Dr. Elio M Rivera
«Hubo en los días de Herodes, rey de Judea…» — Lucas 1:5, RVR1960
Lucas pudo haber comenzado simplemente presentando a Zacarías y Elisabet. Sin embargo, antes de hablar de ellos, dejó unas palabras que sitúan toda la historia dentro de un momento muy concreto: «en los días de Herodes». No era solamente una fecha en el calendario. Era la descripción del mundo en el que comenzaban a desarrollarse los acontecimientos que conducirían al nacimiento de Jesús.
Judea tenía rey, pero no era completamente libre. Herodes gobernaba como monarca estrechamente ligado a Roma. Había recibido el título de rey con apoyo romano y, después de conquistar Jerusalén, consolidó su gobierno en el año 37 a. C. Durante décadas supo conservar el favor de quienes dominaban el Mediterráneo.
Para una familia judía común, aquello significaba vivir en una tierra donde podían verse constantemente las huellas del poder. Había impuestos y tributos, fortalezas, funcionarios y enormes proyectos de construcción. Herodes disponía de considerables ingresos y emprendió obras monumentales en Jerusalén, Cesarea, Jericó, Herodión y otros lugares.
Jerusalén misma mostraba aquella contradicción. Por un lado estaba el Templo, centro de la vida religiosa de Israel, cuya monumental reconstrucción Herodes había emprendido. Por otro, muy cerca se levantaba la fortaleza Antonia, una imponente estructura vinculada al poder político y militar. La grandeza arquitectónica y la presencia del poder convivían prácticamente una junto a la otra.
Pero había algo que ningún edificio podía borrar.
Israel seguía esperando.
Habían pasado generaciones escuchando las palabras de los profetas. Las promesas hechas a Abraham, a David y a Israel continuaban formando parte de su historia. Mientras tanto, sobre el escenario aparecían y desaparecían gobernantes, ejércitos y potencias.
Una familia común podía levantarse por la mañana y contemplar un mundo que parecía estar en manos de otros. Roma parecía decidir el destino de las naciones. Herodes parecía decidir el destino de Judea.
Y precisamente allí comienza Lucas.
No comienza diciendo que las condiciones habían mejorado.
No dice que Roma había desaparecido.
No dice que Herodes había dejado el trono.
Dice sencillamente:
«Hubo en los días de Herodes…»

¿Como fue vivir en la época del rey Herodes el grande?
Y en esos días Dios comenzó a actuar.
Hay algo profundamente revelador en esto. Dios no esperó hasta encontrar una generación sin conflictos, un gobierno justo o una sociedad preparada para recibirlo. Comenzó su obra en medio del mundo tal como era.
Desde nuestra perspectiva humana quizá habríamos escogido otro momento. Habríamos esperado condiciones más seguras. Si tuviéramos que enviar a nuestro propio hijo a vivir a otro lugar, probablemente buscaríamos el barrio más tranquilo, la ciudad más segura y las mejores condiciones posibles.
Pero el Padre envió a su Hijo a un mundo real.
Un mundo donde existían ambición, injusticia, miedo y violencia.
Eso no significa que Dios aprobara aquel mundo. Significa algo mucho más hermoso: su amor no necesitó que el mundo estuviera arreglado para acercarse a él.
Y quizá aquí encontramos la primera enseñanza de esta serie.
Muchas veces pensamos que Dios podrá hacer algo cuando nuestras circunstancias cambien: cuando termine el problema, cuando desaparezca la incertidumbre, cuando nuestra familia esté mejor, cuando tengamos más recursos o cuando finalmente podamos poner nuestra vida en orden.
Pero Lucas comienza mostrándonos otra cosa.
Dios sabe comenzar grandes historias en días difíciles.
Tal vez nosotros también atravesemos nuestros propios «días de Herodes»: temporadas que no escogimos, circunstancias que no podemos controlar o decisiones de otros que afectan nuestra vida.
Eso no significa que Dios haya abandonado el escenario.
Mientras Herodes gobernaba Judea y Roma parecía gobernar el mundo, en una familia sacerdotal aparentemente insignificante Dios ya había comenzado a moverse.
Los poderosos todavía no lo sabían.
Jerusalén todavía no lo sabía.
Herodes tampoco lo sabía.
Pero Dios ya estaba actuando.
Lucas 1:5; Génesis 12:1–3; 2 Samuel 7:12–16; Isaías 9:6–7; Miqueas 5:2.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XIV–XVII; La guerra de los judíos, libro I. Principal fuente antigua para el reinado de Herodes.
Encyclopaedia Britannica, “Herod, king of Judaea”. Herodes gobernó Judea con respaldo romano y consolidó su reinado en 37 a. C.
The British Museum, “Herod the Great”. Síntesis histórica de su nombramiento por el Senado romano y de la dinastía herodiana.
Flavio Josefo, Antigüedades 15.380–425, aproximadamente, para las grandes obras de Herodes y la reconstrucción del complejo del Templo.
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Dr. Elio M Rivera
«Después de esto miraba yo en las visiones de la noche, y he aquí la cuarta bestia, espantosa y terrible y en gran manera fuerte; y tenía unos dientes grandes de hierro; devoraba y desmenuzaba, y las sobras hollaba con sus pies…» — Daniel 7:7, RVR1960
Siglos antes del nacimiento de Jesús, Daniel había contemplado una sucesión de imperios. Babilonia, Medo-Persia y Grecia ocuparían su lugar en la historia. Después aparecería una cuarta potencia tan diferente y aterradora que el profeta no encontró un animal conocido con el cual compararla.
La llamó simplemente «espantosa y terrible y en gran manera fuerte».
Tenía dientes de hierro.
Devoraba.
Desmenuzaba.
Pisoteaba.
Era Roma.
Y cuando el Hijo de Dios llegó al mundo, aquella bestia ya estaba extendiendo su sombra sobre Judea.

