3. ¿Quién escribió realmente los Evangelios?

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Si alguien le preguntara cuál es la principal fuente de información acerca de Jesucristo, probablemente respondería sin dudar que son los Evangelios. Y tendría razón. La mayor parte de lo que sabemos acerca de sus enseñanzas, sus milagros, sus viajes, sus conversaciones y los acontecimientos relacionados con su muerte y resurrección proviene de cuatro documentos que han sobrevivido durante casi dos mil años: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

  Sin embargo, existe una pregunta que vale la pena plantearnos antes de continuar nuestro recorrido: ¿quién escribió realmente estos documentos? ¿Fueron redactados por personas que conocieron a Jesús? ¿Fueron escritos por testigos presenciales? ¿O surgieron siglos después como leyendas desarrolladas por sus seguidores?

  La respuesta es importante porque nuestra confianza en cualquier documento histórico depende, en gran medida, de quién lo escribió y de qué tan cerca estuvo de los acontecimientos que describe.

Cuatro hombres detrás de cuatro relatos

  Aunque los cuatro Evangelios hablan del mismo Jesús, sus autores provenían de contextos muy diferentes. Esa diversidad resulta especialmente valiosa porque nos permite observar a Cristo desde distintos ángulos.

  El primero es Mateo. Antes de convertirse en discípulo, trabajaba como cobrador de impuestos para el gobierno romano. Era un hombre acostumbrado a los registros, los números y los documentos. Los Evangelios narran el momento en que Jesús pasó junto a su lugar de trabajo y le dijo: “Sígueme”. La respuesta de Mateo fue inmediata. Se levantó y comenzó una nueva vida como discípulo del Maestro (Mateo 9:9). La tradición cristiana más antigua identifica a este mismo Mateo como el autor del Evangelio que lleva su nombre.

  El segundo autor es Marcos, también conocido como Juan Marcos. Aunque no formó parte de los doce discípulos, estuvo estrechamente relacionado con los líderes de la iglesia primitiva. Su madre poseía una casa en Jerusalén donde se reunían los creyentes (Hechos 12:12). Más tarde colaboró con Pablo y con Bernabé (Hechos 12:25), pero especialmente desarrolló una relación muy cercana con Pedro. De hecho, muchos estudiosos consideran que el Evangelio de Marcos preserva gran parte de los recuerdos y enseñanzas del propio Pedro acerca de Jesús.

  El tercer autor es Lucas. A diferencia de Mateo y Juan, Lucas no fue uno de los doce discípulos. Era médico (Colosenses 4:14) y compañero de viaje del apóstol Pablo. Lo que hace particularmente interesante a Lucas es que él mismo explica el método que utilizó para escribir. En los primeros versículos de su Evangelio declara que investigó cuidadosamente los acontecimientos y consultó a quienes fueron testigos oculares desde el principio (Lucas 1:1-4). En otras palabras, Lucas actuó como un historiador e investigador que reunió testimonios directos acerca de la vida de Jesús.

  Finalmente encontramos a Juan. De los cuatro autores, probablemente fue quien disfrutó de una relación más cercana con Cristo. Era uno de los miembros del círculo íntimo de discípulos que acompañaron a Jesús en momentos especialmente importantes. Su Evangelio contiene numerosos detalles personales y observaciones que reflejan una experiencia directa con los acontecimientos narrados. Al final de su libro encontramos una declaración significativa: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero” (Juan 21:24).

¿Cuándo fueron escritos?

  Las fechas exactas continúan siendo motivo de estudio y debate, pero la mayoría de los investigadores sitúan la redacción de los Evangelios dentro del primer siglo.

  Muchos estudiosos consideran que Marcos fue escrito alrededor de los años sesenta al sesenta y cinco después de Cristo. Mateo probablemente fue redactado entre los años sesenta y sesenta y cinco, aunque algunos proponen fechas ligeramente posteriores. Lucas suele ubicarse entre los años sesenta y setenta. Juan, por su parte, generalmente se fecha entre los años ochenta y noventa y cinco después de Cristo.

  Lo importante no es únicamente la fecha exacta, sino el hecho de que todos fueron escritos dentro de la generación que vivió los acontecimientos. No estamos hablando de leyendas desarrolladas siglos después. Estamos hablando de documentos que comenzaron a circular cuando todavía vivían personas que habían conocido a Jesús, escuchado sus enseñanzas o presenciado algunos de sus milagros.

Un detalle que a menudo olvidamos

  Cuando leemos los Evangelios desde la comodidad de dos mil años de distancia, es fácil olvidar algo fundamental: los acontecimientos descritos todavía podían ser investigados por muchas personas vivas en aquel tiempo.

  Cuando Marcos escribió acerca de Bartimeo recobrando la vista (Marcos 10:46-52), probablemente aún existían personas que recordaban aquel hecho. Cuando los Evangelios mencionaban a Lázaro siendo resucitado (Juan 11:43-44), el propio Lázaro posiblemente todavía vivía o al menos su historia era ampliamente conocida. Lo mismo puede decirse de muchas otras personas que aparecen en los relatos: los discípulos, los familiares de algunos beneficiados por los milagros, habitantes de Jerusalén, Galilea, Betania o Jericó.

  Esto crea una situación muy interesante para el historiador. Los Evangelios no fueron escritos en un vacío. Fueron publicados en un contexto donde sus afirmaciones podían ser examinadas, cuestionadas y discutidas por personas que habían vivido durante aquellos mismos años.

