01. La idolatría: el Hijo de Dios entre los dioses de Roma

Dr. Elio M Rivera

Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado

  Había algo profundamente contradictorio en el mundo donde Jesucristo creció.

  Los hombres adoraban dioses que ellos mismos habían fabricado.

  Les levantaban templos.

  Les ofrecían sacrificios.

  Quemaban incienso delante de sus imágenes.

  Les atribuían el poder de conceder salud, prosperidad, fertilidad y victoria.

  Y mientras todo aquello sucedía, el verdadero Hijo de Dios vivía entre los hombres sin que el mundo reconociera quién era.

  En Nazaret, Jesús había crecido escuchando las palabras que constituían el fundamento de la fe de Israel:

  «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Deuteronomio 6:4, RVR1960).

  Pero a pocos kilómetros de aquella pequeña aldea se encontraba Séforis, una ciudad que Herodes Antipas estaba desarrollando bajo la autoridad de Roma.

  Si Jesús trabajó allí, pudo haber entrado en contacto con personas que conocían y practicaban formas de adoración completamente contrarias a las Escrituras.

  No estamos hablando de una diferencia religiosa insignificante.

  Para un judío fiel, inclinarse delante de otro dios constituía una de las transgresiones más graves de la Ley.

  Y para Jesucristo, cuya obediencia al Padre fue perfecta, la idolatría era absolutamente incompatible con su identidad y su misión.

  ¿Qué significaba vivir rodeado de un mundo que adoraba a tantos dioses?

Un imperio lleno de divinidades

  Roma había extendido su dominio sobre pueblos que poseían tradiciones religiosas muy diferentes.

  En lugar de exigir que todos abandonaran sus antiguas divinidades, generalmente permitió que continuaran venerándolas, siempre que aquellas prácticas no amenazaran el orden imperial.

  Como resultado, el mundo romano estaba lleno de cultos.

  Júpiter era considerado una de las principales divinidades del Estado.

  Marte estaba relacionado con la guerra.

  Venus era venerada como diosa del amor y la belleza.

  Mercurio era asociado con el comercio, los viajeros y las ganancias.

  Neptuno era invocado por quienes buscaban protección en el mar.

  Diana era relacionada con la caza y otros aspectos de la naturaleza.

  A estas divinidades se sumaban los dioses griegos, las deidades locales y numerosos cultos extendidos por las provincias orientales.

  En algunos lugares se adoraba a Zeus; en otros, a Apolo, Artemisa, Dioniso o diferentes divinidades regionales.

  Cada una poseía sus imágenes, tradiciones, relatos y ceremonias.

  Había personas que buscaban el favor de una divinidad para obtener éxito en sus negocios.

  Otras acudían a un santuario para pedir sanidad.

  Algunas ofrecían sacrificios antes de emprender un viaje.

  Los soldados podían invocar a sus dioses antes de una campaña militar.

  Y las ciudades organizaban ceremonias públicas en honor de las divinidades que consideraban protectoras.

  Para muchos habitantes del imperio, aquellas prácticas no eran extraordinarias.

  Eran parte de la vida.

  Pero el Dios de Israel había prohibido expresamente que su pueblo participara en ellas.

  «No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra» (Éxodo 20:3-4, RVR1960).

  El conflicto era absoluto.

  Lo que para algunos era una expresión normal de devoción, para un israelita fiel podía constituir un acto de idolatría.

Cuando la idolatría salía a las calles

  No debemos imaginar que los dioses paganos permanecían encerrados dentro de sus templos.

  La religión podía ocupar los espacios públicos.

  En distintas ciudades del imperio, las imágenes de las divinidades aparecían en edificios, monumentos, objetos domésticos y monedas.

  Durante determinadas festividades se organizaban procesiones.

  Los sacerdotes presidían sacrificios.

  El humo de los altares se elevaba mientras los participantes presentaban sus ofrendas.

  Podía escucharse música ceremonial.

  Los fieles pronunciaban invocaciones y peticiones.

  Y ante las imágenes se realizaban actos de veneración.

  Pensemos en lo que significaba aquello para un joven que había aprendido desde niño que solamente Jehová debía recibir adoración.

  Podía observar cómo los hombres se inclinaban delante de una figura de piedra o metal.

  Cómo pedían protección a una imagen.

  Cómo atribuían poderes divinos a aquello que un artesano había elaborado con sus propias manos.

  El profeta Isaías había denunciado precisamente esa contradicción:

  «Parte del leño quema en el fuego; con parte de él come carne, prepara un asado, y se sacia; después se calienta, y dice: ¡Oh! me he calentado, he visto el fuego; y hace del sobrante un dios, un ídolo suyo; se postra delante de él, lo adora, y le ruega diciendo: Líbrame, porque mi dios eres tú» (Isaías 44:16-17, RVR1960).

  ¡Qué contraste!

  El hombre construía una imagen.

  Después se arrodillaba delante de ella.

  Y finalmente le pedía ayuda.

