13. ¿Qué ganaban con mentir? Cuando seguir la verdad parecía costarlo todo

Por el Dr. Elio M Rivera

  Hemos llegado al final de esta primera parte de nuestra investigación acerca de una de las preguntas más importantes que podemos formular sobre Jesús de Nazaret:

  ¿Quién decía Jesús que era?

  Durante estos artículos hemos intentado hacer algo muy sencillo: escuchar sus palabras dentro del mundo en que fueron pronunciadas y observar las consecuencias que tuvieron.

  Lo escuchamos declarar:

  “Antes que Abraham fuese, YO SOY.”

  Lo escuchamos decir:

  “Yo y el Padre uno somos.”

  Lo vimos identificarse con el Hijo del Hombre de Daniel.

  Lo vimos perdonar pecados.

  Declaró:

  “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”

  Afirmó:

  “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

  Tomás estuvo frente a Él y exclamó:

  “¡Señor mío, y Dios mío!”

  Y Jesús no rechazó aquella confesión.

  También permitió que las personas se postraran y lo adoraran.

  Anunció que moriría.

  Dijo que resucitaría.

  Y finalmente estuvo dispuesto a enfrentar una muerte brutal sin retractarse de su misión ni de las extraordinarias afirmaciones que había realizado acerca de sí mismo.

  Después de su muerte, ocurrió algo igualmente desconcertante.

  Sus discípulos comenzaron a proclamar:

  Jesús resucitó. Nosotros lo vimos.”

  Y estuvieron dispuestos a sufrir por esa convicción.

  Pero antes de continuar con nuestra investigación existe una última pregunta que vale la pena hacer:

  ¿Qué ganaron con todo aquello?

Sigamos por un momento la pista de los motivos

  Cuando intentamos determinar si alguien está diciendo la verdad, una de las preguntas naturales es:

  ¿Qué obtiene esa persona si consigue que otros le crean?

  No es una prueba absoluta. Una persona puede tener motivos complejos, y la sinceridad por sí sola no demuestra que sus afirmaciones sean verdaderas.

  Pero los motivos importan.

  Porque muchas veces revelan aquello que una persona busca.

  Dinero.

  Poder.

  Prestigio.

  Influencia.

  Reconocimiento.

  Seguridad.

  Placer.

  Posición política.

  ¿Qué encontramos cuando aplicamos esas preguntas a Jesús y a sus primeros seguidores?

¿Jesús buscaba riqueza?

  Difícilmente.

  Jesús llegó a decir:

“Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.”
Mateo 8:20, RVR1960

  No encontramos a Jesús construyéndose un palacio.

  No acumuló grandes propiedades.

  No terminó su ministerio convertido en uno de los hombres económicamente poderosos de Judea.

  Cuando llegó el momento de pagar el tributo del templo, Mateo incluso conserva el curioso episodio de la moneda obtenida para realizar el pago (Mateo 17:24-27).

  Y cuando murió, los soldados se repartieron sus vestidos.

  El hombre que había dicho:

  “Yo y el Padre uno somos”

  terminó prácticamente sin posesiones delante de una cruz.

¿Buscaba poder político?

  Esta posibilidad resulta especialmente interesante.

  Jesús vivió en una nación sometida a Roma.

  Existía una enorme sensibilidad política y mesiánica.

  Y según Juan, en determinado momento una multitud quiso convertirlo en rey.

“Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo.”
Juan 6:15, RVR1960

  Detengámonos.

  Si Jesús estuviera construyendo deliberadamente un movimiento para obtener poder político, aquel habría sido un momento extraordinario.

  Querían hacerlo rey.

  ¿Y qué hizo?

  Se retiró.

  Más tarde diría frente a Pilato:

“Mi reino no es de este mundo…”
Juan 18:36, RVR1960

  No encontramos a Jesús intentando ocupar el palacio de Herodes.

  No organizó un ejército.

  No dirigió una insurrección contra Roma.

  No terminó sentado sobre un trono político.

  Terminó frente a Pilato.

  Y después, en una cruz.

¿Buscaba fama y aceptación?

  Jesús ciertamente llegó a ser conocido.

  Grandes multitudes lo siguieron durante diferentes momentos de su ministerio.

  Pero existe una diferencia entre ser famoso y vivir buscando la fama.

  En ocasiones Jesús hizo precisamente aquello que alguien obsesionado con su popularidad difícilmente haría.

  Pronunció enseñanzas que provocaron que muchos dejaran de seguirlo.

  Juan registra:

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.”
Juan 6:66, RVR1960

  ¿Qué hizo Jesús?

  ¿Cambió inmediatamente su mensaje para recuperar audiencia?

  No.