¿Y qué hay de los enemigos de Jesús?

  Este punto suele llamar mi atención.

  Si los Evangelios hubieran sido completamente ficticios, sus adversarios habrían tenido una oportunidad extraordinaria para desacreditarlos. Los líderes religiosos que se opusieron a Jesús no desaparecieron de un día para otro. Tampoco desaparecieron las autoridades romanas ni los numerosos críticos del movimiento cristiano naciente.

  De hecho, el propio libro de los Hechos muestra que los enemigos del cristianismo continuaban activos décadas después de la muerte y resurrección de Jesús. Sin embargo, resulta significativo que las discusiones registradas en los primeros años del cristianismo rara vez se centran en negar que ciertos acontecimientos hubieran ocurrido. Con frecuencia el debate giraba alrededor de cómo interpretar esos acontecimientos.

  Por ejemplo, incluso los adversarios de Jesús llegaron a atribuir sus milagros a otras fuentes de poder en lugar de negar simplemente que existieran (Mateo 12:24). Esa reacción resulta interesante porque sugiere que ciertos hechos eran demasiado conocidos para ser ignorados.

¿Cómo comenzaron a circular los Evangelios?

  Una vez terminados, los Evangelios no permanecieron guardados en una sola ciudad. Las iglesias cristianas estaban dispersas por Judea, Siria, Asia Menor, Grecia, Egipto y otras regiones del Imperio Romano. Los creyentes valoraban enormemente estos documentos porque preservaban las enseñanzas y la historia del Maestro.

  Por esa razón comenzaron a realizarse copias manuscritas. Cada copia requería tiempo, esfuerzo y recursos. Un escriba debía reproducir cuidadosamente cada línea sobre papiro o pergamino. Luego esas copias viajaban de una comunidad a otra. Las iglesias las leían públicamente, las compartían y producían nuevas copias para otras congregaciones.

  Antes de que terminara el primer siglo, los relatos acerca de Jesús ya circulaban ampliamente entre las comunidades cristianas. Durante el segundo siglo comenzaron a aparecer traducciones tempranas a otros idiomas, especialmente al siríaco y posteriormente al latín. Además, numerosos escritores cristianos citaban fragmentos de los Evangelios en sus propias obras, demostrando que ya eran considerados documentos de enorme autoridad.

Un libro destinado a viajar

  Personalmente, me parece muy probable que algunas copias terminaran llegando a manos de personas que no simpatizaban con el cristianismo. Las rutas comerciales del Imperio Romano conectaban ciudades distantes, y los documentos circulaban mucho más de lo que solemos imaginar. Las cartas de Pablo, por ejemplo, eran copiadas y compartidas entre distintas iglesias. No existe razón para pensar que los Evangelios siguieran un camino diferente.

  De hecho, si los críticos del cristianismo querían entender aquello que los seguidores de Jesús enseñaban, una de las mejores maneras era conseguir copias de esos escritos. Probablemente muchos opositores tuvieron acceso a ellos. Algunos los rechazaron. Otros los criticaron. Pero precisamente esa circulación amplia contribuyó a que estos documentos fueran examinados desde muy temprano por amigos y enemigos por igual.

Mucho más que cuatro libros antiguos

  Al comenzar esta serie es importante recordar que Mateo, Marcos, Lucas y Juan no son simplemente nombres impresos en una página. Detrás de ellos encontramos personas reales, con experiencias reales y con razones concretas para escribir. Sus relatos comenzaron a circular cuando todavía vivían testigos de los acontecimientos, cuando aún podían formularse preguntas y cuando los hechos todavía estaban relativamente cerca en el tiempo.

  Por eso los Evangelios ocupan un lugar único dentro de nuestra búsqueda del Jesús histórico. Son mucho más que documentos religiosos. Son los testimonios más cercanos que poseemos acerca de la vida del hombre que transformó la historia humana. Y aunque en este capítulo hemos ofrecido solamente una visión general de sus autores y de cómo sus escritos llegaron hasta nosotros, existe mucho más que podría decirse acerca de su confiabilidad histórica.

  De hecho, debido a la importancia de este tema, en Cristopedia hemos desarrollado una serie completa dedicada exclusivamente a examinar la confiabilidad de los Evangelios. En ella analizamos preguntas como: ¿han sido alterados con el paso del tiempo?, ¿qué tan fieles son los manuscritos que han llegado hasta nosotros?, ¿qué evidencias históricas y arqueológicas respaldan sus relatos?, y ¿por qué tantos investigadores consideran que constituyen algunos de los documentos mejor preservados de la antigüedad? Si este tema despierta su interés, le animo a consultar también esa serie complementaria.

  Sin embargo, nuestro propósito aquí es diferente. Antes de analizar con mayor profundidad lo que escribieron Mateo, Marcos, Lucas y Juan, primero necesitamos conocer a los hombres que estuvieron detrás de esos relatos. ¿Quién era realmente Mateo antes de encontrarse con Jesús? ¿Qué llevó a un cobrador de impuestos a abandonar su profesión para seguir a un predicador galileo? ¿Qué vio en Cristo que cambió el rumbo de toda su vida?

  Esa será precisamente nuestra siguiente parada. En el próximo capítulo comenzaremos a sentarnos, por así decirlo, frente a los biógrafos de Jesús. Y descubriremos que, para entender mejor sus escritos, primero debemos conocer las historias de quienes los escribieron.

Disfrute un reel con propósito:

Explore el museo la vida y obra de Jesucristo

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.