00. Séforis: Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado

Séforis: Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado

Dr. Elio M. Rivera

Introducción — El día que comprendí de otra manera el amor de Dios

  Había visitado Israel en varias ocasiones, pero hubo un lugar que despertó en mí una curiosidad especial.

  Su nombre era Séforis.

  Cuando supe de la existencia de sus ruinas y comencé a leer acerca de aquella antigua ciudad de Galilea, sentí un deseo ardiente de conocerla.

  Estaba situada a pocos kilómetros de Nazaret, el lugar donde Jesús había crecido.

  Durante los años de su juventud, Séforis había sido un importante centro de actividad política, económica y constructiva bajo el gobierno de Herodes Antipas.

  Algunos investigadores habían planteado una posibilidad que me fascinó: que José y Jesús, siendo artesanos, pudieron haber trabajado en aquella ciudad.

  La idea me pareció extraordinariamente razonable.

  Yo podía relacionarla con la vida que conocía.

  En mi propia ciudad he visto cómo los trabajadores recorren diariamente distancias considerables para llegar a sus empleos. Algunos salen antes del amanecer y regresan cuando el día está terminando.

  No siempre trabajan cerca de sus hogares.

  Van adonde existe una oportunidad de ganarse la vida.

  ¿Por qué habría sido diferente para los trabajadores de Nazaret?

  Si Séforis necesitaba constructores y Nazaret estaba tan cerca, ¿no sería natural que algunos artesanos acudieran allí?

  Y entre ellos, ¿pudo haber estado Jesús?

El viento frío de Séforis

  Recuerdo muy bien el día que finalmente llegué.

  Era invierno.

  Habíamos viajado hasta las ruinas de aquella antigua ciudad y, cuando abrí la puerta del automóvil, una ráfaga de viento helado me golpeó directamente el rostro.

  Sentí el frío de inmediato.

  Y entonces, sin haberlo preparado, un pensamiento atravesó mi corazón:

  Él tuvo frío.

  Eso fue lo primero que pensé.

  No pensé en Herodes.

  No pensé en los edificios romanos.

  No pensé en los descubrimientos arqueológicos que había ido a conocer.

  Pensé en Jesús.

  Él también tuvo frío.

  Y comencé a llorar.

  Durante tantos años había predicado acerca de la encarnación de Jesucristo. Había enseñado que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

  Conocía las Escrituras.

  Pero aquella mañana, frente a las ruinas de Séforis, una verdad que había enseñado durante décadas adquirió para mí una profundidad diferente.

  El Hijo de Dios había tenido un cuerpo verdaderamente humano.

  Había sentido frío.

  Había sentido calor.

  Había conocido el cansancio.

  Y había vivido en una tierra donde las estaciones, los caminos y las necesidades de la vida no se detenían por nadie.

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).

  Aquel día comprendí aquellas palabras de una manera que nunca he olvidado.

Levanté mis ojos hacia Nazaret

  Después miré hacia las elevaciones donde se encuentra Nazaret.

  Desde aquella región podía reconocer la cercanía entre la antigua ciudad y el lugar donde Jesús había crecido.

  Y comencé a imaginar el camino.

  Si Jesús trabajó en Séforis, pudo haber recorrido aproximadamente seis o siete kilómetros para llegar desde Nazaret.

  Y después tendría que regresar.

  Doce o catorce kilómetros en una jornada.

  Se dice fácilmente.

  Pero caminar esa distancia no es lo mismo que mencionarla.

  Mucho menos después de haber trabajado durante horas.

  Nazaret se encuentra en una zona elevada. Los caminos de Galilea tenían pendientes, piedras, polvo y tramos difíciles.

  Imaginé a un joven saliendo temprano de su casa.

  Quizá todavía estaba oscuro.

  Tal vez el aire de invierno le golpeaba el rostro mientras descendía por el camino.

  Llevaba sus herramientas o aquello que necesitaba para trabajar.

  Al llegar, comenzaba una jornada de esfuerzo físico.

  Y cuando terminaba, todavía le esperaba el camino de regreso.

  Al día siguiente tendría que levantarse nuevamente.

  Y si el trabajo continuaba, volvería a recorrer aquella distancia.

  No importaba que hiciera frío.

  No importaba que el sol calentara intensamente durante el verano.

  Las necesidades de una familia no desaparecían por causa del clima.

  Me quedé contemplando aquellas distancias.

  ¿Cuántas veces pudo haber recorrido Jesús ese camino?

  No lo sé.

  Jesús regresando a casa, después de un largo día de trabajo

Los Evangelios no nos dicen que trabajara en Séforis.

  Pero la posibilidad me conmovió profundamente porque, por primera vez, podía contemplar físicamente lo que habría significado aquel recorrido.

  Y todavía no había llegado a lo que más iba a impresionarme.

No era solamente el camino. Era el lugar al que pudo haber llegado

  Mientras recorría las ruinas, comencé a pensar en algo que hasta entonces no había considerado con suficiente profundidad.

  Séforis no era Nazaret.

