Dr. Elio M Rivera
De todas las construcciones de Herodes, ninguna tendría tanta importancia para el pueblo judío como aquella que levantó en Jerusalén.
No llevaba su nombre.
No estaba dedicada a Augusto.
No era un palacio para su comodidad ni una fortaleza para proteger su corona.
Era la casa de Dios.
El Templo de Jerusalén ya existía desde siglos atrás. Después de la destrucción del templo de Salomón por los babilonios, los judíos que regresaron del exilio habían levantado un segundo templo bajo Zorobabel. Aquel santuario permanecía en pie cuando Herodes llegó al poder.
Pero Herodes decidió transformarlo.
El proyecto sería tan grande que, aunque técnicamente se trataba de una reconstrucción y ampliación del Segundo Templo, el resultado terminaría siendo conocido comúnmente como el Templo de Herodes.
Una propuesta que produjo miedo
Según Flavio Josefo, alrededor del año 20–19 a. C., Herodes reunió al pueblo y anunció su intención de reconstruir el Templo a una escala mucho mayor.
La reacción no fue inmediatamente de entusiasmo.
Tuvieron miedo.
El pueblo temía que Herodes derribara el edificio existente y después, por alguna razón, no pudiera terminar el nuevo.
Era comprensible.
No estaban hablando de cualquier construcción.
Era el lugar más sagrado de Israel.
Herodes tuvo que asegurarles que no destruiría el santuario hasta que los materiales estuvieran preparados.
Entonces comenzó una preparación extraordinaria.
Josefo afirma que se dispusieron mil carros para transportar piedra, se seleccionaron diez mil trabajadores y se capacitó a mil sacerdotes para realizar aquellas partes de la construcción a las que solamente ellos podían acceder.
Herodes podía utilizar obreros para levantar un palacio.
Pero para trabajar en las zonas sagradas del Templo tuvo que preparar sacerdotes.
La construcción misma debía respetar la santidad del lugar.
Una plataforma gigantesca
El problema era que Herodes no quería simplemente embellecer un edificio.
Quería transformar todo el complejo.
El monte sobre el cual se encontraba el Templo tenía limitaciones naturales. Para crear un espacio monumental había que ampliar enormemente la plataforma.
Se levantaron gigantescos muros de contención y se rellenaron espacios para extender la explanada.
Algunas de aquellas piedras eran enormes.
Todavía hoy pueden observarse bloques herodianos en los muros que rodean el Monte del Templo. En el llamado Túnel del Muro Occidental se encuentra una de las piedras más impresionantes asociadas a esta construcción: un bloque de aproximadamente trece metros de longitud y de cientos de toneladas de peso.
Mover piedras semejantes sin grúas modernas continúa produciendo admiración.
Herodes estaba modificando prácticamente la montaña.

El templo de Jerusalén, un santuario que deslumbraba
El edificio central fue reconstruido con enorme esplendor.
Josefo describe grandes bloques de piedra blanca y abundante utilización de oro. Desde lejos, ciertas partes del edificio podían producir un brillo extraordinario bajo la luz del sol.
Décadas después, el aspecto del complejo todavía causaba admiración.
Los Evangelios conservan precisamente esa reacción.
«Maestro, mira qué piedras, y qué edificios.» — Marcos 13:1.
Lucas también menciona que el Templo estaba «adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas» (Lucas 21:5).
Eso significa que cuando Jesús caminó por Jerusalén, todavía podía contemplarse el resultado del proyecto iniciado por Herodes.
Sus discípulos mismos quedaron impresionados.
El corazón religioso de una nación
Para comprender la importancia de aquella construcción debemos evitar pensar en el Templo simplemente como una gran iglesia.
Era mucho más.
Allí se ofrecían sacrificios.
Allí ministraban los sacerdotes.
Allí llegaban peregrinos durante las grandes fiestas.
Allí se celebraba la Pascua.
Allí estaba el altar.
Allí se encontraba el Lugar Santísimo.
Jerusalén era la ciudad santa, y el Templo constituía su centro espiritual.
Judíos procedentes de diferentes regiones viajaban hasta allí para adorar.
Engrandecer el Templo significaba tocar el corazón religioso de Israel.
Herodes lo sabía.
¿Por qué lo hizo?
Probablemente no existe una sola respuesta.
Herodes tenía verdadera fascinación por las grandes construcciones. Ya hemos visto lo que fue capaz de hacer en Cesarea, Masada, Herodión y otros lugares.
