Dr. Elio M Rivera
La comprobación de la muerte de Jesús
Después de estudiar la flagelación, los clavos, la pérdida de sangre, el choque hipovolémico y la forma en que moría un crucificado, todavía necesitamos responder una pregunta decisiva:
¿Quién comprobó que Jesucristo realmente estaba muerto?
Esta pregunta es fundamental porque, si alguien pretende afirmar que Jesús solamente se desmayó, entonces tendría que explicar por qué personas pertenecientes a grupos completamente diferentes, con intereses incluso opuestos, llegaron a la misma conclusión: Jesús había muerto.
En mi libro presento varios grupos de testigos. Algunos amaban a Jesús. Otros querían verlo muerto. Algunos eran autoridades. Otros eran discípulos. Pero todos coincidieron en un mismo hecho.
Los soldados romanos
El primer grupo que debemos considerar son los soldados encargados de la ejecución.
Juan registra:
“Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.”
Juan 19:32-33
Esta frase es extraordinariamente importante:
“Le vieron ya muerto.”
Los soldados habían ido precisamente a acelerar la muerte de los crucificados.
A los otros dos les quebraron las piernas.
Pero cuando llegaron a Jesús determinaron que ya no era necesario hacerlo.
¿Por qué?
Porque Jesús ya estaba muerto.
Ellos conocían la muerte
No estamos hablando de personas sin experiencia.
Los soldados romanos estaban acostumbrados a la violencia, las ejecuciones y la muerte.
Además, ellos eran responsables de llevar la sentencia hasta sus últimas consecuencias.
En mi libro insisto en que tenían razones poderosas para asegurarse de que Jesucristo realmente hubiera muerto.
No podían permitirse entregar vivo a un condenado cuya ejecución estaba bajo su responsabilidad.
Todavía realizaron una comprobación adicional
Y aquí aparece algo que considero extraordinario.
Aunque determinaron que Jesús ya estaba muerto, uno de los soldados hizo algo adicional:
“Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.”
Juan 19:34
En mi libro hago énfasis en que esta acción no fue realizada con los otros dos crucificados.
Ellos recibieron el quebramiento de las piernas.
Jesús, en cambio, fue atravesado con una lanza.
Mi conclusión es clara: los soldados no querían dejar ninguna duda acerca de su muerte.
El centurión confirmó oficialmente la muerte
Después aparece José de Arimatea.
José fue ante Pilato y pidió el cuerpo de Jesucristo.
Pero Pilato no simplemente entregó el cadáver.
Marcos dice:
“Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José.”
Marcos 15:44-45
Observe la secuencia:
José pide el cuerpo.
Pilato duda porque Jesús había muerto relativamente pronto.
Pilato llama al centurión.
El centurión confirma que Jesús está muerto.
Solamente entonces Pilato autoriza la entrega.
Esto constituye una confirmación oficial por parte de las autoridades romanas.
Pilato también quedó convencido
Aunque Pilato no examinó personalmente el cuerpo, tomó una decisión oficial basándose en el informe del centurión.
Y esa decisión fue entregar el cuerpo para la sepultura.
No habría tenido sentido autorizar la entrega de un condenado todavía vivo como si fuera un cadáver.
Por eso la cadena de comprobación romana es muy importante:
Soldados → centurión → Pilato.
El apóstol Juan fue testigo
Después tenemos a una persona perteneciente a un grupo completamente diferente.
Juan.
No era soldado.
No era funcionario romano.
Era discípulo de Jesús.
Y afirmó haber presenciado lo ocurrido.
Después de describir la herida de la lanza, escribió:
“Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis.”
Juan 19:35
Juan no presenta esta información como algo que escuchó años después.
La presenta como algo que afirma haber visto.
La sangre y el agua
En mi libro dedico una atención especial a la expresión de Juan:
“Salió sangre y agua.”
Desde mi perspectiva como médico, interpreto este dato como una señal física importante relacionada con la muerte de Jesucristo. En el libro explico la separación entre el coágulo y el componente líquido de la sangre y considero este testimonio parte de la evidencia de que la circulación había cesado.
Para Juan, lo que observó tenía tanta importancia que escribió expresamente que daba testimonio para que otros creyeran.
Los principales sacerdotes también actuaron como hombres convencidos de su muerte
Ahora llegamos a otro grupo completamente diferente:
los enemigos de Jesús.
Los principales sacerdotes habían participado activamente en los acontecimientos que condujeron a la crucifixión.
Y después de la muerte de Jesús hicieron algo muy revelador.
Pidieron que la tumba fuera asegurada.
Pidieron un sello.
Pidieron una guardia.
¿Por qué?
Porque no estaban preocupados por que Jesús despertara.
Estaban preocupados por que alguien afirmara que había resucitado.