  Se volvió hacia los doce y preguntó:

“¿Queréis acaso iros también vosotros?”
Juan 6:67, RVR1960

  No parece la estrategia de alguien dispuesto a decir cualquier cosa con tal de conservar seguidores.

¿Y qué ganaron los discípulos?

  Después de la muerte de Jesús, sus discípulos comenzaron a proclamar que había resucitado.

  Entonces podríamos formular la misma pregunta:

  ¿Qué obtuvieron?

  ¿Palacios?

  No.

  ¿Cargos dentro del gobierno romano?

  No.

  ¿Posiciones dentro del Sanedrín?

  No.

  ¿Una vida tranquila?

  Todo lo contrario.

  Hechos registra que fueron amenazados:

“…que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.”
Hechos 4:18, RVR1960

  Después fueron encarcelados.

  Posteriormente:

“…después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús…”
Hechos 5:40, RVR1960

  Jacobo, hermano de Juan, fue ejecutado:

“Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan.”
Hechos 12:2, RVR1960

  Y aun así el mensaje continuó.

  “Jesús resucitó.”

Pedro tampoco describe una vida de privilegios

  Hay una escena sencilla pero reveladora.

  Un hombre necesitado estaba junto a la puerta del templo.

  Pedro le dijo:

“No tengo plata ni oro…”
Hechos 3:6, RVR1960

  Esta frase por sí sola no reconstruye toda la situación económica de Pedro, pero difícilmente corresponde a la imagen de un hombre que hubiera inventado una nueva religión para enriquecerse.

  Los primeros capítulos de Hechos no presentan a los apóstoles viviendo como una nueva aristocracia.

  Los presentan predicando, siendo interrogados, amenazados, encarcelados y golpeados.

Pablo: ¿qué ganó?

  El caso de Pablo resulta todavía más extraño.

  Antes de convertirse en seguidor de Jesús estaba relacionado con el mundo fariseo y perseguía al movimiento cristiano.

  Después comenzó a proclamar precisamente aquello que anteriormente combatía.

  ¿Y qué obtuvo?

  Él mismo proporciona una lista:

“En trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces.”
2 Corintios 11:23, RVR1960

  Continúa:

“De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno.”

“Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado…”
2 Corintios 11:24-25, RVR1960

  Y todavía menciona naufragios, peligros, hambre, sed, frío y desnudez.

  Si aquello era una estrategia para obtener comodidad, resultó extraordinariamente mala.

Entonces, ¿qué estaban buscando?

  Aquí entramos en una cuestión profundamente humana.

  Los motivos hablan acerca de aquello que habita en el corazón.

  No podemos observar directamente el corazón de un hombre que vivió hace dos mil años.

  Pero podemos observar decisiones.

  Podemos examinar qué oportunidades aceptó.

  Qué oportunidades rechazó.

  Qué estuvo dispuesto a perder.

  Y qué continuó afirmando cuando mantenerlo comenzó a resultar doloroso.

  Jesús rechazó una oportunidad de ser convertido en rey.

  No acumuló riquezas.

  No construyó un palacio.

  No organizó un ejército.

  No modificó su mensaje simplemente porque algunas personas lo abandonaran.

  Y cuando sus afirmaciones contribuyeron al conflicto que terminó llevándolo a la muerte, no se retractó.

  Los discípulos tampoco parecen haber encontrado una vida de privilegios después de comenzar a proclamar la resurrección.

  Encontraron oposición.

  Amenazas.

  Cárcel.

  Azotes.

  Persecución.

  Y algunos, según evidencia temprana, finalmente la muerte.

Pero seamos rigurosos: esto todavía no demuestra que tenían razón

  Esta precisión es fundamental.

  La ausencia de motivos económicos o políticos no demuestra que todas las afirmaciones de Jesús sean verdaderas.

  Tampoco el sufrimiento de los discípulos demuestra automáticamente que Jesús haya resucitado.

  Una persona puede ser sincera y estar equivocada.

  Un mártir demuestra la profundidad de su convicción, no necesariamente la verdad de aquello que cree.

  Pero nuestro argumento es más limitado y, precisamente por eso, más fuerte.

  Estamos preguntando si la hipótesis de un fraude deliberado explica bien los datos.

  Si Jesús sabía que todo era una mentira inventada por Él, debemos explicar por qué perseveró cuando aquella mentira dejó de ofrecer beneficios y comenzó a conducirlo hacia la cruz.

  Y si los discípulos sabían que habían inventado la resurrección, debemos explicar por qué continuaron proclamándola cuando comenzaron las amenazas, los arrestos y los golpes.

  No es imposible que seres humanos actúen irracionalmente.

  Pero la explicación:

  “Todo fue una mentira consciente inventada para obtener beneficios”

  empieza a tropezar con una pregunta incómoda:

  ¿Cuáles beneficios?