Roma había construido uno de los sistemas de dominio más formidables de la antigüedad. Sus legiones habían sometido pueblos, derribado resistencias y colocado extensos territorios bajo una misma autoridad. El Mediterráneo estaba rodeado de posesiones romanas y los caminos permitían mover mercancías, funcionarios y, cuando era necesario, soldados.
Roma había traído orden.
Pero detrás de aquel orden había una advertencia que todos comprendían:
Roma debía ser obedecida.
Su dominio no descansaba solamente sobre leyes y administración. Detrás de la ley estaba el soldado. Detrás del gobernador estaba la legión. Y detrás de la rebelión podía estar la muerte.
Roma podía ser generosa con quienes cooperaban con ella y despiadada con quienes desafiaban su autoridad.
La crucifixión se convirtió en una de las imágenes más aterradoras de ese poder. No bastaba con matar al condenado. Su cuerpo podía permanecer expuesto públicamente mientras agonizaba. Era una ejecución, pero también una advertencia.
El mensaje era imposible de ignorar:
esto puede sucederle a quien desafíe el poder de Roma.
El período iniciado bajo Augusto sería recordado como la Pax Romana, la paz romana.
Y aquella paz tuvo beneficios reales. Disminuyeron las grandes guerras civiles que habían desgarrado Roma. Los caminos fueron más seguros en muchas regiones. El comercio pudo extenderse. Las ciudades prosperaron y viajar por grandes extensiones del imperio se hizo más viable.
Pero para los pueblos conquistados aquella paz tenía otro rostro.
Era paz mientras Roma conservara el control.
Los pueblos podían mantener muchas de sus costumbres. Las autoridades locales podían continuar gobernando. Incluso podían conservar cierta autonomía.
Mientras no desafiaran a Roma.
Cuando esa línea se cruzaba, la bestia enseñaba los dientes.
Y Judea conocía esos dientes.
Poco después de la muerte de Herodes, Judea explotó en disturbios. Roma respondió enviando al gobernador de Siria, Publio Quintilio Varo, con fuerzas militares para recuperar el control.
Flavio Josefo relata lo que sucedió después.
Varo entró en Jerusalén, investigó quiénes habían participado en la rebelión y ordenó castigar a los responsables.
Entonces ocurrió algo difícil incluso de imaginar:
aproximadamente dos mil hombres fueron crucificados.
Dos mil.
No escondidos dentro de una prisión.
Crucificados.
Para comprender lo que aquello significaba tendríamos que imaginar caminos y lugares públicos convertidos en escenarios de muerte; familias buscando a sus hijos, esposos o padres; hombres agonizando mientras otros pasaban frente a ellos.
Cada cruz comunicaba el mismo mensaje:
Roma está aquí.
Josefo conserva el dato de que Varo castigó a los participantes y crucificó aproximadamente a dos mil. Aquello ocurrió después de la muerte de Herodes, pero pertenece al mismo mundo político en el que Jesús acababa de nacer.
Daniel había utilizado una expresión terrible:
«devoraba y desmenuzaba».
Ahora podemos comenzar a comprender por qué.
Y aquí aparece Herodes.
Roma no necesitaba administrar directamente cada territorio conquistado. Podía gobernar mediante dirigentes locales cuya supervivencia política dependiera del imperio.
Herodes era uno de ellos.
Josefo relata que el Senado romano lo declaró rey y que Marco Antonio explicó que convenía a los intereses romanos tener a Herodes gobernando Judea. Después salió del Senado acompañado por Antonio y César. Su corona estaba profundamente vinculada al poder de Roma.
Esto significa que cuando un habitante de Judea contemplaba a Herodes, no estaba viendo solamente a un hombre.
Detrás de su trono estaba Roma.
Detrás de Roma estaban las legiones.
Y detrás de las legiones estaba la capacidad de aplastar una rebelión.
Herodes podía utilizar esa estructura de poder para mantener su reino. Josefo conserva incluso las acusaciones presentadas después de su muerte por representantes judíos ante Augusto: describieron un reinado marcado, según ellos, por muertes, pobreza, sufrimiento y tiranía.
La cuarta bestia no gobernaba únicamente mediante emperadores.
También podía gobernar mediante hombres como Herodes.
Y no debemos imaginar que la violencia terminaba en las fronteras de Judea.
Roma era una sociedad profundamente atravesada por la esclavitud. Hombres, mujeres y niños podían convertirse en propiedad de otros seres humanos. Las guerras alimentaban los mercados de esclavos. Personas conquistadas podían terminar trabajando en casas, campos, talleres y minas o siendo utilizadas como entretenimiento.
La vida humana podía tener precio.
Los enemigos podían convertirse en mercancía.
Los rebeldes podían convertirse en ejemplo.
Los pueblos conquistados podían convertirse en contribuyentes.
Y sobre todo aquello se levantaban templos, monumentos, palacios, anfiteatros y ciudades impresionantes.
Ese era el mundo que contemplaba el cielo.
Un mundo brillante por fuera y profundamente herido por dentro.
Un mundo capaz de producir filosofía, poesía, arquitectura y leyes extraordinarias y, al mismo tiempo, esclavizar seres humanos y levantar cruces junto a los caminos.
Ese fue el mundo al que llegó el Hijo de Dios.
Aquí está quizá lo más sorprendente de este capítulo.
¿Qué merecía un mundo así?
Daniel había visto la bestia.
Dios estaba viendo lo que la bestia hacía.
Veía la sangre.
Veía las guerras.
Veía los esclavos.
Veía las cruces.
Veía a los poderosos utilizar seres humanos para conservar sus tronos.
Veía también a Herodes.
Dios habría sido justo si hubiera respondido solamente con juicio.
Pero ocurrió algo completamente inesperado.
Dios respondió enviando a su Hijo.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» (Juan 3:16).
Eso transforma la manera de contemplar Belén.
Jesús no llegó porque había encontrado una humanidad digna de recibirlo.
No llegó porque Roma se hubiera arrepentido.
No llegó porque los poderosos hubieran dejado de matar.
No llegó porque el mundo hubiera aprendido misericordia.