En mi libro señalo precisamente que su comportamiento demuestra que actuaban como personas convencidas de que Jesús estaba muerto.
José de Arimatea y Nicodemo
Después aparecen dos testigos extraordinariamente importantes:
José de Arimatea y Nicodemo.
Ellos no observaron el cuerpo desde una distancia considerable.
Lo tuvieron en sus manos.
Lo bajaron de la cruz.
Lo sostuvieron.
Lo envolvieron.
Lo prepararon para la sepultura.
En mi libro los identifico expresamente como el cuarto grupo de testigos de la muerte de Jesús.
Sus acciones dicen más que muchas palabras
José y Nicodemo no necesitaban declarar:
“Jesús está muerto.”
Sus acciones lo demostraban.
Juan dice:
“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.”
Juan 19:40
No estaban tratando a un herido.
No estaban intentando reanimarlo.
No buscaban detener una hemorragia.
No intentaban darle agua.
Estaban realizando preparativos funerarios.
Estuvieron suficientemente cerca para saberlo
Este detalle hace especialmente fuerte su testimonio.
José y Nicodemo tuvieron que manipular físicamente el cuerpo.
Estuvieron suficientemente cerca para percibir cualquier respiración, movimiento o señal de vida.
En otro estudio mío lo expreso de esta manera: ellos no observaron a Jesús desde lejos; lo tocaron, lo bajaron de la cruz, lo sostuvieron y prepararon personalmente su sepultura.
Y ninguno actuó como si estuviera atendiendo a una persona viva.
También estaban las mujeres y quienes lo amaban
A estos testigos se suman personas que amaban profundamente a Jesús.
Su madre.
Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea.
Juan.
José.
Nicodemo.
Algunas de estas personas presenciaron la crucifixión y otras participaron directamente en el tratamiento del cuerpo.
Lo extraordinario es que quienes deseaban verlo vivo llegaron a la misma conclusión que quienes deseaban verlo muerto.
Pensemos en la fuerza de este conjunto
Tenemos entonces personas con intereses totalmente diferentes.
Los soldados tenían la obligación de cumplir la ejecución.
El centurión tenía responsabilidad militar.
Pilato tenía responsabilidad política.
Los principales sacerdotes querían asegurarse de que su enemigo hubiera sido eliminado.
Juan amaba a Jesús.
José y Nicodemo eran sus seguidores.
Las mujeres lo amaban profundamente.
Y todos reaccionaron sobre la base de una misma realidad:
Jesucristo estaba muerto.
Como resumo en otro de mis estudios, algunos querían verlo vivo y otros querían verlo muerto; sin embargo, todos coincidieron en ese mismo hecho.
¿Cuántos errores tendríamos que aceptar para sostener la teoría del desmayo?
Para afirmar que Jesús seguía vivo tendríamos que sostener que:
Los soldados se equivocaron.
El centurión se equivocó.
Pilato recibió información equivocada.
Juan interpretó mal lo que vio.
Los sacerdotes actuaron bajo una suposición falsa.
José de Arimatea no notó señales de vida.
Nicodemo tampoco.
Las mujeres tampoco.
Y todos, desde enemigos hasta amigos, llegaron simultáneamente a una conclusión equivocada.
No considero razonable esa explicación.
La muerte de Jesús no depende de un solo testigo
Ésta es una de las fortalezas del caso.
No tenemos que depender únicamente de Juan.
Ni solamente de un soldado.
Ni solamente de José de Arimatea.
Tenemos varios niveles de comprobación.
Una comprobación militar.
Una confirmación oficial romana.
Un testigo ocular.
Los enemigos de Jesús.
Y las personas que posteriormente manipularon y sepultaron su cuerpo.
Todos convergen.
La conclusión
Cuando comencé esta parte de la investigación dije que, para creer en una resurrección, primero necesitábamos un muerto.
Ahora podemos responder:
Sí. Jesucristo realmente murió.
Los soldados lo comprobaron.
El centurión lo confirmó.
Pilato recibió esa confirmación y entregó el cuerpo.
Juan presenció la escena.
José de Arimatea y Nicodemo prepararon el cadáver.
Sus enemigos actuaron como hombres convencidos de que estaba muerto.
Y sus amigos también.
Por eso el verdadero problema ya no es:
“¿Estaba vivo cuando lo colocaron en la tumba?”
La pregunta cambia completamente:
Si estaba muerto, ¿qué ocurrió después con su cuerpo?
Pero antes de avanzar hacia la tumba, debemos estudiar con mayor detenimiento una de las evidencias físicas más impresionantes de todo el relato:
La lanza del soldado romano
Referencias bíblicas
Mateo 27:50-66.
Marcos 15:37-47.
Lucas 23:46-56.
Juan 19:30-42.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

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