¿Dinero? No. ¿Poder? No. ¿Palacios? No. ¿Entonces qué?

  Hagamos el balance.

  Si todo hubiera sido una gran conspiración para obtener ventajas personales, esperaríamos encontrar alguna ventaja.

  Riqueza: no aparece como resultado característico.

  Poder político: no.

  Palacios: no.

  Posiciones gubernamentales: no.

  Aceptación de las autoridades religiosas: precisamente lo contrario.

  Seguridad personal: no.

  Una vida cómoda: no.

  ¿Qué encontramos?

  Una cruz.

  Amenazas.

  Azotes.

  Cárceles.

  Persecución.

  Y aun así:

  Jesús sostuvo quién decía ser.

  Y después:

  los discípulos sostuvieron que lo habían visto resucitado.

  Algo estaba ocurriendo.

Hemos demostrado sinceridad; ahora necesitamos investigar verdad

  Y aquí llegamos al punto exacto donde esta primera parte debe terminar.

  Durante estos artículos hemos acumulado suficientes elementos para afirmar algo importante:

  Jesús parece haber tomado extraordinariamente en serio las afirmaciones que realizó acerca de sí mismo.

  No parecen haber sido simplemente un recurso para obtener dinero, comodidad o poder político.

  Y sus primeros seguidores parecen haber estado profundamente convencidos de que después de su crucifixión lo habían visto vivo.

  Pero todavía queda una enorme distancia entre dos palabras:

  sinceridad

  y:

  verdad.

  Una persona puede ser absolutamente sincera…

  y estar equivocada.

  Por eso no podemos detener nuestra investigación aquí.

  Hasta ahora hemos preguntado:

  ¿Quién decía Jesús que era?

  Y la respuesta que emerge de los textos es extraordinaria.

  Jesús realizó afirmaciones acerca de sí mismo que van muchísimo más allá de las de un maestro religioso común.

  Pero ahora llega una pregunta todavía más importante:

  ¿Demostró Jesús que sus afirmaciones eran verdaderas?

  Ese será nuestro siguiente paso.

La siguiente investigación: ¿Demostró Jesús ser quien decía ser?

  Ahora cambiaremos de pregunta.

  Ya no preguntaremos solamente:

  ¿Qué dijo Jesús?

  Preguntaremos:

  ¿Qué evidencia presentó?

  Si afirmó venir de Dios, ¿hay razones para creerlo?

  Si reclamó autoridad divina, ¿hizo algo que respaldara semejante autoridad?

  ¿Qué hacemos con sus milagros?

  ¿Qué hacemos con su conocimiento extraordinario?

  ¿Qué hacemos con las profecías relacionadas con su persona?

  ¿Qué hacemos con su carácter?

  ¿Qué hacemos con la enorme impresión que produjo sobre quienes convivieron con Él?

  Y sobre todo:

  ¿qué hacemos con la resurrección?

  Porque si Jesús realizó afirmaciones extraordinarias pero no pudo respaldarlas, nuestra investigación debe reconocerlo.

  Pero si encontramos evidencias extraordinarias detrás de afirmaciones extraordinarias, entonces tendremos que estar dispuestos a seguirlas hasta donde conduzcan.

  Hemos terminado de preguntar:

  “¿Quién decía Jesús que era?”

  Ahora comenzaremos una pregunta todavía más difícil:

  “¿Demostró Jesús ser quien decía ser?”

  Y si la respuesta fuera afirmativa, entonces ya no estaríamos simplemente estudiando a uno de los personajes más importantes de la historia.

  Estaríamos frente a una posibilidad mucho más inquietante y maravillosa:

  que hace aproximadamente dos mil años Dios realmente haya entrado en nuestra historia.

Referencias

  Biblia Reina-Valera 1960: Mateo 8:18-20; Mateo 16:21-23; Mateo 26:36-46; Marcos 8:31-38; Marcos 10:32-45; Juan 6:15, 60-69; Juan 10:17-18; Juan 18:33-38; Hechos 3:1-10; Hechos 4:1-22; Hechos 5:17-42; Hechos 12:1-5; 1 Corintios 15:1-11; 2 Corintios 11:23-28.

  Keener, Craig S. The Historical Jesus of the Gospels. Eerdmans, 2009.

  Wright, N. T. Jesus and the Victory of God. Fortress Press, 1996.

  Bauckham, Richard. Jesus and the Eyewitnesses: The Gospels as Eyewitness Testimony. Eerdmans.

  Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.

  Hengel, Martin. Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross. Fortress Press.

  Cook, John Granger. Crucifixion in the Mediterranean World. Mohr Siebeck, 2014.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.