Dr. Elio M Rivera
«Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios.»
Juan 8:41, RVR1960
Jesús todavía no había nacido y ya existía alrededor de su concepción una realidad difícil de explicar.
María sabía lo que había ocurrido.
Gabriel lo sabía.
Dios lo sabía.
Pero José, cuando descubrió el embarazo, inicialmente no pudo comprenderlo.
Mateo nos dice que quiso dejar a María secretamente. Solamente después de que un ángel del Señor se le apareció en sueños comprendió la verdad:
«Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).
José recibió la explicación.
Pero Nazaret no recibió aquella aparición.
Los habitantes de la población no habían escuchado a Gabriel. No habían oído las palabras pronunciadas a María. No habían estado dentro del sueño de José.
Ellos solamente podían contemplar las circunstancias externas.
Una joven desposada había quedado embarazada.
Y muchos años después encontramos una frase dirigida a Jesús que obliga, por lo menos, a hacernos una pregunta incómoda.
¿Pudo Jesús haber crecido bajo la sospecha de ser un hijo ilegítimo?

¿Fue Jesús un niño marcado?
«Nosotros no somos nacidos de fornicación»
La expresión aparece durante una de las confrontaciones más intensas entre Jesús y algunos de sus adversarios.
La discusión registrada en Juan 8 gira repetidamente alrededor de una cuestión:
¿Quién es vuestro padre?
Ellos apelaban a Abraham:
«Nuestro padre es Abraham» (Juan 8:39).
Jesús respondió que, si realmente fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham.
Entonces declaró:
«Vosotros hacéis las obras de vuestro padre» (Juan 8:41).
Y ellos contestaron:
«Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios».
La expresión resulta difícil de pasar por alto.
¿Por qué introducir precisamente la fornicación?
¿Por qué responder:
«Nosotros no somos nacidos…»?
Existe una interpretación que entiende estas palabras dentro del lenguaje de los profetas del Antiguo Testamento, donde la infidelidad de Israel hacia Dios podía describirse mediante imágenes de adulterio y prostitución. Bajo esa lectura, sus adversarios estarían afirmando su fidelidad religiosa y diciendo que tenían un solo Padre: Dios.
Esa interpretación existe y debemos reconocerla.
Pero existe otra posibilidad que, dentro de una confrontación tan hostil, merece ser tomada seriamente:
que aquellas palabras fueran un ataque contra el nacimiento de Jesús.
La discusión ya se había vuelto personal
No estamos leyendo una conversación tranquila entre personas que intentaban comprenderse.
El enfrentamiento aumenta progresivamente.
Jesús cuestiona la filiación espiritual de sus adversarios.
Ellos responden defendiendo su origen.
Y pocos versículos después llegan directamente al insulto:
«¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?» (Juan 8:48).
No estaban tratando de proteger la dignidad de Jesús.
Estaban intentando desacreditarlo.
Por eso, si la expresión «nosotros no somos nacidos de fornicación» contiene una insinuación personal, sería particularmente cruel.
En lenguaje sencillo, el golpe sería aproximadamente:
«Nosotros sí sabemos de dónde venimos. ¿Y tú?»
Y entonces aparece inevitablemente otra pregunta.
Si existía semejante acusación acerca de Jesús, ¿de dónde pudo haber surgido?
Nazaret conocía a la familia
No podemos reconstruir una cadena de rumores que los Evangelios no registran.
No sabemos quién habló primero.
No sabemos qué conversaciones ocurrieron.
No sabemos exactamente cuánto conocían los vecinos acerca de las circunstancias del embarazo de María.
Pero sí conocemos algunos hechos.
María quedó embarazada durante el período de desposorio.
José sabía inicialmente que el hijo no era suyo.
La situación fue suficientemente seria para que considerara romper la relación.
Y después José recibió a María y Jesús creció dentro de aquella familia.
Años más tarde encontramos otra expresión interesante precisamente cuando Jesús regresa a su propia tierra.
Los habitantes de Nazaret preguntan:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón?» (Marcos 6:3).
«Hijo de María».
La expresión ha llamado la atención de intérpretes porque un hombre podía normalmente ser identificado mediante su padre.
Por sí sola, la frase no demuestra que estuvieran llamando ilegítimo a Jesús. Sería demasiado afirmar eso solamente a partir de Marcos 6:3.
Pero cuando la colocamos junto a las circunstancias extraordinarias de su concepción y posteriormente escuchamos en Juan:
«Nosotros no somos nacidos de fornicación»,
la posibilidad merece ser considerada.
Nazaret conocía a María.
Conocía a José.
Conocía a Jesús.
Conocía a sus hermanos y hermanas.
Habían visto crecer a aquella familia.
Y las comunidades pequeñas tienen memoria.
Un acontecimiento extraordinario ocurrido dentro de una familia puede convertirse durante años en tema de conversación.
Por eso es razonable preguntarnos si la historia del embarazo de María permaneció de alguna manera alrededor de Jesús mientras crecía.
¿Qué podía decir María?
Aquí encontramos el problema humano.
La explicación verdadera era extraordinaria:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).
María podía decir la verdad.
