de sus costumbres, pero vivían bajo una autoridad superior.
Roma.
Y Roma tenía una preocupación fundamental:
mantener el orden.
Una revuelta podía convertirse en un problema político.
Una multitud podía convertirse en una rebelión.
Y una persona que fuera proclamada rey podía convertirse inmediatamente en una amenaza.
Dos mundos convivían en la misma ciudad
Esto nos ayuda a comprender algo que posteriormente será fundamental durante el juicio de Jesús.
En Jerusalén convivían, de alguna manera, dos sistemas de autoridad.
Por una parte estaba la autoridad religiosa judía.
Por otra, la autoridad política romana.
Los sacerdotes podían acusar.
Podían interrogar.
Podían ejercer una enorme influencia sobre el pueblo.
Pero Roma poseía el poder político y militar.
Por eso, cuando finalmente se decide llevar a Jesús a la muerte, encontramos a estos dos mundos interactuando.
Los líderes religiosos quieren eliminarlo.
Pero aparece Poncio Pilato.
Aparecen soldados romanos.
Aparece una sentencia romana.
Y finalmente aparece una cruz romana.
La crucifixión de Jesús no ocurrió en un vacío religioso.
Ocurrió precisamente en la intersección entre religión, política y poder.
El pueblo judío vivía bajo una profunda frustración
Intentemos ahora mirar Jerusalén desde los ojos de una persona judía común.
Era su tierra.
Allí estaba Jerusalén.
Allí estaba el Templo.
Allí estaban las promesas de Dios dadas a Israel.
Pero una potencia extranjera dominaba la nación.
En mi libro describo al pueblo judío de aquellos días como un pueblo que se sentía oprimido bajo el dominio romano.
En ese ambiente, la esperanza mesiánica adquiría una enorme importancia.
El pueblo esperaba la intervención de Dios.
Esperaba liberación.
Esperaba al Mesías.
Pero muchos imaginaban esa liberación en términos muy diferentes de la misión que Jesús estaba realizando.
Esperaban poder.
Esperaban victoria.
Esperaban liberarse de Roma.
Y entonces apareció un hombre de Galilea anunciando:
“El reino de Dios se ha acercado.”
Entonces apareció Jesús
Jesús no llegó a Jerusalén como un comandante militar.
No llevaba un ejército detrás de Él.
No estaba organizando soldados para atacar una fortaleza romana.
Sin embargo, había algo que podía resultar todavía más peligroso para quienes vivían del poder:
la gente lo seguía.
Multitudes acudían a escucharlo.
Personas hablaban de sus milagros.
Los enfermos lo buscaban.
Sus enseñanzas despertaban admiración.
Y algunas personas comenzaron a preguntarse si aquel hombre podía ser el Mesías.
Esto colocaba a Jesús en una posición extraordinariamente delicada.
Jerusalén tenía otro centro de poder: el Templo
Para comprender la Jerusalén de aquellos días debemos mirar también hacia el Templo.
El Templo no era simplemente un edificio hermoso.
Era el centro de una parte fundamental de la vida religiosa judía.
Sacrificios.
Celebraciones.
Peregrinaciones.
Sacerdotes.
Todo convergía allí.
Y alrededor de aquella institución existía una estructura de autoridad religiosa.
Precisamente aquí comenzaría uno de los grandes conflictos entre Jesús y ciertos líderes religiosos.
En mi libro hago énfasis en que el liderazgo sacerdotal de aquella época tenía importantes intereses religiosos, económicos y políticos, y que durante el ministerio de Jesús encontramos repetidamente confrontaciones, intentos por desacreditarlo y finalmente planes para eliminarlo.
Jesús entró directamente en aquel mundo
Ahora podemos comprender mejor por qué algunos acontecimientos de los últimos días de Jesús fueron tan importantes.
Jesús no permaneció escondido en alguna aldea distante.
Llegó a Jerusalén.
Entró en la ciudad.
Enseñó públicamente.
Y entró en el propio Templo.
Allí confrontó prácticas que consideraba contrarias al propósito de Dios.
El Evangelio registra aquellas palabras extraordinarias:
“Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”
Mateo 21:13
Imagine el impacto.
Jesús estaba hablando en el corazón mismo de la vida religiosa de Israel.
No estaba criticando desde lejos.
Estaba confrontando públicamente.
Jesús representaba una amenaza para ciertos grupos de poder
Aquí debemos ser muy cuidadosos.
No podemos decir que “los judíos” querían matar a Jesús. Jesús era judío. Sus discípulos eran judíos. Sus primeros seguidores eran judíos y las multitudes que lo escuchaban también estaban formadas en gran parte por judíos.
El conflicto fue específicamente con determinados dirigentes y grupos de autoridad.
Y eso resulta fundamental para comprender la historia.
En mi libro lo planteo desde la perspectiva de las luchas de poder: cuando una persona amenaza intereses establecidos, quienes poseen autoridad pueden intentar neutralizarla. Allí sostengo que, en los días de Jesús, tanto determinados intereses políticos como religiosos podían reaccionar severamente ante aquello que amenazara su posición.
Jesús se había convertido en un problema.
No porque tuviera un ejército.
Sino porque tenía influencia.
Y entonces llegó la Pascua
Ahora añadamos otro elemento al escenario.
Los acontecimientos finales ocurrieron alrededor de la celebración de la Pascua.
Esto significaba que Jerusalén se encontraba en un momento de enorme importancia religiosa.
Personas llegaban para celebrar.
La ciudad adquiría una actividad extraordinaria.
El recuerdo de la liberación de Israel estaba presente en la celebración.
Y todo esto ocurría mientras Israel se encontraba nuevamente bajo el dominio de una potencia extranjera.