  Ahora pensemos en Jesús.

  Él mismo era un artesano.

  Conocía la madera, la piedra y los materiales de construcción.

  Sabía cuánto esfuerzo humano requería transformar aquellos materiales en objetos útiles.

  ¡Y vivía en un mundo donde otros hombres podían transformar esos mismos materiales en objetos de adoración!

  No sabemos si Jesús presenció una procesión pagana en Séforis. Pero aquella clase de veneración formaba parte del mundo imperial al que pertenecía Galilea.

  Y la contradicción resulta impresionante: el Hijo de Dios, que había venido a vivir entre nosotros, pudo haber contemplado a hombres adorando las obras de sus propias manos.

Augusto: cuando un hombre recibía honores divinos

  La idolatría del mundo romano no terminaba con sus dioses tradicionales.

  También alcanzaba a los gobernantes.

  Durante el siglo anterior al nacimiento de Jesús, Roma había experimentado profundas transformaciones políticas.

  Julio César fue asesinado en el año 44 antes de Cristo.

  Posteriormente, el Senado romano lo reconoció oficialmente como divino.

  Su heredero, Octaviano, recibió el título de Augusto y se convirtió en el gobernante más poderoso del imperio.

  En las provincias orientales comenzaron a desarrollarse formas de culto dedicadas a Roma y al emperador.

  Se levantaron templos.

  Se establecieron sacerdocios.

  Se celebraron ceremonias.

  Y se ofrecieron sacrificios como expresiones de veneración y lealtad.

  Augusto todavía gobernaba cuando Jesús nació.

  El Evangelio de Lucas lo menciona expresamente:

  «Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César» (Lucas 2:1, RVR1960).

  Aquel hombre ejercía autoridad sobre extensos territorios.

  Sus decisiones podían afectar la vida de millones de personas.

  Pero en algunas regiones no solamente se le reconocía como gobernante.

  También recibía honores religiosos.

  ¡Un hombre mortal era objeto de veneración!

  Mientras tanto, en una pequeña aldea de Galilea crecía Jesucristo.

  El Hijo eterno de Dios.

  Aquel por medio de quien fueron hechas todas las cosas.

  Y, sin embargo, para quienes lo conocían en Nazaret, era el hijo de una familia trabajadora.

  Los hombres concedían honores divinos al emperador mientras desconocían la verdadera identidad del carpintero de Nazaret.

Herodes y la veneración del emperador

  La relación entre el poder romano y la adoración imperial no era desconocida en los territorios gobernados por la familia de Herodes.

  Herodes el Grande había sido uno de los principales aliados de Roma en la región.

  Para demostrar su lealtad a Augusto, desarrolló proyectos monumentales que también incluían homenajes religiosos.

  En Cesarea Marítima construyó un templo dedicado a Roma y Augusto.

  En Sebaste también promovió la veneración imperial.

  Aquellos edificios expresaban algo más que admiración política.

  Representaban la introducción de honores religiosos dedicados al poder romano.

  Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, gobernaba Galilea durante los años de Jesús.

  Su posición dependía de las relaciones con Roma.

  Séforis fue uno de sus principales centros administrativos.

  Por sus espacios podían circular funcionarios, representantes de intereses políticos, comerciantes y personas relacionadas con el gobierno.

  No tenemos evidencia suficiente para afirmar que en la Séforis de la juventud de Jesús existiera un templo dedicado al emperador.

  Pero el culto imperial formaba parte del sistema político más amplio al que aquella ciudad estaba vinculada.

  Y sus símbolos, su lenguaje y sus expresiones de lealtad podían llegar a quienes tenían contacto con la administración herodiana.

  La autoridad de Roma no solamente se manifestaba mediante soldados y tributos. En muchas regiones también estaba rodeada de veneración religiosa.

¿Pudo Jesús haber recibido una invitación para adorar a otros dioses?

  Ésta es una de las preguntas que más me impresionan.

  Si Jesús trabajó en Séforis, no habría llegado allí como un personaje reconocido por su identidad divina.

  Habría llegado como un artesano.

  Un trabajador que buscaba ganarse la vida.

  Alguien que debía relacionarse con quienes contrataban sus servicios y con otros hombres que participaban en las obras.

  En el mundo antiguo, las prácticas religiosas podían formar parte de reuniones familiares, celebraciones comunitarias y actividades relacionadas con diferentes oficios.

  Una invitación a participar en un acto de veneración podía surgir dentro de una relación social ordinaria.

  No necesariamente habría comenzado con una amenaza.

  Quizá alguien habría dicho:

  —Ven con nosotros. Hoy ofreceremos un sacrificio.

  Otro podría haberlo invitado a presentar incienso ante una imagen.

  Un compañero acostumbrado a los dioses romanos podría haberle sugerido que pidiera protección a alguna divinidad.

  Y tal vez alguien habría intentado convencerlo de que aquello no tenía importancia.

  Estas escenas son posibilidades históricas, no acontecimientos registrados de la vida de Jesús.