  Era una ciudad vinculada con el gobierno de Herodes Antipas y con las influencias culturales del mundo grecorromano.

  Allí podían encontrarse personas de distintas posiciones económicas, costumbres y formas de pensar.

  Funcionarios del gobierno.

  Comerciantes.

  Propietarios ricos.

  Artesanos.

  Trabajadores que dependían de un jornal.

  Hombres que buscaban enriquecerse.

  Y personas cuyas convicciones religiosas y morales podían ser muy diferentes de las de una familia judía fiel a las Escrituras.

  La cultura grecorromana conocía la veneración de múltiples dioses, los cultos relacionados con los gobernantes, los banquetes excesivos, la prostitución y costumbres sexuales que chocaban con la moral de Israel.

  No podemos afirmar que todas esas prácticas estuvieran presentes en Séforis durante la juventud de Jesús. Algunas manifestaciones arqueológicas conocidas de la ciudad pertenecen a épocas posteriores.

  Pero el contraste entre la fidelidad judía y las influencias del mundo pagano era una realidad de aquella época.

  Y entonces surgió en mi mente una pregunta que me estremeció.

  Si Jesús trabajó allí, ¿a qué clase de ambiente estuvo expuesto?

  ¿Escuchó conversaciones vulgares entre trabajadores?

  ¿Presenció engaños en los negocios?

  ¿Conoció hombres que se burlaban de las convicciones religiosas de otros?

  ¿Tuvo que tratar con propietarios injustos?

  ¿Escuchó hablar de dioses extranjeros y costumbres contrarias a la Ley que había aprendido desde niño?

  No podía responder aquellas preguntas.

  Pero comprendí que estaba considerando algo mucho mayor que la posibilidad de que Jesús hubiera trabajado en una ciudad.

  Estaba pensando en lo que significó para el Hijo de Dios vivir realmente entre los hombres.

Dios Padre entregó a su Hijo

  La primera verdad que vino a mi corazón fue una que había conocido desde mi juventud.

  Dios Padre nos dio a su Hijo.

  «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3:16, RVR1960).

  Durante muchos años había relacionado aquella entrega principalmente con el Calvario.

  Y ciertamente la cruz constituye la manifestación suprema de ese amor.

  Pero en Séforis comencé a pensar también en los años anteriores.

  El Padre no envió a su Hijo directamente desde el cielo hasta la cruz.

  Permitió que naciera como un niño.

  Que creciera dentro de una familia.

  Que aprendiera.

  Que trabajara.

  Que conociera las necesidades humanas.

  Que viviera en un mundo donde existían la injusticia, la codicia, la inmoralidad y la idolatría.

  No fue enviado a una humanidad ideal.

  Fue enviado a nuestra humanidad.

  Al mundo real.

  Al mundo donde vivimos nosotros.

Lo que yo no quería para mis hijos

  Entonces pensé en mis propios hijos.

  Como padre, siempre quise protegerlos.

  No quería que conocieran la crueldad de algunas personas.

  No quería que fueran engañados.

  No quería que sufrieran injusticias.

  No quería que las malas compañías los arrastraran hacia conductas que pudieran destruir sus vidas.

  Hubiera deseado evitarles las experiencias dolorosas que tantas veces acompañan al crecimiento.

  Quería que vivieran rodeados de personas buenas.

  Que nadie se aprovechara de ellos.

  Que nunca tuvieran que enfrentar ciertas miserias del corazón humano.

  Pero mientras contemplaba aquella antigua ciudad, pensé:

  Dios Padre permitió que su Hijo entrara en el mismo mundo del que yo quería proteger a los míos.

  Un mundo donde había hombres honestos y hombres corruptos.

  Donde algunos trabajaban honradamente y otros engañaban.

  Donde existían la generosidad y la codicia.

  La fidelidad y la infidelidad.

  La compasión y la crueldad.

  La adoración al Dios verdadero y la idolatría.

  El Padre no eliminó todas aquellas realidades del mundo antes de enviar a su Hijo.

  Y el Hijo estuvo dispuesto a vivir entre nosotros.

  No porque participara de nuestros pecados.

  Sino porque había venido a salvar a quienes vivíamos rodeados de ellos.

  ¿Cómo se puede comprender una clase de amor semejante?

Pudo haber vivido de otra manera

  Pensé también en las necesidades económicas.

  Dios Padre pudo haber dispuesto que Jesús creciera en una familia de grandes recursos.

  Pudo haberle preparado una existencia sin preocupaciones materiales.

  Pudo haber hecho que nunca necesitara buscar trabajo.

  Pero ésa no fue la vida que conocemos por los Evangelios.

  Jesús creció en una familia trabajadora.

  Aprendió un oficio.

  Y llegó a ser conocido como carpintero.

  Si trabajó en Séforis, quizá tuvo que buscar encargos, negociar pagos, cumplir horarios y responder ante personas que lo contrataban.

  Tal vez conoció compañeros difíciles.

  Tal vez tuvo que soportar decisiones injustas.