Pero decir la verdad no obligaba a los demás a creerla.
Pensemos en José.
Él conocía a María.
Estaba comprometido con ella.
Y aun así necesitó que Dios interviniera para comprender lo ocurrido.
¿Qué podía esperarse entonces de personas que solamente observaban desde afuera?
Ellos no habían visto al ángel.
No habían recibido revelación alguna.
No habían escuchado al cielo declarar:
«El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios».
Podían llegar a una conclusión mucho más sencilla.
Y completamente equivocada.
Crecer bajo una reputación que uno no provocó
Si aquella sospecha realmente existió —y aquí debemos mantener la distinción entre posibilidad histórica y afirmación explícita de la Escritura— entonces Jesús habría conocido desde muy temprano una experiencia profundamente dolorosa:
ser juzgado por algo que no había hecho.
Hay heridas que no provienen de nuestros actos.
Provienen de las historias que otros cuentan acerca de nosotros.
Una persona puede cargar durante años con una etiqueta colocada por otros.
Puede ser identificada por las circunstancias de su familia.
Puede escuchar insinuaciones acerca de sus padres.
Puede crecer sintiendo que debe explicar algo que nunca provocó.
Para muchos seres humanos, ese tipo de señalamiento deja marcas profundas.
Si Jesús vivió bajo aquella sospecha, entonces la encarnación lo llevó también hasta ese territorio del sufrimiento humano.
El Hijo de Dios habría conocido lo que significa que otros intenten convertir su origen en motivo de vergüenza.
Lo que la Tierra podía llamar vergonzoso, el cielo lo había llamado santo
Aquí aparece uno de los contrastes más extraordinarios de toda esta historia.
Gabriel había dicho:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).
Observe las dos descripciones.
Los hombres podían insinuar:
«fornicación».
El cielo había declarado:
«Santo».
Los hombres podían cuestionar quién era su padre.
Gabriel había anunciado:
«Hijo de Dios».
Los hombres podían interpretar aquel embarazo desde las apariencias.
Dios conocía lo que realmente había sucedido.
Lo que podía convertirse en motivo de vergüenza ante los hombres era precisamente una obra extraordinaria de Dios.
Y estaban atacando precisamente aquello que necesitaban
Aquí la historia se vuelve todavía más profunda.
La concepción virginal no es un detalle pintoresco añadido a la historia de Navidad.
Está íntimamente relacionada con la identidad del que estaba entrando en el mundo.
Jesús debía ser verdaderamente hombre.
No podía aparentar humanidad.
No podía simplemente adoptar una forma externa parecida a nosotros.
Tenía que entrar realmente en nuestra raza.
Tenía que poseer carne y sangre.
Tenía que poder experimentar hambre.
Cansancio.
Tentación.
Sufrimiento.
Y finalmente:
muerte.
Hebreos lo expresa de una manera extraordinaria:
«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).
Y posteriormente añade:
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos» (Hebreos 2:17).
Para redimir al hombre, Cristo tenía que hacerse hombre.
Un hombre había introducido la muerte
Pablo desarrolla esta verdad utilizando a Adán y a Cristo.
«Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos» (1 Corintios 15:21).
Y después:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22).
Finalmente llama a Jesús:
«El postrer Adán» (1 Corintios 15:45).
El primer Adán había introducido pecado y muerte dentro de la experiencia humana.
Cristo entraría en esa misma humanidad para convertirse en cabeza de una nueva humanidad redimida.
La justicia divina no sería satisfecha mediante la muerte de un ángel.
Cristo vino como hombre.
El pecado había entrado en el mundo por un hombre.
Y ahora un hombre tendría que enfrentar las consecuencias del pecado.
Pero aquí aparecía un problema enorme.
No podía ser simplemente cualquier hombre.
El Redentor no podía necesitar su propio redentor
Todos los demás pertenecemos a una humanidad caída.
Pablo escribió:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).
Un pecador culpable delante de Dios necesita redención.
No puede convertirse en el sacrificio perfecto que elimine la culpa de otros.
El Redentor tenía que pertenecer verdaderamente a nuestra humanidad y, al mismo tiempo, ser santo.
Y exactamente eso es lo que encontramos en la anunciación.
María aporta verdadera humanidad.
Pero la concepción no ocurre mediante un padre humano.
Gabriel declara:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti».
Y el resultado es:
«El Santo Ser que nacerá».
La Escritura no explica la transmisión del pecado mediante un mecanismo genético ni afirma que la naturaleza pecaminosa viaje exclusivamente a través del padre. No necesitamos construir una biología que la Biblia no revela.
Lo que sí revela es extraordinariamente claro:
Jesús nació verdaderamente humano y nació santo.
Uno de nosotros, pero diferente de todos nosotros
Jesús compartiría nuestra humanidad.
Pero no nuestra culpa.
Sería tentado.
Pero no pecaría.
Hebreos dice:
«Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).
Pedro escribió:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22).
Pablo declaró:
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Corintios 5:21).
Y así encontramos las dos condiciones que necesitábamos en nuestro Redentor.
Tenía que ser hombre para representarnos.
Tenía que ser sin pecado para poder redimirnos.