Llegó precisamente porque no la había aprendido.
Frente a un imperio que sabía conquistar, Dios envió gracia.
Frente a hombres que sabían esclavizar, Dios envió libertad.
Frente a gobernantes que sabían destruir, Dios envió misericordia.
Frente a una humanidad que había perfeccionado instrumentos para producir muerte, Dios envió vida.
Y esto nos permite comenzar a conocer el corazón del Hijo.
Él no fue enviado a un lugar protegido de la maldad humana.
Entró voluntariamente en nuestro mundo.
Respiraría el aire de aquel imperio.
Caminaría por sus caminos.
Vería sus soldados.
Viviría entre personas sometidas a sus autoridades.
La cuarta bestia estaba allí.
Pero en lugar de enviar otra bestia para destruirla, Dios envió algo que Roma jamás habría considerado una amenaza.
Un niño.
No venía todavía levantando un ejército.
No venía reclamando un palacio.
No venía rodeado de soldados.
Venía trayendo aquello que aquel mundo necesitaba desesperadamente y que ninguna legión podía imponer:
gracia y misericordia.
Quizá eso sea lo más extraordinario que aprendemos del corazón de Dios en aquellos días.
Cuando la humanidad le mostró a Dios hasta dónde podía llegar su crueldad, Dios comenzó a mostrarnos hasta dónde estaba dispuesto a llegar su amor.
Daniel 2:31–45; Daniel 7:7, 17, 23; Lucas 1:5; Lucas 2:1–7; Juan 1:14–17; Juan 3:16–17; Gálatas 4:4.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XIV. Relata el respaldo romano al nombramiento de Herodes como rey y señala que Marco Antonio presentó su reinado como conveniente para los intereses de Roma.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII. Relata la intervención de Varo después de la muerte de Herodes y la crucifixión de aproximadamente dos mil participantes en los disturbios.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro II. Conserva las acusaciones presentadas ante Augusto contra el gobierno de Herodes, en las que sus opositores describieron asesinatos, empobrecimiento y graves sufrimientos durante su reinado.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Describe los tributos, ejércitos y relaciones políticas mediante los cuales Herodes gobernaba dentro del sistema de poder romano.
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Cuando Herodes apareció en la historia, Judea ya había perdido gran parte de su independencia.
Durante aproximadamente un siglo, la dinastía asmonea había gobernado al pueblo judío después de la rebelión de los macabeos. Pero las disputas internas por el poder terminaron abriendo la puerta a una potencia mucho mayor.
Roma entró en Judea.
En el año 63 a. C., el general romano Pompeyo intervino en la lucha entre los hermanos Hircano II y Aristóbulo II, tomó Jerusalén y colocó a Judea dentro de la esfera de dominio romano. El reino que alguna vez había recuperado su independencia ahora tendría que aprender a sobrevivir bajo la mirada de Roma.
Y en medio de aquel nuevo escenario comenzó a ascender una familia que sabía relacionarse extraordinariamente bien con los poderosos.
El padre de Herodes se llamaba Antípatro.
Era idumeo y poseía una habilidad política notable. Comprendió algo que sería decisivo para el futuro de su familia: si Roma era ahora el poder dominante, había que conseguir el favor de Roma.
Antípatro apoyó a Hircano II, pero al mismo tiempo cultivó relaciones con los dirigentes romanos. Cuando Julio César necesitó apoyo durante su campaña en Egipto, Antípatro colaboró con él. Josefo relata que César posteriormente confirmó a Hircano como sumo sacerdote y concedió a Antípatro una importante posición administrativa en Judea.
Antípatro comenzó entonces a colocar a sus hijos en posiciones de responsabilidad.
A uno de ellos, Fasael, le encargó Jerusalén.
Al otro, todavía joven, le confió Galilea.
Su nombre era Herodes.
Así comenzó.
Herodes todavía no era rey.
Pero ya estaba aprendiendo a gobernar.
Las guerras civiles romanas sacudieron constantemente el Mediterráneo durante aquellos años. Julio César fue asesinado. Casio tomó control de Siria y exigió enormes cantidades de dinero a los territorios sometidos.
Judea recibió la orden de entregar setecientos talentos.
Herodes comprendió rápidamente cómo funcionaba aquel mundo. Josefo cuenta que consiguió entregar antes que otros la cantidad exigida a su región, ganándose con ello el favor de Casio. Poco después recibió mayores responsabilidades militares.
Herodes estaba aprendiendo una lección que marcaría toda su carrera:
para gobernar Judea necesitaba conservar la confianza de Roma.
Y era extraordinariamente hábil haciéndolo.
Después de la derrota de Bruto y Casio en Filipos, el poder romano volvió a cambiar de manos.
Ahora uno de los hombres más importantes del mundo romano era Marco Antonio.
Herodes acudió a él.
Sus adversarios también fueron y presentaron acusaciones contra él y su hermano, pero Herodes consiguió conservar el favor del nuevo gobernante. Josefo relata que Marco Antonio preguntó a Hircano quiénes administraban mejor los asuntos de la nación. Hircano señaló a Herodes y a sus hombres.
El resultado fue otro ascenso.
Marco Antonio nombró tetrarcas a Herodes y a su hermano Fasael, entregándoles importantes responsabilidades sobre los asuntos de Judea.
Pero todavía faltaba el paso más extraordinario.

La situación política de Judea volvió a derrumbarse cuando los partos intervinieron en la región y Antígono consiguió tomar el poder.
Herodes tuvo que abandonar Judea.
Su situación parecía desesperada.
Entonces hizo algo que cambiaría su vida.
Fue a Roma.
Allí se presentó ante Marco Antonio.
Herodes esperaba conseguir ayuda romana para recuperar la situación en Judea. Pero lo que sucedió superó incluso sus expectativas.
Marco Antonio apoyó su causa. Octaviano —el futuro emperador Augusto— también favoreció su nombramiento. Josefo explica que Antonio argumentó además que convenía a los intereses romanos tener a Herodes como rey en medio del conflicto contra los partos.