  No sabemos si recibió personalmente una invitación semejante.

  Pero sí sabemos que el mundo al que vino conocía esas prácticas.

  Y que el Hijo de Dios vivió entre hombres cuyas convicciones religiosas no siempre coincidían con las de Israel.

  Si alguna vez recibió una invitación a rendir culto a otro dios, su respuesta no pudo haber sido la de un hombre dispuesto a negociar su fidelidad.

  Jesús jamás adoró a otro dios.

El verdadero Dios frente a las imágenes

  Hay una escena que me resulta especialmente conmovedora imaginar.

  Un artesano termina su jornada.

  Sus manos están cansadas.

  Ha trabajado con materiales que otros hombres utilizan para levantar edificios y fabricar imágenes.

  Mientras camina por una ciudad bajo influencia romana, encuentra personas que hablan de sus dioses y confían en ellos.

  Algunos creen que esas divinidades gobiernan las estaciones.

  Otros les atribuyen las victorias militares.

  Otros consideran que pueden conceder riquezas o protección.

  Pero aquel trabajador conoce al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

  Y, si ese trabajador es Jesús, estamos contemplando una realidad todavía más extraordinaria.

  El Hijo de Dios escucha a los hombres hablar de dioses que no existen como ellos imaginan.

  No sabemos qué escenas concretas presenció durante su juventud.

  Pero sabemos que el mundo estaba lleno de idolatría.

  Y sabemos que Él permaneció fiel.

  No necesitó inclinarse ante una imagen para comprender lo que era la idolatría.

  No necesitó participar en un sacrificio pagano para conocer las creencias de quienes lo rodeaban.

  Y no necesitó aceptar la veneración de un emperador para comprender el poder de Roma.

  Vivió dentro de aquel mundo sin participar de su adoración falsa.

«Al Señor tu Dios adorarás»

  Cuando Jesús comenzó su ministerio público, enfrentó una tentación que revela con extraordinaria claridad su posición frente a toda adoración indebida.

  Satanás le mostró los reinos del mundo y le ofreció su dominio si se postraba delante de él.

  La propuesta exigía un acto de adoración.

  Jesús respondió:

  «Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás» (Mateo 4:10, RVR1960).

  No hubo negociación.

  No hubo concesión.

  No hubo disposición a recibir poder mediante un acto de idolatría.

  Jesús rechazó aquella propuesta de manera absoluta.

  Y su respuesta nos permite comprender el principio que gobernaba su vida.

  La adoración pertenecía exclusivamente a Dios.

  No a Júpiter.

  No a Zeus.

  No a los dioses de las ciudades.

  No a Augusto.

  No a ningún gobernante humano.

  Y mucho menos a Satanás.

  Solamente a Dios.

El Hijo de Dios entre los dioses de los hombres

  Cuando visité Séforis, pensé en el camino que Jesús pudo haber recorrido desde Nazaret.

  Pensé en el frío.

  En las distancias.

  En las horas de trabajo.

  Pero también pensé en el mundo religioso al que pudo haber estado expuesto.

  Un mundo donde los hombres levantaban altares a sus divinidades.

  Donde los emperadores podían recibir honores sagrados.

  Donde se ofrecían sacrificios ante imágenes.

  Y donde participar en determinadas ceremonias podía considerarse una expresión normal de pertenencia a la sociedad.

  No puedo afirmar que Jesús contemplara un altar pagano específico en Séforis.

  Tampoco puedo asegurar que algún compañero lo invitara a ofrecer incienso a una divinidad.

  Pero la posibilidad de que encontrara manifestaciones de aquellas creencias en su entorno resulta digna de consideración.

  Porque la encarnación no ocurrió en un mundo donde todos adoraban al Dios verdadero.

  Ocurrió en un mundo profundamente marcado por la idolatría.

  Y allí vivió Jesucristo.

  La Escritura declara:

  «Fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).

  Mientras los hombres buscaban dioses a quienes rendir culto, el Hijo de Dios había venido a vivir entre ellos.

  Mientras algunos se inclinaban delante de imágenes fabricadas por artesanos, Él trabajaba con sus propias manos.

  Mientras los gobernantes recibían honores religiosos, Él permanecía en la humildad de una familia de Nazaret.

  Y mientras tantas voces proclamaban la grandeza de sus divinidades, Jesús permanecía fiel al Padre.

  ¡Qué extraordinaria contradicción!

  Los hombres fabricaban dioses para adorarlos, mientras el verdadero Hijo de Dios pudo haber caminado por sus calles sin que reconocieran quién era.

  Ésa es una de las realidades más conmovedoras que podemos contemplar al estudiar el mundo donde Jesús creció.

  No sabemos si trabajó en Séforis.

  Pero sabemos que vino a una tierra gobernada por un imperio lleno de dioses.

  Y sabemos que jamás participó de la idolatría.

  El mundo adoraba a muchos dioses.

  Jesucristo permaneció fiel al único Dios verdadero.

 

Libro recomendado

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.