Verdadero hombre.
Verdaderamente santo.
Uno de nosotros.
Pero sin nuestra culpa.
La ironía es estremecedora
Si Juan 8:41 contiene realmente una acusación contra su nacimiento, entonces aquellos hombres estaban atacando precisamente una de las verdades relacionadas con aquello que hacía posible su propia salvación.
Ellos podían decir:
«Nosotros no somos nacidos de fornicación».
Mientras delante de ellos estaba el hombre acerca de quien el cielo había dicho:
«El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios».
Intentaban desacreditar su concepción.
Pero aquella concepción estaba relacionada con la manera extraordinaria en que Dios había introducido al Redentor en nuestra humanidad.
Intentaban avergonzarlo por su origen.
Pero precisamente aquel origen revelaba que el Salvador había venido de Dios.
Atacaban aquello que no comprendían.
Y estaban intentando herir al único que podía redimirlos.
«Yo de Dios he salido, y he venido»
Lo más hermoso es observar la respuesta de Jesús.
No encontramos un intento desesperado por demostrar su legitimidad humana.
No comienza a contar la historia de Gabriel.
No utiliza a María para defenderse.
No llama a José como testigo.
Jesús sabía perfectamente quién era.
Y unos versículos después declara:
«Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido» (Juan 8:42).
Ellos podían cuestionar de dónde había venido.
Jesús sabía exactamente de dónde había venido.
«Yo de Dios he salido».
Su identidad no dependía de la reputación que una población pudiera haber construido.
No dependía de los rumores.
No dependía de las acusaciones.
No dependía de la interpretación que otros hicieran de las circunstancias de su nacimiento.
Antes de que alguien pudiera insultarlo, el cielo había hablado acerca de Él.
Hijo de Dios.
Santo.
Jesús conoció el poder destructivo de las palabras
Aquí encontramos otra dimensión del corazón de Cristo.
Jesús no solamente entró en un mundo donde el cuerpo podía sufrir.
Entró en un mundo donde las palabras podían herir.
Conoció el desprecio.
Conoció acusaciones falsas.
Fue llamado samaritano.
Fue acusado de tener demonio.
Fue considerado blasfemo.
Sus enemigos interpretaron sus acciones de la peor manera posible.
Finalmente sería tratado como criminal siendo inocente.
Isaías había anunciado:
«Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isaías 53:3).
El Hijo de Dios no vino protegido de nuestra crueldad.
Entró directamente en ella.
Y si la expresión de Juan conserva una acusación que venía desde las circunstancias de su nacimiento, entonces el desprecio no comenzó al final de su ministerio.
Pudo haberlo acompañado durante mucho más tiempo.
Él no permitió que los hombres definieran quién era
Esto resulta especialmente importante para comprender a Cristo.
Una reputación semejante puede marcar profundamente la vida de una persona.
Hay personas que pasan años intentando demostrar que no son aquello que otros dijeron acerca de ellas.
Jesús no construyó su identidad alrededor de las acusaciones de los hombres.
Sabía quién era.
Sabía quién era su Padre.
Sabía de dónde había venido.
Sabía para qué había venido.
Las voces humanas podían ser crueles.
Pero ninguna podía modificar la verdad.
Si lo llamaban ilegítimo, seguía siendo Hijo del Altísimo.
Si cuestionaban su origen, seguía siendo el Santo Ser anunciado por Gabriel.
Si insinuaban fornicación, la realidad continuaba siendo:
«Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es».
El Salvador aceptó incluso esto
Y aquí volvemos al corazón de nuestra serie.
En La vida eterna de Jesucristo contemplamos quién era antes de venir.
En Él lo sabía descubrimos que conocía de antemano el mundo al que entraría y lo que los hombres terminarían haciéndole.
Ahora estamos comenzando a observar lo que significó realmente venir.
No solamente dejó la gloria para asumir un cuerpo.
Entró en una familia que podía ser cuestionada.
Aceptó circunstancias que podían ser malinterpretadas.
Entró en una pequeña comunidad donde las historias podían permanecer durante años.
Y posiblemente cargó con una acusación relacionada con su nacimiento que décadas después todavía podía ser utilizada contra Él.
Pero detrás de aquello que los hombres podían convertir en insulto se encontraba una de las verdades más extraordinarias de nuestra redención.
El Hijo de Dios se había hecho verdaderamente hombre.
Uno de nosotros, para poder representarnos.
Santo, para poder ofrecerse por nosotros.
Capaz de morir como hombre.
Sin pecado, para poder ocupar el lugar del pecador.
El hombre podía mirar aquella concepción y encontrar motivo para despreciarlo.
Dios miraba a aquel que se estaba formando en el vientre de María y declaraba:
Santo.
Quizá pocas cosas muestran con tanta claridad la tragedia de nuestra condición.
El hombre podía convertir en motivo de vergüenza precisamente aquello que Dios estaba utilizando para traerle salvación.
Y aun sabiendo que podía ser incomprendido, señalado, despreciado y finalmente rechazado, Cristo aceptó entrar así en nuestra historia.
Porque no había venido a proteger su reputación.
Había venido a salvarnos.
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