  Quizá alguna vez regresó sin haber conseguido el trabajo que esperaba.

  No podemos presentar esas escenas como acontecimientos de su biografía.

  Pero pertenecen al mundo que conocían los trabajadores de Galilea.

  Y Jesús vivió dentro de ese mundo.

  No necesitó fingir una vida humana.

  La vivió.

Fue tentado, pero permaneció sin pecado

  Aquí debemos recordar una verdad fundamental.

  La Escritura declara:

  «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).

  Jesús conoció verdaderamente la tentación.

  Pero jamás pecó.

  No participó de la corrupción moral que existía a su alrededor.

  No necesitó practicar el mal para conocer la realidad de un mundo caído.

  Permaneció fiel al Padre.

  Y esto me hizo pensar en algo extraordinario.

  Cuando nosotros somos tentados, podemos rendirnos.

  Podemos ceder ante la presión.

  Podemos buscar una salida equivocada.

  Pero Jesús permaneció obediente.

  Su santidad no fue el resultado de vivir completamente apartado de los hombres.

  Fue una santidad que permaneció intacta mientras vivía entre ellos.

  Y aquella obediencia no comenzó cuando apareció públicamente como Maestro.

  Había caracterizado toda su vida.

Aquella visita cambió mi manera de contemplar la encarnación

  Cuando llegué a Séforis, quería conocer unas ruinas.

  Quería comprender mejor la Galilea del primer siglo.

  Deseaba observar la ciudad donde algunos investigadores consideran posible que Jesús hubiera trabajado.

  Pero regresé con algo que no había ido buscando.

  Una comprensión más profunda del amor de Dios.

  El viento frío me había recordado que Jesús tuvo un cuerpo humano.

  La distancia hasta Nazaret me había hecho pensar en su cansancio.

  Las construcciones me habían recordado su oficio.

  Y el ambiente de aquella ciudad me llevó a considerar las pruebas morales que pudo haber enfrentado durante sus años de trabajo.

  Comprendí que la encarnación no consistió solamente en nacer en Belén y morir en Jerusalén.

  Entre aquellos dos acontecimientos hubo una vida entera.

  Una vida vivida en nuestro mundo.

  Entre nuestras necesidades.

  Entre nuestras debilidades.

  Entre las mismas realidades humanas que tantas veces nos preocupan.

  Y cuanto más pensaba en ello, más me conmovía la decisión del Padre de entregar a su Hijo y la disposición del Hijo de venir.

  «Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7, RVR1960).

  No encuentro una manera sencilla de expresar todo lo que sentí aquel día.

  Solamente sé que nunca volví a contemplar de la misma manera aquellos años de Jesús en Nazaret.

Las preguntas que investigaremos

  Esta tercera serie nace de aquella experiencia.

  En la primera parte hemos contemplado el mundo cotidiano de los trabajadores de Galilea.

  En la segunda hemos considerado la cercanía de Séforis, sus construcciones y las posibles relaciones entre aquella ciudad y las enseñanzas de Jesús.

  Ahora deseo examinar otra dimensión.

  Las pruebas morales que Jesús pudo haber encontrado en aquel ambiente.

  Investigaremos la idolatría y las influencias religiosas del mundo romano.

  Las fiestas y los excesos.

  La inmoralidad sexual y las conversaciones entre trabajadores.

  Las burlas contra la fe.

  Los engaños, las injusticias y la codicia.

  El orgullo de los poderosos y el desprecio hacia los humildes.

  No atribuiremos a Séforis costumbres que no podamos situar razonablemente en su contexto histórico.

  Tampoco inventaremos episodios de la vida de Jesús.

  Nuestro propósito será comprender el ambiente en el que pudo desenvolverse y considerar las pruebas que un trabajador fiel a Dios habría enfrentado en aquella sociedad.

  Y, sobre todo, contemplar al Hijo de Dios que permaneció santo en medio de un mundo imperfecto.

  Porque al final de esta investigación hay una verdad que supera todas nuestras preguntas sobre Séforis.

  Jesús no necesitaba haber trabajado en aquella ciudad para que su amor por nosotros fuera extraordinario.

  La encarnación misma ya lo era.

  Pero aquella visita me ayudó a comprender su profundidad.

  Todavía puedo recordar el viento frío golpeando mi rostro.

  Todavía puedo recordar mis ojos levantándose hacia Nazaret.

  Y todavía puedo recordar las lágrimas que no pude contener cuando pensé:

  Él tuvo frío.

  Él conoció el cansancio.

  Él vivió en nuestro mundo.

  Y lo hizo voluntariamente.

  Por amor.

  Dios Padre entregó a su Hijo a un mundo del que yo hubiera querido proteger a los míos.

  Y su Hijo vino.

  No se apartó de nuestra condición humana.

  La asumió.

  Vivió entre nosotros.

  Y permaneció sin pecado.

  Aquel día fui a conocer Séforis.

  Pero regresé comprendiendo un poco más cuánto nos amó Dios.

“Y auqel verbo se hizo carne y habito entre nosotros” Juan 1: 14

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.