Entonces se reunió el Senado romano.
Y Roma tomó una decisión extraordinaria:
Herodes sería rey de Judea.
Josefo incluso señala que Herodes no esperaba recibir personalmente semejante dignidad. Pero el Senado aprobó el nombramiento y, cuando terminó la sesión, Herodes salió del edificio acompañado por Marco Antonio y Octaviano. Después se ofrecieron sacrificios y el decreto quedó depositado en el Capitolio.
Era alrededor del año 40 a. C.
Herodes tenía ahora el título.
Pero había un problema.
Roma podía llamarlo rey; eso no significaba que Judea estuviera todavía en sus manos.
Durante aproximadamente tres años, Herodes tuvo que luchar para convertir el decreto romano en una realidad.
Roma le proporcionó apoyo militar. Finalmente, el general romano Cayo Sosio avanzó con fuerzas romanas para auxiliarlo. Jerusalén fue sitiada y cayó en el año 37 a. C.
Entonces Herodes pudo finalmente ocupar efectivamente el trono para el cual Roma lo había designado años antes. Josefo sitúa allí el comienzo de los treinta y cuatro años de gobierno efectivo de Herodes después de la conquista de Jerusalén, aunque habían transcurrido treinta y siete desde que los romanos lo declararon rey.
Pero todavía quedaba una prueba.
Durante años, Herodes había dependido políticamente de Marco Antonio.
Entonces el mundo romano volvió a cambiar.
En el año 31 a. C., Octaviano derrotó a Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Accio. El hombre al que Herodes había estado estrechamente vinculado acababa de perder la lucha por el dominio de Roma.
La corona de Herodes podía desaparecer con él.
Herodes decidió presentarse personalmente ante Octaviano.
Y realizó una jugada política extraordinariamente audaz.
En lugar de negar su antigua amistad con Antonio, reconoció que había sido leal a él. Después ofreció esa misma lealtad al vencedor.
Funcionó.
Josefo relata que Octaviano quedó impresionado y le devolvió la diadema, confirmándolo en el trono. Más tarde Octaviano sería conocido como Augusto, el primer emperador romano.
Herodes había sobrevivido a Julio César.
Había sobrevivido a Casio.
Había conseguido el favor de Marco Antonio.
Y cuando Antonio cayó, consiguió también el favor de Augusto.
No era solamente afortunado.
Era un extraordinario sobreviviente político.
Ahora podemos comprender mejor las palabras con las que Lucas comienza su Evangelio:
«Hubo en los días de Herodes, rey de Judea…» — Lucas 1:5.
Sí, Herodes era rey.
Pero detrás de aquella corona había toda una estructura.
El Senado romano había reconocido su título.
Marco Antonio había promovido su causa.
Octaviano había respaldado su nombramiento.
Soldados romanos habían ayudado a consolidar su reino.
Augusto había confirmado posteriormente su corona.
Herodes gobernaba Judea, pero Roma gobernaba el mundo de Herodes.
Esto nos ayuda a comprender algo fundamental acerca de aquel hombre.
Su poder era enorme, pero también dependía de otros.
Necesitaba conservar el favor de Roma.
Necesitaba demostrar que podía mantener Judea bajo control.
Necesitaba conservar su corona.
Y precisamente por eso, conforme avancemos en su historia, comenzaremos a descubrir algo inquietante:
cuanto más poder consiguió Herodes, más temió perderlo.
Pero esa parte de la historia todavía está por comenzar.
Hay un contraste silencioso que comienza a aparecer.
Herodes necesitó hombres poderosos que lo llevaran hasta el trono.
Necesitó alianzas.
Necesitó decisiones políticas.
Necesitó al Senado.
Necesitó ejércitos.
Necesitó conservar el favor de quienes estaban por encima de él.
Su reino parecía poderoso, pero descansaba sobre una compleja estructura humana que podía cambiar en cualquier momento.
Mientras tanto, Dios estaba comenzando a cumplir sus propósitos sin necesitar la autorización del Senado romano, el respaldo de Augusto ni la aprobación de Herodes.
Los hombres podían entregar coronas.
Roma podía reconocer reyes.
Los ejércitos podían conquistar ciudades.
Pero ninguno de ellos poseía autoridad absoluta sobre la historia.
Herodes había aprendido a moverse extraordinariamente bien entre los hombres que parecían gobernar el mundo.
Pronto descubriría que existían acontecimientos que ni sus alianzas, ni Roma, ni su corona podrían controlar.
Lucas 1:5; Daniel 2:20–21; Daniel 4:17; Daniel 7:17–18.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XIV. Relata el ascenso de Antípatro, el gobierno temprano de Herodes en Galilea, su relación con las autoridades romanas, su nombramiento como tetrarca, su viaje a Roma, el respaldo de Marco Antonio y Octaviano, y la decisión del Senado romano de proclamarlo rey. También relata el apoyo militar romano que permitió consolidar posteriormente su reino.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Describe el encuentro de Herodes con Octaviano después de la derrota de Marco Antonio y la confirmación de Herodes en el trono por el futuro Augusto.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII. Al registrar la muerte de Herodes, Josefo distingue entre los treinta y siete años transcurridos desde que Roma lo declaró rey y los treinta y cuatro años de su reinado efectivo después de consolidar el poder.
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Roma podía entregarle una corona.
Podía llamarlo rey.
Podía proporcionarle soldados.
Pero había algo que el Senado romano no podía darle a Herodes:
una historia que lo convirtiera naturalmente en heredero del trono de Israel.
Ese sería uno de los grandes problemas de su reinado.
Herodes no pertenecía a la antigua casa de David ni descendía de la dinastía asmonea que había gobernado Judea antes de él.
Su familia procedía de Idumea, territorio situado al sur de Judea y relacionado históricamente con los edomitas.
Unas generaciones antes del nacimiento de Herodes, el gobernante asmoneo Juan Hircano I había conquistado Idumea. Flavio Josefo relata que permitió a los idumeos permanecer en su tierra con la condición de circuncidarse y adoptar las leyes judías. Según Josefo, aceptaron esas condiciones y desde entonces quedaron incorporados al pueblo judío.