Podemos comprender por qué cualquier agitación popular podía resultar especialmente preocupante para las autoridades.
Roma quería orden.
Los dirigentes querían evitar problemas.
Y Jesús estaba rodeado de multitudes.
Una entrada que debió llamar la atención
Los Evangelios describen la entrada de Jesús en Jerusalén acompañada por una multitud.
“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
Mateo 21:9
Para nosotros puede parecer solamente una hermosa escena religiosa.
Pero dentro de aquel ambiente, algunas de esas expresiones tenían una enorme carga mesiánica.
Jerusalén estaba bajo Roma.
El pueblo esperaba al Mesías.
Y una multitud recibía a Jesús.
No es difícil comprender por qué las autoridades comenzarían a observarlo cuidadosamente.
Había que encontrar una manera de detenerlo
Sin embargo, existía un problema.
Jesús tenía seguidores.
Arrestarlo abiertamente frente a una multitud podía producir una reacción.
Los Evangelios reflejan precisamente esa preocupación.
Por eso aparece una figura que posteriormente será fundamental:
Uno de los propios discípulos sabía dónde encontrar a Jesús lejos de las multitudes.
Y entonces comienza a cerrarse el círculo.
Una ciudad bajo tensión.
Autoridades religiosas preocupadas.
Roma vigilando el orden.
Un Maestro con enorme influencia popular.
Un discípulo dispuesto a entregarlo.
Y una noche en la que todo cambiaría.
El arresto ocurrió lejos de las multitudes
Jesús fue arrestado durante la noche.
No en medio de una gran multitud que lo escuchaba enseñar.
Fue detenido en Getsemaní.
Este detalle adquiere mucho más significado cuando comprendemos el ambiente.
Después comenzó una sucesión de acontecimientos extraordinariamente rápida.
Arresto.
Interrogatorios.
Acusaciones.
Comparecencia ante las autoridades.
Pilato.
Flagelación.
Sentencia.
Crucifixión.
Y finalmente muerte.
Todo conduciría hacia un lugar fuera de la ciudad donde Roma ejecutaba públicamente a los condenados.
¿Por qué Roma terminó crucificando a Jesús?
Aquí encontramos una pieza fundamental.
La crucifixión era un castigo romano particularmente asociado con esclavos, rebeldes, enemigos del Estado y otras personas consideradas peligrosas o despreciables. Su carácter público tenía además un propósito intimidatorio.
Por eso el título colocado sobre la cruz adquiere enorme importancia:
“JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.”
Juan 19:19
Roma entendía perfectamente el lenguaje de los reyes.
Un rey significaba autoridad.
Un rey significaba gobierno.
Y César no necesitaba otro rey.
Así, una controversia que tenía profundas raíces religiosas terminó expresándose también en términos políticos.
Ahora podemos comprender mejor el escenario
Cuando uno lee rápidamente los últimos capítulos de los Evangelios puede parecer que Jesús simplemente fue arrestado y crucificado.
Pero cuando reconstruimos el ambiente, descubrimos algo mucho más complejo.
Había una potencia imperial.
Había un pueblo sometido.
Había expectativas mesiánicas.
Había una poderosa estructura religiosa.
Había intereses políticos.
Había multitudes.
Había temor a una alteración del orden.
Y en medio de todo aquello estaba Jesucristo.
Por eso escribí en mi estudio que para comprender adecuadamente la resurrección debemos conocer primero “la cultura, el ambiente y los personajes” que rodearon los acontecimientos.
Y esto será importantísimo cuando lleguemos a la tumba
Quizá alguien se pregunte:
¿Qué tiene que ver todo esto con la resurrección?
Muchísimo.
Porque más adelante tendremos que responder una pregunta:
¿Estaban realmente interesados los enemigos de Jesús en asegurarse de que estuviera muerto?
Después tendremos otra:
¿Estaban interesados en asegurarse de que su cuerpo permaneciera dentro de la tumba?
Si comprendemos el ambiente político y religioso, comprenderemos por qué estas preguntas son tan importantes.
En mi libro llego precisamente a esa conclusión: las motivaciones de quienes rodeaban a Jesús son necesarias para comprender por qué querían asegurarse de su muerte y posteriormente impedir que el cuerpo desapareciera de la tumba.
Jerusalén se convierte ahora en nuestro escenario
A partir de este momento quiero que el lector conserve una imagen en su mente.
Imagine Jerusalén.
Observe sus murallas.
Imagine el Templo dominando una parte del paisaje.
Piense en las calles llenas de personas durante aquellos días.
Imagine soldados romanos vigilando una población sometida.
Imagine sacerdotes entrando y saliendo del recinto sagrado.
Imagine peregrinos llegando para celebrar la Pascua.
Y en medio de aquella ciudad…
Jesucristo.
En pocas horas será arrestado.
Será juzgado.
Será entregado a Roma.
Y una multitud observará cómo sale rumbo al lugar de su ejecución.
Por eso, antes de estudiar la tumba vacía, debemos seguir el camino que conduce hasta ella.
Nuestro siguiente destino será uno de los lugares más importantes de toda esta investigación:
El Gólgota: el lugar de la crucifixión
Allí comenzaremos a preguntarnos dónde murió Jesucristo y qué podemos conocer acerca del escenario físico de su ejecución.
Referencias bíblicas
Mateo 21:1-17.
Mateo 26:1-5, 14-16, 47-57.
Mateo 27:1-2, 11-37.
Marcos 11:1-18.
Marcos 14:1-2, 43-53.
Lucas 19:28-48.
Lucas 22:47-54.
Lucas 23:1-38.
Juan 11:47-53.
Juan 18:1-40.
Juan 19:1-22.
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