También comprendía perfectamente el valor político de una obra semejante.
Él era un rey cuya legitimidad ante muchos judíos podía ser cuestionada. Engrandecer el centro religioso de la nación podía proporcionarle prestigio y favorecer su relación con sus súbditos.
Además, un proyecto de semejante magnitud proclamaba algo acerca del propio constructor.
Quien contemplara aquella maravilla difícilmente podría ignorar al rey que había hecho posible su transformación.
Pero aquí aparece una paradoja todavía más profunda.
Herodes podía respetar cuidadosamente las normas relacionadas con la construcción del santuario.
Podía preparar sacerdotes para trabajar donde otros hombres no debían entrar.
Podía transportar piedras gigantescas.
Podía cubrir partes del edificio con oro.
Podía engrandecer los patios.
Podía invertir enormes recursos en la casa de Dios.
Pero ninguna de aquellas cosas podía transformar su corazón.
Cuando la religión también puede convertirse en monumento
Este quizá sea uno de los aspectos más inquietantes de la historia de Herodes.
Es posible hacer cosas impresionantes para Dios sin necesariamente caminar cerca de Dios.
Es posible construir.
Es posible donar.
Es posible participar en actividades religiosas.
Es posible conocer las reglas.
Es posible respetar ceremonias.
Es posible incluso contribuir a que otras personas tengan un lugar donde adorar.
Y aun así conservar dentro del corazón ambición, temor, orgullo, celos o deseo de reconocimiento.
La actividad religiosa puede modificar nuestras obras sin necesariamente haber transformado todavía nuestro interior.
Herodes podía trabajar sobre la casa de Dios.
Pero Dios quería trabajar sobre el corazón del hombre.
Cuarenta y seis años
Hay un pequeño detalle en el Evangelio de Juan que nos permite comprender la magnitud de aquella empresa.
Durante una conversación con Jesús, algunos judíos dijeron:
«En cuarenta y seis años fue edificado este templo…» — Juan 2:20.
Las obras habían comenzado décadas atrás y diferentes trabajos continuarían durante mucho tiempo.
Herodes moriría sin ver completamente terminada toda la obra que había puesto en marcha.
Generaciones de trabajadores continuarían levantando, adornando y completando el complejo.
Su proyecto había sobrevivido a su constructor.
¿Qué aprendemos del corazón de Dios?
Aquí aparece algo muy diferente de los capítulos anteriores.
Dios permitió que un hombre profundamente imperfecto contribuyera a embellecer el lugar donde miles de personas acudirían para buscarlo.
Eso nos recuerda que Dios puede utilizar incluso las obras de personas cuyos corazones están lejos de reflejar plenamente su carácter.
Pero también nos muestra algo acerca de lo que Dios realmente valora.
Herodes estaba preocupado por las piedras.
Dios siempre había estado preocupado por el corazón.
Siglos antes, Samuel había aprendido:
«El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.» — 1 Samuel 16:7.
El Templo podía ser magnífico.
Las piedras podían ser gigantescas.
El oro podía resplandecer bajo el sol.
Miles de personas podían admirar el edificio.
Pero ninguna cantidad de piedra, oro, sacrificios o actividad religiosa podía sustituir aquello que Dios siempre había pedido al hombre:
un corazón que le perteneciera.
Y quizá esa sea la tragedia silenciosa de Herodes.
Fue capaz de engrandecer la casa de Dios ante los ojos de toda una nación.
Pero nunca aprendió que el edificio que más necesitaba ser reconstruido estaba dentro de él.
Referencias bíblicas
1 Samuel 16:7; 1 Reyes 8:27; Hageo 2:3–9; Marcos 13:1–2; Lucas 21:5–6; Juan 2:13–21.
Referencias históricas
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV, 380–425. Fuente principal para el proyecto herodiano del Templo: el anuncio de Herodes, el temor inicial del pueblo, la preparación de materiales, los trabajadores y sacerdotes especializados, y la reconstrucción del santuario.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro V, 184–247. Contiene una descripción detallada del complejo del Templo, sus patios, puertas, dimensiones, piedras y ornamentación.
Mishná, tratado Middot. Conserva tradiciones antiguas relacionadas con las dimensiones y organización del complejo del Segundo Templo.
Arqueología de Jerusalén del período herodiano. Los restos conservados alrededor del Monte del Templo, incluidos grandes sillares herodianos, arcos, calles y estructuras adyacentes, permiten apreciar la escala monumental de la ampliación iniciada bajo Herodes.
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