Herodes nació, por tanto, dentro de una familia idumea que practicaba el judaísmo.
Pero su origen seguía siendo conocido.
Y eso importaba.
Porque ahora aquel idumeo estaba sentado sobre el trono de Judea.

Su padre, Antípatro, había construido cuidadosamente el camino político que permitiría el ascenso de la familia.
Su madre se llamaba Cipros y procedía de una familia árabe nabatea.
Herodes creció, por tanto, en una casa acostumbrada a moverse entre diferentes mundos: Judea, Idumea, Arabia y Roma.
Eso probablemente contribuyó a convertirlo en el extraordinario político que llegaría a ser.
Sabía negociar.
Sabía reconocer quién tenía poder.
Sabía cambiar de estrategia cuando cambiaban las circunstancias.
Sabía relacionarse con romanos y judíos.
Y había aprendido algo esencial para sobrevivir políticamente en aquel mundo:
el poder no solamente se conquista; también debe legitimarse.
Herodes podía gobernar Judea.
Pero para muchos de sus súbditos existía una pregunta inevitable:
¿qué derecho tenía este hombre al trono?
La pregunta era especialmente importante porque Judea acababa de ser gobernada durante generaciones por la familia asmonea.
Los asmoneos poseían algo que Herodes necesitaba desesperadamente: prestigio dinástico.
Eran descendientes de la familia que había encabezado la rebelión de los macabeos contra el dominio seléucida. Sus antepasados habían recuperado Jerusalén, purificado el Templo y conseguido finalmente un período de independencia judía.
Sus nombres estaban vinculados a una de las historias más gloriosas de resistencia nacional.
Herodes no tenía esa historia.
Él tenía otra cosa:
el respaldo de Roma.
Y había una diferencia enorme entre ambas.
Aquí entra en nuestra historia una mujer que posteriormente será fundamental: Mariamne I.
Mariamne pertenecía a la familia asmonea.
Era nieta de Hircano II por parte de su madre y nieta de Aristóbulo II por parte de su padre. En ella convergían, por tanto, importantes líneas de la antigua casa gobernante.
Herodes se comprometió con ella y posteriormente la tomó por esposa.
El matrimonio tenía una dimensión personal, pero también poseía un enorme significado político.
Al casarse con una princesa asmonea, Herodes vinculaba su nueva dinastía con la familia que había gobernado Judea antes que él.
Sus futuros hijos con Mariamne podrían poseer algo que él nunca tendría por sí mismo:
sangre asmonea.
Herodes podía construir una nueva dinastía, pero necesitaba conectar esa dinastía con la antigua.
Y aquí comienza a aparecer una tensión que acompañaría buena parte de su vida.
Herodes era extraordinariamente capaz.
Reducirlo simplemente a un tirano sería impedirnos comprenderlo.
Era inteligente.
Tenía enorme capacidad administrativa.
Comprendía la política internacional.
Sabía conseguir aliados.
Era militarmente competente.
Posteriormente demostraría una capacidad extraordinaria para construir ciudades, fortalezas, puertos y palacios.
Podía sentarse frente a algunos de los hombres más poderosos del mundo romano y negociar con ellos.
Pero debajo de todas esas capacidades existía una vulnerabilidad.
Herodes sabía que otros poseían una legitimidad que él no poseía.
Un asmoneo podía recordárselo.
Un descendiente de una antigua familia podía recordárselo.
La admiración popular hacia otra persona podía recordárselo.
Su propia esposa podía recordárselo.
Incluso sus propios hijos podrían algún día recordárselo.
La corona estaba sobre su cabeza.
Pero la pregunta permanecía dentro de ella:
¿me consideran realmente su rey?
Por eso debemos detenernos en el título que Herodes había recibido.
Para Roma era fundamentalmente un título político.
Para Herodes era la confirmación de todo aquello que había conseguido.
Pero dentro de la historia de Israel esas palabras podían tener una profundidad mucho mayor.
Israel tenía una antigua tradición real.
Dios había prometido a David:
«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.» — 2 Samuel 7:16.
Los profetas habían mantenido viva la esperanza de un gobernante relacionado con David. Isaías había hablado de un niño sobre cuyo hombro estaría el principado y cuyo reino sería establecido sobre el trono de David. Miqueas había señalado a Belén como el lugar del cual saldría un gobernante para Israel.
Herodes no pertenecía a esa casa.
No procedía de Belén.
No descendía de David.
Su título había venido de Roma.
Y, sin embargo, era él quien estaba sentado en Jerusalén como rey de los judíos.
Esta realidad permanecería silenciosa durante años.
Hasta que un día llegaron unos viajeros del Oriente haciendo una pregunta.
Una pregunta de pocas palabras.
Pero palabras capaces de tocar exactamente la herida política que Herodes había llevado durante buena parte de su vida:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:2.
No estaban preguntando por alguien que quería convertirse en rey.
No preguntaban por alguien que había conseguido que Roma lo nombrara rey.
Preguntaban por alguien que había nacido Rey.
Ahora podemos comenzar a comprender por qué aquellas palabras podían resultar tan perturbadoras para Herodes.
El título que había luchado por conseguir acababa de ser utilizado para describir a otro.
La historia de Herodes comienza a mostrarnos algo inquietante.
Un hombre puede poseer aquello que siempre quiso y continuar sintiendo que debe defenderlo.
Herodes tenía la corona.
Tenía palacios.
Tenía ejércitos.
Tenía el reconocimiento de Roma.
Tenía enormes riquezas.
Y aun así, ninguna de esas cosas podía cambiar su origen.
El poder podía cubrir su inseguridad, pero no podía sanarla.
Cuando nuestra identidad depende de un título, una posición, el reconocimiento de otros o aquello que hemos conseguido, cualquier persona que parezca amenazar esas cosas puede comenzar a parecernos enemiga.
Y entonces ocurre algo peligroso:
ya no utilizamos nuestra posición para servir.
Comenzamos a utilizar nuestra vida para proteger nuestra posición.
Todavía no hemos visto hasta dónde llevaría esto a Herodes.
Pero ya conocemos la herida.
Y pronto comenzaremos a ver sus consecuencias.
Génesis 25:30; 36:1, 8–9; 2 Samuel 7:12–16; Isaías 9:6–7; Miqueas 5:2; Mateo 2:1–3; Lucas 1:32–33.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XIII. Relata la conquista de Idumea por Juan Hircano I y la incorporación de los idumeos mediante la circuncisión y la adopción de las leyes judías.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XIV–XV. Principal fuente antigua para el origen familiar de Herodes, Antípatro, su ascenso político y su relación con la familia asmonea.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Relata los antecedentes familiares de Herodes, su matrimonio con Mariamne y los conflictos dinásticos que acompañaron su reinado.
Encyclopaedia Britannica, “Herod, king of Judaea”. Síntesis histórica del origen idumeo de Herodes, su familia, su relación con Roma y su matrimonio con Mariamne I.
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Si solamente recordáramos a Herodes por su crueldad, tendríamos una imagen incompleta del personaje.
Herodes fue también uno de los constructores más extraordinarios de la antigüedad.
Durante su largo reinado transformó ciudades, levantó fortalezas, construyó palacios, desarrolló sistemas hidráulicos y emprendió proyectos cuya magnitud todavía puede contemplarse arqueológicamente más de dos mil años después.
Herodes quería dejar huella.
Y lo consiguió.

Uno de sus proyectos más impresionantes fue Cesarea Marítima, construida sobre la costa mediterránea en el lugar de una población conocida como Torre de Estratón.
Herodes prácticamente creó allí una gran ciudad.
Construyó calles, edificios públicos, un teatro, instalaciones deportivas, templos y un palacio junto al mar. La ciudad recibió el nombre de Cesarea en honor de César Augusto.
Pero la obra más extraordinaria estaba en el agua.
La costa no poseía allí un gran puerto natural. Herodes decidió construir uno.
Josefo describe enormes bloques hundidos en el mar para formar los rompeolas del puerto, llamado Sebastos, equivalente griego de Augustus. La arqueología moderna ha confirmado el empleo de ingeniería romana avanzada, incluido hormigón hidráulico capaz de endurecer bajo el agua.
Era una obra gigantesca.
Donde la naturaleza no había proporcionado un gran puerto, Herodes construyó uno.
Cesarea se convirtió en una puerta de comunicación entre Judea y el Mediterráneo y, posteriormente, en uno de los centros administrativos más importantes de la región.

Luego estaba Masada.
Sobre una enorme meseta rocosa cercana al mar Muerto, Herodes desarrolló una fortaleza que todavía hoy resulta impresionante.
Había murallas.
Torres.
Almacenes.
Cisternas.
Baños.
Residencias.
Y palacios.
El más espectacular descendía en terrazas por la ladera norte de la montaña. Desde allí podía contemplarse el desierto de Judea y el mar Muerto cientos de metros más abajo.
Pero quizá lo más sorprendente era el agua.
Masada se encuentra en un ambiente extremadamente seco. Herodes hizo desarrollar un complejo sistema de canales y enormes cisternas capaces de recoger y almacenar el agua de las lluvias torrenciales que descendían ocasionalmente por los wadis cercanos.
En medio del desierto podía existir una residencia real con depósitos, baños y enormes reservas.
Era ingeniería puesta al servicio de la supervivencia.

A pocos kilómetros de Belén se levantaba otro de sus grandes proyectos:
Su silueta todavía domina el paisaje.
Herodes transformó el lugar hasta darle la apariencia de una montaña monumental. En su parte superior construyó un palacio-fortaleza con torres, habitaciones, patios y baños. En la zona inferior existían jardines, edificios administrativos y una enorme piscina rodeada de columnas.
No era solamente una fortaleza.
Era una declaración.
Desde grandes distancias podía verse aquella montaña asociada al nombre de su constructor.
Josefo afirma que Herodes tenía un afecto especial por el lugar y que finalmente sería sepultado allí.
Resulta difícil encontrar un monumento que represente mejor al hombre.
Herodes incluso dejó su nombre sobre una montaña.
Herodes también construyó grandes complejos palaciegos en Jericó.
El clima cálido de aquella región permitía utilizarla como residencia de invierno. Allí desarrolló sucesivamente complejos cada vez mayores, con patios, jardines, piscinas, baños y espacios destinados a la vida cortesana.
Jericó era fértil, rica y estratégica.
Mientras Jerusalén podía ser fría durante el invierno, los palacios de Jericó ofrecían otro ambiente.
Herodes no construía solamente para defenderse.
También sabía construir para vivir con extraordinario lujo.
Herodes comprendía perfectamente la importancia estratégica de las alturas.
Además de Masada y Herodión, fortaleció o utilizó fortalezas como Maqueronte, Alexandrium e Hircano.
Aquellos lugares podían proteger rutas, almacenar provisiones, albergar tropas y proporcionar refugios difíciles de conquistar.
Desde una fortaleza elevada podía observarse el territorio.
Y desde varias fortalezas distribuidas estratégicamente podía protegerse un reino.
Herodes parecía construir pensando siempre en dos cosas:
grandeza y seguridad.

El rey Herodes engrandeció el templo de Jerusalén
La capital recibió igualmente enormes inversiones.
Herodes construyó un magnífico palacio real en la parte occidental de Jerusalén, protegido por enormes torres.
Josefo describe algunas de ellas con nombres propios: Hípico, Fasael y Mariamne.
También desarrolló instalaciones públicas y transformó profundamente el aspecto monumental de la ciudad.
Pero había un proyecto que superaría a todos los demás.
El Templo.
Ese merece un capítulo aparte.
Las obras de Herodes no tenían una sola explicación.
Había razones económicas.
Cesarea podía impulsar el comercio marítimo.
Había razones militares.
Las fortalezas protegían el territorio.
Había razones políticas.
Las ciudades y templos dedicados al emperador demostraban su amistad con Roma.
Había razones personales.
Palacios y monumentos proclamaban riqueza, autoridad y prestigio.
Y había también una extraordinaria capacidad personal.
Herodes sabía imaginar proyectos enormes y conseguir que se realizaran.
Podemos desaprobar muchas de sus acciones sin negar sus capacidades.
Era un hombre extraordinariamente competente.
Y eso hace su historia todavía más inquietante.
Herodes podía mirar una costa sin puerto e imaginar Cesarea.
Podía mirar una roca en medio del desierto e imaginar Masada.
Podía mirar una colina cerca de Belén y convertirla en Herodión.
Podía llevar agua donde parecía imposible.
Podía levantar ciudades donde antes apenas existían poblaciones.
Podía construir edificios capaces de sobrevivir milenios.
Pero había algo que toda aquella capacidad no podía construir:
paz dentro de sí mismo.
Ese es uno de los grandes contrastes de su vida.
No debemos convertir a los hombres malos en caricaturas, como si fueran incapaces de producir algo bueno, bello o extraordinario.
La realidad humana es mucho más compleja.
Una persona puede ser brillante y estar profundamente herida.
Puede ser admirada y vivir atormentada.
Puede construir algo que beneficie a miles y destruir aquello que tiene más cerca.
Puede poseer extraordinaria inteligencia y tomar decisiones terribles.
El talento no transforma automáticamente el carácter.
Herodes estaba construyendo un reino que maravillaría a quienes lo contemplaran.
Pero mientras sus edificios crecían hacia el cielo, algo dentro de él comenzaba a descender hacia lugares cada vez más oscuros.
Pronto veremos hasta dónde.
La grandeza exterior puede engañarnos.
Los hombres solemos medir el éxito por aquello que podemos contar, construir, acumular o mostrar.
Dios mira algo que ninguna excavación arqueológica puede descubrir:
el corazón.
Dos mil años después todavía podemos caminar entre las piedras de Masada, contemplar las ruinas de Cesarea y subir a Herodión.
Son impresionantes.
Pero también permanecen como un recordatorio silencioso:
podemos construir monumentos que sobrevivan siglos y descuidar aquello que Dios considera más importante dentro de nosotros.
1 Samuel 16:7; Proverbios 4:23; Mateo 6:19–21.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVI. Describe extensamente los proyectos constructivos de Herodes, particularmente Cesarea, Jerusalén, fortalezas, palacios y otras ciudades.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Ofrece descripciones de Cesarea, Herodión, Masada, los palacios de Herodes y las grandes torres de Jerusalén.
Israel Nature and Parks Authority — Masada National Park. Los restos arqueológicos conservan los palacios, fortificaciones, almacenes, baños y grandes sistemas de captación y almacenamiento de agua construidos durante el período herodiano.
Israel Nature and Parks Authority — Herodium National Park. Conserva el complejo palaciego-fortificado, estructuras monumentales y restos relacionados con Herodes.
Israel Nature and Parks Authority — Caesarea National Park. Los restos arqueológicos documentan el enorme desarrollo urbano y portuario de Cesarea bajo Herodes.
Investigaciones arqueológicas del puerto de Cesarea (Sebastos). Han documentado el empleo de técnicas romanas de construcción marítima y hormigón hidráulico en uno de los mayores puertos artificiales de su época.
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De todas las construcciones de Herodes, ninguna tendría tanta importancia para el pueblo judío como aquella que levantó en Jerusalén.
No llevaba su nombre.
No estaba dedicada a Augusto.
No era un palacio para su comodidad ni una fortaleza para proteger su corona.
Era la casa de Dios.
El Templo de Jerusalén ya existía desde siglos atrás. Después de la destrucción del templo de Salomón por los babilonios, los judíos que regresaron del exilio habían levantado un segundo templo bajo Zorobabel. Aquel santuario permanecía en pie cuando Herodes llegó al poder.
Pero Herodes decidió transformarlo.
El proyecto sería tan grande que, aunque técnicamente se trataba de una reconstrucción y ampliación del Segundo Templo, el resultado terminaría siendo conocido comúnmente como el Templo de Herodes.
Según Flavio Josefo, alrededor del año 20–19 a. C., Herodes reunió al pueblo y anunció su intención de reconstruir el Templo a una escala mucho mayor.
La reacción no fue inmediatamente de entusiasmo.
Tuvieron miedo.
El pueblo temía que Herodes derribara el edificio existente y después, por alguna razón, no pudiera terminar el nuevo.
Era comprensible.
No estaban hablando de cualquier construcción.
Era el lugar más sagrado de Israel.
Herodes tuvo que asegurarles que no destruiría el santuario hasta que los materiales estuvieran preparados.
Entonces comenzó una preparación extraordinaria.
Josefo afirma que se dispusieron mil carros para transportar piedra, se seleccionaron diez mil trabajadores y se capacitó a mil sacerdotes para realizar aquellas partes de la construcción a las que solamente ellos podían acceder.
Herodes podía utilizar obreros para levantar un palacio.
Pero para trabajar en las zonas sagradas del Templo tuvo que preparar sacerdotes.
La construcción misma debía respetar la santidad del lugar.
El problema era que Herodes no quería simplemente embellecer un edificio.
Quería transformar todo el complejo.
El monte sobre el cual se encontraba el Templo tenía limitaciones naturales. Para crear un espacio monumental había que ampliar enormemente la plataforma.
Se levantaron gigantescos muros de contención y se rellenaron espacios para extender la explanada.
Algunas de aquellas piedras eran enormes.
Todavía hoy pueden observarse bloques herodianos en los muros que rodean el Monte del Templo. En el llamado Túnel del Muro Occidental se encuentra una de las piedras más impresionantes asociadas a esta construcción: un bloque de aproximadamente trece metros de longitud y de cientos de toneladas de peso.
Mover piedras semejantes sin grúas modernas continúa produciendo admiración.
Herodes estaba modificando prácticamente la montaña.

El edificio central fue reconstruido con enorme esplendor.
Josefo describe grandes bloques de piedra blanca y abundante utilización de oro. Desde lejos, ciertas partes del edificio podían producir un brillo extraordinario bajo la luz del sol.
Décadas después, el aspecto del complejo todavía causaba admiración.
Los Evangelios conservan precisamente esa reacción.
«Maestro, mira qué piedras, y qué edificios.» — Marcos 13:1.
Lucas también menciona que el Templo estaba «adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas» (Lucas 21:5).
Eso significa que cuando Jesús caminó por Jerusalén, todavía podía contemplarse el resultado del proyecto iniciado por Herodes.
Sus discípulos mismos quedaron impresionados.
Para comprender la importancia de aquella construcción debemos evitar pensar en el Templo simplemente como una gran iglesia.
Era mucho más.
Allí se ofrecían sacrificios.
Allí ministraban los sacerdotes.
Allí llegaban peregrinos durante las grandes fiestas.
Allí se celebraba la Pascua.
Allí estaba el altar.
Allí se encontraba el Lugar Santísimo.
Jerusalén era la ciudad santa, y el Templo constituía su centro espiritual.
Judíos procedentes de diferentes regiones viajaban hasta allí para adorar.
Engrandecer el Templo significaba tocar el corazón religioso de Israel.
Herodes lo sabía.
Probablemente no existe una sola respuesta.
Herodes tenía verdadera fascinación por las grandes construcciones. Ya hemos visto lo que fue capaz de hacer en Cesarea, Masada, Herodión y otros lugares.
También comprendía perfectamente el valor político de una obra semejante.
Él era un rey cuya legitimidad ante muchos judíos podía ser cuestionada. Engrandecer el centro religioso de la nación podía proporcionarle prestigio y favorecer su relación con sus súbditos.
Además, un proyecto de semejante magnitud proclamaba algo acerca del propio constructor.
Quien contemplara aquella maravilla difícilmente podría ignorar al rey que había hecho posible su transformación.
Pero aquí aparece una paradoja todavía más profunda.
Herodes podía respetar cuidadosamente las normas relacionadas con la construcción del santuario.
Podía preparar sacerdotes para trabajar donde otros hombres no debían entrar.
Podía transportar piedras gigantescas.
Podía cubrir partes del edificio con oro.
Podía engrandecer los patios.
Podía invertir enormes recursos en la casa de Dios.
Pero ninguna de aquellas cosas podía transformar su corazón.
Este quizá sea uno de los aspectos más inquietantes de la historia de Herodes.
Es posible hacer cosas impresionantes para Dios sin necesariamente caminar cerca de Dios.
Es posible construir.
Es posible donar.
Es posible participar en actividades religiosas.
Es posible conocer las reglas.
Es posible respetar ceremonias.
Es posible incluso contribuir a que otras personas tengan un lugar donde adorar.
Y aun así conservar dentro del corazón ambición, temor, orgullo, celos o deseo de reconocimiento.
La actividad religiosa puede modificar nuestras obras sin necesariamente haber transformado todavía nuestro interior.
Herodes podía trabajar sobre la casa de Dios.
Pero Dios quería trabajar sobre el corazón del hombre.
Hay un pequeño detalle en el Evangelio de Juan que nos permite comprender la magnitud de aquella empresa.
Durante una conversación con Jesús, algunos judíos dijeron:
«En cuarenta y seis años fue edificado este templo…» — Juan 2:20.
Las obras habían comenzado décadas atrás y diferentes trabajos continuarían durante mucho tiempo.
Herodes moriría sin ver completamente terminada toda la obra que había puesto en marcha.
Generaciones de trabajadores continuarían levantando, adornando y completando el complejo.
Su proyecto había sobrevivido a su constructor.
Aquí aparece algo muy diferente de los capítulos anteriores.
Dios permitió que un hombre profundamente imperfecto contribuyera a embellecer el lugar donde miles de personas acudirían para buscarlo.
Eso nos recuerda que Dios puede utilizar incluso las obras de personas cuyos corazones están lejos de reflejar plenamente su carácter.
Pero también nos muestra algo acerca de lo que Dios realmente valora.
Herodes estaba preocupado por las piedras.
Dios siempre había estado preocupado por el corazón.
Siglos antes, Samuel había aprendido:
«El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.» — 1 Samuel 16:7.
El Templo podía ser magnífico.
Las piedras podían ser gigantescas.
El oro podía resplandecer bajo el sol.
Miles de personas podían admirar el edificio.
Pero ninguna cantidad de piedra, oro, sacrificios o actividad religiosa podía sustituir aquello que Dios siempre había pedido al hombre:
un corazón que le perteneciera.
Y quizá esa sea la tragedia silenciosa de Herodes.
Fue capaz de engrandecer la casa de Dios ante los ojos de toda una nación.
Pero nunca aprendió que el edificio que más necesitaba ser reconstruido estaba dentro de él.
1 Samuel 16:7; 1 Reyes 8:27; Hageo 2:3–9; Marcos 13:1–2; Lucas 21:5–6; Juan 2:13–21.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV, 380–425. Fuente principal para el proyecto herodiano del Templo: el anuncio de Herodes, el temor inicial del pueblo, la preparación de materiales, los trabajadores y sacerdotes especializados, y la reconstrucción del santuario.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro V, 184–247. Contiene una descripción detallada del complejo del Templo, sus patios, puertas, dimensiones, piedras y ornamentación.
Mishná, tratado Middot. Conserva tradiciones antiguas relacionadas con las dimensiones y organización del complejo del Segundo Templo.
Arqueología de Jerusalén del período herodiano. Los restos conservados alrededor del Monte del Templo, incluidos grandes sillares herodianos, arcos, calles y estructuras adyacentes, permiten apreciar la escala monumental de la ampliación iniciada bajo Herodes.
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